Άγιος Ιάκωβος Τσαλίκης

Vida y enseñanzas de nuestro Santo Padre Jacobo Tsalikis
Higúmeno del Monasterio de san David el milagroso de Εὐβοιᾳ Évia (Isla del mar Egeo).
Nicolás Baldimtsís, médico, y Archimandrita Sabas el Hagiorita (Karampateas)
Edición del Santo Monasterio de la Santa Trinidad de Edesa, 2022
Los textos de la presente obra proceden de recuerdos y experiencias del médico N. Baldimtsís, que él mismo relató y que fueron recogidos y digitalizados por su esposa María, teóloga, y su hija Elena, filóloga.
De la revisión general y de los comentarios espirituales se encargó el Archimandrita Sabas el Hagiorita (Karambateas).
Rogamos a los piadosos lectores que oren a nuestro Santísimo Dios Trinitario, fuente de la santificación, por aquellos que trabajaron en este humilde libro, el cual constituye una justa deuda hacia nuestro Padre entre los Santos, el Venerable San Jacobo de Évia.
Los que trabajaron en esta obra:
Narración: Nicolás Baldimtsís
Redacción del texto y registro de las experiencias: María Baldimtsís y Elena Baldimtsís
Comentarios y edición general: Archimandrita Sabas
Edición: Santo Monasterio de la Santa Trinidad de Edesa
(Abadesa Porfiria, monja, y su comunidad)
Apolytikion
Tono plagal primero. “Al Logos Coeternο”
En los últimos tiempos, oh santo,
imitando las hazañas de los santos Padres,
te manifestaste como fiel imitador suyo.
Oh Jacobo, en el redil de David, tu venerable protector,
lo pastoreaste con espíritu divino,
con celo recto y gracia recibida de lo alto.
Por eso, junto con él,
no dejes jamás de orar,
ni ceses de interceder siempre por nosotros.
Kontakion
Tono segundo. “Con la sangre de tus…”
Como sacerdote de Cristo absolutamente fiel a la ley divina y como asceta de gran fama, oh santo, protege con tus súplicas tu santo monasterio, padre Jacobo, sucesor del venerable Santo David.
Megalynarion
Has recibido, oh Jacobo divino, el gran don del sacerdocio de Dios, y a muchos que habían caído los levantaste, oh de mente divina, mediante el santo misterio de la confesión.
Ἀπολυτίκιον
Ἦχος πλ. α΄. Τόν Συνάναρχον Λόγον.
Τῶν ὁσίων Πατέρων τά κατορθώματα, ἐν ἐσχάτοις τοῖς χρόνοις ζηλώσας ἅγιε,
ἀνεδείχθης μιμητής τούτων Ἰάκωβε,
ἐν τῇ μάνδρᾳ τοῦ Δαυΐδ,τοῦ προστάτου σου σεμνέ, ποιμάνας ταύτην ἐνθέως, διό σύν τούτῳ μή παύσῃ, ὑπέρ ἡμῶν ἀεί δεόμενος.
Κοντάκιον
Ήχος β΄. «Τοῖς τῶν αἱμάτων σου»
Ως ιερέας του Χριστού απόλυτα νομοταγής και ως ασκητής ξακουστός, άγιε,
φύλαγε το ιερό μοναστήρι σου με τις ικεσίες σου, πάτερ Ιάκωβε, διάδοχε του οσίου Δαβίδ.
Μεγαλυνάριον
Έλαβες, Ιάκωβε ιερέα, το μεγάλο δώρο της ιεροσύνης από τον Θεό και πολλούς που είχαν πέσει,
τους ανέστησες, θεόφρονα, με το θείο μυστήριο της εξομολόγησης.
CONTENIDOS
Prefacio del traductor
Prólogo
Introducción
Breve relato de la vida de nuestro Santo, Teoforo y Profeta Padre Jacobo de Εὐβοιᾳ Évia (Isla del mar Egeo)
Diagrama cronológico de la vida del Venerable Jacobo (Ιάκωβος)
Capítulo 1 Origen – Padres – Juventud del Santo
Las raíces
Refugiados
La santificada madre Teodora
Los primeros años – Establecimiento en San Jorge de Ámfisa
Educación ortodoxa, guiada por el Espíritu Santo, en la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, prudencia)
Recorrido conyugal ortodoxo, guiado por el Espíritu, de los padres del Santo
Ascesis, servicio, obediencia, respeto a los padres
El santo Jacobo sirve en el altar
Vida ascética, ayuno y caridad (limosna) aprendida de la madre
Vida espiritual secreta y bendita dormición de la misericordiosa Teodora
Niño “anacoreta” enseñado por Dios
Permanecer en casa en lugar de estudios peligrosos en la ciudad
Sanación milagrosa por el Santo Jaralampo
Sanación milagrosa por la Virgen María
Aparición y conversación milagrosa con Santa Paraskeví
Lee oraciones y sana
La virtud del ayuno y la tentación
La bendita Teodora es advertida de su dormición
Bendiciones y consejos de la santa madre Teodora antes de su santa muerte
Capítulo 2: La vida militar del Yérontas
Episodios graciosos de sencillez y ausencia de rencor y maldad
Admirable salvación por San Jaralampos
Sorprendentes acciones de la Providencia de Dios
Pruebas, burlas y provocaciones
La virtud es reconocida por todos
Cumplimiento del mandato materno
Capítulo 3 Vida monástica del Santo
Planes para vida eremítica
Recepción por el Santo David
El Santo David y el Santo Jacobo
Los padres del monasterio y el Higúmeno (abad) padre Nicodemo
La obediencia: el fundamento de la vida espiritual – monástica.
El buen olor del cuerpo del santo
La apariencia sacerdotal del santo Jacobo conseguida por un milagro de san David
La barba del monje-clérigo
«Ahora te amo más»
Los clérigos modernos (con pelo cortado y afeitados) dan derechos al maligno y pierden parte de su autoridad sacerdotal
Testimonios contemporáneos de otros santos y clérigos santificados sobre la apariencia reverente del clero
La vestimenta correcta y tradicional de los clérigos es apreciada y honrada. Testimonio del obispo de Samos e Icaria, padre Panteleimón Bardakos
La situación del clero hace pocos años y hoy. La abominación de la sodomía.
Los trágicos hechos contemporáneos que promueven la vida depravada
La secularización, indiferencia e incredulidad del clero
El celo divino de San Jacobo por la doxa-gloria del Señor
Primeras tentaciones
Pruebas e indiferencia de los compañeros monjes de San Jacobo
Milagro – aparición de San David
La admirable supervivencia del santo sin ayuda humana
Buscando consuelo humano entre sus compañeros monjes
San David enseña a san Jacobo
Qué es la fe
La vida recta, ortodoxa
La vida recta, ortodoxa
La fe del Santo David
La fe ortodoxa del Santo Jacobo — Bautismo canónico de un católico romano convertido
El Santo Jacobo no rezaba en común con los herejes
Testimonios sobre la estricta aplicación y cumplimiento de la Tradición Ortodoxa
Fe y vida ortodoxa pura del Santo Jacobo
El Santo honra al teólogo y predicador confesor injustamente excomulgado Nicolás Sotiropulos
Sobre el obispo Meletio Kalamarás y cómo se extravió
La reacción paterna y resistencia del Monasterio Grigoriu de Athos frente al Ecumenismo y la unión con los monofisitas
San Efrén de Katunakia sobre temas doctrinales y el padre Georgios Kapsanis
El santo perseguido por causa del Señor, incluso por hombres de la Iglesia
Paciencia en la parroquia donde el sacerdote ha sido puesto
La franqueza del santo frente a las autoridades eclesiásticas
Los “bastonazos” del Santo y los “niños diablillos”
El santo Jacobo sobre los “que suben por otra parte” – los lobos del rebaño de Cristo
El santo Jacobo como hisijasta: practica la ἡσυχία (hisijía) mediante el silencio
El santo Jacobo contra la φιλαυτία filaftía egolatría
El santo Jacobo como «siempre ayunante»
La vigilia continua del santo Jacobo
El santo sobre la vigilia y la abnegación
El santo Jacobo luchaba contra el apego a lo material y evitaba toda comodidad corporal
San Jacobo como Padre níptico. Recalcaba la inmediata reacción a los malos pensamientos.
La nispis vigilancia y ate nción espiritual del santo Jacobo
El deber de no dejar nuestro νοῦς nus con la mente ociosa
San Jacobo como alguien que ora incesantemente
Los santos Jacobo y Efrén sobre la oración
El Santo Jacobo como morada de todas las virtudes que divinizan. La humildad vivida del Santo
El santo Jacobo cree y proclama su pecaminosidad
El santo Jacobo, dios por jaris gracia, energía increada
El Santo como quien ama en Cristo. La nobleza, delicadeza, obediencia y amor en Cristo del Santo
El Santo quería dar descanso a todos
El santo “duramente probado” por causa del Señor. Tentaciones demoníacas
El don o carisma del sacerdocio
Capítulo 4: La vida sacerdotal del Yérontas Jacobo
La diaconía (servicio) pastoral del Santo
El Santo como “oficiando (o celebrando) sin cesar al Señor”. La Divina Liturgia diaria como fuente de fuerza
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza” (Marcos 12:30).
Trabajo manual duro con obediencia
Experiencias en la proskomidia o prótesis (preparación de la Liturgia). Modo de la Divina Liturgia y del canto
Diórasis visión espiritual penetrante en la Divina Liturgia
No cambiaba su programa litúrgico por peregrinaciones
Sacrificio) del Santo para no interrumpir la Divina Liturgia diaria
Bendición a un recién ordenado
El Santo como Pastor y Padre espiritual. Vida pastoral y sacramental en el monasterio
El Santo Jacobo sobre la multitud de gente en el monasterio
La presencia del Santo Jacobo
Con amor, el Santo Jacobo logra dar la comunión a un niño
Ministerio pastoral de los “templos vivos y no vivos” en las aldeas cercanas al monasterio
Milagrosa multiplicación del aceite
El Santo como quien da caridad sin cesar. La virtud de la caridad en el Santo
El Santo Jacobo sobre la akríbia exactitud en la gestión de las ofrendas de los fieles
El Santo como providente cuidador de la creación irracional. Reforestación de manera original
Ministerio pastoral y ascesis
Nipsis, Vigilancia espiritual, templanza, pureza y castidad en su ministerio
El Santo como contemplador del mundo espiritual. Procesiones fatigosas y hechos maravillosos
El Santo Jacobo sobre que los santos están vivos
El Santo como pedagogo–maestro de la vida en Cristo. La hospitalidad y la misión apostólica del Santo Jacobo
El ministerio docente del Santo
El don de las imitaciones graciosas del Santo Jacobo
Representación graciosa de un sermón por el Santo Jacobo
El Santo Jacobo corrige con gracia a un monje cantor
Intervenciones milagrosas del venerable santo David
El Santo Jacobo corrige a dos “iluminadas”
El discurso del Santo: específico y general
No televisión en casa
Precaución en las relaciones de los niños
La agraciada orientación pastoral de San Jacobo
La dirección espiritual de San Jacobo – el elogio con discernimiento
La severidad pedagógica con discernimiento de San Jacobo
El Santo procuraba atraer a la μετάνοια metania despertando el filótimo generosidad y disposición amable
Las pasiones (pazos) y el racionalismo impiden al hombre recibir la iluminación divina y reconocer a los santos
El Santo Jacobo no permitía pantalones en las mujeres
La vestimenta modesta y la manga corta del médico. La vestimenta indecente da derechos al Maligno.
El botón desabrochado y las mangas largas
El venerable Filoteo Zervakos y San Juan Crisóstomo sobre la vestimenta indecorosa
La vestimenta masculina (pantalones) en las mujeres conduce a la homosexualidad — San Porfirio
La promoción deliberada de la vestimenta masculina en mujeres por los sionistas–cabalistas
El Santo como confesor y padre espiritual
Los sentimientos, emociones del confesante y el modo en que lo trataba San Jacobo
La atención pastoral a quienes no tenían conciencia y conocimiento de la confesión
El Santo como padre espiritual lleno de misericordia y amor
San Jacobo no daba bendición a clérigos desviados y sin metania
San Jacobo y San Efrén sobre la “economía” en la confesión
El Santo Jacobo sabía qué debía hacerse en cada caso
Indulgencia según Cristo y oración del corazón del Santo
El discernimiento del Santo al comunicar una noticia
Atención pastoral del Santo hacia la oveja perdida
El Santo Jacobo “deshace hechizos”
El tratamiento por San Jacobo de los pensamientos de antipatía de los discípulos contra el Yérontas
Los milagros, la psicoterapia y la sanación espiritual mediante la confesión
El Santo como hombre lleno de dones: fruto de un duro combate espiritual personal
Don de previsión (profético) del Santo Jacobo
Don de diórasis (visión espiritual penetrante, clarividencia). Revelación admirable del nombre de una monja por el venerable Jacobo.
Revelación de la enfermedad de la monja
Diórasis (visión espiritual penetrante) y consejos a un candidato a monje
Sabía cómo alguien llegó a ser obispo
San Jacobo ocultó su gran virtud: el más inteligente de los santos
El Santo Jacobo como guía de monjes: no impone su voluntad ni presiona hacia el monacato
Deserción de una monja y reprensión por San Jacobo Tsalikis
La misericordia del Santo hacia una monja caída.
Quiénes serán condenados e infernados.
Retorno al lugar y al modo de la vida de metania y arrepentimiento de una monja que había desertado.
Capítulo 5: Las enfermedades – la paciencia – el tránsito (dormición) del Santo
Pruebas de la salud del Santo – Humildad – Hechos maravillosos
El Santo sobre el orgullo y la humildad a través de la enfermedad
Intervención milagrosa de los Santos David y Juan el Ruso
La milagrosa curación del Santo Jacobo por la Panagía
Picor tormentoso y vértigo
Enfermedades y padecimientos de los sistemas digestivo, urinario y cardiovascular
Textos legendarios sobre la salud del Santo
El Santo se alimentaba de la divina Jaris Gracia increada
El Santo acepta cuidados médicos fundamentándolos en los Santos Padres
La fragancia del Santo Jacobo
El Santo confiaba solo en la medicina clásica y honraba a los médicos
El santo Jacobo estaba en contra de la homeopatía y de cualquier otra medicina alternativa
San Porfirio, como también san Jacobo Tsalikis, aceptaba solo la medicina clásica
San Jacobo Tsalikis, al igual que san Porfirio, no aceptaba la fecundación in vitro
Caso relacionado con infertilidad y fecundación in vitro:
La manera en que san Jacobo enfrentaba el dolor
La impresión que daba san Jacobo durante los últimos años de su vida terrenal.
Amistades santas – Encuentros benditos con contemporáneos hombres santificados. Devoción del p. Iákovo Pajýs hacia San Jacobo y viceversa
El Santo Jacobo sobre el obispo de Siatista, Antonio
El Santo Jacobo sobre el Metropolita de Jalkída (Calcis), Gregorio
San Jacobo sobre el Arzobispo Jerónimo I
Los últimos meses de la vida terrenal del Santo – Su discernimiento
La Dormición Piadosa de San Jacobo
San Jacobo después de su dormición
DIJERON SOBRE SAN JACOBO
«Recuerdos de Perikles Siúras, amado hijo espiritual de San Jacobo
Concluyendo…
Antepílogo
CAPÍTULO SEXTO
Apotegmas – Relatos – Experiencias del Santo
Dijo san Jacobo sobre…
La aparición y bendición de la Madre de Dios
La corrección del que injustamente ofendía al monasterio, por San Nicolás
El descubrimiento del culpable de la destrucción de la propiedad del monasterio por San David
La tentación demoníaca y la injusta acusación falsa contra el Santo Monasterio
La extraña “anciana” que se alegraba con las disputas de las monjas
Ejemplos de desobediencia de monjas
El tentador con forma femenina y desvergüenza
El tentador que acechaba para dañar al Santo
La importancia del estado espiritual de los antepasados en el desarrollo del hombre
Los dos parientes del Santo, de los cuales uno llegó a ser santo
La no modificación de la penitencia de un confesor por otro confesor
La aparición del Señor sobre el Santo Altar
La maravillosa aparición de San Nectario a San Jacobo
La irreverencia de una anciana y su castigo pedagógico
La cucharilla vacía que recibió alguien al intentar comulgar sin estar en metania y arrepentimiento
El rostro de los que comulgan
Los clérigos indignos
El coágulo de sangre en el Santo Diskario
Los Santos Ángeles en la Divina Liturgia
La sensación de Cristo dentro de nosotros después de la Sagrada Comunión
Sobre el orgullo tras una buena transformación espiritual
Sobre la mortificación vivificante del cuerpo y la vigilancia espiritual
Su diórasis (visión penetrante, clarividencia): percepción de la llegada de Cristo
Su diórasis: revelación de los pecados para mover al arrepentimiento y la metania
Su diórasis: “Veo tu alma”
La presbitera (esposa) del sacerdote, que es persona sagrada
Las presbiteras que deben vivir vida santa
Los sacerdotes y obispos con impedimentos
¿Qué son y cuáles son los “impedimentos” del sacerdocio?
Los clérigos célibes que viven en el mundo
No divulgar la confesión, la vida y el trabajo espiritual
El discernimiento en la ascesis corporal
Cuidado con lo que pedimos en la oración
El ardor en la Santa Comunión
Su don διόραση visión espiritual penetrante durante la conmemoración en la Santa Proskomidía.
Que los niños no tengan compañías raras
El Sida- Aids
Que debemos usar también nuestra inteligencia
Sobre nuestra salud, que debemos cuidar
Sobre la tristeza y lo que aconsejaba San David
Sobre la televisión, que debe salir de la casa
Sobre los pantalones que no deben usar las niñas
El Gran Sumo Sacerdote y el examen que hizo a su Yérontas padre Nicodemo (visión espiritual)
El hermano que no tenía descanso porque odiaba
El abogado del monasterio que estaba angustiado porque era sometido a un examen detallado por el Señor
El pastor rencoroso y con resentimiento que maltrataba los animales ajenos y fue a donde no hay luz
El “camino estrecho y angosto que conduce a la vida”
El terrible abismo y el puente que sacudían los padres
Que debemos luchar siempre
Quiénes serán condenados
La guerra de satanás contra los monjes
La experiencia del santo con los demonios que lo zarandeaban
La oración contra el mal de ojo para los sacerdotes
Evitar el escándalo
La subida del alma de una abadesa
El rostro revela el estado del hombre
No aceptar regalos de desconocidos
Evitar influencias demoníacas: rociar con agua bendita
La educación familiar y su importancia
La ira y su causa
Cómo beneficiamos a los demás
Las relaciones de las familias con los monasterios
La sencillísima abuela sacristana que bebía vino
Para los que creen que los monjes viven cómodamente
Los demonios que bailaban alrededor de un monje desobediente
El santo Dionisio del Olimpo con quien concelebró
La posesión demoníaca que tenía como causa la soberbia.
El demonio que provocó un accidente
San Juan el Ruso, su vida en Asia Menor, los pocos verdaderos devotos y la guerra necesaria
La guerra que viene y los accidentes de tráfico
El Paraíso y los santuarios con reliquias que visitó
La preparación para el gran viaje – El retorno del cetro (1ª narración didáctica)
La preparación para el gran viaje
El obispo que negó al Señor y se arrepintió
2ª narración didáctica de san Jacobo
El terrible pecado de la blasfemia
3ª narración didáctica de san Jacobo
Dijeron sobre san Jacobo
Concluyendo…
Antepílogo
Prefacio por el traductor:
¡¡¡Χριστός Ἀνέστη! Jristós anésti: ¡Cristo ha resucitado!
Amigos en y de Cristo Dios, con la Jaris (Gracia increada) de Dios he terminado la traducción sobre la vida de este gran santo y profeta, Jacobo Tsalikis, contemporáneo de otros dos grandes santos: san Paísios el Athonita y san Porfirio el Kafsokalivita (Athos). La verdad es que no sé quién de los tres es mayor; eso solo lo sabe Dios…
Llevaba años pensando que también debía traducir algo sobre él, ya que sobre san Paisios y san Porfirio había traducido sus vidas y varios apotegmas, (https://www.logosortodoxo.com/category/san-paisios-el-athonita/
y https://www.logosortodoxo.com/category/san-porfirio-el-kafsokalivita/).
Doce días después de la dormición de san Jacobo, durmió en el Señor san Porfirio el Kafsokalivita, quien, al enterarse de la dormición del yérontas Jacobo, se santiguó y dijo: «Grande, muy grande santo; y es grande porque fue sencillo. Ahora es espíritu, está en todas partes, es de los nuestros».
San Jacobo tenía el don de los dones: «la sencillez en Cristo» (https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/).
A principios de la Cuaresma de 2026, hablando con el yérontas Sabas el Aghiorita, me preguntó si podría traducir el libro sobre la vida y enseñanza de san Jacobo, elaborado y editado por él y por las hermanas del monasterio. Inmediatamente acepté su propuesta, ya que en aquel momento estaba pensando qué traducir a continuación, pues acababa de terminar la traducción de «Confieso un solo bautismo» y estaba comentando este tema con el yérontas Sabas, resolviendo algunas dudas (https://www.logosortodoxo.com/herejias/confieso-un-solo-bautismo/).
Gracias a Cristo Dios, hoy, Domingo de las Miróforas (2026) he terminado la traducción, espero y deseo que la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) del Dios Triádico a través de san Jacobo les ilumine. ¡Que tengamos su bendición!
Al final del texto hemos incluido también un glosario con los términos más importantes:
- Logos (Λόγος)
- Psique (Ψυχή, psijí: alma, ánima)
- Nus (Νοῦς) o energía noerá (νοερά ενέργεια), es decir, energía espiritual
- Pazos (πάθος)
- Metania (Μετάνοια)
Χρήστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas, Domingo de las Miroforas, 26/04/2026
Prólogo
Los biógrafos de los Santos deben ser santos; por eso nunca pensé escribir lo que Dios me permitió conocer del venerable santo Padre desde que lo conocí y quiso Dios y san David que yo le ofreciera algunos cuidados médicos a su muy sufrido y atormentado cuerpo.
Pero la exhortación -o más bien el mandato espiritual- de personas respetables me obligó a intentar poner por escrito lo que sigue. Esto, ciertamente, es muy provechoso también para mí, pero también para mis hermanos cristianos que lean la vida espiritual y los acontecimientos sobrenaturales que intentaré narrar con las oraciones de san David y del santo yérontas Jacobo (Tsalikis).
Deseo que el presente y humilde esfuerzo, con la χάρις (jaris: gracia increada) de Dios y las oraciones de los Santos, constituya una pequeña contribución al combate espiritual de aquellos que se inclinen sobre estas páginas.
Nicolaos Baldimtsís, médico
Introducción
Con la gracia de Dios, las intercesiones de la Santísima Madre de Dios, del venerable san David de Évia, del venerable Jacobo, higúmeno del Santo Monasterio de san David en Évia, las oraciones de nuestros padres espirituales y hermanos en Cristo y de todos vosotros, procedemos a la presentación y humilde comentario -a modo de explicación- de las benditas anotaciones de nuestro muy amado en Cristo médico, el señor Nicolás Baldimtsís, médico personal del venerable san Jacobo de Évia, pero también del san Efraín de Katunakia.
Las anotaciones se refieren a la vida santificada, a los logos llenos de sabiduría divina, a las acciones inspiradas por el Espíritu Santo y a las maravillosas experiencias del Santo y portador de Dios Padre de nuestros días, Jacobo Tsalikis, higúmeno del Santo Monasterio de san David de Évia.
Agradecemos humildemente al Señor, a la Santísima Madre de Dios, a san David, al santo Jacobo y a todos los Santos por el altísimo honor de servir en esta obra.
También agradezco de todo corazón a mi muy amado hermano en Cristo, el médico Nicolás Baldimtsís, por el gran honor de hacerme partícipe de sus experiencias y anotaciones, así como por su confianza y todo su apoyo espiritual para que pudiera servir, según mis fuerzas, en la presentación, comentario y edición de la vida, de los logos y de las palabras del santo Jacobo, higúmeno del Santo Monasterio de san David de Évia.
Agradezco también sinceramente a todos mis padres espirituales y hermanos que me sostuvieron con sus oraciones durante todo el tiempo de este audaz, pero realizado por obediencia, esfuerzo. Con la gracia divina hemos avanzado.
Con la ayuda de Dios y mediante las oraciones de todos vosotros esperamos que el resultado sea agradable a Dios y edificante para quienes se tomen el trabajo de estudiarlo, acogerlo y aplicarlo en su vida.
La fuente principal de todos estos textos del presente humilde trabajo, que se refieren al santo Jacobo, son los relatos de las experiencias del médico N. Baldimtsís.
Este material reunido tiene un valor muy grande, porque es auténtico, comprobado y genuino. Constituye fruto maduro de observación directa y de audición personal durante muchos años, especialmente en los últimos de la vida terrenal del santo Jacobo.
Se conservan literalmente las palabras, narraciones y enseñanzas, así como las acciones, obras y modos de afrontar diversas situaciones del santo y sabio en Dios venerable Yérontas. Todo ello constituye valiosos y terapéuticos medicamentos espirituales para nuestra época contemporánea, que mata la psique-alma, el espíritu, la santidad y a Dios.
Los recuerdos y testimonios del querido médico fueron registrados y digitalizados por su esposa María, teóloga, y por su hija Elena, filóloga.
Una primera presentación pública limitada de estas anotaciones se realizó en el libro reproducido por fotocopias con el título:
“Vida y conducta de nuestro venerable Padre Jacobo, higúmeno del Santo Monasterio del venerable David el Milagroso de Évia”, por Nicolás Baldimtsís médico, 2021.
Asimismo, una presentación de los temas médicos relacionados con el santo se realizó en una conferencia pronunciada en Chipre por el médico N. Baldimtsís durante el XII Congreso de la Unión Cristiana de Científicos Chipriotas (Χ.Ε.Κ.Ε.), en Defterá de Chipre, el domingo 8 de octubre de 2018, cuyo tema fue: «San Jacobo de Évia».
Con mucha alegría, devoción y respeto nos inclinamos sobre este material atesorado. Nos atrevimos a poner títulos a los distintos elementos del material original, a clasificarlos -según nuestras posibilidades- en secciones de contenido conceptual semejante y a realizar un humilde comentario y actualización de las enseñanzas, episodios, obras y comportamiento del Santo.
Ojalá estas preciosas descripciones de la vida, los logos, las palabras y las acciones de nuestro gran santo contemporáneo Jacobo, junto con nuestro humilde y pobre comentario, sirvan para:
-Gloria, honor y adoración de nuestro Dios Santo en Trinidad.
-Gloria y honor de la Santísima Madre de Dios, del santo David, del venerable Jacobo y de todos los Santos.
-Beneficio espiritual de los piadosos cristianos ortodoxos que leerán el libro y extraerán de él preciosas y salvadoras enseñanzas.
Deseamos que las acojan en su corazón y las pongan en práctica en su vida, para que sean conducidos -y por sus oraciones también nosotros- a la unión salvadora con nuestro Señor, es decir, a la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación).
Rogamos las oraciones de todos vosotros para que se cumpla el propósito anteriormente mencionado de la redacción del presente humilde trabajo.
Escrito el 13/27 de julio de 2022, memoria de los santos Apóstoles Aquila y Priscila, de san Nicodemo el Hagiorita y del santo gran mártir Pantaleón el Médico.
Archimandrita Sabas el Hagiorita (Karambateas) https://hristospanagia3.blogspot.com/
Breve relato de la vida de nuestro Santo, Teoforo y Profeta Padre Jacobo de Εὐβοιᾳ Évia (Isla del mar Egeo)
El santo Yérontas (anciano sabio iluminado) Ἰάκωβος Iákovos Jacobo nació en 1920 en Makrí de Asia Menor. Fue de linaje sacerdotal. Siete generaciones de hieromonjes, un obispo y un santo había producido la bendita familia del Venerable a lo largo de los siglos. El último sarmiento de esta vid fue el venerable san Jacobo.
Siendo niño de dos años, con el violento desarraigo de nuestra etnia (linaje) helénica de las santificadas tierras de Asia Menor, el padre se encontró en Grecia, en el pueblo de San Jorge de Ámfisa (Grecia central, a 15 km de Delfos), donde vivió dos años. Después, y hasta la edad de treinta años, vivió en el pueblo de Faraklá, en el norte de Εὐβοιᾳ Évia (Isla del mar Egeo, es la segunda isla más grande de Grecia, después de Creta).
En su infancia y juventud fue profundamente influido por su madre ascética, Teodora, rica en las virtudes de la fe, la misericordia, la caridad o limosna, la templanza y la oración. Estas virtudes, con esmero e iluminación divina, las transmitió a su amado hijo, el pequeño Jacobo.
El Santo era una psique-alma tan llena de χάρις (jaris: gracia, energía increada) que, como decía, jamás, ni como niño ni como joven, pasó por su mente pensamiento carnal alguno. Su corazón estaba siempre entregado a la oración, a los santos y al culto de Dios. Muchos fueron los acontecimientos maravillosos de su niñez y juventud en los que vemos a Dios obrar milagros por las oraciones del pequeño Jacobo; enfermos que sanaban, partos difíciles que concluían felizmente, endemoniados que eran liberados de los espíritus malignos. Estos hechos sobrenaturales eran “naturales” para el pequeño Jacobo portador del Espíritu. La Santísima Virgen Xenia obró un milagro sanando sus pies heridos. Santa Paraskeva hablaba con él en su ermita, donde el pequeño Jacobo acudía. San Jaralampos lo sanó cuando enfermó gravemente, después de signarlo con su mano sacerdotal. Tales y otros hechos maravillosos acontecimientos relataba el santo Yérontas con tanta sencillez y naturalidad, que aquello que leemos en los sinaxarios (vidas de santos) y que muchas veces nos parecen tan lejanos, nos los presentaba como experiencias de su propia vida.
Después de servir tres años como soldado, comenzó a realizar su gran deseo, su “destino”, como decía es dedicarse y consagrarse a Dios. Su propósito era ser asceta en Tierra Santa, donde había vivido y se había santificado uno de sus antepasados. Allí deseaba llevar vida eremítica. Pero antes de partir, realizó una peregrinación al monasterio del Santo David, que en aquella época estaba en ruinas y contaba con dos o tres monjes ancianos de vida idiorrítmica (de carácter singular). Quería pedir la bendición del Santo para su nueva vida. Entonces el Santo, de manera milagrosa, lo llamó, apareciéndosele vivamente, como narraba el propio Santo padre. Así, sin esperarlo, permaneció en el Santo Monasterio del Santo, donde vivió vida de abnegación y vida santa hasta su dormición, el 21 de noviembre de 1991.
La ascesis (práctica, ejercicio espiritual) del Santo durante aquellos treinta y nueve años, cuanto soportó por amor a Cristo, es conocida solo por el Señor, el Árbitro del combate, quien como Justo Juez lo recompensará “en aquel día”.
Mencionaremos algunas de las experiencias del Santo, que oímos de él mismo, para que sea glorificado el Señor y nosotros, considerando el resultado de su vida, imitemos en lo posible su fe.
El Santo procuraba imitar a los santos de la Iglesia. Cuanto leía en sus vidas, se forzaba a sí mismo a imitarlo. Su mayor modelo, ciertamente, era San David, a quien amó de todo corazón y hasta la muerte intentó servir y volver a manifestarlo entre nosotros. Su oración era incesante, tanto como oración noética (espiritual) como en la lectura del Salterio. En las frías noches de invierno lo recitaba entero a la luz de una antorcha. Su ayuno era sobrehumano. “Cuando estaba sano -decía- ayunaba incluso de agua; solo bebía los fines de semana”. Su vigilia era de toda la noche. Con la llegada de la noche salía en secreto del monasterio y se dirigía a la cueva del Santo, iluminándose su camino con luz inmaterial (increada) durante tres o cuatro kilómetros dentro del bosque. Allí lo esperaba San David, quien le decía con afecto: “Descansa, padre Jacobo”. Al amanecer, cuando terminaba sus oraciones y súplicas en la cueva, regresaba al monasterio para los oficios establecidos, que cumplía con exactitud.
Su amor por el Señor y por los hombres era hasta el sacrificio de sí mismo. Como padre espiritual confesaba muchas veces hasta las cuatro de la madrugada y, tras descansar media hora, bajaba a la Iglesia para el oficio. Su celo por su monasterio, donde es reconocido como nuevo fundador, y por los templos en cerca de treinta aldeas y poblados en los que ejerció como párroco durante muchos años, es indescriptible. Su caridad, material y espiritual, era fuente inagotable. Daba continuamente. Practicaba la caridad sin cesar y Dios le llenaba las manos de innumerable dinero y bienes para que el venerable Santo los distribuyera entre los necesitados. Incluso en la vasija del aceite del monasterio el aceite rebosó como si fuera una fuente, según refiere el Santo al describir el hecho milagroso.
Su paciencia en las enfermedades que Dios permitió desde la edad de cincuenta años hasta su fin fue más que natural, una virtud divina. Su humildad era tan grande que él mismo decía:
«Tengo la humildad y la fe. Dios me las dio y lo confieso. ¿Por qué no he de ser humilde, si soy polvo de la tierra y en poco tiempo polvo llegaré a ser?».
El carisma de la diórasis (visión espiritual penetrante, clarividencia) y de la previsión le fue concedido tan abundantemente por el Señor, que todos los que lo conocieron tienen sus propias experiencias personales. Los hechos que confirman los preciosos dones del Espíritu Santo son innumerables.
El final del venerable Santo fue maravilloso, como también lo fue toda su vida. Conociendo de antemano su dormición, rogó a un hierodiácono aghiorita que lo confesó la mañana del día de su dormición que permaneciera en el monasterio hasta la tarde para “vestirlo”. A las cuatro de la tarde del 21 de noviembre de 1991, día en que celebramos la fiesta de la Presentación de la Madre de Dios, durante una confesión y con su epitrajilio (bufanda larga de confesión) al cuello -ese epitrajilio que tantas veces nos refrescó, nos consoló y nos alivió de tantos pesos- voló como una paloma pura, acompañado por los santos de su corazón: san David de Évia, san Juan el Ruso, san Jaralampos; y el Señor sabe con cuántos otros Ascetas y Santos de su misma senda, y reposó ante el «Cordero Inmolado», su dulcísimo Jesús, su único amor, para interceder incesantemente por todos nosotros.
Pero, oh Padre, tú que nos revelaste con tu vida los carismas o dones del Espíritu Santo, tú que nos amaste, no ceses de interceder por los padres de tu santo monasterio, por todos tus hijos espirituales y por toda alma cristiana que combate el buen combate de su perfección en Cristo. Amén.
Diagrama cronológico de la vida del Venerable Jacobo (Ιάκωβος)
1920 – Nacimiento El Santo nació en 1920 en Makrí de Asia Menor.
1922–1924 – Llegada a Grecia Siendo niño de dos años, con el violento desarraigo de nuestra etnia helénica (raza) de las santificadas tierras de Asia Menor, el Santo llegó a Grecia, al pueblo de San Jorge de Ámfisa, donde vivió dos años.
1924–1950 – Vida en Farakla (Évia) Desde los cuatro años hasta la edad de treinta vivió en el pueblo de Farakla, en el norte de Évia.
A los 27 años, es decir, en 1947, y durante tres años, cumplió su servicio militar.
1947–1950 – Servicio militar
1950–1991 – Vida monástica. A la edad de treinta años (1950) se estableció definitivamente en el Monasterio de San David, en Évia, donde también reposó en el Señor (1991). El Santo durmió en el Señor a las cuatro de la tarde del 21 de noviembre de 1991, día en que celebramos la fiesta de la Presentación de la Madre de Dios, durante una confesión, con su epitrajilio al cuello.
Capítulo 1 Origen – Padres – Juventud del Santo
Las raíces
Asia Menor, que dio origen a tantos santos de nuestra Iglesia, es también la tierra natal de nuestro venerable padre Jacobo.
El pueblo donde nació y vivió los dos primeros años de su vida fue Livísi de Makri, uno de los pueblos costeros de la tierra jónica, aproximadamente a la altura de Rodas. La familia del Yérontas era de las acomodadas de su aldea y, además de sus tierras y su casa, poseían también una tienda.
Sin embargo, su gran riqueza era la piedad y la fe cristiana pura, que en su familia tenía raíces muy profundas. El árbol genealógico del padre podía gloriarse —con la jactancia en Cristo— de siete generaciones de hieromonjes, un Arzobispo y un Santo. El último y santificado sarmiento de esta vid espiritual fue el venerable Padre Jacobo.
Una pesada tradición cristiana ascética ortodoxa que, en la persona del padre Jacobo, encontró a su último y, Dios lo sabe, quizá también a su mayor exponente.
Aquí se vislumbra la enorme importancia que tienen los antepasados en la formación del hombre. ¡Cuán equivocados están los “padres cristianos” que impiden a sus hijos consagrarse a Cristo haciéndose sacerdotes o monjes! No existe mayor bendición para una familia que tener en su árbol genealógico personas entregadas totalmente a Dios; personas escogidas que vivieron con castidad, pobreza y obediencia, haciéndose monjes o monjas, hieromonjes, quizá alguna vez también obispos, si esa era la voluntad del Señor.
Refugiados
«A la edad de dos años -el Yérontas nació en 1920-, con los tristes acontecimientos de la gran catástrofe de Asia Menor y el desarraigo del helenismo de aquellas tierras santas, que Dios permitió, el padre dejó su aldea y fue trasplantado como precioso y santificado sarmiento a Ámfisa y al pueblo de San Jorge por dos años, y después al pueblo de Faraklá, en el norte de Évia, donde vivió hasta la edad de treinta años. Desde allí el Señor lo trasplantó definitivamente al santificado monasterio de David de Évia».
El Santo amaba su patria terrenal, como también el Señor; recordaba todo lo espiritual y edificante relacionado con ella. Al mismo tiempo sufría humanamente, pero también espiritualmente.
«El Yérontas -señala el Sr. N. Baldimtsís- era también él refugiado de la tierra mártir de Asia Menor. El exilio es por naturaleza un martirio corporal y psíquico. Sufría como auténtico refugiado por su patria, por su pueblo, por su casa, por los cristianos desarraigados y sacrificados, por los monjes y monjas, por los sacerdotes, por los obispos, cuyos restos o reliquias están guardados como tesoro en la santa tierra de Asia Menor.
El Yérontas lloró el exilio. Poco a poco, ese dolor humano se hizo espiritual. Se formó dentro de él un estado espiritual semejante a los lamentos de los Profetas que lloraron por el cautiverio del pueblo de Israel a causa de sus pecados. Esa herida en su interior nunca cicatrizó. Sus relatos eran un espiritual sinaxario (vida y ascesis de los santos), sobre los santos iconos de nuestra Panagía que obraban milagros incluso entre turcos; sobre las “santas vestiduras episcopales” encontradas dentro de su estuche -como subrayaba con énfasis- que descubrió un turco mientras araba su campo. Y sus narraciones no tenían fin…
Cuando en cierta ocasión nos encontramos con mi familia en la isla Samos y veneramos en el Monasterio de la Fuente de Vida, llegamos hasta el cabo donde había un pequeño santuario con la inscripción: “aquí atracó el Apóstol Pablo cuando llegó a Samos”. Ese lugar estaba tan cerca de Asia Menor que se oían hasta los gallos del otro lado. Cuando le conté esto al Yérontas, suspiró y dijo: “Ay, hijo mío Nikos, has raspado la herida dentro de mí”. Le respondí: “Perdóneme, Yéronta, no quería entristecerlo”. Entonces me miró con una sonrisa triste y paternal sin decir palabra.
Cuando visitamos a David de Évia junto con la Yerontisa Macrina -que también era de Asia Menor, hija de refugiados, y a quien el Yérontas amaba especialmente- fuimos testigos del encuentro de dos venerables (santo y santa) contemporáneos. La Yerontisa, después de pedir humildemente su bendición, se sentó en silencio mirando al Yérontas con mirada serena. El silencio parece ser el lenguaje de los santos. Aquí encaja el verso del poeta: “cómo estar en silencio te lo enseña el ruiseñor; un mes canta, once guarda silencio”.
El Yérontas, tras su elocuente silencio, abrió la boca y como otro río Nilo regó y alegró la psique-alma de la Yerontisa, pero también las nuestras, según el dicho: “junto con la albahaca, se riega también la maceta”. Milagros de la Panagía de Asia Menor, hechos maravillosos, innumerables experiencias, mostraban el entusiasmo del Yérontas por aquella hija de refugiados que llegó a ser “princesa espiritual”.
El Santo se alegraba por los logros espirituales de sus compatriotas sin experimentar ninguna envidia ni celos.
La santificada madre Teodora
La familia, cuando funciona como «Iglesia doméstica», contribuye decisivamente a la recta educación, a la santificación y a la salvación tanto de los hijos como de los padres y de cuantos la componen. Incluso si solo uno de los cónyuges está santificado, éste ayuda también a la “otra mitad”, así como a los hijos, a santificarse, en la medida, claro está, en que quieran imitarlo. Esto, con la ayuda de Dios, se confirmó en el caso de la familia del Santo Jacobo. Enseña san Pablo en relación: “A los demás les digo yo, no el Señor: Si un cristiano está casado con una mujer pagana, pero acepta vivir con él, que no se divorcie de ella. Y si una mujer cristiana está casada con un hombre no creyente, pero acepta vivir con ella, que no se divorcie de él. Pues el marido no creyente queda santificado a Dios por la unión con mujer cristiana, y la mujer no creyente queda santificada a Dios por la unión con el marido cristiano; de lo contrario, vuestros hijos serían impuros, mientras que ahora ellos también son santos y pertenecen al pueblo de Dios” (1Cor 7:12-14).
«Dejemos que el propio Yéronta nos relate su vida familiar en Asia Menor y posteriormente en Hélade-Grecia.
Un papel fundamental y decisivo en la vida del padre lo desempeñó la personalidad de su muy piadosa y ascética madre Teodora, adornada de modo excepcional con las virtudes de la caridad (limosna), la templanza, la continencia (ayuno, castidad), la laboriosidad y el buen gobierno del hogar; virtudes que plantó con amor y paciencia en la psique-alma tierna de su hijo Jacobo, que era también su hijo predilecto. La psique-alma de mi madre -dice el Venerable padre- era monástica”.
Sin embargo, según la costumbre de los de Asia Menor, la comprometieron en matrimonio, naturalmente sin preguntarle, a la edad de doce años, y a los dieciocho se celebró el matrimonio con el padre del Yérontas. (Costumbre de Asia Menor, se comprometían a los 12 y se casaban a los 18). Después de la celebración del misterio (sacramento), debido a su gran modestia, a la vergüenza de su alma virginal que no tenía deseos mundanos ni carnales, fue necesario que sus padres y los abuelos paternos del padre la aconsejaran con palabras y con hechos (se vieron obligados a esforzarle bastante) para que viviera como mujer casada y esposa. De este matrimonio nacieron muchos hijos -unos ocho aproximadamente-, pero en esta vida solo tres permitió Dios que permanecieran. El Yérontas era, pues, el segundo de “los restos de la Parca”, como solía llamar su madre a los hijos que le quedaron».
Viviendo en nuestra época actual, tan entregada al culto del cuerpo, admiramos la pureza, sencillez y limpieza de aquellas personas. Lamentamos la decadencia del hombre actual, que, cautivo del internet demoníaco, cae en toda clase de pecado y perversión carnal, desfigurando el “a imagen” y sin alcanzar el “a semejanza”, que es nuestro destino. La necesidad de un retorno a la μετάνοια (metania) y arrepentimiento inmediato es hoy más urgente que nunca.
Los primeros años – Establecimiento en San Jorge de Ámfisa
«El venerable Santo Padre era el segundo hijo varón y después de él seguía su pequeña y única hermana.
Desde niño era de naturaleza enfermiza y delicada. Era también muy sobrio en la comida. “Mi madre, debido a mi constitución débil, me llamaba pajarillo otoñal”, decía el Yérontas. “Siendo, pues, un niño de dos años, mi madre me envolvió en su falda y, junto con mi abuela y mis dos hermanitos, subimos al barco rumbo a Grecia, mientras mi padre quedó prisionero de los turcos. Cuando desembarcamos en el puerto del Pireo, a pesar de mi edad infantil, recuerdo que oímos por primera vez en nuestra vida a alguien blasfemar contra las cosas divinas. Entonces mi abuela dijo:
-¿Dónde hemos venido? Mejor volver atrás para que nos maten los turcos antes que oír tales palabras.
En Asia Menor no conocíamos tal pecado”, dice el Yérontas, es decir, la blasfemia».
¿Qué dirían hoy, cuando la blasfemia “de obra y palabra” ha sobrepasado todo límite, se comete incluso por niños pequeños, y el Estado ha abolido la ley que castigaba a los que blasfemaban públicamente?
«Desde el Pireo trasladaron a los refugiados a distintos puntos de la tierra griega. La familia del Yérontas vivió durante dos años en un almacén, junto con otras familias refugiadas, en el pueblo de San Jorge de Ámfisa. Durante esos dos años no tuvieron ninguna noticia de su padre. Y, por supuesto, él tampoco sabía si su familia vivía ni dónde se encontraba. Sin embargo, la providencia de Dios llevó a su padre al pueblo donde vivía su familia, y allí encontró trabajo en la construcción de una casa, pues era albañil de profesión.
“Pasaba -dice el Yérontas- mi abuela por delante de la obra que se estaba construyendo y oyó la voz de mi padre y la reconoció. Así, de este modo maravilloso, volvimos a reunirnos con mi padre con gran emoción y alegría indescriptible. Porque -dice el Yérontas- mi padre, pensando que habíamos muerto, estaba considerando un segundo matrimonio, pero Dios dio de manera admirable la solución”».
Verdaderamente, «maravilloso es Dios en Sus obras» y en Su Providencia.
Educación ortodoxa, guiada por el Espíritu Santo, en la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, prudencia)
A continuación, la familia se trasladó a Évia y se estableció en el pueblo de Farakla, en la parte norte de la isla, donde se les concedió un lote agrícola y donde construyeron la casa en la cual el Yérontas vivió hasta sus treinta años. Con emoción el Yéronta se refería a la bendita y pacífica vida familiar de sus años infantiles. Su padre, como era albañil, con frecuencia estaba ausente de la casa.
Su bendita madre, Teodora, era la principal educadora del Yéronta.
«De niño -dice el Padre Jacobo- no tenía compañeros. Raramente salía de casa y solo para la escuela y para trabajos y recados necesarios. Mi madre cuidaba mucho el tema de la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, prudencia moral) de sus hijos. Cuando en cierta ocasión me vio poner mis manitas entre las piernas para calentarlas, para preservarme de una posible falta y excitación carnal, me dijo con discreción y mansedumbre:
—Hijo mío Jacobo, no vuelvas a poner tus manitas entre tus piernas, porque los niñitos que hacen eso, se mueren sus padres y ellos mismos se vuelven tísicos.
Cuando yo le dije que mis manitas tenían frío y por eso las ponía allí, para calentarlas, me hizo dos guantecitos de lana, como calcetines de lana, que me ponía en las manos para mantenerme caliente. Con tanta discreción y atención vigilaba mi madre el tema de la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, prudencia)».
Los verdaderamente ortodoxos padres, según el santo Crisóstomo, deben preocuparse ante todo por la conservación de la virginidad de sus hijos y por su σωφροσύνη sofrosini. «Los padres que descuidan el decoro y la sofrosini de sus hijos -observa el gran Padre y pedagogo- son infanticidas y peores que aquellos, puesto que la pérdida y la muerte conciernen a la psique-alma».
Lo mismo enseñaba también el venerable san Porfirio. Refiriéndose a las relaciones prematrimoniales y al pecado carnal, decía a una madre: «Cuida y ora para que tus hijos no caigan en el pecado carnal. Ciertamente también con el pensamiento peca uno, pero más levemente; en cambio, con la unión carnal mucho más gravemente, porque con ella se producen cambios profundos y daños en la psique-alma».
Recorrido conyugal ortodoxo, guiado por el Espíritu, de los padres del Santo
La santificada madre del Santo condujo, conforme a la pedagogía ortodoxa, al pequeño Jacobo, porque «tenía ciertamente también ella misma esta sabiduría y este discernimiento de parte de Dios, ya que vivía una vida ascética y en sofrosini (templanza, prudencia). “Después del nacimiento de los hijos, relata el Santo, mis padres no volvieron a unirse; vivían una vida espiritual, fraternal. Uno dormía en un extremo de la habitación, el otro en el otro extremo y los niños en medio, todos sobre colchones de paja delante de la chimenea. Vida humilde, bendita, santificada, ascética”».
Esta es la evolución normal y agradable a Dios en la vida de un matrimonio que vive según Dios. Después de adquirir los hijos que Dios les conceda, viven como hermanos, intensificando su vida espiritual y venciendo la mentalidad carnal. Esto se comprende si se tiene en cuenta que incluso el placer legítimo que existe en el matrimonio no deja de constituir un elemento carnal. Enseña san Gregorio Palamás: «De ningún modo podría llamarse don de Dios el placer en los matrimonios legítimos con vistas a la procreación, pues es don carnal y natural, no de gracia, aunque Dios creó la naturaleza…». (San Gregorio Palamás, En defensa de los santos hesicastas, Discurso 1, 1, §22.)
Con el consecuente combate espiritual de los cónyuges, con el tiempo, el amor entre ellos se purifica, se convierte en agapi-amor en Cristo, desinteresado, espiritual y fraternal, como en el caso de los padres del venerable Santo.
Ciertamente, como decía el santo Jacobo, «esta decisión de interrumpir las relaciones entre los cónyuges no debe tomarse fácilmente, a la ligera. Es necesario que su psique-alma haya llegado a tal estado que esto sea de Dios». Mencionaba incluso casos en que los cónyuges no podían realizar esta decisión de manera agradable a Dios y caían en pecado de otra manera.
En ningún caso, por supuesto, está permitido que esta interrupción de las relaciones conyugales sea impuesta por uno de los esposos al otro. Tampoco debe ejercerse coacción.
Decía al respecto también san Paísios: «Un hombre era muy celoso (fervoroso). Le dijo a su mujer: “Ahora sería bueno que no tengamos relaciones carnales. Oremos y comulguemos con frecuencia”.
Ya sabes que la mujer tiene cierto orgullo. Aunque en su interior no quería esto, no quiso mostrar su debilidad y dijo: “Está bien, si quieres, que así sea”. Consideró que era muy humillante decir que a ella no le gustaba esa vida de continencia.
Él pensó: “Ya que mi mujer lo ha aceptado, continuamos con nuestra continencia, etc.”.
En algún momento, ella quiso confesárselo a su marido, que estaba triste, pero no tenía la franqueza para hacerlo. Consideró mejor contarle su problema al padrino que los había casado.
Pero el padrino no era un hombre espiritual y se aprovechó de ello. Y aunque aquella mujer no era una persona inmoral, por haber confiado ese asunto, debido a la naturaleza femenina, sintió que quedó atrapada, con el resultado de entablar una relación con su padrino. Así, por su indiscreción, un asunto tan delicado lo confió a una persona mundana e inmoral y arruinó su familia. La naturaleza femenina es muchas veces muy delicada y muy compleja. No tiene la simplicidad de la naturaleza masculina. Cuando alguien quiere vivir tal vida, debe hacerlo de común acuerdo, en consulta con un padre espiritual prudente, y siempre la decisión ha de ser conjunta».
Ciertamente el esposo, como cabeza de la familia, tiene mayor responsabilidad en esto. Debe, con discernimiento agradable a Dios, prever y no pedir imprudentemente “antes de tiempo” la cesación de las relaciones conyugales.
Ascesis, servicio, obediencia, respeto a los padres
La ascesis según Cristo (genuflexiones–metanías, ayuno, vigilias, oración), en combinación con la vida mistérica (sacramental: confesión, Santa Comunión) y la obediencia y respeto a los padres, ayuda mucho a los niños para conservar su σωφροσύνη (sofrosini: templanza, prudencia) y progresar en Cristo.
«Mi madre, relata el Santo, me enseñó a hacer muchas metanías-genuflexiones, metanías completas. Así me acostumbraba a hacer muchas metanías y a orar. Permaneciendo en casa la ayudaba en diversos trabajos de mujeres, porque la amaba y me daba tanta pena que se cansara. Y así aprendí a coser, a acolchar los edredones, como llamábamos en Asia Menor al poner las sábanas, y en general todos los trabajos de ama de casa, cosa que me ayudó mucho en mi vida monástica, donde no tuve ninguna dificultad en las obligaciones correspondientes.
Cuando encendíamos la chimenea en los meses de invierno, nuestros padres se sentaban uno a un lado del hogar y el otro al otro lado; cada uno tenía su lugar. Tal respeto les teníamos que, incluso cuando estaban ausentes, nosotros nunca nos sentábamos en el lugar de nuestro padre o de nuestra madre. Nos sentábamos en otro sitio. Tanto respeto teníamos a nuestros padres».
Hoy la pedagogía atea cultiva la insolencia y la falta de respeto hacia los mayores, creando existencias arrogantes y deshumanizadas, con vida antisocial.
El santo Jacobo sirve en el altar
«En la iglesia, dice el Santo, servía todos mis años, desde pequeño, en el altar con gran reverencia y respeto hacia el sacerdote del pueblo, a quien llamábamos, como asiáticos menores, “Santísimo”. Casi todas las amas de casa entonces amasaban su prósfora (pan consagrado) y lo llevaban a la Iglesia. Después de la distribución del antídoro (contraregalo: pan bendecido) por el sacerdote, sobraban muchos panes litúrgicos que los colocábamos en sacos y el sacerdote se los llevaba a su casa para su familia.
Yo también quería un pan litúrgico, aunque fuera medio. No porque no tuviéramos pan en casa para comer. Pero esos panes, por haber sido liturgiados, tenían otro sabor. Otro aroma.
Yo, por supuesto, nunca pedí. Pero quería que el sacerdote me hiciera ese regalo. Sin embargo, lo justificaba porque era pobre y su familia tenía necesidad». Decía estas cosas no con amargura, sino con un modo compasivo.
Aquí percibimos el gran amor del Santo, que justificaba todo poniendo en todo un buen pensamiento.
«Cuando cada quince o veinte días venía el sacerdote a nuestro pueblo para celebrarnos la Divina Liturgia, porque no teníamos sacerdote permanente, iba desde la noche a la Iglesia para servirle en el altar y más tarde en el canto. Hasta que llegara la gente a la Iglesia hacía continuamente metanías-genuflexiones completas. Entonces el sacerdote me decía:
—Hijo mío Jacobo, los domingos no se hacen metanías.
Yo le respondí:
—Hago metanías, padre, porque mi madre me enseñó».
La obediencia a los padres ortodoxos, santificados y que viven ascéticamente, y la vida litúrgica ortodoxa, son factores fundamentales para la correcta educación de los niños.
Vida ascética, ayuno y caridad (limosna) aprendida de la madre
«De confesión no sabíamos, dice el santo Yérontas, pero cuando era el momento de comulgar, después de un ayuno estricto, besábamos la mano de nuestros padres y de los ancianos y comulgábamos. La continencia en el tema de la comida para ejercitar la caridad (limosna) por parte de mi madre era admirable. Con cien dracmas de aceite pasábamos toda la semana. No es que no tuviéramos medios, porque teníamos también propiedades y mi padre era artesano, albañil, y los ingresos de la familia podían justificar una vida bastante acomodada. Pero mi madre tenía desarrollada al máximo la divina virtud de la caridad y su mano estaba siempre abierta a los que sufrían y a los pobres, que en aquellos años abundaban. Los ayudaba tanto con alimentos como con ropa. Su psique-alma misericordiosa llegaba al punto de dar incluso nuestra ropa necesaria, de modo que regresábamos yo y mi padre del trabajo —porque lo ayudaba cuando crecí en las labores de construcción— y no había ropa interior para cambiarnos, porque mi madre lo había dado todo y nos veíamos obligados a vestir solo pantalón limpio y nada debajo. Pero la Jaris Gracia increada de Dios era tan abundante que nos calentaba y nos alegraba y todo era pacífico en nuestro hogar».
Con una vida tan santa y admirable de ascesis (práctica, ejercicio) ortodoxa, templanza, caridad o limosna, desapego de lo material y amor sacrificial en Cristo, ¿cómo no iba a influir positiva y decisivamente la bendita Teodora en el carácter de su pequeño hijo Jacobo?
«El Yérontas había heredado de su madre, entre otras cosas, delicadeza y sensibilidad, la genuina nobleza oriental. Sobre su padre nos decía que, aunque era un hombre bueno y trabajador, honrado padre de familia, no tenía la piedad de su esposa Teodora. En cierta ocasión el Yérontas lo oyó blasfemar en un arrebato de ira contra la Santa Cruz. Entonces su madre le dijo: “¡Cuando en la Segunda Venida preceda la manifestación de la Santa Cruz antes que el Soberano Cristo, entonces comprenderás qué es la Cruz que ahora blasfemaste!”».
La esposa ortodoxa debe ayudar a su esposo a arrepentirse y santificarse usando todo medio legítimo, poniendo en primer lugar el amor al Señor. Cuando la esposa o esposo aman correctamente y por encima de todo al Señor, entonces pueden amarse correctamente, es decir, en Cristo, el uno al otro, así como a los hijos que el Señor les conceda.
Vida espiritual secreta y bendita dormición de la misericordiosa Teodora
«La vida espiritual de mi madre Teodora, decía el santo Yérontas, estaba cuidadosamente escondida. Sus oraciones, su ayuno, sus innumerables genuflexiones, su oración compungida y su caridad (limosna), eran todo secreto. Cuando “se durmió”, vi su psique-alma después de la oración y le pregunté: “Madre, ¿cómo pasaste las aduanas?”. Y me respondió: “Hijo mío, no vi a los espíritus malignos, porque en el camino por donde caminaba, a derecha e izquierda estaban los panes que secretamente di a los pobres”». Y añadió el Yérontas: «¡Qué cosa tan grande es la caridad (limosna)! ¡Cuánta fuerza tiene!».
La limosna, la oración y el ayuno deben hacerse, en la medida en que depende del hombre, en secreto, para evitar el escollo de la vanagloria, de agradar a los hombres y del elogio humano, pues entonces se pierde la recompensa celestial. Enseña el Señor acerca de la caridad (limosna) y la oración: «Tened cuidado de dar vuestra caridad, limosna delante de los hombres para ser vistos, admirados y elogiados por ellos, de esta manera, no tenéis mérito, ni recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando pues des limosna, no la proclames con toques de trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. De cierto os digo que ya están recibiendo y disfrutando toda su recompensa de los otros. Pero tú, cuando des limosna, caridad hazla en secreto y anónimamente, que no sepa tu izquierda qué hace tu derecha. para que así tu limosna permanezca en secreto, y tu Padre que ve tus obras secretas te recompensará delante de todo el mundo. Cuando estéis orando, no seáis como los hipócritas, que aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para exhibirse ante los hombres. De cierto os digo que ya están recibiendo toda su recompensa por los hombres. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento interior en tu corazón, cierra con llave tu puerta y ora a tu Padre que está en secreto e invisible, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6: 1-6).
Y sobre el ayuno nos enseña: «Cuando estéis ayunando, no seáis tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros, para demostrar a los hombres que están ayunando. De cierto os digo, ya están recibiendo toda su recompensa, es decir, los elogios de los hombres. Pero cuando tú ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara, como de costumbre, para que no parezca a los hombres que ayunas, sino a tu Padre celeste que es omnipresente y está en las partes más secretas, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6:16-18).
Las virtudes, cuando se publicitan deliberadamente, entonces dañan en lugar de beneficiar, porque alimentan el egoísmo y el orgullo que las cultiva. Cuando se ejercitan correctamente, en secreto, como nos enseñó el Señor, tienen realmente un poder enorme, pues atraen la misericordia divina y la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, ya que hacen humilde al hombre.
Niño “anacoreta” enseñado por Dios
«Dentro de este ambiente santificado, la Χάρις Gracia increada de Dios comenzó a iluminar y guiar al Yérontas. “Así me complacía, relata el Santo, ir necesariamente a los entierros y regularmente al cementerio de nuestro pueblo, sin que esto significara melancolía u otra perturbación psíquica. Sino que iba y reflexionaba sobre lo vano y temporal de la vida, y la memoria de la muerte comenzó a vivirse en mi psique-alma”.
Iluminado por el Espíritu Santo, que encontró un recipiente puro en la psique-alma del Yérontas, comenzó a pensar en dedicarse a Dios y a hacerse asceta cuando creciera.
“Así me complacía, dice el Santo, salir de la casa, salir fuera del pueblo hacia las montañas cercanas, donde encontraba preparadas o cavaba yo mismo pequeñas cuevas, y cortando algunas ramitas de arbustos y colocando sobre ellas un pequeño trapo, me arrodillaba y rezaba durante horas, imaginando que era un asceta”.
Así vemos que comenzaron a manifestarse, con la iluminación divina, las santas raíces de la tradición ascética familiar, y al mismo tiempo comenzó a hacerse visible la futura evolución del Yérontas. Las oraciones de las siete generaciones de hieromonjes de su familia desde la Jerusalén Superior, desde el altar celestial donde servían, así como del Arzobispo y principalmente del Santo que provenía de su familia, comenzaron a dar frutos: a iluminar, a calentar, a enriquecer la psique-alma receptiva del padre».
Estos fueron dulces preámbulos de su futura vida ascético-sacrificial en Cristo.
Permanecer en casa en lugar de estudios peligrosos en la ciudad
«Al terminar la escuela primaria, debido a la gran inteligencia y excelente desempeño y rendimiento del Yérontas, el maestro del pueblo insistió a sus padres en enviarlo a Jalkida (Calcis) al bachillerato, para continuar su formación, porque sería una pena desaprovechar tal mente.
“Pero mis padres, dice el Yérontas, prefirieron mantenerme cerca de ellos, temiendo que pudiera correr cualquier tipo de peligro lejos de la familia”. Así, el Yérontas permaneció con los conocimientos de la escuela primaria, para que Aquel que enseñó sabiduría a los iletrados pudiera enseñarle la verdadera sabiduría, y Aquel que hizo los pescadores teólogos lo hiciera un verdadero teólogo y Padre de la Iglesia».
Una sabia decisión de padres piadosos que ponen como primer objetivo la preservación de la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, castidad, prudencia y sensatez) de sus hijos, y no los estudios mundanos. Alejarse del hogar familiar a tan corta edad muchas veces causa indecorosa inmoralidad en el marco de los llamados “estudios” y de la “vida universitaria”, que daña mortalmente la existencia de nuestros jóvenes.
Sanación milagrosa por el Santo Jaralampo
«El gran regalo y don de la fe y la humildad del Yérontas, así como las oraciones de su piadosa madre, fueron la causa de la maravillosa y viva relación del padre con nuestra Virgen y con todos los Santos. Así, muy simple, muy naturalmente, el cielo descendía a la tierra. Realmente grandes fueron los logros de la fe.
“Una vez, relata el Yérontas, cuando era niño, sufrí un resfriado tan grave que caí en la cama con gran dificultad para respirar y un terrible dolor en el lado izquierdo del pecho. No había médico en el pueblo y nuestro único refugio era Dios y Sus Santos. Teníamos en casa una pequeña icona del Santo Jaralampo, milagroso, de plata, de unos seiscientos años, que trajimos de Asia Menor, reliquia familiar. Mi madre entonces rezó mucho y se arrodilló, suplicando al Santo.
“Entonces vi —dice el padre— una mano de sacerdote desde la muñeca hacia abajo, pasar sobre mi cabeza y descender al pecho donde dolía, donde me santiguó y me acarició. Inmediatamente pasó el dolor y la dificultad para respirar y me sané. Entonces le dije a mi madre:
-Madre, vi una mano de sacerdote que me santiguó y me acarició, y estoy bien, todo ha pasado.
Incluso le dije que la mano tenía pelo en la muñeca. Vi el detalle con tanta precisión. Entonces mi madre me dijo:
-Hijo mío, era el Santo Jaralampo que vino y te sanó. Siempre honra este día (era del Santo Apóstol Tomás cuando ocurrió el milagro), porque estabas muerto y resucitaste”.
Las personas simples y santas viven el milagro como algo natural y esperado, porque tienen la fe del centurión y de la cananea. Viven sencilla y humildemente dentro de la comunión de los Santos que es nuestra Santa Iglesia Ortodoxa, la única verdadera Iglesia, participando de los dones divinos y gozando de la curación de sus psiques-almas y cuerpos.
Sanación milagrosa por la Virgen María
(milagrosa icona de la Virgen en Kato Xenia, Almyros, Volos)
«Otra vez, cuando era niño —relata el Santo—, sufrí una grave enfermedad de la piel en los pies, en las plantas, que abrió grandes heridas, profundas grietas, con secreción y dolores terribles. Esta condición, a pesar de todos los tratamientos prácticos con diversas ceras y ungüentos hechos de cera y aceite, duró mucho tiempo y seguía empeorando. Así, no podía caminar ni, por supuesto, ponerme zapatos. Dentro de casa caminaba con dolor, con los ungüentos en los pies y pedacitos de papel pegados sobre ellos. Mi vida se había vuelto un verdadero martirio. Como estaba débil con esta dolencia en los pies, un día mi madre, afligida, me dijo:
“-Hijo mío, me repugnan tus pies”.
“Esas palabras me afligieron”, dice el Yérontas, “me dolieron”. “No porque mi madre realmente me despreciara – ¿cómo podría ser posible?-, sino por su excesiva tristeza por mi estado, me dijo esas palabras!.
En aquella época, trajeron a Évia el milagroso icono de la Virgen Xenia, y la gente la llevaba de pueblo en pueblo para venerarla los fieles. Escuchamos, pues, en nuestro pueblo que la icona de la Panagía se encontraba en un pueblo cercano a dos horas a pie. Muchos vecinos y niños decidieron ir a venerar Su Χάρις (jaris: gracia, energía increada). Yo le pedí a mi madre que me permitiera ir a venerar la Panagía. Pero ella dijo:
“-¿A dónde vas a ir, hijo mío, con los pies que tienes, un camino tan largo? No podrás seguir a los demás y te arriesgarás solo, mi niño pequeño. Te comerán los zorros en el camino”.
Me lo dijo para asustarme. En ese momento pasó el sacerdote por fuera de la casa, que había venido a nuestro pueblo a celebrar la Divina Liturgia. Escuchó la conversación y dijo a mi madre:
“-Déjalo, Teodora, deja que el niño se vaya, ya que lo desea tanto, y no lo impidas”.
Entonces mi madre respondió:
“-Reverendo (así los hombres de Asia Menor llamaban a los sacerdotes), el niño tiene un problema en los pies, por eso lo detengo. Pero si usted dice que vaya, pues, que vaya”.
Mi madre se avergonzó de oponerse al sacerdote y me dio permiso, como alma humilde y obediente que era. El grupo con los vecinos ya había partido.
Uno se da cuenta de que, después de unos pocos metros que caminé descalzo —naturalmente no podía ponerme zapatos—, los vendajes se desprendieron de las plantas de mis pies y las pomadas hicieron que se pegaran diversas piedrecillas, pequeños trozos de madera y espinas en mis pies, de modo que en poco tiempo las terribles grietas se llenaron y los dolores que me causaban eran insoportables. Cada paso era un verdadero martirio. Sin embargo, mi deseo por la Panagía y mi fe en Su Χάρις Jaris eran tan grandes que continué el camino con sufrimiento y martirio.
Finalmente, encontramos el milagroso icono en el camino hacia el pueblo donde sería llevado. Corría cojeando con dolores terribles, veneraba a nuestra Panagía y le suplicaba que me sanara, que me librara del martirio de mis pies. Le hablaba como un niño a su madre, y recuerdo decirle:
“-¡Panagía (mu) mía! Mi madre me dijo que le repugnan mis pies, pero Tú no me desprecias. Te ruego que me sanes para poder caminar como los otros niños”.
Esto le decía, llorando por el camino, y acariciaba su santa icona/ imagen, mientras frotaba las plantas de mis pies heridas, que estaban llenas de tierra, convertida en barro por los líquidos que corrían de las heridas. Hasta que llegamos al pueblo, donde colocaron apresuradamente a la Panaghía sobre una silla dentro de la Iglesia; y, después de que la gente la veneró, uno por uno se iba a su casa, y yo me quedé por un rato solo dentro de la Iglesia con la Panagía.
El sol estaba a punto de ponerse; mis paisanos emprendieron el regreso, después de haber venerado, porque tenían dos horas de camino hasta nuestro pueblo y la noche se acercaba.
Quedándome solo con la Panagía y sin nadie alrededor, le dije:
“-¡Panagía (mu), mía! Ahora que estamos solos, sana mis pies y yo no seré ingrato, sino que trabajaré cuando crezca y, en la medida de lo posible, corresponderé a Tu Χάρις Jaris”.
Diciendo esto, lloraba y acariciaba la santa icona, imagen, y luego mis pies hinchados.
Diciendo esto, lloraba y acariciaba el santo icono y luego mis pies hinchados. Tras pedirle, salí de la Iglesia y comprobé que mis pies ya no me dolían; podía caminar libremente. Fui un poco más lejos, escupí un poco de saliva en mi mano y limpié una planta del pie y luego la otra… ¡y qué veía! ¡Grande es Tu Χάρις Jaris, Señora Zeotokos! Ni heridas ni grietas, solo algunas cicatrices blancas donde antes había profundas grietas. Parecía que habían pasado años, quedando solo el recuerdo de la enfermedad.
Regresé inmediatamente, llorando de alegría, veneré y agradecí a la Παναγία Panagía, repetí mi promesa y volví corriendo a nuestro pueblo como un pajarito por el mismo camino que antes había recorrido con martirio».
La maravillosa superación de la lógica y la resistencia llena de abnegación en el dolor, que manifestaba la gran fe del pequeño Jacobo, atrajo la jaris gracia divina y la curación milagrosa se llevó a cabo.
entera paciencia ante el dolor, que mostraban la gran fe del pequeño
Aparición y conversación milagrosa con Santa Paraskeví
«El Santo Padre tenía gran amor, especialmente por las capillas y lugares de peregrinación de los santos, que la piedad de los cristianos sembraba en cada rincón del campo griego. Así, desde niño visitaba regularmente las capillas, encendía los candelabros, las limpiaba y rezaba solo en la quietud del campo.
“Me gustaba mucho ver de noche el candelabro encendido en las capillas, decía el Yérontas.
Me sentaba, lo miraba, lo admiraba y me consolaba. Cuando veáis un «altar pequeño» o «lugar de veneración», haced siempre la señal de la cruz y llamad al Santo, porque los santos están allí y su Χάρις Jaris nos ayuda”, aconsejaba el Yérontas.
Especialmente fuera del pueblo, en una colina, había una capilla de Santa Paraskeví. Allí el pequeño Jacobo iba regularmente y rezaba a la Santa. “Con mis manos cavé la tierra inclinada y creé una escalera tallada para que los peregrinos pudieran subir cómodamente a la capilla.
Cortaba un arbusto frondoso, limpiaba la Iglesia, encendía los candelabros y me sentaba mirando los iconos en absoluto silencio nocturno sobre la colina solitaria. Ni el miedo por estar solo, ni el pensamiento de cobardía me molestaban jamás. Veía a la Santa como monja, salir del altar, recorrer su templo y fuera al patio, inclinarse y lavar sus candelabros. Con mi mente infantil pensaba que la Santa lavaba sus platos, como mi madre, que siempre por la noche, por cansada que estuviera, los lavaba diciendo: ‘por si acaso muero en la noche y por la mañana las mujeres encuentran los platos sucios y se escandalizan por falta de limpieza’. Así, recordando esto, creía que la Santa también lavaba Sus platos de noche”.
Una noche, mientras iba como de costumbre a la capilla, y a pocos metros de ella, veo a la Santa de pie afuera y me dice:
“-Ven aquí, Jacobo, para hablar contigo”.
Yo temblé y le dije:
“-Tengo miedo de acercarme a ti. Dime desde aquí lo que quieres decirme. Cerca de ti, temo venir”.
Entonces la Santa me dice:
«¿Por qué me temes? Tú vienes tanto tiempo y cuidas mi Iglesia, enciendes mis candelabros. Quiero decirte muchas cosas, me dijo la Santa. Pregúntame qué gracia deseas de mí, qué don quieres que te dé».
Jacobo respondió con humildad:
«Primero preguntaré a mi madre y luego te lo diré».
Corrió a casa y le contó a su madre que había visto a la Santa Paraskeví y que le había pedido que le solicitara un favor. Entonces mi madre me dijo:
—¿Viste, hijo mío, a la Santa Paraskevi? ¿Cómo la viste? ¿Qué ocurrió exactamente?
Después de explicarle detalladamente los hechos, mi madre me dijo:
-Hijo mío, pídele a la Santa Paraskeví que te conceda tu suerte.
La noche siguiente fui a la capilla y nuevamente vi a la Santa esperándome fuera de su templo, como monja. Me detuve a cierta distancia y le dije:
—Quiero que me concedas mi suerte.
Entonces la Santa me respondió:
—Tu suerte, es decir, en tu vida, el oro pasará por tus manos, e hizo un gesto con la mano indicando gran cantidad, abundancia, pero no te estará tocando.
«Y en efecto», dice el Yérontas, «innumerables sumas de dinero pasaron por mis manos, pero todas fueron a su destino: a los que sufrían, a los pobres, a los necesitados. Y muchas otras cosas me dijo la Santa Paraskeví; luego regresé corriendo a mi casa».
El Santo, desde pequeño, convivía con los santos porque creía y se sacrificaba viviendo conforme a la voluntad divina. Dios le abrió los ojos espirituales porque se entregó a Él con toda su “psique-alma, corazón, mente y fuerza de voluntad” (Marcos 12,30).
Así vivía, y así vive también ahora, como miembro vivo dentro de la santa Iglesia del Santísimo Dios Trino, «con todos Sus Santos».
Lee oraciones y sana
“Al ver los aldeanos la vida verdaderamente santa del pequeño Jacobo, lo respetaban, lo admiraban y lo consideraban un niño de la Iglesia, un niño de Dios. Como no había sacerdote en el pueblo, muchas veces le insistían para que leyera alguna oración por sus diversas necesidades, principalmente enfermedades, creyendo que serían ayudados”, dice el Yérontas.
Mencionemos algunos episodios de este tipo de la infancia del Yérontas.
“Un día estaba sentado en casa, como de costumbre, y veo por la ventana que pasa por fuera una muchacha de unos doce años, pero con un desarrollo precoz, de modo que parecía mayor de su edad. Entonces, una anciana de enfrente, en cuanto la vio, dijo:
—¡Vaya, bravo, muchacha, parece de dieciocho!”
Inmediatamente la niña cayó desmayada. Era un caso evidente de mal de ojo. La llevaron a su casa, donde casi estaba muriendo. En medio de su angustia los familiares, al no haber médico ni sacerdote, pensaron en el pequeño Jacobo. Entonces el hermano de la muchacha vino a nuestra casa y me suplicaba que fuera a leer una oración para que su hermana no muriera. Yo le dije:
—Yo no soy sacerdote ni médico; no voy.
Entonces me tomó de la mano y me arrastraba, diciendo:
—Tú eres un niño de Dios. A ti Dios te escucha. Ven a leer una oración para que no muera mi hermana.
Le respondí:
—Ve tú delante y yo te sigo.
—No, me dijo. Ahora iremos juntos, porque si me voy yo solo, tú te escaparás y te esconderás.
¿Qué podía hacer? Quisiera o no, lo seguí.
Cuando llegué a la casa, vi a la muchacha tendida, con los ojos apagados y respiración pesada, en muy mal estado. Entonces les dije:
—Recen para que Dios la sane.
Recé el “Padre Nuestro” y las otras oraciones que sabía; pedí y me dieron agua bendita que tenían en la casa, y apenas la rocié, la muchacha se levantó inmediatamente -¡oh maravilla!- completamente sana.
Enseguida regresé a mi casa para evitar elogios y agradecimientos, porque los milagros los hace Dios.
Al poco rato vino su hermano trayendo garbanzos, frijoles, etc., para agradecerme por la curación de su hermana. No acepté nada de todo aquello, porque si hubiera aceptado regalos, otra vez Dios no habría escuchado mis oraciones.
Cuando alguna mujer no podía dar a luz y el parto era complicado, lo llevaban a la fuerza a la casa de la parturienta. Entraba en otra habitación, rezaba, y al poco tiempo la mujer daba a luz sin dificultad.
En cierta ocasión hubo una epidemia de paperas. Las madres llevaban a sus hijos hinchados para que rezara por ellos.
Un niño enfermo se burló diciendo:
—¿Y qué es Jacobo para que rece y yo me cure?
Al día siguiente todos los niños habían mejorado, excepto él, que empeoró gravemente. Vino, pues, su madre llorando a pedir oración. Entonces le dijo:
—Dile al niño que se arrepienta, que no se burle de la oración ni se ría, si no quiere morir.
El niño se arrepintió y, tras la oración, al día siguiente quedó completamente sano.
En nuestro pueblo había también una mujer poseída. Vino entonces a casa y me rogó que leyera una oración. Me tomó de la mano y me tiraba. Después de tomar un poco de agua bendita, fuimos a la Iglesia de nuestro pueblo y allí, tras leerle una oración, el diablo se manifestó visiblemente, atemorizando y amenazando, pero fuera de la Iglesia.
La pobre me decía que veía el diente del dragón, que lo sacaba por el ojo de la cerradura de la puerta de la Iglesia, blanco y puntiagudo, amenazándola. Pero ella le respondía:
—Puesto que Jacobo me está leyendo (la oración), no te tengo miedo.
Yo la rocié con agua bendita y quedó curada.
Dios, en su humildad, actúa por medio de sus siervos humildes, sin importar edad, formación académica o condición social y criterio mundano, Ilumina a los sencillos analfabetos y exalta a los humildes para conducirnos al conocimiento de Dios, que presupone el verdadero autoconocimiento: saber que somos nada y que sin Él no podemos hacer nada. «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15:5), nos dice el Señor.
La virtud del ayuno y la tentación
El Yérontas hablaba con frecuencia sobre la virtud del ayuno y su práctica en su bendita familia.
«Cuando era la Gran Cuaresma ayunábamos estrictamente, decía, a pesar del trabajo fatigoso. Esperábamos cuándo llegaría la Anunciación y el Domingo de Ramos para comer un poco de bacalao salado frito, que nos parecía sabroso como pastel de sésamo, o algunas sardinas frescas, el único pescado que llegaba al pueblo desde el mar, y eso raramente.
Mi madre, para probarme si ayunaba con el corazón, a veces durante la Cuaresma me decía:
—Hijo mío Jacobo, estás tan débil; come un huevito para fortalecerte un poco.
—Si como, madre, un huevo —le respondí—, no comprenderé la Resurrección. Yo quiero comer el huevo pascual para comprender la Pascua.
Y cuando terminaba la Cuaresma y llegaba la Pascua, después de la Resurrección, no comía inmediatamente el huevo, sino que lo tomaba y salía del pueblo, al campo abierto, al exterior, donde en los barrancos solitarios cantaba el “Cristo ha resucitado” y los troparios pascuales con toda la fuerza de mi alma, con anhelo, con compunción, y llegaba casi el mediodía. Entonces me sentaba y comía el huevo pascual y me parecía fragante».
«Al terminar la escuela primaria seguí a mi padre en su trabajo, la albañilería, y a veces en nuestro pueblo y a veces en otros pueblos donde mi padre tomaba trabajos, lo seguía y hacía de obrero, cargando las piedras y los grandes sillares. Con mucho esfuerzo le preparaba el barro y hacía cualquier otro trabajo de construcción que se necesitara.
Cuando era período de ayuno o día de la semana de ayuno, prefería no comer comida “preparada que no era de ayuno” (con aceite o grasa), es decir, la que nos ofrecían los dueños de las casas que construíamos; y así, si encontraba algunas aceitunas, me apartaba y las comía. Cosa que años después muchas personas recordaban estas cosas y venían al monasterio y me relataba esos incidentes de mi niñez».
«Cuánto enseña verdaderamente el ejemplo”, decía el Yérontas. ¡Qué sello indeleble deja en las psiques-almas, en contraste con las palabras!
O bien prefería, despreciando el cansancio, si la comida era no de ayuno, volver a nuestro pueblo, a nuestra casa, desde el pueblo donde trabajábamos, para no romper el ayuno. Y al día siguiente desde la mañana regresar otra vez al trabajo, recorriendo de nuevo tanto camino.
Ciertamente -decía el Yérontas- caminaba tan rápido que me parecía casi que volaba. El camino no me molestaba en absoluto. Encendía también las lamparillas en los pequeños santuarios que encontraba en el camino y en las capillas, y sin darme cuenta llegaba a mi casa.
En ciertos puntos del camino veía también la tentación. Una vez recuerdo que le digo a mi padre:
—Padre, ¿ves la tentación?
Y se la señalaba. Pero él no veía nada, mientras que yo veía un demonio completamente negro, con ojos grandes, saltones y rojos como llama».
El Yérontas decía que ciertos lugares son moradas de los espíritus impuros.
«Así pues, en aquel mismo punto cierta vez, regresando de un trabajo, iba montado en un asno. El animal se detuvo y resoplaba asustado y golpeaba con las patas y no avanzaba en absoluto, porque la tentación estaba tendida en medio del camino para arrojarme del animal y hacerme daño.
Entonces hice mi oración, hice la señal de la cruz, invoqué también a san Jorge -cerca de allí había una capillita suya- y entonces el animal, dando un enorme salto, como si hubiera un gran obstáculo, pasó con gran peligro tanto mío como suyo por aquel punto del camino.
Cómo Dios me guardó y me mantuve en la montura y no me maté -decía el Yérontas- fue un milagro».
El ayuno y la oración expulsan a los demonios, como nos dijo el Señor. Leemos en la Sagrada Escritura: «Y les dijo: «Este género de demonios con nada puede salir, sino con oración y ayuno» (Marcos 9:29).
Sin embargo, el ayuno y la oración deben practicarse correctamente, es decir, con humildad y amor en Cristo. El Santo, inspirado por su madre sumamente ascética, utilizaba estas armas espirituales sacrificándose y negándose a sí mismo. El Santo vivía así la destrucción de los espíritus malignos y la impasibilidad-libertad en Cristo, experimentando diariamente hechos maravillosos, preludios de su posterior y bendita trayectoria.
La bendita Teodora es advertida de su dormición
«Así pasaron los años -relata el Santo- y yo tenía dieciocho años cuando un día mi madre me llamó y me dice:
—Hijo mío Jacobo, dentro de tres días partiré.
Entonces le dije:
—¿Qué quiere decir eso, madre, que partirás? ¿Adónde partirás?
—Hijo mío, dentro de tres días me iré, moriré. Vino mi Ángel y me lo dijo.
—¿Viste, madre mía, a tu Ángel? ¿Cómo era, cómo lo viste, qué te dijo? —le pregunté.
—Lo vi, hijo mío. Cómo era, no preguntes. Vino y me dijo: Teodora, dentro de tres días, cuando el sol haya subido en el oriente un “codo” (una altura), vendré a tomarte; mira que te prepares».
Los hombres de Dios ruegan al Señor que los avise un poco antes de su inminente dormición, para estar mejor preparados. Evidentemente esto hizo también la bendita Teodora. Y el Señor no desatendió su súplica.
Bendiciones y consejos de la santa madre Teodora antes de su santa muerte
«Cuánto me afligí -dice el Yérontas- por aquellas palabras, es fácil que cualquiera lo comprenda si considera el vínculo que tenía con mi madre, vínculo natural y afectivo, pero sobre todo espiritual, del alma. Casi inmediatamente mi madre cayó gravemente enferma; más bien padeció pulmonía», dice el Yérontas. Era lunes. El miércoles, pues, después de tres días, como le había anunciado su Ángel, se levantó con esfuerzo, se puso el único cambio de ropa que tenía —todo lo demás lo había dado en limosna—, se acostó sobre una manta, mirando hacia el oriente. El sol estaba por llegar a la altura de una caña cuando me llamó, me abrazó y me dio su bendición, diciendo:
—Hijo mío, hazte sacerdote y que tus hermanos besen tus manos. Tú irás a tu destino, pero te dejo esta carga, tu hermana. Protégela, establécela y después ve a tu destino, con mi bendición.
Esto dijo, tomó tres respiraciones tranquilas y se durmió. Muerte verdaderamente santa.
«Yo -dice el Yérontas- por mi dolor y mi tristeza me desmayé. Iba al cementerio y lloraba tanto sobre la tumba de mi madre que me desmayaba por mi gran pena. Decía:
Dios me castigó y se llevó a mi madre; por tanto, ya no volveré a ir a la Iglesia».
«Entonces se me apareció mi madre en un sueño y me dijo:
-¿Por qué, hijo mío, Jacobo, vienes al cementerio y lloras en mi tumba, y con tus lágrimas mojas mi vestidura? Dios no te castigó al llevarme; a mí me llegó la hora y Dios me llevó. Y la palabra que dijiste, que no volverías a ir a la Iglesia, no la digas de nuevo; ve, como ibas».
«Así pues, me consolé y obedecí sus santas palabras. Continué la misma vida santa y ascética, como decía el Anciano, hasta la edad de veintisiete años, cuando me llamaron para el servicio militar».
Bendita partida -amanecer en el “día sin ocaso” del Paraíso- de la espiritualmente santificada y madura Teodora. Agraciadas reacciones infantiles y correcciones venidas de Dios del aún joven Jacobo Tsalikis. Bendito vínculo espiritual, lleno del Espíritu Santo, entre madre e hijo, y no una enfermiza dependencia sentimental.
Capítulo 2: La vida militar del Yérontas
«La época en que el Yérontas cumplió su servicio militar fue una de las más tristes para nuestra patria. Era el tiempo de la guerra civil, o más bien del desgarramiento fratricida de la guerra civil.
Así pues, el manso, inocente y pacífico Yérontas se encontró primero como recluta en instrucción y después como soldado operativo en la ciudad de Volos. Con su característico humor puro contaba episodios de su instrucción militar».
Episodios graciosos de sencillez y ausencia de rencor y maldad
«Estaba sentado -dice el Yérontas- durante la hora de las clases teóricas sobre las armas en la primera fila de los soldados y miraba al instructor atentamente a los ojos. Pero mi mente estaba en mi pueblo, en los templos y en las capillas, ocupada con la oración.
Una vez un instructor rudo y bárbaro me sorprendió distraído y, enfadado, me golpeó en la cabeza con su arma. Yo le respondí con mansedumbre, quejándome de su acción. Pero Dios no lo dejó sin castigo.
Inmediatamente se levantó un torbellino y una espina puntiaguda entró en su ojo, y le causó tanto dolor y peligro para su vista que, asustado, vino a quejarse conmigo de lo que le había ocurrido, porque pensó que yo lo había maldecido.
Pero yo naturalmente no lo había maldecido; Dios lo corrigió tan dolorosamente para ablandar su duro corazón».
El Santo oraba sin cesar. Así estaba en estado de vigilancia espiritual, para no turbarse cuando era injustamente tratado, según la palabra: «Me preparé y no me turbé» (Salmo 118,60).
«Tenía conmigo, cuenta el venerable, como soldado siempre el pequeño icono milagroso de San Jaralampo. Con frecuencia rogaba al Santo que me librara del servicio de patrulla del ejército, porque yo no era un hombre de sangre», decía el Yérontas.
«Cuando el oficial elegía de la fila de soldados a los hombres de la patrulla, metía mi mano dentro de mi abrigo, tomaba el icono del Santo y le rogaba que no me viera para elegirme para la patrulla. Y naturalmente el Santo siempre lo “cegaba” y nunca me sacaba de la fila».
El Señor escucha las súplicas agradables a Dios de los que le temen, según el logos: «El Señor te escuchará en el día de la tribulación; el nombre del Dios te protegerá» (Salmo 19,2) y también: «Fortaleza (grandísima fuerza) es el Señor para los que le temen» (Salmo 24:14).
Admirable salvación por San Jaralampos
«Una vez, dice el Santo, estaba de guardia en una zona del monte Pilión y debía vigilar todo movimiento sospechoso en la región que se me había asignado. Estaba sentado frente a la ametralladora, saqué el pequeño icono de San Jaralampo, lo coloqué sobre el arma y dije al Santo:
-Ahora, Santo mío, vigila tú la guardia. Vigila mi zona desde aquí hasta allí -le mostraba el lugar de mi responsabilidad- y yo, despreocupado, oraba.
En efecto, la jaris gracia increada del Santo estaba allí. Así pasaron los guerrilleros delante de mí escondidos entre un rebaño de ovejas. El peligro era grande; uno de ellos pensó y dijo a los otros que viniera por detrás para matarme.
Pero el Santo inspiró el corazón de otro de sus compañeros, el cual lo detuvo diciendo:
-Deja al muchacho, ¿qué nos ha hecho? No sea que además corramos peligro sin razón seria».
«Así, dice el Yérontas, me salvé por las intercesiones del Santo. El peligro que pasé y lo que antes mencioné me lo contó el pastor cuando pasó otra vez delante de mí al día siguiente».
En verdad: «Maravilloso es Dios en Sus Santos».
El Señor sabe librar a los suyos de las diversas tentaciones, según el logos: «Sabe el Señor librar de la prueba a los piadosos».
Sorprendentes acciones de la Providencia de Dios
«Un día pedí permiso y fui a la pequeña Iglesia entonces de la Virgen Evangelístria de Nea Ionia de Volos.
Fuera estaban de pie dos sacerdotes. Me acerqué, hice la señal de la cruz y besé su mano. Entonces los oí decir:
-He aquí un soldado piadoso.
Uno de ellos se dirigió a mí y me dijo:
-Soldado, al padre Emiliano del pueblo Agios Georgios de Ámfissa, ¿qué parentesco tienes con él?
-Es pariente mío —le respondí.
Entonces, conmovido, me dice:
—Hijo mío, por tu rostro, que tiene gran semejanza con el del padre Emiliano, te reconocí».
«El padre Emiliano, decía el Yérontas, era el único sacerdote casado de nuestro linaje; todos los demás eran hieromonjes. Era tan virtuoso él y su presbitera (esposa) Emilia, que dejó gran nombre en la región de su ministerio».
Desde Volos el Yérontas fue trasladado a Atenas. Allí Dios iluminó el corazón de su coronel, el difunto Policarpo Zois, quien lo tomó consigo y lo tenía como a un hijo.
«Me daba cada día permisos escritos para ir a la Iglesia. Así veneré casi todas las Iglesias de Atenas y del Pireo».
Tanto lo amaba y respetaba su coronel que, después de que el venerable Yérontas se estableció en el monasterio de San David, lo visitaba regularmente; y él mismo, con sus propios gastos, edificó una capilla fuera del monasterio dedicada a San Policarpo, obispo de Esmirna.
«Después de su dormición, decía el Yérontas, y de la traslación de sus restos, conservé en el monasterio los huesos de su mano derecha, esa mano que me firmaba los permisos para ir a la Iglesia, y siempre durante toda mi vida lo conmemoro junto con mis padres».
El Señor dirige nuestra vida y de manera admirable nos conduce, mediante personas y circunstancias, a cumplir Su buena voluntad, agradable y perfecta.
Si luchamos espiritualmente y se lo pedimos, entonces el Señor «dirigirá nuestros pasos hacia toda obra buena» (san Crisóstomo).
Pruebas, burlas y provocaciones
«Ciertamente, las pruebas tampoco faltaron en el ejército por parte de sus compañeros de armas. Movidos por el tentador, se burlaban de él, lo ridiculizaban llamándolo cura y lo despreciaban con diversos calificativos habituales en el ejército, incapaces de explicar con su mentalidad mundana la extraña y aparentemente irreal conducta del Yérontas.
A pesar del esfuerzo que hacía el Yérontas por vivir en secreto su vida en Cristo, lo observaban minuciosamente en cada una de sus manifestaciones.
«Así que me cubría con la manta dentro del dormitorio», decía el Yérontas, «y hacía en secreto la señal de la cruz y mi oración. De repente me llamaba mi compañero de cama -o mejor dicho el que dormía encima de mí, porque las camas eran de dos pisos- y me decía:
-Jacobo, ¿qué mueves?, ¿por qué mueves la mano debajo de la manta?
-Nada, nada -le decía.
-No, otra vez haces la señal de la cruz, otra vez estás rezando. Ya hicimos todos juntos la oración, ¿por qué sigues tú solo?
-No hago nada malo -le respondí. Estoy haciendo mi oración».
El diablo tiembla ante la oración y hace todo lo posible para impedirla.
«Una vez», cuenta el venerable, «fuimos de paseo con algunos compañeros al Pireo y me dicen:
-Ven, Jacobo, vamos a enseñarte algo.
Yo, sin sospechar nada, los seguí. Me llevaron a un lugar donde me dijeron:
-Mira aquí.
Miré desde la entrada de una escalera que conducía a un sótano y vi dentro personas bailando tsitsánides, es decir, desnudos.
—¿Dónde me habéis traído? —les dije entonces.
Uno de ellos, movido por la tentación, me agarró por detrás para bajarme a la fuerza.
—Vamos también nosotros abajo —decía riéndose».
Entonces el manso Jacobo, lleno de celo divino, empujó con fuerza a aquel desgraciado compañero suyo, amenazándole con que no volviera a atreverse a tocarlo, y salió corriendo, como otro José, huyendo del pecado.
El Santo ponía en práctica la exhortación del Espíritu Santo: «Huid de la fornicación» (1Cor 6:18), y así conservó su pureza y virginidad, tanto corporal como espiritual.
La virtud es reconocida por todos
«Muchos de sus compañeros de armas, que en el fondo reconocían la vida santificada del Yérontas, años después visitaban el monasterio con respeto y emoción, obteniendo gran provecho espiritual.
«La vida virtuosa siempre enseña y da frutos, aunque sea después de muchos años», decía el Yérontas, y continuaba: «si yo hubiera seguido sus actividades y me hubiera relacionado con ellos en sus cosas, ¿qué bien podría haber salido jamás de ello?».
La virtud, en el fondo, es honrada y reconocida por todos. «También los enemigos saben», proclama san Efrén el Sirio en su elogio a san Basilio el Grande, «respetar y honrar la virtud y la valentía».
Cumplimiento del mandato materno
«Así transcurrió benditamente el período de los tres años de su servicio militar y, ya con de treinta años más o menos, regresó a su pueblo. Después de haber establecido a su hermana -cumpliendo el mandato de su madre- quedó libre para seguir la vida que desde pequeño había deseado con todo su corazón, es decir, la vida monástica».
Los Santos no descuidan las herencias y mandatos de los padres. Viven de manera irreprochable tanto ante Dios como ante los hombres. Esto lo vemos cumplirse continuamente también en la vida de nuestro venerable Santo, cuyas intercesiones ojalá tengamos.
Capítulo 3 Vida monástica del Santo
Planes para vida eremítica
«El deseo del Santo padre, en lo que respecta al modo de practicar la vida monástica ascética, se inclinaba hacia la vida eremítica, y especialmente en Tierra Santa.
Decía el Santo padre: “Quería ir a la Tierra Santa, donde también se santificó mi antepasado. Encontrar una cueva y allí, alimentándome con unas pocas hierbecillas que recogería alrededor de la cueva y bebiendo un poco de agua, solo, desconocido para el mundo, con oraciones y súplicas, pasar el resto de mi vida adorando a Dios.
Pero antes de partir hacia la Tierra Santa con estos pensamientos en mi corazón, consideré necesario ir al monasterio de San David para pedir la bendición y las intercesiones del Santo. Así pues, después de muchas horas de caminata por las montañas y los barrancos, siguiendo senderos —pues camino hacia el monasterio no existía en aquella época— llegué al santo monasterio del Santo.”»
El Santo quería vivir “solo con el solo Dios”. Lo mismo deseaba también san Porfirios el Kafsokalivita y muchos otros santos.
Quería alabar continuamente al Señor, como un ruiseñor solitario, con perfecta ausencia de vanagloria, trabajando espiritualmente para su salvación… Pero otro era el designio del Señor.
Recepción por el Santo David
«Apenas me acerqué al monasterio», relata el Santo, «veo de repente el lugar cambiado, distinto; veo el monasterio majestuoso, hermosísimo, de otra época. Veo la región alrededor del monasterio transformada en un lugar lleno de alegría, bellísimo, con unas casitas como pequeños palacios, escasamente habitadas, esparcidas por los lugares alrededor del monasterio, que formaban una pequeña y maravillosa ciudad.»
«Se parecía», dice el Yérontas, «a Kallithea, (Buenavista), claro de aquella época. Veo fuera del monasterio esperándome a un Yérontas Santo, de barba blanca -era el santo, dice el Yérontas- al cual me dirigí y le dije:
—Yérontas, ¡qué hermoso lugar es éste aquí! ¡Qué hermosas casitas son éstas! ¿De dónde han aparecido aquí? ¡Nunca las había visto!
Entonces me responde el Santo:
—Es, hijo mío, la ciudad de los ascetas. Cada uno tiene su casita.
Cautivado por aquella visión paradisíaca, le digo suplicante:
—Yérontas, ¿sería posible darme también a mí una casita así? Lo deseo mucho.
Entonces me dice:
—Hijo mío, si te quedaras aquí, te daríamos una; pero tú has venido a venerar y luego irte.
Entonces espontáneamente le digo:
—Yérontas, me quedaré.»
«Apenas di mi promesa me pareció que el muro del monasterio se abrió; el Yérontas entró dentro y el muro volvió a cerrarse. Así lo perdí de vista.»
«Inmediatamente», dice el padre, «junto con el Santo desapareció todo. En el lugar donde estaba la ciudad de los ascetas, vi la región tal como era: un bosque salvaje, una tierra sin cultivar.
El monasterio, de hermosísimo y majestuoso, lo vi tal como estaba: una ruina, con dos o tres celdas medio derrumbadas, con los techos semicaídos, y el templo principal (catolikón) pequeño y descuidado, que más bien recordaba una capilla campestre que el Katolikón de un monasterio.»
«Así pues, sin esperarlo, después de haber dado una promesa al santo, vine como simple peregrino y me encontré hermano del Monasterio. Hice entonces una metanía (genuflexión) y di mi promesa al santo de servirle con todo mi corazón.»
El santo aceptó de modo totalmente natural y espontáneo la voluntad de Dios que se le había revelado, como los santos Apóstoles aceptaron la llamada del Señor en las orillas del lago de Genesaret. El verdadero creyente debe estar siempre dispuesto a seguir al Señor, anulando sus propios planes personales, voluntades, programas y deseos.
El Santo David y el Santo Jacobo
San JacoboTsalikis, desde muy pequeño, tenía gran devoción hacia san David de Évia, y muchas veces había ido a venerar en su monasterio. Por eso consideró necesario, antes de comenzar la vida de su consagración, pedir la ayuda del santo.
El santo David esperaba este encuentro. Sabía que aquel joven que había llegado como peregrino se convertiría en su perfecto obediente, la imagen exacta de sus carismas.
Por eso lo recibió personalmente. Le abrió los ojos de su psique-alma y le mostró el mundo espiritual: su luminoso monasterio y la maravillosa ciudad de los ascetas.
A la sorpresa del alma del Yérontas Jacobo le siguió su promesa espontánea de dedicación al Santo. Así comenzó este misterio de la admirable relación entre Yérontas y discípulo obediente: la de san David y el santo Yérontas Jacobo.
Es algo maravilloso entablar amistad con los santos, como también exhortaba a sus hijos espirituales Paísios de Monte Athos.
El modo, como decía, es “llamarlos por teléfono”, es decir, orarles haciendo su paraklisis (súplica) o invocando su ayuda y sus intercesiones, diciendo: «Santo de Dios… interceda por nosotros».
San Jacobo se manifestó como discípulo perfecto del Santo David.
«Conocimos al Yérontas durante los últimos cinco años de su vida, cargado de experiencia y virtudes. Su estado interior, creo, sólo su santo lo conocía.
El santo David esperaba durante muchos años -diríamos incluso siglos- a su alma hermana, a su perfecto obediente. Por eso lo recibió personalmente como vaso precioso de elección.
Lo atrajo hacia sí respetando su libertad y se convirtió en su verdadero Yérontas y maestro. Le transmitió todas sus virtudes, comenzando por la fe, que es la generadora de todas. Lo enriqueció con la misericordia o caridad, la apacibilidad o mansedumbre y la humildad. Lo iluminó con el discernimiento, la diórasis (visión penetrante espiritual, clarividencia) y la previsión espiritual. Lo hizo partícipe del don divino de las curaciones, que nace del coronamiento de todas las virtudes: la ἀγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). Es bastante que el discípulo llegue a ser como su maestro.
Creemos que el Yérontas imitó exactamente la vida del Santo David. Por eso decía con humildad velada: “Las personas vienen al monasterio para venerar a san David, pero ven a nosotros”, queriendo decir que al verlos a ellos era como ver al santo mismo.
Que tengamos las oraciones y la ayuda de san David y del santo Yérontas Jacobo en nuestra vida».
Los padres del monasterio y el Higúmeno (abad) padre Nicodemo
«En aquella época», relata el Santo, «vivían en el santo monasterio dos o tres Yérontas, según el sistema idiorrítmico (modo singular).
Cada uno tenía en su pequeña celda también su cocina y sus alimentos. Ellos mismos cocinaban, ellos mismos comían, ellos mismos se administraban, como solemos decir.
El Higúmeno del monasterio había sido nombrado por la santa metrópolis de Jalkída (Calcis capital de la isla Évia) el bienaventurado archimandrita padre Nicodemo, quien vivía en Limni con sus hermanas y servía como párroco. Al monasterio venía cada uno o dos meses y, después de permanecer allí un poco, regresaba nuevamente a su parroquia en Limni».
Sobre su Yérontas, el abad padre Nicodemo, el Yérontas Jacobo decía que era un hombre virtuoso, moral y muy misericordioso.
Sufrió en su vida también enfermedades, pues tenía diabetes mellitus, pero sobre todo sufrió porque fue perseguido por hombres, lamentablemente de la Iglesia.
Así, perseguido y desterrado de su lugar, del lugar donde había servido al Señor, entregó su alma en las manos de Dios, el cual dijo: «Bienaventurados y felices seréis los perseguidos por ser justos, virtuosos y perfectos cristianos, porque de ellos es y será la realeza increada de los cielos» (Mt 5:10).
El Señor, en su infinita bondad, por medio de aflicciones involuntarias, enfermedades y persecuciones, obra nuestra salvación. De este modo “completa” nuestra propia ascesis voluntaria, es decir: obediencia, ayuno, vigilias, oración y cualquier otra tribulación por amor a Él.
El resultado final esperado es la humildad, necesaria para recibir la divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada).
Esta divina Χάρις Jaris nos hace la catarsis (nos purga y purifica), nos ilumina y nos diviniza (glorifica o deifica).
El Santo Jacobo sabía que por encima de todo el Señor descansa en los humildes, es decir, en aquellos que cortan su propia voluntad y se someten a un guía espiritual discernido, imitando al mismo Cristo, quien dijo: «Porque he descendido del cielo y estoy ya en la tierra como hombre, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviad, (Jn 6:38).
La obediencia: el fundamento de la vida espiritual – monástica.
«Decía el Yérontas que: “Al comenzar mi vida monástica, sin que existiera el abad ni mi padre espiritual dentro del Monasterio, es decir, esencialmente solo, establecí como principio inviolable la obediencia, que es la base y el fundamento de la vida monástica. No hacía nada sin bendición, sin permiso del abad. Para todo pedía su bendición. Esto no era tan fácil, porque exigía muchos recorridos fatigantes de cuatro y cinco horas, para bajar a Limni y recibir bendición para diversos asuntos personales y del Monasterio.”
Si algo no se hace con bendición, con obediencia al guía espiritual, entonces existe el peligro del engaño espiritual. Muchos, aunque realizaron grandes esfuerzos y sacrificios, como no lo hicieron con obediencia, perdieron su recompensa celestial y cayeron en orgullo y engaño. El bien no es bueno si no se hace de buena manera. Nos enseña san Juan el Damasceno:
“Ni siquiera lo bueno es bueno si no se realiza bien” (“Sobre los divinos ayunos”). El bien verdaderamente bueno contiene en sí la divina Gracia increada y sólo mediante la divina Χάρις Jaris Gracia increada se realiza. Pero para que exista la Gracia divina, la obra debe hacerse con humildad, es decir, con obediencia y bendición del padre espiritual.
El santo decía acerca de diversas personas que arbitrariamente comenzaron grandes ejercicios espirituales sin el acuerdo de su padre espiritual, que terminaron en naufragios espirituales.
Obediencia = vida, mientras que desobediencia = muerte, nos enseñan los Santos Padres. El Señor se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filip 2:8), para dar un modelo de vida a todos nosotros, monjes y laicos. Sólo quien se somete a un Padre espiritual, y también a todos excepto en el pecado, puede salvarse. Porque éste imita al primero y más grande obediente al Padre celestial: nuestro Señor Jesús Cristo.
El Santo practicó una obediencia extrema y sacrificial hacia su guía espiritual. Más tarde, como Yérontas, recibía orientación después de orar a san David de Évia. Característico es cómo aceptó al señor N. Baldimtsis para servirle como su médico personal:
“Al santo Yérontas”, relata el señor Baldimtsis, “lo conocí en el verano de 1986, cuando por primera vez visité el Santo Monasterio de san David con mi familia. Después de las Vísperas encontré al santo Iákovos (Jacobo), pedí su bendición y le rogué que bendijera a mis hijos. Espontáneamente le dije —ya que soy médico patólogo— que sería una bendición para mí si necesitaba alguna atención médica de mi parte. El Santo no respondió, sino que sólo dijo: ‘bienvenidos’ y ‘buena peregrinación’.
Al día siguiente, domingo, después de la Divina Liturgia me llamó para ir a su celda para examinarlo. En ese primer encuentro me dijo:
‘Aunque muchos médicos se ofrecieron a ayudarme, yo no lo acepté. Me daba vergüenza mostrar mi cuerpo desnudo, porque soy una persona consagrada. Este cuerpo sólo lo han visto mi madre cuando era un niño pequeño y los cirujanos en las operaciones que he tenido. Pregunté a san David, que es un santo vivo, y me dijo: “ten confianza en el señor Nikos y acepta que te examine”. Así que, obedeciendo al Santo, te llamé.’”
El buen olor del cuerpo del santo
“Examiné entonces médicamente su cuerpo martirizado, que era muy débil, casi esquelético y lleno de cicatrices de las operaciones que había tenido. Con asombro comprobé que despedía fragancia, como las santas reliquias. Este perfume era constante y no disminuía todas las veces que lo examinaba. A pesar de que ayunaba estrictamente, su aliento también despedía fragancia. Esto lo notaron también nuestros pequeños hijos, quienes trataban, cuando el Santo hablaba, de estar cerca de él para oler esa fragancia.
La fragancia (de su cuerpo) también era percibida por alguno de sus monjes que le preguntó:
—Yérontas, ¿qué fragancia es ésta? No es incienso. No hay perfumes. ¿Usted despide fragancia, Yérontas?
Y el Santo respondió:
—Hijo mío, ¡intentemos aplicar la voluntad de Dios!”
Relata san Siliuán el Athonita que: “Cada uno será glorificado según la medida de su ἀγάπη agapi amor incondicional a Dios. Este amor varía en intensidad. Quien tiene amor perfecto por Dios posee la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo tanto en la psique-alma como en el cuerpo. Los cuerpos de estos hombres se santifican y después de su muerte se convierten en santas reliquias. Esto sucede con los cuerpos de los santos mártires, de los profetas y de los santos.”
Según esta afirmación de san Siluán, san Jacobo pertenecía a ese grado de agapi-amor perfecto hacia Dios y tenía la jaris gracia, energía increada del Espíritu Santo tanto en su psique-alma como en su cuerpo.
El Santo siempre se preocupaba de permanecer en la seguridad de la obediencia bendita. La obediencia es humildad aplicada. El Santo, como perfecto obediente, poseía perfecta humildad. Por eso tenía siempre activa la jaris gracia increada del Espíritu Santo, la cual cubre con su sombra a los humildes. Esta Jaris (gracia, energía increada) se manifestaba en los diversos dones del Santo, como también en el don de la fragancia de su cuerpo.
El Santo sabía que quien no obedece no sólo pierde los dones o carismas del Espíritu Santo, sino que incluso corre el peligro de condenarse e infernarse. Se entristecía profundamente cuando comprobaba que había monjes o monjas que arriesgaban su salvación haciendo desobediencia.
La apariencia sacerdotal del santo Jacobo conseguida por un milagro de san David
Aquí al principio vale la pena mencionar un hecho maravilloso que le sucedió desde los primeros días de su establecimiento en el monasterio.
«Por naturaleza», dice el Yérontas, «no tenía barba en mi rostro, sino unas pocas hebras dispersas; tenía muy poco vello. Pero como me gustaba que el monje fuese digno y reverente en su apariencia, con barba y bigote abundantes, supliqué a la Virgen y a san David de Évia que me saliera barba».
Milagrosamente, en una semana brotó una abundante barba y bigote, los cuales se conservaron hasta el final de su vida.
«Así pues», dice el Yérontas, «desde el principio amé con todo mi corazón a este Santo, a san David, que es un gran santo».
El santo Jacobo resolvía todas las cuestiones -como también ésta de la apariencia reverente- mediante la oración al Señor, a la Virgen y a los santos, y particularmente a san David.
La barba del monje-clérigo
El tema de la apariencia reverente del clérigo —barba, cabello largo, sotana y kalimafjion (cubierta litúrgica)- es importantísimo. Está relacionado con la obediencia a nuestra Sagrada Tradición.
Es un mandamiento del Señor ya desde el Antiguo Testamento que los hombres no se afeiten. El Señor dice en el libro Levítico: «No destruiréis la apariencia de vuestra barba. No haréis incisiones en vuestro cuerpo ni grabaréis letras en vuestra piel. Yo soy el Señor vuestro Dios» (Lev 19:27-28). Vemos que ya desde el Antiguo Testamento el Señor prohíbe el rasurado y las incisiones (cortes en el cuerpo — perforaciones, piercing), así como la dermatoestigrafía (tatuajes).
Hoy, lamentablemente, se observa una terrible secularización del clero, pero también, tristemente, de los monjes.
El Yérontas decía: «Si veo a un sacerdote con el pelo cortado, con la barba recortada con tijeras, con colonias, etc., ni siquiera quiero saludarlo. Los sacerdotes no deben cortarse el cabello. En Asia Menor, cuando los sacerdotes se peinaban, ponían una toalla blanca y recogían todos los cabellos que caían; los guardaban en una bolsa y cuando morían los colocaban junto a ellos, porque cuando el Espíritu Santo desciende en la ordenación, el sacerdote es santificado y hasta sus cabellos son santos». Entonces uno de sus hijos espirituales que lo escuchaba pensó: «Está bien, recogían los cabellos, pero las uñas, cuando las cortaban, ¿qué hacían con ellas?, ¿las tiraban?»
Entonces el Yérontas volvió su rostro hacia él y le dijo:
—También recogían sus uñas. Nada está oculto para el Espíritu Santo; todo está delante de Él, transparente y descubierto.
El Santo siempre fue observador de la ley de Dios y de la Sagrada Tradición ortodoxa. En el Pedalion se encuentra el canon 96 del Sexto Sínodo Ecuménico, que trata sobre la apariencia reverente de los clérigos y la evitación de todo embellecimiento tanto de hombres como de mujeres. Este canon se cita junto con su interpretación al final del libro como apéndice.
«Ahora te amo más»
Había un clérigo que visitaba el monasterio y amaba al Yérontas, pero tenía el pelo cortado y la barba afeitada. El Yérontas al principio no le decía nada sobre ello. Le hablaba con amor, lo hacía celebrar la Divina Liturgia, etc. Pero el sacerdote comprendía que el Yérontas no estaba muy satisfecho con su apariencia.
Después de luchar interiormente con ello, comenzó poco a poco a cambiar como debía. Dejó crecer su barba y su cabello.
Cuando volvió al monasterio, ya se había convertido en un sacerdote tradicional, con barba y cabello. El Yérontas lo vio y estaba lleno de sonrisa y satisfacción. Dice el sacerdote:
—Yérontas, ¿qué le parece ahora mi apariencia? ¿Cómo estoy ahora?
—Ahora, padre mío -respondió el Santo- eres como Melquisedec.
—Bien, Yérontas, cuando estaba cortado, ¿no me amaba tanto? ¿Estaba molesto conmigo? —preguntó el sacerdote.
—No, también entonces te amaba —respondió el Santo—, pero ahora te amo más. Ahora eres un verdadero sacerdote, con tu barba y tu cabello.
«En el episodio que sigue se manifiestan las dolorosas consecuencias de no seguir la Santa Tradición en esta cuestión concreta.»
Los clérigos modernos (con pelo cortado y afeitados) dan derechos al maligno y pierden parte de su autoridad sacerdotal
Una vez nos encontrábamos cuando el Yérontas leía exorcismos en el monasterio. Leía sobre un hombre poseído por un demonio y había gran tumulto en la Iglesia. El poseído gritaba, se arrastraba por el suelo como una serpiente…
El Yérontas le leía con gran esfuerzo, amor e intensidad. Entre las personas presentes en la Iglesia había también un sacerdote peregrino con pelo cortado y barba afeitada. Él, pues, para ayudar al Yérontas dijo:
—Yérontas, ¿quiere que lo lea yo para que usted descanse un poco, ya que está cansado y fatigado?
—Sí, sí —dijo el Santo—, sí, padre mío, con mucho gusto.
El sacerdote tomó el libro de oraciones y se puso la estola sacerdotal para leer sobre el hombre. El Yérontas se sentó a un lado orando.
Pero cuando el sacerdote se acercó para leerle, el poseído se levantó de golpe, lo agarró y gritó:
—¡Tú, rasurado, vas a leer sobre mí para que salga!
¡Y se puso a golpearlo con una paliza…! ¡La paliza que le dio no se puede describir! Los padres (monjes) se abalanzaron sobre él y no podían separarlo del endemoniado… Había caído sobre él, lo había agarrado y le golpeaba la cabeza con puñetazos. Lo dejó hecho un desastre. Se asustaron intentando quitárselo de las manos. ¡El pobre salió afuera y no sabía hacia dónde ir!»
De todo lo anterior se ve cuánto agrada a Dios la apariencia tradicional de los clérigos. Por el contrario, el diablo toma derechos contra aquellos clérigos que no siguen nuestra Santa Tradición. Estos pierden parte de su autoridad sacerdotal y son humillados por el maligno.
El pueblo piadoso quiere a su sacerdote y a su obispo con apariencia reverente, no modernizada.
Cuánto se alegra el maligno por la secularización del clero se ve también en lo siguiente: en un exorcismo realizado por el difunto y santo padre Savas Ajileos, el diablo -a través de un pobre poseído- agarraba la barba del Yérontas, tiraba de ella y le decía:
«¡Córtala! ¡Córtala! ¿Para qué quieres esa barba? ¿No ves que a todos los he convertido en muñecos?» (se refería a los sacerdotes que se cortan el cabello y la barba, convirtiéndose en modernos «novios hermosos y afeminados», según san Nicodemo el Hagiorita).
Este testimonio ha sido registrado.
Testimonios contemporáneos de otros santos y clérigos santificados sobre la apariencia reverente del clero
De manera conmovedora, el experimentado y ferviente defensor de la tradición eclesiástica Agustino Kantiotis, metropolita de Florina, describía con gran acierto la apariencia de los clérigos más recientes, revelando al mismo tiempo su vacío espiritual y la mentalidad mundana que los corroe y hace desaparecer todo rastro de celo sacerdotal.
Escribía el padre Agustino en un informe dirigido al Santo Sínodo:
«Últimamente, entre los clérigos -y especialmente entre los más jóvenes- se observa una tendencia a presentarse de manera cada vez más mundana. Así, se ve a clérigos en barberías. Se cortan el cabello y recortan la barba, se rocían con perfumes, y recién afeitados en el cuello salen de las barberías desprendiendo aroma de colonias.
También abandonan la sotana exterior y, con el anteri (sotana interior ortodoxa) de tela lujosa, a veces de color vivo y claro, con cuello, con reloj de oro en la mano, con cadena de oro colgando del cuello, con zapatos de la última moda, con cigarrillo en la boca y encendedor en la mano, hacen su aparición pública por todas partes: en teatros, en cines, en estadios de fútbol —¿por qué no también en tabernas y centros de recreo— donde frecuenta la parte más mundana de la sociedad.
Y como hemos comprobado, los clérigos con tal apariencia exterior son, por lo general, portadores también de… nuevas ideas: modernización y secularización (mundanización) de la Iglesia».
En uno de sus kerigmas, este contemporáneo jerarca confesor decía:
«Existe una terrible profecía pronunciada por san Cosme de Etolia, que en nuestros días se está cumpliendo. Le preguntaron:
“¿Cuáles son los signos de que se acerca la destrucción del mundo?”
Y respondió: “Hubo un tiempo en que los clérigos vivían como ángeles: no amaban el dinero, no amaban la gloria, no tenían πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, etc.), se mantenían elevados dentro de la sociedad; y entonces los laicos vivían como hombres.
Pero vendrán años malditos en que el clero caerá y será despreciado y humillado. Y entonces, cuando los sacerdotes vivan como los laicos, los laicos vivirán como las bestias; y entonces vendrá el fin del mundo”.
¿Qué quiere decir cuando afirma que los sacerdotes vivirán como los laicos?
Es decir: si el laico va al café, también irá el clérigo;
si el laico va al cine, también irá el clérigo;
si el laico se corta el cabello, también lo hará el clérigo;
si el laico juega al fútbol, también jugará él;
si el laico juega a las cartas, también jugará él;
incluso van a bailar, se quitan la sotana y el kalimáfkion y bailan (καλυμμαύχιον kalimáfkion gorro monástico ortodoxo / sombrero clerical ortodoxo.)
Estos son los sacerdotes modernos que quieren que soplen nuevos aires en la Iglesia. Pero el pueblo ortodoxo los ha aborrecido».
De lo anterior comprendemos cuán serio es el tema de la apariencia de los clérigos.
Sin embargo -escribe el padre D. Tatsis- «hay metropolitas que son indiferentes… Incluso algunos prohíben a sus clérigos llevar barba, usar kalimáfkion y vestir sotana exterior. Los quieren iguales a ellos mismos. Y la imagen es particularmente provocativa: barba de una semana, cabello bien arreglado, bigotes amarillentos por el tabaco, mentalidad mundana y, en general, comportamiento impropio.
Desgraciadamente, estos metropolitas nunca se han ocupado seriamente de sus altos deberes, porque simplemente no han sentido el gran peso de sus responsabilidades ante la Iglesia que les fue confiada y ante el pueblo al que deben servir. Por eso desprecian la sotana, que ejerce influencia tanto sobre el clérigo como sobre el pueblo».
A continuación citaré algunas frases de un artículo del difunto Yérontas Epifanios Theodoropulos, referente a la sotana de los clérigos:
«Si la sotana no existiera como vestimenta de los clérigos, habría que inventarla e introducirla en uso. La sotana ejerce una influencia extraordinaria. Sería deseable que se estableciera como vestimenta obligatoria para todos los clérigos de la Ortodoxia en todo el mundo. No subestimemos la apariencia exterior. Tiene enorme importancia y muchas veces regula también nuestras disposiciones interiores».
Y añade: «El sacerdote es la encarnación de lo absoluto, la expresión de lo permanente, estable e inmutable; la trompeta del Cielo, la imagen de la incorruptibilidad, el indicador del camino hacia la Eternidad. Que permanezca inalterable a través de los siglos incluso en su apariencia exterior, como recordatorio y símbolo de las Verdades eternas e inmutables que representa, en las cuales “no hay variación ni sombra de cambio”».
También escribe: «El paso del tiempo estableció una vestimenta especial para los clérigos: la sotana (entendiendo también la vestidura interior llamada szostikón). Sin duda, esta vestimenta clerical -que no difiere esencialmente de la que los clérigos han llevado a lo largo de los siglos- es ideal. Seria y reverente, confiere un brillo particular y una cierta majestad mística al sacerdote de Dios».
Es tiempo -continúa el texto- de que los metropolitas y clérigos innovadores comprendan que el pueblo creyente los margina y no confía en ellos en lo más mínimo. Como el pueblo no puede cambiar la situación, los tolera, pero reserva su respeto para los sacerdotes tradicionales y fieles a sus deberes. Y esto es la mayor satisfacción para un clérigo que considera el sacerdocio como la misión más alta.
Especialmente sobre la cuestión de la sotana se conserva también el siguiente testimonio relacionado con san Paísios el Athonita:
En la década de 1970 muchos le pedían su opinión acerca de una propuesta según la cual los sacerdotes dejarían de usar sotana.
Él les mostraba un olivo cuyo tronco y ramas gruesas había descortezado, dejando hojas sólo en las puntas de las pequeñas ramas. En el tronco desnudo había marcado:
«Los árboles tiraron su vestidura; veremos su progreso», y «sacerdote ἀράσωτος (arásotos: sin sotana), ἄρα por tanto ἄσωτος (ásotos: pródigo, derrochador insaciable, disoluto)”. Como era de esperar, aquel olivo se secó».
El santo Jacobo Tsalikis permaneció fiel hasta el final a la Tradición Ortodoxa, viviendo primero como monje perfecto y luego como perfecto hieromonje, padre espiritual y pastor de las ovejas lógicas de nuestro Señor, con una apariencia sumamente reverente y con una presencia entera que irradiaba santidad.
La vestimenta correcta y tradicional de los clérigos es apreciada y honrada. Testimonio del obispo de Samos e Icaria, padre Panteleimón Bardakos
Relacionado con nuestro tema es también el testimonio del muy piadoso obispo de Samos e Icaria, padre Panteleimón Bardakos.
«Consideramos un privilegio en nuestra vida», relata el señor N. Baldimtsis acerca de Su Eminencia Panteleimón, «haberlo conocido y habernos unido a él desde la época en que servíamos familiarmente en Samos. Era un “obispo asceta”, un verdadero “monje” en toda su plenitud y un misionero en medio del mundo.
En los oficios litúrgicos su programa era exactísimo. En la proskomidias, cuando celebraba la Divina Liturgia, conmemoraba innumerables nombres, comenzando como decía, desde Alexandrópolis y descendiendo mentalmente por toda Grecia.
Era tradicional en su apariencia y sabio en el pastoreo de su rebaño. Suprimió los banquetes que la metrópoli organizaba para autoridades militares, municipales y políticas de la isla. Nos decía en privado:
“No alimentaremos a los ya saciados con la pequeña vela del pueblo fiel”. Así decidió fundar un modelo de asilo de ancianos en Karlovasi, en Samos.
Cuando veía a un sacerdote sin kalimafkion le decía:
“Padre mío, no quiero volver a verte sin tu kalimafkion”.
Cuando necesitaba ir a Atenas para sus obligaciones sinodales, me había dicho confidencialmente:
“Prefiero el barco y no el avión -que es rápido y cómodo- para poder entrar en contacto con la gente durante el largo viaje”.
Una vez viajábamos juntos en el barco MS Express Samina —que más tarde se hundió— desde Samos al Pireo. Había tantos vientos fuertes que el capitán cambió el rumbo del barco, y así llegamos al Pireo con muchas horas de retraso. En medio de aquel caos, su presencia era un consuelo y una enseñanza práctica para las personas que también eran su rebaño.
Contemos también un relato gracioso suyo relacionado con el tema de la vestimenta y apariencia de los clérigos:
“Cuando, en el tiempo que era archimandrita, realizaba estudios de posgrado en Francia, en una ceremonia oficial de la Academia Francesa en París, entre los muchos invitados había también numerosos clérigos de diferentes confesiones. En los asientos oficiales de la primera fila se sentaban los obispos.
El responsable del protocolo, cuando me vio en las filas de atrás donde estaba como archimandrita, al ver mi apariencia —con sotana, kalimafkion, barba y cabello—, pasando por alto el protocolo vino, me tomó del brazo y me llevó a la primera fila de los dignatarios, levantando de su asiento a uno de los obispos del clima ecuménico que tenía la apariencia habitual (es decir, no llevaba sotana sino ropa de laicos).
Cuando protesté diciendo que él era obispo y yo un simple sacerdote, aquel responsable heterodoxo me dijo:
“¡Lo sé, padre! Usted siéntese aquí. Y usted ‘señor’ —dijo dirigiéndose al obispo— pase atrás”.
Este relato nos recordó las palabras de san Paisios de Athos sobre la apariencia de los clérigos:
“Sacerdote ἀράσωτος (arásotos: sin sotana), ἄρα por tanto ἄσωτος (ásotos: pródigo, derrochador insaciable, disoluto)”.
A este santo obispo le conviene el verso de la himnografía de la Iglesia:
“Padre santo, la sinceridad de tu vida…”
Después de todo lo que hemos mencionado, fue una consecuencia natural su conocimiento y vínculo espiritual con san JacoboTsalikis. Frecuentemente visitaba el monasterio de san David de Évia para venerar, confesarse con el Yérontas, a quien tenía como padre espiritual, y concelebrar, para su alegría y gozo. Creemos que las oraciones de este santo obispo padre Panteleimón sostienen a todos aquellos que tuvieron la gracia de conocerlo».
Es característico el siguiente testimonio sobre la virtud del hombre:
«En una de nuestras visitas encontramos en el monasterio a nuestro respetado y muy querido, ya difunto, metropolitano de Samos e Icaria, padre Panteleimón Bardakos, con quien manteníamos desde hacía muchos años relaciones familiares. Mencionamos al Yérontas Jacobo esta relación.
Entonces el Yérontas, para nuestro provecho espiritual, nos contó lo siguiente:
“Viene al santuario para confesarse. Él, un obispo, ante mí, el humilde Jacobo. En el momento de la confesión está postrado boca abajo apoyando su frente en el suelo del santuario.
Intenté levantarlo diciendo:
‘No apoye en el suelo su cabeza episcopal, Eminencia’.
Y me respondió:
‘No, Yérontas. Yo sé ante quién me confieso’.
Al terminar, el Yérontas comentó brevemente:
‘¡Elemento moral, Su Eminencia!’».
¿Acaso los verdaderos clérigos que agradan a Dios son pocos?
¿Qué significa esta expresión del santo:
«¿Elemento moral, Su Eminencia»?
¿Qué quería decir o insinuar el santo?
¿Quizás que también existen “elementos no morales” en el clero? Es triste incluso pensarlo.
¿Quizás insinuaba que estos elementos no morales son la mayoría y que, por eso, son difíciles de encontrar tales “elementos morales” como el difunto obispo Panteleimón de Samos? Realmente es trágico si sucede algo así.
Pero ¿por qué no habría de ocurrir así? ¿Acaso no sucedía también antes?
Nuestro Señor, ¿contra quién pronunció los famosos “¡ay de vosotros!” sino contra el clero de su tiempo: los escribas (teólogos) y fariseos hipócritas?
Leemos en el Evangelio de Mateo capítulo 23: 1 Entonces Jesús habló con una forma muy dura y con autoridad a las multitudes y a sus discípulos,
2 diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas-gramatís y los fariseos.
3 Haced y cumplid pues todo lo que os digan; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen ni aplican nada de lo que dicen;
4 porque atan cargas pesadas e insoportables y las echan a los hombros de los hombres, mientras que ellos no las quieren mover ni con su dedo.
5 Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, porque ensanchan sus filacterias (hojas largas con lemas de la Ley) y alargan los flecos de sus mantos, para parecer así que son piadosos e impresionar a los hombres.
6 y les gusta estar en los primeros puestos en las cenas y en las primeras sillas en las sinagogas,
7 y los saludos pomposos en las plazas, y que los hombres los llamen Rabbí-Maestros.
8 Pero vosotros no seáis llamados Rabbí, porque uno solo es vuestro maestro, el Cristo y todos vosotros sois hermanos, por tanto iguales entre sí.
9 Y no llaméis padre, sea carnal o espiritual a nadie en la tierra, en el sentido que él tiene autoridad absoluta e ilimitada ante vosotros, pues uno solo es vuestro Padre, el celestial,
10 ni seáis llamados profesores, porque uno es vuestro único y perfecto profesor: el Cristo; el cual es el único que enseña la verdad pura e inconfundible y conduce con seguridad a los hombres al difícil camino de la sotiría redención, sanación y salvación.
11 Y el que es mayor de vosotros sobre la gnosis-conocimiento y axioma, debe con humildad y bondad ser vuestro servidor.
12 Porque el que se enaltezca y enorgullezca frente a los demás será humillado, y el que con amor-agapi cristiano se humille y se haga servidor de los demás, será enaltecido y glorificado por Dios.
13 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! porque, como sinvergüenzas y ambiciosos que sois, coméis en las casas de las viudas y a la vez con el pretexto de la piedad hacéis largas oraciones; por eso seréis castigados por la divina justicia mucho más que los ladrones y los desvalijadores.
14 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! porque por vuestra falsa enseñanza que la presentáis como si fuera de Dios, cerráis el reinado de la realeza increada de los cielos delante de los hombres, así no entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.
15 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que para hacer a un idólatra prosélito recorréis mar y tierra, y cuando lo llega a ser, lo hacéis dos veces más hijo de la gehena/ infierno que a vosotros.
16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: todo el que jure por el santuario/templo, eso no es nada, pero quien jure por el oro del santuario/templo, debe cumplir su juramento.
17 ¡Necios y ciegos!, porque ¿qué es de mayor valor, el oro, o el santuario que santifica el oro?
18 Y decís además: todo el que jure por el altar, nada es; pero quien jure por la ofrenda que está sobre él, debe cumplir su juramento.
19 ¡Necios y ciegos! porque ¿qué es mayor y más sagrado, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?
20 Sabed pues, que el que juró por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él.
21 Y el que juró por el santuario/templo, jura por él, y por el que habita en él, es decir, a Dios.
22 Y el que jura por el cielo, jura a la vez por el trono de Dios, y por el Dios que está sentado sobre él.
23 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! que diezmáis la menta, el eneldo y el comino, cumplís pero dejasteis lo más importante de la ley, el sano y justo juicio, la caridad/misericordia y la fe verdadera; esto era necesario hacer sin dejar aquello.
24 ¡Guías ciegos, que coláis el agua y el vino no vaya ser que bebáis algún mosquito, y tragáis un camello! Es decir, cumplís con las cosas pequeñas e insignificantes y sois indiferentes para las grandes e importantes.
25 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que limpiáis lo de afuera de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de comidas que provienen de rapiñas, codicias e injusticias.
26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro de la copa y del plato, para que no provenga de la injusticia, sino de tu trabajo honrado, para que sea limpio también lo de fuera. Es decir, no miréis aparecer piadosos sólo exteriormente, sino que intentéis adquirir también la catarsis, limpieza, sanación y santidad interior.
27 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que os parecéis a sepulcros blanqueados, los cuales a la verdad se muestran hermosos por fuera, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.
28 Así también vosotros, por fuera, ciertamente aparecéis justos ante los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía, basura e iniquidad
Crímenes y castigo de Jerusalén, 23:29-39.
29 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos,
30 y decís: Si estuviéramos en los días de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en el derramamiento de sangre y muerte injusta de los profetas.
31 De modo que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos descendientes auténticos de los que mataron a los profetas.
32 ¡Completad también vosotros la obra de vuestros padres! (es decir, hacéis las cosas que ellos no hicieron, matasteis al Mesías llegando así al límite extremo de maldad).
33 ¡Serpientes, raza con pensamientos venenosos de víboras! ¿Cómo pensáis escapar del juicio justo y de la condena del infierno/gehena?
34 Por tanto, he aquí tenéis la última ocasión para salvaros, yo os envío profetas, sabios y escribas-gramatís (gramaticales), que son mis Apóstoles. Pero vosotros a unos de ellos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los expulsaréis y perseguiréis de ciudad en ciudad.
35 Para que caiga sobre vosotros toda la sangre justa que está siendo derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar sin tener miedo y respeto a su santidad.
36 En verdad de verdad os digo: Todo esto vendrá sobre esta generación.
37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que Dios te ha enviado! ¡Cuántas veces quise rejuntar a tus hijos, como los pájaros juntan sus polluelos bajo las alas, y no quisisteis!
38 He aquí para castigo por vuestra maldad y para vuestra destrucción se queda desierta y desprotegida por Dios vuestra ciudad y vuestro templo.
39 Porque os digo que desde ahora en adelante, de ningún modo me veréis hasta que vueltos en metania, digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mateo 23).
Llama a los clérigos de su tiempo —escribas, fariseos y sacerdotes— avaros, codiciosos, falsos maestros, necios y ciegos, hipócritas, sepulcros blanqueados llenos de impureza, verdaderos descendientes de los asesinos de los profetas, serpientes y víboras.
Eran aquellos que fingían ser piadosos, pero eran profundamente impíos, explotadores de la devoción del pueblo sencillo: inmorales, avaros y corrompidos por la codicia y la ambición.
La situación del clero en los tiempos del profeta Ezequiel
Lo mismo ocurría ya en tiempos del profeta Ezequiel, a finales del siglo VI a.C.
«Entonces el profeta Ezequiel tuvo una visión: sintió una mano que lo tomó por la cabellera de la cabeza y lo transportó a Jerusalén. Allí vio la gran decadencia espiritual de sus compatriotas. Algunos adoraban al dios del comercio, otros a Astarté, otros a Baal, otros animales pintados en las paredes.
Por su idolatría, los israelitas, en lugar de avergonzarse, se justificaban diciendo:
“El Señor no nos cuida; el Señor ha abandonado su tierra, y por eso recurrimos a dioses extranjeros”.
Uno podría pensar que, al menos, los sacerdotes permanecerían firmes en su fe en Dios. Sin embargo, el profeta fue colocado por la mano del Señor entre el atrio y el altar de los holocaustos, es decir, en la posición más alta del Templo de Salomón.
Desde allí vio a los sacerdotes con sus espaldas vueltas hacia el Templo del Señor, adorando al sol…».
El Señor reveló al Santo Profeta todas las abominaciones idolátricas que cometían los sacerdotes, así como la participación del pueblo dentro del Templo de Salomón. Leemos en el capítulo 8 del libro de Ezequiel:
Ez 8,1: En el sexto año, en el quinto mes, el día cinco del mes, yo (el profeta Ezequiel) estaba sentado en mi casa, y los ancianos de los judíos estaban sentados delante de mí. Entonces la mano del Señor se posó sobre mí y me reveló visiones.
Ez 8,2: De repente vi una figura de hombre, que desde la cintura hacia abajo era como fuego, y desde la cintura hacia arriba era brillante como el electro.
Ez 8,3: Esta figura de hombre extendió algo como una especie de mano y me tomó por los cabellos de mi cabeza. Y un soplo de viento me levantó entre la tierra y el cielo, y mediante una visión divina me llevó a Jerusalén, a los umbrales de la puerta interior del templo (del templo de Salomón), la cual miraba hacia el norte; allí donde se encontraba la columna idolátrica del dios del comercio.
Ez 8,4: Y he aquí que allí estaba la gloriosa resplandecencia del Señor, el Dios de Israel, como aquella que había visto en la llanura.
Ez 8,5: Mi Señor me dijo: “Hijo de hombre, levanta tus ojos hacia el norte”. Levanté mis ojos hacia el norte y miré desde el lado del norte hasta la puerta oriental.
Ez 8,6: Mi Señor dijo: “Hijo de hombre, ¿ves lo que hacen éstos? Grandes iniquidades cometen aquí, de modo que por causa de ellas no tienen ninguna relación con mis santos mandamientos. Pero verás todavía mayores iniquidades”.
Ez 8,7: Después me condujo a la entrada del atrio.
Ez 8,8: Y me dijo: “Hijo de hombre, cava”. Cavé y he aquí una puerta.
Ez 8,9: Mi Señor dijo: “Entra y mira las iniquidades que éstos cometen aquí”.
Ez 8,10: Entré efectivamente y vi; y he aquí los vanos y abominables ídolos, todos los ídolos del pueblo de Israel, pintados alrededor en todas las paredes.
Ez 8,11: Setenta hombres de los ancianos de los israelitas estaban allí, y Jezonías, hijo de Safán, estaba de pie en medio de ellos. Cada uno tenía en su mano un incensario; ofrecían incienso a los ídolos y el humo del incienso subía hacia arriba.
Ez 8,12: Entonces el Señor me dijo: “¿Ves, hijo de hombre, lo que hacen los ancianos del pueblo de Israel cada uno en su cámara secreta? Porque ellos dicen: ‘El Señor no nos ve; el Señor ha abandonado su tierra’”.
Ez 8,13: Y el Señor me dijo además: “Verás todavía mayores iniquidades que ellos cometen”.
Ez 8,14: Me llevó a la entrada de la puerta del templo del Señor, que está hacia el norte; y he aquí que allí había mujeres que estaban sentadas llorando la muerte del dios idolátrico Tamuz.
Ez 8,15: Y el Señor me dijo: “Hijo de hombre, ¿has visto? Pero verás obras de hombres aún peores que éstas”.
Ez 8,16: Luego me llevó al atrio interior del templo del Señor; y he aquí que en los umbrales del templo del Señor, entre el pórtico del vestíbulo del templo y el altar, había unos veinte hombres con sus espaldas vueltas hacia el templo del Señor y sus rostros dirigidos hacia la dirección contraria, hacia el oriente; ellos adoraban al sol.
Ez 8,17: Entonces mi Señor me dijo: “¿Has visto, hijo de hombre? ¿Es acaso cosa pequeña e insignificante para el pueblo judío cometer estas iniquidades que hacen aquí? Porque han llenado la tierra de iniquidad. Y he aquí que parecen como si se burlaran de mí, su Dios, y de mis mandamientos”.
Ez 8,18: “Por esto yo actuaré contra ellos conforme a mi justa ira. Mi ojo no tendrá compasión por su desgracia, ni me compadeceré de ellos”.
Después, en el capítulo 9, sigue una matanza general, comenzando por los sacerdotes. Se libraron de la matanza únicamente aquellos habitantes de Jerusalén que suspiraban por la decadencia y por las abominaciones idolátricas. Ellos fueron marcados con el sello divino —el signo T, es decir, la Honorable Cruz, según lo interpreta el difunto P. Atanasios Mitileneos en una homilía correspondiente. Solo ellos se salvaron.
La situación del clero hace pocos años y hoy. La abominación de la sodomía.
¿Acaso estas vergüenzas del clero, que ocurrían en los años del Profeta Ezequiel, suceden también hoy en muchos casos y san Jacobo las conocía? ¿Por eso hablaba así sobre el bienaventurado obispo de Samos?
Primero, debemos declarar que escribimos con mucho dolor sobre el clero contemporáneo y sin ninguna intención agresiva.
Veamos qué escribe, entre otras cosas, un clérigo serio contemporáneo con línea Ortodoxa-paterna:
“Existen muchos clérigos, dice, que sostienen que el clérigo debe basarse en los datos de la ciencia y dar nuevas interpretaciones de los mandamientos de Dios o incluso abolirlos, dado que ahora vivimos en una nueva era y los hombres rechazan la vida moral y eligen los placeres carnales, el hedonismo. Estos clérigos innovadores son científicos de diversas especialidades y ven a la Iglesia como un espacio tradicional que debe modernizarse, guiándose siempre por la sabiduría mundana de la ciencia, especialmente de la psicología, la psiquiatría, etc. Esto lo vemos en muchos casos. Nos impresiona negativamente su esfuerzo por justificar las relaciones prematrimoniales, así como la homosexualidad, que consideran una debilidad inocente de algunas personas relativamente simpáticas y pasionales.”
¡Ay de cuando la luz de los mandamientos evangélicos se presenta como oscuridad y la oscuridad moral de las teorías “científicas” se presenta como luz! Para muchos clérigos de todos los niveles, “las conclusiones de la ciencia tienen más valor que los mandamientos simples, claros y prácticos de Cristo.”
Para no parecer que critico injustamente a estos clérigos, transcribo aquí del periódico Parakatathiki (n.º 103, julio-agosto 2015) algunos extractos de un artículo del P. Vasilios Thermos, psiquiatra infantil, publicado en el libro Vida cristiana y relaciones sexuales, de la editorial En Plo. El Padre Vasilios Thermos escribe:
“¿Cómo podemos atribuir egocentrismo a un homosexual que ama a su compañero con fidelidad y dedicación?”
“(Aquí tenemos evidencia de la difundida parcialidad eclesiástica de que la homosexualidad debe tratarse principalmente como un deseo sexual. Esta percepción errónea es ofensiva para los millones de hijos de Dios cuyo despertar sexual durante la adolescencia viene acompañado de atracción afectiva hacia el mismo sexo).”
“¿De dónde se deduce que la homosexualidad constituye el pecado más profundo?”
Si aceptamos lo que sostiene el P. Vasilios como psiquiatra, la ética cristiana “se va por la borda”. Esto también lo vemos en la contraportada del libro mencionado, donde se lee lo siguiente de forma provocativa:
“Antes se hablaba de “pansexualismo” y se desenvainaban denuncias contra el “desenfreno moral” y el “libertinaje fornicario” (Este tipo de retórica moralista ya ha pasado, afortunadamente. Donde aparece hoy, parece una caricatura y se clasifica automáticamente entre los vestigios pintorescos de otra época).
¡Estos y muchos otros argumentos son sostenidos por los clérigos y teólogos innovadores! ¡Y yo pensaba que al diablo le sería difícil encontrar colaboradores eficaces dentro de la Iglesia! Los clérigos de esta categoría escriben su propio “evangelio” con descaro y sin temor a Dios, en nombre de la correcta acción pastoral.
¿Cuál es el resultado de estas teorías y de esta enseñanza anti-evangélica?
La perdición y la pérdida de almas sin sostén, especialmente jóvenes. Sin embargo, estos textos asesinos del alma también muestran el tesoro del corazón de quienes se atreven a escribirlos, pues “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12:35).
Los trágicos hechos contemporáneos que promueven la vida depravada
Hoy tenemos hechos mucho más trágicos que confirman el esfuerzo de algunos clérigos de todos los niveles, incluso del más alto, para legalizar la sodomía-homosexualidad. Existe un esfuerzo coordinado para que la convivencia impía de personas del mismo sexo sea aceptada como forma de “familia” por la Iglesia.
Mientras aprendemos de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia que la homosexualidad-sodomía es abominación ante Dios92, pecado mortal que infierna, culmen de los pecados, y que conduce a terribles destrucciones y a la pérdida eterna si no se arrepiente… (San Juan Crisóstomo Homilía V PG 60, 415), sin embargo, hay algunos clérigos de todos los niveles que predican de manera anti-evangélica y anti-ortodoxa, intentando desculpabilizar este terrible pecado y no solo eso.
[El Libro del Levítico 18,2 dice: «No te acostarás con varón como te acuestas con mujer, porque ese acto es abominable». Y nuevamente, en el Antiguo Testamento, en el Libro del Levítico, se dice que aquellos que tengan una relación homosexual —es decir, hombre con hombre—, según la ley de Dios, ambos deben ser castigados con la muerte; porque «ambos cometieron una abominación» (Levítico 18,22 – 20,13), es decir, hicieron algo detestable ante Dios. Ellos «serán castigados con la muerte; son culpables» dice el Levítico.
Y el Apóstol Pablo en 1Corintios 6:9-11: “¿Es que no sabéis que los injustos no heredarán la realeza increada de Dios? No os engañéis; ni los lujuriosos fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los salteadores heredarán la realeza increada de Dios. Y eso erais antes algunos; pero por el santo bautismo os habéis lavado y limpiado de estos pecados y habéis recibido la santificación que regala el Espíritu Santo y os habéis hecho justos en el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo por el Espíritu de nuestro Dios”.
Tenemos el ejemplo histórico del Diluvio Universal. Dios destruyó entonces al mundo a causa de los terribles pecados carnales y especialmente de la homosexualidad; los hombres se habían vuelto carne: «porque ellos eran carne» (Libro del Génesis 6,11). Del Diluvio sobrevivió solamente la familia de Noé, la cual era pura. Más tarde, nuevamente en Sodoma y Gomorra, cayó fuego y azufre del Señor y destruyó aquellas ciudades y toda la región circundante, porque sus habitantes habían caído en ese pecado considerado abominable de la homosexualidad: «Y el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte del Señor desde el cielo» (Libro del Génesis 19,24).]
“El primer ‘golpe’ llegó hace pocos meses, del conocido por sus ideas ‘renovadoras’, el sacerdote Alexandros Kariotoglu, fiel discípulo de los clérigos Filotheos Faros y Vasilios Thermos, quien realizó un bautismo infantil de un ‘hijo’ de pareja homosexual, diciendo: “¡Que los padres siempre estén enamorados y que el niño vea este amor entre ustedes, este es el amor que buscará cuando se aparte de ustedes y siempre lo buscará en su vida!”.
Terrible perversión del concepto de amor, que aquí se identifica con el más vergonzoso pecado carnal.
Luego, escuchamos al Metropolita de Nueva Ionia (barrio de Atenas), Gabriel en entrevista apoyando lo siguiente:
“De hecho, Dios ha dado a algunas personas sentir atracción hacia su mismo sexo, no puedo saber por qué, no voy a acusar a Dios. No soy digno ni siquiera de pensarlo. Dios sabe más que todos nosotros. La Iglesia oficialmente no se ha posicionado sobre este tema. Y está bien, porque la Iglesia espera… pero debe ser desafiada, provocada sobre este tema…
No estoy en posición de saber por qué Dios lo permite. La inclinación del hombre hacia el mismo sexo existe. No sé por qué existe. Cuando Dios la da, ¿debería luchar contra ella?… Hemos conocido personas que tienen esta inclinación desde el inicio de su vida. Entonces, ¿qué les diré yo? ¿Que Dios no los quiere así? Y ellos responderán: ¿por qué? ¿Y qué responderé yo? ¡Que me lo dijo!”
-Y ciertamente nos lo dijo; nos enseñó el Omnipotente Señor con palabras y hechos, como vimos antes (Levítico, 1 Corintios, etc.), y esta es la posición de la Iglesia: claramente negativa. ¿Cómo se atreven algunos a decir que la Iglesia aún no ha tomado posición sobre la sodomía-homosexualidad? Incluso se acusa a Dios en las declaraciones anteriores del metropolitano de que Él da esta terrible inclinación. ¡Es increíble que tales blasfemias puedan decirse! ¿El Señor, puro sobre toda pureza, daría pasiones de deshonra a su criatura, el hombre?
Dios nos dio solamente facultades o fuerzas (ira o emoción, deseo y lógica) para que nos unamos a Él, y no pasiones que nos adhieren a la carne y a la materia. Nosotros, con el pecado, hemos distorsionado nuestra psique-alma y hemos hecho un mal uso de estas fuerzas o facultades. En lugar de movernos hacia la semejanza divina, es decir, hacia la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación, deificación) que es nuestro propósito y destino, y de unirnos con Él, nos alejamos. Nos adherimos a la carne, a sus placeres, a los bienes materiales y a la vana gloria del mundo.
El Señor, sumamente bueno, siempre nos llama y nos atrae hacia Sí mismo para hacernos dioses por la χάρις (jaris: gracia, energía increada). Naturalmente espera también nuestra respuesta y consentimiento.
«Aquello que más que todo», señala el p. Georgios Kapsanis, «manifiesta el carácter divino en el hombre es la fuerza erótica (amor ardiente) de su psique-alma y su impulso erótico hacia el Arquetipo divino. Según san Máximo el Confesor y san Dionisio el Areopagita:
“Lo divino los teólogos lo llaman unas veces ἔρως (eros: amor ferviente, ardiente), otras ἀγάπη (agapi: amor incondicional, altruista, desinteresado), otras amado y digno de amor. Por ello, como ἔρως eros que es también amor, se mueve; y como amado y digno de agapi-amor, mueve hacia sí todo lo que es capaz de ἔρως eros y de agapi-amor”».
El hombre creado está destinado a unirse con la jaris–gracia increada de Dios y a hacerse dios por jaris. Aquí se resume todo el misterio del hombre «como dios por llamada» (el hombre es llamado a ser dios), según san Basilio el Grande.
Nos dio la fuerza del deseo y de la ira (emoción)-la parte anhelante y la irascible de la psique-alma- para movernos amorosamente hacia Él. Toda otra unión y amor debe tener como causa y principio, pero también como fin y propósito, el amor hacia el Señor. Este amor se manifiesta mediante la aplicación y cumplimiento de Sus divinos mandamientos: «El que cumple mis mandamientos/ logos y los tiene interiorizados, ése es el que me ama; y al que me ama, lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me apocaliptaré-revelaré a él, mediante la iluminación interior por la energía increada» (Jn 14:21).
La flagrante transgresión de los mandamientos divinos por medio del terrible pecado de la homosexualidad manifiesta la ausencia de amor hacia Dios, pero también hacia el prójimo.
Por medio de la homosexualidad el hombre, con todo su dinamismo, se mueve en dirección contraria al plan divino y finalmente anula su destino divino.
Dice el bienaventurado archimandrita G. Kapsanis, higúmeno del monasterio de San Gregorio del Monte Athos, «cuando el dinamismo del hombre no se orienta hacia su correcta dirección, hacia su Creador y Padre, entonces se manifiesta negativamente. El triple aspecto del alma se divide. El νούς (nus: espíritu de la psique) con la mente se oscurece. El hombre se alimenta de las pasiones (pazos), se endurece, se animaliza y se demoniza».
Según san Gregorio Palamás: «El νούς nus que se aparta de Dios se vuelve o bestial o demoníaco, y habiéndose apartado de los límites de la naturaleza desea lo ajeno, no conoce saciedad en su avaricia, se entrega a los deseos carnales y no conoce medida en el placer o hedonismo» (San Gregorio Palamás, homilía 51, EPE tomo 5, pag. 206).
Es exactamente esto lo que ocurre en el caso de la homosexualidad, así como en las otras diversas pasiones (pazos). El hombre, con su libre elección, abandona a Dios, no responde a la llamada y atracción de Dios y se somete a los placeres (hedonismo), a la carne, a la materia y a la vana gloria. Dios nunca da esta atracción e inclinación hacia el pecado carnal y las pasiones (los pazos).
¿Cuántas herejías y distorsiones de la Verdad Evangélica existen en las declaraciones anteriores, inaceptables para un jerarca ortodoxo? Y sin embargo, ninguna desmentida, ningún control, ninguna llamada a dar explicación por parte de la Iglesia oficial gobernante.
«Finalmente, vimos al arzobispo de América, Elpidoforo, celebrar también el bautismo de “hijos” de una rica “familia” de la diáspora formada por una pareja de hombres, y fotografiarse bromeando con los orgullosos “padres”, engañando incluso al obispo local de Glyfada (barrio de Atenas) haciéndole creer que se trataba del bautismo de una familia típica».
Con todo lo anterior, y especialmente utilizando el santísimo sacramento del Bautismo, se promueve el reconocimiento del pecado carnal y de las “familias” de tipo sodomítico por parte de la Iglesia. Y se certifica en general la corrupción moral del clero, tanto superior como inferior. Se manifiesta el predominio de enseñanzas heréticas en el plano de la vida, que naturalmente comienzan con la alteración y pérdida de la fe ortodoxa.
La secularización, indiferencia e incredulidad del clero
Hace aproximadamente 40 años, el difunto padre Atanasio Mitilineos decía en una de sus conferencias que, según datos indiscutibles, de los 8.000 clérigos que había entonces en Grecia, 1.000 no creían, es decir, no creían en nuestro Señor Jesús Cristo como Dios, lo que significa ateísmo.
En otra de sus conferencias proclamaba, denunciando la indiferencia, ignorancia y conformismo con el mundo de los pastores:
«Desgraciadamente, hoy los dirigentes de nuestra Iglesia no están en condiciones de ayudar al rebaño y lo dejan ser devorado. ¡Eso es lo triste!… Muchas veces vemos actuar a los enemigos de la fe, a los enemigos de la Iglesia, introducir nuevas divinidades y cultos, y nosotros no podemos hacer nada… Desgraciadamente nuestros párrocos, aquellos que han sido puestos por Cristo para ayudar al rebaño, no están en condiciones de hacerlo. ¿Diremos que es por ignorancia? ¿Por indiferencia? ¿Porque también ellos a veces se dejan arrastrar? Uno oye opiniones sobre estos temas que le hacen arrancarse los cabellos…
Amado rebaño, ayúdense ustedes mismos. Estudien el logos de Dios y ayúdense ustedes mismos. Nosotros no podemos ayudarles. Y no solo eso, sino que a veces incluso nosotros —lo entendamos o no— también los arrojamos en manos de los enemigos. Sí, porque también nosotros, como guías, como clérigos, hemos llegado a ser víctimas de estas situaciones. Sí, no les sorprenda. No quisiera sembrar sospechas sobre aquellos que los pastorean.
Pero tampoco quisiera dejaros despreocupados para que digan: “Bueno, otros tienen la palabra; lo que nos digan, eso haremos*. No. Debemos ser personas despiertas y estudiar el logos de Dios para poder protegernos. Porque hoy no os protegen aquellos que han sido puestos para protegeros…
Nuestra época ha corrompido a los hombres; somos ya hombres corrompidos…
Amados míos, estudien el logos de Dios. Y si encuentran indiferencia por nuestra parte, entonces digan:
“No, padre, las cosas no son así. Son diferentes. Y aunque tú las digas así, yo al menos protegeré mi psique-alma”.
Y no sólo su propia alma, sino también a los demás, a los que están a su lado, porque es necesario, amados míos, que así suceda», (Archimandrita Atanasio Mitilineos, Homilía 22 sobre el Libro del Deuteronomio: «¿Cuál debe ser nuestra postura frente a aquellos que nos hacen propaganda de la idolatría? Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p athanasios/deyteronomion/deyteronomion_022.mp3).
Si estas cosas se decían hace unos 40 años, pensemos qué sucede hoy, cuando la secularización del clero, el ecumenismo, y la relajación tanto en el dogma como en la moral han avanzado exponencialmente.
¿Acaso los clérigos buenos y morales se han vuelto realmente difíciles de encontrar?
Pensemos también en lo que suele decir el pueblo piadoso de Dios sobre los clérigos buenos y ortodoxos:
-«Ese es un BUEN sacerdote».
-«Ese es un BUEN obispo».
Es decir, algo o alguien difícil de encontrar en nuestra desgraciada época, época de apostasía que prepara y anuncia al anticristo final.
Ojalá cambie esta situación y todos seamos conducidos a la μετάνοια (metania: giro, cambio de mentalidad en Cristo, arrepentimiento y confesión) empezando por los clérigos, que han sido llamados a ser por excelencia “la sal de la tierra” y “la luz del mundo”.
San Jacobo, que conocía muy bien la situación contemporánea del «hábito clerical», había sufrido personalmente mucho por parte de quienes lo llevaban; por eso hablaba de esta manera. Le pedimos que ruegue por el retorno sincero de todos nosotros a la “Fuente de la Vida”.
[*La mala obediencia. Muchos, con el pretexto de la obediencia a la Iglesia, hacen cualquier cosa contraria al Evangelio, a la Sagrada Tradición y a los Sagrados Cánones. Como “Iglesia”, por supuesto, entienden a los pastores, obispos y directores espirituales, los cuales predican “otro evangelio”. Un “evangelio” conveniente para las pasiones, una resurrección sin Cruz, una “vida cristiana” sin ascesis, una vida sin el esfuerzo en Cristo, sin el riesgo de perder la comodidad y el bienestar por causa de la observancia de los mandamientos divinos; una vida secularizada sin coherencia, una vida de desprecio del santo ethos ortodoxo de los Padres, así como también de los sagrados dogmas.»]
El celo divino de San Jacobo por la doxa-gloria del Señor
«Un celo divino», decía el santo, «existía dentro de mi alma para trabajar con alma y cuerpo para el Santo, por la doxa-gloria increada de Dios. Así, mientras el programa de los oficios en el monasterio se observaba necesariamente, el resto de las horas del día y de la noche trabajaba incansablemente dentro y fuera del monasterio.
El monasterio estaba en ruinas, abandonado desde hacía años. Era raro que llegara algún peregrino. Sólo durante la fiesta anual venían cristianos de los pueblos cercanos a venerar, una vez al año.
Así que comencé a ocuparme en trabajos de reparación de los edificios arruinados del monasterio, haciendo de albañil, carpintero y obrero, para arreglar algunas habitaciones y que pudiera alojarse algún peregrino.
También fuera del monasterio cultivé todas las tierras alrededor que estaban abandonadas: las cavé, las aboné y trabajé duramente para que se volvieran cultivables. Allí plantaba legumbres, frijoles, garbanzos, etc., para que tuviéramos nosotros en el monasterio, pero también para poder hacer limosna a los pobres de los alrededores. La pobreza en aquella época era la norma».
El santo trabajaba duramente sin descuidar su regla monástica diaria de oraciones y oficios. Trabajaba para la doxa-gloria del Señor, para el embellecimiento de Su Casa y de Su Monasterio, y para poder practicar la suprema virtud de la limosna hacia sus hermanos pobres.
Así cumplía con total abnegación el doble mandamiento supremo del amor: amor a Dios y amor al prójimo.
Primeras tentaciones
«Cuando el Yérontas comenzó su vida cenobítica con obediencia y ardiente celo por el trabajo espiritual y corporal, era natural que también enfrentara dificultades y tentaciones de tal intensidad y severidad que, para nuestra mentalidad actual, tan limitada y con fe tan débil, parecen casi increíbles. Sin embargo, así quiere Dios que los suyos sean probados duramente y casi siempre durante toda la vida. Esta regla también se cumplió en la vida del Yérontas, que fue un martirio de por vida, voluntario e involuntario.
En primer lugar, el tentador levantó contra él a los otros padres, los monjes de régimen idiorrítmico (singular) del monasterio. En lugar de alegrarse porque un joven tan obediente, lleno de celo, amor y humildad había llegado entre ellos, se rebelaron ante su presencia. Luego hicieron todo lo posible para frenar su celo y desanimarlo para que abandonara el monasterio. Tanto afligieron al Yérontas en los primeros pasos de su vida monástica que ciertos episodios concretos que él mismo nos relató no los mencionamos para que no provoquen daño espiritual en lugar de provecho.
El inocente y sin maldad Yérontas era “pesado y molesto de ver” para sus compañeros ascetas, “por consejo de la serpiente”. Pero ¿qué es más fuerte que la fe, la humildad y el amor? Virtudes que el Yérontas poseía y que, con increíble sencillez, confesaba tener, glorificando a Dios que se las había regalado.
En la prueba de la increíble pobreza del monasterio en ruinas, el Yérontas contrapuso la virtud del ayuno, la templanza y la continencia. La cultivó hasta tal punto que llegó a abstenerse no sólo de los alimentos, sino incluso del agua. El Señor lo enriqueció con tal dominio de sí que bebía agua sólo los fines de semana.
En su psique-alma brotaba una fuente de “agua que salta para vida eterna”, y el agua material no le era necesaria: «Respondió Jesús y le dijo: «Quien bebe de esta agua volverá a tener sed; pero, el que beba del agua que yo le dé, no tendrá jamás sed, además, el agua que yo le daré se convertirá en agua manantial espiritual de fuente inagotable que siempre brotará regalándole vida eterna» (Jn 4:13-14).Cristo se convirtió para él en alimento, vestido, alegría y regocijo; así sus necesidades corporales quedaban cubiertas y el alimento material no le era necesario.
Su celda era una ruina, sin vidrios y con viejas contraventanas que no cerraban bien. Así, durante los duros inviernos de aquella época, cuando la nieve alcanzaba metros de altura y el frío era insoportable, el Yérontas encendía un pequeño fuego en la chimenea de su helada celda para sostener su ánimo, mientras el viento hacía entrar la nieve en la habitación a través de las rendijas de las contraventanas o persianas, formando un pequeño camino blanco sobre el suelo, el Yérontas decía: “Tomaba el Salterio y, con una antorcha (porque no había lámparas ni el lujo de un candil en la habitación de aquel pobre monasterio), recitaba versículo por versículo todo el Salterio durante toda la noche. Así me calentaba con el fuego que calienta y ha calentado a los ascetas, a los ermitaños y a los estilitas. Mucho es ya para mí tener tejas sobre mi cabeza; los estilitas no tenían nada. Si yo fuera un ermitaño en una cueva, ¿tendría siquiera las comodidades de una celda, aunque estuviera en ruinas? Con estos pensamientos me consolaba”.
El santo practicaba una paciencia extrema, con confianza agradecida en el Señor y acción de gracias y doxología (alabanza) por todo lo que le sucedía. Esta es también la verdadera humildad, como enseñaba el santo Porfirio: «La confianza perfecta en las manos de Dios: esa es la santa humildad.» Quien tiene la santa humildad significa que se ha abandonado completamente a Dios y nunca tiene nada que decir contra Él ni preguntarse: “¿Por qué, Dios mío, a mí?…”
Pruebas e indiferencia de los compañeros monjes de San Jacobo
«Una vez, en pleno invierno, cuando la nieve del patio se había congelado», relata el Santo, «bajé con cuidado para ir a la Ιglesia al oficio. Poco antes de entrar en el templo resbalé y caí de espaldas sobre el hielo, golpeándome la columna vertebral en la región de la pelvis. Probablemente se fracturaron las vértebras, porque, con gran dificultad y con terribles dolores, logré levantarme y llegar a mi celda. Me acosté sobre una vieja puerta que usaba como cama y permanecí inmóvil por los fuertes dolores. No sólo no podía levantarme, sino que ni siquiera podía hacer el más mínimo movimiento.
Así permanecí allí tendido, solo, congelado, hambriento y sediento, no uno ni dos días, sino catorce días. Durante todo ese tiempo ninguno de los hermanos vino a abrir la puerta de mi celda para ver si estaba vivo o muerto y ofrecerme alguna ayuda».
Admiramos la gran paciencia, la fe, la ausencia de juicio condenatorio hacia los demás, la sencillez del santo y su completo abandono en el Señor.
«Permaneció acostado e inmóvil, con terribles dolores, durante dos semanas. Sin calefacción, sin comida, sin agua y sin ayuda para sus necesidades humanas. Ninguno de aquellos padres fue a verlo para comprobar si vivía o si había muerto y ayudarlo. Durante todo ese tiempo el Yérontas tuvo paciencia y oró. No dejó que ninguna amargura ni queja humana dominara su alma por la increíble dureza e indiferencia de sus compañeros monjes, porque detrás de esa situación veía la tentación que había endurecido a los padres. Por eso justificaba su comportamiento».
Verdaderamente «admirable es Dios en sus santos» (Salmo 67:36). Con su gran paciencia semejante a la de Job, el santo se eleva y se revela como un verdadero mártir por su disposición interior, pero también en la práctica y praxis.
Milagro – aparición de San David
«Después de que pasaron las dos semanas de martirio», relata el Santo, «y cuando las fuerzas humanas se agotaron, supliqué al santo David diciendo:
—Santo mío, yo vine aquí por ti. Ves que ya no puedo soportar más; ven, te lo ruego, ayúdame y cúrame. Pero no vengas con tu propia forma, porque yo soy un hombre temeroso y no podré soportar verte. Ven más bien con el rostro de uno de los hermanos del monasterio, de tal o de tal.
Apenas terminé mi oración, se abrió la puerta y entró el santo con la apariencia de uno de los hermanos del monasterio. Me dijo:
—¿Qué te pasa, padre Jacobo?
—¿Qué me va a pasar, padre? —le dije—. Me golpeé y me duele mucho, y llevo dos semanas aquí acostado. Entonces el santo me dijo:
—¿Quién soy yo? ¿Quién soy? ¿Soy el padre tal? Como yo tenía respeto de decirle que era el santo, le respondí:
—Sí.
Entonces el santo me dijo:
—Ven, voy a ayudarte. Siéntate para que me digas dónde te duele.
Le respondí:
—Si pudiera sentarme, también podría levantarme. No puedo moverme.
—Vamos, yo te ayudaré —me dijo el santo. Y así me senté con su ayuda.
El santo se sentó entonces detrás de mí y, apoyando su espalda en la mía, me sostuvo. Sentí que me tocaba la espalda de un Yérontas sacerdote; sentí la jaris-gracia del sacerdocio. Entonces el santo me hizo la señal de la cruz donde me dolía, en la pelvis y en el cuello, donde sufría fuertes dolores de cabeza, y de inmediato todo desapareció: ni dolor ni rastro de enfermedad, sólo alegría y gozo.
Enseguida el santo abrió la puerta y salió. Entonces comencé a reprocharme a mí mismo por mi cobardía, porque no le hice una reverencia para agradecerle».
El santo se olvida de sí mismo. Tiene como centro de su vida y existencia el agradar al Señor y a Sus santos. Es una psique-alma agradecida.
Aquí conviene mencionar lo siguiente: esta narración del santo Yérontas, tal como la hemos descrito, él mismo la contaba de forma breve y con discernimiento, según las personas que lo escuchaban.
Decía característicamente: «Personas de mi estatura encuentro, pero personas como mi psique-alma no encuentro».
Sus relatos sobre diversos acontecimientos de su vida eran proporcionales al estado espiritual y a la receptividad de quienes lo escuchaban. No hablaba de su propia forma de afrontar o de gestionar espiritualmente estos acontecimientos.
En general, el santo no hablaba de manera teórica sobre diversos temas, sino que hablaba con sus praxis, actos. Cuando no había ayuda humana, pedía la ayuda divina de san David y de otros Santos. Cuando existía la posibilidad de recibir ayuda humana mediante cuidados médicos y medicinas, lo hacía, dándonos así el buen ejemplo de que debemos obedecer a los médicos.
También era muy prudente en sus palabras sobre distintos temas, ya fueran médicos, espirituales o dogmáticos. En todo hablaba sobre todo con sus actos, sabiendo por la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) que tenía que las palabras muchas veces no ayudan y existe el peligro de que se malinterpreten.
La admirable supervivencia del santo sin ayuda humana
Ante nuestra pregunta de cómo san Jacobo sobrevivió en su celda helada sin ninguna ayuda humana durante esas tres semanas, la respuesta nos la da san Daniel el Estilita, a quien el Yérontas admiraba e intentaba imitarlo.
Durante un invierno muy duro, san Daniel fue cubierto por la nieve, y cuando sus discípulos pudieron salir de sus celdas vieron a su Yérontas con aspecto de una columna de hielo. Convencidos de que había muerto congelado, subieron por una escalera hasta el pilar y rompieron el hielo con martillos.
¡Y he aquí el milagro! El santo no sólo estaba vivo y caliente, sino que los reprendió porque lo habían molestado interrumpiendo el estado celestial en el que se encontraba.
En estas situaciones espirituales extremas, como las de san Jacobo o san Daniel el Estilita, donde se pone a prueba la voluntad del hombre, al principio el hombre siente el dolor, el frío y la sed. Pero cuando humanamente ya no hay ayuda, la Χάρις Jaris de Dios transforma los sentidos y las sensaciones del cuerpo humano y el hombre se vuelve más allá de la naturaleza, es decir, celestial.
Dios, siendo infinitamente bondadoso, siempre cuida de Sus criaturas. A veces parece que no actúa o que tarda en hacerlo. En realidad, debemos saber que «así suele actuar Dios: deja que sus atletas lleguen al extremo de su resistencia física y espiritual y, cuando humanamente ya no hay esperanza, entonces interviene».
Así ocurrió también con el santo, quien, después de «haber pasado con éxito los exámenes divinos», fue curado milagrosamente. Entonces, completamente sano, continuó su vida ascética con el santo (David) como su ayudante, hermano y protector, como él mismo lo llamaba en su oración.
En todas sus acciones iba primero ante su icono, lo informaba de todo y pedía Su ayuda.
Buscando consuelo humano entre sus compañeros monjes
«En cierta ocasión, san Jacobo, como ser humano, quiso recibir un poco de apoyo humano de sus compañeros monjes y expresó su dolor diciendo:
—Me duelen los pies; tengo mucho problema con los pies, tengo mucho dolor en los pies.
Entonces uno de sus compañeros monjes respondió:
—¡Ah, con esos pies tuyos, Jacobo, ya me tienes harto! ¡Basta ya con tus pies, tus pies y tus pies!
Mientras tanto, a ese monje que respondió de esa manera al santo le empezó un picor en la pierna, en la parte delantera de la pantorrilla. Extendió un poco la mano, se rascó ese punto y salió un poco de sangre. De algún modo aparecieron algunas hormigas que olieron la sangre; subieron por dentro del pantalón y comenzaron poco a poco a beber la sangre. También empezaron a comer la carne alrededor, la piel.
La hormiga, como tiene ácido fórmico, produce algo parecido a una especie de anestesia, y el monje no sentía dolor. Así, las hormigas le comieron una enorme zona de la piel. Se formó una herida muy grande en la pierna, que para cerrarse habría necesitado incluso una cirugía plástica. Quizá el monje se había quedado un poco dormido.
En algún momento sintió dolor y vio su pierna con aquella enorme herida que habían provocado las hormigas al comerse la piel. Entonces empezó a decir:
—¡Qué me ha pasado, qué me ha pasado! ¡Ven a ver, padre Jacobo! ¡Me maldijiste! Porque te dije “me tienes harto”, me maldijiste y las hormigas me han comido la pierna. ¡Mira cómo ha quedado ahora!
—Yo no te maldije, padre mío, no te maldije. ¿Cómo podría alguna vez maldecirte? —respondió el santo con mansedumbre y sin rencor.
Después le lavaron la herida, le pusieron aceite, la cuidaron, la vendaron y poco a poco se curó».
San David enseña a san Jacobo
«San David, con la sabiduría del Espíritu Santo que poseía, comenzó a edificar y a enriquecer al Yérontas Jacobo con sus propias virtudes. Ante todo, con la generadora de todas las virtudes: la fe.
Cuando el venerable Yérontas Jacobo pedía en sus oraciones a san David que le concediera mansedumbre, paciencia, discernimiento y otras virtudes, el santo le respondía:
—¡Que pidas fe, Jacobo!
Y cuando él objetaba con sencillez:
—¡Pero tengo fe, santo mío!
El santo insistía:
—¡Pide fe, Jacobo!
El santo quería que su discípulo se enriqueciera con la grandeza de su propia fe».
La fe que san David quería que tuviera su discípulo, el venerable Jacobo, no es una fe teórica, sino una fe viva y ortodoxa, que se confirma y se verifica mediante una vida ortodoxa correspondiente.
Con la ayuda de Dios examinemos un poco estos dos elementos fundamentales que se interpenetran.
Qué es la fe
Según la definición del apóstol Pabo: «La fe es la convicción firme y garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven por los ojos físicos», (Hebreos 11:1). Es decir, la fe es la hipóstasis o la existencia real de aquello que esperamos y la prueba de aquello que no vemos.
La fe también significa confianza. El creyente acepta con alegría lo que Dios le da. Toda adversidad y dificultad se afronta con éxito mediante la fe. La solución a todo es la fe, es decir, saber que Dios actúa en todo con justicia, amor al hombre y según nuestro verdadero bien e interés.
«La solución es la fe», exclama Juan Crisóstomo, «saber que Dios lo hace todo con justicia, amor y para nuestro provecho e interés» (San Juan Crisóstomo “Sobre los Hechos” 13 ΕΠΕ 15,678. PG 60, 183.)
La fe correcta, ortodoxa no salva al hombre si no va acompañada también de una vida correcta. No basta la aceptación teórica de los dogmas, sino permanecer en el amor en Cristo.
El verdadero creyente reconoce sin duda que todo lo que Dios hace lo hace por amor perfecto para nuestro bien eterno, para que conozcamos la verdad y para nuestra salvación. Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Timo 24).
El verdadero creyente, como hombre que confía en Dios —es decir, que lo considera digno de confianza— ha expulsado toda ansiedad, angustia y desesperación, porque sabe que siempre se encuentra dentro de la providencia amorosa de su Padre celestial,
«Todo pensamiento angustioso es expulsado del alma del creyente», observa el santo Crisóstomo, y continúa: «tal es la fe. Es un ancla sagrada que siempre sostiene la mente de quien la posee, y se manifiesta especialmente cuando, en los callejones sin salida, persuade a quien la tiene a mantener buenas esperanzas, alejando el ruido de los pensamientos», (San Juan Crisóstomo, Sobre el Salmo 115, EPE 6, 550. PG 55, 324); el Padre que, con infinito amor, ha contado incluso los cabellos de su cabeza (Mt 10:30).
El hombre con fe viva conserva siempre su confianza en Dios. Tiene la certeza de que Dios siempre lo ama y acepta el logos del apóstol Pablo de que nada puede separarlo del amor de Cristo: “¿Quién podrá separarnos de la agapi-amor incondicional de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución por parte de los infieles, el hambre, la desnudez, o cualquier peligro, o espada que nos amenaza de degollar? Afrontamos a este peligro de muerte por espada tal como dice la Escritura en los Salmos: “Señor, por tu causa estamos expuestos a la muerte todo el día, hemos sido considerados por los perseguidores como ovejas destinadas al matadero. Pero en todas estas dificultades y amenazas salimos triunfadores por medio de la ayuda de Cristo, quien tanto nos amó. Porque tengo la absoluta convicción y certeza de que ni la muerte por la que nos amenazan, ni por los bienes y deleites de la vida que nos prometen, ni los ángeles, ni los principados, ni los asuntos y acontecimientos presentes y futuros, ni las potestades, ni la altura de la gloria, ni la profundidad del desprecio y humillación, ni otra criatura alguna de las que vemos, podrá separarnos de la agapi-amor incondicional que el mismo Dios nos ha manifestado mediante Jesús Cristo, nuestro Señor” (Rom 8: 35-39).
Solo nuestros pecados personales levantan un muro que no permite que Dios nos ayude. Pero el creyente sabe muy bien que ese muro puede derribarse mediante μετάνοια metania y el Misterio de la Santa Confesión.
La fe es verdadera y recta:
- cuando se verifica y se manifiesta como vida recta,
- cuando las obras del hombre son obras de verdadero amor en Cristo, tanto hacia Dios como hacia el prójimo,
- cuando es una fe «que actúa por el amor» (sant 5:16),
- porque «la fe sin obras está muerta» (Sant 2:20).
Fe y vida están inseparablemente unidas.
La vida recta, ortodoxa
La vida recta u ortodoxa es la vida dentro de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, la Ortodoxa. Es la vida en el Espíritu Santo, en la cual el hombre cumple en todo la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto. Es la vida de la pureza y de la limpieza espiritual, que se alcanza únicamente mediante la sinergia (cooperación, colaboración) entre la voluntad humana y la divina Χάρις Jaris. Esta sinergia cooperación se realiza únicamente dentro de la Iglesia Ortodoxa y por medio de ella, que es la única Iglesia verdadera: la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. [El fiel se incorpora místicamente a Ella mediante el Santo Bautismo, por el cual recibe la existencia espiritual, nace según Dios. Por medio de él se renueva y se ilumina el “como a imagen”. A continuación, se enriquece con la divina χάρις gracia increada y deificadora mediante la Santa Crismación, y recibe todas las condiciones increadas para la realización de su destino, que es la “semejanza”, es decir, la θέωσις zéosis.]
Es la Iglesia de nuestro Señor Jesús Cristo, de los Santos Apóstoles y de los Santos nueve Sínodos Ecuménicos. Junto con los siete tradicionalmente reconocidos deben incluirse también los concilios con autoridad ecuménica:
- el sínodo (concilio) celebrado bajo Focio I de Constantinopla (879-880 en Constantinopla), que condenó el Filioque,
- y el sínodo bajo Gregorio Palamás (1351 en Constantinopla), que condenó la herejía de Barlaam de Calabria sobre la gracia creada.
Es la Iglesia de los santos Profetas, Evangelistas, Mártires, Justos, Ascetas, continentes y Padres que agradaron a Dios «tanto en los tiempos antiguos como en los últimos».
Todas las demás llamadas «iglesias», como el Papismo (el catolicismo romano o franco-latinos) o las numerosas confesiones protestantes, son herejías cristianas que no salvan ni psicoterapian, ni curan espiritualmente a quienes las siguen. La vida de sus seguidores está corrompida, así como su fe. Cuando la vida no es recta -verdaderamente eclesial- sino corrompida, la fe no sirve de nada, observa Juan Crisóstomo.
Tarde o temprano, una vida corrompida conduce también a la corrupción de la fe recta. Por eso el Crisóstomo señala: «Cuidemos de tener una vida buena para no aceptar doctrinas y dogmas malos».
Es decir: debemos esforzarnos por tener una vida correcta para no aceptar enseñanzas perversas o una fe equivocada.
Por eso hoy, en la época de la apostasía y del desenfreno generalizados, la fe y los dogmas ortodoxos se traicionan tan fácilmente. Se traicionan por el pueblo, pero desgraciadamente también por clérigos de todos los grados eclesiásticos.
Relación entre fe y vida
Existe una interpenetración entre fe y vida, entre dogma y carácter moral, entre ortodoxía y ortopraxía. [El profesor Dimitrios Tselenguidis, gran dogmatólogo de la Universidad Aristotélica de Tesalónica en su artículo “Fe y amor”, escribe: «En el marco de la Iglesia, los dogmas de la fe están orgánicamente vinculados con la vida de los fieles y se inter-penetran mutuamente. La rectitud de la vida “se entreteje con la rectitud de los dogmas” (PG 48, 811), según nuestro santo Juan Crisóstomo. Los dogmas garantizan la corrección de la vida de la Iglesia, pero también la vida de la Iglesia da contenido a la verdad de sus dogmas. Aquel que sigue coherentemente los dogmas debe confirmarlos con la pureza de su vida (cf. PG 62, 95). La exactitud en el modo de vida del creyente constituye testimonio de la solidez de sus dogmas» (cf. PG 53, 110–158).]
La fe exige pureza de vida, y la vida recta es necesaria para permanecer en la fe verdadera ortodoxa.
¿Qué viene primero: la fe o la vida?
Los Padres de la Iglesia enseñan que primero viene la fe, y después la vida, es la ἀγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista).
Dice Juan Crisóstomo: «La fe es el fundamento; lo demás es el edificio», y de nuevo: «el fundamento de la piedad es la fe. El hombre que no tiene una “recta doxa ortodoxa” (o correcta opinión, comprensión) acerca de Dios no puede ser piadoso; no es posible que viva con verdadera piedad».
Recordemos también lo que dice Cristo: que debemos ser «prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mat 10:16).
[Mateo 10, 16. Interpretándolo, San Juan Crisóstomo dice que la prudencia de la serpiente consiste en que, cuando está en peligro, protege su cabeza. Si no puede poner todo su cuerpo bajo una piedra, al menos asegura aquello que le es absolutamente necesario, es decir, su cabeza. Su cuerpo, si alguien lo golpea o incluso corta una parte, la serpiente sigue viviendo, porque la cabeza permanece intacta.
De modo análogo, enseña el santo Padre que también nosotros debemos considerar como nuestra “cabeza” la fe, y esta es la que ante todo debemos guardar. En materia de fe no hacemos ningún compromiso, ni concesión o transigencia. Sin embargo, quien tiene la fe recta, ortodoxa, no significa automáticamente que se salva. Es necesario que exista también la coherencia de esa fe recta, que es la vida recta, la ortodoxa. Si no concurren ambas cosas, incluso podemos llegar hasta demonizarse, (posesión demoníaca). El diablo, como es sabido, cree y conoce muy bien quién es Dios, pues en otro tiempo lo vivía y le servía como Lucifer.
[Lo anterior está basado en una conferencia transcrita del profesor Dimitrios Tselengidis titulada “Dogma y ethos”, que tuvo lugar en Tesalónica el 15-01-2005 en la ΧΦΕ (edificio «Faro»). Está publicado en: Saba Hieromonje, La terapia de la psique-alma según el Yérontas Porfirio, 2ª ed., pp. 15–20 (en adelante: D. Tselenguidis, Dogma y ethos).]
«Es necesario, según la interpretación del San Juan Crisóstomo, que junto con la prudencia de la serpiente (= recta fe) tengamos también, sin falta, la sencillez (o pureza) de la paloma (= la pureza de vida).»
[«Lo anterior no significa que la vida sea de segunda categoría en relación con el dogma. La vida tiene para el dogma la misma importancia que tiene el respaldo en oro para el dinero en circulación. Es sabido que el dinero circulante, para ser válido, debe necesariamente tener un respaldo equivalente en oro. De modo análogo, también la integridad de la fe (= el dinero en circulación) no garantiza nuestra salvación si no existe también la vida recta (= el respaldo en oro).» Dimitrios Tselenguidis, Dogma y ἦθος izos]
Si alguien se equivoca de alguna manera en la fe, pero tiene buena disposición y una vida pura, será conducido hacia la plena verdad de la fe. El propio Apóstol Pablo, por su buena intención y su vida irreprochable, fue conducido por Cristo hacia la fe verdadera y perfecta.
Para aceptar plenamente los dogmas correctos, para abrazar «la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos» (Judas 3), es necesaria la μετάνοια metania y la pureza de vida.
La verdadera fe fue entregada a los santos “una sola vez”; no esperamos una nueva apocálipsis/ revelación, ni nuevos dogmas, ni otra fe. Debemos conservar la fe de los santos.
La fe recta, ortodoxa, cuando es adoptada, engendra después la agapi-amor perfecta, la virtud por excelencia que caracteriza la vida espiritual ortodoxa. Observa el «boca de oro» de la Iglesia: «De la fe sincera nace la agapi-amor».
Para permanecer en la piedad y conservar su fundamento —la fe— son necesarias las buenas obras diarias de fe y de amor. La ortopraxía es alimento y condición de la ortodoxia. [San Juan Crisóstomo, Sobre la Segunda a Timoteo (III), EPE 23, 512, PG 62, 616. «Así como nuestro cuerpo, habiendo sido alimentado una sola vez, no mantiene la existencia de toda la vida, sino que necesita también el alimento cotidiano, así también aquí, en lo que respecta a la piedad, necesitamos cada día la ayuda que proviene de las obras».] El recto comportamiento y moral (ἦθος izos) nutre y sostiene —haciendo crecer espiritualmente— al ser humano, afirmándolo en el dogma correcto y en el camino de la salvación.
Estas obras realizadas «en el Espíritu Santo», es decir, la vida ortodoxa, son la condición para la fe recta ortodoxa y la piedad. «Pero el que obra y practica conforme con la verdad de Dios, viene a la luz increada y se acerca con confianza al Señor Jesús Cristo para que sea manifestada la calidad y el valor de sus obras y él mismo sea informado y confirmado en su conciencia por Él, que sus obras están hechas de acuerdo con la voluntad de Dios» (Jn 3:21).
Por otra parte, el hombre se extravía, pierde la verdad y se vuelve impío, conduciéndose a la perdición, ya sea por una fe corrompida o por una vida corrompida. [El hombre con corazón puro tiene la capacidad de recibir los dogmas directamente de Dios, formando así una conciencia doctrinal sana. Esto lo enseña indirectamente San Juan Crisóstomo al decir que deberíamos tener tal pureza de vida que pudiéramos recibir directamente en nuestro corazón los mensajes de Dios: «Deberíamos no necesitar la ayuda de los escritos, sino llevar una vida tan pura que la jaris gracia increada del Espíritu ocupe el lugar de los libros en nuestras almas, y así como aquellos están escritos con tinta, así también nuestros corazones estén escritos por el Espíritu». Pero como con el paso del tiempo hemos decaído, ya sea por doctrinas corrompidas o por una vida y conducta corrompidas, necesitamos el estudio de las Sagradas Escrituras: «Y puesto que, con el transcurso del tiempo, unos se desviaron por causa de los dogmas y otros por la vida y las costumbres, fue necesario nuevamente el recordatorio por medio de los escritos» (Sobre Mateo, I, EPE 9, 18)]
De todo lo anterior queda clara la interdependencia entre fe y vida, dogma y carácter moral, ortodoxía y ortopraxía.
La condición previa para la vida recta, ortodoxa del creyente (la perfecta agapi) es la fe recta. Y la fe recta se preserva mediante la vida recta, ortodoxa.
Estas dos realidades no pueden separarse ni independizarse. Por ejemplo, un obispo o un presbítero no tiene derecho a llevar una «vida privada» independiente o contraria a lo que predica y confiesa con su hábito.
[«No puede decirse: “una cosa es la fe, el sacerdocio o el episcopado, y otra cosa es la vida”, de modo que uno crea que por un lado tiene derecho a creer y, por su oficio, a predicar o celebrar los misterios, y por otro lado a vivir como quiera (a enriquecerse, a acumular riquezas, a ser homosexual, masón, templario, rotariano, seguidor de artes marciales, de guerra o de las llamadas terapias alternativas de base ocultista, a permitirse a sí mismo y a los miembros de su familia la inmoralidad, los bailes, las canciones, las diversiones mundanas, la vestimenta moderna e indecente, la participación en carnavales, el lenguaje obsceno, la magia, etc.).»]
La mayor herejía es precisamente la separación entre estas dos realidades. Fe y vida, dogma y moral, están ontológicamente unidas.
La fe y la vida, el dogma y el ἦθος (izos: carácter moral), están unidos ontológicamente, en la realidad de su ser.
[Dimitrios Tselenguidis, Dogma y ἦθος (izos: carácter moral). «El dogma no es algo rígido e inflexible, como piensan algunos, que se impone desde arriba; es un marco de vida, el marco de la verdadera Vida, de la vida en Cristo y en la Iglesia. Es la formulación de la verdad, pero como contenido de vida, que establece los límites dentro de los cuales, cuando el ser humano se mueve, es sanado espiritualmente y se salva.
Los santos Padres libraron grandes luchas para la preservación de los dogmas correctos, porque sabían que al salvaguardarlos se preservan también las condiciones terapéuticas y salvíficas para el ser humano. Sin una fe recta, el hombre vive una vida dominada por el mal. El dogma alterado conlleva una vida (ἦθος izos: carácter moral)) igualmente alterada.»]
La alteración, alienación de la vida ortodoxa, que es una vida de μετανοία metania, arrepentimiento y humildad, conduce a la construcción y aceptación de dogmas ajenos y distorsionados, mediante los cuales se intenta “dar cobertura” a esta vida alienada, desviada y no ortodoxa.
Esto ocurrió con la llamada Iglesia papal, que —según enseñaba san Porfirio Kafsokalivita— debido al «gran egoísmo y gran orgullo» del Papa y de sus seguidores introdujo y mantiene doctrinas como: el primado papal, la infalibilidad, el Filioque, la doctrina de la gracia creada, la Inmaculada Concepción, los méritos de los santos, el purgatorio, prohibición de casarse los curas y muchas otras enseñanzas que se apartan de la Ortodoxia.
Asimismo, una fe alterada, corrompida o herética conduce a una vida corrompida, dominada por las pasiones (pazos) y el desenfreno. Esto sucede porque se ha perdido el dogma correcto, la verdadera terapia espiritual que sana al hombre restaurando el «a imagen de Dios» y conduciéndolo al «a semejanza de Dios».
Cuando la fe es recta, ortodoxa, entonces existe una vida correcta en Cristo y también milagros y acontecimientos maravillosos.
Tal fe tenía el venerable David de Évia, y esa misma fe quería que tuviera también su discípulo, el venerable Jacobo Tsalikis.
La fe del Santo David
«Esta fe maravillosa de San David de Évia, contaba el Yérontas San Jacobo, se manifestó con “prodigios y señales”, como su milagroso paso desde la Grecia continental hasta la isla Évia sobre su propia sotana. También el hecho de esconder el tesoro de las ofrendas de los fieles rusos durante su viaje por la Santa Rusia dentro del tronco de un árbol.
Decía el Yérontas: «¡Qué fe tenía el Santo! Pues dio una orden al tronco inanimado y, arrojándolo a uno de los ríos rusos, le mandó descender hasta el Mar Negro y, a través de la Propóntide, salir al mar Egeo y llegar a las Rovies de Évia al mismo tiempo que su regreso».
Los santos tienen activa la divina jaris gracia increada porque vigilan y oran continuamente “sin perder ni un segundo”, mientras al mismo tiempo combaten las pasiones (pazos) y cultivan las virtudes divinas contrarias a ellas.
La fe ortodoxa del Santo Jacobo — Bautismo canónico de un católico romano convertido
«Toda esta vida maravillosa del Yérontas Jacobo, con sus luchas corporales y espirituales, estaba fundada sobre su fe ortodoxa.
Hechos concretos y prácticas del sabio y discernidor Yérontas confirman la aplicación exacta de la enseñanza dogmática de nuestra Iglesia.
El Yérontas enseñaba con hechos. Mencionemos uno de los muchos ejemplos:
Cuando un católico romano expresó el deseo de hacerse ortodoxo, le dijo:
“¿Qué nos impide ser bautizados?” (es decir: “¿Qué nos impide bautizarte?”).
Respetando la jerarquía eclesiástica, nos aconsejó ir al obispo de nuestra provincia y comunicarle la decisión de ese hombre:
“Id al obispo; cuando oiga tu decisión se levantará de su trono y te abrazará, hijo mío, por la alegría de que quieras hacerte ortodoxo”.
Al decir esto, en realidad expresaba su propio estado espiritual y deseo. Para nuestra sorpresa, ¡ni siquiera pudimos ver al obispo!
Pero por medio de su diácono nos hizo saber que, según una decisión de un sínodo (local, no ecuménico), el bautismo de los católicos romanos es válido y no necesita repetirse; sólo debía firmarse una confesión escrita y realizarse el sacramento de la Crismación.
Cuando informamos al Yérontas de todo esto, dijo:
“Yo no sé qué decidió este sínodo. Yo sé que el Evangelio dice: ‘El que crea y sea bautizado será salvado’” (Marcos 16:16).
Nada más sé, aunque en realidad lo sabía mucho mejor que muchos.
Así habló, y trajeron una gran pila bautismal, adecuada para adultos, desde Limni de Évia.
En la capilla de San Jarálampo —que según la tradición era la celda de San David— el santo Yérontas celebró solemnemente el sacramento del Bautismo y luego el de la Crismación según el rito ortodoxo, ayudado por el entonces archimandrita padre Pablo Ioanu, su hijo espiritual, quien más tarde llegó a ser metropolita de Sisani y Siatista.
El autor de este relato fue padrino en aquel bautismo».
El santo rechazaba en la práctica la llamada teología bautismal —procedente del Fanar— que enseña que los herejes poseen bautismo (Archimandrita Georgios Kapsanis: https://www.logosortodoxo.com/herejias/ortodoxia-y-romanocatolicismo-el-papismo-principales-diferencias/ .
Sabía que los herejes (católicos romanos, protestantes, anglicanos, monofisitas: armenios, coptos, sirio-jacobitas, los de Malabar en la India, etc.) no tienen la divina Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), puesto que no poseen sacerdocio. Han perdido la sucesión apostólica al haber caído de la fe recta, ortodoxa
Los católicos romanos y protestantes perdieron la fe ortodoxa —la única verdadera— al alterar el Símbolo de la Fe y no sólo eso. Añadieron al “Credo” la frase “y del Hijo” respecto a la procedencia del Espíritu Santo (filioque). Añadieron y adoptaron también muchas otras herejías e innovaciones. Así perdieron la divina jaris gracia increada del Espíritu Santo, a la cual incluso insultan llamándola creada.
El santo Jacobo poseía una fe ortodoxa pura, lo cual se manifiesta en numerosos episodios. A continuación, se citan algunos testimonios de sus hijos espirituales.
El Santo Jacobo no rezaba en común con los herejes
El santo creía que «el hombre debe a toda costa aplicar y cumplir la ley de Dios tal como está expresada en el Evangelio». Por eso bautizaba canónicamente a los heterodoxos que se acercaban a la Ortodoxia.
Aquí hay que señalar que se les llama “heterodoxos” por eufemismo, cuando en realidad son kakodoxos de mala doctrina y herejes.
Característico del sentir ortodoxo del santo era que no rezaba junto con no ortodoxos ni siquiera antes de la comida, porque, decía:
«No es correcto, no se debe. No podemos rezar juntos… ni siquiera decir el “Padre Nuestro”, nada. Comerán en una habitación separada. Los atenderemos y les haremos una visita guiada por el monasterio».
No los admitía ni en la Iglesia ni en la mesa del monasterio.
El Yérontas era extremadamente cuidadoso. Era apacible, manso y humilde, pero tenía mirada de águila. Todo lo examinaba, todo lo vigilaba.
El santo conocía muy bien y aplicaba en la práctica todo lo que manda nuestra Santa y Sagrada Parádosis Tradición. Observaba con admirable exactitud los Cánones Apostólicos que prohíben la oración en común con excomulgados (herejes), incluso en casa.
Dice el 10.º Canon Apostólico:
«Si alguno ora con un excomulgado, aunque sea en su casa, que sea excomulgado también».
Es decir: si alguien reza, incluso en casa, con un excomulgado, hereje o cismático que no puede comulgar los Santos Misterios, debe ser excomulgado.
Y el 11.º canon dice: «Si un clérigo ora con un clérigo depuesto, sea depuesto también».
Y el 45.º canon de los Santos Apóstoles dice sobre las oraciones en común: «Si un obispo, presbítero o diácono ora con herejes, aunque sólo sea eso, sea excomulgado; pero si les permite actuar como clérigos, sea depuesto».
Lo mismo establecen también los cánones apostólicos 46 y 65, así como el canon 33 del Sínodo (Concilio) de Laodicea.
Testimonios sobre la estricta aplicación y cumplimiento de la Tradición Ortodoxa
Confirmando y reforzando los testimonios anteriores sobre la perfecta ortodoxia del santo, tenemos el siguiente texto redactado por sus hijos espirituales. Lo presentamos completo:
Homenaje al Yérontas Jacobo
El bienaventurado Yérontas Jacobo, higúmeno (abad) del Monasterio de San David, tenía la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios desde niño, desde que llegó siendo infante con su familia desde Asia Menor.
La pureza de su vida, su gran fe y la sabia orientación de su santa madre contribuyeron a que muchos acontecimientos de su infancia y juventud revelaran que Dios lo había enriquecido con dones curativos y otros carismas.
Durante su fructífera y ya madura vida espiritual, entre otros, mostró en numerosas ocasiones su manejo discreto pero firme de los asuntos relacionados con la tradición ortodoxa.
Mencionemos dos o tres episodios. El Yérontas relata:
“Cierta vez visitó nuestro monasterio un pastor protestante. Cuando me informaron que este caballero era sacerdote de los protestantes, lo acercamos y le hicimos una visita guiada por nuestro monasterio. Luego dijeron que prepararan comida para él. Yo no me senté a la mesa con él, sino que me retiré a mi celda, porque así lo exige el orden. Los Santos Padres prohíben la oración en común que precede a la comida compartida”.
En otra ocasión, visitaron el monasterio dos hieromonjes del Monte Athos y una señora anciana romano-católica de origen ruso que había decidido hacerse ortodoxa.
Cuando se informó al Yérontas que, según decisión del sínodo, para estas personas era suficiente el sacramento de la Crismación sin el Bautismo, el Yérontas dijo:
“No sé lo que decidió este sínodo. Lo que sé y conozco es que el Evangelio dice: “El que crea y sea bautizado será salvado” (Marcos 16:16). Por eso el sacramento del Bautismo y de la Crismación debe celebrarse canónicamente”.
En un tercer caso, de un romano-católico que deseaba ser bautizado:
Después de que el Yérontas le recomendara visitar al obispo de su región, éste regresó con la indicación de que no era necesario el Bautismo, sólo la Crismación. Sin comentar sobre el enfoque anterior, el Yérontas trajo una gran pila bautismal al monasterio y, ayudado por un archimandrita, su hijo espiritual, bautizó canónicamente a dicha persona en la capilla de San Jarálampos. (Ver: Contribución a la consideración histórico-canónica del problema sobre la validez del bautismo occidental https://www.logosortodoxo.com/herejias/confieso-un-solo-bautismo/
Así vemos que el Yérontas, sin alardes, con oración y discernimiento, practicaba la obediencia a Dios respetando la sagrada Parádosis Tradición Ortodoxa de nuestra Iglesia. Por ello, tanto durante su vida como tras su muerte en estado de santidad, realizaba milagros y sigue obrando milagros.
Incontables milagros están registrados en el monasterio.
Cada año, el día de su memoria, que se celebra el domingo antes de la Entrada de la Zeotokos al Templo (21 de noviembre), una multitud innumerable de cristianos acude, no para conmemorar la memoria de un hombre virtuoso, sino para celebrar la memoria de un Santo de nuestra Iglesia y depositar sus peticiones al Yérontas, convencidos de su gran confianza ante Dios.
Que tengamos sus bendiciones.
Sus hijos espirituales.
Fe y vida ortodoxa pura del Santo Jacobo
“Una vez le pregunté: ‘Yérontas, mientras usted practica en la vida lo que dice el Evangelio y la Tradición de nuestra Iglesia, nunca lo escuché hablar sobre estos temas’. Entonces me respondió:
— ‘Si dijera algo, hijo mío, mañana lo sabrán en la Arquidiócesis y en el Santo Sínodo o Asamblea que Jacobo dijo esto o aquello’. Creía que las palabras no beneficiarían a esas personas, sino que solo causarían inquietud y confusión.
Podemos afirmar que, entre quienes gobiernan los asuntos eclesiásticos, nadie se atrevió a comentar ni a cuestionar la confesión ortodoxa del Yérontas en la práctica y praxis. En comunicación oficial nos aseguraba:
‘San David es filántropo, compasivo y “médico de los enfermos, admirable en todo”, ¡pero también tiene bastón y lo usa cuando es necesario’! Nos relató además varios incidentes relacionados.
Las virtudes del Santo Yérontas Jacobo, unidas a su Fe Ortodoxa pura, son los dos elementos que creemos lo elevaron a la “altura de la doxa-gloria increada” en la que se encuentra hoy”.
El Santo conocía lo que es la Ortodoxia, discernía cómo tratar a los lobos heréticos en cada circunstancia y defendía a los verdaderos ortodoxos confesores perseguidos por los ecumenistas, como muestra la continuación del relato.
El Santo honra al teólogo y predicador confesor injustamente excomulgado Nicolás Sotiropulos
“El teólogo Nicolás Sotiropulos, después del castigo de la excomunión impuesto por su conocida postura ortodoxa y confesional, visitó el Monasterio de San David. Allí encontró al Santo Jacobo. El Santo lo abrazó con cariño paternal, diciendo:
— ‘Nico mío, Nico mío, Nico mío’.
Y lo abrazó y lo besó ‘en beso santo’.
Al día siguiente, en la Divina Liturgia del domingo, era la persona homenajeada. Participó en la comunión dentro del Santo Altar y al “con temor a Dios…” fue el primero en comulgar de las manos del Santo. Luego, el Yérontas le pidió que predicara el logos de Dios. El Yérontas lo escuchaba sonriendo. En ese momento se reflejaba en el predicador la jaris (gracia increada) confesional y teológica que habitaba en la psique-alma del Santo. Por ello, las palabras del sermón estaban llenas de la χάρις jaris de Dios. Al final, el Santo lo agradeció por su predicación.
Todo este acontecimiento, donde “el Santo abrazó al confesor Nicolás Sotiropulos, lo honró tanto, lo colocó en el Santo Altar, lo hizo comulgar primero y lo puso a predicar”, fue confirmado por el Dr. Haralambis M. Busias, Gran Himnógrafo de la Iglesia de Alejandría. ‘Yo también estuve allí’, me dijo. ‘Estuve presente en todo este proceso… y lo testifico’.
El místico Santo Jacobo, de manera práctica y como solía hacer, nos mostró una vez más su fe ortodoxa.
No buscaba agradar a los hombres ni alinearse con decisiones ilegales, anti-cristianas o antiortodoxas de los líderes eclesiásticos. Siempre quiso agradar únicamente al Señor. Así anuló, como vimos en la práctica, la sanción de excomunión impuesta injusta e ilícitamente por el Patriarcado Ecuménico al confesor de la fe, gran teólogo y predicador del Divino Logos, Nicolás Sotirópulos. Este valiente teólogo había rebatido públicamente las posiciones heréticas sobre la persona de nuestro Señor Jesús Cristo del entonces Arzobispo de Australia.
El Santo Jacobo, guiado sin error por San David, se destacó verdaderamente como ortodoxo “en obra, logos y palabra”, asceta ortodoxísimo, hesicasta y luego Padre Espiritual-Pastor de las ovejas lógicas de nuestro Señor.
Sobre el obispo Meletio Kalamarás y cómo se extravió
El Santo amaba nuestra Santa Fe Ortodoxa y la Iglesia. Lamentaba las desviaciones de los obispos y demás clérigos. Con su oración y su forma bendita y afable, intentaba corregirlos y devolverlos a la ortodoxia y la ortopraxía (praxis, acción y práctica ortodoxa).
Característica es su conducta hacia el obispo de Nicópolis, Meletio Kalamarás, quien se desvió en la fe durante un diálogo con los monofisitas, en el que se buscó la unión sacramental con ellos.
“Conocimos al obispo de Nicópolis, Meletio Kalamarás, hace muchos años, cuando lo visitamos en su episcopado con un amigo mío, teólogo y profesor, porque habíamos oído mucho sobre él. Aunque han pasado muchos años desde entonces, sigue imborrable en nuestra memoria su figura ascética y su comportamiento cordial y paternal.
Mi amigo teólogo le preguntó algo relacionado con el ayuno y cómo hablar de ello a sus alumnos. Me impresionó que nos hablara durante más de una hora, haciendo un análisis espiritual dentro de un marco amplio, en el cual nos explicó el tema de la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, egocentrismo) en general, de la φιληδονία (filidonía; hedonismo, amor al placer) y finalmente el tema particular del ayuno. Lo observaba y escuchaba con gran respeto, como a un obispo poco común. La catequesis que nos dio fue tan espiritual y detallada, con conceptos y experiencias que escuchábamos por primera vez”.
Después de muchos años lo encontramos en el Monasterio de San David cuando había venido con varios cristianos de su diócesis para una peregrinación. Su apariencia era verdaderamente bíblica. Sus palabras, pocas, pero sabias. El Yérontas Jacobo le hablaba con respeto y amor.
Durante la Divina Liturgia arciprestal del domingo, en el momento de la lectura del Evangelio, sucedió “algo”: la atmósfera de la Iglesia cambió. Esto lo percibieron muchos de los presentes. Tras la Divina Liturgia, le preguntamos al Yérontas qué había ocurrido. No nos respondió, pero su rostro brillaba. Se dirigía al obispo con tal entusiasmo, citando del Evangelio las palabras de Cristo sobre el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, y las ovejas también lo conocen y lo siguen.
— “¿Acaso no sucede lo mismo con usted, Excelencia?” Su conversación durante el café fue toda una instrucción y experiencia mística.
El Santo Yérontas Jacobo intentaba ayudar a las personas honrándolas de tal manera que las motivara a la nipsis (vigilancia, atención y sobriedad), la lucha espiritual y la μετάνοια metania. Practicaba la enseñanza de San Abba Isaac del Sirio: “Presiona tu propio corazón cuando encuentres a otra persona para honrarla más allá de su valor. Bésale las manos y los pies, sostén sus manos con gran respeto, colócalas frente a tus ojos, alábalo incluso por lo que no posee. Y cuando se separe de ti, di algo bueno y grande sobre él, porque de esta manera, o con métodos similares, lo atraes hacia el bien, lo obligas a sentir vergüenza por las buenas palabras que le dirigiste y siembras semillas de virtud en él. Y para ti, de un hábito así que adquieres con el tiempo, se imprime en tu interior un buen carácter, y alcanzas gran humildad y sin esfuerzo logras grandes virtudes. Y no solo esto, sino que, si él tiene alguna deficiencia, al honrarlo, recibe con gratitud la corrección y sanación desde la modestia por el honor que le otorgaste”.
El Santo buscaba ayudar a todos de esta manera sin herir ni afligir a nadie. Sin embargo, cuando era necesario, hablaba con firmeza, corrección, examinación y reprensión, con el propósito de corregir, restaurar y sanar espiritualmente al miembro del Cuerpo de Cristo que estaba sufriendo.
La reacción paterna y resistencia del Monasterio Grigoriu de Athos frente al Ecumenismo y la unión con los monofisitas
Conversando en privado en el Monte Athos con el difunto padre Georgios Kapsanis, higúmeno (abad) del Monasterio Gregorio, nos entristeció mucho que este jerarca (Calamarás) tan sabio y ascético se hubiera extraviado y liderado la iniciativa para unir sacramentalmente a la Iglesia Ortodoxa con los monofisitas.
El venerable padre Georgios decía humildemente que, si él y los padres de su monasterio no hubieran reaccionado frente a este error, hoy la Iglesia Ortodoxa estaría unida con los monofisitas.
Comentó en relación que con gran esfuerzo compilaron un libro con la enseñanza doctrinal documentada de nuestra Iglesia sobre cómo enfrentar la herejía monofisita. Este libro lo hemos entregado a cada obispo después de visitar todas las diócesis de nuestra Iglesia. Confesó que no puedo ocultar que muchos metropolitanos no mostraron interés por informarse personalmente sobre un tema tan serio, ¡pero nos respondieron que sobre este tema se encargaría la Comisión Sinodal correspondiente!
Nos informó que el resultado del diálogo entre los monofisitas y el representante de la Iglesia de Grecia, el padre Meletio Kalamarás, fue: realizar la unión sacramental y conmemorar nominalmente a santos comunes por parte de ortodoxos y monofisitas antes del Concilio Ecuménico IV. Para superar “lo que nos divide”, acordaron que los santos serían mencionados para ellos y los herejes para nosotros, como Dióscuros, Severo y otros, no nominalmente, sino con la fórmula “¡y todos los santos!”. Así cada uno podría interpretar a su manera, con el objetivo de “triunfar la unidad y el amor”.
San Efrén de Katunakia sobre temas doctrinales y el padre Georgios Kapsanis
Cabe mencionar que el Santo Yérontas p. Efrén de Katunakia recomendaba, a quienes le consultaban sobre temas doctrinales, al padre Georgios Kapsanis, a quien consideraba que poseía el “recipiente adecuado” para recibir este carisma.
Decía al respecto: “El ‘carisma de Dios’ es ciertamente un don, pero requiere que la persona tenga el recipiente adecuado para recibirlo, como los grandes jerarcas que, además de su santidad, tenían la capacidad de expresar la enseñanza doctrinal de la Iglesia, es decir, poseían el recipiente adecuado”.
Ante una pregunta nuestra al venerable yérontas p. Efrén de Katunakia (ahora Santo) sobre cuestiones eclesiásticas y dogmáticas, nos dijo lo siguiente, digno de recordarse:
«En las pasiones (pazos) carnales los hombres son combatidos por demonios inferiores. A los hombres que han caído en herejía los combaten demonios superiores, dominadores, que proceden de órdenes angélicas superiores caídas. Estos demonios son terribles.
Nos relató también una experiencia personal suya relacionada con esto. Debido a que me preocupaba un grave asunto eclesiástico, escuché a mi lado una voz salvaje que me preguntó:
—¿Qué opinas?
Respondí inmediatamente que opino lo que cree la Una Iglesia, Santa, Católica y Apostólica, la Ortodoxa. Entonces se oyó un rugido y el demonio desapareció. Sin embargo, me dejó una turbación en la psique-alma.
Y cuando pregunté a mi yérontas, el padre san José el Hesicasta, por qué sucedió esto, me respondió:
—Has respondido correctamente, pero como eres obediente (discípulo) deberías haber respondido: “Opino lo que opina mi Yérontas”. Así el demonio habría huido y habrías tenido paz.
Por tanto, no es ni la formación ni la ascesis lo que da a alguien el derecho de ocuparse con seguridad de los temas dogmáticos, sino a aquel a quien le ha sido concedido el don. Y esto lo conocen pocos hombres portadores de Dios en cada época. El número de esos hombres que son teóforos (portadores de Dios o de la luz increada) y teóptes (videntes de Dios) en cada época no supera el número de los dedos de una sola mano, como afirmó un santo.»
Creemos que uno de ellos fue también el venerable yérontas san Jacobo. Si el obispo Meletio lo hubiera consultado al respecto, no habría caído en el engaño.
Además, como nos reveló el propio Yérontas: «Ante una pregunta del arzobispo del Sinaí, padre Damiano, a mí, el humilde Jacobo, sobre un asunto serio, difícil y espiritual, Dios me iluminó y di la respuesta correcta».
El santo iluminado por Dios daba respuestas infalibles en cuestiones espirituales y dogmáticas, porque tenía activo dentro de sí al Espíritu Santo, la increada Luz verdadera, el Espíritu de la gnosis (conocimiento) de Dios y de la Verdad.
El santo perseguido por causa del Señor, incluso por hombres de la Iglesia
«En el primer período de sus luchas monásticas, pero sobre todo en el segundo período de la fecundidad espiritual del santo yérontas Jacobo, el “adversario” ya no lo combatía de modo sensible, sino por medio de hombres, a quienes desgraciadamente utilizaba como instrumentos. Esto era muy doloroso para su psique-alma sensible. Decía: “Estas pruebas quebrantaron mi salud; mientras que antes estaba completamente sano, mi corazón enfermó y otras enfermedades me encontraron. Las mayores pruebas las pasé por causa de hombres de la Iglesia. ¡Lo que sufrí, lo sufrí por la sotana!” Los incidentes concretos que nos relató conviene cubrirlos con el silencio.»
El santo mostró una paciencia enorme e increíble según los criterios humanos, y aconsejaba lo mismo a quienes le confiaban sus problemas.
Paciencia en la parroquia donde el sacerdote ha sido puesto
Recomendaba a los sacerdotes que tenían problemas en sus parroquias con otros cocelebrantes, etc., que tuvieran paciencia.
Cuando un sacerdote le pidió su bendición para cambiar de parroquia por ciertos motivos que le explicó, el santo le aconsejó tener paciencia, diciendo que Dios lo arreglaría todo.
Y añadió: «Pero si, padre mío, no me escuchas, allí donde irás pensando que será mejor, lo encontrarás tres veces peor.»
El santo, como hombre, era sensible, y san David lo sostenía en las enormes tristezas que experimentaba, sobre todo a causa de personas que eran, solo de nombre, hombres de la Iglesia.
La franqueza del santo frente a las autoridades eclesiásticas
El santo Jacobo amaba por encima de todo al Señor y no se doblegaba ante autoridades eclesiásticas o políticas terrenales.
Era verdaderamente libre de la complacencia humana y de todo tipo de temor mundano que empuja a los hombres a una mala obediencia a los dirigentes eclesiásticos. Era verdaderamente impasible, es decir, sin pazos, libre de pasiones.
Las diversas pasiones (pazos) -especialmente la ambición, la vanagloria, el gustar a los hombres, el amor al poder, el amor al dinero y el amor al placer (hedonismo)- atan al hombre al mundo y al maligno.
El Santo vivía verdaderamente libre, con la libertad del Espíritu Santo, pues «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2Cor 3:17). Con muchos esfuerzos y persecuciones guardó con pureza la voluntad de Dios en toda circunstancia, permaneciendo siempre verdaderamente libre de cualquiera y de cualquier cosa, un verdadero “siervo de Jesús Cristo”.
«El Santo había sufrido muchísimo, como dijimos, por parte de autoridades eclesiásticas. Pero también tenía gran franqueza.
Una vez un obispo codicioso tenía exigencias irracionales hacia el monasterio. Fingía que había necesidades en la diócesis y quería, si era posible, tomar -apoderarse- de todo del monasterio.
Entonces el santo le dijo:
—Escucha, obispo: a mi monasterio no volverás a venir, a menos que yo te llame.»
El obispo no dijo ni palabra…
¡Un hombre libre era el Santo!
¿Quién de los hieromonjes y abades de hoy se atreve a decir algo así a un obispo?
El Yérontas era verdaderamente un hombre desatado y libre, porque no quería agradar a los hombres, sino agradar a Dios.
El obispo guardó silencio; no respondió a las palabras del santo, porque tenía miedo y pensaba: «¡Ay de mí si el venerable Jacobo dice algo a san David! No llegaré a tiempo a mi episcopado. ¡Mañana mismo el puesto estará vacío! Porque san David… ¡da bastonazos! ¡Claro que sí!»
Esto se confirma también con el siguiente incidente.
Los “bastonazos” del Santo y los “niños diablillos”
«Cuando iba al monasterio», testimonia el médico personal del santo, «venían algunos muchachos y me pinchaban las ruedas del coche…
Me pinchaban una rueda… iba al vulcanizador para arreglarla. Ponía la rueda de repuesto. Quitaba la pinchada, la volvía a poner.
¡Un día me habían pinchado las dos ruedas, la delantera y la trasera!
Entonces dije:
—¿Qué va a pasar, Yérontas, con esos muchachos? Vienen y me pinchan las ruedas del coche.
Y él me dice:
—Déjalos, esos diablillos. Son diablillos. Voy a decirle al santo que tome su bastón y les dé una, y se corregirán; no volverán a hacerlo.
Y realmente, desde aquel día no lo volvieron a hacer.
¡Quién sabe qué hizo…! ¡Porque san David también da bastonazos!
Es manso y humilde, pero también tiene bastón. Quien hace trampas, recibe también un bastonazo.
¡Qué confianza tenía con san David!
Por eso al yérontas Jacobo lo temían y respetaban muchísimo. Pensaban: “Con este no conviene meterse… Si dijo algo, ¡se acabó!”»
El santo Jacobo sobre los “que suben por otra parte” – los lobos del rebaño de Cristo
El santo citaba a menudo la palabra profética: «Éstos en carros…».
Este logos profético completo es: «Aquellos, los enemigos, vienen contra nosotros con carros de guerra y con su temible caballería. Pero nosotros, con el omnipotente nombre del Señor y Dios nuestro, triunfaremos contra ellos» (Salmo 19, 8-9). Y continúa: «He aquí que ellos fueron rodeados, tropezaron y cayeron; nosotros, en cambio, nos levantamos, permanecimos firmes y tenemos a nuestros enemigos vencidos bajo nuestros pies».
¿Quiénes eran esos “éstos”?
Eran personas que desearon y procuraron ascender a cargos, ya fueran eclesiásticos o incluso políticos. No con la bendición ni con la voluntad de Dios, sino con su propia voluntad, usando medios engañosos. Así lograron su objetivo y ejercieron sus cargos en injusticia, con el fin de satisfacer su egoísmo y las pasiones (pazos) que éste engendra:
φιλαργυρία filagiría: amor al dinero, avaricia
φιληδονία filidonía: amor al placer, hedonismo.
φιλοδοξία filodoxía: vanagloria, ambición.
El Yérontas Jacobo, participando del don profético, “veía” todo en tiempo real y en profundidad. Se entristecía por los gobernantes seculares, pero por las personas eclesiásticas literalmente lloraba, viendo su evolución.
A los clérigos que llegaban al monasterio y en los que veía la jaris (gracia, energía increada) de Dios, se alegraba como un niño pequeño.
No sólo a los obispos, sino también a los simples sacerdotes los recibía y los llamaba por sus nombres de pila.
Los obligaba a presidir la Divina Liturgia, sin tener en cuenta sus razonables objeciones.
A otros ni siquiera se volvía para mirarlos ni dirigirles la más mínima palabra.
En algunos casos, cuando veía que su paciencia, su oración y su amor, en lugar de beneficiar, hacían a esas personas más duras y atrevidas, entonces manifestaba un rostro “en espíritu y poder de Elías”. Se convertía en espada de doble filo. Su logos era una “decisión” firmada por el mismo Dios. Esto, por supuesto, era doloroso para su corazón sensible, pero lo hacía nuevamente por amor y con la esperanza de que despertaran y se arrepintieran.
El Yérontas nunca hablaba públicamente de estas situaciones, ni siquiera indirectamente. No quería escandalizar a las psiques-almas con jueces y tribunales populares. Tampoco esperaba apoyo o solución de los hombres. Se confidenciaba sólo a algunas personas -clérigos o incluso laicos- algunas de las revelaciones que Dios le hacía, personas que, con sus oraciones, no serían dañadas sino que orarían por esos hombres.
El santo Jacobo como hisijasta: practica la ἡσυχία (hisijía) mediante el silencio
(ἡσυχία hisijía: serenidad mental y paz cordial)
San David, viendo la psique-alma hisijasta del yérontas Jacobo, lo iluminó y lo guió para vivir la radicalidad del hisijasmo dentro de su monasterio.
¿De qué manera?
Del mismo modo que un santo yérontas aconsejó en el Gerontikón a su discípulo que le pedía retirarse como asceta al desierto, diciéndole: «Hijo mío, cierra tu boca y he aquí que estás viviendo como asceta en el desierto». De manera semejante iluminó al santo yérontas Jacobo también el santo David. Así practicó la virtud del silencio durante muchos años.
Los peregrinos que iban al monasterio hablaban con admiración del
«monje flaco y silencioso».
San Juan Clímaco, refiriéndose a esta ἡσυχία hisijía exterior y corporal, escribe: «El que ama la hisijía, cerró su boca».
El silencio, la ἡσυχία hisijía y el aislamiento son absolutamente necesarios para el luchador espiritual, especialmente para el principiante.
Viviendo correctamente en hisijía (interior y exterior) y cooperando con la divina jaris gracia increada, trabaja en su catarsis y salvación.
San Pedro el Damasceno nos enseña: «La ἡσυχία hisijía es mayor que todas las cosas, y sin ella no podemos hacernos la catarsis, purgarnos y purificarnos de las pasiones (pazos), ni conocer nuestra debilidad y las astucias de los demonios; tampoco podremos comprender la fuerza y providencia de Dios a partir de los divinos logos y palabras divinas que se cantan y se leen. Porque todos los hombres necesitamos de esta ἡσυχία hisijía, ya sea en parte o totalmente. Sin ella es imposible alcanzar conocimiento espiritual y humildad, mediante la cual el hombre de buena disposición comprende los misterios escondidos en las Escrituras y en todas las criaturas» (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-iii/filocalia-3-san-pedro-el-damasceno-libro-primero/ ).
En la ἡσυχία hisijía el hombre comienza a liberarse de las pasiones (pazos); por eso decía Basilio el Grande: «La ἡσυχία hisijía es el comienzo de la catarsis de la psique-alma…
Porque cuando νοῦς (nus: espíritu de la psique) con la mente no se dispersa en las cosas exteriores ni se derrama hacia el mundo a través de los sentidos, vuelve a sí mismo y, por medio de sí mismo, asciende hacia la concepción y contemplación de Dios. Y cuando es rodeado de aquel resplandor y es iluminado por aquella belleza, olvida incluso su propia naturaleza, y ya no hiere la psique-alma con preocupación por la comida ni con inquietud por los vestidos, sino que, abandonando toda preocupación terrena, traslada toda su solicitud a la adquisición de los bienes eternos» (San Basilio, Epístola 2, P.G 32,228 A´, y EPE tomo 1 pag 64).
Esto lo vivía diariamente san Jacobo, guiado por el venerable santo David.
«Cuando llegó la plenitud del tiempo y el panal de su alma se llenó con la miel espiritual, Dios le dio el mandato de abrir su boca para endulzar las almas de los hombres amargadas por las pasiones (pazos) y los pecados.
Él mismo decía con gracia, ocultando sus experiencias espirituales: “¿Qué me ha pasado y hablo continuamente desde la mañana hasta la noche? ¡Yo, de quien no sacabas ni una palabra!”»
Al decir esto, se comparaba su vida con la de Serafín de Sarov, quien después de muchos años de retiro y silencio comenzó, por mandato de la Virgen, a recibir a miles de personas.
Este es el camino espiritual normal de todo auténtico luchador espiritual ortodoxo. Primero, él mismo hace su catarsis y se purga mediante: obediencia, ἡσυχία hisijía, confesión, comunión frecuente, ascesis en Cristo, es decir, ayuno, vigilias, oración.
Después, guiado por el Espíritu Santo, se abre al mundo para ayudarlo a purgarse, sanarse y salvarse.
«Primero debemos hacer nuestra catarsis, purgarnos, psicoterapiarnos y sanarnos a nosotros mismos», nos enseña el teoforo san Gregorio Nacianceno, «y después ayudar a la catarsis y psicoterapia a los demás. Debemos adquirir sabiduría y luego hacer sabios a los demás. Debemos convertirnos en luz para iluminar. Debemos acercarnos nosotros mismos a Dios para acercar también a los otros. Debemos santificarnos para santificar», (San Gregorio el Teólogo, Logos B´, Apologético sobre la retirada al Pontos… EPE 1,164)
Es ciertamente «algo grande hablar de Dios; pero,» -exclama el santo- «es aún más grande hacer nuestra catarsis, purgarse, psicoterapiarse y sanarse de las pasiones (pazos) por amor a Dios, porque en una psique-alma llena de pasiones no entrará la sabiduría», (Logos, discurso 32, Sobre el buen orden en las conversaciones… EPE 2, 48).
El Santo Jacobo alcanzó: la catarsis, la iluminación y la θέωσις zéosis,
porque llevó una lucha espiritual sistemática, teniendo como modelo a los grandes hisijastas y ascetas de la Iglesia. Sobre todo, combatió duramente contra la pasión principal de la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor propio, egocentrismo), de la cual brotan tres pasiones (pazos) fundamentales:
φιλαργυρία filaghiría: amor al dinero, avaricia
φιληδονία filidonía: amor al placer, hedonismo.
φιλοδοξία filodoxía: vanagloria, ambición.
Combatió participando en los Santos Misterios: Confesión, Comunión
y practicando continuamente las virtudes de: ἡσυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), ayuno, vigilia y oración incesante.
El santo Jacobo contra la φιλαυτία filaftía egolatría
«La pasión (πάθος pazos) de la filaftía, que es generadora de muchas pasiones como la ira, la tristeza, el rencor y otras, fue combatida por el Yérontas de manera persistente y sistemática. Con respecto a sí mismo fue implacable. Con respecto a los demás fue indulgente, benigno y condescendiente».
Según los Santos Padres, la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo) es «el amor irracional hacia nosotros mismos», es decir, el amor irracional hacia el cuerpo.
San Nicetas Stizatos enseña: «La filaftía es pasión hacia el cuerpo, es decir, el amor irracional y exagerado que tenemos a nuestro cuerpo-carne».
Y san Máximo el Confesor afirma: «La filaftía es la pasión hacia el cuerpo». También dice en otro lugar: «La filaftía es el amor apasionado e irracional hacia el cuerpo, al cual se oponen el amor, la templanza y la continencia».
Después de señalar que la filaftía es este amor pasional excesivo e insensato por el cuerpo, nos da también los remedios:
- a) la agapi (amor, incondicional, desinteresado, altruista
- b) la templanza, continencia (autodominio)
- c) la ascesis (práctica, ejercicio) espiritual en Cristo.
El mismo santo psico-anatomo (anatomo de la psique-alma) observa: «La filaftía es la madre de los males, porque de ella nacen los tres primeros y más generales pensamientos patéticos y maniáticos:
- la gula, glotonería
- la avaricia
- la vanagloria.
Estas son las tres pasiones (pazos) dominantes por las que se gobierna el mundo. El hombre mundano actúa movido por uno de estos tres motivos: 1) adquirir dinero, 2) adquirir elogios y gloria 3) buscar placer (hedonismo). Y puede incluso poseer los tres al mismo tiempo.
Todos ellos son hijos de la filaftía.
San Máximo el Confesor, ampliando su enseñanza diagnóstica y terapéutica psíquica y espiritual, señala lo siguiente:
-«La filaftía es también madre de la charlatanería». A través de la abundancia de palabras satisfacemos nuestra gloria, ambición y alimentamos nuestro egoísmo.
-«Es también madre de la gula, glotonería o del amor al placer en la comida». Comemos alimentos que producen placer (hedonismo); estos se convierten en causa de la intemperancia (desenfreno, lascivia) porque de los alimentos agradables que producen placer somos arrastrados también hacia las pasiones y vicios carnales.
-«Es también madre de la avaricia», porque cuando alguien acumula dinero siente nuevamente una seguridad y autosuficiencia egoísta.
-«Es también madre de la vanagloria».
Estos dos últimos vicios, 1) el amor al dinero y a la materia, y 2) el amor a la vana gloria mundana, al reconocimiento y a la aprobación de los hombres, se convierten en causa de odio hacia el prójimo.» Quien está dominado por la avaricia y la vanagloria termina hablando mal, odiando y envidiando al prójimo.
En general, dice san Máximo: «Quien posee la filaftía posee todas las pasiones (pazos)».
El Santo Jacobo, mediante la ascesis en Cristo, erradicó esta pasión principal, manifestándose verdaderamente como un teósofo, sabio luchador del Espíritu.
El santo Jacobo como «siempre ayunante»
Ante una pregunta sobre el tema del ayuno respondió: «El ayuno es mandamiento de Dios. A nadie le ha perjudicado el ayuno. Yo, hijo mío, practico continencia incluso con el agua. En lugar de beber un vaso de agua, bebo la mitad». Pero para combatir la vanagloria, humillándose a sí mismo, en la mesa común de monjes y peregrinos que existía en aquella época, cuando se permitía comer carne, tomaba de su plato un pequeñísimo pedazo de carne y lo comía más bien de manera visible diciendo: «¡Jacobo también come carne!
¿Los ascetas comen carne? ¡Yo no soy asceta!».
Después de esta lección práctica, tomaba sonriendo su porción y la añadía al plato del vecino. Incluso el limón en las verduras lo consideraba un lujo, diciendo: «¿Tienen los ascetas en el desierto limón para dar sabor a las hierbas que comen?».
Admiramos el modo inteligentísimo y lleno del Espíritu con el que el santo ocultaba su virtud -su ayuno y su continencia- y aparecía como si fuera un apasionado, un glotón o un voraz, humillándose a sí mismo. Así evitaba el terrible escollo de la vanagloria y de agradar a los hombres.
«Una Pascua, mientras los padres en el horno preparaban la mesa pascual -en la que también había carne, porque el monasterio, como es sabido, permite comer carne- apareció de repente el anciano Jacobo en el horno y dijo: “¡Qué bien huelen las comidas! Hijos míos, ¡es Pascua! No es malo comer también un poco de carne. Pero lo que quiero es que estéis en paz y amor entre vosotros”.»
El santo sabía que debemos “matar las pasiones (pazos), no el cuerpo.
Somos matadores de pasiones (matapazos), no matadores del cuerpo (matacuerpos).
Según el muy discerniente Abba Poemen: «Nosotros no hemos sido enseñados a ser matadores del cuerpo, sino matapazos matadores de las pasiones». El ayuno es un medio espiritual, un arma, no el fin de la vida espiritual. El fin es la unión con el Señor mediante el amor en Cristo, es decir, la realización del «según la semejanza» (la zéosis, divinización).
El cuerpo no es malo; lo que es malo es la filaftía. Lo malo es el amor irracional al cuerpo, la esclavitud a la carne y a la mentalidad carnal.
Debemos limitar el cuerpo, limitar los deseos corporales, limitar las pasiones carnales y hacer sólo lo necesario. Debemos satisfacer la necesidad necesaria, no hacernos esclavos del placer corporal.
Existen ciertos límites y cada persona puede encontrarlos.
Por ejemplo, en la comida: cuánto necesita realmente…
Si insiste en comer más de lo necesario, entonces se produce la caída: glotonería, gula… Necesitas un plato o uno y medio para saciarte, y comes tres o cuatro. Esto es derroche, corrupción, es pecado, porque te esclavizas al cuerpo-carne y a sus deseos… Así destruyes tanto el cuerpo como la psique- alma.
El ayuno es un arma absolutamente necesaria y muy eficaz para refrenar el cuerpo-carne y sanar la facultad apetitiva o parte anhelante de la psique-alma. El ayuno constituye la base y el comienzo del combate espiritual. No olvidemos que el primer mandamiento que el Señor dio a los primeros en ser creados fue el mandamiento del ayuno.
Juan Clímaco enseña: «El ayuno es esfuerzo duro y violencia contra la naturaleza, circuncisión de los placeres de la garganta, extirpación del ardor carnal, eliminación de los pensamientos malignos, liberación de las contaminaciones de los sueños, pureza de la oración, iluminación de la psique-alma, guardia del νούς (nus: espíritu de la psique), disolución de la dureza del corazón, puerta de la katánixis (compunción, dilatación del corazón), gemido humilde, contrición gozosa, freno de la locuacidad, ocasión de ἡσυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), guardián de la obediencia, ligereza del sueño, salud del cuerpo, causa de la impasibilidad, remisión de los pecados, puerta y gozo del paraíso».
Sin embargo, junto con el ayuno, que combate el cuerpo-carne, deben combatirse también las otras pasiones.
San Justino Popović enseña: «Tú ayunas frecuentemente y te abstienes de todo alimento corporal. Pero he aquí que durante el ayuno dejas que habite en tu alma el pecado; dejas que se siembren en tu psique-alma pensamientos impuros y deseos sucios. A ti corresponde expulsarlos inmediatamente mediante: la oración, el luto o aflicción según Dios, la lectura o cualquier otra práctica ascética ortodoxa.
Pero, si tú, mientras ayunas corporalmente, alimentas tu psique-alma con algún pecado o pasión secreta, entonces mientras comienzas a construir uno por uno los peldaños del ayuno desde la tierra hacia el cielo, tú mismo los derribas y los destruyes. El ayuno exige: compasión, misericordia, humildad, apacibilidad, mansedumbre. Todo esto va unido.»
El ayuno está unido a la oración y al amor. El mismo santo enseña:
«La oración vive del ayuno, el ayuno se alimenta de la oración, el ayuno se alimenta del amor, y el amor se alimenta de la misericordia o compasión».
Por lo tanto, junto con el ayuno debemos cultivar también las otras virtudes. Lo mismo se aplica incluso cuando no estamos ayunando.
Cuando disfrutamos de los diversos regalos de Dios, tampoco debemos abandonar: la agapi-amor, la oración, la templanza, la continencia o autodominio en general.
La vigilia continua del santo Jacobo
(ἀγρυπνία agripnía: vigilia o vigilia litúrgica, en contexto religioso, especialmente una oración prolongada durante la noche).
«Intentaba -dice el Yérontas- luchar en secreto. Esperaba a que anocheciera y, cuando los padres se recogían en sus celdas, entonces abría la puerta trasera del monasterio y, en medio de la noche, partía hacia el asceterio del Santo. Debido a la profunda oscuridad no podía ver por dónde avanzar, así que rogaba al Santo que me ayudara. Le decía:
—Tú, Santo mío, protector mío, hermano mío, ayúdame a llegar a tu asceterio.
Entonces una pequeña estrella descendía del cielo y se detenía sobre mi frente, iluminaba el sendero delante de mí y así podía ver y llegar hasta la cueva del Santo. Dentro me esperaba el Santo Yérontas (san David), vivo, y me decía:
-Siéntate, descansa.
Entonces yo, por reverencia, esperaba a que el Santo saliera de la cueva, y después hacía una súplica durante toda la noche al Señor.
Cuando terminaba al amanecer, salía de la cueva y enseguida la estrellita descendía nuevamente sobre mi frente e iluminaba mi camino hasta que regresaba al monasterio.
Entonces inmediatamente tocaba la campana, porque era la hora del oficio de la mañana.
Los padres, sin saber dónde había estado toda la noche, decían: “Se despertó el padre Jacobo”, y bajaban a la Iglesia.»
¿Cuántos de estos grandes combates ascéticos ortodoxos del Santo permanecerán ocultos y desconocidos?
Combates de vigilias, ayunos, oración incesante…
Pero también combates contra los celos y la envidia de los hombres y de los demonios. Combates con el cuerpo, pero también con el alma: con los diversos pensamientos (λογισμοί loyismí) y las distintas pasiones (pazos), es decir, el hombre viejo.
El incansable trabajador de la virtud, como otro Apóstol Pablo, «golpeaba su cuerpo, lo dominaba y lo esclavizaba», sometiendo la carne al espíritu para llegar a ser -como verdaderamente llegó a ser- aprobado en el Señor. Haciéndose verdaderamente humilde fue considerado digno de los dones del Espíritu Santo. Así resultó multi-carismático, (poseedor de muchos carismas o dones espirituales), portador del Espíritu, portador de Dios.
El santo sobre la vigilia y la abnegación
El Santo practicaba la vigilia en el grado más alto. A la vigilia voluntaria se añadió después también una vigilia forzada.
«Es conocido -observa el médico del Santo- que la falta de sueño debilita el cuerpo más que el ayuno.
En el Yérontas Jacobo, a su vigilia voluntaria se añadió también la vigilia causada por su enfermedad. Tenía un grave problema urológico y se veía obligado casi cada quince minutos a ir al baño para orinar, con el resultado de que permanecía despierto toda la noche, durmiendo solo unos minutos con continuas interrupciones del sueño.
“Al amanecer -decía-, agotado como estaba, me vencía un dulce sueño.
Entonces sonaba el tálanton (la tabla que se golpea para llamar al oficio). Haciendo un esfuerzo desesperado me decía: ‘¡Levántate, Jacobo!’ Y bajaba a la Iglesia tan agotado, casi muerto. Pero cuando entraba en el santuario del templo por la pequeña puerta lateral, una fuerza celestial me descansaba y me vivificaba. Me convertía en otro hombre.
Así también tú, hijo mío, Nico, lo ves en ti mismo. Cuando por la noche te despiertan los enfermos, aunque te sientas tan cansado y con tanto sueño, toda la dificultad está hasta que te levantas. Después, cuando empiezas a ir a visitar al enfermo, ¡ves cómo te sientes como un león! Es la ayuda y la Jaris (gracia, energía increada) de Dios. Así sucede siempre. Nos costará un poco comenzar la obra que Dios preparó para nosotros. El resto lo asumirá Él.»
Es necesario aclarar que el problema urológico surgió debido a un gran catéter urinario que colocó un enfermero descuidado antes de una operación. Entonces se lesionó la uretra del Santo y después sufrió una estenosis postraumática.
La orina salía como un chorro muy fino, en pequeña cantidad, con el resultado de que la vejiga estaba casi siempre llena.
Para encontrar una solución a este tormento, informé a un urólogo conocido y querido por el Santo, el señor Nikos Papandreu, y juntos fuimos a la celda del Yérontas.
El urólogo le aconsejó ingresar durante unos días en el hospital Georgios Genimatás, donde él era director de la clínica urológica, para realizar dilataciones de la uretra y aliviar el problema.
El santo Jacobo le agradeció y le preguntó:
—Si no hago esta intervención, ¿mi vida correrá peligro?
El médico respondió:
—No existe tal peligro, pero continuará tu sufrimiento.
El Santo eligió no realizar la intervención, para no perder su lugar en el monasterio (Divina Liturgia, confesiones, etc.).
En general, el Santo solo entraba en hospitales para operaciones o tratamientos cuando su vida corría peligro.
El Santo practicaba durante toda su vida el ayuno, la continencia y la vigilia.
Admiramos su abnegación y paciencia según Cristo, que brotaban de su agapi-amor incondicional al Señor y de su auténtica humildad.
El santo Jacobo luchaba contra el apego a lo material y evitaba toda comodidad corporal
El Santo era verdaderamente un hombre libre, porque había roto las «cadenas» de las pasiones (pazos) que muchos aman. Poseía la bendita desapropiación, desapego, es decir, la ausencia de apego a cualquier cosa terrenal o material.
«No permito a mi psique-alma -decía- apegarse a nada material ni a ningún descanso de este mundo, sino solamente a mi Cristo, a mi buena Madre de Dios y a mi gran Santo David.
Te diré algo que quizá escandalice a las personas que piensan de manera racional.
La ropa que llevo, como ves, es muy vieja y casi gastada. Una tarde, una psique-alma piadosa me regaló una chaqueta de lana. Cuando llegué a mi celda me la puse y mi cuerpo se calentó, porque era invierno.
Pero inmediatamente pensé: “Jacobo, si fueras un ermitaño en una cueva en las Santas Tierras y pasaras frío por la noche, ¿tendrías una chaqueta tan cálida para ponerte?”
La quité inmediatamente. Y como mi psique-alma había sentido placer por ese descanso corporal, salí del monasterio por la noche, cavé un pequeño hoyo, prendí fuego a la chaqueta y la quemé.
Después de cubrir con tierra la chaqueta quemada, volví a mi celda libre».
En aquel momento pensé que el Yérontas podría haberla dado al día siguiente a algún pobre, ya que no la quería. Era un pensamiento puramente lógico. Pero el hombre espiritual discierne todas las cosas, y él mismo no es juzgado por nadie.
En el Yérontas se cumplía plenamente el dicho de los Padres: «Muéstrame tu tentación y te diré qué jaris-gracia tienes».
En todas sus obras espirituales nada era fácil. En todo tenía combates proporcionales a la virtud que practicaba.
Una vez, escuchando el himno doxológico de San Jorge, que dice:
«No tuvo compasión de su propio recipiente de barro, sino que lo expuso desnudo, soportando los tormentos», le dije al Yérontas que creía que estas palabras correspondían a su vida tan sufrida.
Él me respondió con sencillez: «Gracias, hijo mío».
El Santo vivía la verdadera libertad en Cristo, que es la libertad de las pasiones (pazos), es decir, la ἀπάθεια (apázia: sin pazos, impasibilidad). Combatía la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor desordenado a sí mismo, egocentrismo), especialmente el amor a la comodidad corporal en cualquiera de sus formas.
Así vivió el martirio incruento de la obediencia y de la libre elección.
Se manifestó como un gran mártir y confesor en la lucha contra el cuerpo-carne, el mundo y el príncipe de este mundo.
San Jacobo como Padre níptico. Recalcaba la inmediata reacción a los malos pensamientos.
El Santo sabía que el νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente es el primer lugar donde aparece la pasión o el ataque. Allí se produce el ataque del enemigo y desde allí comienza el pecado cuando el hombre consiente a los ογισμoοί (loyismí: pensamientos simples o unidos con la fantasía, imaginación).
«Nuestra psique-alma, decía el santo Jacobo, es muy rápida, más rápida que la tentación. Así nos hizo Dios.
Por eso, cuando el diablo nos ataca con algún pensamiento o imagen pecaminosa, no debemos quedarnos pasivos ni aturdidos.
Debemos reaccionar inmediatamente con oraciones breves, diciendo:
“Cristo mío, ayúdame, Kirie eléison me, Madre de Dios o Panaghía mu, cúbreme. Santo mío David u otro Santo, protégeme”.
Estas pequeñas oraciones son muy eficaces porque rechazan y destruyen los ataques del enemigo».
Estas recetas espirituales él mismo las había practicado y conocía su valor.
Me decía: «Te contaré un ejemplo. Una vez, en una procesión de los santos de nuestra diócesis en Jalkís (Calcis capital de la isla Évia), me invitaron también a mí, y fui llevando la santa cabeza (reliquia) de mi santo David. Un responsable de la diócesis nos colocó en fila y todos los sacerdotes llevábamos reliquias sagradas vestidos con las vestiduras sacerdotales completas. Detrás de mí se encontraba un sacerdote casado que también llevaba una reliquia.
Movido por la tentación, creyendo que era ofensivo para él que yo estuviera delante -porque él era sacerdote casado con hijos y yo, como hieromonje, según su opinión era un monje inútil- me dio un fuerte empujón para pasar delante de mí. En aquel momento pensé, con indignación humana, dejarme caer al suelo para que recibiera el castigo que merecía por su comportamiento. Pero el Santo cuya reliquia llevaba en mis manos me iluminó inmediatamente para invocar su ayuda, para no caer y provocar confusión y escándalo. Así también pasó ese incidente».
Aquí resplandece su intenso combate espiritual oculto, en el nivel del νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente y de los pensamientos. Todo pecado comienza con el consentimiento al pensamiento. En ese nivel el combatiente espiritual libra su batalla más dura. Se requiere vigilancia constante (νήψις nipsis) y oración incesante para que no haya consentimiento interior. Estas eran precisamente las cosas que el Santo Jacobo practicaba continuamente.
La vigilancia espiritual a la que el Señor nos llama con Su logos:
«Velad y orad para no caer en tentación» (Mat 26:41), era una preocupación constante para él. Vigilaba continuamente su νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente y lo santificaba, haciendo que su espíritu y mente fuese de Cristo. Podría haber exclamado junto con Pablo el Apóstol: «Nosotros tenemos el νοῦς nus de Cristo» (1Cor 2:16).
El Santo aplicó las enseñanzas apostólicas: «Por tanto, no nos echemos a dormir en la pereza y el descuido como los otros que viven lejos de Cristo, sino estemos en nipsis, en alerta, en vigilancia, continentes y sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen; y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. (Los que se encuentran en la oscuridad dormidos y descuidados espiritualmente, de repente contemplarán el día del Señor). Por el contrario, nosotros estando realmente en nipsis y sobrios hijos del día, vivamos con cuidado, continencia y autodominio luchando continuamente contra el pecado; revistámonos de la coraza espiritual de la fe y de la agapi- amor incondicional, cubriéndonos en nuestro espíritu-nus con el yelmo de la esperanza de la salvación» (1Tes 5:6-8).
También ponía en práctica la exhortación dirigida a Timoteo el Apóstol: «Pero tú estate en nipsis y sé sobrio en todo» (2Tim 4:5).
Tenía continuamente en su mente las palabras de Pedro el Apóstol:
«Estaos en nipsis, sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo anda como león rugiente buscando a quién devorar» (1Ped 5:8).
Sin esta nipsis vigilancia espiritual y sin el recogimiento (es decir, la pausa y el apartarse de toda ocupación superflua, temporal o mundana), el hombre no puede hacer su catarsis, purgarse de las pasiones ni llegar al verdadero, autoconocimiento, humildad y conocimiento (gnosis) de Dios.
Como enseña Pedro el Damasceno: «Todos los hombres necesitamos este recogimiento y ocupación, ya sea en parte o completamente; y sin esto es imposible alcanzar el conocimiento espiritual y la humildad o conducta humilde (interior exterior)» (Filocalia, tomo III, p. 99, líneas 17–20, en: La hisijía como método de psicoterapia y sanación, capítulo V. GR. En español: https://www.logosortodoxo.com/category/filocalia/tomo-iii/).
El santo Jacobo vivía en cada momento el lema de los grandes padres hisijastas del Gerontikón: «Nosotros guardamos el νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente», es decir, protegemos el νοῦς nus con la mente de toda aceptación de ataques demoníacos, así como de los impulsos del hombre viejo, de las pasiones (pazos) y del espíritu mundano.
La nispis vigilancia y atención espiritual del santo Jacobo
Característica y elocuente, indicativa de la intensa labor interior —nipsis, vigilancia espiritual— de san Jacobo, es también el siguiente testimonio/observación:
«Aunque el rostro del yérontas Jacobo era alegre y luminoso, su mirada era seria y penetrante, y manifestaba su vigilancia interior, como la mirada de los ascetas en los iconos bizantinos. Tenía una mirada de águila. Observaba todo».
Así regulaba perfectamente tanto su lucha espiritual interior, vigilando y guardando su νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente, como los asuntos del monasterio del cual era abad y padre espiritual.
La nipsis vigilancia espiritual solo puede existir mediante la oración incesante.
«El Santo luchaba con todas sus fuerzas por ello. Queriendo enseñar en la práctica que nunca debemos confiar en nosotros mismos, sino pasar nuestros días con nipsis atención, oración y vigilancia, decía:
“¿Ves, hijo mío? Mi cuerpo está muerto”.
Mientras estaba sentado en el suelo sobre un trapo, junto a la chimenea apagada, apoyando la espalda en su pequeño lecho, tomaba unas pesadas tenazas del fuego y golpeaba con fuerza sus piernas en las espinillas.
Yo, asombrado, le decía:
—¡Padre, despacio! ¡Se romperá las piernas!
Y él me respondía:
—No, hijo mío, no se romperán. No siento ningún dolor. Mi cuerpo está completamente muerto. Pero eso no me da seguridad espiritual. Otros hombres también alcanzaron la ἀπάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos) pero el diablo los derribó en un instante. Por eso tengo mucho cuidado especialmente durante la confesión, cuando confieso a mujeres. Cierro mis ojos y no giro la cabeza ni siquiera para una mirada.
Así, aunque me duele el cuello y la espalda y tengo vértigo -y si me moviera un poco me aliviaría- sin embargo, soporto el dolor y el mareo, para no dar ocasión a la tentación de atacarme.
Y tú también, hijo mío Nicolás, cuando examines los cuerpos desnudos de las personas, debes tener cuidado para que la tentación no te ataque».
El deber de no dejar nuestro νοῦς nus con la mente ociosa
«Una vez, en una conversación con el santo yérontas Jacobo, le dije:
“Cuando voy al trabajo y cuando vuelvo, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, en cada trayecto recito seis estrofas del Himno Akathistos”.
Aquella misma noche, después del oficio de completas, el Yérontas lo mencionó a los padres diciendo: “¡Mirad! Personas que viven en el mundo no dejan su mente ociosa, sino que Dios las ilumina y oran. ¡Y nosotros, que somos monjes, cuánto más debemos esforzarnos!”».
Aquí se manifiesta su lucha espiritual interior constante, su esfuerzo incesante por la nipsis, la vigilancia y la oración.
Guardaba continuamente las exhortaciones: «Sed Nípticos atentos y sobrios en vuestras oraciones» (1Ped 4:7) y «Sed nípticos sobrios y vigilad; vuestro adversario el diablo anda como león rugiente buscando a quién devorar» (1Ped 5:8).
El su νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente del hombre es la facultad o fuerza más importante de la psique-alma.
Según los santos Padres, el ojo de la psique-alma es el su νοῦς (nus: espíritu del corazón de la psique) con la mente y debe mirar constantemente hacia Dios. No debe caer en tres grandes enemigos espirituales: la negligencia, el olvido y la ignorancia. Debe gobernar al hombre entero -cuerpo y psique-alma- y orientar todas sus fuerzas hacia Dios.
Como enseña san Gregorio Palamás: «El νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente dirige el deseo hacia el único Dios verdadero, el único bueno, el único deseable, el único que concede un gozo libre de todo dolor.
Pero cuando la mente se entorpece, la fuerza de la psique-alma se aparta del verdadero objeto del amor y se dispersa en múltiples deseos de placer (o hedonismo). Entonces el hombre miserable se divide en muchos deseos: por un lado, el deseo de alimentos innecesarios, por otro el deseo de cosas inútiles, y por otro el deseo de gloria vana. Y así, fragmentado por tantas preocupaciones, el desgraciado hombre ya no puede ni siquiera disfrutar del sol ni del aire, ni de las cosas agradables, esas riquezas comunes para todos» (San Gregorio Palamás,
El mismo teósofo San Gregorio añade también: «Si nuestro νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente no se aparta ni se aleja de Dios, dirige la ira que tenemos dentro contra el diablo, y usa la valentía del alma contra las pasiones malignas, contra los poderes de las tinieblas y los espíritus malvados. Pero si no permanece fijado en los logos/ mandamientos de Dios, entonces lucha contra el prójimo, se enfurece contra sus semejantes y se vuelve salvaje contra quienes no siguen sus deseos irracionales. Así el hombre, destinado a ser hijo de Dios, se convierte —¡ay!— en un hombre homicida, semejante no solo a las bestias irracionales, sino incluso a serpientes y animales venenosos”. “Homilía 3, Sobre la parábola del hijo pródigo”. EPE 9,92. PG151,40C, par.16).
San Jacobo como alguien que ora incesantemente
La oración debe decirse con nuestro corazón, pura, concienciada y con katánixis (compunción, dilatación del corazón)
«El santo yérontas Jacobo por la noche, en su celda, celebraba con los padres el Apodipno (Vísperas, Completas). El Yérontas estaba siempre arrodillado delante de su camita. Por turno los padres decían los salmos del Apodipno.
Uno de los salmos lo leía también yo cada vez que íbamos al monasterio. Una vez, después del final del Apodípno, el santo Yérontas dijo lo siguiente: “¿Habéis visto, padres, ¿cómo el señor Nikos leyó el salmo?
Lo leyó con su corazón, claramente, puramente y compungidamente. Así debemos leer. Así debemos cantar. Que nos oiga san David y se alegre”.
Por supuesto debo confesar que la presencia del santo Yérontas era la que creaba las condiciones y el estado interior para todo esto.
Recuerdo al Santo Yérontas Efrén el de Katunakia (Athos), que comentaba de forma muy gráfica cómo debemos orar y cómo no debemos orar.
Imitaba a un lector apresurado que leía el “Kirie eléison me, compadécete de mí, oh Dios […]” muy rápido sin comprender lo que decía. Después de representar el modo en que aquel lo leía, decía: “¿Qué clase de oración es esta?
Esta ni siquiera llega hasta el techo de la celda, ¡mucho menos hasta Dios!
Antes de comenzar nuestra oración”, aconsejaba, “debemos durante unos diez minutos recoger y contener nuestros pensamientos y hacer una preparación espiritual; y no comenzar la oración antes de que nuestra alma haya llegado al estado espiritual adecuado”.
¡Cuánto cuidaban los santos la oración y se preocupaban para que fuera agradable al Señor!
“Entonces recordé”, continúa el querido médico de los santos,
“algo relacionado con la yerontisa Macrina, la cual dijo: “Se trata de un misterio. Así como nuestro cuerpo cada día necesita alimento para mantenerse y vivir, y hasta la noche consume todos los alimentos, de manera semejante el alimento de nuestra alma, con el que se mantiene viva, es la divina jaris gracia, energía increada”.
Por eso cada día tenemos los oficios y nuestra oración personal: para que se mantenga nuestra alma. La psique- alma “come” cada día la divina jaris, y si descuidamos su alimentación, morirá.
Porque al no encontrar divina jaris como alimento, la psique-alma cae y come tierra. La tierra son las pasiones (pazos), las cuales también la mortifican».
Los santos Jacobo y Efrén sobre la oración
«Pedimos al Yérontas Jacobo que nos hablara acerca de la oración. Nos respondió diciendo: “Hijo mío, hagamos lo que podamos”.
Entonces recordé las palabras del santo padre Efrén de Katunakia (Athos) ante una pregunta similar nuestra: “Hijo mío, el hombre en lo espiritual no tiene derecho a comprender más de lo que vive. Si oye algo más alto, lo ‘rebajará o hará humilde’, es decir, lo bajará nuevamente a su propio estado espiritual”. Así un santo interpreta al otro».
La respuesta aparentemente simple “hagamos lo que podamos” esconde una grandeza y una dinámica inalcanzable, pero también una discreta sabiduría pastoral.
El hombre debe esforzarse cuanto más pueda en la oración, pero sin angustiarse ni torturarse a sí mismo con orgullo manteniendo formas externas y perdiendo la esencia, que es la comunión–unión (zéosis) con el Señor en amor verdadero y sin coacción.
El Santo Jacobo como morada de todas las virtudes que divinizan. La humildad vivida del Santo
«El otro capítulo es la humildad de este hombre. Muy a menudo el Yérontas decía: “soy tierra y ceniza” (Sabiduría Sirac 10:9), y esto lo creía de verdad. Y el hecho de que muy frecuentemente decía esta frase, pero también la gran naturalidad con la que relataba hechos maravillosos que sucedían a él mismo, como si no los viviera él sino otra persona, muestran que no hablaba humildemente por fórmula (hacer ver que es humilde), sino que era verdaderamente humilde.
La vida espiritual que vivía era algo muy natural. Así como nosotros hablamos de algo habitual, así también él hablaba de las experiencias espirituales y de las visiones de Dios que tenía».
«Completamente injustificada y ajena a la verdad es la tendencia de los hombres a enorgullecerse. Esto lo subraya Sabiduría Sirác con los siguientes dichos:
“¿De qué se enorgullece la tierra y la ceniza? […] Porque cuando muere el hombre heredarán su cuerpo reptiles, bestias y gusanos”.
“¿Qué es el hombre y para qué sirve?
¿Cuál es su bien y cuál es su mal?
El número de los días del hombre, aun cuando sean muchos, es cien años; pero como una gota de agua del mar y como un grano de arena,
así son los pocos años frente al día de la eternidad”.
¿Por qué se enorgullece el hombre, siendo polvo y ceniza?, se pregunta Sirácide.
Y él mismo, para describir la miseria y la insignificancia de la constitución corporal del hombre, nos recuerda que quien muere, si queda sin sepultura, lo reciben los reptiles y las bestias; y si es sepultado, los gusanos.
¡En verdad! ¿Qué es el hombre y para qué le sirven sus esfuerzos?
¿Cuál de las cosas que posee es realmente buena y agradable, y cuál mala y desagradable?
Y aun si los años de su vida llegan a cien, ¿qué gana?
Todos sus años, frente a la eternidad, se parecen a una gota de agua en el océano y a un grano de arena en una playa inmensa».
«El Yérontas no hablaba con falsa humildad. Por eso sus palabras sinceras nos sorprendían:
“¡Soy humilde! ¡Dios me regaló la humildad!”
Y mientras tocaba su rostro decía: “¿Cómo no voy a ser humilde, si este cuerpo dentro de poco entrará en la tierra y se convertirá en tierra?”
Y completando su pensamiento decía: “Todo lo que nace muere. Mueren los hombres, pero ¿cómo mueren?
Es decir, ¿en qué estado del alma se encuentran en la hora de su muerte?
Yo, por mi parte, hice mucho por mi alma.
¡Nuestras obras brillan como diamantes!”
Parecía tener la misma certeza que el Apóstol Pablo, quien dijo:
“He combatido el buen combate […]». “Pero tú Timoteo, estate en nipsis y alerta siempre a las cosas que Dios quiere, soporta con paciencia los sufrimientos de tu diaconado, predica el Evangelio, cumple bien el servicio que te has hecho cargo en la Iglesia. Yo estoy ya a punto de ser ofrecido en sacrificio a Dios; el momento de mi partida de este mundo está muy cerca. He combatido el buen combate para el Evangelio de Cristo, he concluido mi camino, he aplicado y conservado en teoría y praxis la fe; sólo me queda recibir la corona merecida, que me dará el Señor en aquel último gran día de su Segunda parusía-presencia, como justo juez; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor y corazón puro su gloriosa venida” (2Tim 4:5-8).
El Santo se distinguía por su humildad también en la manera en que trataba a los dignos clérigos que visitaban su santo monasterio.
“Me causaba sorpresa y admiración”, testimonia el padre Emiliano Híkaros, “que un hombre de tal vida y de tal altura espiritual me encargara predicar en las pocas ocasiones en que sucedió que concelebráramos”.
El santo Jacobo cree y proclama su pecaminosidad
Característica de los verdaderamente humildes es el perfecto conocimiento de sí mismos, la profunda conciencia de su pecaminosidad y la sincera y espontánea —sin artificio— acusación de sí mismos.
«Antes de comenzar mi confesión», relata una monja, «me preguntó:
—Hija mía, ¿por qué has venido aquí?
Le dije:
—He venido porque me enviaron.
—¿A mí, al pecador, te enviaron?
Hay tantos sacerdotes y padres espirituales dignos a los que puedes ir a confesarte.
Con tanta sinceridad me decía que era muy pecador, que por un momento lo creí».
El santo Jacobo, dios por jaris gracia, energía increada
Cuando el hombre entra y permanece con paciencia dentro de la “psicoterapia” terapia espiritual de la Iglesia mediante:
- la ascesis según Cristo (obediencia, ayuno, vigilias, oración)
- la vida mistérica o sacramental (santa confesión y santa comunión)
entonces poco a poco hace su catarsis, se purga y se sana, se ilumina y se diviniza o glorifica, es decir, consigue la θέωσις zéosis. Así realiza el propósito de su existencia, es decir, el “según la semejanza”, llegando a ser “dios por jaris, energía gracia increada”.
«La grandeza de la aportación espiritual del Yérontas como padre espiritual fue tan grande que es imposible comprenderla.
Quien la conoce es su Yérontas, el santo David, y sobre todo el Señor que conoce los corazones, quien dijo: «Yo os dije, oh jueces: vosotros sois dioses y todos hijos del Altísimo, del único y verdadero Dios. Pero vosotros, insensibles al honor de vuestro cargo, cometéis injusticias; por eso moriréis como uno de los gobernantes comunes, ordinarios y sin consideración» (Salmo 81:6-7).
Nosotros sólo percibimos débilmente que el Yérontas Jacobo era un dios por jaris gracia increada y “hermano” de Cristo».
El Santo como quien ama en Cristo. La nobleza, delicadeza, obediencia y amor en Cristo del Santo
El santo llegó a la cima de la Escalera de las virtudes, que es la ἀγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista).
«Para que se manifieste la delicadeza de la psique-alma y la riqueza de la agapi-amor en Cristo del santo padre Jacobo, vale la pena mencionar uno o dos episodios.
Una vez el higúmeno, el padre Nicodemo, le envió una orden escrita para que diera del aceite del monasterio cierta cantidad a un obrero como pago por algún trabajo que había hecho para el monasterio.
Tomó entonces la carta del higúmeno y fue al templo, delante del icono de san David. Le leyó la orden del higúmeno y después dio al obrero el aceite que debía.
Al bajar el obrero hacia Limni, se encontró con el higúmeno, que casualmente subía entonces al monasterio. En la conversación que tuvieron, el padre Nicodemo mostró que ignoraba aquella orden.
Cuando llegó al monasterio, el padre Jacobo lo recibió en la entrada, y entonces su yérontas, enfurecido, lo agarró por el cuello amenazando con estrangularlo por haber dado el aceite y perjudicar así al monasterio.
Entonces el padre Jacobo, sorprendido, le dijo:
—Yéronta, siendo muy pequeño me salvé de los turcos durante la persecución en Asia Menor, y después pasé tantos peligros y Dios me guardó. Pero si crees que debes estrangularme, haz como pienses. Sin embargo, yo di el aceite después de su orden escrita, la cual también leí delante de san David.
Entonces el higúmeno le dice:
—¿Dónde está la carta? Muéstramela.
Corre entonces a su celda, toma la carta del higúmeno, enciende una cerilla y la quema en la chimenea para que su anciano no la vea y no se entristezca por su comportamiento.
Llegó entonces detrás de él el higúmeno, jadeando, y ve su carta quemándose.
Le dice:
—¿Qué papeles estás quemando ahí?
—Nada, yéronta —le dijo—, estoy quemando unos papeles. Perdóname, porque tenías razón.
Entonces ve a su yéronta ablandarse, sonreír y marcharse de su celda en silencio.
—O lo hizo para probarme si iba a reclamar mi justicia o derecho, o realmente lo había olvidado, porque también tenía diabetes. Dios lo sabe. Pero yo no lo entristecí», dice el Yérontas.
Admiramos cuán delicada y mansa era la psique-alma del santo, llena del amor de Cristo. No quería entristecer en lo más mínimo a su yérontas. Sacrificaba su “derecho, razón o justicia”, aunque tenía pruebas irrefutables de su inocencia. No se defendía a sí mismo, siguiendo el ejemplo del Señor. Buscaba el bien del otro, según la enseñanza apostólica: “Que nadie busque su propio interés, sino cada uno el bien del otro” (1Cor 10:24).
Nos da un auténtico ejemplo de hombre humilde que ama verdadera y sacrificadamente al prójimo.
«Aunque el cielo se pegara a la tierra», enseña el sabio y gran hesicasta san Isaac el Sirio, «el humilde no se perturba».
Y de nuevo dice: «El verdaderamente humilde, cuando es injustamente tratado, no se turba ni hace defensa del asunto por el cual fue agraviado, sino que recibe las calumnias como si fueran verdad y no se preocupa de convencer a los hombres de que ha sido calumniado, sino que pide perdón».
Es decir, el humilde no se sobresalta ni se perturba en lo más mínimo, aunque el cielo se pegue a la tierra.
El “susurro” es el sonido imperceptible que producen las hojas cuando pasa una leve brisa entre ellas. Ni la menor perturbación tiene el humilde, suceda lo que suceda.
Incluso cuando es injustamente tratado o calumniado, no se agita. No se preocupa ni entra en la ansiedad de convencer a los demás de que es injustamente tratado, ni siquiera a su propio Yérontas, sino que hace una metania (reverencia de arrepentimiento), pide perdón y continúa en paz su camino sin entristecer a nadie.
Esto precisamente hizo aquí el santo Jacobo, afrontando la tentación que vino a través de su propio yérontas.
«Y un segundo episodio con uno de los padres ancianos que nunca lo miró con un ojo caritativo o misericordioso.
El padre Jacobo lo servía con amor, y cuando iba a su celda le llevaba también su propia comida y él se quedaba en ayunas para consolarlo.
Pero el enemigo había endurecido tanto el alma de aquel monje que nunca le dijo una sola palabra buena.
Incluso el día de la Resurrección (Pascua) no comían juntos, sino cada uno por separado. “Yo -dice el Yérontas- no podía en un día así comer solo, pero decía a un obrero que vivía en el monasterio, para que comiera un pedazo de pan conmigo:
—Ven, hijo mío, comamos juntos y choquemos el huevo de Pascua”.
Este hermano tuvo un final trágico, porque al encender la estufa de su celda se prendieron fuego sus ropas y, sufriendo quemaduras en todo el cuerpo, vivió algunos días en agonía.
El padre Jacobo lo atendía en todas sus necesidades corporales con sacrificio, porque su estado era miserable y ayuda médica en aquellos años ni siquiera podía imaginarse allí.
Así terminó su vida en agonía, sin haberse arreglado espiritualmente.
En otro lugar mencionaremos lo que el anciano supo acerca del alma de este hermano, así como acerca del alma de su Yérontas, el padre Nicodemo».
Aquí resplandece el amor desinteresado en Cristo del santo hacia todos, incluso hacia quienes estaban hostilmente dispuestos contra él.
Este es, por lo demás, el criterio de nuestra fe en el Señor: el amor a los enemigos.
Nos enseña el Señor:
Mateo 5: 43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo;
44 pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan, os calumnian y os persiguen injustamente;
45 para que seáis así hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.
46 Porque si amáis solo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis y qué recompensa esperáis de Dios? ¿Acaso no hacen también lo mismo los publicanos, los recopiladores de impuestos?
47 Y si sólo saludáis a vuestros hermanos (los judíos), ¿qué hacéis de más que los otros? ¿Acaso no hacen también así los publicanos, los recopiladores de impuestos y los gentiles paganos?
48 Luchad pues, para ser perfectos en agapi-amor incondicional, desinteresado hacia todos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
El Santo quería dar descanso a todos
El que ama en Cristo se esfuerza por dar descanso y consuelo a todos y por no entristecer a nadie. Quiere hacer felices a todos los que lo rodean con la alegría del Espíritu Santo.
«El Yérontas Jacobo quería dar descanso a todos, consolar a todos, sanar a todos, iluminar a todos. Repartía generosamente la riqueza de las virtudes de su propia psique-alma, su propio descanso espiritual, su propia consolación, su propia salud espiritual, su propia iluminación.
Con delicadeza y nobleza correspondía incluso al más pequeño beneficio que alguien le hiciera. Mencionemos un ejemplo.
Una vez le dije:
—Yéronta, como pasa muchas horas de pie o arrodillado, creo que sería útil para su salud hacer cada día una caminata.
Me miró con una sonrisa y con amor. Creo que lo hizo para no entristecerme y para honrarme como médico. Entonces me dijo:
—Vamos a caminar juntos por el bosque.
Antes de comenzar me dijo:
—Espera un momento.
Lo vi ir a la cocina del monasterio y regresar rápidamente. Después comenzamos nuestra caminata saliendo por la puerta trasera del monasterio.
Caminando por un bosque de pinos, abetos y madroños, subimos alto en la montaña y llegamos a un lugar donde estaba la antigua fuente de la que el monasterio tomaba agua.
De un pequeño depósito corría un poco de agua. Sacó de dentro de su sotana un vaso limpio -por eso había ido a la cocina-y, después de enjuagarlo cuidadosamente, lo llenó y me lo ofreció diciendo:
—Tome, señor Nikos.
No quería que yo me arrodillara en la tierra y bebiera el agua de la fuente con la mano. ¡Verdadera cortesía oriental y nobleza!
Después me explicó cómo se llevaba el agua al monasterio: los padres cavaban una pequeña zanja desde la fuente hasta el monasterio. Dentro colocaban, en fila, maderas de pino o abeto que no se pudrían. Luego lo cubrían con tierra. El agua de la fuente, siguiendo bajo tierra el recorrido de esas maderas, llegaba al monasterio. Claro que, en pequeña cantidad y no muy limpia, pues pasaba por la tierra. La filtrábamos y la usábamos dando gracias a Dios y a Su santo.
Esto se hacía hasta que los compatriotas del santo del pueblo de Livanates asumieron el gasto de transportar el agua de la fuente santa de san David, la llamada “agioneri” (agua santa).
Así tenemos abundante agua todo el año, muy dulce y muy limpia, que también es milagrosa para quienes la usan con fe.
Lleno de gratitud decía:
—Que el santo bendiga a estas buenas personas por el beneficio que hicieron a nuestro pobre Monasterio.
Continuando nuestro camino por el bosque, veía al Yérontas brillar de alegría.
Cuando estaba frente a un madroño, le dije:
—Yéronta, ¿le tomo una fotografía?
Contento me dijo:
—Sí, hijo mío.
Es la fotografía que se incluye en el álbum del libro del monasterio.
Regresamos al monasterio por el camino de carros. Esta excursión con el Yéronta quedó para mí inolvidable».
En este episodio se manifiesta claramente la psique-alma finísima y sensible, llena del amor en Cristo del santo, que quería, si era posible, dar descanso a todos en todo y no entristecer a nadie.
El santo “duramente probado” por causa del Señor. Tentaciones demoníacas
«Al ver el tentador que, mediante las luchas que le provocaba a través de otras personas, el Yérontas salía fortalecido y más probado, con el permiso de Dios lo tentó también de manera sensible, como había tentado a muchos otros padres teoforos portadores de Dios de la vida eremítica, como san Antonio el Grande.
Tanto envidiaba el tentador al Yérontas Jacobo que, con la concesión de Dios, lo atacaba de manera visible y lo sometía a diversos tormentos.
Pero con su psique-alma valiente el santo despreciaba los ataques de los demonios. Dejemos que el mismo Yérontas nos lo cuente:
“Estaba trabajando -dice- reparando las habitaciones del monasterio. Cansado, un poco antes del mediodía un día dije: ‘Voy a acostarme un poco para descansar’ en una pequeña cama de una habitación donde estaba reparando el techo, el suelo, etc.
De repente se abre la puerta y entra bruscamente un soldado con unas viejas polainas y con un solo ojo en la frente, diciendo furioso…»
—«¿Aquí estás entonces? ¡Ahora verás lo que te va a pasar!»
Y junto con él entraron en la habitación unos dieciocho demonios, con diversas formas: como hombres, como monos, etc.
S e lanzaron sobre mí y comenzaron a golpearme y a torturarme. Yo intenté hacer la señal de la cruz, pero tres de ellos me sujetaban la mano y otro me abría los dedos para que no pudiera formar con mis tres dedos la señal de la Santa Cruz.
Así pues, los golpes y los tormentos que sufrí no se pueden describir.
De mi boca y de mi nariz corría sangre; mis labios estaban hinchados; mi barba y mi cabello estaban arrancados; mis vestiduras rasgadas y mi pantalón incluso bajado, porque también en mis partes íntimas Dios permitió que me torturaran.
Mis dedos estaban torcidos, mi hombro casi dislocado, y mis oídos escuchaban sus palabras llenas de odio.
Uno me decía:
—¿Me ves a mí? Yo soy el que te agarra del cuello y no te dejo leer claramente.
Otro decía:
—Yo soy el que te hace tal cosa…
Cada uno me mencionaba también las tentaciones que me provocaba.
Finalmente logré liberar mi mano y, al hacer la señal de la cruz, huyeron rápidamente por la ventana, dejándome medio muerto.
Entonces, después de arreglar mi ropa, bajé como pude a la cocina, donde estaba una anciana peregrina. Cuando me vio despeinado y golpeado, se asustó.
Entonces le dije:
-¿No subiste, señora Teodora, a ayudarme? ¡Los demonios me han matado a golpes!
La anciana me respondió:
-Escuchaba, padre Jacobo, los golpes y el ruido, pero pensaba que usted estaba trabajando y golpeando algo.
Estas tentaciones, tan dolorosas y grandes, muestran también la fuerza que el Señor dio al Yérontas para soportarlas y para enriquecerse con una jaris-gracia semejante al martirio».
¿Por qué permite el Señor las tentaciones?
Nos responde el gran Santo Isaac el Sirio: «Los luchadores espirituales son tentados para añadir más riqueza a su riqueza espiritual. Los negligentes, para protegerse de aquello que los perjudica. Los que duermen, para despertarse. Los que están lejos, para acercarse a Dios. Y los que son familiares de Dios, para entrar con confianza en su casa».
El santo pertenecía al primer caso, al de los luchadores espirituales, y además de aquellos que están “ardiendo en espíritu”: «En la actividad que se requiere para toda obra buena, no os echéis atrás ni seáis negligentes y perezosos, tened buen ánimo, servid y agradeced al Señor por todos estos carismas; alegres en la esperanza en los infinitos bienes que os ha preparado Dios, pacientes y valientes en los sufrimientos y en la oración seáis constantes y ardientes; socorred las necesidades de los creyentes cristianos, practicad la hospitalidad sin esperar que os la pidan» (Romanos 12:11-13).
El don o carisma del sacerdocio
El santo monje luchador Jacobo fue honrado muy pronto por el Espíritu Santo con el grandísimo don del sacerdocio y de la paternidad espiritual. En verdad era muy digno.
«Un día vino el higúmeno -cuenta el santo- al monasterio y me dijo:
-Padre Jacobo, lávate, báñate y péinate, porque vamos a bajar a Jalkida (Calcis capital de la isla).
Yo, sin saber el motivo, obedecí su orden.
Bajamos entonces a Jalkida y fuimos a la Santa Metrópolis. El metropolita en aquel tiempo era el difunto Gregorio, un hombre santo, reverente, pobre voluntario y amante del monacato.
Nos recibió con bondad paternal y allí me comunicaron que me destinaban al gran ministerio del sacerdocio.
Yo nunca en mi vida deseé cargos ni dignidades, ni siquiera imaginé que pudiera ser considerado digno de tal honor.
Acepté solamente por obediencia a mi yérontas y por respeto a aquel santo obispo».
Poco antes de la ordenación ocurrió un pequeño episodio lleno de χάρις (jaris: gracia, energía increada) que muestra la abundante χάρις del Espíritu Santo que ya cubría al todavía simple monje Jacobo.
«Cuando su yérontas, el padre Nicodemo, lo presentó como candidato al sacerdocio al metropolita de Jalkida Gregorio, éste le preguntó qué estudios tenía.
Al oír que sólo había terminado la escuela primaria, el obispo dudó y dijo:
-Sabes pocas letras, pero preguntaré acerca de ti y después te daré mi respuesta sobre si te ordenaré.
Entonces el santo Jacobo dijo:
-Me sorprendí a mí mismo por la respuesta que di al obispo. Le dije:
“Señor obispo, también los Santos Apóstoles eran pescadores sin instrucción. Cuando descendió el Espíritu Santo en Pentecostés, con la sabiduría y la iluminación que recibieron se convirtieron en maestros del mundo. Así también conmigo: cuando usted me ordene, descenderá el Espíritu Santo y me iluminará como iluminó a los santos apóstoles”».
Estas palabras no eran del propio Jacobo, sino del Espíritu Santo que habitaba en su corazón puro.
El mismo santo se sorprendió de dónde encontró la audacia para decir tales palabras, y también el obispo quedó tan conmovido e impresionado que le pidió que repitiera lo que había dicho.
«Así me ordenó -relataba el santo Jacobo- el arzobispo primero hierodiácono y después hieromonje.
Y me dio también como regalo y protección una pequeña icona-imagen de la Παναγία Panagía, diciéndome:
-Toma esta imagen de la Madre de Dios, padre Jacobo, para que te proteja en la soledad allá arriba donde vives.
Esta pequeña icona-imagen la tengo sobre mi cama todos estos años.
Pocos días después recibí también el permiso escrito para ejercer la paternidad espiritual, y así pude confesar a los cristianos».
Así comenzaba una nueva etapa de dura lucha y de enorme servicio espiritual para toda la humanidad para el santo.
Capítulo 4: La vida sacerdotal del Yérontas Jacobo
La diaconía (servicio) pastoral del Santo
«Después del feliz término del período del hisijasmo (vida de recogimiento y silencio, hisijía: serenidad mental y paz cordial), comenzó el período muy fructífero del diaconema del Yérontas hacia las multitudes de fieles que empezaron a afluir al Monasterio, guiados por la Jaris Gracia (increada) de Dios y la intercesión del gran Santo David del Yérontas.
El Santo Monasterio de San David hasta entonces era conocido por pocas personas, casi exclusivamente en la región de Évia. Ahora su fama comenzó a extenderse por toda Grecia y por todo el mundo.
El Yérontas Jacobo, como discípulo agradecido, se convirtió en apóstol de la gran santidad y capacidad milagrosa de su amado Santo David. Y cuanto más el Yérontas engrandecía al Santo, tanto más el Santo manifestaba y revelaba la santidad de su auténtico discípulo a una multitud de fieles de toda clase social, tanto clérigos, como laicos».
«Después de la Divina Liturgia», menciona el padre Emiliano Jíkaros, «acostumbraba a recibir a los peregrinos en el refectorio, donde junto con los Padres del Monasterio tomaban su desayuno. Conversaba con ellos cuanto se lo permitían los sufrimientos de sus enfermedades, y luego comenzaba la obra de la confesión.
Sentíamos al Santo como a un hombre siempre bien dispuesto a sostenernos y consolarnos; como un gigante del espíritu».
El Santo sostenía con sus logos, con los Santos Misterios, y especialmente con el de la Sagrada Confesión, con su caridad, con sus dones divinos y, en general, con todo su ministerio sacerdotal y pastoral, a una multitud de personas que acudían a su Santo Monasterio. Con toda la fuerza de su psique-alma se consagró a esta obra y fue elevado y manifestado como un gran misionero apostólico contemporáneo y Padre de la Iglesia. Al mismo tiempo no dejó de vivir de manera ascética, monástica, en ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y νήψις (nipsis: sobriedad), recogimiento interior y vigilancia espiritual (Nípticamente: en vigilancia y sobriedad e Hisijçasticamente: en serenidad mental y paz cordial).
El Santo como “oficiando (o celebrando) sin cesar al Señor”. La Divina Liturgia diaria como fuente de fuerza
«El Yérontas fue ordenado sacerdote con el beneplácito de Dios. La fuente espiritual que daba vida a su alma era la Divina Liturgia. Era su obra principal. La Divina Liturgia lo enriqueció con los frutos del Espíritu Santo.
Decía el Yérontas Efrén el Katunakiótis de Athos: “El sacerdote, cuando cuida su conciencia en cada Divina Liturgia, es imposible que su alma no reciba adición de la divina Jaris (energía Gracia increada). No solo él mismo, sino todos los hombres y la creación —incluso la misma Panagía— se benefician de la Divina Liturgia (‘Especialmente la Santísima Madre…’)”.
La Divina Liturgia es la obra principal de la vida de todo ser humano, y especialmente del sacerdote. Sin la Divina Liturgia, sin el Señor, no existe vida, no existe nada. Mediante la Divina Liturgia, que es la oración suprema y Misterio que tenemos en nuestra Santa Iglesia Ortodoxa, manifestamos nuestro amor y adoración supremos al Señor. Nos convertimos en amor realizando el mandamiento supremo:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza” (Marcos 12:30).
Por medio de la Divina Liturgia avanzamos desde “a imagen” al “a semejanza”, siendo purificados, iluminados y santificados.
«Al comenzar la vida sacerdotal en el monasterio -decía el Yérontas-, al orden habitual de los oficios sagrados diarios se añadió también la celebración de la Divina Liturgia diaria. Por la mañana, muy de madrugada, comenzábamos el oficio y antes de amanecer bien terminábamos la Divina Liturgia.
Así, comulgando diariamente los Inmaculados Misterios, sentía tal fuerza dentro de mí que era como un león. Tal fuego divino tenía mi psique-alma, que, durante todo el día ni hambre, ni sed, ni calor, ni frío sentía».
Nuestro Señor Jesús Cristo fortalecía al Santo para llevar a cabo su obra pastoral de manera perfecta, santificándose cada día más y más…
Trabajo manual duro con obediencia
«Desde la mañana hasta la noche -relata el santo Jacobo- trabajaba sin cansancio. Incluso al mediodía del verano, cuando los otros padres descansaban en sus celdas buscando algo de frescor y tranquilidad, yo cargaba tierra pesada y abonaba los huertos que cultivaba fuera del monasterio.
Una vez vino el higúmeno, el padre Nicodemo, al monasterio y, viéndome trabajar en pleno mediodía, me dice:
—Ve, padre Jacobo, también tú a tu celda a descansar. No trabajes bajo el sol ardiente.
Para bromear conmigo, me dice:
—Te encerraré en tu celda para obligarte a quedarte.
Entonces le digo:
—Saltaré por la ventana, padre.
Me dice el Yérontas:
—¿De verdad? Si te encerrara, ¿saltarías por la ventana?
—Claro que no, padre —le digo—. Pero lo dije porque tengo celo por trabajar para el Santo. Yo no me canso, no me molesta el calor, no quiero perder mi tiempo descansando».
La Divina Liturgia diaria era para el Yérontas fuente de grandísima fuerza, de modo que trabajaba duramente con sus manos sin perder la obediencia. También la Divina Liturgia, que celebraba con κατάνυξη (katánixis: compunción, dilatación del corazón) y devoción, era fuente de muchas experiencias espirituales.
Experiencias en la proskomidia o prótesis (preparación de la Liturgia). Modo de la Divina Liturgia y del canto
«Los estados espirituales que vivía el Santo en cada Divina Liturgia eran un misterio.
En la prótesis o proskomidia, al conmemorar nombres de vivos y difuntos, tenía “comunión” con las psiques-almas. Veía su estado. Muchas veces tenía diálogo con ellas.
En la Divina Liturgia era majestuoso con dignidad sagrada. En sus exclamaciones sacerdotales era pausado y contenido. Su canto (aunque no conocía música) era sumamente melódico, compungido, nacido del corazón. “Canto para mi Jesús”, como decía».
Diórasis visión espiritual penetrante en la Divina Liturgia
«Cuando concelebraba con otros sacerdotes, todo lo veía y lo oía con sus ojos y oídos espirituales.
A un sacerdote, en cuanto terminó la prótesis, se le acercó y le dijo:
“Padre mío, no has sacado partícula por el obispo que te ordenó. Tenemos obligación, es necesario sacar partícula por el obispo que nos ordenó”».
No cambiaba su programa litúrgico por peregrinaciones
«Para no interrumpir la Divina Liturgia diaria, no cambiaba su programa ni hacía peregrinaciones.
“Ni siquiera fui al Monte Athos -decía- ni a Tierra Santa. Sin embargo, a donde deseé ir, mi buena Panagía, de modo espiritual, me llevó y me mostró todos los lugares santos”.
Incluso la santa cabeza (reliquia) del santo David no la acompañaba él fuera de Évia, sino que normalmente encargaba a alguno de los padres que la acompañara».
El santo Yérontas tenía una bendita estabilidad en su programa espiritual, característica de los Santos luchadores espirituales.
Sacrificio) del Santo para no interrumpir la Divina Liturgia diaria
«Para manifestar el sacrificio del Santo en sus deberes sacerdotales mencionaremos un hecho: Cuando ya casi se habían agotado sus fuerzas físicas y no podía resistir más, como él mismo decía, para que no se interrumpiera la Divina Liturgia diaria en el monasterio, celebraba con gran dificultad.
No había otra solución, porque el padre Cirilo atendía sacerdotalmente a las aldeas cercanas.
En el momento de la Sagrada Comunión o Efjaristía, debido a su estado, daba la comunión a los fieles sentado en una silla en la Puerta Santa. Incluso había encargado a un monje que permaneciera en el altar, cerca de la Puerta Santa, para ayudarle si era necesario».
Bendición a un recién ordenado
«A un hieromonje recién ordenado, después de besarlo, le dijo: “Padre mío, te deseo que vivas el sacerdocio con doxa-gloria y honor”.
Le deseó aquello que él mismo vivía: un sacerdocio glorificado y honrado».
El Santo como Pastor y Padre espiritual. Vida pastoral y sacramental en el monasterio
«El monasterio de San David, en los días del Yérontas, era también parroquia, una “superparroquia”. Multitudes de personas, tanto de la región cercana como de lugares lejanos, llegaban al monasterio y todos deseaban besar su mano y escuchar unas pocas palabras de su boca, las cuales guardaban dentro de sí como herencia para toda su vida.
El katolikón (templo principal) del monasterio, cuando celebraba el Yérontas, estaba lleno.
En el momento de la Sagrada Comunión, el Yérontas, con gran atención y reverencia, daba la comunión a las multitudes de fieles, diciendo con compunción: “Cuerpo y Sangre de Cristo, para remisión de los pecados y la vida eterna”».
El Santo Jacobo sobre la multitud de gente en el monasterio
«No se hace nada en nuestra vida, -observa el hieromonje Alexio, querido hijo espiritual del santo-, sin la voluntad de Dios, ya sea por beneplácito divino o por concesión (permiso). El hecho de que venga tanta gente aquí significa que, al menos, sucede por concesión de Dios. Decía el Yérontas: “¿Cómo vienen tantas personas aquí, si nadie las ha invitado? Creemos que vienen porque las quiere San David; por tanto, vienen por beneplácito de Dios”.
Puesto que el Santo David quiere a estas personas, ¿cómo nosotros, como obedientes del Santo, podríamos tener otra opinión?
Así pues, aquí estamos llamados, con la χάρις (jaris: gracia energía increada) de Dios, a mantener un equilibrio entre el hesicasmo (vida de recogimiento, en hisijía: serenidad mental y paz cordial), sin el cual no existiría vida espiritual interior ni Iglesia, y es esta misión apostólica contemporánea, a la que está llamado a servir el monacato contemporáneo, y que siempre ha existido en la sagrada parádosis tradición de la Iglesia Ortodoxa.
Este equilibrio es realmente difícil y solo puede lograrse con obediencia y humildad.
Vemos, por tanto, al Yérontas cargar con todo este peso de la gente, no solo externamente como ocupación, sino verdaderamente el peso de la mayoría de aquellos que venían. Cargaba la cruz personal de los problemas de las personas como padre espiritual y guía de sus psiques-almas.
Creemos, pues, que la paciencia que tuvo el Yérontas en este programa -que en definitiva San David organiza en su monasterio, con la afluencia de gente y la consiguiente misión- fue lo que lo santificó, y eso mismo es lo que nos santificará también a nosotros, si seguimos esas huellas.
La vigilancia y sobriedad espiritual (νήψις nipsis) y el servicio social van juntos dentro de la Iglesia. Ejemplo de ello son muchos de los Padres teoforos portadores de Dios, que fueron llamados por la Iglesia desde el desierto para pastorear al pueblo, y sirvieron en este ministerio conservando el desierto y el hisijasmo (serenidad mental y paz cordial) dentro de su corazón.
Con lo dicho no significa que rechacemos la vida eremítica -¡Dios no lo permita!- ni otros modos de monacato. Todo es necesario y debe existir en la Iglesia.
Pero hemos intentado dar una respuesta a este tipo de ascesis (ejercicio espiritual) en un monasterio que al mismo tiempo es lugar de peregrinación, subrayando el carácter martirial de este modo de vida, que, si el hombre lo soporta con conocimiento, adquiere la χάρις (jaris: gracia energía increada) de Dios y el amor, en el cual están también todas las demás cosas.
Finalmente, las personas que vienen a este Monasterio y se benefician de este modo de vida lo consideran suyo, lo aman como su propia casa, y eso no es poca cosa.
Para concluir nuestra conversación, diríamos que el Yérontas vino a este monasterio para salir del mundo. Pero Dios, al final, lo llevó al centro del mundo. Hizo obediencia a la voluntad de Dios y llegó al punto de que, con su humildad y obediencia, no solo no era perjudicado por el mundo, sino que él mismo era bendición para el mundo».
El Santo Jacobo ejerció en grado perfecto el carisma del sacerdocio, que se manifiesta: a) como ministerio pastoral —consejo y predicación del Logos divino— y b) como celebración de los Santos Misterios, especialmente la Sagrada Confesión y la Divina Efjaristía-Divina Liturgia.
Fue manifestado como misionero Apostólico contemporáneo, pastor y padre de la Iglesia de alcance mundial, a pesar de su esforzado intento de permanecer oculto y desconocido.
La presencia del Santo Jacobo
«La presencia del Santo Jacobo -relata el padre Emiliano Jíkaros- era etérea, ligera como el aire, pero al mismo tiempo imponente y majestuosa.
Su voz era grave y potente. Luchando contra las pasiones (pazos) y habiéndose liberado de ellas, alivió su psique-alma. Es decir, cooperando con la jaris gracia divina, hacía ligera su alma, llenándola del aliento vivificante del Espíritu Santo. El Señor hizo morada en él: “Jesús le contestó: «El que me ama aplicará y cumplirá la enseñanza de mis logos, y mi Padre lo amará y vendremos a él y en él nos alojaremos permanentemente, metamorfoseando y convirtiendo su corazón y su cuerpo en templo vivificado y deificado del Dios vivo. (Jn 14, 23); toda su psique-alma se convirtió en instrumento resonante del Paráclitos.
Una persona espiritual conocida por nosotros, después de encontrarse con él y al comentarle que no había preguntado sobre cierto asunto, respondió: “Me basta con haber visto su rostro”.
La impresión que tuvo una señora de nuestra ciudad (Volos) la primera vez que lo encontró se expresó en la siguiente frase: Te amaba como si te hubiera conocido toda la vida».
Con amor, el Santo Jacobo logra dar la comunión a un niño
El Santo, iluminado por el Espíritu Santo, daba soluciones admirables a los diversos problemas pastorales que encontraba.
Durante su larga labor «no faltaban los imprevistos. Una abuela de la región, piadosa, pero “poco formada”, llevó a su nietecito para que comulgara. Pero el niño mantenía la boca cerrada con terquedad.
La abuela se enfadó e intentaba abrirle la boca por la fuerza, diciendo en dialecto local:
—¡Abre la boca, mandíbula, maldito!
El Yérontas inmediatamente le dijo:
—No le hables así al niño, no tiene la culpa. Entonces entró en el altar, dejó el Santo Cáliz sobre la Santa Mesa, tomó un pan bendecido (antídoron), sacó también de su bolsillo un billete, salió a la Puerta Santa y dijo al niño: “Ten, hijo mío, este pan consagrado para comer, y toma también esto -dándole el dinero- para que compres caramelos”.
El rostro del niño brilló de alegría. Cuando después el Yérontas salió con el Santo Cáliz, el niño abrió con gusto la boca y tomó la comunión. Y después el Yérontas continuó dando la comunión al resto de los fieles».
Ministerio pastoral de los “templos vivos y no vivos” en las aldeas cercanas al monasterio
«La Santa Metrópolis – relata el Santo-, debido a la falta de sacerdotes, me encomendó la atención sacerdotal de la región alrededor del monasterio.
Así, durante muchos años ofrecí mis servicios a unos treinta pueblos y asentamientos de la zona montañosa alrededor del monasterio. Por turnos celebraba la Divina Liturgia en todos los pueblos cercanos y, en general, atendía sus necesidades sacerdotales: bautizos, matrimonios, funerales, etc.
Los habitantes de los pueblos cercanos, sin sacerdote, permanecían durante años sin Divina Liturgia, sin confesión, sin comunión; eran como ovejas sin pastor».
El Santo sufría y luchaba con incomparable abnegación por la salvación de todos.
«El Santo, aunque era un alma profundamente hesicasta (con hisijía: serenidad mental y paz cordial) y continuamente litúrgica, con gran disposición y diligencia sirvió a la gente sencilla durante muchos años, en numerosos pueblos y aldeas que atendía. Además de la Divina Liturgia dominical, celebraba también todos los Misterios (sacramentos) y ritos, como bodas, bautizos, etc.».
«Las Iglesias de los pueblos estaban descuidadas y, sobre todo, las muchísimas capillas rurales -que constituían una especial debilidad del Yérontas- estaban casi abandonadas.
Así, además de la reconstrucción y ordenamiento del monasterio de San David, el celo del Yérontas por los templos “animados y no animados” de Dios se extendió como fuego por toda la región circundante, no para quemar y destruir, sino para calentar, iluminar, edificar y revitalizar a todos y a todo».
«En sus recorridos litúrgicos, al constatar la gran pobreza y las carencias de los distintos templos y capillas de la región, asumió con celo y sacrificio -aprovechando cada pequeña donación que Dios le concedía- la tarea de equipar los templos con los utensilios litúrgicos necesarios. Logró, como confesaba con alegría, ver todas las Iglesias ordenadas, equipadas, sin carencias. Incluso el aceite necesario para las lámparas lo procuraba y lo proporcionaba desde el Santo Monasterio».
Milagrosa multiplicación del aceite
«Aquí relatamos el siguiente hecho maravilloso: Como el aceite del monasterio era escaso y las Iglesias de la región muchas, y también numerosos los pobres a quienes ayudábamos, supliqué a la Panagía, a San David y al santo profeta Elías que ayudaran para que nuestro aceite no se agotara, sino que alcanzara para todos.
Bajando después de mi súplica al almacén del aceite, veo que la tapa del recipiente temblaba y el aceite rebosaba y se derramaba alrededor.
Al principio pensé que había caído dentro un ratón, que al intentar salir movía la tapa y hacía que el aceite se derramara. Me dije: “¿Qué haré ahora con tanto aceite si ha caído un ratón? No sirve ni para comida ni para las lámparas… pero ¿cómo pudo caer dentro, si la tapa está en su sitio?”.
Al abrir el recipiente comprobé que no solo no había caído ningún ratón, sino que el aceite brotaba milagrosamente, hirviendo como si manara de una fuente, inundando todo alrededor. Este milagro ocurrió especialmente porque abastecíamos a las Iglesias y capillas cercanas para sus necesidades, y también para la caridad a los pobres».
El Santo como quien da caridad sin cesar. La virtud de la caridad en el Santo
«La caridad (limosna) la había heredado el Yérontas de su madre. Tanto se enriqueció su psique-alma con esta virtud que hizo incluso a Dios hacerse hombre, que los hechos que relataba eran admirables.
Por eso aconsejaba a sus hijos espirituales abrir su corazón y su mano; dar con alegría y verían milagros en su vida.
El Yérontas “competía” con el Dios misericordioso, vaciaba sus manos y Dios se las volvía a llenar aún más; otra vez lo mismo, y la respuesta del misericordioso Dios era aún mayor. El Yérontas se maravillaba y se asombraba al comprobar la grandeza de esta virtud y la riqueza de la misericordia de Dios.
Vale la pena mencionar un hecho característico: Una vez celebró la Divina Liturgia en un pueblo de la región y, al terminar, regresaba al monasterio en un animal, llevando consigo solo diez o veinte dracmas.
En el camino vio a una anciana sentada fuera de una casita, bajo un árbol, empapada, cubierta con un saco y temblando de frío.
Bajó con dificultad del animal -pues había sido operado recientemente- y se acercó a consolarla. Ese era su deber.
Después de exhortar al hijo y a la nuera sobre su comportamiento hacia la madre anciana, le dijo:
—Toma, abuela, estas veinte dracmas para comprar un poco de azúcar y hacerte algo caliente. No tengo más que darte.
Tras consolarla, montó de nuevo hacia el monasterio. Más adelante lo detiene otra anciana conocida y le dice:
—Padre Jacobo, toma este dinero porque conmemoras a mi difunto marido, y toma también estos huevos.
Le dio unas doscientas dracmas y bastantes huevos.
—Abuela -le dice-, a tu marido lo conmemoro, pero no quiero dinero. Y sobre los huevos también tenemos gallinas en el monasterio, quédate con ellos.
—No, Padre, no me ofendas —respondió ella.
Y así se vio obligado a aceptarlos.
Al llegar al monasterio, le esperaba un anciano enfermo de un pueblo cercano:
—Padre Jacobo, si tienes cien dracmas para prestarme, para ir al médico, te las devolveré cuando pueda.
El Yérontas le dijo:
—Toma, abuelo, estas doscientas dracmas para el médico y los medicamentos, y no quiero que me las devuelvas.
Entró en el monasterio de nuevo sin una sola moneda en la mano. Poco después llegaron peregrinos y le dijeron:
—Padre, toma este sobre para que nos hagas un “cuarentenario” (cuarenta Liturgias). Y le dieron veinte mil dracmas.
El Yérontas les dijo:
—Haré el cuarentenario, pero el dinero no lo quiero.
Sin embargo, le rogaron que lo aceptara. Con ese dinero compraron un gran candelabro para el monasterio y el resto se empleó como correspondía.
“Cada mes —decía el Yérontas— tengo familias necesitadas y les proporciono lo necesario en alimentos y dinero. Doy uno y Dios me da diez. Apenas pienso en dar algo, inmediatamente la respuesta de Dios me da mucho más. Por eso -decía- da, da, y Dios te dará”».
Así el Yérontas continuó su ministerio, socorriendo materialmente y espiritualmente, y luchando con una ascesis sobrehumana.
El Santo hacía misericordia a todos y a todo, animado e inanimado, asemejándose al Señor, que cuida de todos y de todo, «hace llover sobre justos e injustos» (Mat 5, 45) y sostiene, conserva, mantiene y guía toda Su creación.
El Santo Jacobo sobre la akríbia exactitud en la gestión de las ofrendas de los fieles
El Santo administraba con admirable exactitud todas las ofrendas de los fieles y procuraba siempre no “comer pan gratuitamente”.
«Nos decía: “Nunca deseé pago por los oficios sagrados como Divinas Liturgias, cuarentenas (cuarenta liturgias), memoriales, bendiciones de aguas y demás. Pero como las personas sentían la necesidad de ofrecer algo, tomaba lo que me daban para no entristecerlas, y con ese dinero fruto de su esfuerzo se hizo todo lo que se hizo en el monasterio”.
Decía característicamente: “Cada reja, cada barrote, es una oración”.
En cuanto a las ofrendas de muchos peregrinos por las cuales no habíamos trabajado, ese dinero, que no era poco, iba directamente a las personas necesitadas, siempre con discernimiento, de modo que el fruto de la limosna volvía inmediatamente a los donantes. Yo solo hacía la administración».
El Santo como providente cuidador de la creación irracional. Reforestación de manera original
«La benéfica influencia del corazón amoroso del Yérontas la recibió también la naturaleza.
“Cuando llegué al monasterio -dice el Yérontas-, a causa de un incendio anterior, las montañas circundantes estaban desnudas, y solo algunos pinos y abetos, salvados del fuego, existían muy dispersos.
Así, mientras iba a mis distintas tareas, llevando en el bolsillo semillas de piñas de pino, las iba sembrando por toda la región, y así, poco a poco, con este cuidado original y sobre todo con su oración, el bosque revivió, brotaron los pinos y las montañas quedaron cubiertas de fragantes pinares”».
El Yérontas decía que hacía una oración especial para que el bosque se conservara, sobre todo de los incendios, que también tienen como causa la envidia del diablo, quien incita a sus instrumentos a destruir los bosques.
Esta reforestación original contribuyó, además, al progreso económico de las zonas cercanas, cuyos habitantes recolectan resina y talan los árboles con moderación.
Los santos son bendición no solo para los hombres, sino para toda la creación. Su amor en Cristo abraza todo, lo animado y lo inanimado. El venerable “corría” continuamente sirviendo a todos.
Ministerio pastoral y ascesis
El Santo imitaba a san Apóstol Pablo, que «golpeaba su cuerpo y lo sometía» (1Cor 9, 27), para no resultar reprobado ante el Señor mientras servía al prójimo.
«En todas las estaciones —relataba—, a pie o con animales, tras avisar previamente, iba a los pueblos desde la tarde del sábado y por la mañana, después de celebrar la Divina Liturgia, regresaba al monasterio».
El Yérontas tenía un celo admirable por imitar las diversas prácticas ascéticas de los santos que leía en los sinaxarios (vidas de santos).
Leyendo la vida de san Daniel el Estilita, vio que el santo dominaba sus necesidades naturales durante muchos días debido a los numerosos peregrinos que lo rodeaban día y noche buscando consejo y bendición. Admirando esta ascesis sobrehumana, el Yérontas la imitó con buen celo.
«Así -decía-, desde que salía del monasterio para ir a celebrar en los pueblos, me contenía en mis necesidades naturales hasta regresar al monasterio.
Pasaba la noche del sábado en casas de personas piadosas, pero en los pueblos, en aquella época, muchas veces no había instalaciones -los campos servían a la gente-, y aun cuando las había, debía tener mucho cuidado, porque a los sacerdotes todo se les puede malinterpretar.
Así, imitando a los santos que se forzaban a sí mismos, me forzaba también en este aspecto».
Nipsis, Vigilancia espiritual, templanza, pureza y castidad en su ministerio
«Para mostrar la vigilancia del Yérontas en la conservación de la pureza de su corazón, vale mencionar que, entre tantos niños que bautizó en la región, nunca vio durante el sacramento sus cuerpos desnudos.
“Todos los bauticé —decía— con los ojos cerrados. También el corte del cabello y la unción con el santo Crisma los hacía con los ojos cerrados. Procuraba que no quedara impresa en mi psique-alma la imagen del cuerpo desnudo, ni siquiera de un niño pequeño”».
El Santo como contemplador del mundo espiritual. Procesiones fatigosas y hechos maravillosos
«Muchas veces, según la piadosa costumbre de aquellos tiempos, el Yérontas, llevando la santa cabeza (reliquia), recorría diversos pueblos con las mulas del monasterio para bendecir la región.
Esto era muy fatigoso para su naturaleza de carácter hesicasta. Pero cuando terminaba la gira y regresaba al monasterio, muchas veces el Santo David se le aparecía visiblemente, recompensando su esfuerzo.
Decía el Yérontas: “Una vez, al regresar con la santa reliquia, me sorprendió la noche fuera del monasterio. Al acercarme, veía una luz brillante fuera del monasterio iluminando la zona y el sendero por donde venía.
Al llegar y entrar en la Iglesia, vi a la derecha a un Yérontas de pie esperándome. Después de depositar la reliquia y venerar los iconos del templo, fui a saludarlo pensando que era uno de los monjes, pero desapareció. Era el santo David, que me esperaba vivo, como en realidad lo está”».
El Santo Jacobo sobre que los santos están vivos
«Queriendo mostrar que los santos están vivos y dispuestos a ayudarnos, dijo: “Un día estaba detrás del altar, donde hay una pequeña columna cercada, donde antiguamente estaba la Santa Mesa o altar. Veo delante de mí a un hombre alto, digno, de porte noble, con cabello y barba blancos.
Le dije:
—Padre, bienvenido. ¿Quién eres?
—Soy el Anárgiro (sin plata o dinero) Ciro y voy a un pueblo cercano a ayudar a un niño enfermo. Sus padres me han suplicado. En su casa tienen el icono de Ciro y Juan, los Anárgiros (sin plata).
Inmediatamente desapareció de mi vista. Parecía que acababa de salir de la Iglesia. En los relicarios que tenemos están las reliquias de Ciro y Juan”.
Y continuó el Santo Jacobo: “Debes saber, hijo mío, que san Ciro es un anciano, pero de aspecto hermoso, muy bello. Las personas ruegan e invocan a los santos, y ellos van y los ayudan, aunque ellos mismos no los vean”».
El Santo como pedagogo–maestro de la vida en Cristo. La hospitalidad y la misión apostólica del Santo Jacobo
«Los cristianos que visitan los monasterios, masculinos y femeninos, normalmente se adaptan al programa del monasterio que los hospeda. En este programa se incluyen: el horario de visitas, los oficios sagrados y —donde existe posibilidad de alojamiento— las horas de silencio común, así como el horario del comedor.
En la bendita época del diaconema (servicio, ministerio) espiritual del Yérontas Jacobo en el Monasterio de San David, como higúmeno (abad), las puertas del monasterio estaban abiertas desde el amanecer hasta casi la medianoche. Algunas personas, acostumbradas al orden y a la disciplina en su vida, si no se escandalizaban, al menos se quedaban sorprendidas al entrar en el monasterio de San David. Existe un proverbio ruso que dice: “este hombre camina siguiendo su nariz”, lo que significa que hasta allí alcanza ver. A esta categoría pertenecían algunos visitantes que, al entrar en el patio del monasterio y ver innumerables niños de muchas familias, sobre todo numerosas, correr, gritar y jugar a perseguirse, quedaban asombrados. Algunos decían: “¿Qué monasterio es este? ¡Hemos venido aquí a tranquilizarnos, a rezar, y con este ruido casi nos volvemos locos!”.
Un hombre razonable diría que en el patio del monasterio reinaba una completa “anarquía”. Sin embargo, un hombre teoforo portador de Dios, imitador de Cristo, al escuchar las alegres voces de los niños, oía las voces de los ángeles. Vivía en la práctica las palabras del Señor: “Dejad a los niños y no les impidáis venir a mí, porque de ellos y de los que se parecen a ellos sobre la sencillez y la inocencia, pertenece el reinado de la realeza increada de los cielos” (Mt 19:14). Sabía que los ángeles guardianes de los niños inocentes contemplan continuamente el rostro del Padre celestial.
El monasterio, con la presencia viva de San David y la presencia física del venerable Yérontas Jacobo, se había convertido en un “invernadero” espiritual. Había tanta alegría, tanta calidez, tanta paz, tanta jaris (gracia energía increada) de Dios, que solo las psiques-almas inocentes de los niños podían experimentar y expresar. El Yérontas se alegraba por la bendición y la jaris de Dios que impregnaba las psiques-almas de las familias bendecidas que habían sido dignas de vivir en esa atmósfera espiritual.
El Yérontas, en el silencio de la noche, por el “desbordamiento” de la jaris increada de Dios, a veces cantaba con su dulce y melancólica voz oriental himnos kataníktikos compungidos. Entonces cambiaba la atmósfera a nuestro alrededor y en nuestras psiques-almas. Era algo celestial.
Después de la Divina Liturgia diaria, al salir el Yérontas del templo, lleno de divina jaris, era rodeado por innumerables peregrinos y niños, como un “imán” espiritual. Todos querían besar su mano, hablarle, hasta que llegaba al antiguo comedor para el café habitual. Allí, el Yérontas, rodeado de muchos niños pequeños, como otro patriarca Abraham, encontraba la ocasión de enseñar, aconsejar y alabar con alegría. Decía: “El monasterio no es nuestro. No somos propietarios, sino huéspedes. ¡Y la ropa que llevamos, el pan que comemos y el agua que bebemos, todo es del Santo! ¡Nosotros, cuando vinimos, solo trajimos nuestros pecados!”».
El ministerio docente del Santo
«El asceta padre Jacobo, manso, apacible, humilde y extremadamente silencioso en los últimos años, con la iluminación del Espíritu Santo se convirtió en maestro mediante palabras sencillas y dulces como la miel. Quienes lo conocieron consideraban una gran felicidad escucharlo hablar, ya fuera relatando episodios de su vida -de su infancia, juventud o vida familiar-, ya describiendo con celo los milagros de su muy amado San David, o narrando diversas historias espirituales. Con ellas respondía a los problemas de oyentes concretos, gracias al don de diórasis (clarividencia, visión espiritual penetrante) que poseía.
Este carisma está confirmado por innumerables hechos de la comunicación personal que tenían con él sus hijos espirituales y peregrinos. Estos quedaban asombrados cuando, en el primer encuentro, el Yérontas los llamaba por su nombre y comenzaba directamente a hablar de sus problemas concretos, ofreciendo soluciones y orientaciones admirables. A otros les revelaba sus pasiones (pazos) ocultas y pecados de una manera aparentemente graciosa y juguetona.
En su narración era muy agradable. Hablaba con simplicidad infantil y la alegría que difundía a su alrededor era tan grande, tan pascual (llena de resurrección), que las personas, sentadas o de pie, rogaban que no dejara de hablar, considerando una gran dicha estar cerca de él, verlo y escucharlo.
Muchas veces, al terminar la Divina Liturgia, desde el templo hasta el comedor -donde bebía dos o tres sorbos de café- el Yérontas tardaba una hora o una hora y media en recorrer veinte metros, literalmente asediado por una multitud innumerable de todas las edades. Así, después del largo oficio y la Divina Liturgia, permanecía sonriente; intentaba consolar a todos, decir a cada uno un logos divino de alivio. Soportaba permanecer de pie en el patio del monasterio hasta lograr llegar a su sillita en el comedor. ¡Cuánto dolor físico se escondía bajo su sonrisa y cuánta paciencia!
Muchos peregrinos, que desconocían su estado de salud, lo felicitaban al verlo tan bien. Todo su trabajo se realizaba en secreto. Bajo el amor paternal, la dulzura paradisíaca de su rostro y de sus logos, se ocultaba el asceta; se ocultaba aquel que estaba continuamente crucificado voluntariamente. Ponía en práctica el himno que se canta en la fiesta del santo gran mártir Jorge. También podría decirse de él: “no tuviste compasión de tu propio vaso de barro, oh santo padre, sino que lo endureciste con los tormentos y lo hiciste útil al Señor Cristo”. [Cf. Doxástico de las Laudes del oficio de maitines de la fiesta de San Jorge el Victorioso, tono plagal primero, de Teófanes:
«Ha despuntado la primavera; venid, regocijémonos. Ha resplandecido la Resurrección de Cristo; venid, alegrémonos. La memoria del atleta (mártir) ha sido manifestada, alegrando a los fieles; por eso, amantes de las fiestas, venid, celebrémosla místicamente. Porque éste, como buen soldado, se mostró valiente contra los tiranos y los avergonzó, haciéndose imitador de la pasión de Cristo Salvador. No tuvo compasión de su propio vaso de barro, sino que lo ofreció desnudo, soportando los tormentos; a él clamemos: ¡Oh atleta, intercede para que se salven nuestras almas!»]
En aquellos últimos años, el hasta entonces desconocido monasterio de San David se llenaba de peregrinos de toda Grecia y del extranjero: multitudes de toda condición, desde analfabetos hasta profesores universitarios, desde jueces y políticos eminentes hasta pastores y leñadores. También se llenaba de monjes y clérigos de todos los grados. Todos ellos veían en el rostro del Yérontas a un hombre de Dios que los descansaba, los aliviaba, los animaba, les daba esperanza y alegría; en una palabra, los consolaba».
El don de las imitaciones graciosas del Santo Jacobo
«El Rey celestial, el Paráclito, habitó en la psique-alma del Yérontas Jacobo y lo convirtió en un rey espiritual y en consolador. Aliviaba, descansaba y reconfortaba las almas de quienes se acercaban a él. Se compadecía de las personas llenas de sufrimientos y tristezas; que eran, como él mismo decía a menudo: “como ovejas sin pastor”.
Para aliviarlos, alegrarlos y al mismo tiempo enseñarles de manera agradable, utilizaba su don o carisma innato de representación e imitación, narrando diversas historias y episodios graciosos. Tenía, junto con otros carismas o dones, en muy alto grado este don de la actuación como actor.
“Tenía el don de las imitaciones graciosas. Entre otras cosas, imitaba al cantor de un pueblo, el cual, para encontrar el tono de los himnos de resurrección, utilizaba como entonación un suspiro repetido: ‘oj—oj—oj, oj—oj—oj’”». “Y viendo las multitudes, sintió ternura y dolor por ellas, porque estaban perdidas espiritualmente como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9:36).
Representación graciosa de un sermón por el Santo Jacobo
«En otra ocasión, el Yérontas Jacobo había ido a la fiesta de la Presentación de la Madre de Dios en un pueblo, para alumbrar y embellecer la celebración. El sacerdote del pueblo, poco instruido y sencillo, decidió predicar. El Yérontas, imitando su forma de hablar —o más bien su dialecto en pueblerino—, nos hizo una representación del sermón:
“Hoy, hijos míos, os voy a hablar del sacrificio de Abraham. El Abraham cogió a su hijo, a Isaac, y le dijo: ‘Venga, hijo mío, coge un haz de leña para que subamos al monte, ofrezcamos sacrificio a Dios y comamos también alguna chuletilla’.
Cuando subieron al monte, Abraham hizo el altar y puso encima la leña. Entonces Isaac le dice:
‘Padrecito mío, la leña está lista, pero no veo la víctima’.
Entonces Abraham dice:
‘¡A ti te sacrificaré!’.
Agarró al niño y lo arrodilló sobre la leña. Lo cogió por la barbilla y levantó el cuchillo para degollarlo. El niño gritaba:
‘¡No me mates, padrecito mío! ¡Auxilio!’.
Entonces se oyó una voz fuerte y poderosa:
‘¡Abraham, deja al niño!’.
‘¿Quién eres tú?’, dice Abraham. Y oye:
‘Soy Dios. Ahora he comprendido que verdaderamente crees en mí’.
Y luego le dice:
‘Vuélvete y mira’.
Se volvió y ¿qué vio? ¡Un gran carnero con enormes cuernos —y hacía también el gesto— que estaba enredado en un arbusto! Abraham lo tomó y lo sacrificó a Dios. Comieron las chuletillas con Isaac y bajaron del monte”.
Al terminar su sermón dijo:
“Hoy, hijos míos, celebramos la Presentación de la Madre de Dios”.
Y continuó la Divina Liturgia diciendo:
“Como bajo tu protección somos siempre guardados…”.
Al terminar su dramática narración, el Yérontas dijo:
“¿Para qué necesitaba predicar el bendito? ¡A ver cómo celebras la liturgia después de un ‘sermón’ así!”».
El Santo Jacobo corrige con gracia a un monje cantor
«Uno de los padres del monasterio, el padre Serafín, era una figura emblemática. Con su abundante barba, de la cual incluso se había jactado ante el Patriarca diciendo que, si alguien veía una foto de ellos juntos, seguramente pensaría que él era el Patriarca. Así provocó la risa de los presentes.
El padre Serafín había entrado en la vida monástica “desde el matrimonio”, sin hijos. Era una persona muy creyente. Tras la muerte de su joven esposa, cerró su tienda —era pescadero— y vino al monasterio de San David para hacerse monje. El Yérontas Jacobo le preguntó:
—Hijo mío, ¿quieres hacerte monje por la tristeza de la muerte de tu esposa? Aquí en el monasterio, como sabes, vienen muchas mujeres a venerar al Santo, mayores y jóvenes. Como fuiste casado, ¿puede ser que te escandalices?
Entonces el padre Serafín respondió:
—A las jóvenes las veré como hermanas y a las mayores como madres.
Así —cuenta el propio padre Serafín— el Yérontas decidió hacerme monje. Durante 17 años vivimos los tres en el monasterio: el Yérontas, el padre Cirilo y yo».
Intervenciones milagrosas del venerable santo David
«El padre Serafín era poco instruido, pero tenía el don de narrar vivamente los hechos que había vivido. Una de esas narraciones, tan viva como maravillosa, es la siguiente:
Un día de invierno llegaron dos hombres del pueblo del Santo, Livanates, para llevar la Santa Cabeza (reliquia) a su pueblo, como cada año. El Yérontas Jacobo me encargó acompañar la reliquia de San David. Yo, viendo que se acercaba una nevada (como es sabido, la gente sencilla suele ser buena meteoróloga), dije a los dos paisanos:
“Probablemente nevará y no podremos llegar a los Baños (desde donde tomaríamos el barco)”.
Ellos me dijeron:
“Padre Serafín, debes tener fe y todo irá bien”.
Tomamos la bendición del Yérontas y la reliquia, y partimos. Cerca del monasterio había nevado muy poco y el coche descendía sin problema. Pero como el mal tiempo venía de abajo, del sur, tras algunos kilómetros la nieve alcanzaba alrededor de un metro de altura. Como era natural, el vehículo quedó inmovilizado y las ruedas giraban en el aire. Dentro del coche cundió el pánico…»
«—¿Qué haremos ahora, padre Serafín? -decían-. ¿Salir, cavar en la nieve, buscar piedras y ramas para poner en las ruedas y desatascar el coche?
Yo les digo:
—Eso no se puede hacer. La nieve es demasiada y el coche está atascado por debajo.
No había solución humana. Entonces les recordé sus propias palabras que me dijeron antes de salir: “Ten fe, padre Serafín, y todo irá bien”.
Así que, sentado en el asiento del copiloto con la Santa Cabeza en mis brazos, la levanté y dije al Santo:
—¡Mi Santo David! El coche está atascado. Debemos llegar a los Baños para tomar el barco, porque en tu patria, Livanates, la gente nos espera. Ahora te necesito para que nos ayudes.
Luego le digo al conductor:
—Pon primera y arranca.
¡Y de hecho! Puso primera y el coche comenzó a moverse. Asombrado, el conductor, al ver que el coche se movía solo, giró la cabeza y gritó:
—¡Padre Serafín, el coche no deja huellas en la nieve detrás! ¡Estamos en el aire!
Le digo:
—No grites. ¡El Santo nos ha levantado y nos sostiene en el aire!
Después de recorrer algunos kilómetros sin tocar la nieve, poco antes de los Baños, la nieve disminuyó, el coche “aterrizó” y continuamos normalmente el resto del camino.
Al llegar, sin embargo, el barco ya había salido hacía tiempo y apenas se veía a lo lejos en el mar. El conductor, preocupado, me dice:
—¿Qué haremos, padre Serafín? No hay otro barco y la gente nos espera.
Yo le digo nuevamente:
-¿No dijiste que debíamos tener fe?
Levanto la Santa Cabeza y digo al Santo:
-¡Mi Santo David, ves que el barco se ha ido! No hay otro. En este momento, dile al capitán que vuelva a recogernos. ¡Oh, milagro!
Vimos cómo el barco giraba y regresaba al puerto donde esperábamos. Así subimos con el coche y continuamos nuestro viaje.
Cuando pregunté al capitán cómo había regresado y nos había recogido mientras el barco estaba muy lejos, me dijo:
-No sé cómo. Giré, miré hacia los Baños y vi el coche en el muelle, que apenas se veía. Entonces pensé: ¿será el Santo David y querrá cruzar? Así que giré y los recogí».
Un santo dijo:
“Los milagros se realizan en los más simples de mente e intelecto y en los más fervientes en fe”.
El padre Serafín tenía un don de voz muy potente y penetrante. Cantaba con fervor, pero en un tono anónimo. Consideraba el atril del cantor casi como su propiedad.
El Yérontas Jacobo, para corregir esta actitud, una noche después de la oración de la tarde, comenzó a narrar de manera agradable y algo pomposa:
—Padre Serafín, anoche tuve un sueño. Que teníamos fiesta en el monasterio y tú no dejabas cantar a nadie más. Me entristecí tanto que quise salir. Pero, padre Serafín, era un sueño, y no debemos creer en los sueños.
La sonrisa del padre Serafín después de la narración fue muy elocuente.
En otra ocasión, un fin de semana, el padre Serafín acompañó la Santa Cabeza de San David a una localidad costera en el norte de Évia. Al regresar, el Yérontas, con semblante alegre, le preguntó:
—¿Cómo fue, padre Serafín? ¿Vino mucha gente a venerar al Santo? ¿Había mucha gente en la liturgia dominical? Seguro que tú también cantaste.
El padre Serafín respondió:
—Sí, sí, Yérontas.
Entonces el Yérontas le dice:
—Me lo imaginaba, padre Serafín. Por tus voces “el mar se asustó y se retiró…” (Salmo 113:3)
Que tengamos las oraciones del sencillo y fiel monje, padre Serafín».
El Santo Jacobo corrige a dos “iluminadas”
«Una vez, el Yérontas comentó:
Llegaron dos mujeres “iluminadas” (equivocadas) para probar si realmente era profético, como habían oído. Una le preguntó:
-Padre Jacobo, ¿puedes decirme cuántos hijos tuve con mi esposo, cuántos viven y cuántos han muerto?
Le respondí:
-Eso lo sabes tú, tu esposo y Dios.
La oí volverse y decir en voz baja a la otra:
-Vaya, ¿tal vez no es profético?
Y le dice la otra:
-Déjame probarlo yo también.
Se pone frente a mí y me pregunta seriamente:
-¿Y a mí cómo me ves, padre Jacobo?
Le dije: -¡Tú eres santa! Cuando mueras, te pondrán en una urna, frente al altar en la iglesia. La gente pasará, hará la señal de la cruz (y el Yérontas hizo una cruz muy grande) y te venerará en orden.
Entonces se volvió hacia la otra “iluminada” y le dijo:
-De ti no sé, ¡pero a mí me entendió!»
El discurso del Santo: específico y general
«El discurso/ logos del Yérontas era profético y sanador. Hablaba mediante parábolas y ejemplos a los peregrinos, principalmente durante el café de la mañana después de la Divina Liturgia en el antiguo refectorio del Monasterio. Su palabra era dirigida: se dirigía a oyentes concretos, no preguntaba: “¿Quién me tocó el manto?” «Luego Jesús como omnisciente que es, conociendo en sí mismo la potencia de la energía que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: «¿Quién ha tocado mis vestiduras?» (Marco 5:30).
Como el Señor, él sabía a quién ayudaba, a quién sanaba la fuerza de Dios que emanaba de él.
Por supuesto, también hablaba de temas espirituales generales, como la fornicación o lujuria y la magia. Decía: En el mundo, hoy existen dos grandes pecados: la fornicación y la magia.
Con esto, el Santo Jacobo mostraba que conocía muy bien la situación del hombre contemporáneo y del mundo en general, a través del misterio de la confesión y de la rica iluminación divina que poseía.
Por ello aconsejaba quitar la televisión del hogar, porque con ella las personas se corrompen.
No televisión en casa
El Santo no dudaba en decir la verdad sin rodeos, sin concesiones, con el fin de ayudar a las personas a salvarse. No temía que lo consideraran “estricto”.
Aconsejaba: Que la televisión salga de la casa, porque con ella la gente se corrompe.
La televisión, y hoy en día aún más Internet, son maestros de la inmoralidad, de la fornicación y de todo tipo de pecado y perversión carnal. Estos dos medios, con lo que muestran —y especialmente con las películas “diabólicas” llenas de todo tipo de magia y ocultismo— conducen a las personas, tanto a pequeños como a grandes, a la adoración de Lucifer. La televisión e Internet contribuyen más que nada a la difusión de los dos mayores pecados modernos: “la fornicación y la magia”.
Los niños nunca deberían hacer uso de Internet ni de la televisión. Cometen un delito grande aquellos padres o familiares (abuelos, abuelas, etc.) que proporcionan a los niños o nietos televisión, teléfonos móviles y tabletas con conexión a Internet. Los niños no solo se embrutecen y se atontan, sino que también se corrompen. Ven todo tipo de inmoralidad y experimentan con ello. Consideran todo como normal y permitido, cuando lo que se muestra son, por lo general, graves pecados carnales que destruyen al ser humano psíquica y corporalmente.»
El Santo Jacobo coincidía también con el gran Santo contemporáneo Paísio sobre los daños enormes que causa la televisión. El diálogo se conserva así:
—Yérontas, ahora existe tal comunicación televisiva, que uno puede ver al mismo minuto acontecimientos que ocurren al otro lado del mundo.
—Solo no se ven a sí mismos las personas, ven todo el mundo. Ahora el mundo se destruye desde la mente o el intelecto. No es que Dios los destruya.
—Yérontas, la televisión hace mucho daño.
—¡Si hace!, dice. Vino alguien y me dijo: “Padre, la televisión es buena”. “Los huevos son buenos -le respondí-, pero si los mezclas con estiércol, se vuelven inútiles”. Así pasa con la televisión y la radio.
Hoy, si abres la radio para escuchar una noticia, debes soportar también una canción, porque después de cada canción anuncian la noticia. Antes no era así; sabías la hora exacta de las noticias y solo escuchabas eso. Ahora debes soportar la canción, porque si la cierras, pierdes la noticia.
El mundo ha sufrido un gran daño por la televisión, y los niños son los más destruidos. Vino un niño de siete años con su padre al Kalívi (Choza). Vi que hablaba con la boca del demonio de la televisión, como habla el demonio por la boca de los endemoniados. Era como un bebé nacido con dientes. Hoy muchas veces no se ven niños normales; son monstruos. Lo que escuchan, lo que ven, lo repiten. Así quieren los otros idiotizar al mundo a través de la televisión, es decir, lo que escuchan, eso creerán y eso harán.
—Yéronta, madres nos preguntan cómo separar a sus hijos de la televisión.
—Que los niños comprendan que con la televisión (y el móvil) se idiotizan, no pueden pensar. También el daño que hacen a sus ojos. La televisión es obra del hombre, pero hay otra televisión: la espiritual (y el móvil espiritual). Cuando el hombre se despoja del viejo hombre y limpia los ojos espirituales de la psique-alma, puede ver más lejos sin máquinas.
Si los padres enseñan a los hijos sobre esta televisión espiritual, comprenderán que la televisión ordinaria, estas cajas tontas, solo los hará tontos.
Los Primeros en ser creados tenían el don de la diórasis visión penetrante espiritual; se perdió después de la caída. Si los niños mantienen la jaris (gracia, energía increada) del Santo Bautismo, tendrán también el don de diórasis visión penetrante espiritual, la “televisión espiritual (y el móvil espiritual)”. Esto requiere atención y trabajo espiritual.
Hoy muchas madres se pierden con cosas perdidas y luego dicen:
—“¿Qué hago, Padre? ¡Estoy perdiendo a mi hijo!”»
Precaución en las relaciones de los niños
San Jacobo enseñaba también que los padres deben vigilar con atención las relaciones de sus hijos. Decía que muchos niños, al crecer, se han vuelto “niños diabólicos” y pueden dañar irremediablemente a nuestros hijos.
Citaba un proverbio de Asia Menor: «Quédate en tu celda, para tener lo blanco tuyo (tus bienes, tu tesoro espiritual y material) y tu honor (tu integridad espiritual)».
Es decir, no tener demasiadas salidas ni relaciones sociales fuera de casa, para no poner en peligro tu tesoro espiritual.
Debido al gran riesgo de influencia de nuestros niños por malas amistades, como también del grave peligro de la pedofilia, -tan crecida en nuestra época- incluso dentro de los parientes, el contemporáneo iluminado p. Atanasio Mitilineos recomendaba a los padres: No permitir que los hijos duerman o se queden en casas ajenas, ni siquiera de familiares, lejos de la supervisión de los padres. Ni siquiera diez minutos deben permanecer los hijos sin supervisión.
La agraciada orientación pastoral de San Jacobo
«Los relatos del Santo sobre diversos acontecimientos de su vida eran acordes con la situación espiritual y la capacidad de recepción de sus oyentes. No hablaba de su propia forma de afrontar y gestionar espiritualmente tales o similares hechos.
En general, San Jacobo no hablaba de manera teórica sobre diversos temas, sino que hablaba con sus praxis, acciones. Cuando no había ayuda humana, recurría a la asistencia divina del San David de Évia y de otros santos. Cuando existía la posibilidad de ser ayudado humanamente mediante cuidados médicos y medicamentos, lo hacía, dándonos así el buen ejemplo de que debemos obedecer a los médicos.
Asimismo, era muy prudente y discreto en sus palabras sobre distintos temas, ya fueran médicos, espirituales o dogmáticos. En todo hablaba principalmente con sus obras, conociendo por la Jaris (gracia, energía increada) que tenía que las palabras no siempre aprovechan y que existe el riesgo de ser malinterpretadas».
«El santo hablaba continuamente. Decía esto, decía aquello, decía lo otro con el fin de ayudar, se dirigía a quien debía dirigirse. La gente escuchaba diversas historias… Siempre hablaba de forma parabólica:
—Había uno… e hizo esto, y dijo aquello, y con esto y con lo otro…
Su objetivo era el provecho espiritual de los oyentes. Pero no revelaba sus propias experiencias espirituales».
Seguía así el ejemplo de Jesús Cristo, que hablaba en parábolas para que se manifestaran aquellos que realmente buscaban la verdad evangélica y tenían buena disposición hacia la fe. Los indiferentes simplemente escuchaban una historia y se marchaban sin aprender la verdad, la cual no tenían disposición ni de conocer ni de aplicar en su vida.
«El santo, con su iluminado discernimiento, “veía” en cada persona que se le acercaba cuál era su pasión principal. Con gracia la educaba espiritualmente presentándole la virtud correspondiente. Veamos algunos ejemplos.
A una persona melancólica y pesimista, debido a su carácter y a las circunstancias de su vida, el Yérontas le decía con alegría y rostro sonriente:
—Hijo mío, me alegra verte siempre alegre y optimista, y ver tu rostro brillar de gozo. Así quiero que estés siempre.
Al repetirle esto cada vez que venía al monasterio, en una ocasión aquel hombre reflexionó:
—Pero yo soy todo lo contrario de lo que dice el Yérontas. ¿Por qué me lo dice? Quizá quiere mostrarme cómo debería ser.
Y así, al hacer esta autoobservación y autoexamen, comenzaba en su interior el proceso de psicoterapia y curación.
A otro le decía delante de los padres:
—Qué humilde es este señor.
Y así le mostraba lo que le faltaba, porque al oírlo pensaba:
—¿Cómo soy humilde, si me enfado cuando no se hace mi voluntad? Me enfado a causa de mi egoísmo y orgullo. ¿Y el egoísmo de dónde nace? Desde luego no de la humildad.
Así comprendía que la soberbia u orgullo era su pasión dominante.
A otro le decía:
—Viene el diablo y me dice tus pecados carnales.
Con esto le mostraba que nada es “secreto”, impulsándolo a la μετάνοια metania y a corregir su vida».
La dirección espiritual de San Jacobo – el elogio con discernimiento
«El logos del Yérontas era simple y humilde», observa el hieromonje Alexis, «y por eso también tenía resultados: era “vivo y eficaz”. Las personas, al escucharlo, se conmovían, se arrepentían y volvían a la metania: “Porque el logos de Dios es vivo y eficaz y más agudo que espada de dos filos; él penetra hasta la división de la psique-alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y tiene la fuerza de investigar y juzgar los sentimientos y los pensamientos, las intenciones y los conceptos más escondidos del corazón” (Heb 4:12)
De todas formas, el Yérontas revelaba muy pocas de sus experiencias espirituales, solo las que podíamos soportar. Tampoco exhortaba con palabras a imitar su estricta vida ascética.
Su misma vida era un desafío para nuestro filótimo generosidad y disposición amable y una exhortación a la imitación. Verdaderamente, este hombre fue una gran bendición en nuestra vida, pero también una gran responsabilidad».
«A uno de sus hijos espirituales le dijo el Yérontas: “Ten fe en Dios. A todo el que te pida, dale. Perdona a los que te critican y a los que te afligen”.
Cualquier persona que se le acercaba encontraba alguna buena palabra que él le decía. Lo alababa por algo bueno que tenía. Algunos, al oír al Santo alabarlos, se alegraban y no profundizaban. Otros decían: “Todo lo bueno que tenemos nos lo ha dado el Espíritu Santo. Pero también tenemos nuestros pecados”.
El elogio del Santo despertaba la conciencia. Los conducía a la metania y confesión, considerando que esa era la causa del elogio. Ese era el propósito del Santo: porque no merecemos los elogios, sino que debemos luchar contra nuestras pasiones (pazos)».
La severidad pedagógica con discernimiento de San Jacobo
El Santo, cuando era necesario, se volvía algo severo.
«Al menos en dos ocasiones vi a otro Yérontas: severo y brusco.
Una vez, dentro del santuario, lo oí reprender a uno de los padres del monasterio de tal manera que me sorprendió. Me atreví y le dije:
—¡Yérontas! ¡No así!
Pero en cuanto el monje salió por la puerta del santuario, volvió su rostro hacia mí con una dulce sonrisa y su habitual mansedumbre, como era siempre.
Comprendí que su comportamiento era pedagógico, procedente de un alma impasible. Esta impasibilidad del Yérontas se manifestó muchas veces. Citemos un ejemplo:
Después del Apodipnon (Vigilias), que se hacía en su celda, mientras él comenzaba a decir algo, alguno de los padres lo interrumpía y empezaba a conversar sobre otros temas con los demás. El Yérontas Jacobo, con impasibilidad, no continuaba su palabra ni expresaba desagrado por ese comportamiento.
Abría el Horologio y, como cada noche, leía el oficio de la Santa Comunión con voz baja y compungida:
“De labios impuros, de corazón abominable, etc.”
Cuando el hermano terminaba la conversación, yo le decía al Yérontas:
—Antes nos decía algo, Yérontas, y no lo terminó.
Entonces continuaba su discurso desde donde lo había dejado:
“¡El que tenga oídos para oír, que oiga!” (Luca 14, 35).
Por la noche, después del examen médico a solas, le pregunté por qué no reaccionaba ante esos comportamientos. Y él me respondió:
—Ay, hijo mío, Nikos. Si usara la autoridad de la vara de abad y quisiera imponer lo que considero correcto, al día siguiente me habría quedado solo en el monasterio. Por eso, con paciencia, mansedumbre y tolerancia, mantengo conscientemente esta actitud, y así seguimos nuestro camino».
El Santo procuraba atraer a la μετάνοια metania despertando el filótimo generosidad y disposición amable
El Santo sabía que, para que el hombre se corrija, debe él mismo quererlo y moverse libremente hacia el bien abandonando el mal. Procuraba, de manera dulce, crear en el alma del hombre la voluntad para la lucha espiritual –metania– corrección, por φιλότιμο filótimo generosidad y disposición amable por gratitud hacia Dios.
«El discernimiento, la dulzura, la nobleza y la mansedumbre», señala el padre Alexis, querido hijo espiritual del Santo, «adornaban el comportamiento del Yérontas hacia nosotros y hacia todos en general. Yo personalmente hubiera querido también un poco de severidad para que se humillara un poco mi egoísmo, pero el Yérontas, de modo indirecto, te hacía entender lo que debías hacer. Procuraba despertar nuestra generosidad y buena voluntad. Y como nosotros, los griegos, tenemos φιλότιμο generosidad y disposición amable, que no siempre lo aprovechamos, con alegría cumplíamos sus mandatos».
El fin último del Santo era conducir las almas, tanto de sus discípulos como de los peregrinos, a la verdadera metania y arrepentimiento despertando el φιλότιμο filótimo.
En su trato con los peregrinos y sus hijos espirituales, durante la confesión, las conversaciones privadas y las catequesis que hacía después de la Divina Liturgia y del convite que seguía en el antiguo comedor, manifestaba toda la riqueza de su amor.
Las personas que lo escuchaban eran, por lo general, bienintencionadas. Sin embargo, estaban en diferentes estados espirituales: unos tenían una fe sencilla y piedad popular; otros poseían más conocimientos espirituales; algunos vivían la metania, el arrepentimiento; otros mostraban disposición a arrepentirse, y a estos los ayudaba más; otros tenían diversas pasiones (pazos), y el Santo Yérontas, con sabiduría y mansedumbre, procuraba llevarlos a la conciencia para que cambiaran de vida.
Sus expresiones habituales, como:
— “Hijo mío”,
— “Querido mío”,
— “Os amamos espiritualmente”,
y su expresión característica al terminar lo que decía:
— “Perdonadme”, ablandaban incluso los corazones más duros.
Como el Santo hablaba con precisión, cada persona que veía un cambio en sí misma sentía gran gratitud y consideraba al Santo como el más cercano de los suyos. De hecho, cada uno sentía que el Santo lo amaba de manera particular. Esta era la gran misión espiritual del Santo para todos nosotros».
Las pasiones (pazos) y el racionalismo impiden al hombre recibir la iluminación divina y reconocer a los santos
«Una vez, al escuchar al Yérontas hablar, le pedimos que rezara para que Dios nos iluminara en nuestra vida. Entonces nos dijo:
— Hijo mío, Dios ilumina, pero los hombres no quieren ser iluminados. ¿Qué tiene la culpa de esto? Tiene la culpa el que en nuestra vida seguimos solo nuestra mente (nuestra razón).
Recordamos entonces las palabras de San Paísio del Monte Athos sobre una asociación de farasiotas en Atenas, de la cual pidió testimonios sobre san Arsenio el Capadocio, y ellos no mostraron disposición, diciendo:
— Nosotros, padre Paísio, queremos promover la obra del metropolita de Cesarea Paísios, que realizó muchas obras y tuvo gran aportación social, “para que nuestro grupo tenga prestigio”.
Me sorprendió cuán mundanamente pensaban esas personas. Porque el metropolita actuaba con su poderosa mente, mientras que san Arsenio tenía la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios.
También son culpables nuestras pasiones, vicios (pazos), especialmente los celos y la envidia. Sobre esto decía san Paísio que el hombre puede envidiar a otro incluso porque… ¡comulga!
Así, los hombres teoforos portadores de Dios, por sus palabras y sus obras, parecen a las personas de mentalidad mundana como extraños y desequilibrados. Incluso piensan que los atormentan y “les hacen la vida imposible”. De este modo, voluntaria o involuntariamente, porque siguen “la lógica o la razón” y sus pazos (pasiones, vicios, adicciones) los persiguen: “Cuando los suyos oyeron estas obras exageradas, vinieron para prenderle, es decir, sus considerados como hermanos, los que no habían creído en él, quisieron prenderlo y limitarlo en casa, porque creían que tanta dedicación exagerada a su obra era resultado de trastorno psíquico y mental; porque decían: Está fuera de sí” (Marcos 3:21).
El profesor Panagiotis Trembelas señala en su comentario: ¿Qué oyeron (los suyos) para querer detenerle? Que Jesús dejaba que las multitudes acudieran a Él, que no cuidaba de sí mismo, sino que estaba totalmente absorbido por Su obra mesiánica. “Querían retenerlo, incluso atarlo como si estuviera endemoniado” (San Teofilacto).
Quienes realizan con fuerza y celo la obra de Dios deben esperar obstáculos no solo de la enemistad irracional e injustificada de sus adversarios, sino también de la simpatía equivocada de sus amigos. Por eso necesitan guardarse de ambas cosas».
Los santos, por lo general, mientras viven no son reconocidos más que por pocos. Por la mayoría, incluso por personas cercanas y familiares, son malinterpretados, despreciados, perseguidos y calumniados. Esto sucede porque el racionalismo y los pazos (pasiones, vicios)—especialmente la envidia— ciegan al hombre.
El Señor permite que los santos sean probados y despreciados para que alcancen la ἀπάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos) y acumulen recompensas celestiales “una y otra vez”.
«La abadesa Gerontisa Makrina una vez me preguntó:
— ¿Qué es la ἀπάθεια apázia?
Y ella misma respondió:
— La ἀπάθεια apázia es cuando a tu alrededor las personas están agitadas, provocan gran tumulto, te desprecian y no muestran ningún respeto, y tu psique-alma permanece en paz y tu oración es incesante.
Del mismo modo también el Santo Yérontas. Vivía y actuaba con la jaris gracia increada de Dios. Engendraba y engendra “ascetismo”, como dijo uno de sus queridos hijos espirituales.
Es triste que a algunos el Yérontas les dijera con pesar:
“¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?” «Jesús le dijo: «Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? [«Jesús le dijo: Felipe llevo tanto tiempo con vosotros y todavía no conoces quién soy, o sea que, no conoces mi divina naturaleza. Y que yo soy el Hijo de Dios y Dios, igual que el Padre. El que me ha visto a mí y se ha introducido al misterio de mi encarnación, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre?»] (Juan 14:9).
El Santo Jacobo no permitía pantalones en las mujeres
Prohibía la entrada al monasterio de mujeres con vestimenta masculina o indecorosa
«El Santo alababa a las madres» que vestían modestamente a sus hijos, «con sus vestiditos y sus cuellitos».
De este modo premiaba «su cuidado y su esfuerzo» por tener a sus niños limpios y bien vestidos.
—«Me alegro, señora María», decía, «de que tengas a tus niñas con sus vestiditos, sus cuellitos, arregladas… Las tienes muy bonitas. Las niñas no deben llevar pantalones. Deben llevar sus vestiditos. Solo excepcionalmente, cuando hacen gimnasia en la escuela».
Entonces decía:
—«Excepcionalmente usaréis el chándal. ¿Terminó la clase de gimnasia? Volveréis a poneros vuestros vestiditos».
Hacía así una concesión…
No permitía que entraran en el monasterio mujeres con vestimenta masculina (pantalones) o vestidas indecentemente. «Había puesto a un monje estricto —el padre Serafín— en la puerta, donde había faldas y otras prendas para las que venían vestidas indecorosamente. Cuando algunas venían con pantalones o pantalones cortos, etc., les decía:
—“No entráis en el monasterio, está prohibido. Tomad una falda para poneros”.
Algunas, que eran caprichosas, reaccionaban. Pensaban: “¿Ahora tú nos vas a dar lecciones, monje? Queremos estar así dentro…”.
Entonces decía el padre Serafín:
—“Escucha: en el monasterio mando yo. En tu casa mandas tú. Ponte la falda; si no, no entras, te vas”.
Antes de ser monje era un hombre de mucha calle y no hablaba de manera tan “monásticamente”, pero hablaba de manera adecuada según el caso».
En relación con la modestia en la vestimenta, recordamos a San Paísio del Monte Athos, quien tampoco permitía la entrada al monasterio de Surotí a mujeres con pantalones. Se conserva el siguiente diálogo:
—Yéronta, ¿cómo debemos tratar a las mujeres que vienen al monasterio con pantalones? Dicen que es más práctico e incluso más modesto que lo corto.
— Hoy llevarán faldas cortas o pantalones. ¡Vaya cosa! Puesto que claramente lo dice el Antiguo Testamento, y además con detalle: «No está permitido que el hombre vista ropa de mujer ni la mujer de hombre» (Deuteronomio 22, 5). Es ley y también es indecoroso. Hombres que lleven faldas son poquísimos, muy pocos.
— Sin embargo, las que trabajan en los campos dicen que no pueden moverse cómodamente en el trabajo si no llevan pantalones.
— Eso son excusas.
— Yérontas, y sobre las niñas dicen las madres que les ponen pantalones para que no pasen frío.
— ¿No hay otra solución? ¿No existen medias hasta arriba? Pues que se pongan medias hasta arriba para no pasar frío. Cuando uno quiere, encuentra soluciones para todo.
— ¿Y cuando, Yérontas, vienen personas oficiales y traen con ellos también a una que lleva pantalones?
— Hacedles una explicación: «¿Queréis que hagamos una economía (concesión) y que rompamos un orden y que se produzca desorden en el monasterio?»
— Una vez, Yérontas, vinieron treinta profesoras con pantalones y las dejamos entrar.
— Mal hecho, no es apropiado. Deberíais haberles dicho: «Perdonadnos, es principio del monasterio no permitir que entre una mujer que lleve pantalones». Ellas irán también a otros monasterios y dirán: «En tal monasterio nos dejaron entrar con pantalones».
Vosotros las acomodasteis para no ofenderlas, y ellas luego os ofenderán a vosotros. Poned en la puerta un cartel con el pasaje correspondiente del Antiguo Testamento. Haced también cincuenta faldas y dadlas con buen modo a las que vienen con pantalones por primera vez y no lo saben, o a las que llevan ropa corta.
— Yérontas, ¿y cuando viene un instituto y todas las chicas llevan pantalones?
— Invitadlas (ofrecedles algo) fuera de la puerta. Eso les hace reflexionar. O, si avisan que vendrán de peregrinación, decid por teléfono: «Os rogamos que ni las profesoras ni las alumnas lleven pantalones». Así comprenderán que es necesario respetar el lugar. Aquí no es una parroquia. En la parroquia el sacerdote debe instruir a las mujeres para que entiendan por qué no deben llevar pantalones y se adapten. Si alguna vez van a su Iglesia mujeres de otra parroquia y llevan pantalones, que procure arreglar la situación. La Iglesia es madre, no es madrastra.
A continuación, presentamos algunos episodios característicos que muestran la postura ortodoxa del Santo respecto a la vestimenta.
La vestimenta modesta y la manga corta del médico. La vestimenta indecente da derechos al Maligno.
«En los santos monasterios, e incluso en los templos, los peregrinos deben entrar con modestia y decoro. Una vez vino un joven científico, médico rural, a visitar el monasterio, y llevaba camisa de manga corta. En ese momento había en el patio del monasterio una mujer endemoniada, la cual agarró al joven por el brazo y lo retenía con fuerza terrible, diciendo:
— ¡Eh tú, incrédulo, que no crees en nada! ¿Vas a recetar para curar al mundo, tú que vienes con tu camisa corta?
El Yérontas dijo que con gran esfuerzo conseguimos liberarlo de las manos de la endemoniada, y el pobre se fue aterrorizado».
Como decía un Yérontas contemporáneo del Monte Athos: cuanto más el hombre se quita la ropa, más influencia demoníaca recibe y corre el riesgo de ser endemoniado. Vemos que los endemoniados de los gerasenos, mientras estaban bajo posesión demoníaca, no llevaban ropa. Cuando fueron sanados por el Señor, inmediatamente se vistieron: «vestidos y en su sano juicio» se sentaban a los pies del Señor: “Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo” (Lucas 8, 35).
El botón desabrochado y las mangas largas
El Santo se alegraba mucho con la modestia cuando la veía en las personas, tanto en su comportamiento como en su vestimenta. Como tenía el Espíritu Santo actuando en él, podía aconsejar como el apóstol Pablo: «Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de buena fama, de virtuoso, de laudable y sólo estas realidades traer en vuestra mente» (Fil. 4:8).
El santo Yérontas Jacobo dijo a un hijo espiritual suyo, cuyo botón de la camisa se había desabrochado por descuido y se había abierto algo indecorosamente:
— Abrocha, hijo mío, ese botón para que no cojas frío. Tanto cuidaba la modestia el Yérontas.
En otra ocasión, decía el Yérontas a alguien:
— Cuánto me alegro, hijo mío, de verte con tus mangas largas, modesto y cuidadoso.
La obediencia siempre quema al diablo, porque este hijo espiritual suyo se encontró una vez con una persona desconocida, probablemente endemoniada, que le dijo:
— ¡Desabróchate ese botón, que pareces un paleto!
Entonces recordó el consejo de su Yérontas incluso en ese hecho aparentemente insignificante».
El venerable Filoteo Zervakos y San Juan Crisóstomo sobre la vestimenta indecorosa
Enseñaba también el bienaventurado y santificado Yérontas Filoteo Zervakos: «¿Qué decir también de las mujeres? No tienen otra cosa en la mente sino cómo adornarse. Compiten entre sí para ver quién superará a la otra en el adorno. ¿Qué decir también de la vestimenta indecorosa, la cual el inventor de la maldad, el diablo, enseñó a las mujeres, es decir, a vestirse con brazos desnudos, con pechos desnudos, con piernas desnudas? ¡Ay, ay! ¿Cómo no se avergüenzan las mujeres de los cristianos griegos? Las gitanas y las turcas se visten con decoro para no escandalizar a los hombres, mientras que las mujeres griegas y cristianas, que tienen tradición de Cristo, de los Apóstoles, de los Santos Padres de vestirse modestamente, han llegado a una completa locura con la manera en que se visten.
Los padres y las madres deben ser ellos mismos buen ejemplo y no permitir que sus hijos —aconsejándolos con el amor de Dios— se vistan así indecorosamente. Y los hombres deben apartar a sus mujeres de la vestimenta indecente, porque darán cuenta en el día del Juicio.
Las mujeres que entran en el templo de Dios desnudas y desvergonzadas hacen la voluntad del diablo. Mejor que no pisen la Iglesia, porque no solo no se benefician ellas mismas, sino que perjudican y escandalizan a los que asisten.
Me entristece encontrarme en la necesidad de reprender y amonestar. No lo deseo, y quizá entristezco también a los responsables. Si no os amara, no os corregiría. Corregíos, y entonces yo también dejaré de reprender. ¡Ay de mí si callo cuando veo tales desviaciones!
En un libro antiguo que encontré hace varios años, leí entre otras cosas que, cuando los discípulos preguntaron a nuestro Señor Jesús Cristo cuándo ocurrirán en el mundo las terribles señales de la Segunda Venida, cuando se enfriará el amor de muchos y desaparecerá la fe, el Señor les dijo entre otras cosas: “cuando las mujeres se vuelvan hombres y los hombres mujeres”.»
Y el divino Juan Crisóstomo, cuando algunos cristianos devotos le preguntaron cuándo será la Segunda Venida, respondió:
«Cuando desaparezca el pudor o vergüenza de las mujeres, entonces está cerca el día del Juicio».
Estas profecías de nuestro Señor Jesús Cristo y de San Juan Crisóstomo, y de otros Profetas, Apóstoles y Santos Padres, que mencioné anteriormente en mi discurso, se cumplen hoy al pie de la letra».
La vestimenta masculina (pantalones) en las mujeres conduce a la homosexualidad — San Porfirio
La vestimenta indecorosa conduce a diversos pecados carnales, mientras que la vestimenta pervertida —masculina en mujeres y femenina en hombres— conduce a desviaciones carnales innombrables y a la homosexualidad.
El Porfirio el Kafsokalivita subrayaba que los pantalones en las niñas las empujan hacia la homosexualidad: «Decía que las niñas no deben llevar —desde pequeñas no deben llevar— pantalones, porque son empujadas hacia la homosexualidad. Por eso también la Sagrada Escritura prohíbe que los hombres lleven ropa de mujer y las mujeres ropa de hombre. Los sexos deben distinguirse, porque de lo contrario nos conducimos a la homosexualidad.
La niña, si lleva pantalones, se siente como un niño. Y además decía algo muy importante: que los pantalones, con la presión que ejercen en la zona entre las piernas, desactivan algunas células del placer o incluso las destruyen, las cuales son muy sensibles, y cuando la niña crece no se satisface con la relación natural y va hacia relaciones anormales, es decir, es conducida a la homosexualidad».
Decía a una madre el santo Porfirio:
«No hace falta que pongas pantalones a tus hijas. Directamente vestiditos. Cuando llevan pantalones masculinos, se estropea su psiquismo. Algo les ocurre y luego no aman a sus maridos cuando se casan. Hay un gran esfuerzo de igualación de los dos sexos y lo verás más adelante».
Esto lo vivimos hoy, donde reina la homosexualidad y ha dominado mundialmente. Y veis que se imponen, aunque son solo el 6% —y cuestión si llegan siquiera al 6% de la población de la tierra— y han ocupado los liderazgos. En la política, en el mundo artístico han dominado; incluso dentro de la Iglesia en cierto grado.
Hace falta, por tanto, mucho esfuerzo para no seguir esta tendencia del llamado “unisex”, detrás de la cual está el diablo. Quiere destruir a la humanidad mediante la homosexualidad.
Enseñaba el Santo:
«Las tendencias homosexuales comienzan desde la edad infantil. Evita completamente los pantalones. Allí donde presionan entre las piernas están las células del placer, que son delicadas y se inactivan con la presión, se destruyen y luego no se satisfacen con sus maridos y buscan salidas no naturales».
La promoción deliberada de la vestimenta masculina en mujeres por los sionistas–cabalistas
Se promueve deliberadamente la vestimenta pervertida y la homosexualidad–sin género por parte del llamado “Nuevo Orden Mundial” (New Hage) por motivos religiosos. La religión de los globalizadores del N.O.M. (New Hage) es la Cábala, el satanismo, la magia judía.
La masculinización de la mujer y la feminización del hombre mediante la moda “satánica”, los gay pride (desfiles del orgullo homosexual) y la difusión de la homosexualidad, el cambio de sexo a los 15 años, etc., se promueven con el fin de que todos los seres humanos se vuelvan hermafroditas, como enseña —según el texto— la religión cabalística satánica que profesan los grandes banqueros sionistas, quienes gobiernan humanamente el mundo. Así se prepara el camino para el anticristo final y el fin del mundo.
Escribe el arqueólogo–historiador Diódoro Ramos: «Todos vemos que en las últimas décadas este vergonzoso pecado (homosexualidad) ha empezado a promoverse en la televisión, en el cine y en general en los medios. De repente, en los últimos años comenzaron los desfiles del orgullo gay (gay pride) cada junio en las capitales europeas, mientras al mismo tiempo los gobiernos empezaron a promulgar leyes a favor de la homosexualidad.
Lo más indignante de todo es el hecho de que este fenómeno entra también en las escuelas de nuestro país, con el apoyo del Ministerio de Educación. Y la mayoría piensa que esta situación es resultado, ya sea de los gobiernos de izquierda “progresistas”, o bien de una actitud más general de la sociedad, que de repente dejó de condenar este pecado y se volvió más tolerante y más liberal.
Al mismo tiempo cambió también la moda, la vestimenta. A la mujer se le impuso la ropa masculina, el pantalón, mientras que el hombre tiende a imitar a la mujer, llevando pendientes y dejando el cabello largo. ¿Qué hay detrás de todo esto? El dogma de los cabalistas y de los herméticos sobre el Andrógino.
Los textos cabalísticos dicen literalmente que Kéter, el dios supremo, es andrógino (masculino-femenino), es decir, está unido a una deidad femenina, y de modo semejante creó al primer hombre, Adán Kadmón, que era hombre y mujer a la vez. La caída del paraíso, interpretan los cabalistas, provocó la división de Adán en hombre y mujer.
Por tanto, para los cabalistas, la existencia de dos sexos es una situación antinatural, una anomalía que surgió de una catástrofe. Y es dogma religioso para ellos que el hombre debe volver a hacerse mujer y la mujer hombre, abolirse los dos sexos y volver al estado original. Esta es la razón por la que los sionistas en Europa financian la homosexualidad y presionan a los gobiernos para aprobar leyes en favor de esta desviación y anomalía» (Diódoros Ramos).
De todo lo anterior —concluye el texto— comprendemos cuánta razón tenía San Jacobo Tsalikis al prohibir la vestimenta masculina en mujeres y niñas.
El Santo como confesor y padre espiritual
El venerable ejerció durante décadas el ministerio de confesor con extraordinario éxito. Brillaron en él los dones de discernimiento, previsión, sanación milagrosa y lucha contra los demonios.
Un hijo espiritual suyo, hieromonje, dijo:
«Como confesor, el Yérontas era indulgente sin transgredir los sagrados cánones. Con su mansedumbre y su amor despertaba en nosotros el sentido del honor y el deseo de luchar contra nuestras pasiones (pazos), que nos revelaba sin herirnos».
En raras ocasiones, cuando veía soberbia, altanería era severo. A uno que se jactó públicamente de no haber hecho daño ni a una hormiga, le dijo:
— Sin embargo, blasfemas.
Y cuando aquel respondió con descaro que «también somos hombres», contestó:
— No, hijo mío, no todos los hombres blasfeman.
Y este se marchó como escaldado.
Una maestra piadosa le preguntó:
— Yérontas, ¿puedo comulgar cuando me he confesado?
Y el Santo respondió:
— Hija mía, comulga cuando tu alma esté serena y en paz.
Los sentimientos, emociones del confesante y el modo en que lo trataba San Jacobo
«Los sentimientos, emociones de mi alma», relata el hieromonje Alexios, «en mi primera y también en las posteriores confesiones eran realmente conmovedores.
Y antes, por supuesto, con la jaris gracia increada de Dios, tenía a mi padre espiritual y había vivido la experiencia de la confesión. Sin embargo, como conocía la santidad del padre, sentía una inquietud, porque mi pensamiento me decía que el Yérontas, como hombre santo, sería muy estricto, algo inaccesible y distante de las personas.
Así que, aunque llevaba dentro de mí esa imagen equivocada, cuando me confesé descubrí hasta qué punto aquel hombre podía comprenderme, mostrarse condescendiente con mi condición pecadora, sin por supuesto premiar ni justificar mis pecados. Y mientras me señalaba el mal y cómo debemos estar atentos a las trampas del diablo, al mismo tiempo, de un modo único e irrepetible, con mucho amor, me mostraba exactamente en qué estado me encontraba, cuán baja era mi vida espiritual.
Al final de mi confesión, mientras esperaba que me impusiera penitencias, no solo no ocurrió eso, sino que me dejó marchar tan aliviado, tan en paz, con tantos suministros espirituales, que esos sentimientos quedaron inolvidables.
Las mismas experiencias se repetían en cada confesión. Por mucha carga de pasiones y pensamientos que hubiera, nada permanecía al pasar bajo su patrajili estola de confesión».
El venerable Santo, habiendo sido él mismo psicoterapiado y sanado espiritualmente, podía, con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, sanar las almas heridas. Podía liberarlas de pensamientos malignos, impuros y blasfemos, así como de diversas pasiones psíquicas y corporales. También movía al arrepentimiento y a la conciencia de pecado a los impenitentes.
La atención pastoral a quienes no tenían conciencia y conocimiento de la confesión
«Había algunos que iban supuestamente a confesarse, pero en lugar de sus pecados contaban diversas historias sobre su vida, su salud, sus familiares… Al final le preguntaban:
— Yérontas, ¿qué consejo tiene para darnos?
— Id a encontrar un confesor para confesaros —les respondía.
— ¿Y todo este tiempo qué hemos hecho? —replicaban.
— ¿Qué queréis que os diga…?
No les leía la oración de absolución, sino una oración por iluminación…
Estos no tenían conocimiento y conciencia de lo que significa la confesión. Pensaban que irían al Yérontas y le contarían sus penas, lo que habían pasado en la vida… sus enfermedades, los problemas con los hijos, con la suegra, con el suegro, etc.».
Sin embargo, San Jacobo siempre intentaba consolar, estando lleno de amor. Procuraba con mucha ternura conducir a las personas, mediante la μετάνοια metania y el arrepentimiento, hacia el Señor, fuente de la Vida y del verdadero descanso.
El Santo como padre espiritual lleno de misericordia y amor
«La psique- alma del Yérontas estaba llena de misericordia. Nunca imponía reglas estrictas ni penitencias. Esto no significa que no respetara los sagrados cánones, todo lo contrario. Pero tenía tal amor en su alma, y viendo cuánto egoísmo tenemos los hombres hoy, utilizaba el mayor remedio: el amor, para esta gran enfermedad nuestra.
Este fruto por excelencia y don del Espíritu Santo, la ἀγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado), habitaba permanentemente en el corazón del Yérontas. Teniendo la agapi-amor, tenía también todo lo demás.
Usaba también el bisturí cuando era necesario, pero con tal delicadeza que no te dabas cuenta de que se hacía una operación. Pensabas que te acariciaba. La psicoterapia, la acción terapéutica, se realizaba, aunque yo permaneciera sin sanar y sin corregirme».
El Santo era muy cuidadoso cuando era llamado a dar bendición, especialmente a clérigos.
San Jacobo no daba bendición a clérigos desviados y sin metania
«Sobre otro, incluso un sacerdote que vino una vez al monasterio para conocer al Yérontas y pedir su bendición, decía:
— ¡Ni pensar que le dé bendición con la vida que lleva! Cree que puede esconderse. Pero mi Santo me lo revela todo».
San Jacobo y San Efrén sobre la “economía” en la confesión
«En cuanto al tema de la “economía” (flexibilidad pastoral) que los confesores pueden aplicar en la confesión, el Yérontas la aplicaba con sabiduría divina y también ayudó a otros confesores que le consultaban.
Mencionemos algunos ejemplos. El difunto abad del monasterio de Flamurí en el Pelión, el Yérontas Gabriel, que conocía personalmente y apreciaba el discernimiento y la santidad del Yérontas Jacobo, se preguntaba si sus repetidas enfermedades se debían a las “economías” que hacía al no aplicar con exactitud los cánones. Es decir, mientras que el Pedalion establecía cierto tiempo de abstención de la comunión por un pecado, él, con discernimiento y según la metania y arrepentimiento, reducía ese tiempo.
Entonces el Yérontas Jacobo respondió —a quien transmitió la pregunta— que dijera al Yérontas Gabriel:
— ¡Ay, padre mío! Pasó el tiempo de la “exactitud”. En la época actual, solo con la “economía” quizá se salve alguna psique-alma».
Esto no significa que el Santo pisoteara los cánones ni que tolerara el pecado o la impenitencia «perdonando mal». Esto se ve también en su actitud hacia el sacerdote mencionado antes. Con gran discernimiento trataba a todos, intentando atraerlos a la verdadera metania y arrepentimiento.
San Efrén de Katunakia sobre los confesores sin discernimiento que perdonan mal.
«Ya que hablamos de la “economía espiritual” en la confesión y de cuánta atención se necesita, contaré una historia del santo Padre Yérontas Efrén de Katunakia que dijo a un Guía Confesor (Pnevmatikós):
— Si tienes cuidado, padre mío, estarás en el primer lugar en el Paraíso. De lo contrario, escucha lo que le ocurrió a un conocido confesor del Monte Athos. Este, sin discernimiento, decía a los que venían a confesarse que él cargaría con sus pecados. Al final de su vida, para escarmiento, Dios permitió que su garganta se hinchara y se hiciera como un barril. Terminó su vida con esa terrible muerte.
Y concluyó diciendo:
— Los pnevmatikós confesores espirituales, padre mío, no se salvan. Deben tener muchísimo cuidado».
El Santo Jacobo sabía qué debía hacerse en cada caso
«Comprobamos que también el propio Yérontas, San Jacobo Tsalikis, conocía sus límites. No asumía responsabilidades que no le correspondían.
Así, cuando un archimandrita depuesto, que luego vivía como laico casado, le pidió que lo recibiera para confesión, después de escuchar su caso dijo:
— Dile, hijo mío, que no venga a mí. Este necesita un obispo, y si quiere confesarse, allí debe ir».
Indulgencia según Cristo y oración del corazón del Santo
El Santo era muy estricto consigo mismo, pero lleno de indulgencia hacia todos. Tenía agapi-amor en Cristo hacia el prójimo, que brotaba de su profundo amor por Cristo.
«Una noche, después de mis servicios médicos, el Yérontas me retuvo en su celda y me contó muchos episodios de su vida en el monasterio, muchas situaciones que lo habían herido interiormente y habían lastimado su alma sensible. Había pasado la medianoche cuando le dije:
— Yérontas, no se canse más. Procure descansar un poco.
Incluso le pregunté:
— Yérontas, tengo sed —se me había “pegado” la boca—, pero quiero comulgar por la mañana, era ya domingo al amanecer.
Entonces me dijo:
— Ve, bebe un vaso de agua y di: “Apiádate de mí, oh Dios…” y por la mañana comulga.
Después de besar su mano y salir de su celda, lo oí decir desde lo profundo de su alma:
— ¡Cristo mío!
¡Qué “Cristo mío” era aquel! “Desde lo profundo clamé a Ti, Señor… Señor, escucha mi voz”. Ese “suspiro desde lo profundo”, que Dios me concedió oír del santo Yérontas Jacobo, era evidentemente el desbordamiento de su oración incesante del corazón».
El discernimiento del Santo al comunicar una noticia
«Cuando quería decirte una noticia», relata el hieromonje Alexio, «¡con cuánta delicadeza lo hacía! Recuerdo cuando me comunicó la muerte de mi padre carnal, que padecía cáncer y esperábamos su final.
Cuando el Yérontas lo supo, yo aún no me había enterado. Me llevó con discreción a la Iglesia, delante del icono de San David de Évia, y me dijo:
— Hijo mío, has venido aquí por San David; en él pon tu esperanza, que sea tu apoyo y tu ayuda.
Después me anunció la muerte de mi padre, abrazándome y besándome.
La divina jaris gracia, energía increada del Santo y la manera del Yérontas me ayudaron no solo a no sentirlo como algo negativo, sino que lo viví casi como un acontecimiento gozoso, aunque humanamente me entristecí.
Creo que estos dones, carismas del Yérontas, hasta cierto punto eran naturales, pero más allá de eso eran claramente del Espíritu Santo».
Atención pastoral del Santo hacia la oveja perdida
El Santo amaba a todos y luchaba por su metania y arrepentimiento y salvación.
«Cuando el sábado al mediodía, muchas veces con algún animal y por senderos difíciles, iba al pueblo donde celebraría la Divina Liturgia, como buen samaritano no dejaba ninguna alma herida sin atenderla. Era muy agradable en sus relatos.
“Una vez, yendo el sábado para celebrar el domingo en un pueblo, encontré a un viejo pastor. Le digo:
— Qué haces, abuelo, ¿cómo te va?
— ¿Qué voy a hacer, Yérontas? —me dice—. Murió mi mujer y yo también soy hieromonje como tú. Tengo también estas ‘monjas’ —señalando a las cabras— y las apaciento.
Entonces le dije seriamente:
— Abuelo, no hables así. Las monjas son personas, imágenes de Dios, mientras que las cabras son animales.
Luego le pregunté:
— ¿Te has confesado alguna vez? ¿Desde cuándo no comulgas?
Entonces me dice:
— Yérontas, sí me confesé y comulgué.
— ¿Cuándo? —le digo.
— En la guerra —me respondió—. En la guerra de 1922, antes de la batalla vino un sacerdote, nos confesó y nos dio la comunión. Entonces estaba en orden.
Lo tomé con “buen modo” y, tras confesarlo, le leí la oración de absolución bajo un árbol, entre sus cabras. Después continué mi camino hacia el pueblo…”».
El Santo Jacobo “deshace hechizos”
El Santo combatía directamente contra el diablo y sus obras. Curaba, por la divina jaris gracia y mediante sus oraciones, a las personas engañadas y dañadas por el «padre de la mentira».
«El Santo se compadecía de las personas también cuando, a causa de sus pecados, llegaban a situaciones trágicas.
Llevaron al monasterio una mujer que tenía el cuello hinchado. Cuando preguntó a los suyos la causa de su enfermedad, respondieron que habían ido a un hechicero que sopló en su boca. Con la oración del santo Jacobo, su cuello volvió a su estado anterior».
El tratamiento por San Jacobo de los pensamientos de antipatía de los discípulos contra el Yérontas
Entre los monjes es intenso y característico el combate espiritual que reciben del maligno mediante pensamientos contra su Yérontas, su padre espiritual.
«También yo afronté esta gran tentación», relata el padre Alexio, «pensamientos completamente injustos e infundados. Recuerdo cuánto me ayudó el Yérontas a superar esta situación. Con qué grandeza de alma y discernimiento trató este gran combate, que es uno de los aspectos más difíciles de la vida monástica (y en general de la vida ortodoxa)».
Los milagros, la psicoterapia y la sanación espiritual mediante la confesión
Los mayores milagros son los que se refieren a la conversión de las psiques-almas, a la metania y el arrepentimiento. Estos eran los que principalmente realizaba San Jacobo Tsalikis cada día, regenerando psiques-almas en el santo Misterio (sacramento) de la Confesión.
«Quienes conocieron al Yérontas durante su vida terrenal, pero también después de su dormición, pueden relatar muchos milagros que son manifestaciones de los dones o carismas de su psique-alma teofora portadora de Dios.
Sin embargo, los milagros que tienen valor para la eternidad, es decir, la salvación de las psiques-almas, fueron realizados por el Yérontas en el confesionario. Allí libró sus mayores batallas espirituales.
Veía en las almas su pasado, presente y futuro, e intentaba, respetando su voluntad y libertad, ayudarlas a arrepentirse y volver a la metania. A quienes veía con buena disposición y humildad tras la confesión, les leía con todo su corazón la oración de absolución. A otros, que no tenían conocimiento, les leía oraciones para ayudarles a arrepentirse.
A algunos, después de su “confesión”, les aconsejaba ir a un guía espiritual confesor para confesarse. Esto los dejaba asombrados y pensativos, y algunos decían:
— Pero entonces, ¿qué hicimos tanto tiempo con usted, Yérontas?»
La cadena de milagros que realizó y sigue realizando el Yérontas crece continuamente. Sin embargo, como dice el sabio pueblo: «cada milagro dura tres días, el grande cuatro», queriendo decir que no es el milagro lo que cambiará nuestra vida, sino el esfuerzo por imitar la vida de los santos en la medida de cada uno.
Además, que nuestra fe se base en milagros no fue lo que Cristo bienaventuró, cuando dijo: «Porque me has visto, has creído, a partir de ahora en los siglos de los siglos, bienaventurados y felices serán los que creen sin haberme visto. Así creerán las futuras generaciones de mi Iglesia» (Juan 20:29).
San Jacobo tenía muchos carismas, dones, especialmente el de previsión (clarividencia espiritual). Sin embargo, era extremadamente humilde y lo ocultaba para no caer en la vanagloria.
Leemos en su vida: «Con su don de previsión era muy cuidadoso. Aunque conocía lo más íntimo del corazón de su interlocutor, no se lo decía. Guardaba su don.
Y como dijo, días después de la dormición del padre Jacobo, el gran y bendito San Porfirio de Kafsokalivia:
— Este (el padre Jacobo) tenía un gran don de previsión, que ocultaba cuidadosamente para no ser glorificado. Es uno de los mayores santos de nuestro siglo».
El Santo como hombre lleno de dones: fruto de un duro combate espiritual personal
Normalmente, «cuando queremos hablar de un santo contemporáneo, como es San Jacobo, nos referimos a diversos hechos y experiencias maravillosas que pueden relatar quienes lo conocieron». También presentamos «los dones que adornan el alma de un santo así, como el de previsión, diorasis (visión espiritual penetrante), el don de psicoterapia y sanación», los cuales «han sido confirmados por numerosas narraciones». Estos resultan agradables y producen asombro y admiración en el alma.
Pero no debemos olvidar lo que precedió a todo esto.
«Los dones que tenía el Yérontas pueden compararse con flores y frutos de una planta maravillosa y celestial que era su psique-alma. Pero las plantas también tienen raíces. Las raíces están en la tierra, cubiertas, ocultas, invisibles. Los jugos y las sustancias nutrientes suben desde la raíz y la planta da fruto.
El San Teodoro Estudita, en una catequesis, lo describe bellamente: las plantas florecen en primavera, luego viene la fructificación en verano, cuando los frutos nos alimentan y nos alegran. Pero antes de la primavera y el verano ha precedido el duro invierno, con frío, lluvias, nieve y viento helado que azotan las plantas».
Estudiando, con las oraciones de Jacobo Tsalikis, su maravillosa vida, debemos “palpar esas raíces espirituales, para que cada uno de nosotros pueda beneficiarse verdaderamente de su vida escondida y no quedarnos en una admiración superficial”.
Además, es conocido el sabio proverbio popular que dice: «Todo milagro dura tres días, el grande cuatro», con el que se quiere mostrar la dificultad de obtener un provecho real solo a partir de la enumeración de hechos maravillosos que muchos vimos en el santo Jacobo.
El yérontas Jacobo Tsalikis se nos manifestó en los últimos años de su vida terrena, que fueron los años de su fruto y cosecha espiritual. Estamos llamados a intentar “conocer, a partir de sus logos, palabras y relatos”, también su camino oculto de lucha durante todos los años de su vida.
De ahí debemos aprender. Estamos llamados no solo a admirar, sino también a imitar, en la medida de nuestras fuerzas, a “este campeón espiritual, atleta de Cristo que vivió una vida martirial”: aquel que “fue herido y probado de múltiples maneras desde su infancia hasta el final de su vida”.
Don de previsión (profético) del Santo Jacobo
Con su carisma o don de previsión, San Jacobo Tsalikis predijo la elección del actual Patriarca Ecuménico, así como la forma en que tendría lugar dicha elección. Simplemente previó los acontecimientos, nada más.
«El actual Patriarca Ecuménico fue al monasterio de San David de Évia antes de convertirse en Patriarca, y el Santo le dijo:
— Tú llegarás a ser Patriarca. Cuando se realice tu elección, habrá un disturbio, los turcos se enzarzarán en una pelea y, a causa de ese conflicto, sin darse cuenta de cómo, tú serás elegido Patriarca».
En efecto, cuando iba a realizarse la elección–designación, los nuestros fueron a presentar la terna (los tres nombres) para que el alcalde decidiera quién debía ser elegido, ya que se trata de un nombramiento: de entre tres personas, el alcalde escoge a una.
El alcalde tenía un gran poder, como ahora; es como un segundo primer ministro en Turquía. Konstantinopla tiene más de 17 millones de habitantes. Al actual Patriarca Ecuménico no lo querían los turcos; preferían a otro.
Pero estaban envueltos en una disputa, el alcalde de Konstantinopla con otros entre sí, y el alcalde dijo a quienes habían ido a presentar la terna:
— ¡Quitaos de mi cabeza y poned a quien queráis! ¿Voy a ocuparme ahora de vosotros…?
Él tenía asuntos más importantes. Y así, ellos pusieron al actual Patriarca Ecuménico. ¡Así ocurrió! No es que el Yérontas diera su bendición ni nada de lo que se dice… simplemente profetizó».
Aquí se confirma su don profético, como también en el siguiente caso que el padre Emiliano Jíkaros declara:
«Mientras aún vivíamos en una casa alquilada, con la iluminación de Dios veía que adquiriríamos una vivienda propia, lo cual ocurrió al poco tiempo».
Don de diórasis (visión espiritual penetrante, clarividencia). Revelación admirable del nombre de una monja por el venerable Jacobo.
El Santo, mediante su don de diórasis, revelaba los nombres de quienes lo visitaban por primera vez, así como hechos y situaciones de sus vidas.
«Conocí una vez a una monja que se encontró con el santo Yérontas Jacobo en el monasterio de San David de Évia y le confesó su dolorosa vida.
Su encuentro con el Santo fue breve, pero las cosas que nos relató la monja fueron grandes y maravillosas.
Esta monja, años antes, había ido a venerar a San Juan el Ruso en Prokopi de Évia. Allí conoció a una mujer peregrina que le recomendó encarecidamente visitar el monasterio de San David, donde conocería al Yérontas Jacobo y recibiría gran beneficio espiritual.
“Después de un año”, me dijo, “logré visitar el monasterio. Cuando pedí a los padres ver al Yérontas, me dijeron que estaba enfermo; acababa de ponerse un marcapasos y no podría verlo.
Rogué a los monjes que le informaran de que una monja de una isla había venido exclusivamente para verlo. ¡Oh, maravilla! “Lo imposible para los hombres es posible para Dios” (Lucas 18:27). El Yérontas accedió a recibirme excepcionalmente.
Me esperaba en la capilla de San Jaralampo. Llamé tres veces a la puerta, que estaba entreabierta, y lo oí decir:
— Bendice, hija mía, entra. Bienvenida, hermana […]. Cristo ha resucitado, hija mía.
Al oír que me llamó por mi nombre, me quedé inmóvil de asombro. Le pregunté:
— ¿Cómo sabe mi nombre, Yérontas?
Y me dijo:
— Lo oí, hija mía.
— Pero ¿cómo lo oyó, si no se lo dije a nadie?
Y me respondió:
— Vamos, hija mía, no te quedes ahí. ¿Vamos a centrarnos en el nombre o en nuestros pecados? ¿No has venido por eso?
Me habló así para que no me detuviera en la asombrosa revelación de mi nombre».
Revelación de la enfermedad de la monja
«Luego me dijo:
— Ven, hija mía, siéntate, porque estás muy enferma.
En efecto, en aquel tiempo estaba muy enferma. Tenía el hematocrito bajo y mi hermana había programado mi ingreso en el Hospital Hipócrates de Atenas para exámenes.
Sin embargo, preferí ir al monasterio de San David a ver al Yérontas Jacobo antes que ocuparme de mi salud.
Cuando el Yérontas me dijo que estaba muy enferma, me quedé con la boca abierta. Me pregunté:
— ¿Qué clase de hombre es este? Todo lo conoce. Todo le es manifiesto».
Diórasis (visión espiritual penetrante) y consejos a un candidato a monje
Un joven conocido nuestro que quería hacerse monje visitó el monasterio del Santo y pidió su bendición. San Jacobo Tsalikis, tras elogiar con alegría su aspecto modesto diciéndole «tú eres honesto y decente», luego le dijo:
— Veo que llevas una cruz.
Aunque exteriormente no se veía nada, el Santo vio la cruz con el Santo Leño que el joven llevaba interiormente.
El joven le confió que quería hacerse monje en el Monte Athos. El Santo pareció dudar un poco, pero después dijo:
— Puesto que lo deseas, ve. Ruego que seas digno de contarte entre los santos de nuestra Iglesia. Ten cuidado y ora.
Sabía cómo alguien llegó a ser obispo
«El Yérontas veía con el Espíritu Santo. Por ejemplo, sabía cómo alguien llegó a ser obispo.
Me dijo acerca de uno -una persona mediocre- que llegó a ser obispo por medio de un tío suyo, general. El general fue al entonces arzobispo de Atenas y le dijo:
— Beatísimo, mi sobrino es hieromonje. Quiero que lo hagas obispo, y además en una gran metrópolis.
— Por supuesto, mi general. Y así ocurrió…»
Aquí se aplica lo dicho por San Juan Crisóstomo: «Dios no ordena a todos, pero actúa a través de todos, aunque sean indignos, para que el pueblo se salve». Es decir, Dios no ordena directamente a todos, pero obra a través de ellos; aunque sean indignos, permite que sean ordenados para la salvación del pueblo. Dios actúa, por así decir, según su voluntad permisiva y no según su voluntad perfecta, obrando incluso por medio de indignos para sanar y salvar a quienes tienen buena disposición. [Y continúa san Juan Crisóstomo:
«Porque si (Dios) habló por medio de un asno y a través de Balaam, es decir, por medio de un hombre insignificante, por causa del pueblo, mucho más hablará por medio del sacerdote… Por tanto, si tiene una doctrina pervertida (y la predica), aunque sea un ángel, no le creas; pero si enseña correctamente, no te fijes en su vida, sino en sus logos y palabras…» PG 62, 609–612]
San Jacobo ocultó su gran virtud: el más inteligente de los santos
De todo lo anterior -sus combates espirituales y sus dones- se certifica la altísima espiritualidad y santidad del Santo Jacobo, que se ocultaba muy hábilmente bajo una apariencia externa de sencillez y simplicidad.
«Lo anterior», observa su médico personal, «se ha escrito para tener una imagen más completa de su personalidad, de modo que no sea injustamente considerado por algunos como ingenuo, con pocos estudios o poco instruido.
Al contrario, según la opinión de un querido y eminente hijo espiritual suyo, el Santo Jacobo era el más inteligente entre los santos contemporáneos. Tenía una inteligencia espiritual tan grande que logró ocultar su gran santidad».
El Santo Jacobo como guía de monjes: no impone su voluntad ni presiona hacia el monacato
El Santo era sumamente discreto, amable y delicado. Siempre respetaba la libertad y la voluntad humana.
«El bendito y santo Yérontas», relata el hieromonje padre Alexio, «aunque era tan grande, entró en mi vida con mucha humildad. No intentó dominarme ni imponerme su voluntad. Respetó absolutamente mi libertad, para que yo hiciera mi elección personal sin influencia.
Aunque yo, siendo laico, iba con frecuencia al monasterio, en nuestras conversaciones nunca me habló del monacato, a pesar de que le había expresado mi deseo de vida monástica.
No hizo el más mínimo intento de convencerme ni de proponerme quedarme en su monasterio. Al contrario, viendo con su mirada espiritual, me decía:
— Hijo mío, estas cosas hay que pensarlas muy bien. Hay que orar mucho para que Dios ilumine».
Esto, por supuesto, es muy útil para quienes desean la vida monástica, porque no debemos dejarnos llevar por entusiasmos temporales pasajeros, sino que debe haber algo más profundo en el alma: la llamada de Dios.
Esto lo sabía muy bien el Yérontas; por eso no intentó influir ni arrastrar a nadie.
Al contrario, contuvo a muchos, para que su entrega fuera fruto de la oración, de su libertad y de la voluntad de Dios, y no de un impulso y voluntad pasajera.
«Este respeto del Yérontas hacia mi libertad ha quedado grabado indeleblemente en mi psique-alma».
Este es el rasgo característico de los santos: el respeto por la libertad del prójimo. Imitan al Señor, que nunca suprime la libertad humana, ni oprime, ni obliga, ni coacciona.
El Santo, con gran discernimiento, se mostraba “prudente” ante los deseos humanos de hacerse monje, para que quien lo deseaba fuera probado y se revelara su verdadero interior y sus motivaciones profundas.
Sin embargo, cuando alguien decide hacerse monje, debe guardar su voto monástico y permanecer hasta el final en su monasterio.
Solo en dos casos, según los Santos Padres, un monje puede abandonar su monasterio sin bendición:
- Cuando en el monasterio cae en herejía, o
- Cuando hay inmoralidad en sentido estricto.
El Santo reprendió a una monja que abandonó su monasterio para servir a su madre, como se muestra en el siguiente episodio narrado por la propia monja.
Deserción de una monja y reprensión por San Jacobo Tsalikis
«Después», relata una monja, «le confesé mi vida. Que yo era monja en un monasterio. Cada domingo venía mi madre para asistir a la Divina Liturgia. Constantemente me suplicaba que ayudara con los muchos problemas de mi familia.
Mi madre tenía cáncer con una grave enfermedad intestinal, mi hermano sufría trastornos mentales y pasaba de un hospital psiquiátrico a otro, un sobrino mío era huérfano y una tía paterna estaba sola y postrada en cama.
Yo no resistí las súplicas de mi madre, y así el Yérontas de mi monasterio se vio obligado a decirme:
— Anda, hija mía. Ve a ayudarles y, además de monja, serás también como una “enfermera de la Cruz Roja”. Al monasterio vendrás cuando quieras: para confesarte, para la Divina Liturgia y la Comunión.
Así salí de mi monasterio y comencé esta gran lucha. Cuánto sufrí, tanto psíquica como físicamente, solo Dios lo sabe. Por los pesos que cargaba, mi columna vertebral se destruyó, y por las enfermedades del estómago y del intestino adquirí una gran anemia.
Después de confesar todo esto al Santo Jacobo, me dijo:
— Hija mía, tú saliste de tu monasterio y serviste a tu madre. Y bien hiciste. También a tu hermano y a los demás familiares, bien hiciste. Pero no pensaste en las promesas que hiciste cuando te hiciste monja: que abandonarías padre, madre y familiares para seguir el camino de Cristo.
El diablo te sacó de tu monasterio. El pensamiento de servir a los tuyos era diabólico. Te fuiste por tu propia voluntad. Eres, pues, una monja desertora. Abandonaste tu campamento. También eres transgresora, porque rompiste tus promesas. Perdóname por hablarte tan duramente, pero esta es la verdad.
Yo, al escuchar al Yérontas, me entristecí muchísimo por mi vida. Comprendí que no dejé a Dios ocuparse de mis familiares, sino que tomé yo el lugar de Dios».
A continuación, el Santo, como sabio médico espiritual, le da también los otros “remedios” complementarios, diciendo:
Debemos luchar siempre…
La misericordia del Santo hacia una monja caída.
«— Hija mía», continuó el Santo, «aunque lo que te he dicho es la verdad, no quiero que te vayas de aquí triste. No es el lugar, hija mía, sino el modo de vivir lo que nos salvará. Y tú, al salir de tu monasterio, no buscaste comodidad, sino que te esforzaste. Luchaste duramente. Así es la vida: continuamente caemos y debemos levantarnos.
Nos parecemos a un alpinista que quiere subir a una alta cumbre: cae innumerables veces, pero vuelve a levantarse y lo intenta, porque tiene la mirada puesta en la cima. No abandona su esfuerzo.
Así también en nuestra vida debemos esforzarnos siempre. Y en aquello que no logramos o en lo que hicimos y no agradó a Dios, Dios pone su “medida”, es decir, Su misericordia y caridad: completa lo que falta y salva al hombre.
¡Tenemos un Dios tan misericordioso y lleno de amor! Pero no debemos decir: “Dios tiene Su misericordia” y relajarnos abandonando la lucha. Debemos esforzarnos continuamente. Dios pasará por alto nuestras faltas, perdonará nuestros pecados y nos hará dignos del Paraíso.
El Paraíso Dios lo hizo para los hombres; no hizo el infierno».
Quiénes serán condenados e infernados.
«Al infierno», continuó el Santo, animando a la monja, «irán solo aquellos que no se arrepienten y no vuelven a la metania: los que blasfeman contra Cristo y los santos, los que se burlan de la Madre de Dios y no tienen arrepentimiento. Solo esos serán condenados».
Después de reprenderla y consolarla, infundiéndole buenas esperanzas, a continuación, le ofrece también los remedios espirituales y terapéuticos.
Retorno al lugar y al modo de la vida de metania y arrepentimiento de una monja que había desertado.
Relata la misma monja: «Continuando, le dije:
— Padre, no quiero volver a mi isla, donde sufrí tanto durante veinticinco años. Pienso quedarme en Atenas, donde está mi hermana.
El Santo me dijo:
— No, hija mía. Volverás a tu isla. No has pisoteado tu hábito. Dirás con el pensamiento que estás en tu monasterio.
El velo que llevas en la cabeza dirás que es el techo de tu monasterio, y el pañuelo que sobresale de tu frente dirás que es la ventana de tu celda. A través de esa ventana verás el mundo.
Dirás continuamente: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, eleisónme, compadécete o apiádate de mí, pecadora” y “En ti pongo toda mi esperanza, Madre de Dios, protégeme bajo tu amparo”.
Esta regla te doy como tu padre espiritual, y la guardarás hasta tu último aliento.
En cuanto a tu vida, dejémosla a la misericordia de Dios. Yo, hija mía, rezaré siempre por ti, y la oración mostrará el camino por el que Dios te conducirá.
Donde vivas, cuando vengan personas a pedirte consejo, la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios te iluminará y les dirás lo que deben oír. Y así les ayudarás».
Admiramos la misericordia, la agapi, el discernimiento y también la fidelidad del Santo a la tradición de los Padres y a los sagrados cánones.
Capítulo 5: Las enfermedades – la paciencia – el tránsito (dormición) del Santo
Pruebas de la salud del Santo – Humildad – Hechos maravillosos
«Su salud», relata su médico personal, «hasta aproximadamente la edad de cincuenta y cinco años era de hierro, a pesar de su constitución delicada. Me dijo el Santo:
—Hasta la edad de cincuenta y cinco años no sabía lo que significa cansancio, enfermedad o dolor. Después de mis cincuenta y cinco, comenzaron poco a poco a encontrarme todas las enfermedades. El eosforos (lucero, satanás) recibió permiso para tentar mi cuerpo».
El Yérontas mencionó que un demonio, a través de una mujer endemoniada, dijo que su padre, el lucero (satanás), recibió permiso para tentar su cuerpo y le reveló sus padecimientos, que solo el Yérontas conocía.
El Santo sobre el orgullo y la humildad a través de la enfermedad
«A mí», relata el Santo, «a quien ningún hombre jamás vio desnudo excepto mi madre cuando era niño pequeño, Dios permitió que me vieran los médicos y las enfermeras y que me operaran repetidas veces. Así, comencé a sentir dolores en diversas partes de mi cuerpo. Al principio no quería ir al médico, considerando que era vergonzoso que vieran mi cuerpo, cuerpo de sacerdote.
Hablando una vez con el padre Nicodemo, que era mi abad y padre espiritual, le dije:
—No quisiera, Yérontas, que los médicos vieran mi cuerpo si enfermara.
Y me dijo:
—Eso, padre Jacobo, es orgullo. Ve, hijo mío, al médico, porque Dios permitirá que caigas en una enfermedad grave, ya que tienes orgullo y no quieres ser examinado.
—Yérontas —le decía—, ¿qué es el orgullo? Yo me avergüenzo de desnudarme.
Pero en cierto momento me sobrevinieron fuertes e insoportables dolores en el vientre, y la situación era intolerable. Entonces comprendí lo que quería decir mi Yérontas. Porque dije en medio del dolor:
—¡No aguanto! Traed un médico para que me examine, aunque sea mujer.
Con un animal me bajaron a Limni y después al hospital de Jalkís (Calcis). Allí me examinó el cirujano y dijo: “quirófano urgente”».
Intervención milagrosa de los Santos David y Juan el Ruso
«Mientras tanto», narra el humilde Santo, «sufría y me encontraba en estado grave, y supliqué al santo David diciendo:
-Santo mío David, te ruego que vengas rápido, en diez minutos, para ayudarme. Pero al venir, pasa por Prokopi y toma contigo también a san Juan el Ruso, y venid a ayudarme ahora que estoy en peligro.
Esto lo recé mentalmente. No pasaron muchos minutos y se abre la puerta, y veo entrar a un Yérontas de barba blanca con bastón en la mano, acompañado por otro más joven, de unos treinta años, con hábito. Se acercaron y me saludaron. Yo pensé que eran sacerdotes desconocidos que habían venido a visitarme, porque entonces muchos sacerdotes me visitaban en el hospital al oír que estaba grave.
Entonces el Yérontas me dice:
-¿Cómo estás, padre Jacobo? ¿Nos reconoces quiénes somos?
-¿Cómo voy a estar, padres míos? -les digo. Sufro; no sé quiénes sois.
´-Yo soy san David, y este es Juan el Confesor —¿eh, Juan?—, dice dirigiéndose al más joven, quien asintió e hizo una reverencia ante san David como mayor y sacerdote.
—No temas —me dice el venerable David—; hemos venido a ayudarte.
Vi -dice el Yérontas- que la frente del santo David estaba sudorosa; tan rápido vino el Santo a ayudarme. Entonces me vuelvo y digo a mi Yérontas abad, el padre Nicodemo, que estaba a mi lado:
-Yérontas, aquí están el santo David y san Juan el Ruso.
Entonces mi Yérontas se inclina a mi oído y me dice:
—¿Qué es eso que dices? ¿Te has vuelto loco? ¿Qué santo David dices? No digas esas cosas, que pueden oírnos y dirán: el padre Jacobo ha perdido el sano juicio.
Cuando vi que mi Yérontas decía eso y comprendí que no veía nada, guardé silencio.
Vi entonces al Santo avanzar y entrar en el quirófano. De hecho, el santo David abrió la puerta con su bastón y entraron, y los vi colocarse junto a mí en la mesa de operaciones.
Con la anestesia no entendí nada, porque me dormí. El cirujano se encontró en una situación difícil, pues tuvo que hacerme tres operaciones al mismo tiempo, debido a una apendicitis perforada, torsión testicular y hernia inguinal.
Así, con la ayuda de los Santos y los esfuerzos diligentes del buen cirujano, me salvé.
Yo decía con frecuencia: Muy bueno el cirujano, me salvó.
Entonces vi a san Juan el Ruso, que me dijo: Siempre hablas del cirujano, cuando a mí deberías dar gracias, porque yo te operé. Ayer era para que partieras, pero recibiste prórroga para mañana.
Así, con esa prórroga sigo viviendo todavía», decía el Yérontas.
Verdaderamente: «maravilloso es Dios en sus santos» (Salmos 67:36).
La milagrosa curación del Santo Jacobo por la Panagía
En otra ocasión, la misma Θεοτόκος (Zeotokos: Madre de Dios, la que da a luz a Dios) cuidó al Santo, como se muestra a continuación…
«Debido a que en mis piernas», decía el Santo, «aparecieron varices, por la prolongada permanencia de pie y las genuflexiones, tuve que ir a Atenas para operarlas. Después de esta intervención en las varices, se formaron nuevas varices en mis piernas».
Sufría tanto por sus piernas, que era increíble la paciencia y la fortaleza de alma que necesitaba para mantenerse de pie. Los dolores que sentía eran insoportables. Además, la sola visión de las varices provocaba compasión. Sin embargo, nunca omitió los oficios sagrados ni la Divina Liturgia, a pesar de las recomendaciones de los médicos de evitar estar de pie.
«Por las noches, después del cansancio del día», relata el Santo, «cuando los dolores eran insoportables, venía mi “Buena Panagía” con el Santo David y me ponían medicina en las piernas, y los dolores desaparecían por unas horas. Pero por la mañana comenzaban de nuevo».
A un querido hijo espiritual suyo, con muchos problemas de salud, queriendo el Yérontas aumentar su fe y su paciencia, le relató:
«Esta noche se abrió la puerta de mi celda y vi entrar a una mujer alta y hermosa con vestido azul. Era nuestra Panagía, acompañada por un venerable Yérontas, el santo Juan el Teólogo y Apóstol y el santo Serafín de Sarov. Entonces la Panagía me dijo:
-Hemos venido a aliviarte de los dolores de tus piernas.
Se volvió hacia los dos Santos diciéndoles que ungieran con aceite las piernas del padre Jacobo, porque es un verdadero amigo de Cristo y de ellos, cosa que los Santos hicieron inmediatamente. En ese mismo instante desaparecieron los dolores y quedé sano. Inmediatamente, la Panagía con los Santos se retiraron dejando en mi celda una fragancia inefable».
Picor tormentoso y vértigo
«Sin embargo, entre las mayores pruebas del Yérontas», relata su médico personal, «estaban ciertas grietas que aparecieron en las partes íntimas y especialmente al final del conducto intestinal, que en algunas épocas se irritaban tanto que provocaban no dolor, sino un picor insoportable.
“Un pequeño picor —decía el Yérontas— que en realidad era una tentación. El dolor, hijo mío, se soporta; pero el picor no se soporta. Especialmente durante el oficio, vestido con las vestiduras sacerdotales, era tan insoportable que un sudor frío me cubría. Si fuera posible, con una navaja cortaría todas esas zonas; lo preferiría antes que tener este picor. Pero ¿qué podía hacer? Con paciencia soportaba esta prueba”».
Este era su gran martirio, en el cual mostró una paciencia semejante a la de Job. Me decía:
—Hijo mío, no hay martirio peor que el picor. Es el padecimiento con el que fue martirizado Job. Es un padecimiento satánico. Y Job se sentaba sobre el estiércol y con un tiesto rascaba su cuerpo. Yo, en cambio, durante el oficio, vestido con las vestiduras sacerdotales en el templo, tengo un picor tan terrible dentro del intestino, que me vienen sudores y desmayos. Sin la ayuda del Santo no podría soportarlo.
Cuando con algunas pomadas especiales el santo Yérontas fue aliviado del picor, dijo:
—Hijo mío, no habría soportado este tormento. Mi corazón se habría detenido. Que el santo David te recompense por lo que haces por mí».
«También vértigos tormentosos afligieron al Yérontas en sus últimos años, causados por el síndrome cervical del que sufría.
-No me atrevía -dice el Yérontas- a girar la cabeza hacia un lado, y perdía el mundo. Forzosamente la mantenía en una posición, incluso durante las interminables horas de confesión, lo cual me provocaba fuertes dolores en el cuello. Pero también era una ascesis —dice el Yérontas— porque no giraba la cabeza para ver el rostro del que se confesaba».
Durante todo ese tiempo, inclinado, perseveraba en esa postura, soportando con paciencia.
Enfermedades y padecimientos de los sistemas digestivo, urinario y cardiovascular
«La prueba de las enfermedades no dejó intacto tampoco el sistema digestivo del Yérontas, pues sufría de colon espástico, el cual lo atormentaba con dolores abdominales y meteorismo.
Pero tampoco el sistema urinario quedó al margen, ya que, durante una intervención urológica, cuando un enfermero colocó un catéter urinario sin prestar atención, o más bien movido por la tentación y riendo, introdujo un catéter de mayor tamaño del normal. Esto causó lesión en la uretra del Yérontas, lo que, además del dolor de aquel momento, produjo estrechamientos en la uretra que impedían la salida normal de la orina. Salía fina como un hilo.
Así, como no se realizaba un vaciado normal de la vejiga, el mínimo descanso nocturno del Yérontas se interrumpía aproximadamente cada hora por la molestia de la micción problemática».
«Sin embargo, la última prueba, que finalmente condujo al Yérontas a la otra vida, fue la enfermedad de su corazón. Decía el Yérontas:
—Mi corazón no tenía ningún problema, pero una tentación que pasé por parte de una persona consagrada fue la causa de que sintiera un dolor como si un cuchillo me atravesara el pecho, de modo que comprendí que desde ese momento mi corazón enfermó gravemente.
Así fue necesario colocar un marcapasos. Fui operado dos veces y, como la primera no tuvo éxito, la segunda se realizó sin anestesia. Así se colocó el marcapasos, pero cerca de la axila derecha, de modo que sufría incluso al hacer la señal de la cruz y al levantar el santo Evangelio».
La isquemia del miocardio del Yérontas era muy grave, de modo que, a pesar del tratamiento farmacológico y de los ingresos regulares y de urgencia en el hospital de Atenas, la situación empeoraba continuamente. El frío, así como el calor, eran causas de dolor en el pecho, acompañado de sudor frío y agotamiento.
Sin embargo, el celo del Yérontas y su amor hacia Dios y hacia Sus criaturas sostenían este cuerpo tan atormentado, de modo que hasta su última hora, «haciendo una paciencia seca», como decía, con una sonrisa en los labios y con amor, servía incesantemente, consumiéndose mientras iluminaba, calentaba y sanaba las psiques-almas y los cuerpos, derramando aceite y vino, como verdadero discípulo del Médico de nuestras psiques-almas y cuerpos.
Textos legendarios sobre la salud del Santo
«Después de la descripción de las enfermedades del Yérontas», observa su médico personal, el señor N. Baldimtsis, «considero oportuno referirme a algunos textos que tratan sobre su estado de salud.
Un autor, en un libro suyo, dice que el Santo Yérontas sufría del estómago y que fue sometido a dos operaciones quirúrgicas. Esto es falso, pues al examinar al Yérontas no constaté cicatriz de intervención quirúrgica en el estómago.
En otro lugar se menciona que el Santo sufría de lumbalgia, que permaneció en cama veintinueve días y que, aunque recibió ochenta inyecciones, no vio beneficio hasta que los Santos Anárgiros (sin plata) lo curaron. Los medicamentos de aquella época eran de tecnología antigua y muy dolorosos. El cuerpo del Santo estaba esquelético. ¿Cómo podrían administrarse ochenta inyecciones en ese cuerpo? Es prácticamente imposible. Por ello tengo serias reservas sobre esta información.
Finalmente, en un texto anónimo de un libro dedicado al Santo Yérontas, hay algunas cosas fantasiosas que se refieren a mi persona: que, ante una pregunta del Santo sobre una inyección que estaba en su mesilla, si le beneficiaría aplicársela, supuestamente le respondí que esa inyección le provocaría una pilosidad total y que abandonaría el monasterio para buscar mujer y pecar. Tales expresiones mentirosas e irrespetuosas jamás fueron dichas por mí al Santo, a quien respetaba y amaba.
La conclusión es que tales textos no deben publicarse sin verificación y contraste de los hechos reales. En general, a quienes desean hablar o escribir sobre los Santos les combate, entre otras cosas, la siguiente tentación: querer impresionar con sus relatos, cuando lo que se busca es la doxa-gloria increada de Dios y el honor de los Santos, y no la promoción personal».
El Santo se alimentaba de la divina Jaris Gracia increada
«Considero útil», continúa el médico del Santo, «referir que en análisis de sangre que realizamos al Santo, cuando le tomé muestra la noche antes de partir del Monasterio, tenía un hematocrito de 45.
Viendo la escasa alimentación que recibía y sabiendo que no tomaba hierro ni vitaminas como ácido fólico o vitamina B12, que son factores hematopoyéticos, era al menos médicamente paradójico su excelente hematocrito y una confirmación del Evangelio: “…no sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo logos, dicho que sale de la boca de Dios, es decir, cuando Dios quiera y lo diga, el hombre vive también sin comida” (Mateo 4:4».
El Santo acepta cuidados médicos fundamentándolos en los Santos Padres
«Después del examen médico, debido al estado crítico de su salud y de sus piernas, en una palangana lavaba su cuerpo martirizado y sus piernas heridas.
El Yérontas aceptaba este cuidado conforme a la enseñanza de San Basilio el Grande, quien también era médico. San Basilio enseña que los baños benefician a los enfermos y no deben evitarse.
Los padres ayudaban en este proceso trayendo un cubo con agua caliente, un hule, una palangana y una pequeña jarra.
La actitud del Santo en ese momento era la imagen de la “extrema humildad”. Su cuerpo martirizado y esquelético, con las cicatrices de las operaciones, recordaba a San Onofre en las pinturas del Monte Athos.
Con los ojos cerrados, en silencio, orando, esperaba a que terminaran mis cuidados médicos. Cuando terminaba el cuidado de sus piernas con pomadas antitrombóticas y refrescantes, el Santo expresaba su gratitud. Se levantaba y caminaba por la habitación como un niño pequeño, diciendo alegre:
—¿Ves, Nikos mío, cómo camino ahora? Mis piernas están perfectamente. No siento ningún dolor.
Y daba bendiciones con todo su corazón».
La fragancia del Santo Jacobo
«Uno de los monjes, al final, recogía el cubo, la palangana y el hule. Una vez quedó asombrado, porque el hule desprendía fragancia. ¿Pero cómo no iba a oler bien? ¡Si todo el cuerpo del Yérontas despedía fragancia!
El venerable Yérontas Jacobo, como morada del Espíritu Santo, exhalaba fragancia cuando vivía, y esto lo constataron muchas personas. Era, en sentido literal, un relicario perfumado del Espíritu Santo. Y ahora también exhala fragancia para aquellos que lo aman y piden humildemente sus intercesiones para su salvación».
El Santo confiaba solo en la medicina clásica y honraba a los médicos
“El santo Jacobo, con toda la espiritualidad que tenía, no dejaba de ser un hombre normal y muchas veces hablaba expresando su propia opinión humana.
Una vez le dije que, de su tratamiento farmacológico, dos medicamentos que tomaba no podían administrarse al mismo tiempo, porque era peligroso para su salud, y le expliqué las razones.
—Pero esos medicamentos, Nikos, me los dio el Profesor, ¡Kremastinós! Ya sabes, el que examinaba también al Grande —refiriéndose al primer ministro Andreas Papandreu.
Le dije:
—Yérontas, aunque sea profesor, no se fijó en esta combinación concreta de medicamentos, porque estas personas tienen muchas cosas en la cabeza.
Sin embargo, el santo Jacobo no se dejó convencer para cambiar ese tratamiento, sintiendo reverencia ante el rango académico de ese médico. Por lo demás, me mostraba plena confianza, porque el santo David le había dicho que confiara en mí.”
Seguía lo que dice el libro de la Sabiduría de Sirácides:
“Honra al médico según su dignidad, por sus servicios, porque también a él lo creó el Señor” (Sir 38:1) y “El Señor hizo brotar de la tierra los medicamentos, y el hombre prudente no los desprecia” (Sir 38:4)
El santo Jacobo estaba en contra de la homeopatía y de cualquier otra medicina alternativa
“El santo no quería oír hablar de otro tipo de remedios, homeopáticos, etc., sabiendo -evidentemente por iluminación del Espíritu Santo, pero también como confesor- que muchos de ellos están relacionados con el ocultismo o son engaño.
‘Quiero, decía, que el medicamento que haga falta me lo recete el médico en una receta y lo compre en la farmacia. Nada más.’
No tomaba más que medicamentos de la medicina clásica. No tomaba ni homeopatía ni nada parecido.
Le llevaban diversos remedios:
—Yo no quiero, decía. Ni siquiera quería tomar antídoro (pan bendecido).
-Yéronta, hemos ido de peregrinaje a tal Monasterio y te hemos traído antídoro.
—No quiero comer el antídoro que me trajisteis; no sé qué puede tener dentro. Nosotros cada día celebramos la liturgia, comulgamos y tomamos… tenemos nuestro propio antídoro. Tenía temor:
—Yo no sé lo que hacen estos; puede que hagan cosas mágicas o satánicas.
“El Yérontas estaba solo a favor de la medicina clásica y únicamente de los medicamentos clásicos. No quería la homeopatía ni nada más. Aparte de los medicamentos clásicos que se daban oficialmente, no tomaba nada más.
Incluso una botellita que llevaban para el padre Cirilo con aloe (le decían que hacía bien), tampoco eso lo quería el santo. Era muy estricto. No quería ningún tipo de medicina alternativa. Era muy reservado y desconfiado. Temía que los medicamentos homeopáticos tuvieran elementos mágicos o diabólicos en su interior.”
“Como se ha demostrado, los medicamentos homeopáticos están efectivamente relacionados con el ocultismo, al igual que diversas medicinas alternativas: la homeopatía, el bioresonancia, la acupuntura, las terapias energéticas, el reiki, la reflexología, la aromaterapia, la iridología y muchas otras.”
“El santo Jacobo estaba de acuerdo con san Porfirio, quien también aceptaba únicamente la medicina clásica.”
San Porfirio, como también san Jacobo Tsalikis, aceptaba solo la medicina clásica
“El santo Porfirio, estando de acuerdo con nuestra Santa Iglesia, aceptaba únicamente la medicina clásica y nada más. No aceptaba la homeopatía, ni la acupuntura ni ninguna otra ‘terapia’, salvo las terapias científicamente aceptadas de la medicina clásica. Sobre la homeopatía y la acupuntura tenemos registrados casos concretos en los que su postura de rechazo es evidente.
Primer caso: «Cuando se le pidió (al santo Porfirio) por un hijo espiritual», testimonia el hieromonje Arsenio Grigoriatis, «bendición (permiso) para recurrir a la ayuda de los homeopáticos, respondió (el santo Porfirio):
“No. No vayáis a ellos. Porque le darán (a la esposa del que preguntaba) unas pastillas sospechosas. Las pequeñas pastillas son inofensivas. Pero la pastilla grande que le darán es un encargo de una fábrica de Holanda y ha sido ‘leída’ (hechizada) por magos” (La homeopatía bajo el prisma de la ciencia médica” Atanasio Abramidis pág 39)».
El santo, con su don de discernimiento espiritual, conocía la relación de la homeopatía con el ocultismo y la magia. Por tanto, quien practica la homeopatía está abierto a terribles influencias demoníacas. Es sabido, además, que el diablo es siempre “homicida”. Los demonios y sus instrumentos, los magos, nunca hacen el bien. Las llamadas curaciones mediante la homeopatía son o bien casuales, o psicológicas (efecto placebo), o parte de la estrategia del maligno. En este último caso, el diablo, que él mismo ha creado una “enfermedad”, aparentemente se retira por un tiempo, el hombre se alivia —supuestamente mediante las diversas “terapias” de la nueva era—, para ganarse su confianza. Después ataca de nuevo con violencia y atormenta y daña continuamente al hombre con toda facilidad.
Segundo caso: La odontóloga-higienista Anthí Tseliu también registra la postura de rechazo del santo Porfirio tanto hacia la homeopatía como hacia la acupuntura. Para ambas declaraba que son cosas demoníacas y absolutamente evitables. El cristiano no debe utilizarlas.
«En 1975 —relata la señora Tseliu— vi un anuncio sobre médicos que practicaban acupuntura y fui a estudiarla durante tres años. En un encuentro con el abuelito (san Porfirio), le suplicaba que me permitiera continuar practicando la acupuntura, porque mi padre espiritual me había dicho que dejara de ocuparme de eso y me había entristecido.
—Eso debes dejarlo. Son cosas demoníacas —me respondió el Yérontas.
—Pero, abuelito —reaccioné yo—, si está científicamente demostrado, ha pasado controles, es esto, es aquello… Intentaba convencerlo con argumentos “científicos”, pero en vano.
—Harás lo que te digo —me dijo tajantemente.
En fin, me fui. Después pedí a un médico conocido mío, cuya esposa y amiga mía era hija espiritual del Yérontas, que le explicara sobre la acupuntura…
—Dile que deje eso, ¡son cosas demoníacas! —repitió el Yérontas.
Finalmente, no teniendo otra opción, dejé de ocuparme de la acupuntura. Lo mismo me dijo también el Yérontas cuando le pregunté sobre la homeopatía:
—Eso es demoníaco. Especialmente la primera pastilla que dan y que “dinamizan”. Todo eso es demoníaco. Tú debes hacer solo el trabajo que el Señor te ha encomendado.
Entonces vi claramente que desde el principio debería haber obedecido a mi padre espiritual, que me había dicho que lo dejara, pero por desgracia entonces no sabía nada sobre la obediencia».
Tercer caso: El psiquiatra infantil Antonios Stylianakis, en una jornada sobre la homeopatía, también aseguró que, al igual que san Paísios, «…también el santo Yérontas Porfirio aceptaba únicamente la medicina clásica y no las llamadas terapias alternativas (entre las cuales se incluye la homeopatía)».
San Jacobo Tsalikis, al igual que san Porfirio, no aceptaba la fecundación in vitro
“- Vienen algunos y me dicen, dice el santo Jacobo: hagamos esta -bueno- fecundación artificial. Que la hagan… ¿Qué es eso? ¿Cómo se hace? Cuéntamelo. Le expliqué cómo se hace:
—Toman, digo, medicamentos, extraen los óvulos, los fecundan, algunos los implantan, otros los usan después. Él dice:
-¡ Κύριε ἐλέησον Kirie eléison Señor, ten compasión! ¡Κύριε ἐλέησον! No estaba de acuerdo con estas cosas para nada”.
Lo mismo ocurría con san Porfirio, quien estaba totalmente en contra de la fecundación in vitro y de los llamados “niños de probeta o de tubo”. Sobre esto decía:
“Los niños de probeta o del tubo serán los criminales del futuro. Hay un periodo de tiempo —ese periodo durante el cual los óvulos y los espermatozoides se cultivan en el laboratorio— en el que no actúa el alma de la madre protegiendo el alma del niño”.
Por tanto, el alma de la madre protege al feto.
—Pero cuando las células y el feto se desarrollan fuera de la madre…
—El feto queda desprotegido, lo que significa que queda abierto a influencias demoníacas. Por eso, dice el santo, de estos niños surgirán los criminales del futuro.
—Este periodo de tiempo, enseñaba el santo, no puede cubrirse con nada. Nos apartamos de la sucesión humana, de la humanidad. Estos niños son algo distinto. Ni siquiera las drogas fuertes los afectan”. “Carecen de agapi-amor”.
San Porfirio en muchas ocasiones sostenía que la fecundación artificial es perjudicial para el feto:
—“Haz, me decía el santo, dentro de veinte años una investigación para ver qué hacen esos niños, en qué estado se encuentran”, refiriéndose a los niños nacidos por fecundación in vitro.
“Un ginecólogo muy conocido, que se había formado en Estados Unidos, sobre el tema de los niños probeta, cuando le expliqué los daños que provoca este método de concepción, lo dejó inmediatamente. Me escuchó, ¡inmediatamente! Es excelente. ¡Comprendió!, me decía el Yérontas con entusiasmo”.
Caso relacionado con infertilidad y fecundación in vitro:
El médico personal de san Jacobo Tsalikis relata:
—Me contó un caso: era una mujer con las trompas cerradas. No podía tener hijos. Todos los ginecólogos a los que acudía le decían: “No vas a poder tener hijos”. Uno incluso le dijo:
“Toma tu mano e intenta perforar una columna eléctrica, una de esas columnas negras de madera. ¿La perfora el dedo? No. Pues un hijo será igual”.
Y le decía:
—Padre, así me dijo el ginecólogo, no puedo tener hijos naturalmente.
Él le respondió:
—Mira, los médicos dicen lo que dicen, pero Dios hace lo que quiere. El santo David es un gran santo. Fortaleció así su fe. Y, de hecho, aunque no podían tener hijos de ninguna manera, ni con fecundación in vitro ni con nada, concibió una niña. Era una niña como un ángel: rubia, con rizos, como las que se veían en los pueblos en marcos con la palabra “buenos días”. Nació por un milagro del santo David y de san Jacobo Tsalikis. Una niña preciosa, de aquellos a quienes los médicos habían desanimado y decepcionado.
En otro caso, personas que habían tenido un aborto siendo estudiantes y luego no podían concebir, el santo Jacobo decía:
—Hijo mío, también existe la adopción.
Y los animó a adoptarlo. “Y ese niño —decía el santo— es muy inteligente”.
La manera en que san Jacobo enfrentaba el dolor
San Jacobo Tsalikis poseía, entre otros dones, el carisma de la paciencia y la perseverancia frente a diversos dolores y pruebas.
“No mostraba a los demás sus sufrimientos; siempre su rostro era agradable y sonriente. Tenía gran mansedumbre y decía: “El Señor dijo: Aprended de mí, que soy apacible, manso y humilde de corazón” (Mat 11:29).
Si sufro, ¿por qué descargarlo sobre otros? Practico la paciencia y rezo, de modo que muchos al verme me dicen: ‘Padre Jacobo, hemos oído que está enfermo, pero lo vemos lleno de alegría, erguido como un ciprés’”.
La impresión que daba san Jacobo durante los últimos años de su vida terrenal.
«Durante el transcurso del último quinquenio de la vida del santo Yérontas Jacobo, donde la Jaris (Gracia: energía increada) de Dios de manera deslumbrante irradiaba desde su alma santificada, era natural que personas “llenas de jaris” de Dios fueran atraídas al Monasterio de san David, para encontrarse con él. Tuvimos el gran honor de encontrarnos testigos de estos encuentros espirituales. ¡Veíamos al Yérontas brillar de alegría! Su comportamiento, sus palabras, todas sus manifestaciones nos dejaban asombrados. Su rostro parecía juvenil. Su mirada alegre. Sus palabras llenas de amor y ternura. No podía contener las “olas” de la Jaris que desbordaban de su alma durante el transcurso de estos encuentros.»
Amistades santas – Encuentros benditos con contemporáneos hombres santificados. Devoción del p. Iákovo Pajýs hacia San Jacobo y viceversa
“Especialmente querido para el Yérontas Jacobo fue el bienaventurado Metropolita de Argólida, p. Iákovos Pajýs. Era un visitante-pelegrino habitual en el Monasterio de San David. Él mismo hablaba y se comportaba con el Yérontas con tal gentileza, respeto y humildad, que toda su conducta era para nosotros una lección. El Santo Yérontas Jacobo correspondía al amor del obispo con tal comportamiento y tales sentimientos espirituales que nos quedarían inolvidables. Durante la conversación entre ellos, espontáneamente besaba muchas veces la “mano del arzobispo”, como él mismo decía, pasando por alto las objeciones del humilde arzobispo que decía:
¡Pero, Yérontas! ¡Anteriormente besaste mi mano!
Sin embargo, el Yérontas no le escuchaba. Más bien escuchaba la psique-alma teofórica (portadora de Dios) que lo impulsaba a tales manifestaciones. Pero, ¿cómo no iba a ser digno de un amor paternal especial el obispo en cuestión?”
El Santo Jacobo sobre el obispo de Siatista, Antonio
“Especial era el vínculo espiritual del Santo Yérontas con el entonces obispo de Siatista, p. Antonio. A este piadoso obispo lo conocimos un día de invierno cuando lo visitamos en su episcopado en Siatista. Nos recibió en las oficinas heladas de la Metrópolis, las cuales calentaba con su presencia, su rostro luminoso y su dulce sonrisa. Nos pidió perdón porque no tenía nada para ofrecernos, pero nos dio varios volúmenes de sus estudios teológicos y muy sabios. Cuando lo saludamos, nos invitó a ir a Siatista para participar en una vigilia que haría en un monasterio suyo, para que nuestra familia fuese bendecida.
En una ocasión, después de su peregrinación al Santo Monasterio de San David y de su convivencia con el Santo Yérontas Jacobo, vino a Volos y visitó en Portariá a la piadosísima igumena-abadesa del Monasterio de la Panagía Odigítria (Conductora), Macrína, a quien dijo:
-Vengo, Yerontisa, desde San David. Y que sepas que el padre Jacobo es santo.
-Lo sé, lo sé, Su Eminencia, respondió la Yerontisa.
Exactamente las mismas palabras dijo el Yérontas después de su partida del Monasterio:
-Que sepan que el obispo Antonio es santo.”
El Santo Jacobo sobre el Metropolita de Jalkída (Calcis), Gregorio
“El santo Yérontas Jacobo nos relató respecto a su respetable y querido Metropolita de Jalkída, Gregorio, los siguientes acontecimientos instructivos y encantadores: El obispo Gregorio era un jerarca tradicional, sensato y digno de respeto. El Yérontas decía:
-Cuando por las tardes daba su paseo, junto con su diácono, en la playa de Jalkída, al pasar, las personas que estaban sentadas en los distintos comercios, por respeto, se ponían de pie hasta que él pasara, mientras él los bendecía sacerdotalmente. Era muy comedido y no ambicionaba el dinero.
Añadía el Yérontas:
Su Eminencia permanecía en su casa en Jalkída y lo servía una hermana soltera y anciana. Una noche de domingo le pidió que friera unas pocas papas para comer. Y cuando la hermana le respondió que no tenían aceite, él mismo fue a una tienda cercana que estaba cerrada, pero cuyo propietario estaba en el piso superior, y compró un poco de aceite en una botella. Regresando rápidamente a su casa, se encontró con un conocido que no era tan ‘discreto’ y que comenzó a interrogarlo:
¿Dónde estabas, Déspota, a esta hora y qué llevas escondido debajo de tu hábito?
Cuando el obispo le informó con sencillez que había comprado un poco de aceite para freír papas, aquel hombre lo reprendió diciendo: ¿Es posible que un Metropolita de Jalkída, con tantos monasterios que tienen olivos y producen tanto aceite, no tenga un poco de aceite para su comida? ¡Deberías tener depósitos llenos de aceite!
Y el desinteresado obispo le respondió:
-Si mis monasterios tienen aceite, es de ellos y para sus necesidades. Yo tengo mi salario, y cuando necesito un poco de aceite, lo compro.
Al finalizar esta narración, el Yérontas decía:
Con ese salario, Su Eminencia mantenía a muchos estudiantes pobres, a quienes también compraba ropa y zapatos.
Debido a que el Yérontas tenía también el don actoral (o fingir para bien), nos relataba muy vívidamente también algunos acontecimientos, encantadores y a la vez instructivos, relacionados con el obispo Gregorio.
Una tarde de domingo, regresando en taxi de una fiesta —porque no tenía coche y para que no hubiera quejas usaba todos los taxis por turno—, pasando por un pueblo, el taxista le dijo:
Mire, Déspota, ese sacerdote que baila primero.
Al día siguiente lo llamó a la Metrópolis y le dijo:
¿Por qué, padre mío, no obedeces la circular que les envié diciendo que los sacerdotes no deben bailar?
Y a pesar de que el sacerdote explicó que bailaba en la boda de su hija, le impuso la penitencia de la inactividad de “toda práctica sacerdotal”.
A la mañana siguiente, debajo de la Metrópolis, se escuchó una voz melodiosa de un vendedor ambulante que vendía sardinas cargadas en dos cajas sobre un burro. Cuando un sacerdote vio desde la ventana de las oficinas que se trataba del sacerdote que había estado en la Metrópolis el día anterior, informó de inmediato al Metropolita, quien le dijo:
-Ve y dile que venga a mi oficina.
Después de que el sacerdote ató su burro con los pescados fuera de la Metrópolis, subió al Metropolita. Allí ocurrió el siguiente diálogo, que el Yérontas relataba con su don natural y actoral. El Metropolita le dijo:
-Padre mío, ¿vendes pescado?
Y el sacerdote respondió:
-Mi Déspota, ya que estoy en penitencia, ¿cómo voy a mantener a mi familia? ¿Es malo vender pescado?
Y el Metropolita le respondió:
-Padre mío, tu penitencia queda levantada.
Y el sacerdote, sonriendo bajo su bigote, bajó las escaleras de la Metrópolis.
Si pudiéramos escuchar al Yérontas en la narración viva de la escena, “toda persona amargada reiría”, como dice la gente.
En otra de sus narraciones, el Yérontas decía sobre el obispo Gregorio:
El obispo Gregorio, sin falta, una vez al año celebraba la liturgia en todas las parroquias, incluso en los pueblos más pequeños y de difícil acceso, a donde para llegar usaba un animal de carga porque no había camino. Así, yendo a un pequeño pueblo siempre con su diácono, la tarde del sábado pernoctaba, como era natural, en la casa del sacerdote. Por la noche quiso ir al “baño”, entonces preguntó al sacerdote dónde estaba el retrete. Y el sacerdote le respondió:
Mi Déspota, no tenemos baño. Nosotros vamos detrás de la cerca para nuestras necesidades.
Así que el obispo fue detrás de la cerca, y en la oscuridad sufrió una tentación inesperada: se sentó sobre un perro que no ladró porque era sigilosamente agresivo, y el perro mordió las nalgas del obispo. Ante sus gritos desgarradores corrieron a ayudarlo su diácono y el sacerdote. La atención de las heridas se hizo con el desinfectante tradicional de la época, el tsípuro (cazalla) local.
Al amanecer, tras esa noche aventurera, celebró la Divina Liturgia en la Iglesia del pueblo, con la presencia de numerosos fieles, que habían venido tras la catequesis del sacerdote. Dentro del altar, el obispo notó que detrás de la Santa Mesa no había un Cristo Crucificado, y le dijo al sacerdote:
Padre mío, ¿no tienen un Crucificado? ¿Cómo hacen los servicios de la Semana Santa, “Hoy es colgado en la madera[…]”?
Y el sacerdote le respondió:
-Mi Déspota, somos una parroquia pobre, por eso no podemos comprar un Crucificado. Los servicios de la Semana Santa los hacemos con el Epitafio.
Después de la Divina Liturgia y la merienda para el obispo, el sacerdote le dijo especialmente:
Déspota, muchas gracias por su visita y la bendición que tuvimos en nuestro pueblo. Los feligreses recogieron este dinero para entregárselo: setenta y cinco dracmas.
Y la respuesta del piadoso obispo Gregorio:
Padre mío, gracias por su ofrenda, guárdala. Toma lo mismo de mi parte para encargar un Cristo Crucificado para tu Iglesia.
Y el Yérontas concluyó diciendo:
¡Memoria eterna de él!”
San Jacobo sobre el Arzobispo Jerónimo I
“Brevemente mencionaremos también la visita del bienaventurado Arzobispo de Atenas, Jerónimo Kotsonis, al Monasterio, para venerar y confesarse ante el Yérontas Jacobo. El Yérontas decía:
¡Cómo pasa la gloria de este mundo!
Un arzobispo Jerónimo, que tenía tal formación y tal autoridad, lo vi entrando al Monasterio con esfuerzo, usando pantuflas y sostenido por una enfermera.
Su decisión, en cualquier caso, de venir y confesarse ante el Yérontas reveló que buscaba la autenticidad, la santidad. Por eso el Yérontas expresó su alegría por este encuentro.”
Los últimos meses de la vida terrenal del Santo – Su discernimiento
“Tres meses antes de su santa dormición, mi servicio al Santo terminó de manera inesperada. Mientras estaba listo para ofrecer mis servicios médicos al Santo, como siempre, llegó el padre Serafín —de los antiguos padres del Monasterio— y me dijo:
-El Yérontas me dijo, señor Nikos, que no necesitas examinarlo, porque está fatigado.
Me quedé estupefacto. Luego pensé:
¿Quién soy yo para examinar al Santo? Y me sentí muy pequeño después de tantas veces que lo he servido.
Desde entonces, para no poner al Yérontas en una situación difícil, durante tres meses no fui al Monasterio. Íbamos, como de costumbre, a celebrar la Divina Liturgia en el Monasterio de Portaria, con la Yerontisa Makrina. Un día me dijo la Yerontisa:
-Nikos, ¿ya no vas más al Santo David, al Yérontas Jacobo?
-Yerontisa, le respondí, sucedió esto y aquello.
Me miró sonriendo y me preguntó:
¿No entendiste por qué sucedió esto? ¿Sabes por qué el Yérontas se comportó así contigo? Porque los padres se escandalizaron y tenían pensamientos sobre el gran vínculo que tenías con el Santo y la confianza que él tenía en ti. Así, para calmarlos, se comportó de esa manera.
Los santos interpretan a los santos. En ese momento comprendí el gran sacrificio que hizo el Santo, pero también su delicadeza al no hablarme él mismo, sino el padre Serafím, diciéndome que mis servicios médicos habían terminado. Así, el último trimestre de su vida lo vivió con paciencia, viviendo como un ermitaño asceta. Estoy seguro de que el Santo David, quien fue su “Guía”, no quiso negarle la corona de la paciencia y le dio la bendición para este asunto.
El Santo Jacobo mostró de esta manera su amor por los suyos, aplicando las palabras de Cristo de que “no hay mayor amor que dar la vida por los hermanos” (Juan 15:13). La decisión del Santo podría compararse con un medicamento multifuncional:
Primero, en cuanto a mí, parece que dejó voluntariamente su vida en manos de Dios, cargando la cruz de sus enfermedades.
Segundo, descansó, como mencionamos antes, a los padres de su Santa Monasterio con su actitud.
Y tercero, me enseñó a mí también que los dones y servicios que Dios nos confía pueden hacernos pensar que son obvios y que en el fondo creemos que hacemos algo, que valemos algo, que somos algo. Mientras que todo son regalos de Dios a través de los administradores de Su Jaris Gracia increada, que son los Santos y específicamente el venerado Santo Yérontas Jacobo.
Una semana antes del fin piadoso de su vida fuimos al Monasterio. Me miró con una sonrisa triste y me dijo:
-¿Viniste, Nikos? ¡Menos mal que no viniste en Navidad!
Se refería a que, si hubiera venido entonces, no lo habría vuelto a ver; porque sabía que en una semana partiría a la verdadera vida. Entonces recibimos por última vez su bendición, y cuando lo examiné, mi alma lloraba por el amor que nos mostró y las bendiciones celestiales que nos dio por los pocos cuidados médicos que le ofrecimos y nuestro mínimo esfuerzo.
Entre las virtudes del Santo, su paciencia durante toda su vida, y especialmente en sus enfermedades, es un capítulo espiritual que todos nosotros, tarde o temprano, necesitaremos aprovechar, ya que la enfermedad y el dolor son una realidad en la vida de todos. Creo que el santo Yérontas Jacobo también nos protege a nosotros, que lo conocimos, y a quienes no lo conocieron físicamente, pero lo invocan.
Tengamos sus santas bendiciones.”
La Dormición Piadosa de San Jacobo
“Digna de su maravillosa vida fue también su piadosa dormición. Él presintió su muerte, por eso pidió a un diácono de Monte Athos, que lo confesó esa mañana, que permaneciera hasta la tarde para vestirlo.
El último día, día de su vida terrenal, estaba particularmente alegre. Por la mañana del 21 de noviembre, fiesta de la Entrada de la Theotokos, no celebró la liturgia, pero sí cantó y comulgó de los Santos Misterios.
Alrededor de las cuatro de la tarde, durante la confesión, mientras esperaba que regresara su hijo espiritual, que ese día había sido ordenado diácono, con su estola alrededor del cuello —esa estola que tantas veces nos refrescó, nos endulzó y nos alivió de tantos pesos— voló como una paloma pura, acompañado por los Santos de su corazón: el Santo David, el Santo Juan el Ruso, el Santo Jaralambos, y el Señor conoce con cuántos otros Ascetas, Mártires y Santos de su misma talla.
Se detuvo ante el Cordero sacrificado, su dulcísimo Jesús, su único y singular agapi-amor, para interceder por todos nosotros sin cesar. Partió de este mundo hacia el descanso eterno, sin haber descansado. Partió en la hora del misterio del perdón y de la misericordia. No alcanzó a leer en este mundo la última oración de perdón, para así poder interceder cara a cara por la remisión de todos nuestros pecados.
Quienes asistimos a su funeral sentimos que “hoy la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) del Espíritu Santo nos ha reunido”. No vivimos tanto el dolor de la separación humana, sino la certeza y la alegría de la Resurrección. Estamos seguros de que tenemos un Intercesor ante el Señor: el Santo Yérontas, el padre Jacobo, que ora día y noche por todos nosotros.”
San Jacobo después de su dormición
El Santo, incluso después de su dormición, está vivo y obra milagros.
‘Todos nosotros, y yo personalmente’, confiesa el hieromonje Alexios, ‘sentimos la presencia del Yérontas dentro del Monasterio “en otra forma”. Su tumba tiene un calor, un consuelo, y esto no solo lo sentimos nosotros, sino que todo el mundo lo percibe. Vemos a los niños pequeños jugando a su alrededor, vemos a las personas acercarse con devoción, katánixis (compunción, dilatación del corazón) y rezar, confiando al Yérontas cada uno sus problemas, seguros de que el Yéronta los escucha y los ayudará. Y de hecho los ayuda. Nos ayuda a todos. Lo percibimos, lo comprendemos y nos consuela’.
‘Pero, oh padre Jacobo, tú que nos revelaste con tu vida los dones, carismas del Espíritu Santo, tú que nos amaste, no dejes de interceder por los padres de tu Santa Monasterio, por nosotros tus hijos espirituales, por cada alma cristiana que lucha la buena batalla de su perfección en Cristo. Amén.’”
DIJERON SOBRE SAN JACOBO
«Recuerdos de Pericles Siúras, amado hijo espiritual de San Jacobo
En 1985 visité por primera vez el monasterio del Santo David con mi familia y conocí a San Jacobo. Era la hora de las vísperas. El santo Yérontas, durante toda la duración del oficio, estaba arrodillado delante del icono de Cristo sobre una estera tejida. Veía sus lágrimas correr sin cesar de sus ojos. Llegaban hasta el suelo.
Después de las vísperas pedimos al Santo confesarnos. Entonces nos dijo:
—Vosotros parecéis buenas personas, así veía a todos. ¿Por qué vinisteis a mí, el ignorante, y no vais a los confesores en el mundo, que son mejores que yo?
Desde entonces, cuantas veces iba al monasterio tenía dentro de mí tanta alegría que no quería irme de su lado. A todos nos recibía con filoxenía (hospitalidad) abrahámica. Mostraba amor y comprensión ante nuestros problemas. Nos decía que hiciéramos cuantas metanías prosternaciones pudiéramos. Que hiciéramos liturgias, limosnas, que perdonáramos, que oráramos con oraciones breves y simples. Que leyéramos “de corrido” los Saludos (el Acatisto) a la Madre de Dios y la Paráclisis. Nos decía que por muy cansados que estuviéramos, nunca nos acostáramos sin decir antes el “Padre nuestro”.
El Yérontas, cuando leyó la bendición del agua en mi coche, hizo cuidadosamente la señal de la cruz en sus cuatro ruedas. Nos aconsejaba no ir a que nos quiten el mal de ojo a diversas personas. Que tomáramos una botella de agua, que dijéramos tres veces el “Padre nuestro” y el “Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos”, y luego lleváramos el agua a un sacerdote, el cual leería las oraciones contra el mal de ojo mencionando todos los nombres de nuestra familia y no solo el nombre de la persona afectada. Esto para que el mal no salga de uno y vaya a los otros. Después de las oraciones, beber del agua “leída” y rociarnos también a nosotros mismos.
Como yo tenía enfermedades graves, me decía que tuviera paciencia. Que tuviera “fe de Dios”.
—No metas la tristeza dentro de ti. Échala hacia atrás y avanza hacia delante. Que Cristo te sane.
Me regaló el icono de la Virgen Sanadora para que me sanara. Incluso me dijo que nuestra Madre de Dios le habló sobre mí para ayudarme. Decía el santo:
—Nosotros, hijo mío querido, hacemos siempre oraciones por ti y tu familia, y debes saber que ellas te sostienen.
Nos dio a mí y a mi esposa un komposkini (rosario ortodoxo, cordón de oración con nudos) a cada uno para orar con la “oración de Jesús”. Me decía que dijéramos la oración completa: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia o compasión de mí, pecador”. En las cuentas intermedias del komposkini me dijo que dijera: “Señor, sálvame a mí, el pródigo”. Esto —me dijo— lo decían los antiguos ascetas.
A la mañana siguiente nos enseñó en la práctica la oración. Había ido temprano al templo. Apenas el sacristán había abierto la puerta. Cuando vino el Santo, después de venerar los santos iconos, se sentó en su trono de higúmeno —en su sitial— y con el komboskini decía en voz alta, lentamente, con reverencia y nobleza la Oración: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, eléisonme, compadécete o ten misericordia de mí, pecador”, «Κύριε, Ἰησοῦ Χριστέ, Υἱέ τοῦ Θεοῦ, ἐλέησόν με τόν ἁμαρτωλό»..
Cuando iba a hacerme una operación muy seria, fui al monasterio y rogué al Santo que me bendijera y orara por mí.
Me tomó de la mano y fuimos a la Iglesia, delante del icono de San David. Me ungió con aceite de la lámpara del Santo y dijo:
—Santo mío David, te ruego por nuestro hijo, P., que va a operarse, que vayas al quirófano a ayudarle.
Hablaba al Santo con tal franqueza y audacia como de igual a igual. Terminó su oración diciéndole:
—¿Has oído lo que te he dicho?
En ese momento el icono del Santo crujió. Era la respuesta de San David de que había escuchado la súplica de su siervo, el santo Jacobo.
¡Verdaderamente! Todo salió bien y recuperé mi salud. Para mí era el santo por excelencia del amor y del consuelo.
El Santo Yérontas, queriendo fortalecer mi fe y mi paciencia, una mañana, mientras estábamos los dos en el refectorio junto a la chimenea, me dijo:
—Esta noche se abrió la puerta de mi celda y vi entrar una mujer alta y hermosa con vestido azul. Era nuestra Madre de Dios, acompañada por un venerable yérontas, San Juan el Teólogo y Apóstol, así como por San Serafín de Sarov. Entonces la Madre de Dios me dijo:
—Hemos venido a aliviarte de los dolores de tus pies.
Se volvió hacia los dos santos diciéndoles que ungieran con aceite los pies del padre Jacobo porque es verdadero amigo de Cristo y de ellos, cosa que hicieron inmediatamente. En ese mismo instante desaparecieron las molestias y quedé sano. Inmediatamente, la Madre de Dios con los santos se marcharon dejando en mi celda una fragancia inefable de buen olor.
Otra vez nos decía que San Serafín de Sarov se le había aparecido y lo llevó con él para mostrarle el Paraíso.
-Allí, donde caminábamos en una llanura, había muchas flores que pisábamos. Yo no quería estropear las hermosas flores. San Serafín me dijo: “¡Mira atrás!”. Y vi con asombro que las flores que pisábamos se levantaban por sí solas otra vez erguidas.
El Santo Yérontas Jacobo en la confesión era muy consolador. Sufría contigo en tus problemas. Sus consejos eran particulares para cada persona según su situación. Con la confesión recibías fuerza, ánimo y alegría.
Cuando tenía tristezas y problemas, incluso en asuntos de trabajo, me decía:
—No te aflijas, porque “estos en carros y aquellos en caballos”, mientras que nosotros con la oración caminamos y vencemos.
¡Verdaderamente! Todos los problemas encontraban milagrosamente su solución.»
Nos decía el Santo que su santa madre Teodora le decía:
—Lo que quieras, pídeselo con oración y Dios te lo dará.
—Yo, decía el Yérontas, al principio tenía dificultades en el canto litúrgico y los padres me decían que cantaba como los amanedes (cantos orientales). Entonces me retiré solo durante unos días al monte, con ayuno y oración, para que Dios me iluminara y me enseñara a cantar correctamente, como iluminó a los santos Apóstoles. Cuando regresé al monasterio y canté en las vísperas, los padres quedaron sin palabras y se maravillaban; los que antes eran jueces y acusadores.
Otra vez me decía el Yérontas:
-Ten fe de Dios. “A todo el que te pide, dale”. Perdona a los que te calumnian y a los que te entristecen.
Cualquier persona que se acercaba a él encontraba alguna buena palabra que decirle. Lo alababa por algo bueno que tenía. Algunos, al oír al Santo alabarlos, se alegraban y no lo profundizaban. Otros decían:
-Todo lo bueno que tenemos nos lo ha dado el Espíritu Santo. Pero también tenemos nuestros pecados.
La alabanza del Santo despertaba la conciencia. Los conducía a la metania y arrepentimiento, considerando que esa era la causa del elogio. Este era el propósito del Santo, porque no merecemos alabanzas, sino que debemos luchar contra nuestras pasiones.
Una vez estábamos en el refectorio con el Santo, el cual nos hablaba de los difuntos. Entonces expresó su deseo de que, cuando muriera, no se hiciera la exhumación de sus reliquias, sino que permaneciera en la tumba hasta que resuciten todos los cuerpos muertos en la Segunda Parusía (Presencia, Venida).
Que tengamos su bendición.
Concluyendo…
San Jacobo utilizaba a menudo la expresión: “Vive el Señor Dios”, lo cual significa que Dios está también ahora y siempre vivo, operante y actuante. Se requiere la observancia exacta de Su ley por parte de aquellos que quieren salvarse. El Santo vivía en lo profundo de su ser esta verdad, por eso siempre luchaba por no desviarse ni lo más mínimo del “camino recto del Señor”. El Santo no era solo oyente y estudioso de la ley de Dios, sino también hacedor. Fue manifestado grande porque, según el logos del Señor, “hizo y enseñó”. Toda la vida del Yérontas era una continua ἱεραποστολή (ierapostolí: misión sagrada, apostólica).
El Yérontas no hacía peregrinaciones, no fue al Monte Athos ni a los Santos Lugares. Había limitado su vida dentro de su monasterio y Dios le concedió amplitud espiritual.
Creemos que el modo de misión sagrada del Yérontas Jacobo fue un fenómeno para nuestra época, incomprensible para nuestro racionalismo. Sin embargo, comprensible para aquellos que fueron dignos de ser iluminados, aunque sea débilmente, por la luz de su alma.
Antepílogo
«La riqueza espiritual que adquirió San Jacobo con su vida santa, martírica y confesora, la transmitió generosamente con sabiduría, discernimiento y amor:
A su amado hijo, el Metropolita de Morfu (Chipre) Neófito, le deseó que adquiriera las virtudes apostólicas “para que persevere en la oración y en el ministerio o diaconía del logos”. Grande es la jaris gracia increada y la bendición del Santo. Hoy, “por toda la tierra salió” y “hasta los confines del mundo” se escucha el logos apostólico del Santo Metropolita de Morfu Neófito.
A sus queridos padres del Santo Monasterio les deseó que adquirieran la virtud monástica por excelencia: la paciencia y el trabajo espiritual en lo secreto. A uno de los padres le dijo:
—Siéntate en tu celda y no hagas nada (obras corporales). ¡Solo sostén las paredes de tu celda! Según el dicho patrístico: siéntate en tu celda y ella te enseñará todo.
Con la jaris gracia increada de Dios, concluyendo mis referencias al Santo, quiero expresar mi muy profunda acción de gracias y gratitud hacia él. Doy gracias y estoy agradecido a San Jacobo porque, por la intercesión de su Santo David, me consideró digno de servirle médicamente a él mismo y a los padres de su monasterio. Le agradezco porque me concedió la bendición y la memoria para que se registraran y se preservaran su vida y su enseñanza.
Debo gratitud y agradecimiento también a mi querido y venerable padre Sabas el Hagiorita, confesor del Santo Monasterio de la Santa Trinidad de Edesa, porque con amor y humildad, teniendo como recursos espirituales el testimonio y la bendición del Santo que conoció, se ocupó y comentó la vida y, sobre todo, los logos y palabras, la enseñanza y las obras del Santo, interpretando con sabiduría teológica y patrística la dimensión hasta ahora desconocida de este gran santo asceta y taumaturgo, pero también confesor.
Finalmente, y sobre todo, doxa-gloria, honor y adoración a nuestro Dios Trinitario, que en cada época manifiesta grandes Santos para que seamos iluminados y lleguemos al conocimiento espiritual. ¡FIN Y GLORIA A DIOS!»
Nicolás Baldimtsís – Médico
Archimandrita Sabas el Hagiorita (Karambateas) https://hristospanagia3.blogspot.com/
CAPÍTULO SEXTO
Apotegmas – Relatos – Experiencias del Santo
Dijo san Jacobo sobre…
La jaris gracia (energía increada) de nuestros Santos, que existe incluso en la madera de los Santos Iconos
«Dijo el padre Jacobo: “La gracia increada de nuestros Santos existe incluso sobre la madera de los Santos Iconos.
Teníamos en nuestra patria, en Asia Menor, a un pastor turco que, cuando ordeñaba sus ovejas, cubría su recipiente con un gran y pesado trozo de madera labrada procedente de algún icono de nuestra Madre de Dios. Los colores se habían borrado con los años y el maltrato y parecía como una simple madera. Sucedía entonces el siguiente milagro: cuando el turco por la mañana iba a su corral, encontraba la leche derramada y el recipiente, el cubo, volcado, y el icono erguido apoyado en un árbol. Al principio no podía interpretar el hecho, pero como continuamente se derramaba la leche, dijo enfadado:
—¿Será que esta madera me la derrama? —porque sabía que era un antiguo icono de los cristianos.
Tomó entonces el hacha para partir el icono y quemarlo. Pero al primer hachazo, cuando se clavó el hacha, comenzó a sangrar el icono. La sangre brotaba de la herida y corría. El turco se asustó y, temblando, intentó sacar el hacha, pero era imposible, porque se había clavado profundamente. Así pues, cargó el hacha con el icono sobre su hombro y corriendo llegó al pueblo, donde los aldeanos, viendo el milagro que proclamaba el turco aterrorizado, tomaron el icono y honraron a la Señora Theotokos como correspondía”.
He aquí la respuesta del Señor, por medio de su Santo Jacobo, a aquellos que no veneran los santos iconos o los veneran con máscara-bozal, transgrediendo la decisión del Séptimo Sínodo Ecuménico, que establece que todo cristiano debe besar y venerar con reverencia los Santos Iconos. Quien no hace esto está anatematizado, fuera de la Iglesia y por tanto fuera de la salvación.
Todo en el templo, incluso las maderas y los metales —enseña nuestro gran liturgista San Simeón de Tesalónica— están santificados. Todos los espacios, los materiales del templo, incluso el aire, están santificados por el incienso, por las oraciones y por la jaris gracia increada que recibió el templo cuando fue consagrado. “Aun las cosas inanimadas —dice San Simeón— en los templos, como las aguas, las piedras, las columnas, las vestiduras y los metales, todas tienen energía y gracia increada. No por sí mismas, ciertamente, pues son inanimadas y creaciones de Dios como las demás. No tienen por sí mismas ninguna excelencia, sino que la gracia increada de Dios y el Nombre divino, en el cual fueron nombradas, actúan en ellas para que también nosotros seamos santificados”.
Todo está consagrado, dedicado a Dios y lleno de divina jaris gracia a causa de la invocación del Santísimo Dios Trinitario, que se realizó en la consagración del templo, así como en las diversas oraciones, ritos y Misterios que se celebran dentro de los templos sagrados. Por eso los veneramos. “Toda materia que ha sido santificada por el nombre de Dios —enseña nuevamente San Simeón— debemos reverenciarla: tanto tejas, como piedras y maderas, por el hecho de estar todas santificadas por el nombre divino, llenas de gracia y transmisoras de gracia increada y santificación”. Mucho más debemos honrar, venerar y besar los santos iconos, que se santifican además por la Persona del Señor, de la Madre de Dios o del Santo que representan.
He aquí la respuesta a aquellos que, partiendo del cientificismo, del racionalismo —neo-barlaamismo— toman medidas blasfemas dentro de los templos sagrados, como: distancias entre los fieles, máscaras-bozales, el antídoron (pan consagrado) en bolsas de plástico, muchos con cucharillas en lugar de la Santa Cucharilla para la Sagrada Comunión, prohibición de venerar los santos iconos, prohibición incluso de la Santa Comunión y, finalmente —lo peor de todo— el cierre de los templos sagrados».
La aparición y bendición de la Madre de Dios
«Hace unos años —decía el Yérontas— mientras sufría mucho de mareos y vértigos, me avisaron de que la Virgen Xenia de Almyrós en Volos había llegado a Limni de Évia. Aunque estoy enfermo, tengo una obligación con la Madre de Dios —pensé— porque me había sanado de los pies cuando era niño, y bajaré a venerarla por gratitud. Bajé a Limni y, después de venerarla, se hizo la procesión con el icono milagroso, donde los otros sacerdotes me exhortaron a participar e incluso a ir delante como hieromonje. Yo no quiero honores para mi persona, pero qué hacer, obedecí y comenzó la procesión. En una parada que se hizo para la súplica, llegó mi turno de decir: “Escúchanos, oh Dios, esperanza de todos los confines de la tierra, etc.”. Entonces veo en el icono viva a nuestra Madre de Dios, la cual volvió su cabeza y me miró con sus grandes ojos, y levantó su mano y me bendijo. Yo perdí la voz, se me cortaron las piernas y con dificultad repetía continuamente: “escúchanos, oh Dios, escúchanos, oh Dios”, siempre lo mismo. Dios sabe cómo terminé la súplica y continué la procesión. La Madre de Dios, hijo mío, está viva en Su santo icono; lo vi con mis propios ojos».
La corrección del que injustamente ofendía al monasterio, por San Nicolás
«Relata el Yérontas que en el monasterio de San Nicolás de Galataki, como se llama, cuando antiguamente era masculino, había un pastor irreverente que, junto con sus propias ovejas, pastoreaba también las ovejas del monasterio y daba al monasterio una parte de queso, lana, etc. En cierta ocasión, como su maldad aumentó, se apropió injustamente del rebaño del monasterio, sin reconocer ningún derecho al monasterio del Santo, y, a pesar de las súplicas y consejos de los pobres padres, no se arrepintió, sino que persistió en la injusticia. Entonces el abad, un domingo después de la Divina Liturgia, sin quitarse las vestiduras, tomó el incensario y el icono de San Nicolás y, junto con los padres, salió del monasterio y subió a una pequeña colina desde la cual se veía el pueblo del pastor injusto. Era pleno verano, tiempo de trilla, y los aldeanos trillaban cada uno en su era. El abad hizo una súplica y mostró al icono de San Nicolás el pueblo y dijo:
—Santo mío Nicolás, si eres milagroso, como seguro que lo eres, corrige a este hombre que ha hecho injusticia a tu monasterio, porque también nosotros de esas ovejas esperábamos sostener nuestras necesidades.
Entonces, mientras el cielo estaba despejado y el sol veraniego brillante, se oyó un trueno y cayó un rayo sobre la era de aquel hombre, que quemó a él mismo, a su familia y todos sus bienes, sin tocar a ninguno de los vecinos que trillaban cerca. Verdaderamente, “terrible es caer en manos del Dios vivo”» (Hebreos 10:31).
El descubrimiento del culpable de la destrucción de la propiedad del monasterio por San David
«Decía el Yérontas que alguien cortó arbitrariamente algunos olivos del monasterio. Afligido, fui a San David y le dije:
—Yo, Santo mío, vine a tu monasterio para servirte. No puedo tener mi mente en los olivos del monasterio; tú encuentra al culpable y tráemelo aquí antes de la tarde. Si no me escuchas, no te incensaré.
Inmediatamente los huesos del Santo crujieron y su icono se oscureció. Este icono —decía el Yérontas— está vivo y muchas veces cambia de expresión y de color, según la disposición del Santo. Por la tarde, de repente, llegó un anciano al monasterio temblando y asustado, y pidió verme. Lo tomé aparte y me reveló que él había cortado los olivos del monasterio y ahora venía arrepentido. El Santo lo trajo, tal como se lo pedí».
La tentación demoníaca y la injusta acusación falsa contra el Santo Monasterio
«Dios tiene a los suyos y la tentación tiene sus instrumentos. Un pastor de la región causó una gran tentación al manso y humilde Yérontas. Como comprobó que algunas de sus ovejas habían sido despedazadas por perros salvajes vagabundos, supuso —movido por la tentación— que un perrito atado que cuidaba las gallinas del monasterio era la causa de su daño, a pesar de las seguridades del Yérontas de que esto no era verdad. Presentó una denuncia contra el monasterio, en la cual —como decía el Yérontas— se afirmaba: “El Archimandrita padre Jacobo Tsalikis, que tiene manadas de perros, causó el despedazamiento de mi rebaño”.
Mientras yo estaba entristecido, veo en un extremo del patio del monasterio un ave delgada, débil y alta, que estaba de pie mirándome. Inmediatamente se encontró en el techo del monasterio y dijo:
—Te traje la citación para el juicio; yo causé todo esto.
Era la tentación manifiesta, pues yo estaba muy apenado pensando cómo ir al tribunal siendo persona consagrada. Finalmente, con el apoyo del abogado y la ayuda del Santo, no fue necesario que fuera al juicio y el asunto se resolvió».
La extraña “anciana” que se alegraba con las disputas de las monjas
«Otra vez me encontraba en la entrada del monasterio y veo entrar por la puerta a una anciana. La saludé y le dije:
—Ven, abuela, para invitarte y darte de comer, y darte también alimentos para tu casa, y ayudarte en lo que necesites. Ven primero a venerar en la Iglesia y quédate esta noche aquí, para ponerte en una habitación a dormir.
Entonces la supuesta anciana me dice:
—No, no me quedo aquí, no puedo quedarme, porque vosotros continuamente “tun, tun” tocáis las campanas. Simplemente vine a veros y me iré. Yo iré a tal monasterio femenino —y me dijo cuál—. Allí me reciben muy bien y me quedo una semana.
Pensé, dice el Yérontas: la abuela, como mujer, descansa mejor en un monasterio femenino; por eso no quiere quedarse aquí. Esto lo decíamos mientras avanzábamos hacia la entrada de la Iglesia. La anciana continuó diciendo:
—Cuando llego al monasterio empiezo a hacer así a las monjas —y mostraba con su dedo como si las pinchara—, y comienzan inmediatamente los escándalos entre ellas y se arma fiesta.
Entonces, sorprendido por lo que me decía, la miré mejor al rostro y vi que tenía unos ojitos muy pequeños y pintados, llevaba grandes pendientes y de su nariz pasaba un hilo que estaba atado a los pendientes. Hice inmediatamente la señal de la cruz diciendo:
—Kirie eléison, Señor, ten piedad, ¿qué clase de anciana es esta?
En ese momento comenzó a disolverse y desapareció delante de mí como humo.
Entonces fui y dije a los padres:
—Acabo de ver al diablo y hablaba con él, pensando que era una anciana, y me dijo esto y aquello.
Comentó entonces el Yérontas cuánto alejan la tentación los oficios continuos día y noche y la Divina Liturgia diaria, que —según confesó— no puede soportar, porque continuamente “tun, tun” suenan las campanas; y cómo se alegra con los escándalos y malentendidos, que para él son una fiesta. Sin embargo —decía el Yérontas— viene también a nosotros, da vueltas por si acaso encuentra a alguien desprevenido, para poder hacer su trabajo».
Ejemplos de desobediencia de monjas
«Sobre este tema —de la obediencia y la desobediencia— vale la pena mencionar un relato del Yérontas Jacobo:
“En un monasterio femenino de Évia donde yo era confesor”, dice el Santo, “había ‘dormido’ (fallecido) la higúmena (abadesa). En la votación para la elección de la nueva higúmena fue elegida una de las dos candidatas por pequeña mayoría. A la nueva higúmena no la reconocían las monjas que habían preferido a la otra candidata. Yo les decía:
—Vosotras, hijas mías, que no queréis a la nueva higúmena, ¿de dónde recibiréis bendición antes y después de los oficios?
-Nosotras, Padre, recibimos bendición del sitial de la difunta abadesa(!).
Su respuesta dejó al Yérontas sorprendido.
Mencionemos también otra experiencia del Yérontas Jacobo: había una monja que se enemistó con otra. Cuando me lo dijo, le dije:
—Hija mía, reconcíliate con ella. Y además, como dice la Sagrada Escritura, antes de que se ponga el sol.
Entonces me dice:
—No puedo, Padre, perdonarla tan rápido. Quiero al menos tres o cuatro días.
—Pero, hija mía, si mueres esta noche, ¡irás al infierno!
—Que vaya, Padre —me respondió.
—¿Sabes, hija mía, qué es el infierno? Es tan terrible que el hombre ni siquiera puede pensarlo.
Parece que el Yérontas tenía una experiencia espiritual semejante. Por eso se estremeció ante la palabra de la monja».
El tentador con forma femenina y desvergüenza
«Una noche hacíamos con los padres el oficio de completas en mi celda. Al abrir la puerta de mi celda para salir, veo fuera al tentador con forma de mujer, que indecentemente me mostró sus partes traseras, diciendo palabras sin vergüenza. Tomé el icono de nuestra Madre de Dios y salí diciendo:
“Bajo tu misericordia nos acogemos, oh Theotokos, etc.”, y entonces, como sale un proyectil silbando, el tentador fue lanzado, pasó sobre los tejados del monasterio y explotó en el monte de enfrente con un ruido ensordecedor».
El tentador que acechaba para dañar al Santo
«Otra mañana, de madrugada, al salir de la celda para ir a la Iglesia, veo un gran perro negro de pie fuera de mi puerta. Antes de salir, como siempre, hice la señal de la cruz. Lo aparté con el pie diciendo:
—¿Aquí dormiste, afuera?
Mientras avanzaba diciendo “Señor Jesús Cristo…” y haciendo de nuevo la señal de la cruz, me volví y vi que el perro había desaparecido. Era el tentador que esperaba para hacerme caer por la escalera, pero la fuerza de la Santa Cruz me protegió», dijo el Yérontas».
La importancia del estado espiritual de los antepasados en el desarrollo del hombre
«Cuenta el Yérontas que gran importancia, en la evolución espiritual de los descendientes, tiene el estado espiritual y la vida de los padres y, en general, de sus antepasados. Con ocasión del árbol genealógico de su familia y de la bendita sucesión, a lo largo de los siglos, de personas dedicadas a Dios, y por otra parte, a partir de su larga experiencia espiritual con familias conocidas en las que situaciones pecaminosas y pasiones marcaban a sus descendientes, el Yérontas recomendaba que los padres orasen lo más posible y aconsejaran a sus hijos a establecer relaciones familiares con familias virtuosas. La raíz tiene gran importancia, como decía».
Está de acuerdo el Santo con San Porfirio, que decía:
«El comportamiento de las personas durante su vida está grandemente influido por sus experiencias infantiles dentro de la familia. Esto se ve incluso en las manifestaciones más pequeñas de la vida. Por ejemplo, te sucede una glotonería, quieres comer. Comiste, ves otra cosa, la quieres también, y otra más. Sientes que tienes hambre, que si no comes te da una debilidad, un temblor. Temes que te debilites. Es algo psicológico que tiene explicación. Puede, por ejemplo, que no hayas conocido padre, que no hayas conocido madre, que hayas estado privado y hambriento, pobre y débil. Y esto, siendo un hecho espiritual, se manifiesta reflejamente como debilidad del cuerpo».
La influencia del estado de la familia en la situación espiritual de los hijos es enorme. Decía el Yérontas que la santidad de los padres se transmite a los hijos. La oración y el abrazo secreto de los padres a los hijos mediante el amor hacen a los hijos sanos espiritualmente. Decía:
«En la familia se encuentra gran parte de la responsabilidad de la situación espiritual del hombre. Para que los hijos se liberen de diversos problemas internos, no bastan los consejos, las imposiciones, la lógica ni las amenazas. Más bien empeoran las cosas. La corrección viene por la santificación de los padres. Haceos santos y no tendréis ningún problema con vuestros hijos. La santidad de los padres libera a los hijos de los problemas. Los hijos necesitan cerca de ellos personas santas, con mucho amor, que no los atemoricen ni se limiten a enseñar, sino que den ejemplo santo y oración. Rezad los padres en silencio, con las manos elevadas hacia Cristo, y abrazad a vuestros hijos en secreto».
Los dos parientes del Santo, de los cuales uno llegó a ser santo
«Vale la pena referirnos también al santo que surgió de la familia del Yérontas.
Cuenta el san Jacobo:
“Dos hermanos de nuestro linaje decidieron ir a Tierra Santa y consagrarse a Dios. Uno permaneció poco tiempo y luego tomó su zurrón y se marchó. El otro, después de venerar el Santísimo Sepulcro, ya no salió del Templo de la Resurrección, sino que pasó todos sus años como hermano del Santo Sepulcro, viviendo vida de asceta recluido. El Patriarca —decía el Yérontas— viendo su vida santificada, lo proveía para lo necesario con un poco de pan y algún huevo en los días permitidos. Así agradó a Dios”».
La no modificación de la penitencia de un confesor por otro confesor
«Decía el Yérontas:
“No está permitido que un confesor cambie la penitencia de otro confesor. Vino a mí una anciana, se confesó y le impuse una penitencia de no comulgar durante tres años. El sacerdote y confesor de su parroquia le preguntó por qué no comulgaba. Ella le respondió que ‘me impuso penitencia el padre Jacobo’.
—¿Por qué te puso tal penitencia? —le preguntó.
Y cuando la anciana dijo la causa, el párroco le respondió:
—No, abuela, no te preocupes, el padre Jacobo es un monje ignorante; yo soy instruido y te levanto la penitencia. Ven el domingo para darte la comunión.
Cuando la anciana fue el domingo a comulgar, sintió en su boca la santa cucharilla vacía y fría.
—“Una cucharilla tibia, vacía y fría” —como dijo—, no percibió sabor de la Sagrada Comunión en su boca, y esto le causó gran impresión.
Cuando se repitió lo mismo otros dos domingos, se inquietó y subió al monasterio y confesó al Yérontas lo sucedido. Dijo, pues, que, después de que el párroco le quitó la penitencia, comulgó tres veces sin comulgar realmente; comulgaba, pero la cucharilla estaba vacía y fría.
Entonces le dije:
—Hija mía, la penitencia no se anula; debes cumplir la penitencia que te puse. Las penitencias deben cumplirse”».
La aparición del Señor sobre el Santo Altar
«Innumerables son los hechos maravillosos de la larga experiencia confesional del Santo. Mencionemos algunos.
“Vino una anciana -cuenta el Yérontas- y me dijo que fue a encender las lámparas de las capillas de su aldea el Viernes Santo. Por curiosidad femenina asomó la cabeza por la puerta y miró dentro del santuario. Vio entonces sobre el Santo Altar a un joven de unos treinta años, que tenía heridas en las manos y en los pies, y una herida en el costado, y de sus heridas corría sangre.
Asombrada, la anciana le dice:
—¿Quién eres tú y cómo te atreves a sentarte sobre el Santo Altar?
Entonces Él le responde:
—Yo siempre me siento aquí, porque aquí está mi lugar.
Entonces la anciana le dice:
—¿Quién te hirió tanto?
Y Él le responde:
—Tú me heriste con tus pecados”.
Dijo el Yérontas que la anciana fue considerada digna de ver al Señor, porque estaba en metania y arrepentimiento».
Aquí se manifiesta el amor inmenso de nuestro Señor hacia todo el género humano.
La maravillosa aparición de San Nectario a San Jacobo
«Nos relató San Jacobo que, en el atril con el icono de San Nectario que se encuentra en la nave norte del templo, una peregrina, después de venerar al Santo, pensó que la boca del Santo estaba torcida y fue a decírselo a San Jacobo. Fui —dijo San Jacobo— y miré atentamente la boca de San Nectario, pero no veía que estuviera torcida. Sin embargo, me influenciaron un poco las palabras de la peregrina y miraba el icono muchas veces. De pronto se me apareció San Nectario vivo y me dijo:
—Mírame, padre Jacobo. ¿Está torcida mi boca?
—No, Santo mío —le dije y lo veneré.
—Ni en mi icono está torcida —dijo, y desapareció de delante de mí.
Otra vez —nos dijo— cuando hospedábamos en el monasterio a muchos peregrinos, entre ellos a un estudiante (después teólogo y cantor), me dijo:
—Padre, ¿no duermes toda la noche? Te veo caminar por el pasillo, abrir las puertas de las habitaciones y bendecir a los peregrinos que duermen.
—Hijo mío —le respondí—, yo no salí en toda la noche de mi celda. Era San David, que con mi forma bendecía a los peregrinos”».
La irreverencia de una anciana y su castigo pedagógico
«Otra anciana entró, sin reverencia al parecer, en el santuario para limpiar. Para alcanzar unas telarañas en el ábside, se atrevió a pisar sobre el Santo Altar. Entonces —dice el Yérontas— sintió como si pisara clavos ardientes. Inmediatamente cayó y se rompió la pierna, y en pocos días murió».
La cucharilla vacía que recibió alguien al intentar comulgar sin estar en metania y arrepentimiento
«Una vez —dice el Yérontas— vino una persona formada con estudios a quedarse en el monasterio y, en una conversación que tuvimos, me dijo que tenía la intención de comulgar en la Divina Liturgia del día siguiente. Yo veía —dice el Yérontas— que no debía comulgar, porque estaba sin confesión y sus pecados no le permitían la Sagrada Comunión. Intenté, en la conversación que tuvimos, darle la oportunidad de confesarse, pero resultó imposible.
Toda la noche no dormí, pensando cómo darle la comunión, puesto que no debía, pero también cómo no dársela, ya que sería una ofensa negarle la Sagrada Comunión.
Cuando llegó la hora y se acercó indignamente a comulgar, vio una persona un rayo dorado, un resplandor que salía de la santa cucharilla, pasaba por encima del hombro del sacerdote y se dirigía a la Santa Mesa. Era la santa porción que se retiró, y así el hombre no comulgó, cosa que naturalmente, si hubiese comulgado, habría sido para su condenación».
El rostro de los que comulgan
«Decía el Yérontas: “Cuando doy la comunión a las personas, nunca miro su rostro; pero a veces me dice el pensamiento que mire el rostro de los que se acercan a la Sagrada Comunión. Entonces veo el rostro de uno no como de hombre, sino de perro; de otro como de mono; en otros, diversas formas de animales, formas espantosas.
Dios mío, digo, siendo hombres, ¿cómo tienen rostros de animales? Pero hay también algunos que vienen a comulgar con rostro sereno y apacible, y en cuanto comulgan, su rostro resplandece como el sol”».
Los clérigos indignos
«Vi una vez a una persona ordenada en el santuario negra, como un etíope, y a un obispo lo vi celebrar y estaba totalmente negro como pez. Vi a un joven estudiante de teología y comprendí que ni siquiera tiene derecho a estar dentro del templo, y mucho menos a moverse sin temor dentro de la Iglesia y a comulgar los Inmaculados Misterios».
El coágulo de sangre en el Santo Diskario
Decía el Yérontas: «Una vez, dentro del Santo Diskario, vi un coágulo de sangre, y de hecho se lo mostré también a uno de los hermanos, y al poco tiempo desapareció».
Los Santos Ángeles en la Divina Liturgia
Decía el Yérontas: «Los hombres, hijo mío, están ciegos y no ven lo que sucede dentro del templo en la hora de la Divina Liturgia.
Una vez estaba celebrando y no podía hacer la Gran Entrada por lo que veía. El cantor repetía continuamente: “Como al Rey de todos recibimos”, y de pronto siento que alguien me empuja por el hombro y me guía hacia la Santa Prótesis. Pensé que era el cantor y dije: “¡El bendito, qué irreverencia! Entró por la Puerta Santa y me empuja”.
Me vuelvo y veo una enorme ala que el Arcángel había pasado por mi hombro y me guiaba a hacer la Gran Entrada.
¡Qué sucede dentro del santuario durante la Divina Liturgia!…
A veces no lo soporto y me siento en la silla, entonces algunos co-celebrantes piensan que algo no va bien con mi salud, pero no ven lo que veo ni oyen lo que oigo. ¡Qué aleteo, hijo mío, los ángeles! En cuanto el celebrante dice “Por las oraciones…”, las potestades celestiales se retiran y en el santuario queda absoluto silencio».
La sensación de Cristo dentro de nosotros después de la Sagrada Comunión
«Dijo el Yérontas a uno de sus hijos espirituales:
—Hoy que has comulgado, ¿ves cómo te sientes? Yo siempre estoy así. Cristo está siempre dentro de mí».
Sobre el orgullo tras una buena transformación espiritual
«En otra ocasión dijo el Santo a un hijo espiritual:
—No te ensoberbezcas, hijo mío. Cuando comulgaste hoy, tu rostro resplandecía como el sol. También en las buenas transformaciones debe guardarse el hombre del orgullo».
Sobre la mortificación vivificante del cuerpo y la vigilancia espiritual
«Decía el Yérontas:
—Mi cuerpo está muerto. Mejor así, que me ocurra algo malo ahora en la vejez».
Su diórasis (visión penetrante, clarividencia): percepción de la llegada de Cristo
«Decía el Yérontas:
—Estaba en el hospital y mis hijos espirituales hacían vigilia por mi salud. Cuando el sacerdote salió del templo hacia el hospital para traerme la comunión, sentí en mi alma que viene mi Cristo, viene la Sagrada Comunión».
Su diórasis: revelación de los pecados para mover al arrepentimiento y la metania
«Decía el Yérontas a un hijo espiritual:
—Hijo mío, viene el diablo y me dice qué pecados has cometido».
Su diórasis: “Veo tu alma”
«A un hijo espiritual suyo, que mentalmente iba con frecuencia al templo, le decía:
—Hijo mío, no veo imaginaciones, sino que veo tu alma dentro del templo, dentro de mi celda…».
La presbitera (esposa) del sacerdote, que es persona sagrada
«Durante la ordenación de un sacerdote en su tierra, contaba el Santo, al mismo tiempo que el ordenado se ceñía el cinturón litúrgico, también la esposa del sacerdote y lo llevaba para el resto de su vida.
Sobre la esposa del sacerdote, decía el Santo que es persona sagrada. Sobre la esposa del sacerdote de un pueblo, contaba que “en las vísperas del sábado daba el pan de ofrenda al sacerdote y se retiraba caminando hacia atrás”».
Las presbiteras que deben vivir vida santa
«Decía el Yérontas:
—Las presbiteras deben vivir una vida santa, casi monástica, con gran respeto hacia el sacerdote y con vestimenta muy modesta.
Contaba el Yérontas que en Asia Menor, obligatoriamente, la presbitera amasaba su propio pan de ofrenda (prósforo), vestía sus ropas oscuras, casi monásticas, y en la cabeza llevaba un pañuelo. Cuando iba a la iglesia, entraba por la puerta norte, hacía una metanía (reverencia o prosternación) a su esposo sacerdote, le besaba la mano y le entregaba el prósforo, y luego iba a su lugar. Por esta conducta y actitud sumamente modesta era una persona muy respetada y gozaba de gran estima por parte del pueblo.
El Yérontas aconsejaba especialmente a las presbiteras que no trabajasen, para evitar las tentaciones del mundo, que las combate de manera especial, con el fin de tentar al sacerdote, que es el principal objetivo del diablo».
La mujer, cuando trabaja fuera de la casa, tiene muchas tentaciones. Por eso no se le permite trabajar, a menos que exista un gravísimo problema de subsistencia en la familia.
El Nuevo Orden de las Cosas —los sionistas, como ellos mismos confiesan— son aquellos que promovieron el feminismo y el trabajo de la mujer en la sociedad con doble propósito:
- a) Disolver la familia, puesto que la madre estará ausente; y cuando esté en casa no podrá ocuparse correctamente de sus hijos. Los hijos, heridos psicológicamente por la ausencia de la madre, serán asumidos y educados por el Estado con una educación globalizada atea y la corrección política.
- b) Gravar también fiscalmente a la otra mitad de la humanidad, es decir, a las mujeres, que hasta entonces escapaban al trabajar sin salario en el hogar.
Los sacerdotes y obispos con impedimentos
«Decía el Yérontas:
—Nunca debe ordenarse a un hombre que tenga impedimentos para el sacerdocio. Vi a un sacerdote que recibió el testimonio (recomendación) sin haberse confesado sinceramente, y después de cuatro años me reveló el pecado que constituía impedimento para el sacerdocio. Su rostro era negro y triste, no tenía ninguna alegría. Mucho me entristeció su estado».
¿Qué son y cuáles son los “impedimentos” del sacerdocio?
Condición necesaria para que alguien sea sacerdote es:
- Ser cristiano ortodoxo.
b. Tener la edad legítima (según lo establecido en el «Pedalion», en el 1er canon de los Santos Apóstoles, en el XIV del VI Concilio Ecuménico, y en el XI del concilio local de Neocesarea).
c. Distinguirse por su fe ortodoxa.
d. Estar íntegro físicamente y no padecer trastornos psíquicos.
e. No haber tenido relaciones prematrimoniales, ni siquiera con su prometida, y dentro del matrimonio no tener relaciones contra natura, ni ninguna otra relación sexual fuera del matrimonio, como fornicación, adulterio o sodomía.
Otros impedimentos del sacerdocio son: la apostasía de la fe, la herejía, el homicidio, la castración, la fornicación, el adulterio, el rapto de mujer, el matrimonio ilícito, la bigamia, la brujería, la adivinación, la hechicería, el falso testimonio, la profanación de tumbas y el sacrilegio.
Estos impedimentos son totalmente inadmisibles de “economía” (dispensa). Es decir, en ningún caso se permite dar recomendación para que alguien acceda al sacerdocio si tiene algún impedimento.
Testimonio del proto-presbítero Constantino Kalínikos:
«No es admitido al sacerdocio el impío, el hereje, el apóstata. Tampoco el mago ni quien se ocupa de cosas ocultas. Tampoco el ladrón, el profanador de tumbas o el sacrílego. Tampoco el adúltero ni el fornicario. Tampoco quien se ha casado con viuda, divorciada o mujer de costumbres ligeras. Tampoco el bígamo. Tampoco el homicida o quien se ha mutilado a sí mismo. Tampoco el ciego o el sordo. Tampoco quien no ha alcanzado la edad canónica. Tampoco el recién bautizado o el bautizado en el lecho de muerte. Tampoco el que ha jurado en falso, especialmente en tribunal público. Tampoco quien ha mancillado su reputación y escandalizado las conciencias de los cristianos. Tampoco el analfabeto o sin formación teológica, para que el ciego no sea guía de ciegos. Tampoco, en fin, quien no es íntegro en cuerpo, carácter, reputación o mente.
¿Quién, pues, es digno de ser contado entre las filas sacerdotales?
El íntegro.
El pleno en entendimiento y carácter.
El maduro en juicio, aunque no en edad.
El que tiene buen testimonio de los de fuera.
El monógamo (esto para presbíteros y diáconos; el obispo debe ser tomado entre vírgenes o continentes con templanza).
El formado adecuadamente según el ejemplo de los discípulos de Cristo, capaz de iluminar al rebaño y refutar contradiciendo a los que contradicen.
El superior a los demás en moral, adornado de ética y pureza de vida, lleno de celo divino, superior al dinero y superior a las falsedades sociales.
El que estudia las Escrituras y a los Padres y se comunica con Dios mediante oración constante.
El que no ha usurpado la gracia sacerdotal por simonía (comprando con dinero) o por favor de autoridades mundanas, entrando por la ventana, sino que ha entrado por la puerta según sus propios méritos».
Además, debe añadirse que también la futura presbitera no debe haber tenido relaciones prematrimoniales con nadie, ni siquiera con su prometido futuro sacerdote. Tampoco debe haber practicado aborto ni relaciones contra natura antes o después del matrimonio. Estas cosas constituyen impedimentos para el sacerdocio también para el candidato que se haya casado con una mujer que haya caído en estos pecados.
Los clérigos célibes que viven en el mundo
«Respecto a los clérigos célibes que viven en el mundo, en parroquias, etc., decía el santo Jacobo:
—Si alguno tiene la santidad de san David, puede también ayudar al mundo, confesiones, etc. Pero aun así debe volver a su ascesis; de lo contrario, es imposible que el clérigo célibe viva dentro del mundo. Uno entre mil clérigos célibes en el mundo puede agradar a Dios».
No divulgar la confesión, la vida y el trabajo espiritual
«Decía el Yérontas que nunca el que se confiesa debe dar a conocer a los hombres su confesión, ni su vida ni su trabajo espiritual, porque después Dios lo permite y queda en ridículo —como se dice comúnmente— cuando los demás ven que su vida resulta muy distinta de sus palabras. Todo debe hacerse en secreto y sólo con el consejo del padre espiritual».
El discernimiento en la ascesis corporal
«Fue alguien y le dijo al Yérontas:
—Hago tres mil metanías prosternaciones al día.
—Está bien, hijo mío, pero desde ahora haz cien metanías, porque más tarde te cansarás y no harás ninguna».
El Santo sabía que los ejercicios corporales extremos y exagerados son de corta duración y perjudican, porque pronto se abandonan y el asceta cae en el otro extremo de la completa inactividad y negligencia en la ascesis. Lo que se busca es la ascesis moderada, proporcionada a las capacidades físicas del que se ejercita, la cual se realiza de manera constante y continua con paciencia. Es el «trabajo paciente y perseverante» del que habla san Marcos el Asceta en la Filocalia:
«Este trabajo paciente y perseverante apenas lo poseen los piadosos y muy experimentados Yérontas, quienes muchas veces lo perdieron por negligencia y con esfuerzos voluntarios lo buscaron y lo encontraron. Esto también nosotros no debemos dejar de hacerlo hasta adquirirlo permanentemente». (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-i/filocalia-de-los-santos-nipticos-tomo-1-san-marcos-el-asceta/ )
Cuidado con lo que pedimos en la oración
«Aconsejaba el Yérontas que tengamos mucho cuidado en nuestra oración con lo que pedimos a Dios, porque no sabemos si, al concedernos nuestra petición, podremos soportarla. Uno pidió, para expiar su pecado, padecer cáncer, y lo padeció. Tengamos mucho cuidado con lo que pedimos en la oración».
El ardor en la Santa Comunión
«Dijo el Yérontas que un co-celebrante suyo sintió, al comulgar, que la Santa Comunión lo quemaba, y se lo confió:
—Me quemó la Santa Comunión.
—Yo le respondí que, cuando comulgué, no sentí que me quemara».
Quizá el co-celebrante del Venerable tenía algún impedimento para comulgar, y Dios se lo manifestó mediante esa sensación de ardor.
Su don διόραση visión espiritual penetrante durante la conmemoración en la Santa Proskomidía.
«Cuando preparo la ofrenda —dice el Yérontas— veo las almas que pasan delante de mí y me suplican que las conmemore; y aunque quiera olvidarlas, no puedo».
Que los niños no tengan compañías raras y no reciban nada de extraños
«Respecto a los niños, recomendaba que no tengan compañías raras ni se alejen de sus padres, aunque los demás los consideren antisociales». «Aconsejaba el Santo que los niños no reciban nada de un extraño, ni siquiera un caramelo o un refresco, porque es terrible la plaga de las drogas que diezma a la juventud».
El Sida- Aids
«A causa del peligro del SIDA, decía que tengamos cuidado incluso con los apretones de manos, que nos lavemos bien las manos y que usemos también un poco de alcohol, porque Dios nos dio también inteligencia».
Que debemos usar también nuestra inteligencia
«Dios nos dio también inteligencia para usarla», decía el Santo. Aunque su vida era una vida de fe, aconsejaba que también debemos pensar. Sus palabras nos recuerdan un dicho semejante del Santo Paísio: que los antiguos, antes de hablar o hacer algo, los espirituales rezaban y los seglares pensaban. Los hombres de hoy ni rezan ni piensan, y por eso hemos llegado a donde hemos llegado.
Sobre nuestra salud, que debemos cuidar
«Aconsejaba que, cuando enfermamos, vayamos al médico y obedezcamos el tratamiento.
Yo —decía— en una Cuaresma, a pesar del ayuno, tomé seiscientas pastillas.
Debemos cuidar nuestra salud, porque los médicos y los medicamentos Dios los ha dado y no debemos despreocuparnos».
Ponía en práctica lo de la Sabiduría de Sirácida: «38, 1 Honra al médico como le corresponde, teniendo en cuenta sus servicios en tus necesidades, porque el Señor lo ha creado».
Tomaba los medicamentos de la medicina clásica, porque, como enseña el Espíritu Santo: «38, 4 El Señor hizo brotar de la tierra las hierbas medicinales, y el hombre prudente no las rechaza».
El Señor bondadosísimo dio la ciencia para que sea glorificado por medio de sus obras admirables: «38, 6 El mismo Dios dio a los hombres la ciencia médica, para ser glorificado por sus obras maravillosas».
Y por medio de los médicos y de la ciencia médica el Señor quita los dolores de los hombres, como dice nuevamente el texto inspirado de la Sabiduría de Sirác: «38,7 Por medio de los médicos y de los medicamentos Dios cura y quita los sufrimientos del enfermo».
De todo lo anterior resulta que no nos cura la ciencia por sí misma, sino Dios. El hombre creyente debe recurrir a los médicos para humillarse, teniendo la convicción de que no lo curan los medicamentos ni la ciencia médica, sino el Señor.
Cuando la ciencia se independiza o se endiosa, entonces destruye y demoniza al hombre. «Toda ciencia separada de la justicia y de la virtud parece mala astucia, no sabiduría» (Platón, Menéxeno 246 e).
Sobre la tristeza y lo que aconsejaba San David
«San David aconsejaba con amor a su sensible discípulo:
Jacobo, ¡la mayor enfermedad es la tristeza! Por eso no debes entristecerte.
Y a nosotros nos aconsejaba con compasión:
Las tristezas de vuestra vida no las metáis dentro de vosotros».
Haciendo un gesto característico con la mano decía: «Echadlas hacia atrás».
Esta es la enseñanza del Espíritu Santo: «Afligidos en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos» (2Cor 4:8-9).
Es decir: «Así sucede que nos vemos afligidos en todo lugar y circunstancia, pero estas dificultades externas no nos provocan un callejón sin salida interior ni una ansiedad y angustia desesperada. Llegamos a la perplejidad, pero no caemos en la desesperación ni quedamos privados por completo de todo medio y posibilidad de salvación. Los hombres nos persiguen, pero Dios nunca nos abandona. Parece que nos derriban y nos tiran al suelo como luchadores, pero no perecemos.»
El cristiano creyente sufre, es entristecido y presionado por diversas tentaciones y situaciones, externas o internas, pero nunca vive con angustia, ni se llena de ansiedad, ni se entristece y deprime interiormente; no pierde la alegría en Cristo ni cae en la desesperación. Vive siempre aquello de: «Estad siempre alegres… en todo dad gracias» (1Tes 5, 16-18). Se alegra siempre por todo, tanto por lo bueno como por lo que parece malo, que en realidad también es bueno; el único mal es el pecado, que lo cometemos nosotros con nuestra propia voluntad. Todo lo que el Señor concede es bueno y contribuye a nuestro bien eterno, a nuestra salvación.
El verdaderamente creyente da gracias y se muestra agradecido al Señor por todo, caminando serenamente su vida hasta llegar al puerto apacible del Paraíso.
Sobre la televisión, que debe salir de la casa
«Sobre el tema de la televisión era absoluto.
La televisión causa gran daño, especialmente a los niños; por eso debe salir de la casa», decía.
A un joven que se confesaba, hijo espiritual suyo, que le pidió ver selectivamente algunos programas educativos e infantiles, no le dio bendición, sino que fue categórico: «No televisión en la casa».
Para las noticias, recomendaba la radio, desde donde los padres pueden escucharlas.
Lo mismo enseñaba también el contemporáneo san Paísios: la televisión no debe existir porque causa un daño enorme.
Igualmente enseñaba san Porfirio: «En cuanto a la televisión, que ha llegado a ser la abuela de la casa, ya que las abuelas se ocupan de otras cosas, es mejor que no exista. El daño de desearla por su ausencia es menor que el daño de tenerla en casa».
El bienaventurado y santificado Obispo de Florina, el padre Agustín Kantiotis, proclamaba que: «La televisión es utilizada por los ateos y masones que gobiernan Grecia en cada época, para la información unilateral y el lavado de cerebro del pueblo… El pozo negro de las fuerzas oscuras se introduce con arte dentro del hogar… El único camino de salvación es apagar la televisión, especialmente durante la Gran Cuaresma, y ese apagado equivale a 20.000 y 30.000 metanías prosternaciones».
El inspirado por Dios padre Atanasio Mitilineos enseñaba con la gracia de Dios que:
«Todo lo que hoy muestra la televisión no es sino para preparar a los hombres para la venida del anticristo…».
Los medios de comunicación, y especialmente la televisión, funcionan como instrumentos del anticristo que viene. Siembran herejías y diversas corrupciones. Por eso todos nuestros santos contemporáneos ordenan apartarla de nuestra vida.
Sobre los pantalones que no deben usar las niñas
«Para las niñas aconsejaba no usar pantalones, sino vestirse con sus falditas.
En cuanto al tema de la gimnasia, excepcionalmente daba bendición para usar ropa deportiva». (Sobre esto hemos hablado antes)
El Gran Sumo Sacerdote y el examen que hizo a su Yérontas padre Nicodemo (visión espiritual)
«Contaba el Yérontas: “Cuando había fallecido mi Yérontas, el padre Nicodemo, dije en mi oración: ¿dónde habrá ido su alma?
Entonces vi, no en sueño, sino de manera espiritual, que mi Yérontas me llamó para llevarle las llaves del monasterio, porque había venido el Gran Sumo Sacerdote.
Fui fuera de la puerta de la celda, que está sobre la entrada del monasterio, y al acercarme oigo conversaciones: preguntas y respuestas. Dentro se realizaba un examen, un interrogatorio.
Golpeé la puerta y ¿qué veo?…
Mi Yérontas estaba de pie, descubierto, con la cabeza inclinada y las manos cruzadas, con mucho temor y reverencia.
Frente a él estaba el Gran Sumo Sacerdote sentado en un trono. El trono estaba suspendido sobre el suelo; su rostro brillaba dorado, como cera pura; no puedo describirlo, hijo mío.
Sobre sus rodillas había un libro abierto y dentro estaba escrita la vida de mi Yérontas.
Preguntaba el Gran Sumo Sacerdote y respondía mi Yérontas.
En cuanto entré, cesó el interrogatorio. Fui hacia mi Yérontas, hice una reverencia y le di las llaves del monasterio.
—Yérontas, traje también las llaves del relicario por si el Sumo Sacerdote quiere venerar las santas reliquias.
Mi Yérontas las tomó.
Quise hacer también una reverencia al Gran Sumo Sacerdote, pero mi Yérontas no me dijo nada y, como era obediente, no podía hacer nada sin obediencia.
Así, haciendo reverencia a mi Yérontas e inclinándome desde lejos al Gran Sumo Sacerdote, caminando hacia atrás sin darle la espalda, salí de la habitación.
En cuanto salí, comenzó de nuevo el interrogatorio.
Vi, hijo mío, que toda nuestra vida —obras, palabras, pensamientos— está escrita. Daremos cuenta de todo.
En cuanto a mi Yérontas, supe que su alma fue muy bien”».
Es una visión terrible y reveladora que muestra que daremos cuenta de todo ante el Señor; por eso debemos vigilar mucho cómo vivimos.
El hermano que no tenía descanso porque odiaba
«Por el hermano del monasterio que había muerto por quemaduras, rogué a Dios por su alma.
Lo vi espiritualmente y no estaba en reposo. Le digo:
—¿Qué haces, padre tal, cómo estás?
—¿Cómo voy a estar? —me dice—. No tengo descanso.
—¿Por qué no tienes descanso?
—Porque —me dice, recordándome un hecho que yo había olvidado— una vez pasé por la fuente, padre Jacobo, y tú lavabas verduras y no te saludé. Entonces me dijiste:
—Padre tal, ¿por qué no me saludas? dime un “buenos días”.
—No te lo digo, porque en la Sagrada Escritura no existe esa palabra —te respondí.
—Entonces, ¿qué palabra existe? —me dijiste.
Y yo respondí:
—Existe “alegraos”.
—Entonces dime “alegraos” —me dijiste.
—No, no te lo digo, te odio —respondí y me fui.
Ahora no tengo descanso».
El alma de este hermano se aparecía a mí y a mi Yérontas pidiendo ayuda. Yo lo conmemoraba siempre en la Liturgia, pero mi Yérontas me dijo que necesitaba también trisagios, y que fuera después de la Liturgia, revestido con las vestiduras sacerdotales, a su tumba a leer ciertas oraciones —y me dijo cuáles— para que su alma encontrara paz.
Después de hacer esto, lo veo fuera de un gran palacio y, mientras casi anochecía, él, con una linterna en la mano, corría apresurado a comprar aceite.
Le digo:
—¿Qué haces, padre tal?
—Déjame, no me retrases —me responde—, voy a comprar aceite.
Entonces, no sé cómo, pero le digo:
—Padre mío, ahora es tarde, la puerta está cerrada, no venden aceite; debías haber comprado cuando estaba abierto.
Y lo vi desaparecer en el fondo de un pasillo oscuro».
Es una visión impresionante que muestra que debemos tener amor hacia todos, misericordia, compasión y caridad.
Nos recuerda fuertemente la parábola de las diez vírgenes: las cinco necias carecían de amor y buenas obras; a pesar de su virginidad, quedaron fuera del banquete del Esposo Cristo, porque no amaban.
El abogado del monasterio que estaba angustiado porque era sometido a un examen detallado por el Señor
«Decía el Yérontas que antiguamente había un abogado en Jalkis (o Calcis capital de Évia) que asumía los asuntos monásticos; asumía también los asuntos de nuestro monasterio, usurpaciones de terrenos, etc. A pesar de nuestra gran pobreza reuníamos diez, veinte, cincuenta (monedas) de liturgias y cuarenta-liturgias, y los hacíamos veinte, treinta, cincuenta mil y se los dábamos para representar al monasterio. Después, aquel hombre murió. Entonces dije: ¿a dónde habrá ido su alma? Lo veo entonces y le digo:
—Señor tal, ¿qué haces?, ¿cómo estás?
Entonces me dice:
—¡Ay, padre Jacobo, doy gran cuenta por mis asuntos! Aún no he llegado a tu monasterio, pero estoy siendo examinado por los asuntos de san Nicolás de Galataki. Su alma tenía gran angustia».
Aquí también se confirma el hecho de que daremos cuenta detallada al Señor por nuestras acciones. Debemos tomar conciencia de esto y vivir cumpliendo con exactitud la voluntad divina en cada momento.
El pastor rencoroso y con resentimiento que maltrataba los animales ajenos y fue a donde no hay luz
«Había también un pastor cuya alma tenía rencor. ¿Qué hacía? Capturaba en secreto los animales de otro pastor al que odiaba y los atravesaba por detrás con un palo largo, y luego los soltaba. En pocos días los pobres morían. Y ese hombre murió, pero donde fue su alma no hay luz».
Terrible final de una vida desvergonzada y criminal.
La pequeña casa que construyó en el alma de su padre con sus oraciones y limosnas
«Vi también el alma de mi padre sentada fuera de una pequeña casa sencilla como una celda, y le digo:
—Padre mío, tú que eras constructor, ¿no construías una casa más grande para vivir cómodamente, y te quedas en una tan pequeña?
Entonces me dice:
—Hijo mío, tú con tus oraciones y tus limosnas me construiste esta pequeña casa, y la tengo y habito en ella».
Vemos aquí que ninguna oración ni limosna hecha con dolor y amor por los demás se pierde. Al contrario, tiene una recompensa eterna beneficiosa para otros y también para nosotros.
El “camino estrecho y angosto que conduce a la vida”
«Dijo el Yérontas: leía una vez en el Evangelio “estrecho y angosto es el camino que conduce a la vida” (Mat 7, 14) y dije: ¿qué es este camino? Y entonces veo que me encontraba, de modo espiritual, en un lugar donde había un sendero estrecho como un tubo, y tenía que pasar por dentro. Dije: ¿cómo puede el hombre pasar por aquí?, se asfixiará.
Entonces intenté y con gran dificultad avanzaba, con angustia insoportable, avanzaba con manos y pies, y finalmente salí de aquel terrible sendero. Por ese sendero solo pasamos yo y mi Yérontas».
El terrible abismo y el puente que sacudían los padres
«Otra vez vi que me encontraba ante un abismo terrible, un vacío inmenso. Sobre él había un puente dorado, delgado, de un dedo de ancho, y debía pasar al otro lado. Avanzaba lentamente con gran atención, porque si caía en aquel vacío, me perdería sin duda. Mientras tenía esa angustia, de repente el puente comenzó a moverse peligrosamente, a sacudirse con riesgo de que cayera. Me vuelvo para ver quién lo movía y ¿qué veo? Vi los rostros de algunos padres, hermanos del monasterio, que sacudían el puente, y les digo:
—Padres, ¿por qué movéis el puente? ¿No veis que si caigo me perderé en ese abismo?
Sin embargo, gran parte del recorrido ya había terminado y quedaba solo un poco para pasar al otro lado. Entonces veo a san David de pie al otro lado. Extendió su mano, me atrajo y me salvé».
Esto recuerda la palabra del santo de que sus peores tentaciones provenían “del hábito”, es decir, de personas de la Iglesia.
Que debemos luchar siempre
«Esta vida, hijo mío —aconsejaba el Santo a un hijo espiritual— es así: continuamente caemos y debemos levantarnos. Nos parecemos al montañero que, queriendo subir a una alta cima, cae innumerables veces, pero vuelve a levantarse y se esfuerza, porque su mirada está fija en la cima. No abandona su esfuerzo.
Así también, hijo mío, en nuestra vida debemos esforzarnos continuamente, luchar. Y aquello que no logramos o aquello que hicimos y no agradó a Dios, Dios pone su “medida”, es decir, su misericordia. Lo completa y salva al hombre. ¡Tal Dios misericordioso y lleno de amor tenemos!
Pero no digamos, hermana, que Dios tiene su “medida”, es decir, su misericordia, y nos relajemos abandonando la lucha. Debemos luchar continuamente. Dios pasará por alto nuestras faltas, perdonará nuestros pecados y nos hará dignos del Paraíso».
¡Qué alentadoras son las palabras del Santo!
«No hay nada más fácil para Dios -subraya San Nicodemo el Hagiorita en su libro Guerra Invisible*– que vencer a tus enemigos, tanto a los pocos como a los muchos; tanto a los antiguos y valientes como a los nuevos y débiles. (*https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-guerra-invisible-san-nicodemo-el-aghiorita/)
Por tanto, un alma, aunque esté cargada de pecados, aunque tenga todos los defectos del mundo; aunque esté manchada cuanto pueda imaginar alguien; aunque haya probado cuanto quiso y pudo todos los medios y esfuerzos para abandonar el pecado y hacer el bien y nunca haya logrado adquirir ni una pequeña parte de bien, incluso avanzando todavía más profundamente en el mal, sin embargo, con todo esto, no debe dejar nunca de esperar en Dios, ni debe abandonar jamás las armas y los combates espirituales, sino que debe combatir siempre con valentía.
Porque debes saber que en esta guerra invisible no pierde quien nunca deja de luchar y de esperar en Dios, cuya ayuda nunca falta a sus combatientes, aunque a veces permita que queden heridos. Por tanto, que cada uno combata, porque en esta guerra está todo. Y el remedio está preparado y es eficaz, para darse a los combatientes que buscan a Dios y Su ayuda con esperanza firme. Porque en el momento en que ellos no lo esperan, desaparecerán sus enemigos, como está escrito: «Han desaparecido los guerreros de Babilonia para seguir combatiendo. Permanecen allí sitiados; su fuerza ha sido quebrantada, se han vuelto cobardes como mujeres; sus casas han sido incendiadas y quemadas, y los cerrojos de las puertas de la ciudad han sido destrozados» (Jer 28:30). Incluso si vemos que empeoramos espiritualmente en lugar de progresar, aun entonces no debemos desesperarnos. Debemos continuar, como dice San Nicodemo, luchando siempre. Lo mismo enseña también San Jacobo. El Señor, que nos encuentre en la lucha, nos salvará. Nuestra es la lucha, el resultado es del Señor, así como la victoria final».
Quiénes serán condenados
«El Paraíso, decía el santo Jacob, Dios lo hizo para los hombres. No hizo el infierno. Al infierno irán solo aquellos que no vuelven a la metania y no se arrepienten: los que blasfeman contra Cristo y los santos, los que ridiculizan a la Santísima Virgen y no tienen arrepentimiento. Solo esos serán condenados».
¡Qué consoladoras son estas palabras de nuestro santo! Luchemos, pues, sin desesperar nunca.
La guerra de satanás contra los monjes
El santo era muy humilde y discreto respecto a las obras divinas que realizaba y vivía. No manifestaba sus experiencias espirituales. “No obstante, a algunas personas espirituales, y siempre para beneficio del alma, les hablaba de sí mismo”
Relata una monja que, tras confesarse con el santo, escuchó de él lo siguiente:
«—También yo, hija mía, sufrí mucho en mi vida, fui muy probado. El monacato no es tan fácil. Satanás nos combate día y noche. Nunca duerme. Puede dejar a mil seglares para “derribar” a un monje. Y si lo logra, tiene gran alegría. Por eso se necesita atención y oración.
¿Acaso fui agradable a Él tantos años que trabajé en el monasterio? ¿O fui un inútil? No conozco el juicio de Dios sobre mí. Solo la jaris gracia increada de Dios conoce mi pecaminosidad. En su misericordia tengo mi esperanza. Yo, hija mía, he recibido muchos golpes de los demonios. Muchísimos golpes. He sufrido mucho».
Decía estas cosas con voz muy dolorida. Sus ojos se llenaban de lágrimas. Al verlo, parecía que lo estaba viviendo en ese momento.
La experiencia del santo con los demonios que lo zarandeaban
«Entonces, continúa la monja, me contó una experiencia estremecedora:
“Había venido al monasterio una joven que sufría de un demonio. Los padres, porque yo tenía marcapasos, no querían que me levantara de la cama ni que me cansara. Los confesores le leían oraciones en la Iglesia.
Yo fui a la capilla de San Jaralampos y con mi komposkini hacía mi oración. De repente sentí un torbellino y un hedor terrible, tanto que me tapé la nariz. Ante mí vi un esqueleto oscuro y una voz salvaje me decía:
—Viejo miserable, me has quemado con tus oraciones. Pero ya verás lo que te haré.
Yo dije en mi interior:
—Yo no quise quemar a nadie en mi vida, ni a este que veo delante.
Me agarró de la barba y comenzó a hacerme girar en el aire dentro de la Iglesia.
—Hermana mía, sufrí tanto que pensé que se me cortaría el cuello y se me arrancaría la barba, aunque mi cuerpo es tan débil y esquelético.
Le pregunté:
—Padre, ¿cuánto tiempo te hacía girar?
—Unos veinte minutos a media hora , me dijo.
Entonces Dios me iluminó y abrí los brazos, y mi cuerpo formó una cruz. Cuando el tentador lo vio, así como vino se fue: como un torbellino, dejando tras de sí su hedor.
Quedé tirado en el suelo dentro de la Iglesia. Toqué mi cuello dolorido y vi que no se había separado de mi cuerpo. Toqué mi barba y vi que estaba en su sitio.
Tomé una cruz que contiene reliquias de san Jaralampos y de otros santos. Bajé a la Iglesia, hice la señal de la cruz sobre la joven endemoniada, le leí dos o tres oraciones y la golpeé ligeramente en forma de cruz con el Santo Evangelio en la cabeza. Inmediatamente quedó curada”».
Después de terminar este relato tan impactante, el santo Yérontas me pidió que no lo contara mientras viviera. Me dio su bendición y me fui.
La oración contra el mal de ojo para los sacerdotes
«Aconsejaba a los sacerdotes que, en la oración contra el mal de ojo, mencionaran no solo al que sufre, sino también a los demás miembros de la familia, para que no sean afectados por la acción demoníaca».
Sobre el mal de ojo enseñaba también San Paísios del Monte Athos lo siguiente: «La envidia, cuando tiene maldad, puede hacer daño. Eso es el mal de ojo; es una energía y acción demoníaca.
—Padre, ¿la Iglesia reconoce el mal de ojo?
—Sí, existe incluso una oración especial (el Yérontas subrayaba que solo el sacerdote puede leer esta oración). Cuando alguien dice algo con envidia, entonces “afecta”.
—Muchos, Padre, piden amuletos para los bebés, para que no los “mal ojeen”. ¿Está bien que los usen?
—No, no está bien. Decid a las madres que les pongan una cruz.
—Padre, si alguien alaba una obra hermosa y quienes la hicieron aceptan el elogio con orgullo y luego ocurre algún daño, ¿eso es mal de ojo?
—Eso no es mal de ojo. En ese caso actúan las leyes espirituales: Dios retira Su gracia del hombre, y entonces ocurre el daño.
El mal de ojo existe en raras ocasiones. Especialmente las personas que tienen envidia y maldad, pocas son así, son las que “mal ojean”. Por ejemplo, una mujer ve a un niño bonito con su madre y dice con maldad:
“¿Por qué no lo tengo yo? ¿Por qué Dios se lo dio a ella?”. Entonces ese niño puede sufrir daño, no dormir, llorar, padecer, porque ella lo dijo con maldad. Y si el niño enfermara y muriera, ella sentiría alegría en su interior. Otro ve un ternerito, lo codicia, y de inmediato este muere.
Muchas veces, sin embargo, el niño puede sufrir por culpa de su propia madre. Puede que la madre haya visto a otro niño débil y haya dicho con desprecio: “¿Qué es eso? ¡Qué niño tan esquelético!”. Al enorgullecerse del suyo y criticar al ajeno, eso que dijo con maldad puede afectar a su propio hijo. Luego el niño padece por causa de la madre, sin tener culpa alguna. Se va consumiendo el pobre, para que la madre sea castigada y llegue a comprender su error. Entonces, naturalmente, el niño será considerado mártir. “Los juicios de Dios son inescrutables, un abismo».
Evitar el escándalo
«A un clérigo que solía llevar la reliquia de la cabeza de San David para veneración, le decía que no llevara muchos libros sobre la vida del santo (que probablemente se venderían), para que los cristianos no se escandalizaran pensando que el monasterio se aprovechaba».
¡Qué cuidadoso era el santo para no convertirse en causa de escándalo y tropiezo para nadie!
La subida del alma de una abadesa
«Mientras el santo hablaba con peregrinos en el refectorio, le anunciaron la muerte de una abadesa conocida. En cuanto lo oyó, comentó:
—Ahora su alma está ascendiendo…
Y su rostro cambió por la nostalgia de lo celestial».
El rostro revela el estado del hombre
«Decía el santo Jacobo que el estado del hombre se refleja en su rostro».
El rostro refleja el corazón. Cuando el corazón está alegre, puro y lleno de la jaris gracia energía increada del Espíritu Santo, sin deseos indecentes y pazos, el rostro florece y resplandece por la alegría del Espíritu Santo, según Proverbios: “Cuando el corazón se alegra y se goza en la virtud, el rostro se muestra radiante y alegre. Pero cuando el corazón está dominado por la tristeza, el rostro adquiere una expresión melancólica y abatida” (Prov 15:13). Por eso decía Serafín de Sarov: “Quien vence las pasiones (pazos), vence también la tristeza”. En cambio, quien está dominado por ellas no puede escapar de sus cadenas. Así como se reconoce a un enfermo por el aspecto de su rostro, también se reconoce a quien vive dominado por las pasiones, por la tristeza que refleja. Su corazón está manchado, y por eso su rostro se oscurece, lleno de abatimiento, angustia y tristeza.
No aceptar regalos de desconocidos
«Una mujer encontró en la entrada de su casa un pollo cocinado que había dejado una persona desconocida. Por suerte lo tiraron y no lo comieron. Cuando preguntaron al santo Jacob, les dijo que estaba hechizado. Aconsejaba a los cristianos no aceptar regalos de personas cuyo carácter no conocen».
Evitar influencias demoníacas: rociar con agua bendita
«Para evitar influencias demoníacas, san Jacobo recomendaba rociar con agua bendita no solo las habitaciones de la casa, sino también todo el terreno alrededor».
La educación familiar y su importancia
«Mencionemos también algunos consejos y diagnósticos espirituales del Yérontas Jacobo, tomados de nuestras conversaciones familiares en privado. En cierta ocasión preguntó a mi esposa cómo le iba con los niños en la escuela, donde enseñaba la asignatura de Religión como teóloga que era. Él mismo dio inmediatamente la respuesta:
—Los niños no la escuchan, señora María, porque están influenciados por su hogar».
«Decisiva», observaba también Porfirio, «es la influencia de la vida de los padres en la formación y educación de los hijos. Si los padres viven con “un mismo espíritu”, sin discusiones, eso se refleja en los hijos y les da salud espiritual. Decía: “Lo que salva y forma buenos hijos es la vida de los padres dentro del hogar. Los padres deben entregarse al amor de Dios. Deben santificarse junto a sus hijos con su mansedumbre, su paciencia y su amor. Cada día han de ofrecer a los hijos un nuevo comienzo, una nueva disposición, entusiasmo y amor. Y la alegría que recibirán, la santidad que los visite, irradiará hacia los hijos la divina jaris gracia (energía increada)”».
Señalaba además que la mala vida de los padres hace que los hijos, impulsados por el diablo, se desvíen y así hagan sufrir a sus propios padres. La solución a todos los problemas de los hijos es la santificación de los padres.
Decía el santo Yérontas: «Por la mala conducta de los hijos, en general, son responsables los padres. No los corrigen ni los consejos, ni la disciplina, ni la severidad. Si los padres no se santifican, si no luchan espiritualmente, cometen grandes errores y transmiten el mal que llevan dentro. Si los padres no viven una vida santa, si no hablan con amor, el diablo atormenta a los padres a través de las reacciones de los hijos».
«Los consejos del santo Jacobo a los padres, y sobre todo a las madres, eran muy valiosos: como la “tentación” incita a los niños a inquietar a sus padres con sus travesuras, expresiones como “¡maldito seas!” o “maldito” deben evitarse, porque estas maldiciones pueden causar un daño irreparable en los hijos».»
Aquí recordamos al santo Paísio, hijo espiritual del santo Arsenio el Capadocio. Decía al respecto:
«Sabed que la maldición de los padres tiene mucho efecto, incluso también su indignación. Y aunque el padre no maldiga al hijo, sino solo se indigne con él, el hijo no ve día blanco; su vida está llena de sufrimientos. Padece mucho en esta vida. Naturalmente, en la otra vida se alivia, porque paga aquí algunas cosas. Sucede lo que dice el Abba Isaac: “Come el infierno”, es decir, disminuye el infierno con los sufrimientos aquí, en esta vida. Porque el sufrimiento en esta vida “come” el infierno. Es decir, cuando actúan las leyes espirituales, se quita algo del infierno, de los tormentos.
Pero también los padres que envían a sus hijos “al de fuera de aquí” (es decir, al diablo), los entregan al diablo y luego el diablo tiene derechos. “Me lo prometiste”, te dice. Había un matrimonio en Farasa. Ellos tenían un niño que lloraba, y el padre continuamente lo enviaba “al de fuera de aquí”. Y he aquí lo que ocurrió: Dios permitió que, cuando lo enviaba “al de fuera de aquí”, el niño desaparecía de la cuna. La pobre madre iba entonces al Jatzefendí: “Jatzefendí (san Arsenio), dame tu bendición, los demonios se llevaron al niño”. Iba el Jatzefendí, leía oraciones sobre la cuna y el niño regresaba. Esto sucedía continuamente. La pobre decía: “Jatzefendí, dame tu bendición, ¿hasta cuándo será esto?”. “Yo no me canso de venir —le decía—; ¿te cansas tú de venir a llamarme? Se cansará el diablo y te lo dejará”. Desde entonces el niño ya no desaparecía.
Cuando creció después, lo llamaban “ejemplo del diablo”. Revolvía todo el pueblo, lo ponía todo patas arriba. ¡Lo que sufría mi padre! Iba a uno y le decía: “Fulano dijo esto de ti”. Iba a otro y decía lo mismo. Luego se peleaban entre sí, se golpeaban. Cuando lo comprendían, iban a atraparlo, a lincharlo. Pero él se las arreglaba para que ¡incluso le pidieran perdón! ¡Tan endemoniado estaba! ¡Ejemplo del diablo! Dios dispuso que también los demás vieran después el resultado, para que entraran en razón, se contuvieran y fueran muy cuidadosos. Ahora bien, cómo lo juzgará Dios es otro asunto. Naturalmente, tiene muchas atenuantes.
La mayor riqueza para el mundo es la bendición de los padres. Así también en la vida monástica la mayor bendición es recibir la bendición de tu Yérontas espiritual. Por eso dicen: “Recibe la bendición de los padres”.
Una madre, recuerdo, tenía cuatro hijos y lloraba la pobre:
—Moriré de pena, me decía, ninguno de mis hijos se ha casado. Haz oración. Ella era viuda, ellos huérfanos; me dolió mucho y me compadecí de ellos. Rezo, rezo, nada. Digo: “Algo ocurre aquí”.
—Nos han hecho hechizos, decían los hijos.
—No son hechizos; eso se nota cuando lo es. ¿Acaso vuestra madre os maldecía?, les pregunto.
—Sí, Padre, me dicen, nuestra madre, cuando éramos pequeños, porque éramos muy traviesos, nos decía continuamente desde la mañana hasta la noche: “Quedaos como troncos, quedaos como troncos”.
—Id a sacudir a vuestra madre, les digo, y decidle que se arrepienta, que se confiese y que desde ahora en adelante os dé bendiciones continuamente. En un año y medio se casaron los cuatro. Aquella pobre era viuda, parece que también era de corazón estrecho, y ellos traviesos, la exasperaban, y así los maldecía.
Si los hijos se examinan a sí mismos, encontrarán que, para que sus padres los maldijeran, seguramente eran muy revoltosos y los atormentaban. Por tanto, si toman conciencia de su error, se arrepienten sinceramente y se confiesan, se ordenan (se arreglan). Y si los hijos progresan espiritualmente, también los padres serán ayudados».
Los padres deben ser unánimes, estar de acuerdo, buenos colaboradores en la correcta educación, “en la disciplina e instrucción del Señor”, de sus hijos. No deben existir desacuerdos o mundanidades que envenenan la educación en Cristo. En nombre de “no presionar a los hijos”, muchas veces uno de los padres destruye lo que el otro construye con mucho esfuerzo.
«El amor, la unanimidad, el buen entendimiento de los padres -observa el santo Porfirio- es lo que conviene a los hijos. Gran seguridad y certeza. El comportamiento de los hijos está directamente relacionado con la situación de los padres. Cuando los hijos son heridos por la mala conducta entre sus padres, pierden fuerzas y ánimo para avanzar en el progreso. Se construyen mal y el edificio de su alma corre peligro en cualquier momento de derrumbarse».
La ira y su causa
«Otra vez, sin haber precedido ninguna conversación, preguntó el santo Jacobo a mi esposa:
—Dime, señora María, ¿por qué te enfadas? ¡Te enfadas porque en algún momento crees que eres algo muy importante!»
El orgullo, la idea de que somos algo muy importante, la soberbia, es la raíz de la ira.
«La envidia, la crítica (juicio y condena de los demás), la ira, el rencor, etc.», enseñaba el santo Paísio, «todo comienza a partir del orgullo. El orgullo es el Cuartel General de todas las pasiones (pazos). Por tanto, si golpeas el orgullo, golpeas todas las pasiones y viene dentro de ti la humildad y el amor… Aquel que tiene una gran idea de sí mismo permanece dentro de la tormenta del orgullo y no tiene ni salud espiritual ni visión, por lo que no puede ver los carismas del otro. Pero ¿por qué debe alguien tener una gran idea de sí mismo? ¿Cómo vendrán los pensamientos divinos si no arroja su propia gran idea? Si Cristo toma el destornillador y gira un poco el tornillito, diremos tonterías. Entonces, ¿qué idea puedes tener de ti mismo?
Aquel que tiene una gran idea de sí mismo está fuera de sí, es un loco. Necesita descender, descender, aterrizar, para encontrarse a sí mismo; ¡de lo contrario, dará vueltas en las nubes y gastará gasolina en el aire!…
—Yéronta, ¿cómo se irá esa gran idea que tengo de mí mismo?
—Si te vuelves hacia dentro y conoces tu propio yo, verás tanta fealdad que te aborrecerás a ti mismo.
Si el hombre no llega a conocerse a sí mismo para humillarse de manera natural, la humildad no puede convertirse en un estado en él, para que permanezca en su interior la divina Jaris Gracia, energía increada. Entonces el diablo está en posición de devorarle todos los años de su vida —aunque Dios le dé incluso los años de Matusalén— jugando al juego de la “calabaza” (juego repetitivo). Es decir, unas veces el diablo le traerá el pensamiento de que es algo, otras él traerá un pensamiento humilde de que no es nada; una vez el diablo, otra el hombre, unas veces ganará uno, otras el otro, y continuará la misma cantinela».
Cómo beneficiamos a los demás
«Cuando mi esposa (señora María) le preguntó cómo podría beneficiar a los que la rodeaban, el Yérontas Jacobo le dijo:
—Beneficiarás a los que te rodean cuando tu rostro se vuelva luminoso».
Evidentemente el santo quería decir: «beneficiarás a los demás cuando tengas activa la divina Jaris Gracia increada, habitando en tu corazón. Entonces el corazón se alegra y, por tanto, el rostro florece y resplandece de alegría», según el Logos de Dios. Leemos en los Proverbios: «De un corazón alegre florece el rostro; pero en las tristezas se ensombrece. Es decir: cuando el corazón se alegra y se regocija por la virtud, el rostro está radiante y alegre. Pero cuando el corazón se encuentra bajo el dominio de la tristeza, el rostro adquiere una apariencia melancólica y sombría» (Prov 15:13).
La Gracia divina es la única que puede ayudar a nuestro prójimo. Cuando nosotros la tenemos activa dentro de nosotros y la “emitimos/ irradiamos” mediante la “buena transformación” del Espíritu Santo que vivimos, entonces también beneficiamos al prójimo, siempre que él tenga buena disposición.
Las relaciones de las familias con los monasterios
«En cuanto a las relaciones de las familias con los monasterios que visitan para provecho espiritual, nos decía:
—Nunca los monjes o las monjas deben entrometerse en los asuntos mundanos de las familias, ni tampoco debe darse ocasión a los laicos para que se mezclen en los asuntos de los monasterios, porque en ambos casos solo se producirá daño».
La sencillísima abuela sacristana que bebía vino
«El Yérontas era muy gracioso también al narrar ciertos episodios cómicos, e incluso imitaba la voz de las personas de las que hablaba. Tenía el don de la actuación (imitación). Era un gran actor. Presentamos uno de estos episodios cómicos y agradables tal como lo contaba el santo.
Había una abuela muy sencilla, que servía en una Iglesia como sacristana, la cual -la pobre- tenía la costumbre de beber vino y poco a poco se le convirtió en pasión (adicción, pazos). Bebía, pues, el vino que llevaban los cristianos para la Divina Liturgia. En una ocasión no había nada de vino en el armario y la abuela, afligida, fue delante de la Virgen en el iconostasio y le suplicaba, sin darse cuenta de que el sacerdote estaba dentro del santuario, diciendo:
—Panaghía mu, Santa Madre mía, ilumina a algún cristiano para que traiga un poco de vino, para que beba.
El sacerdote, que la oyó, se puso detrás del icono de la Virgen y respondía:
—No bebas vino. No debes beber vino.
La abuela, pensando que el pequeño Jesús hablaba desde el regazo de nuestra Virgen, le dice:
—¡Cállate tú niño, no hables, eres pequeño! Yo hablo con tu madre, a tu madre le suplico».
Para los que creen que los monjes viven cómodamente
«Para aquellos que piensan que la vida monástica es fácil, el Yérontas contaba una historia graciosa:
Durante la semana de Quesos (semana anterior a la Gran Cuaresma), en un monasterio fue un mendigo, que era “gitano”, a pedir limosna. El higúmeno del monasterio era filantrópico y dijo a los monjes, porque era la hora del refectorio:
-Que venga también este pobre a comer con nosotros. No importa que sea “gitano”. Hombre es él también.
En el refectorio, debido a la semana de Quesos, había comidas abundantes: huevos, empanadas, queso, pescado, etc. El “gitano”, como solía comer mendrugos secos que le daban los hombres como limosna, pensó astutamente: “Los monjes comen abundantemente. Si le pido al Yérontas hacerme monje, quizá me retenga para no tener que romperme las piernas pidiendo limosna y recogiendo mendrugos”.
Cuando se lo dijo al Yérontas, si podía quedarse como monje en el monasterio, aquel le respondió:
-Si quieres, hijo mío, quedarte y probar esta vida, quédate. Cristo no echa a nadie.
Le dieron, pues, un diaconema (tarea) y toda la semana la pasó como un rey. Pero cuando comenzó el triduo (tres días limpio) de la Lunes Puro, con ayuno completo, silencio y largas vigilias, el “gitano” esperaba que sonara la campana para el refectorio, pero nada. Preguntaba a los monjes:
-¿No hay comida hoy?
Pero nadie le hablaba, por el silencio. Pensó entonces: “Es un día, pasará”.
Cuando lo mismo continuó también al día siguiente, empezó a marearse por el hambre. El tercer día del triduo caminaba por el patio del monasterio como borracho, atormentándose por su idea de quedarse en el monasterio. Por la tarde se celebró la Liturgia de los Presantificados y hornearon pan caliente en el horno del monasterio, para comer los monjes después del ayuno de tres días. Cuando sacaron los panes calientes, todo el monasterio se llenó de olor. El “gitano”, siguiendo el aroma del pan caliente, llegó al horno. Apenas vio los panes, cayó al suelo desmayado.
Los monjes que sacaban el pan dijeron:
-¡El pobre! Por el ayuno y el frío, porque la Pascua era temprano, no resistió.
Y estando boca arriba, dice un monje:
-Le pondré un pan caliente en el vientre, como bolsa de agua caliente, para que vuelva en sí.
Entonces el “gitano” abrió los ojos y dijo con voz agonizante:
-¡No por fuera! ¡Por dentro! ¡Por dentro lo quiero!
Así terminó sin gloria la prueba de la vida monástica».
Los demonios que bailaban alrededor de un monje desobediente
«En cierta ocasión un hijo espiritual rogó al Yérontas por un monje que había vivido bastantes años en un cenobio y después, sin bendición, se fue a vivir solo en una celda.
“Veo, hijo mío, a los demonios bailando alrededor de él”, dijo el Yérontas».
Quien obedece imita al Señor, el cual dijo: «He descendido del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6:38).
«Aquel que obedece a su Yérontas», enseñaba el santo Efrén de Katunakia, «imita a Cristo, que obedeció a su Padre. Y Dios está obligado continuamente a bendecir a aquel que lo imita».
El subordinado (discípulo u obediente) que cae en desobediencia, pero también todo fiel que no obedece a su guía espiritual, corre el riesgo de ser dañado por los demonios.
«En Santa Ana -narra el santo y perfecto obediente padre Efrén de Katunakia- vivía un Yérontas con su discípulo, el cual desobedecía con frecuencia. Era la víspera de una fiesta de la Virgen.
-Yéronta, dice el discípulo, iré a pescar algún pez, porque mañana es fiesta de la Virgen. ¿Qué comeremos?
—Hijo mío, le dice el Yérontas, aquí nuestros vecinos son pescadores. Han pescado horas y no han cogido peces. Si la Virgen quisiera que comiéramos pescado, habrían cogido y nos habrían traído también a nosotros. No vayas a pescar.
—No, Yéronta, responde el discípulo, yo iré a pescar.
—No vayas, repite el Yérontas.
—No, iré, dice el discípulo y se marcha…
Entonces el Yérontas piensa que su discípulo está en desobediencia: “¿Y si le ocurre alguna gran tentación? ¿Y si resbala en el mar?”. Por eso entra en su celda y ora, hace el komposkini (rosario) por su discípulo.
El discípulo va al mar, lanza el sedal; algo ha atrapado el anzuelo; tira con fuerza. Entonces aparece de repente un negro, negrísimo, con ojos feroces, dispuesto a lanzarse sobre el monje. Pero una fuerza invisible lo retenía. Aterrado, huye; el diablo lo sigue detrás, hasta Santa Ana, hasta su celda…
Entonces el diablo le dice:
—Eh, monje, ¿qué puedo hacerte, si desde el momento en que te fuiste, tu Yérontas está rezando el komposkini por ti? De lo contrario, te habría ahogado en el mar; ¡en el mar te habría ahogado!
¡He ahí lo que hace la desobediencia!»
El santo Dionisio del Olimpo con quien concelebró
«Un hijo espiritual suyo le dijo una vez:
—Fuimos al monasterio de san Dionisio del Olimpo.
Y el Yérontas, de manera completamente natural, le dice:
—Hijo mío, san Dionisio estuvo aquí hace pocos días y concelebramos».
«El santo Jacobo era muy reservado. No revelaba sus experiencias espirituales sino raramente, como aquí, donde (quizá incluso) se le escapó».
«La posesión demoníaca que tenía como causa la soberbia.»
«Una mujer fue endemoniada y sus hijos la llevaron al monasterio. Decían entonces al Yérontas:
—¿Acaso se endemonió, Yéronta, porque hacía mucha oración?
Entonces dijo el Yérontas:
—La oración, hijos míos, no endemonia al hombre; pero quizá vuestra madre tenía orgullo, quizá pensaba que era santa. Por eso Dios permitió que se endemoniara».
El orgullo es causa de endemoniamiento, posesión demoníaca.
«En un monasterio -relata san Paísio- llevaron a un endemoniado y el higúmeno dijo a los padres que fueran a la Iglesia a hacer oración con el komposkini. Tenían allí también la cabeza (reliquia) de san Partenio, obispo de Lampsaco, y el demonio se sintió muy apretado. Al mismo tiempo, el higúmeno encargó también a un hieromonje que leyera exorcismos al endemoniado. Este hieromonje era piadoso exteriormente, pero interiormente tenía un orgullo oculto. Era esforzado y exacto en todo. Aconsejaba espiritualmente a los demás, porque también era instruido. Pero él mismo no recibía ayuda de nadie, porque los otros, por respeto, cuando lo veían hacer algo incorrecto, dudaban en decírselo. Había creado en sí mismo la ilusión de que era el más virtuoso del monasterio, etc.
El maligno encontró ese día ocasión para dañarlo. Usó su astucia para darle la impresión de que él expulsaba al demonio del endemoniado. Así pues, cuando comenzó a leer los exorcismos, el demonio empezó a gritar:
-¡Me quemo! ¿A dónde me expulsas, cruel?
Entonces él pensó que el demonio se quemaba por su propio exorcismo -mientras que el demonio sufría porque también los otros padres oraban-, y respondió al demonio:
-Ven a mí.
Esto lo había dicho san Partenio a un demonio, pero él era santo. Una vez, cuando un demonio gritaba:
-¡Me quemo, me quemo! ¿Dónde iré?
el santo le dijo:
-Ven a mí.
Entonces el demonio dijo al santo:
-¡Solo tu nombre me quema, Partenio!, y salió del endemoniado al que atormentaba.
Este (el hieromonje) fue a hacer lo mismo que san Partenio y se endemonió. Desde ese momento el demonio lo dominaba. Durante años enteros sufría y no podía hallar descanso en ninguna parte. Vagaba continuamente, unas veces fuera en el mundo y otras dentro del Monte Athos. ¡Cuánto sufrió el pobre! Esta situación le había producido cansancio psíquico y fatiga corporal con temblores. Y fijaos: aunque era un buen sacerdote, después ya no podía celebrar la Divina Liturgia».
El demonio que provocó un accidente
«Una vez dijo el Yérontas: trajimos leña al monasterio con un camión. El padre Cirilo, que después del santo fue higúmeno, fue a ayudar. Entonces el Yérontas le dice:
-Padre Cirilo, ten cuidado de no sufrir algún daño, porque vi a un demonio corriendo sobre el camión, sobre los troncos; no te vayas a sacar un ojo.
En efecto, casi al final del trabajo, un tronco salió despedido y golpeó gravemente el ojo del padre Cirilo, que sufrió mucho hasta curarse».
San Juan el Ruso, su vida en Asia Menor, los pocos verdaderos devotos y la guerra necesaria
«El Yérontas visitaba regularmente a san Juan el Ruso, sobre todo cuando iba a Atenas por los médicos que lo seguían.
-Una vez fui, dice el Yérontas, y veo al santo vivo dentro de su relicario. Le digo:
-Santo mío, ¿cómo vivías en Asia Menor? ¿Qué virtudes tenías para santificarte?
Entonces me dice el santo:
-Dentro de la cueva que era establo dormía, y con la paja me cubría en invierno para no tener frío. Tenía también humildad y fe.
Entonces me dice:
-Espera ahora, padre Jacobo, porque han venido dos personas y me suplican por un niño enfermo. Espera que vaya a ayudarlo.
De pronto el relicario quedó vacío, porque el santo se fue. Al poco tiempo volvió; no vi cómo regresó, pero lo vi arreglando sus vestiduras dentro del relicario. Entonces le digo:
-Santo mío, tienes muchos peregrinos que vienen aquí.
Entonces me dice:
-Muchos son los peregrinos, pero pocos mis hijos.
Me dijo san Juan el Ruso:
-Tú, padre Jacobo, no sabes lo que ocurre en el mundo. El mal, el pecado ha avanzado mucho y no se detiene. Debe haber guerra, debe haber guerra, debe haber guerra.
Tres veces lo dijo el santo».
La guerra que viene y los accidentes de tráfico
«Un hijo espiritual le preguntó al Yérontas:
-Yéronta, ¿cuándo habrá guerra?
-¿Acaso, hijo mío, los tantos accidentes de tráfico que ocurren en nuestro lugar no son guerra?, fue la respuesta del Yérontas».
El Paraíso y los santuarios con reliquias que visitó
«Una vez leía —relata el Yérontas— la vida de san Serafín de Sarov, y en el punto donde el santo decía que vio las moradas del Paraíso: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14:2), entonces dije:
-¿Cómo serán, en realidad, estas moradas?
De pronto el libro se me cayó de las manos y me encontré en un lugar hermosísimo. Delante de mí había un camino lleno de violetas, todas a la misma altura y densamente plantadas, fragantes, y a mi lado estaba un Yérontas: era san David. Quería avanzar, pero dudaba para no romper las flores. Incluso decía: “¿quién las plantó tan densas?… si estuvieran un poco más separadas pondría el pie entre ellas y no las rompería”, y dudaba en avanzar.
Entonces el Yérontas me dice:
-Avanza, avanza, avanza, padre Jacobo, no temas. Estas flores no son como las que conoces; no se rompen.
Mientras avanzaba, las pisaba y no se rompían. Veo entonces a mi derecha un descenso abrupto, un camino de tierra muy peligroso, y digo:
-¡Qué camino tan inclinado es este! Si pasa algún coche, correrá peligro.
Entonces el Yérontas me dice:
-Aquí, padre Jacobo, no hay coches. Deja ese camino, no lo mires en absoluto; tú sigue el camino por el que caminas.
Caminábamos por ese camino florido y dije: “veamos qué hay alrededor”. Veo, pues, unas casitas hermosísimas, dispersas como pequeños palacios, con sus cercas, sus puertas, llenas de flores, belleza y luz; pero estaban completamente vacías, no había nadie dentro. Entonces le digo al Yérontas que me acompañaba:
—Yéronta, ¡qué paz y qué belleza es esta! ¡Ojalá tuviera yo también una casita así para estar en silencio, hacer mi oración, porque yo soy hombre de ἡσυχία (hisijía: serenidad y paz interior exterior, tranquilidad)!
Entonces el Yérontas levantó la mano y me mostró la casita que era para mí. Inmediatamente me encontré en mi celda y dije:
-¿Por qué regresé a este mundo? ¡Ah, ojalá no hubiera vuelto, sino que me hubiera quedado allí para siempre!».
«Oh Señor Jesús Cristo, por las intercesiones de san padre Jacobo, haznos dignos también a todos nosotros, que tuvimos la bendición de conocer a tu siervo, de que al dejar este mundo temporal vivamos en aquellas moradas celestiales que vio el santo, por las intercesiones también de san David y de todos los santos, y especialmente por las de tu Purísima Madre, suplicando:
“Por las oraciones de nuestros Santos Padres, Señor Jesús Cristo Dios, eleisónnos ten misericordia o compasión de nosotros y sálvanos”».
La preparación para el gran viaje – El retorno del cetro (1ª narración didáctica)
«Os contaré tres historias graciosas y a la vez instructivas de las muchas que escuchamos del Yérontas Jacobo, pues el Yérontas acostumbraba enseñarnos y al mismo tiempo entretenernos y alegrarnos.
Una es sobre la preparación para el gran viaje; otra sobre un obispo que negó al Señor y se arrepintió; y la tercera sobre el castigo ejemplar de un blasfemo.
La preparación para el gran viaje
Decía: Había una vez un rey que pasó su vida despreocupadamente, con fiestas y alegrías. En su palacio tenía a un mimo -como diríamos hoy, un actor cómico- que lo entretenía con su arte.
Pero, como en nuestra vida todo cambia, en cierto momento también el rey, como ser humano, enfermó. Su enfermedad resultó ser muy grave. El rey comprendió que su fin se acercaba.
Un día dijo:
-A causa de mi enfermedad he perdido mi risa, y eso es lo que más me cuesta de todo. Entonces dijo:
-Quien me haga reír le daré el mayor regalo.
Fueron sus hombres, sus familiares, sus cortesanos; le contaron diversas historias agradables, pero en vano. El rey no rió.
Al final fue también el mimo, quien con sus palabras y sus gestos logró que el rey olvidara su enfermedad y riera de corazón.
Entonces el rey le dijo:
-Amigo mío, te agradezco muchísimo los chistes que me dijiste y que hicieron reír mis labios. ¡Toma tu regalo! Te lo mereces.
Y le dio su cetro, que era completamente de oro, adornado con piedras preciosas de valor incalculable.
Después de algún tiempo, la salud del rey empeoró y se encaminaba hacia su fin. Entonces, uno a uno, sus allegados, los cortesanos y los nobles pasaban a despedirse de él.
Al final pasó también el mimo, quien le preguntó:
-Rey mío, ¿me reconoces?
Y el rey respondió:
-¡Claro! No he perdido la mente. Te reconozco.
Entonces tuvo lugar una conversación entre el rey y el mimo. Como el mimo era un hombre espiritual y hacía ese trabajo para vivir, le dice al rey:
—Rey mío, ¿cómo ves las cosas?
—¿Cómo voy a verlas, amigo mío? Me voy de viaje, un viaje grande y sin retorno, e hizo un gesto con la mano.
Entonces el mimo le dice:
-Me imagino, rey mío, que habrás hecho también los preparativos necesarios para este gran viaje.
-¿Qué preparativos?, le dice el rey.
-Pues, le dice el mimo, si tienes asuntos pendientes con las personas. A unos los has tratado injustamente, a otros no los has perdonado por sus faltas. Eso debes arreglarlo. También debes hacer limosnas a los pobres, confesarte con el padre espiritual de lo que te pesa y comulgar.
Todo eso que te he dicho son los preparativos para el viaje.
Entonces el rey, sorprendido, le dice:
-Amigo mío, de todo eso que me has dicho, no he hecho nada.
Entonces el mimo, espontáneamente, le dice:
-Rey mío, realmente eres digno de risa. Más que yo. Toma de vuelta tu cetro, porque te lo mereces.
El rey no se enfadó. Lo miró con gratitud por sus palabras sinceras y le dijo:
-Amigo mío, te agradezco. Mientras Dios me deje tiempo hasta mi fin, haré todo lo que me has dicho.
Y así partió con buenas esperanzas para la vida eterna.
El obispo que negó al Señor y se arrepintió
2ª narración didáctica de san Jacobo
«Relatemos otra narración de Asia Menor del Yérontas Jacobo:
En un lugar había un obispo al que los turcos arrestaron por ciertas causas y decidieron, tras un juicio, condenarlo a muerte, a menos que negara su fe y se hiciera musulmán.
Desgraciadamente, el obispo se acobardó y negó su fe para no perder la vida. Se hizo musulmán y, para honrarlo, incluso lo nombraron Jodsza (clérigo islámico).
Antes de estos tristes acontecimientos, cuando aún era obispo, una mujer viuda con un bebé fue a suplicarle que se lo bautizara y que además fuese su padrino.
-Aunque como obispo no puedo ser padrino, puesto que eres viuda y pobre, haré una excepción, le respondió.
Así pues, bautizó al niño y se convirtió también en su padrino.
Cuando el niño creció y llegó a la edad de la escuela primaria, preguntó a su madre:
-Mamá, los otros niños tienen padrino, madrina; ¿yo no tengo?
Su madre le dijo:
-Tu padrino se fue lejos. Emigró.
Un día, pasando con su hijito por delante del café, estaban sentados los Jodszas fumando su narguile. Entre ellos estaba también el obispo renegado. Entonces la madre no pudo contenerse y dijo al niño:
-¿Quieres ver a tu padrino? ¡Mira! ¡Ese Jodtsa con el narguile es!
El niño se enfadó y dijo a su madre:
-¿Qué? ¿Tengo yo un padrino turco?
Y le hizo el gesto de burla con la mano diciendo:
-¡Toma! En tus ojos. Al llegar a casa, la madre le contó toda la triste historia.
Poco tiempo después, el niño enfermó gravemente y en pocos días murió.
A los tres años, cuando la madre afligida fue a hacer la exhumación, todo su cuerpo se había descompuesto excepto su mano, que estaba incorrupta y completamente negra.
La madre comprendió la causa. Fue entonces a esperar al que había sido obispo para que saliera de su casa, y le dijo en voz baja:
-Compadre, compadre, quiero hablarte.
Él le dijo:
-¿No ves que soy turco (musulmán)? Yo no tengo compadrazgos.
Llorando, la mujer le relató los hechos, diciendo:
-Ven a perdonarlo para que también su manita se descomponga. Yo tengo la culpa por habérselo dicho.
El hombre se conmovió y le dijo:
—Ve al diácono en la Iglesia y dile que te dé el epitrajil (estola de confesión), el omoforio y el Efjologion (libro de oraciones y bendiciones). Ponlos en un saco y mañana por la tarde espérame en el cementerio. Vamos a ir de excursión con los jodzsas y pasaremos por allí. Encontraré la manera de leer (la oración) sobre el niño.
En efecto, al día siguiente por la tarde, pasando los jodszas por el camino del cementerio, les dijo:
-Vosotros seguid adelante. Yo iré por una necesidad y luego os alcanzaré.
Entró en el cementerio, donde lo esperaba escondida la madre del niño, cuyo cadáver estaba fuera de la tumba. ¡Espectáculo terrible!
Entonces el obispo renegado, tras decir las oraciones correspondientes, se puso el epitrajili y el omoforio y leyó la oración episcopal de absolución del Efjologion.
Apenas terminó, inmediatamente la manita del niño se descompuso y quedaron solo los huesos.
Como si le hubiera caído un rayo, dijo:
-¡Cristo mío! Yo te negué, ¿y Tú no retiraste Tu gracia de mí?
Desde ese momento se perdieron sus huellas. Nadie supo a dónde fue.
Ciertamente vivió una vida de arrepentimiento y su alma se salvó».
El terrible pecado de la blasfemia
3ª narración didáctica de san Jacobo
«No os conozco»
«El santo Jacobo nos relató un hecho tan triste como instructivo.
En un pueblo de la región, un joven era terriblemente blasfemo. Conoció a una joven y se celebró su boda en el pueblo con el banquete tradicional.
Al día siguiente, los recién casados partieron en su coche para el viaje de bodas.
En el camino, por alguna razón, el coche cayó por un terrible precipicio. ¡La muerte del joven novio fue instantánea!
¡La alegría de la boda fue seguida por el lamento!
Cuarenta días después de los trágicos hechos, el padre del joven fue al monasterio de san David, y al ver al Yérontas le dijo:
—Padre, vi un sueño terrible. Vi a mi hijo muerto, vivo, fuera de una puerta cerrada de un jardín muy hermoso. Mi hijo golpeaba la puerta para que le abrieran y poder entrar. Pero oí una voz desde dentro que decía: “No os conozco”. Recuerdo muy bien las palabras, pero no sé lo que significan; no sé leer.
El Yérontas lo consoló. No le explicó el significado de las palabras, pero le aconsejó qué debía hacer por el alma de su hijo.
Misericordia y discernimiento del Santo, pero también enseñanza para todos los que escucharon la narración, acerca de la terrible pasión de la blasfemia, la falta de arrepentimiento y sus consecuencias.
Tengamos la bendición del Santo».
En verdad, «no hay nada peor», dice el sagrado Crisóstomo, «que la blasfemia. Ningún pecado se compara con ella. Nada irrita tanto a Dios como que su nombre sea blasfemado. Por eso nadie debe ni descuidarse y dejarse arrastrar él mismo, ni tampoco permanecer indiferente si oye a su amigo o a su enemigo blasfemar.
Este pecado aumenta todos los males, perturba y confunde toda nuestra vida y, al final, nos prepara un infierno interminable y un castigo insoportable.
El hombre que impía y blasfema contra Dios, que se opone a Sus leyes y no quiere abandonar jamás esta locura de disputa paranoica, se parece al borracho y al loco. Se comporta peor que aquellos que están en estado de embriaguez y han perdido la razón, aunque él mismo no lo perciba.
La blasfemia y la obscenidad, aunque nacen en el alma, no permanecen dentro de ella, sino que contaminan también la lengua que las pronuncia y el oído que las tolera. Como venenos, envenenan tanto el alma como el cuerpo.
Hay algunos que, en cuanto cometen un error o alguien los insulta, o enferman o sienten dolor, inmediatamente blasfeman. Pero de este modo no corrigen su falta, ni se vengan de quien los injurió, ni alivian el dolor de su enfermedad; al contrario, además pierden el provecho espiritual de la paciencia.
Dime, hombre, ¿por qué razón blasfemas y pronuncias palabras malas? ¿Acaso tu dolor se hará más ligero? Pero aun suponiendo que se aligerara, ¿te atreverías a sacrificar la salvación de tu alma para conseguir el consuelo de tu cuerpo?
¿Qué haces, hombre? ¿Blasfemas contra tu Salvador, benefactor, protector y guardián? ¿No sientes que corres hacia el precipicio y empujas a ti mismo al abismo de la peor destrucción?
El diablo maquina todo para arrojarte a ese abismo. Y si ve que blasfemas a causa del dolor, inmediatamente aumentará tu dolor y lo hará mayor, para llevarte a la desesperación. Pero si ve que lo soportas con valentía y, más aún, que agradeces a Dios cuanto más aumenta el dolor, entonces se aparta inmediatamente, porque en vano te asedia y te combate.
Y sucede como con el perro que está junto a la mesa: si ve que el que come le tira algo de lo que hay sobre la mesa, permanece allí continuamente; pero si se queda una y dos veces sin recibir nada, se aleja, pues es inútil esperar.
Así también el diablo tiene siempre la boca abierta hacia nosotros. Si le arrojas, como al perro, una palabra blasfema, después de tomarla volverá a atacarte. Pero si insistes en dar gracias a Dios, lo haces desaparecer y morir de hambre y lo obligas a retirarse inmediatamente».
En lugar, pues, de blasfemar en los momentos difíciles, da gracias. En lugar de caer en la desesperación, glorifica. Abre tu corazón al Señor, clama en voz alta orando, clama en voz alta glorificando a Dios.
Así también tu desgracia se alivia, porque el diablo se aleja con la acción de gracias, y la ayuda de Dios se acerca a ti y te protege.
Si blasfemas, perderás también la alianza de Dios, harás al diablo más feroz contra ti y, además, te dañarás a ti mismo aún más.
Ningún bien es igual a la acción de gracias, así como nada es peor que la blasfemia. La acción de gracias es un gran tesoro, gran riqueza, bien invencible, arma poderosa. Por el contrario, la blasfemia hace el mal peor y, además de lo que hemos perdido, nos hace perder aún más.
¿Has perdido dinero? Si das gracias a Dios, has beneficiado tu alma y has adquirido mayor riqueza, porque has ganado el favor de Dios. Pero si blasfemas, además de las cosas que has perdido, pierdes también tu salvación. Así, ni aquello recuperas ni tu psique-alma salvas, sino que la destruyes.
“Pero mira”, me dirás para justificarte, “en las circunstancias difíciles me dejo llevar y pierdo el control”.
No, no tienen la culpa las circunstancias, sino tu propia negligencia y descuido.
¿Acaso tiene la culpa la pobreza?
Tampoco la pobreza es la causa de las blasfemias. Porque entonces todos los pobres tendrían que blasfemar. Sin embargo, vemos a muchos que viven en penuria y extremas privaciones dar continuamente gracias, mientras que otros, aunque disfrutan de riqueza y lujo, no dejan de insultar y blasfemar.
No digamos, pues, que la pobreza, la enfermedad o las circunstancias difíciles nos obligan a blasfemar. No es la pobreza, sino la insensatez; no es la enfermedad, sino el desprecio; no son las continuas desgracias, sino la falta de piedad, lo que conduce a la blasfemia y a todo mal a quienes no están atentos».
Existe también un testimonio muy conmovedor de un santo Yérontas contemporáneo, el padre Anastasio, que durmió (murió) hace pocos años en Creta. El p. Anastasio Kudumianós era, según común reconocimiento, de muy alta estatura espiritual, como san Porfirio y san Paísio. Con muchísimas experiencias espirituales y visiones de la luz increada. Era también un gran teólogo.
Fue considerado digno de ver, entre muchas otras visiones reveladoras, a la Virgen, quien le dijo:
—Los griegos duermen como animales sobre su estiércol. ¡Estaba muy apenada!
Entonces el santo Yérontas le preguntó:
—Madre de Dios, ¿qué es lo que más te entristece?
Y la Virgen le dijo:
—Todos los pecados que comete el pueblo me entristecen, pero sobre todo tres. Tres pecados me entristecen más en los griegos contemporáneos: la blasfemia, los abortos y las relaciones contra naturaleza, incluso dentro del matrimonio. Estos tres me entristecen muchísimo.
En verdad, no nos ocultemos… El “matrimonio” hoy en gran medida se ha convertido en una “sodomía” legalizada. Muchas veces incluso esto sucede con la indiferencia, tolerancia o incluso “bendición” de algunos “padres espirituales”. Estos dicen:
-“Nosotros no nos ocupamos de eso… haced lo que queráis”. Pero ¿cómo es posible? ¡Si hasta el apóstol Pablo sí se ocupa de ello!».
Vemos que, de estos tres gravísimos pecados, el más serio es la blasfemia. La misma Virgen lo menciona como el primero y más grave.
Luchemos, con la χάρις (jaris: gracia energía increada) de Dios, por la eliminación de la blasfemia y de todos los demás pecados mediante nuestra verdadera μετάνοια metania y arrepentimiento. Así evitaremos la ruina como nación y el infierno eterno como personas.
Dijeron sobre san Jacobo
Recuerdos de Pericles Siuras, querido hijo espiritual de san Jacobo
En 1985 visité por primera vez el monasterio de san David con mi familia y conocí a san Jacobo. Era la hora de vísperas. El venerable Yérontas, durante toda la duración del oficio, estaba arrodillado delante del icono de Cristo sobre una alfombrilla tejida. Veía sus lágrimas correr sin cesar de sus ojos. Llegaban hasta el suelo.
Después de las vísperas le pedimos al Santo que nos confesara. Entonces nos dijo:
-Vosotros parecéis buenas personas, a todos los veía así.
¿Por qué habéis venido a mí, el ignorante y analfabeto, y no vais a los padres espirituales en el mundo, que son mejores que yo?
Desde entonces, cada vez que iba al monasterio tenía dentro de mí tanta alegría que no quería marcharme de su lado. A todos nos recibía con filoxenía (hospitalidad) abrahámica. Mostraba amor y comprensión hacia nuestros problemas. Nos decía que hiciéramos tantas metanías (postraciones) como pudiéramos. Que celebráramos Divinas Liturgias, hiciéramos limosnas, perdonáramos, que rezáramos con oraciones breves y simples.
Nos decía que leyéramos “de corrido” los Saludos (Akáthisto) de la Virgen y la Paráklisis. Nos decía que, por muy cansados que estuviéramos, nunca nos acostáramos sin decir antes el «Padre nuestro».
El Yérontas, cuando leyó la bendición del agua en mi coche, hizo cuidadosamente la señal de la cruz en sus cuatro ruedas. Nos aconsejaba no ir a personas diversas para quitar el mal de ojo. Que tomáramos una botella de agua, dijéramos tres veces el «Padre nuestro» y el «Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos», y luego lleváramos el agua a un sacerdote, quien leería las oraciones contra la envidia (mal de ojo), mencionando todos los nombres de nuestra familia y no solo el de la persona afectada, para que el mal no saliera de uno y pasara a otros. Después de las oraciones, beber del agua “leída” y rociarnos también a nosotros mismos.
Como tenía enfermedades graves, me decía que tuviera paciencia. Que tuviera “fe de Dios”.
-No metas la tristeza dentro de ti. Échala atrás y sigue adelante. Que Cristo te sane.
Me regaló un icono de la Virgen Sanadora para que me curara. Incluso me dijo que nuestra Madre de Dios le había hablado de mí para ayudarme. Decía el venerable Yérontas:
-Nosotros, querido hijo mío, siempre hacemos oraciones por ti y por tu familia, y debes saber que ellas te sostienen.
Nos dio a mí y a mi esposa un komposkini (rosario de nudos) a cada uno para rezar la «oración de Jesús». Me decía que dijéramos la oración completa: «Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia o compasión de mí(eleisónme), pecador», «Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, Υἱέ τοῦ Θεοῦ, ἐλέησόν με τόν ἁμαρτωλό». En las cuentas intermedias del komposkini me dijo que dijera: «Señor, sálvame a mí, el pródigo». Esto, me dijo, lo decían los antiguos ascetas.
A la mañana siguiente nos enseñó la oración de forma práctica. Había ido temprano al templo. Apenas el sacristán había abierto la puerta. Cuando llegó el venerable, después de venerar los santos iconos, se sentó en su trono abacial —en su sitial— y con el komposkini decía en voz alta, lentamente, con reverencia, elegancia y nobleza, la Oración:
«Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia o compasión de mí (eleisónme), pecador» «Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, Υἱέ τοῦ Θεοῦ, ἐλέησόν με τόν ἁμαρτωλό»..
Cuando iba a someterme a una operación muy seria, fui al monasterio y le pedí al venerable que me bendijera y rezara por mí.
Me tomó de la mano y fuimos a la Iglesia, delante del icono de san David. Me ungió con aceite de la lámpara del Santo y dijo:
-San David mío, te ruego por nuestro hijo, P., que va a operarse, que vayas al quirófano a ayudarlo.
Hablaba al Santo con tal confianza y valentía como de igual a igual. Terminó su oración diciéndole al Santo:
—¿Has oído lo que te dije?
En ese momento el icono de san David crujió. Era la respuesta del Santo de que había escuchado la súplica de su siervo, san Jacobo.
¡En verdad! Todo salió bien y recuperé mi salud. Para mí era el Santo homónimo del amor y del consuelo.
El santo Yérontas, queriendo fortalecer mi fe y mi paciencia, una mañana, mientras estábamos los dos sentados en el refectorio junto a la chimenea, me dijo:
-Esta noche se abrió la puerta de mi celda y veo entrar a una mujer hermosa y alta con vestido azul. Era nuestra Madre de Dios, acompañada por un venerable Yérontas, san Juan el Teólogo y Apóstol y san Serafín de Sarov.
Entonces la Panaghía me dijo:
—Hemos venido a aliviarte de los dolores de tus pies.
Se volvió hacia los dos santos diciéndoles que ungieran con aceite los pies del padre Jacobo, porque es un verdadero amigo de Cristo y de ellos, cosa que los santos hicieron inmediatamente.
En ese mismo instante desaparecieron las molestias y me curé. Inmediatamente, la Madre de Dios con los santos se marcharon, dejando en mi celda un aroma inefable.
Otra vez más nos decía que san Serafín de Sarov se le había aparecido y lo llevó consigo para mostrarle el Paraíso.
-Mientras caminábamos por una llanura había muchas flores que pisábamos. Yo no quería estropear las hermosas flores. San Serafín me dijo: “¡Mira atrás!”. Y vi con asombro que las flores que pisábamos se levantaban por sí solas de nuevo erguidas.
El santo Yérontas, en la confesión, era muy consolador. Sufría contigo en tus problemas. Sus consejos eran distintos para cada persona según su situación. Con la confesión recibías ánimo, fuerza y valor.
Cuando tenía preocupaciones, incluso en asuntos de trabajo, me decía:
-No te aflijas, porque “unos en carros y otros en caballos”, mientras que nosotros avanzamos con la oración y vencemos.
¡En verdad! Todos los problemas encontraban milagrosamente su solución.
Nos decía el Santo que su santa madre Teodora le decía:
-Todo lo que quieras, pídelo con oración y Dios te lo dará.
-Yo, decía el Yérontas,al principio tenía dificultades en el canto litúrgico y los padres me decían que cantaba como los amanés (cantos populares occidentales). Entonces me retiré solo durante unos días a la montaña con ayuno y oración para que Dios me iluminara y me enseñara a cantar correctamente, como iluminó a los santos Apóstoles. Cuando regresé al monasterio y canté en las vísperas, los padres se quedaron sin palabras y se asombraban; los que antes me juzgaban y acusaban.
Otra vez el Yérontas me decía:
-Ten fe de Dios. “A todo el que te pida, dale”. Perdona a los que hablan mal de ti y a los que te entristecen.
Cualquier persona que se acercaba a él encontraba alguna buena palabra que decirle. Lo elogiaba por algo bueno que tenía. Algunos, al oír al santo elogiarlos, se alegraban y no lo profundizaban. Otros decían:
-Todo lo bueno que tenemos nos lo ha dado el Espíritu Santo. Pero también tenemos nuestros pecados.
El elogio del santo despertaba la conciencia. Los conducía a la metania y arrepentimiento, considerando que esa era la causa del elogio. Ese era el propósito del Santo, porque no merecemos los elogios, sino que debemos luchar contra nuestras pasiones (pazos).
Una vez estábamos en el refectorio con el venerable Yérontas, quien nos hablaba de los difuntos. Entonces expresó su deseo de que, cuando muriera, no se hiciera la exhumación de sus reliquias, sino que permaneciera en la tumba hasta que resuciten todos los cuerpos muertos en la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida).
Que tengamos su bendición».
Concluyendo…
El santo Jacobo utilizaba con frecuencia la expresión: «Vive el Señor Dios», lo cual significa que Dios está, ahora y siempre, vivo y operante.
Se requiere la observancia exacta de Su ley por aquellos que quieren salvarse. El Santo vivía en lo profundo de su ser esta verdad, por eso siempre luchaba por no desviarse ni en lo más mínimo del «camino recto del Señor».
El Santo no era solo oyente y estudioso de la ley de Dios, sino también hacedor. Se manifestó grande porque, según el logos del Señor, «hizo y enseñó».
Toda la vida del Yérontas fue una continua misión. El Yérontas no hacía peregrinaciones, no fue al Monte Athos ni a los Santos Lugares. Había limitado su vida dentro de su monasterio, y Dios le concedió la amplitud espiritual.
Creemos que el modo de misión del Yérontas Jacobo fue un fenómeno para nuestra época, incomprensible para nuestro racionalismo. Comprensible, sin embargo, para aquellos que fueron dignos de ser iluminados, aunque sea tenuemente, por la luz de su alma».
Antepílogo
«La riqueza espiritual que adquirió el santo Jacobo con su vida santa, martirial y confesora, la transmitió generosamente con sabiduría, discernimiento y amor:
A su amado hijo espiritual, el metropolitano de Morfu (Chipre) Neófito, le deseó adquirir las virtudes apostólicas «para perseverar en la oración y en el ministerio del logos». Grande es la jaris gracia y la bendición del santo. Hoy «por toda la tierra salió su voz y hasta los confines del mundo» se escucha la palabra apostólica del santo Obispo de Morfou.
A sus queridos padres del Santo Monasterio les deseó adquirir la virtud monástica por excelencia: la paciencia y el trabajo espiritual en lo oculto. A uno de los padres le dijo:
-Permanece en tu celda y no hagas nada (obras corporales). Solo sostén las paredes de tu celda. Según el dicho de los Padres: permanece en tu celda y ella te enseñará todo.
Con laΧάρις (Jaris: gracia, energía increada) de Dios, al concluir mis referencias al venerable, quiero expresar mi gran agradecimiento y gratitud hacia Él. Agradezco y doy gracias al santo Jacobo, que por la intercesión de san David, el Yérontas Jacobo me hizo digno de servirle médicamente a él y a los padres de su monasterio.
Le agradezco porque me concedió la bendición y la memoria para que se registraran y se conservaran su vida y su enseñanza.
Debo gratitud y agradecimiento a mi querido y respetado padre Sabas el Athonita, padre espiritual del santo monasterio de la Santa Trinidad de Edesa, porque con amor y humildad, teniendo como recursos espirituales el testimonio y la bendición del Santo que conoció, cuidó y anotó la vida y sobre todo los logos, la enseñanza y las obras del Santo, interpretando con sabiduría teológica y patrística esta dimensión hasta ahora desconocida de este gran Santo asceta y taumaturgo, pero también confesor Santo.
Finalmente, y sobre todo, doxa-gloria, honor y adoración a nuestro Dios Trinitario, que en cada época manifiesta grandes santos para que seamos iluminados y lleguemos al conocimiento espiritual».
¡FIN Y DOXA-GLORIA A DIOS!
Nicolás Baldimtsís – Médico
Archimandrita Sabas el Hagiorita (Karambateas) https://hristospanagia3.blogspot.com/
Edición del Santo Monasterio de la Santa Trinidad de Edesa, 2022
Traducción Χρήστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas, Domingo de las Miroforas, 26/04/2026, https://www.logosortodoxo.com/
Extraido del Gran Léxico Alfaωmega de:
https://www.logosortodoxo.com/alfa%CF%89mega-gran-lexico-ortodoxo/
Ver también https://www.logosortodoxo.com/12-lexis-apocalipticas/
Logos Λόγος:
«Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος…» (en arjí in o logos) «Junto con el principio era y siempre es el Logos eternamente e infinitamente…» (Jn 1,1); «Está vestido con un manto teñido de sangre, de su propia sangre que derramó en la cruz; y su nombre, que ha sido dado, y llamado desde la perpetuidad, la pre-eternidad, y es: el Logos de Dios» (Ap 19:13).
Cuando este término está escrito con la “L” mayúscula alude a Jesús Cristo. Logos significa el desarrollo del pensamiento expresado con la voz propia del lenguaje. Logos también significa causa, razón, motivo, relato, opinión, dicho, discurso, expresión, intelección y tratado. De logos provienen los términos: λογική (lógica) y λογισμοί (los loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía).
En la Iglesia Ortodoxa, Apostólica y Católica, el Logos es la Segunda Persona e Hipóstasis de la Santísima Trinidad. El Logos como principio cósmico unificador, contiene todos los logos, que son los principios, las esencias interiores y los pensamientos de Dios con los cuales todas las cosas se crean y desarrollan en el tiempo y el espacio.
San Juan escoge el término Logos para combinar conceptos, nociones e imágenes que se habían formado en el pensamiento judaico con términos filosóficos de su época provenientes de la filosofía Helénica. Es sabido que en la antigua filosofía helénica, y también en la presocrática, el logos no es la lógica, la razón, sino aquella fuerza que, en el universo, dirige y coloca en armonía la multiplicidad de las cosas creadas en toda la naturaleza. Sobre este concepto se denominó Logos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, como Aquél que expresa la voluntad de Dios, como Aquél que ha creado el mundo.
En los escritos patrísticos, los λογισμós/οί loyismós/i, son los pensamientos simples o compuestos, buenos o malos, unidos a la fantasía, a razonamientos, meditaciones…, a las tendencias conscientes e inconscientes de la psique o a las vivencias en las que actúan todas las fuerzas de la psique. En este último caso tenemos la forma total de los loyismí. Los loyismí entran en la psique y activan los pazos por el siguiente proceso: choque del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída en el pecado, pazos.
Psique, Ψυχή psijí alma, ánima:
En el Nuevo Testamento y en los santos Padres, se usa a menudo en lugar de la palabra anzropos, hombre, ser humano (Rm 13, 1). A veces en la Sagrada Escritura significa simplemente la vida (Mt 2, 20; Jn 10, 11; Rm 16, 4). Pero psijí se dice sobre todo del elemento espiritual, no material de nuestra existencia (Mt 10, 28); es uno de los dos componentes de nuestra naturaleza física; el otro es el cuerpo. Es la parte que anima el cuerpo y le da vida; es nuestra naturaleza inmaterial, creada pero eterna, que comprende nuestros aspectos cognitivo, volitivo y afectivo, incluidos tanto el consciente como el inconsciente.
El propósito de la Iglesia es sanar, sanar y salvar (psicoterapiar) la psique-alma; y, así, de enferma hacerla saludable. Σωτηρία (sotiría –sanación, redención y salvación–) proviene de σώος (soos sano, entero, salvado), y significa que el hombre permanece sano, es decir, entero y en plenitud, no separado ni dividido.
La energía de la psique se llama νοερὰ ἐνέργεια (energía noerá). Cuando se encuentra dentro del corazón de la psique del hombre, los santos Padres la denominan νούς (nus) o espíritu humano; pero cuando está y funciona en el cerebro la llaman lógica o διάνοια (diania), inteligencia, intelecto, mente o energía lógica.
Nus Νοῦς o νοερά ενέργεια, noerá ο energía espiritual:
Los Padres la usan con varios significados. El verbo de donde proviene es: νοῶ (noó) que quiere decir entender, significar, percibir y concebir. Nοερá ενέργεια (noerá energía) significa la energía humana espiritual, perceptiva y conductiva del corazón espiritual o psicosomático.
El nus constituye la fuerza más alta del hombre, es el principal ojo de la psijí (psique-alma), que cuando está sano ve la Luz divina. El estado natural del nus en el hombre, tal como fue creado por Dios, es la permanencia por medio de la oración y de la alabanza en la memoria de Dios, con la expulsión de los loyismí del corazón. Y esta es exactamente la práctica ascética ortodoxa (la áskisis ‘`ασκησις): el regreso y permanencia en el corazón del nus, el cual, por causa de la caída del hombre, se pierde y se esclaviza, se convierte en idólatra o se autodeifica y alaba sus propias creaciones en vez de agradecer y alabar a Dios. El punto culminante de la askisis es la ησυχία isijía (serenidad mental y paz cordial), a través de la cual se van alcanzando los grados de la zéosis.
Νo debe confundirse el nus con la διάνοια diania, la facultad de formalizar conceptos abstractos para llegar a conclusiones mediante argumentaciones y silogismos.
La diania coopera con la fantasía en la creación de los loyismí compuestos, es como una fantasía del logos, puesto que da forma a las meditaciones sin hipóstasis (base substancial) que se extienden en las opiniones incorrectas y el mal uso de las cosas.
Pazos πάθος:
Pasión, padecimiento, o también emoción, hábito, adicción, mala costumbre, vicio, patología, o también fervor, manía u obsesión según el contexto.
En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas y energías de la psique. Los pazos son fuerzas que con su energía o voluntad han tomado el camino equivocado. Nos referiremos a ellos como pazos negativos.
Muchos Padres Helenos consideran los pazos como males negativos por naturaleza, una enfermedad y defecto de la psique. Otros Padres, sin embargo, los consideran como instintos que Dios sembró en el hombre y que por naturaleza son bienes positivos, aunque pueden deformarse por los pecados. Distinguen así entre los pazos nobles u honestos e indignos o deshonestos. Pazos nobles son el hambre, la sed…; indignos, los ocho pazos capitales: gula, lujuria, avaricia, ira, acedia, pena o aflicción o depresión, soberbia u orgullo y vanagloria. De acuerdo con esta segunda consideración, los pazos deberán reeducarse y no desarraigarse. Es preferible volver a educarlos y transformarlos que oprimirlos, para finalmente usarlos de forma fructífera y no negativa.
El tema de los pazos negativos de la psique es ignorado por muchos, al considerarlos naturales, es decir, elementos congénitos de la φύσις fisis (naturaleza); sin embargo, se trata de situaciones parafísicas (contra naturales, anormales) cuyo punto de partida son los loyismí. Es ciertamente un fenómeno sorprendente que la psique-alma, que es una sustancia noerá (espiritual) bondadosa y creada por Dios «a su imagen y semejanza», adquiera estos pazos tiránicos a causa del mal uso de su libertad.
Todos los pazos negativos nacen de algún pecado que se repite, de manera que una tendencia pecadora compulsiva y adictiva llega a consolidarse en la psique y, que con el tiempo, llega a ser una segunda naturaleza, influyendo así en los pensamientos y las decisiones, dominando la voluntad y sellando todo el estado psíquico.
La palabra pecado es la traducción de la griega αμαρτία (amartía), del antiguo verbo ἀμαρτάνω (amartano) pecar, que es fracasar, errar, fallar el blanco.
Cuando decimos absolución de los pecados principalmente lo debemos de comprender como terapia de los pazos, las patologías, producidos a causa del pecado repetido.
Metania, Μετάνοια:
Del verbo μετά-νοώ, metá (después de) y noó (comprender, concebir o percibir con el nus (energía o espíritu del corazón). El Nuevo Testamento empieza y acaba con la metania, «…μετανοεῖτε (metanoíte)» que define un tiempo continuo, sin interrupción. «Cambiad de actitudes, conductas y modo de vivir porque la Realeza increada de los Cielos se ha acercado» (Mt 3, 2); y termina con: «y se proclamará en su nombre la mετάνοια (metania), la absolución y perdón de los pecados, faltas y errores en todos los pueblos…» (Lc 24, 47).
Μetania significa arrepentimiento, penitencia, introspección, renovación, cambio, conversión, metamorfosis, renacimiento, despertar espiritual e injerto del Espíritu Santo en el nus; giro del nus, conversión de la conducta del hombre y sobre todo giro, cambio de actitud de la vida en el pecado y en el mal por la vida en Cristo. La metania en la Tradición Ortodoxa no proviene de una percepción psicológica de culpabilidad, sino de la apocálipsis-revelación de la deformación de la psique, apocálipsis-revelación que se manifiesta por la energía increada de la divina Luz en el corazón psicosomático del hombre.
Metania se llama también a uno de los Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa con el cual se facilita la absolución y perdón de los pecados. La metania es confesión, aceptación, arrepentimiento, rectificación, psicoterapia y sanación.
Sólo con la metania un gran ladrón “robó” hasta el paraíso.
También se llama metanía a un gesto reverente que se acostumbra hacer en la veneración Ortodoxa. Hay dos metanías distintas: una es un simple movimiento de la cabeza hacia abajo y la otra implica una postración reverencial arrodillándose.







