
Repasada traducción 10/01/2025
Ortodoxia y Romanocatolicismo (el papismo) principales diferencias.
+Archimandrita Gheorgios Kapsanis del monasterio San Gregorio de Athos
a) El Estado del Vaticano
b) El Filioque
c) La Creada Gracia
d) Primacía de autoridad e infalibilidad
Después de la entronización del nuevo Papa, Benedicto XVI, en la sede de Roma, se anunció la reanudación del diálogo teológico entre ortodoxos y romano-católicos, que había sido interrumpido en julio de 2000 debido al problema de la Unía. Se han realizado diversas estimaciones sobre la postura que adoptará el nuevo Pontífice respecto a los serios problemas teológicos que existen y dificultan la apocatástasis (restauración) de la unidad eclesiástica.
Independientemente de estas estimaciones, los ortodoxos entendemos la restauración de la unidad eclesiástica como el regreso de los romanocatólicos a la «fe ortodoxa entregada una vez para siempre a los santos», de la cual se desviaron con los dogmas heréticos como el primado de autoridad papal, su infalibilidad, el Filioque, la gracia creada y otros.
Para que se conciencie y se comprenda qué esperamos del diálogo, que parece que se reanudará, publicamos con algunas modificaciones una homilía que pronunciamos en 1998, sobre las diferencias fundamentales entre la Iglesia Ortodoxa y el Romanocatolicismo o Papismo. Esta homilía fue presentada en una ciudad provincial por invitación del obispo local, debido a que se habían producido casos de proselitismo contra los ortodoxos por parte de los papistas romanos*.
(*) Véase la revista MARTYRIA, de la Santa Metrópolis de Kidonias y Apokoronou, número 192, enero-febrero de 1998, Janiá, Creta.
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Una de las características de nuestra época pluralista es el esfuerzo por acercar a los diferentes pueblos y culturas. En esta dirección, representantes de diversas confesiones cristianas o religiones se reúnen periódicamente para llevar a cabo diálogos oficiales o no oficiales. Para que estos diálogos sean posibles, inicialmente se busca encontrar algunos puntos comunes entre las partes dialogantes. Por ello, en esta coyuntura histórica, quizás parezca paradójico enumerar las diferencias entre nuestra santa fe Ortodoxa y el romanocatolicismo o papismo.
Sin embargo, un ecumenismo superficial y frívolo, que ignora las diferencias, aleja en lugar de acercar la unidad. Sobre este ecumenismo superficial y frívolo, escribe el padre Dimitrios Staniloae:
«Surge constantemente, del gran deseo de unidad, un entusiasmo fácil y simplón que cree que puede, con su calor emocional, disolver la realidad y rehacerla sin dificultad. También se genera una mentalidad conciliadora y diplomática de compromiso, que piensa que puede reconciliar posiciones dogmáticas, doctrinales o situaciones generales que mantienen las iglesias separadas, mediante concesiones mutuas. Estos dos enfoques, que abordan —o ignoran— la realidad, revelan cierta elasticidad o relativización del valor otorgado a ciertos artículos de fe de las iglesias. Esta relativización refleja quizás la baja importancia que ciertos grupos cristianos —en su conjunto o en ciertos círculos— asignan a estos artículos de fe. Por eso, proponen sobre ellos, por entusiasmo o por mentalidad diplomática, transacciones y compromisos, precisamente porque no tienen nada que perder con lo que proponen. Sin embargo, tales compromisos o conciliaciones presentan un gran peligro para las Iglesias donde estos artículos correspondientes tienen una importancia primordial. Para estas Iglesias, tales propuestas de transacción y compromiso equivalen a ataques descarados» [1]. (1. Dimitru Staniloae, Para un Ecumenismo Ortodoxo, ediciones Athos, Pireo 1976).
Existe otra razón por la que debemos conocer las diferencias. Es necesario mantener en estado de alerta la conciencia dogmática de los Ortodoxos.
Vivimos en una época de confusión, sincretismo intercristiano e interreligioso, y promoción de la llamada «Nueva Era». La tripulación o pueblo fiel de nuestra Iglesia Ortodoxa se ve afectado. Recientemente, un profesor de la Universidad de Atenas escribió que podría encender una vela frente al icono de la Παναγία Panaghía Santísima, así como frente a la estatua de una de las diosas del hinduismo.
Es un deber pastoral imperativo de los pastores de nuestra Iglesia confesar la Fe Ortodoxa sin compromisos, sin conciliación alguna cuando dialogan con los heterodoxos, pero también enseñarla al pueblo ortodoxo, especialmente donde esta se confunde debido a la ignorancia de las diferencias con otros dogmas y religiones. Aún más, es necesario enseñarla y mostrar las diferencias en áreas donde se ejerce proselitismo directa o indirectamente. El consejo del gran Apóstol Pablo a los obispos y presbíteros de la Iglesia sigue resonando también hoy: “Cuidad de vosotros, cómo vivís y cómo enseñáis. Cuidad de todo el rebaño espiritual, del que el Espíritu Santo os ha constituido como guardianes para apacentar la Iglesia del Señor y Dios, que el mismo Señor ha adquirido con su propia sangre” (Hechos 20,28). Examinemos las diferencias más importantes
a) El Estado del Vaticano
El Vaticano es un centro, un palacio con un mecanismo administrativo- sistema de la Iglesia Romanocatólica-Papista y del estado Papal. El Papa es tanto el líder de la iglesia Romanocatólica como el jefe de Estado del Vaticano, que cuenta de ministros, economía, y aunque en el pasado tuvo ejército, hoy tiene policía, diplomacia y otros elementos propios de un Estado.
Sabemos que en el pasado los Papas llevaron a cabo muchas guerras sangrientas y prolongadas, especialmente durante la «lucha por las investiduras», que comenzó con el Papa Gregorio VII en 1075 y duró 200 años. El objetivo de estas guerras era garantizar y expandir el territorio del Estado del Vaticano. Incluso hoy, a pesar de su reducido tamaño territorial, el Vaticano interviene activamente y promueve soluciones que benefician sus intereses, perjudicando a otros pueblos, especialmente a los Ortodoxos, como ocurrió recientemente en la guerra entre croatas y musulmanes contra los Serbios Ortodoxos.
En los distintos países, el Papa está representado por el nuncio, quien actúa como sus ojos y oídos. En Atenas, además, están presentes el arzobispo latino, el obispo uniata y el nuncio, tres representantes del Papa. Estas pretensiones papales y cesaristas (papocesáricas) quedan ejemplificadas en las palabras del Papa Inocencio III (1198-1216), el más destacado de los Papas medievales, quien en su discurso de entronización declaró:
«El que tiene la novia es el novio. Pero esta novia (la Iglesia) no llegó ni se casó con las manos vacías, sino que me ofreció como dote incomparablemente preciosa la plenitud de los bienes espirituales y la amplitud de los bienes mundanos, la grandeza y la abundancia de ambos… Como símbolo de los bienes terrenales, me otorgó la tiara; la mitra, para el sacerdocio; y la corona, para la realeza, haciéndome representante de Aquel cuya vestidura y muslo llevan escrito: Rey de reyes y Señor de señores». (Migne, PL217, 665 AB. Y Archimandrita Bilalis, Ortodoxia y Papismo, pág. 155, Atenas).
Según la tradición occidental, el emperador debía sostener las riendas y el estribo del caballo papal durante los encuentros oficiales, demostrando así su sumisión al Papa.
La coexistencia de poder eclesiástico y político en la misma persona es inaceptable según las enseñanzas de nuestro Señor y los santos Apóstoles. Es bien conocida la frase de Señor: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Marc 12,17). El santo Nicodemo el Atonita califica esta fusión como «una mezcla inadecuada y un monstruo aberrante» (Pidalion, pág.109). Esta confusión entre los dos poderes, el espiritual y el secular o mundano, entre los dos reinos, el celestial y el terrenal, es un signo alarmante de la secularización o mundanización de la Iglesia. En tales condiciones, la Iglesia sucumbe a la segunda tentación del diablo hacia Cristo, cuando le pidió que lo adorara a cambio del dominio sobre todos los reinos del mundo. A esto, el Señor respondió: «Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás» (Mat 4´10). Recordemos al Gran Inquisidor de Dostoievski.
Esta mezcla aberrante afecta negativamente y seculariza toda la institución de la Iglesia.
Esta diferencia nuestra con el Vaticano es significativa y se tiene que discutir en el diálogo en curso y en cualquier diálogo. ¿Cómo puede la Santa Iglesia Ortodoxa unirse con una iglesia que también es un Estado?
Cabe señalar aquí que una cosa es el poder del estado y la otra, por economía, la toma provisional de una misión de etnarca por parte de la Iglesia, que se ha hecho en ciertos momentos históricos difíciles para consolar y sostener a sus miembros bajo opresión. En épocas de esclavitud y opresión, la Iglesia a menudo asignaba al Patriarca y a los obispos funciones de Etnarca. Sin embargo, el rol o misión del etnarca es completamente diferente al de un primer ministro o presidente, quienes ejercen el poder estatal. El etnarca es un protector del pueblo Ortodoxo perseguido y torturado. Es ampliamente conocido el papel significativo que desempeñaron los Patriarcas Ecuménicos como etnarcas, no solo de los ortodoxos helenos-griegos, sino de todos los pueblos ortodoxos durante la época de la dominación turca. Muchos de ellos pagaron con su sangre este rol, como el santo Gregorio V, que fue torturado y ejecutado por los turcos.
Ahora pasemos a las otras diferencias teológicas.
b) El Filioque
Se trata de la conocida adición «y del Hijo» al artículo del Símbolo de la Fe o Credo sobre el Espíritu Santo. Según esta enseñanza, el Espíritu Santo procede no solo del Padre, como dijo el Señor en el Santo Evangelio, sino también del Hijo. Esta herejía fue condenada por primera vez por el gran Focio y posteriormente por numerosos santos Padres, como San Gregorio Palamás, San Marcos de Éfeso y otros, estigmatizaron con invencibles e irrefutables argumentos esta adición herética del papismo.
Escribe el gran santo Focio: «El Señor y nuestro Dios dice: ‘El Espíritu, que procede del Padre’; pero los padres de esta nueva impiedad y estafa dicen: ‘El Espíritu, que procede del Hijo’. ¿Quién no cerrará los oídos ante semejante exceso de blasfemia? Esto se opone a los Evangelios, contradice a los santos Sínodos Ecuménicos, borra a los bienaventurados y santos Padres: el gran Atanasio, el renombrado Gregorio el Teólogo, la prenda real de la Iglesia san Basilio el Grande, y la boca dorada de la ecúmene y el océano de sabiduría el verdadero Crisóstomo (Boca de oro). ¿Y qué digo de uno u otro? Esta voz blasfema y teomáquica (enemiga guerrera contra Dios) se enfrenta a todos los santos profetas, apóstoles, jerarcas, mártires, e incluso a los logos mismos del Señor» (Epístola de San Fotios 1,13,16, PG 102, 728D, 729A).
Según la enseñanza de los santos Padres, esta adición es antievangélica. El Señor dice explícitamente que el Espíritu Santo procede del Padre. El Filioque (el hijito maldito, dicen los Padres) afecta al mismo misterio Trinitario, ya que introduce una diarquía (dualidad de dos principios) en la Santa Trinidad y racionaliza el Misterio que trasciende la razón o racionalismo, es decir, intenta abordarlo racionalmente y no a través de la fe.
Son característicos los logos de Vl. Lossky al respecto: «Si en el primer caso (el del Filioque) la fe busca la comprensión para trasladar la apocálipsis-revelación al ámbito de la filosofía, en el segundo caso (en la Triadología Ortodoxa) la comprensión busca las realidades de la fe, para metamorfosearse, (transformarse), entregándose más profundamente en los misterios de la apocálipsis-revelación. Dado que el dogma de la Trinidad representa la esencia de todo pensamiento y concepto teológico, al surgir del ámbito que los Padres helenos-griegos llamaron “la teología por excelencia”, se entiende que cualquier diferencia sobre este punto esencial, por muy insignificante que pueda parecer a primera vista, tiene una importancia tan decisiva». Se trata de «un antropomorfismo filosófico, que no tiene nada en común con el antropomorfismo teofánico de la Biblia». «A través del dogma del Filioque, el Dios de los filósofos y de los científicos es introducido en el seno del Dios vivo, ocupando el lugar del Deus absconditus, quien “puso las tinieblas por escondite suyo”. La esencia desconocida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo recibe atributos positivos. Se convierte en objeto de una teología natural: es un “Dios general” que podría ser igualmente el Dios de Descartes o de Leibniz, e incluso, quién sabe, quizás hasta cierto punto el Dios de Voltaire y de los descristianizados deístas del siglo XVIII». ((Vl. Loski, en ”Como icona-imagen y semejanza de Dios” pág. 72,78,80).
Asimismo, Su Santidad el Patriarca Ecuménico, hablando en la Universidad de Tesalónica el 1 de octubre de 1997, señaló la particular importancia de las implicaciones del Filioque en la Eclesiología.
Esto es especialmente relevante porque algunos ortodoxos y heterodoxos sostienen que Oriente y Occidente expresaban de manera diferente la misma tradición apostólica, afirmando que esta sería la tradición fotiana. Solo mediante una grave tergiversación de la historia pueden formularse tales opiniones, y menos aún atribuirlas al gran Focio, el confesor por excelencia de la Ortodoxia, quien refutó con firmeza la kakodoxía y herejía del Filioque.
c) La Gracia creada
Cuando en el siglo XIV el monje occidental Barlaam llegó a Bizancio predicando que la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) de Dios era creada (es decir, creación), los Ortodoxos, a través de san Gregorio Palamás, demostraron y confesaron que la divina Χάρις (Jaris: gracia) es increada. Esta diferencia también es de gran importancia.
Si la divina Χάρις Jaris es creada, no puede divinizar al hombre. El propósito de la vida en Cristo, si la Gracia divina es creada, no puede ser la θέωσις* (zéosis: divinización, glorificación), sino una mejora moral. Por esta razón, los occidentales no hablan de la θέωσις zéosis* como el objetivo de la vida humana, sino de un mejoramiento y perfección moral: que debemos convertirnos en mejores personas, pero no en dioses por la Χάρις Jaris increada. En consecuencia, la Iglesia no puede ser una κοινωνία (kinonía: conexión, participación, comunión y unión) de θέωσις zéosis*, sino una institución que proporciona a las personas la justificación de una manera legalista y jurídica, a través de la gracia creada. En última instancia, esto destruye la misma verdad de la Iglesia como realidad de una κοινωνία kinonía divino-humana. (ver https://www.logosortodoxo.com/la-zeosis/)
En este contexto, los Misterios (Sacramentos) de la Iglesia no se ven como signos de la presencia de Dios en la Iglesia y de la κοινωνία kinonía con la Χάρις Jaris increada de Dios, sino como si fueran «grifos» que la Iglesia abre para que fluya una gracia creada, de la cual las personas esperan beneficiarse y justificarse jurídicamente. Así, los Misterios se entienden y se consideran de manera legalista y no eclesiológica. Asimismo, la ἄσκησις (áskisis, ascesis, práctica espiritual) ortodoxa se reduce a un ejercicio moral, humanista. El cristiano luchador no puede recibir la experiencia de la Χάρις (Jaris: Gracia, energía) increada. No contempla la Luz increada de la Metamorfosis del Tabor. Por lo tanto, según san Gregorio Palamás, queda aparáclitos (desconsolado, sin consuelo) ni agapi-amor del Divino Resplandor. No participa de la δόξα (doxa: gloria, luz increada), la luminosidad y el reinado de la Realeza increada del Dios Trino. Así, la teología, sin la experiencia de la Luz increada, se vuelve escolástica e intelectual. El hombre permanece encerrado en la oscura prisión de este mundo presente, sin apertura ni anticipo y presabor de la Realeza increada venidera.
Nuestra Iglesia Ortodoxa, en los grandes Sínodos (Concilios) del siglo XIV, confirmó la enseñanza sobre el discernimiento entre οὐσία (usía, esencia, sustancia) y ἐνέργεια (energía) de Dios, y sobre las Energías increadas y la Luz increada, haciéndola su teología. Proclamó a san Gregorio Palamás como didáscalos gran maestro inconfundible e iluminador de la Iglesia, y anatematizó a quienes no aceptaran esta enseñanza. Hasta hoy, los papistas no han aceptado esta enseñanza, y muchos de ellos combaten a san Gregorio Palamás.
Esta es otra diferencia importante, que no ha sido discutida en el diálogo teológico y que es necesario abordar. Porque, si en algún momento llegara la unión, ¿podríamos nosotros creer en una Χάρις Jaris increada mientras ellos creen en una creada? Recordemos aquí las palabras de san Gregorio el Teólogo a los Pnevmatomajos (guerreantes contra el espíritu): «Si el Espíritu Santo no es Dios, que primero se convierta en Dios, y luego que me divinice junto con el Dios igual en honor.» (si el Espíritu santo es creado entonces el hombre como creado también es igual que el santo Espíritu). (San Gregorio el Teólogo. Para los que llegaron de Egipto, 1985, tomo 2º pág.142).
La fe inquebrantable de la Iglesia Ortodoxa es que la divina Χάρις Jaris increada es una energía increada del Dios Trinitario, y es contemplada mística e inefablemente por los perfectos y santos como Luz increada, como Luz del Tabor. Esta es la experiencia de la Iglesia, vivida por los santos a lo largo de los siglos.
Según san Marcos de Éfeso, el Amable: «Nosotros afirmamos, según los Padres, que tanto la voluntad como la energía de la naturaleza divina son increadas; mientras que ellos los latinizantes (los de espíritu francolatino), siguiendo a los latinos y a Tomás de Aquino, dicen que la voluntad es idéntica a la esencia, y que la energía divina es creada, ya sea que se le llame deidad o divinidad, luz inmaterial divina y santa, Espíritu Santo, o cualquier otra cosa similar. Así, proclaman como criaturas malvadas una divinidad creada, una luz divina creada y un Espíritu Santo creado» [13: San Marco de Efeso. Epístola hacia todos los Ortodoxos Cristianos que están en toda la tierra y las islas,. 14: En Juan Karmiris los monumentos Dogmáticos y simbólicos de la Iglesia Ortodoxa Católica. Atenas 1960, tomo 1º pág.428]
Experiencias, ejemplos y testimonios personales de santos yérontas (stárets) contemporáneos, como los venerables padres Sofronio y Paísios, confirman esta verdad. El venerable yérontas Sofronio Sajarov, monje del Monte Athos y fundador del Monasterio Patriarcal de san Juan Bautista en Essex, Inglaterra, expresó su experiencia de la Luz increada en los importantes libros que escribió y dejó como legado de amor. [S. Sofronio: “Contemplamos a Dios tal como es”. San Siluan el Athonita: “Sobre la oración etc.”].
d) Primacía de autoridad e infalibilidad
Con la doctrina del Filioque, sobre la “procedencia del Espíritu Santo también del Hijo”, se introduce una diarquía (dos principios) en la Santa Trinidad, lo cual constituye una especie de διθεΐα (dizeía: doble deidad, dos dioses, diteísmo) y subestima al Espíritu Santo (San Fotios). Este desprecio del Santo Espíritu generó un vacío importante en la Iglesia, que debía ser llenado por alguien. Ese «alguien» resultó ser un hombre: el Papa. Así, la infalibilidad que, en la Iglesia, procede del Espíritu Santo fue transferida a un hombre «infalible» y gobernante absoluto de toda la Iglesia.
Para ser justos con la iglesia Romanocatólica, citamos a continuación un pasaje significativo de la “Constitución Dogmática sobre la Iglesia”, uno de los documentos que contiene las decisiones del Concilio Vaticano II, considerado por los romanocatólicos como el vigésimo concilio ecuménico [17]:
“Pero el colegio, asociación o cuerpo de los obispos no tiene autoridad si no se encuentra en comunión con el Obispo de Roma, sucesor de Pedro y Cabeza del Colegio, ya que permanece íntegra la autoridad del Primado sobre todos los pastores y fieles. De hecho, el Obispo de Roma, en virtud de su oficio como vicario de Cristo y pastor de toda la Iglesia, posee autoridad plena, suprema y universal dentro de la Iglesia, la cual puede ejercer siempre libremente… El Obispo de Roma, como sucesor de Pedro, es el principio perpetuo y visible y el fundamento de la unidad, tanto de los obispos como del conjunto de los fieles” [II Sínodo Vaticano, Lumen Gentium].
17] Los católicos romanos, como es sabido, no se quedaron en el VII Concilio Ecuménico, sino que convocaron otros trece. Estos concilios, hoy en día, son para ellos un gran obstáculo, porque, aunque desearían superar el escolasticismo y el espíritu legalista, no pueden hacerlo, ya que están atados por las decisiones de esos concilios. A esta conclusión llega el estudioso del «Catecismo de la Iglesia Católica», que es el último catecismo oficial tras el Concilio Vaticano II y refleja su espíritu.]
Además, citamos fragmentos relevantes del Catecismo de la iglesia Romanocatólica:
“La única Iglesia de Cristo… es aquella cuya dirección y pastoreo confió nuestro Salvador, después de su Resurrección, al Apóstol Pedro (ver Jn 21,17), encomendando a él y a los demás apóstoles su propagación y gobierno… Esta Iglesia, constituida y organizada como comunidad en el mundo, subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor del Apóstol Pedro y por los obispos que están en comunión con él”.
“El colegio de los obispos ejerce su autoridad sobre toda la Iglesia de manera solemne en un concilio ecuménico. No puede haber concilio ecuménico si no es confirmado o al menos aceptado por el sucesor de Pedro”.
“Esta infalibilidad la posee el Obispo de Roma, cabeza del colegio episcopal, por virtud de su oficio, cuando, como pastor y maestro supremo de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos, proclama mediante un acto definitivo una doctrina sobre la fe o la moral…”.
“[…] Para la ordenación legítima de un obispo, hoy se requiere el permiso especial del Obispo de Roma, debido a su papel como vínculo supremo y visible de la comunión entre las Iglesias locales dentro de la Iglesia única y garantía de su libertad” (Catequesis de la Iglesia Romanocatólica, Vaticano. Ediciones Cactos, Atenas 1994, pág. 271, 293, 295, 488)..
Cabe señalar que el Papa, en documentos oficiales, no firma como Obispo de Roma, sino como Obispo de la Iglesia Católica o simplemente con su nombre, por ejemplo, Juan Pablo II. Esto refleja la percepción de sí mismo como un Superobispo o Obispo de los Obispos.
El dogma de la infalibilidad fue particularmente enfatizado y reconocido durante el concilio Vaticano II:
“Esta sumisión religiosa de la voluntad y del entendimiento debe mostrarse de manera especial al magisterio auténtico del Pontífice Romano, incluso cuando no habla ex cathedra” [24].
Esto indica que la infalibilidad se extiende a todas las decisiones del Papa. Es decir, mientras que en el concilio Vaticano I solo las declaraciones solemnes, pronunciadas ex cathedra y con el uso del término “definimos”, eran consideradas infalibles; el Vaticano II declaró que el Papa es infalible no solo en sus pronunciamientos solemnes, sino siempre que se pronuncia. Además, según lo anterior, el concilio ecuménico se convierte en una pandilla (de carcas, trileros), en un cuerpo asesor del Papa. En la iglesia Romanocatólica, la infalibilidad no pertenece al concilio ecuménico, sino al Papa.
Pero, ¿quién declaró infalible al Papa? ¿El concilio falible?
De esta manera, la primacía sinódica o el principio sinodal, transmitido por los santos Apóstoles, es sustituido por el principio, autoridad y poder papocéntrico. El Papa «infalible» se convierte en el centro y fuente de unidad de la Iglesia, lo que implica que la Iglesia necesita a un hombre para mantenerse unida. Esto margina y degrada la posición de Cristo y del Espíritu Santo. Además, con la transferencia de la infalibilidad del Espíritu Santo al Papa, se restringe la perspectiva escatológica de la Iglesia en la historia y se convierte en una institución mundana; (gobernada por leyes mundanas, chico bueno, chico malo, eres bueno Dios te quiere, eres malo no te quiere y te castiga, eres malo y tienes dinero, pagas al banco del Vaticano y te salvas; en definitiva, un Dios cambiable cosido a la imagen y semejanza del papa, como las leyes mundanas de comercio, derecho, política y tribunal).
Los ortodoxos, con profunda tristeza y, a veces, con santa indignación, leemos estas decisiones. Las consideramos una blasfemia contra el Espíritu Santo. Por ello comprendemos las palabras severas, pero también filantrópicas del venerable padre Justin Popović:
“En la historia de la humanidad hay principalmente tres caídas: la de Adán, la de Judas y la del Papa” [Arch. Justino Pópovits, Ortodoxa Iglesia y Ecumenismo, pág. 212].
Un lenguaje similar al de Justin Popović ha sido usado por la Iglesia Ortodoxa a lo largo de los siglos. Frente a las pretensiones papales de primacía de autoridad e infalibilidad, los ortodoxos siempre han resistido y defendido la Eclesiología Ortodoxa.
Según Mitrofanis Kritópulos, Patriarca de Alejandría: “Jamás se oyó que un hombre mortal y culpable de innumerables pecados sea llamado cabeza de la Iglesia. Porque ese hombre es sujeto a la muerte. Mientras otro sea elegido en su lugar, la Iglesia necesariamente quedará descabezada durante ese tiempo. Pero, así como un cuerpo no puede mantenerse ni siquiera por un instante sin cabeza, de igual manera es imposible que la Iglesia permanezca sin su Cabeza adecuada, ni siquiera por un breve período. Por lo tanto, la Iglesia necesita una Cabeza inmortal para que siempre esté viva y activa, como su Cabeza… Y esta Cabeza de la Iglesia Católica Ortodoxa es nuestro Señor Jesús Cristo, quien es la cabeza de todo, de quien todo el cuerpo está ensamblado y acoplado…” [26 Ioannis Karmiris, Monumentos dogmáticos y simbólicos]
Según Dositeo de Jerusalén, en su conocida “Confesión” durante la época de la ocupación otomana (1672): “De la Iglesia Católica (refiriéndose a la Iglesia Ortodoxa), dado que ningún hombre mortal puede ser cabeza universal e inmortal, es nuestro Señor Jesús Cristo quien es la Cabeza y quien lleva el timón en el gobierno de la Iglesia, dirigiéndola a través de los santos Padres” [27Ibíd., pag 752]
En 1895, el Sínodo del Patriarcado Ecuménico, bajo el Patriarca Anzimos VII, emitió una encíclica de gran importancia dirigida al clero sagrado y al piadoso pueblo del Trono Patriarcal de Constantinopla, en respuesta a una carta encíclica del Papa León XIII. En dicha carta, el Papa se dirigía a los gobernantes, los pueblos del mundo y a la Iglesia Ortodoxa, invitándolos a unirse a la iglesia papista tras reconocer la infalibilidad, el primado de autoridad y el poder universal del Papa sobre toda la Iglesia. A continuación, presentamos un extracto:
«La Iglesia Ortodoxa Oriental y Católica de Cristo no reconoce a nadie más infalible en la tierra, aparte del Hijo y Logos de Dios que se encarnó inefablemente. Incluso el apóstol Pedro, de quien el Papa pretende ser sucesor, negó tres veces al Señor y fue reprendido dos veces por el apóstol Pablo por no actuar ortodoxamente conforme a la verdad del Evangelio» [28 Ibic. Pag 941]. Mientras que la Iglesia Ortodoxa Católica conserva la fe evangélica sin adulterar, «la iglesia papista romana actual es la iglesia de las innovaciones, de la corrupción y falsificación de los escritos de los Padres de la Iglesia y de la interpretación errónea de la Sagrada Escritura y de los cánones de los santos Sínodos (Concilios). Por esta razón, con justicia ha sido rechazada y sigue siendo rechazada mientras persista en su error y posición engañosa. Porque “mejor es una guerra digna de alabanza que una paz que separa de Dios”, dice el divino Gregorio el Nanciano» [29 Ibíd. Pag 942].
En éste punto me gustaría contestar sobre posibles objeciones.
Últimamente, el Papa y algunos teólogos católicos romanos han hablado ocasionalmente con elogios hacia nuestra Iglesia Ortodoxa y han hecho algunas manifestaciones filo-ortodoxas (amistosas). ¿Ha cambiado algo que justifique también un cambio de actitud por parte de nosotros, los ortodoxos, hacia el Papismo?
En efecto, existen algunas personas católicas romanas que expresan con sinceridad posiciones filo-ortodoxas. Sin embargo, la política oficial del Vaticano es diferente. El Vaticano emplea doble cara, un doble discurso y lenguaje. Cuando se dirige a nosotros, utiliza expresiones de amor, pero en otras ocasiones, especialmente cuando se dirige a los católicos romanos, adopta las conocidas y duras posturas tradicionales.
También debemos recordar que no todas las declaraciones filo-ortodoxas se refieren necesariamente a la Iglesia católica Ortodoxa, sino que a menudo se refieren a la Iglesia Oriental en general, que para muchos católicos romanos se identifica con las comunidades uniatas.
Citamos el texto del fallecido profesor de Nuevo Testamento de la Facultad de Teología de la Universidad de Atenas, Ioannis Panagópulos, quien no puede ser considerado anti-ecumenista, comentando la encíclica con el tema de la unión de las Iglesias, que dirigió el Papa Juan Pablo II del 25 de mayo de 1995 hacia los romanocatólicos y sobre todos los cristianos, se refiere:
«[…] A la Iglesia Ortodoxa, la encíclica dedica especialmente varias secciones (50-61). Mientras que respecto a otras comunidades cristianas acepta que conservan ciertos elementos genuinos de la verdad y santidad cristiana (10-13), por el contrario, la Iglesia Ortodoxa es reconocida como una Iglesia hermana, el otro “pulmón” del cuerpo de Cristo (54), que, sin embargo, permanece separada de la Iglesia Católica Romana. También se reconocen claramente la sucesión apostólica y los Misterios (sacramentos) de la Iglesia Ortodoxa, y se honra sinceramente Su riqueza espiritual y litúrgica. Sin embargo, a pesar de esta concesión, se insinúa claramente que la Iglesia Ortodoxa tampoco posee la plena verdad cristiana, al igual que las denominaciones protestantes, mientras no entre en comunión con la Sede Romana. La Iglesia Católica Romana desea aparecer nuevamente como la fuente, la última y única autoridad o autenticidad y juez de la eclesialidad (eclesiología) de todas las comunidades cristianas. […] La encíclica reafirma con intransigencia y rigidez las declaraciones del Decreto sobre Ecumenismo del Concilio Vaticano II. Su principio fundamental es: “La comunión de todas las Iglesias locales con la Iglesia de Roma es una condición necesaria para la unidad”. El primado del obispo de Roma se basa en la voluntad de Dios y se entiende como supervisión (“episkopé”) sobre la unidad eclesiástica, la transmisión de la fe, la liturgia sacramental, la misión, el orden canónico y la vida cristiana en general. Solo la comunión con los sucesores de Pedro garantiza la plenitud de la única, santa, católica y apostólica Iglesia. Cualquier discusión sobre la unidad eclesiástica presupone la aceptación incondicional del primado papal, que Dios estableció “como el principio perpetuo y visible y el fundamento de la unidad”. […]
Los fieles ortodoxos debemos expresar nuestra total decepción con esta nueva encíclica del Papa. Porque esta visión tradicional romano-católica sobre la Iglesia y la unidad ha sido, desde el siglo V, la piedra de tropiezo, y a pesar de 1500 años de discusiones teológicas, no hemos alcanzado ningún resultado positivo, ni lo alcanzaremos mientras la Iglesia Católica Romana insista intransigentemente en la reivindicación del primado papal. […] Es, por tanto, una ingenuidad imperdonable afirmar que la nueva encíclica papal deja abierto el tema del primado. La única “novedad” al respecto es su presentación a otros, exigiendo diplomáticamente de todos “un auténtico heroísmo” y “sacrificio por la unidad”» [30 Ioannis Panagopoulos, El Vaticano y la Unión de las Iglesias Cristianas, periódico Kathimerini, domingo 30 de julio de 1995].
Esta postura del Vaticano y especialmente la actividad heterodoxa de la Unía, obligó al Patriarcado Ecuménico a suspender el diálogo con los romanocatólicos. Además, recientemente, el Patriarca Ecuménico declaró a periodistas austriacos que las Iglesias Ortodoxas no aceptaron el acuerdo de Balamand, excepto la Iglesia de Rumanía.
Entre ambas Iglesias existen otras diferencias, como la enseñanza sobre el purgatorio y la enseñanza sobre nuestra Panaghía (Todasanta, la más Santa), que llaman mariología. Proclamando como dogma la Inmaculada Concepción de la Virgen María implica separarla del género humano, lo que tiene consecuencias soteriológicas para la humanidad; si la Virgen tuvo una naturaleza diferente, entonces Cristo, al asumir la naturaleza humana de Ella, divinizó y glorificó otra naturaleza y no la común de todos los hombres.
Todas estas diferencias comparten un denominador común: el antropocentrismo o humanocentrismo. Este genera el espíritu legalista y jurídico del catolicismo romano, evidente en su Derecho Canónico y en muchas instituciones de la Iglesia Occidental.
Un ejemplo que ilustra esto es el enfoque del misterio (sacramento) de la Confesión. En el papismo, el confesor y el penitente se colocan en dos compartimentos o locutorios separados, sin verse, y allí se realiza un tipo de “juicio”, donde el penitente enumera sus pecados y recibe la penitencia establecida por las normas canónicas de la iglesia romanocatólica.
En la Iglesia Ortodoxa, este sacramento se entiende de manera completamente diferente: existe una relación personal directa entre el confesor (pnevmaticós-guía espiritual) y el penitente, donde el confesor actúa como padre espiritual, y el penitente como su hijo, abriendo su corazón, compartiendo su dolor y pecados, y recibiendo la adecuada terapia “psicoterapia” espiritual. (Por el traductor: El Misterio de la Metania Ortodoxa es la auténtica psicoterapia, y su psicofármaco es la increada energía Jaris de Jristós-Cristo, el médico de nuestras psiques-alma y cuerpos, como dice la Divina Liturgia).
El antropocentrismo de la iglesia Romanocatólica también se refleja en sus constantes innovaciones. Por el contrario, la Iglesia Ortodoxa permanece inmutable, sin añadir nada a lo enseñado por nuestro Señor y los santos Apóstoles. Es la Iglesia por excelencia evangélica y apostólica, como se manifiesta en su vida y en sus instituciones, que son completamente evangélicas y apostólicas.
Todo lo ortodoxo es θεανθρωπωκεντρικό (zeanzropozentrikó: divino-humano-céntrico). Por el contrario, todo lo occidental, ya sea papista o protestante, ha recibido en mayor o menor medida la influencia del antropocentrismo o humanocentrismo. Por eso, el teólogo y filósofo ruso Komiakov afirmaba que el papismo y el protestantismo son dos caras opuestas de la misma moneda.
Asimismo, san Nectario escribía comparando la iglesia Occidental con el protestantismo:
«La única diferencia entre estos dos sistemas es la siguiente: en la iglesia Occidental, un átomo o individuo, es decir, el Papa, concentra a su alrededor a muchas personas mudas y carentes de libertad (esclavos), que siempre se conforman con los principios y las opiniones del individuo que ocupa la cátedra. En el protestantismo, la iglesia se concentra en torno al individuo (todos los individuos son papas infalibles interpretando las Escrituras). Por eso, la iglesia Occidental es un individuo y nada más. Pero ¿quién puede garantizar la unanimidad de pensamiento entre todos los Papas? Ya que cada Papa decide sobre lo correcto según su parecer, interpreta las Escrituras como desea y le parece, y pronuncia declaraciones según lo que considera correcto, ¿en qué se diferencia esto de los diversos dogmatizadores de la Iglesia Protestante? ¿Cuál es la diferencia entre sus líderes? Tal vez en que en el protestantismo cada individuo constituye una Iglesia, mientras que en su totalidad la Iglesia Papista la constituye un individuo, no siempre el mismo individuo, sino que en cada tiempo uno diferente. (San Nectario, Sínodos Ecuménicos, pág 73.) La esencia de ambos sistemas es el individualismo. En el papismo, el individualismo del Papa; en el protestantismo, el individualismo de cada protestante, donde cada uno es criterio de la verdad. (Dicen los santos padres, que el protestantismo ha heredado el mayor defecto del su padre el papa que es: la infalibilidad, cada protestante se hace infalible en interpretar las Escrituras; así que en el romanocatolicismo tenemos uno infalible al papa al que tenemos que convencer, en cambio en el protestantismo tenemos millones de papas, por tanto, muy difícil).
En la Iglesia Ortodoxa, la θεανθρωποκεντρικότητα (zeanzropokentrikótita: divino-humnso-centridad, teandricidad) se manifiesta en todo lo que constituye su vida y enseñanza. El arte eclesiástico, la iconografía, la arquitectura, la música, etc. Si comparamos una Madonna renacentista con una Virgen bizantina, veremos la diferencia: la Madonna es una mujer hermosa, mientras que la Virgen bizantina es el ser humano divinizado y glorificado. Si comparamos la Basílica de San Pedro con la de Santa Sofía, advertiremos cuánto antropocentrismo expresa la Basílica de San Pedro, que intenta imponerse por el peso de su materia. En cambio, al entrar en Santa Sofía, sientes que te elevas al cielo. Santa Sofía no busca impresionar con su riqueza o materiales.
Lo mismo ocurre con la música eclesiástica bizantina, que conmueve y eleva al cielo, y no tiene nada que ver con la música polifónica europea, que simplemente deleita emocionalmente al hombre.
Por todas estas razones, la unión no es solo una cuestión de acuerdo en algunos dogmas, sino de aceptar el espíritu ortodoxo, divinocéntrico, cristocéntrico y trinitario en los dogmas, la piedad, la eclesiología, el derecho canónico, la pastoral, el arte y la ascesis (ejercicio, práctica espiritual).
Para que se produzca una verdadera unión, o nosotros deberíamos abandonar nuestro divino-humano-centrismo (teandricismo) ortodoxo o los papistas su humanocentrismo o antropocentrismo. Lo primero es imposible con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Señor, porque sería una traición al Evangelio de Cristo. Pero también lo segundo es difícil que ocurra. Sin embargo, «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lucas 18,27).
Creemos que tampoco conviene e interesa a los no ortodoxos que dimitamos y abandonemos nuestra Ortodoxia. Mientras exista la Ortodoxia, se preserva la fe evangélica auténtica e inmutable, «la que una vez fue dada a los santos» (Judas, 3). Existe el testimonio vivo de la verdadera comunión entre Dios y el hombre, la verdad de la Iglesia como una κοινωνία (kinonía: conexión, comunión y participación) teándrica, divino-humana. Así, incluso los heterodoxos que la han perdido saben que existe en algún lugar. Tienen esperanza. Tal vez en algún momento la busquen, ya sea de forma individual o colectiva. La encontrarán y hallarán psicoterapia, alivio y descanso en sus psiques-almas.
Debemos guardar esta santa fe no solo para nosotros, sino también para todos los hermanos heterodoxos y para todo el mundo. La teoría de los dos pulmones, según la cual la Iglesia respira con el papismo y la ortodoxia, no puede aceptarse desde la perspectiva ortodoxa, porque uno de los pulmones (el papismo) no funciona ortodoxamente y actualmente está enfermo de una enfermedad incurable.
Damos gracias a la Παναγία Panaghía y a la Trinidad vivificadora por su gran regalo y don, nuestra santa Fe Ortodoxa, y por los piadosos antepasados, maestros, sacerdotes, obispos y padres espirituales que nos enseñaron y transmitieron esta Santa Fe.
Confesamos que no podríamos descansar en una Iglesia que en muchos aspectos sustituye al Θεάνθρωπο (zeánzropo: Dios-Hombre) Cristo por el hombre «infalible», sea el Papa o el protestante.
Creemos que nuestra Iglesia Ortodoxa es la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia de Cristo, que posee la plenitud de la Verdad y de la Χάρις (jaris: gracia, energía increada). Lamentamos que los cristianos heterodoxos no puedan disfrutar de esta plenitud y que, en ocasiones, intenten atraer, arrastrar y proselitizar a los ortodoxos a sus comunidades, donde solo tienen una visión parcial, fragmentada y distorsionada de la verdad.
Valoramos el amor que tienen por Cristo y las buenas obras que realizan, pero no podemos aceptar que su interpretación del Evangelio de Cristo sea coherente con la enseñanza de Cristo, de los santos Apóstoles, de los santos Padres y de los santos Sínodos (Concilios) Locales y Ecuménicos.
Oramos para que Cristo, el pastor supremo, el único infalible Jefe y Cabeza de la Iglesia, los guíe a la Santa Iglesia Ortodoxa, su hogar paternal del cual se apartaron en algún momento; y a nosotros, los Ortodoxos, nos ilumine para permanecer fieles hasta la muerte en nuestra santa e inmutable Fe, creciendo y profundizando en ella «hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef. 4,13). Amén.
SAN GREGORIO PALAMÁS: La Iglesia de Occidente, como es enorme, le pasó lo mismo que al más enorme de los animales, es decir, el elefante, el cual cuando cae no puede levantarse. Pero si esta Iglesia pide ayuda, nosotros todos estamos bien dispuestos y prestos a extender la mano psicoterapéutica, sanadora y salvadora de ayuda. (Logos demostrativos B´1)
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com (en español).







