Φιλοκαλία των Ιερών Νηπτικών, Τόμος Β΄
Άγιος Μάξιμος ο Ομολογητής

Filocalía tomo 2
San Máximo el Confesor
Breve interpretación de la oración «Padre Nuestro» enviada a un amigo y amante de Cristo
rectificada traducción 04/10/2024
Al recibir sus preciosas cartas, sentí como si recibiera al mismo Señor mi protector, el que siempre está presente espiritualmente y en ningún momento puede estar ausente; sin embargo, debido a la riqueza de su virtud, no rehúsa comunicarse con sus siervos, imitando a Dios, según la capacidad que Dios ha dado a la naturaleza humana. Por eso, admirando la grandeza de su condescendencia, he mezclado mi temor hacia él con el anhelo, y formé de ambos -temor y anhelo- una αγάπη agapi (amor desinteresado) compuesto de sístole o contracción (reverencia) y benevolencia. Y esto, para que el temor no se convirtiera en odio, al despojarse del anhelo, ni el anhelo se convierta en desprecio, al no estar unido con el temor prudente; sino para que sea demostrado que la αγάπη agapi es una ley interior colmada de cariño que abraza a todos los hombres, sometiendo el odio con la benevolencia y alejando el desprecio con la sístole o contracción.
Este temor, precisamente, es al que se refiere el bienaventurado David, porque entendió que es lo que más sostiene la divina αγάπη agapi, diciendo: “el temor del Señor es puro y para siempre” (Sal 18,10). Es decir, él sabía que este temor era distinto de aquel que nace del miedo (terror) del castigo por los pecados. Porque ese es expulsado y desaparece completamente por la presencia de la αγάπη agapi, como demuestra el gran evangelista Juan, diciendo en algún lugar de sus escritos: “La perfecta agapi expulsa al temor, miedo” (1Jn 4, 18). Mientras que el miedo anterior es una característica natural de la verdadera ley del cariño y con la sístole o contracción asegura a lo largo de los siglos para los santos la ley y la manifestación de la agapi-amor de una manera completamente incorrupta hacia Dios y entre ellos.
Por tanto, reuniendo, como dije, mi temor, hacia mi Señor con el anhelo, he guardado hasta hoy esta ley de la αγάπη agapi. De esta manera, me impedía escribir debido a la sístole o contracción, para que no surgiera el desprecio; pero de nuevo la benevolencia me empujaba a escribir, para que la total omisión de hacerlo no se considerara odio.
Escribo, pues, porque se me ordena hacerlo, no lo que pienso yo, sino lo que Dios quiere y proporciona con Su χάρις jaris (gracia, energía increada), para que resulte provechoso. Como dice David: “La voluntad de Dios permanece por los siglos, y los pensamientos de Su corazón, de generación en generación” (Sal 32,11). Voluntad de Dios y Padre tal vez se refirió a esa inefable κένωσις kénosis (vaciamiento) del Hijo Unigénito para la θέωσις zéosis (divinización, glorificación) de nuestra naturaleza, dentro de la cual limita el fin de todos los tiempos. Y loyismí pensamientos de Su corazón, quizás dijo los logos de la providencia y el juicio, con los cuales dirige sabiamente también nuestra vida presente como la futura, como si fueran generaciones separadas, asignando a cada una el modo de operar que le corresponde. Dado que la obra de la voluntad divina es la θέωσις zéosis de nuestra naturaleza, y el objetivo de los divinos pensamientos es conducir a la finalidad y propósito de nuestra vida, entonces conviene que conozcamos la fuerza de la Oración del Señor y hacerla praxis y luego la expliquemos por escrito como es debido.
Y dado que mi señor recordó esta oración al escribir a mí, su siervo, movido e inspirado por Dios, yo también la tomaré necesariamente como tema de mis logos y palabras, y ruego al Señor, quien nos enseñó esta oración, que abra mi νούς nus (espíritu, ojo de la psique) y mente o intelecto para comprender los misterios que ella contiene, y que me conceda las palabras y los logos adecuados para expresarlos con precisión y claridad. En efecto, esta oración, de forma sinóptica, contiene místicamente escondido todo el propósito de lo mencionado antes, o para ser más preciso, lo proclama claramente a aquellos que tienen un νούς nus receptivo.
Esta oración contiene la petición de todas las cosas que ha causado con Su κένωσις kénosis (vaciamiento) el Logos increado de Dios durante la encarnación y nos enseña que aspiremos y pidamos aquellos bienes que solamente el Dios y Padre, por la mediación natural del Hijo, en el Espíritu Santo, puede verdaderamente conceder o donar. Porque mediador entre el Dios y los hombres es el Señor Jesús, según el divino Apóstol Pablo (1Tim 2,5); ya que con Su encarnación revela a los hombres al Padre que ignoraban, y trae al Padre a los hombres, reconciliados con Él, mediante el Espíritu Santo (Ef 2,18); y en beneficio y favor de la σωτηρία sotiría (redención, sanación y salvación) de ellos se hizo hombre sin sufrir alteración o cambio alguno. Y se hizo maestro y autor de muchos nuevos misterios, tantos que nunca el logos (creado, o la lógica humana) puede captarlos, ni medir la cantidad y la grandeza de estos.
De todo esto, se ve cómo Él ha donado con excepcional magnanimidad a los hombres los siete misterios que aparecen como más relevantes que los demás, y la fuerza de estos, como he dicho, contiene místicamente el propósito de la oración. Estos son: la teología, la adopción por la χάρις jaris (gracia, energía increada), la igualdad con los ángeles, la participación de la vida eterna, apocatástasis-restauración de la naturaleza en sí misma sin pasión, la abolición de la ley del pecado y la anulación de la tiranía del maligno, que se ha adueñado de nosotros mediante el engaño.
Examinemos entonces la verdad de lo que se ha dicho. El Logos de Dios con Su encarnación nos enseña la teología, ya que revela en sí mismo al Padre y al Espíritu Santo. Porque todo el Padre y todo el Espíritu Santo estaban, en esencia, completamente al Hijo también durante Su encarnación, sin que Ellos se encarnaran, sino que el Padre complaciendo y el Espíritu Santo cooperando con el Hijo que recibía Él mismo la encarnación, ya que ciertamente el Logos (increado) continuó siendo Νούς Nus y Vida, no cabiendo absolutamente nada más en cuanto a Su esencia, excepto en el Padre y el Espíritu, y realizó Su unión hipostática (substancial o subsistencial) con el cuerpo, por αγάπη agapi amor incondicional al hombre.
Proporciona la adopción, donándola un nacimiento celestial sobrenatural y la co-zéosis o co-divinización mediante la χάρις jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo. Lo que preserva según Dios y mantiene esta adopción es la libre voluntad y predisposición de aquellos que recibieron este nacimiento, la voluntad que recibe con sincera disposición la χάρις jaris otorgada y embellece más con el trabajo esmerado de los mandamientos-logos la belleza dada por la χάρις jaris. Esta voluntad, al desechar los πάθος pazos, se apropia de la divinidad o deidad tanto como el Logos de Dios, con Su κένωσις kénosis (vaciamiento) voluntaria, por Su sublime Δόξα Doxa (gloria, luz increada) se hizo, por economía, verdaderamente hombre.
Él ha hecho a los seres humanos iguales a los ángeles, no solo porque con la sangre de Su cruz reconcilió lo terrenal y lo celestial (Col. 1:20) y, al eliminar las fuerzas enemigas entre el cielo y la tierra, mostró cómo existe una asamblea de las fuerzas terrenales y celestiales para la distribución de los dones divinos, ya que la naturaleza humana, llena de júbilo y gozo, con una voluntad común, canta al unísono con las fuerzas celestiales la δόξα doxa gloria de Dios. Pero también, tras completar la economía por nuestro beneficio y ascender a los cielos junto con su cuerpo que había tomado, unió mediante Sí Mismo el cielo y la tierra, ha reunido las realidades sensibles con las inteligibles o espirituales y mostró como una la naturaleza creada, que a pesar de la diversidad de sus partes extremas, está unida en sí misma mediante la virtud y el reconocimiento de la primera Causa. Mostraba, creo, con lo que realizaba de manera mística, que el logos es la unión de lo dividido, mientras que la αλογία alogía, (irracionalidad, insensatez, animalidad) es la división de lo unido. Aprendamos y aspiremos, pues, a apropiarnos con la práctica a la virtud a hacernos lógicos o adquirir la energía increada lógica suprema, de manera que podamos unirnos no sólo con los ángeles, sino también con el Dios a través de la gnosis (conocimiento espiritual), desapegándonos y alejándonos de los seres.
Él transmite vida divina haciéndose a Sí mismo nuestra comida, tal como Él conoce y quienes han recibido de Él esta percepción y sentimiento espiritual, para que, al saborear este alimento, aprendan verdaderamente y con pleno conocimiento que el Señor es bueno y bondadoso (Sal 33,9) y transmite divina calidad o cualidad (energía increada) para la θέωσις zéosis (divinización, glorificación) a quienes le comen, puesto que es y se llama pan de vida y δύναμις dínamis (potencia y energía increada) (Jn 6, 33 y 35).
Restaura la naturaleza a sí misma, no sólo porque, al hacerse hombre, mantuvo su disposición y su voluntad impasible (sin πάθος pazos) y apacible ante la naturaleza humana, sin alterarse y de su estado natural ni siquiera ante Sus crucificadores, sino más bien lo contrario, prefirió la muerte por ellos antes que la vida, lo que demuestra que su pasión fue voluntaria, porque se confirma por la disposición filántropa de quien padeció. Pero también porque abolió la enemistad clavando en la cruz “el documento escrito” del pecado (Col. 2, 14), por el cual la naturaleza tenía una guerra irreconciliable contra sí misma; y llamando a los que estaban lejos y cerca, es decir, a los judíos que estaban bajo la ley y a los nacionales o gentiles, derribó el muro que los separaba; es decir, esclareció los mandamientos de la Ley con Su enseñanza, creando un sólo hombre nuevo de los dos, trayendo la paz y reconciliándonos, por medio de Sí mismo, tanto con el Padre (Ef 2, 14-17) como entre nosotros; de modo que nuestra libre voluntad y predisposición ya no se oponga a nuestra naturaleza lógica, sino, como en la naturaleza, también seamos inmutables en nuestra voluntad y predisposición.
Él hace la catarsis y purga nuestra naturaleza de la ley del pecado, porque en Su nacimiento, que se hizo para favor y beneficio nuestro, no permitió que el placer preceda Su encarnación. Porque Su concepción fue de forma extraordinaria y paradójica sin esperma, y el nacimiento sobrenatural sin corrupción o rotura de la virginidad de Su madre.
Es decir, el Dios nacido consolidó en Su madre, en contra de la naturaleza, los lazos de la virginidad con Su nacimiento, y liberó toda la naturaleza que estaba bajo dominio de la ley que la gobernaba; esto por supuesto es válido para los que quieren imitar, mediante la muerte de sus miembros terrenales, Su muerte voluntaria. Porque el misterio de la σωτηρία sotiría (sanación, redención, y salvación) es para quienes lo quieren y no se impone tiránicamente.
Anula y destruye la tiranía del maligno astuto que se había adueñado de nosotros mediante el engaño, destacando la carne humana que antes había sido vencida en Adán como un arma contra él y derrotándolo. Así, la carne que antes había sido capturada y muerta, ahora captura al que la había capturado antes y con la muerte natural destruye la vida de aquel; en él (maligno) la carne se convirtió en veneno, que le hizo vomitar a todos los que había tragado, por la fuerza de la muerte que disponía (Is 25,8. Heb 2, 14); en cambio, para el género humano se hizo vida, como la levadura que empuja la masa de toda la naturaleza humana hacia la resurrección de vida; puesto que en beneficio de la naturaleza humana -cosa verdaderamente admirable y paradójica al escucharla-principalmente el Logos increado, realmente Dios se hizo hombre (Jn 1,1) y voluntariamente aceptó la muerte de Su cuerpo-carne.
De todas estas cosas, como dije, contiene la petición de la Oración del Señor. Porque habla del Padre, de Su nombre y del reinado de Su realeza increada. Y de nuevo, presenta al que está orando que es por la χάρις jaris (energía increada) hijo de este Padre. Pide que los que están en el cielo y en la tierra adquieran una misma voluntad. Ordena que pidamos el pan supersubstancial o sobre-esencial. Legisla como ley la reconciliación de los hombres y, mediante la concesión y la solicitud de perdón entre ellos, vuelve a unificar la naturaleza humana consigo misma, de modo que, ya no se divida por la deferencia de opiniones.
También enseña que debemos orar para no caer en tentación, porque esa es la ley del pecado. Y nos aconseja que pidamos ser liberados del astuto maligno. Él, el Creador y Donante de los bienes, debía ser también maestro para los discípulos que creen en Él e imitan Su vida en cuerpo y carne, dándoles como hipoteca y guía para la vida los logos y palabras de esta oración, mediante las cuales les revelaba los tesoros apócrifos u ocultos de la gnosis y la sabiduría que existen en Él (Col 2,3), cada uno en su género, estimulando el deseo de los orantes hacia el gozo y deleite de estos tesoros.
Por eso creo que el Logos llamó “oración” a esta enseñanza, porque contiene la petición de los regalos que se dan por el Dios a los hombres mediante la χάρις jaris (energía increada). Nuestros santos Padres inspirados de Dios nos han designado y mandado esta oración, que es la petición de aquellas cosas que el Dios por naturaleza, suele regalar a los hombres como corresponde a Su deidad.
Igual también llamaron «voto o bendición» a la promesa que ofrecen a Dios aquellos que le rinden culto genuino y le adoran con autenticidad. Esto lo dice en muchos puntos también la Escritura: “Si hacéis un voto o prometéis, debéis cumplir a nuestro Señor y Dios” (Sal 75,12), y “Señor todo lo que te prometí, te lo daré” (Jon 2,10). Y de nuevo sobre la oración dice: “hizo oración Ana, diciendo al Señor: Señor, Señor, Dios Sabaoz, escucha Tu sierva y regálame un hijo… (1 Re 1.11); y “el rey Ezequías y el profeta Isaías hijo de Amós, oraron por esto, y clamaron al cielo” (2Cro 32,20), y; “Cuando vosotros oráis, decir: “Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mt 6, 9-10), lo que enseñó y dijo el Señor a Sus discípulos. De modo que podemos decir que el voto o bendición es la promesa de aplicar y cumplir los logos-mandamientos, que se confirma por la voluntad y disposición de quien lo hace, mientras que la oración es petición de aquel que ha cumplido los logos-mandamientos de ser transformado conforme a ellos. O más bien, el voto es el combate por la virtud, que el Dios lo recibe con gran agrado y satisfacción cuando se le ofrece, mientras que la oración es la recompensa y premio de la virtud, que Dios devuelve con gran alegría y gozo.
Por tanto, ya que se ha demostrado de los anterior que la oración es la solicitud de los bienes regalados por el Logos increado encarnado, pongamos, pues, a Él como maestro de la oración y comencemos con buen ánimo y coraje a examinar cuidadosamente con la contemplación, en la medida de lo posible, el sentido y significado de cada frase de la oración, lo que el Logos suele conceder para nuestro interés y beneficio, y con la fuerza y energía que da para el entendimiento en la diania (mente, intelecto o cerebro) de aquel que escribe estas cosas.
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga en nosotros la βασιλεία (vasilía) el reinado de tu realeza increada (Mt 6,9) Πάτερ ημών ο εν τοις ουρανοίς· αγιασθήτω το όνομά σου· ελθέτω η βασιλεία σου Páter imón o en tis uranís agiaszíto to onomá su, elzeto y vasilía su».
El Señor debidamente con esta palabras enseña que los que oran que empiecen inmediatamente por la teología; también introduce al misterio del τρόπο tropo (manera, forma o modo) que existe la Causa que ha creado los seres, Él que es por su esencia la causa creadora de los seres. Porque, las palabras de la oración contienen la revelación del Padre, del nombre del Padre y la βασιλεία vasilía (el reinado de la realeza increada) del Padre, para que desde el principio aprendamos a venerar, invocar y adorar a la Trinidad en Una o en Unidad. Porque el Nombre de Dios y Padre, con esencial hipóstasis (base substancial o subsistencial), es el Hijo Unigénito. Y βασιλεία vasilía realeza increada de Dios y Padre con esencial hipostasis es el Espíritu Santo. Porque lo que aquí dice san Mateo como βασιλεία vasilía realeza increada, en otro pasaje otro Evangelista dice Espíritu Santo: «Venga el Espíritu Santo y haga nuestra catarsis (purgación y sanación) o nos purgue y nos sane» (Lc 11,2). Debido a que el Padre no ha adquirido a posteriori el nombre, ni consideramos la βασιλεία vasilía realeza increada como axioma (título, cargo) adquirido posteriormente; porque no tiene principio en Su ser, para comenzar a ser también Padre y Rey, pero como siempre existe es también siempre Padre y Rey, sin haber tomado nunca principio de ser Padre y Rey. Si ahora, al existir eternamente, es siempre Padre y Rey, entonces desde siempre también el Hijo y el Espíritu Santo coexisten por y según la esencia como hipostasis (o personas, personalidades) increadas con el Padre. De Él reciben la existencia y están en Él naturalmente más allá y por encima de causa y logos, pero no después ni sucesivos a Él, ni se han hecho más tarde por alguna causa. Porque la relación entre las tres Personas indica Su coexistencia y no permite que esto que es y se llaman relación sean considerados posteriores uno a otro.
Así pues, al comenzar esta oración, nos apresuramos a honrar a la consustancial y supraesencial Tríada o Trinidad como la causa creadora de nuestra existencia. También aprendemos a confesar la χάρις jaris (gracia, energía increada) de la adopción, al hacernos dignos de llamar Padre, por la χάρις jaris increada, al que es nuestro Creador por naturaleza. Así por respeto hacia al nombre de Aquel que nos ha generado o parido por la χάρις jaris, procuraremos imprimir en nuestra vida las características de nuestro Padre, santificando Su nombre en la tierra imitándoLe, demostrando que somos Sus hijos con nuestras actitudes y obras, y glorificando al autor de la adopción, el Hijo natural del Padre, con nuestros conceptos, pensamientos y praxis.
Santificamos el nombre de nuestro Padre celestial por la χάρις jaris, cuando mortificamos nuestro deseo hacia la materia y haciendo nuestra catarsis, nos purgamos, nos limpiamos y nos sanamos “nos psicoterapiamos de los πάθος pazos destructores; por supuesto si entendemos que santificación es la completa cesación y mortificación del deseo (o ilusión) que opera a través de la percepción sensible o los sentidos. Cuando llegamos a este punto, calmamos también los gritos impulsivos e insoportables de la ira, ya que no tenemos más el deseo que la excite y la convenza de defender los placeres que ella desea, dado que el deseo ha sido ya mortificado mediante la santidad del logos. Porque la ira (o enojo) por naturaleza es la defensora del deseo, y cesa de enfurecerse, cuando lo ve muerto.
Por tanto, es lógico que al rechazar la ira (enojo) y el deseo, sigue en la oración el estado del reinado de la realeza increada de Dios en aquellos que, después de expulsar estos dos πάθος pazos, son dignos de decir: «venga en nosotros la βασιλεία vasilía (el reinado de tu realeza increada o la realeza increada)», es decir, el Espíritu Santo, cuando ya con la apacibilidad y mansedumbre se han convertido en templos de Dios a través del Espíritu Santo. Porque dice: “¿Sobre quién descansaré, si no es en el que es apacible y humilde de corazón y teme mis logos?” (Is 66,2). De esto se deduce, pues, que a los humildes y apacibles pertenece la βασιλεία vasilía (reinado de la realeza increada) de Dios y Padre. Porque dice: “Bienaventurados los que se han hecho apacibles del corazón, porque ellos heredarán la tierra prometida” (Mt 5,5).
El Dios no ha prometido a los que le aman que dará en herencia esta tierra, la cual por naturaleza ocupa la posición intermedia del universo, si es que dice la verdad quien dijo: “Porque en la resurrección, ni los hombres ni las mujeres se casan, sino que todos son como los ángeles en el cielo” (Mt 22,30). Y también: “Venid vosotros los benditos de mi Padre a recibir la βασιλεία vasilía (el reinado de la realeza increada) que ha sido preparada para vosotros durante la creación del mundo” (Mt 25,34), y en otro punto dijo a un sirviente que había trabajado honestamente: “Ven y entra a participar en la alegría y gozo de tu Señor” (Mt 25,21). Y el divino Apóstol Pablo a continuación dice: “Porque el Señor mismo, a una orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que han dormido (fallecido) con la fe en Cristo resucitarán los primeros. Después nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos entre nubes al encuentro del Señor en los espacios celestes. Y así ya estaremos siempre con el Señor” (1Tes 4, 16-17).
Cuando todas estas cosas están prometidas a los que aman al Señor, ¿quién limitará su νούς nus (espíritu de la psique) solo a la letra de la Escritura y dirá que el cielo y la βασιλεία vasilía (realeza increada) preparada desde la creación del mundo, el gozo y la alegría del Señor ocultos en misterio, y la eterna e inseparable instalación y permanencia de los dignos junto al Señor, son idénticos a la tierra, sobre todo cuando se dirige por el logos y desea ser su siervo? Pero más bien creo que aquí al decir “tierra”, da a entender el estado sólido y permanente hábito del bien y la δύναμη dinami (fuerza y energía) inalterable de los apacibles, la cual se encuentra siempre con el Señor, tiene un gozo inagotable, se ha familiarizado o apropiado la desde siempre preparada realeza increada, alcanzando así celestial posición y honor. Y como tierra que ha tomado la posición media de todo, da a entender el logos de la virtud, según el cual el apacible encontrándose entre elogios y acusaciones, permanece sereno e impasible, y no se hincha por los elogios ni se amarga por los insultos y las burlas. Porque la parte lógica de la psique es por naturaleza libre, habiendo alejado el deseo de estas cosas, no percibe ni siente las molestias y asaltos de estas, porque ha liberado de sí mismo las turbulencias y conflictos producidos de estas cosas y ha trasladado toda la fuerza de su psique-alma a la divina y despreocupada libertad. Esta libertad es la que el Señor quería dar a sus discípulos cuando dijo: “Llevad mi yugo de la obediencia sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas” (Mt 11,29). Como “descanso” da a entender la divina βασιλεία vasilía (el reinado de la realeza increada) ya que otorga a los dignos un poder libre de toda esclavitud.
Por tanto, si a los humildes y apacibles se les ha dado el estado indestructible de la βασιλεία vasilía (realeza increada) inmortal, ¿quién no se enamorará y no anhelará los bienes divinos? ¿Quién no anhelará absolutamente la humildad y la apacibilidad, para que sea convertido a imagen de la divina βασιλεία vasilía, -tanto como sea posible en un ser humano, – mostrando, por la χάρις jaris (gracia, energía increada), inalterable la semejanza con el por naturaleza y esencia verdadero gran rey, Cristo? En este estado y condición, como dice el divino Apóstol Pablo, no hay varón ni mujer (Gal 3,28), es decir, no hay ira ni deseo; la ira aleja violentamente la lógica (de la psique) y lleva la διάνοια diania (mente, intelecto, cerebro) fuera de la ley y orden natural; en cambio, el deseo considera como más amadas y deseables las creaciones que la una y única deseada e impasible Causa y naturaleza; y por consiguiente, prefiere la carne en vez del espíritu, y encuentra el gozo y disfrute de las cosas visibles más placenteros que la δόξα doxa gloria y el esplendor de las invisibles realidades espirituales, impidiendo que la suavidad del placer de los sentidos o percepciones sensibles que el νούς nus (espíritu de la psique) comprenda las que le son afines y divinas espirituales.
Existe también el logos increado súper-único, totalmente desnudo o despojado también de este cariño natural y disposición para el cuerpo, logrado por la riqueza de la virtud, puesto que el espíritu vence perfectamente a la naturaleza y la induce a dejar la filosofía moral (catarsis), cuando el nus debe unirse con el ύπερούσιο hiperúsio supraesencial Logos increado con contemplación sencilla e indivisible, a pesar que la filosofía ética (catarsis) por naturaleza ayuda al nus a separar y superar fácilmente las cosas sujetas al flujo del tiempo. Porque cuando estas cosas se superan, no es lógico cargarse de normas morales, como con un manto, aquel que se ha demostrado libre de ataduras por las cosas sensibles.
Y esto lo revela claramente el gran Elías (4 Re 2, 11-14), simbolizando este misterio con las cosas que hizo. Es decir, en su arrebatamiento al cielo, le dio a Eliseo su manto, que significa la mortificación de la carne, sobre la cual se fundamenta la grandeza de la moralidad decorosa, para que el discípulo tuviera como aliado al Espíritu contra toda fuerza enemiga y pudiera golpear la naturaleza inestable y fluctuante, cuyo símbolo era el Jordán; de modo que, al no quedar atrapado en la turbidez y el deslizamiento de la adhesión a las cosas materiales, pudo atravesar hacia la tierra santa. El mismo Elías avanzó hacia Dios libre, sin ser retenido por ninguno de los seres, con un deseo indiviso y una opinión clara y pura se va acercando y llegando al sencillo Dios por naturaleza con la ayuda de las cuatro virtudes generales, que son interdependientes, interconectadas y unidas como caballos de fuego bajo el yugo del conocimiento-gnosis. Porque Elías conocía que el discípulo de Cristo debe separarse de las disposiciones variables que no son interconectadas e interdependientes como las virtudes generales y no pueden estar al mismo yugo. Su desemejanza atestigua la alienación, ya que el deseo del πάθος pazos indecente provoca una difusión de la sangre alrededor del corazón, y el πάθος pazos de la ira provoca un hervor de la sangre.
Pero quien ha llegado a vivir, moverse y existir en Cristo, ha apartado de sí lo incompatible y extraño, lo discordante y desequilibrado, no albergando en su interior, -como si fuera “varón y mujer”, como dije, las disposiciones contrarias de estos πάθος pazos,, para que no sea esclavizada la parte lógica (de la psique), al verse alterada por sus cambios inestables.
Porque en la parte lógica de la psique-alma está unida por naturaleza a la imagen-icona divina, que convence la psique a remodelarse según su voluntad, asemejarse a Dios y convertirse en residencia resplandeciente del reinado de la gran Βασιλεία Realeza increada que coexiste esencialmente como hipóstasis con Dios y Padre de todos, es decir, del Espíritu Santo y recibir, -si se puede decir así- completa la autoridad de la divina gnosis increada, en la medida de lo posible. En este estado de ser, desaparecen naturalmente las cosas peores y se componen y se consolidan las mejores, ya que la psique-alma gracias a su invocación ο llamada por la χάρις jaris, guarda dentro de sí, de manera inviolable, como lo hace Dios, la existencia de los bienes que le han sido regalados. En esta psique-alma siempre nace místicamente por Su voluntad el Cristo, y se encarna a través de los salvados, convirtiendo como madre virgen y pura la psique-alma que le engendra y le da a luz. La cual psique-alma, dicho en breve, no tiene las características y cualidades de la naturaleza sujeta a la corrupción y génesis (nacimiento), como “varón y mujer”.
Que nadie se sorprenda al oírme mencionar la corrupción antes que la génesis o nacimiento; porque si uno observa desapasionadamente y con logos ortodoxo la naturaleza de las cosas que son generadas, nacidas y desaparecen, comprobará claramente que la génesis o nacimiento empieza con la corrupción y acaba con la corrupción. Pero el Cristo, es decir, la vida y el logos de Cristo y de aquel que se ha hecho a semejanza de Cristo, no tiene los πάθος pazos que son características de la naturaleza, como dije, si es cierto aquel que dice: “En Jesús Cristo no hay varón ni mujer”, es decir, no están las señales ni los πάθος pazos de la naturaleza sujeta a nacimiento o génesis y corrupción, sino solo un logos divino impregnado de conocimiento-gnosis divino y un único movimiento de la opinión de la voluntad que elige solo la virtud.
Tampoco existe “heleno-griego y judío” (Gal 3,28), términos con los cuales se declaran los distintos logos (concepciones) sobre el Dios, o mejor dicho, los logos opuestos. Porque el primero (el heleno) propone una poliarquía extendida y divide el único principio en energías y potencias opuestas, creando un culto politeísta contradictorio debido al número de dioses adorados y ridículo por las diversas formas de adoración. Mientras que el segundo (el judío) introduce un principio único, pero limitado e incompleto, casi sin hipóstasis (sin base substancial), ya que carece de logos y vida, y cae así en el mismo mal que el anterior, es decir, en el ateísmo. Porque limita el Único Principio a una Persona cuya existencia está privada de Logos y de Espíritu, o bien, que los tiene sólo como cualidades o atributos. No percibe ni entiende esto: ¿qué Dios carece de estas cosas? ¿O cómo es Dios si posee estos atributos por participación, como sucede con las criaturas lógicas? Pero en Cristo, como he dicho, no hay ninguno de estos dos logos o concepciones, sino un único logos increado de la verdadera piedad y una ley, orden sólida de la teología mística, la que rechaza la διαστολή diastolí (dilatación, expansión, diástole) de la divinidad que introduce el primero (el heleno) y no acepta la συστολή sístole (contracción, retraimiento) de la divinidad del segundo (el judío). Así lo divino increado no será considerado contradictorio, a causa de la pluralidad natural – como es la opinión de los helenos-, ni logos pasional de la hipóstasis singular y única–como es la opinión judía-, pues, no se le considerará desprovisto y privado de logos y espíritu, ni que los tenga solo como atributos o cualidades, sin ser Νους Nus y Logos Λόγος y Espíritu Πνεύμα (pnevma).
Y nos enseña, a los que con la llamada de la χάρις jaris increada hemos sido adoptados por la fe, a recibir consciencia y conocimiento-gnosis de la verdad increada, a conocer una naturaleza y una δύναμις dínamis (potencia y energía) increada de la divinidad. Es decir, un Dios en tres hipostasis, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como Nus que es el único no causado o causa sin causa y que existe esencialmente, el genitor del único Logos increado sin principio ni fin que existe esencialmente, y la fuente de la única vida eterna que existe esencialmente, es decir, el Espíritu Santo; Trinidad en Mónada o Unidad y Mónada en Trinidad.
La divinidad no es como una cosa que está dentro de la otra, porque la Trinidad no es para la Mónada como una cualidad o atributo en la esencia ni a la inversa, la Mónada para la Trinidad, porque la divinidad es increada, sin cualidades o atributos.
Tampoco es una cosa y otra cosa, porque no se diferencia de la Trinidad por la heterogenia o alteridad de la φύσις fisis (naturaleza, natura) puesto que la φύσις fisis es una y sencilla. Y tampoco es algo y algo semejante o próximo, porque la Trinidad no se distingue de la Monada como si tuviese menos δύναμις dínamis (potencia y energía) increada, o la Monada de la Trinidad, ni se modifica la Monada por la Trinidad, como si fuera una cualidad común y general que teóricamente sólo se distingue de las partes parciales, puesto que es esencia increada absolutamente autoexistente (o subsistente por sí) y δύναμις dínamis increada autodinámica y energía realmente autoenérgica (o energetizada por sí).
Y tampoco la divinidad increada es como alguna cosa que deriva de otra; porque la Trinidad no provino del aumento de la Mónada, ya que es autorevelación (se revela por sí) y no-nacida (no concebida). Pero la misma es verdaderamente tanto Mónada como Trinidad, y así es llamada y comprendida; Mónada a causa de la esencia increada, Trinidad según el tropo (modo, manera, forma) de existencia. La misma es totalmente Mónada que no se subdivide por las Hipostasis, y la misma es totalmente Trinidad sin confundirse con la Mónada, de modo que no se introduce ni el politeísmo mediante la división, ni el ateísmo mediante la confusión. La grandeza del logos según Cristo consiste en evitar estas dos cosas.
Logos de Cristo entiendo el nuevo kerigma o predicación de la verdad, en el que “no hay varón ni mujer” (Col 3,28), es decir, los signos y los πάθος pazos propios de la φύσις fisis sujeta a corrupción y génesis; en donde “no hay heleno-griego ni judío”, es decir, los logos opuestos en relación con la divinidad o deidad; “ni circuncisión e in-circuncisión” (Col 3,11), o sea, los distintos cultos correspondientes con ellos. De estas, la primera permaneciendo en los símbolos de la Ley, considera como mala la creación visible y difama al Creador como creador de males; en cambio la segunda, permaneciendo en los πάθος pazos, deifica la creación visible y subleva la criatura contra su Creador. Y así ambas terminan al mismo mal, a la “hibris” ofensa (o insulto) hecha al Creador.
* Hibris: Para los antiguos Helenos-Griegos era, injuria contra la voluntad divina y el orden natural.
Tampoco hay “bárbaro y escita” (Col 3,11), es decir, la división y discrepancia según la opinión o noción de la φύσις fisis (natura) común de los seres humanos que los conduce a contrastes y conflictos entre ellos, que a causa de la φύσις fisis se ha introducido en la vida de los hombres la παρά φύση (para fisis) contra natura y la ley corruptora de la matanza recíproca. No hay «esclavo o libre», es decir, la división de la φύσις fisis (naturaleza) común en oposición a la opinión de la misma, que es la causa de que uno desprecia y deshonra al otro, a pesar de que son iguales según la φύσις fisis (naturaleza), tomando como apoyo y maestro adjunto la disposición y ánimo de aquellos que dominan tiránicamente y ofenden la divina imagen del hombre. Pero todo y en todos es Cristo (Col 3,11), el cual, mediante el Espíritu, que de una manera sobrepasa la φύσις fisis y la ley, y educa y forma dentro del hombre la sin principio ni fin Βασιλεία Vasilía (reinado de la Realeza increada o la energía increada reinando al hombre, que es un estado de ser y estar unido con esta energía increada y la luz increada).
Esta Βασιλεία Vasilía realeza increada, como se ha demostrado, por su naturaleza se caracteriza y determina por la apacibilidad y la humildad del corazón. Estas dos cuando coexisten en el interior del hombre, manifiestan al perfecto ser humano edificado en Cristo. Porque cada hombre humilde ciertamente es también apacible. Es humilde porque conoce que ha recibido su existencia prestada; y es apacible porque percibe y reconoce el uso correcto de las δυνάμεις dinamis (fuerzas, potencias y energías) naturales que le han sido dadas y las pone al servicio del logos para que las use con el fin de generar la virtud, mientras aleja totalmente la energía y operación de la percepción sensible. Y por esto con sus νούς nus (espíritu de la psique) se mueve continuamente hacia el Dios, mientras que con la percepción sensible no se mueve ni siente nada, ni si siquiera experimentara cualquier dolor o pena para el cuerpo, ni imprime en su psique-alma ninguna huella de tristeza o indicio de pena de modo que se altere su disposición gozosa, alegre y feliz. Porque no considera que la percepción sensible o sensación dolorosa es privación del placer, ya que solo conoce un placer: la convivencia de la psique-alma con el logos y con el Logos increado, cuya privación es infierno interminable y contiene naturalmente todos los siglos. Por eso, dejando el cuerpo y todo lo que respecta al cuerpo, va avanzando con toda su fuerza hacia la divina convivencia; y sólo una desgracia o pérdida considera y siente, aunque domine toda la tierra: el fracaso de la por la χάρις jaris (gracia, energía increada) θέωσις zéosis (divinización, glorificación) que esperanzamos.
Por tanto, hagámonos la catarsis, purguémonos, limpiémonos y psicoterapiémonos de toda contaminación espiritual y carnal (2 Cor 7,1), para poder santificar el divino nombre, tras haber apagado el deseo que indignamente se estimula por los πάθος pazos, y con la parte lógica (de la psique) atemos fuerte la ira que nos enfurece con los placeres hedonistas. Así recibiremos y acogeremos la βασιλεία vasilía (realeza increada) de Dios y Padre, la cual viene por medio de la apacibilidad. Y enlazaremos el logos siguiente de la oración con lo dicho anteriormente, diciendo:
“Hágase tu voluntad tal como en el cielo también en la tierra”.
Γενηθήτω τό θέλημά σου, ὡς ἐν οὐρανῷ, καί ἐπί τῆς γῆς. Genizito to zelimá su, os en uranó ke epí tis guís
Quien rinde culto místicamente a Dios con sólo la fuerza de la energía lógica, separada del deseo y la ira, éste ha cumplido aquí en la tierra -igual que los ángeles- la voluntad divina y en todo se ha hecho partícipe del culto y de la forma de vida de los ángeles, como dice el gran Apóstol: “Nosotros somos ciudadanos del cielo” (Fil 3,20). En el cielo no hay deseo que paralice con la ηδονή hidoní (placer hedonista) las δυνάμεις dinamis (potencias y energías) espirituales, ni ira que enfurece y ladra con agrado contra el prójimo; está únicamente el logos solo que conduce naturalmente a los seres lógicos (con la energía lógica increada) hacia al primer Logos, y en el cual solo se regocija Dios, y al que sólo pide de nosotros Sus siervos. Esto es lo que revela Dios, diciendo al gran David: « ¿A quién tengo yo en el cielo sino a Ti, estando Contigo para qué quiero algo más en la tierra?» (Sal 72,25). Por supuesto, no hay en el cielo nada más que sea ofrecido a Dios por los ángeles que el culto lógico (mediante la energía lógica increada); y esto es lo que Dios solicita también de nosotros y por lo que nos enseñó a orar:
«Hágase Tu voluntad, así en la tierra, como en el cielo».
Por tanto, nuestra parte lógica de la psique que se mueva hacia la búsqueda de Dios; y la δύναμις dínamis (potencia y energía) de la parte anhelante de la psique hacia Su anhelo; y que luche la parte irascible de la psique con la energía y potencia de la ira por retenerlo. O, mejor dicho, todo nuestro νούς nus con su δύναμις dínamis (potencia y energía) se extienda por completo hacia Dios, tomando de alguna manera el tono y el nervio de la fuerza de la ira (de la parte irascible de la psique), e inflamado por el anhelo del máximo deseo (de la parte anhelante de la psique). Porque cuando imitemos así a los ángeles celestiales, nos encontraremos adorando continuamente a Dios, presentando en la tierra el mismo modo de vida que los ángeles, ya que nuestro νούς nus -así como la suya- no se moverá en absoluto hacia ninguna criatura.
Cuando vivimos así de acuerdo con la oración, recibiremos como pan de vida sobreesencial y vivificante para la alimentación de nuestras psique-almas y la preservación del bienestar de los bienes que nos han sido otorgados, el Logos que dijo: «51YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx (cuerpo y sangre), que yo ofreceré como sacrificio para la vida del mundo. 51YoSoY el pan, que en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás, y quien ha bajado del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les daré es mi sarx (cuerpo-carne y sangre) o mi hipostasis (base substancial) física humana que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la sanación y salvación de todo el mundo» (Jn 6. 51, 33 y 7). Él se convierte en todo para nosotros, que nos alimentamos de Él mediante la sabiduría y la virtud, según la capacidad de recibir y aceptar de cada uno, y se encarna de diversas maneras a través de cada uno de los salvados, de la forma que Él mismo conoce. Todas estas realidades y cosas las recibiremos mientras aún estemos en el mundo presente, de acuerdo con la sentencia y concepción de la oración que dice:
«El pan nuestro el sobreesencial danos hoy…τον άρτον ημών τον επιούσιον δος ημίν σήμερον…ton árton imon ton, epiúsion dos imín símeron».
Con la palabra «hoy σήμερον símeron» creo que da a entender la vida presente, como si uno, después de haber entendido claramente este punto de la oración, dijera: “el pan que había preparado desde el principio para la inmortalidad de la naturaleza, dánoslo hoy, que nos encontramos en la presente vida de mortalidad, para que la comida del pan de la vida y del conocimiento venza la muerte del pecado, en la que la transgresión del mandamiento divino no permitió al hombre participar (Gen 3,22-24). Porque si se hubiera saciado con este alimento divino, no había sido dominado por la muerte, a consecuencia del pecado. Sin embargo, quien ruega para recibir este pan sobreesencial no recibe necesariamente todo el pan tal como es, sino según la receptividad de su estado. Porque el Pan de vida, como filántropo que es, se da a todos los que piden, pero no a todos de la misma manera, sino a aquellos que han hecho más grandes obras, mientras que a los inferiores a estos, menos. Por tanto, a cada uno según lo que puede recibir el estado de su νούς nus (espíritu de la psique).
En esta interpretación de este pasaje me ha conducido el mismo Salvador, quien ordena expresamente a sus discípulos que no se preocupen en absoluto por pan y alimento sensible, diciendo: “25No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33 Mas buscad primeramente el reinado de la realeza increada de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt 6, 25· 31-33).
¿Cómo, entonces, enseña a orar por lo que nos dio antes de ordenar que no lo pidamos? Porque es evidente que no mandaría a pedir en oración lo que aconsejó no pedir con el mandamiento, ya que con la oración debemos pedir solo lo que es apropiado solicitar según algún mandamiento. Por consiguiente, no es lícito pedir en oración aquello que mediante el mandamiento no nos es permitido solicitar. Puesto que el Salvador nos ha mandado buscar y pedir solamente la βασιλεία vasilía (el reinado de la realeza increada) de Dios y Su justicia (virtud), es bien lógico que empuje a quienes desean los divinos regalos, que pidan la Βασιλεία vasilía Realeza increada de Dios y Su justicia (o virtud) también con la oración. Así, confirmando la χάρις jaris (gracia, energía increada) de las cosas que por naturaleza es adecuado pedir en oración, enlaza y une la voluntad de quienes piden con la voluntad de Él que concede la χάρις jaris, y hace una la voluntad con la de Dios y Padre.
Ahora bien, si debemos pedir el pan cotidiano, con el que se sostiene naturalmente la vida presente, no debemos sobrepasar los límites de la oración, preocupándonos con avaricia por muchos años, olvidándonos de que somos mortales y que nuestra vida se va como una sombra. Sino que debemos pedir en la oración sin preocupación el pan cotidiano y demostremos que filosofando o reflexionando según Cristo, hacemos de nuestra vida un ejercicio y estudio de la muerte y así con nuestra opinión nos adelantamos de la φύσις fisis (naturaleza), separando la psique de las preocupaciones corporales antes de que llegue la muerte. Así, la psique-alma no se apegará a las cosas corruptibles, transfiriendo hacia la materia el uso de su deseo natural, y así no aprenderá la avaricia, codicia y ambición que nos privan de la riqueza de los bienes divinos
Huyamos, pues, con toda nuestra fuerza del efecto del amor de la materia, y lavemos nuestra relación con ello como si fuera polvo de los ojos espirituales; y conformémonos solo con las cosas necesarias que mantienen la vida presente y no de aquellas que la llevan al placer hedonista. Y por esto, roguemos a Dios tal como hemos sido enseñados, para que podamos mantener nuestra psique-alma libre de esclavitudes, de manera que no sea cautivada por ninguna de estas cosas amadas por el cuerpo-carne, y para demostrar que comemos para vivir y no vivimos para comer. Porque la primera cosa es cualidad o atributo propio de la lógica, en cambio la segunda es de la naturaleza animal e irracional. Guardemos y mantengamos, pues, con precisión (ακρίβεια akribia) la oración, demostrando con los hechos que pretendemos con todas nuestras fuerzas e ímpetu la vida espiritual y para obtenerla usamos esta vida presente; que por causa de la vida espiritual la usamos de tal manera que solo la sostenemos con pan y preservamos incorruptible su bienestar natural, en cuanto depende de nosotros; y esto no simplemente para vivir, sino para vivir cerca de Dios (Gal 2, 19). Y hagamos que el cuerpo sea el ángel de la psique-alma, hecho lógico (racionalizado) por las virtudes, y que la psique-alma hacerla heraldo de Dios, sostenida firmemente en el bien. Y el pan natural limitémonos a pedirlo sólo por hoy, sólo por un día, sin atrevernos a extender nuestra súplica para el día siguiente, en respeto a Él que nos ha dado la oración. Así pues, si hemos podido realmente tener esta disposición y ánimo conforme el sentido y significado de la oración, podremos avanzar más, diciendo:
«Y perdona nuestras deudas u ofensas como nosotros perdonamos a nuestros deudores o a los que nos ofenden… και άφες ημίν τα οφειλήματα ημών, ως και ημείς αφίεμεν τοις οφειλέταις ημών… ke afes imín ta ofelímata imón os ke imís afíemen tes ofiletes imón» (Mt 6,12).
De acuerdo con la primera interpretación del pasaje anterior de la oración, dijimos que el “hoy” es el símbolo de este siglo. Quien en este siglo busca y pide con la oración este pan incorruptible de la sabiduría increada, de este pan que nos ha separado como muralla desde el principio la transgresión de los primeros en ser creados, sólo conoce un placer, la adquisición de los divinos bienes, de los cuales dador es el Dios y los guarda y protege la predisposición de la libre voluntad de quien las ha recibido; y sólo conoce un dolor o aflicción, que consiste en el fracaso de no alcanzar a estos bienes divinos, y quien infunde esta aflicción es el diablo y la realiza cada hombre que por flojera y pereza renuncia la predisposición de su libre voluntad para las cosas divinas y no guarda con su opinión la disposición y ánimo el precioso regalo.
Por tanto, aquel que con la predisposición de su libre voluntad no dirige de alguna manera su elección hacia las cosas visibles y no es, por eso, arrastrado ni influenciado de las cosas tristes y aflictivas que le suceden corporalmente, éste ha perdonado de verdad a los que son culpables y le han perjudicado y ofendido. Porque nadie puede arrebatarle el bien que aspira y desea, ya que, como creemos, esto es por su naturaleza inconquistable e invencible. Y esta persona se convierte, entonces, en un modelo de virtud ante Dios—si se nos permite decirlo—, porque suplica al Dios inimitable a que lo imite, diciendo:
“Perdona las deudas de nuestros pecados, igual que nosotros perdonamos nuestros deudores”
Y ruega a Dios que sea con él tal como él mismo ha sido con su prójimo. Porque, dado que quiere que el Dios le perdone, como él mismo ha perdonado las ofensas de los que habían cometido ofensas contra él, está claro que, el Dios que no tiene πάθος pazos (o es impasible) a los que perdona, así también él al quedar sin πάθος pazos impasible a las cosas dolorosas y tristes que suceden, perdona a los culpables, sin permitir que se imprima en su νούς nus ningún recuerdo de las cosas tristes y penosas que le han producido. De lo contrario, se le inspecciona y se le cuestiona que divide la naturaleza conscientemente, cuando, siendo humano, está en discordia con algún ser humano.
Así cuando se une la opinión de la voluntad con el logos (por la energía lógica suprema) se lleva a cabo naturalmente la reconciliación de Dios con la φύσις naturaleza humana; porque de otro modo no es posible –si la naturaleza con la opinión de la voluntad está en desacuerdo con su propia opinión-, recibir y acoger la divina e inexpresable condescendencia. Tal vez por eso el Dios quiere que antes nos reconciliemos los unos con los otros, no para aprender de nosotros a reconciliarse con los que pecan y a condonar por parte nuestra los muchos y terribles delitos y transgresiones, sino para purgarnos o hacer nuestra catarsis y psicoterapia de los πάθος pazos y demostrar que la disposición de quienes han sido perdonados por Él está en consonancia con la χάρις jaris (gracia, energía increada). Está muy claro que cuando la opinión de la voluntad se haya unido con el logos de la naturaleza, la predisposición de la libre voluntad de aquellos que han logrado esto, dejará de estar en discordia con Dios. Porque es natural que no se observe nada contrario y paradójico en el logos (lógica) de la naturaleza -el cual es ley natural y divina también- cuando la opinión se mueve de acuerdo con él. Y si no hay nada paradójico al logos de la naturaleza, es bien razonable, que la opinión que se mueve de acuerdo con el logos de la naturaleza, tenga con su energía y acción en todo concorde con Dios, es decir, la disposición práctica que ha recibido la calidad de la χάρις jaris (gracia, energía increada) del bien natural para la génesis, (nacimiento, generación) de la virtud.
Así, pues, esta disposición tiene aquel que ora pidiendo el pan de la gnosis (conocimiento espiritual) cerca del cual también aquel que pide en oración el pan del día debido a la necesidad de la naturaleza se dispondrá de la misma manera, perdonando las faltas y ofensas a quienes le han ofendido, porque sabe que es mortal por naturaleza; y esperando cada día la incertidumbre de su final físico, da tiempo con la voluntad a adelantarse de la naturaleza y se convierte voluntariamente muerto para el mundo (de los πάθος pazos), según lo dicho: «Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero» (Sal 43,23 Rom 8,36). Y por eso hace las paces con todos, para no llevar consigo ningún rasgo de la maldad de este mundo cuando vaya a la vida eterna, y recibir del Juez de todos, la recompensa correspondiente por lo que hizo aquí. Por tanto, es necesaria y beneficiosa para ambos la disposición pura hacia aquellos que les han entristecido por cualquier motivo y sobre todo en vista del contenido y sentido de los restantes logos de la oración, los cuales son:
«Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del astuto mal…Καί μή εἰσενέγκῃς εἰς πειρασμόν, ἀλλά ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπό τοῦ πονηροῦ… ke mi isenenguis imás is pirasmón, a lá rise imás apó tu ponirú» (Mt 6,13).
Estos logos significan que aquel que no ha perdonado completamente aquellos que le han perjudicado y ofendido y no ha presentado a Dios su corazón limpio de toda tristeza, aflicción y resplandeciente por la luz de la reconciliación, no obtendrá la χάρις jaris (gracia, energía increada) de los bienes que ha pedido con su oración, y, por justo juicio, será entregado a la tentación y al astuto mal o al maligno, para que aprenda a purgarse, hacer su catarsis, cuando peca, eliminando las formas establecidas que tiene contra los otros.
Tentación aquí se refiere a la ley del pecado, de la que el primer hombre estaba libre cuando fue creado. Astuto maligno, vil llama al diablo que ha introducido esta ley del pecado en la naturaleza humana, y engañó con astucia al hombre para que trasladara su deseo de lo permitido a lo prohibido y se volviera hacia la transgresión del mandato divino, resultado de la cual fue la pérdida de la incorruptibilidad que se le había concedido. O de otra manera, la tentación se refiere a la inclinación voluntaria de la psique-alma hacia los πάθος pazos malignos e indecentes del cuerpo-carne, y astuto maligno llama al modo o manera vil en que el hombre actúa para cumplir su inclinación pasional.
Ninguno de estos (la tentación y el maligno) es liberado por el justo Juez de aquel que no ha perdonado a quienes lo han ofendido, incluso si se lo pide con palabras en su oración. Pero se permite que esta persona sea contaminada por la ley del pecado, y abandona al que es duro y áspero, según su opinión, al ser dominado por el maligno, porque ha preferido el πάθος pazos de la ignominia y la deshonra (Rom 1, 26), que el diablo siembra, de cuya naturaleza el creador es Dios. Y además, no impide a quien consiente voluntariamente en los πάθος pazos del cuerpo-carne, ni lo libra de la forma en que se manifiesta en la práctica su disposición, porque consideró la naturaleza inferior a los πάθος pazos insustanciales y, debido a su afán por ellos, ignoró la razón de la naturaleza. Según esto, debía moverse y aprender quién es la ley de la naturaleza y cuál es la tiranía de los πάθος pazos que se impone con la aprobación de la opinión de la voluntad y no por naturaleza.
Y así, con sus acciones y energías naturales, debe guardar la ley de la naturaleza, pero alejar la tiranía de los πάθος pazos lejos de la voluntad y con la lógica de la psique-alma proteger la naturaleza, tal como es en sí misma pura e intachable, sin odio y sin división con los demás seres humanos; y de nuevo hacer que su opinión o su voluntad esté co-caminando en armonía con la naturaleza, sin tener con ella nada absolutamente de lo que no permite el logos de la naturaleza. Y por eso, debe alejar todo odio y toda división hacia el prójimo, de modo que mientras va diciendo esta oración, sea escuchado y reciba doble χάρις jaris de Dios, es decir, tanto del perdón o absolución de los pecados anteriores, como también la protección y la redención respecto de los futuros. Y por una cosa, es decir, por la disposición a perdonar a los demás, debe recibir dos recompensas: no ser permitido caer en tentación y no ser dejado en la esclavitud del astuto maligno.
Por tanto, también nosotros, retomando sinópticamente el sentido y significado de las cosas que he dicho anteriormente, si queremos ser librados del maligno y no entrar en tentación, debemos creer en Dios y perdonar a los que nos han ofendido y perjudicado. Porque dice: “si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 15). Así, no solo recibiremos el perdón o absolución de nuestros pecados, sino que también venceremos la ley del pecado, y no seremos abandonados para que la probemos y tener esta experiencia; y pisotearemos al genitor generador de esta ley, la serpiente maligna, de la cual suplicamos ser liberados y salvados. Capitán General será el Cristo, -“que venció al mundo” (Jn, 16.33)- , el Cual nos proporciona armas con las leyes de Sus logos-mandamientos y, con la expulsión de los πάθος pazos enlaza legítimamente la naturaleza humana consigo mismo mediante la αγάπη agapi (amor desinteresado); y mueve insaciablemente nuestro anhelo y ganas hacia Él, que es el pan de vida, sabiduría increada, gnosis increada y justicia. Y con el cumplimiento de la voluntad del Padre, nos hace partícipes del culto de los ángeles, que demostraremos con nuestra manera de vivir, siguiendo fielmente a los ángeles, la complacencia celestial. Y de allí de nuevo nos sube a la suprema cima de las realidades divinas, al Padre de las luces increadas, haciéndonos partícipes y comulgantes de la divina naturaleza (2Ped 1,4) mediante la participación, conexión y unión por la χάρις jaris (gracia, energía increada del Espíritu Santo. En este estado y condición seremos hijos de Dios, teniendo en nuestro interior sin limitación con máxima pureza y lucidez, todo el Hijo del Padre por naturaleza y donador de esta χάρις jaris, de Quien y por medio del Cual tenemos y tendremos la existencia, el movimiento y la vida (Hec 17,28).
En este misterio de la θέωσις zéosis (divinización, glorificación), pues, que el objetivo de nuestra oración se dirija para que aprendamos lo qué somos y qué ha hecho de nosotros la κένωσις kénosis (vaciamiento) en cuerpo-carne o encarnación del Unigénito, y desde qué profundidad, nosotros que nos encontramos en el nivel más bajo que el peso del pecado nos ha llevado, a qué altura nos ha elevado con la δύναμις dínamis (fuerza, potencia y energía) de Su mano caritativa; y así, amemos más a Aquel que con tanta sabiduría ha preparado nuestra σωτηρία sotiría (redención, sanación y salvación). Demostremos que con nuestras obras se cumple nuestra oración y seamos visibles como que proclamamos a Dios como verdadero Padre nuestro por la χάρις jaris (gracia, energía increada). No dejemos que las cosas muestren que tenemos por padre de nuestra vida el maligno, que siempre intenta dominar tiránicamente con los πάθος pazos de la ignominia y deshonra y trata de dominarnos tiránicamente, y sin darnos cuenta, intercambiamos la vida por la muerte. Porque ambos, por naturaleza –Cristo y el maligno- cada uno transfiere sus propios atributos o cualidades en aquellos que van de su lado; Cristo concede vida eterna a los que Le aman, y el maligno causa la muerte a quienes se acercan a él, con las tentaciones voluntarias que somete e impone.
Según la Escritura la tentación se manifiesta de dos maneras o formas. Una es hedonista, placentera y la otra dolorosa. La primera se hace con nuestra voluntaria libre elección, en cambio la segunda sin ella. La primera genera el pecado, y hemos sido ordenados por el Señor a orar para no caer en ella, diciendo: “no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13), y también: “velad y orad, seáis despiertos con la oración para que no entréis en tentación” (Mt 26,41). La otra manera de tentación es por el castigo del pecado, y con cargas involuntarias, castiga con dolores, penas y sufrimientos la disposición que ama el pecado. Si a pesar de ello uno las soporta, sobre todo si aún no está traspasado por los clavos del pecado, oirá al gran Santiago que proclama: “Hermanos míos, tened por sumo gozo y suprema alegría cuando os caéis y os halléis en diversas pruebas y sufrimientos, sabiendo que la prueba de vuestra fe a Cristo produce constancia y paciencia. Mas la paciencia que sea inquebrantable, porque tiene como fruto obra espiritual completa en vuestro corazón, para que seáis perfectos e íntegros, sin que os falte cosa alguna” (Sntg. 1:2-4)
Y el maligno se aprovecha pérfidamente de ambos tipos de tentaciones con malicia, es decir, tanto de la voluntaria como de la involuntaria. La primera la siembra excitando la psique-alma con los placeres hedonistas (hedonismo) del cuerpo, maquinando cómo alejar el deseo de la divina αγάπη agapi (amor desinteresado). Para la otra, busca el permiso de Dios con artimañas y sofismas, queriendo desgastar con el dolor la naturaleza humana, para forzar a la psique-alma, que será agotada por los sufrimientos, a mover sus pensamientos a la calumnia del Creador. Pero nosotros conociendo los pensamientos demoníacos del maligno (2Cor 2,11), debemos desechar el yugo de la tentación voluntaria, para no apartar nuestro deseo de la divina αγάπη agapi-amor, y la involuntaria que viene con el permiso y concesión de Dios, pues, soportémosla con valentía para que se vea que hemos preferido no la naturaleza sino al Creador de la naturaleza.
Ojalá que todos nosotros que invocamos el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo (Hechos 2, 21) seamos “psicoterapiados”, redimidos y liberados de las actuales tentaciones hedonistas, placenteras del maligno, y seamos liberados de los futuros sufrimientos, mediante la participación en la forma sustancial de los bienes futuros que nos ha sido revelada en la persona del mismo Cristo, nuestro Señor, el único que es glorificado junto con el Padre y el Espíritu Santo por toda la creación. Amén.
Ὅτι σοῦ ἐστίν ἡ βασιλεία καί ἡ δύναμις καί ἡ δόξα»
(Oti sú estín i vasilía ke i dínamis ke i doxa)
Porque tuya es la realeza, la fuerza y la doxa-gloria (increadas).
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com







