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Abr 10 2024

Soberbia, Arrogancia y Vanagloria

Soberbia, Arrogancia y Vanagloria

Tesoros espirituales de las homilías de San Juan Crisóstomo

Ver también https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/san-juan-el-sinaita-la-vanagloria-y-la-soberbia-u-orgullo/

Si quieres corregir a una persona orgullosa, no uses muchas palabras. Recuérdale solo la naturaleza humana y la sentencia del sabio Sirácides: «¿Porqué tiene tanto orgullo y arrogancia y se vanagloria el hombre que es tierra y ceniza?» (Sirácides 10:9). Y si te dice que después de su muerte se convertirá en tierra y ceniza, hazle entender que incluso ahora, mientras vive, no es nada más. Que no se engañe viendo su belleza; teniendo su salud, sintiendo su fuerza, disfrutando de las alegrías de la corta vida terrenal. Es tierra y ceniza, «pues, al hombre soberbio, mientras aún vivía, eché por tierra sus despojos y su poder» (Sirácides 10:9).

Cada uno de nosotros que observe cuán insignificante es nuestra existencia. No esperes hasta el día de tu muerte para darte cuenta de tu insignificancia y nimiedad. Que vaya percibiéndola desde ahora, reflexionando filosóficamente en su interior y en su alrededor, sobre sí mismo y los demás. Sin embargo, que no pierda el coraje y el ánimo, al comprobar y reconocer la fragilidad y la corruptibilidad humana, Dios no creó las cosas de esta manera porque nos odia, sino todo lo contrario, porque nos ama y se preocupa por nosotros. De esta manera, nos proporciona muchas oportunidades y muchos motivos para ser humildes. En verdad, si el hombre, aunque esté hecho de la tierra, se atrevió a decir «Subiré al cielo» [Isaías 14:13-16], ¿dónde llegaría con su λογισμός loyismós (pensamiento simple o unido con la fantasía, reflexión) si no lo detuviera como una brida la débil naturaleza?

«Entonces, cuando aún vivías, decías en tu corazón: “Subiré al cielo; en lo alto de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte alto, en montañas altas en los lados del norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo Dios”. He aquí ahora serás descendido al Hades (Seol), a lo más profundo de los abismos de la tierra. Los hombres que verán tu miseria, se asombrarán de ti y dirán: ¿Es este el hombre que hacía temblar la tierra, que estremecía los reinos y derrumbaba los reyes?» (Isaías 14, 13-16).

Por lo tanto, cuando veas a alguien hinchado de orgullo, levantando su cabeza, frunciendo las cejas, paseando en lujosos carruajes y coches caros, amenazando con hacer daño a sus semejantes, dile: «¿Por qué tiene tanta soberbia y arrogancia la tierra y la ceniza, ya que aún    mientras vive, comienza su corrupción y podredumbre?» [Sirácides 10:9].

Esto se aplica no solo al hombre común, sino también al que se sienta en un trono real. No mires la púrpura real, la corona, las vestiduras bordadas en oro. Mira y reflexiona sobre la naturaleza humana del rey. Entonces, te unirás al profeta diciendo: «Toda carne es hierba, y toda su gloria pasajera como flor del campo» [Isaías 40:6].

Entonces, ¿por qué te enorgulleces, oh hombre? Desciende de las alturas de tu insensato orgullo y arrogancia, examina tu mezquindad y debilidad. Eres tierra y ceniza, humo y sombra, hierba y flor silvestre. ¿Qué hay más ridículo que presumir? ¿Gobiernas a muchos hombres? ¿Y qué ganas cuando gobiernas a otros y eres esclavo de tus pazos? Eres como aquel que en su casa es golpeado por sus siervos y en la plaza pública se muestra altivo porque tiene a otros bajo su autoridad. Ojalá fueras el amo y gobernador de tus pazos y fueras como los que encuentras en la plaza. Entonces, si es condenable aquel que se enorgullece de sus verdaderas virtudes, ¿no es verdaderamente ridículo aquel que se enorgullece de cosas completamente insignificantes?

¡Pobre hombre! Tu psique-alma se consume con la enfermedad más terrible, la enfermedad del pecado, ¿y tú te enorgulleces de tus riquezas y posesiones? Pero todas estas cosas no son tuyas. Y si no crees mis palabras, mira lo que les sucedió a aquellos que vivieron antes que tú. Y si estás tan embriagado, borracho con la riqueza o la fama y no aprendes de las experiencias de los demás, espera un poco y conocerás, a través de tu propia experiencia, la vanidad de los bienes y placeres terrenales. Cuando te marches de este mundo temporal y no tengas ni una hora más bajo tu control, dejarás todas tus posesiones a otros, quizás incluso a aquellos a quienes no querías ni siquiera encontrarte.

El hombre y las cosas humanas, lo repetiré, son solo tierra y ceniza, humo y sombra y lo más insignificante de todo. ¿Entonces, dime, qué es lo que consideras grandioso? ¿Un título político? ¿Cuál? ¿El título de «César»? Por supuesto, muchos piensan que no hay un título más grande. Bueno, entonces, el hombre que llegó tan alto, ¿no tiene nada menos que otro que no sea César? Ambos están en el mismo estado humano. Y ambos después de un poco ya no estarán. ¿Cuándo se convirtió en César? ¿Y por cuánto tiempo permaneció como César? ¡Dímelo! ¿Por dos días? Pero eso también sucede en los sueños. «Sí, pero son sueños», respondes. ¿Y qué? ¿Lo que sucede durante el día no son sueños? ¿Por qué no llamamos sueños a eso también? Como cuando amanece, se demuestra que los sueños no son nada, de la misma manera que cuando anochece, se demuestra que los eventos del día no son nada. Y como durante el día nadie encuentra placer en los sueños que tuvo por la noche, de la misma manera que por la noche nadie encuentra placer en lo que sucedió durante el día.

Entonces, ¿te convertiste en César? Yo también me convertí en mi sueño durante la noche. «Sí», dices, «pero yo me convertí en realidad, mientras tú solo en sueños». ¿Y qué? No tienes nada más que yo, excepto que la gente habla de ti. «Fulano es -o era- César», y de esta frase sacas un placer vanidoso. ¿Terminó la frase? La gloria y la satisfacción también desapareció. Lo mismo sucede con la realidad: ¿Terminó el reinado? La gloria también desapareció.

Aceptemos, sin embargo, que alguien se convirtió en cónsul y permaneció en ese cargo no por dos días, sino por dos o tres o cuatro años. Te pregunto, ¿dónde están aquellos que fueron cónsules durante diez años? En ninguna parte. Todos ellos fueron olvidados. Ahora piensa en el apóstol Pablo. ¿Fue olvidado también él? No. Fue famoso mientras vivió, se volvió aún más famoso después de su muerte, sigue siendo conocido hoy, siglos después de su partida. Y eso solo en la tierra. ¿Qué palabras pueden representar su gloria y su esplendor en el cielo?

Así como vemos las olas, subiendo a grandes alturas en un momento y descendiendo en otro, así vemos a aquellos dominados por la arrogancia por sus riquezas o su fama y gloria, subiendo en un momento y humillándose miserablemente al siguiente. A estos se refiere el bienaventurado David cuando dice:

“No temas ni te atormentas cuando un hombre impío se enriquece, ni cuando aumenta la gloria de su casa. Pues cuando muera, no llevará consigo nada de sus riquezas, ni descenderá con él su gloria al hades. Mientras viva en esta vida terrenal, será alabado por los aduladores, y él mismo te elogiará a ti cuando te inclines hacia la adulación y los elogios hacia él. Pero finalmente morirá y se irá a encontrarse con sus antepasados. Nunca más verá la luz del sol. ¡Pobre y desgraciado hombre! A pesar de haber recibido de Dios el inestimable honor de la lógica de su naturaleza, no se comportó con prudencia, sino que se igualó a sí mismo con las bestias necias, se volvió semejante a ellas en su modo de vida y sus instintos” (Salmo 49, 17). Entonces, David dijo bien: «No temas ni te perturbes». Porque después de un poco, verás al rico o al glorificado caído en el suelo, muerto e inmóvil, despojado de los bienes terrenales. Nada de eso puede llevar consigo. Deja todo aquí y se va para siempre, cargado solo con su maldad y sus pecados.

Por lo tanto, este pazos se ha llamado vacío orgullo, que significa gloria vacía o vanagloria, es decir, vacía de valor; porque es esencialmente vacía, no tiene nada útil. Es como una apariencia con características externas maravillosas, que, siendo falsa y vacía por dentro, aunque sea más hermosa que un rostro humano real, nunca hace que nadie se enamore de ella. Así es también el honor, la reputación, que uno desea disfrutar del mundo, o más bien mucho peor. Porque nada aparta tanto al hombre de la misericordia y filantropía de Dios, nada lo arroja tan fácilmente al fuego del infierno como la vanidad o vanagloria, el orgullo, la arrogancia, la presunción.

¿Tenemos orgullo? Nuestra vida está contaminada, sucia, incluso si somos físicamente puros, incluso si ayunamos, rezamos, hacemos limosnas y alabanzas. «El soberbio u orgulloso y vanaglorioso, ante Dios, es sucio», dice la Sagrada Escritura (Proverbios 16, 5).

Y la vanagloria es un mal tan grande, no solo porque lleva al pecado a aquellos que domina, sino también porque a menudo acompaña incluso a la virtud. Si no puede sacarnos del camino de la virtud, nos daña usando la misma virtud, ya que nos obliga a soportar sus dificultades, pero nos priva de sus frutos. No es posible, cuando uno desea tanto la virtud como la doxa-gloria, lograr ambas. Por supuesto, puede obtener ambos cuando busca solo una, la virtud celestial, entonces la gloria puede seguir. Pero cuando desea ambas, no logrará ninguna.

Aquel que hace una buena praxis, acción tratando de ganar la gloria de los hombres, ya sea que pueda obtener esa gloria o no, recibe su recompensa en esta vida, y no recibirá ninguna recompensa por su buena acción en la otra vida. ¿Por qué? Porque privó a sí mismo de la generosidad del Señor, prefiriendo la pequeña gloria de los hombres a la gran y eterna gloria del Juez justo.

Por otro lado, aquel que ejerce una virtud espiritual solo para ser agradable a Dios, y mantiene su virtud intacta y su riqueza no gastada, ahorra en el cielo y siente un gran consuelo por la buena expectativa de la futura vida eterna. Este, junto con la recompensa divina, que está asegurada en el tesoro del cielo, conocerá y experimentará, sin desearlo, incluso la gloria humana. Porque entonces disfrutamos abundantemente de la gloria cuando no nos importa, cuando no la buscamos.

Así que todo lo gana quien humildemente hace todo por Dios, y todo lo pierde quien orgullosamente busca el honor de los hombres.

FUENTE: Temas de vida (de los discursos de San Juan Crisóstomo), Volumen II, Monasterio Sagrado de Paráclitos, Oropós, Ática 2010, págs. 29-35.

Traducción: χΧ jJ Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas)  www.logosortodoxo.com

Ver también https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/san-juan-el-sinaita-la-vanagloria-y-la-soberbia-u-orgullo/

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