
EXPERIENCIAS DE LA JARIS (GRACIA) DE DIOS
†Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriu en el Monte Athos
Repasada traducción 17/03/2026
Prólogo
El hombre, para poder luchar contra su propio mal, contra sus egoísmos, las voluntades del mundo y contra el astuto Maligno, necesita experimentar y saborear la Jaris (gracia, energía increada) de Dios y sentir continuamente la dulzura del Espíritu Santo. La experiencia de Cristo es la que sostiene al cristiano en su lucha por agradar a Dios.
Es posible que nuestra propia debilidad y el diablo nos arrastren hacia experiencias falsas, que nos conduzcan por caminos equivocados y nos lleven a aguas turbias, fuera de la auténtica experiencia de Dios, si no tenemos con cuidado.
Nuestra participación en la vida de nuestra Iglesia Ortodoxa, la única verdadera fe en el Θεάνθρωπος (Zeánzropos), Dios y hombre, Cristo, la aceptación de corazón y el abrazo de su Santa Tradición y la práctica diaria de la vida de la Iglesia, son una garantía segura para quienes anhelamos ver el Prósopon (Rostro) del Novio de nuestra Iglesia, así como tener esperanza en la vida eterna y saborear, ya desde este siglo presente, la verdadera experiencia de Dios.
“Saboread y ved que el Señor es bondadoso”, mediante las condiciones que conoce nuestra Iglesia, la cual parió, pare y seguirá pariendo santos en comunión con Dios y con la experiencia de la vida eterna.
La respuesta que dio el apóstol Felipe a su entonces amigo, el apóstol Natanael, aún desconfiado, también la sugiere y propone la Iglesia Ortodoxa a los que dudan de la autenticidad de su experiencia vivida: «Ven y lo verás» (Juan 1:47).
Ven y hazte miembro vivo de la Iglesia, en obediencia y enseñanza de Cristo. Humilla tu espíritu de φιλαυτία (filaftía: egolatría, amor excesivo a uno mismo y al propio cuerpo, egocentrismo) y lucha contra los espíritus tentadores; entonces verás, te alegrarás y aprenderás, saborearás la auténtica experiencia personal que Dios, con Su infinito amor, concede a los que Le buscan con sinceridad, esfuerzo y perseverancia.
Febrero de 1997
AUTÉNTICAS Y FALSAS EXPERIENCIAS DE LA JARIS DE DIOS
Hacernos reyes, sacerdotes y profetas
Tal como sabemos, la finalidad de nuestra vida es nuestra unión con Dios. Y como dice la Santa Escritura, el hombre fue creado como “icona (imagen) y semejanza” de Dios, para parecerse a Él, es decir, para unirse con Él.
La semejanza de Dios en el hombre, los Santos Padres la llaman zéosis (glorificación, deificación). ¡Mirad qué grande es el propósito de la vida del hombre! Convertirse y hacerse, no simplemente mejor, más ético, más amable o más justo, sino transformarse en dios por la χάρις (jaris: gracia, energía increada).
Porque cuando el hombre se une con Dios, se hace también dios por la jaris. Entonces, ¿qué diferencia hay entre el Santo Dios y los hombres divinizados (glorificados, deificados)? Nuestro Creador y Constructor es Dios por Su propia fisis (naturaleza), mientras que nosotros nos convertimos en dioses por la jaris. Pues, aunque por nuestra fisis (naturaleza) permanecemos humanos, por la jaris que procede de Él nos deificamos y nos unimos con Él.
Cuando el hombre se une con Dios por la energía increada de la jaris, consigue también la experiencia de Dios; siente a Dios. De otra manera, ¿cómo sería posible unirse con Dios sin sentir Su jaris?
Los primeros hombres creados en el Paraíso, antes de pecar, conversaban con Dios y sentían la divina jaris. Dios creó al hombre para ser sacerdote, profeta y rey.
Sacerdote, para aceptar su existencia y el cosmos-mundo como regalos de Dios y, a continuación, ofrecerse a sí mismo y al cosmos a Dios efjarísticamente (en acción de gracias, con gratitud), adorándole, alabándole y glorificándole.
Profeta, para conocer los misterios de Dios. En el Antiguo Testamento, los profetas eran los visionarios y hombres que hablaban en nombre de Dios, revelando los misterios y las voluntades divinas.
Rey, para reinar sobre la creación material y, sobre todo, sobre sí mismo. Para usar la fisis (naturaleza) no como un tirano, sino con nobleza; no abusar de la creación, sino utilizarla con gratitud, efjarísticamente.
Hoy, sin embargo, el hombre no utiliza la fisis (naturaleza) con lógica, sino que se comporta de manera egoísta, irracional y desordenada, con el resultado de la destrucción de su medio ambiente natural y, consecuentemente, de su propia autodestrucción.
Si el hombre no hubiese pecado ni hubiese sustituido la agapi (amor) y la obediencia a Dios por el egoísmo, no se habría separado de Dios y seguiría siendo rey, sacerdote y profeta.
Pero el Santo Dios, que sufre por su criatura, quiere devolver al hombre a su estado original, en el que pueda volver a ser verdadero rey, sacerdote y profeta; que pueda nuevamente vivir la experiencia de Dios y unirse con Él.
Por eso, en la historia del Antiguo Testamento vemos de qué manera Dios prepara poco a poco la salvación de los hombres con el advenimiento de Su Unigénito Hijo. Así concede carismas sólo a algunos hombres justos del Antiguo Testamento, semejantes a los que poseía el hombre antes de la caída, como por ejemplo el carisma de la profecía.
En el Antiguo Testamento encontramos hombres como los profetas Elías, Isaías y Moisés, que recibieron el carisma profético y vieron la doxa-gloria (increada) de Dios. Sin embargo, este carisma no era dado a todos ni durante toda la duración de sus vidas, sino que se concedía parcialmente; es decir, Dios otorgaba estos dones para un fin concreto y en circunstancias determinadas.
Cuando Dios quería que estos hombres justos anunciaran la venida de Cristo al mundo o revelaran Su voluntad, les concedía la posibilidad de recibir una experiencia divina, una apocálipsis (revelación).
Pero el profeta Joel anunció que llegaría una época en la que la jaris del Espíritu Santo sería dada por Dios no sólo a determinados hombres y para un fin particular, sino a todo el pueblo.
He aquí lo que dice la profecía de Joel: “Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” (Joel 2,28). Es decir, daré mi Espíritu a cada hombre. “Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones”. Esto significa que el pueblo de Dios verá visiones espirituales y conocerá los misterios de Dios.
Este derramamiento del Espíritu Santo tuvo lugar el día de Pentecostés. Entonces la jaris, energía increada del Espíritu Santo, fue dada a toda la Iglesia.
No se dio esta jaris a todos en el período del Antiguo Testamento porque Cristo aún no se había encarnado. El abismo que separaba a los hombres de Dios aún no había sido salvado, estaba sin puente de unión.
Era necesario restablecer la comunión del hombre con Dios para que Él pudiera conceder la jaris del Espíritu Santo a todo el mundo. Esta reunificación la realizó nuestro Salvador Cristo con Su encarnación.
La primera unión que Dios estableció con el hombre en el Paraíso no era hipostática, por eso se disolvió. Esta segunda unión es hipostática, es decir, personal.
En la hipóstasis (persona) de Cristo se unieron la naturaleza humana y la naturaleza divina de manera inconfundible, inseparable, indivisible y eterna.
Por mucho que pequen los hombres, la naturaleza humana ya no puede separarse de Dios, porque en Jesús Cristo, el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), está unida eternamente la naturaleza humana con la naturaleza divina.
El hombre, para poder recibir el Espíritu Santo y convertirse en sacerdote, rey y profeta, sentir a Dios y conocer Sus misterios, debe hacerse miembro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia Ortodoxa.
Jesús Cristo es el único, verdadero, perfecto e infalible (no el papa) sacerdote, rey y profeta.
Aquello para lo que fueron creados Adán y Eva, y en lo que fracasaron a causa de su pecado y egoísmo, lo cumplió Cristo en su lugar.
Ahora todos nosotros, unidos a Cristo, podemos participar en los tres axiomas de Cristo: el real, el profético y el sacerdotal o de santidad.
Debemos aclarar aquí que mediante el Santo Bautismo y la Crismación el cristiano recibe el sacerdocio general, es decir, la vocación a la santidad, y no el sacerdocio especial, que se confiere mediante la ordenación ministerial, por la cual los ministros de la Iglesia reciben la jaris especial para ejercer el sacerdocio e instruir al pueblo fiel.
Por otro lado, el término laico no se refiere simplemente a quien no ha alcanzado la santidad, sino a toda persona que, mediante el santo Bautismo y la santa Crismación, ha recibido el axioma de ser miembro del laós (pueblo) de Dios y del Cuerpo de Cristo, participando así en los tres axiomas de Cristo.
Desde luego, el miembro cristiano más sano, consciente y activo del pueblo de Dios y del Cuerpo de Cristo es aquel que participa más plenamente en los tres axiomas de Cristo -el de santidad, el profético y el real- y que recibe la experiencia más profunda y el sentimiento de Su Jaris (gracia, energía increada), tal como vemos en las vidas de los santos de nuestra fe.
FORMAS DE EXPERIENCIA DE LA JARIS (GRACIA, ENERGÍA INCREADA) DE DIOS
¿Cuáles son las experiencias de la Jaris (energía increada) de Dios que puede recibir el cristiano, de manera que la fe y la vida cristiana no sean para él algo exterior o meramente intelectual, sino un verdadero sentimiento y sentido espiritual de Dios, una familiarización y comunión con Él, en la que participe todo el hombre?
En primer lugar, la experiencia de la Jaris (energía increada de Dios) es una certeza interior por la cual, mediante la fe en Dios, el hombre encuentra el verdadero significado de su vida. Siente que su fe en Cristo le da descanso interior, da sentido y orientación a su vida, y experimenta esa fe como una luz fuerte que lo ilumina. Cuando el hombre siente así la fe cristiana en su interior, ha comenzado a vivir la Jaris, la energía increada de Dios. Entonces Dios deja de ser algo exterior para él.
Otra experiencia de la Jaris de Dios el hombre la recibe cuando escucha en su corazón la llamada de Dios para hacer, volver a la μετάνοια (metania: cambio de mentalidad en Cristo, conversión, arrepentimientos, introspección y confesión)), examinarse interiormente y arrepentirse de sus obras oscuras y pecaminosas, para volver a la ortodoxa vida cristiana, confesarse y entrar en el camino de Dios.
Esta voz de Dios que escucha en su interior es una primera experiencia de la Jaris divina. Después de tantos años viviendo lejos de Dios sin comprender nada, comienza a convertirse, a examinarse y a arrepentirse. Entonces se confiesa por primera vez en su vida con su pnevmatikós (guía espiritual).
Después de la confesión siente una profunda alegría y una paz que nunca antes había experimentado en su vida, y se dice a sí mismo: “¡Qué alivio, qué descanso!”. Este alivio es una visita de la divina Jaris (energía increada de Dios) en una psique-alma (psijí) que se ha convertido, se ha examinado y se ha arrepentido, y a la que Dios quiere consolar.
Las lágrimas que derrama el cristiano arrepentido cuando ora y pide perdón a Dios, o cuando se confiesa, son lágrimas de metania. Estas lágrimas son muy consoladoras. Traen mucha paz a la psique-alma (psijí) del hombre, y entonces él siente que son un regalo y una experiencia de la divina Jaris.
Cuanto más profunda es la metania, cuanto más amor (agapi) siente hacia Dios y ora con un divino έρως (eros: amor ardiente, ferviente) mayor, tanto más aquellas lágrimas de metania arrepentimiento se convierten en lágrimas de alegría, de amor y de divino eros. Estas lágrimas, que son superiores a las lágrimas de metania, constituyen una experiencia y una visita más elevada de la divina Jaris, energía increada de Dios.
Cuando venimos a comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, arrepentidos, confesados, con ayuno y preparación espiritual, ¿qué sentimos después de la Divina Comunión? Sentimos una profunda paz en nuestra alma (psijí) y una alegría espiritual. Esto también es una experiencia y una visita de la Jaris de Dios.
Otras veces, durante la oración, el culto divino o la Divina Liturgia, sentimos una alegría inexplicable. Esto también es una visita de la divina Jaris y una experiencia de Dios.
Pero existen también experiencias de Dios aún más elevadas. La experiencia más sublime es la visión de la Luz Increada de Dios. Esta Luz la vieron los discípulos del Señor en el monte de la Metamorfosis del Kirios Señor (el monte Tabor). Vieron a Cristo resplandecer entero como el sol, con una luz celeste y divina, que no era material ni creada, como lo son el sol u otras luces creadas. Era la Luz Increada, es decir, la Luz de Dios, la Luz de la Santísima Trinidad.
Los hombres que hacen su catarsis se purgan, se purifican y se sanan totalmente de sus pazos (pasiones) y pecados, y oran con una oración limpia, lúcida, pura y verdadera, se hacen dignos de esta gran experiencia: ver la Luz Increada de Dios ya desde esta vida. Esta Luz es la misma que brillará en la vida eterna. Estos hombres no sólo la ven desde ahora, sino que ellos mismos pueden ser vistos dentro de esta Luz, porque esta Luz rodea a los santos.
Nosotros no la vemos, pero los limpios y puros de corazón y los santos sí la ven. La aureola que se representa en los iconos alrededor de los rostros de los santos es la Luz de la Santa Trinidad que los ha iluminado y santificado.
En la vida de san Basilio el Magno leemos que, cuando oraba en su celda, quienes lo veían percibían que resplandecía completamente por la Luz Increada que lo envolvía. En la vida de muchos santos encontramos testimonios semejantes.
Así pues, el hombre debe hacerse digno de ver la Luz Increada, ya que es una experiencia sublime de Dios y no se concede a todos, sino a muy pocos, a aquellos que han avanzado en el camino de la vida espiritual.
Según el abad Isaac el Sirio, en cada generación apenas uno puede ver con claridad la Luz Increada de Dios (Logos 32). También hoy existen santos cristianos que se hacen dignos de tener esta experiencia única de Dios.
Por supuesto, debemos decir que no toda luz que alguien vea significa que esté viendo la Luz Increada. El demonio engaña a los hombres y les muestra otras luces, demoníacas o psicológicas, para hacerles creer que se trata de la Luz Increada de Dios, cuando en realidad no lo es.
Por eso, cualquier cristiano que vea algo, escuche alguna voz o tenga alguna experiencia no debe aceptarla inmediatamente como si proviniera de Dios, porque puede ser engañado por el demonio. Debe comunicárselo a su guía espiritual, quien le dirá si proviene de Dios, si se trata de un autoengaño o si procede de los demonios. En este tema es necesario tener mucho cuidado.
PRESUPOSICIONES Y CONDICIONES PARA LA AUTÉNTICA EXPERIENCIA DE LA JARIS (ENERGÍA INCREADA) DE DIOS
Ahora examinaremos las condiciones que nos aseguran que las distintas experiencias espirituales que tenemos sean auténticas y no falsas.
La primera condición es que seamos hombres de μετάνοια (metania: conversión, introspección, arrepentimiento y confesión). Si no nos convertimos de nuestros pecados y no nos purificamos (catartizamos) de nuestros pazos (pasiones), no podemos ver a Dios. Tal como dice nuestro Kirios Señor en las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, sanación y limpieza de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios” (Mateo 5:8).
El hombre, mientras se se catartiza (se limpia, se purga) y se sana de sus pazos, se convierte, se arrepiente y se examina interiormente volviéndose hacia Dios; así puede sentir y percibir cada vez más profundamente a Dios.
El hecho de buscar experiencias espirituales utilizando solamente métodos y técnicas, como se hace en algunas herejías, o como practican los hinduistas o ciertas formas de yoga, es un error. Tales experiencias no provienen de Dios, sino que son experiencias provocadas mediante mecanismos psicológicos.
Nuestros Santos Padres dicen: “Dar sangre y recibir espíritu”. Es decir, si no ofreces la sangre de tu corazón mediante la metania, la oración, el ayuno, la áskisis (ejercicio espiritual), etc., no puedes recibir la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo.
Las verdaderas experiencias espirituales se conceden a aquellos que, por humildad, no piden experiencias espirituales, sino que piden a Dios metania, sanación y salvación. Se conceden a aquellos que son humildes y dicen: “Dios mío, no soy digno de tener experiencias, no soy digno de recibir carismas espirituales, no soy digno de recibir la visita de Tu Jaris ni Tus consuelos divinos y celestiales, ni tampoco los placeres o deleites espirituales”.
Aquellos que, con orgullo y soberbia, piden a Dios experiencias espirituales no recibirán experiencias auténticas y verdaderas. Al contrario, la tentación y el demonio pueden aprovecharse de ello y darles experiencias engañosas y diabólicas a causa de su soberbia.
Como vemos, la segunda condición es la humildad.
La tercera condición para recibir verdaderas experiencias espirituales es permanecer dentro de la Iglesia Ortodoxa y no fuera de ella, porque de otro modo el diablo puede confundirnos. Cuando la oveja se separa del rebaño, el lobo la devora; dentro del rebaño hay seguridad. Dentro de la Iglesia el cristiano está seguro. Si sale de la Iglesia queda expuesto a sus propios engaños, a los engaños de otras personas y a los engaños de los demonios.
Tenemos el ejemplo de muchas personas que, por no practicar la obediencia dentro de la Iglesia y a su guía espiritual, cayeron en grandes errores. Creían que veían a Dios o que Dios les visitaba, mientras que en realidad las experiencias que tenían eran demoníacas y desastrosas para ellos.
También ayuda mucho tener una oración pura y ardiente. En realidad, es durante la oración cuando Dios concede la mayoría de las experiencias espirituales al hombre. Por eso los que oran con anhelo, celo y paciencia reciben los regalos del Espíritu Santo y el sentimiento de la Jaris de Dios.
Como es sabido, existe una oración que rezamos en la Santa Montaña del Monte Athos y que quizá también vosotros recéis: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia, apiádate o compadécete de mí, pecador”.
Esta oración se conoce como la oración noerá (mental o espiritual), oración del corazón o de Jesús, incesante e ininterrumpida. Cuando esta oración se practica con humildad, anhelo, paciencia y perseverancia, trae poco a poco al corazón del hombre el sentimiento de la Jaris, la energía increada de Dios.
FALSAS EXPERIENCIAS DE LA JARIS (ENERGÍA INCREADA) DE DIOS
Los hombres tienen falsas experiencias de Dios porque creen que, por sí solos y por sus propias fuerzas, en herejías, grupos, seminarios o reuniones religiosas fuera de la Iglesia Ortodoxa, pueden recibir la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo. Así, terminan reuniéndose con algún joven “profeta” que actúa como jefe entre estos hombres que creen recibir la visita y la Jaris de Dios.
Por casualidad me encontré una vez en una reunión de pentecostales en América, en el año 1966, cuando me encontraba allí. La “iglesia” de ellos era como un aula de colegio. Al principio, un órgano comenzó a tocar una música con sonidos suaves y a bajo volumen; a medida que avanzaba, se hacía más fuerte, más ruidosa y exaltada, produciendo un estado de excitación. Terminó la música y empezó a hablar el predicador. Él también comenzó suavemente, pero poco a poco fue gritando más, hasta provocar un estado de excitación en el público.
Entonces, después de que estas personas pasaran por una especie de histeria colectiva y sugestión, empezaron a gritar, levantarse y mover las manos, vociferando sin sentido. Sentí entonces que allí no estaba el Espíritu de Dios, el cual es Espíritu de paz y no de violencia, excitación o griterío descontrolado como locos. El Espíritu de Dios no viene mediante técnicas o mecanismos psicológicos. Me entristecí mucho por los jóvenes que estaban allí con sus padres, pues acabarían sufriendo las consecuencias de esta neurosis grupal.
Un joven que después se hizo monje en la Santa Montaña, Athos, y que anteriormente había practicado el yoga hinduista, me explicó las experiencias que intentaban tener allí. Cuando querían ver luz, se frotaban los ojos hasta ver pequeñas luces; y cuando querían escuchar sonidos paranormales, se presionaban los oídos, provocándose ellos mismos ciertos ruidos o sonidos.
Experiencias psicológicas parecidas, producidas mediante mecanismos técnicos, algunos herejes las atribuyen al Espíritu Santo.
Pero las experiencias en reuniones heréticas no son sólo psicológicas, sino a veces también demoníacas. El diablo aprovecha la búsqueda de este tipo de experiencias por parte de algunos hombres y les presenta diversas señales que no provienen de Dios, sino del demonio. Ellos no pueden comprender que ya son víctimas del diablo. Creen que las señales son celestiales y que provienen del Espíritu Santo. Incluso el demonio puede llegar a darles cierta capacidad “profética”, tal como ocurre en los “médiums”.
Pero el Señor nos advirtió: “Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y obras prodigiosas, hasta el punto de engañar, si fuera posible, aun a los escogidos” (Mt 24,24).
No sólo realizarán milagros aparentemente buenos, sino grandes prodigios y señales sorprendentes. Así también el Anticristo, cuando venga, no realizará cosas aparentemente malas, sino acciones que parecerán beneficiosas, diversas curaciones de enfermos y otras obras elogiables, para engañar a los hombres y, si es posible, incluso a los escogidos, de modo que le crean como su salvador y le sigan.
Por eso es necesario tener mucho cuidado. No todo aquel que muestra señales o “profetiza” es necesariamente un hombre de Dios. Como nos dice el Señor: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y por la fuerza de tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Entonces yo delante de todos les diré: Nunca os reconocí como míos. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad, habéis utilizado los carismas que os he dado para vuestro propio beneficio y exhibición!” (Mt 7,22-23).
Conocí jóvenes que habían sido seducidos y arrastrados por herejías apócrifas y pentecostales, los cuales, después de volver a la Iglesia Ortodoxa, confesaron que varias experiencias que tuvieron durante su estancia en estas sectas eran diabólicas. Por ejemplo, un ex-pentecostal confesó que, en las asambleas pentecostales, cuando una “profetisa” profetizaba, él sentía perturbación y agitación demoníaca. Cuando intentaba decir la oración: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia, apiádate o compadécete de mí, pecador”, le venía la γλωσσολαλιά (glosolalia: hablar en lenguas desconocidas) y lo ahogaba, impidiéndole pronunciar la oración.
Como el diablo puede transformarse en ángel de luz, debemos ser muy cuidadosos con las experiencias espirituales. El apóstol Juan nos aconseja: “Queridos, no se fíen de todos los que dicen que están inspirados por el Espíritu de Dios y que tienen carisma espiritual; comprobadlo antes si son de Dios, porque muchos pseudoprofetas han aparecido por el mundo” (1 Jn 4,1), no todos son espíritus de Dios.
Según el apóstol Pablo, aquellos que han recibido el carisma o don de discernimiento de espíritus (1 Co 12,10) pueden distinguir si los espíritus proceden de Dios o del diablo.
Este carisma lo poseen los pnevmáticos (guías espirituales de la Iglesia Ortodoxa). Por eso, cuando tengamos un problema de este tipo, debemos dirigirnos a nuestro pnevmatikós (guía espiritual), y él discernirá la procedencia de cada experiencia.
Incluso los monjes pueden ser engañados. Tenemos casos en la Santa Montaña Athos en que monjes fueron engañados por este tipo de experiencias. Una vez se apareció un ángel a un monje; en realidad se trataba del demonio. Le dijo: “Ven conmigo a la cima del Monte Athos y te mostraré grandes milagros”. Lo condujo hasta allí y estuvo a punto de despeñarlo entre las rocas, si aquel monje no hubiera implorado la ayuda divina.
El monje cometió el error de creer en la visión como si proviniera de Dios, pero no debió hacerlo. Porque los monjes, cuando tienen una visión, saben que deben explicarlo todo a su Yérontas (guía espiritual), y él les dirá si la experiencia proviene de Dios o de los demonios. Donde hay soberbia, es muy probable que haya engaño.
SOBRE LOS PENTECOSTALES
Las experiencias de los pentecostales no provienen de Dios y no sólo no les ayudan a entrar en la auténtica Iglesia, sino que los conducen fuera de ella. Sólo al diablo le conviene y le interesa apartar a los hombres de la Iglesia.
El mismo fraccionamiento de los pentecostales en numerosas herejías, sectas y grupos demuestra que no constituyen la verdadera Iglesia de Dios. El protestantismo se compone de miles de herejías y sectas; una de ellas es la de los pentecostales. Sólo en los Estados Unidos de América hay decenas de grupos pentecostales distintos, muchos de los cuales no tienen ninguna relación entre sí.
Se pueden citar algunos nombres de grupos pentecostales, como por ejemplo: “Reunión de la Iglesia del Monte de Dios”, “Reunión Encarnada de la Iglesia de Dios”, “Misión en Vigilia”, “Iglesia de la Madre Horn”, “Iglesia de la Madre Robinson”, “Jesús y su Misión en Vigilia”, “El Resto de la Iglesia de Dios”, “Iglesia de Dios Bautizada en Fuego para la Santidad de América”, “Unión Nacional Espiritual Davídica del Templo de la Iglesia de Dios”, “Iglesia del Evangelio Cuadrangular”, entre otros.
Si en estos grupos estuviera el Espíritu de Dios, habría unidad; existiría una sola Iglesia y no tantos grupos distintos y enfrentados. Además, algunas manifestaciones que se producen en sus reuniones -como temblar, caerse al suelo como si estuvieran muertos, aullar, etc.- no provienen del pacífico Espíritu de Dios. Fenómenos semejantes se encuentran también en religiones idólatras, e incluso presentan muchas similitudes con los fenómenos del espiritismo.
De este modo cultivan un espíritu de orgullo, creyendo que toda la Iglesia ha estado engañada durante dos mil años, mientras que ellos, hacia el año 1900, habrían descubierto la verdad. El primero que creó el movimiento pentecostal fue un estadounidense. El primer pentecostal en Grecia, Miguel Gunas, predicaba así: “Después de tantos siglos, se ha reiniciado otra vez en el país de Grecia la visita de Dios, tal como en el día de Pentecostés”.
¡Según esta afirmación, a través de este predicador comenzó nuevamente la visita de Cristo en Grecia, como en el día de Pentecostés! ¿Y durante todos los siglos anteriores Cristo no existía? ¡Ved qué soberbia y qué egoísmo satánicos!
¿Qué sucede entonces con el llamado carisma de la glosolalia? Es cierto que en el Nuevo Testamento se menciona el don de lenguas. Los santos Apóstoles, el día de Pentecostés, hablaban las lenguas o idiomas de los pueblos que habían venido como peregrinos a Jerusalén, para catequizarlos en el Evangelio.
El don de lenguas o idiomas fue un don que Dios concedió a los Apóstoles para una finalidad especial: atraer a los no cristianos a la fe. Los Santos Apóstoles, cuando hablaban, no gritaban ni emitían sonidos sin sentido, como si estuvieran poseídos; hablaban en lenguas extranjeras reales. Y no en cualquier lengua, sino en las lenguas o idiomas de las personas que estaban presentes en Jerusalén y que no conocían la lengua hebrea, para que pudieran escuchar las maravillas de Dios y creer.
Por lo tanto, los gritos y sonidos inarticulados no tienen ninguna relación con el verdadero don de lenguas que mencionan las Escrituras y que los pentecostales afirman poseer.
LA IGLESIA ORTODOXA, EL LUGAR DE LA AUTÉNTICA EXPERIENCIA DE LA JARIS DE DIOS
La Iglesia de Pentecostés es nuestra Iglesia Ortodoxa. ¿Por qué es así? Porque es la Iglesia de la Sarcosis (Encarnación y Humanización) de Cristo, de Su muerte en la Cruz, de Su Resurrección y de Pentecostés.
Cuando de toda la obra de Cristo aislamos una sola parte, la exageramos o la interpretamos de manera equivocada, el resultado será parcial, unilateral y herético. Sólo la Iglesia que acepta y vive toda la obra de Cristo -incluido Pentecostés- es la verdadera Iglesia de Pentecostés.
¿Acaso existe la Resurrección sin la Cruz? ¿Puede el hombre, sin crucificarse mediante el ayuno, la oración, la metania, la humildad y la άσκησις (áskisis> ascesis, ejercicio espiritual), llegar a ver a Dios?
En la vida de Cristo y en la vida de cada cristiano, la Cruz precede a la Resurrección y la Pentecostés. Ellos, en cambio, desean la Resurrección y los dones espirituales sin crucificarse a sí mismos mediante la metania, la áskisis, el ayuno y la obediencia en la Iglesia. Por eso no constituyen la Iglesia de Pentecostés.
En cada Divina Liturgia de nuestra Iglesia tenemos Pentecostés. ¿Cómo el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo? ¿No se transforman por la bajada del Espíritu Santo? ¡He aquí la Pentecostés!
Cada Santo Altar de la Iglesia Ortodoxa es también un altar de Pentecostés. En cada bautismo tenemos Pentecostés. Con la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo, el hombre se convierte en cristiano ortodoxo y se incorpora (ensomatiza) al Cuerpo de Cristo.
Cada ordenación de diácono, sacerdote y obispo es un nuevo Pentecostés. El Espíritu Santo desciende y convierte a un hombre en instrumento de Dios.
Cada confesión de un cristiano es también Pentecostés. En el momento en que el cristiano se arrodilla ante su pnevmatikós (guía espiritual) con humildad y confiesa sus pecados con metania, el sacerdote lee la oración de absolución y el cristiano es perdonado por las energías y acciones de la Jaris del Espíritu Santo.
Cada asamblea y cada Misterio de la Iglesia es continuación de Pentecostés, porque los hombres se perfeccionan con la presencia del Espíritu Santo. Por eso, casi todos los actos, plegarias y Misterios de la Iglesia comienzan con la oración: “Rey celestial, Consolador, Espíritu de la verdad… ven y habita en nosotros…”.
Así pedimos que venga el Paráclitos, el Consolador, el Espíritu Santo, y Él viene. Donde se reúne la Iglesia Ortodoxa, la verdadera Iglesia de Cristo, allí se derrama la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo.
Cada santo de nuestra Iglesia es un hombre portador del Espíritu, lleno de jarismas o dones del Espíritu Santo; un hombre de Pentecostés.
La petición de la Oración del Señor: “Venga tu Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada)” significa: “Que venga la Jaris de tu Espíritu Santo”. La realeza de Dios es la Jaris del Espíritu Santo. Así, cuando rezamos el “Padre Nuestro”, pedimos el Espíritu Santo.
La oración: ““Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia, apiádate o compadécete de mí, pecador”, también se reza con la Jaris del Espíritu Santo. Porque, como dice el apóstol Pablo: “Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo” (1 Co 12,3). Es decir, sólo con la Jaris increada del Espíritu Santo.
He aquí, pues, que nuestra Iglesia vive continuamente en Pentecostés.
Tenemos la bendición, hermanos míos, de tener la Jaris, la energía increada de Dios, dentro de nuestra Santa Iglesia Ortodoxa. Tenemos la posibilidad de familiarizarnos con ella, de recibir la experiencia de la Jaris de Dios y de unirnos con Él.
En nuestra Iglesia Ortodoxa está probado y asegurado el camino de la “psicoterapia” sanación y de la salvación. Es la Iglesia de los Profetas, de los Apóstoles, de los Padres, de los Mártires y de los Santos, hasta los últimos santos, como san Nectario el Milagroso (y ahora san Paísios el Athonita, san Porfirio y san Jakobo Tsalikis).
Es la Iglesia que guarda la enseñanza del Evangelio inalterada y no falsificada, sin tergiversar nada -ni una palabra ni una coma- desde hace dos mil años, aunque terribles y maniáticos herejes hayan luchado contra ella y continúen haciéndolo.
Recordad cuántos herejes combatieron contra nuestra Iglesia Ortodoxa durante siglos. Y no sólo enemigos como los pentecostales; incluso emperadores con ejércitos y con poder mundano intentaron destruirla, y no pudieron.
Ni siquiera la iconoclasia —la guerra contra los iconos—, que duró ciento treinta años, pudo derrumbar la Ortodoxia. Miles fueron los mártires de la Iglesia. Sin embargo, la Iglesia nunca fue vencida. Aunque algunos quieran presentarla como abatida, ¡cuanto más la combaten, más se fortalece y resplandece!
Así pues, dentro de nuestra Iglesia existe la Jaris, la energía increada del Espíritu Santo. En nuestra Iglesia existen santos hasta el día de hoy.
Los cuerpos de muchos santos permanecen incorruptos, intactos; exhalan mirra perfumada y realizan milagros. ¿Dónde más ocurre esto? ¿En qué herejía o en qué “iglesia” sacan de la tumba cuerpos que emanen perfume?
Quizá habréis oído que los osarios de la Santa Montaña del Athos exhalan perfume, porque entre los huesos de nuestros padres hay huesos de monjes santos. Estas cosas ocurren debido a la presencia del Espíritu Santo.
Además, sólo el agua bendita de los ortodoxos permanece incorrupta. Aquellos que tenéis agua bendita en vuestras casas sabéis que, por mucho tiempo que pase, nunca se estropea.
*****
¡Esta es nuestra fe, la verdadera y ortodoxa!
¿Por qué dejar esta fe y seguir a unos americanos neo-iluminados “salvadores”, que creen que a partir de ellos empieza la Iglesia? ¡Pensad en la exaltación demoníaca que esto implica! La Iglesia existe desde hace 2000 años, y ellos afirman que, a partir de ellos -los pentecostales y otros heréticos- comienza la auténtica fe.
Si otros pueblos tienen algún atenuante, aunque sigan
herejías, para nosotros, los ortodoxos helenos que tenemos esta bella Παράδοσις*
(Parádosis: Transmisión y entrega, Tradición), con tantos santos, tantos
monasterios, tantas santas reliquias, tantos iconos milagrosos, tantos mártires
y padres, ¿existe algún eximente o justificación? *(https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)
Nuestra separación y alejamiento de la Ortodoxia constituye una terrible e
imperdonable apostasía del Dios de nuestros Santos Padres.
El diablo, mediante las herejías, intenta destruir la Iglesia. Pero al final, esto se vuelve en su contra. Cree que dañará a Cristo, a la Iglesia y a los cristianos, cuando los ataca, pero, al fin y al cabo, él mismo se destruye. El Santo Dios, mediante la guerra que hace el diablo contra la Iglesia Ortodoxa, logra un gran beneficio para nosotros: los ortodoxos se consolidan en la fe, surgen nuevos mártires, testigos, confesores y grandes teólogos y defensores de la fe ortodoxa.
En el siglo XIV, el monje occidental Barlaam (escolástico, filósofo aristotélico, soberbio intelectual y espiritualmente) atacó la enseñanza ortodoxa sobre las energías divinas y la Luz Increada, tal como se vivía en la Santa Montaña Athos. Dios destacó entonces al santo monje aghiorita Gregorio Palamás como gran teólogo y Didáscalos (maestro) de la fe ortodoxa.
Así pues, si no existiera la herejía de los pentecostales, no nos reuniríamos todos aquí ni profundizaríamos en nuestra fe. No haríamos la confesión de nuestra Fe Ortodoxa. Observad cómo, finalmente, lo que los heréticos quieren hacer contra la Iglesia Ortodoxa se vuelve en su contra y contra el mismo diablo. Como dice el apóstol Pablo: “Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones y distintas opiniones, a causa de vuestra debilidad humana, para que se hagan manifiestos los que son de virtud probada y entre vosotros los elegidos” (1 Cor 11,19). Debe de haber también herejías, para que se vean los consolidados y estables en la fe.
Ahora, nuestra Santa Iglesia es atacada por el ateísmo, la sarcolatría (idolatría del cuerpo-carne), y las herejías difundidas por radios, televisiones, periódicos, internet u otros medios. Ha llegado el momento en que los creyentes y verdaderos cristianos ortodoxos, luchadores y confesores de nuestra fe, darán testimonio de la auténtica Fe Frtodoxa.
En estos momentos críticos, aquel cristiano ortodoxo que guarda la fe en Cristo recibirá gran bendición y abundante recompensa espiritual del Santo Dios. Esto se debe a que, en esta época malastuta, corrompida y tergiversada, el cristiano ortodoxo no se deja arrastrar por la idolatría contemporánea ni por falsos dioses, nn declinó sus rodillas delante de ellos, sino que permanece firme e inamovible en nuestra Santa Fe Ortodoxa.
Esperemos que ningún heleno, ni ningún ortodoxo de otro país, se convierta en un traidor como Judas, apóstata o desertor de nuestra Santa Fe Ortodoxa. Y aquellos que, por sinergia cooperación con el malastuto, se dejaron seducir y arrastrar por engaños y herejías, sean iluminados por Dios y vuelvan a nuestra Santa Fe Ortodoxa, para hallar esperanza de sanación y salvación.
Puede ser que seamos todos pecadores, pero cuando estamos dentro de nuestra Santa Iglesia Ortodoxa, tenemos esperanza de sanación y salvación. Por el contrario, aunque seamos “justos” fuera de la Iglesia, no hay esperanza de salvación. Dentro de la Iglesia practicamos la metania (conversión, introspección, arrepentimiento y confesión), nos confesamos, nos perdonamos a nosotros mismos y a los demás, y Dios se compadece y tiene misericordia de nosotros.
Fuera de la Iglesia, ¿quién nos sanará y salvará? ¿Qué Espíritu Santo perdonará nuestras faltas y pecados, y qué Iglesia rezará por nuestras psiques-almas tras la muerte? Aquel ortodoxo que muere en la fe ortodoxa tiene esperanza de salvación. Quien abandona la Iglesia, aunque crea realizar buenas obras, carece de esperanza de salvación.
Por eso, hermanos, permanezcamos en nuestra Iglesia Ortodoxa, fieles e inamovibles, con santo ímpetu hasta el final, para que todos tengamos, mediante la Jaris, la energía increada de Dios, y la bendición de nuestra Παναγία Panayía, esperanza de salvación.
†Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriu en el Monte Athos
Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/








1 comentario
YGM
17 abril, 2026, a las 12:54 am (UTC 0) Enlace a este comentario
Buenos días,
Este blog es una maravilla. Muchísimas gracias por el compartir.
Que Dios nos Bendiga