«

»

Dic 24 2025

Interpretación ortodoxa de la oración “Padre Nuestro”

Interpretación ortodoxa de la oración “Padre Nuestro”

Yérontas Georgios Kapsanis († 2014) 
Santo Monasterio Gregoríu, Santa Montaña Athos 

Repasada traducción 23/12/2025

Prólogo

Las enseñanzas, los significados y los logos del Evangelio están escritos en el Espíritu Santo; y por eso tienen valor perenne y, a la vez, perspectiva eterna.

Cada enseñanza, parábola, narración, descripción, cada palabra…, contenida en el Evangelio de Cristo, “es una antena” que tiene un significado muy profundo. No se agotan sólo con una interpretación superficial que nuestras pobres capacidades mentales e intelectuales puedan percibir.

Todo esto es válido también para nuestra conocida oración del “Padre nuestro”, la cual el mismo Señor entregó a su Iglesia como ejemplo de oración para todos nosotros.

Nuestros Santos Padres vivieron el Evangelio de Cristo y cumplieron Sus Santos Mandamientos. Sus vidas, pensamientos, palabras y sus logos se hicieron extensión del Evangelio, y sus experiencias del Espíritu de Dios enriquecen la Santa Tradición de la Iglesia. Descubren el gran fondo de los logos sanadores y salvadores del Cristo Soberano; manifiestan y demuestran que Sus mandamientos “no son pesados”, sino que pueden cumplirlos los cristianos de cada época, vigilando nuestra poca fe, pereza y negligencia.

Teniendo a los antiguos y nuevos Santos Padres como intérpretes de la Oración del Señor, examinamos y palpamos su fondo, elevándola hacia el Señor.

Suplicamos al Salvador y sanador Jesús Cristo que nos dé también a los cristianos contemporáneos su energía increada, Χάρις (Jaris, Gracia), de modo que nuestra vida en Él se fundamente en la oración como comunión y conexión con el Dios vivo. Pero, a la inversa también, que sea nuestra oración una expresión de la presencia viva de Dios en nuestra vida y que emane de ella. Con otras palabras, la oración ha de ser nuestra propia vida, la cual, por otro lado, profundizará e intuirá a la vez los logos que dirigiremos a nuestro Santo Dios.

LA ORACIÓN DEL SEÑOR

Nuestra santa fe ortodoxa no es una más entre las ideologías o filosofías, ni una de las religiones de este mundo.

El Dios de los ortodoxos no es el dios de los filósofos, es decir, una idea o un altísimo principio impersonal, ni tampoco un valor religioso al que se accede a partir de principios inferiores.

Los ortodoxos creemos en un Dios personal: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Dios trinitario se nos apocalipta revela mediante su Segunda Persona, nuestro Señor Jesús Cristo.

Jesús Cristo se encarna, proclama el Evangelio, realiza milagros, es crucificado, resucita de entre los muertos, asciende a los cielos y nos envía al Paráclitos (Espíritu Santo) para restablecer la relación perturbada con Él y facilitarnos un encuentro de unión personal en comunión con Dios Padre.

Puesto que Dios es personal, no podemos conocerlo fuera de una relación amorosa con Él, relación que cultiva la oración. Si el Dios fuera una idea, podríamos conocerlo mediante pruebas y demostraciones lógico-intelectuales. Ora y ama a Dios para conocerlo, podríamos decir a quien lo busca. «El que ora es teólogo, y el buen teólogo es el que ora», según san Nilo el Asceta (Filocalía: https://www.logosortodoxo.com/oracion/filocalia-1-san-nilos-el-asceta-153-reflexiones-sobre-la-oracion-del-corazon/).

Por la oración, el Dios inaccesible se hace accesible; de desconocido pasa a ser conocido. El Dios ajeno se convierte en huésped, familiar y amigo.

Este camino nos lo indicó el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-Hombre), nuestro Señor. El Señor Jesús Cristo oraba a menudo, siendo nuestro modelo para seguir Sus huellas.

Nos enseñó a orar con humildad, sin resentimientos y con paciencia. Nos dejó también el ejemplo de la oración conocida por todos los cristianos como la «Oración del Señor» o el «Padre Nuestro».

El valor de esta oración es humanamente incalculable: primero, porque nos fue entregada por Dios; segundo, porque con ella oraron y se santificaron nuestra Παναγία (Panaghía, la Toda Santa), los santos Apóstoles, Mártires, Padres y los fieles dignos cristianos de todos los siglos; tercero, porque resume todo el Evangelio y los dogmas de nuestra fe.

Según san Máximo el Confesor: «Esta oración contiene la petición de todas las cosas que ha causado con Su κένωσις kénosis (vaciamiento) el Logos increado de Dios durante la encarnación y nos enseña que aspiremos y pidamos aquellos bienes que solamente el Dios y Padre, por la mediación natural del Hijo, en el Espíritu Santo, puede verdaderamente conceder o donar». Estos dones son siete: «la teología, la adopción por la χάρις jaris (gracia, energía increada), la igualdad con los ángeles, la participación de la vida eterna, apocatástasis-restauración de la naturaleza en sí misma sin pasión, la abolición de la ley del pecado y la anulación de la tiranía del maligno, que se ha adueñado de nosotros mediante el engaño» (Filocalía, en español aquí: https://www.logosortodoxo.com/oracion/filocalia-tomo-2-san-maximo-el-confesor-la-oracion-padre-nuestro/).).

Es, por excelencia, la oración de la Iglesia. En los oficios litúrgicos de día y de noche se recita dieciséis veces, y en la Gran Cuaresma, veintidós veces al día.

Resulta también una forma de resumen o sinopsis de la Divina Liturgia.

Por ello consideré necesario, en la homilía de esta noche, llamaros a profundizar y gozar de sus divinos y salvadores significados, como enseñan nuestros santos Padres, para que la recemos con mayor deseo y conciencia.

«Πάτερ–Páter…Padre»

La oración del Señor comienza con esta invocación, en la que el Señor nos enseña a llamar a Dios «Padre».

«Padre», porque es nuestro Creador y Hacedor, quien nos da el ser y la vida.

«Padre», porque para nosotros, los cristianos, es también el dador del bienestar y del ser de la vida espiritual, de la adopción que nos concedió por Jesús Cristo. Antes de Cristo, a causa de nuestra apostasía y deserción del Padre celestial, no sólo estábamos separados de Él, sino que éramos sus enemigos. El Hijo de Dios, de la misma naturaleza que Dios Padre, por su encarnación y su muerte en la cruz, nos reconcilió con Él y nos hizo hijos suyos por la Χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esta energía increada, la Jaris Gracia, la recibimos mediante el santo bautismo. Así nos convertimos también en hermanos de Cristo, que es el Primogénito entre muchos hermanos.

Es Padre porque nos da la vida; y no sólo la vida, sino Su misma vida en Cristo.

Tal como nos dice san Juan Crisóstomo: «Porque quien llama Padre a Dios obtiene la remisión de los pecados, evita el infierno, alcanza la filiación del Hijo Primogénito y recibe a la vez la concesión del Espíritu, sólo por una invocación compasiva y amorosa» (Comentario a san Mateo, homilía 19, tomo 19).

Al proclamar al santísimo y omnipotente Dios, Creador de todo, como «Padre», confesamos todo lo que hizo por nosotros, sus hijos indignos, y sobre todo lo que realizó mediante nuestro Señor Jesús Cristo en el Espíritu Santo. Así, la invocación «Padre» nos eleva al Dios trino.

Escribe san Máximo el Confesor en la Filocalía: «El Señor debidamente con estas palabras enseña que los que oran que empiecen inmediatamente por la teología; también introduce al misterio del τρόπο tropo (manera, forma o modo) que existe la Causa que ha creado los seres, Él que es por su esencia la causa creadora de los seres. Porque, las palabras de la oración contienen la revelación del Padre, del nombre del Padre y la βασιλεία (vasilía: el reinado de la realeza increada) del Padre, para que desde el principio aprendamos a venerar, invocar y adorar a la Trinidad en Una o en Unidad. Porque el Nombre de Dios y Padre, con esencial hipóstasis (base substancial o subsistencial), es el Hijo Unigénito. Y βασιλεία vasilía realeza increada de Dios y Padre con esencial hipostasis es el Espíritu Santo. (Filocalía en gr pág. 256, en español aquí: https://www.logosortodoxo.com/oracion/filocalia-tomo-2-san-maximo-el-confesor-la-oracion-padre-nuestro/).

¡El infinito amor y la amistad de Dios por el hombre nos permiten e incluso nos incitan a llamarle Padre nuestro!

Esto produce una gran emoción en el νούς del hombre piadoso, (nus: energía espiritual o espíritu del corazón de la psique-alma).

Escribe san Gregorio de Nisa: «¿Quién me dará alas como de paloma para poder elevarme por encima de todo lo visible, de las cosas cambiantes hacia el Inmutable, y, con un estado de psique-alma imperturbable, familiarizarme con Él, primero con mi libre voluntad y disposición, y después, mediante una íntima invocación, decir: “Padre”? ¿Qué psique-alma debería tener quien así se dirige a Dios? ¿Cuánto ánimo, qué conciencia?» (Sobre la oración, cap. 2, E.P.E., t. 8, p. 43).

Es un regalo inestimable, cuantas veces queramos, podemos dirigirnos a Dios y llamarle Padre nuestro.

Y aún más, cuando el cristiano se hace digno y recibe sensiblemente la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo, entonces experimenta en el corazón la paternidad de Dios y su adopción. Percibe el tierno amor filial hacia el Dios Padre, sintiéndose Su amigo y Su hijo.

El mismo Espíritu Santo clama en nuestro corazón: «¡Abba!» («¡Padre!»), creando este amor tierno hacia Dios. «Y como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para que podáis dirigiros a Dios clamando: ¡Abba, Padre!» (Gal 4,6).

A imagen del Padre celestial, también nosotros los seres humanos podemos llegar a ser verdaderos padres, espirituales o biológicos. San Gregorio Palamás enseña que no llamamos a Dios Padre por analogía con los padres humanos, sino que los padres humanos lo son a imagen de Dios Padre. «De ahí —según san Pablo— que toda paternidad en los cielos tenga también su nombre en la tierra» (Segundo logos contra Grigorás).

Si los padres terrenales reflejan la Jaris y la bendición del Padre celestial, entonces son verdaderos padres. Sin esta Jaris no pueden ser padres auténticos ni ofrecer a sus hijos lo esencial. Cuando los hombres se alejan del Padre celestial, no pueden convertirse en padres verdaderos y rectos.

¿Cuántas personas sufren hoy porque no han conocido a un verdadero y amoroso padre espiritual?

Un cristiano heterodoxo que se acercó a la Ortodoxia dijo que se convirtió porque sólo en ella encontró verdaderos padres espirituales, carisma que se perdió en gran parte del cristianismo occidental.

Recuerdo el caso del escritor rumano Virgil Gheorghiu, quien —como él mismo relata— vio el rostro de Dios en el rostro de su padre, un sacerdote pobre pero santo. Aquella visión nunca le permitió alejarse de Él a lo largo de su agitada vida.

Al dirigirnos a Dios Padre reconocemos su Providencia paternal sobre nosotros. No somos huérfanos ni existimos por azar o por un destino ciego. Somos criaturas de su amor y vivimos siempre bajo su vigilancia y cuidado paternos. Incluso detrás de las pruebas de la vida se encuentra el amor pedagógico y sanador de Dios.

Sobre este amor paternal nos recuerda san Cosme de Etolia: «Primero tenemos el deber de amar a nuestro Dios, porque nos regaló esta tierra tan grande y espaciosa, en la que vivimos provisionalmente, con innumerables vegetales, árboles, fuentes, ríos, pozos, peces, el mar, el aire, el día, la noche, el fuego, el cielo, las estrellas, el sol y la luna. ¿Para quién hizo todo esto? Para nosotros. ¿Nos debía algo? Nada, todo es regalado. Nos hizo hombres y no animales, cristianos ortodoxos y no herejes indignos. Y aunque pequemos miles de veces, cada hora se compadece de nosotros como Padre; no nos destruye ni nos arroja al infierno, sino que espera nuestra μετάνοια (metania), nuestra conversión y arrepentimiento, con los brazos abiertos, para que dejemos el mal, hagamos el bien, nos corrijamos, y así nos abrace y nos coloque en el Paraíso para alegrarnos eternamente. ¿Acaso a un Dios tan dulce no deberíamos amarlo también nosotros, derramando nuestra sangre, si fuera necesario, miles de veces por Él, como Él lo hizo por amor a nosotros?».

Por la fe al invocar a Dios como Padre nuestro nace un sentimiento de seguridad que disipa toda inseguridad, fatiga y ansiedad.

Es un gran honor llamar a nuestro Dios «Padre», pero también una gran responsabilidad, pues debemos vivir dignamente como quiere nuestro Padre celestial. Recordemos las palabras del Señor: «Sed misericordiosos, caritativos como vuestro Padre es misericordioso hacia todos» (Lc 6,36) y «Luchad pues, para ser perfectos en agapi-amor incondicional, desinteresado hacia todos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

San Nicodemo el Aghiorita escribe: «Por eso nuestro Señor nos enseña el modo de orar cuando nos dirigimos a nuestro Padre, que lo es por la Jaris increada, para que permanezcamos siempre bajo la gracia de la adopción hasta el final; es decir, que seamos hijos de Dios no sólo por el renacimiento y el bautismo, sino también por nuestras praxis (interiores) y obras. Quien no realiza obras espirituales dignas del renacimiento superior, sino que actúa por energías demoníacas, no es digno de llamar Padre a Dios; por el contrario, su padre es el diablo, según el logos del Señor: “Vosotros tenéis como padre al diablo, y queréis hacer los deseos, las codicias, y las ambiciones de vuestro padre” (Jn 8,44). Nos manda decir “Padre nuestro”, primero, para mostrarnos que hemos nacido verdaderamente como hijos de Dios mediante el renacimiento del divino Bautismo; segundo, para que conservemos las señales, es decir, las virtudes de nuestro Padre, avergonzándonos, por así decirlo, de deshonrar el parentesco que tenemos con Él» (Sobre la comunión continua, Atenas, 1887, p. 24).

«Ἡμῶν-imón… Nuestro»

Resulta extraordinario que nuestro Señor nos enseñe a llamar a Dios no sólo «Padre», sino «Padre nuestro», y no «Padre mío». Así nos aparta de una relación egoísta con Dios. Existe Dios y nosotros, no Dios y yo. De este modo, nuestro corazón se abre a los prójimos, que son por naturaleza hermanos, a causa de nuestra común procedencia de Dios Padre. Y todos los cristianos ortodoxos, por nuestra fe común y por haber nacido del mismo vientre espiritual de la Iglesia, mediante la santa pila del bautismo, somos, además, por la Jaris Gracia y por el Espíritu, hermanos entre nosotros.

¿Cómo puedes tener a Dios como Padre sin aceptar a tus semejantes como hermanos, especialmente a los de la misma fe?

Escribe san Juan Crisóstomo: «El Señor nos enseña a orar por todos y a mencionar en nuestras peticiones al cuerpo común de la Iglesia, sin buscar el interés individual, sino el del prójimo. De este modo se reduce la enemistad y la insensatez, se sofoca la envidia y se introduce la agapi (amor incondicional, madre de todas las virtudes), expulsando las desviaciones humanas y mostrando cuán grande es la igualdad entre el rey y el pobre, puesto que todos participamos de lo supremo y necesario.

Al aceptar llamarse Padre de todos, nos concedió un origen común y, por tanto, la igualdad. Así, todos estamos unidos y nadie tiene más que otro: ni el rico sobre el pobre, ni el gobernante sobre el súbdito, ni el señor respecto al esclavo, ni el rey sobre el soldado, ni el filósofo sobre el bárbaro, ni el sabio sobre el analfabeto» (Comentario a san Mateo, homilía 19).

Como veremos más adelante, las restantes peticiones de la oración del Señor nos ayudan también a superar nuestro enfermizo individualismo, nuestro egocentrismo y la φιλαυτία (filaftía), el amor excesivo a uno mismo y al propio cuerpo (egolatría, egocentrismo), y a entregarnos a Dios Padre y a nuestros hermanos, adquiriendo la φιλοθεΐα (filotheía: amistad con Dios), que está inseparablemente unida a la φιλανθρωπία (filantropía: amor, amistad al prójimo) y a la φιλαδελφία (filadelfia: fraternidad).

«Ὁ ἐν τοῖς οὐρανοῖς-o en tis uranís… Que estás en los cielos»

Dios santo es nuestro Padre y el Único en los cielos. Precisa san Juan Crisóstomo: «La expresión “en los cielos” no significa que Dios esté limitado al cielo, sino que eleva al que ora desde la tierra a las realidades superiores» (Comentario a san Mateo, homilía 19).

No expresa, pues, un lugar concreto, sino más bien la santidad -la energía increada- de Dios Padre, que está presente en todo.

Así nos enseña la teología de san Gregorio de Nisa: «La distancia entre lo divino y lo humano no es local, de modo que se necesite algún artificio para trasladar el cuerpo carnal y pesado a una actitud espiritual e incorpórea. Puesto que la virtud está espiritualmente separada del mal, depende únicamente de la elección y predisposición del hombre el estar con aquello hacia lo cual inclina su deseo» (Sobre la oración, cap. 2, E.P.E., t. 8, p. 51).

San Nicodemo el Aghiorita expone la consecuencia ética y práctica de la expresión «que estás en los cielos»: «Puesto que nuestro Padre está en los cielos, debemos elevar nuestra mente hacia el cielo, donde se halla nuestra patria, la Jerusalén celestial, y no mirar a la tierra como los cerdos, sino a nuestro dulcísimo Salvador y Soberano, en las bellezas celestiales del Paraíso. No sólo durante la oración, sino en todo momento, debemos mantener nuestra mente en el cielo, para que no se disperse aquí abajo en las cosas temporales y corruptibles» (Sobre la comunión continua, Atenas, 1887, p. 28).

«Ἁγιασθήτω τὸ ὄνομά σου-agiaszito to onomá su… Santificado sea tu nombre»

Es la primera petición de la oración del Señor. «Santificado» significa «glorificado», «alabado» y «venerado», según san Juan Crisóstomo. Evidentemente, el Dios increado no tiene necesidad de ser glorificado por sus criaturas; sin embargo, quiere que lo glorifiquemos porque ello redunda en nuestro propio beneficio. Nos protege del peligro de venerarnos a nosotros mismos con una falsa gloria que no nos pertenece. La φιλοδοξία (filodoxía: amor a la vanagloria) es hija de la φιλαυτία (filaftía: excesivo amor a sí mismo, egolatría, egocentrismo).

Al alabar a Dios nos situamos correctamente en el mundo, reconociéndolo como digno de alabanza porque es Creador, Padre, Liberador, Todo Santo, Principio y Fin, Centro del cosmos, mientras que nosotros somos sus criaturas, que existimos y vivimos porque Él lo quiere.

Cuando uno se alaba a sí mismo cae en el autoengaño; en cambio, al alabar a Dios reconoce su propia naturaleza y su destino. comprende que no es el centro del mundo, ni la fuente de la vida, ni de la santidad; acepta que no es por sí mismo infinito ni inmortal y, en definitiva, asume sus limitaciones.

Cuando los hombres se alaban y se glorifican a sí mismos no pueden alabar y glorificar a Dios. Esto fue lo que sucedió a Adán y Eva, y también a los maestros de Israel de los que habla el Señor en el Evangelio de san Juan: «¿Cómo vais a creer vosotros en la verdad, puesto que buscáis y recibís doxa-gloria y honores los unos a los otros y no buscáis la verdadera doxa-gloria (luz increada) y el logos que viene del uno y único Dios?» (Jn 5,44). Lo mismo ocurre con la filosofía humanista contemporánea, que pretende colocar al hombre como centro del cosmos. Esta postura queda bien expresada en la afirmación del escritor ateo Sartre respecto a Dios: «Cuando existes Tú, no puedo existir yo; o Tú o yo».

Sin embargo, el hombre se glorifica verdaderamente cuando glorifica a Dios, cuando en Él puede llegar a ser no independiente de Dios ni un pseudo-dios, sino dios (zéosis) por la Χάρις (Jaris:gracia, energía increada), sin principio ni fin, según san Gregorio Palamás.

Los acontecimientos políticos recientes en Europa oriental han demostrado una vez más que, cuando los hombres niegan la veneración a Dios, llegan a deificar a otros hombres, alabándolos como dioses. Pero los ídolos caen, y quienes niegan la alabanza al verdadero Dios terminan sumidos en el caos.

Más aún: el hombre que niega la adoración a Dios, en lugar de gloria, acaba rodeado de desdicha y de innombrables pazos (pasiones).

Los cristianos contribuyen a la glorificación de Dios cuando viven una vida santa. Recordemos las palabras del Señor: «Así la luz que habéis recibido de mí y ahora es vuestra luz, alumbre y brille delante de los hombres, de forma que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos, por tener este tipo de hijos virtuosos» (Mt 5,16).

Por el contrario, cuando no mantenemos una conducta digna del Dios en quien creemos, «el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones por causa vuestra» (Rom 2,24). Por ello, la petición «santificado sea tu nombre» significa finalmente, según san Juan Crisóstomo: «Haznos dignos, para que nosotros mismos vivamos de modo limpio y puro, de manera que seas alabado por todos» (Comentario a san Mateo, homilía 19).

Según el mismo santo, es señal de perfecta sabiduría ofrecer a todos los hombres el ejemplo de una vida incontaminada (inmaculada), de modo que todo el que nos vea glorifique a nuestro Señor.

El nombre de Dios se glorifica también cuando los cristianos claman continuamente de manera noerá (con el nus, espiritualmente) desde el corazón: «Señor Jesús, Cristo, ten misericordia o compadécete de mí, pecador». Ya se ha dicho que el nombre de Dios es Jesús Cristo. La invocación del Nombre divino santifica al ser humano; y cuando el hombre se santifica, el Padre celestial es glorificado.

En este sentido, conviene señalar que la oración monológica «Jesús Cristo, Señor, Hijo de Dios, compadécete o ten misericordia de mí, pecador» constituye un resumen de la oración del Señor.

De este modo, el orante se prepara para pronunciar con mayor fervor, celo y sentido espiritual el «Padre nuestro».

«Ἐλθέτω βασιλεία σουelzeto i vasilía su… Venga tu realeza»

(Ver también en nuestra web http://www.logosortodoxo.com/12-lexis-apocalipticas/ 2. ΒΑΣΙΛΕΙΑ-VASILIA, REALEZA)

Cuando Dios reina en el hombre, éste se libera, se pacifica, descansa espiritualmente y se santifica. Pero cuando Dios no reina, el hombre queda expuesto a la tiranía del diablo, que lo esclaviza mediante las pasiones y la φιλαυτία (filaftía: amor excesivo a sí mismo y al cuerpo, egolatría, egocentrismo), y le trae aburrimiento, vacío y soledad, convirtiendo su vida en un infierno. El mundo actual, que niega la realeza increada de Dios, se tortura y sufre terribles situaciones demoníacas: magia, supersticiones, drogas, crímenes, terrorismo, disolución de las familias, entre otras.

El Señor nos enseña a pedir que venga su realeza, que según los santos Padres es la Jaris-Gracia, la energía increada del Espíritu Santo. Escribe san Nicodemo el Aghiorita: «Puesto que la naturaleza humana se esclavizó voluntariamente al homicida diablo, nuestro Señor nos manda rogar a Dios para que nos libere de esta amarga esclavitud. Esto sólo sucede cuando la realeza increada de Dios viene a nosotros, es decir, cuando el Espíritu Santo expulsa de nuestro νούς (nus: espíritu del corazón de la psique) al tirano enemigo y Dios reina en nosotros». Por ello debemos decir, según san Máximo: «Venga el Espíritu Santo para hacer la catarsis, purgarnos, limpiarnos y sanarnos (psicoterapiarnos) totalmente en la psique-alma y en el cuerpo, y convertirnos en un habitáculo digno de recibir a la Santa Trinidad, para que Dios reine en nosotros, es decir, en nuestros corazones», tal como está escrito: «La realeza (increada) de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21).

El libro del Génesis nos dice que, durante la creación del mundo, la oscuridad cubría el abismo y el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. El Espíritu Santo separó las tinieblas y dio forma al caos. Oscuridad y caos reinan también en el interior del hombre. Sólo cuando el hombre permite que el Espíritu Santo habite en él se catartiza se purga, se limpia y se sana de los *pazos*, pasiones, se ilumina y encuentra el equilibrio interior y la unidad. Por eso, en la oración al Espíritu Santo «Rey de los Cielos», que es una prolongación de la súplica «venga tu realeza», decimos: «Rey de los cielos, Paráclito, Espíritu de la Verdad, ven y habita en nosotros; catartízanos, púrganos y límpianos de toda mancha, sana y salva nuestras psiques-almas, Tú que eres bondadoso».

Escribe san Gregorio de Nisa a este respecto: «Si pedimos que venga a nosotros la realeza increada de Dios, debemos suplicar al Padre con todas nuestras fuerzas que nos libere de la corrupción y de la muerte, que rompa las ataduras del pecado, que no reine en nosotros la muerte, que la tiranía del mal quede inactiva y que el enemigo no nos venza ni el pecado nos aprisione, sino que venga su realeza increada para arrancar de nosotros los pazos pasiones» (*Sobre la oración*, cap. 3, p. 69).

La realeza increada de Dios no consiste en un arreglo exterior del mundo, sino en el habitar del Espíritu Santo en nuestros corazones, que tiene como fruto la transformación del mundo mediante hombres convertidos y metamorfoseados. Por ello, la Iglesia Ortodoxa nunca buscó conquistar el mundo, como ocurrió en ciertos ámbitos del cristianismo heterodoxo occidental, sino su metamorfosis, transformación en Cristo. El monaquismo ortodoxo no es activismo exterior, sino hisijasmo (hesicasmo): serenidad mental y paz cordial en acción, oración y contemplación espiritual, por medio de las cuales el hombre se santifica y se convierte en metamorfoseado (transformado) en una nueva creación.

San Juan Crisóstomo (boca de oro) predicaba y pedía a los cristianos a vivir una vida auténticamente cristiana, para que, antes de pasar a la Vida Eterna, vivieran ya la realeza increada de los cielos en la tierra, transformando la tierra en cielo. Observa nuevamente san Juan Crisóstomo: «Pues, al habernos llevado a una situación de agonía y combate espiritual mediante el recuerdo del enemigo y al haber arrancado de raíz toda indiferencia y negligencia, de nuevo nos anima y nos fortalece, dando alas a nuestra conducta ética, recordándonos al Rey del cual somos súbditos y presentándonos al más poderoso de todos cuando dice: ´porque tuya es la realeza, la dínamis y la doxa-gloria´». Si la realeza increada es suya, no hay motivo de temor, pues no existe nadie que pueda resistirle ni compartir con Él el poder y la fuerza» (*Comentario a san Mateo*, homilía 19).

La participación de los santos en la luz increada de la Santa Trinidad es, según san Gregorio Palamás, participación en la Βασιλεία (vasilía) el reinado de la realeza increada de Dios, en Su doxa-gloria y esplendor.

«Γενηθήτω τὸ θέλημά σου ὡς ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ τῆς γῆς-yenizito to zelimá su su os en uranó ke epí tis yís (ghís)… Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»

La voluntad egoísta separó al hombre de Dios, lo apartó del Paraíso y se convirtió en la causa de todos los males. Si el hombre no renuncia a su voluntad egoísta y no acepta la santa voluntad de Dios, no puede sanarse de la grave enfermedad del egoísmo y de la φιλαυτία (filaftía), es decir, el amor excesivo a sí mismo y a su propio cuerpo, la egolatría, egocentrismo.

La desobediencia de Adán y Eva a la santa voluntad de Dios fue corregida por el Nuevo Adán, Cristo, y la Nueva Eva, la Θεοτόκος (Th-Zeotokos: Madre de Dios, la da a luz a Dios), mediante su obediencia perfecta.

Cristo se hizo obediente a la voluntad de su Padre hasta la muerte, y muerte de cruz. Durante la agonía en Getsemaní, el Señor se entregó totalmente a la voluntad de Dios Padre: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26,39).

Así nos abrió el camino hacia Dios, hasta entonces cerrado, y mediante Su obediencia se convirtió en el primer Guía espiritual de la generación de los obedientes hijos de Dios.

Cada cristiano que renuncia al diablo antes del santo Bautismo y se une a Cristo se compromete a entrar en esta obediencia.

Con esta petición suplicamos la divina Jaris-Gracia para cumplir la voluntad del Señor tal como la cumplen plenamente los santos ángeles. Interpreta san Juan Crisóstomo: «Haznos dignos de no cumplir tu voluntad a medias, sino siempre de manera perfecta, como Tú quieres. Y el Señor nos manda, a los que oramos, preocuparnos por todo el universo. No dijo: “hágase tu voluntad en mí”, sino “en nosotros”, y no sólo en nosotros, sino en toda la tierra, para que se disipe el engaño, se siembre la verdad y se elimine toda maldad, retornando la virtud, de modo que no haya diferencia alguna entre el cielo y la tierra, aunque sean distintos en lo corporal» (*Comentario a san Mateo*, homilía 19).

San Juan Crisóstomo exhortaba a los cristianos a vivir una vida cristiana perfecta, para que, antes de pasar a la Vida Eterna, vivieran ya en la tierra la realeza increada de los cielos, transformando la tierra en cielo.

Los hombres cumplen los mandamientos de Dios de tres maneras: por temor al castigo, por deseo de recompensa o por pura αγάπη agapi amor altruista, desinteresado e incondicional hacia Dios. En el primer caso actúan como esclavos; en el segundo, como asalariados y en el tercero, como hijos. Hacia esta última forma debemos tender todos: cumplir la voluntad divina por pura agapi- amor a Dios. Ésta es la señal de la perfección. Así también obran los santos ángeles en el cielo.

Mientras el hombre cumple su propia voluntad, no puede hallar el verdadero descanso interior; pero cuando cumple la voluntad de Dios, se reconcilia con Él y encuentra ησυχία (hisijía: la paz cordial y serenidad mental). Ésta es la paz de Cristo, la superior, la de lo alto, la que pedimos en la Divina Liturgia.

Dentro de los mandamientos, logos de Dios se oculta el mismo Dios, según los santos Padres; por eso, quien los cumple se une a Él.

Aun cuando hayamos cumplido todo lo que Él quiere, nos sentiremos como «siervos inútiles», según el logos del Señor, porque no nos salvamos por nuestras buenas obras, sino por la divina χάρις gracia increada de Dios. La autojustificación farisaica (autosalvación, moralismo) nada tiene que ver con la ética cristiana ortodoxa, humilde y verdadera. Como enseñó san Serafín de Sarov, las buenas obras son condición para recibir la χάρις gracia increada de Dios, pero también su fruto; nunca son el fin de la vida cristiana, cuyo objetivo es siempre la adquisición de la divina χάρις gracia, la energía increada.

El cumplimiento de los mandamientos de Dios, que en el fondo expresan el contenido del don de la agapi-amor conduce a la verdadera libertad: la libertad del amor, que libera al hombre del egoísmo. La supuesta libertad del egoísmo es libertinaje, una falsa libertad, un autoengaño. Los cristianos, al elegir la obediencia a Dios, eligen la libertad de la agapi, que presupone la crucifixión y el sacrificio de nuestro egoísmo.

Esto es lo que expresan los santos Padres desde su experiencia ascética práctica: «La obediencia es vida; la desobediencia es muerte».

«Τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον δὸς ἡμῖν σήμερονton arton imón ton epiúsion dos imín símeron… El pan nuestro el sobre-esencial danos hoy»

(ἐπιούσιοs: ἐπί + οὐσία, epí = sobre y usía = sustancia, esencia)

Según san Juan Crisóstomo, en relación con nuestra conducta ética, el Señor nos exhorta a pedir este pan con un espíritu angelical y a cumplir lo que cumplen los ángeles. Puesto que somos hombres de carne y cuerpo, nos enseña a pedir las cosas necesarias para el cuerpo, pero de modo espiritual: no lujos ni placeres, sino el pan esencial y necesario, especialmente «hoy», sin angustia, «para que no nos destruya la preocupación por el mañana» (Comentario a san Mateo, homilía 19).

Con esta petición, según los santos Padres, no pedimos sólo el pan material, sino sobre todo el pan esencial y espiritual, que es Cristo mismo. Él se nos ofrece mediante Su logos, Su cuerpo y Su sangre. En cada Divina Liturgia se realiza este ofrecimiento. En la primera parte, en las Antífonas, se ofrece el Logos de Dios mediante versículos y logos del Antiguo Testamento; luego siguen la lectura apostólica y el Evangelio. En el Santo Monte Athos se salmodian también las bienaventuranzas.

En la segunda parte de la Divina Liturgia participamos en el sacrificio de Cristo y comulgamos Su Cuerpo crucificado y resucitado. Por eso, antes de la Divina Comunión, rezamos el «Padre nuestro», después de haber escuchado: «Y concédenos, oh Soberano, que con confianza y sin incurrir en condena nos atrevamos a invocarte como Padre, a Ti, Dios del cielo, y a decir: Padre nuestro…». Esta oración se vincula y conecta directamente con la divina Ευχαριστία (Efjaristía, ef-buena y jaris) y nos conduce al uso efjarístico (estado de gratitud, eucarístico, agradecido) del mundo.

Al pedir a Dios los bienes, lo reconocemos como el único Dador de todo bien, y aprendemos a recibir todos los regalos de la vida como regalos Suyos. Esto cultiva en nosotros la humildad y la gratitud: «Demos gracias al Señor», «Es digno y justo», «Por todos los beneficios visibles e invisibles, conocidos y desconocidos…».

Asimismo, ofrecemos a Dios sus propios regalos, dones diciendo: «De lo tuyo, lo nuestro te ofrecemos en todo» (Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo).

Así adquirimos y mantenemos la actitud correcta ante los dones de Dios, personas y cosas, pues, al ser regalos suyos, no debemos despreciarlos, profanarlos ni explotarlos. De este modo podemos hacer un uso auténticamente efjarístico (eucarístico) del mundo, evitando la catástrofe espiritual que nace del abuso y del mal uso. Si hubiéramos adoptado una forma de vida efjarística, respetaríamos la creación y no habríamos llegado a la actual y grave catástrofe ecológica.

Debemos cuidarnos también del estilo de vida consumista contemporáneo, totalmente contrario al espíritu de esta petición. No es efjarístico ni agradecido, sino ingrato; no es fraterno, sino individualista y egoísta; no ama la sobriedad, la templanza ni lo esencial, sino el derroche y el lujo insensato. Todos sabemos que una sociedad hiperconsumista acaba convirtiéndose en su propia tumba y en causa de muchas injusticias y males sociales.

Es significativo que no pidamos este pan sobreesencial sólo para nosotros, sino para “todos”. No podemos olvidar a nuestros hermanos cuando pedimos a Dios bienes materiales y espirituales.

En este «nosotros» se fundamentan la sociología ortodoxa, la fraternidad y la filantropía. Nos recuerda la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, para que comiera todo el pueblo; la vida en común de los primeros cristianos de Jerusalén; y los monasterios cenobíticos actuales, los κοινόβιος (kinóvios: de vida en común).

En ello se apoya también la misión sagrada de la Iglesia Ortodoxa. ¿Cómo no dolernos ni preocuparnos por transmitir el Pan celestial a quienes padecen hambre espiritual?

«Καὶ ἄφες ἡμῖν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν, ὡς καὶ ἡμεῖς ἀφίεμεν τοῖς ὀφειλέταις ἡμῶν ke afes imín ta ofelímata imón os ke imís afíemen tis ofiletes imón Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»

Mientras el hombre vive de modo egocéntrico, no puede perdonar a su prójimo, porque su egoísmo herido y su orgullo no se lo permiten. Pero cuando decide iniciar la μετάνοια (metánia: giro del nus y de la mente, introspección, conversión, arrepentimiento y confesión) y vivir teniendo a Dios como centro, entonces perdona a quienes le han perjudicado, angustiado o tratado injustamente. La liberación de los resentimientos requiere lucha, porque el egoísmo oprime y domina al hombre interior. Por ello, nuestro Señor nos enseñó a pedir el perdón de Dios con la condición de que nosotros también perdonemos a quienes nos han ofendido.

Dice san Juan Crisóstomo que el Señor podría perdonarnos sin exigir previamente que perdonemos a nuestros prójimos. «Pero de este modo nos revela Su filantropía, quiere beneficiarnos ya desde esta vida, dándonos múltiples motivos de autodominio, templanza y amor al prójimo, expulsando de nuestro interior los pazos las pasiones animales, borrando la ira y uniendo lo que estaba dividido entre los miembros» (*Comentario a san Mateo*, homilía 19, tomo 19, pág.680).

Con el resentimiento, el rencor y la enemistad, el hombre se separa de su hermano, que es miembro suyo, puesto que ambos son miembros de Cristo. Con el perdón y la reconciliación vuelve a unirse a su propio miembro. ¿Cómo puede alguien descansar espiritualmente cuando un miembro de su cuerpo está separado? Sólo sería posible si no fuera miembro vivo del Cuerpo de Cristo o si fuera un miembro muerto, incapaz de sentir al hermano como parte propia.

El cristiano que vive de manera teocéntrica imita al Padre celestial: así como Dios perdona, él también perdona. ¿Cómo podría pedir a Dios su propio perdón si no perdona las faltas —a menudo leves— de su prójimo? Se asemejaría al siervo de la conocida parábola que, habiendo recibido el perdón de una gran deuda por parte de su señor, no quiso perdonar a su compañero una deuda insignificante.

Esta petición nos ayuda además a mantener una actitud humilde y sensata, pues nos recuerda no sólo nuestra debilidad y pecaminosidad, sino también la condición humana, a la que san Gregorio de Nisa se refiere con profundidad cuando dice: «Comencemos a contar los delitos del hombre frente a Dios. Primero: el hombre se hizo merecedor del castigo divino porque se alejó de su Creador y se entregó voluntariamente a las órdenes del enemigo, convirtiéndose en apóstata y desertor de su Señor por naturaleza.

Segundo: cambió su libertad y dignidad por la desastrosa esclavitud del pecado y prefirió, en lugar de permanecer cerca de Dios, gobernarse por la fuerza de la corrupción.

¿Qué mal puede considerarse peor que no contemplar la belleza del Creador y volver el rostro hacia la fealdad del pecado? ¿En qué grado de castigo podrían clasificarse el desprecio de los bienes divinos y la preferencia por los cebos del maligno? La destrucción de la imagen y la pérdida del sello recibido en nuestra creación original, la pérdida de la dracma (moneda griega), el abandono de la mesa paterna, la costumbre de la vida impura de los cerdos, el derroche de la preciosa riqueza y tantos otros delitos semejantes que encontramos en la Escritura… ¿qué mente humana podría enumerarlos?

 Puesto que, por tales delitos, el género humano es culpable ante Dios y merecería castigo, el Logos (Cristo) nos instruye mediante los logos y las palabras de la oración a dirigirnos a Dios con profunda humildad, aun cuando alguien esté más liberado de los pecados humanos, como si su conciencia fuese limpia, pura y transparente» (*Sobre la oración*, cap. 5, pág. 107).

«Καὶ μὴ εἰσενέγκῃς ἡμᾶς εἰς πειρασμόν, ἀλλὰ ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ-ke mi isenenguis imás is pirasmón, alá rise imás apó tu ponirú Y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del astuto (o vil) maligno»

Según san Máximo el Confesor, existen dos tipos de tentaciones: las ηδονικές hedonistas, voluptuosas o placenteras, y las ενώδινες (enódinos), que traen ὀδύνη (odíni), dolor, pena, aflicción. Las primeras son voluntarias y de ellas nacen los πάθoς (pazos: pasiones, padecimientos, adicciones, etc.); las segundas son involuntarias y, paradójicamente, ayudan a expulsar lοs pazos. Las tentaciones voluntarias debemos evitarlas; las involuntarias no debemos intentar eludirlas huyendo, pues somos débiles y podríamos sucumbir. Cuando llegan, debemos afrontarlas con valentía y paciencia, como un “kazartirion, purificador o purgatorio» de la psique-alma.

Refiriéndose a las tentaciones dolorosas, observa san Nicodemo el Aghiorita: «Dios, movido por su amor misericordioso y conociendo nuestros sufrimientos y miserias, permite que seamos tentados de diversas maneras, a veces incluso terribles, para que nos humillemos y lleguemos al verdadero autoconocimiento. Aunque nos parezcan inútiles, nos enseñan Su sabiduría y Su bondad, pues aquello que consideramos más perjudicial resulta beneficioso al hacernos humildes, lo cual es lo más necesario para nuestra psique-alma».

Al enseñarnos a no buscar las tentaciones, dice san Juan Crisóstomo que el Señor nos ayuda a reconocer nuestra debilidad y a reprimir la soberbia del «yo» engreído y presuntuoso. Cuando las tentaciones llegan sin haberlas provocado, debemos afrontarlas con fortaleza y valor, demostrando firmeza sin vanagloria.

Observa también san Juan Crisóstomo que el Señor nos exhorta a no odiar a los hombres pecadores, sino a rechazar el pecado y al astuto diablo que lo fomenta. Al diablo se le llama πονηρός (ponirós: astuto maligno, vil), y se nos manda librar una guerra implacable contra él, para mostrar que su malicia no es natural, sino fruto de su mala disposición, de su elección y de su voluntad.

«Ὅτι σοῦ ἐστίν ἡ βασιλεία καὶ ἡ δύναμις καὶ ἡ δόξα-oti su estín i vasilía, ke i dýnamis ke i dóxa…Porque tuya es la realeza, la dínamis y la doxa-gloria»

Es natural que la Oración del Señor concluya con la glorificación y alabanza a Dios, y no con la petición de ser librados del maligno. La última palabra en el mundo no la tiene el diablo, sino el Dios Pantocrátor, Todopoderoso, Rey de reyes y Señor de señores. Aunque por concesión divina el maligno parezca a veces mover los hilos de la historia; el diablo puede sembrar perturbación y confusión y, por un tiempo, parecer que domina el mundo a través de sus instrumentos; pero, al final, se cumplirá indefectiblemente la voluntad del Κύριος Kyrios, el Señor».

El poder del Anticristo es temporal; Cristo es el Señor eterno y el Rey verdadero.

Un Santo, un Señor, Jesús Cristo, para gloria de Dios Padre. Amén.

Por ello, sólo al Dios Trinitario pertenece la doxa-gloria increada.

Observa una vez más san Juan Crisóstomo, el “Boca de Oro” de nuestra Iglesia, cuando afirma: «Después de habernos puesto en estado de agonía recordándonos al enemigo y de haber arrancado de raíz nuestra indiferencia y negligencia, el Señor vuelve a animarnos y fortalecernos, dando alas a nuestra conducta moral, recordándonos al Rey del cual somos súbditos y presentándonos al más poderoso de todos al decir: “porque tuya es la realeza, la dínamis (fuerza, potencia y energía, poder) y la doxa-gloria”. Pues si la realeza increada es suya, no hay motivo para temer, ya que no existe nadie que pueda resistirle ni compartir con Él el poder y la fuerza» (Comentario a san Mateo, homilía 19, tomo 19, pág. 683).

En la medida en que nuestra debilidad humana y el tiempo limitado nos lo han permitido, hemos profundizado en los divinos logos, lecturas y en las peticiones de la Oración del Señor. Nuestra psique (alma), al contemplar su profundidad, se llena de gratitud hacia el Señor filántropo que nos entregó esta oración, que es dínamis fuerza, energía, luz y consuelo para el camino de nuestra vida.

Todas las peticiones de la Oración del Señor nos ayudan a liberarnos de la φιλαυτία (filaftía: excesivo amor a uno mismo y al cuerpo, egolatría, egocentrismo), para que no vivamos para nosotros mismos, sino para Dios y para el prójimo. Cuanto más nos vaciamos de nuestra filaftía tanto más Dios habita en nuestro interior.

Permíteme expresar una reflexión audaz, no basada en experiencia personal, sino en la experiencia de los Santos y de la Santa Montaña (Athos): “si el hombre se vacía completamente de su filaftía y de su voluntad egoísta, Dios vendrá a habitar en su interior. Lo afirma el mismo Señor: «El que me ama aplicará y cumplirá la enseñanza de mis logos, y mi Padre lo amará y vendremos a él y en él nos alojaremos permanentemente, [metamorfoseando y convirtiendo su corazón y su cuerpo en templo vivificado y deificado del Dios vivo]» (Jn 14:23).

Entonces el hombre podrá experimentar el verdadero descanso espiritual y la alegría auténtica, aquella alegría que Cristo prometió a sus discípulos y que nadie puede arrebatar.

Es triste y doloroso constatar que muchos hombres hoy no oran ni desean rezar la Oración del Señor. Se nos informa que en numerosos centros educativos, durante el momento en que se recita el Padrenuestro, algunos maestros no participan en la oración con los alumnos, o permanecen al margen como signo de desaprobación o indiferencia.

Quienes niegan a Cristo y su Oración -consciente o inconscientemente- y quienes viven de modo filáftico (egolátrico, egocéntrico), recitan en realidad otra “oración”:

No dicen: «Padre nuestro que estás en los cielos», sino: yo soy mi propio dios en la tierra.

No dicen: «Venga tu realeza increada», sino: venga mi realeza.

No dicen: «Hágase tu voluntad», sino: hágase mi voluntad.

No dicen: «El pan nuestro, el sobre-esencial, danos hoy», sino: aseguraré para mí bienes materiales, lujo y derroche.

No dicen: «Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos», sino: no perdono ni pido perdón.

No dicen: «No nos dejes caer en la tentación y líbranos del astuto maligno», sino: busco todo placer lícito e ilícito y rechazo todo sufrimiento.

No dicen: «Tuya es la realeza, la dínamis y la doxa-gloria», sino: mía es la realeza, la dínamis y la doxa-gloria.

No sólo quienes niegan a Cristo caen en este estado; también nosotros, los cristianos, podemos sufrir recaídas y tentaciones de una vida egocéntrica, individualista y espiritualmente destructiva.

Este egocentrismo es el que hoy conduce al vacío existencial y a la falta de salida. La crisis que hoy padece nuestra patria y el mundo entero —en la política, en la educación de los jóvenes, en las relaciones interpersonales y en la economía— tiene, a mi parecer, una raíz profunda: hemos negado el espíritu de Cristo, el espíritu de la Oración del Señor.

Si no hay μετάνοια (metánia: arrepentimiento, conversión y confesión), tanto de gobernantes como de gobernados, no se vislumbra salida al callejón sin salida y al vacío en el que nos encontramos. Ningún partido ni ninguna ideología pueden sanarnos ni salvarnos.

Habrá luz y solución si los nuevos helenos y los cristianos de todo el mundo decidimos volver a decir humildemente: «Padre nuestro», y, más aún, si adaptamos nuestra vida al espíritu de esta oración.

Y aunque muchos no quieran hacerlo, luchemos por hacerlo y vivirlo nosotros, el pueblo fiel y eclesial. No es pequeño el peligro de dejarnos arrastrar por el peso sofocante del ateísmo individualista que nos rodea, presionando y sustituyendo sin darnos cuenta la filotheía (amor a Dios) y la filantropía (amor al prójimo) por la φιλαυτία (filaftía: excesivo amor a uno mismo y al cuerpo, egolatría, egocentrismo).

Ésta es una gran tentación, ante la cual debemos clamar:

«Y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del astuto (o vil) maligno, porque tuya es la realeza , la dínamis y la doxa-gloria (increadas). Amén.»

Padre nuestro Πάτερ ἡμῶν-Páter imón»

 Que estás en los cielos Ὁ ἐν τοῖς οὐρανοῖς-o en tis uranís

Santificado sea tu nombre Ἁγιασθήτω τὸ ὄνομά σου-agiaszito to onomá su

Venga tu realeza Ἐλθέτω ἡ βασιλεία σου-elzeto i vasilía su

Hágase tu voluntad Γενηθήτω τὸ θέλημά σου-yenizito to zelimá su

así en la tierra como en el cielo ὡς ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ τῆς γῆς-os en uranó ke epí tis yís (ghís)

El pan nuestro el sobre-esencial danos hoy Τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον δὸς ἡμῖν σήμερον-ton arton imón ton epiúsion dos imín símeron

Y perdónanos nuestras deudas, καὶ ἄφες ἡμῖν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν-ke afes imín ta ofelímata imón

así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, ὡς καὶ ἡμεῖς ἀφίεμεν τοῖς ὀφειλέταις ἡμῶν-os ke imís afíemen tis ofiletes imón

Y no nos dejes caer en la tentación, καὶ μὴ εἰσενέγκῃς ἡμᾶς εἰς πειρασμόν-ke mi isenenguis imás is pirasmón,

sino líbranos del astuto (o vil) maligno, ἀλλὰ ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ- alá rise imás apó tu ponirú »

Porque tuya es la realeza, la dínamis y la doxa-gloria». ΑμήνAmín Ὅτι σοῦ ἐστίν ἡ βασιλεία καὶ ἡ δύναμις καὶ ἡ δόξα-oti su estín i vasilía, ke i dýnamis ke i dóxa…

Ver también sobre los términos en: http://www.logosortodoxo.com/minilexico/

Tradución χρστος Χρυσούλας jristos Jrisulas

¡¡¡Χάρις (Jaris), Δύναμις (Dínamis) y Δόξα (dóxa) τῷ Θεῷ (to Zeó)!!!

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.