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Abr 20 2025

«Condenados a ser inmortales» San Justino Popović

«Condenados a ser inmortales»

San Justino Popović

¡!!Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti Cristo ha resucitado!!!

Los hombres condenaron a Dios a la muerte; pero el Dios por Su Resurrección “condena” a los hombres a la inmortalidad.

A los golpes respondió con abrazos;

a los insultos, con bendiciones;
a la muerte, con la vida eterna.

Nunca los hombres mostraron tanto odio hacia el Dios como cuando Le crucificaron; y nunca el Dios ha mostrado tanta agapi (amor, energía increada) hacia los hombres, que cuando resucitó.

Los hombres quisieron hacer a Dios mortal, pero el Dios, mediante Su Resurrección, los hizo inmortales.

Resucitó el Dios crucificado y mató a la muerte. La muerte esencialmente ya no existe. La inmortalidad inundó al hombre y todos sus mundos.

Por la Resurrección del Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) la naturaleza humana fue conducida irrevocablemente por el camino de la inmortalidad, y se ha convertido terrible para misma muerte.

Porque antes de la Resurrección de Cristo la muerte era temida y terrible por el hombre, pero desde de la Resurrección se vuelve el hombre terrible para la muerte.

Si el hombre vive por la fe en el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos), vive por encima de la muerte. Se vuelve invulnerable e intocable incluso ante la muerte.

La muerte se convierte en “estrado de Sus pies”: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh Hades, tu victoria?» (cf. 1Cor 15:55-56). Así, cuando el hombre en Cristo muere, simplemente deja el vestido de su cuerpo para volver a vestirlo el día de la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia Venida.

Hasta la Resurrección del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo, la muerte era la segunda naturaleza del hombre. La primera era la vida, y la muerte, la segunda.

El hombre se había acostumbrado a la muerte como algo natural. Pero con Su Resurrección el Señor lo cambió todo: la inmortalidad se convirtió en la segunda naturaleza del hombre, en algo natural para él, y la muerte se volvió lo antinatural.

Tal y como antes de la Resurrección de Cristo era natural para los hombres ser mortales, así después de la Resurrección se volvió natural para ellos la inmortalidad.

Por el pecado, el hombre se volvió mortal y finito; por la Resurrección del Dios-Hombre, se vuelve inmortal y eterno.

Exactamente en esto reside precisamente la fuerza, el poder, la autoridad y la omnipotencia de la Resurrección de Cristo. Por ello, sin la Resurrección de Cristo ni siquiera existiría el Cristianismo.

Entre todos los milagros, la Resurrección del Señor es el mayor milagro. Todos los demás milagros emanan y son resumidos en este.

De este milagro brotan y emanan la fe, la ἀγάπη (agapi: amor desinteresado, emoción de la energía increada divina), la esperanza, la oración y la piedad en Dios.

Los discípulos fugitivos, aquellos que se alejaron de Jesús cuando estaba muriendo, regresan a Él cuando resucitó.

Y el centurión romano al ver a Cristo resucitado del sepulcro, lo confesó como Hijo de Dios.

De la misma manera también los primeros Cristianos se hicieron Cristianos, porque Cristo resucitó y porque venció la muerte.

Esto es algo que ninguna otra religión tiene; esto es lo que de manera única e indiscutible muestra y prueba que el Jesús Cristo es el único Dios verdadero y Señor en todos los mundos visibles e invisibles.

Gracias a la Resurrección de Cristo, gracias a la victoria sobre la muerte, los hombres se hacían, se hacen y se irán haciendo siempre Cristianos.

Toda la historia del Cristianismo no es otra cosa que la historia del uno y único milagro extraordinario: el de la Resurrección de Cristo, que continúa incesantemente en todos los corazones de los Cristianos, de día en día, de año en año, de siglo en siglo, hasta la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida).

El hombre nace verdaderamente, no cuando su madre lo da a luz y lo trae al mundo, sino cuando cree en el Salvador Resucitado Cristo, porque entonces nace en la vida inmortal y eterna, en cambio la madre da a luz a su hijo hacia la muerte, para la tumba.

La Resurrección de Cristo es la madre de todos nosotros, de todos los Cristianos, la madre de los inmortales.

Por la fe en la Resurrección del Señor, nace de nuevo el hombre, nace para la eternidad.

– ¡Esto es imposible!- dice el escéptico.

Y el Resucitado Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) le responde:

“Todo es posible para quien cree” (Mr 9,23). Y el que cree con todo su corazón, con toda su psique y con todo su ser, es que vive según el Evangelio del Señor Resucitado Jesús Cristo.

Nuestra fe es la victoria por la cual vencemos la muerte, es decir, la fe en el Resucitado Señor.

«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» «El aguijón el centro de la muerte es el pecado”» (1Cor 15, 55-56).

 Con Su resurrección, el Señor “desafiló y destruyó el centro de la muerte”.

La muerte es la serpiente y el pecado es su aguijón.

Por el pecado, la muerte inyecta el veneno en la psique-alma y el cuerpo del hombre. Cuantos más pecados tiene un ser humano, tantos más son los aguijones y los canales por los cuales la muerte vierte su veneno en ella.

Cuando una avispa pica al hombre, este hace todo lo posible para sacar el aguijón de su cuerpo.

Sin embargo, cuando le pica el pecado –el aguijón de muerte- ¿qué debe hacer?

Debe con la fe y la oración invocar al Resucitado Salvador Cristo, para que Él mismo extraiga ese aguijón de su psique-alma.

Y Él como muy caritativo y misericordioso lo hará, porque es Dios de la Misericordia (increada) y de la Ἀγάπη (Agapi: amor incondicional, increada).

Cuando muchas avispas atacan y llenan el cuerpo de aguijones dejándolo lesionado gravemente, entonces el hombre se envenena y muere.

Lo mismo pasa también con la psique-alma del hombre cuando es lesionado por muchos aguijones de los pecados. Así tiene una muerte sin resurrección.

El hombre con Cristo venciendo el pecado de su interior, también vence la muerte.

Si ha pasado un día y tú no has vencido ni un pecado, ten por seguro que ese día te hiciste un poco más mortal. ¡Pero si has vencido uno, dos o tres pecados tuyos, te volviste más joven con esa juventud que no envejece: la inmortal y eterna!

No olvidemos jamás que: cuando uno cree en el Cristo Resucitado, esto significa que lucha constantemente contra el pecado, el mal y la muerte.

La verdadera fe en el Resucitado se demuestra en la lucha diaria contra el pecado y los πάθος pazos.

Y si luchas, entonces debes conocer que lo haces por la inmortalidad y la vida eterna; pero si no luchas, ¡entonces tu fe es vana! Porque, si la fe del hombre no es la lucha para la inmortalidad y la eternidad, ¿entonces qué es?

Si con la fe en Cristo uno no llega a la victoria sobre el pecado y la muerte, entonces, ¿qué sentido tiene nuestra fe?

Si el Cristo no ha resucitado, esto significa que el pecado y la muerte no han sido vencidos. Y si no han sido vencidos, entones ¿por qué creer en Cristo?

Pero aquel que, por la fe en el Cristo Resucitado, lucha y combate contra cada uno de sus pecados, este refuerza gradualmente en lo profundo de su ser, la percepción, el sentido y sentimiento que el Señor verdaderamente ha resucitado, verdaderamente ha destruido el aguijón de la muerte y realmente ha vencido en todos los frentes de la batalla.

El pecado reduce gradualmente la psique-alma del hombre y la acerca hacia la muerte, la transforma de inmortal en mortal, de incorruptible y eterna en limitada, corruptible y perecedera.

Cuando más pecados tiene el hombre, más mortal es.

Y si el hombre no se siente en sí mismo como inmortal, está claro que está hundido en los pecados, en pensamientos lúgubres y en sentimientos mortificados.

El Cristianismo es una llamada hasta el último respiro de la lucha contra la muerte, es decir, hasta la victoria definitiva sobre ella. Cada pecado es una retirada y cada πάθος pazos es una traición y cada maldad una derrota.

Y que nadie se pregunte por qué también los cristianos mueren físicamente: porque la muerte del cuerpo es una siembra. «Se siembra un cuerpo mortal», dice el Apóstol Pablo (cf. 1Co 15, 42 ss.), y brota, crece y se convierte en inmortal.

Igual que la semilla sembrada, así también el cuerpo se disuelve, para vivificarlo y perfeccionarlo el Espíritu Santo.

Si el Señor Jesús no hubiera resucitado el cuerpo, ¿qué beneficio habría obtenido éste de Él? Si Él no ha resucitado el cuerpo, no habría salvado al hombre entero.

Si no resucitó el cuerpo, entonces ¿para qué se encarnó, para qué asumió un cuerpo, si no le otorgó nada de Su Deidad o Divinidad? (San Juan el Crisóstomo, comentario a la Epístola a los Corintios).

Si el Cristo no ha resucitado, ¿por qué entonces creer en Él? Yo, sinceramente, confieso que yo jamás habría creído en Cristo si no hubiera resucitado y vencido a la muerte, nuestro mayor enemigo.

Pero el Cristo ha resucitado y nos ha regalado la inmortalidad.

Sin esta verdad, nuestro mundo no es más que una caótica exposición de absurdos repugnantes y tonterías odiosas.

Solo por Su gloriosa Resurrección el admirable Señor y Dios nuestro, nos ha liberado del sinsentido, de lo paradójico y de la desesperación.

Porque, sin la Resurrección, no hay en el cielo ni bajo el cielo algo más absurdo que este mundo, ni mayor desesperación que la vida sin inmortalidad.

Por eso, en todos los mundos, no hay existencia más desgraciada que el hombre que no cree en la Resurrección de Cristo y en la resurrección de los muertos (cf. 1 Co 15, 19): «¡Más le valdría no haber nacido ese hombre!» (Mt 26, 24).

En nuestro mundo humano, la muerte es el mayor tormento, y la más espantosa y horrible inhumanidad.

La liberación de este tormento y de esta inhumanidad es precisamente la salvación.

Este tipo de salvación ha regalado al género humano únicamente el Vencedor de la muerte – el Resucitado Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre).

A través de Su Resurrección Él nos ha apocaliptado-revelado todo el misterio de nuestra salvación.

Salvación significa asegurar para el cuerpo y la psique-alma la inmortalidad y la vida eterna.

¿Pero cómo se consigue esto?

¡Sólo por medio de la vida divino-humana, la nueva vida en el Resucitado y por el Resucitado Cristo!

Para nosotros los Cristianos, esta vida en la tierra es una escuela, en la cual aprendemos cómo asegurar la inmortalidad y la vida eterna.

Porque, ¿qué beneficio tenemos de esta vida, si con ella no podemos asegurar la eterna?

Pero, para que el hombre resucite con Cristo, debe primero morir con Él y vivir la vida de Cristo como su propia vida.

Si hace esto, entonces en el día de la resurrección podrá decir junto con san Gregorio el Teólogo: “Ayer fui co-crucificado con Cristo, hoy soy co- glorificado con Él, ayer estaba muriendo, hoy revivo; ayer estaba sepultado con Él, hoy resucito con Él” (Logos en la Pascua).

En solo cuatro palabras se resume todo el contenido de los cuatro Evangelios de Cristo:
¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti! – ¡Ἀληθῶς Ἀνέστη alizós anesti!

En cada una de estas palabras se halla uno de los Evangelios, y en los cuatro Evangelios se encuentra el sentido y significado de todos los mundos de Dios, visibles e invisibles. Y cuando todos los sentidos, sentimientos y pensamientos del hombre se concentran en el trueno de este saludo pascual: «Χριστός Ἀνέστη Cristo ha resucitado!», entonces la alegría de la inmortalidad sacude a todos los seres, y ellos, con júbilo y gozo responden confirmando el milagro pascual: «¡!!Ἀληθῶς Ἀνέστη verdaderamente ha resucitado!!!»

¡Sí, es verdad, el Señor ha resucitado! y testigo de esto eres tú, yo y cada Cristiano, empezando por los santos Apóstoles hasta la Segunda Παρουσία Parusía.

Porque sólo el poder, potencia y energía increada del Resucitado Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo fue capaz de dar, -y da continuamente y seguirá dando- la potencia y energía increada a cada Cristiano, desde el primero hasta el último, para vencer todo lo mortal y la misma muerte, todo lo pecaminoso y al mismo pecado, todo lo demoníaco y al mismo diablo.

Porque sólo con Su Resurrección el Señor, mostró y demostró de la manera más convincente que Su vida es Vida Eterna, Su verdad es Verdad Eterna, Su agapi-amor es Agapi-Amor Eterna, Su bondad es Bondad Eterna, Su alegría es Alegría Eterna.

Y también mostró y demostró que todo esto lo concede Él, por Su incomparable filantropía y amor al ser humano, a todo cristiano de todas las épocas.

Por eso, no existe ningún acontecimiento, no sólo en el Evangelio, sino tampoco en toda la historia del género humano, que esté tan sólidamente atestiguado, tan indiscutiblemente y tan irrebatiblemente confirmado como la Resurrección de Cristo.

Sin duda, el Cristianismo en toda su realidad histórica, su fuerza y omnipotencia histórica, está fundamentado en el acontecimiento de la Resurrección de Cristo, es decir, la eternamente viva Hipostasis-Persona (base subsistencial) del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo.

Y de esto da testimonio toda la larga y siempre milagrosa historia del Cristianismo.

Porque si hay un acontecimiento en el cual sería posible resumir todos los acontecimientos y hechos de la vida del Señor, de los Apóstoles y generalmente de todo el Cristianismo, ese acontecimiento es la Resurrección de Cristo.

Además, si hay una verdad en la que puedan resumirse todas las verdades evangélicas, esa verdad sería la Resurrección de Cristo.

Y si hay una realidad en la que puedan resumirse todas las realidades del Nuevo Testamento, esa realidad sería la Resurrección de Cristo.

Y finalmente si hay un milagro Evangélico en el cual puedan resumirse todos los milagros del Nuevo Testamento, ese milagro sería la Resurrección de Cristo.

Porque sólo en la luz increada de la Resurrección de Cristo, se destaca admirablemente también la persona del Θεάνθρωπος Dios y hombre Jesús Cristo y Su obra.

Sólo en la Resurrección de Cristo se explican y se esclarecen plenamente todos Sus milagros, todas Sus verdades, todos Sus logos y todos los acontecimientos del Nuevo Testamento.

Hasta Su Resurrección, el Señor enseñaba acerca de la vida eterna, pero después de Su Resurrección mostró realmente que Él mismo es la vida eterna.

Hasta Su Resurrección, el Señor enseñaba sobre la resurrección de los muertos, pero con Su propia Resurrección mostró que Él mismo realmente es la Resurrección de los muertos.

Hasta Su Resurrección enseñaba que la fe en Él transfiere de la muerte a la vida, pero con Su Resurrección demostró que Él mismo venció la muerte y aseguró para los muertos esa transición de la muerte a la Resurrección.

Sí, sí, sí: el Θεάνθρωπος Dios-Hombre Jesús Cristo con Su Resurrección, mostró y demostró que Él es el único verdadero Dios, el único verdadero Θεάνθρωπος Dios-Hombre en todos los mundos humanos.

Y algo más: sin la Resurrección del Θεάνθρωπος Dios-Hombre no puede explicarse ni la misión o apostolidad de los Apóstoles, ni el martirio de los Mártires, ni tampoco la confesión de los Confesores, ni la santidad de los Santos, ni la ascesis de los Ascetas, ni el don de hacer milagros de los Taumaturgos, ni la fe de los creyentes, ni la agapi-amor desinteresado de los que aman, ni la esperanza de los desesperanzados, ni el ayuno de los que ayunan, ni la oración de los que oran, ni la apacibilidad de los apacibles, ni la μετάνοια metania (arrepentimiento, conversión) de los que están en metania, ni la caridad ni cualquier otra virtud cristiana o práctica-ascesis.

Si el Señor no hubiera resucitado, y como Resucitado no hubiera llenado a sus discípulos con el poder y la energía vivificante y la sabiduría milagrosa, ¿quién habría podido reunir a esos hombres atemorizados y fugitivos, y darles el valor, la fuerza y la sabiduría para que pudieran predicar y confesar con tanto coraje, poder y sabiduría al Señor Resucitado, y marchar con tanta alegría hacia la muerte por Él?

Y si el Señor Resucitado no los hubiera colmado con Su sabiduría, fuerza y energía increada, ¿cómo podrían encender el fuego inextinguible de la fe del Nuevo Testamento aquellos hombres simples analfabetos, ignorantes y pobres?

Si la fe Cristiana no fuera la fe en el Resucitado y en consecuencia, en el Señor eterno vivo y vivificador, ¿quién podría haber inspirado a los Mártires a emprender el combate del martirio, y a los Confesores el de la confesión, y a los Ascetas el de la ascesis, y a los Anárgiros (sin dinero, plata) el de la gratuidad, y a los que ayunan el de la abstinencia y la templanza, y a cualquier cristiano en cualquier hazaña y lucha evangélica?

Todas estas cosas, pues, son verdaderas y reales para mí, para ti y para toda existencia humana.

Porque el admirable, maravilloso y dulcísimo Señor Jesús Cristo, el Resucitado Θεάνθρωπος Dios-Hombre, es el único Ser bajo el cielo con quien el hombre, aquí en la tierra, puede vencer tanto a la muerte como al pecado y al diablo, y hacerse bienaventurado, feliz e inmortal, partícipe en la Eterna Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de la Agapi-Amor incondicional de Cristo…

Por eso, para la existencia humana, el Resucitado Señor es todo en todos los mundos: Él es lo Bello, lo Bueno, lo Simpático, lo Favorito, lo Feliz, lo Alegre, lo Divino, lo Sabio lo Eterno, lo Increado y el triunfo.

Él es toda nuestra Agapi, toda nuestra Verdad, toda nuestra Alegría, toda nuestra Bondad, toda nuestra Vida y la Vida Eterna e Increada en todas las eternidades y dimensiones divinas.

¡Por eso, una vez más, y muchas veces, y en innumerables ocasiones:

¡!!Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti Cristo ha resucitado!!!

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

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