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Abr 19 2025

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Liberación de la muerte y la resurrección

Por el Yérontas Georgios Kapsanis, Monasterio San Gregorio del Monte Athos

 

¡!!Cristo ha resucitado Χριστός ἀνέστη, Jristós anesti!!!

¡!!En verdad ha resucitado Ἀληθῶς ἀνέστη, alizós anesti!!!

 

Mensajes sobre la fiesta de Pascua, extractos de varias homilías

Prólogo

Con el conocido himno del Pentecostarion: «Hemos contemplado la Resurrección de Cristo, alabamos al Santo Señor Jesús el único sin pecado…» Estamos llamados los creyentes que hemos visto al Resucitado Señor a alabarle, reverenciarle, cantarle y glorificarle. Es posible que no lo hayamos visto con los ojos del cuerpo, pero, dado que lo vieron «…los que desde el principio fueron testigos oculares y se convirtieron después en ministros del Logos» (Lc 1,2), «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó con muchas pruebas evidentes de que estaba vivo, dejándose ver ante ellos durante cuarenta días y hablándoles de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios» (Hec 1,3), Le vemos también nosotros con los ojos espirituales de nuestra psique-alma.

Es igualmente significativo el hecho de que en la Santa Montaña Athos, el oficio de la Resurrección empieza con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque en este libro contemplamos de una manera particular los admirables hechos de la nueva Iglesia fundada por Cristo, la δύναμις (dinamis: poder, potencia y energía increada) del Resucitado Señor.

Todo el edificio de nuestra santa Iglesia está edificado sobre esta piedra angular que es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) Cristo. Y el Señor manifiesta y revela claramente que es el Θεάνθρωπος, -el único Θεάνθρωπος-, principalmente por el hecho de Su Resurrección. Con Su muerte mostró que es hombre perfecto, y con Su Resurrección que es perfectísimo Dios.

La Iglesia de Cristo no es religión, como son las demás religiones que se han creado por los hombres; no es filosofía, ni una fe en dioses inexistentes transcendentales o en hombres deificados. Es el cuerpo de Cristo, el Crucificado y Resucitado. Es el edificio cimentado «sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien todo edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (Ef 2,20-21). La fe de ellos que «nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesús Cristo» (1Cor 3,11), el Crucificado y Resucitado, fue confirmada por los santos Apóstoles, los Mártires, los Confesores, los Santos, los Justos, los creyentes y piadosos Cristianos a lo largo de los siglos con su propia sangre, sus esfuerzos ascéticos, el martirio de sus conciencias y sus vidas prudentes y obedientes hacia los santos mandamientos (logos o principios espirituales) del Señor.

Así nosotros, también siguiendo sus huellas, podemos ver al Resucitado Señor, reverenciarle y alabarle con gemidos inefables de nuestro corazón, predicarle y proclamarlo con nuestros labios, y, sobre todo, con nuestra vida, como el único Santo, el único Señor y el único Dios verdadero, que nos ha redimido de nuestros grandes enemigos: el diablo, el pecado y la muerte.

Gracias al Resucitado Señor redescubrimos también el sentido y significado de nuestra vida, la cual, sin Él, según san Justino Pópovits, no es más que «una exposición caótica de tonterías y absurdidades repulsivas». Por eso, sólo Él es nuestra salvación y la esperanza de este mundo tan sufriente y torturado.

Esta pequeña colección está constituida de mensajes Pascuales de nuestro Monasterio, es una humilde ofrenda a nuestros hermanos “en Cristo”.

Deseamos y bendecimos que este escrito humilde y sencillo nos ayude a todos a vivir en μετάνοια metania a la luz del Resucitado Señor y hacernos dignos, tras nuestra salida de esta vida, de disfrutar y gozar la Pascua del «día sin crepúsculo de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Cristo Dios». (Pascua 2005)

Hemos contemplado la resurrección de Cristo (Pág. 17

Creemos y confesamos que el más que filántropo (amigo del hombre) Señor nuestro «se entregó a la muerte por nuestras faltas, pecados y ha resucitado para nuestra justificación» (Rom 4,5).

Creemos y confesamos que el Resucitado Señor es el único Salvador de los hombres, porque es el único que con independencia venció la muerte y se hizo «el primogénito de los muertos» (Col 1,18) y «como primicia de los que se han dormido o muerto» (1Cor 15,20).

Nuestra co-resurrección con Cristo (Pág. 60)

Se ha dicho que el único benefactor del género humano es el Señor Jesús Cristo, porque sólo él nos libera de nuestro mayor enemigo: la muerte. Todos los demás benefactores ofrecen algo, pero su ofrenda es provisional, es útil sólo para la vida terrenal, en cambio, el Resucitado Señor nos regala la vida eterna, y por eso es el único Salvador nuestro.

El Θεάνθρωπος (Zaeántropos Dios-Hombre) contesta al hombre (Pág. 9)

El hombre tiene necesidades espirituales profundas: la necesidad de amar y ser amado con la agapi (amor desinteresado); la necesidad de perpetuar su especie y, sobre todo la necesidad de superar, vencer la muerte; también necesita sentir el perdón de sus pecados, que, conscientes o inconscientes, generan remordimiento, ansiedad y angustia, envenenando su vida. Finalmente, su anhelo de trascendencia despierta el deseo de superar la convencionalidad y relatividad, y a extenderse hacia lo infinito y absoluto.

A estas necesidades responde la persona y la obra del Zeántropos (Dios-hombre) Salvador Cristo, especialmente mediante Su muerte en la Cruz y Su Resurrección.

Pág 10. A la necesidad básica del hombre por su inmortalidad, el Señor responde con Su Resurrección. Con Su muerte vence nuestra muerte y nos regala resurrección y vida eterna. Al himno condensado de la Iglesia: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, por la muerte pisoteó la muerte y los que están en las tumbas les regaló la vida», se anuncia el acontecimiento mayor de la historia: la victoria suprema del mundo.

Aquel que coparticipa en la agapi del Crucificado Jesús Cristo, coparticipará en Su victoria contra la muerte. El que que está privado de esta experiencia, está llamado a hacerlo, probarla, y estoy seguro de que sentirá como suya esta realidad: la de su victoria sobre la muerte y la vida eterna con Cristo. La nube oscura de la muerte se disolverá por la supra-esplendorosa luz de la Resurrección de Cristo.

Pascua, pase de la muerte hacia la vida (1994 Pág. 54).

Todo el misterio de nuestra Fe Ortodoxa, de acuerdo con el maestro universal, el Apóstol Pablo, se resume en el misterio de la Resurrección de nuestro Cristo. Dice el santo Apóstol: «Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe…» (1Cor 15,17). Y eso, porque el mundo tiene muchos maestros, muchos fundadores de religiones (pero sus huesos están ela tumbas). Pero el redentor que resucitó al hombre de la muerte, sólo tiene uno, nuestro Salvador Cristo.

Por eso sólo el Señor Jesús Cristo, el Crucificado y Resucitado es el redentor de los hombres. Por consiguiente, nosotros solamente adoramos a Él adoramos, creemos, seguimos, glorificamos y alabamos. Sólo Él y nadie más, por muy sabios y virtuosos que hayan sido otros, no pudieron resucitar de entre los muertos ni redimir al hombre de su peor enemigo: la muerte.

La cuestión de la sanación y salvación del hombre no consiste simplemente en hacerse más ético, ni en aplacar a Dios para conseguir un indulto, un salvoconducto. Nuestra sanación y salvación está en que el hombre pueda, estando muerto, vivificarse (despertar espiritual) y resucitar. Por lo tanto, sólo aquel que vivifica al hombre es el Salvador y Redentor de los hombres.

Éste pues, nuestro Señor, ofrece en toda la humanidad la vivificación. Primero toma al hombre muerto y le vivifica (espiritualmente). Y con esta resurrección espiritual, le resucita somáticamente, corporalmente también en Su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, venida).

Creemos firmemente que esta segunda resurrección es un acontecimiento indudable, porque proviene de la alianza de esta Resurrección, que es la Resurrección espiritual. Los que por la Jaris increada de Dios, se hacen partícipes desde esta vida en la primera Resurrección, (la espiritual), no solo tienen la esperanza, sino la certeza de la segunda: la corporal.

En paralelo, el Señor nos ha dado también muchas demostraciones tangibles de que realmente el cuerpo del hombre santo se glorifica, no se corrompe, resucita también, antes de la futura resurrección junto con el Resucitado Señor. Por eso, también, las santas reliquias tienen puntos de incorruptibilidad, perfuman, hacen milagros y permanecen siglos inalterados sin gastarse y se convierten en símbolos de la futura gloria que disfrutarán los cuerpos de los Santos, cuando resucitarán durante la Segunda Parusía del Señor.

La cuestión es, cómo el Cristiano podrá hacer la vida de Cristo en su propia vida, de manera que resucite él también. Cómo se convertirá la Resurrección de Cristo, también en su resurrección propia.

Hermanos y Padres:

El Señor no ha dejado en el mundo solamente una enseñanza ética ni unas recetas sociales. Ha dejado Su Cuerpo, el Sí Mismo y a cada uno que quiera resucitar no tiene que hacer otra cosa sino unirse con el Cuerpo del Resucitado Señor. El Cuerpo del Resucitado Señor es la Iglesia. Cada uno que se hace miembro vivo de la Iglesia, inmediatamente recibe la vida de Cristo y la hace su propia vida. Por lo tanto, cuando vivimos dentro de la Iglesia, luchamos con humildad y oración, coparticipamos en los santos Misterios y especialmente de la divina Efjaristía (Eucaristía) que es el Cuerpo y Sangre de Cristo, adquirimos esta experiencia de vivificación de nuestro cuerpo mortal, que es el paso de la muerte a la vida. Esto es la verdadera Pascua. Porque Pascua quiere decir paso, paso de “la muerte hacia la vida.”

Cada vez que el Cristiano ora con humildad y agapi hacia Dios, realiza un traspaso, un paso desde el egoísmo a la participación en la vida divina. Cada vez que el Cristiano vence su propia voluntad egoísta, apasionada y mal astuta y hace la santa voluntad de Dios, realiza un traspaso, paso de la muerte hacia la vida. Cada vez que el Cristiano comulga el Cuerpo y Sangre de Cristo, entonces realiza el mayor de todos los pasos: de la muerte a la vida.

Estos grandes y gloriosos misterios de nuestra vivificación e inmortalidad existen dentro de nuestra santa Iglesia Ortodoxa, y es una pena, hermanos míos, no aprovecharlos, ignorarlos o abandonarlos, no valorizarlos para nuestro beneficio, salvación y plenitud.

Es triste que hoy, mientras todos estamos espiritualmente asfixiados y principalmente nuestra juventud al igual que muchos adultos sensibles, ignoremos o neguemos en conectarnos con el Jefe de la vida, el Salvador Jesús Cristo, y no decidimos hacer Su vida, nuestra vida, de manera que pasemos de la muerte a la vida. Y mientras existe el Vivificador Cristo, nuestra alegría, gozo y paz, nosotros preferimos morir en la soledad, la ansiedad, la angustia, el vacío y la falta de significado y sentido en nuestra vida.

Humildemente deseo a todos los festejan con nosotros, y en nombre también de parte de los hermanos de nuestro Monasterio (san Gregorio de Athos) que, en esta santa noche de Resurrección, durante la cual “todo se colma de luz, el cielo, la tierra y los abismos infernales”, se realice este traspaso en todos nosotros, esta pascua, el traspaso de la muerte hacia la vida. Que creamos y amemos más a Cristo. Unirnos con Cristo, de manera que nuestra vida se convierta en vida de Resurrección.

Entonces ya no tendremos miedo a la muerte somática o biológica. Porque el que se ha unido con el Señor Resucitado, no tiene miedo a la muerte corporal, porque ya ha pasado de la muerte a la vida. Ya se ha resucitado y ya ha entrado en la Realeza increada de Dios.

Deseo, una vez más, que el Resucitado Señor nos conduzca en Su unión, consolar nuestros corazones, llenarnos todos de Su Jaris (gracia, energía increada, regalarnos la iluminación de la teognosia (conocimiento de Dios), de manera que estemos unidos junto a Él.

Finalmente deseo que nuestra vida esté siempre plena de luz y alegría resucitante.

El Señor ha reinado (Pág 15).

Separados del Señor resucitado, el sabor amargo de la muerte nos invade. Nuestra cultura, al negar al Resucitado, se autocondena a ser una cultura de muerte.

Ni los disfrutes ni placeres, ni los logros, ni nuestras exaltaciones humanas pueden vencer la ley de la corrupción total. Sentimos la muerte reina sobre nosotros y nos inunda.

Pero mientras nos acercamos y comulgamos con el Señor Resucitado, sentimos que la muerte ya no nos domina. La fuerza del Resucitado vivifica nuestros miembros, penetra hasta nuestros huesos, nos da paz, jaris (gracia, energía divina) y libertad de la muerte. Nos vestimos nosotros también con Su propia dignidad y Su resplandor.

Cruz y Resurrección (Pág.22)

La Cruz, la Resurrección y los supralógicos Misterios del Logos, nos sacan del parálogo, (contra-lógico o paradójico) del mundo. Nos dan la posibilidad de vivir, en la medida que participamos de ellos, la victoria del Logos sobre lo parálogo, el pecado, la muerte y el diablo.

Hoy todos vivimos el drama del hombre y de nuestras sociedades “culturales”, que, en medio de la abundancia y su autosuficiencia, se están tiranizando por la falta de sentido y significado de su vida. Quiere la alegría, pero no la encuentra, porque rechazan la Cruz y la Resurrección del Crucificado y Resucitado.

Esta sociedad conduce a los jóvenes desesperados hacia las drogas, a los psiquiátricos y al desorden. Así, el hombre contemporáneo está crucificado por la ansiedad, la angustia, el estrés, el nihilismo, la desesperación y la soledad. Esta crucifixión no es la Cruz de Cristo, por ello, carece de esperanza, de resurrección y de alegría.

La crucifixión del infiel trae la muerte.

La crucifixión del fiel en Cristo trae vida y resurrección.

El crucificado y resucitado Jesús, el único Salvador del mundo.

Pág 90. De la Cruz de Cristo emana la absolución de nuestros pecados. La sangre de Jesús Cristo “nos psicoterapia y nos sana de todos los pecados” (1Jn 1,7). Comemos y bebemos Su Cuerpo y Sangre durante la divina Ευχαριστία Efjaristía en absolución de los pecados y la vida eterna.

¿Quién, por muy pecador que haya sido, si se arrepiente y pide el perdón al Crucificado, no recibirá abundantemente la absolución y no sentirá el perdón de Su agapi (amor incondicional e increado)?

Un monje piadoso, ya de mediana edad y próximo a la muerte por una enfermedad incurable, dijo: Con la Jaris de Dios he luchado, tal como debía hacerlo como monje. Pero ahora no tengo esperanza en mis virtudes y mi lucha. Sólo tengo esperanza en la Sangre del Crucificado”.

Un monje budista, Soma Ram Thero, condenado a muerte, pidió ser bautizado la víspera de su ejecución porque, según sus propias palabras, sólo en Jesús Cristo encontró perdón, en ninguna otra religión.

Además, por esto el Señor nos llama a acercarnos a Él, para darnos realmente descanso, perdonando nuestros pecados: Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente(Mat 11,28).

Pág 91. Creemos en el Señor Jesús Cristo, el Θεάνθρωπος (Zeántropos: Dios-Hombre), como nuestro único Salvador y Redentor, porque sólo Él ha vencido la muerte, el pecado y el diablo y por Él y en Él, participamos también nosotros los pecadores en Su victoria y nos hacemos inmortales y eternos.

Los que antes eramos hijos de la muerte, nos hacemos “hijos de la Resurrección” (Lc 20,36). Esta es nuestra alegría, que según el logos del Señor es “completa” (Jn 16,24), es decir, perfecta.

La Cruz y la Resurrección (Pág 23)

La Iglesia es el Cuerpo del Señor Crucificado y Resucitado. La Iglesia lo largo de los siglos ha sido crucificada por los pecados de sus miembros y los ataques de sus enemigos. Pero no muere, porque su Cabeza el Zeántropos (Dios-Hombre) Cristo venció la muerte. El mundo con sus soberanos, el poder mundano, la jerarquía de la Iglesia que algunas veces está conciliada con el poder, la prensa y otros medios, intentan y quieren nuevamente enterrar el Cuerpo de Cristo. Pero esto es imposible. Porque el Resucitado no se puede limitar en ninguna tumba.

Los Cristianos conocen que tienen una cabeza inmortal y, por eso, no desesperan con la agonía de la desesperación. Conocen que Cristo siempre vence a la muerte mediante sus miembros, aunque estos deban enfrentar nuevas crucifixiones por parte de sus “verdugos” contemporáneos. También conocen que los que atacan al Crucificado y Resucitado son los que más le necesitan.

Ayer me co-enterraba contigo Cristo, hoy me co-levanto con Su Resurrección (Pág 49)

La Semana Santa que pasó, se nos ha ofrecido la posibilidad y el poder de crucificarnos místicamente también nosotros y enterrarnos con nuestro Señor. Hoy hemos escuchado en los escritos de los santos: “llevamos a cabo los santos Pazos-Padecimientos del Señor”. No sólo festejamos, sino que realizamos los santos Pazos. No es que nosotros crucifiquemos a Cristo, -así lo entiendo- sino que nosotros nos co-crucificamos con Cristo y sentimos Sus Pazos como nuestros pazos, y Su Cruz como nuestra. Así podemos vivir hoy Su Resurrección como nuestra propia resurrección.

Pág 50. …Realmente, una señal de que nuestra fe es viva y que nos hemos co-enterrado y encontrado con Cristo, es nuestra actitud frente a la muerte. Es decir, no tememos la muerte, como la temen los idólatras y los no creyentes, sino que la miramos con esperanza, puesto que nuestro Señor venció la muerte, ya que nosotros también nos hacemos copartícipes Su muerte y Su Resurrección.

Entonces tenemos alegría verdadera: la Santa Pascua. Porque, ¿cómo uno puede tener alegría si no ha enfrentado la cuestión de la muerte, como también la cuestión de absolución y perdón de los pecados y del destino eterno de su existencia? Cuando estos grandes misterios se resuelven, entonces el hombre puede tener alegría y festejar la Pascua del Señor con gozo, júbilo y felicidad auténtica.

La alegría de la Pascua no viene de las buenas comidas, ni de las diversiones. Con esto intentamos esconder nuestro vacío y nuestra miseria y desgracia. La verdadera alegría de la Pascua brota y emana del sentido profundo de haber sido co-enterrados y encontrados con Cristo, y con Él haber vencido a nuestros mayores enemigos: la muerte, el diablo y el pecado.

Habiendo conseguido estas victorias, podemos alegrarnos en esta vida y sentir la obra de Cristo y tener sentido que realmente Cristo es nuestro redentor. Y nadie más puede ser nuestro Redentor que el vencedor de la muerte, el Señor Jesús Cristo.

San Justino Pópovits dice “el hombre crucificó a Dios y Dios lo condenó a la inmortalidad. Antes de la resurrección de Cristo la muerte era terrible para el hombre, desde la Resurrección de Cristo el hombre se convierte en terrible para la muerte. En su libro “Condenados a ser inmortales” leemos que el Señor vence a la muerte y nosotros podemos vencer a la muerte, mientras venzamos al pecado. Cada vez que pecamos, dice san Justino Pópovits, nos volvemos más mortales. Cada vez que superamos el pecado nos hacemos más inmortales.

Roguemos al Resucitado Cristo a que nos ayude y nos fortalezca en esta lucha por victoria contra el pecado y nuestros pazos, para que también nosotros nos revistamos con la vestidura de la inmortalidad. Y que con Su presencia, que está llena de luz increada, ilumine nuestras psiques-almas, el hombre interior que todos llevamos dentro y que aún conserva zonas oscuras. Cuanto más cerca de Cristo está uno, tanta más luz existe en su interior y menos oscuridad. Sólo los hombres santos, los que se han unido totalmente con Dios han podido expulsar toda oscuridad de su interior y todo su mundo interior sea luz plena.

Depende de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestra lucha, de nuestro clamor al Señor Jesús, pedir al Señor Jesús que entre y habite en nuestro interior, para que expulse las oscuridades y traiga la luz, de manera que todo nuestro mundo interior se llene de Su luz. Entonces seremos dignos de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de la Luz increada sin crepúsculo.

Por la muerte pisoteó la muerte (pág 86)

El hombre contemporáneo absorbido por la multitud de ocupaciones, los programas de la televisión y diversos medios de comunicación y “ocio”, no tiene tiempo para conocerse a sí mismo, a su prójimo, ni a su Dios. Así, también desvía su atención de los problemas existenciales más serios, como el problema de la muerte. Solo cuando muere algún familiar o conocido reflexiona brevemente sobre ella, para luego regresar rápidamente a la rutina diaria.

Las fiestas sobre los divinos Pazos (padecimientos, pasiones) y la santa Resurrección de nuestro Dios, nos ofrecen la ocasión de mirar de frente el acontecimiento de la muerte y afrontarlo con profundidad.

Contemplando la muerte del Señor, comprobamos que la muerte es realidad, la cual también el mismo Hijo de Dios sufrió, experimentó.

Vemos también que su raíz se encuentra en la transgresión y el pecado del hombre: “En cuanto más se alejaba de la vida, más se acercaba a la muerte. “Porque Dios es vida y la privación de la vida es la muerte, Dios no es la causa de los males” (San Basilio, EPE tom 7). Según el aviso del Santo Dios: “El día que comeréis de ello, por la muerte, moriréis” (Gen 2,17).

Cada muerte es trágica, no solo por la separación temporal de quienes amamos, sino también porque es consecuencia y manifestación de nuestra pecaminosidad.

El Señor Jesucristo, impecable y sin mancha, muere por nuestros pecados. Muere voluntariamente por infinita agapi (amor) por nosotros. Su muerte es sacrificio, ofrenda de agapi por la vida del mundo, la sanación y salvación.

Nuestros pecados le han subido a la Cruz. Pero la divina agapi ha venció a la muerte.

A la realidad de la muerte se suma otra realidad aún más poderosa: la Resurrección.

La última palabra que sella al mundo no es el todo “se ha terminado” del Señor, sino el Evangelio (buena noticia) de las Mirroforas (las mujeres que llevan la mirra), que el Señor ha resucitado de los muertos. Esta es también nuestra esperanza y nuestra alegría. Nadie puede arrebatárnosla, a menos que nosotros mismos, por incredulidad o tibieza en la fe, la rechacemos.

Si la agapi de Cristo fue tan fuerte de modo vencer la muerte, también nuestra agapi hacia Cristo vencerá nuestra muerte.

Durante estos días santos, rogamos a nuestro Señor que nos haga dignos de vivir este misterio: mirar cara a cara nuestra muerte y no temerle, porque ha sido vencida por el Señor Crucificado y Resucitado.

La agapi, la esperanza y la alegría del Crucificado y Resucitado Señor deseamos y esperamos que colme también vuestros corazones durante estas santas fiestas, en esta vida presente y en la eterna.

Hermanos

¡!!Cristo ha resucitado Χριστός ἀνέστη, Jristós anesti!!!

 ¡!!En verdad ha resucitado Ἀληθῶς ἀνέστη, alizós anesti!!!

Yérontas Georgios Kapsanis, Monasterio San Gregorio del Monte Athos (Extractos de varias homilías).

 

DOMINGO DE PASCUA LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

παπα Γιώργης Δορμπαράκης       

῾Δεῦτε λάβετε φῶς… Venid a tomar la luz…᾽

En la noche del Sábado Santo, el sacerdote un poco antes de empezar la celebración sobre “la Resurrección de Cristo”, sale de la “Bella Entrada” con una vela encendida tomada del candil imborrable, para proclamar en voz alta al laós-pueblo: “Venid y tomad luz de la luz sin crepúsculo (increada) …” Es decir, no podemos entender la Resurrección de Cristo y mucho menos participar en ella, si antes no recibimos esta luz sin crepúsculo. Ciertamente, no se trata de la luz material de la vela. Esta luz material es un símbolo de la otra luz: la luz increada de Dios, que amaneció –y sigue amaneciendo–en la tumba vacía del Dios resucitado. Es precisamente esta luz (increada) de la resurrección del Señor que ha inundado los universos, como proclama el himno pascual: “¡Ahora todo se ha llenado de luz, en el cielo, en la tierra y en el infierno!

Estamos llamados, pues, de nuestra Iglesia a tomar esta luz y hacernos partícipes de ella. Esto significa que, mientras la Iglesia posee la luz –porque es el Cuerpo de Cristo y Él, como su Cabeza, es la Luz increada del mundo (“Yo soy la luz del mundo”, Jn 8,12)– nosotros estamos en tinieblas o necesitamos aumentar esa luz. Cristo transmite su luz a su Cuerpo, la Iglesia.

El hombre, por sí mismo, se encuentra en oscuridad a causa del pecado, que es tiniebla. Solo mediante la relación con Cristo recibe la luz. Y si todos los hombres tienen algo de luz de Cristo, como creaciones Suyas – pues Cristo es “la verdadera luz (increada) que ilumina a cada hombre que viene al mundo” (Jn 1,9)- cuánto más aún la reciben y poseen aquellos que son sus discípulos: los bautizados en Su nombre, los cuales se han relacionado con Él y se convirtieron miembros Suyos, templos de Su Santo Espíritu.

Los Cristianos, pues, por excelencia se convierten en luz, no por mérito propio, sino por la fuerza del Señor Jesús Cristo. Los Cristianos entienden muy bien que la luz (increada) no es es suya: son iluminados de la luz increada de Cristo.

Así se diferencian del hombre secularizado, mundanizado, quien cree que lo que tiene es suyo y por eso presume y se enorgullece de ello. Para el cristiano vale siempre el logos del apóstol Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7).

Desde esta perspectiva, el cristiano es iluminado a la medida en que es humilde. El sentimiento, sensación y concienciación de que todo es donación de Cristo, le conduce en la plena concienciación de sus restringidos fines y límites creados. El creyente conoce que sin Cristo no es nada (Jn 15,5), oscuridad y pobreza. La luz (increada) de Cristo en su interior, le detiene con temor y por eso lucha por ofrecer a Dios una constante alabanza: “A ti se debe la doxa-gloria y alabanza, Señor Dios nuestro…” es el continuo clamor del Cristiano que vive dentro de la luz increada de Cristo.

Esta luz de Cristo, luz increada de vida eterna, que destruye la corrupción y anula la muerte, es decir, Su Χάρις (jaris: gracia, energía increada) y δοξα (doxa: gloria, luz increada) ilumina especialmente el corazón del hombre, “el hombre escondido del corazón”, como dice el Apóstol Pedro (1 Ped 3,4). Porque allí se encuentra el centro de la existencia psicosomática del hombre. Pero desde allí también se irradia en toda su existencia, incluso al cuerpo. Las reliquias de los santos, su fragancia, su mirra, son señales de la presencia de la luz increada de Dios en todo el ser humano, no solo en su psique-alma. La lucha de san Gregorio Palamás y los sínodos del siglo XIV ratificaron claramente esta verdad. Cuerpo y psique-alma están expuestos a las energías santificantes, sanadoras e increadas de la luz increada de nuestro Dios Trinitario.

Por supuesto, para ver y sentir esta luz y jaris increadas en la psique-alma y en el cuerpo del hombre, es necesaria su catarsis de la psique-alma. Los pazos y las maldades son los obstáculos para recibir la luz increada de Dios. Sin su eliminación, sin la lucha por transformar los malos pazos en pazos divinos, es decir, transformación del egoísmo en agapi (amor desinteresado) no hay participación en la luz increada. Si alguien pretendiera participar de las energías iluminantes e increadas de Dios sin haber trabajado en su catarsis, entonces sentirá a Dios “como fuego consumidor”, como un infierno terrible y abrasador.

En el cánon de la resurrección san Juan el Damasceno señala esta realidad mística. “Limpiemos, sanemos y purifiquemos nuestros sentidos y emociones para contemplar con claridad la luz resplandeciente de la Resurrección de Cristo”. Por tanto, la Resurrección de Cristo constituye también resurrección del hombre, en la medida en que participa de esa luz increada del Cristo resucitado.

No se trata de una expectación exterior y superficial. Hablamos de la unión del creyente con con su propio Dios. Por supuesto, desde la perspectiva de la creación, se trata del camino hacia ser “imagen-icona de Cristo”. San Gregorio de Nisa nos dice: “El Señor no ha bendecido a aquel que sabe algo sobre el Dios, sino a aquel que en su interior tiene a Dios”. 

Desde esta perspectiva el cristiano que lucha vivir con agapi en su vida festeja la Resurrección como un triunfo sobre el ésjato, último-extremo enemigo del hombre, la muerte” (1Cor 15,26): “Día de la Resurrección… abracémonos unos a otros… Perdonemos todo por la Resurrección, y juntos exclamemos:
¡!!Cristo ha resucitado de entre los muertos… Χριστός ἀνέστη ἐκ νεκρῶν…᾽!!!

παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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