
Diferencia y unión/unidad: la visión para la instrucción cristiana de san Gregorio Palamás
(Por Stavros Fotiu, profesor de la Universidad de Chipre)
Repasado 26/12/2025
San Gregorio Palamás en la historia y en el presente
Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999
Editado por Santo Monasterio Vatopedi, Athos 2000
Si toda teología conlleva una correspondiente antropología, sociología y cosmología, entonces la aceptación o el rechazo del discernimiento o distinción entre esencia y energías (increadas) en Dios no es un tema ajeno a la vida, sino una cuestión de suma importancia existencial para el hombre y para la sociedad. Es un tema que promueve dos culturas distintas, dos maneras diferentes de concebir al hombre en su relación con Dios y, por extensión, consigo mismo, con su prójimo y con la naturaleza. La negación del discernimiento entre esencia y energías en Dios significa que entre Dios y el hombre no existe ni puede existir una relación personal; el Dios es tomado como el primer “motor inmóvil”, como un principio abstracto del mundo causal. En este Dios exiliado en los cielos platónicos, el hombre no puede orar, ni llorar, ni siquiera quejarse, por la sencilla razón de que no lo conoce ni lo encuentra en ninguna parte. La única relación posible es mediante representantes, que pueden ser un papa, un partido o, en general, una autoridad impuesta desde arriba y exterior al hombre.
Allí donde no existe el discernimiento, distinción entre esencia y energías no puede existir una comunidad ni una comunión real y práctica, ni una gnosis (conocimiento) verdadera. Sólo quedan dos opciones: o cada existencia permanece encerrada en sí misma, o, en sus encuentros, una existencia se pierde dentro de la otra. Panteísmo o ateísmo, individualismo o masificación (globalización) son los dos polos en los que la teología occidental ha encerrado el pensamiento humano. La negación del discernimiento, distinción entre esencia y energías genera una cultura cuyos rasgos principales son la separación y la tensión entre lo trascendental y lo endocósmico (intramundano / dentro del mundo), el acceso meramente intelectual a la verdad, la regionalización del cristianismo, la pugna entre los hombres y la explotación de la φύσις, la naturaleza. El hombre solo y huérfano se convierte en esclavo de la necesidad y del nihilismo (del cero). El resultado es la muerte: de Dios, del hombre y de la naturaleza.
Por el contrario, la aceptación del discernimiento, distinción en la deidad entre esencia y energías significa que el hombre puede tener una relación personal y empírica con Dios y encontrarse en una comunión inconfundible e indivisible con Él. Entonces la vida entera adquiere sentido y se inspira en la sinergia θεανθρώπινη (zeanzrópini: divino-humana). Lo espiritual se encarna, lo material se deifica, lo ésjaton (lo último, lo escatológico) irrumpe en la historia. La aceptación del discernimiento entre esencia y energías genera una cultura en la que la belleza y la filocalía (amor al bien, a la belleza y a la bondad), la familiaridad y la participación mutua se destacan como necesidades primordiales; una cultura en la que Dios, el hombre y la naturaleza no se enfrentan ni se confunden, sino que se encuentran en una continua κοινωνία (comunión, conexión, comunicación, participación y unión).
Así, el conflicto teológico del siglo XIV, con protagonistas principales san Gregorio Palamás y Barlaam, expresa la lucha de dos mundos, una pugna de enorme significado para la historia humana.
Para san Gregorio Palamás, Dios es κοινωνία kinonía de αγάπη (amor incondicional, desinteresado, emoción sentimiento de energía increada) de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios no podría ser una sola persona, porque entonces no sería agapi: con una sola persona hay soledad, distancia e indiferencia. Pero Dios tampoco es dos personas, porque entonces se daría una relación exclusiva que dejaría a un tercero fuera, generando separación, pugna y dualismo. Dios, siendo agapi perfecta, es tres personas, superando tanto el individualismo estéril como la dualidad maniquea. La agapi trasciende tanto la soledad inconexa como la exclusividad inhóspita. En la κοινωνία kinonía trinitaria de agapi, cada persona vive en la otra, por la otra y para la otra: la agapi en la interrelación y coexistencia del yo y del tú, del amante, del amado y del co-amado.
Dentro de la κοινωνία kinonía trinitaria coexisten armónicamente la diferencia, la equivalencia y la unión o unidad.
Diferencia: en la κοινωνία kinonía de personas, cada persona es única e irrepetible. La κοινωνία kinonía no amenaza la otredad (el otro); al contrario, la hace resaltar.
Equivalencia: cada persona es absolutamente equivalente a las demás, porque cada una expresa plenamente la misma naturaleza según su propio modo personal.
Unión: las tres personas existen en una unión absoluta, inseparable e indivisible.
El hecho de que el hombre haya sido creado “a imagen y semejanza de Dios” significa que la κοινωνία kinonía humana debe existir y funcionar según el modo de ser de Dios, teniendo como eje fundamental la αγαπη agapi. Cada hombre, superando por un lado el individualismo y la concentración egocéntrica, y por otro, superando toda relación exclusiva que lo separe de los demás, está llamado a vivir la unión con todos, sin condiciones ni límites. La realización de esta posibilidad existencial unirá a los hombres en una κοινωνία kinonía universal y fraterna, cuyos rasgos principales serán los atributos o cualidades de la ontología trinitaria persono-céntrica: diferencia, equivalencia y unión.
******
En esta breve introducción intentaré mostrar cómo estos tres atributos de la κοινωνία kinonía trinitaria -diferencia, equivalencia y unión-, atributos que deben definir toda relación auténtica, pueden vivirse en los aspectos básicos de los procesos instructivos; es decir, cómo la teología de san Gregorio Palamás inspira la Instrucción Cristiana, haciéndola excepcionalmente actual para el mundo contemporáneo.
En primer lugar, la interrelación circundante y coexistente entre diferencia, equivalencia y unión debe marcar la relación entre alumno y maestro. Maestro y alumno son personas distintas y, por ello, desempeñan roles distintos dentro de la comunidad educativa. Cualquier identificación o confusión de estos roles tiene consecuencias negativas para la maduración espiritual del alumno. Al mismo tiempo, maestro y alumno son equivalentes, es decir, poseen el mismo valor; por ello, cualquier imposición o coacción psíquica del maestro hacia el alumno no tiene cabida en su relación. Además, ambos no son ajenos ni independientes, sino personas relacionales: yo soy su maestro y él es mi alumno. Esto significa que la paternidad espiritual es la relación más adecuada entre maestro y alumno.
Por un lado, el maestro ofrece a su alumno los criterios y las referencias de la verdadera vida, de modo que pueda distinguir lo verdadero de la fantasía, lo grande de lo pequeño, lo noble y honesto de lo mezquino. Esto implica que el maestro entrega a su alumno su propia vida. Por otro lado, el alumno, al aceptar la agapi-amor incondicional y desinteresado- del maestro, no la retiene para sí, sino que la devuelve plenamente. En esta reciprocidad, la agapi es a la vez don, regalo recibido y don, regalo ofrecido.
Del mismo modo se comprende también la relación entre los alumnos. Cada alumno es una persona única e irrepetible; por ello, toda clasificación o sometimiento a categorías estáticas constituye una deformación de su verdad personal. La persona humana -es decir, el alumno concreto, con nombre, aquí y ahora- no se reduce a la nada; sino que todo debe estar a su servicio, de lo contrario se pierde el sentido, el propósito y la finalidad.
Esta catáfasis (afirmación positiva) de la otredad se expresa mediante la equivalencia, que es precisamente el respeto a la diferencia. Lo complementario se proclama así como elemento o componente fundamental de la vida. Esto significa que no existen alumnos superiores o inferiores, sino distintos. La equivalencia entre los alumnos implica que toda distinción —biológica, social, étnica, nacional e incluso ética— es errónea. Aquí, la defensa de san Gregorio Palamás de las otras dos Personas de la Santa Trinidad tiene mucho que enseñarnos. La Instrucción Cristiana no juzga a los hombres según su pasado, es decir, según la justicia, sino según su futuro, es decir, según la agapi. La visión esjatológica concede tiempo y espacio al otro para cambiar y metamorfosearse (transformarse).
La equivalencia entre los alumnos implica también la equivalencia entre los diversos carismas o virtudes que los adornan, así como son equivalentes los atributos de las Personas divinas. Las distintas virtudes de los alumnos son igualmente valiosas; por ello, todas deben manifestarse y cultivarse. Nadie debe despreciar al otro ni ninguna virtud debe ser menospreciada.
Pero la diferencia y la equivalencia coexisten con la unión. Esto significa que las virtudes no existen para el uso o la explotación individual, sino para el bien y bienestar común y la coexistencia armónica. Cada carisma se juzga “por su acción adecuada y por su finalidad o propósito”. Por lo tanto, nada considero como exclusivamente mío ni lo guardo para una explotación individual. Lo que tengo y, sobre todo, lo que soy, lo ofrezco a los demás. Todo es un regalo, un don, don recibido de Dios; por eso, el hombre, al cultivarlo y acrecentarlo, lo devuelve y lo ofrece a Dios y a los hombres.
Así, la educación promueve la unión humana universal y forma personas que se ofrecen a sí mismas a los demás. Hablamos de una κοινωνία kinonía de solidaridad, cuyas principales necesidades son la participación psíquica y la plenitud espiritual, la autosuperación y la auto-entrega. Nos referimos a una κοινωνία kinonía en la que los hombres se sienten muertos cuando no mueren por los otros; donde el Estado, los partidos políticos y la educación no son simples instituciones convencionales, sino expresiones de relaciones interpersonales, manifestaciones del paso del rebaño a la ciudad y de la política a la cultura. Así se forma al político que sirve a la unión de los ciudadanos, al médico que sufre con el enfermo y al arquitecto que embellece el espacio.
******
Para que exista una unión armónica con los demás, es necesaria primero una relación armónica del hombre consigo mismo. Esto implica el desarrollo equilibrado de las tres fuerzas de la psique-alma: la voluntad, la lógica y la emoción. Supone la negación de toda visión unilateral del mundo psíquico y de toda educación que desarrolle de manera asimétrica o desproporcionada la interioridad del alumno. La praxis debe ser lógica y sensata, la emoción estable y la voluntad activa. Una educación que no cultiva la lógica degenera en cientificismo; una educación que no cultiva la emoción conduce a la superstición; y una educación que no cultiva la voluntad desemboca en ideología. Como dice característicamente el santo: “logos en la praxis y praxis lógica y sensata”.
El desarrollo unilateral de las fuerzas psíquicas supone también una valoración unilateral del hombre. En tal caso, una parte se considera representativa de la totalidad humana, con el resultado de la amputación del resto de la hipóstasis (personas o bases subsistenciales). Esta visión unilateral del hombre era propia del occidental Barlaam, fruto de sus condiciones teológicas. Para Barlaam, sólo tenía importancia la parte gnóstica del hombre; por ello, identificaba la salvación con la gnosis. La base de su postura era que todos los males proceden de la ignorancia; en consecuencia, la gnosis sana y purifica la psique-alma. No es casual, entonces, que defendiera la completa inactividad de las partes irascible y anhelante —voluntad y emoción— de la psique-alma, pues consideraba que su desarrollo obstaculizaba el funcionamiento normal de la parte gnóstica de la psique-alma.
Para Barlaam, la gnosis es el examen intelectual de un objeto ajeno y sin relación con el sujeto. Pero la gnosis sin κοινωνία kinonía, es decir, sin agapi, es una gnosis “emocional y demoníaca”, una gnosis que “envanece” y busca dominar e imponerse. El otro y los otros se reducen entonces a objetos impersonales que se adquieren y se conquistan para el uso, el abuso y la explotación12.
Al contrario, para san Gregorio Palamás el hombre debe cultivar la totalidad de su dinamismo psíquico, puesto que la psique-alma es πολυδύναμη polidínami —de múltiples fuerzas—, polivalente y unitaria. La finalidad de la Instrucción Cristiana Ortodoxa, en su apertura hacia Dios, debe ser la metamorfosis de todas las fuerzas del alma-psique, y no la anulación de algunas δυνάμεις (dinámis: fuerzas, potencias y energías) psíquicas. La gnosis es de doble sujeto: es una gnosis entre personas, en la que el uno se abre para acoger al otro. La gnosis es sinónima de la agapi: es participación en la vida del otro17.
Por ello, la Instrucción o Educación Cristiana Ortodoxa no abarca únicamente un aspecto o matiz de la vida —el llamado ámbito religioso—, sino la totalidad de la existencia humana. Se dice a menudo que la educación es un oficio litúrgico. Para san Gregorio Palamás, educación es aquella conducta que todo lo hace liturgia (misión y servicio para el bien común), es decir, que transforma la economía en filantropía, el trabajo en creación, la política en diaconía (servicio), y la agapi-amor en participación de psique-alma y cuerpo. En una educación así, todas las disciplinas aspiran a la convivencia fraterna entre los hombres, y a la vez a una relación de absoluta equivalencia; cada una, desde su modo propio, contribuye a esta causa común. Así, por ejemplo, la lengua transmite vivencias y experiencias; la historia revela la singularidad personal; la geografía favorece el conocimiento mutuo; las matemáticas manifiestan la estructura lógica del mundo; la física testimonia la interacción universal; la música recrea y armoniza el mundo interior.
******
Esta visión de la Instrucción Cristiana Ortodoxa, inspirada por la vida y la obra de san Gregorio Palamás, podría parecer a primera vista un reflejo platónico, un prototipo celeste de lo trinitario. Sin embargo, san Gregorio nos preserva de tal interpretación al anclar esta visión en la cristología y la pnevmatología (tratados espirituales).
Supongamos que los hombres alcanzan una convivencia armónica como la descrita anteriormente. Aun así, persisten desigualdades puramente existenciales que ninguna valoración sociológica puede eliminar: uno nace bello y otro no; uno es intelectualmente dotado y otro no; existe además la desigualdad suprema del tiempo. Uno puede tener ochenta años y gozar de salud, mientras otro, con veinte, está gravemente enfermo y muere a los veintiún años. Aquí entramos en el núcleo de las consecuencias que conlleva aceptar o negar el discernimiento, distinción entre esencia y energías (increadas) en Dios.
El hombre experimenta diariamente su condición de es creado (creatura) y enfrenta constantemente el problema de su mortalidad. Sólo su unión con Dios —la vida eterna— puede ayudarle a vencer a su mayor enemigo: la corrupción y la muerte. He aquí, porque san Gregorio Palamás no necesita un Dios meramente ejemplar o prototípico, sino un Salvador que pueda y quiera “psicoterapiar” sanar, salvar y divinizar al hombre: “Y, en general, debemos buscar a un Dios que sea participable de todas las maneras, y del cual cada uno, participando analógicamente en sí mismo y viviendo realmente según la analogía y la participación, sea divinizado”.
Sólo el encuentro agapítico y la unión del hombre con el Dios increado pueden mantenerlo en la vida. Sólo una Instrucción o Educación que sea anticipación y pregusto de la Resurrección es verdaderamente cristiana.
El Dios de san Gregorio Palamás —el Dios de toda la Tradición Ortodoxa— no es el Dios de la antigua filosofía helénica, donde el ser bienaventurado, autosuficiente y aislado, se niega a la comunión con los demás y permanece ajeno tanto a los de fuera como, sobre todo, a los de abajo. El Dios de la Ortodoxia es el Dios que desciende para ofrecerse: “se fragmenta y, fragmentado, no se divide; siempre se come y nunca se consume; santifica y diviniza a quienes participan de Él, sana a los enfermos y a los pobres de este mundo”.
Dios y el hombre dialogan, se comunican y se unen en la reciprocidad de la agapi: el hombre sale de sí mismo y se une a Dios, superándose a sí mismo; y el Dios, por condescendencia, sale de sí y se une a nosotros, de manera inconcebible, en nuestro nus (espíritu del corazón de la psique). El Dios, por medio de sus energías increadas, viene al encuentro del hombre y se une a él cara a cara, amigo con amigo. En la comunión con Cristo, Dios encarnado, el hombre vence la muerte; se convierte en templo de la plenitud de la divinidad. En esta unión con Cristo llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, hijos de la Resurrección22.
Esta unión con Cristo no se realiza individualmente, sino mediante la incorporación a la Iglesia, la comunidad y comunión universal de la agapi. Esta entrada se efectúa por el Espíritu Santo, que nos constituye miembros del Cuerpo eclesial, es decir, en una relación de dependencia y solidaridad mutua.
******
La Iglesia es una comunidad y sociedad personocéntrica, en la que Dios entero circunda y contiene a todos los santos y a todos los dignos. Esta visión eclesial, defendida y profundizada por san Gregorio Palamás, es la que la Instrucción Cristiana transmite a los hombres. Frente a las ideologías dualistas contemporáneas, recuerda que la sociedad no es una suma de individuos aislados e inconexos, sino una κοινωνία (comunión, conexión, comunicación, participación y unión): lo común del espíritu, la libertad que ama y la agapi que libera. El otro es una bendición; su existencia es condición de vida.
Lo que sana y salva al hombre es la unión y la κοινωνία comunión y unión. Y precisamente σωτηρία (sotiría: redención, sanación y salvación), como lo atestigua la palabra misma, significa permanecer sano, entero, íntegro, no fragmentado. Al contrario, toda separación es también una forma de muerte: la muerte espiritual —que engendra todas las demás muertes— es la separación del hombre de Dios; la muerte biológica es la separación del cuerpo y la psique; la muerte social es la separación del hombre de su prójimo; y la muerte ecológica es la separación del hombre de la naturaleza.
En definitiva, la visión que la Instrucción Cristiana Ortodoxa anuncia a sus alumnos es la unión armónica de todos. El hombre que vive en relación armónica con Dios vive también en armonía consigo mismo, con el prójimo y con la naturaleza. En esta visión ortodoxa de la vida coexisten la otredad y la comunión, la diferencia y la unidad. La unidad no implica uniformidad ni aplastamiento; la diferencia no significa aislamiento. Nada vive por sí solo, nada se opone a lo otro: todo coexiste y se interrelaciona en la liturgia cósmica que es la vida.
La vivencia humana de esta unidad que no confunde, de esta diferencia que no divide y de esta belleza divina trinitaria constituye la visión, el camino y el fin de toda Instrucción o Educación Cristiana Ortodoxa.
Stavros Fotiu. Profesor de la Universidad de Chipre
Sumarios de los Congresos Internacionales de Atenas y Limassol (Chipre)
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas) www.logosortodoxo.com







