Los pazos y la depresión

Pazos depresion

Traducción repasada 24/09/2025

ΤA ΠΑΘΗ ΚΑΙ Η ΚΑΤΑΘΛΙΨΗ

ΤΙ ΕΙΝΑΙ ΚΑΙ ΠΩΣ ΘΕΡΑΠΕΥΟΝΤΑΙ

LOS PAZOS Y LA DEPRESIÓN QUÉ SON

Y CÓMO SE “PSICOTERAPIAN”, SANAN

Por hieromonje y médico Savas el Aghiorita

http://hristospanagia3.blogspot.gr

Contenidos

Prólogo e introducción

A´ PARTE: LOS ΠΑΘΟΣ (Pazos)

A1) Qué son los pazos

A2) Cómo se crean los pazos

A3) Cómo se sanan, “psicoterapian” los pazos

B´ PARTE: LA DEPRESIÓN

B1) Qué es la depresión

B2) Cómo se crea la depresión

B3) Cómo se sana la depresión según los Santos Padres de la Iglesia

Añadido: ΑΓΧΟΣ (anjos ansiedad, angustia y estrés) y cómo se afronta

C´ PARTE: ORACIONES PARA LA DEPRESIÓN

C1) Salmos que utilizaba san Arsenio de Capadocia

C2) Oración amplia

C3) Oración sencilla y otra reducida

Al final del texto de nuestro diccionario ortodoxo de los términos teológicos originales al final en orden alfabético griego, escogido del ALFA OMEGA GRAN LÉXICO ORTODOXO HELÉNICO-ESPAÑOL, https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

 

  1. Αγάπη (agapi) amor.
  2. Ἀκηδία (akidía) acidia o pereza, tedio espiritual
  3. Ἀκτιστο (aktisto) Increado, inconstituido o no formado y κτιστό (ktistó) creado, formado, constituido.
  4. Ἄκτιστον Φῶς (áktiston fos) increada Luz
  5. Ἄσκησις áskisis (ascesis) ejercicio, práctica
  6. Ἀποκάλυψις (apokálipsis) revelación y ἀνακάλυψις (anakálipsis) descubrimiento
  7. Βασιλεία τοῦ Θεοῦ/τῶν ουρανῶν (vasilía tu Zeú/ton uranón) Realeza de Dios/de los cielos
  8. Διάνοια (diania) mente, intelecto, cerebro
  9. Ἐπιθυμία (epicimía) deseo, anhelo
  10. Ἐπιθυμητικόν (epicimitikón) deseoso, anhelante, volitivo
  1. Ἔρως Eros
  2. Εὐχαριστία, Θεία (Efjaristía Zía) Eucaristía divina, ef-jaris=buena jaris o divina kinonía-comunión.
  3. Ἡδονή (idoní) voluptuosidad, placer, hedonismo
  4. Ἡσυχία Hisijía o hesyquía
  5. Ήσυχασμός (hisijasmós) hesycasmo
  6. Θέωσις Zéosis-glorificación
  7. Θυμικόν (cimikón) irascible o emocional o afectiva
  8. Κάθαρσις (kázarsis,) catarsis, limpieza, sanación, purgación o terapia.
  9. Καρδία (kardía) Corazón
  10. «Κύριε, ἐλέησον» “Kirie eleison”
  11. Λογική (loyikí) Lógica
  12. Λογικός Lógico
  13. Λογισμós/οί loyismós singular y loyismí en plural
  14. Λογιστικό (loyistikó) logístico
  15. Λόγος (Logos)
  16. Λύπη (lipi): pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica, dolor, sufrimiento
  17. Μετάνοια Metánia
  18. Misterio y vida mistiríaca Μυστήριο (mistirio, misterio, sacramento).
  19. Νήψηs (nipsis) Sobriedad
  20. Νοῦς nus o (νοερά ενέργεια noerá energía)
  21. Πάθος pazos, padecimiento, pasión, emoción, hábito, mala costumbre, vicio, patología
  22. Πειρασμός pirasmós Tentación
  23. Yπακοή (ipakoí) Obediencia
  24. Φωτισμός τού (tú) νοῦ (nú) Iluminación del nus o del espíritu humano
  25. Χάρις τού Ζεοῦ (jaris tu Zeú) Gracia increada de Dios
  26. Ψυχή (psijí) Psique, alma

 

 

Prólogo

En este trabajo pequeño intentaremos con la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) de Dios y las bendiciones del Yérontas, hablar sinópticamente sobre el pecado y los pazos, como causas de las llamadas patologías psíquicas y muchas veces somáticas (corporales). A continuación, presentaremos qué dicen los santos Padres sobre la depresión, sobre sus causas y su terapia.

Las llamadas enfermedades psíquicas, con cúspide la depresión, en realidad son enfermedades espirituales, según nuestros Santos. Se deben a la sumisión del hombre a los pazos.  Los instigadores de los pazos son el mundo, el hombre viejo y el diablo.

En este pequeño trabajo, en Dios, intentaremos indagar más analíticamente el principio de los pazos, sus identidades, la forma que son creados y el nacimiento mutuo entre ellos. Finalmente, veremos la conexión de estos con las enfermedades somáticas (corporales) y las llamadas enfermedades psíquicas como también el modo de su terapia.

Por supuesto que nos centraremos más en la depresión, la enfermedad que los Santos Padres la definen como ακηδία (akidía: pereza espiritual), αθυμία (azimía: desánimo, desgana), θλίψη (zlípsi: tristeza, pena, sufrimiento, aflicción).

Rogamos por las intercesiones de la Santísima Zeotocos (madre de Dios) y todos los Santos, que el trabajo presente sea una pequeña piedrecita en la edificación de nuestra salud psicosomática. Para doxa=gloria del Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Hieromonje Sabas el Aghiorita, 10 junio 2011

Fiesta de los santos Mártires Alejandro y Antonina.

Introducción

Los Santos Padres que son nuestros verdaderos médicos espirituales, nos han apocaliptado=revelado todo lo que uno debe conocer sobre los pazos. Por supuesto que en la praxis (acción) diaria es mejor que no afrontemos los pazos de manera agresiva. El bienaventurado Yérontas Porfirios sugería que: debemos abandonar las debilidades y el mal, y que no nos preocupe la existencia de ellos. Al contrario, tenemos que esforzarnos en encontrar las maneras de amar a Dios. La mejor manera de afrontar los pazos, el pecado y el diablo es el desprecio.

El Yérontas, claro está, que con sus dichos no daba a entender que debemos ser ignorantes sobre lo que son los pazos, cómo se crean y cómo se sanan. Simplemente no quería que “nos sangremos”, afrontándolos “cara a cara”. Por eso aconsejaba que los despreciemos y nos dirijamos hacia la Luz Increada de Dios.

San Isaac el Sirio dice: “Debes vencer los pazos con buenos loyismí, recordando las virtudes, en vez de intentar vencerlos con la impugnación o refutación. (La llamada guerra de impugnación o contradicciones). Porque los pazos cuando son excitados y movidos contra ti, para combatirte, entonces es cuando forman en tu nus varias imágenes y planos que promueven y provocan el pecado. Esta guerra contra nuestro nus tiene una fuerza muy grande, puesto que remueve los recuerdos antiguos y. Pero cuando al ataque de ellos, te cubres con buenos loyismí, como hemos dicho, entonces ya no aparecerá ni sombra de los pazos en tu nus después de la expulsión de estos.

El pecado y los pazos conducen al hombre, de acuerdo con el Yérontas Porfirios, en la tristeza, melancolía, sufrimiento, ansiedad y depresión. En la Santa Escritura tenemos el ejemplo- descripción de Saúl, quien pecó y se sintió dominado por profunda melancolía y demonización. Dice la Escritura: “En aquel tiempo el Espíritu del Señor se había alejado de Saúl. Otro espíritu, por concesión de Dios, espíritu maligno le perturbaba. Los sirvientes de Saúl dijeron: he aquí, pues, un espíritu maligno, por concesión de Dios, te está ahogando” (1Re 16, 14-15). Los pecados y los pazos de Saúl, le condujeron a la depresión.

También tenemos el incidente con Nabucodonosor, quien después de sus éxitos y triunfos dentro y fuera de su imperio, se enajenó a causa de su gran prepotencia y soberbia. Sufrió un tipo de locura, la llamada likantropía (hombre lobo), por la que abandonaba los hombres y vivía como una bestia salvaje. Después de siete años, cuando reconoció la grandeza de Dios y se hizo humilde, entonces consiguió la terapia, y fue sanado de la locura En el Antiguo Testamento, en el libro del Profeta Daniel se escribe: «Todas estas cosas ocurrieron al rey Nabucodonosor. Doce meses después de este sueño, mientras estaba caminando sobre el templo de su reinado en Babilonia, tomó la palabra y dijo: “esta no es la gran Babilonia, la que yo he reconstruido como capital de mi reino con mi gran poder y fuerza, de manera que divulgue mi grandeza y mi gloria”. Mientras aún estaba este discurso en la boca del rey, vino una voz del cielo. “En ti, rey Nabucodonosor, se dirige este logos: tu reinado se ha pasado, se ha quitado de ti. Te expulsarán de la sociedad de los humanos y morada será entre bestias salvajes. Te alimentarán con hierbas, como un buey y pasarán siete épocas por encima de ti, hasta que conozcas que el Altísimo Dios es el Señor del reinado de los hombres y que Él entrega al reinado en aquel que él quiere.» Exactamente en aquel momento fue cumplido para Nabucodonosor el sueño de la profecía. Porque él perdió su razón, su cordura, y fue expulsado de la sociedad de los humanos, comía hierba como un buey y la lluvia del cielo mojaba su cuerpo, hasta que sus pelos crecieron como los del león y sus uñas se hicieron como de los buitres rapaces. «Después del paso de este espacio de tiempo, yo Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo y mi lógica retornó a su sano juicio. Glorifiqué al Altísimo porque Aquel realmente es el poder eterno y Su reinado y realeza de generación en generación» (Dan 4, 28-37). De los ejemplos anteriores se deduce que el pecado y sobre todo la prepotencia y el orgullo, conducen a la melancolía-depresión, en la locura y en la demonización. La metania, la humildad, la agapi y la alabanza a Dios sanan la psique enferma, porque expulsan el factor enfermizo, que es el pecado.

Dice san Simeón el Teólogo: “Tal y como es la enfermedad del cuerpo, así también es el pecado en la psique. Por eso, la medicina de la psique no se ocupa de otra cosa que la lucha contra el pecado y sus causas, que son los pazos”.

El método terapéutico de la Iglesia Ortodoxa apunta hacia la terapia radical del hombre, de la liberación del pecado y los pazos y la sustitución de ellos con las virtudes, con la Divina Jaris (gracia, energía increada) y con el Cristo. Entonces el hombre es realmente sano psicosomáticamente y feliz en Cristo Dios.

El trabajo presente tiene tres partes:

A´ parte se hace referencia de lo qué son los pazos, según los Santos Padres, cómo estos se crean y el método de terapia, es decir, cómo se sanan.

B´ parte se presenta la definición, la causa y la terapia de la depresión, según los Santos Padres. Se da un énfasis en la enseñanza de los carismáticos y santos Yérontas contemporáneos.

C´ parte presentamos los salmos que utilizaba san Arsenio para la terapia de varias enfermedades psíquicas-espirituales, y continuación hay oraciones relativas con la depresión.

Ojalá, que el Médico (Psicólogo y Psiquiatra) de nuestras psiques y cuerpos Señor bendiga este pequeño trabajo humilde, de modo que resulte –aunque sea lo mínimo- beneficiosa y terapéutica para todos nosotros.

 

A’ PARTE: LOS ΠΑΘΟΣ (Pazos)

A1) ¿Qué son los pazos?

Los pazos son fuerzas y energías de la psique que han tomado un rumbo equivocado. Constituyen direcciones desviadas, que tienden a apropiarse de las distintas facultades y fuerzas de nuestra psique-alma. La sujeción y subordinación a ellos aleja nuestra existencia del camino hacia la «semejanza» divina.

El ser humano debe, con la Jaris (gracia, energía increada) de Dios, resistirlos, despreciarlos y orientarse hacia el bien, la virtud y la agapi (amor incondicional, desinteresado) a Dios y al prójimo.

Preguntaron una vez al Yérontas Paísios:
-Yéronta, cuando el profeta David decía: “Sostenme con espíritu hegemónico”, ¿qué pedía?
-David pedía a Dios el carisma de gobernar, de dirigir, porque tenía que gobernar a los hombres. Pero también cada persona necesita un “espíritu hegemónico”, porque debe gobernarse a sí misma, para que los pazos no tomen el mando ni la dominen.

-¿Yéronta, qué son los pazos?
-Yo veo los pazos como fuerzas del alma. Dios no da defectos, sino fuerzas y energías. Pero cuando no las aprovechamos ni las desarrollamos para el bien, entonces viene el tangalaki (diablillo), las manipula y se convierten en pazos, y luego refunfuñamos y nos quejamos contra Dios. En cambio, si las cultivamos y orientamos correctamente, las podemos usar contra el mal y nos serán de ayuda en la lucha espiritual.

Por ejemplo, la ira o parte irascible de la psique-alma muestra que el alma tiene valentía, lo cual es una gran ayuda en la vida espiritual. Quien no tiene este ímpetu, difícilmente puede corregirse a sí mismo. Pero aquel que posee esta fuerza, si la encamina bien, es como un coche potente que, al tomar una recta, nadie lo alcanza. Si, por el contrario, la deja sin control, se asemeja a un coche que corre a gran velocidad por un camino en mal estado y se descarrila constantemente.

El ser humano debe conocer las fuerzas que tiene y orientarlas hacia el bien. Así, con la ayuda de Dios, alcanzará un buen estado espiritual.

Por ejemplo, el egoísmo puede dirigirse contra el diablo, no rindiéndose cuando viene la tentación.
La tendencia a la charlatanería puede ser santificada, cultivando la bendición o la oración del corazón (o de Jesús). ¿No es mejor hablar con Cristo que charlar en vano y pecar?

Es decir, según cómo el hombre utilice sus fuerzas psíquicas, puede volverse bueno o malo.

De lo anterior comprendemos que los pazos son fuerzas de la psique-alma que no se utilizan para el bien. En lugar de acercarnos y unirnos con Dios, nos alejan de Él. Debemos conocer estas fuerzas psíquicas -que son regalos de Dios- y desarrollarlas de modo que nos conduzcan a la unión con Él. Entonces Dios será glorificado y nuestros semejantes, beneficiados.

La ira, o parte irascible de la psique, nos fue dada por Dios para impulsarnos hacia Él con ímpetu, entusiasmo y determinación, de modo que Le amemos más que a todo y a todos. Usada correctamente, esta fuerza nos permite también resistir el mal: podemos destruir los malos loyismí (pensamientos, reflexiones, imaginaciones) que siembra el maligno, así como los deseos impuros que el demonio remueve y agita en nuestra psique-alma.

Pero nosotros, por lo general, hacemos lo contrario: usamos la ira contra nuestro prójimo, para defendernos, justificarnos o vengarnos.

La corrección de esta mala orientación de la parte irascible de nuestra psique-alma se logra a través de la agapi universal (amor incondicional e increado), el silencio y la oración.

El deseo, el anhelo, es decir, la parte anhelante de la psique, nos fue dado por Dios para desear y amar a Dios. Sin embargo, nosotros lo usamos al contrario: deseamos las cosas del mundo, los placeres carnales, el dinero y la vanagloria terrenal.

La terapia de esta mala orientación de la parte anhelante de la psique-alma se logra a través de la templanza y la continencia, el autocontrol y el autoexamen; continencia en la comida, en el sueño, en el descanso corporal, en los viajes innecesarios y en las conversaciones o compañías vanas e inútiles.

El egoísmo, decía también el Yérontas Paísios, nos fue dado para que no nos rindamos en nuestro combate contra el diablo y no entreguemos nuestras armas al enemigo. Pero, en lugar de usarlo así, lo dirigimos contra nuestros hermanos e incluso contra el mismo Dios.

El nus (el espíritu o energía del corazón humano), es decir, la parte logística de la psique-alma, nos fue dada por Dios para orar incesantemente, y no para envanecernos cultivando pensamientos (logismí) desviados o extraños. La terapia de esta parte logística de nuestra alma se realiza mediante la oración incesante.

Cuando utilizamos correctamente los regalos o carismas de Dios, realizamos el propósito de nuestra existencia y nos asemejamos a Dios, quien no tiene pazos, sino Fuerzas Divinas y Energías Increadas, siempre benéficas para toda la creación.

 

El ser humano es una unidad psicosomática

El hombre está compuesto de cuerpo y psique (alma). Cada elemento por sí solo no constituye al ser humano. San Justino, filósofo y mártir, enseña que la psique por sí sola no es el hombre, sino la «psique-alma del hombre»; y lo mismo el cuerpo: no es el hombre, sino el «cuerpo del hombre».

“Como el ser humano no existe con ninguno de estos elementos por separado, no puede considerarse verdaderamente hombre; sino que es llamado hombre aquello que resulta de la conjunción y unión de ambos. Dios ha llamado a la vida y a la resurrección al hombre completo, no sólo a una parte, es decir, a la psique-alma y al cuerpo juntos”, (San Justino: Sobre la Resurrección)

El ser humano, por tanto, no está formado por dos “cajitas” independientes ni por dos partes separadas -psique-alma y cuerpo-, sino que constituye una unidad psicosomática indivisible. Cuando esta unidad se rompe, hablamos entonces de la muerte del hombre.

“La psique-alma se crea juntamente con el cuerpo. El embrión, desde su concepción, recibe también su psique-alma. En el mismo momento de la concepción se crea el alma, y a partir de ahí actúan tanto el cuerpo como la psique-alma”, (San Juan el Sinaíta).

“Cuanto más crece el cuerpo, tanto más se manifiesta también la psique-alma con sus energías”, (Ierotheos Vlajos, Psicoterapia Ortodoxa)

Ambas partes, alma y cuerpo, están íntimamente entrelazadas, y una contiene a la otra. Y aunque parezca paradójico, es verdad: es la psique-alma la que contiene al cuerpo, y no al revés.

San Gregorio Palamás afirma: “Los ángeles y la psique-alma del hombre, siendo entes inmateriales, no están sujetos al espacio, ni están en todas partes. La psique contiene el cuerpo con el que fue creada, y está presente en todo el cuerpo; no está en él como un contenido material, ni está fuera, sino que lo compone, lo contiene y lo vivifica, y al mismo tiempo lleva en sí el “como o a imagen de Dios”.
Tal como el hierro candente recibe el color rojo del fuego y el fuego rodea el metal, así también la psique-alma rodea y vivifica el cuerpo. La psique no está solo dentro, sino también sobre, alrededor y fuera del cuerpo.”

San Juan Damasceno también declara: “No es la psique-alma la que está dentro del cuerpo, sino el cuerpo dentro del alma.”

La psique da vida al cuerpo. Si ella enferma, también el cuerpo se enferma. Si abandona totalmente al cuerpo, entonces este queda absolutamente muerto: de σώμα (soma) cuerpo) se convierte en πτώμα (ptoma) cadáver, y cae al suelo como un saco vacío.

 

El corazón es centro de la psique, órgano hegemónico.

El corazón es el centro de la psique-alma, el órgano hegemónico del ser humano. La parte logística (el nus) de la psique está unida al corazón y es el trono de la Divina Χάρις (Jaris: la gracia, energía increada de Dios).

San Gregorio Palamás, al abordar el tema, observa que: “Algunos sitúan la psique en el cerebro, como si fuera la acrópolis (el punto más alto de la ciudad), mientras que otros la ubican dentro del corazón, como “espíritu psíquico” (los Judaizantes), como su verdadero vehículo. Pero nosotros, dice, sabemos con certeza que la parte logística del alma se encuentra en el corazón. No está en un vaso sanguíneo ni como contenido físico, ya que es inmaterial; tampoco está fuera del corazón, sino adjunto a él.”

Para san Gregorio, el corazón -en su esencia espiritual- es el órgano hegemónico, el trono de la Jaris (gracia, energía increada). En él reside el νούς nus y todos los λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía, ideas, meditaciones) de la psique. Esta enseñanza, afirma el santo, la hemos recibido del mismo Cristo, el Creador del hombre. Y recuerda el logos del Señor: “Oíd y entended: No lo que entra por la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre”, (Mt 15,11). “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios y las blasfemias” (Mt 15,19).

San Gregorio también cita a san Macario: “El corazón domina y gobierna todos los órganos. Y cuando la Jaris (gracia increada) de Dios se ha adueñado del corazón, gobierna y reina en todos los λογισμοί loyismí y en todos los miembros; porque allí se encuentra el nus y los pensamientos (loyismí) de la psique-alma.”

Por eso, el propósito fundamental de la terapia, según san Gregorio Palamás, consiste en “hacer retornar el nus, que se ha dispersado hacia el exterior a través de los sentidos, e introducirlo nuevamente en el corazón, que es la sede de los loyismí (pensamientos, conceptos) y el primer órgano logístico carnal.” (Obras de san Gregorio Palamás, tomo 2, págs. 124–126).

 

Qué es la psique-alma y cuáles son sus partes

Según san Juan Damasceno, la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima) es una esencia simple, viva, incorpórea o inmaterial, de naturaleza invisible a los ojos físicos, lógica y noerá (espiritual), sin forma definida. Utiliza el soma (cuerpo) orgánico y le proporciona la vida, el nacimiento, el crecimiento y el sentimiento. No se concibe que el nus esté separado de la psique, pues el nus es su parte más pura y elevada, así como el ojo es al cuerpo, así es el nus a la psique-alma.

La psique es independiente, voluntariosa y energética. Es vulnerable (es decir, su voluntad puede cambiar), porque es creada. Todas estas propiedades las posee por naturaleza, ya que las ha recibido de la Jaris (gracia, energía increada) de Aquel que la creó. La psique ha recibido de la gracia su existencia y su modo de ser natural.

 

Las tres partes de la psique

La psique, enseña san Juan Damasceno, está constituida por tres partes fundamentales:

  1. Λογιστικό (logistikó) logístico, racional o lógico.
  2. Θυμικό (zimikó) irascible o emocional
  3. Επιθυμητικό (epizimitikó) anhelante o volitivo.

Estas tres partes son esenciales para comprender el mecanismo interno de la psique-alma y la formación de los πάθος pazos.

San Juan Damasceno escribe: “Llamamos a la psique tripartita, porque posee lo lógico (logistikó), lo irascible (zimikó) y lo anhelante (epizimitikó). Así, con lo lógico puede reflexionar y razonar; con lo irascible puede enojarse y combatir contra los demonios, ejerciendo fortaleza y valentía frente a ellos; y con lo anhelante puede amar a Dios.”

La parte anhelante o volitiva de la psique se divide en tres partes y se puede orientar:

a) Hacia lo divino: amar a Dios.
b) Hacia lo natural: amar lo que pertenece al orden natural de la creación.
c) Hacia lo carnal que es diabólico: amar de forma contranatural, es decir, hacia lo pasional, pecaminoso y diabólico.

Divino es que uno ame a Dios. Físico o natural es amar conforme a la naturaleza (por ejemplo, el matrimonio). Y carnal es amar de manera contranatural (por ejemplo, la lujuria, la prostitución y cosas semejantes) …”

San Gregorio Palamás, al referirse a la psique como imagen de la Santa Trinidad, explica que, así como la Trinidad está compuesta de Nus, Logos y Espíritu, también la psique humana fue creada a Su imagen: es noerá, lógica y espiritual. Por tanto, debe guardar el orden divino y vivir completamente orientada a Dios. Su mirada debe dirigirse únicamente hacia Él, adornándose mediante la memoria continua, la contemplación y la agapi (amor) fervorosa y encendida. (Filocalía, tomo 4).

Por medio de los pazos y de los pecados, la psique alma se disgrega, se fragmenta interiormente, por eso, necesita unificarse nuevamente y ofrecerse en su totalidad a Dios.

Esta unificación se logra por diversos medios, principalmente mediante la aplicación del logos de Dios, que purifica, orienta y ordena el alma.

San Teolepto de Filadelfia resalta el poder de la oración pura como camino de unificación interior: «La oración pura y luminosa une en sí misma al nus, al logos y al espíritu. A través del logos, pronuncia el nombre de Cristo; con el nus, se acerca y toca a Dios, sin dejarse encantar ni caer en éxtasis; y mediante el espíritu, expresa el recogimiento, la devoción, la humildad y ofrece la agapi. Así, eleva su súplica a la Trinidad sin principio ni fin: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el único Dios.» (Filocalía, tomo IV)

De esta manera, se unen y unifican las tres fuerzas y energías de la psique y se ofrecen a la Santa Trinidad. «Así se alcanza la verdadera psicoterapia, es decir, la sanación de la psique… La dispersión de las fuerzas del alma constituye una enfermedad, mientras que su unificación representa la terapia, la sanación…» (Ieroteos Vlajos, Psicoterapia Ortodoxa).

Las fuerzas y energías de la psique

Las fuerzas y energías de la psique se dividen en dos grandes categorías:

  1. Fuerzas gnósticas (o sentidos espirituales de la psique)
  2. Fuerzas vitales o apetitosas (como dijimos, el anhelo o deseo y la ira o emoción)

a) Fuerzas gnósticas o sentidos de la psique

Son cinco y corresponden a los sentidos internos o facultades cognoscitivas de la psique-alma:

a1) Νούς (nus: espíritu de la psique)

a2) Διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro)

a3) Δόξα (dóxa: opinión o gloria)

a4) Φαντασία fantasía imaginación

a5) Αἴσθηση (észisi: percepción, sentimiento o sensación)

 

a1) Νούς (nus)

El nus es el sentido (precepción) espiritual de la psique, con su propia energía. Tiene la capacidad de verse a sí mismo, de contemplarse sin recurrir a investigaciones ni razonamientos ni silogismos. El nus es como imagen del Santo Dios Trinitario.  Así como Dios es Nus (el Padre), Logos (el Hijo) y Espíritu (el Espíritu Santo), así también el nus del hombre es nus, logos (innato, connatural con el nus) y espíritu.

El logos es innato o connatural al nus, y se discierne y se manifiesta como: logos interior (voz interna) y logos oral (palabra hablada). Este logos se distingue de la lógica que conecta con la diania (mente, cerebro).
Cuando el nus, el logos y el espíritu se unifican en la oración pura y noerá (espiritual), el ser humano funciona como verdadera imagen y semejanza de Dios. Por eso debe mantenerse en este orden, entregándose enteramente a Dios, ver únicamente a Dios, adornarse con la memoria continua de Él, la contemplación y la ardiente agapi hacia Él.

En el estado de desorden espiritual (patético, vicioso con los pazos), el logos del nus se somete a la mente lógica (diania, intelecto), y se produce un cortocircuito: el logos innato se confunde y pierde su discernimiento, atrapado por razonamientos mentales, racionales.

En la situación saludable de ἀπάθεια (apázia: impasibilidad, ausencia de pazos), el logos, liberado de su esclavitud a la razón de la mente lógica, expresa las experiencias del nus y las formula en frases lógicas con la ayuda de la diania (mente discursiva o lógica).

El nus posee esencia y energía. Su esencia se encuentra en el corazón (psicosomático). La energía del nus también debe hallarse en el corazón, unida a su esencia, de modo que el nus pueda orar incesantemente. Sólo entonces funciona correctamente. El funcionamiento adecuado del nus consiste en una oración continua junto con el logos, ya sea a través del logos interior (la voz interior) o mediante la palabra oral, en sinergia y cooperación con el espíritu.

 

a2) Διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro)

La diania es una facultad de la psique-alma mediante la cual el alma, al reflexionar (es decir, mediante la meditación), puede conocer las cosas. Por eso se llama diania, del verbo διανοίγω (dianígo: «abrir»), porque de alguna manera abre un camino. La diania está relacionada con la razón y tiene su sede en el cerebro. A través de ella (la diania) conocemos nuestro entorno, pero no a Dios. Es por medio del nus –y solo por él– que podemos conocer a Dios (es decir, participar en las Divinas Energías increadas, pero no en Su Esencia). Ninguna de las otras cinco facultades cognoscitivas del alma es capaz de ser utilizada para que el ser humano se una con Dios.

a3) Δόξα (dóxa: opinión o gloria)

La doxa opinión es una facultad del alma, mediante la cual se conocen las cosas sin una causa (es decir, sin un razonamiento claro o fundamentado). Es susceptible de error y puede llevar a engaños si no se somete al discernimiento.

a4) Φαντασία fantasía imaginación

La fantasía es una fuerza irracional e incluso animal de la psique-alma. Se ubica entre la percepción y la opinión (doxa). El proceso es el siguiente: La percepción produce una imagen (fantasía). Esta imagen genera una opinión (doxa). La doxa es examinada por la diania para verificar si es verdadera. Entonces aquello que ha sido examinado y razonado, si es verdadero, también se llama νούς nus, por San Juan Damasceno.

A través de la fantasía, los pensamientos que provienen del entorno o de la memoria contaminan el corazón. Por eso, la fantasía es llamada por los Santos Padres «el puente de los demonios«.

Respecto a la fantasía, véase Archimandrita Zacarías Zajarou, Referencia a la Teología del Yeronta Sofronio, Essex, págs. 236-239:

“La fantasía, como función del νούς nus (Nota: es decir, de la psique-alma), está relacionada en primer lugar con la actividad de lo s pazos (pasiones) carnales groseros (primer tipo de fantasía).

El segundo tipo de fantasía se llama ensoñación o ensimismamiento (oniropóli̱si–remvasmós, pág. 236).

El tercer tipo de fantasía tiene un carácter intelectual y se basa más en las representaciones de la memoria y en el proceso del pensamiento… es útil para resolver problemas dentro del mundo y valioso para el desarrollo de la civilización técnica. (Nota: la llamada imaginación, fantasía creativa).

Sin embargo, según la opinión del Yéronta Sofronio, este tercer tipo de fantasía (la llamada creativa) no es beneficiosa para alcanzar la oración pura.

El cuarto tipo de fantasía es lo más peligroso para la persona de oración.

La lógica humana intenta captar el misterio de Dios y suplir aquello que la sobrepasa… se denomina fantasía religiosa.

Aunque muchos lo valoran tanto como para llamarlo “creación teológica”, para el Yéronta Sofronio de Essex (ahora santo), no es otra cosa que el camino hacia el engaño espiritual… crea, forma a Dios según la imagen y semejanza humana (pág. 237)…

Para que el creyente alcance la oración pura, ese fruto perfecto de la divina ησυχία espiritual (hisijía: serenidad mental y paz cordial), debe superar todos los tipos de fantasía (pág. 239).”

a5) Αἴσθηση (észisi: percepción, sentido, sentimiento, sensación)

Es la fuerza con la que la psique percibe las cosas materiales y las experimenta sensiblemente: personas, objetos, situaciones. Es el canal de contacto con el mundo sensible y material.

 

El “cortocircuito” entre el nus (corazón) y la diania (mente, cerebro).

En nuestro estado post caída, dominado por los pazos, la energía noerá del nus se ha desviado y se ha adherido a la diania, creando un “cortocircuito” entre el nus (corazón) y la diania (lógica, mente, intelecto, cerebro).

Los pensamientos, que deberían permanecer solo en la diania (la cual se alimenta del entorno a través de los sentidos), descienden al corazón y lo contaminan.

Escribe el padre Romanidis: «Dicha enfermedad consiste en que existe un cortocircuito entre el espíritu del corazón del hombre (el nus o la energía noerá, según los Padres) y el cerebro. En su estado natural, la energía noerá se mueve en círculo, como un rotor, orando dentro del corazón. En su estado enfermo, la energía noerá no gira circularmente, sino que, al estar desplegada y arraigada en el corazón, se adhiere al cerebro y provoca un cortocircuito entre el cerebro y el corazón. Así, los pensamientos del cerebro, que provienen todos del entorno, se convierten en pensamientos de la energía noerá, que permanece arraigada en el corazón. De este modo, el paciente se convierte en esclavo de su ambiente. A causa de esto, algunos pensamientos o nociones que provienen del entorno los confunde con su dios o sus dioses». (La religión es una enfermedad neurológica del hombre y la Ortodoxia su terapia y sanación https://www.logosortodoxo.com/la-religion-es-una-enfermedad/).

Esta es la enfermedad de la religión: la identificación de lo creado con lo increado, es decir, idolatría. La terapia y sanación de esta enfermedad es la Ortodoxia, donde está vigente el principio de que «entre lo creado e increado no existe absolutamente ninguna similitud»; es decir, entre Dios y sus criaturas.

El proceso de perversión y oscurecimiento del nus:

  1. Los sentidos, cuando no están correctamente gobernados por el loyismós (pensamiento) interior, introducen la muerte (espiritual) en la psique-alma. Como dice la Santa Escritura: «Se introdujo la muerte por las ventanillas» (Jer 90.20.2).
  2. Los distintos mensajes de los sentidos generan fantasías. Según los santos Padres, la fantasía es la “caja de los sentidos”.
  3. Las fantasías dan lugar a las doxas, es decir, opiniones sobre personas, acontecimientos y cosas.
  4. Las doxas opiniones se convierten en objeto de tratamiento por la diania (mente, intelecto o cerebro), que evalúa si están de acuerdo con la verdad o no.
  5. El resultado de dicho tratamiento —lo que se ha considerado correcto— también se llama nus, según san Juan Damasceno.
    Cuando hay un “cortocircuito entre el nus (corazón) y la diania (mente)”, los dictados de la diania (es decir, los loyismí: pensamientos conceptos, reflexiones) contaminan e infectan la psique- alma.
    Cuando el corazón no está vigilado por la incesante oración del corazón o de Jesús, los loyismí descienden y lo infectan. Entonces, el nus se convierte en esclavo de la lógica, de los sentidos, de la fantasía y del ambiente, entorno. Así, el hombre convierte en dios a sí mismo y a su ambiente, a través de la fantasía. San Andrés de Creta dice en el Gran Canon: «A través de la fantasía, me he convertido en auto-ídolo».

La Iglesia Ortodoxa, con su terapia espiritual y, sobre todo, mediante el método de la incesante metania (arrepentimiento, introspección, conversión y confesión) y la oración del corazón o de Jesús, disuelve este cortocircuito, limpiando el corazón de todos los loyismí, incluso de los “buenos”, relegándolos a la diania (mente, cerebro).

  1. b) Las fuerzas vitales o apetitosas de la psique

Dos son las fuerzas vitales o apetitosas de la psique:

b1) La voluntad (ira, emoción)
b2) La predisposición (deseo, anhelo)

La emoción (ira) y el deseo contaminan la parte lógica de la psique cuando no funcionan correctamente.

Escribe san Juan Damasceno: «Si en la parte irascible de la psique hay agapi (amor desinteresado) y filantropía, y en la parte anhelante (deseo) hay pureza y templanza (es decir, conducta sana, serena y humilde), entonces el loyismós (pensamiento)está iluminado.
Pero si en lo irascible hay odio al prójimo y en lo anhelante (deseo) hay vicio e inmoralidad, entonces el loyismós está ennegrecido, oscurecido» https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-ii/filocalia-de-los-santos-nipticos-tomo-2-san-juan-el-damasceno/).

 

El movimiento equivocado de las fuerzas psíquicas a causa de los loyismí.

Los pazos son hábitos, vicios y apegos desordenados (amores irracionales, odios insensatos hacia personas y cosas).

Dice san Juan Damasceno: «Pazos es una costumbre, hábito o vicio que se crea por la combinación del loyismós (pensamiento) que infunde y estimula el enemigo, junto con una continua meditación y fantasía» (idem: Filocalía, tomo 2). Las fuerzas psíquicas desviadas y extraviadas aman lo que no deberían amar y odian lo que no deberían odiar. Esta perversión (extravío) se produce a través de los loyismí (pensamientos).

Los loyismí y su procedencia

¿Qué son los loyismí y de dónde provienen?

Cuando hablamos de loyismí, no nos referimos simplemente a pensamientos, sino también a imaginaciones, fantasías, meditaciones, ideas y representaciones, bajo las cuales existen también los correspondientes pensamientos. Las imágenes y fantasías, junto con los pensamientos que las acompañan, se denominan λογισμοί loyismí.

La primera y principal causa de los loyismí en el hombre es el pecado original. Hasta entonces, el nus del hombre era uniforme (entero, sencillo); es decir, no se dividía ni se disgregaba en cosas distintas de Dios. Desde el momento del pecado original, comenzó a funcionar el loyismós de la duda, y a continuación surgieron todos los demás loyismí.

La segunda causa que provoca los loyismí son los órganos perceptivos o sensitivos, cuando no están gobernados por el soberano nus, especialmente el oído y la vista. Hoy, debido al desarrollo tecnológico, los sentidos reciben más estímulos que en tiempos antiguos. Por ello, la lucha contra los loyismí es también más intensa.

La tercera causa son los pazos existentes en el hombre. De estos, los demonios “toman los motivos para mover en nosotros los loyismí malignos y viciosos”. Es decir, los pazos son el punto de apoyo que los demonios aprovechan para provocar en nosotros los malos loyismí.

La cuarta causa son los demonios. San Gregorio el Sinaíta señala con claridad: “Los loyismí son conceptos, palabras de los demonios y precursores de los pazos”.

También san Isaac el Sirio indica que incluso la voluntad natural que está en nuestro interior genera loyismí, al igual que las inclinaciones y tendencias propias de nuestra psique.

Esta guerra es particularmente intensa en los monjes, quienes muchas veces llegan a enfrentamientos directos y corporales con el demonio durante el ataque súbito de los malignos loyismí. Por eso, san Máximo el Confesor recalca que esta lucha es mucho más difícil que la guerra sensible contra las cosas.

Incluso los astutos λογισμοί loyismí malignos pueden surgir a causa del temperamento o constitución corporal particular, de la dieta diaria, e incluso de los propios movimientos del cuerpo.
De todas estas causas provienen los loyismí indecentes.

 

Clases o tipos de los λογισμοί loyismí

Básicamente distinguimos ocho loyismí de la maldad, que tienden a desviar nuestras fuerzas psíquicas y alejarlas de Dios.
Según san Juan Damasceno, son los siguientes:

  1. La gula o glotonería
  2. La lujuria
  3. La avaricia
  4. La ira
  5. La tristeza (depresión)
  6. La acidia (pereza espiritual)
  7. La vanagloria
  8. La soberbia u orgullo

Que estos loyismí pensamientos nos asalten o no, no depende de nuestra voluntad. Pero insistir en ellos, permanecer en ellos, y activar o no los pazos, sí está en nuestro poder.

El camino del asalto del loyismós maligno hasta el pecado

El paso de un loyismós maligno al pecado sigue una secuencia concreta: Asalto Combinación Lucha o combate Pazos Consentimiento Acción Cautividad

San Juan Damasceno lo explica así: Asalto: Es el simple recordatorio o sugerencia del diablo: “Haz esto o aquello”. Lo mismo que ocurrió con nuestro Señor, por ejemplo: “Di que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4,3). Este primer movimiento no está en nuestro poder y, por tanto, es inocuo; no somos responsables por los asaltos demoníacos.

Combinación: Es la aceptación inicial del loyismós pensamiento que dicta el enemigo y, de algún modo, la reflexión o diálogo interno con el loyismós maligno, con cierta predisposición y voluntad.

Pazos: Es el hábito que se crea a partir de la combinación, del continuo estudio y meditación del loyismós, acompañado de fantasía.

Lucha o combate: Es la resistencia contra el loyismós, el intento de neutralizar el pazos que contiene, es decir, el loyismós vicioso o el que busca nuestro consentimiento. Como dice el Apóstol: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Gál 5,17).

Consentimiento: Es la conformidad voluntaria con el pazos que contiene el loyismós.

Acción (praxis): Es la realización concreta del loyismós maligno, tras haberle dado consentimiento.

Cautividad: Es el rapto involuntario del corazón, que sufre debido a un hábito anterior, un vicio prolongado o una larga costumbre en el pecado.

Conclusión

Aquel que afronta con serenidad el primer paso, es decir, el asalto, o lo expulsa inmediatamente mediante refutación y firmeza, corta de raíz toda la cadena que sigue. En cambio, quien no resiste a los malos loyismí, oscurece su nus, peca y llena su interior de pazos.

 

Los loyismí viciosos y malignos oscurecen el nus.
Los pazos son patologías o enfermedades espirituales, establecidas a causa de múltiples caídas en el pecado. El nus se aleja de la Luz increada, que es Dios, y cae en la oscuridad. En consecuencia, se oscurece toda la psique-alma, y entonces el ser humano entero -como unidad psicosomátic- se enferma.

Después de la caída, “se oscureció el nus de Adán”, y surgieron los distintos pazos. La principal enfermedad, el pazos fundamental, es el nus oscurecido y ennegrecido. La causa de esta situación no es Dios, sino el mismo hombre.

El nus oscurecido arrastra consigo también la parte irascible y la anhelante de la psique-alma, y, en general, enferma a toda la persona.
Cuando el nus se mueve equivocadamente -por decisión voluntaria- se somete a los malos loyismí y hace un uso errado del resto de las fuerzas psíquicas, generando así distintos pazos.

 

El movimiento equivocado del nus

El hombre, por instigación e influencia del demonio, usa de forma incorrecta la parte logística de la psique, es decir, el nus.
En lugar de dirigirlo a Dios por medio de la oración, lo orienta hacia las criaturas y creaciones. De este modo, el nus se vuelve apasionado, se llena de pazos, de patologías, y pierde su visión de Dios. Entonces se subordina a la lógica, a los sentidos, a los demonios, a los pazos y a la fantasía. Se llena de loyismí, provenientes tanto del ambiente como —principalmente— de los demonios, y se convierte en esclavo de ellos.
Así permanece contaminado, manchado, animalizado o incluso demonizado, privado de la Luz increada y de la energía increada del Espíritu Santo. Todo esto ocurre porque se ha alejado de Dios.

San Gregorio Palamás nos enseña: “El nus que se ha alejado de Dios se convierte en bestial y demoníaco…” Es decir, cuando el nus se aparta de Dios, se vuelve animal -hedonista, amante de los placeres carnales- o demoníaco -orgulloso, arrogante, iracundo, acusador de Dios— y se llena de angustia, ansiedad, perturbación y conflicto. Al alejarse de su función natural deja de obrar según su naturaleza y comienza a desear lo contranatural.

El mal uso del nus, o sea, de la parte logística de la psique-alma, conduce a la ignorancia de Dios.
El nus, en vez de gobernar a la psique y al hombre entero, se subordina a la diania (mente, cerebro), que es una facultad inferior en comparación con la fuerza y energía del nus. Así, se vuelve incapaz de ver a Dios.

La psique de quien tiene su nus dominado por la diania y la lógica se llena de soberbia y orgullo, y este orgullo convierte al hombre en insensato.

San Máximo el Confesor enseña claramente que el mal uso o abuso de la parte logística de la psique-alma conduce a la agnosia (desconocimiento de Dios) y a la insensatez.

El mal uso de la parte irascible de la psique-alma

El hombre, con su nus oscurecido, también utiliza equivocadamente la parte irascible de la psique-alma, y cae en la tiranía de sí mismo y de los demás.

San Juan Damasceno escribe: “El odio y la ira son buenos si se dirigen contra aquellos que impiden la psicoterapia, sanación y salvación de la psique-alma y su unión con Dios, mediante la obediencia; también contra los que alejan al hombre de Dios, es decir, contra el diablo y sus obedientes servidores.”

Desgraciadamente, el hombre muy a menudo dirige su ira contra sus hermanos, en lugar de emplear esa energía para luchar por su conexión y comunión con Dios. Se enfada con quienes cometen alguna injusticia, o con quienes cree que lo han ofendido. Se enoja y se enfurece para defender su mal carácter, luchando por satisfacer sus pazos y deseos. Incluso puede llegar a enfadarse con Dios o consigo mismo. De este modo, en lugar de cultivar la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado), se llena de odio.

 

El mal uso de la parte anhelante de la psique-alma

El hombre, cuando está dominado por los pazos y los vicios, también usa mal la parte anhelante de su psique. Cae en la indecencia y en la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo) es decir, en un amor desordenado y excesivo hacia sí mismo y su cuerpo. En vez de desear totalmente a Dios y solo a Él, dirige su deseo hacia miles de cosas o personas, y así crea vínculos afectivos apasionados con ellas. Haciendo mal uso de lo pasional (anhelante e irascible) de la psique-alma, el hombre se llena de odio e indecencia, tal como nos enseña san Máximo el Confesor. Sobre todo, cuando emplea de manera perversa la parte anhelante, se dirige eróticamente hacia sí mismo, y se convierte en egoísta y ególatra. Según los Santos Padres, la filaftía (φιλαυτία) egolatría es la raíz de todos los males.

 

La φιλαυτία (filaftía, egolatría) se define como un estado vicioso, dominado por los pazos (pasiones), con un apego desordenado y apasionado hacia el propio cuerpo. De ella nacen también las grandes amistades enfermizas, los tres pazos principales:

  1. Filidonía (φιληδονία) – amor al placer, hedonismo.
  2. Filodoxía (φιλοδοξία) – amor a la gloria mundana, vanagloria, ambición.
  3. Filarguiría (φιλαργυρία) – amor al dinero, avaricia, codicia.

De estos tres nacen el resto de los pazos.

 

El buen y mal uso de las fuerzas de la psique-alma

De acuerdo con todo lo anterior, ll mal uso del nus y de las partes pasionales (anhelante e irascible) conduce a: Ignorancia, odio, indecencia y egolatría (filaftía).

En cambio, el uso correcto y natural de las tres potencias de la psique-alma (logística, irascible y anhelante) conduce a: la Gnosis (conocimiento de Dios), agapi (amor), templanza y modestia (humildad).

 

Los tres gigantes

Los Santos Padres también nos han hablado de los tres gigantes de los pazos: a) la ραθυμία (razimía, pereza, negligencia, desgana espiritual y física), b) la λήθη (lízi, olvido) y c) la άγνοια (ágnia, desconocimiento, ignorancia y oscuridad). (ver: https://www.logosortodoxo.com/filocalia/san-marcos-el-asceta-los-tres-enemigos-gigantes/)

Cuando estos tres pazos dominan la psique-alma, entonces de ellos nacen todos los demás pazos, especialmente los llamados psíquicos, los cuales oscurecen el nus del hombre.

Cuando el hombre se convierte en φίλαυτος (fílaftos: ególatra), en su interior predominan la ignorancia de Dios, el olvido de Él y la razimía (negligencia y desgana espiritual y física). Todo esto constituye el clima propicio donde germinan y prosperan los demás pazos, especialmente los tres principales:

  • φιληδονία (filidonía): amor al placer o hedonismo,
  • φιλοδοξία (filodoxía): amor a la gloria mundana, vanagloria o ambición,
  • φιλαργυρία (filargiría): amor al dinero, avaricia o codicia.

Discernimiento de los pazos: psíquicos y somáticos (corporales)

Los pazos se distinguen en psíquicos y somáticos. Los primeros se relacionan con la psique; los segundos, principalmente con el cuerpo. Sin embargo, todos los pazos están entrelazados, afectan y contaminan al hombre en su totalidad. Existe entre ellos una interacción recíproca y una influencia mutua.

San Juan Damasceno escribe: “Pazos psíquicos son la ραθυμία (razimía, pereza, negligencia, desgana espiritual y física), la λήθη (lízi, olvido) y la άγνοια (ágnia, desconocimiento, ignorancia y oscuridad).
A causa de estos tres, se oscurece el ojo de la psique, es decir, el nus, y cae bajo el dominio de todos los pazos que siguen: impiedad, kakodoxía (herejía), blasfemia, ira, enfado, enojo, odio al prójimo, amargura, crítica condenatoria, katalaliá (maledicencia), tristeza sin causa, depresión o melancolía, miedo, cobardía, disputas, envidia, vanagloria, arrogancia, hipocresía, mentira, ambición, codicia, materialismo, malicia, vicio, apego apasionado, excesiva dependencia de lo terrenal, acidia (pereza espiritual), mezquindad, quejas, prepotencia, engreimiento, fraude, desvergüenza, adulación, doble moral, consentimiento y complacencia en pensamientos pasionales, meditación continua sobre ellos, vagabundeo del nus con loyismí pensamientos, y la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo), la madre de todos los males. Junto a estos, la soberbia como raíz de todo mal, la avaricia, la mala conducta y la vileza o astucia perversa.”

Pazos somáticos (corporales) son: gula, embriaguez, toda forma de hedonismo, lujuria, adulterio, lascivia, impureza, incesto, pederastia, zoofilia, deseos incontrolados y todos los pazos indecentes y antinaturales; también el robo, el sacrilegio, el atraco, la búsqueda constante de comodidades físicas y el deleite carnal, especialmente cuando el cuerpo está sano. Asimismo: prácticas de adivinación, escándalos, amor excesivo por los adornos, alardes, uso de cosméticos, pereza, juegos de azar, abuso de placeres mundanos, amor desmedido por el cuerpo —que hincha el nus y lo vuelve terrenal y bestial—, impidiéndole elevarse hacia Dios y hacia las virtudes. (Tomado de San Juan Damasceno).

Malos funcionamientos y desviaciones causadas por los pazos

El hombre apasionado y patológico, lleno de pazos y vicios, sufre una serie de malos funcionamientos psicosomáticos y desviaciones, entre ellos:

  • Su independencia (autonomía), en lugar de orientarse hacia el Bien, es decir, hacia Dios, se dirige hacia lo contrario, convirtiendo al hombre en enemigo de Dios.
  • El mal uso de esta independencia o autonomía genera también el mal uso de todas las demás fuerzas, energías y capacidades psíquicas y físicas.
  • En lugar de dialogar, con su parte logística (nus), con Dios, permite que el nus sea esclavizado por la diania (mente racional), cayendo así en el orgullo y oponiéndose a Dios.
  • En lugar de orientar toda su voluntad y anhelo hacia Dios, se lanza contra sus semejantes.
  • En lugar de ejercitar el dominio de sí mismo, buscar la moderación y así gozar de salud psicosomática, se entrega a los placeres carnales, volviéndose como una bestia.
  • En lugar de dirigir con toda su fuerza el deseo hacia Dios, lo enfoca en las cosas creadas y se convierte en idólatra.
  • En lugar de mantener su nus elevado hacia el Bien supremo -el mayor gozo de todos, que es Dios mismo-, lo esclaviza a la fantasía, los sentidos y los placeres que por medio de estos se perciben.

De esta manera, el hombre se convierte en esclavo del entorno, de los sentidos y de los recuerdos apasionados y malignos acumulados en su fantasía. Se vuelve voluptuoso (hedonista), dominado por la razón, y finalmente se aleja de Dios, cayendo en la ignorancia espiritual (ateísmo).

Domina en él el elemento ἄ-λογο (álogo), es decir, lo irracional, animal e insensato. ¿Por qué? Porque ya no existe comunión de su psique-alma con Dios. El hombre se vuelve a-Logos (sin Logos,  ilógico), al no estar unido al Dios-Logos, ni vivir en comunión con Él.

En esta situación apasionada y enferma, el hombre entero funciona mal. Sufre tanto psíquica como físicamente. Vive una tragedia, tal como lo describen los Santos Padres de la Iglesia y también muchos escritores e intelectuales contemporáneos. Estos incluso llegan a sostener que la verdadera alegría no existe (como señala Umberto Eco).

Y en verdad, la verdadera alegría no se encuentra donde la busca el mundo. Pero sí existe en la Iglesia Ortodoxa, en la unión del hombre con su Arquetipo, nuestro Señor Jesús Cristo, a través de su Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), que es la que nos proporciona la única y verdadera χαρά (jará) alegría.

Los pazos son la causa de muchas enfermedades tanto espirituales como somáticas (físicas o corporales).

Santa Matrona de Moscú, santa contemporánea y considerada la “octava columna de Rusia” según la profecía de san Juan de Kronstadt, enseñaba que los pazos y los demonios son los causantes de lo que hoy en día se llaman enfermedades psíquicas.

Decía la santa Matrona: “No existen enfermedades psíquicas; existen enfermedades espirituales: son hombres débiles, agotados, infectados y contaminados por los pazos, a causa de los astutos espíritus malignos… Existen también enfermedades ‘por fantasía’, imaginativas, que alguien les envía.” Con esa palabra “alguien”, evidentemente se refería al astuto diablo.

El padre Methodios Kritikós escribe: “Lejos de Dios, el hombre es como el pez fuera del agua; ya no es el hombre real, el hombre ‘fisiológico’. Está enfermo, inválido, lesionado y caído… vive una existencia anormal, antinatural.”

San Juan Damasceno, en su obra admirable “Exposición exacta de la fe ortodoxa”, afirma: “En su estado natural, todas las criaturas están subordinadas y obedecen al Creador. Pero cuando alguna criatura se desboca voluntariamente y desobedece, entonces introduce dentro de sí la maldad. Porque la maldad no es algo que exista por sí mismo, ni es atributo de algo existente; es más bien un acontecimiento, una desviación voluntaria del estado natural hacia el estado contra-natura. Y esto es, exactamente, el pecado.” (Capítulo 4).

El hombre, habiendo perdido la base fundamental de su existencia, es decir, la conexión y comunión con su Dios y Creador, sufre un colapso interior, su armonía se tambalea desde los cimientos, y las fuerzas y energías de la psique-alma se descomponen.

El hombre autónomo, individualista, alejado de Dios, cae en la turbación, la inquietud, el miedo, la angustia y la ansiedad. En lo profundo de su psique —en su subconsciente— se generan culpabilidades difusas. Busca sostenerse en cosas que, en realidad, no pueden ofrecerle ningún apoyo verdadero: bienes materiales, personas, prestigio, poder, etc. Este esfuerzo lo lleva a desarrollar dependencias internas -los llamados pazos- que oprimen y tiranizan su vida.

Por ejemplo, el hombre privado del deleite de la comunión con Dios, busca consuelo en los placeres sensuales, convirtiéndose en rehén del pazos de la φιληδονία (filidonía: amor al placer mundano, carnal, voluptuosidad, hedonismo). Este pazos, por su naturaleza insaciable, termina conduciendo a la depresión.

Al haber perdido la fe en la providencia de Dios, busca seguridad acumulando bienes materiales, riquezas, propiedades, etc. Así se ve atrapado por el pazos de la avaricia, codicia que genera en él múltiples formas de angustia, sufrimiento y ansiedad existencial.

Al no conocer el verdadero honor y doxa-gloria que provienen de una relación viva con Dios, empieza a buscar reconocimiento en su entorno. Intenta imponerse a los demás, impresionar, provocar admiración y ganar aprobación. En su interior, se fortalece el pazos de la vanagloria, que puede desembocar incluso en formas variadas de paranoia. (Referencias tomadas de Archimandrita Methodios Kritikós, “El pecado y las perturbaciones psíquicas”).

La perversión del hombre se vuelve profunda cuando acepta, sin sano juicio ni discernimiento, todo lo que el mundo (cosmos) impone como supremos valores.
El mundo, en realidad, promueve y exalta los principales pazos del hombre caído: la vanagloria (ambición), la avaricia (codicia) y la filidonía (hedonismo, voluptuosidad). Estos son los ideales del hombre mundano, del hombre “cósmico”, es decir, desligado de Dios.

Para resistir al espíritu del mundo y a su conducta y moralidad, el hombre necesita tener fe en Dios. Sin esa fe, se siente vacío, indeciso, vano, y presa del hastío.

Como quien se ahoga y trata desesperadamente de sostenerse “de sus propios cabellos”, el hombre se entrega entonces a los distintos pazos, a la filaftía (egolatría), al egoísmo y al orgullo. Toda su vida gira en torno a estos pazos, ellos rigen sus pensamientos, elecciones, decisiones y acciones, lo que genera resultados lamentables tanto para él mismo como para su entorno y la sociedad.

Al vivir dominado por los pazos, el hombre se angustia, se decepciona, se desespera, se deprime, se entristece y se llena de ira. En algunos casos, puede llegar a la paranoia o incluso a la enajenación mental. Cada vez cae más en el atolladero del pecado, mientras el diablo adquiere derechos sobre él y lo atormenta, hasta llegar a endemoniarlo.

En un texto breve pero profundo, san Cirilo de Alejandría escribe: “Mientras el nus (espíritu de la psique) permanece libre de los placeres indecentes, disfruta de serenidad, paz, sosiego y alcanza la ataraxia (imperturbabilidad). Además, en su interior resplandece la pura y limpia luz de la nipsis (vigilancia espiritual y sobriedad), que Dios le otorga, y la voz divina (el lkogos de Dios) resuena en su corazón con pensamientos y conceptos sanos y divinos. Pero cuando el corazón acepta e introduce el soborno del placer impuro y malvado (hedoní), entonces Satanás lo inunda de ruido y confusión, sembrando en su interior logismí (pensamientos) malignos y astutos. Lo corrompe y lo llena de oscuridad espiritual, dominado por conflictos, guerras interiores y batallas.” (En el Salmo 50, A´548)

Estudiando nuestra santa Parádosis (santa Tradición) y la teología de nuestra Iglesia Ortodoxa, comprendemos que la relación entre pecado y trastornos psíquicos es de causa y efecto. El pecado es la causa, y los trastornos psíquicos son consecuencias, síntomas duros y dolorosos: “Todo mi cuerpo está enfermo y no hay curación por causa de tu furor; no hay paz en mis huesos a causa de mis pecados.”
(Salmo 37,4)

Los trastornos psíquicos provienen del pecado, como también todos los trastornos del mundo, incluidas las enfermedades físicas, incluso cuando no exista una culpa personal directa por parte del enfermo.

Todos los hombres vivimos en el estado post-caída, como descendientes de Adán, y hemos heredado la corrupción y la enfermedad, tanto de la psique-alma como del cuerpo.

Otras veces, los trastornos psíquicos se deben a pecados personales cometidos por el paciente, los cuales permanecen sin ser confesados y sin vivirse en metania. Entonces, quedan congelados y generan culpabilidades que pueden llegar incluso a somatizarse, es decir, a incorporarse en el cuerpo.

En otros casos, estas perturbaciones y trastornos psíquicos son fruto de los pecados de otras personas, especialmente de los padres. El Señor nos enseña en la Sagrada Escritura: “Porque yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos.” (Deut 5, 9-10)

Se ha comprobado que, cuando los padres se separan o se divorcian, los hijos sufren, desarrollan depresión y otros trastornos. El padre Methodios cuenta: “Un sacerdote del ejército me decía que, investigando los casos de suicidios entre soldados, encontró que la mayoría eran hijos de familias destruidas. El pecado ha anidado en la psique-alma del hijo. El pecado de los padres ha llenado al hijo de trastornos psíquicos. Entendemos cuánta responsabilidad tenemos en la sociedad, pues vivimos unos junto a otros y nos influimos mutuamente.”

En una conversación con el Yérontas Paísios (ahora Santo) en el Monte Athos, escuchamos esta enseñanza: “Las causas de los trastornos psíquicos, principalmente, son tres:

  1. Causas orgánicas, es decir, alteraciones físicas o químicas en los órganos. En ese caso, se necesita ayuda médica.
  2. Causas espirituales, debidas al pecado, los pazos y el egoísmo. En estos casos, el hombre necesita metania, perdón y ascesis (ejercicio espiritual).
  3. Causas demoníacas. Cuando el trastorno tiene raíz en la acción del demonio, se requiere que el afectado —en la medida de lo posible— comprenda en qué ha fallado, se arrepienta y recurra a la Iglesia y sus sanaciones (exorcismos y sacramentos).”

También decía el Yérontas: “Muchas veces, hay un endemoniado y tratan de expulsar el demonio con máquinas. Así como hay sacerdotes que creen que todos los enfermos psíquicos son endemoniados e intentan sanarlos solo con medios eclesiásticos, cuando en realidad también necesitan atención médica especializada.”

Por lo tanto, los pazos son la principal causa de todas las enfermedades, especialmente de las llamadas psicosomáticas. En el fondo, toda enfermedad es psicosomática, porque: “Cuando enferma el cuerpo, también enferma la psique”,
decimos en una breve oración a la Santísima Madre de Dios (Zeotokos). Y a la inversa, toda enfermedad del alma repercute, de algún modo, en el cuerpo.

El hombre se enferma primero en el νούς nus (el ojo del alma), y luego en la psique y en el cuerpo. El oscurecimiento del nus, su mal funcionamiento, o incluso la total inactividad de su energía —la energía noerá—, constituye la raíz de todas nuestras enfermedades psicosomáticas.

 

Los pazos: movimientos contrarios a la agapi-amor

Según los divinos logos del Señor, quien nos mandó: “Amad a vuestros hermanos como yo os he amado” (es decir, hasta dar la vida por ellos), estamos llamados a amar a todos más que a nuestra propia vida y existencia.
Debemos superar incluso el instinto natural de autoconservación, esforzándonos por entregar nuestra agapi (amor incondicional) a Dios y al prójimo, llegando, si fuese necesario, a sacrificar nuestra vida por nuestros hermanos.

Sin embargo, los pazos nos desorientan, nos alejan de Dios y de nuestros semejantes, nos trastornan y nos pervierten.

El mayor de los pazos, la filaftía (egolatría, egocentrismo), nos empuja a amarnos egoístamente a nosotros mismos, impidiéndonos tener disposición para el sacrificio por Dios y por los demás.

Cada virtud es un movimiento de amor (agapi) hacia Dios y hacia el prójimo.
Cada pecado o maldad es un movimiento contrario a esa dirección.

Cada virtud representa una salida fuera de nosotros mismos, un rompimiento de nuestro auto-encarcelamiento egocéntrico.
Dios es Agapi, es decir, Amor en su forma más pura e increada.
El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto, está hecho para convertirse también en agapi, para ser capaz de ese mismo movimiento de amor.

Por ello, cuando nos movemos hacia Dios y hacia los demás con agapi, realizamos y cumplimos nuestro propósito y destino existencial y espiritual.

Por el contrario, cada pazos, cada maldad, es un movimiento hacia el “sí mismo”, una regresión al autoamor, al narcisismo.
Así, los pazos son movimientos contrarios a nuestro destino y propósito, que es llegar a ser “como semejanza de Dios”, es decir, con plena agapi y libres.

Mediante los pazos, el hombre se ata con cadenas, se auto-encarcela en su propio egoísmo. Y lo más trágico es que, con el tiempo, aprende a amar sus propias cadenas.
El Yérontas Paísios (ahora Santo) decía: “A partir de los 30 años, el hombre comienza a amar sus pazos.”

A2) CÓMO SE CREAN LOS ΠΑΘΟΣ (PAZOS)

Mecanismo de creación de los pazos y breve recapitulación de lo anterior

Los pazos son un funcionamiento contranatural de las distintas fuerzas y energías humanas. Como se ha mencionado, según san Juan Damasceno, nuestra psique-alma es tripartita y consta de tres fuerzas básicas:

a) Lo λογιστικό (logistikó: nus, diania, doxa, fantasía y percepción o sentido), cuya función es orar, pensar en Dios y en las cosas divinas.
b) Lo θυμικό (cimikó) fuerza irascible (ira, enojo), para que nos enojemos y enfademos contra los demonios y nuestros malos λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía)
c) Lo επιθυμιτικό (epicimitikó), deseo o anhelo, para que amemos a Dios.

En principio, el nus, seguido por lo irascible y lo anhelante (junto con nuestra voluntad, es decir, nuestra independencia), pueden moverse de manera contranatural y conducirnos a la separación de Dios (= pecado). Estas fuerzas, a su vez, arrastran también al cuerpo hacia el pecado, es decir, hacia la desconexión con Dios.

La causa del pecado es la enfermedad de la voluntad humana: el mal uso, o uso contranatural, del don que Dios dio al hombre, llamado libre albedrío, independencia o autosoberanía.

En lugar de someter su voluntad a la Voluntad divina y hacer todo lo necesario para cumplirla, el ser humano forma y sigue sus propias voluntades egoístas, contrarias a la Voluntad de Dios.

Cuando estas voluntades y deseos egoístas se satisfacen, conducen al hombre al pecado y, por ende, a los pazos. La causa de la generación de estas voluntades y deseos perversos son los impulsos (sugestiones e instigaciones):

a) Sugestiones o impulsos del maligno
b) Sugestiones o impulsos del mundo (cosmos)
c) Sugestiones o impulsos del “hombre viejo” que todos llevamos dentro.

Así, la libertad humana o independencia queda sometida a las sugestiones, impulsos y loyismí, lo que da lugar al pecado.
La repetición constante de un pecado da origen al pazos correspondiente.

El mal, el pecado y los pazos no fueron creados por Dios. Dios es, por naturaleza, el único Bondadoso, Bueno, con perfecta απάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos) y el Ser o Existencia real. El mal, en cambio, no existe como entidad propia, sino que se define como ausencia del bien.

Los pazos como ausencia de las virtudes

Cuando las virtudes no están presentes, cuando no se ejercitan ni se practican, caemos en la esclavitud del pecado y de los pazos.
Cuando nos alejamos de la luz, vivimos en la oscuridad. Cuando Dios no actúa en nuestro interior, actúa entonces el hombre viejo o el demonio.

San Gregorio Palamás dice: “Cuando Dios no actúa en nuestro interior, todo lo que hacemos es pecado.”

Cuando el ser humano no está conectado ni unido a Dios -de manera que Dios actúe en él y por él- entonces cae en el pecado.

Esta conexión y comunión constante con Dios se mantiene a través de la vida mistiríaca (participación en los misterios, sacramentos de la Iglesia Ortodoxa) y la vida ascética o práctica.

Un papel primordial lo juega la oración incesante, en contrición y devoción. Esta oración no expresa otra cosa que la μετάνοια metania continua del hombre: pecador, pero creyente.

Sin esa conexión y comunión con Dios, el hombre se oscurece y pierde su participación en la Luz Divina Increada, viviendo así en Su ausencia, es decir, en la oscuridad del diablo.

El Señor nos habló sobre esta metania continua, cuyo elemento esencial es la oración constante: “Μετανοεῖτε (metanoeíte)”: Estad en metania continuamente, porque ha llegado la Realeza increada de Dios.

No dijo “Μετανοῆστε (metanoíste)” (arrepentíos una sola vez), sino “Μετανοεῖτε (metanoeíte)”, es decir, permaneced en metania, corrigiendo y enderezando continuamente vuestro camino, para no perder la Realeza increada de Dios, (es decir, el estado de estar con la Energía divina increada).

Μετάνοια metania incesante significa una búsqueda constante de la Divina Misericordia Increada, del Perdón de Dios por nuestros pecados, y al mismo tiempo un esfuerzo permanente por la corrección de nuestra vida.

En resumen, metania incesante implica oración incesante y vigilancia, de modo que:
a) Evitemos el pecado y los pazos
b) Apliquemos y cumplamos los Divinos logos es decir, los mandamientos de Dios.

Los pazos se generan cuando no nos arrepentimos y no vivimos en estado de metania constante.
Cuando no estamos en metania, cuando no nos arrepentimos, no nos confesamos, cuando falta el bien, cuando no utilizamos correctamente nuestras fuerzas y energías psíquicas y físicas, cuando la virtud está ausente, entonces “existen” el mal, el pecado y los pazos, como ausencia del bien y de la virtud.

Un pecado que se repite muchas veces, y por el cual el hombre no se arrepiente ni vuelve en la metania, genera un hábito malo. Este mal hábito empuja al hombre a cometer el mismo pecado con mayor facilidad y cada vez con más intensidad. El hábito negativo o mala costumbre se llama pazos o vicio (patología).

Por ejemplo, un hombre que se enoja una vez sin razón ha caído en el pecado de la ira animal, insensata. Si repite este comportamiento muchas veces, se crea en su interior un hábito o costumbre llamado pazos de la ira. Así, cada vez que se siente perjudicado, se perturba.
Se enfada con facilidad ante lo más mínimo, porque el pazos de la ira opera en su interior. Cuanto más se activa este pazos, más fácilmente cae en él y más intensamente queda esclavizado.
Se requiere entonces un movimiento decisivo de la voluntad humana, que, en combinación con la Χάρις (Jaris: Gracia divina, energía increada), conduzca al hombre a la metania, para que pueda liberarse del pazos concreto.

Este hombre ha hecho mal uso, repetidamente, de la fuerza psíquica llamada ira o enojo, que es un regalo de Dios, porque la ha dirigido en dirección equivocada. Así ha adquirido el pazos de la ira injusta. A causa de este pazos, se dirige contra aquellos a quienes debería amar -no solo como a sí mismo, como manda el Antiguo Testamento-, sino aún más, como enseña el Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, deja sin combatir a quienes realmente lo enturbian y castigan, es decir, a los demonios, así como a los loyismí (pensamientos) y los deseos que ellos inspiran, sin enojarse justamente contra ellos, conforme a la Escritura: “Enfadaos, pero no pequéis” (Ef 4,26)

Cuando la ira se utiliza para defender el Nombre de Dios, por ejemplo, cuando Su Santo Nombre es blasfemado, o para proteger al prójimo cuando es perjudicado, entonces esa ira es necesaria, no es pecado y es justísima.

Causas de los pazos

Los pazos se originan por el movimiento equivocado de la voluntad independiente, por la sugestión y por el impulso del maligno.

El descubridor del mal es el astuto maligno, el diablo. Él sugestionó, impulsó y sembró en el hombre el deseo de alcanzar la deificación sin Dios. La libertad y la voluntad humana consintieron. El hombre, queriendo ser autónomo, buscó la bienaventuranza, la felicidad y el placer (hidoní) por su cuenta. Así comenzó a pecar y a generar diversos pazos.

El abad Doroteo, en la Filocalía, afirma: “La psique-alma, al desviarse de las virtudes mediante la φιληδονία (filidonía: amor al placer, hedonismo), formó los pazos y los fijó en su contra.”

El deseo de placer (hidoní) -en todas sus formas de disfrute, ya sea psíquico o corporal, como la búsqueda de elogios humanos, riqueza, poder, cargos altos, etc.- ha hecho que la psique-alma se desvíe de la vida natural, y que el hombre actúe con independencia hacia el pecado.

Por tanto, el pecado es, primordialmente, una enfermedad de la voluntad y de la independencia (o libertad). Posteriormente, se expande y domina toda la hipóstasis humana (su base substancial), su ser integral.

Primero, el nus se mueve de forma equivocada; luego, la parte pasional de la psique -el irascible y el anhelante- es arrastrada en la misma dirección desviada.

¿Cómo se crearon los pazos?

El ser humano, en su estado original -el primer Adán antes de la caída- estaba sin pazos. Todas sus fuerzas psíquicas funcionaban de forma natural, orientadas hacia Dios. El hombre amaba a Dios “con toda su psique, con toda la fuerza de su voluntad, con toda su mente (diania) y con todo su corazón”. Dios dotó a la psique-alma humana de todas las facultades necesarias para alcanzar su finalidad: ser semejante a Él.

Después de la caída, la voluntad y la independencia humanas fueron mal utilizadas, y el hombre se separó de Dios. Tras ser expulsado del Paraíso, se comportó de manera egoísta, rehusó pedir perdón a su Creador y perdió así la conexión y la comunión con Él.

El primer pecado fue la desobediencia al mandamiento del ayuno. El hombre, cayendo en la negligencia, es decir, en el olvido imperceptible de Dios y en una pereza tanto física como espiritual, incitado e impulsado por el maligno, se apartó de Dios y se volvió autónomo, perdiendo de ese modo la “visión, expectación” de Dios.

Buscó su θέωσις (zéosis: divinización, glorificación) con sus propias fuerzas, sin la ayuda de Dios.
Se hizo ídolo a sí mismo y a las las creaciones. Buscó el placer en las creaciones. Esclavizó su nus (espíritu de la psique) a los sentidos, al ambiente y al entorno.
Eva “vio” el fruto prohibido, lo deseó y luego lo “comió”, desobedeciendo a su Creador.

El primero en ser creado hombre intentó hallar la felicidad mediante un amor insensato hacia sí mismo, abandonando a su Creador. El olvido y la racimía (pereza espiritual y corporal) lo dominaron. Se esclavizó en la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, amor excesivo a sí mismo y al cuerpo).
Su nus, oscurecido, arrastró también a las demás fuerzas psíquicas a un funcionamiento contranatural. Se orientó afectiva y reverentemente hacia las criaturas y los placeres terrenales.

A consecuencia del Pecado Original, se introdujeron en el hombre:
a) Una tendencia hacia el pecado
b) Los distintos pazos irreprochables (como el hambre, la sed, el dolor, la tristeza, la pena…)

Estos pazos, dados por Dios, cuando se usan con el propósito correcto y se satisfacen con moderación, no conducen al alejamiento de Dios (es decir, al pecado). Pero cuando se satisfacen en exceso o se reprimen de manera antinatural, entonces se convierten en pazos reprochables (pecaminosos).

Después de la caída, el hombre, según san Gregorio Palamás, con su voluntad, lamentablemente generó los diversos pazos; primero, hacer mal uso de sus fuerzas y energías psíquicas y, segundo, caer en la satisfacción desmedida de los pazos irreprochables, convirtiéndolos en reprochables.

A3) CÓMO SE SANAN, SE “PSICOTERAPIAN” LOS PAZOS

El hombre que no ha realizado la catarsis de sus pazos es un psicópata, según los Santos Padres.
El verdadero psicópata, en sentido patrístico, es todo aquel que está encadenado a sus pazos. Por supuesto, también el depresivo -en el sentido patrístico- es considerado un psicópata.
La psicopatía, en este contexto, consiste en que el corazón del hombre no está limpio, sanado ni puro, sino contaminado e infectado por los λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía, ideas) y las cadenas de los pazos.

Este hombre necesita terapia, “psicoterapia” es decir, sanación. La verdadera terapia es la catarsis y la iluminación del νούς nus, que se alcanza por medio de la vida ascética, practicante y mistiríaca (participación en los Misterios de la Iglesia Ortodoxa). Solo entonces el hombre deja de ser un psicópata y se libera también de la depresión.

El padre Ioanis Romanidis enseña: “Toda persona es un psicópata, según los Padres de la Iglesia. Cada persona lo es en el sentido patrístico de la palabra. No es necesario ser esquizofrénico para ser psicópata.
El término ψυχοπάθεια (psicopazia), psicopatía, en su sentido patrístico, describe la enfermedad del hombre en quien no funciona correctamente la energía de su nus. Es decir, aquel que está lleno de loyismí impulsivos (pensamientos simples o mezclados con fantasía, ideas o reflexiones), no sólo malos, sino incluso ‘buenos’.

Aquel que alberga en su corazón loyismí, sean buenos o malos, es considerado un psicópata según los Padres. Aunque esos loyismí sean los más éticos o profundamente inmorales, el hecho de que gobiernen su interior lo convierte en un psicópata espiritual.

En resumen, quien no ha pasado por la catarsis (sanación) de su psique (alma) de los pazos y no ha llegado al estado de iluminación por la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo, es un psicópata -no en el sentido de la psiquiatría moderna, sino en el sentido de la tradición ortodoxa.

Para el psiquiatra, el psicópata es alguien con psicosis o esquizofrenia. Pero para la Ortodoxia, quien no ha sido catartizado purgado, purificado y sanado de sus pazos ni iluminado por la divina gracia increada, ¿es verdaderamente normal? Esa es la cuestión.”
(La religión es una enfermedad neurológica y la Ortodoxia su terapia y sanación, pp. 67–76 https://www.logosortodoxo.com/la-religion-es-una-enfermedad/).

Antes de la caída, el hombre no era psicópata. La energía de su nus, la energía noerá, funcionaba normalmente. Ierotheos Vlajos señala: “En el hombre antes de la caída, el nus recibía la divina Jaris (gracia, energía increada), la cual se distribuía por su cuerpo y desde allí resplandecía en toda la creación.

Después de la caída, todo cambió. La psique-alma absorbió al cuerpo, generando la φιλαυτία (filaftía: egolatría, amor excesivo a sí mismo y al cuerpo, egocentrismo) y los pazos psíquicos. El cuerpo absorbió la creación y aparecieron los pazos somáticos o corporales, dando origen también al problema ecológico.

Esta manifestación de los pazos genera además problemas sociales.

Por ello, es necesaria la terapia, “psicoterapia”. El cuerpo debe someterse a la psique-alma, y esta debe inspirarse en la Jaris divina de Dios.” (Teología Ortodoxa Níptica).

Terapia del hombre psicópata tras la caída contiene:

  1. a) La apocatástasis, es decir, el restablecimiento de la oración noerá o oración de Jesús en el corazón
    b) La expulsión de la filaftía egolatría y su sustitución por la αγάπη (amor incondicional, desinteresado), en Espíritu Santo, hacia Dios y el prójimo.

El egoísmo y la φιλαυτία filaftía egolatría

El egoísmo está íntimamente vinculado con la soberbia u orgullo, y ambos se enlazan con la filaftía egolatría.
De la filaftía nacen todos los pazos, y el egoísmo mismo es fruto de ella.

El bienaventurado yérontas Paísios, al ser preguntado sobre la filaftía, respondió: “Filaftía es hacerle favores a tu ‘hombre viejo’, es decir, amar a tu antiguo hombre. También la gula, el egoísmo, el enfado, enojo y la envidia tienen como almacén de alimentación la filaftía.”

El amor desordenado al propio “yo”, la autoalabanza y el hecho de que uno se considere el centro del mundo son la catástrofe del ser humano.
El encierro egocéntrico, el giro de la fuerza y energía amorosa del hombre hacia sí mismo, constituye un funcionamiento de autoencarcelamiento, autodestrucción y autodisgregación de la persona humana.

El hombre es un ser social, creado para amar a Dios y al prójimo.
Para lograrlo, debe dejar de ser fílaftos ególatra y aprender a amar con la divina agapi:

a) Desinteresadamente

b) Sin límites ni distinciones

c) Con su sacrificio, que puede llegar hasta la muerte, debe combatir la φιλαυτία filaftía.

El hombre deberá luchar constantemente para salir y olvidarse de la enferma agapi —es decir, el amor desordenado a sí mismo— y comenzar a moverse amorosamente hacia Dios y su prójimo.

Esta “salida” no es, por supuesto, una dispersión del nus hacia las creaciones, sino un descubrimiento del verdadero yo, de la esencia de nuestra psique-alma, que lleva al encuentro con Dios. Es una negación del egocentrismo y de la voluntad egocéntrica, y en general, del hombre viejo. Es la negación “de nuestro antiguo mal carácter”, conforme el los logos del Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…” (Mt 16,24).

Para lograr la liberación de la filaftía, debe realizarse la catarsis del corazón de los pazos, mediante la μετάνοια metania.

Esta catarsis es obra del Espíritu Santo, quien colabora y coopera con la voluntad humana.

La concentración del nus en el corazón y la búsqueda incesante de la misericordia (increada) de Dios son indispensables para que se active y energice la fuerza catártica purgadora y sanadora del Espíritu Santo, que habita en el centro del corazón del hombre bautizado.

El nus en el corazón

El nus del hombre, según los Santos Padres, debe encontrarse dentro del corazón. No debe esparcirse hacia el exterior mediante los sentidos, sino retornar a sí mismo y permanecer en el corazón, orando.

La energía del nus, que se dispersa hacia el ambiente a través de los órganos sensoriales, debe regresar a su esencia, que reside en el corazón del hombre.

Así como Dios tiene esencia y energía increadas, también el hombre creado a imagen de Dios (el nus) tiene esencia, la cual se encuentra dentro del corazón (y se llama corazón profundo), y energía (la cual se llama energía noerá). La energía noerá actúa en el corazón del que está espiritualmente sano como oración noerá incesante (el nus), y en el cerebro como διάνοια (diania: mente, intelecto o lógica).

(Notas para mejor comprensión: a) Nus (νοῦς): En la tradición patrística ortodoxa, se refiere a la parte más elevada de la alma, la capacidad espiritual de conocer a Dios directamente. b) Diania (διάνοια): mente intelecto, la facultad racional, la mente discursiva o lógica. c) Oración noerá (νοερά προσευχή prosefjí): Es la oración del corazón, especialmente la oración de Jesús repetida incesantemente por el nus dentro del corazón profundo.)

Cuando este retorno del nus se ha completado, él mismo se eleva y ve a Dios, según san Basilio el Grande. Entonces, la energía noerá del hombre funciona correctamente. El nus, es decir, la psique-alma, opera con naturalidad, conforme al propósito divino. La oración noerá es la señal de una psique-alma sanada. Mientras el hombre no ora, está psíquicamente enfermo o muerto.

El yérontas Sergio enseñaba: “Comprendamos y tomemos plena conciencia de que, así como el cuerpo sin alimento se enferma y muere, de igual manera la psique-alma sin oración se enferma y muere. La oración es el alimento de la psique-alma.”

Por tanto, para que la psique esté sanada, el hombre debe orar.

El restablecimiento de la oración noerá

La Iglesia tiene como propósito el restablecimiento (apocatástasis) de la unión del hombre con Dios, la comunión ininterrumpida del nus con Él, (esencialmente la oración noerá o de Jesús en el interior de las psiques-almas de Sus miembros).

El padre Romanidis enseña: “La terapia de la psique-alma, o psicoterapia del hombre, es la ocupación principal de la Iglesia Ortodoxa. La Iglesia siempre ha sanado el ‘espacio de la psique-alma’. Desde la tradición hebrea, y por experiencia de Cristo y los Apóstoles, se ha sabido que en el corazón natural del hombre funciona algo que los Padres llamaron nus. Tomaron el término tradicional nus -que originalmente significaba diania (intelecto o mente racional) y logos y lo diferenciaron. Llamaron nus a esta energía noerá, que opera en el corazón del hombre sano psíquicamente. No sabemos con precisión cuándo ocurrió esta distinción, pues algunos Padres usaban nus para referirse tanto a la lógica como a la energía noerá cuando esta descendía y actuaba en el corazón.

Desde esta perspectiva, la energía noerá es una sola: la única energía de la psique-alma. En el cerebro funciona como lógica, y en el corazón como nus. Es decir, el mismo órgano -el nus– ora incesantemente en el corazón (en aquellos que tienen la oración incesante) y al mismo tiempo piensa, por ejemplo, en matemáticas u otros asuntos en el enquéfalos (cerebro).” (J. Romanidis, Teología Patrística https://www.logosortodoxo.com/teologia-patristica-ortodoxa/)

En los textos de los Santos Padres se habla con frecuencia sobre el regreso del nus al corazón, el retorno de su energía a su esencia. San Basilio el Grande dice: “El nus que no se dispersa hacia fuera ni se esparce mediante los sentidos al mundo, regresa a sí mismo y, por sí mismo, se eleva al conocimiento y significado de Dios. Luego, iluminado por la belleza de Dios, por la divina Jaris (gracia, energía increada), por la Luz Increada de Dios, deja de interesarse por las cosas terrenales e incluso olvida su propia naturaleza. Este hombre ya no se preocupa con angustia y desesperación por lo que comerá o vestirá”.

El regreso del nus desde su dispersión hacia el corazón, es decir, el retorno de su energía a la esencia, constituye su terapia,psicoterapia” y su apocatástasis: su restablecimiento a su estado natural.

Entonces, el corazón, mediante la oración noerá o cordial incesante, se purga y se purifica (catarsis) y acoge en su interior al Espíritu Santo, que se manifiesta con Su fruto: “Agapi, alegría, paz, tolerancia, magnanimidad, fe…” (Gal 5:22-23)
De este modo, desaparecen los pazos, el egoísmo, y con ello se disuelven también la λύπη lipi (tristeza, aflicción, angustia, pena, sufrimiento, depresión) y la desesperanza.

La terapia general de los pazos

La sanación, psicoterapia de nuestros distintos pazos se alcanza cuando usamos correctamente el don, regalo de la libertad y cooperamos con la Divina Jaris (gracia, energía increada), viviendo dentro de la Iglesia. Entonces por la Divina Jaris se lograrán:

a) La catarsis, el restablecimiento y funcionamiento correcto de la energía noerá en nuestro interior.

b) La redirección de la parte pasional (irascible y anhelante) de la psique-alma hacia Dios.

En concreto, por medio de la divina Jaris, el hombre debe:

a) Dar alas a la parte logística (racional) de la psique con oración pura e incesante.

b) Dominar la parte irascible mediante la agapi.

c) Domeñar la parte anhelante (el deseo) con la contención y el autodominio.

Además, es necesario combatir tres “gigantes” espirituales:

a) La ἀγνοία (agnía) ignorancia, desconocimiento.

b) La λήθη (lízi) olvido.

c) La ρᾳθυμία (racimía) negligencia, pereza, desgana espiritual y física, y el apego a la carne y a la conducta carnal.

Para la consecución de la terapia “psicoterapia” del Cristiano que es la consecución de la Catarsis y la Iluminación, hace falta la sinergia, colaboración de Dios y del hombre. (Sinergia=cooperación de la energía de la voluntad humana con la energía de la voluntad Divina).

El hombre coopera con la Divina Jaris obedeciendo las instrucciones de su guía espiritual (pnevmatikós). Sin guía espiritual que tenga el discernimiento de espíritus no se puede vivir la vida espiritual y lograr la catarsis de los pazos.

La preparación para que el hombre reciba la Χάρις Gracia Divina se realiza mediante la vida ascética, la cual prepara la psique-alma para recibir la energía increada y deificante (la Jaris Gracia Divina).»
Cuando el cristiano está en ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y μετάνοια metania, ayuna, se autocontiene, lucha corporal y espiritualmente y ora, se vuelve receptivo a la Divina Χάρις Jaris.

Esta Χάρις Jaris fortalece al hombre en su lucha ascética y opera en él la Catarsis y la Iluminación. «¿Y cómo se ofrece la Gracia Divina al cristiano que lucha espiritualmente?», se pregunta uno. A través de los Santos Misterios y, sobre todo, mediante la confesión regular y la Divina Comunión.

Lo que más contribuye a la Catarsis del corazón es la obediencia al guía espiritual, la invocación constante del Nombre Divino y el ayuno moderado y la vigilia Al mismo tiempo, el cristiano debe cortar las causas de los pazos y hacer todo lo humanamente posible para dominarlos.

Inmediatamente después de la Resurrección de Cristo y la aparición de la Iglesia, los cristianos eran reconocidos como “los que invocaban el nombre” de Cristo, y la nueva “elección” de Dios se identificaba con la lucha por “llevar Su Nombre”. Así como el Señor dijo que no podemos “tener vida eterna” si no “comemos la carne del Hijo del Hombre y bebemos su sangre”, así también los testigos de Su Resurrección afirmaron muy pronto que “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el cual debamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Así, la invocación del nombre del Señor Jesús Cristo y la participación en Su Cuerpo y Su Sangre se convirtieron en los dos polos centrales de la vida, en torno a los cuales se realiza la salvación del nuevo pueblo, que fue redimido por “la pasión de Su muerte”.

Para vencer las pasiones (pazos), deben ser vencidos los pecados correspondientes a las tres partes de la psique-alma. Por eso, concluiremos nuestra breve referencia a los pazos mencionando los pecados de las tres partes de la psique-alma y el tratamiento de cada pecado correspondiente. A continuación, hablaremos también de la prevención de las pasiones (pazos) y de los pecados mediante el combate de los pensamientos correspondientes.

Cuáles son los pecados de las tres partes de la psique-alma y cómo se sanan.

San Juan Damasceno enseña que la psique humana se compone de tres partes: 1) Lo logístico (racional), 2) Lo irascible (emocional) y 3) Lo anhelante (el deseo).

Los pecados de la parte racional (logistikón) son los siguientes: incredulidad, herejía, insensatez, blasfemia, ingratitud y los consentimientos de los pecados, los cuales provienen de la parte pasional. La terapia y la sanación de estos males son los siguientes: la fe firme en Dios y en los verdaderos y sin error dogmas ortodoxos de la piedad, así como el estudio incesante de los logos del Espíritu, oración clara e incesante, y gratitud constante a Dios.

Los pecados de la parte irascible (emocional) son los siguientes: Crueldad, odio, rencor, envidia, asesinato (incluso en pensamiento) y el estudio continuo en estos y otros semejantes. La sanación y terapia de estos son agapi, bondad, apacibilidad, filantropía, simpatía y espíritu libre de maldad.

Los pecados de la parte anhelante (el deseo) son los siguientes: la glotonería, la gula, la embriaguez, la fornicación, el adulterio, la impureza, la lascivia, el amor al dinero, el deseo de vana gloria y el deseo de oro, riquezas y placeres carnales. Su terapia y sanación son: el ayuno, la continencia, el sufrimiento voluntario, la pobreza voluntaria, el reparto del dinero entre los pobres, el deseo de los bienes futuros, el anhelo de la realeza increada de Dios y el deseo de la filiación divina.

Prevención: lucha contra los malos pensamientos

Hemos dicho que los malos pensamientos son el principio del pecado y del desarrollo de los pazos. Por lo tanto, deben combatirse los ocho pensamientos fundamentales del mal para poder vencer los pazos y los pecados correspondientes a los que estos conducen.

El modo de hacerlo nos lo enseña San Juan Damasceno, la eliminación de las ocho pasiones debe realizarse del siguiente modo:

«Con la templanza (contención, autodominio y ayuno), se elimina la gula.

Con el divino anhelo y el deseo de los bienes futuros, se elimina la lujuria.

Con la compasión y simpatía hacia los pobres, se elimina la avaricia.

Con αγάπη (agapi: amor, incondicional, desinteresado) y la bondad hacia todos, se elimina la ira, enojo.

Con la alegría y gozo espiritual, se elimina la tristeza mundana.

Con la paciencia, la constancia y la acción de gracias a Dios, se elimina la acedia (pereza espiritual, desánimo).

Con el trabajo oculto de las virtudes y la oración continua con contrición del corazón, se elimina la vanagloria.

Al no juzgar ni despreciar al prójimo, como hizo el arrogante fariseo, sino considerándose uno mismo como el último de todos, se elimina la soberbia u orgullo».

Pequeño epílogo

Todo lo anterior es una síntesis sobre qué son los πάθος pazos, cómo se originan, qué efectos producen y cómo pueden sanarse y psicoterapiarse en Cristo.

Pidamos con fe, por la gracia de Dios y la bendición de la Zeotokos y de Todos los Santos, convertirnos en vencedores en la lucha espiritual contra nuestros pazos, para que seamos dignos de la Divina Iluminación y de la Realeza Increada de Dios.

FIN DE LA PRIMERA PARTE
¡Gracias y Doxa a Dios

B´ PARTE: LA DEPRESIÓN

«Me turban los asaltos de las pasiones, llenando mi alma de gran desánimo; apacíguame, Oh Doncella, con la paz de tu Hijo y Dios, Oh Toda Inmaculada, (Pequeño Canon de Súplica dirigido a la Santísima Madre de Dios Υπεραγία Θεοτόκος).

Introducción.

Como introducción en el tema exponemos un texto muy conciso del hombre sanado o “psicoterapiado” verdaderamente, es el sabio Yérontas Porfirio (ahora Santo), donde se refiere:

  1. a) Sobre mecanismo causal y patológico de la creación de la depresión, y b) la terapia de la depresión.

Ocurre muchas veces, observa el Yérontas, que el hombre de hoy en día siente tristeza, aflicción, depresión, melancolía, parsimonia, indolencia, pereza, acidia y todas estas cosas satánicas. Sucede que esté entristecido, angustiado, melancólico y llorando, y no da ninguna importancia a su familia; gasta un montón de dinero en psicoanalistas para tomar fármacos. Todas estas cosas los hombres las llaman “inseguridad”. Nuestra Iglesia Ortodoxia cree que todas estas cosas son tentaciones (del demonio).

El dolor es una fuerza psíquica que el Dios ha puesto en nuestro interior con el fin de hacer el bien, vivir la agapi (amor desinteresado, incondicional), experimentar la alegría y fomentar la oración. En vez de esto, el diablo consigue y toma esta fuerza y energía de la batería de nuestra psique-alma y la utiliza para el mal, la convierte en depresión y trae en la psique parsimonia, desánimo, indolencia y acidia.

De lo anterior llegamos a la conclusión que la causa de los problemas psicológicos y de la depresión son los pazos y el astuto maligno que los promueve y estimula.

Y continúa el Yérontas apocaliptando (revelando) también la terapia o psicoterapia: “El gran arte, pues, el gran secreto, para que seas liberado de la depresión y todas estas cosas negativas es que te entregues a la αγαπη agapi (amor incondicional) de Dios.

Epigramáticamente expresando las palabras del Yérontas, decimos que el egoísta está siendo robado por el astuto maligno. La fuerza y energía del dolor, que es un regalo de Dios para utilizarlo para amar a Dios y al prójimo, el diablo lo convierte en tristeza, sufrimiento y depresión.

La terapia de esta desviación es la humildad, como preparación para que sea atraída la Divina Jaris (energía increada) y después la agapi a Dios a través del Culto y la oración.

B1) ¿QUÉ ES LA DEPRESIÓN?

La desorientación del hombre contemporáneo

Desgraciadamente, existe una profunda desorientación en el hombre actual. El hombre contemporáneo es un paciente psíquico, ya que vive en un estado posterior a la caída.
Esta desorientación proviene de la pseudoiluminación de Occidente -de las luces creadas- que no dirigen la mirada hacia Dios. Por eso, la gnosis creada (el conocimiento humano) de Occidente no puede sanar ni “psicoterapiar” a los pacientes psíquicos, que son todos los hombres.
Los pazos -las pasiones-, trágica y lamentable herencia de todos los hombres tras la caída, no pueden ser sanadas o «psicoterapiadas» sino únicamente por medio de la Divina Jaris (Gracia, energía increada).
Con la Jaris, y sólo con la Jaris, el ser humano puede llegar a estar psíquica y espiritualmente sano, y convertirse así en una persona verdadera, con personalidad (divina).

“El hombre que no cree en Dios y en la vida eterna”, decía el Yérontas Paísios, “condena su psique-alma para siempre, y permanece inconsolable también en esta vida”.

Creo que todos nuestros esfuerzos deberían orientarse en esa dirección. Vemos cómo casi toda Europa ha depositado su esperanza en la ciencia —es decir, en la gnosis humana creada—, pretendiendo con ella restituir la imagen de Dios.
Pero como no están, en su mayoría, orientados hacia Dios ni invocan Su divina intervención, sufren ellos mismos, y hacen sufrir a pequeños y grandes.
Asimismo, la naturaleza -el entorno natural- que poco a poco han ido deformando y distorsionando, también ha empezado a deformar y distorsionar a los hombres y “tratarlos” en los psiquiátricos con electroshock” (Yérontas Paísios: “Psicología”).

Los sacerdotes contemporáneos, en muchos casos, ejercen una pastoral secularizada y mundanizada, centrada en la asistencia social: con bailes, fiestas tradicionales, corros y actividades culturales, en lugar de ofrecer la verdadera terapia: la psicoterapia de la psique-alma.
El bienaventurado Yérontas Paísios escribía: “Veo a la pobre juventud abandonada por los guías espirituales”.

Esto se debe a que muchos de estos guías dedican su tiempo al bienestar social, el cual -por otra parte- es gestionado con mayor eficacia por el Estado o por otras instituciones. Y el trabajo que corresponde a los guías espirituales, lamentablemente, lo realizan hoy los psiquiatras, la mayoría de los cuales no aceptan la existencia de la psique (alma), o la aceptan bajo sus propios términos, sin reconocer su valor. Y sin embargo, una sola psique vale más que todo el mundo, como nos ha dicho el mismo Cristo.

“Si no existieran los libros de psicología —decía Yérontas Paísios— tendríamos menos suicidios, porque muchos, al leerlos, se condenan a sí mismos. En cambio, la Jaris (energía increada) de Dios expulsa incluso los problemas hereditarios y trae alegría”.

El Cristo no nos preguntará, a nosotros los sacerdotes, cuántas iglesias hemos construido, sino cuántas psiques hemos sanado, salvado y “psicoterapiado” con Su Jaris.

Según los santos Yérontas Porfirio y Paísios, detrás de la psicopatología contemporánea, cada vez más extendida, se ocultan los pazos y los demonios.

Un hijo espiritual del multicarismático Yérontas Porfirio relata:

“Un hombre que sufría molestias estomacales y ardores acudió al padre Porfirios, quien le dijo que aquellas molestias se debían a su excesiva sensibilidad, y que esa tristeza también causaba síntomas corporales.
El hombre le preguntó si era malo ser sensible, y el Yérontas respondió: Es malo ser tan sensible como tú, porque con tu tristeza o disgusto provocas enfermedades somáticas.
Luego le preguntó si conocía la implicación del maligno en las enfermedades psíquicas.
—No —respondió el hombre.
—Entonces, apréndelo de mí —dijo el Yérontas.” (Conversaciones sobre la depresión con el Yérontas Porfirio, pág. 12)

Esto no significa que todas las personas con enfermedades psíquicas estén endemoniadas, sino que, como ya se dijo, muchos de los problemas psicológicos son de origen tentador (demoníaco) y están relacionados con el “hombre viejo” y con el estado de caída en que vivimos.

 

¿Psiquiatra o Pnevmatikós (guía espiritual)?

Para sanar las distintas enfermedades psíquicas y psicológicas, deben ser eliminadas sus causas: los pazos (especialmente el egoísmo) y también los demonios con sus energías.

El padre Porfirios preguntaba:

“¿Qué significan la angustia, la ansiedad, los nervios y las enfermedades psíquicas?”
Y él mismo respondía:
“Creo que el diablo está detrás de todo esto. No nos sometemos a Cristo con agapi (amor incondicional) entonces entra el diablo y nos confunde”.

Estos males —los pazos y los demonios— no se alejan con cápsulas, pastillas ni electroshocks, sino con el Misterio de la Confesión General. El hombre debe confesarse sinceramente de todos los pecados de su vida, de los acontecimientos más importantes que lo han marcado, y de cómo los ha afrontado, tal como enseñaba el Yérontas Porfirios. (Vida y logos, pág. 370)

El Yérontas Paísios, a la vez, sugería a los enfermos que buscaran consejo también de médicos cristianos, porque -según decía- Dios los ilumina según el caso. Sin embargo, había expresado en diversas ocasiones su profunda disconformidad hacia los libros de psicología y hacia la psicología y psiquiatría ejercidas por científicos y médicos que no creen en la existencia de la psique humana, tal como la concibe la teología de la Iglesia Ortodoxa Oriental.

Él mismo era un profundo conocedor -por la Jaris (energía increada) de Dios- del misterio de la psique espiritual, intuitiva y lógica que habita en el hombre, así como de sus manifestaciones fisiológicas y patológicas. Sufría y se entristecía profundamente al constatar los graves errores cometidos en el tratamiento de estos enfermos, errores que traían consecuencias serias tanto para el paciente como para su entorno.

Como la mayoría de los profesores académicos de psiquiatría consideran que los “fenómenos psíquicos” tienen únicamente un fundamento biológico —lo cual equivale a negar la existencia de una psique espiritual, inmaterial, intuitiva y lógica—, el Yérontas era muy cauto e incluso contrario a muchas de las terapias aplicadas por estos psiquiatras.

El Yérontas Paísios, en plena concordancia con el Yérontas Porfirio, sostenía que la mayoría de las enfermedades psíquicas tienen causas espirituales, y que los psicofármacos ni sanan ni psicoterapian al ser humano, sino que simplemente lo mantienen en un estado contenido, de represión emocional. Admitía, sin embargo, que podrían usarse con mesura en casos graves, hasta que sea posible una comunicación real con el paciente. (Yérontas Paísios: Psicología y problemas psicológicos)

Después, la contribución del Misterio de la Confesión General se vuelve determinante para una terapia psíquica y espiritual completa, definitiva y total, por medio de la Divina Jaris.

Dios quiera que cese la desorientación del hombre actual, que tiende a reemplazar al guía espiritual por el psicólogo o el psiquiatra, quienes en muchos casos buscan vanamente la terapia de la psique-alma donde no existe.

Observa el Yérontas Paísios: “Quieren calmar y tranquilizar al hombre con pastillas o con teorías del yoga, pero no buscan la verdadera tranquilidad y serenidad interior, que viene sólo cuando el hombre se hace humilde, y entonces viene el divino consuelo a su interior.” (Cartas del Yérontas Paísios)

La verdadera tranquilidad, serenidad y paz interior provienen de la Divina Jaris, la cual sólo es concedida a los humildes.

“El modelo de formación exterior -afirma el Yérontas-, basado en la ansiedad, la angustia y el estrés, conduce diariamente a centenares de personas -¡incluso a niños pequeños!- hacia psicoterapias, psicoanálisis y psiquiatras. Se construyen cada vez más hospitales psiquiátricos y se ‘reciclan’ constantemente psiquiatras, formados en cursos donde no creen en Dios ni aceptan la existencia de la psique-alma. ¿Cómo es posible, entonces, que tales personas puedan sanar, psicoterapiar la psique-alma humana, si ellos mismos están llenos de ansiedad y estrés? ¿Cómo puede alguien ser verdaderamente consolado, si no cree en Dios ni en la verdadera vida, la vida eterna?
Cuando el ser humano comprende el significado profundo de la existencia, entonces desaparecen la ansiedad, la angustia y el estrés. Viene el divino consuelo y se produce la psicoterapia y sanación.”

“Si alguien leyera en un hospital psiquiátrico los textos del Abba Isaak a los enfermos, se sanarían aquellos que creen en Dios, porque descubrirían el sentido más profundo de la vida.”(Yérontas Paísios: Haced vuestra vida sencilla y sincera, para que se alejen la ansiedad, la angustia y el estrés)

La terapia o psicoterapia existe sólo en el verdadero “hospital espiritual” que es la Iglesia Ortodoxa, y es ofrecida gratuitamente por el Médico de nuestras psiques-almas y cuerpos: nuestro Señor Jesús Cristo.

La verdadera lucha consiste en la divinización del recipiente humano, es decir, de nuestra psique-alma y nuestro cuerpo.
La salud psíquica y espiritual, así como la sanación, tienen un impacto directo en el cuerpo, porque lo que afecta al alma afecta también al cuerpo, el cual nunca es despreciado por la Ortodoxia.

 

La depresión: enfermedad galopante del mundo

La depresión es actualmente la enfermedad de más rápido crecimiento en todo el mundo. Su causa principal es el egoísmo exacerbado del ser humano moderno, su entrega sin medida al orgullo, la soberbia y los demás pazos.

Según datos oficiales de la Organización Mundial de la Salud, para el año 2020 la depresión será la enfermedad más frecuente al mundo desarrollado y habrá pasado de ocupar el quinto al segundo lugar entre las enfermedades que provocan pérdida de años de vida, invalidez y disfunción social, solo superada por las cardiopatías isquémicas.
Ya en 2011, uno de cada tres hombres mayores de 45 años en todo el mundo padecen de depresión, y se estimaba que ese porcentaje aumentaría un 50% en solo diez años.

Esta enfermedad afecta especialmente a las mujeres mayores de 40–45 años, en quienes la frecuencia es tres veces mayor que en los hombres. La situación cada vez empeora. Una investigación a gran escala reveló que 156 millones de personas -el 35% de la población europea- sufren anualmente algún tipo de anomalía y alteración psíquica o neurológica.
Dichos resultados fueron publicados en la prensa por el Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología, en Londres, tras tres años de estudio en 30 países (27 de la UE, más Noruega, Suiza e Islandia).
(Revista Democracia, 6-9-2011)

La enfermedad más frecuente es la depresión, especialmente entre mujeres de 25 a 40 años que intentan equilibrar con grandes esfuerzos carrera profesional y familia.
Cuatro de cada diez europeos padecen algún problema de salud psíquica, entre ellos la depresión, ansiedad, insomnio e incluso esquizofrenia.

Estas conclusiones son profundamente preocupantes. Lo notable es que no afectan solo a países pobres, como nuestra patria, sino principalmente a naciones ricas como Francia, Suiza, Alemania e Inglaterra…

Los resultados de esta investigación demuestran que el dinero no regala felicidad al hombre.
Estos países tienen recursos materiales, pero carecen de una relación viva y profunda con Dios. Viven en el ateísmo, la herejía y el pecado.
Por eso, cuando se tambalean sus economías, y ya no pueden encontrar placer en sus estilos de vida, sus habitantes se deprimen, se desesperan y se enferman psíquicamente. No tienen en qué apoyarse.

Su dios es el dinero, pero el dinero no puede consolarlos, ni asegurarlos, ni sanarlos, ni salvarlos. Sólo el Jesús Cristo otorga la paz, la serenidad y la seguridad, tanto para el presente como para el futuro.
Quienes se unen a Cristo no se desesperan ni se deprimen jamás.

 

El alejamiento del hombre de Dios y su enajenación

Vivimos en un mundo que se hunde cada día más en la depresión, el tedio, el aburrimiento, la soledad, el materialismo y la vida carnal.
Todo esto es el amargo fruto del alejamiento del hombre de su Creador. Desgraciadamente, la mayoría de las personas ha negado a Dios.

Cuando los hombres se alejan de la vida natural y sencilla, observa el Yérontas Paísios, y se encaminan hacia el lujo, tanto más aumenta el ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés). Y mientras se distancian de Dios, es natural que no encuentren descanso ni reposo en ninguna parte. Por eso corren inquietos incluso hasta la luna -como la correa de una máquina alrededor de una rueda-, porque en todo nuestro planeta no cabe tanta inquietud.

Del bienestar y la felicidad mundana surge mucho ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés). La formación externa, acompañada de este ἄγχος, recalca nuevamente el Yérontas, conduce diariamente a centenares de hombres -incluso a niños pequeños angustiados- a psicólogos y psiquiatras, y se construyen continuamente hospitales psiquiátricos mientras se reciclan profesionales con cursos de formación en psiquiatría.

¡Y los turistas extranjeros que recorren estos lugares bajo tanto calor, ruido y polvo, imagínate lo que sufren! ¡Qué presión interior deben tener para que ese ahogo exterior les parezca un descanso, un alivio o un respiro!

Cuando veamos a un hombre con mucho ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés) y tristeza, aunque aparentemente lo tenga todo -que no le falte nada-, sepamos que lo único que le falta es Dios.

El padre Porfirio decía: “Toda la gente, creyentes y no creyentes, es consumida por esto… el alejamiento de Dios que trae la soledad. Y cuando se niega el misterio… un misterio… Se han hecho tantos médicos, psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos que reciben enfermos… ¿ay, qué enfermos? ¿Quién eres tú para tratar con enfermos? Y al final resulta: ¿Qué ves, doctor? ‘No, no tienes nada… tienes inseguridad.’ ¿Qué quiere decir inseguridad? ‘No tienes nada, toma esto’. Pero si no te entregas a ti mismo a Dios, ¿qué te va a hacer esto? Hoy te narcotizará o te drogará, y mañana puede que venga algo peor.” (Yérontas Paísios: “Haced sencillas vuestras vidas para que no tengáis ἄγχος”).

El hombre deprimido y preocupado contemporáneo de Occidente, o con mentalidad occidental, vive en el ocaso de su cultura porque ha confiado en la autonomía fuera de Dios, en la razón (racionalismo) y en la satisfacción de sus pazos.

“Han transformado la verdad de Dios en mentira y han reverenciado y hecho culto a la creación y no al Creador… Por eso Dios los ha entregado a pazos pasiones indecentes” (Rom 1, 25-26). Dios permite que aprendamos de las consecuencias de lo que padecemos. Del lema del apóstol Pablo se deduce que el hombre es entregado —por concesión de Dios— a pazos pasiones que lo deshonran y ridiculizan. La causa de esta concesión pedagógica divina es el pecado, la pereza espiritual y física, y el hecho de que los hombres no han querido conocer a Dios. “No se preocuparon de tener el conocimiento correcto de Dios” (Rom 1,28), es decir, de tener auténtica percepción, sentido y gnosis (increada) de Dios en su interior, a través de la agapi-amor y de un giro total hacia Él.

El resultado es que sean entregados por Dios al oscurecimiento del νούς nus, en un nusreprobado” (Rom 1,28), incapaz de discernir la verdad; por lo tanto, sus obras son indecentes y pecaminosas, obras de tinieblas.

Los actos y consecuencias de estος πάθος pazos son terribles desviaciones humanas, alteración y corrupción de la persona. Los hombres se han llenado “de toda injusticia, maldad, avaricia y perversidad. Están repletos de envidia, homicidios, contiendas, engaños, mala intención. Son contenciosos, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de males, desobedientes a sus padres, insensatos, desleales, crueles y sin misericordia…” (Rom 1,29-31).

Este aislamiento total, esta falta de agapi y comunión real, no se cura con pastillas ni electroshock, sino con humilde confesión y auténtica μετάνοια metania. Si el hombre no se convierte, está condenado a la muerte existencial.

 

El suicidio: el peor resultado del alejamiento de Dios

El resultado final de los pazos pasiones, del pecado y del alejamiento de Dios, es la muerte espiritual; y también, en muchos casos, la muerte biológica anticipada.

La Santa Escritura nos enseña: “Porque las consecuencias y el salario del pecado es la muerte espiritual” (Rom 6,23).

Realmente, la sumisión a la carne y al pecado fructifica en muerte. San Pablo recalca que esto ocurría desde los tiempos del Antiguo Testamento, cuando los hombres estaban esclavizados a la letra de la Ley y al pecado, viviendo “por la carne”. “Porque, cuando vivíamos la vida carnal de hombre antiguo con nuestros bajos instintos animales y carnales y los pazos de los pecados, los cuales la ley condenaba pero no eliminaba, operaban en nuestro interior y se actuaban por nuestros miembros, de tal manera que producían en nuestro cuerpo frutos de muerte espiritual eterna” (Rom 7,5).

El suicidio es resultado de un gran egoísmo, salvo que la persona no esté bien de la cabeza.

Una persona tuvo la siguiente conversación con el Yérontas Paísios:
-Yéronta, algunos hombres cuando enfrentan grandes dificultades en sus vidas, inmediatamente piensan en suicidarse.
Se mete el egoísmo en medio. La mayoría de los que se suicidan escuchan al diablo, que les dice que si acaban con sus vidas se salvarán del calvario interior que viven, y por egoísmo se suicidan. Por ejemplo, si alguien roba y se demuestra que lo hizo, dice: “¡Ay de mí, estoy ridiculizado!” y, en vez de arrepentirse, hacerse humilde y confesarse para ser redimido, se suicida. Otro se suicida porque su hijo quedó paralítico y dice: “¿Cómo voy a tener yo un hijo paralítico?” y se desespera. Si es responsable, que se arrepienta. ¿No es más responsable al poner fin a su vida y dejar a su hijo desamparado?
—Yéronta, a menudo escuchamos que alguien se suicidó porque tenía problemas psicológicos.
—Los psicópatas, cuando se suicidan, tienen atenuantes porque sus mentes están pervertidas. Ellos, aunque vean una nube, sienten un cierto aplacamiento interior. Si tienen tristeza o disgusto, tienen doble nubosidad. Pero para los que se suicidan sin ser psicópatas —como también para los herejes—, la Iglesia no hace ninguna oración, los deja al juicio y a la misericordia de Dios. El sacerdote no menciona sus nombres en la Proscomidí, ni saca una ración para ellos, porque con el suicidio niegan y desprecian la vida que es un regalo de Dios. Es como si se la arrojaran a la cara de Dios.” (Yérontas Paísios: “Vida familiar”, págs. 262-263).

Hoy en día ha crecido mucho nuestro egoísmo, el desprecio hacia Dios y nuestra autoconvicción (autosuficiencia), que también es una forma de egoísmo. Por eso cultivamos y fructificamos la λύπη lipi, la aflicción, la tristeza, la ansiedad, la angustia, la agonía, la amargura, el sufrimiento psíquico, la depresión y la muerte.
Las estadísticas son lamentables. En todo el mundo, 340.000.000 de personas sufren actualmente serios problemas de salud psíquica. En Europa y América, la Organización Mundial de la Salud afirma que casi la mitad de la población padece depresión, melancolía y está continuamente malhumorada y desanimada.

El intento mediante la psicología y sus libros para sanar el sufrimiento psíquico y cubrir el vacío interior muchas veces conduce a la decepción, desesperación y al suicidio. Dice el Yérontas Porfirios: “Muchos que leen estos libros de psicología, se condenan a sí mismos y son conducidos al suicidio; en cambio la divina jaris (gracia, energía increada) de Dios expulsa y destruye hasta las enfermedades hereditarias y trae alegría.”

La vida autonomizada, separada de Dios, y el intento de autoayuda a través de la psicología, conduce a la muerte psíquica y muchas veces también a la física.

Tal y como señaló el director del Sector de Salud Psíquica del Organismo Internacional de Salud, el 25% de todas las personas en algún momento de sus vidas pueden manifestar una o más perturbaciones psíquicas, mientras que una de cada cuatro familias tiene por lo menos un miembro enfermo, con todas las consecuencias que esto acarrea, principalmente a causa del estigma y las distinciones sociales. En este momento más de 120.000.000 millones de personas padecen depresión, y se esperaba que para 2020 esta fuera la segunda enfermedad más frecuente. ¡Un millón de personas se suicidan cada año a causa de esta enfermedad, mientras que 10-20 millones tienen tentaciones suicidas!

Cada año, en la Unión Europea, 59.000 personas se suicidan, mientras que el número de quienes intentan quitarse la vida es diez veces mayor. El 90% de los suicidios se debe a perturbaciones psíquicas y emocionales. Según el comisario Europeo para la Salud y la Protección de los Consumidores, Marco Kiprianos: “Las enfermedades psíquicas constituyen un asesino invisible de Europa. Son igual de mortíferas que las muertes físicas, como el cáncer; y la cifra de europeos que se suicidan supera la de accidentes mortales de coches o asesinatos.” Casi 44 suicidios por cada 100.000 habitantes ocurren cada año en Lituania.

La depresión, el ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés), varias fobias o miedos y las inseguridades, son consecuencias del pecado y de los pazos. El gran egoísmo, la soberbia, el orgullo y la filaftía (egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, egocentrismo) conducen a la depresión y la desestructuración psíquica de las personas.

Los resultados por increencia, la exaltación del yo, la autonomía y la separación de Dios, son lamentables: el 28% de los empleados de Europa manifiestan que sufren de ansiedad laboral; en Grecia, el porcentaje se eleva hasta el 55%. La mala salud psíquica afecta a 1 de cada 4 ciudadanos. Para 2020 se pronosticaba que la depresión sería:
a) la causa más frecuente de enfermedades en el mundo desarrollado y
b) la segunda causa de incapacidad en todo el mundo.

Los llamados problemas psicológicos son, esencialmente, problemas espirituales.

La cultura del hombre contemporáneo es una “cultura de caída” y de pazos. La esclavización a la materia y al sensualismo ha traído λύπη lipí, aflicción, tristeza, sufrimiento, decepción y desesperanza.

Decía el Yérontas Sofronio Sajarof: “La desesperanza es la pérdida de la conciencia de que Dios quiere darnos la vida eterna. El mundo vive en la desesperanza. Los hombres se han condenado a sí mismos a la muerte. Debemos luchar cuerpo con cuerpo contra la acidia (pereza y desgana espiritual).”

Según san Juan el Clímaco: “Acidia significa parálisis de la psique y distensión del νούς nus, pereza e indiferencia para la ascesis o ejercicio espiritual y odio hacia las promesas divinas o monásticas. Acidia también es esto que dicen los mundanos, cuando acusan a Dios de no ser caritativo ni filántropo, y que trae debilidad al momento de psalmodiar y orar” (San Juan el Clímaco: Logos 13).

La comodidad corporal y la insaciable satisfacción de los pazos han traído tedio, acidia y expansión de la decepción. La riqueza, el bienestar y la opulencia no han solucionado los problemas psicológicos, sino que los han aumentado.

Finalmente, observa el Yérontas Paísios, los hombres son torturados también por la riqueza, porque los bienes materiales no les llenan, y entonces el castigo y el tormento son dobles. “Conozco hombres ricos que lo tienen todo, pero no tienen hijos y se torturan. Están asqueados y se torturan con todo. Le digo a uno: ‘Vale, ya que tienes tiempo libre haz algo espiritual. Lee una hora algo espiritual, léete el Evangelio.’

—‘No puedo’, contesta.  ‘Haz algo bueno, vete a un hospital, visita algún enfermo.’ —‘¿Para qué voy a ir allí, qué sacaré de esto?’ ‘Vete a tu barrio y ayuda a algún pobre.’ —‘No, no me agrada esto tampoco.’ ¡Imaginaos, tiene un montón de casas, tiene todos los bienes materiales y está atormentándose! ¡Sabéis cuántos hombres de este tipo existen y se están torturando hasta el punto de volverse locos! ¡Es terrible! Los que no trabajan y viven solamente de rentas son los más atormentados. En cambio, si tuvieran por lo menos algún trabajo, estarían mejor.”

La desesperanza y el suicidio, a causa de la ausencia de la verdadera alegría y del vacío existencial, tienden a convertirse en una moda.

El hombre actual, mediante sus ilustres representantes, predica que no existe la felicidad. Recientemente, un gran escritor de renombre manifestó: “No creo en la felicidad. Creo sólo en la inquietud… Aquellos que dicen que están felices en sus vidas son idiotas… La verdadera felicidad es la inquietud.” (Huberto Eco).

Si la inquietud fuera felicidad, entonces todo el mundo debería nadar en océanos de felicidad, puesto que la inquietud, la ansiedad, la angustia, el estrés y la perturbación son características de la mayoría de las personas contemporáneas. Al contrario, la verdadera felicidad difícilmente se encuentra hoy en día, por no decir que es casi inexistente… especialmente en los más jóvenes.

Vivimos en un mundo que crea psiques-almas envejecidas. Recientemente, una actriz famosa manifestó entristecida: “Me asusta mi propio cansancio y tedio, mi propia apatía. Por lo menos en el espacio particular intento corresponder lo más humanamente posible. Pero no lo consigo. Más me entristece, asusta y apena el envejecimiento de la psique, su tedio y marchitamiento.” (Aneza Papadópulos).

El envejecimiento de la psique-alma crea también el envejecimiento del cuerpo…

Estas manifestaciones confirman el hecho de que quien quiera “pertenecer” a este “mundo” se tortura, se atormenta y, finalmente, muere. Viviendo según su mentalidad mundana, sometido y esclavizado a los pazos, que consisten en lo que llamamos mundo (cosmos) es decir, en la φιληδονία (filidonía: amor al hedonismo, placer), en la φιλοδοξία (filodoxía: amor a la gloria, ambición) y en la φιλαργυρία (filaryiría: avaricia, codicia, amontonamiento de riquezas materiales), vive obligatoriamente también los resultados de los pazos, que son la tristeza, sufrimiento, tedio, depresión, ansiedad, angustia, estrés, envejecimiento psíquico y muerte psíquica!

 

El amor al mundo (la conducta mundana) conduce a la tristeza y a la depresión.

El Abad Isaac el Sirio identifica el mundo (cosmos) con los pazos. Así nos enseña: “Cuando queremos nombrar todos los pazos juntos, los llamamos ‘cosmos (mundo)’. Y cuando queremos discernirlos y nombrarlos uno a uno, los llamamos ‘pazos’. Y los pazos, tal y como uno sucede al otro, forman el camino del cosmos-mundo. Allí donde terminan los pazos, deja de existir el camino del cosmos-mundo… Allí donde cesa la energía y acción de los pazos, muere también el mundo-cosmos”.

Un sabio dijo sobre los santos que “cuando vivían estaban ya muertos, porque, aunque tenían sus cuerpos vivos, no llevaban una vida carnal”. Y tú, cuida de observar qué pazos viven en tu interior, para que entiendas cuánto perteneces al mundo, a causa de cuáles pazos estás atado y de cuáles te has liberado… En pocas palabras, el mundo-cosmos es la vida en pazos y la conducta o moral carnal. Quien se ha liberado de los pazos ha salido del mundo-cosmos.

El cristiano ortodoxo está llamado a salir del mundo, es decir, a liberarse de sus pazos. “Quien quiera ser amigo del cosmos-mundo se constituye en enemigo de Dios”… y también de sí mismo” (San Isaac el Sirio). Vive sometido y esclavizado a una insoportable tristeza, depresión y sufrimiento.

Cuando no quiere estar en μετάνοια metania -arrepentirse, convertirse y confesarse, salir del mundo y amar a Dios-, permanece atado con las cadenas de sus amados pazos. La conclusión es clara: la sumisión a los pazos conduce a la aflicción, la tristeza, el sufrimiento y la depresión.

La negligencia, la pereza física y espiritual, el olvido de Dios y la ignorancia conducen a la formación de varios pazos en nuestro interior. Los pazos, cuando actúan, tienen como resultado la aflicción, la tristeza y la depresión.

Cuando el hombre vive conforme a los mandamientos de Dios, dentro de la Iglesia Ortodoxa con verdadera metania (entendiéndose que está bautizado), entonces tiene activada la divina jaris (gracia, energía increada) del Santo Bautismo. Entonces se manifiesta claramente el fruto del Espíritu Santo, que es “agapi” (amor incondicional, desinteresado), alegría, tolerancia, magnanimidad, indulgencia, bondad, fe, apacibilidad y contención o autodominio (Gálatas 5, 22-23).

Cuando falta la jaris o está desactivada, se ausentan los carismas o virtudes anteriores del Espíritu Santo, y el hombre presenta lo contrario: odio, rencor, resentimientos, tristeza, sufrimiento, tedio, depresión, angustia, ansiedad, estrés, tormento, desesperación, maldad, infidelidad, ira y dureza.

Los pazos funcionan de la siguiente manera:

  1. a) Cautivan al hombre, le hacen perder su libertad y lo esclavizan, convirtiéndolo en su siervo.
  2. b) La psique del hombre enferma. No siente sus carismas espirituales ni puede desearlos. No todos pueden alcanzar la απάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos), pero con el Dios todos pueden reconciliarse, sanar y salvarse (San Juan el Clímaco).
  3. c) Los pazos actúan como una pared o diafragma frente a la jaris bautismal y a las virtudes espirituales dadas por Dios. Si estas paredes no se derrumban mediante la metania, la práctica y el cumplimiento de los mandamientos, entonces no se manifiestan los carismas espirituales que se encuentran detrás de ellas.

Tal como uno no puede ver el sol cuando hay niebla, así tampoco puede verse la belleza de la psique-alma cuando está cubierta por la niebla de los pazos.

Los pazos son una sustancia dura que impide que los diferentes carismas funcionen en el hombre. Por eso, el hombre queda en la oscuridad, la tristeza, la depresión y no puede salir hacia la vida de alegría y luz.

Por ejemplo, el avaricioso y codicioso no conoce la alegría de la caridad, ni tampoco quien está apegado al mundo conoce la gracia de las lágrimas y el luto.

Todos estos se encuentran como en una lucha oscura, tocando las tinieblas, la oscuridad. Porque la luz pertenece a los bondadosos y a quienes han hecho la catarsis de su psique-alma de los pazos.

  1. d) Finalmente, los pazos nos expulsan de la luz y la vida. Y como Cristo es la luz y la vida, nuestros pazos nos alejan de Dios, que es Vida, y nos conducen a la muerte.

 

Los verdaderos “antisistema, anarquistas o revolucionarios”

Vivimos en un mundo improcedente, con multitud de psiques-almas muertas en cuerpos vivos. Los pazos, movidos por el astuto maligno, nos dominan y los resultados son lamentables: estrés, ansiedad, angustia, sufrimiento, depresión y muerte espiritual.

El stárets Zacarías escribe a una psique: “Vuestros pazos os ultra-fortifican, la oración se debilita y uno ni siquiera quiere orar. La atención se consume en varios deseos y pazos. Exactamente entonces, como si fuera a propósito, se presentan este tipo de fracasos interiores y exteriores que hacen al hombre caer en la depresión. Este pazos de la depresión, mata todo lo sano y divino, cualquier cosa viva y humana.”

El maligno intenta decirnos que “la metania no existe” o “que Dios ya no nos quiere”. Debemos resistir toda sugestión e impulso demoníaco de este tipo, para no caer en la pasividad y desesperanza a causa de nuestros pecados y pazos.

Escribía el stárets Zacarías: “No os deprimáis bajo ninguna condición o cuestión. La depresión es el centinela que mata, destruye la energía imprescindible para la recepción del Espíritu Santo en el corazón. Una persona deprimida pierde la capacidad de orar y es un muerto, en lo que respecta a las luchas espirituales” (Apotegmas de Santos y Yérontas Rusos).

Esta depresión y desesperanza, que implican la ausencia de lucha espiritual, son la mayor alegría del astuto maligno. Cuando eludimos las causas y motivos de los pazos, nos salvamos de la guerra del maligno.

Cuando sucumbimos, aunque sea solo con los loyismí en la diania (mente, cerebro), el diablo siembra loyismí supervisores para afligirnos, entristecernos y desesperarnos.

Debemos resistir esta λύπη (lipi: tristeza, pena, aflicción) demoníaca y hacer la metania sin perder tiempo para que retorne la esperanza y la alegría.

Podemos decir: “Señor, otra vez he cometido el error o me he equivocado, ayúdame para no recaer.”

El Yérontas Paísios recalcaba que nunca debemos desesperarnos, sino luchar con prudencia y sabiduría.
Decía que si nosotros no damos motivos, “la guerra no viene sola”. La culpa es de nuestros pazos, que dejamos sin combatir. Cuando no evitamos las causas, la guerra viene.

Estate muy atento en tu nus. No te cargues de lipi (tristeza, aflicción, pena) ni problemas inútiles, vanos y muchos más.
El agua, cuando está limpia y serena, deja ver en el fondo hasta un alfiler. Así también es el nus.

Debes aprender las malas astucias de la tentación, para salvarte y evitar que te perjudiquen. Y atención: cuando no puede hacernos caer con las praxis, actos, entonces nos lanza los λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía). Intenta derrumbar al hombre y luego envía pensamientos supervisores para llevarlo a la desesperación.

Estas cosas debes conocerlas. Lo recalco: nunca aceptes la desesperación ni la decepción por ninguna causa, de ninguna manera.
Y a los loyismí pensamientos que vienen por la tentación, diles esto:
“¡Aunque vaya al infierno, estaré en mejor situación que tú! No tengo miedo, porque puedo arrepentirme, confesarme y convertirme, y Dios es todo Agapi (amor incondicional). Nunca, para nada, la desesperación. No aceptes las aflicciones, tristezas ni sufrimientos. No pienses con tristeza y pena, convirtiendo tu nus en algo pesado y aplacado. Sólo di esto: “Cristo Dios mío, te ruego que no me abandones.” Cualquier cosa que te ocurra, no te entristezcas ni te apenes mucho, sólo estate diciendo: “Cristo Dios mío, Tú no me abandonas.” Y tendrás serenidad, tranquilidad y paz en tu psique-alma. Que no te dominen ni la alegría ni la tristeza o pena.” (Yérontas Paísios: “Que no te domine la alegría ni la tristeza o pena”).

En la pared de una escuela, sin querer, he leído:
“Morimos a los 18 y nos entierran a los 80”; es decir, los hombres actuales confiesan que son cadáveres andantes. Circulamos con psiques muertas y cuerpos en movimiento.

-Y la pregunta es: ¿Por qué?

Porque sucumbimos ante el peor poder que pueda existir: la tiranía de los pazos, que nosotros mismos creamos e instauramos en nuestro interior. Los pazos nos esclavizan, deprimen, doblegan y matan psíquica y físicamente.

Ejercen el peor poder tiránico sobre nosotros. Este es el poder que debe caer.

En este sentido, el cristiano que lucha contra sus pazos es un auténtico “antipoder, antisistema o revolucionario” y vencedor de la depresión.

Cuando el hombre, con la ayuda de Dios, vence sus pazos, está en el camino correcto hacia su verdadera plenitud como persona, para experimentar y vivir la verdadera alegría divina.

 

El hombre está llamado a hacerse persona o personalidad.

Realmente, el hombre fue creado con la perspectiva de convertirse y hacerse persona o personalidad, es decir, perfeccionarse a través de la en Cristo agapi (amor desinteresado, incondicional), de la perfecta comunión y unión con Dios y el prójimo. Pero para conseguir esto, debe hacerse humilde; humillando su egoísmo se vuelve receptivo de la ayuda divina, es decir, de la divina Jaris (gracia, energía increada). Verdadera persona se convierte y se hace el hombre cuando ama realmente a quienes tiene enfrente, es decir, a Dios y a sus semejantes, y cuando está en verdadera κοινωνία (kinonía: conexión, comunión y unión) con ellos a través de la en Cristo agapi; finalmente se hace uno con Él.

El Apóstol Pablo, hablando sobre la comunión y unión del hombre con Dios, utiliza la expresión “persona a persona o cara a cara”:
Ahora vemos por el espejo en enigma, entonces veremos persona en persona o cara a cara” (1 Cor 13,12).

Si entendemos que este pasaje se refiere a la oración del corazón, noerá o del Jesús -es decir, a la iluminación del nus (por el espejo en enigma)— y a la θέωσις zéosis glorificación, divinización es decir, a la contemplación (zeoría) de Dios (persona a persona o cara a cara); entonces podemos comprender que el hombre se considera persona con personalidad cuando se ha unido con Dios mediante la zéosis y en estado de zéosis continua.

Además, este es verdaderamente el hombre real, pragmático…
Puesto que Dios es Persona, significa que el hombre se convierte y se hace persona cuando se ha unido con Dios.

Metropolita Ierotheo Vlajos: “La persona en la tradición Ortodoxa”, pag 76-80: «Tal y como el término ἄνθρωπος (ánzropos: ser humano, hombre), según los santos Padres, no podemos adjudicarlo solamente a quienes viven, sino principalmente a quienes son partícipes de las energías increadas de Dios, catárticas, iluminadoras y divinizantes, deificantes, así también con el término persona podemos referirnos a quienes caminan hacia la zéosis por la Jaris (gracia, energía increada) y son los deificados por la gracia increada. Así como el “como imagen” es semejanza en potencia y la semejanza imagen en energía, también el ser humano con su existencia biológica es en potencia ἄνθρωπος ánzropos y persona. Se convertirá y será realmente ἄνθρωπος cuando participe de la Energía Increada de Dios. Ya que Dios es Persona, significa que el ἄνθρωπος se convierte y se hace persona con personalidad cuando se ha unido con Dios.

El hombre es una creación positiva de Dios, constituido de psique-alma y cuerpo, y es el resumen de toda la creación. Está formado por noeró (espiritual humano) y sentido, y en su interior existe la entelequia, es decir, un principio orientado hacia al fin. Esto se llama principio hipostático (substancial o personal). Esto es la imagen y semejanza. Esto lo define San Gregorio el Teólogo.»

El hombre se convierte en persona cuando se encuentra en verdadera relación con el otro y, perfectamente, con el Otro, el Dios, cuando participa de Su Energía Increada Divinizante y avanza hacia la zéosis.

El hombre se perfecciona y alcanza la plenitud cuando se encuentra en verdadera agapi (amor incondicional) con la Persona de Dios y con el prójimo. La forma de existencia egocéntrica, individualista, autónoma y centrada en uno mismo destruye y disuelve la persona o personalidad humana, que es una exigencia esencial de nuestra existencia. Esto ocurre porque llevamos en nuestro interior el programa divino del Creador, que es el “como semejanza”, el impulso que nos llama a parecernos y asimilarnos al Dios Trinitario de la Agapi (amor, emoción de la energía increada).

Esta disolución y resistencia al programa de nuestro Divino Creador, este “suicidio hipostático-substancial o subsistencial” -en el que nos condenamos a nosotros mismos a través del egoísmo- nos conduce a la decepción, a la λύπη (lipi: aflicción, tristeza, pena, sufrimiento) y a la depresión.

El hombre egoísta está espiritualmente enfermo. Según la forma enfermiza en que ama a sí mismo, es conducido análogamente a la lipi y a la depresión; y como no sirve a Dios, también sufre. No conecta ni comulga verdaderamente con Dios ni con los demás.

El bienaventurado Yérontas Paísios decía:
“Los hombres alejados de Dios siempre están inconsolables y se atormentan o se autocastigan doblemente. Quien no cree en Dios ni en la vida futura, además de quedar inconsolable, condena eternamente su psique-alma. Al tipo de jefe para quien trabajas, de él también recibirás retribución. Si trabajas para un jefe negro (duro), tu vida será negra (dura) desde aquí. Si trabajas para el pecado, cobrarás del diablo. Si trabajas para la virtud, cobrarás de Cristo. Y cuanto más trabajes para Cristo, tanto más serás abrillantado, iluminado y deleitado.”

La exagerada y patológica agapi-amor que el egoísta tiene hacia sí mismo le impide amar, y por tanto tener comunión y conexión con cualquier otro, especialmente con el Dios. Por ello, el egoísta no puede llamarse persona verdaderamente perfeccionada (sino individuo). El ser humano se hace persona con verdadera personalidad cuando niega su egoísmo y ama a todos en Cristo, (pasa de individuo a persona)

En el hombre egocéntrico y deprimido, el νούς nus, que es el ojo de la psique-alma no funciona correctamente. En lugar de mirar hacia Dios, se vuelve hacia sí mismo y especialmente hacia su cuerpo (egolatría, filaftía). Está perturbado y castigado por la lipi (aflicción, tristeza, pena), el vacío, la insatisfacción y la depresión.

 

Los cuatro tipos de λύπη (lipi: aflicción, tristeza y pena)

[https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: 86. Λύπη (lipi) pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica, dolor, sufrimiento, es uno de los ocho pecados capitales y una virtud si se trata de lipi según Dios. Existe la lipi “según Dios” y la lipi “según el cosmos-mundo”. La primera se identifica con la metania y el luto que nace de la esperanza a Dios y empuja al hombre hacia la lucha y el ejercicio espiritual. La segunda todo lo contrario, desanima al hombre y le conduce a la desesperación, melancolía, a un parálisis psicosomático y la depresión. La lipi por la pobreza o faltas materiales conduce a la muerte de la psique, según Apóstolos Pablo (2Cor 7,10). San Gregorio Palamás escribe: si investigas la lipi mundana, encontrarás que está inmersa en los pazos y proviene de ellos y del materialismo, en cambio, la lipi según Dios te conduce a la metania y sin duda a la “psicoterapia” sanación y salvación de la psique.]

Según San Juan Damasceno, existen cuatro tipos de λύπη lipi:
a) ἄχος (ajos): Dolor, tristeza y sufrimiento de la psique—depresión.
b) ἄχθος (ajzos): Aplacamiento, peso, pesadez y tristeza de la psique.
c) La lipi envidiosa.
d) La lipi piadosa o compasiva.

La primera es la lipi que deja atónito y afónico.

La segunda provoca peso, pesadez y fatiga en la psique-alma.

La tercera proviene de la envidia por los bienes ajenos.

La cuarta es compasiva, fruto de la tristeza por los males ajenos.

 

Qué es la lipi y la depresión según los Santos Padres

Es importante recalcar que la lipi (aflicción, tristeza, pena) es un regalo de Dios dado después de la caída y está incluida dentro de los pazos irreprochables.

San Crisóstomo nos enseña: “La lipi la ha puesto Dios en nuestro interior, pero no para que la utilicemos en vano, de forma perjudicial o en tiempo inadecuado y en situaciones contrarias a nuestra naturaleza, sacudiendo la salud de nuestra psique-alma y cuerpo, sino para obtener un mayor beneficio espiritual. Por eso no debemos entristecernos cuando sufrimos algo malo, sino cuando hacemos algo malo. Pero nosotros hemos invertido las cosas. Cometemos incontables males sin entristecernos, y si alguien nos hace lo mínimo, nos perdemos, nos enfadamos y nos destruimos. No pensamos que los sufrimientos, tristezas y tentaciones manifiestan la preocupación de Dios por nosotros más que los acontecimientos agradables” (San Juan Crisóstomo: Temas de vida).

La lipi es una fuerza del alma dada por Dios como ayuda para la metania.
La lipi según Dios conduce a la verdadera metania, “a la metania sin remordimientos”.

San Crisóstomo recalca: “Por eso existen la lipi y el desánimo, no para que nos dominen cuando muere un ser querido, perdemos dinero o sufrimos un fracaso, sino para ayudarnos en nuestra lucha espiritual. Que nos aflijamos, sí, pero no por daños o tristezas causadas por otros, sino por nuestros pecados porque entristecen a Dios. Los pecados alejan a Dios, mientras que las tristezas y sufrimientos provocados por otros hacen que Dios permanezca cerca como protector.”

Pero cuando la potencia de la lipi dada por Dios es dominada por el maligno, entonces se convierte en un medio de perdición, pues a través de ella se conduce a la indiferencia, acidia, depresión, falta de confesión y de metania, desesperanza y muerte espiritual y física—suicidio.

En la terminología de los Santos Padres, la depresión podría definirse como lipi demoníaca: tristeza demoníaca, energía demoníaca, desánimo, acidia, cautividad de los loyismí (pensamientos impuros) y pérdida de la capacidad para realizar el “como semejanza a Dios”. La lipi no según Dios está incluida en la categoría general de la lipi patológica.

Más allá de esto, Jean Claudet Larchet observa que la lipi se manifiesta como un estado psíquico que contiene desánimo y decepción, atonía y flojedad, peso, aplacamiento psíquico y dolor, cansancio y estrés, disposición triste, presión y depresión, a menudo acompañados de melancolía, desesperación y hasta agonía.

La λύπη (lipi: aflicción, tristeza y pena) beneficiosa y demoníaca

El diablo engaña al hombre para que administre mal la fuerza y energía de la llamada lipi. Crea en el ser humano la lipi demoníaca y la depresión, atacando especialmente a quienes combaten y buscan amar a Dios.

El enemigo, enseñaba el Starets Parthenio, “trae depresión a cada psique-alma que quiere psicoterapiarse, sanarse y salvarse”. La lipi demoníaca o depresión proviene de acontecimientos y tentaciones interiores, o de acontecimientos exteriores (accidentes, muertes, calumnias, difamaciones, injusticias). El combatiente espiritual debe combatirlas con todas sus fuerzas.

San Juan Crisóstomo observa: “No deben afligirse, entristecerse ni apenarse aquellos que son difamados o calumniados, sino quienes difaman y calumnian. Porque no rendirán cuentas los primeros por lo que se dice de ellos, sino los segundos, que serán arrastrados al Tribunal de Dios para responder por sus difamaciones y calumnias. Sin embargo, los difamados deben inquietarse si lo que se dice de ellos es verdad” (San Juan Crisóstomo: Temas de vida).

¿Cuánto, pues, debe entristecerse, afligirse y apenarse el cristiano?

Contesta también san Crisóstomo: “Solamente por dos razones: cuando él mismo o su prójimo están en desacuerdo con Dios y Su santa voluntad.”

Cuando nos hacen alguna injusticia, debemos alegrarnos. Nos enseña san Crisóstomo: “En todo caso, si algunos nos acusan, que no nos preocupemos, sino sólo cuando nos acusan justamente. Si nos juzgan o acusan justamente, entonces debemos llorar, arrepentirnos y confesarnos. Por otro lado, si nos juzgan y acusan injustamente, debemos llorar por ellos y bendecirnos a nosotros mismos, trayendo a la memoria de nuestro nus (ojo de la psique) los logos del Señor:
“Bienaventurados y felices seréis los que os hayáis convertido en mis discípulos cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias y mentiras por causa mía. Alegraos y deleitaos porque vuestra recompensa en los cielos será grande e incalculable. Porque también persiguieron a los profetas que Dios envió antes que vosotros” (Mt 5,11-12). No tendremos tristeza, depresión ni desánimo, sino que sentiremos alegría y deleite porque la recompensa en los cielos será grandiosa” (Temas de vida).

En la vida de la santa Singlitikí leemos que decía a sus hermanas que se habían reunido con ella: “Existe la lipi beneficiosa y la perjudicial. La beneficiosa es cuando el hombre se lamenta por sus pecados, cuando se entristece por la ignorancia espiritual de su prójimo, cuando se inquieta por no desviarse de su propósito y cuando está ansioso por lograr la virtud. Pero también existe la lipi que infunde el enemigo, la cual es totalmente insensata y paradójica. Algunos la llaman acidia. Esta lipi debemos expulsarla con la oración, principalmente con la psalmodía, pensando que en la vida presente ningún imprudente o insensato está sin lipis (tristezas, aflicciones, angustias y sufrimientos) de este tipo.”

Nos enseña san Crisóstomo: “No dejemos que la lipi nos domine hasta el punto de llevarnos a actos insensatos, o a una introversión indiscriminada e indiscreta. ¿Tenemos una tentación, una prueba, una desgracia? El Dios que concedió la tentación conoce también cuándo debe terminar. Él, como omnipotente, puede liberarnos de todo mal cuando sea el momento adecuado, sobre todo cuando hemos hecho la metania, nos hemos arrepentido y confesado por nuestros pecados, y retornamos junto a Él” (Temas de vida).

La λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) — acidia perjudicial

Escribe el abad Casiano: “El horrible y abominable espíritu de la lipi (aflicción, pena, tristeza), cuando domina la psique-alma del hombre y la oscurece por completo, le impide toda acción buena y la llena de toda maldad. No le permite orar con ánimo y buenas ganas, no le deja resignarse ni tener paciencia por el beneficio de las lecturas divinas, y convierte al hombre en iracundo y agresivo con sus hermanos, genera odio e incluso llega a estar en contra del monaquismo. En general, cuando la lipi crea confusión en todos los pensamientos psicoterapéuticos, sanadores y salvadores de la psique-alma, paraliza su actividad y esperanza, la lleva a un estado atontado y maníaco, atándola con el pensamiento de la desesperación.”

“Así como la polilla roe la ropa y el gusano la madera, así también la lipi carcome la psique-alma del hombre. Convence al hombre de evitar toda buena compañía y relación espiritual, y no le permite recibir ni aceptar consejo, ni siquiera de amigos auténticos, ni dar una respuesta buena y pacífica. Mientras la lipi domine toda la psique-alma, la llena de decepción, disgusto y acidia. Entonces la psique-alma evita a los hombres, porque los considera causantes de perturbación y conflicto. No comprende que la enfermedad no proviene de factores exteriores, sino de su interior, y se manifiesta cuando vienen las tentaciones y pruebas que la sacan a la superficie. Porque el hombre que no tiene almacenados los motivos de los pazos en su interior, no puede sufrir daño ni perjuicio de otro.”

Por eso nuestro Señor Jesús Cristo, el Médico y Psicoterapeuta de nuestras psiques-almas, el único que conoce exactamente, como Creador, los traumas psíquicos y prescribe las terapias adecuadas, no nos pide que evitemos y cortemos las compañías y relaciones con los hombres, sino que cortemos las causas de los males que están dentro de nosotros. Porque la salud de la psique-alma no se consigue con la separación de los hombres, sino con la relación y compañía con personas virtuosas, y con continua ascesis o ejercicio espiritual.

Aquel que, por supuestas buenas razones o excusas, abandona a sus hermanos, debe estar seguro de que con su marcha no corta los motivos de la lipi, sino que sólo hace un intercambio de motivos, porque la enfermedad interior resurgirá por otros acontecimientos” (Pequeño Evergetinós).

Aquí el santo responde a quienes se halagan a sí mismos porque no se atreven a afrontar a los demás. Los depresivos, para evitar las lipis que les provocan los otros, se aíslan, pero sin salvarse de la lipi, que no tiene como causa a los demás, sino a los pazos reprimidos en el interior del hombre.

Por eso, continúa el abad Casiano, no consideremos a nadie más como causante de las turbaciones de nuestros pazos, sino sólo a nosotros mismos, y que toda nuestra guerra sea contra los pazos internos. Porque si, con la ayuda de Dios, los erradicamos, podremos vivir en paz incluso con bestias salvajes, tal como dijo el bienaventurado Job (Job 5,23).

 

El espíritu de la λύπη (lipi, aflicción, tristeza y pena) y su tratamiento

Observa san Crisóstomo: “El continuo ataque o asalto del pecado muchas veces disuelve la intensidad de los loyismí (pensamientos simples, o mezclados con la fantasía) y cansa al combatiente espiritual, provocando la llamada acidia (pereza, desgana y desánimo por lo espiritual). Realmente, el diablo, con sus ‘flechas candentes’, nos tienta e intenta someternos a la lipi-acidia debido a la continua y tensa guerra. No debemos acobardarnos ni asustarnos, sino resistir.”

“Primero que todo,” nos enseña el abad Casiano, “debemos luchar contra el espíritu de la lipi, que nos trae desesperación, ansiedad y angustia, alejándola de nuestro corazón con la esperanza en Dios. Porque este espíritu maligno no permitió que Caín hiciera la metania y se arrepintiera después de matar a su hermano, ni a Judas después de la traición al Señor. Debemos cultivar sólo aquella lipi que consiste en la metania por nuestros pecados, unida con la bondadosa esperanza, que nos prepara para adquirir los bienes celestes. Esta es la que bendice también Cristo Dios: “Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y por el mal que domina el mundo, porque ellos serán consolados por Dios” (Mt 5,4).”

Esta lipi (aflicción, pena, tristeza) sanadora y salvadora, alimenta la psique con la esperanza que sigue a la metania, y está mezclada con alegría. Por eso hace al hombre diligente, obediente y de buen ánimo para toda obra buena, fácil de acercarse uno a él, apacible, tolerante, indulgente y paciente en todo esfuerzo bondadoso, puesto que es lipi según Dios. Con esto se evidencian los frutos del Espíritu Santo en el hombre: agapi, alegría, paz, tolerancia, bondad, fe y contención (Gal 5,22).

Los frutos de la lipi contraria son acidia, desesperación, ira, odio, contradicción, conflictos, desesperanza y holgazanería en la oración y la psalmodía. Esta lipi debemos evitarla como la lujuria, la avaricia, la ira y los demás pazos. Se sana con la oración, la psalmodía, la esperanza en Dios, el estudio de los logos divinos y la paciencia en las tentaciones.

Si el monje o cristiano no está protegido con estas armas, la lipi le vuelve inestable, fantasmal, perezoso y vago, conduciéndole a visitar muchos monasterios o lugares sagrados sin ocuparse en otra cosa que no sean banquetes y fiestas. La διάνοια (diania: mente, intelecto) de quien ha caído en la acidia sólo sueña con esas fantasías, condicionándolo para asuntos mundanos. Poco a poco, le introduce en ocupaciones perjudiciales hasta el punto de echarle de la vida monástica.

El apóstol, consciente de la fuerza de esta enfermedad y queriendo desarraigarla de nuestras psiques-almas, manifiesta las causas y dice: “Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesús Cristo os mandamos que os mantengáis a distancia del hermano que no quiera trabajar y no se porte de acuerdo con las paradosis enseñanzas entregadas, experimentadas y divinas, que habéis recibido de nosotros. Bien sabéis lo que debéis hacer para seguir nuestro ejemplo, porque no hemos estado viviendo entre vosotros en confusiones y desordenes, ni comimos gratis el pan de nadie, sino que, con sudor y fatiga, trabajamos de noche y de día para no resultar gravosos a ninguno de vosotros; y no porque no tuviéramos derecho, sino porque queríamos daros un ejemplo que imitar. En efecto, cuando todavía estábamos entre vosotros instruyéndoos, os dimos esta norma: el que no trabaje, tampoco debe comer. No obstante, nos hemos enterado de que algunos de vosotros viven sin trabajar y se comportan desordenadamente, sin otra ocupación que curiosear y criticar cuestiones de otros. Pues bien, a estos tales exhortamos y rogamos en nombre de Jesús Cristo, el Señor, a trabajar en paz y a ganarse el pan que comen” (2 Tes 3,6-12).

 

Las causas de la acidia-lipi (aflicción, tristeza, pena) y la terapia por el trabajo

Continúa el Abad Casiano: “Escuchemos con qué claridad nos revela el apóstol las causas de la acidia. Aquellos que no trabajan los llama desordenados o trastornados, manifestando con una palabra mucha malicia. Porque el desordenado no es piadoso, es descarado al hablar y ligero en acusaciones, y por eso inadecuado para la hisijía (paz cordial y serenidad mental) y esclavo de la acidia. Nos pide, pues, que nos alejemos de ellos como si tuvieran una enfermedad transmisible. Y después, con la frase ‘y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros’, manifiesta que estos son orgullosos, despreciadores y derrocadores de las tradiciones apostólicas. A continuación, dice: “Ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros”. ¡Hay que ver! ¡El maestro de las naciones, el predicador del Evangelio que subió hasta el tercer cielo, el que dice que el Señor ordenó a los predicadores del Evangelio que vivan del Evangelio (1Cor 9,14), el mismo trabajaba día y noche, con esfuerzo y cansancio, para que no fuera carga de nadie!

¿Entonces, qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el anuncio del Evangelio ni la preocupación de las Iglesias, sino sólo el cuidado de nuestra psique-alma. Pero, para indicar más claramente el perjuicio que trae la inactividad, dice: ‘No trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno’. Porque de la inactividad nace la curiosidad, de la curiosidad la falta de disciplina y de ella toda malicia. Y para determinar la terapia de ellos, añade: ‘A los tales mandamos… que, trabajando sosegadamente, coman su propio pan’. Además, hace una reprimenda más severa: ‘Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma’.

Estos preceptos apostólicos, teniendo en cuenta a los santos Padres de Egipto, no dejan a los monjes nunca inactivos, porque conocen que con la paciencia en el trabajo expulsan también la acidia, se suministran de alimentos y ayudan a los necesitados. Éstos no trabajan sólo para obtener su propia comida, sino para proveer a los extranjeros, a los pobres y a los presos con su propio trabajo; y a causa de su fe, las buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo y grato a Dios. También dicen los Padres que el trabajador combate muchas veces solo con un demonio por el cual está oprimido, en cambio el inactivo u ocioso está apresado por miles de espíritus malignos” (Pequeño Evergetinós).

Los santos Padres, profundos conocedores de la psique humana, hacen un diagnóstico correcto y distinto entre las dos formas de lipi (aflicción, pena, tristeza) y nos dan la terapia de la depresión, que es el combate contra los pazos a través de la oración, la psalmodía y, en general, la vida ascético-mistérica.

El hombre sanado administra correctamente la lipi. Al contrario, quien está con pazos la utiliza malamente y cae en la depresión.

Si la depresión no es tratada y no se afronta, sus resultados son desastrosos y lamentables.

 

Los resultados de la depresión — Los depresivos acusan a Dios

La lipi demoníaca tiene realmente resultados lamentables. “La psique que sufre de lipi y desánimo, observa San Crisóstomo, no puede beneficiarse de nada de lo que le dices, ni tampoco puede decir algo útil y beneficioso. Tal como una nube densa que cubre el sol e impide que sus rayos lleguen hasta la tierra, así también la lipi, como otra nube, cubre la psique y no deja que los rayos de la lógica la iluminen. Por eso el hombre deprimido, afligido, oprimido y entristecido exageradamente, por regla general se vuelve paranoico o se hunde en el silencio. Incluso los demás que le ven también prefieren callarse” (San Crisóstomo: Temas de vida).

Es admitido que: “Los llamados Padres nípticos de la muy estudiada Filocalía se refieren continuamente a los resultados de la profunda tristeza y sufrimiento, de la acedía y de la insoportable pena que machacan, oprimen, atormentan y deprimen tanto al hombre, y que nosotros hoy en día llamamos depresión.

La depresión oscurece la psique-alma, impide al nus pensar correctamente y trabajar creativamente. No le deja estudiar ni aprender, ni permanecer en apacibilidad y paciencia, sino que le incita al nerviosismo, a la angustia, a la ansiedad, al estrés y al aislamiento.

Sobre todo, considera a los otros como causantes de su problema y se libera de las responsabilidades propias, y así no lucha para subsanarse ni para “psicoterapiarse”.

Este estado de profunda y pesada tristeza, nos dicen los teóforos (portadores de la luz increada de Dios), santos Padres, paraliza la psique-alma, afloja el nus (espíritu de la psique) y crea parsimonia, intolerancia e indiferencia para toda lucha, así como enemistad para el trabajo.

San Juan el Clímaco a los que padecen así los califica como acusadores de Dios, pues creen que Él no es caritativo con ellos; no quieren orar, ni estudiar, y a menudo se quejan de dolores de cabeza, fiebre y dolores estomacales.

 

El depresivo se castiga a sí mismo y a su ambiente.

Los depresivos castigan y torturan a quienes conocen sin quererlo. Se complacen de estas cosas porque son activados por el enemigo diablo, que odia al hombre. De esto se ve que la causa de la depresión son los pazos y los correspondientes demonios de los pazos que los promueven.

Decía el Yérontas Porfirio: “Los hombres que tienen estas reacciones, esta costumbre… cuando les dices no, no puedo, etc., se deprimen y sufren. Pero cuando ven a los demás que sufren, se complacen y se alegran y lo hacen cada vez más. Me dirás: ¿es posible que ocurra esto? Pues sí, sin que lo captemos y entendamos, el diablo trabaja y opera.

Los depresivos, cuando no se hace la voluntad de ellos, hacen sufrir a los que están a su alrededor. Son activados por el espíritu maligno. El espíritu maligno puede provocar también estropicios y dolores.

Decía el Yérontas en relación: “Ver una persona que caiga al suelo, que haga como si padeciera epilepsia para llamar la atención y que tengan compasión de él, o porque no le han dado a él los zapatos nuevos sino a su hermano… Si le diésemos el más mínimo motivo empezaría a romper los cristales, las sillas, los vasos… Es decir, ¡estas cosas se hacen de una forma misteriosa, o sea, demoníaca!

Los depresivos, los claustrofóbicos sufren y hacen sufrir a los demás sin quererlo. “Esto se hace… sin que lo entiendan”.

Decía sobre un caso el Yérontas Porfirio: “Quería castigar mucho a sus padres… su casa, sus hermanos… Pues tenía un demonio, se asustaba de subir al tranvía. Y a su padre, cuando estaba con él, le obligaba a tomar un taxi para ir a todas partes, y muchas otras cosas… En todo caso, mientras yo he pactado con él que se alejara y se liberara de sus padres, para que sea liberado de estas cosas. Pues, con toda la devoción, se entregó a la agapi a Dios y lo expulsó todo. ¡Entendéis! Y esto lo he visto en muchos.

Hijos míos, esto atormenta y fastidia mucho hoy en día a la gente; estas cosas que son tentativas, demoníacas…, estas cosas demoníacas que captan a los jóvenes, que se marchan de sus casas, dejan los estudios o se enganchan en las drogas y meten a los padres en un montón de problemas.

El hombre abre la puerta al maligno espíritu, por consiguiente, está activado por éste y puede parecer que sufra hasta de epilepsia. Decía el Yérontas Porfirio a un hijo espiritual suyo, que parecía padecer epilepsia, pero en realidad estaba promovido por el maligno espíritu, que tenía mucho y gran egoísmo, cosa que se manifestaba con el deseo de que todos le amen.

Generalmente, el hombre sano espiritualmente da reposo y alegría a los que están a su alrededor; en cambio, el enfermo y dominado por el demonio hace sufrir, fastidia y fatiga su ambiente sin quererlo.

 

B2) CÓMO SE CREA LA DEPRESIÓN

Cómo se crea la depresión.

Posiblemente las causas de la tristeza (pena, sufrimiento) sean muchas, pero, por regla general, esta es el resultado de la acción patológica de la fuerza y energía pasional (de lo irascible y lo anhelante) de la psique-alma. Por lo tanto, está vinculada:

  1. al deseo, al anhelo,
  2. a la ira o al enfado, enojo…

Asimismo, se introduce en la psique-alma: a) por acción y energía demoníaca inmediata, o b) puede surgir sin motivo evidente.

La causa más frecuente de la lipi (aflicción, tristeza, pena) es la frustración y cancelación de uno o más deseos, así como la frustración del placer (hedonismo) que está unido al deseo. Así, la persona afectada y que padece esta lipi malsana demuestra estar apegada a los bienes sensibles y a los valores mundanos. Por eso, se conecta y se une a todos los pazos, ya que estos contienen y están entrelazados con el deseo ardiente.

He aquí, pues, cómo en el fondo de la depresión —en la lipi que no es según Dios— se esconden todos los pazos, y detrás de ellos, los demonios.

La depresión es la mala administración de la lipi (aflicción, tristeza, pena) causada por la influencia demoníaca.

La lipi, como se ha dicho, es una potencia y energía que Dios nos dio después de la caída, con el propósito de ayudarnos en la μετάνοια metania. Pero, debido a los pazos y a la instigación del maligno, la usamos de forma equivocada y caemos en el estado de depresión.

Mientras el hombre vivía en el Paraíso, escribe Jean-Claude Larchet, no conocía la lipi, que apareció después del pecado de Adán…

Debemos distinguir dos formas de lipi. La primera constituye parte de lo que los santos Padres llaman pazos pasiones naturales e irreprochables”, es decir, aquellas que se han incorporado a la naturaleza humana después del pecado original, y que no son malas en sí mismas, aunque evidencian la caída desde un estado anterior de perfección. Esta forma de lipi, que pertenece a las pasiones pazos naturales, no solo es irreprochable, sino que puede y debe utilizarse como base para una virtud: “la lipi tristeza según Dios” (2 Cor 7,10). Dicha virtud permite al hombre entristecerse por su caída, llorar por sus pecados, afligirse por la pérdida de la perfección original y por su alejamiento de Dios. Esta forma virtuosa de tristeza constituye el estado de metania, de luto espiritual, de devoción y contrición, y encuentra su plenitud en el carisma de las lágrimas. Esta virtud es absolutamente imprescindible para el hombre caído, pues le permite reencontrar el camino hacia la Realeza increada y el estado edénico en su re-perfeccionamiento en Cristo.

Por esta razón, san Máximo escribe: “Los pazos se convierten en buenos en los hombres valientes, cuando los utilizan para adquirir los bienes celestiales, tal como la lipi que expresa arrepentimiento por un mal presente.”

En cambio, la segunda forma de lipi (equivalente, intelectualmente, al desánimo) es una pasión pazos y una enfermedad de la psique-alma. Consiste en el uso incorrecto de la lipi. En lugar de utilizarla para llorar por los pecados y afligirse por la separación de Dios y la pérdida de los bienes espirituales, el ser humano la emplea al contrario: llora por la pérdida de bienes sensibles y materiales, se lamenta y se entristece por la dificultad de satisfacer deseos y de disfrutar placeres esperados, e incluso por conflictos en las relaciones con sus semejantes. Usa, por tanto, la lipi de manera antinatural y desordenada.

En este estado pasional, afirma Jean-Claude Larchet, el hombre manifiesta un doble comportamiento patológico: por un lado, no se entristece por aquello que realmente debería causar dolor —la causa misma de la caída—, lo cual es verdaderamente lamentable; por otro, se aflige y lamenta por cosas, situaciones y condiciones que no lo merecen. La fuerza de la tristeza lipi que el hombre posee no solo deja de ser útil para vivir según la voluntad de Dios —quien la otorgó como ayuda para apartarse del pecado—, sino que se usa de forma inapropiada, paradójica e insensata, desviada de su propósito natural. Así, se convierte en expresión de su apego y adicción al mundo de las pasiones pazos, y termina poniéndose al servicio del pecado de manera paradójica. (Jean-Claude Larchet, “El método terapéutico de las enfermedades espirituales”)

Los pazos y los demonios que los incitan son quienes pervierten al hombre y lo conducen a una mala administración de su lipi (aflicción, tristeza, pena). El pazos principal que impulsa al hombre hacia una lipi reprochable, culpable y pecaminosa es el egoísmo-orgullo, y por eso, conduce a la depresión.

 

Egoísmo-orgullo: la causa principal de la depresión y de otros problemas psicológicos

El egoísmo, junto con los pazos que lo acompañan (orgullo, soberbia, filaftía egolatría, voluptuosidad, hedonismo, avaricia, codicia, ambición, vanagloria), constituye la causa principal de todos los llamados problemas psicológicos, como se demostrará a continuación.

Vivimos en un mundo lleno de pazos psíquicos y somáticos (carnales). Uno de las más comunes y dominantes en el hombre contemporáneo es el orgullo o soberbia.

Este pazos, decía el bienaventurado Yérontas Paísios, es como un Cuartel General: “El orgullo, el egoísmo, la vanagloria, la ambición, la codicia… además de la exaltación —que es un grado luciférico (demoníaco)—, son el mismo pazos pasión, con pequeñas diferencias y graduaciones. El egoísmo es el hijo travieso del orgullo, persistente y tozudo. Así como los árboles que no se doblan, finalmente se quiebran por el viento, del mismo modo el hombre que tiene egoísmo, al no ceder, termina rompiéndose. ¡El egoísmo es un mal tremendo! ¡Y aunque el egoísta no encuentra descanso, insiste una y otra vez!” (Logos 5: Los pazos)

En sus manifestaciones exteriores, el egoísmo se diferencia en cierto modo de su madre, la soberbia.

“El egoísta —enseñaba el Yérontas Paísios— tiene voluntad, obstinación y tozudez, mientras que el orgulloso puede que no tenga voluntad fuerte ni obstinación. Por ejemplo: en la Iglesia, se venera el icono siguiendo un orden. Si una hermana tiene egoísmo, y otra se adelanta a tomar su lugar, bajará la cabeza y puede que ya no se acerque a venerar. ‘Puesto que aquella veneró antes que yo’, dirá, ‘yo ya no voy’. En cambio, si tiene orgullo, también se molestará, pero no reaccionará igual. Tal vez diga: ‘Hasta que no pasen todas, yo no pasaré’, y con una supuesta amabilidad insistirá: ‘Pasa, pasa tú primero…’ Ambas se molestan, pero la egoísta lo manifiesta con tristeza y obstinación, mientras que la orgullosa lo hace con ironía, desprecio y desvalorización.”

El resultado del orgullo y del egoísmo es la depresión y los llamados problemas psicológicos, que en realidad son problemas espirituales, según los contemporáneos Yérontas carismáticos Paísios y Porfirios.

“El egoísmo trae siempre lipi (aflicción, tristeza, pena) y ánjos (ansiedad, angustia, estrés)”.

Decía el Yérontas Paísios: “El egoísmo siempre trae tristeza (lipi) y angustia, ansiedad (ánjos). El maligno quiere vernos tristes y él alegrarse… El tankalaki diablillo quiere que nadie se alegre.”

El egoísmo conduce a la tristeza, pero no a una lipi según Dios, sino a una tristeza profunda, inconsolable, que frecuentemente degenera en desesperanza, oscurecimiento de la διάνοια (diania: mente, inteelcto y del νούς (nus: espíritu de la psique) e incluso en el suicidio.

En cambio, la lipi según Dios conduce a la μετάνοια metania. Y la metania trae la verdadera alegría al hombre, como fruto del restablecimiento de la comunión con Dios y de la energía vivificadora del Espíritu Santo. Al hombre que se arrepiente y vuelve a la metania, el Espíritu Santo le revela Su fruto, que es amor, alegría, paz, fe, tolerancia, paciencia, bondad… (Gál 5,22).

El egoísta -y, por tanto, no arrepentido- está siempre triste. El egoísmo abre la puerta al demonio, quien influye en el hombre y lo empuja a la tristeza-depresión y a los diversos problemas “psicológicos”.

Un papel catalizador en la formación del egoísmo y de la posterior depresión lo juega la mala educación, que, por regla general, reciben todos los hombres cuando sus padres no son espirituales, no están purificados (no hacen la catarsis). Esto se manifiesta claramente: desde pequeños crecemos con una educación deformada. La educación de la mayoría de las personas consiste, desde la infancia, en la cultivación minuciosa de un espíritu profundamente egoísta. Desde muy temprano nace en nosotros un deseo fuerte de sobresalir, de ser elogiados, de impresionar y de ser los primeros. Nace un interés desmedido por la ropa, el peinado, y por la dedicación a cosas triviales e indignas de atención.

El gran egoísmo conduce al protagonismo, al desprecio del prójimo, y al uso de exageraciones, mentiras e injurias. Algunos incluso llegan a servir al mal y a la fealdad únicamente para llamar la atención y ser promocionados. Con esta dirección y esta perspectiva, ¿qué ocurre?

Muy frecuentemente, cuando las cosas no suceden exactamente como queremos, inmediatamente nos lamentamos, nos entristecemos, nos atormentamos, nos deprimimos, nos angustiamos, nos decepcionamos y nos encerramos en nosotros mismos. Surge entonces una tristeza y un sufrimiento profundo en nuestro interior: sentimos que no nos cuidan como creemos merecer, que no nos aman como quisiéramos, que no reconocen nuestro valor ni aprecian nuestras virtudes y capacidades.

Un simple gesto de no reconocimiento, una observación crítica o una reprimenda, puede herirnos, avergonzarnos, perturbarnos y entristecernos. Esto sucede porque nuestro egoísmo ha sido tocado, herido. Se ha revocado esa buena imagen que tenemos de nosotros mismos —imagen que, además, deseamos que compartan los demás.

Es profundamente lamentable que jóvenes valiosos y valientes lleguen incluso al suicidio, porque no soportan un fracaso, una decepción, un desprecio, una crítica, un ataque o un empobrecimiento repentino.

En cambio, un cristiano humilde y verdadero, afronta todos estos acontecimientos amargos con más serenidad, con templanza, con esperanza y con una mirada más optimista. A veces, incluso, estas pruebas se convierten en ocasiones de gran cultivación psíquica y de fuerte crecimiento y maduración espiritual.

El disgusto prolongado trae tristeza, sufrimiento y pena, y a continuación, desemboca en esa terrible depresión que hoy azota a tantas personas. La depresión puede debilitar y paralizar al ser humano. Y, por regla general, su causa profunda es la abundancia del egoísmo.

El humilde posee anticuerpos espirituales fuertes; no cae fácilmente ni se deja dominar por la depresión. Por eso creemos que el egoísmo exagerado es una verdadera necedad, mientras que la auténtica humildad es una elección sabia y profundamente un beneficio espiritual muy grande para la psique-alma.

El egoísta está siempre insaciable, inseguro, insatisfecho, ansioso y angustiado. En cambio, el humilde es sereno, tranquilo, satisfecho, alegre, sin miedos ni perturbaciones.

El egoísta sufre constantemente pensando en cómo lo ven los demás, cuánto lo valoran, cuánto lo elogian o admiran. Así vive en continua inquietud. Pero la verdad es que los demás también tienen sus propios problemas y, en realidad, no piensan tanto en él como él cree.

Autocastigado y autofrustrado, el egoísta sufre enormemente por sus deseos enfermizos, fantasías e ideas distorsionadas.

La falta de humildad, junto con la ausencia de formación espiritual por parte de los padres según la Santa Tradición de nuestra Iglesia, perpetúa este problema. Esto da lugar a generaciones de hijos cada vez más problemáticos, atrapados en su propio egoísmo y sin orientación espiritual.

«La principal causa de la depresión», decía el bienaventurado Yérontas y Santo Porfirio, «y de todas esas cosas que se llaman tentaciones o satánicas, como la pereza, la negligencia espiritual, la holgazanería, que junto con ellas hay tantas otras cosas psicológicas —es decir, tentaciones—, es que tienes un gran egoísmo dentro de ti». Él afirmaba sin rodeos que se trata de tentaciones demoníacas, no simplemente de condiciones psicológicas.

 

El papel del maligno astuto y la visión distorsionada de algunos psiquiatras

Resulta llamativo cómo el santo Porfirio llama “tentaciones” (es decir, demoníacas) a todos estos problemas psicológicos. Según él, son el resultado de energías e influencias demoníacas, que el hombre acepta libremente, por su propio consentimiento, cuando vive sin Dios.

Contaba el bienaventurado Yérontas sobre una mujer que padecía depresión: “Me decía que estaba tirada en el sofá, envuelta en una manta, sin comer… así vivía su depresión.”

Describía la depresión como un sentimiento desagradable que se apodera del alma y la paraliza. Decía: “No puedes pensar en nada con claridad. Crees que estás reflexionando sobre cosas importantes, pero en realidad estás clavado en una sola idea. La depresión es un cautiverio mental, una prisión de un loyismós (pensamiento), una sugestión demoníaca.”

Y añadía: “Tengo muchas experiencias con personas atrapadas en este tipo de sentimientos (emociones) demoníacos. El diablo y nuestro mal carácter consiguen extraer de la batería espiritual del alma la fuerza que está destinada a la agapi (amor), a la alegría, a la paz, y a la unión con Dios. Esta energía, robada por el maligno, se transforma en tristeza, pena, depresión… y no sé qué más nombres les ponen los llamados ‘psiquiatras’. Nosotros no las llamamos así. En nuestra tradición ortodoxa, estas cosas son energías demoníacas, tentaciones satánicas, y las llamamos con su nombre: acidia, logismós (pensamiento), lujuria, lipi (tristeza)… Cada pazos pasión, cada energía demoníaca tiene su nombre específico.

El Santo Porfirio subrayaba con firmeza: “Nuestra Ortodoxia ha hecho dogma del diablo, ha dogmatizado sobre su existencia y acción. Si eliminas al diablo… entonces todo el edificio de nuestra fe ortodoxa se desmorona no vale nada.”

En concreto, el Yérontas señalaba que “los microbios inmateriales de la neurastenia” (refiriéndose evidentemente a los demonios, que no tienen una existencia material, ya que son espíritus —ángeles caídos), “vuelan; vuelan como los mosquitos y atacan la psique- alma. (Hacía una representación del vuelo de estos microbios, moviendo expresivamente los dedos de su mano).

Aconsejaba también a un hijo espiritual suyo, que cuidaba a una persona con una enfermedad nerviosa, que tuviera cuidado para no contagiarse él también, diciendo: “Está bien que ayudes al neurótico, pero debes proteger también tu psique-alma con la Jaris (gracia, energía increada) de Cristo.” Con ello, le instaba a tener cuidado para no ser también contagiado espiritualmente. El Yérontas advertía sobre la influencia demoníaca que uno puede recibir si no se encuentra en vigilancia (nipsis), oración continua, humildad profunda y agapi-amor en Cristo.

Así, este perspicaz y policarismático padre espiritual hablaba sin rodeos sobre los demonios, que no sólo influyen en el enfermo neurótico, sino también en aquellos que le rodean, estimulando en ellos los pazos las pasiones, especialmente el egoísmo.

El orgullo-egoísmo es una enfermedad del Lucifer caído. Fue precisamente por su orgullo que perdió su lugar como arcángel, arrastrando tras de sí a muchos ángeles que se convirtieron en demonios.

Esta idea del orgullo–egoísmo la sugiere el diablo también al hombre. Cuando la persona la acepta, entonces emparenta con el maligno; entonces recibe la energía demoníaca en su existencia; se vuelve orgulloso–egoísta y psíquicamente enfermo.

En cambio, los llamados “psiquiatras”, según la terminología del propio Yérontas, falsean la verdad, pues no señalan la verdadera causa espiritual de la depresión y otros trastornos psicológicos. Estas causas son, según los santos: a) Los demonios, que engañan al hombre y le inducen a hacer mal uso de su lipi (tristeza, aflicción); b) los pazos, que son creados y estimulados por los mismos demonios y cooperan con la voluntad del hombre.

El Padre hablaba acertadamente de los “llamados” psiquiatras y no de los verdaderos psiquiatras, ya que solo Cristo y Su Santa Iglesia son el verdadero médico de la psique-alma humana. El “otro lenguaje” y la terminología de los “llamados” psiquiatras existen porque niegan la existencia del diablo y de sus energías y acciones.

La realidad es que el demonio logra engañar al hombre y lo desvía de los caminos del Señor, conduciéndole en hacer mal uso de su energía psíquica y malgastarla. El hombre, por su propia voluntad, entrega esa energía al enemigo, especialmente la tristeza (lipi), que en realidad fue dada por Dios para conducir al alma hacia la μετάνοια metania.

Pero, incitado por el maligno, el hombre vuelve esta tristeza hacia sí mismo, alimenta su egoísmo, se encierra, y así cae en la depresión.

“Todos los enfermos psíquicos tienen como centro su propio ‘yo’.”

Así lo enseñaba también otro Yérontas contemporáneo, el Starets (Yérontas) Sergio, quien coincidía plenamente con el Yérontas Porfirio. Decía: “En la raíz de las enfermedades psíquicas está el hecho de que el hombre se considera a sí mismo como el centro de todo. Todos los que padecen psíquicamente tienen como centro su propio ‘yo’.” Aquí, el Starets Sergio se identifica completamente con el pensamiento del Yérontas Porfirio, quien señalaba que el egoísmo es la causa profunda de la depresión.

El Starets Sergio añadía con discernimiento: “Por supuesto, esto no significa que los enfermos sean totalmente responsables de su enfermedad. El orgullo, al igual que los demás pazos, tienen orígenes diversos: la voluntad personal, la herencia genética, el ambiente familiar, las influencias sociales, las relaciones personales y la historia de vida de cada uno.” Concluía afirmando que todo padre espiritual debe ser también psiquiatra, pues cada enfermedad psíquica tiene raíces espirituales. Y en este punto también coincide plenamente con el Yérontas Porfirio, quien enseñaba que, detrás de los llamados problemas “psicológicos”, se esconden problemas espirituales y la influencia de los demonios.

Observa el Yérontas Sergio: “La espiritualidad cubre y contiene todo. Por lo tanto, una praxis espiritual puede sanar.” Con esto, el Yérontas responde a aquellos que sostienen que para tratar los problemas psicológicos se necesita tanto un guía espiritual como un psicólogo o psiquiatra. Él afirma que todos los problemas psicológicos son, en esencia, problemas espirituales, y por tanto requieren la Divina Jaris (gracia, energía increada) para ser sanados verdaderamente.

El psiquiatra que no es un hombre espiritual —apunta certeramente el Yérontas Sergio— puede aliviar parcialmente al enfermo, ayudarlo a reencontrarse consigo mismo y mejorar sus relaciones con los demás. Pero no puede sanar su interior profundamente, porque no le muestra el sentido y significado de su existencia, algo que sí hace el πνευματικός pnevmatiκós guía espiritual.

Esta es la enorme diferencia entre lo que ofrece la ciencia psicológica y lo que ofrece la Iglesia.

La ausencia del sentido y propósito de la vida es, hoy en día, el mayor problema del hombre “civilizado” contemporáneo.

La terapia de los psiquiatras no llega al fondo del ser, sino que actúa superficialmente, sobre el comportamiento y no sobre el núcleo existencial de la psique-alma humana. Muchos psicólogos y psiquiatras ignoran la naturaleza espiritual del hombre; algunos incluso niegan la existencia misma de la psique-alma.

En contraste con lo que sostenía Freud —observa el Stárets Sergio—, la raíz de las enfermedades psíquicas no es la sexualidad, sino el orgullo o soberbia. La enfermedad del diablo es el orgullo-egoísmo, y este es el que enferma también la existencia humana.

El Yérontas Paísios decía con claridad: “El orgullo genera el egoísmo.” Cuando el diablo entra en una psique-alma orgullosa y egocéntrica, la llena de lipi (tristeza, aflicción, pena), de fatiga, cansancio, angustia y desesperación.

Un fiel preguntó al Yérontas Paísios sobre la tristeza y el agobio que sentía tras caer una y otra vez en sus pasiones: “Yéronta, me vence la tristeza por mis recaídas y me agoto en mi lucha espiritual.”

Y el Yérontas le respondió: “Eso viene del egoísmo. Porque, en realidad, no te ‘doblegas’, y por eso te agotas. No hay humildad, ni metania, ni contrición. Solo egoísmo. Y el egoísmo siempre trae consigo tristeza (lipi), agobio, ansiedad y angustia. Cuando el hombre no vive en metania, sino que se entristece y se deprime por su caída, por su imagen herida o por cómo ha caído ante los ojos de los demás, entonces dentro de él hay agonía, ansiedad, angustia, veneno y dolor.”

El hombre depresivo vive, precisamente, esa tristeza, ese veneno y ese dolor porque no se doblega. Como diríamos en lenguaje coloquial: “no se baja del burro”. No se hace humilde, no se confiesa, no se arrepiente, sino que se entristece y se deprime por su egoísmo herido y su autocomplacencia.

Muchas veces, la tristeza exagerada tras nuestras caídas esconde un intento de autosanación separado de Dios, un proyecto de mejora ética sin metania, y en el fondo, un grandioso egoísmo.

El stárets ruso Macario escribía a una persona evidentemente deprimida: “Dices que tu impotencia ante la tentación, tu lentitud para vencer los pazos pasiones y tu debilidad moral te presionan mucho… Eso sólo demuestra que estás apoyando tu salvación en tus propias fuerzas. ¿Cómo, si no, alcanzaremos la humildad, sino es observando y contemplando nuestro propio estado interior? Viéndonos tal como somos, reconociendo que somos los peores de los pecadores.”

La Rusia de los starets del siglo XIX estaba muy familiarizada con la depresión. En aquel contexto, la depresión era considerada como síntoma del orgullo, y su única terapia era: la humildad.

(Michael Lopukhin: ¿Puede la depresión ser una ocasión?)

Por tanto, los pazos (pasiones) y principalmente el orgullo-egoísmo son los que provocan la enfermedad más difundida de nuestra época: la depresión.

También la impotencia corporal o somática puede conducir al desánimo y la melancolía. El cansancio físico excesivo, así como ciertas debilidades corporales, pueden llevar a un estado de acidia (apatía espiritual), melancolía y profunda tristeza.

San Juan Clímaco, en su Escalera del Divino Ascenso, personifica la acidia y le hace decir: “Mis madres son muchas y distintas: unas veces la insensibilidad psíquica, otras el olvido de las realidades celestiales, y algunas veces el cansancio exagerado, sea físico o psíquico.”

También san Teófanes el Recluso escribía a un hijo espiritual, enfermo físicamente: “Dios, en Su infinita bondad y sabiduría, dispone todo para nuestro bien. En cuanto al desánimo que a veces se apodera de ti, es resultado de tu impotencia física. Esta debilidad prolongada crea en la psique-alma una sensación de abandono, y este sentimiento genera en el corazón miedo y melancolía.”

 

B3) CÓMO SE SANA LA DEPRESIÓN, SEGÚN LOS SANTOS PADRES DE LA IGLESIA

La psiquiatría contemporánea confiesa su ignorancia e impotencia respecto a una terapia esencial para la psique-alma humana. El profesor de psiquiatría K. Stefanís, en su libro Temas de Psiquiatría, escribe: “Desconocemos la causa de muchas enfermedades psíquicas. Y en aquellas sobre las que especulamos basándonos en la existencia de factores biológicos, por lo general no se trata de una causa específica, sino de una red entrelazada de factores, entre los cuales destacan la dotación genética, la personalidad, las experiencias particulares de la vida y el entorno sociocultural del individuo”.

En otro pasaje del mismo libro, el profesor afirma: “Las excesivas esperanzas iniciales de que los psicofármacos curarían las perturbaciones psíquicas del mismo modo que los antibióticos curan las infecciones, se desvanecieron. Para la mayoría de los enfermos, los psicofármacos no han traído sanación ni salud, sino, en el mejor de los casos, una leve mejoría o una interrupción temporal de los síntomas”.

En efecto, los distintos psicofármacos no calman verdaderamente la psique-alma egocéntrica (egópata) del ser humano, ni la sanan. La auténtica terapia se alcanza cuando el hombre se vuelve humilde y ama a Dios.

 

Una sencilla explicación de la depresión según los Santos Padres

El hombre humilde recibe la Divina Jaris (gracia, energía increada) en su psique-alma, y esta también vivifica su cuerpo, pues “Dios da Jaris a los humildes” (Sant 4,6). En cambio, el hombre que padece de orgullo-egoísmo no recibe la Jaris Divina en su psique-alma, porque “Dios resiste a los soberbios y los aborrece”. El orgullo o la soberbia aíslan al hombre de Dios.

El nus (espíritu de la psique) del hombre deprimido no comulga ni se conecta con Dios, ni ora. Se ocupa enfermizamente de sí mismo, especialmente de su cuerpo, desarrollando un amor patológico hacia lo que se llama φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo). El resultado es que el hombre entero se marchita y se hunde.

El alimento de la psique-alma no puede proceder de los elementos materiales. La psique-alma, como realidad espiritual, requiere alimento espiritual. Se nutre de la Divina Energía Increada, la Jaris. Pero cuando el hombre no se mueve con agapi-amor divino hacia Dios, cuando no tiene humildad, entonces no es receptivo a la Divina Jaris, la cual, por un lado, se derrama abundantemente sobre todos, y por otro, es recibida solo por los apacibles, los humildes y aquellos que viven en ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial).

La limitada energía natural del hombre, que se ofrece a la psique-alma en un intento de vivificarla, eventualmente se agota. El cuerpo queda inactivo, y la psique-alma, sin energía ni vida, cae en la depresión. El hombre comienza a morir lentamente, porque no desea comulgar ni conectarse con la raíz de su existencia, que es Dios. Los pasiones que aíslan -como la filaftía (egolatría), el orgullo, la soberbia y el egoísmo- impiden que la Jaris Divina llegue a la psique-alma deprimida y al cuerpo marchito.

Cuando estos pazos que aíslan, y especialmente el egoísmo-orgullo son apartados con la ayuda de Dios -a través de la metania y de la verdadera vida eclesial-, entonces el hombre vence la depresión y es verdaderamente sanado.

El Yérontas Porfirios (ahora Santo) decía a una mujer con depresión:

“La causa principal y todas estas cosas que llamamos tentaciones demoníacas —como la negligencia, la pereza, la acidia— junto con muchas otras que hoy se consideran psicológicas, es que en tu interior hay un gran y profundo egoísmo. Pues este es el gran arte —continúa el Yérontas—: cómo entregarte a la agapi de Dios, a su adoración y a la oración. Pero hagas lo que hagas, si no alcanzas la humildad, no logras nada. Solo con narcóticos o drogas intentarás calmarte y dormir. No se consigue nada. No penséis que podréis hacer algo solo con buenos médicos o con buenos fármacos. Tal vez el médico te dé una pastilla y por un momento sientas algún alivio, pero la tentación volverá a capturarte. El secreto es la humildad” (Conversación sobre la depresión).

La verdadera humildad, al igual que la auténtica agapi-amor hacia Dios, sólo se alcanzan cuando el ser humano vive como una célula viva dentro de la Iglesia Ortodoxa, y gracias a la Divina Jaris (gracia, energía increada) que reside en ella.

Solo entonces se realiza el camino del hombre caído hacia la semejanza con Dios, que constituye un proceso terapéutico. Se trata de una terapia verdaderamente integral, cuyo primer estadio es la catarsis de la psique-alma de los pazos (pasiones). Dentro de esta terapia general se produce también la liberación de la psique-alma del pazos demoníaco de la λύπη (lípi: tristeza, pena, acidia-depresión).

 

Principios y medios terapéuticos para la depresión según los Santos Padres

Según el Yérontas —y ahora Santo— Porfirio, el diablo logra apropiarse de la fuerza de la psique-alma otorgada por Dios, que se llama dolor, y la transforma en tristeza y depresión, convirtiéndola en infección, estímulo y energía satánica.

Sin embargo, existe un secreto —enseñaba el Yérontas— para convertir esa energía satánica en buena. Es difícil, pero posible, si existe una preparación previa. Dicha preparación es la humildad. Por medio de la humildad se atrae, se arranca la Jaris (gracia, energía increada) de Dios; entonces la psique-alma se entrega a la divina agapi, a Su adoración, culto y oración. “Pero, aunque lo hagáis todo —decía—, no lograréis nada si no tenéis humildad” (Vida y logos pag 377-8)).

La entrega a la agapi-amor de Dios mediante el culto, la adoración y la oración es la “psicoterapia”, terapia plena y la sanación auténtica de la depresión.

 

Medios terapéuticos-fármacos para la depresión

Medios generales:

  1. Vida dentro de la Iglesia — Tradición Ortodoxa (Parádosis, entrega divina)
  2. La Divina Χάρις Jaris (gracia, energía increada)
  3. La sinergia (cooperación) humana

Medios específicos:

  1. La fe correcta: la fe ortodoxa
  2. Confianza en la divina agapi-amor y en la Divina Providencia
  3. Aplicación de los logos-mandamientos evangélicos
  4. Agapi hacia Dios (Ερως eros amor ferviente)
  5. Ησυχία (Hisijía: serenidad mental y paz cordial)
  6. Oración
  7. Humildad y conducta interior humilde
  8. Obediencia
  9. Alegría espiritual y rechazo del desánimo
  10. Trabajo
  11. Estudio espiritual
  12. Cuidado del jardín, contacto con las flores y el arte
  13. Música bizantina
  14. Paseos y recuerdos bellos
  15. Expulsión de todos los loyismí (pensamientos) desde su aparición
  16. Expulsión de la envidia y la arrogancia
  17. Lucha contra el deseo de ser admirado
  18. Paciencia
  19. Reavivamiento del celo espiritual
  20. Cierre de la televisión y de los videojuegos
  21. Μετανοια metania y Santa Confesión

 

Medios generales terapéuticos

1) La vida dentro a la Iglesia- Ortodoxa Tradición (Parádosis=divina entrega)

2) La divina Jaris (gracia, energía increada)

3) La sinergia (cooperación) humana

 

1) Vida dentro de la Iglesia — Tradición Ortodoxa (Parádosis)

1a) Sólo la Iglesia sana verdaderamente al ser humano. Ella nos libera de los pazos y de la depresión.

Desde el momento de la caída, únicamente la Iglesia Ortodoxa, por medio de Cristo, realiza una psicoterapia y terapia auténtica y sana al hombre. ¡Ay de nosotros!… Todos los hombres hemos descuidado el tesoro del Santo Bautismo y del Santo Crisma. Hemos caído lamentablemente en la cloaca de la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, amor excesivo a sí mismo y al cuerpo), en el egoísmo, el hedonismo, la avaricia y la vanagloria. La causa de nuestra caída ha sido el mal uso de nuestra independencia, de nuestra libertad.

El olvido de Dios, la ignorancia y la pereza espiritual y física han llegado a dominarnos. La Iglesia, como madre y enfermera cariñosa, ha asumido un papel terapéutico. Ella nos reanima, nos resucita mediante su oración, la metania, los Santos Misterios y su ciencia terapéutica ascética.

Sin esta terapia —sin esta “psicoterapia” espiritual de la psique-alma—, no es posible sanar la naturaleza humana caída, ni tampoco superar los llamados “problemas psicológicos” (depresiones, miedos, inseguridades…). Sin la catarsis de la psique-alma de los pazos, ni el alma ni el cuerpo, herido por el pecado, pueden gozar de salud.

 

1b) Sólo el interés por la Iglesia sana al ser humano.

Mientras los hombres vivan en una situación de acidia —es decir, de indiferencia y pereza espiritual hacia la sanación y la salvación de sus almas— permanecerán enfermos psíquicamente (con múltiples problemas tanto psíquicos como somáticos).

Sólo cuando el hombre se interesa sinceramente por la fe ortodoxa y se integra correctamente en la vida de la Iglesia, puede ser sanado de los pazos y de la depresión.

El Señor dijo: “Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente. Llevad mi yugo de la obediencia sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas, no dudéis, porque mi yugo de la obediencia es bueno, fácil y útil, y ligera mi carga de las obligaciones y deberes que yo os impondré y yo os ayudaré para llevarla. Aprended de mí que soy apacible y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).

Quien desea verdaderamente liberarse de la depresión y de todos los demás problemas que tiranizan su alma, debe entablar una relación familiar con Cristo Dios, de modo que pueda ser enseñado por Él y aprender estas sencillas palabras. Es decir, debe adquirir gnosis (conocimiento) de la apacibilidad y humildad de Cristo.

¿Cómo puede alguien hacerse familiar o pariente de Cristo? El mismo Señor lo responde: “Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,50).

Veamos ahora qué nos pide Dios Padre tanto en el Monte Tabor como en el Río Jordán, es decir, en la Divina Metamorfosis y en el Santo Bautismo respectivamente: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadlo” (Mt 17,5).

¿Y cómo inicia el Señor Su enseñanza en la tierra? Con las mismas palabras con las que San Juan el Precursor preparaba Su camino entre los hombres: Μετανοετε (matanoite) estad en metania continua (convertíos y arrepentíos, cambiad de mentalidad), porque ha llegado la Realeza (increada) de Dios (Mt 4,17), “Μετανοετε (matanoite) estad en metania continua (convertíos y arrepentíos) y creed en el Evangelio” (Mrc 1,17).

Esto se traduce prácticamente así: cuando el hombre cree con todo su corazón y su mente en Jesús Cristo como el único Sanador, Redentor y Salvador, y se hace miembro de Su Santa Iglesia Ortodoxa mediante el Santo Bautismo y el Crisma, entonces, diariamente —con plena conciencia y esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios— recurre con frecuencia a la Santa Confesión. Sin confesión no hay alivio ni descanso.

Con la guía de un padre espiritual experimentado y mediante la metania, el hombre se libera de los pazos, adquiriendo una psique-alma sana, pura y limpia, así como un cuerpo sano y purificado. Se convierte en dios por Jaris (gracia, energía increada) y en templo del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el Paráclito (el que consuela y suplica), y nuestro Cristo es Luz increada de Luz increada. Por eso, el corazón y la psique-alma del hombre arrepentido y convertido se llenan de súplica, consuelo y luz (increada).

¿Dónde puede haber entonces lugar para la lípi (tristeza), la angustia, el sufrimiento, el dolor, la depresión, o los loyismí (pensamientos perturbadores) que atormentan al nus (espíritu de la psique) y al cuerpo?
¡Desaparecen sin esfuerzo adicional, y sin necesidad de pastillas!

El corazón se convierte en un paraíso, y cualquier ataque que el diablo intente con diferentes fobias queda inutilizado, convertido en motivo de risa.
¡Dios mío, qué sencillo es todo cuando verdaderamente Te amamos y confiamos en Ti todas las cosas de nuestra vida!

Pero es la ignorancia, la oscuridad y el desconocimiento de muchos es lo que dificulta, y a veces destruye, nuestra alegría, nuestro alivio y nuestro reposo.

 

1c) La Iglesia Ortodoxa y la Tradición ortodoxa transforman y sanan al hombre

Viviendo dentro de la Iglesia, nos hacemos la catarsis, nos iluminamos y nos divinizamos, glorificamos. A través de la metania y la ascesis (práctica o ejercicio espiritual), la obediencia, la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), y sobre todo mediante la oración incesante y la vida mistírica (participación en los Misterios o sacramentos de la Iglesia Ortodoxa), nos transformamos ontológicamente, nos sanamos existencialmente y comenzamos a vivir la verdadera Vida.

El Yérontas Porfirio concebía la Iglesia como un gran centro terapéutico y psicoterapéutico para la psique-alma. Por eso decía: “En realidad, la Ortodoxia transforma, metamorfosea al hombre y lo sana”. En la Iglesia no simplemente nos volvemos buenos o mejores personas en un sentido moral, sino que nos transformamos ontológicamente: nos convertimos en una nueva creación, en “dioses por la Jaris” (gracia, energía increada).

 

2) La Divina Χάρις (Jaris: gracia, energía increada)

2a) La Divina Jaris increada, transmitida a través de los Misterios de la Iglesia Ortodoxa, sana al ser humano en cuerpo y alma

La verdadera salud, la salud existencial, que abarca al ser humano en su totalidad, sólo es posible dentro de la Iglesia. La terapia se realiza a través de la Divina Jaris (gracia, energía increada), que es el medicamento universal, la terapia completa y la sanación para todas las enfermedades psíquicas y físicas, así como la solución para todos los problemas humanos.

El Yérontas Porfirio, sanado por la Divina Jaris increada, decía: “La Jaris increada de Dios cambia al hombre, lo transforma psíquica y físicamente. Entonces, todas las enfermedades desaparecen”.

También enseñaba que, con la Divina Jaris, lo malo puede transformarse en bueno. Esta es la obra del luchador espiritual. Cuando uno ora con vigilancia (nipsis), atención y humildad, atrae la Divina Jaris. Por eso el Señor nos exhortó: a orar sin cesar, especialmente en la hora de la tentación: “Velad, estad en alerta y orad, para que no entréis en tentación que os hundirá a la negación; en verdad, el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil y enferma” (Mt 26,41).

En ese estado de vigilancia, el mal no puede afectarnos; la tentación es rechazada, y la fuerza y energía que el maligno quería desviar se canaliza hacia el hombre “nuevo y renovado”. La Divina Jaris increada, atraída por el alma sobria y orante, redirige la energía psíquica del mal hacia el bien. Así, se eliminan los pazos y la depresión.

2b) Los estadios terapéuticos para los distintos pazos y la depresión

La existencia humana no puede sanarse sino sólo mediante la energía increada de Dios, es decir, la Divina Jaris, que se encuentra únicamente en la Iglesia Ortodoxa. Sólo la Iglesia puede sanar la psique-alma del hombre, porque sólo ella la conoce verdaderamente.

Los Santos Padres, que reunieron toda la ciencia sobre la psique-alma humana, son nuestros verdaderos y únicos psiquiatras, encabezados por nuestro Señor Jesús Cristo, quien en nuestros textos sagrados es llamado: “El Médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos”.

La psique-alma humana no puede ser sanada por filosofías ni por los llamados erróneamente métodos “psicoterapéuticos” —entre ellos el psicoanálisis—, sino por la ciencia de la psique-alma, que es la tradición patrística ortodoxa.

Esta tradición tiene como eje central terapéutico los tres estadios de la vida espiritual:

1) La catarsis (sanación, terapia, purificación o purgación) de los pazos a través de la metania (cambio de mentalidad, introspección, arrepentimiento, conversión y confesión,) la ascesis (ejercicio espiritual), la oración incesante, la vida mistiríaca y la expulsión de todos los loyismí pensamientos del corazón para que sea purificada y limpia la energía noerá (perceptiva, espiritual) de la psique-alma.

2) La Iluminación por la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo

3) La Θέωσις (Zéosis), glorificación divinización o deificación también por la jaris increada del Espíritu Santo.

El padre Ierotheo nos enseña: «Para la terapia del hombre, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia y toda la praxis terapéutica de la Iglesia, se requiere la combinación de los Misterios y la ascesis (ejercicio espiritual). La ascesis, como aplicación de los logos-mandamientos de Cristo, precede a los Misterios y los acompaña. Concretamente, el Bautismo es la catarsis (purgación, sanación) del hombre según la imagen de Dios, e implica su integración en la Iglesia: es su nuevo nacimiento.
El Misterio del Χρίσμα (Crisma, Crismación o Unción) es el movimiento y la iluminación del nus (espíritu de la psique), revelado mediante la oración, y en la tradición latina se lo denomina confirmatio, es decir, la confirmación de que el bautizado es templo del Espíritu Santo.
La Divina Eucaristía es vida, porque el bautizado participa del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
La ascesis, como ejercicio espiritual en Cristo, consiste en el paso gradual del hombre por las etapas de la vida espiritual: catarsis, iluminación y θέωσις zéosis. Según san Máximo el Confesor: La catarsis consiste en la superación de la ἡδονή (hedoní, placer, hedonismo) y de la ὀδύνη (odýni, dolor, sufrimiento).

La iluminación es la superación del olvido, de la ignorancia y del desconocimiento espiritual.

La θέωσις zéosis implica incluso la liberación de la fantasía.

La coordinación entre los Misterios (sacramentos) y la ascesis la realiza el Padre espiritual que ha alcanzado la θέωσις zéosis.

En la Iglesia primitiva, al igual que existía una clase específica para los catecúmenos, también la había para aquellos que estaban en metania. Esto se refleja en los cánones de san Basilio el Grande, san Gregorio de Nisa y otros Padres.

En todos los textos de la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos Padres se muestra con claridad que la terapia “psico-terapia” del hombre sólo se realiza en el seno de la Iglesia, la cual es una comunidad-familia auténticamente eclesial. No se trata de un lugar idealizado dominado por ideas abstractas, sino de una verdadera familia espiritual, donde existen padres, hermanos, comunión entre ángeles y hombres, y donde prevalecen la vida comunitaria, la liturgia y los Misterios. La vida personal está intrínsecamente unida a la vida comunitaria. Por lo tanto, no se puede hablar de una terapia o salvación desde un enfoque egocéntrico o individualista». (Teología Ortodoxa níptica de la Iglesia como método de terapia, psicoterapia).

2c) “El primer movimiento lo hace Cristo Dios”

El primero que se mueve hacia nosotros con el propósito de sanarnos es el Bondadoso Señor. El Yérontas Porfirio, orando incesantemente, decía: “El Señor nos llama: “Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente” (Mt 11,28).

Si el hombre responde adecuadamente a esta llamada, será sanado. Esta respuesta consiste en amar a Cristo, orar y participar en la vida eclesial mediante los Misterios y la vida ascético-hisijasta. La ascesis y la ησυχία (serenidad mental y paz cordial) nos preparan para recibir la Divina Jaris (energía increada), que viene a través de los Misterios, la oración del corazón (o de Jesús), y el estudio del Logos divino.

2d) Cristo, con su Jaris divina e increada, sana al hombre por completo, hasta las profundidades de la psique-alma

Las profundidades de la psique-alma humana —incluido el subconsciente—, cargadas de experiencias dolorosas, angustias, culpas y depresiones, son conocidas únicamente por Dios. Y es sólo con Su Jaris divina e increada también esas profundidades pueden sanarse, como enseñaba el Yérontas Porfirio. En una ocasión, respondió a un médico que le preguntaba sobre las frustraciones y su relación hereditaria: “¿Qué son esas cosas hereditarias? Todo eso que mencionas pertenece al hombre viejo que llevamos dentro. Pero cuando hemos amado a Cristo con toda nuestra psique-alma, cuando entra en nosotros el divino έρως (eros: amor ardiente), entonces todos los problemas desaparecen y nos llenamos de gozo y alegría espiritual”.

Dice nuevamente el Yérontas Porfirio (dirigiéndose al médico que había escrito el libro): “Tú ya conoces estas cosas, te las he dicho tantas veces. Los psiquiatras y los psicólogos hablan de frustraciones y de factores hereditarios, porque no conocen la psique-alma humana, que sólo se sana y vive la alegría en Cristo mediante el divino έρως (eros: amor ferviente). Las enfermedades tienen su raíz en el pecado (entendido como enfermedad física, psíquica y espiritual)”. Pero cuando Cristo habita plenamente en el alma, el pecado y la enfermedad se alejan.

La Divina Jaris, es decir, Cristo mismo, entra en la psique-alma del hombre por medio de la vida ascética (practicante) y la participación en los Misterios de la Iglesia Ortodoxa. De manera especial, ayudan la confesión y la oración noerá (del corazón o de Jesús). La oración: «Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, Υἱὲ τοῦ Θεοῦ, ἐλέησόν με Kirie-Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios,mí eleisón me, compadécete de mí, ten misericordia de mí», es un medio muy eficaz para esta obra de sanación. Esta oración purga, limpia y sana la psique-alma, al tiempo que aquieta y encauza el nus (espíritu de la psique).

2e) El divino psicoanálisis

Las partes más profundas y ocultas de la psique-alma, como el subconsciente, pueden sanarse auténticamente sólo mediante la Jaris, la energía increada de Dios. Lo que el Yérontas Porfirio llamaba divino psicoanálisis es infinitamente más eficaz que cualquier método humano; de hecho, el psicoanálisis secular puede ser incluso perjudicial para la psique-alma.

También el Yérontas Paísios hablaba de las culpabilidades no resueltas, que deben ser eliminadas mediante la confesión. La “conciencia taponada” actúa como un gusano que corroe el interior de la psique-alma. Decía: “Si ves que no tienes paz ni serenidad, sino tristeza, es señal de que algo en tu interior está desordenado y debes encontrarlo para corregirlo. Supongamos que cometes un error, te angustias, pero no lo confiesas. Luego ocurre algo alegre, y pasas a sentir alegría. Esa alegría tapa la tristeza, y poco a poco olvidas el problema. Pero interiormente, sigue activo…”.

No basta con identificar el pecado. Es necesario confesarlo, para que la psique-alma sea sanada de la tristeza, la angustia y la depresión que éste provoca.

Ierotheos Vlachos también advierte: “Hoy muchos sostienen que el hombre puede llegar al conocimiento de sí mismo mediante el psicoanálisis o el autoanálisis. Pero esto es un engaño que puede llevar a resultados desastrosos. Quien se autoanaliza sin guía espiritual corre el riesgo de caer incluso en algún tipo de esquizofrenia.
El método ascético es sencillo: con nipsis (vigilancia y sobriedad), con la atención del nus, con la catarsis y el retorno del nus al corazón mediante la metania (metanús) y la oración de Jesús, y con la aplicación de los mandamientos de Cristo, buscamos liberar el nus de imágenes, fantasías y del cautiverio de las cosas sensibles. Sólo entonces, al regresar al corazón, puede contemplar su devastación interior.

El conocimiento de uno mismo proviene únicamente de la energía increada del Espíritu Santo. Sólo cuando la Jaris divina ha iluminado la psique-alma, y con nuestra colaboración sinérgica, podemos conocer con claridad y precisión nuestro verdadero “yo”. Por ello, la terapia del nus revela los pazos (pasiones), y siendo iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, podemos combatirlos. (Ierotheo Vlajos de su libro “Preguntas y respuestas sobre la Psicoterapia Ortodoxa” tomo 3, pag 90-91).

La terapia de la psique-alma consiste principalmente en la vivificación y la iluminación del nus (espíritu de la psique). No se trata simplemente de identificar vivencias o experiencias frustradas.

San Diádoco de Fótica afirma: “Sanar y purificar el nus sólo es posible con el Espíritu Santo”. Esto implica una acción de Dios (energizante) y una colaboración del hombre (sinergizante).

La verdadera psicoterapia y psicoanálisis se realizan en el Misterio de la Confesión. El Yérontas Porfirio decía que la psique-alma se sana principalmente mediante la confesión general, que el cristiano en proceso de sanación debe realizar periódicamente. (Ver más abajo)

 

3) La sinergia humana

(El término «sinergia» significa cooperación: la colaboración de la energía de la voluntad humana con la energía increada de la voluntad de Dios.)

3a) Es imprescindible la cooperación de Dios y del hombre para «desenredar» al hombre

Sin la cooperación del hombre con la Divina Jaris (gracia, energía increada), no se logra la expulsión del egoísmo ni, en general, la terapia integral del ser humano.
El hombre espiritual es aquel que “trabaja con la Jaris”, como decía característicamente el Yérontas Aghiorita Paísios.
Dios no acude al hombre que posee muchos conocimientos mundanos, intelectuales o incluso espirituales, sino al que tiene profunda humildad; al que ha vivido y experimentado Su logos: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Este hombre, con plena conciencia de su necesidad, busca incesantemente la ayuda divina, que es la Divina Energía Increada (la Divina Jaris): la común energía increada, divinizante o deificante del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a la cual también llamamos Espíritu Santo.

Al ver sus desastres espirituales y su enredo interior, se vuelve —con oración constante— hacia Dios y le suplica auxilio. Así se sana y se libera de los pazos (pasiones) y de la depresión que estos provocan.

 

3b) El hombre sanado por la Iglesia, al cooperar con la Divina Jaris, no es castigado ni atormentado por los llamados problemas o enfermedades psicológicas (depresión, angustias, fobias, inseguridades, estrés…)

Hoy en día, como se ha mencionado anteriormente, los hombres sufrimos y nos castigamos principalmente por la depresión, la ansiedad, las fobias y las inseguridades. La causa es que nos hemos encerrado en nosotros mismos y no nos esforzamos por amar a Dios.

Los Santos, verdaderos hombres sanos, nos muestran el camino del retorno a Dios. Ellos mismos se han sanado con la Jaris (energía increada) de Dios y son los prótipos (modelos) para nuestra sanación.

El hombre sanado, espiritualmente saludable, no sufre los llamados problemas psicológicos, especialmente la depresión. El Yérontas conocía bien estos problemas y la forma en que los abordaban los llamados psiquiatras. Decía: “La depresión es un sentimiento, una emoción desagradable que se apodera de uno y lo inmoviliza.”

La depresión es un autoengaño, un cautiverio del hombre a una idea. Cree que ese pensamiento es suyo, pero en realidad proviene del astuto Maligno.
Los depresivos, neuróticos, los que viven con angustia o ansiedad, tienen egoísmo e influencia demoníaca.

El Yérontas decía que este tipo de personas no aceptan nada, no permiten que se les corrija; se irritan enseguida por cualquier indicación: “Haz esto así” o “haz lo otro de esta manera”.
Te responden: “No puedo hacerlo, lo dice la ciencia.”
Y él les replicaba: “Escúchame, desgraciado: hazlo aunque lo diga la ciencia. Di que harás obediencia al Yérontas, ¿entiendes?”

Esto es algo demoníaco, podríamos decir que lo lleva dentro el hombre, como si fuera un salvaje que vive en el desierto.

El egoísmo, que conduce a problemas psicológicos y a la depresión, es un estado del hombre viejo, del hombre post-caída, del hombre «salvajizado», del enfurecido por los pazos, del “rebelde”, fugitivo contra la Divina Majestad. Para ser sanado y salvado debe unirse a Dios. Y como el hombre no puede ascender por sí solo hasta Dios, debe cooperar con la Divina Jaris, haciéndose humilde y obedeciendo los logos- mandamientos divinos.

 

Medios terapéuticos especiales para la depresión

  1. La fe correcta, la ortodoxa
  2. Confianza en la Divina Agapi (amor, energía increada) y en la Divina Providencia
  3. Aplicación de los logos-mandamientos evangélicos
  4. Amor hacia Dios (Divino Eros)
  5. Hisijía (quietud interior)
  6. Oración
  7. Humildad y disposición interior humilde
  8. Obediencia
  9. Rechazo del desánimo y cultivo de la alegría espiritual
  10. Trabajo
  11. Estudio espiritual
  12. Cuidado del jardín, las flores y las artes
  13. Escucha de música bizantina
  14. Paseos y recuerdos bellos
  15. Rechazo temprano de los logismí (pensamientos)
  16. Expulsión de la envidia y la arrogancia
  17. Lucha contra el deseo de ser amado
  18. Paciencia
  19. Renovación del celo espiritual
  20. Apagar la televisión y abandonar los videojuegos
  21. Μετάνοια Metania y la Santa Confesión

 

  1. Fe correcta, ortodoxa

Por supuesto, uno no puede sanarse si no cree verdaderamente en la Iglesia Ortodoxa y en la enseñanza de nuestro Θεάνθρωπος (Ζeánzropos), Dios y hombre, Cristo.
Dice san Atanasio el Grande: “Los Padres, unánimes en voz y opinión, nos han transmitido que no hay otro cimiento ni medio seguro para adquirir la virtud perfecta que la humildad, que proviene de la fe, de la mansedumbre y de la verdadera pobreza. Por medio de ellas se alcanza la agapi perfecta con la Jaris (energía increada) de nuestro Señor Jesús Cristo.”

Cuando todo esto se realiza, el hombre cambia verdaderamente y encuentra la raíz de su existencia, su verdadero fundamento, que no es otro que “el Puesto… Jesús Cristo”. “Porque nadie puede poner otro nuevo cimiento que el que está ya puesto en la base del edificio, y este es el Jesús Cristo” (1Cor 3:11).
Entonces se sana espiritualmente, salvaguarda su hipóstasis (base substancial, subsistencial), y se hace “conforme o semejante al Dios Trino y Santo”, cumpliendo el propósito y la finalidad de su vida: convertirse en dios por la jaris gracia increada.

 

  1. Confianza en la Divina Agapi (amor) y en la Divina Providencia

La confianza en la Divina Providencia no solo expulsa la demoníaca acidia-depresión que paraliza y mortifica la psique-alma, sino que, por el contrario, llena el alma de alegría espiritual, que es el verdadero antídoto contra la lípi (tristeza-depresión).

Dice san Juan Crisóstomo: “Así como el río, que se ramifica en incontables canales, riega toda la tierra por donde pasa, así también la Providencia de Dios se derrama en todas partes, se esparce con abundancia, fluye con fuerza y lo llena todo. No solo nos otorga seguridad y ayuda omnipotente, sino también alegría espiritual.”

San Teófanes el Recluso escribió a un hijo espiritual que sufría de acidia: “No olvides nunca que Dios está contigo. Todos somos Sus hijos. No hay hijos desheredados, y Él no abandona a nadie. Todo lo concede para nuestro bien, incluso las mayores desgracias. Creo que lo has comprendido. Por eso ya has entregado tu confianza y tu vida en Sus manos. El que tiene esperanza en Dios, se hace digno de recibir Su misericordia (energía increada). Invoca sin cesar la intercesión de la Señora Zeotocos.”

 

  1. Aplicación de los Logos-Mandamientos Evangélicos

La aplicación de los logos-mandamientos evangélicos, es decir, las instrucciones terapéuticas concretas del Señor junto con la jaris (energía increada) de Dios, es lo que sana, “psicoterapea” y cura dentro de la Iglesia.

La vida en la Iglesia no es teórica ni un vuelo aéreo de ideas. Por el contrario, es una aplicación muy concreta de las instrucciones-mandamientos de nuestro Creador Dios para la realización de nuestro destino y finalidad, es decir, llegar al “como semejanza”.

La aceptación teórica de la Verdad no sana al hombre. Este permanece enfermo, confundido y espiritualmente debilitado si no avanza de la fe teórica (la que también tienen los demonios) hacia la fe vivida, encarnada, consciente y activa, que se forma mediante la metania (catarsis e iluminación).

El Yérontas y Santo Porfirio recalcaba que, para que uno sea espiritualmente sano, no basta con no negar la verdad. Existen personas que, aunque no rechazan a Dios ni los asuntos de la fe, sin embargo, están confundidas y psíquicamente y espiritualmente enfermas.

La fe viva, “la fe que actúa por el amor” (Gal 5,6), es la que sana al hombre.

 

  1. La Agapi a Dios (Divino Έρως Eros)

5a) La terapia de los pazos y de la depresión radica en amar a Dios “con toda la psique-alma, con todo el corazón y con toda la diania (mente)” (Mc 12,30)

Decía el Yérontas Porfirio que es una necesidad de la psique-alma tener Divino Έρως (Eros: amor ferviente), vivir la locura divina.

Cuando el hombre no satisface esta necesidad de su alma y no vive en la Ortodoxia —que es amor, eros, entusiasmo, locura, anhelo y fervor por lo divino—, permanece establemente enfermo, insatisfecho, vacío, angustiado y sumido en la oscuridad, la melancolía y la depresión.

El amor en Cristo, la abnegación y la superación de la filaftía (egolatría) son el antídoto contra el egoísmo y la depresión.

El hombre está llamado a amar a Dios, según el primer mandamiento. También está llamado a amar al prójimo, saliendo de su enfermizo amor que tiene sobre sí mismo y las creaciones. Entonces —según el sabio «psiquiatra» Porfirio— se libera también de la depresión.

El Yérontas recalcaba que la terapia de la depresión es el Divino Eros: el amor a Dios es la mayor de todas las cosas; es la Energía Increada Divina que cautiva la psique-alma, la llena plenamente, la sana y cura; es la psicoterapia perfecta.

Desde el punto de vista teológico, el Yérontas era muy exacto. Nos decía que, cuando el hombre desea moverse hacia Dios y amarle, entonces el Dios viene y llena su alma con Su Energía Increada, que se llama Agapi (Amor incondicional) a Dios o Divino Eros.

Entonces la psique-alma queda cautivada por el amor divino y, al mismo tiempo, se libera de una idea (o pensamiento) que es el componente básico del fundamento de la depresión.

La depresión es oscuridad, tiniebla demoníaca, pero el hombre la consiente, coopera en su creación y aceptación. Se pregunta san Gregorio el Teólogo: “¿Qué puedo decir de la lipi (tristeza, aflicción, pena) y la acidia? Son invenciones del nus; yo las llamo oscuridad, negrura”.

La depresión —enseñaba san Porfirio— es cautividad de la psique-alma en una idea, instigada por el astuto maligno, o generada por el hombre mismo a causa de los pazos. Podríamos equipararla con los pensamientos obsesivos o compulsivos de los llamados psiquiatras.

El eros se vence con eros, dicen los Santos Padres. El amor enfermizo hacia uno mismo (egolatría y egocentrismo), raíz de la depresión, se vence mediante el amor-agapi sano a Dios y al prójimo.

4b) El amor a Dios libera al hombre del encarcelamiento de la depresión egocéntrica

El amor a Dios y el amor de Dios hacia el hombre cautivan la psique-alma mediante la jaris (energía increada). Así, el alma se libera de la depresión, que no es otra cosa que una desviación de la energía psíquica, a causa de la acción demoníaca.

En la depresión, el hombre, en lugar de usar sus energías psíquicas para amar verdaderamente y de forma desinteresada a Dios, las dirige hacia la adoración de su propio yo. Pero el ser humano no ha sido creado para amarse a sí mismo, sino para llegar al Divino Eros, dirigiéndose amorosamente hacia el Sumo Bien: Dios.

El mal uso de las fuerzas y energías del alma lo conduce a la ruina, a la lipi (aflicción, tristeza, melancolía) y a la depresión.

El Yérontas, queriendo ayudar a una mujer deprimida, le aconsejaba primero hacer algo que le agradase, por ejemplo, cuidar el jardín, ocuparse con la música… y sobre todo, cultivar el amor a Dios.

Este es el acto más grande, el que cautiva el alma. Porque no es solamente una acción de la psique-alma hacia Dios, sino —lo más importante— es que la jaris (gracia, energía increada) de Dios llena la psique-alma y la transforma por completo. Es decir, aquella energía psíquica que antes se había desviado y se había convertido en depresión, el diablo la utilizaba para castigar al ser humano. Pero cuando esta energía es transformada por la jaris divina, la psique-alma se sana y se renueva completamente. (Conversaciones sobre la depresión, pp. 11–12)

La agapi hacia Dios, para que pueda alcanzarse, requiere la humildad según Cristo, la abnegación y la metania.
Pero para que el hombre pueda negarse a sí mismo, liberarse de su egolatría y de sus voluntades egoístas, debe primero encontrar su verdadero yo, su auténtico ser: el corazón profundo, el centro de su hipóstasis (base subsistencial) psíquica, la esencia de su nus.
El descubrimiento de ese centro hipostático se realiza mediante el descenso de la energía noerá (espiritual y perceptiva) del nus hacia lo profundo del corazón. Allí debe concentrarse esta energía noerá, y allí también el nus ha de permanecer, orando sin cesar.

El hombre está llamado a salir del estado de negligencia que lo conduce al desánimo, a la pereza espiritual y corporal, y al olvido de Dios. Debe detener el vagar del nus por las cosas creadas. El recuerdo constante de Dios y la invocación del nombre de nuestro Señor Jesús Cristo deben convertirse en su única preocupación y ocupación.

El archimandrita Zacarías Zajaru, del Santo Monasterio de San Juan el Bautista (Essex, Inglaterra), escribe en La oración de Jesús:

«El Nombre de Jesús fue dado por revelación (apokálipsis) desde lo Alto. Procede de la energía increada, sin principio ni fin, del Ser Divino, y no es invención humana. Esta revelación es acto y energía increada de la Deidad y confiere al nombre una gloria (doxa), una luz sobrenatural. El Nombre está ontológicamente unido con la Persona misma de Cristo. La oración en Su Nombre se fundamenta en los logos del Señor, pronunciados poco antes de subir al Gólgota: “Hasta ahora no habéis pedido nada implorando en mi nombre. A partir de ahora pedir continuamente y recibiréis, para que vuestra alegría y gozo sean completos, y lo estaréis comprobando por el hecho que el Padre escuchará vuestras oraciones… (Jn 16,24);…de verdad en verdad os digo que todo lo que pidan en mi nombre al Padre os lo concederá (Jn 16,23.) Estos logos son al mismo tiempo mandamiento y promesa. La invocación digna del Nombre cumple el mandamiento y vivifica Su presencia. Quien ora incesantemente se coloca a sí mismo en el camino de los mandamientos, en el camino del Señor; y este camino es Él mismo. Por lo tanto, encuentra a Cristo como compañero y se une a Él.

El Nombre de Jesucristo se convierte en forma y lugar de unión del fiel con el Salvador. Quien lo invoca con devoción, como Dios lo ha ordenado, obtiene la complacencia del Espíritu Santo y vive perpetuamente ante la Presencia del Señor.»

“En verdad, la misión de los escogidos del Señor consiste en guardar este Nombre, sufrir por Él, y considerar como privilegio la deshonra y el escarnio por causa de Él; están incluso dispuestos a morir por el Nombre de Jesús. Son verdaderamente miembros del Cuerpo de Cristo aquellos sobre quienes ha sido invocado el Nombre de Jesús y que a su vez invocan ese Nombre continuamente. En resumen, el Nombre del Señor Jesús sella al fiel, lo convierte en templo de la Deidad y en lugar de la presencia carismática del Espíritu Santo”. (Zacarías Zajaru, La oración de Jesús).

Para que el hombre tenga memoria de Dios, debe alejarse de toda otra memoria mundana y preocupación angustiosa. Debe entrar en ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), retirarse de las preocupaciones vanas, para poder realizar la catarsis.

 

  1. Ησυχία Hisijía (serenidad mental y paz cordial)

Según el Alfa Omega, nuestro gran léxico ortodoxo heleno-español: Ἡσυχία  Hisijía o hesyquía: en general es tranquilidad, serenidad, calma, silencio interior y exterior. Ἡσυχία (hisijía), en la tradición ortodoxa como término ascético-teológico, principalmente es la paz del corazón, el estado del nus en serenidad sin perturbaciones ni molestias, permanencia en Dios, la liberación del corazón de los loyismí pensamientos, logos, ideas y fantasías y la liberación de los pazos influenciados por el ambiente, de manera que permanezca en Dios. Es vivencia, experiencia interior y no se relaciona necesariamente con las condiciones exteriores. La hisijía es el único camino por el que el hombre llega a la zéosis o al semejanza. La hisijía del cuerpo es el ayudante para llegar el hombre a la noerá hisijía (espiritual del nus y del corazón).

San Simeón el Nuevo Teólogo dice: «Hisijía es estado imperturbable del nus y del corazón, serenidad, libertad y gozo de la psique-alma, base sin olas, contemplación de la luz, rapto del nus, homilía ilustre y clara hacia Dios, ojo vigilante sin dormir, oración noerá o del corazón, asimilación y unión con Dios y finalmente zéosis y descanso sin dolor de los grandes dolores de la ascesis».

Hablando sobre la nipsis ortodoxa, entendemos alerta, atención y prontitud del hombre en mantener y tener su nus limpio y liberado de distintos loyismí e imágenes que mortifican su libertad interior y su limpieza, separándole de su comunión y conexión con Dios, que consiste en la gnosis (increada) de Dios.

Así, pues, hisijía o hesyquía entendemos el método aquel que utiliza todo hombre para unirse con Dios y superar la muerte, que es uno de los mayores problemas del hombre. Esta nipsis se califica de los Padres de la Iglesia como “santa hisijía”. (ver https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)

 

La ησυχία hisijía como principio de catarsis y terapia

El hombre puede volver a sí mismo dejando la distracción que nace del ambiente exterior y de los sentidos. Cuando, como el hijo pródigo, el hombre vuelve en sí, se recuerda de la Casa del Padre y dice: “Me levantaré e iré a mi Padre” (Lc 15,18).

Una vez que se encuentra a sí mismo, puede moverse hacia Dios, y así logra entrar en comunión real con Él.
Sólo abandonando al “viejo hombre” —es decir, el hombre negligente, perezoso, olvidadizo e ignorante de Dios— y despojándose de todo lo que le aparta del Creador, puede el hombre revestirse del “nuevo hombre”, creado según Cristo. Mediante la metania, negando su ego, vaciando su corazón del egoísmo, crea un espacio para que Dios habite en él.

Por la oración incesante del corazón, el hombre puede amar a Dios.

Entonces también puede amar verdaderamente a su prójimo como hijo de Dios.
En este estado, el corazón se purifica de todo pensamiento loyismós y de todo deseo insensato y apasionado.
Sólo permanece un loyismós pensamiento, un deseo, un anhelo en el corazón del hombre purificado y sanado: el deseo de estar continuamente en Cristo y de que Cristo esté en su interior.

En este sentido, el hombre está llamado a salir de sí mismo: a dejar su filaftía (egolatría), su egoísmo, su narcisismo, su autoalabanza y su voluntad.
Debe dejar de amar desordenadamente las cosas creadas y a sí mismo. Entonces su corazón se libera y se limpia, de modo que pueda acoger a Dios, y por medio de Dios, a todo el mundo.

El hombre debe realizar la catarsis de los pazos, iluminarse con el Espíritu Santo y finalmente convertirse en morada del Espíritu Santo.
Así, el hombre se hace “Región del Incapaz de ser contenido” y dios por la Jaris (gracia increada), como dice San Máximo el Confesor.

 

  1. La Oración

6a) La oración con anhelo y devoción como antifármaco de la depresión

La manera más efectiva para que el hombre ame a Dios y, así, pueda liberarse de la depresión, es, según el multicarismático Yérontas Porfirio, la oración con anhelo y devoción.

El sabio guía enseñaba que debemos amar a Cristo como la madre ama a su hijo: con ternura, anhelo y entrega.

La oración sana al deprimido porque lo conduce a la agapi según Dios y a la auténtica humildad. Al humilde le visita la Jaris (gracia increada) de Dios, y el bien cautiva su psique-alma, liberándola de la depresión.

Las tentaciones, las aflicciones, las injusticias y los dolores tienden a arrojar la psique-alma al estado de acidia. En esos momentos, también debemos orar.

San Atanasio el Grande enseña que debemos seguir el ejemplo de Cristo, tal como se expresa en el Salmo: “Repartirán mis prendas entre ellos… pero Tú, Señor, no alejes tu ayuda de mí.” Así nos muestra y enseña el Señor que, ante las tentaciones, debemos invocar a Dios, para no caer en la acidia ni huir de nuestros sufrimientos y nuestras tristezas.

Aunque “repartan nuestras prendas”, Tú, Señor, no alejes tu ayuda de nosotros.

La oración, por tanto, es un medio de prevención fundamental contra la acidia y la depresión, en las que el astuto malvado intenta arrojarnos mediante sufrimientos e injusticias.

Asimismo, la oración es un arma imprescindible para liberarnos de estos estados de acidia-depresión. Pero para que sea verdadera y eficaz, debe hacerse con anhelo, devoción y Divino ‘Ερως (Eros: amor ferviente).

San Atanasio el Grande advierte que los demonios intentan arrojarnos a loyismí (pensamientos) impuros y a la acidia justo cuando nos preparamos para orar.

La nipsis (vigilancia interior), el esfuerzo por recogernos en nuestro interior, y sobre todo el Divino Eros y la humildad, nos ayudan a vencer los asaltos demoníacos y orar con pureza.

Esta oración enciende aún más el fervor, celo divino, la agapi y a la vez aumentará la humildad en el corazón.

El Divino Eros y la humildad son las principales características del hombre sanado espiritualmente. “Agapi y humildad, esta es la frecuencia de Dios”, decía el Yérontas Paísios, por medio de la cual el hombre se conecta con Dios y Le atrae a su corazón.

Así aconsejaba el Yérontas Porfirio a una mujer deprimida: “Más que nada –le dije– que se ocupe de la oración, y que dé especial importancia a conocer y amar a Cristo. Le conté muchos ejemplos, como cuando una madre abraza a su hijo con anhelo, lo sostiene en sus brazos y lo besa con cariño.”

¿Cuál es la causa principal de la depresión, la acidia, la pereza y los llamados “problemas psicológicos”? Contesta el Yérontas: el egoísmo.

El Yérontas llamaba tentaciones a todos los problemas psicológicos, es decir, los consideraba de origen demoníaco. Los veía tal como realmente son: energías e influencias demoníacas, estímulos del maligno.
Los llamados “psiquiatras”, al evitar usar palabras como diablo o demonio —quien incita al ser humano a comportarse egoístamente—, han inventado otros términos: inseguridad, ansiedad, angustia, estrés, baja autoestima, fobias, neurosis, psicosis…

Decía: “Especialmente todas esas emociones que llamamos satánicas —como la pereza, la acidia, la desesperanza, la decepción—, los llamados psiquiatras las etiquetan con términos como inseguridad y otros similares, simplemente para evitar mencionar la palabra ‘diablo’… Pero en realidad, nuestra fe ortodoxa ha dogmatizado sobre la existencia del diablo.”

Y añadía: Si eliminamos el aspecto dogmático y la referencia al diablo, se destruye la fe verdadera, la ortodoxa.
La psiquiatría, de manera insidiosa, ataca la fe ortodoxa al no aceptar la existencia del maligno diablo.

El diablo cultiva en el ser humano el egoísmo, la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo) y el individualismo. Este gran egoísmo es el que abre la puerta al maligno diablo para influir sobre el hombre; es la base y la causa por la cual el astuto y malvado entra en acción en la vida del hombre. Es, en última instancia, la raíz de la depresión.

La terapia espiritual contra la depresión consiste en destruir y expulsar el egoísmo mediante: La humildad, el pasar desapercibido, la paciencia, las lágrimas, la metania, el ayuno, la vigilia, el ejercicio corporal, y el colocarse como el más pequeño y pecador de todos, incluso inferior a los demonios y el resto de las criaturas, como enseña san Gregorio el Sinaíta.

6b) La oración transforma la depresión en alegría

La co-crucifixión con Cristo, a través de la oración, cortar la voluntad propia y resistir los pazos (pasiones), expulsan la depresión.

El stárets Zacarías enseñaba: “Mucho más rápido seréis crucificados con Cristo si oráis como nuestros héroes espirituales de los tiempos antiguos. Decid: “Ha resucitado Dios y se han esparcido sus enemigos y los que le odian se han fugado…”. Leed el canon de la Honorable y Vivificante Cruz de Cristo, y seréis crucificados con Él. Rogad al Consolador, que os ablande, os perdone y entre en vuestra psique-alma para expulsar la terrible depresión que os aplaca.”

El Yérontas Porfirios decía: “Los santos habían encontrado una forma de transformar la depresión en alegría. Lo hacían mediante la entrega total a Dios, con agapi y oración. Por eso los Apóstoles exclamaban con gozo: ‘me alegro de mis padecimientos’.”

Tan fuerte era el sentimiento o emoción de la depresión, que podía llegar a destruir a los santos. Sin embargo, ellos tomaban esta fuerza psíquica tan intensa, la entregaban a Dios, la convertían en oración y la transformaban en alegría y gozo en el Señor.

El sentimiento de la depresión —esa energía psíquica interna que el astuto maligno busca aprovechar— debe ser entregado a Dios.

Si prestamos atención a las enseñanzas del Yérontas, comprendemos lo que realmente sucede con la depresión: Él dice que es una fuerza psíquica nuestra, pero que puede desviarse hacia una dirección destructiva.

¿Cuándo sucede esto?
Cuando el hombre, mediante su egoísmo, abre la puerta al astuto malvado.

Si, por el contrario, esta fuerza el hombre la entrega a Dios, entonces se convierte en oración ardiente, en alegría y en gozo espiritual en el Señor.

Nuestra psique-alma tiene la capacidad de hacer el bien, de orar, de amar, de experimentar alegría, paz y de unirse con Dios. El diablo toma esa misma energía y, si puede, la distorsiona y la convierte en sufrimiento, tristeza y depresión.

El Yérontas enseña claramente que estos sentimientos depresivos son satánicos. Los “llamados psiquiatras” ocultan la verdad, ya que no reconocen la causa real de la depresión y otros “problemas psicológicos”, que son los pazos (pasiones) y, en última instancia, los demonios.

En lugar de abordar el problema desde su raíz espiritual, hablan de baja autoestima o autoconvicción, y aconsejan, en esencia, alimentar aún más el egoísmo humano. De esta manera, el hombre deprimido se enferma más profundamente.

El hombre sanado espiritualmente convierte la depresión en alegría mediante una oración llena de agapi hacia Dios.

6c) La oración incesante

La ira, el enfado, la acidia, la lipi (tristeza), la aflicción, el sufrimiento, la depresión y toda clase de aflicciones se sofocan y se vencen con la oración humilde e incesante.

San Teófanes el Recluso reflexiona: “¿Cómo lo conseguían los antiguos ascetas, que vivían encerrados en una celda, sin ver a nadie, sin oír nada, sin consuelo alguno?
—Con la Jaris (gracia increada) de Dios.
¿Y cómo conseguían atraer la Jaris?
Con la oración incesante.
He aquí el arma más eficaz contra la acidia y la depresión.
Nosotros, en cambio, no sólo no oramos incesantemente, ni siquiera con frecuencia. Y cuando lo hacemos, oramos distraídamente, con frialdad.” (San Teófanes el Recluso, “Instrucción en la vida espiritual”)

Uno debe cerrar inmediatamente la puerta al diablo mediante la oración.
El esfuerzo constante en la oración mantiene al alma en vigilancia (nipsis), de modo que pueda resistir triunfalmente los asaltos de los malos loyismí (pensamientos).

El Yérontas Porfirios relataba esta experiencia personal: “Le pedí a un joven que hiciera algo. Me respondió: ‘No puedo’.
Le dije: ‘Por favor, hijo mío. Yo soy un anciano incapacitado. Hazme este favor; no tengo a nadie más.’
Me respondió: ‘Lo que me pides no lo dice la ciencia.’
Le contesté: ‘¿Y para qué quieres la ciencia? Haz esto, es necesario.’
Y de nuevo: ‘No puedo’, dijo.

En ese momento algo malo me invadió: exasperación, rabia, enfado hacia el muchacho. Lo capté y comprendí.
El secreto está en darse cuenta antes de que la pasión se apodere de ti. Si te atrapa, ya estás atado.

Allí, justo en ese instante en que quería gritarle enfadado, fui inspirado a hacer una hermosa oración.”

Hasta el propio Yérontas estuvo en peligro de caer en la ira, la rabia y la antipatía hacia su prójimo.
Hace falta estar muy atentos, con constante nipsis.

El hombre sano espiritualmente ora incesantemente; de este modo impide que el malvado tenga dominio sobre él.
Al inicio del asalto demoníaco, en lugar de dejarse arrastrar por el tormento, ora —y el demonio se aleja.

 

7) Humildad, conducta interior modesta y serena

7a) La humildad: preparación imprescindible de la psique-alma para escapar de la depresión

El hombre en estado de depresión está preso de su loyismós (pensamiento). Según la psiquiatría secular, la persona propensa a la depresión genera automáticamente ciertos pensamientos ante cualquier estímulo, incluso ante un acontecimiento insignificante. Estos pensamientos activan diversas “percepciones negativas” (Beck, 2004), como por ejemplo: “nadie me ama”, “nadie me entiende”, o “no puedo lograr nada”. Una vez que se acepta un pensamiento automático de este tipo, comienza una cuenta regresiva que lleva a un estado de desesperación y depresión (Monja Irene: Afrontar la depresión).

En la terminología patrística, estos pensamientos “automáticos” se denominan λογισμοί loyismí. Cuando el hombre los acepta, se enferma; se convierte en prisionero de ellos. La pregunta es: ¿cómo puede cambiar la dirección en la que su psique-alma se encamina cuando está siendo arrastrada por el astuto maligno hacia lo que se conoce como depresión?

Desde la perspectiva de la terapéutica patrística, los pensamientos automáticos no son realmente autogenerados, sino que tienen una doble fuente: a) el astuto maligno, y b) los pazos (pasiones), que los demonios ocultan y alimentan.

“La terapia secular (mundana), como tratamiento gnoseológico, busca en un primer nivel ayudar al individuo a identificar de inmediato sus ‘pensamientos automáticos’ y no aceptarlos como verdaderos. En un nivel más avanzado, busca que comprenda que estas percepciones son erróneas y perjudiciales, y que aprenda a sustituirlas por otras más sanas, que le conduzcan a una mejor autoestima y autoaceptación” (Monja Irene: Cara a cara con la depresión).

Pero la verdadera autoestima la tiene únicamente quien manifiesta la imagen de Dios y se asemeja a Él. La auténtica autoestima y la verdadera autoaceptación sólo la posee el humilde.

Según los Santos Padres, la raíz de todas las enfermedades espirituales es el orgullo o la soberbia; y los hijos inmediatos del orgullo son el egoísmo y la depresión.

Para vencer el orgullo y evitar la depresión, es necesario carecer de autoconvicción mundana y tener plena confianza en lo divino.

El ser humano debe conocerse a sí mismo verdaderamente y aceptar que, por sí solo, no es “nada” o es un “don nadie”. San Juan Crisóstomo enseña que quien se considera a sí mismo como un don nadie, es quien mejor se conoce. No debe confiar en sus propias fuerzas, sino depositar toda su confianza en la Fuerza Divina, en la Energía increada y en la ayuda de Dios.

El hombre debe vivir en un estado de vigilancia constante, de modo que no acepte los distintos loyismí (los llamados por la psiquiatría secular “pensamientos automáticos”, los cuales, cuando son aceptados, generan percepciones erróneas). Cuando se consienten, estos pensamientos cautivan al alma y la conducen a la depresión.

El que no confía en sí mismo ni se aferra a su propia convicción, sino que se mantiene humilde, sin esperanza en sus propias fuerzas y con plena esperanza en Dios, es quien puede enfrentar con éxito los loyismí (pensamientos).

Muchos siglos antes de que los terapeutas gnoseológicos hablaran de los “pensamientos automáticos” negativos y las emociones que los acompañan, los Padres de nuestra Iglesia ya habían estudiado estos fenómenos, denominándolos λογισμοί loyismí (pensamientos simples o mezclados con la fantasía). Así como la terapia gnoseológica moderna considera crucial, como primer paso, que el paciente reconozca esos pensamientos y no los acepte como verdaderos, los padres nípticos enseñaban la importancia de la vigilancia (nipsis) y la atención continua, para que, apenas aparezca un loyismós maligno en el nus (espíritu de la psique) y la mente espiritual, no se le dé consentimiento ni se caiga en él con la voluntad. Si se consiente, el pensamiento se adueña de la persona y la conduce al pazos correspondiente.

El Yérontas Porfirios lo expresaba con palabras simples: “El secreto está en llegar antes que él y no darle tiempo. Si le dejas y te atrapa, ya estás pillado”. Y añadía: “Para que no te atrape, debes ser humilde, modesto”.

La humildad, según el Yérontas, es el estado y movimiento interior que prepara la psique-alma para cambiar de dirección, cuando ha comenzado a seguir el mal camino a causa de los loyismí. Ése es el secreto: cómo revertir una situación en la que se está capturado por algo negativo y comenzar a pensar de manera distinta. Puede parecer difícil, pero si se ha hecho la preparación adecuada… la preparación es la humildad. ¡Eso es!

Para que se produzca ese giro hacia el bien, es necesario atraer también la Jaris (energía increada) de Dios. Pero la Jaris viene únicamente al humilde. Entonces el hombre encuentra la fuerza para cambiar de rumbo y regresar a Dios.

Decía el Yérontas: “No es fácil girar así nomás. El arte está allí, no sólo en girar, sino en tener también la fuerza para atraer y arrancar la Jaris de Dios. El movimiento del giro debe unirte con Él”.

Este giro requiere la sinergia, la cooperación entre el hombre y Dios. Es entonces cuando el hombre puede salir de la depresión.

Cuando la Jaris de Dios ha alcanzado al hombre, entonces este sale de la depresión sin darse cuenta siquiera. Decía también: “Cuando te unes con Dios y te entregas a Él, dejas de mirar atrás, dejas de pensar que un espíritu contrario te estaba tirando hacia el abismo. ¡Ya está! ¡Eso se ha ido! ¿Lo entendéis? Podéis comprenderlo: lo echas sin siquiera notarlo. A partir de allí, te concentras tanto en lo otro —en lo de Dios— y lo vives con tal intensidad, que ya no te interesa si lo otro está atrás o no. Si te distraes y miras hacia atrás… te arrastrará”. (Conversación sobre la depresión)

7b. La humildad: el gran fármaco terapéutico

La humildad es el gran secreto y el verdadero medicamento para tratar los diversos que el mundo llama “psicológicos”, incluyendo la depresión. La humildad es lo contrario del egoísmo y del orgullo, y por eso mismo los combate eficazmente. Como ya se ha dicho, la depresión brota de estos dos males.

El Yérontas Cleopa Ilie, basándose en el libro La guerra invisible de San Nicodemo el Aghiorita, nos enseña dos principios fundamentales sobre la humildad:

  1. Nunca debemos confiar en nosotros mismos ni en nuestras propias fuerzas.
  2. Debemos tener plena confianza y esperanza sólo en Dios. (https://www.logosortodoxo.com/la-guerra-invisible-san-nicodemo-el-aghiorita/)

Primero: Nunca debemos confiar en nosotros mismos.
La Sagrada Escritura es clara: “Maldito el hombre que confía en el hombre, y apoya su fuerza en la carne, y su corazón se aparta del Señor” (Jer 17,5).

El profeta Isaías advierte: “¡Ay de los que se creen sabios a sus propios ojos, y de los que se consideran prudentes ante sí mismos!” (Is 5,21).

El apóstol Pablo exhorta: “No te tengas por sabio” (Rom 12,16),

Y Salomón confirma: “No seas sabio a tus propios ojos; teme al Señor y apártate del mal” (Prov 3,7).

Por tanto, nuestro primer ejercicio espiritual debe ser la lucha por conocernos a nosotros mismos y reconocer nuestra debilidad y miseria. San Juan Crisóstomo enseña: “Aquel que se considera a sí mismo como un don nadie, ese es quien mejor se conoce”.

San Pedro Damasceno añade: “No hay nada más elevado para el hombre que conocerse a sí mismo, conocer su debilidad, su oscuridad y su ignorancia”.

Segundo: Tener confianza y esperanza sólo en Dios.
Esta confianza debe ir unida a nuestra total renuncia a confiar en nosotros mismos. A Dios clamamos: “Señor, no me abandones; Dios mío, no te alejes de mí; tú eres mi auxilio y salvación, ven pronto a socorrerme” (cf. Sal 37,22).

Esta confianza perfecta se fundamenta en cuatro verdades:
a) Dios es Pantocrátor (Todopoderoso), nos da lo que es útil y necesario para nuestra sanación y salvación, y nos socorre en cualquier circunstancia.
b) Dios es Omnisciente, conoce todo lo que sucede y sucederá en nuestra vida.
c) Dios es Misericordioso y nos ama con una indescriptible agapi y está siempre dispuesto a ayudarnos.
d) El que espera en Dios no queda defraudado: “La esperanza no avergüenza” (Rom 5,5), “El Señor redime el alma de sus siervos, y no serán condenados los que esperan en Él” (Sal 33,23).

Cuando estas dos condiciones, la total desconfianza en uno mismo y la plena confianza en Dios,  se combinan con las siguientes tres prácticas:

  1. Ascesis (ejercicio espiritual concreto y lucha contra los pazos)
  2. Oración incesante
  3. Confesión regular (al menos una vez al mes) y participación continua en la Divina Eucaristía;

Entonces el hombre supera los llamados “problemas psicológicos” y también la depresión.

Ninguna técnica humana ni tratamiento tiene eficacia duradera si no hay humildad.

El Yérontas Porfirios decía: “Este es el gran arte: cómo entregarte al amor de Dios… más que cualquier otra cosa. Puedes hacer muchas cosas, sí, pero humanas. Lo más grande es entregarte al amor de Dios… a la adoración, a la oración. Pero si no consigues la humildad, no haces nada.

Sólo estarás intentando dormirte y calmarte con tranquilizantes… No se logra nada, no penséis que con buenos médicos y buenos fármacos lo resolveréis. Quizás, por un instante, si te dicen algo convincente, te impresione y el medicamento haga algo… pero luego vuelve la tentación. El gran secreto es la humildad”.

Según los Santos Padres, hay tres caminos principales que conducen a la humildad:
a) Ponerse a uno mismo por debajo de todos; considerarse inferior, para combatir el egoísmo y el orgullo.
b) Amar el esfuerzo y el ejercicio corporal.
c) Orar constantemente.

Estas prácticas, realizadas con obediencia al padre espiritual, ayudan al hombre a rechazar la actitud vana y orgullosa de quien se cree que “es algo”.

7c. La expulsión del engreimiento o presunción

La humildad se consolida mediante la eliminación del engreimiento, es decir, esa convicción íntima de que uno “es algo”. Este pensamiento habita profundamente en la psique-alma del hombre dominado por el egoísmo y los pazos.

El engreimiento o presunción, según San Nicodemo el Aghiorita, es una raíz amarga que debe ser arrancada para que el hombre sea liberado del orgullo, la arrogancia y la filaftía (egolatría), raíz de todos los pazos. San Nicodemo escribe en La guerra invisible: “Creerse que uno es algo, se llama engreimiento, soberbia, arrogancia o altivez. Es un pazos que nace de la filaftía, es decir, egocentrismo, el amor desordenado a uno mismo y al propio cuerpo. Este, a su vez, se convierte en raíz y causa de todos los demás pazos. Es tan sutil y escondido el pazos del engreimiento, que muchos ni siquiera lo perciben ni lo sienten, aunque lo padezcan. Esta es la primera puerta del nus, por la cual entra la Jaris (energía increada) de Dios para habitar en el hombre. Pero el maldito engreimiento se planta justo allí, la cierra, y no permite que entre la Jaris, y con razón la Jaris se retira.

¿Cómo podrá venir a habitar en un hombre la Jaris, si este se considera grande, sabio y autosuficiente, sin necesidad de ayuda divina?”.

¡Que el Señor nos libre de este luciferino y demoníaco pazos y enfermedad! (San Nicodemo el Aghiorita: La guerra invisible https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-guerra-invisible-san-nicodemo-el-aghiorita/)

 

8) Obediencia

8a) La obediencia: humildad aplicada

Para que desaparezca el engreimiento, es necesaria la obediencia al guía espiritual (Pnevmatikós).
San Diádoco de Fótica nos enseña: «La obediencia ha sido reconocida como el primer bien entre las virtudes básicas, porque expulsa el engreimiento —es decir, la gran idea que tenemos de nosotros mismos— y genera en nuestro interior la humildad. Por eso, en aquellos que la aceptan con gratitud, se convierte en puerta que conduce a la agapi amor de Dios.

Adán transgredió la obediencia y cayó en el abismo del tártaro. En cambio, el Señor amó la obediencia y, en su economía salvífica, se hizo hombre y obedeció a su Padre hasta la muerte —aun siendo igual en grandeza— para anular con Su obediencia el crimen de la desobediencia humana y devolver la bienaventuranza, la felicidad y la eternidad a quienes vivan en obediencia.

Por tanto, esta virtud debe ser la primera preocupación de quienes desean luchar contra el engreimiento diabólico. Y con el tiempo, esta virtud les indicará infaliblemente los caminos de todas las demás virtudes”. (San Diádoco de Fótica)

El egoísmo, opuesto a la humildad, se manifiesta en que la persona dominada por él no desea salir de su propia voluntad, no acepta mandamientos ni indicaciones, y se resiste a obedecer. Tiene una idea elevada de sí mismo y, por ello, no renuncia fácilmente a sus deseos ni a sus pensamientos.

Decía el Yérontas Porfirios: “Estas personas deprimidas, y todos los que tienen reacciones interiores negativas y sufren, reaccionan cuando se les pide que corten su voluntad. Allí es cuando se revelan… ¿lo entiendes?”

Quienes padecen depresión y reacciones agresivas suelen tener egoísmo, se irritan y atacan a aquellos que intentan frenar su voluntad.
El que no renuncia a su voluntad por medio de la obediencia, sino que hace siempre lo que le da la gana, vive bajo el dominio del espíritu maligno, se atormenta y sufre.

El Yérontas decía a un tipo así, un «amante de su voluntad», obediente-desobediente que también padecía depresión: “Haces lo que quieres, y así tu voluntad se ha fortalecido; vives en este espíritu malo y te torturas”.

Cuando el hombre obedece a su propia voluntad, cae en poder del maligno y se tortura a sí mismo.

La depresión está relacionada con el egoísmo, que se revela en una voluntad fuerte, inflexible o terca. El humilde (el espiritualmente sanado) no tiene voluntad propia, sino que se esfuerza en cumplir siempre la voluntad de Dios. Nunca se entristece ni se deprime, porque vive en obediencia, que es humildad aplicada. En toda su vida acude a la oración del “Padre Nuestro”, especialmente a la petición: “Hágase Tu voluntad”.

La obediencia es humildad aplicada. La humildad y la obediencia atraen la Divina Jaris (gracia increada), que es la que sana al hombre.

Un hijo espiritual del Yérontas Porfirios escribe: “El Yérontas insistía mucho en el tema de la obediencia y la consideraba tanto un deber como una obligación para cada hijo espiritual.
Él mismo, queriendo mostrar la importancia que tenía para él la obediencia, escribió en su Epístola-Testamento para todos nosotros:
“Me marché de casa a escondidas y llegué a Kafsokalivia, en la Santa Montaña del Athos. Fui obediente a dos Yérontas hermanos, Panteleimon e Ioanikio. Tuve la suerte de que eran muy devotos y piadosos, y los amé mucho. Con su bendición, les ofrecí una obediencia extrema. Esto me ayudó enormemente. Sentí gran amor hacia Dios y viví con mucha alegría”.

La obediencia bien entendida hace la vida liviana, sin sufrimiento ni tristeza, llena de gozo, alegría y despreocupación.

Dijo el abad Moisés a un hermano: “Ven, hermano mío, a la verdadera obediencia, donde hay humildad y fortaleza, alegría y paciencia, tolerancia y amor fraterno, contrición y agapi. Porque quien practica una obediencia pura ha cumplido con todos los mandamientos de Dios”.

8b) Cortar la voluntad

Quien no combate su propia voluntad mediante la obediencia al padre espiritual (Yérontas) vive bajo la influencia del espíritu maligno y se atormenta.
Los hombres sufren y hacen sufrir porque no saben cortar su voluntad por amor mutuo, como está escrito: “Obedeceos los unos a los otros”.

Según los Santos Padres, la voluntad propia es como una muralla de cobre que nos separa de Dios, porque impide que cumplamos Su voluntad.
Leemos en el Gerontikón: “El abad Pimín dijo: ‘La voluntad del hombre es una muralla de cobre entre él y Dios, una piedra que gira y golpea al mismo hombre. Si la abandona, dirá también como el profeta David: Con mi Dios saltaré la muralla (Sal 17,30). Pero si el derecho coopera con la voluntad, el hombre está perdido”.

Se necesita una lucha fuerte y sangrienta para renunciar a la voluntad propia. La experiencia patrística califica esta lucha como martirio y cruz… Es el elemento esencial de la espiritualidad ortodoxa. Porque cuando uno satisface su voluntad, puede experimentar al principio un placer (hidoní), pero este deleite es efímero, engañoso, y conduce rápidamente a la decepción y la amargura.

Por eso, cortar la voluntad se valora más que el ayuno y la oración, ya que estos, sin obediencia, pueden aumentar el egocentrismo y fortalecer la filaftía (amor desmedido por uno mismo o egolatría).
El que persiste en su propia voluntad tiene gran confianza en sí mismo, y por eso no puede conocer la voluntad de Dios.
Quienes no renuncian a su voluntad padecen de orgullo y autosuficiencia.

San Siluán el Athonita escribe: “El hombre orgulloso no busca la voluntad de Dios, sino que prefiere dirigir su vida, haciendo su propia voluntad. No entiende que la lógica humana no es suficiente para guiarse. Yo mismo, cuando vivía en el mundo, antes de conocer al Señor y al Espíritu Santo, me apoyaba en mi lógica, mi razón. Pero cuando conocí, por el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesús Cristo, a Dios, mi alma se entregó a Él. Desde entonces, acepto con paz cualquier tristeza y digo: ‘¡El Señor me ve!… ¿Qué voy a temer?’
Pero antes no podía vivir así”.

Quien se ha entregado verdaderamente a la voluntad de Dios encuentra que la vida se vuelve más fácil, porque en las enfermedades, en la pobreza o en la persecución piensa: “Así lo quiso Dios, debo soportarlo por mis pecados” (San Siluán el Athonita, por Sofronio Sajarov).

El hombre sano espiritualmente se deja en manos de Dios. Vive en obediencia y todo le va bien, porque no busca lo suyo, sino lo que Dios quiere. Quien, en cambio, vive según su propia voluntad, sufre y hace sufrir a los demás.

El Yérontas Porfirios era muy severo con quienes no querían obedecer.
Decía que el Yérontas tiene el deber de cortar la voluntad de su obediente, porque esa es la forma de ayudarlo espiritualmente. Así se sana el ser humano: desaparecen el egoísmo, la filaftía (egolatría) —que es la raíz de todos los pazos (pasiones)— y también se va la depresión.

 

9) Expulsión del desánimo y la alegría espiritual

La expulsión del desánimo se logra mediante el cultivo de la alegría espiritual. Para combatir la lipi (tristeza, aflicción, pena), es decir, la depresión de origen demoníaco, debemos esforzarnos por fomentar la alegría y el gozo espiritual. No debemos abandonarnos a esa condición enfermiza, sino rechazarla con decisión y energía. Podemos lograrlo ya sea mediante la oración de Jesús, la salmodia, el canto, o recordando la Divina Agapi que nos ha puesto en el camino de la sanación y la salvación. Seamos agradecidos al Señor que, por Su Divina Jaris (Gracia Increada), nos ha redimido y hecho ciudadanos de la Santa Iglesia Ortodoxa.

Decía san Serafín de Sarov: “Para conservar la paz del alma, debes alejar el desánimo y procurar ser alegre, según el sabio Sirácide: ‘La tristeza ha arruinado a muchos, y en ella no hay provecho’ (Eclesiástico 30,25).”

 

10) Trabajo

El trabajo realizado con entusiasmo y obediencia es un importante remedio espiritual. El trabajo, especialmente el manual, y el esfuerzo físico son medicamentos otorgados por Dios contra la acidia (apatía espiritual) y la depresión.

En el Gerontikón se narra lo siguiente: “El abad Antonio, mientras caminaba por el desierto, fue asaltado por la acidia y una gran oscuridad mental provocada por los loyismí (pensamientos). Decía entonces a Dios: Señor, quiero sanarme y salvarme, pero los pensamientos loyismí no me lo permiten. Enséñame qué debo hacer con mi tristeza y sufrimiento. ¿Cómo podré sanar y salvarme?”
Al retirarse un poco de su celda, vio a alguien parecido a él: estaba sentado y trabajando, luego se levantaba para orar, y volvía a sentarse a tejer con las manos —pues ese era su trabajo manual—, orando de nuevo. Era un ángel enviado por el Señor para corregir y animar a san Antonio. El ángel le dijo: ‘Haz tú lo mismo, y te sanarás y te salvarás.’
Al oírlo, el abad Antonio sintió gran gozo y ánimo. Se liberó de la acidia, siguió el consejo del ángel, y avanzó por el camino de la sanación y la salvación.”

Para que el hombre se sane y se libere del dominio demoníaco del pazos (pasión) del egoísmo, que lo lleva a la depresión, el Yérontas Porfirios señalaba como medicina el Divino Έρως (Eros: amor ardiente). Otros medios que él sugería y utilizaba eran: trabajar con entusiasmo, dedicarse a la música, a la salmodia bizantina u otras actividades que gustaran al enfermo. Trabajar y actuar con entusiasmo ayuda al hombre a salir del dominio demoníaco de las pasiones y de la depresión.

A un hijo espiritual suyo que sufría depresión, le decía: “Mañana iremos a la ermita del Paráclito, celebraremos la Divina Liturgia y después plantaremos. Trabajarás como un loco con la pala… y te acordarás de mí.”

Si una persona tiene entusiasmo, puede hacer cosas que a otros les parecerían absurdas, pero él vive con entusiasmo. El entusiasmo —aunque sea sólo exterior—, es decir, la participación activa en la obediencia (aunque sea corporal), provoca la primera salida de la depresión. La Jaris (Graci increadaa) de Dios completará la obra si el hombre se vuelve humilde. La humildad corporal, fruto de la obediencia y del trabajo, convierte también en humilde a la psique-alma.

El ejercicio físico y la humildad sanan al hombre espiritualmente, porque, al atraer la Divina Jaris (Gracia), expulsan los pazos y la depresión. San Máximo el Confesor escribe: “La humildad y el ejercicio físico liberan al hombre de todo pecado. La humildad expulsa los pazos de la psique-alma y el ejercicio físico, las del cuerpo.”
Por eso el bienaventurado David aplicando esto, dice en su oración: “Señor, mira mi humildad y mi esfuerzo, y perdona todos mis pecados” (Sal 24,18).

Por medio de la humildad, el hombre se prepara y se dispone a recibir la Divina Jaris y alcanzar la Agapi hacia Dios. Así, también se sana.
El trabajo, el interés por la vida —y sobre todo por la vida espiritual en la Ortodoxia—, junto con la humildad, curan la depresión.

 

11) Estudio espiritual

Mediante el estudio de las Divinas Escrituras se expulsa la acidia (apatía espiritual), que también puede manifestarse como depresión.

San Atanasio el Grande, interpretando el salmo “tuvo sueño mi alma por la acidia”, recalca: “No hay otro medio más eficaz para expulsar al espíritu maligno de la acidia que el estudio de los divinos Logos y de las enseñanzas de los santos.”

El estudio vigoriza la nipsis (vigilancia espiritual), fortalece la virtud, protege de los malos loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía), provee contenido para la oración y llena de gozo a la psique-alma afligida.

El principal remedio para la depresión, como ya se ha dicho, es la humildad y el Eros divino. El Logos de Dios contiene una fuerza mística y energía regeneradora, creativa, sanadora, purificadora e iluminadora. Al estudiar el Logos Divino nos llenamos de alegría y luz increada. La psique-alma se limpia, se purifica de los loyismí y se libera de la ignorancia y de la oscuridad espiritual.

A través del estudio humilde del Logos de Dios, comulgamos, nos conectamos y unimos con el Enhipostasiado (personificado) Logos de Dios: Cristo. El estudio del Logos Divino es una forma de comunión y unión con Dios. Por eso, en la Divina Liturgia, la primera parte es la “Liturgia del Logos”, donde escuchamos la lectura del Evangelio y la epístola, así como la predicación kerigma correspondiente.

Cuando se ha logrado esta unión, naturalmente desaparece la acidia y la depresión.

 

12) La ocupación con el jardín, las flores y el arte

El estudio del Logos de Dios, al igual que la dedicación al arte o al trabajo en el jardín, contribuye a la expulsión de la acidia (melancolía, apatía espiritual) y la depresión.

El Yérontas Porfirios recomendaba, junto al estudio de los sabios santos, la dedicación al arte, el interés por la vida, el trabajo, el jardín, las flores, la música… como complementos al Eros Divino, el cual consideraba el remedio principal para la depresión. El arte, la naturaleza, el cultivo de flores o plantas, no son simples pasatiempos: son medios importantes de sanación espiritual y emocional.

El estudio de las Sagradas Escrituras, el interés por la fe ortodoxa, por la Agapi de Dios… ¿para qué necesitas entonces psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas, psicofármacos o narcóticos?

Estos psiquiatras profesionales y psicofármacos sólo resultan necesarios si el sistema nervioso de la persona ha sido dañado o alterado seriamente a causa de una enfermedad psíquica grave. Pero en la mayoría de los casos, no son imprescindibles.

En una primera etapa, para “salir” de la depresión, ayudan mucho el trabajo entusiasta y la dedicación a algo que despierte profundamente el interés de la persona y movilice también su cuerpo. Actividades como el cuidado del jardín, el trato con flores, el contacto con la naturaleza o la práctica del arte…, tienen este efecto.

La “salida” alegre del cuerpo de la inactividad depresiva —aunque implique cierto esfuerzo o cansancio— produce humildad en el cuerpo. Y esta humildad corporal ayuda también a que la psique-alma se vuelva humilde y se oriente hacia Dios.

 

13) Paseo y recuerdo de momentos bellos

Un remedio importante contra la depresión es la vida en la naturaleza, el paseo terapéutico en la montaña, en el bosque, y el recuerdo de los momentos bellos del pasado.

Relata una mujer que, tras la reciente muerte de su marido, recibió el consejo del Yérontas Porfirios para cuando se sentía melancólica y deprimida por la muerte de su esposo, a quien consideraba una “muerte prematura”: “En aquellos momentos, me ayudó mucho el Yérontas Porfirios, quien me dijo que es normal deprimirse cuando empiezan a torturarte las preguntas: ‘¿Dios mío, por qué ha muerto tan temprano y joven?’ Sentía entonces una acidia y un hundimiento en el sofá, y no podía levantarme”. Entonces me aconsejaba: “Apenas sientas esa sensación, levántate y sal a dar una vuelta por la montaña.” Cuando le pregunté si podía salir de noche, me contestó: “Sí, puedes salir. Trae en tu mente todas las bellas imágenes, como aquel parque que visitaste con tu marido y tus hijos, o aquella hermosa puesta de sol que disfrutaste junto al mar… Expulsa los malos loyismí* y repite: ‘Kirie (Señor) Jesús Cristo, ten compasión o misericordia de mi marido y de nosotros’.” Me insufló exactamente esta convicción: que existe comunicación y comunión entre la Iglesia viviente, militante* y la triunfante* (celeste).

(Militante Iglesia: el conjunto de los fieles que se encuentran en la tierra y luchan dentro de la Iglesia Ortodoxa.

Triunfante Iglesia: el conjunto de los santos y justos salvados que presaborean la Realeza Increada de Dios.)

 

14) Música bizantina

La música bizantina sana la depresión. Es la música de la Iglesia, la música de los ángeles. La psique deprimida se sana, se diviniza y se santifica por medio de esta música.

Cuenta el Yérontas Porfirios que una vez el Rey Saúl tenía un demonio, y cuando iba a David, él le psalmodiaba, cantaba, y el demonio se marchaba. David llevaba el libro de los salmos y el salterio, que es un órgano. Cuando Saúl estaba dominado por el demonio de la melancolía o el demonio de la acidia, acudía a David, quien le cantaba y tocaba el salterio, y así se marchaba el demonio.

¡Dónde están hoy aquellos que corren para encontrar terapia contra la depresión! Cuando aprendan la música bizantina y sientan que viene la negrura, enseguida ¡bam! un canto bizantino, y la negrura que amenaza con atraparte —como una especie de melancolía psíquica— se convierte en himno, en alabanza a Dios. Yo creo esto absolutamente. Os digo que un músico que ama la música y es piadoso puede convertir una dificultad en música, o en una obra preparada para cantarla, psalmodearla y ejecutarla. Así, en vez de llorar y deprimirse, ofrece una doxología, una alabanza a Dios.

Los Padres de la Iglesia recalcan frecuentemente, en sus escritos, el papel de la música eclesiástica en la formación y cultivo de la moral cristiana, y animan a los cristianos a alabar a Dios con la música. Para los Santos Padres, la música es el medio para apaciguar los pazos, la catarsis psíquica, el deleite y el gozo espiritual.

San Basilio el Magno escribe: “La psalmodía serena y calma las psiques-almas, provoca paz y reduce los ruidos y las olas de los loyismí (pensamientos simples o mezclados con la fantasía).”
San Atanasio el Grande afirma: “Con la psalmodía, la turbación, la salvedad y el desorden que existe en la psique se regulan, y la depresión se sana.”
Finalmente, San Juan Crisóstomo observa: “Con la psalmodía hasta el aire se hace santo… La διάνοια (diania: mente, intelecto) escucha la voz y cambia; se introduce la melodía y expulsa los pazos de la avaricia y de la ambición.”

La música bizantina, cuando la utilizamos, nos santifica y diviniza sin mucho esfuerzo.

El Yérontas Porfirios enseñaba: “La música bizantina es muy útil. No debe haber ningún cristiano que no sepa o que no escuche música bizantina. Todos debemos aprenderla. Tiene relación inmediata con la psique-alma. La música santifica al hombre pacíficamente, sin esfuerzo; deleitando, te conviertes santo.”

San Teófanes el recluso escribía a un hijo espiritual: “Orad los dos troparios de la Panaghía: ‘Te alabamos y bendecimos todas las generaciones, Zeotocos Virgen; porque en Ti ha cabido el Incabible Cristo Nuestro Dios y complació. Bienaventurados y felices somos porque te tenemos como Prot  ectora; porque intercedes por nosotros día y noche… Por eso te clamamos: alégrate tú que estás llena de jaris-gracia increada, el Señor contigo’.” Y también: “Zeotocos Virgen, tú que eres el castillo invencible y la fortaleza de la salvación, te rogamos: convierte las voluntades contrarias en diversión, la pena y la tristeza de tu pueblo conviértela en alegría, ruega por la paz del mundo, porque tú eres la Zeotocos, y nuestra esperanza.”

 

15) Expulsión de todos los loyismí pensamientos desde el principio

La no aceptación del mal loyismós (pensamiento) desde el principio.
El loyismós es la causa inicial del pecado, de del pazos, de la depresión y, finalmente, de la enfermedad y muerte espiritual. El hombre no debe sucumbir al pensamiento malo desde el principio. También los buenos pensamientos deben ser cortados a través de la oración de Jesús, de modo que el corazón quede libre, limpio y claro.

El abad Doroteo, interpretando el salmo: “Bienaventurado y feliz aquel que capture a los niños y los arroje contra la piedra”, dice: “Bienaventurado es aquel que no permite desde el inicio la entrada y el crecimiento de los astutos y malvados loyismí pensamientos en su interior, para que el mal no se realice. Al contrario, cuando aún son débiles y pequeños, los captura y los arroja contra la piedra, que es Cristo, y los extingue con su huida hacia Él. He aquí como los Yérontas y la Santa Escritura, todos están de acuerdo y bendicen a quienes luchan por cortar los pazos incluso en su fase más pequeña, antes de probar el dolor y la amargura que estos producen.”

Si el hombre no corta desde el principio el loyismós malo, entonces se convierte en pedestal del espíritu maligno. Muchas veces, los malos pensamientos se activan enérgica y compulsivamente, sean propios o estimulados por el espíritu maligno, sin que la persona se dé cuenta o lo entienda. Entonces es arrastrado impetuosamente, perdiendo el autodominio y el autocontrol, y actúa de forma que más tarde cree que no quiso hacerlo, aunque en realidad también lo quiso, sin ser consciente. Coopera con el loyismós pensamiento malo y, por un momento, su voluntad dice sí al mal loyismós; luego se deja llevar y actúa descontroladamente, haciendo cosas que quizá después no recuerda. Pero en el momento inicial, sucumbió voluntariamente y fue captado por el pazos.

Esto, el Yérontas Porfirios lo llama “modo misterioso”, porque no es percibido inmediatamente por los demás, aunque es verdad que ocurre. Por eso es necesaria la atención desde el primer momento en que viene el mal pensamiento: despreciarlo y volverse inmediatamente a Cristo, para que nuestra voluntad no sea capturada ni cautiva, evitando así perder el control y ser manipulados por el mal. El hombre sano espiritualmente no sucumbe al mal loyismós pensamiento desde el inicio.

 

16) Expulsión de la envidia y la codicia o ambición

El combate contra la envidia y la codicia.
El egoísmo se presenta en diversas formas y produce distintos resultados. Los hijos terribles del egoísmo que provocan gran sufrimiento y depresión en el hombre son la envidia, la codicia y el deseo de ser amado.

San Juan Crisóstomo observa: “La codiciosa envidia es una bestia salvaje que no sólo perjudica a los demás, sino también al propio hombre envidioso y codicioso. Este, primero, se tortura, se consume y sufre psíquica y somáticamente. Clama el divino Crisóstomo (boca de oro): ‘¡Hay envidia, codicia, raíz de la muerte! ¡Hay envidia, codicia, complejo de múltiples enfermedades, fuego inapagable y clavo metido en el corazón!’ ¿Qué clavo hiere y produce tanto dolor al corazón como la envidia del envidioso y codicioso? Realmente, la envidia y la codicia reducen en el hombre la serenidad y la paz interior, lo perturban y alteran, lo torturan y lo llenan de sufrimiento, tristeza y depresión, sacándolo de sí mismo o causándole enajenación mental. Sobre todo, cuando la codiciosa envidia es muy grande y se ha apoderado del hombre, entonces le altera también exteriormente: se vuelve pálido, se debilita y adelgaza, se marchita y se consume… Tal como la polilla destruye la ropa, así la envidia y la codicia devoran al envidioso” (San Crisóstomo).

El Yérontas Porfirios recalcaba que el hombre espiritual debe combatir todas estas cosas. Contaba a un hijo espiritual: “Lejos de la envidia y la codicia, que carcomen al hombre. Por envidia, una monja creyó que su hermana había hecho un mal gesto contra su guía espiritual, y lo decía como si fuera una realidad. Todo es posible en el hombre envidioso y codicioso. Yo mismo he vivido esto. Los hombres me tenían por buena persona y muchos acudían a confesarse, y me contaban estas cosas con franqueza.

Lejos de estas quejas enfermizas, amemos a Cristo con pasión, con Divino Έρως (Eros: amor ferviente).
Bienaventurado y feliz es el monje o cristiano que ha aprendido a amar a todos místicamente. No pide a los demás que le amen ni le importa si lo hacen. Tú ama a todos y ora místicamente en tu interior. Llegará el momento en que amarás sin presión y sentirás que todos te aman. Una canción mundana dice: “No me pidas que te ame. El amor no se pide, sino que nace solo en las hojas del corazón.” Toma esto espiritualmente. Pero tú derrama naturalmente desde tu corazón la agapi de Cristo. No te preocupes si te aman; tú solo derrama desde tus labios la agapi de Cristo hacia todos. Entonces, místicamente, se producirá un cambio, una transformación total. Esto que te digo es la mejor misión divina.

 

17) El combate contra el deseo de que nos amen

La humildad, como se ha dicho, es el fármaco principal contra la depresión. Una manera esencial —según los Santos Padres— para lograrla es rebajarnos, poniéndonos por debajo de los demás.

Para poder rebajarnos y colocarnos “en la última posición”, debemos combatir un profundo deseo que habita en nuestro interior: el deseo de que nos amen y nos acepten.

Cuando queremos que nos amen, manifestamos el amor enfermizo que tenemos hacia nosotros mismos y nuestro egoísmo. He aquí lo que aconsejaba el Yérontas Paísios: “Ora y ama. Ama a Dios y a los humanos. ¿No ves aquí lo que hace la agapi de Cristo? No preguntes en tu interior ‘¿me querrán los otros?’ Si tú primero los amas, debes saber que ellos también te amarán igual”.

El hombre que tiene gran egoísmo quiere ser el centro de atención de todos. También siente envidia cuando aman a otros, a quienes él esperaba que lo amaran a él.

El sabio Porfirios decía a una hija espiritual, que otros creían que padecía epilepsia: “Tú tienes gran egoísmo en tu interior; quieres que todos te amen. Y muchas veces, cuando ves que tus padres cuidan de tu hermano, ¡entonces tú actúas sola! Sabes cómo hacerlo y lo haces. Es decir, abres el corazón, y entonces se apodera de ti el demonio, y de ahí ya te pierdes, caes al suelo, sacas espuma por la boca, te golpeas y te muerdes los labios. ¡Acuérdate y recapacita, hija mía!” —“Pues sí, eso hago”, me respondió. —“¿Por qué lo haces?” —“Mira, cuando me entristecen y me enojan, no sé qué hacer, por eso hago esto para que lo entiendan, para que no me entristezcan y para que me amen y me den lo que quiero”.
Las aparentes epilepsias en esta joven no eran otra cosa que manifestaciones de la envidia y del egoísmo herido.

El hombre muchas veces no lo entiende y actúa con mucho egoísmo porque está cautivo y dominado por el malvado astuto. Pero inicialmente retrocede inconscientemente y sucumbe al astuto maligno. El hombre sano espiritualmente no busca ni pide la agapi de los demás, ni se interesa por sí mismo; por lo tanto, no padece cuando los otros son indiferentes hacia él, e incluso cuando le perjudican de cualquier manera.

 

18) Paciencia y recalentamiento del celo espiritual

El combate contra la acidia y la atonía psíquica mediante la paciencia y el descubrimiento de maneras para recalentarnos en el celo y el trabajo.

No debemos permanecer inactivos, sino combatir la acidia y la atonía psíquica. Para ello, debemos inventar maneras de recalentamiento de nuestro celo por las cosas espirituales, por Dios. Ayudan mucho la paciencia y el trabajo. La oración a la Santísima Zeotocos debe acompañarnos siempre, especialmente cuando somos tentados por la acidia y la depresión.

San Teófanes el Recluso aconseja: “¿Os capta la acidia? Inventad maneras de recalentamiento del celo y del ánimo. ¿Quién no se ha torturado por esta atonía psíquica? Hacemos de todo para vencerla y no conseguimos nada. No nos queda otra cosa que esperar con paciencia y esperanza a que intervenga el Señor. Cuando Él quiera, nos dará nueva vida, nos consolará y nos fortificará. De todos modos, probad también esto: ocupaos en un trabajo que requiera esfuerzo y sacrificio. Quizás así se movilice vuestra psique-alma. De lo contrario, no tenéis otra cosa que tener paciencia, como os dije. Este sentimiento de acidia y atonía es transitorio. Algunas veces proviene del cansancio físico o la debilidad; otras veces, de una situación de espera.

Que la Señora Zeotocos interceda ante Su Hijo para nuestro fortalecimiento…”

 

19) Cierre de la televisión y los videojuegos

Además de todos los demás males (indecencia, violencia, pazos, el no desarrollo ético de la persona, el lavado de cerebro, la maledicencia y la crítica malintencionada) que trae consigo la televisión —la “caja del demonio”, como la profetizó san   Cosme de Etolia—, ahora se ha añadido también un conocimiento científico: la televisión y los videojuegos causan depresión en los adolescentes.

Un prolongado tiempo dedicado a ver televisión o jugar videojuegos puede conducir a la depresión en los jóvenes, según una investigación científica que alerta sobre los peligros para la salud psíquica debido a la constante influencia de estos juegos electrónicos. Así lo refiere la Agencia Francesa, en base a un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos, encabezado por Brian Primack, publicado en la revista científica Archives of General Psychiatry.

En 1995, se examinaron miles de adolescentes que no habían presentado depresión, antes de la masiva aparición del internet y los DVD; pero siete años después, cuando los participantes tenían en promedio 22 años, el 7.4% manifestó síntomas de depresión.

Los adolescentes reportaron ver aproximadamente 2.3 horas diarias de televisión, 2.34 horas de radio, 0.62 horas de videocasetes y 0.4 horas de videojuegos en computadora (en estudios más recientes estas cifras han aumentado).

Estas horas se restaban de otras actividades protectoras contra la depresión, como el deporte, la vida social y el estudio. Se ha comprobado que las adolescentes y mujeres jóvenes tienen menos probabilidades de desarrollar depresión que los varones jóvenes cuando dedican el mismo tiempo a medios electrónicos.

Según este estudio, la depresión, que comúnmente se relaciona con la tercera edad, en realidad comienza en la juventud o en los primeros años de la adultez.

Los investigadores advierten también que la frecuente exposición a medios electrónicos puede fomentar y aumentar la agresividad, las fobias, la ansiedad y la angustia, e impedir el desarrollo de la identidad del joven. Además, cuando el uso es nocturno, perturba la capacidad de dormir.

El estudio exhorta a los padres a intervenir y fomentar, entre otras cosas, la incorporación social de sus hijos.

Sin embargo, sabemos que la mera incorporación social no solo no protege de la depresión y sus consecuencias, sino que puede acarrear muchos otros peligros. Solo la incorporación eclesiástica, como miembro vivo y activo de la Iglesia Ortodoxa, puede traer los frutos deseados y, sobre todo, los que Dios quiere.

La confesión regular desde los cinco años, el ejercicio espiritual con moderación (prosternaciones, el composkini-tipo rosario ortodoxo para la oración de Jesús, ayuno, etc.), la frecuente Divina Comunión o Efjaristía, el estudio diario de la Santa Escritura, las Vidas de los Santos y de los Padres de la Iglesia (adecuadas a la edad de cada joven), y la enseñanza de la oración noerá o del corazón (la oración de Jesús: “Señor Jesús Cristo, eléison me”) son elementos imprescindibles para la educación del niño, para que viva desde ahora la alegría del Paraíso.

De otro modo, estará viviendo en el tedio, la desgana, la depresión y el presabor del infierno, a través de los medios de comunicación, los videojuegos, las drogas, la variedad de pecados y la muerte espiritual, que es el resultado de una vida fuera de la Iglesia.

 

20) Μετάνοια Metanía y Sagrada Confesión

20a) El divino Misterio de la Metania y la Confesión

Nuestro contemporáneo gran teólogo, san Justino Popovich, en su obra Camino a la Teognosía, escribe: “La psique-alma de cada hombre, de cada ser humano, y la psique-alma de la humanidad están enfermas y heridas incurablemente. Esta herida no puede sanarla ni la Ley, ni los Profetas, ni nadie, sino solamente Cristo. Cristo vino al mundo para sanar al hombre, derogar el pecado, reconectar y volver a unir al hombre con la fuente de la vida, que es Dios, y restaurarlo en su integridad original antes de la caída. La absolución, el perdón de los pecados a través de Jesús Cristo, es la gran donación de Dios al mundo; es el Evangelio.”

Esta absolución, tan psicoterapéutica y rica en la Divina Jaris (gracia, energía increada), se otorga por excelencia mediante el Misterio de la Sagrada Μετάνοια Metanιa y Confesión.

 

20b) La Metanía y la Confesión: el perfecto método terapéutico para los pazos y la depresión

La terapia del hombre espiritualmente enfermo comienza con la μετάνοια metania y la confesión. Los hombres buscan vanamente alivio en psiquiatras y psicólogos.

Decía el Yérontas Paísios: “Los hombres se han alejado de sus guías espirituales (pnevmatikós) y así los han ahogado los λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o unidos con la fantasía) y los pazos, terminando haciendo la ‘confesión’ en los psiquiatras… para olvidar el problema que les preocupa… y apenas pasa un poco de tiempo reaparece y otra vez lo mismo; así sigue la historia. Pero si uno se arregla interiormente, duerme como un corderito y no necesita pastillas ni nada”.

La impotencia de los psicofármacos para sanar dificultades psíquicas fue recalcada muchas veces de forma muy categórica por el Yérontas Porfirios y confirmada por el doctor Sotiris Abramidis.

“¿Eh? —me decía— ¿lo crees? ¿Lo has visto?”
“Los problemas del hombre no se solucionan con esas cosas. No las quiero”, decía el Yérontas (refiriéndose a los psicoanálisis, interpretaciones y terapias psicoterapéuticas, que son consideraciones humanocéntricas de nuestros problemas).

Solo escuchar a estos hombres, a veces, aporta una calma relativa. Se explica que las migrañas o fuertes dolores de cabeza no se deben al grosor del cerebro, y que los pulsos precordiales no son peligrosos; con esto basta, dicen los libros. Pero no lo dice la experiencia clínica. Estos enfermos no responden fácilmente a las intervenciones médicas, sino solo si alguien ve más allá de los síntomas y da otro sentido y concepto a la vida de los enfermos.

Y, naturalmente, no se soluciona el problema con ansiolíticos, antidepresivos o con las tonterías de hipnosis que aplican muchos psiquiatras o psicoanalistas.

“Van allí, pierden tantas horas, gastan un montón de dinero y no vienen a nuestra Iglesia, ni al Guía espiritual (pnevmatikós) para contar lo que hay detrás de todo lo que sufren y realmente sanarse bien”, decía el Yérontas Porfirios.

Especialmente quienes padecen depresión y otros que quieren estar realmente en metania, convertirse, arrepentirse y confesarse, deben comenzar la terapia de su psique-alma con una Confesión General.

 

20c) La terapia de la depresión empieza con una buena Confesión General

El gran Yérontas Paísios recalcaba: “Los hombres se han alejado del misterio de la confesión, por eso están ahogados en los loyismí pensamientos y los pazos. ¡Tantos vienen y me piden que los ayude con alguno de sus problemas, y no se confiesan ni van a la Iglesia! Les pregunto: ¿Vas a la Iglesia? —No, me contestan. ¿Te has confesado alguna vez? —No. He venido para que me sanes. —¿Pero cómo? Debes metanoizar (arrepentirte, convertirte y confesarte; cambiar la mentalidad y volver a Cristo), ir a la Iglesia, estar comulgando —cuando tienes la bendición de tu guía espiritual (pnevmatikós)—, y yo oraré por ti para que te sanes. ¡Te olvidas de que hay también otra vida y debemos prepararnos para ella, qué currículum entregaremos!”
Contestan: “Mira, Padre, estas cosas que dices, Iglesias, otro tipo de vida… a mí no me preocupan ni me interesan. Son cuentos. He ido a magos, médiums, gurús, y no pudieron sanarme. Me han dicho que tú me puedes sanar.”
“Entonces, ¿qué haces en este caso? Por un lado, les hablas de confesión, de la vida futura, y ellos dicen que son cuentos; por otro, dicen: ‘Ayúdame, estoy tomando pastillas’. ¿Entonces qué, se sanarán de forma mágica?” (Paísios: Logos c’)

El Yérontas Porfirios recalcaba que el hombre se libera del mal a través de la vivencia del muy filántropo Misterio de la metania. Decía:
“No hay mayor cosa en esta vida que esto que se llama metania y confesión”.

En la confesión, el hombre siente el intercambio con Dios, se libera de la culpabilidad y se llena de alegría.
Este misterio es la donación de la agapi (amor) de Dios al hombre. ¡Estudiando este misterio, entendemos cuánto nos ama Dios!

Para el hombre de Dios no existen impases ni situaciones depresivas, porque existe el pnevmatikós guía espiritual que —con el poder recibido de Dios para “absolver y desatar”— perdona todo y conduce. Sin la metania, el hombre no puede vivir verdaderamente la Vida real ni agradar a Dios.

La metania verdadera es la que afina la psique-alma, la diviniza, la santifica. Si el hombre peca, recalca el Yérontas, si la psique-alma se destruye, haciéndose pedazos e indigna del amor de Cristo, entonces Cristo corta las relaciones.

Decía que con la confesión se realiza la catarsis de los pazos y la mortificación. Según los Santos Padres, la catarsis de los pazos no se logra solo con estudio y esfuerzo humano, sino principalmente con la vida mistérica (participación en los misterios ortodoxos) y, sobre todo, con la constante metania-confesión.

San Cosme de Etolia instaba a los hombres: “Si podéis confesarse cada día, es divino y bueno. Si no, una vez a la semana es bueno, o una vez al mes, o cuatro veces al año.”

Con la confesión se evita también el repliegue de los pecados hacia el interior, el subconsciente, el fondo de la psique-alma y la corrupción sutil de estos. En caso de que esto ya haya ocurrido…, la confesión general y la vida espiritual los eliminan.

Apunta un hijo espiritual del Yérontas Porfirios: “Una señora me contó lo siguiente: una vez el Yérontas me dijo que muchas mujeres, si tienen algo estropeado, inútil, viejo y agujereado —cacerolas, ropa, zapatos, cosas rotas— las guardan en el trastero, echan la llave y están tranquilas. Pero no saben que llegará un momento en que ese trastero, ese almacén de antigüedades, trapería y chatarrería será descubierto, y quedarán en evidencia. Me sorprendió esa palabra del Yérontas. Fue un simbolismo claro, referido a nuestros pecados, que no hemos eliminado con la metania y la confesión, sino que hemos arrojado rápidamente al almacén del olvido y del subconsciente para liberarnos de su presencia molesta, pero Dios los ‘encontrará’ y los traerá de vuelta a nuestra memoria ‘el día del juicio’. Él ya los conoce, mientras que nosotros los ignoramos.”

Cuando rechazamos nuestros pecados, ellos alguna vez nos pondrán en evidencia y se vengarán. La vergüenza y el ridículo público serán durante la Segunda Venida del Señor, cuando se revelará todo lo escondido. Por eso, debemos cuidar desde ahora vaciar ese trastero o almacén de porquería para que nuestro vengador, el diablo, no encuentre nada que acusarnos ante Dios en el día del Juicio.

Con la confesión se cortan los derechos del diablo y el hombre se libera del peso depresivo del pecado y de las culpabilidades que este crea. Decía el Yérontas Paísios: “Por lo menos, los hombres deben ir a un Guía Confesor o Pnevmatikós para confesarse, así la influencia y el efecto demoníaco disminuirán para que puedan pensar un poco. Ahora no pueden ni pensar debido a la influencia y al estímulo demoníaco. La confesión corta el derecho del diablo.”

Cuando confesamos un pecado no debemos volver a recordarlo con detalles. Pero sí debemos recordarnos a nosotros mismos que: “Soy uno de los mayores pecadores del mundo.”

20d) El no recuerdo de los pecados ya confesados

Enseñaba el Yérontas Porfirios que no debemos recordar los pecados que ya hemos confesado. El recuerdo de los pecados hace mal.
Con la confesión, los pecados son perdonados. Cuando uno se confiesa correctamente, con sinceridad y sin esconder nada, es muy seguro que ha recibido la absolución de Dios. Si dejamos que el malvado nos perturbe trayéndonos dudas con el pensamiento: “¿quizás no se me ha perdonado?” y recordamos los pecados confesados como si aún no fueran perdonados, esto es infidelidad al misterio. Es una trampa del malvado astuto para mantenernos turbados, atormentados y arrojados a la acedia y a la desesperanza.
La tristeza profunda, la aflicción y el sufrimiento exagerado por los errores del pasado es una trampa demoníaca.
Observa el Yérontas Porfirios: “No es sano que uno se entristezca y sufra exageradamente por sus pecados y se rebele contra sí mismo hasta la desesperación.
Hay algunos que hablan humildemente, se compadecen y se afligen a sí mismos regresando desesperados al pasado. Estos, por desgracia, no están en metania, no se convierten. Se autodesprecian con falsa humildad, cambian de opinión, pero no se corrigen. Viven un sentimiento de inferioridad que no es otra cosa que egoísmo herido.
Lo importante es, decía el Yérontas, qué haremos ahora, desde este momento y después… No debemos regresar atrás y ocuparnos de lo que no hicimos en el pasado.”

 

20e) Confesión con valentía y ánimo, alejando la vergüenza demoníaca

Todos los santos nos aconsejan confesarnos sin vergüenza.
Enseña san Juan Crisóstomo: «no es pecado acusar los pecados, sino justicia y virtud. Si no fuera justicia y virtud, Dios no daría recompensa por la confesión.
Quien realmente entiende que la confesión tiene recompensa, escucha lo que dice: Di primero tus pecados para que seas absuelto. ¿Quién se avergüenza de hacer algo por lo que se convertirá justo? ¿Quién se avergüenza de confesar sus pecados para liberarse de ellos? ¿Quizá te induce a confesarlos para castigarte? Claro que no es para castigar, sino para perdonar.

En los tribunales mundanos ocurre que el castigo viene después de la confesión de culpa. Por eso, el salmo, sopesando esto, dice: “Confesad al Señor vuestros pecados, porque es bondadoso y Su misericordia (increada) permanece para siempre.”
¿Acaso Él no conoce los pecados que vas a confesar? Pues, ¿qué cambia cuando no los confiesas? ¿Quizás no sabes que no puedes escapar de Su atención? Aunque no los confieses, Él los ha visto y no los olvida. Porque dice: “He aquí, yo soy el Dios que por amor elimino tus pecados y no me acordaré de ellos”.
¡Ves! Dice: “no me recordaré de tus pecados”; porque esto es propio de la filantropía. Pero tú debes recordarlos para que te sean motivo de corrección y sanación» (Homilía 37 de san Crisóstomo).

El Yérontas Porfirios vivía la metania y la confesión sin vergüenza. Acudía con ánimo y valor, después de cada caída, a Cristo (confesándose al pnevmaticós o guía espiritual), porque le sentía como amigo.
El pecado no debe separarnos de Dios. Al contrario, debemos acudir con franqueza, familiaridad y confianza. No debemos sentirnos como extraños ni separados de Él, ni cuando pecamos.
Debemos alejarnos de la vergüenza demoníaca y confesar todos nuestros pecados con toda franqueza.

Dice san Crisóstomo: “¿Tienes vergüenza y te pones rojo al confesar tus pecados? Aunque tuvieras que confesarlos ante los hombres y fueras despreciado, tampoco entonces deberías tener vergüenza; porque vergüenza e indecencia es pecar y no confesar tus pecados.”

El diablo nos quita la vergüenza cuando pecamos y nos la devuelve cuando tratamos de confesarnos. Nos infunde desesperación y oscurecimiento para nuestra sanación y salvación, y la idea de que ya no hay metania para nosotros.
Pero debemos saber que Dios, como Padre caritativo, continúa amándonos a pesar de todas nuestras caídas hasta ahora.

 

20f) Nunca desesperación, agobio y oscurecimiento. Dios siempre nos ama infinitamente

Dios nunca cambia su disposición hacia nosotros. Él nunca deja de amarnos, hagamos lo que hagamos. La teología que quiere a Dios bueno solo cuando nosotros somos buenos, y malo cuando somos malos, es herética. Pero Cristo es siempre inalterable. “Repetidamente se dice en los troparios (cantos) y oraciones de la Iglesia: Cristo, el médico de nuestras psique-almas y cuerpos”, observa el Padre Romanidis.
Cristo es siempre bondadoso y, como médico, intenta sanar y curar al hombre, no castigarlo o aterrorizarlo. La mala percepción de un Dios cambiante viene de Occidente y genera miedo y terror en el hombre.

«Si buscan en la tradición Papista o en la Protestante», enseña el padre Juan Romanidis, «¡ese nombre para Cristo, como médico, no se encuentra en ninguna parte! Cristo solo en la tradición Ortodoxa es llamado médico.

¿Pero por qué esta tradición desapareció entre los Papistas y los Protestantes, y por qué, cuando les hablamos de un tratamiento terapéutico o instrucción psicoterapéutica), se sorprenden?
Porque la necesidad de catarsis y de iluminación, la necesidad del cambio interior, ha desaparecido para estas personas dentro de su propia teología. ¡Para ellos, quien cambia no es el ser humano, sino Dios! Para ellos, el ser humano no cambia. Lo único que hace el ser humano, según ellos, es convertirse en un «niño bueno».
Y cuando el hombre que era un «niño malo» se convierte en un «niño bueno», entonces Dios lo ama. ¡De lo contrario, lo rechaza! Si permanece o se convierte en un «niño malo», entonces Dios no lo ama.

Es decir, si el ser humano se convierte en «niño bueno», entonces también Dios cambia y se vuelve bueno. Y de no amarlo, ahora lo ama.
Cuando el ser humano se convierte en un niño malo, Dios se enoja; y cuando se convierte en un niño bueno, Dios se alegra.

¡Esto, lamentablemente, es lo que ocurre en Europa! Pero lo grave es que esto no ocurre solo en Europa, sino que también ocurre en Grecia, y este espíritu domina en muchos dentro de la Iglesia.

Se ha llegado al punto en que la Ortodoxia se ha convertido en una religión en la que Dios cambia de disposición, humor y ánimo: cuando el ser humano es bueno, Dios lo ama, y cuando es malo, Dios no lo ama. ¡Es decir, Dios castiga y recompensa!», (p. J. Romanidis: “Teología Patrística” https://www.logosortodoxo.com/teologia-patristica-ortodoxa/).

La verdad es lo contrario: Dios siempre nos ama.
“Hemos asegurado Su agapi-amor, y cualquiera que sea nuestro comportamiento, sabemos que nos ama”, decía el Yérontas Porfirios.
Cuando pecamos, no dudemos ni tengamos miedo de acercarnos libremente a Él diciendo: “Señor, he caído, lo he hecho, perdóname”.

Este sin miedo y con coraje está basado en el perpetuo e irreductible sentimiento de que Dios nos acepta y nos abraza cariñosamente, igual que el Padre del hijo pródigo. Pero no es una suspensión o anulación de nuestro respeto y piedad hacia Dios, sino la certeza de la agapi divina (amor, emoción de la energía increada), que nada es capaz de destruir, según el Apóstol: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8:35, 38-39).

Cristo nos ama siempre y “Él es todo”. Estas palabras del Yérontas Porfirios recuerdan aquellas del gran Padre de nuestra Iglesia, san Juan Crisóstomo (boca de oro), dirigidas hacia nosotros, poniéndolas en boca de Cristo Dios: “Yo soy el padre, yo soy el hermano, yo soy la casa, yo soy el alimento, yo soy la ropa, yo soy la raíz, yo soy el cimiento, lo que tú quieras yo soy; nada te faltará; yo te serviré; porque he venido para servir y no para servirme; yo soy también el amigo, el miembro y la cabeza, el hermano y la hermana, yo soy todo, sólo que tú seas mío. Yo soy pobre para ti y crucificado para ti, en la cruz para ti y en el sepulcro para ti, arriba en lo alto ruego al Padre y abajo vine para ti como embajador enviado del Padre; tú eres todo para mí, hermano y coheredero, amigo y miembro. ¿Qué más quieres? ¿Por qué te apartas de Él que te ama? ¿Por qué sufres y te agobias con el mundo? ¿Por qué bombeas agua en tinaja agujereada?” (San Juan Crisóstomo – boca dorada).

Hay Alguien que ha muerto, y que ha muerto por nosotros y nos ama infinitamente. Este Alguien no es nuestro padre, ni nuestra madre, ni nuestro hermano o hermana, tampoco otro pariente o amigo, sino el Uno de la Trinidad. ¿Cómo, pues, se justifica tener vergüenza de ir junto a Él? ¿Cómo no verle como Amigo nuestro por excelencia?
“Para Él lo somos todo”. ¿Qué mayor consuelo podemos desear para nosotros mismos? ¿Cómo sentirnos solos, tirados en un universo frío, inhospitalario e impersonal (como dicen algunos ateos), melancólicos, abandonados, huérfanos y sin padre?

El Yérontas Porfirios vivía esta agapi de Cristo y por eso clamaba: “Es nuestro amigo y hermano, es lo más bello y bueno que existe. Él es el todo y nos dice: ¡Sois mis amigos, no lo entendéis! ¡Somos hermanos! ¡Yo detengo el infierno en mi mano, no os amenazo, os amo! ¡Quiero que os alegréis conmigo! Así es el Cristo. No es depresión, ni tristeza, ni melancolía. El Cristo es el todo. Es la alegría, es la luz increada, que hace al hombre volar, verlo todo y a todos, Él se aflige y sufre por todos, quiere que todos estén cerca y junto con Él. Amad a Cristo y no deseéis nada más que Su agapi (amor incondicional, divina emoción y sentimiento de la energía increada).

20g) Confesión general: “La Divina psicoterapia”

El misterio de la Metania es el misterio de la verdadera psicoterapia. El hombre que está en metania se autocritica, se autojuzga, se autocondena y se hace humilde; así atrae la Divina Jaris (gracia, energía increada). La culminación de la metania es la confesión de toda nuestra vida al Guía Espiritual (Pnevmatikós o Yérontas). La atención, después de la confesión, de no repetir los mismos errores y el esfuerzo en hacer lo bueno y correcto completan el proceso psicoterapéutico.

Es bueno repetir, de tiempo en tiempo, la confesión general de toda nuestra vida. Esta confesión general, enseñaba el multicarismático y sabio Yérontas Porfirios, sana al hombre no sólo de los daños de los pecados personales, sino también de diversos problemas y traumas psicológicos, así como de las vivencias y herencias de nuestros antepasados.

Esta importante liturgia (función) del Misterio de la Confesión, es decir, la terapia o “psicoterapia” de los traumas del hombre, nos fue apocaliptada (revelada) por el Yérontas.

Nos relata un hijo espiritual suyo: “El Yérontas veía en el interior de la psique-alma de los hombres lo que le apocaliptaba Dios. Para un conocido me dijo: ‘Veo dentro de su psique-alma, no muy claramente, una cosa muy mala. Es un trauma, muy viejo, demoníaco. No sé exactamente qué es eso. Puede que Dios me lo apocalipte más tarde’. Y después de algunas semanas: ‘Esta cosa mala que he visto en su psique-alma puede salir, pero sólo si aquel se diviniza o santifica (con la jaris). Con esta divinización el hombre cambia. Por muy pecador que sea, los traumas psíquicos se van. Hoy en día los médicos llaman a estas cosas enfermedades psíquicas, pero en realidad es influencia demoníaca y se debe a los pecados’” (Cerca al Yérontas Porfirios, pág. 122).

Junto con la absolución de los pecados, cuando el hombre se confiesa y está en metania, se corrige y se diviniza; entonces se sanan las heridas que le ha provocado el malvado astuto, el mundo y su propia negligencia, desgana y pereza espiritual y física.

Observa el Padre Sarantis Sarantos: “Doxa (gloria y gracias) a Dios Trinitario que ha legislado esta manera de absolución, perdón de los pecados de los hombres y la incorporación de ellos en el santo Rebaño de la Iglesia. Doxa al Dios Triádico, que ha mostrado y muestra incesantemente Su inmensa e increada misericordia-compasión y prepara su criatura corrupta para la comunión y unión personal eterna junto con Él, empezando por el diálogo redentor de la santa confesión.

Los hombres estigmatizados, traumatizados con problemas éticos, psicológicos, neurológicos, matrimoniales y familiares o cualquier otro tipo de problemas personales se “psicoterapian”, sanan, curan y progresivamente se preparan para participar en la inmensa familia de la Realeza increada de los Cielos” (Sarantis Sarantos).

La energía terapéutica del Santo Misterio de la Confesión y Metania abraza la existencia psicosomática del hombre entero.

Enseñaba el Yérontas Porfirios: “El momento que cuentas estas cosas al Guía Confesor, viene la Jaris (gracia, energía increada) de Dios y te absuelve, libera de todas las experiencias malas y feas, de las heridas, las culpabilidades y de los traumas psíquicos, porque, en el momento que las dices, el guía confesor ora ardientemente al Señor para tu absolución y liberación” (Vida y logos, pág. 370 https://www.logosortodoxo.com/category/san-porfirio-el-kafsokalivita/).

Hay situaciones que vive el hombre o conductas en las que está atrapado y esclavizado que son debidas a traumas de la edad embrionaria o de la niñez.

Cada hombre lleva en su interior también las vivencias de sus padres y, especialmente, de la madre (Vida y logos, pág. 369). La Jaris increada de Dios que resplandece en el guía confesor durante una Confesión General cicatriza estas sangrientas heridas abiertas.

“La Divina Psicoanálisis”, tal como llamaba el Yérontas a este proceso previo a la Confesión General, es la que conduce a la verdadera psicoterapia. Exteriormente, la Confesión General, tal y como la describe el Yérontas, puede parecerse al psicoanálisis. Sin embargo, en realidad es algo mucho más superior, eficaz y efectivo. En el “psicoanálisis mundano” se produce una excitación y avivamiento de la psique-alma, pero sin la posibilidad de terapia ni sanación; es una “palabrería interminable” que no conduce a ninguna parte e incluso puede perjudicar.

Con el “psicoanálisis mundano” se hace mucho daño, porque cuando uno:
a) recuerda el pasado, y
b) se ocupa de los sueños

Nuestros Santos Padres nos han prohibido hacer estas dos cosas, lo que se logra es remover el fango. Como resultado, la psique-alma se obscurece, se enturbia y se transmiten malolientes emanaciones que contaminan aún más al hombre.

Pero la Confesión General, al canalizar la Jaris (gracia, energía increada) terapéutica al consciente y subconsciente, opera como una “psicoanálisis divina y psicoterapia verdadera”.

El Yérontas Porfirios se refiere a este tipo de terapias a través de la Confesión General. Para una señora que se había confesado con él, decía: “En el momento en que se estaba confesando, la observaba en su psique-alma y veía que la Jaris penetraba en su interior, tal y como yo la observaba. En todos los guías espirituales confesores o Pnevmatikós está esta Jaris (energía increada) y cuando oran y bendicen, la irradian como canales o instrumentos” (Vida y logos, 371-372).

Una vez aconsejaba a un hijo espiritual: “Hijo mío, es muy bueno, de tiempo en tiempo, hacer una Confesión General, porque los distintos traumas psicológicos o acontecimientos serios nos crean enfermedades físicas. En la confesión no contemos sólo los pecados, sino también los diversos loyismí pensamientos —por ejemplo, miedos, fobias, tristezas, sufrimientos— que experimentamos por eventos como muertes, seísmos, matrimonios, falta o debilidad de fe, etc.” (Recuerdos del Yérontas Porfirios, pág. 14).

 

Concluyendo sobre la depresión

Los Yérontas carismáticos contemporáneos y también los antiguos Padres teóforos (portadores de la luz increada de Dios), como conocedores profundos de la psique-alma humana e iluminados por Dios, nos han apocaliptado —revelado— los secretos de la depresión, que está tan extendida en el mundo de hoy.

La causa de la depresión es el gran egoísmo. La Iglesia, cultivando la humildad y la obediencia, nos “psicoterapia”, nos sana.

La vida ascética (práctica espiritual) ortodoxa, la práctica espiritual ortodoxa y la vida mistérica (participando en los misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa) nos absuelven y liberan de todos los pazos, pecados y de la depresión. Especialmente el Misterio de la Santa Confesión opera una catarsis de los pazos en el hombre y, por consiguiente, lo libera de la depresión.

El Yérontas Porfirios llamaba a la Confesión General característicamente “la divina psicoanálisis”, porque, por excelencia, el hombre se sana de todos los problemas psicológicos y de la depresión.

En vez de acudir inútilmente a psiquiátricos y psiquiatras que muchas veces ignoran la psique-alma —incluso ni siquiera creen en su existencia—, los hombres deberían acudir frecuentemente al filántropo Misterio de la Santa Confesión. Este divino Misterio no solo es verdadera y divina psicoanálisis, sino también terapia para la psique-alma y el cuerpo.

San Gerásimo el Nuevo de la isla Kefalonia
Protector de los endemoniados y psicópatas

San Gerásimo el Nuevo de Cefalonia es el santo patrón de los que sufren por causa de los demonios, así como también de los enfermos psíquicos y mentales. Es el patrón de la isla. Nació en 1509 en el pueblo Tríkala de Corinto. Después de muchos recorridos y peregrinaciones en Constantinopla, la Santa Montaña, Jerusalén, Sinaí, Egipto, Creta y la isla Zákynthos, donde vivió seis años en una cueva, terminó en Kefalonia (Isla del mar Jónico). Allí fundó un monasterio para mujeres llamado Nueva Jerusalén, y ejercitó hasta el final de su vida. Durmió en Dios en 1579.

En el monasterio se guarda su santa reliquia, entera, caliente y perfumada. El santo es terapeuta de muchas enfermedades, principalmente psíquicas. Para ser más exactos, sana a los endemoniados y a los pacientes psíquicos. Estas terapias a menudo se realizan con el paso de la Santa reliquia sobre el paciente, en los días de su fiesta (16 de agosto y 20 de octubre).

 

Epílogo

Ojalá que el hombre deprimido contemporáneo entienda que puede encontrar su terapia y sanación a través de la Iglesia Ortodoxa, viviendo correctamente en Ella. La Confesión regular, la Divina Comunión o Efjaristía, en combinación con la vida ascética o práctica espiritual ortodoxa, la oración incesante del corazón, la profunda humildad, el Divino Έρως (Eros: amor ferviente) y la αγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional) a los hermanos, liberan al hombre de todos los pazos y de la depresión que estos crean.

Vengamos, pues, rogando al Señor, a la Santísima Θεοτόκος Zeotokos, a san Gerásimo —protector de los pacientes psíquicos— y a todos los santos, para que nos salvaguarden de la esclavitud de los pazos que crean la depresión y de otros llamados problemas y traumas psicológicos.

FIN DE LA B´ PARTE
ΔΌΞΑ DOXA GLORIA Y GRACIAS A DIOS

 

AÑADIDO: Ἄγχος (Ánjos: ansiedad, angustia y estrés), y cómo afrontarlo.

Introducción
Junto con la depresión, el ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés) es una “enfermedad psíquica” muy extendida, con consecuencias lamentables para todo ser humano. Afecta tanto la psique-alma como el cuerpo, y provoca diversas enfermedades, especialmente las llamadas “psicosomáticas”.

En nuestro estudio sobre la depresión, incluimos una breve referencia al ἄγχος (ánjos), para abordarlo de forma complementaria. La energía demoníaca que lo provoca encuentra terreno fértil en el ser humano de poca o ninguna fe, en el incrédulo. La solución está en una entrega plena y confiada del hombre a la voluntad Divina.

Ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés), y cómo afrontarlo.
Respuesta a un alma atribulada: Me pediste que escribiera unas páginas sobre el ἄγχος (ánjos): qué es y cómo enfrentarlo. Bastarían dos líneas:

“Encomendémonos los unos a los otros, y toda nuestra vida, a Cristo Dios.”

Si cumplimos y vivimos continuamente esta exhortación, jamás seremos dominados por la influencia demoníaca llamada ἄγχος (anjos: ansiedad, angustia y estrés).

Aun así, diremos algo más sobre el tema. Según la Dogmática Ortodoxa, todo ocurre por la voluntad o concesión de Dios. Por lo tanto, todo sucede para nuestro bien, ya que Dios no obra el mal.

Si reaccionamos con lamentos, quejas, angustia y tristeza ante las pruebas, es como decirle a Dios: “No me amas y no haces lo correcto.”

Con esa actitud, en realidad, blasfemamos contra Dios y mostramos ingratitud. En el fondo, hay falta de fe en la Providencia y Bondad de Dios.

A pesar de todo, el Omnipotente y Bondadoso Señor nos ha prometido que cuidará de nosotros. Nos ha enseñado que “Él cuida de nosotros”.

Sólo nos pide que confiemos en Él y le supliquemos Su misericordia increada (energía increada), porque respeta nuestra libertad y nuestro “no”. Es nuestro Padre caritativo. Nos ha dicho que todo lo que necesitemos para la vida terrenal nos será añadido, con tal de que cumplamos con nuestros deberes y ejercicios espirituales, y que pidamos a Él que se haga Su voluntad.

Él conoce nuestra debilidad. También dijo: “Sin Mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Somos frágiles como niños, pero si queremos, podemos estar en los brazos del Padre más compasivo, sabio y poderoso.

¿Acaso el niño en brazos de su padre sufre ἄγχος (anjos: ansiedad, angustia y estrés)?
¡Nunca!
¡Cuánto más nosotros! Somos los hijos amados de Dios, y mientras lo queramos, Él nos tiene en Sus brazos.

Solo una cosa debe preocuparnos: no dejarnos engañar por el enemigo, que intenta convencernos de alejarnos de los brazos de nuestro Padre. Entonces sí, experimentaremos inmensa inseguridad y soledad…

Entonces el malvado astuto nos susurrará silbando: “Toma el control de tu vida. Cree en ti mismo. Lucha por tu cuenta para vivir…”
¡Ay de nosotros si lo escuchamos y hacemos caso!

Debemos hacer lo contrario: volver a los brazos de nuestro Padre.

San Juan Crisóstomo lo explica así: «No te ocupes con ansiedad por tus propios asuntos, sino déjalos en manos de Dios. Porque si tú te ocupas, lo harás como un ser humano; pero si Dios se encarga, lo hará como Dios. No te preocupes por esas cosas descuidando las más importantes (las espirituales), porque entonces Dios no mostrará gran interés por las otras (las materiales). Para que Dios se encargue verdaderamente de tus necesidades, confíale todo a Él. Porque si tú mismo te dedicas a ellas y dejas de lado lo espiritual, Dios no mostrará gran interés en lo material. Así pues, si quieres que tus asuntos vayan bien y liberarte de toda preocupación angustiosa, ocúpate de las cosas espirituales y desprecia lo material; porque así lograrás también lo terrenal junto con el cielo, y obtendrás los bienes futuros.» (Homilía 68,5).

¿Por qué no escuchamos la voz de nuestro Señor y Padre caritativo?

Leamos con atención el texto más consolador contra la ansiedad, la angustia y la depresión, (el más antidepresivo, más antiansiolítico y más antiangustioso)  el más profundo de todos los tiempos. Habla Cristo Dios en Mateo:

Las preocupaciones y angustias de la vida, 6:25-34.

25 Por tanto os digo: No os angustiéis, os estreséis y os preocupéis por vuestra vida, qué habéis de comer y beber, ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? ¿El Dios que os ha dado lo más valioso no os dará también lo inferior?

26 Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?

27 Y ¿quién de vosotros puede, aun preocupándose, estresándose y angustiándose, añadir a su estatura un solo codo?

28 También en cuanto al vestido, ¿por qué os preocupéis, os estreséis y os angustiéis? Observad atentamente los lirios y las flores del campo, cómo crecen, no trabajan con fatiga, ni se cansan, ni tampoco hilan,

29 pero os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos.

30 Y si la hierba del campo, que hoy existe y mañana es echada al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, oh hombres de poca fe?

31 No os preocupéis, os estreséis y os angustiéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué seremos vestidos?

32 Porque los gentiles o idólatras, que no conocen los bienes eternos y la providencia cariñosa de Dios, buscan con afán todas esas cosas. Pero vosotros nos os preocupéis y os angustiéis para estas cosas porque vuestro Padre celestial y bondadoso sabe que tenéis necesidad de todas ellas y os las dará.

33 Buscad, pues, primeramente el reinado de la realeza increada y la justicia/virtud que Él quiere de vosotros, y todos estos bienes terrenales os serán añadidos junto con los incalculables bienes de la realeza increada de los cielos.

34 Y no os afanéis, angustiéis y preocupéis por el mañana, porque el mañana se preocupa de sí mismo. Basta a cada día con sus propias ocupaciones y problemas.»

Por lo tanto, tenemos al Señor, que cuida de nosotros con ternura, nos ama infinitamente y nos abraza como un verdadero Padre. Tenemos un Padre bondadoso, sapientísimo y omnipotente. Él nos ha prometido: “Yo me encargaré de ordenar todos vuestros asuntos y las necesidades reales. Vosotros sólo preocupaos de una cosa: buscarme a Mí y Mi Realeza (estado en energía increada), la virtud y el bien que YoSoY. Este es vuestro plan y programa. Así viviréis en el siglo, es decir, en el tiempo espiritual: el eterno ahora. La agapi hacia a Mí es la insignia de la vida verdadera, perfecta y llena de belleza. Es un pacto necesario y suficiente para que viváis de verdad”.

Cuando no confiamos en nosotros mismos —en nuestro “yo”, en nuestros razonamientos, pensamientos, fuerzas, inteligencia o acciones—, sino que lo entregamos todo a Cristo, entonces cumplimos la exhortación litúrgica: “Encomendémonos los unos a los otros y toda nuestra vida a Cristo Dios.”

Entonces escapamos del ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia y estrés), que sofoca a todos los pueblos y a todo ser humano sin fe en Dios.

El ἄγχος es, en esencia, incredulidad: poca o nula fe. Confiamos en nosotros y no en Dios. Creemos teóricamente en Él, pero no confiamos en Sus mandamientos, no seguimos Su consejo ni buscamos Su voluntad. Y, sin embargo, el Señor nos aseguró: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.”

¿Quién de nosotros ha contado sus cabellos? Dios sí lo ha hecho…

Con esto quiere decirnos que incluso por lo más mínimo se preocupa… Por aquellas cosas que nosotros despreciamos y ni siquiera nos dignamos a ocuparnos de ellas.

Si Él cuida de nuestros cabellos, de los pajaritos y de los lirios del campo, ¿no se preocupará mucho más por nuestras grandes necesidades, como el alimento, el techo y la conservación de nuestra vida?

Con una sola condición: que lo busquemos a Él mismo, que es la Vida, y Su Realeza increada (Su energía divina). Es decir, que lo reconozcamos como Señor de nuestra vida, cumpliendo y viviendo Sus logos-mandamientos. Si Él es nuestro Rey, entonces ha prometido proveernos de lo necesario para vivir.

Para que esto se realice, es indispensable la fe viva en Él. Por medio de ella encontraremos fuerza para liberarnos de las cadenas de la lógica humana, del hombre viejo, del mundo de los pazos pasiones y del maligno, señor del engaño y dueño de los males.

Cuando dejamos de pensar según el mundo y no afrontamos los problemas desde nuestras pobres fuerzas, sino que oramos y nos abrimos con amor a Dios, cumpliendo con sinceridad Sus logos-mandamientos, entonces nos liberamos de las preocupaciones ansiosas que asfixian el alma, sumiéndola en inseguridad y ἄγχος (anjos: ansiedad, angustia y estrés).

Incluso cuando no tengamos problemas graves o inmediatos, no debemos olvidar el primer mandamiento: “amar a Dios con todo corazón, con toda la mente, con toda la fuerza de la voluntad de nuestra psique-alma”. Debemos perseverar siempre en la oración, confiando toda nuestra vida y nuestro ser a Él.

Sin esta confianza plena en Dios, en Su Providencia y en Su amor (agapi), no encontraremos alivio ni descanso para nuestras almas.

El Señor nos dice en Mateo 11, 28–30:

28 Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente.

29 Llevad mi yugo de la obediencia sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas,

30 no dudéis, porque mi yugo de la obediencia es bueno, fácil y útil, y ligera mi carga de las obligaciones y deberes que yo os impondré y yo os ayudaré para llevarla.

La persona que ora y se somete en general a la voluntad divina, imita al humilde Cristo, quien también como hombre oraba sin cesar, se comunicaba continuamente con su Padre Celestial y subordinaba siempre Su voluntad humana a la de Dios, para darnos el verdadero modelo de vida.

Cuando alguien somete su voluntad a la de Dios en todo, entonces todo le sucede como lo desea; porque lo recibe todo como voluntad de Dios, ya que esto es lo que pide constantemente con la oración incesante, diciendo: «Kirie-Señor Jesús Cristo, eleisón me» y «Hágase Tu voluntad».

El Señor nos enseñó también con la parábola de la viuda y el juez injusto a no abandonar la oración, sino a perseverar en ella. Así cumplimos el primer mandamiento: amar a Dios con todo nuestro ser.

La oración continua es uno de los tres caminos hacia la humildad, que da paz al alma y expulsa el ἄγχος (ánjos: ansiedad, angustia, estrés).

Otra causa del ἄγχος es la falta de fe en la Providencia y el Amor de Dios, así como la avaricia (filargiría), el afán de placer (filidonía), y la vanagloria (filodoxía).

Quizás en un grado algo menor, también nuestra filidonía (amor al placer) es fuente de ansiedad.
Cuando se cultivan estos tres pazos —filodoxía (vanagloria), filarguiría (avaricia) y filidonía—, llenan al ser humano de:
a) preocupaciones,
b) ansiedades sobre cómo hacerse rico o ser aceptado y querido,
c) afanes por cómo vivir mejor.

Entonces la vida se vuelve complicada, porque se recurre a la tecnología para cumplir todos esos deseos. El ser humano se vuelve esclavo de sus pazos y trabaja como una máquina para satisfacer necesidades y deseos falsos.

La sencillez en la vida y el combate contra las tres enfermizas “f” (filidonía, filargiría y filodoxía o sea amigo de hedonismo, avaricia o codicia y vanagloria o ambición) mediante la continencia, la austeridad, la discreción, la humildad, el desapego de los bienes y la humildad y amor en Cristo, expulsan el ἄγχος (anjos ansiedad, angustia y estrés) que estos pazos acumulan.

Decía el bienaventurado Padre Paísios: “Haced vuestra vida sencilla y el ἄγχος se irá. Donde hay sencillez, hay divinización, santificación” y así desaparece la influencia demoníaca llamada anjos ansiedad, angustia y estrés.

«Cuanto más se alejan las personas», decía también el Padre Paísios, «de la vida natural y sencilla, y avanzan hacia el lujo, tanto más aumenta el anjos ansiedad, angustia y estrés. Y cuanto más se alejan de Dios, es natural que no encuentren descanso en ninguna parte».

Por lo tanto, la fe, el abandono total en Dios, la sencillez, la divinización y la santificación de nuestra vida y existencia son los mejores antídotos contra el ἄγχος (anjos: ansiedad, angustia y estrés) que nos amenaza a diario.

Creo que se han completado las dos páginas que me pediste… Quizás incluso las hemos sobrepasado; por eso pido perdón.

Hieromonje Savas el Aghiorita
http://Hristospanagia3.blogspot.com

 

C´ PARTE: ORACIONES PARA LA DEPRESIÓN

C1) Salmos que utilizaba san Arsenio de Capadocia

C2) Oración amplia

C3) Oración sencilla y otra breve

 

C1) Salmos que utilizaba san Arsenio de Capadocia

Salmo 4: Para sanar Dios a las personas sensibles, que enfermaron de melancolía a causa del comportamiento de los hombres de corazón duro.

2 Señor Dios, tú eres mi protector y haces justicia por mí; todas las veces anteriores que te he invocado en oración, me has escuchado. Has disipado mi angustia y has dado paz a mi psique-alma. Y ahora, ten misericordia de mí, Señor; escucha y acepta mi oración».

3 Oh hombres que me odian, ¿hasta cuándo endureceréis vuestro corazón? ¿Por qué amáis difundir acusaciones vanas e infundadas contra mí y siempre buscáis nuevas mentiras en mi contra?

4 Pero sabed que el Señor de manera maravillosa me protegió en el pasado, a mí, que me he consagrado a Él. Y ahora el Señor escuchará mi oración, mientras clamo a Él con toda mi alma.

5 Vosotros, mis enemigos, enojaos conmigo si queréis, pero no pequéis contra Dios. Todos los malvados planes que tramáis en vuestros corazones y conspiráis contra mí, cuando estáis a solas por la noche, reconsideradlos, desechadlos y arrepentíos».

6 Ofrezcan sacrificios a Dios acompañados de obras de justicia. Y ahora, también vosotros pongan su esperanza en Dios.

7 Muchos de ustedes dicen: «¿Quién nos mostrará y nos dará los bienes?» Pero para nosotros, Señor, que creemos en ti, resplandeció la luz de tu rostro y experimentamos alegría.

8 Has llenado mi corazón de gozo y alegría, que mis adversarios pecadores nunca experimentarán, a pesar de estar llenos de los frutos de la tierra, de trigo, vino y aceite.

9 Pero yo, con mi firme esperanza en ti, dormiré tranquilo y en paz. Saciaré mi sueño, porque tú, Señor, a pesar de que ahora estoy abandonado y solo, me brindas tu protección, bajo cuya cobertura habito lleno de esperanza en ti.

 

Salmo 55 (56) Para los hombres sensibles que se han herido psíquicamente de sus semejantes

2 Ten misericordia (compasión) de mí, oh Dios mío, porque un hombre me ha pisoteado hasta el suelo, como si fuera un gusano. Todos los días me ha afligido con la guerra que ha levantado contra mí.

3 Mis enemigos me pisan todos los días, porque los que luchan contra mí son fuertes, y me combaten desde lo alto, desde un lugar seguro e impenetrable

4 Pero yo, a lo largo de todos estos días de su guerra, no los temo, porque en Ti he puesto mis esperanzas.

5 Con la ayuda de mi Dios, estas palabras se demostrarán verdaderamente como mi alabanza. En mi Dios he puesto mis esperanzas. No temeré lo que piense o haga contra mí la perecedera carne humana

6 Todo el día ellos despreciaban y rechazaban mis palabras. Sus pensamientos y decisiones se volvían contra mí, para hacerme daño.

7 Habitarán y se esconderán; ellos vigilarán mi talón, así como soportaron mi alma con la misma persistencia con la que yo persisto y busco mi salvación en Ti.

8 Los elementos negativos y nulos están en su vida. ¿Tú, entonces, los salvarás? Claro que no. Pero incluso naciones enteras conducirás al Hades, oh Dios mío, en tu justa ira.

9 Señor, te he expuesto toda mi vida llena de sufrimientos. Y Tú has tenido en cuenta mis lágrimas, conforme a Tu promesa.

10 Mis enemigos, aterrorizados, huirán en el día en que invoque tu ayuda. He aquí, hasta hoy he reconocido y me he convencido de que Tú eres mi Dios.

11 Para la doxa-gloria de mi Dios entonaré mi himno. Cantaré al Señor una extensa doxología

12 En mi Dios he confiado y no tengo por qué temer lo que pueda hacerme cualquier hombre.

13 He hecho, Señor, votos que cumpliré con todo mi corazón, glorificando tu Santo Nombre.

Porque libraré mi alma de la muerte y mis pies del resbalamiento; agradaré delante del Señor mientras haya luz entre los vivos.

14 Porque Tú has librado mi vida de una muerte segura, has protegido mis pies de un deslizamiento mortal. Siempre haré lo que es agradable delante del Señor, mientras me encuentre bajo la luz del sol.

 

56º (57º) Para los hombres que sufren de dolores de cabeza y mucha tristeza, angustia y depresión.

2 Ten misericordia de mí, oh Dios, ten compasión de mí, porque en Ti confía mi alma, y a la sombra de tus alas esperaré, hasta que pase la iniquidad.

3 Clamé y clamo desde lo profundo de mi alma al Dios Altísimo, quien muchas veces hasta ahora me ha favorecido.

4 Envió desde el cielo su ayuda y me salvó. Avergonzará y humillará también ahora a aquellos que quieren pisotearme. El Señor envió y seguirá enviando su misericordia y su verdad hacia mí,

5 Y libró mi alma de en medio de cachorros de león. Me acosté turbado; los hijos de los hombres, sus dientes son armas y flechas, y su lengua es espada afilada.

6 Que aparezca de nuevo tu grandeza, Señor, en los cielos de lo alto, y tu doxa-gloria sobre toda la tierra

7 Mis enemigos tendieron una trampa en mi camino, y con sus intrigas abatieron y desanimaron mi alma. Abrieron delante de mí un foso cenagoso para que cayese en él; pero ellos mismos cayeron dentro de él.

8 Mi corazón está firme, oh Dios, mi corazón está dispuesto; cantaré y salmodiaré con toda mi gloria.

9 ¡Levántate, alma mía! Levantaos también vosotros, instrumentos musicales, salterio y cítara. Muy de madrugada me alzaré para darte gloria, Señor.

10 Te confesaré y te daré gracias entre los pueblos, Señor; te cantaré salmos entre las naciones,

11 porque tu misericordia y tu compasión se han magnificado y se han elevado hasta los cielos, y la fidelidad de tus promesas y tu verdad han ascendido hasta las nubes del cielo

12 ¡Que se eleve y resplandezca tu grandeza, oh Dios, por encima de los cielos, y que tu gloria se extienda sobre toda la tierra!

 

97º (98º) Salmo. Para que el Dios dé consuelo a los afligidos y no sufran.

1 Cantad un himno nuevo para la gloria y el honor del Señor, porque ha realizado obras nuevas, admirables y maravillosas. Porque ha salvado de nuevo a su pueblo con su diestra omnipotente. Su santo y todopoderoso brazo ha hecho estas obras maravillosas

2 El Señor ha dado a conocer esta salvación de su pueblo; ha revelado su justicia ante las naciones.

3 Se acordó de la promesa de su misericordia hecha a los descendientes de Jacob, de su fidelidad y lealtad a las promesas que había dado al pueblo de Israel. Todas las naciones, que habitan hasta los confines de la tierra, han visto y reconocido esta salvación de parte de nuestro Dios.

4 ¡Todos los hombres de la tierra, clamad con entusiasmo en gloria de Dios! Cantad, llenos de gozo y júbilo; cantad y alabad al Señor.

5 Con acompañamiento de guitarra, cantad en gloria del Señor. Con la guitarra y con vuestra voz, alabadle.

6 Con trompetas de metal forjado y con trompetas de cuerno, clamad devotamente con entusiasmo sagrado ante el Rey, nuestro Señor.

7 Que se estremezca el mar de alegría, así como todos los animales que habitan en él; que la tierra y todos sus habitantes se llenen de júbilo.

8 Que los ríos aplaudan de alegría todos juntos, y que los montes salten de júbilo,

9 Porque el Señor viene a gobernar y a juzgar la tierra. La juzgará con justicia y gobernará a los pueblos con rectitud y bondad.

 

Salmo 7: Para los que han sufrido fobias por amenazas de hombres malos.

2 Señor, Dios mío, en ti he puesto todas mis esperanzas. Sálvame de todos mis enemigos, que me persiguen, y líbrame,

3 para que no me atrape y, como un león salvaje, destroce mi vida, ya que no habrá nadie a mi lado para librarme y salvarme.

4 Señor y Dios mío, si he cometido este mal por el cual me persiguen, si mis manos han hecho alguna injusticia contra ellos.

5 Si alguna vez he devuelto algo malo a mis enemigos, que continuamente me persiguen y me tratan injustamente, que pierda toda esperanza de salvación de las manos de mis enemigos, que sea derrotado por ellos, despojado y privado de todo apoyo y quede solo y desnudo.

6 Que el líder de mis enemigos me persiga, que me capture como prisionero, que me pisotee en el suelo y deshonre mi vida, que cubra toda mi gloria con el polvo de la tumba.

7 Pero yo, Señor, no deseo vengarme de mis enemigos por mi cuenta. Por lo tanto, te ruego que te levantes, Señor, enojado contra ellos. Muestra la altura de tu poder invencible hasta los confines del campamento de tus enemigos, de modo que nadie escape del castigo. Señor Dios mío, levántate en mi defensa, según la ley que has establecido, que castiga a los malvados y protege y recompensa a los justos.

8 Y cuando, Señor, hagas justicia, las multitudes de los pueblos te rodearán con fe, y debido a esta reunión de los fieles de los pueblos, sube al majestuoso púlpito de tu justicia y bondad.

9 El Señor juzgará a todos los pueblos, ya sea tarde o temprano. Júzgame ahora, Señor, de acuerdo con la justicia que hasta ahora he demostrado, y conforme a mi inocencia frente a mis enemigos, muéstrame tu bondad.

10 Pon, Señor, un fin a la maldad de los pecadores. De esta manera, conducirás al justo por el camino de la virtud sin obstáculos ni tropiezos, porque conoces las profundidades de los corazones humanos, sus pensamientos y deseos.

11 Justa será tu ayuda hacia mí, Señor, porque eres el Dios que salva a todos aquellos que tienen un corazón recto y sincero.

12 Dios es un juez justo y poderoso, tolerante, que no desata su ira con castigos y represalias diarias contra los pecadores.

13 Sin embargo, si ustedes, los pecadores, desprecian la magnanimidad de Dios y no se arrepienten, el Señor desenvainará su espada, pues ya tiene su arco listo contra ustedes.

14 Y en ese arco, el Señor ha colocado sus flechas mortales, las cuales ha preparado contra los ardientes y encendidos por la maldad y los deseos de los pecadores impenitentes.

15 He aquí, este enemigo mío fue dominado por dolores debido a la maldad que tiene hacia mí. De esta manera, concibió en su alma un plan de dolor en mi contra, y ha dado a luz la iniquidad, que finalmente se volverá en su contra.

16 Abrió un pozo como una trampa para atraparme, como atrapan a las bestias salvajes; me hirió de manera que no se me vea. Pero no yo, sino él, caerá en el abismo que con tanto arte construyó;

17 Como una piedra que cae desde lo alto, el mal que ha preparado con maldad y mucho esfuerzo en mi contra se volverá y caerá sobre su propia cabeza. En su cima descenderá pesada y aplastante su iniquidad.

18 Yo, salvado por la bondad y el poder del Señor, alabaré al Señor por su justicia y cantaré himnos de alabanza en el nombre del Señor Altísimo.

 

Salmo 24 (25): Para los hombres que envidia la tentación y trae contrariedades continuas en sus vidas para que sean afligidos, perturbados, quejosos y entristecidos

24,1 Hacia Ti, Señor, que eres mi Dios, elevo mi espíritu-nus y mi corazón, después de haberlos apartado de las vanidades de este mundo.

2 En ti he puesto mi confianza, Señor. No permitas nunca que sea arrastrado hacia el pecado y deshonrado en esta vida. Ni que me convierta en objeto de burlas y desprecio por parte de mis enemigos.

3 Pido esta jaris gracia de ti, porque veo que todos aquellos que soportan pruebas y esperan con fe tu ayuda no serán avergonzados. Por el contrario, serán humillados aquellos que se desvían hacia la iniquidad, sin obtener ningún beneficio de ello;

4 Hazme conocer, Señor, tus caminos y enséñame tus sendas con tu propia iluminación y tu propia educación en los caminos de la vida virtuosa gustada por ti.

5 Guíame para que pueda conocer y recibir tu verdad. Enséñame para que pueda comprender profundamente y aceptar inquebrantablemente que Tú eres mi Dios y mi Salvador. Por eso, durante todo el día y a lo largo de mi vida, espero y confío en tu ayuda.

6 Recuerda, Señor, y envía hacia mí tus misericordias y tus compasiones. Tus misericordias son inagotables y eternas, como las mostraste a nuestros antepasados.

7 No recuerdes, Señor, nuestros pecados de juventud, al igual que los otros que cometimos por ignorancia. No los tengas en cuenta. Más bien, recuérdanos de acuerdo a tu infinita misericordia, porque tu bondad es infinita, Señor.

8 El Señor es bueno, generoso y justo para con todos. Por esta razón, a través de su Ley, enseñará y guiará a los pecadores para que vuelvan al camino de la virtud.

9 El Señor siempre guiará a los apacibles y rectos por el camino de la virtud hacia una vida iluminada. Enseñará a los mansos y humildes los caminos de sus mandamientos.

10 Todas las enseñanzas del Señor, que están destinadas a regular nuestra vida, están llenas de su compasión y confiabilidad para aquellos que tienen interés en conocer y buscar su voluntad y todos sus mandamientos.

11 Por amor a tu nombre, oh Señor misericordioso, y para la gloria de tu bondad, perdona mis numerosos y graves pecados.

12 ¿Quién es el hombre que verdaderamente reverencia y respeta al Señor? El Señor le dará su Ley, para que sea guiado en el camino que ha elegido.

13 La psique- alma de este hombre descansará entre riquezas y sus descendientes heredarán y poseerán siempre la tierra de sus antepasados.

14 El Señor es la poderosa y invencible fuerza de aquellos que le temen. Esta verdad la atestigua y atestiguará el pacto que hizo con ellos.

15 Por eso, mis ojos están siempre puestos en el Señor, porque Él sacará mis pies de la trampa y me liberará. 16 Señor, dirige tu mirada compasiva hacia mí y ten misericordia, porque estoy solo y afligido en la vida.

17 Las aflicciones de mi corazón se han multiplicado y se han vuelto más pesadas. Sácame y redímeme de estas estrechas circunstancias.

18 Mira, Señor, mi humillación, en la que he caído, y el sufrimiento que me agobia y perdona todos mis pecados.

19 Mira también, Señor, a mis enemigos, porque se han multiplicado en gran número y me odian con un odio injusto y temible.

20 Protege mi vida de las conspiraciones de estos enemigos y líbrame. No permitas que me avergüencen ni me deshonren, porque en ti he puesto mi esperanza de ayuda.

21 Los hombres íntegros y rectos, ajenos a toda maldad y malicia, me siguieron fielmente, porque yo, Señor, perseveré con esperanza en ti. 22 Para que se fortalezcan y alienten en su fe en ti, líbrame, Señor, de las aflicciones y peligros, no solo a mí, sino a todo el pueblo de Israel de todas las tribulaciones.

 

Salmo 41 (42). Para los jóvenes que enferman por amor, cuando se hiere una persona y se entristece y se aflige.

2 Del mismo modo que la cierva anhela las fuentes de agua, así anhela mi psique-alma por ti, oh Dios mío.Principio del formulario

3 Mi psique-alma tiene sed del Dios vivo y fuerte; ¿cuándo vendré y veré la persona o rostro de Dios?

4 Se han convertido mis lágrimas en mi alimento día y noche, porque mis enemigos me dicen constantemente: «¿Dónde está tu Dios?

5 Esto lo recordé y mi psique-alma se ha derramado en ferviente oración, que pasaré al lugar de la tienda maravillosa, hasta la casa de Dios, con voz de alegría y doxologías, con himnos y salmos festivos.

6 ¿Por qué oh alma mía, estás abatida y por qué te inquietas dentro de mí? Pon tu esperanza en Dios, porque vendrá el día en que lo alabaré como mi salvador y mi Dios.

7 Mi psique-alma se estremeció dentro de mí; por esto me recordaré de ti -tierra del Jordán y del Hermón, desde el pequeño monte, te recuerdo de nuevo y busco consuelo en tu memoria.

8 Abismo a abismo invoca como se escucha el estruendo de las cataratas, todos tus alzamientos y tus olas sobre mí han pasado.

9 Durante el día, el Señor enviará su misericordia, y por la noche, un canto de alabanza surgirá de mí, una oración al Dios de mi vida.

10 Diré a Dios: «Tú eres mi protector; ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué voy caminando triste mientras mi enemigo me atormenta y me oprime?

11 Mientras se quiebran mis huesos por el sufrimiento y el dolor, mis enemigos me insultan y cada día me dicen: ¿Dónde está tu Dios para salvarte?

12 ¿Por qué estás tan abatida y deprimida, alma mía? ¿Por qué me conmocionas? Pon tu esperanza en Dios, porque volveré a alabarlo en su santo templo; Él es la salvación de mi persona y mi Dios.

 

Salmo 45 (46). Para los jóvenes que el enemigo impide casarse y tener familia.

2 Dios nuestro, refugio y fuerza, nuestro pronto auxilio en las depresiones y tribulaciones que nos hallan con gran violencia.

3 por eso no temeremos aunque la tierra sea sacudida y los montes sean desplazados al corazón de los mares;

4 las aguas de ellos resonaron y se agitaron; los montes fueron sacudidos por el poder temible del Señor; (Diápsalmo, Selah)

5 los cursos del río alegran la ciudad de Dios, la cual el Altísimo santificó para ser un lugar sagrado de su morada;

[5 Jerusalén, en este tiempo de agitación de los elementos, permanecerá segura. Las corrientes del río que fluye junto a ella alegran la ciudad de Dios, la cual el Altísimo ha santificado para que sea un lugar sagrado de su morada.]

6 Dios habita en medio de ella y la protege, de manera que no será conmovida; rápidamente, en el momento oportuno, el Señor la ayudará de manera eficaz.

7 Los pueblos se agitaron contra Jerusalén, los reinos enteros se levantaron contra ella, pero el Señor envió desde lo alto su voz, tronó y toda la tierra tembló.

8 El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro refugio es el Dios de Jacob. (Diápsalmo, Selah).

9 Venid todos y ved las grandes obras de Dios, los maravillosos trofeos que Él ha levantado en nuestra tierra.

10 Él cesa las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, rompe la lanza y quema los escudos con fuego.

11 Dejad de lado toda distracción terrenal y reconoced que yo soy el verdadero Dios. Seré glorificado entre las naciones y engrandecido en todo el mundo.»

12 El Señor de las fuerzas angelicales está con nosotros, nuestro ayudante y protector es el Dios de Jacob.

 

C2) Oración extensa por la liberación de la depresión y de las diversas enfermedades psicológicas

Señor Misericordioso, Señor Jesús Cristo, Médico de nuestras almas y cuerpos, ven y sáname también a mí, tu indigno siervo.

Me alejé de Ti. Herí Tu Bondad y Tu Amor. He pecado contra el Cielo y ante Ti. He cometido todas clase de pecados. Estoy totalmente privado de toda virtud y salud, tanto psíquica del alma como del cuerpo. Mi cuerpo se ha debilitado. Mi psique-alma se ha afligido. Mi espíritu se ha vuelto impotente. Mi voluntad se ha desviado. Todo dentro de mí se encuentra oprimido y sufre. He descendido hasta el «Hades, el infierno más profundo».

Líbrame, Señor, de esta asfixia dolorosa del alma y del peso del corazón que justamente me deprime. He cometido todos los pecados. Ellos me combaten. Ellos me provocan este tormento insoportable. Ten compasión de mí, Señor. Solo yo tengo la culpa de esta desolación y ruina de mi alma y de mi cuerpo. El egoísmo me dominó. La negligencia me hizo cautivo. La acedia (apatía psíquica y mental) me paralizó. Perdóname, Señor, y sana mi alma miserable. Aleja de mí el espíritu maligno que me causa esta asfixia insoportable del alma y del cuerpo. Aparta de mí el peso que deprime mi corazón.

Libera mi alma y mi cuerpo de toda negligencia, desidia, soberbia, apatía, acedia, depresión, desesperanza, indiferencia, insensibilidad, desesperación y muerte espiritual.

Yo mismo, voluntariamente, lancé mi alma a todo esto.

Perdóname, Señor, la multitud de mis pecados. Sáname de la multitud de mis pazos pasiones. Concédeme, Señor, que no vuelva jamás a entristecerte a causa de las pasiones que han dominado mi alma miserable. Quita de mí el yugo pesado del pecado. Rechaza de mí a todo enemigo y adversario. Concede paz, Señor, a mi vida y a mi alma.

Hazme la purgación y la catarsis de toda contaminación de carne y de espíritu, para que pueda escapar de los espíritus malignos que me causan tinieblas y oscuridad, desesperación e infierno. Levántame de este lecho doloroso y de esta cama de sufrimiento. Que se alejen de mí la depresión, el miedo y el cautiverio de mis pensamientos. Señor, hágase en mí Tu voluntad.

Por Tu Buena Voluntad y Tu Bondad, que sean destruidos mis enemigos y el hombre viejo con sus pasiones (pazos) y deseos. Hágase, Señor, Tu voluntad sobre mí, para que, con gozo y alegría, sin tristeza y con rostro resplandeciente, te siga y te glorifique, te alabe y te bendiga por todos los siglos. Visítame y fortaléceme por medio de Tu Providente Poder, para que te glorifique y te cante a Ti, el Misericordioso Señor, junto al Padre y al Espíritu por los siglos.

Tú eres mi Consolador junto al Sumamente Misericordioso Padre y al Santísimo Espíritu Consolador en todas las tribulaciones que me alcanzan todos los días de mi vida.

Ten misericordia de mí, Señor, y perdóname, a mí que estoy deprimido y afligido en alma y cuerpo. Tú eres la Alegría y la Luz, la Resurrección y la Vida, nuestra Primavera y nuestra Pascua llena de gozo. Tú nos prometiste: «no te dejaré ni te abandonaré». Tú descendiste hasta las profundidades del Hades buscando a la oveja perdida, es decir, a mí.

Compadécete de mí, Señor, por las oraciones de tu Purísima Madre, la Santísima y Bendita Alegría de Todos, por el poder de tu preciosa y vivificante Cruz, el Árbol de la Vida, por la protección de las Santas Potencias Celestiales e Incorpóreas, por las súplicas de los Santos Arcángeles Miguel y Gabriel, por las oraciones de los Santos y gloriosos Apóstoles, de los Santos y victoriosos Mártires, de nuestros Santos y Teóforos Padres, y de todos tus Santos. Amén.

 

C3) Otra oración más simple y breve para la liberación de la depresión y enfermedades psicológicas:

Señor compasivo, Jesús Cristo, Médico de nuestras almas y cuerpos, ven y sáname, a mí tu indigno siervo. Me alejé de Ti, herí tu Bondad y tu Amor. Pequé contra el Cielo y ante Ti. Cometí todas las iniquidades. Estoy completamente despojado de virtud y salud. Mi cuerpo se debilitó, mi alma se angustió, mi espíritu flaquea, mi voluntad se desvió. Todo en mí sufre y se ahoga. Líbrame, Señor, de esta asfixia psíquica interior que justamente padezco. Mis muchos pecados la han causado.

Yo soy culpable de esta desolación y ruina de mi alma y cuerpo. El egoísmo me dominó, la negligencia me aprisionó, la apatía mental-acedia me paralizó. Perdóname, Señor, y sana mi alma miserable. Expulsa de mí el espíritu maligno que provoca esta insoportable depresión del alma y opresión del cuerpo. Quita el peso de mi corazón. Libera mi alma y cuerpo de la desesperación, de la apatía mental-acedia y la muerte interior. Yo mismo arrojé mi alma a todo esto.

Perdóname, Señor, la multitud de mis pecados. Sáname de la multitud de mis pazos pasiones. Haz, Señor, que no vuelva a entristecerte con pecados y pasiones que actúan en mi interior. Quita de mí el yugo pesado del pecado. Expulsa de mí todo enemigo y adversario. Dame paz, Señor, en mi vida y en mi psique-alma. Púrgame y haz la catarsis de toda contaminación de carne y de espíritu, para que pueda escapar de los espíritus malignos que me infunden oscuridad, tinieblas, desesperación e infierno.
Levántame del lecho de dolor y de la cama de aflicción.

Que la depresión, la tristeza, el miedo y el cautiverio de mis pensamientos no vuelvan a dominarme jamás, si esto es, Señor, Tu voluntad. Para que, con gozo y alegría, pueda glorificarte y alabarte y cantar Tu misericordia ahora y siempre y por los siglos.
Que glorifique también al Padre y al Santísimo Espíritu, los Consoladores de todos los hombres por los siglos.

Ten misericordia de mí, Señor, y perdóname, a mí que estoy angustiado y deprimido en alma y cuerpo. Tú, que eres la Alegría, la Luz, la Resurrección y nuestra Pascua de regocijo.
Tú, que nos prometiste: «No te dejaré ni te abandonaré». Tú, que descendiste «hasta los abismos del Hades» buscando a la oveja perdida, es decir, a mí.

Ten misericordia de mí, Señor, por las intercesiones de Tu Purísima Madre, la Alegría de todos, y de todos Tus santos. Amén.

 

Otra oración breve:

Oh Señor Jesús Cristo, Soberano de infinita misericordia, compadécete de mí y límpiame de toda tristeza, confusión y cobardía.

Líbrame de la apatía mental, del ahogo psíquico y de la demoníaca tristeza (aflicción) que siento en mi cuerpo y en mi alma. Tú eres nuestra Alegría y Esperanza hasta los confines de la tierra y del mar.

Oh Señor Soberano, ten misericordia de mí por mis pecados. Quita el pesado yugo del pecado y la desesperación. Aleja de mí toda melancolía, tristeza y apatía mental. Afírmame en tu amor, en la esperanza que no defrauda, y en la fe firme en Ti, por las oraciones de Tu Purísima Madre y de todos tus santos. Amén.

¡Fin, y Δόξα (doxa: gloria y gracias) a Dios!

Hieromonje Savas el Aghiorita http://Hristospanagia3.blogspot.com

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

Diccionario ortodoxo de los términos teológicos originales en orden alfabético griego, escogido del

  1. Αγάπη (agapi) amor. “Ὁ θεός ἀγάπη ἐστίν (o zeós agapi estín) Dios es agapi-amor (1ª Jn 4,8)”. La agapi es la energía increada superior de la Jaris. “Porque la agapi proviene de Dios” (1ªJn 4,7). Dicen los Santos Padres Ortodoxos: Nadie puede conocer la increada agapi como energía increada de Dios si no es a través de la energía increada Χάρις (Jaris, Gracia) del Espíritu Santo. Éste es el propósito de la psicoterapia de la Iglesia Ortodoxa, el convertir mediante la continua metania y confesión, la φιλαυτία (filaftía, egolatría) que es el creado amor interesado egocéntrico y enfermizo a uno mismo, en la desinteresada divina e increada agapi de Dios. Ésta comprende tres estadios: catarsis, iluminación y zéosis o glorificación. Dios creó al cosmos (adorno, ornamento) de la nada y libremente sin ninguna necesidad, por agapi. No sólo creó al cosmos, mundo, sino que lo mantiene por Sus energías increadas. Para nosotros los Ortodoxos Dios es el gran presente y para los occidentales es el gran ausente, ya que ignoran la existencia de las energías increadas, “la mayor de ellas la agapi” (Cor 12,13). Nada tiene que ver con ágapes de banquetes donde se come y bebe, tampoco quiere decir caridad, puesto que en helénico, caridad es φιλανθρωπία (filanzropía) o ευσπλαχνία (efsplajnía).
  2. Ἀκηδία (akidía) acidia o pereza, tedio espiritual, término puramente ascético y teológico, que es el desánimo, el tedio y la desgana que domina al hombre convirtiéndole negligente, indiferente y perezoso para todo trabajo espiritual. Es uno de los ocho pecados mortales causante de muchos y terribles males.
    La ἀκηδία (akidía) provoca parálisis al nus y la psique, pereza al cumplimiento de los mandamientos de Dios, y sobre todo odia la oración y la psalmodía.
    De esta madre maligna e ilegal nacen dos hijas muy impías. La primera es la pusilanimidad, cuando el hombre encuentra difícil la lucha espiritual e inalcanzables las virtudes, por lo tanto cae en la negligencia. La segunda es la desesperación, que es cuando a causa de la negligencia pierde toda esperanza de sanación y salvación.

Lucha, pues, contra la ἀκηδία (akidía), para que no caigas a la negadora de Dios desesperación. No te preocupes por las cosas temporales más que lo necesario. Centra tu esfuerzo, tu preocupación y tu ánimo a las obras espirituales y al cultivo de las virtudes. Anhela con toda tu psique a Dios y la Jerusalén de arriba. Y en el momento de la oración cuando sientes ἀκηδία (akidía), sepas que es el astuto maligno que viene para tentarte e impedirte de lo bueno. Entonces tú no sólo interrumpirás, sino que continuarás con mayor esfuerzo y violencia hasta que expulses al demonio.

Una arma y medicamento más eficaz contra la ἀκηδία (akidía) es creer también esto: que hoy es tu último día encima de la tierra, que hoy vives y mañana morirás, cosa que sin duda puede ocurrir. Además, lo han sufrido antes que tú tantos y tantos que un día antes se divirtieron y disfrutaron y el día siguiente no se levantaron. Cree pues, que sólo de tu lucha y esfuerzo de hoy depende tu sanación y salvación o tu castigo infernal, y esfuérzate mucho para cada obra piadosa, de manera que si mueres seas digno de la vida eterna. Amín.

  1. Ἀκτιστο (áktisto) Increado, inconstituido o no formado y κτιστό (ktistó) creado, formado, constituido. No existe ninguna similitud entre uno y otro. En principio, Dios es áktisto (increado). Increado se llama lo que no tiene principio ni fin, en cambio lo creado tiene un principio concreto, y no tiene fin porque Dios quiere que no sea así. Dios no tiene cuerpo, en cambio el hombre sí. Lo increado es inalterable, no cambiable e infinito, en cambio, lo creado cambia, se altera, se corrompe y se desgasta.

San Máximo el Confesor: «En el Dios no hay nada creado, como en el hombre no hay nada increado. De la esencia increada de Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y la divina voluntad y la energía increada es común entre los tres. Según el santo, en unos de sus pasajes se ve que de las obras de Dios unas son iniciadas, es decir, que tienen un principio de existencia y otras no. Además, aquí las increadas y perpetuas energías de Dios se califican como perpetuas, porque lo perpetuo va más allá del tiempo y del siglo. Y lo que va más allá del tiempo y del siglo es divino e increado.  …Energía es la dinamis, fuerza o potencia manifestante de toda esencia, de la que la nada está privada. La energía es el movimiento de la esencia de Dios, por lo tanto de la deidad, pero la esencia no es movimiento».

Está claro que virtud, bondad, santidad e inmortalidad son energías de Dios, que son perpetuas e increadas. Existe diferencia entre energías las increadas de Dios y las creadas creaciones. La virtud es energía increada de Dios, pero las cosas virtuosas son creadas. La vida es luz, energía increada de Dios, pero los seres vivos son creados y son los resultados de la energía increada.

Por lo tanto, las energías de Dios no tienen principio, son perpetuas e increadas. Y como la esencia de Dios es divina, también son divinas Sus energías. Esto es una cuestión importante para la teología ortodoxa. Porque si consideramos que las energías de Dios son creadas, entonces nos obstruimos a recibir la zéosis (glorificación). Es decir, si Dios se comunica con el mundo con las energías creadas, entonces no podemos conseguir la κοινωνία (kinonía, conexión y comunión) con Dios, y la salvación se hace imposible con las energías creadas. Por lo tanto, Dios permanecerá sin ser conocido por el hombre y si intentamos conectar y unirnos con Su esencia, entonces se anula la diferencia entre creado e increado.

No hay ninguna relación analógica entre lo creado y lo Increado. Por eso, lo Increado es conocido por Su autoapocalipsis (autorrevelación).

  1. Ἄκτιστον Φῶς (áktiston fos) increada Luz. Es la energía increada de Dios que muchas veces se puede ver como Luz. Esta energía de Dios es la doxa (gloria) increada de la deidad. Se llama increada Luz porque es divina por consecuencia increada. No es energía de la existencia creada.
  2. Ἄσκησις áskisis ascesis, ejercicio, práctica, en la terminología Ortodoxa se llama así a la lucha continua del hombre para aplicar y cumplir los mandamientos y el método que usa para corresponder a la llamada de Cristo para entrar a su realeza increada, (Mc 8, 34, y Mt 11, 12). Son tres las etapas, la catarsis del corazón, la iluminación del nus y la zéosis por la energía increada, Jaris. La áskisis es una tarea de toda la vida pero se consuma con el descanso de la apacia.
  3. Ἀποκάλυψις (apokálipsis) revelación y ἀνακάλυψις (anakálipsis) descubrimiento. La palabra más bella de la lengua helénica y de la Divina Escritura. Desgraciadamente en Occidente la han malinterpretado cuando la escucha un occidental se asusta y la identifican mayormente con el libro del Apocalipsis o como una catástrofe y es todo lo contrario. En cambio en griego es muy de uso común y es revelación. En todas las traducciones la utilizo con el sentido griego: la apocálipsis y las apocalipsis y el verbo apocaliptar-revelar; porque quiero que el lector conciencie bien y se acostumbre a este bellísimo término.

El Apóstol Pablo dice que escuchó logos, verbos inefables que el hombre no puede expresar, (2ªCor 12,4). La apocálipsis son los logos y verbos inefables, increados que se formulan con logos, conceptos y verbos creados. La apocálipsis o revelación es praxis y energía de la Deidad y como tal, pertenece a otro nivel, transciendo las energías cósmicas. Así que apocálipsis significa aparición, manifestación o revelación de la divina doxa (gloria luz increada) del Dios Trina y participación del hombre a la divina jaris (gracia energía increada) y la zéosis que es la vivencia, experiencia de la Apocálipsis. El grado más alto de apocálipsis o revelación es el Pentecostés. Apocálipsis tal y como la manifiesta la palabra es la revelación, por lo tanto, es manifestación o aparición de algo que antes estaba cubierto y oculto.

En contraposición de la ἀνακάλυψις (anakálipsis, descubrimiento) que se mueve a los límites de la lógica de la dianaia (mente o cerebro), del esfuerzo y la invención humana, pero la Apocálipsis es la venida de esta luz increada que la lógica humana no podía comprender ya que ella es limitada. Los filósofos y los sabios mediante los siglos alguna vez llegaron a percibir algunas cosas por la inspiración humana (logos espermático), puesto que con la lógica potente y persistente de ellos, les hace moverse un poco fuera de los marcos que se mueven los demás hombres. La Apocálipsis reveló cosas totalmente desconocidas a la lógica humana. Los Profetas, los Apóstoles y los Santos son los portadores de la divina Apocálipsis que trajo al mundo el Cristo y los que expresan la Tradición Ortodoxa. La vivieron al límite de sus vidas personales y la enseñaron a sus rebaños. Con ella afrontaron a todas las herejías que aparecieron mediante los siglos; también con la apocálipsis superaron y vencieron la muerte y la opresión del tiempo.

Nosotros por mala costumbre decimos que la Biblia, la Santa Escritura, contiene el Logos de Dios. La Biblia no es el Logos de Dios, sino la descripción y el registro de la Apocálipsis de Dios al corazón de los Santos, los Apóstoles y los Profetas. El Dios no se comunica con lenguaje humano, ni con textos escritos. El Dios comunica por Su Increada Luz introduciéndose dentro al corazón del hombre, el cual llega a ser receptivo de la Jaris (gracia increada energía) de Dios. Por lo tanto la Biblia por sí misma no es el Logos de Dios; es “logos” sobre el Logos de Dios. Precede la Apocálipsis (revelación) después el registro o descripción de ella, la letra y la Biblia.

Religión se crea con el movimiento del hombre hacia Dios y con la mente lógica cada uno crea a Dios a su imagen y semejanza que es idolatría o enfermedad de la religión. El Cristianismo ortodoxo al contrario, se presenta como movimiento de Dios hacia el hombre. En la religión el hombre se sacrifica para el Dios. Al Cristianismo, el Dios se sacrifica para el hombre, es la apocálipsis de la verdad que es el mismo Dios, Jesús Cristo.

  1. Βασιλεία τοῦ Θεοῦ/τῶν ουρανῶν (vasilía tu Zeú/ton uranón) Realeza de Dios/de los cielos, el nombre Reino (βασίλειο) no está en ninguno de los originales helénicos. Si bien “Reino” en castellano también tiene el significado de «nuevo estado de cosas en que rige la sanación y salvación y la energía increada de la voluntad de Dios», no es el significado habitual de la palabra (territorio o conjunto de personas que lo gobiernan); por lo cual proponemos la más cercana a la voz helénica original, Realeza (dignidad o soberanía real). Realeza (cualidad, atributo) es el elemento básico de las enseñanzas de Jesús y el tema central de los libros del Nuevo Testamento, donde, con esta expresión, se manifiesta una nueva época que se inaugura con la obra de Χριστός (Jristós) Cristo y en la cual domina, en vez de odio el amor; en vez de la oscuridad tinieblas, la luz; en vez de la incredulidad, la luz de la fe; en vez de la desesperación, la esperanza. La nueva época se anuncia ya como actual presente, pero también esperada por completo en el futuro con la Segunda Presencia venida de Cristo. La realeza increada de Dios es el predominio entero de la energía increada de la voluntad de Dios en la vida de los hombres, tanto en la personal «la realeza de los cielos está dentro, en vuestro interior» (Luc 17,21), como en la vida social «que venga tu realeza en nosotros, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mateo 6,10). La realeza de Dios, como realidad terrenal del presente, se materializa en las personas por la vida santa de los cristianos, «los hijos de la realeza” (Mt 8,12), y entonces coincide con la institución de la Iglesia.

Realeza de Dios es el Paraíso, la comunión del hombre con Dios. Esta Realeza la vivimos desde ahora como en el noviazgo, en cambio entonces la viviremos como en la boda. La Realeza de Dios no tiene fin. Es eterna, increada e interminable. Nada tiene que ver con reino, porque este término manifiesta un estado creado.

San Máximo el Confesor nos dice que la realeza (increada) es el Espíritu Santo de Quien percibimos su increada energía Jaris y la zeoría (expectación) de la increada Luz, la cual hemos perdido por la desobediencia a Dios. Porque, el nombre de Dios y Padre en hipostasis (base substancial) es el Hijo Unigénito, y la realeza de Dios y Padre en hipostasis es el Espíritu Santo procedente del Padre. (Filocalía).

La realeza increada es sinónima a la Doxa-gloria increada y a la Jaris-gracia increada.

  1. Διάνοια (diania) mente, intelecto, cerebro: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y con toda tu diania… Marc. 12,30”. διά diá= dividido por, a través, para, por; y νούς-nus. Diania (de dianús) es la mente-intelecto o cerebro la parte de la energía del nus que elige, parte, divide y analiza un loyismós, idea, pensamiento o reflexión. La capacidad lógica e intelectual de la mente del hombre, función de la cual es la deducción de conclusiones o la transformación y desarrollo de conceptos que resultan de los datos que se facilitan en el nus o corazón por “apokálipsis”, revelación, o mediante gnosis y percepción espiritual, o por observación de los sentidos, es decir, todo lo que percibe el nus interior y exteriormente, la diania lo desarrolla y exterioriza. La gnosis de la lógica de la diania es, pues, inferior a la increada gnosis espiritual que es percibida al nus (energía) o corazón (esencia). La madre de todas las imperfecciones es el perfeccionismo intelectual humano que conduce al orgullo, la soberbia intelectual y espiritual. “…el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado diania para que conozcamos al verdadero…1ª Jn. 5,20”.
  2. πιθυμία (epicimía) deseo, anhelo: generalmente, es una tendencia que se debe al pecado original. La enfermedad del pecado original se sana con el santo Bautismo, pero queda la sensibilidad del deseo codicioso, ilusorio, como tendencia hacia el mal, sin que tenga carácter de pecado. Pero para que esta tendencia no resulte en pecado, es necesario domarla con continua nipsis y lucha espiritual. Principio del pecado es la epicimía, san Antonio el Grande. El temor a Dios inhibe las epicimías, los deseos codiciosos, ansiosos y las ilusiones.

10- Ἐπιθυμητικόν (epicimitikón) deseoso, anhelante, volitivo: se trata de una de las tres partes dinámicas de la psique, las otras dos λογιστικό (loyisticó) logístico y θυμικόν (cimikón) irascible, emotivo o afectivo – según el discernimiento tripartito de Platón- que aceptan la mayoría de los Padres. Los pecados propios del epicimitikón son la avaricia, la gula (codicia, ansia de la panza) y todos los pazos carnales del cuerpo. Se sana con la aktimosini-pobreza voluntaria, insolvencia, caridad, engratia contención o ayuno, autodominio, prudencia etc. Las dos partes de la psique lo epicimitikón (anhelante) y lo cimikón (irascible), sobre todo lo epicimitikón, muchas veces se expresan como la parte pasional o patológica de la psique; es decir, como son más propensos a los pazos, si no se someten a la influencia de factores espirituales positivos, pueden conducir al hombre a ser presa y víctima de fuerzas negativas y autodestructivas. Lo logístico, aunque puede ser influenciado por los pazos, generalmente no se considera fuerza susceptible de la psique.

  1. ρως Eros el amor en los textos de la Filocalía la palabra eros en muchos casos tiene el significado platónico. Eros- enamoramiento es la fuerte epicimía deseo y anhelo que empuja al hombre hacia Dios y a la vez, la energía que nos une con Él. El Eros de los cristianos no tiene diferencia de la agapi, aunque puede diferenciarse de la agapi en la medida que contiene más tensión, así como también, elementos del éxtasis.

Por Ieoteo Vlajos, en su libro el “Prósopon (Persona, rostro) de la Ortodoxia”: Dios es Persona y ama al hombre, por eso san Máximo el Confesor siguiendo a san Dionisio el Areopagita dice: “Lo divino, los teólogos a veces lo llaman eros y otras veces agapi, algunas veces erotizado y agapitó (amado). Entonces como existe, se mueve como eros y agapi y como erotizado y agapitó (amado), mueve hacia sí mismo todas las cosas receptivas del eros y de la agapi. (Es decir, el eros y la agapi las dos palabras con el mismo significado; agapi en la faceta divina es amor energía increada y en la humana es amor desinteresado, altruista podríamos definirlo en español).

  1. Εὐχαριστία, Θεία (Efjaristía Zía) Eucaristía divina, ef-jaris=buena jaris o divina kinonía-comunión. Uno de los siete Misterios de nuestra Iglesia, el más importante que se celebra durante la Divina Liturgia. Los puntos visibles son: el pan (con levadura) y el vino. En la celebración del Misterio con la Epíclisis (imploración) del sacerdote el Pan y el Vino se transforman en Cuerpo y Sangre de Cristo. Este “cambio” no tiene sentido físico-químico, es decir, no se hace desnaturalización (percepción romano-papista), sino “metábole, transubstanciación”, o sea, cambio espiritual y superlógico o lógica divina del Pan y el Vino en Cuerpo y Sangre de Cristo, sin que se cambie la sustancia del Pan, etc., por razones de Economía divina para que sean sensibles por el hombre.
  2. δονή (idoní) voluptuosidad, placer, hedonismo: es la satisfacción que siente el hombre después de disfrutar una cosa, una idea etc. En la mayoría de los casos, el término se refiere al placer del cuerpo (carnal), aunque también significa placer espiritual, satisfacción y agrado. Hidoní que proviene de Dios conecta con la paz y la serenidad, en cambio la hidoní del pecado y del diablo conecta con el conflicto y la culpa. La hidoní espiritual, la auténtica y pura de corazón que conviene en cada psique inmortal y permanece eternamente, los Santos Padres Helenos la llaman iluminadora, bienaventurada, cohabitante sin ruidos en los Santos de todos los siglos, mas pacífica, útil, consoladora, llena de alegría cuando se energetiza, se activa y también poliónima (multinombre) y anόnima.
  3. Ἡσυχία Hisijía o hesyquía: en general es tranquilidad, serenidad, calma, silencio, interior y exterior. Ἡσυχία (hisijía), en la tradición ortodoxa como término ascético-teológico, principalmente es la paz del corazón, el estado del nus en serenidad sin molestias, permanencia en Dios, la liberación del corazón de los pensamientos-reflexiones (loyismí) y liberación de los pazos influenciados por el demonio o el ambiente, de manera que permanezca en Dios. Es vivencia interior y no se relaciona necesariamente con las condiciones exteriores. La hisijía es el único camino por el que el hombre llega a la zéosis, expectación o semejanza. La hisijía del cuerpo es el ayudante para llegar el hombre a la noerá (del nus) hisijía.

San Simeón el Nuevo Teólogo dice: «Hisijía es estado imperturbable del nus y del corazón, serenidad, libertad y gozo de la psique, base sin olas, contemplación de la luz, rapto del nus, homilía ilustre y clara hacia Dios, ojo vigilante sin dormir, oración noerá o del corazón, asimilación y unión con Dios y finalmente zéosis y descanso sin dolor de los grandes dolores de la ascesis».

Hablando sobre la nipsis ortodoxa, entendemos la alerta, atención y prontitud del hombre en mantener y tener su nus limpio de distintos loyismí e imágenes que mortifican su libertad interior y su limpieza separándole de su comunión-conexión con Dios, que consiste en la gnosis de Dios. Esta nipsis se califica de los Padres de la Iglesia como “santa hisijía”.

Así, pues, hisijía entendemos el método aquel que utiliza todo hombre para unirse con Dios y superar la muerte, que es uno de los mayores problemas del hombre.

  1. Ήσυχασμός (hisijasmós) hesycasmo es el método de catarsis e iluminación del corazón y del nus humano, es la Cristocéntrica vida espiritual ortodoxa. Con este término expresamos la totalidad de la lucha cristiana ortodoxa que trata de cumplir los mandamientos de Cristo, la lucha contra los pazos, la catarsis del corazón, la atracción de la divina Jaris (energía increada), la consecución de los dones divinos, la Iluminación espiritual y la Zéosis o deificación y, finalmente, la oración por todo el mundo.

El método de la gnoseología sobrenatural en la tradición Ortodoxa se llama Hisijasmo y se identifica con la nipsis-catarsis del corazón. El hisijasmo se identifica con la Ortodoxia. El hisijasmo fuera de la praxis hisijasta es patrísticamente o de parte de los santos Padres Ortodoxos impensable.

El hisijasmo no tiene ninguna relación con el pietismo (exterior) todo lo contrario. El pietismo se ha desarrollado por los protestantes que trata de praxis exteriores, que no tienen nada de ver con lo interior. En la Ortodoxia hablamos de movimiento del como imagen al como semejanza y unión con Dios por la increada jaris, los misterios y la ascesis.

San Isaac el Sirio: La vida Hisijasta se practica principalmente la oración noerá o del corazón o de Jesús (el centro de las fuerzas psicosomáticas del hombre): «Jesús Cristo Kirie-Señor, eleisón me, compadécete, ten misericordia o compasión de mi, que soy pecador».

Ἡσυχασμός (hisijasmós) hesycasmo: forma de vida de los Monjes anacoretas, que buscaban a conectar y comunicarse con el Dios a través del aislamiento, la hisijía y el silencio. El hisijasmo poco a poco se hizo un movimiento espiritual que consiste en autoconcentración, el recogimiento, la nipsis y la oración incesante, principalmente la oración del corazón o la invocación del nombre de Jesús: «Κύριε Ιησού Χριστέ, Υιέ του Θεού, ελέησόν με. Kirie Jesús Cristo Hijo de Dios, elisón me».

  1. Θέωσις Zéosis-glorificación, es la participación, conexión, comunión y unión, de la energía increada Jaris (gracia) con el hombre, permitiéndonos con ello tomar parte en la vida y la gloria increada de Dios en relación con Sus energías increadas. Es sabido que el término zéosis es patrístico (San Dionisio el Areopagita es de los primeros Padres que lo utiliza) y lo han utilizado los Padres para interpretar los términos hagiográficos: perfección, santidad y “como semejanza” e hijos de la luz o realeza o de Dios. San Thalasio en la Filocalía escribe que: “zéosis es la gnosis de la Santa y Consubstancial Trinidad”. La zéosis constituye esencialmente la consumación del «como semejanza», el cumplimiento del propósito, la finalidad del objetivo y destino de los hombres, los cuales hemos sido llamados a convertirnos y hacernos «partícipes de divina naturaleza» (2ª Pedro 1,4). La fuerza de la energía de la zéosis que perdió el hombre por el pecado original, se obtiene otra vez con la encarnación de Cristo; San Marcos en Asceta nos explica: «El Logos se convirtió en sarx cuerpo-carne para que la sarx se convierta en Logos» y San Máximo el Confesor: » Por eso el Logos de Dios se hace hombre de verdad, para que con la increada energía Jaris podamos “metamorfosearnos” convertirnos y hacernos dioses/as”.
  2. Θυμικόν (cimikón) irascible o emocional o afectiva, es una de las tres partes dinámicas de la psique, en la que concurren las virtudes de la paciencia y valor. Los pecados del irascible, según San Juan el Damasceno son el odio, la envidia, el resentimiento, la crueldad etc. y su sanación son la filantropía, la agapi, la mansedumbre, la tolerancia y la paciencia.
  3. Κάθαρσις (kázarsis,) catarsis, limpieza, sanación, purgación o terapia. En la teología patrística, se refiere principalmente a la psique, para expresar el primero de los tres estadios. Es la expulsión del corazón de todo lo que no es natural, de los loyismí o tentaciones y de los malos deseos, ilusiones, ansias, la conversión de los pazos, a través del cultivo y apropiación de las virtudes en el lugar de presencia de Dios, el corazón. La catarsis va unida con la metania y es tarea de toda la vida, incluso de los santos, porque nadie es infalible e impecable. Así que catarsis en la Iglesia se entiende principalmente como metania y terapia “psicoterapia” del hombre, que se realiza con la energía (increada) del Espíritu Santo y la sinergia y libertad del mismo hombre.
  4. Καρδία (kardía) Corazón: para la enseñanza de nuestra Iglesia, es el centro de las fuerzas psicosomáticas de la existencia humana y es constituido por las energías y fuerzas psíquicas. Constituye el espacio espiritual de la psique donde entran en conflicto la energía Jaris de Dios con los pazos, las pasiones o las emociones. Dentro del corazón se hace la lucha por la vida y la muerte, la guerra invisible interior. Allí pues la increada divina energía Jaris intenta conducir al hombre a la bondad y a la virtud, y allí el espíritu maligno tránsfuga, el de la dispersión, se esfuerza por llevar al hombre hacia obras oscuras del pecado. Todos los bienes que hacen los justos provienen y salen «del tesoro bondadoso de su corazón» y todos los males que hacen los malvados e injustos «del malvado tesoro de su corazón” (Lc 6, 45), y los que están «limpios, sanados del corazón, ellos contemplarán, verán a Dios” (Mt 5, 8). Corazón como esencia, nus como energía y psique como naturaleza espiritual, son términos sinónimos que muchas veces expresan lo mismo en la teología patrística, según el contexto.
  5. «Κύριε, ἐλέησον» “Kirie eleison” es la oración más corta, condesada y concisa que lo dice todo. El “Kirie eléison” hace milagros. «Κύριε, ἐλέησον Kirie eléison» es una calificación, petición general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “kirie eléison”, y Él sabe lo que me va a dar.

Eléison ἐλέησον significa ten compasión, caridad, misericordia, clemencia, sanación, ayuda, alivio, consuelo, socorro… No tiene nada que ver con piedad que muchos lo traducen en castellano. Piedad en griego es ευσέβια (efsevia) de aquí viene el nombre Eusebio, piadoso en castellano o latino.

  1. Λογική (loyikí) Lógica: es la fuerza o energía de la psique, con la que adquirimos la conciencia del mundo que nos rodea y estamos en relación con él. En las escrituras patrísticas, la lógica no se identifica con el nus. Con el nus conseguimos la experiencia de Dios, y con la lógica (propia de la diania-cerebro, mente, intelecto) describimos cuando hace falta y a medida de lo que nos es posible, esta experiencia. -Lo que dijo Cristo es la súper lógica-, se escapa de las cuatro categorías de la lógica, que en realidad es la divina lógica cristiana ortodoxa aquella lógica que cubre la tierra y el cielo, tal y como estaba dada al Adán antes de la caída.
  2. Λογικός Lógico: el término conecta con el logos y de éste con el divino Logos. Así, que la traducción de lo lógico como la capacidad de meditar, razonar es evidentemente insuficiente. El término se refiere más a la habilidad del nus en alcanzar la gnosis increada (conocimiento espiritual). Cuando el término se usa en combinación con la psique, o sea, como psique lógica, entonces significa divina belleza dotada de lógica. Correspondientemente, lógico, logístico o loyismós constituyen los principales elementos del nus o de su función.
  3. Λογισμós/οί loyismós singular y loyismí en plural. En la escritura patrística, se llaman los pensamientos simples o compuestos, unidos con la fantasía, razonamientos, meditaciones, reflexiones, concepciones, ideas o las tendencias conscientes e inconscientes de la psique, o vivencias enteras (donde actúan todas las fuerzas de la psique: nus, diania mente o cerebro, corazón, conciencia y voluntad. En el último de los casos tenemos la forma total de los loyismí. Éstos conectan con imágenes y con varios estímulos, que provienen de los sentidos físicos y la fantasía. Sobre todo los loyismí pecaminosos (avaricia, gula, ira, vanidad, soberbia, pereza, lamentación, lujuria). Mediante estos, los loyismí entran en la psique y activan los pazos por el siguiente proceso: choque o asalto del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída al pecado o al pazos.
  4. Λογιστικό (loyistikó) logístico: es una de las tres partes estáticas de la psique, al cual corresponden las virtudes de la sensatez, coherencia y sofía-sabiduría. Los pecados propios de lo logístico son la incredulidad, la herejía, el insulto, el orgullo, la vanagloria… en cambio su sanación es la oración continua, el estudio, la efjaristía agradecimiento a Dios; todo esto según San J. Damasceno.
  5. Λόγος (Logos) Los Sabios Santos Padres lénicos Ortodoxos y todos los Helenos, según el contexto en general cuando el término está escrito con la “L” mayúscula aludimos a Cristo. “Logos” significa el desarrollo del pensamiento expresado con la voz propia del lenguaje, y también causa, razón, motivo, relato, opinión, dicho, discurso, expresión, tratado. Del logos provienen la lógica y λογισμοί (los loyismí) del verbo λέγω (lego); “digo”, “hablo”, “expreso” y también λέξιs (lexis); “palabra”, que poco tendrían que ver con el “logos” que tan mal se ha traducido en Occidente,: es vergonzoso, traducen ”todo se hizo por Ella”, Jn 1,3) “sin Ella nada se hizo, de todo de lo que está hecho”, es decir, llaman Ella al Logos de Dios, Cristo.

En la Iglesia Ortodoxa, Santa, Apostólica y Católica (no confundirlo con el sentido que da a “Católica” con el romanocatolicismo del César papa), el “Logos” es la Segunda Persona e Hipóstasis de la Santa Trinidad. Logos es la Sabiduría de Dios del A.T. y el nus divino que rige todo de los filósofos Elenos. Es Providencia Divina en la que se concibió toda la creación; así tenemos el Dios Trinitario: Nus, Logos, Pnevma, (Νοῦς, Λόγος, Πνεῦμα), “Nus, Logos, Espíritu” sin principio ni fin, inseparables e increados, el Cual creó al hombre dotado de libre voluntad, como imagen y semejanza del encarnado Logos Cristo, el Zeántropos (Dios-hombre), confiriéndole de nus, logos, pnevma, (νοῦς, λόγος, πνεῦμα), “nus, logos y espíritu” semejante a Él. La espiritual psique del hombre se compone de nus y logos y son inseparables. El Logos, como principio cósmico unificador, contiene todos los logos (los principios, las esencias interiores, los pensamientos de Dios) con los cuales se crean y desarrollan todas las cosas en el tiempo y el espacio, más las formas que son dadas, conforme con las cuales cada objeto contiene los principios de su propio desarrollo. Estos son los logos contenidos en el Logos, y aparecen en distintas formas en el universo creado, constituyendo la segunda etapa en la contemplación del universo. En el Evangelio de San Juan empieza con un himno (Jn 1.1-5.9-12.14.16), el cual, combinando representaciones que se habían transformado en el pensamiento judaico con términos filosóficos helénicos de la época, proclama la gloria y la obra sanadora y salvadora de Jesús como «Logos de Dios». Con base al acontecimiento de la encarnación o hecho hombre (1,14), se aclara totalmente en el Evangelio de San Juan el carácter personal del Logos, el cual preexistía en Dios (1,12. 10,30), todo se hizo por Él (1,2),. Al contrario que el pensamiento de aquella época, en los que se refiere el himno, las representaciones y los términos recalcan que el «Logos», que se humanizó en Jesús, no es una creación, sea el primero y mejor, sino el mismo Dios (1,2), que se hizo realmente hombre. Logos de los seres: constituyen medios de elevación del nus a Dios por la creación. Existen dos clases de logos de los seres, 1) los logos increados e idénticos con Dios y 2) los logos creados y naturales que se ven en las creaciones de Dios.

  1. Λύπη (lipi): pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica, dolor, sufrimiento, es uno de los ocho pecados capitales. Existe la lipi “según Dios” y la lipi “según el cosmos-mundo”. La primera se identifica con la metania y el luto que nace de la esperanza a Dios y empuja al hombre hacia la lucha y el ejercicio espiritual. La segunda todo lo contrario, desanima al hombre y le conduce en la desesperación, melancolía, en un parálisis psicosomático y la depresión. La lipi por la pobreza o faltas materiales conduce a la muerte de la psique, según Apóstolos Pablo (2Cor 7,10). San Gregorio Palamás escribe: si investigas la lipi mundana, encontrarás que está inmersa en los pazos y proviene de ellos y el materialismo, en cambio, la lipi según Dios te conduce a la metania y sin duda a la “psicoterapia” sanación y salvación de la psique.
  2. Μετάνοια Metánia del verbo μετά-νοώ, metá=después, con, y noó= concibo, percibo con el nus como energía y el corazón como esencia. Quiere decir giro del nus (metanús), introspección y conversión de la conducta y mentalidad del hombre y sobre todo giro, cambio de actitud de la vida en pecado y del mal por la vida en Cristo. La metania en la Tradición Ortodoxa no proviene de una percepción psicológica de culpabilidad, sino de la apocálipsis (revelación) de la deformación de la psique y esta apocálipsis se manifiesta de la energía increada de la divina Luz en el corazón psicosomático del hombre. El nuevo Testamento empieza y acaba con la metania (Mt 3,2 Lc 24,47)

Metania se llama también uno de los Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa, con el cual se facilita la absolución y perdón de los pecados, aceptación, confesión, arrepentimiento, rectificación y terapia, sanación. También se llama así a un gesto reverente que se acostumbra hacer en la veneración Ortodoxa. Hay dos metanias-genuflexiones distintas: una es un simple movimiento de la cabeza hacia abajo y otra grande reverencial, arrodillándose.

  1. Μυστήριο (mistirio) misterio, sacramento y vida mistiríaca. La palabra Helénica misterio significa “iniciación”, “secreto” y “revelación y secreto”. El Cristianismo heredó este concepto y por extensión es “apocálipsis-revelación de Dios”. «Y conozco al tal hombre, si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios los sabe, que fue arrebatado al paraíso, donde escuchó logos, verbos inefables, que no le es dado al hombre expresar» (2ªCor 12,3-4).

Los Misterios son a la vez símbolo y Misterio. Mientras el misterio permanece oculto a los rituales, está en el nivel de lo simbólico e iconográfico. Pero cuando es recibido y la jaris (increada energía) energiza, entonces los Misterios revelan las cosas que están detrás del “velo”. Misterio lleva doble significado, es decir, de algo que está oculto y se revela y a la vez enigma y apocálipsis-revelación.

Pero dentro de la Iglesia los misterios son interminables. Porque dentro de ella todas las cosas liturgizan, funcionan de una manera misteriosa o mística, para que revelen la realeza (luz y energía increada) de Dios. La terapia ascética conecta y se asocia inseparablemente con los Misterios de la Iglesia. Se trata de la catarsis (sanación), la iluminación y la zéosis o glorificación, que encontramos en toda la enseñanza patrística de la Iglesia. Es difícil para uno creer en la vida Mistiríaca de la Iglesia, si antes no entiende primero qué significa la palabra “Misterio”. Misterio es algo que vemos que se celebra o realiza, pero es difícil para el espíritu y mente humana entender cómo se celebra. Si comprendiésemos el modo de realización del Misterio entonces no sería Misterio, sino una praxis-acción acostumbrada de la vida diaria.

Por ejemplo: decimos que el Dios es Trinitario. Os pregunto: ¿quién de nosotros entiende el Misterio de la Santa Trinidad? ¡Tres Personas dentro de una esencia! Este Misterio juzgado o razonado por la lógica humana es paradójico. Pero si uno lo ve con la dimensión de la Fe, entonces entiende que no es paradójico, sino superlógico. Quién puede entender, qué es Dios. Es decir, ¿cuál es la esencia de Dios? ¡NADIE! Y a pesar de eso, creemos en Dios. No porque le entendemos, sino porque sentimos místicamente Su presencia y saboreamos con el corazón Su agapi (amor como energía increada). Es decir, podemos entender las increadas energías de Dios, pero no Su Esencia, tal como, muy bien, han teologizado los grandes Padres de la Iglesia Ortodoxa. Veamos en la Escritura lo que dijo Dios a Moisés, cuando pidió de Dios que le enseñase su Doxa-gloria: “…yo pasaré delante de ti mi gloria… no puede el hombre verme, ver mi rostro y quedar con vida….” (Ex 33 18-20).

Lo mismo ocurre también con todos los temas de la fe que superan las leyes naturales. Los “vemos sin verlos”, “los conocemos sin comprenderlos”, porque todos están enrollados dentro del “divino gnofos”, (san Gregorio de Nicea). (Gnofos, luz que supera toda luz”. Los vivimos y participamos en ellos sólo con la fuerza de la Fe. Si insistimos en creer sólo a lo que entendemos con nuestra lógica limitada, estrechamos inimaginablemente nuestro horizonte espiritual y finalmente no podemos ser Cristianos. El humilde que confía a Dios más que a su lógica, con la jaris (gracia, energía increada) de Dios puede entender los Misterios de la Iglesia. (Ver también sobre este término en nuestro libro “12 Léxis apocalípticas” al blog en español: www.logosortodoxo.com)

  1. Νήψηs (nipsis) Sobriedad, su principal interpretación es sobriedad, o sea, el estado aquel que es contrario a la embriaguez. Metafóricamente en el lenguaje ortodoxo y escritura, es la sobriedad espiritual, lucidez, vigilancia y alerta que se expresa por la actitud del cuidado y la vigilancia, donde el hombre inspecciona y cuida su pensamiento interior y su fantasía o imaginación. A la vez supone inspección y vigilancia del corazón y del nus. La nipsis depura la oración y la oración purifica, clarifica la nipsis.

San Hisíjio en la Filocalía nos describe algunos métodos de la nipsis: 13. Ahora bien, cuántos métodos y maneras de nipsis existen, según a mí, que pueden hacer la catarsis y limpiar el nus de los apasionados y malos loyismí, no dudaré ni me cansaré de mostrártelos con un lenguaje sencillo y sin adornos. Porque no me parece bien, en tiempos de guerra espiritual, esconder y disfrazar dentro de este logos la utilidad mediante palabras elegantes; sobre todo cuando es dirigido a personas sencillas. Dice Pablo: “Y tú hijo mío Timoteo, presta atención lo que estudias y lees” (Tim 4,13).

  1. Un método de nipsis es examinar frecuente y atentamente la fantasía del malo y astuto loyismós; es decir, el “ataque o asalto”, porque el satanás sin la fantasía no puede crear loyismí y presentarlos al nus para engañarlo.
  2. Otro método es mantener el corazón siempre en profundo silencio e hisijía, alejado de todo loyismós, y orar.
  3. Otro método es rogar, suplicar continuamente al Señor Jesús Cristo con humildad para que venga en ayuda.
  4. Otro método es tener ininterrumpido el recuerdo de la muerte.
  5. Sobre el importante método que consiste en mirar sólo al cielo considerando a la tierra como nada, es también una práctica tan eficaz como otras, hablaré al respecto más en extenso en otro momento, si ello place a Dios y me inspira logos. Todas estas prácticas, querido mío, son como porteros terribles que impiden los pensamientos malignos y viles.

Metropolita Ieroteo Vlajos: «Hablando sobre la nipsis ortodoxa entendemos la alerta y atención del hombre en mantener limpio su nus de varios loyismí (pensamientos, reflexiones) e imágenes, fantasías que mortifican su libertad interior y su claridad, limpieza y le separan de la comunión con Dios que consiste en la gnosis (conocimiento increado) de Dios. En el corazón se debe de encontrar sólo el nus, la atención y su energía y no los loyismí. Esta nipsis se llama por los Padres de la Iglesia también como “santa hisijía” o santa serenidad o serenidad cardíaca (del corazón psicosomático)».

La nipsis es el camino para la adquisición de cada virtud y los mandamientos-logos de Dios.

  1. Νοῦς nus o νοερά ενέργεια noerá energía, términos que los usan los Padres con varios significados; no se debe confundir con la diania (mente, intelecto, cerebro). En castellano es el espíritu del hombre o energía espiritual humana creada o energía perceptiva y de atención del corazón, o el ojo de la psique (alma), en helénico los Padres lo llaman nus o noerá energía para no confundir con la energía espiritual increada Jaris del Espíritu Santo o Paráclitos. Cuando el nus queda preso o apegado en la diania por un loyismós, pensamiento, reflexión y en la fantasía o imaginación es cuando viene nuestra caída y el nus tiene que estar alerta, vigilante y sobrio para impedir la entrada en la psique de los malos loyismí, no caer en esta trampa. El nus constituye la fuerza y energía más alta del hombre es el «principal ojo” de la psique. El estado natural del nus, en el hombre creado por Dios, es la permanencia por la oración y la alabanza en la memoria de Dios, más la expulsión de los loyismí del corazón. Porque esta es exactamente la práctica ascética ortodoxa, el regreso y estancia del nus o su energía al corazón, el cual por causa de la caída del hombre se pierde y se esclaviza, se convierte en idólatra o se autodeifica y alaba sus propias creaciones en vez de agradecer y alabar a Dios. I. Vlajos: “Νοῦς nus, en la enseñanza patrística el término se utiliza diversamente. Unas veces el término le usan para mostrar la psique (alma), otras el corazón psicosomático o el espíritu del corazón y otras una energía de la psique. Pero principalmente nus es el ojo de la psique, la parte más pura, es la finísima atención. Se llama también energía noerá (espiritual humana) y su esencia es el corazón, está en todo el cuerpo principalmente en el cerebro, pero no se identifica con la energía racional del cerebro, ni con la emocional sentimental sino que contiene todas las energías.”
  2. Πάθος pazos, padecimiento, pasión, emoción, hábito, mala costumbre, vicio, patología; En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas de la psique. Fuerzas que con su energía de la voluntad han tomado el camino equivocado. Todos los pazos que nacen de algún pecado que se repite, y así se consolida en la psique una tendencia pecadora o apego/adictiva, que con el tiempo llega a ser una segunda «naturaleza», influyendo los pensamientos y decisiones, dominando la voluntad y sellando toda su “psicosíntesis”. Es preferible reeducarlos, convertirlos y sanarlos, que oprimirlos o reprimirlos y finalmente se usarán de forma fructífera y no negativa.
  3. Πειρασμός pirasmós Tentación: el término tiene dos significados, uno es la persuasión, incitación en la ejecución del pecado y otro es la prueba. La incitación y estimulación al pecado proviene del diablo o de personas o de cosas (tentación exterior), o de la misma inclinación instintiva hacia el mal y del deseo, ilusión del recaído hombre (tentación interior). El diablo trastornador y tentador molestando con sus tentaciones aspira a un fin, que es el alejamiento del hombre de Dios y su perdición. El Dios por otra parte, concede las tentaciones como pruebas, permitiendo al diablo tentarnos y molestarnos, pero siempre con el fin de que nos instruyamos, bien sea con la metania de los pecadores y la vuelta a la vida espiritual, o como prueba y mayor glorificación de los justos. Todo tipo de tentación cuando está de acuerdo con nuestra opinión, predisposición y consentimiento se llama voluntaria, en cambio cuando viene sin nuestra predisposición, opinión y consentimiento es involuntaria. Las causas más importantes de las tentaciones voluntarias son tres, la salud, la riqueza y la gloria u opinión; y tres también son las causas más frecuentes de las involuntarias, el daño o perjuicio, las acusaciones y las enfermedades. Las tentaciones voluntarias crean las “preferentes” voluntarias hidonés placeres, en cambio las involuntarias provocan “preferentes” dolores o perjuicios involuntarios, (San Máximo el Confesor). Para los primeros rogamos al Señor” y no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,23) o sea rogándole que no nos abandone Su energía increada Jaris (Gracia) y pasar de largo las voluntarias tentaciones hedónicas. Al contrario las tentaciones involuntarias debemos evitarlas y no debemos tenerlas miedo. Para ellas dice San Santiago: “Hermanos míos, tened por sumo gozo y alegría cuando os halléis en diversas pruebas y tentaciones, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia y la paciencia es para nosotros obra completa y perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Sant 2-4). En cada caso vale la confirmación Apostólica: “Fiel es Dios, quien no permitirá que seáis tentados más de lo que podáis, antes hará que con la tentación tengáis el buen suceso de poderla sobrellevar” (1Cor 10,13). En los textos de la Filocalía el discernimiento básico que hacen casi todos los Padres Helénicos es entre la provocación demoníaca y el consentimiento del hombre. En el primer caso el hombre no tiene ninguna responsabilidad y en el segundo es éticamente responsable. Detalladamente los términos que se utilizan por los Padres son los siguientes:

1º. Προσβολή asalto, ataque, inducción, estímulo e incitación al pecado. San Marcos el Asceta lo define como sin imagen en el corazón, puesto que el asalto no se acompaña de imágenes. Este tipo de asaltos, ataques provienen del diablo y son ataques duros contra el hombre. Así el hombre no tiene ninguna responsabilidad por ellos. El hecho que el hombre sea propenso a estos asaltos no es por el resultado de la caída: aún en el paraíso Adán estaba propenso a los ataques del diablo, nos dice San Marcos el Asceta en la Filocalía. El hombre no puede hacer nada para impedir los asaltos, ataques del diablo. Lo máximo que puede hacer es abrirse al espíritu níptico (o sea alerta con la vigilancia de su nus y corazón), y de este modo rechaza cualquier asalto o ataque que llega al nivel del consciente, o sea, apenas se crea el pensamiento en su nus o en su diania. Esto es lo que llaman los Padres “monolóyistos énfasis (monologo pensamiento)”. Si el hombre rechaza el asalto, ataque no hay continuación y la vía de la tentación se ha cortado.

2º. Παραρριπισμός τού νού, soplo o susurro rápido sucio en el nus: puede ocurrir sin ningún movimiento del pazos somático o corporal. Se ve que se trata de algo más que la primera aparición del asalto o ataque que hemos descrito en el primer estadio. Y eso, porque en algún punto del proceso espiritual podía el hombre librarse de aquel tipo de afectaciones; en cambio es imposible que el hombre pueda librarse totalmente de las afectaciones de los soplos diabólicos.

3º. Homilía, conversación (o combinación): aunque puede no corresponder en los asaltos o ataques de pensamientos demoníacos, a pesar de ello es posible que el hombre empiece a dialogar con ellos, pensarlos con agrado, aunque tenga sus dudas sobre en qué medida debería aplicarlos en la praxis. En este estadio que es conocido como homilía o combinación, el afecto ya no está sin imagen sino que se ha hecho loyismós, idea, meditación, reflexión y el hombre es éticamente responsable por el hecho de haberlo permitido.

4º. Συγκατάθεσις, consentimiento: se trata de un estadio más allá de la homilía y combinación. El hombre no “juega” solo con el pensamiento de la tentación sino que decide hacerla praxis, hecho y sin duda es su responsabilidad ética. Aunque sus condiciones exteriores no le permitan entrar en pecado, el hombre es juzgado por Dios de acuerdo con la disposición de su corazón.

5º. Πρόληψις, prólipsis remoto recuerdo, superstición. San Marcos el Asceta la define como la presencia involuntaria de los antiguos pecados en la memoria. Este estado de perjuicio es resultado de repetidos hechos pecaminosos que hacen vulnerable al hombre y en algunas tentaciones particulares. Teóricamente el hombre mantiene su libre voluntad y tiene la habilidad de rechazar los afectos demoníacos, pero en la praxis, de hecho, la fuerza de la costumbre hace la oposición a la tentación cada vez más difícil.

6º. Πάθος pazos, patología: si el hombre no resiste y no combate vigorosamente la prólipsis, entonces ella se desarrollará en pazos negativos.

  1. Yπακοή (ipakoí) Obediencia: en su significado restringido, es la obediencia que hace el monje a un Guía espiritual o Yérontas experimentado, anciano sabio con el propósito de “psicoterapiarse”, sanarse y adquirir la zéosis por la energía increada Jaris. Dice san Teódoro de Edesa en la Filocalía “si quieres cortar tu voluntad egoísta la degollarás con el cuchillo de la tapinofrosini (nus e intelecto sensatos, modestos y humildes). Obediencia en el más amplio significado, es practicada por todo cristiano que recibe la educación y conducción espiritual de un Yérontas o Guía espiritual. Obediencia no quiere decir negación de la libertad personal, porque no se identifica con la esclavitud. Al contrario da la fuerza a la verdadera libertad “en Espíritu” quebrantando y destruyendo la actitud egoísta, la voluntad orgullosa y la ególatra filaftía que conduce a la esclavitud, en cambio nos cultiva la tapinofrosini (nus y diania serenos, sensatos y humildes), la base de cada virtud.
  2. Φωτισμός νοῦ τού (forismós tu nu) Iluminación del nus o del espíritu humano: es la segunda etapa, después de la catarsis del corazón, de la vida espiritual. En esta etapa el nus ya ha expulsado los apasionados loyismí, y se hace templo del Espíritu Santo, tal como estaba antes de la caída lleno de increada energía Jaris, y adquiere plegaria incesante en la memoria de Dios. Por eso la iluminación del nus se enlaza estrechamente con la oración noerá o del corazón o de Jesús.
  3. Χάρις τού Ζεοῦ (jaris tu Zeú) Gracia de Dios » (Jn 1.14,16,17) es energía divina increada, innata e inherente riqueza de la Deidad. Especialmente en el campo de la redención, la Jaris es en particular el don de Dios, que se derramó del sacrificio de la Cruz de Cristo, y funcionando dentro en la Iglesia, envuelve al hombre débil y pecador, lo santifica cuando colabora libre y voluntariamente y le hace conseguir la zéosis. De la palabra Jaris viene c-jarísma, don, que es regalo de Dios en todos los hombres sin excepción alguna. No se puede exigir como «recompensa» por obras buenas. Pero se atrae especialmente con la ταπεινοφροσύνη (tapinofrosini, actitud sensata y humilde interior), por la metania y el corazón quebrantado (cf.1P 5. 5). La divina Jaris se da con los santos Misterios ortodoxos de nuestra Iglesia. Esencia y energía están relacionadas; no hay esencia sin energía ni energía sin esencia. San Gregorio Palamás nos dice apofáticamente «No de la esencia conocemos a Dios sino de Sus energías y de increada esencia tenemos increada energía y de la creada esencia creada energía». Los heterodoxos están muy confundidos y oscurecidos sobre éste tema.
  4. Ψυχή (psijí) Psique, alma, es un término que en la filosofía antigua varía. El significado más amplio según Aristóteles abraza todo el espectro de las funciones vivas de todo ser anímico (animales y vegetales). En el Fedón de Platón es una fuerza espiritual que habita en un cuerpo animado, plenamente distinguido de todas las funciones corporales y de los sentidos. El significado que le da Epicuro y los Estoicos es bastante parecido y está entre medio de los dos anteriores. Para Epicuro la principal función de la psique es la concienciación, sobre todo el sentido, pensamiento, sentimiento y movimiento del cuerpo. Esta parte de la psique, el nus, es lo anónimo, aunque tiene base substancial invisible pero comprensible por la mente lógica. Lucrecio distingue entre nus (ánimus) y psique (alma) la que contiene al nus. Paradójicamente todos los antiguos filósofos creían que el nus estaba situado en las entrañas, al lado del corazón y los pulmones.

Gracias al libro del Génesis del Antiguo Testamento conocemos que el Dios en el principio creó el cuerpo del hombre y a continuación sopló y creó la ψυχή (psijí) psique. Diciendo que “ha creado la psique”, inmediatamente aclaramos que la psique no es un trozo de Dios ni el soplo de Dios como sostienen algunos; San Crisóstomo nos aclara que: “el soplo de Dios es acción y energía increada del Espíritu Santo; esta acción y energía increada del Espíritu Santo ha creado la psique, sin que la energía increada se convirtiera en psique”. Esto es muy importante porque no podemos examinar la psique autonómicamente, sino en combinación con el Dios. La psique está vinculada con el cuerpo del hombre y no está sólo en una parte del cuerpo humano. Según la enseñanza ortodoxa el Dios dirige el mundo con Sus energías increadas. Tal y como el Dios opera en la naturaleza, lo mismo la psique opera y activa los miembros del cuerpo. Por lo tanto, tal y como el Dios dirige el mundo lo mismo la psique gobierna el cuerpo.

En el Nuevo Testamento y también los Padres Helénicos usan el término “ψυχή (psijí) psique, alma” a menudo en lugar de la palabra “ἄνθρωπος ánzropos hombre o humano”, (Rom 13,1).  A veces en la Santa Escritura el término significa simplemente “vida” (Mt 2,20; Juan 10,11; Rom 16,4). Pero la psique se refiere sobre todo al elemento espiritual de nuestra existencia (Mt 10,28) y actualmente también se usa de la misma manera. Es un componente de las dos partes de nuestra naturaleza siendo la otra la del cuerpo. La psique como imagen de Dios le fue concedida por el Creador sólo al hombre (Gén. 2,7).

Según la descripción de San Juan Damasceno la ψυχή (psijí) psique es esencia viva, simple, incorpórea, invisible a los ojos del cuerpo, espiritual, lógica, comprensiva, independiente, voluntariosa, enérgica, convertible y creada.

San Gregorio de Nisa nos dice: “La psique es sustancia creada, viva, espiritual, transmisora de la vida al cuerpo orgánico, es sensible, intuitiva y sensitiva, mientras dura la vida en el cuerpo. La psique introduce la fuerza vivificadora en el organismo somático o físico para la energía operativa de los sentidos. Esto significa que el cuerpo se mueve por la fuerza y energía de la psique. Así que la psique es creada por Dios, es sustancia noerá-espiritual viva que transmite la vida al cuerpo hasta el momento que se mantiene la unidad psique y cuerpo con la ayuda de la energía increada de Dios.

San Nikitas Stizatos dice que: “cuatro son las fuerzas de la psique: 1) El sentido común o coherencia. 2) La perspicacia. 3) La percepción. 4) La destreza o habilidad…” (Filocalía t.4, 1C, v.12, pág. 55).

La esencia de la psique es simple, incorpórea, inmortal e invisible.

El soma o cuerpo físico después de la salida de la psique se transforma en cadáver y se disuelven los elementos de los que se compuso. La psique es simple, es decir, no se compone de varios elementos y por eso no se disuelve. El cuerpo no contiene simplemente la psique, tampoco es la cárcel de ella, tal y como sostenían los antiguos filósofos, sino que es la psique la que vivifica y sostiene el cuerpo. Por eso cuando la psique por la voluntad de Dios se separa del cuerpo, esto muere y se descompone.

Las partes de la psique son tres según la división de Platón que aceptan la mayoría de los Padres de la Iglesia: a) la logística, o sea, la facultad lógica y espiritual de la psique. b) la irascible o emotiva que muchas veces aparece en forma de ira, enfado, rencor, enojo o amor y generalmente como fuerza que produce sentimientos pasionales patológicos. c) la anhelante o volitiva.

Hay otras dos tríadas según los Padres: Una es la dinámica que comprende tres potencias: 1) la dínamis-potencia del nus, 2) la del logos, y 3) la sensitiva o intuitiva.

La otra tríada comprende las energías siguientes: la catártica (sanadora), la iluminadora y la de la zéosis, deificadora o glorificadora, que las conocemos por sus resultados.

La salud de la psique y su funcionamiento «por naturalidad», depende de la armonía en la relación de las tres partes suyas. La psique actúa con naturalidad cuando la parte anhelante se ocupa de la virtud, la irascible o emocional lucha con agapi (amor desinteresado) para ella y con ira contra los demonios y el egoísmo, al mismo tiempo la parte logística impone la “θεωρία” (zeoría, contemplación de los hechos).

Para muchos de los Padres, la psique por su naturaleza está dotada de cinco facultades o sentidos: 1) el nus, 2) la diania (mente, intelecto o cerebro), 3) la doxa (gloria u opinión), 4) la fantasía o imaginación y 5) la sensitiva o intuitiva (Filocalía pág. 89 v. 69).

San Máximo el Confesor dice que «tres son las fuerzas de la psique: 1) la nutritiva, 2) la imaginativa y 3) la lógica comprensiva, capaz del entendimiento espiritual. De la primera fuerza sólo participan las plantas. De la primera y segunda los animales.  Los hombres no sólo participan de las dos primeras, que son perecederas, sino también de la tercera que es inmortal. (Filocalía, t.2).

Las partes de la psique y sobre todo la anhelante (deseo, ilusión) a menudo tienden hacia la parte pasional, (patológica), o sea, son las fuerzas de fácil inclinación a convertirse en pazos, por los cuales pueden conducir al hombre a hacerse víctima y presa fácil de fuerzas negativas y autodestructivas. La parte lógica racional generalmente no se considera fuerza susceptible de la psique, aunque puede influirse por las emociones y padecimientos de los pazos. Los hombres tienen psique con esencia y energía y por eso tienen nus, logos (lógica) y espíritu. Éste último con la Jaris la energía increada vivifica el cuerpo conjunto. Nus y logos están unidos y son inseparables de la psique antes y después de la muerte física.

San Gregorio Palamás nos dice que la vida de la psique es la unión con Dios, tal y como la vida del cuerpo es la unión con la psique. También la separación de Dios es la muerte de la psique, igual que la separación de la psique del cuerpo es la muerte del mismo. Tal y como el Dios Trinitario es Nus, Logos y Pnevma (Espíritu), también el hombre es nus, logos y pnevma (espíritu). La diferencia es que nus, logos y pnevma (espíritu) no son hipostasis (bases substanciales) como en el Dios. Es conocida su enseñanza de que en Dios existen esencia y energías (increadas), las que se contraen separadamente y se disciernen adjuntamente. Esto es el misterio de la indivisible distinción entre esencia y energía. La esencia de Dios no es partícipe por el hombre, en cambio las energías sí son partícipes. Como el hombre es imagen de Dios, esta enseñanza también la trajo sobre la esencia y energía de la psique humana. Así que la psique se discierne indivisiblemente entre esencia y energía.

Los Santos Padres subrayan que no tenemos la existencia o nacimiento del cuerpo sin la psique y tampoco la existencia de ella sin el cuerpo. El Dios creando el cuerpo, a la vez crea también la psique.

Según San Nikitas Stizatos con el nus captamos los pensamientos, con la lógica sus significados y con el sentido, percepción espiritual la gnosis y la ciencia. (Filocalía, 4º tomo)

Yérontas Damianós de origen inglés, del monasterio Grigoriu de Athos, en una tesis e investigación científica con el título, “A Study of English Orthodox Theological Terms Compared to the Original Greek”, nos dice sobre la ψυχή (psijí) psique: «Está demostrado que: 1) Que la teología Ortodoxa traducida en los países occidentales europeos no es sistemática ni esclarecedora; entonces provoca confusión. 2) Las palabras europeas occidentales equivalentes expresan sólo parcialmente el sentido, significado y concepto de las palabras prototipo, originales helénicas. A la vez está demostrado que en nuestra época, la cultura occidental separa el significado y concepto de nuestra palabra helénica ψυχὴ (psijí) psique, en dos campos o partes significativas, un hecho del cual resultan graves consecuencias para el planeta entero. El problema esencial aparece cuando distintos traductores usan la misma palabra para diferentes términos helénicos. Así el lector no puede evitar malas interpretaciones y confusiones sobre los términos de la teología Ortodoxa.

Pero el error más grande y poco conocido, concierne a la palabra bíblica ψυχή (psijí) psique. Durante los pasados 150 años, el campo conceptual de esta palabra se separaba en dos áreas distintas. Por un lado, tenemos las palabras “soul” (alma), “life” (vida) y “breath” (aliento), las cuales constituyen una parte, por otro lado, tenemos la palabra ψυχή (psyche,) psique, como en la psicología moderna) y “mind” (mente, como en el dualismo “mind-body” mente-cuerpo) que constituyen la otra parte. Por ejemplo, en helénico queda claro totalmente que se hace terapia y se sana la psique para salvarse, en cambio en occidente se dice que se sana la “psyche” (psique) pero nunca se salva. La salvación se aplica exclusivamente para el “soul” (alma). Como estas dos palabras están discernidas y divididas, existe poca o casi ninguna relación entre salud psíquica y el eterno principio vivificador, el cual en occidente conocemos como “soul” (alma)». (Sabio Yérontas Damianós). Amín. Ver también sobre este término “12 Léxis apocalípticas” al blog en español.

https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

 

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