
La sinergia de la voluntad divina y la humana, según el Yérontas Sofronio Sajarof, el Athonita
Por Dimitri Tseleguidis
(Catedrático de ascética dogmática ortodoxa, Universidad Aristotélica de Tesalónica)
Congreso científicο interortodoxο “El Yérontas Sofronio: el teólogo de la luz increada”, Atenas, 19-21 de octubre de 2007
Repasada traducción 18/12/2025
Y un añadido por mí corto del Metropolita Ierózeos Vlajos de su libro HISIJÍA y TEOLOGÍA.
Es un honor excepcional para mí que se me haya propuesto participar como conferenciante en este Congreso Científico Ortodoxo. He venido con gran interés para escuchar a aquellos que conocieron personalmente al Yérontas Sofronio y, especialmente, a los que vivieron con él como hijos espirituales.
En mi introducción me ocuparé selectivamente de determinados significados de los textos del bienaventurado Yérontas, sin querer reivindicar un auténtico acercamiento interpretativo a la obra del autor, puesto que no tuve la bendición de conocerle personalmente y hablar con él sobre algunos puntos de sus textos de difícil comprensión.
La sinergia de la voluntad divina y la humana concierne entera y determinantemente a la salvación y a la θέωσις zéosis* carismática del hombre. Constituye la enseñanza dogmática de la Iglesia, que se cimienta en el dogma cristológico, es decir, en la verdad de la humanización, encarnación del Logos de Dios. La sinergia es el modo totalmente indispensable, insustituible y práctico mediante el cual el hombre adquiere su acceso activo a la misma vida increada del Dios Trinitario. Es el principio fundamental y determinante de la santidad de todos los santos. Con la sinergia, la relación de dependencia del hombre respecto a Dios se convierte en una acción voluntaria, mientras que, simultáneamente, la persona humana se dignifica colaborando con su principio hipostático (substancial). Con la sinergia, el hombre no se autonomiza, sino que vive empíricamente su ser en Cristo y no repite más el pecado original en su vida personal.
La consideración Ortodoxa de la sinergia presupone la conducta y actitud correctas del hombre para su psicoterapia, sanación, redención y salvación. Y la conducta correcta es, por excelencia, la conducta humilde. Esto se concreta realmente en el autoconocimiento del hombre, porque él solo no puede conseguir la finalidad o propósito que Dios le ha puesto al crearlo como imagen y semejanza de Él. El creyente tiene energizada y operativa en su interior la presencia continua de la energía increada de la Χάρις (Jaris, Gracia)* deificante solo con su libre correspondencia a la llamada amorosa de Dios para cumplir su voluntad. En esto consiste, generalmente, la estimación ortodoxa de la sinergia para nuestra salvación.
El misterio de la salvación es obra de la voluntad del Dios Trinitario, el cual se realiza y es proporcionado como regalo exclusivamente por la increada Jaris (Gracia) deificante dentro de la Iglesia Ortodoxa. Su familiarización, apropiación y, sobre todo, su vivencia en todos los aspectos presupone, en todo caso, la continua sinergia de la voluntad humana. Dios no puede salvar al hombre sin su participación, observa epigramáticamente el padre Sofronio (1) (Lucha para la teognosía, pág. 331). Del hombre depende “cuánto abrirá la puerta de su corazón para que sea introducido sin violencia el Señor” El Señor nunca viola la voluntad del hombre, pero a Dios nadie puede obligarle a nada (2) (Sobre la oración, pág. 168, https://www.logosortodoxo.com/oracion/la-ascesis-o-practica-de-la-oracion-de-jesus/ ). Dios no se introducirá en nuestros corazones si no estamos dispuestos a abrirle la entrada (Apoc. 3,20). Cuanto más abrimos la puerta, tanta más abundancia de luz increada llena nuestro ser interior (5) (Sobre la oración, pág. 102). Esto significa que Dios respeta la libertad del hombre, que es el principio básico de su creación como imagen (icona). Respeta la habilidad de su autodeterminación (6) (Su vida, mi vida, pág. 92).
Hemos sido creados por Dios como imagen suya para vivir como semejanza suya (8), es decir, para nuestra zéosis final, nuestra participación en la plenitud de la vida divina (9). Nuestras relaciones con Dios conllevan exclusivamente carácter personal y se cimientan sobre los principios de la libertad (10).
El hombre, dice el Yérontas Sofronio, no lleva por deseo en su interior la vida eterna. “Ella le es dada por Dios. Es donación de la divina Jaris (Gracia) increada. La obra de la salvación se consuma con la Jaris de Dios, pero en todo caso también con la coparticipación de la libre voluntad y preferencia del hombre” (12). Pero cuando la anterior donación salvadora de la vida increada está inactivada en nuestro interior a causa de nuestra vida pecaminosa, se necesita mucho esfuerzo humano para reenergetizarla y reactivarla. En este caso, los esfuerzos humanos, cualesquiera que sean, son caracterizados por el nuevo teólogo de la luz increada (se refiere al p. Sofronio) como “cero, comparados con las donaciones de lo alto” (13). Y esto, según nuestra opinión, porque los intentos del hombre son creados, mientras que la donación de Dios es increada.
La auténtica vida cristiana se cimienta en la identificación de las dos voluntades: la divina, eternamente imperturbable, y la humana, que está sometida a oscilaciones. Dios se revela a sí mismo de muchas maneras al hombre. Cuando aceptamos amorosamente su acercamiento a nosotros, entonces visita a menudo la psique-alma con humildad y afabilidad. La psique-alma, al ver a Cristo a la luz de su agapi (amor incondicional y desinteresado), es atraída por Él. Entonces no puede ni quiere resistir a esta atracción (14). “La Jaris (Gracia) increada de Dios no reduce la libertad”, nos dirá san Siluán el Athonita, “sino que solo sinergiza, colabora con el cumplimiento de los mandamientos de Dios” (15). La sinergia del hombre consiste en la entrega voluntaria y agapítica (amorosa) de su voluntad a la voluntad de Dios, según el prototipo de la Θεοτοκος (Th-Zeotókos: Madre de Dios, la que da a luz a Dios), la cual, correspondiendo a la llamada de Dios para servir a su voluntad, dijo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase conmigo conforme a tu logos, dicho” (Luc. 1,38).
Durante el proceso de la sinergia, “el lugar principal, en cualquier caso, pertenece a la divina Jaris” (17). Primero, siempre energiza, opera Dios, revelándose a nosotros sin violencia y con orden (18). Cuando Dios se revela, “espera” que el hombre le conteste correctamente y que quiera hacerse semejante a Él. De esta respuesta depende la vida entera y la psicoterapia y salvación del hombre. Dios nos llama a un cambio radical de nuestra vida, y este cambio no se consigue de otra manera sino con la fusión de nuestro candente anhelo con la candente energía increada del fuego celeste, que ablanda nuestro corazón. A continuación, el corazón ablandado es martilleado con golpes de martillo fuerte (20).
Concretamente, antes de que el hombre llegue al estado espiritual de la enseñanza en Cristo, de modo que colabore libremente con el cumplimiento amoroso de la voluntad del Dios Trinitario, es atraído primero por la agapi de Dios Padre hacia las huellas de Cristo. Esta agapi de Dios es vivida por el hombre, al principio, como un divino y doloroso auto-odio. En este caso, el hombre se odia a sí mismo porque ve que, existencialmente, está cautivo de sus pazos y es incapaz de seguir a Cristo a causa de su egoísmo. Esta concienciación conduce al hombre a la profunda μετάνοια (metania: conversión, introspección, arrepentimiento y confesión), la cual constituye condición indispensable para participar en la plenitud de la vida de Dios (22). Cuando en el hombre domine y reine su repugnancia hacia el mal que tiene en su interior, entonces estará sediento y hambriento del “como semejanza” de Dios con la divina humildad. Además, en esta espera se encuentra la semilla de la santidad (23). La buena predisposición y preferencia de la voluntad del hombre se manifiestan exactamente en este anhelo por la libertad de la horrible esclavitud, y se expresan en la práctica con la fuerza de la resistencia al pecado y la búsqueda y petición de la ayuda divina (24).
La sinergia es un procedimiento continuo y está contenida en todos los niveles de la escalera espiritual del hombre. En el caso de las aflicciones voluntarias, crea condiciones excepcionales de sinergia de la independencia humana con la divina Jaris (Gracia). Por esto, rotundamente dirá el Yérontas Sofronio: “Un corazón que no ha sido destruido por las heridas de las aflicciones y no se ha hecho humilde hasta el final en cualquier clase de necesidad (espiritual y corporal) no es capaz de recibir la increada divina Jaris”.
¿Pero tiene el hombre las condiciones ontológicas (existenciales) depositadas en su naturaleza para una auténtica cooperación con Dios Trinitario, de modo que pueda concebir y cumplir Su voluntad y familiarizarse con Su vida increada y eterna?
El Yérontas Sofronio nos dirá que “el hombre creado, como no tiene la eterna vida divina en su existencia creada, no puede vivir con sus fuerzas naturales de acuerdo con los mandamientos de Dios. Pero tiene la cualidad de tender hacia el Bien, la eternidad y hacia Dios. Sin embargo, esta persecución suya quedaría irrealizable si no colaborara (sinergizara) la divina Jaris increada, la cual, por otra parte, es aquello mismo que se busca” (26). Del hombre se pide mostrar la máxima diligencia posible para el cumplimiento de la voluntad de Dios, que expresan Sus mandamientos. Pero la plena y perfecta correspondencia a estos no puede ser hazaña suya: permanece siempre como donación (regalo) de Dios (27).
Para que el hombre comprenda correctamente la divina voluntad y, mucho más, para que corresponda plenamente a ella, debe hacerse partícipe de la increada Luz. Esta luz de la divina Jaris revela al hombre el contenido de los mandamientos de Cristo y, como en su interior lleva la vida eterna y la divina agapi, lo hace capaz de cumplir los mandamientos; sin ella, el hombre permanece en oscuridad espiritual (28).
“Cuando la Jaris del Espíritu Santo nos ensombrece y se convierte en fuerza, en energía que opera en nuestro interior”, apunta el Yérontas Athonita, “entonces los movimientos de nuestra psique se acercan a la perfección de los mandamientos” (29).
La divina iluminación y la “energía y fuerza de lo alto” (30) constituyen la perfecta e indispensable sinergia de Dios, de modo que el hombre pueda cumplir los divinos mandamientos (31). Tal como subraya característicamente: “Ninguno de los hombres puede conformar su vida al Evangelio solo con su propia fuerza y energía. Por mucho que lo intentemos, el mandamiento permanece inaccesible en su perfección” (32).
Esto es absolutamente natural porque, según el padre Sofronio, “nuestro esfuerzo en Dios para cumplir los mandamientos tendrá como consecuencia natural el reconocimiento de nuestra debilidad. Con el esfuerzo doloroso, nuestro nus permanecerá atento al espíritu de los mandamientos y comprenderá que los preceptos de Cristo, según su esencia espiritual, son la increada luz de la deidad. Así, ninguna energía ni acción nuestra puede llegar a la perfección que exige Dios” (33). Por esto, justamente, el cumplimiento de los mandamientos de Dios solo se puede conseguir por la fuerza y la energía de la increada Luz, es decir, del mismo Dios.
Sin embargo, si la sinergia de la voluntad divina y la humana constituye la condición fundamental de la sanación y la salvación, la divina voluntad no está siempre clara en nosotros. Por ello, en cada caso de nuestra vida debemos buscar y pedir el conocimiento de la voluntad de Dios, pero también el camino para cumplirla. A menudo no sabemos cómo debemos actuar para que nuestra praxis se encuentre dentro del espíritu de la divina voluntad. No basta solo conocer cómo se expresa, de manera general, la voluntad de Dios en los mandamientos (34).
Razonablemente, nos surge la pregunta en el día a día: ¿cuál es la manera concreta y práctica mediante la cual el creyente sinergiza (colabora) de modo que sea conducido al reconocimiento de la voluntad de Dios? El P. Sofronio apunta: “El creyente, afrontando la necesidad de encontrar una solución de acuerdo con la voluntad de Dios en un caso concreto, se desapega de todos sus conocimientos y de todo pensamiento, deseo y plan preexistente. Entonces, liberado de toda cosa propia, ora a Dios con atención en su corazón. Lo primero que nacerá de su psique-alma a causa de esta oración lo acepta como indicación de lo alto… Pero para que el hombre escuche con mayor confianza la voz de Dios en su corazón, debe rechazar su propia voluntad y estar preparado para todo tipo de sacrificio” (35).
El reconocimiento de la voluntad de Dios en su forma más perfecta mediante la oración es un fenómeno difícil. Es realizable solo después de grandes esfuerzos, larga y profunda experiencia, combate contra los pazos, después de muchas tentaciones de los demonios por un lado y, por otro, de gran cantidad de Jaris (Gracia) y ayuda. Pero la oración ardiente que busca y pide la ayuda divina es un trabajo bondadoso e indispensable para todos: sacerdotes, encargados, obedientes, yérontas, guías, ancianos, mayores, jóvenes, maestros, niños… todos, sin excepción alguna, independientemente del oficio, estado y edad. Todos, en todas partes, deben siempre rogar a Dios, cada uno a su manera, para que les conceda prudencia y virtud. Así, gradualmente, sus rutas se irán acercando al camino de la santa voluntad de Dios, hasta llegar a la perfección (36).
“Con el problema del reconocimiento de la voluntad de Dios se conecta estrechamente el problema de la obediencia” (37) al guía espiritual. Este es el camino alternativo más seguro para la información y el conocimiento de la divina voluntad. A causa de la fe del que pregunta, la respuesta del guía es siempre beneficiosa y agrada a Dios (38). La voluntad de Dios se comunica al creyente cuando este acepta “sin contradecir” el primer consejo del guía, que es fruto de su oración (39).
Finalmente, el fin último de Dios para el hombre, que es su carismática zéosis, habitualmente se dice que es energizada, operada por Dios y que el hombre “padece”, sufre la zéosis.
En esta experiencia patrística de la zéosis, representada de modo eminente por los Padres filocálicos —especialmente por los santos Macario de Egipto, Máximo el Confesor, Simeón el Nuevo Teólogo y Gregorio Palamás—, el Yérontas Sofronio realiza una fina y acertada observación: “El hombre recibe la zéosis. Dios la energiza, la activa, y el hombre la recibe, la asume. Pero esta recepción”, señala, “no es totalmente pasiva”. La zéosis no puede consumarse de otra manera sino solo con el acuerdo y, principalmente, con la sinergia del mismo hombre (40). La participación en la divina bondad no depende solo de Dios, sino también de la voluntad del hombre (41).
Venerables: más allá de su experiencia personal, el padre Sofronio tuvo la bendición de vivir en la Santa Montaña de Athos cerca de san Siluán durante los últimos y maduros años de la vida del santo. Así, su logos, con su particular carácter empírico, enriqueció también la Tradición patrística escrita y la enseñanza de la Iglesia sobre la sinergia. Es característica, en este punto, su contribución. El hombre, viviendo su elevado estado de perfeccionamiento, participa en la misma vida increada de Dios y nos dice que no peligra frente a la exaltación de sus hermanos que están privados de esta experiencia. Tal como explica: “Esto es factible mediante esta misma sinergia de la divina fuerza y energía, porque el mismo Dios es humildad” (42). Es decir, la auténtica vivencia de la increada vida divina, según nuestra opinión, posee aquellas pruebas espirituales y empíricas de las que Cristo habla cuando recomienda el cumplimiento de Su voluntad diciendo: “Cargad y llevad mi yugo de la obediencia sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas,” (Mat. 11,29).
Referencias
Contemplamos a Dios tal como es, Essex, Inglaterra, 1992; 2 p. 191, 8 p. 176, 11 p. 176, 14 p. 91, 18 p. 141, 20 p. 76–77, 21 p. 331, 22 p. 62, 32 p. 202, 33 p. 221, 42 p. 35.
San Siluán el Athonita; 15 p. 419, 19 p. 146, 26 p. 238, 28 p. 221, 29 p. 206, 31 p. 93, 34 p. 92–93, 35 p. 93–94, 36 p. 100, 37 p. 100, 38 p. 95, 39 p. 96–97, 40 p. 244.
Sobre la oración, Essex, 1993; 3 p. 92, 5 p. 102, 7 p. 116, 9 p. 193, 10 p. 50, 27 p. 35.
Lucha por la teognosía, Essex, 2004; 1 p. 331, 12 p. 332, 17 p. 330, 24 p. 332, 25 p. 240.
Su vida, mi vida, Tesalónica, 2005; 6 p. 92, 13 p. 120, 23 p. 127.
Oración y contemplación, Essex, 1996; 41 p. 167.
Metropolita Ierózeos Vlajos de su libro HISIJÍA y TEOLOGÍA
- Testamento personal (pág. 55) Más allá del Antiguo y del Nuevo Testamento, Dios contrae también un Testamento personal con cada miembro de la Iglesia que lucha por unirse a Él. Este Testamento se conecta y se une estrechamente con la venida de la divina Jaris al corazón del hombre y con la correspondencia de este a dicha energía, lo que se llama sinergia. Esta sinergia consiste en la muerte del hombre antiguo y se vincula estrechamente con la divina Efjaristía.
- a) La venida de la divina Jaris:
Dios, en momentos en que el hombre no lo espera, se apocalipta/revela a Sí mismo de distintos modos y en diversos grados; entonces el hombre comienza a vivir las experiencias del monte Sinaí, y particularmente las experiencias de los Apóstoles durante el día de Pentecostés.
Entonces, la Jaris de Dios se introduce en el corazón del hombre y se desarrolla la gran agapi hacia Dios; se energetiza y activa la energía noerá (bioenergía espiritual) y se convierte en oración incesante. Unas veces esta Jaris viene como fuego que quema los pazos y otras como luz que ilumina y calienta toda la existencia.
Se trata de la primera Jaris, que es el principio de la vida espiritual, y constituye un período de experiencias vividas del corazón y de gran sentimiento de la agapi y de la misericordia (increadas) de Dios. Entonces Dios contrae el Testamento personal con el hombre. - b) La sinergia espiritual:
Pero el hombre tiene que corresponder a esta increada energía divina de la agapi. Esto, en el lenguaje teológico, se llama sinergia, en el sentido de que Dios energiza , opera y el hombre sinergiza coopera, colabora.
Esta sinergia se expresa mediante la ascesis (práctica espiritual ortodoxa) y la vida hisijasta (en hisijía: serenidad mental y paz cordial) del hombre. Pero el ejercicio tal como se describe en la Tradición Ortodoxa es derramamiento de sangre, sacrificio y ofrecimiento.
Dios llama al hombre a subir a la montaña de la visión divina, puesto que este es el propósito o la finalidad de la vida del hombre, creado como a imagen y semejanza. Para esta finalidad debe realizar su catarsis, limpiarse, contenerse y moderarse. Según el grado de la catarsis, sube a la montaña de la zeoría (contemplación) de Dios. A continuación baja de la montaña, porque no puede permanecer fijamente en este estado, y entonces vive y experimenta las ocultaciones o privaciones de la divina Jaris, lo cual requiere lucha, sacrificio, paciencia, humildad y metania.
Otras veces, después del derramamiento de la divina agapi y de la adquisición de la gnosis (conocimiento increado) de Dios, el hombre es llamado por Dios a bajar de la montaña para enseñar a los hombres y conducirlos hacia la adquisición de esta experiencia de comunión y unión con Dios. - c) La divina Efjaristía:
La revelación personal de Dios al hombre, con la que se contrae el Testamento personal, mediante el derramamiento de la sangre, es decir, mediante el sacrificio y su lucha por corresponder a esta gran agapi de Dios, se sella con su participación en la cena (mística) de la divina Efjaristía.
Existe una relación estrecha entre la apocálipsis (revelación) de Dios, la ascesis y la divina Efjaristía. Una presupone y remite a las otras dos. La interrupción de las relaciones con Cristo es la desorganización de toda la vida espiritual. Asimismo, la separación de una de estas implica la disgregación de la unidad de la vida espiritual. Todo este camino lo vemos claramente también en la Divina Liturgia.
Contemplación (zeoría) y teología de la Santa Trinidad
En cada época existen dos modos mediante los cuales los hombres hacen teología. Uno es el reflexivo y meditativo, y el otro es el empírico y apocalíptico (por revelación). Al primero pertenecen los filósofos y los teólogos filosofantes; al segundo, los Santos Padres. Es conocido que los heréticos intentaban comprender todo con la razón de la dianía (mente o intelecto), lo que expresa el “helenizado cristianismo”. En cambio, los Padres que siguieron un método distinto expresan el “cristianizado helenismo”, puesto que poseen la experiencia de Dios. Esta experiencia se formula con términos de la lengua helénica.
*Χάρις τοῦ Θεοῦ (Jaris tou Theou), Gracia de Dios (Jn 1,14.16.17), es energía divina increada, innata e inherente riqueza de la Deidad. Especialmente en el ámbito de la redención, la Jaris es, en particular, el don de Dios que se derramó del sacrificio de la Cruz de Cristo y que, actuando dentro de la Iglesia, envuelve al hombre débil y pecador, lo santifica (cuando colabora libre y voluntariamente) y le hace alcanzar la zéosis. La divina Jaris se comunica mediante los santos Misterios ortodoxos de nuestra Iglesia. Esencia y energía están relacionadas: no hay esencia sin energía ni energía sin esencia. San Gregorio Palamás nos dice apofáticamente: “No conocemos a Dios por su esencia, sino por sus energías; y de la esencia increada procede la energía increada, y de la esencia creada, la energía creada”. Los heterodoxos están muy confundidos y oscurecidos en este tema.
*Θέωσις (Zéosis), deificación o glorificación, es la participación, unión y comunión con la increada Gracia deificante de Dios. La zéosis se identifica y se conecta con la contemplación (zeoría) de la increada Luz. Se llama “zéosis por la Gracia” porque se realiza mediante la energía increada de la divina Gracia. Es sinergia de Dios y del hombre, puesto que Dios es el que energiza y opera, y el hombre el colaborador, coenergizante y cooperante.
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com (en español).







