
Cómo trabaja el demonio
Por san Paísios, san Porfirio y san Lucas de Krimea, médico
Revisada traducción 30/08/2026
Por el Yérontas Paísios
El diablo intenta anular al combatiente
—Yéronta, algunas veces las tentaciones vienen una tras otra y no puedo soportarlas.
—Te diré una solución para evitarlas. ¿La aceptarás?
—La única solución para evitar las tentaciones es… ¡aliarte con el diablo! ¿Por qué te ríes? ¿No te gusta esta solución? Escucha lo que voy a decirte.
En cuanto una persona comienza a luchar espiritualmente, tendrá tentaciones y dificultades. Y cuanto más intenta evitar la tentación, con mayor fuerza el diablo se levanta contra ella. Sin embargo, precisamente por medio de las tentaciones —si la persona sabe aprovecharlas correctamente— se le brinda la oportunidad de que su vida llegue a ser verdaderamente evangélica, experimentando la mayor alegría: la percepción y el sentimiento de la Jaris (energía increada) de Dios. Porque, muchas veces, nuestra vida es antievangélica.
—Yéronta, algunas veces me engancho y tropiezo en cosas insignificantes, y después ya no tengo ánimo para luchar por cosas superiores.
—Esas cosas son como minas que el enemigo coloca para inutilizar al ejército. El tankalaki (diablillo), cuando no puede causarte un daño mayor, procura anularte mediante cosas insignificantes.
Has de saber que existen diablos grandes y pequeños, pero todos hacen mucho daño.
Una vez preguntaron a un pequeño diablillo:
—¿Qué puedes hacer tú?
Respondió:
—¿Yo? Voy y enredo los hilos de las costureras y de los zapateros, y consigo que se enfaden.
Los mayores escándalos nacen de cosas insignificantes, no sólo entre las personas, sino incluso entre los Estados.
En los hombres espirituales no existen verdaderos motivos para escandalizarse; el diablo de las pequeñas cosas aprovecha cualquier pretexto. Rompe y destroza psíquicamente al hombre mediante pequeñeces y tonterías, endurece su corazón según su voluntad y, finalmente, lo deja aturdido e insensible, como un tronco.
—¿Por qué, Yéronta, cuando me propongo seguir un programa de lucha espiritual y comienzo con entusiasmo y buena disposición, al poco tiempo lo olvido?
—¿No lo sabes? El tankalaki (diablillo), cuando advierte que estamos realizando un trabajo espiritual, cambia inmediatamente el botón de la sintonía hacia otro lado. Mientras creemos seguir el programa que nos habíamos propuesto, terminamos haciendo otra cosa y, si no estamos atentos, sólo nos damos cuenta varios días después.
Por eso el combatiente espiritual debe ir siempre en contra del diablo —naturalmente, con discernimiento— y dejarse guiar por un Pnevmatikós (Guía espiritual) experimentado.
—¿El satanás combate también a un hombre que no realiza un trabajo espiritual serio y esmerado?
—Satanás no pierde el tiempo con un hombre inútil; combate al luchador espiritual para tentarlo e inutilizarlo.
No dedica un trabajo refinado a quien no realiza ningún trabajo espiritual fino.
Al que cose con aguja le envía un diablo. Al que realiza un trabajo manual delicado le envía al mismo demonio. A quienes emprenden una gran obra les envía un diablo de mayor categoría. Y a los principiantes les envía un diablo experto en principiantes.
Los hombres que poseen una psique (alma) delicada, noble, generosa y sensible necesitan tener mucho cuidado, porque el diablo mete su pata y aumenta todavía más su sensibilidad, hasta el punto de poder llevarlos a la melancolía e incluso —¡Dios no lo permita!— al suicidio.
El diablo, mientras provoca entre los hombres enfrentamientos y discordias para que peleen unos contra otros, él mismo nunca actúa contra sí mismo.
Al negligente lo vuelve todavía más negligente, sugiriéndole mediante el loyismós (pensamiento): «Te duele la cabeza, estás indispuesto; no pasa nada si hoy no te levantas a orar».
Al piadoso lo impulsa a ser todavía más piadoso para introducirlo en el orgullo; o bien lo empuja a luchar por encima de sus propias fuerzas, hasta agotarlo, de manera que aquel gran luchador de los comienzos termine abandonando todas sus armas espirituales y se dé por vencido.
Al duro de corazón lo endurece todavía más, y al sensible lo vuelve hipersensible.
Y observa cuántos hombres, unos por su excesiva sensibilidad y otros porque tienen los nervios destrozados, viven atormentados, padecen insomnio, toman pastillas o terminan consumiéndose en los hospitales.
Hoy es difícil encontrar una persona verdaderamente equilibrada.
Los seres humanos se han convertido en auténticas baterías; la mayoría vive como electrizada.
Sobre todo, quienes no se confiesan reciben influencias de las energías demoníacas y adquieren un cierto magnetismo demoníaco, porque el diablo tiene poder sobre ellos.
Son pocos, tanto jóvenes como mayores, los que conservan una mirada serena y apacible.
¡Demonismo!
¿Sabes qué significa el demonismo?
Significa no poder entenderse con los demás ni comprenderlos.
El diablo nos pone la inyección de la anestesia
En cierta ocasión dije a unos médicos que hablaban sobre la anestesia que administran durante las operaciones:
«La anestesia del tentador tiene consecuencias funestas para el hombre, mientras que la vuestra le ayuda.»
La anestesia del diablo es semejante al veneno que algunos cazadores ponen a los pájaros o a las liebres para paralizarlos y poder capturarlos sin que opongan resistencia.
Cuando el diablo quiere atacar y combatir a un hombre, primero envía a un pequeño diablo «anestesista», cuya misión consiste en adormecer espiritualmente a la persona. Después llega él mismo y la derriba, haciendo de ella lo que quiere. Pero siempre le precede el «anestesista».
Nos pone la inyección de la anestesia espiritual y entonces nos olvidamos de todo.
Mirad: los monjes prometemos en nuestra tonsura soportar con paciencia los insultos, las burlas y toda clase de humillaciones. Sin embargo, muchas veces el tentador nos enreda y terminamos haciendo precisamente lo contrario de aquello a lo que nos comprometimos.
Comenzamos de una manera y acabamos de otra.
Salimos para ir a un lugar y terminamos llegando a otro distinto.
Nos falta vigilancia y cuidado.
Os he puesto muchos ejemplos de ello.
Antiguamente, en Kónicha (una pequeña población del Epiro), no había banco. Quien necesitaba un préstamo debía desplazarse hasta Yanina, la capital de la región.
Los campesinos recorrían cerca de setenta kilómetros a pie para conseguir un préstamo con el que, por ejemplo, comprar un caballo. Y quien tenía un caballo podía mantener a su familia. Lo apareaba con el de otro vecino, araba sus tierras y trabajaba mucho mejor.
Una vez, un campesino fue a Yanina para solicitar un préstamo con el fin de comprar un caballo. Así podría cultivar sus campos sin tener que destrozarse cavando con el azadón.
Le concedieron el préstamo, pero, en lugar de regresar enseguida a su pueblo, comenzó a pasear distraídamente por las tiendas.
Cuando algún comerciante judío lo veía, lo invitaba a entrar diciendo:
—Señor, entre. Mire qué mercancía tan buena, bonita y barata tengo.
El hombre entraba, y el comerciante comenzaba a sacar de los armarios preciosas telas.
Las desplegaba una tras otra y le decía:
—Compre esta. Es de muy buena calidad y, además, se la dejaré muy barata. Le servirá para hacer ropa a sus hijos.
Salía de aquella tienda y entraba en otra.
—Venga, señor. Yo se la dejaré todavía más barata que el otro.
Al final, el pobre hombre terminó completamente confundido.
Además, era una persona muy generosa. Pensó que, después de todo el trabajo que los comerciantes se habían tomado sacando y desplegando las telas, no estaba bien marcharse sin comprar nada. Y como, además, le decían que aquellas telas serían para sus hijos y se las ofrecían a buen precio, acabó entregando el dinero del préstamo y compró un paquete entero de tela.
¡Pero la tela estaba pasada y completamente inservible!
Y, además, ¿para qué necesitaba un paquete entero? Ni siquiera un hombre rico compraría un paquete completo; adquiriría únicamente los metros que realmente necesitara.
Así regresó a su casa cargando un enorme paquete de tela podrida.
Cuando llegó, los suyos le preguntaron:
—¿Y el caballo?
Había contraído una deuda con el banco y, en lugar de comprar el caballo, había adquirido un paquete de tela inservible.
Así que tuvo que volver a cavar sus tierras con el azadón, agotarse trabajando y, además, afrontar la devolución del préstamo.
Si hubiera comprado el caballo, habría regresado montado en él, sin tener que recorrer a pie todo el camino. Habría podido hacer algunas compras útiles para su casa y ya no habría tenido que destrozarse trabajando con el azadón.
Pero, por entretenerse mirando escaparates y dejándose seducir por los comerciantes, terminó perdiéndolo todo.
Así actúa también el diablo.
Como un comerciante astuto y malicioso, te lleva de un lado para otro, te pone continuamente zancadillas y, al final, consigue conducirte exactamente por el camino que él desea.
Tú comienzas dirigiéndote hacia un lugar y acabas llegando a otro completamente distinto, si no permaneces vigilante.
Así te engaña y termina robándote los mejores años de tu vida.
El diablo hace todo lo posible para impedir que el hombre sea ayudado
El diablo es todo un artista.
Por ejemplo, durante la Divina Liturgia hace que un hombre espiritual perciba un loyismós (pensamiento) aparentemente piadoso y se apresure a seguirlo. Le inspira entonces otro loyismós espiritual: «En tal libro se explica esto acerca de la Divina Liturgia.»
Después desvía su atención hacia el polieleos (gran candelero) y comienza a pensar quién lo habrá fabricado. O le recuerda a un enfermo que debe visitar.
Entonces dice para sí:
«¡Qué buena inspiración he tenido en plena Divina Liturgia!»
Sin embargo, no se trata de una inspiración de Dios, sino del diablo, que introduce al hombre en un diálogo con su loyismós.
De pronto oye al sacerdote decir: «Con temor de Dios, acercaos…»
Y entonces se da cuenta de que la Divina Liturgia prácticamente ha terminado y de que él no ha participado verdaderamente en nada.
Mirad lo que sucede aquí mismo, en el templo.
La hermana encargada de la iglesia se acerca a encender las velas del candelero y he observado que incluso las personas mayores se distraen mirándola y entreteniéndose con lo que hace.
Eso es una verdadera inmadurez.
Es natural que un niño pequeño diga: «¡Mira, ya ha encendido la vela!»
En un niño está justificado; pero ¿en un adulto?
Cuando precisamente deberíamos evitar cualquier movimiento o distracción durante la Divina Liturgia, el tentador puede inducir a una hermana a hojear ruidosamente las páginas del analogio.
Se oye el «crits-crats» de las hojas…
¿Qué sucede entonces?
La atención del nus se aparta de Dios y el diablillo se alegra.
Por eso debemos procurar no convertirnos nosotros mismos en motivo de distracción para los demás durante la Divina Liturgia.
Muchas veces perjudicamos espiritualmente a los otros sin darnos cuenta.
Observad también lo que ocurre durante una lectura espiritual.
Justamente cuando el lector llega al pasaje más importante, aquel del que las personas podrían obtener mayor provecho espiritual, de repente se cierra una puerta con estrépito, alguien tose con fuerza o se produce algún otro ruido. La atención se dispersa y aquel momento tan provechoso pasa desapercibido.
Así trabaja el tankalaki (diablillo).
¡ Oh, si supierais cómo se mueve! Si lo hubierais visto alguna vez, comprenderíais muchas cosas que ahora no entendéis.
Hace todo lo posible para impedir que el hombre reciba ayuda espiritual.
Yo mismo lo he comprobado muchas veces en mi cabaña, mientras converso con las personas.
Cuando estoy a punto de llegar al punto más delicado y beneficioso de la conversación, justamente al momento en que quienes me escuchan pueden recibir mayor ayuda, sucede algún ruido o aparece alguien y me veo obligado a interrumpir.
Antes de llegar, el diablo los ha entretenido contemplando la Skiti o el paisaje. Después hace que aparezcan precisamente en el momento más importante de la conversación para cambiar el tema y privar a los demás del beneficio espiritual.
Porque, desde el comienzo mismo de la conversación, el diablo sabe perfectamente hacia dónde conduce y, al ver que va a salir perjudicado, envía a alguien para interrumpir.
Gritan desde fuera:
—¡Padre! ¿Por dónde se entra?
Les respondo:
—Tomad unos dulces y un vaso de agua, y entrad por allí.
Mientras tanto llegan otros, tengo que levantarme para saludarlos y la conversación vuelve a interrumpirse.
Después aparecen otros más y empiezan a preguntar:
—¿De dónde es usted?
Y otra vez debo comenzar desde el principio y repetir el mismo ejemplo.
Apenas avanzo un poco, vuelve otro a llamarme desde abajo:
—¡Padre Paísios! ¿Dónde está? ¡Por aquí está la puerta!
Y otra vez tengo que levantarme…
¡Ay, este tentador!
Hubo un día en que me hizo levantar seis o siete veces, hasta el punto de verme obligado a poner… ¡vigilantes!
Le decía a uno:
—Tú ponte en este lado.
A otro:
—Tú vigila el otro.
Y a un tercero:
—Quédate aquí sentado hasta que termine de hablar.
Porque, cuando uno está a punto de ayudar espiritualmente a las personas, los tankalakis (diablillos) enseguida inventan alguna escena para interrumpirlo.
¡Hay que ver cómo actúa el tentador!
Es como quien cambia el botón de sintonía de una radio.
En cuanto el luchador espiritual se conmueve con algún pensamiento bueno…
¡Tac!
Le cambia la frecuencia y enseguida se olvida de aquello.
Si recuerda algo espiritual…
¡Tac!
Le trae otro pensamiento distinto. No deja de darle vueltas de un lado para otro.
Pero, si el hombre aprende a observar y comprende cómo trabaja el diablo, se librará de muchas de sus trampas.
—Yéronta, ¿cómo puede aprenderlo?
—Perseverando y observando.
Quien observa, aprende.
¿No ves que los pastores son los mejores meteorólogos?
¿Por qué?
Porque observan continuamente las nubes, el viento y todos los signos del cielo.
Las alas de la voluntad
El hombre se deja influir fácilmente, tanto hacia el bien como hacia el mal. Pero hacia el mal es todavía más fácil dejarse arrastrar, porque allí también actúa el diablo.
Por ejemplo, dile a un fumador que deje de fumar porque el tabaco perjudica gravemente su salud.
En cuanto decida dejarlo, el diablo acudirá enseguida a sugerirle pensamientos como estos:
«Aquel cigarrillo tiene menos nicotina… Ese otro lleva filtro… Fuma de esos, que no te harán tanto daño.» Siempre le encontrará una justificación para que no abandone el vicio; siempre le ofrecerá una aparente… solución.
El diablo sabe encontrar infinidad de excusas.
Y, precisamente, el cigarrillo que le sugiere puede acabar perjudicándole todavía más. Por eso hace falta tener voluntad. Si una persona no corrige sus malas costumbres cuando aún es joven, después le resultará mucho más difícil hacerlo, porque, con el paso de los años, la voluntad se debilita. Si el hombre carece de voluntad, no puede hacer nada.
San Juan Crisóstomo dice: «Todo depende del querer o del no querer.» (PG 62, 428).
El diablo es un enemigo poderoso. Dios, por el contrario, es Bondad por naturaleza y desea siempre nuestro bien. Pero es necesario que también nosotros lo queramos.
El hombre vuela espiritualmente con dos alas: la voluntad de Dios y la voluntad del hombre.
Dios ya nos ha dado una de esas alas, la suya, fijándola firmemente a nuestro hombro. Pero, para poder volar espiritualmente, debemos colocar también la otra ala: nuestra propia voluntad.
Cuando la voluntad del hombre es fuerte y se armoniza con la voluntad divina, entonces puede volar. Pero, si su voluntad está atrofiada o debilitada, intenta elevarse un poco y enseguida vuelve a caer.
Lo intenta otra vez…
Y otra vez cae.
—Yéronta, ¿la voluntad puede cultivarse?
—¿No hemos dicho que todo se cultiva?
Todos los hombres poseen voluntad; unos en mayor grado y otros en menor.
Cuando una persona está verdaderamente decidida a luchar, ora y pide a Dios que fortalezca su voluntad, Dios la ayuda.
Pero, si no progresa espiritualmente, debe comprender que apenas pone algo de su propia voluntad o que pone muy poco. Y una voluntad débil nunca puede ayudarle.
Imagina un pájaro que tiene un ala fuerte, pero descuida la otra. Poco a poco se le van cayendo las plumas y termina sin poder volar correctamente. Una de sus alas permanece sana, mientras que la otra queda casi atrofiada. El pájaro intenta moverla, pero el aire pasa entre los huecos de las plumas que le faltan y ya no consigue sostenerse. Levanta un poco el vuelo y enseguida comienza a dar volteretas hasta caer. Para poder volar necesita las dos alas completas.
Lo mismo sucede con el hombre que desea elevarse espiritualmente de manera constante.
El tankalaki (diablillo) actúa precisamente así. Empieza quitando una pluma pequeña de las alas del hombre. Después otra un poco mayor. Más tarde una grande.
Y, si el hombre no está atento, llega un momento en que ya no puede volar. Incluso aunque sólo le falten unas pocas plumas, el aire penetra por aquellos huecos y pierde el equilibrio.
En cambio, el ala de Dios permanece siempre perfecta. Nunca le falta una sola pluma, porque el diablo no puede arrancar nada de lo que pertenece a Dios. Por eso el hombre debe vigilar para que el diablo no le arranque ninguna pluma de su propia ala.
Cuando poco a poco aparecen la pereza espiritual y la indiferencia, la voluntad comienza a debilitarse.
¿Y qué puede hacer Dios si el hombre no quiere colaborar?
Dios no fuerza jamás la libertad humana. La respeta absolutamente.
Así, el mismo hombre deja inactiva el ala que Dios le ha dado. Pero, cuando pone de su parte una voluntad firme —es decir, conserva íntegra su propia ala—, entonces Dios quiere y el hombre también quiere.
Y entonces… ¡el hombre vuela!
—Yéronta, ¿qué significa exactamente ese vuelo?
¿Quiere decir que deseo progresar espiritualmente y alcanzar mi sotiría, es decir, mi redención, sanación y salvación?
—Sí, hijo mío.
Cuando hablo de volar me refiero al crecimiento espiritual, a la elevación del hombre, a su progreso en la vida espiritual. No quiero decir que suba a un árbol.
—Yéronta, usted nos había explicado que una persona puede arar, sembrar y realizar correctamente todos los trabajos del campo y, sin embargo, no llegar a recoger ni siquiera la semilla.
—Así es. Si uno no está atento, el diablo termina robándole el fruto de todos sus esfuerzos. En cambio, cuando toma verdaderamente en serio la sanación y la salvación de su psique-alma, lucha con decisión, persevera, da fruto, se alimenta espiritualmente y acaba alegrándose con una alegría verdaderamente angelical.
El hombre espiritual es «fuego consumidor»
Yérontas Porfirio el Kapsokalivita, Athonita
Esto es lo que ha conseguido el diablo: convertir la tierra en un verdadero laberinto, para que los hombres ya no podamos entendernos unos con otros.
¿Veis hasta qué punto hemos sido engañados?
Hemos degradado nuestra tierra y convertido nuestra época en un auténtico psiquiátrico. Y, sin embargo, no comprendemos qué nos sucede ni quién es el verdadero culpable.
Todos nos preguntamos: «¿Qué está ocurriendo? ¿Adónde vamos? ¿Por qué nuestros hijos se apartan del buen camino y abandonan sus hogares? ¿Por qué dejan sus estudios? ¿Por qué sucede esto y tantas otras cosas?»
El diablo ha logrado ocultar su propia existencia. Ha conseguido que los hombres vivan como si él no existiera y que den otros nombres a su obra.
Cuando una persona padece espiritual y psíquicamente, los médicos y los psiquiatras suelen decir: «Tiene neurosis, ansiedad, depresión…»
Sin negar la existencia de estas enfermedades, no debemos olvidar que el diablo continúa fomentando y alimentando el egoísmo en el corazón del hombre. Lo queramos o no, el diablo existe. Es el espíritu del mal. Negar su existencia equivale, en cierto modo, a negar el mismo Evangelio, que habla claramente de él.
Él es nuestro enemigo en esta vida. Es el adversario de Cristo y, por eso, recibe el nombre de anticristo. Jesús Cristo vino al mundo para librarnos del poder del diablo y concedernos la sanación y la salvación.
Yérontas Porfirio
San Lucas de Crimea
Médico cirujano y Obispo de Sebastopol
¡Oh, Señor!
¿Qué otra protección necesitamos, si Tú permaneces en lo más profundo de nuestro corazón y si iluminas nuestra mente con la luz de tu continua presencia en nuestro nus (espíritu) y en nuestro corazón?
Eso nos basta. Eso es precisamente lo que necesitamos. Si nos revestimos de esta armadura espiritual, sólo nos queda empuñar con nuestras manos la espada de doble filo, tal como hacían los antiguos combatientes.
Escuchad ahora lo que dice acerca de esta espada el gran apóstol Pablo: «Porque el logos de Dios es vivo y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta dividir la psique y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4, 12).
He aquí la espada que necesitamos: El logos de Dios. Ante él tiemblan todos los demonios y el mismo Diablo, porque, por el poder del logos de Dios, todos los demonios huyen vencidos.
Si empuñamos esta arma, el arma del logos de Dios, no temeremos a ningún enemigo. Porque todos ellos fueron derrotados hace ya mucho tiempo por la Cruz de Cristo. La cabeza de la antigua serpiente, el Diablo, quedó aplastada bajo el pedestal de la omnipotente Cruz de Cristo.
Recordad siempre que con nuestras propias δυνάμεις (dinámis: poderes, fuerzas, potencias y energías) no podemos combatir a los espíritus malignos.
Recordad que toda nuestra esperanza debe descansar firmemente en nuestro Señor Jesús Cristo, a Quien pertenecen la δοχα/gloria y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Amén.
Éstas fueron las últimas palabras del Santo.
San Lucas de Crimea
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com







