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Sep 23 2026

Los demonios y sus obras

Los demonios y sus obras

Santo Monasterio del Paráclitos, Ática

Repasada traducción 23/09/2026

Prólogo

Todos percibimos los profundos cambios que acontecen a nuestro alrededor. La «explosión» tecnológica iniciada en el siglo pasado y sus sorprendentes conquistas han transformado radicalmente nuestra manera de vivir. La cultura tecnológica, con sus seductoras promesas de una felicidad universal, ha llegado a dominar como un nuevo ídolo, y sobre su altar se han sacrificado valores espirituales imperecederos y tradiciones conservadas durante siglos. La ciencia ha sido deificada; el racionalismo se ha vuelto absoluto y autoritario y, amparándose en la filosofía, la sociología y la psicología, ha ridiculizado y continúa ridiculizando la fe.

Una vez más, el hombre ha caído en la antigua trampa del Diablo, que quiso hacerse dios sin Dios, con el resultado de conducir nuevamente a la humanidad al vacío existencial. Sus angustiosas preguntas sobre el sentido de la vida y el misterio de la muerte han quedado sin respuesta, mientras que sus problemas sociales —la injusticia, la violencia, la desigualdad, la destrucción del medio ambiente, etc.— no sólo no se han resuelto, sino que se han agravado aún más. Así, el optimismo y la confianza que en un principio se depositaron en el ídolo del progreso tecnológico se han transformado en inseguridad y desesperación. El ídolo se ha derrumbado. Y quienes hasta ahora lo adoraban, en lugar de volver a la metania (cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión), arrepentirse, convertirse y buscar al verdadero Dios, se apresuran a levantar en su lugar los antiguos ídolos, es decir, los demonios.

Nuestra época ha entrado en una nueva crisis espiritual caracterizada claramente por la contradicción, el conflicto y la confusión. Paradójicamente, combina el desarrollo con la regresión; la cultura con el primitivismo; el asombroso progreso científico y tecnológico con el insensato retorno a los antiguos cultos de dioses inexistentes y, lo que es aún peor, al culto del anti-dios real: Satanás, el Diablo.

Hoy el Diablo propone como solución alternativa a los problemas sin salida —problemas a los que él mismo ha conducido a la humanidad— el llamado «paquete» de la Nueva Era (New Age) y la Globalización. En él se incluyen el neosatanismo, la nueva idolatría, el ocultismo (apocrifismo), el espiritismo, la magia y toda clase de pseudorreligiones. Cada uno de estos movimientos difunde sus objetivos mediante libros y revistas, programas de radio y televisión, el arte, la música, la publicidad e incluso los juguetes destinados a los niños.

Las consecuencias para quienes caen en alguna de estas redes del Diablo son verdaderamente trágicas: ruina económica, trastornos de la personalidad, deterioro de la salud psíquica y corporal, e incluso la pérdida de la propia psique-alma. El único camino para la sanación, la redención y la salvación del hombre consiste en apartarse de la mentira y de la muerte, es decir, de Satanás, y regresar a la Verdad y a la Vida, que es Cristo.

Las enseñanzas que se presentan en las páginas siguientes proceden de la santa gnosis (conocimiento espiritual) y de la dolorosa experiencia de los santos Padres de nuestra Iglesia Ortodoxa, fruto de sus prolongadas luchas y combates contra los espíritus malignos. Su propósito es ayudar al regreso salvador de aquellos hermanos que han sido engañados por la «antigua serpiente», impedir que otros caigan en sus trampas y fortalecer, en general, a todos los que combaten contra sus asechanzas.

Este libro ofrece una exposición sobre el Diablo y los demonios: su creación y su caída, sus cualidades y poderes, su número y sus nombres, sus obras, sus maquinaciones y, asimismo, la manera de afrontarlos según la enseñanza de la Iglesia.

En la primera parte se presenta, de forma sintética, la doctrina de nuestra Iglesia acerca de los espíritus malignos. En la segunda parte se reúnen, distribuidos en cuatro capítulos, numerosos relatos tomados de la Sagrada Escritura, de las Vidas de los Santos y de otros textos eclesiásticos, que manifiestan con claridad la diversidad de sus actuaciones.

Al entregar este humilde trabajo a nuestros lectores, rogamos fervientemente al Señor filántropo que nos fortalezca a todos con Su omnipotente Jaris (Gracia, Energía y Luz increadas), «para que podáis permanecer firmes contra las asechanzas del diablo» (Ef 6,11), pues él «como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8).

 

La enseñanza de la Iglesia sobre los malvados espíritus astutos

Creación y caída

De acuerdo con la enseñanza bíblica y patrística de nuestra Iglesia Ortodoxa, los demonios pertenecían en un principio a las órdenes angélicas incorpóreas y, como todos los ángeles, fueron creados por Dios. Es decir, Dios, por Su infinita bondad, los llamó a la existencia con el propósito de hacerlos partícipes, como seres lógicos y libres, de Su bienaventuranza.

Fueron creados, pues, buenos y sin maldad, dotados de libre voluntad. No existía en su naturaleza sombra alguna de perversidad ni de impureza, porque Dios no creó demonios, sino ángeles. Además, Dios jamás ha creado nada malo por naturaleza; todas Sus obras eran «muy buenas» (Gén 1,31).

Sin embargo, el jefe de los demonios, el Eosfóros o Lúcifer, era el más resplandeciente y sabio de todos los ángeles. A pesar de los grandes carismas con los que había sido adornado, cayó en un error funesto y trágico: concibió el orgulloso pensamiento de elevarse hasta el trono de Dios y llegar a ser dios por sí mismo, igual a su Creador. No quiso seguir, como los demás ángeles, el camino de la perfección mediante la participación en las Energías increadas de Dios, sino que prefirió la autodeificación y la igualdad con Dios.

Precisamente ese pensamiento fue la causa de su catástrofe. Cayó del cielo como un rayo, según testimonia el Evangelio (Lc 10,18). Su caída fue espantosa. Se destruyó a sí mismo a causa de su soberbia. Perdió su excelsa dignidad angelical y, de ser el más luminoso de los ángeles, se convirtió en el más tenebroso de los demonios.

Esta trágica caída es interpretada alegóricamente por muchos Padres de la Iglesia a partir de la profecía de Isaías sobre la caída del rey de Babilonia:

«¡Cómo has caído del cielo, Eosfóros, lucero de la mañana!… Tú decías en tu corazón: «Subiré al cielo; levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios… subiré sobre las alturas de las nubes y seré semejante al Altísimo»» (Is 14,12-14).

Del mismo modo, los Padres encuentran una referencia simbólica en la lamentación del profeta Ezequiel sobre el rey de Tiro: «Se enorgulleció tu corazón y dijiste: «Yo soy un dios y estoy sentado en el trono de Dios»… Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y perfecto en hermosura. Habitabas en el paraíso de Dios y estabas adornado con toda clase de piedras preciosas… Eras irreprensible desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti la iniquidad… Tu corazón se enorgulleció por tu hermosura y tu sabiduría se corrompió a causa de tu esplendor. Por eso te arrojé a la tierra…» (Ez 28,2.12-17).

Una multitud de ángeles siguió al apóstata en su caída y se separó de Dios.

Según san Juan Damasceno, estos ángeles pertenecían al noveno orden angélico, encargado, bajo la autoridad de Eosfóros, de la custodia de la región terrestre.

Sin embargo, según los santos Jerónimo y Juan Casiano, procedían de diversos órdenes angélicos, principalmente de los Principados y Potestades, conforme a las palabras del apóstol Pablo: «Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los Principados y las Potestades… contra los espíritus malignos» (Ef 6,12).

Según esta tradición, Eosfóros pertenecía al coro de los Serafines.

Existe una tercera tradición patrística, transmitida por san Pedro Damasceno, según la cual cayó un único orden angélico junto con su jefe. Ese lugar vacío será ocupado, según la tradición monástica, por el coro de los monjes, cuyo guía será san Juan el Bautista. Así se explica el odio implacable y la envidia que los demonios sienten hacia la vida angélica del monacato.

Sea cual fuere la tradición seguida, es un hecho comúnmente aceptado que de los ángeles apóstatas surgió un nuevo ejército espiritual: el de los espíritus malignos, es decir, los demonios.

Aunque comprendieron inmediatamente que, con su rebelión, no habían logrado convertirse en «usurpadores de la divinidad», como dice Taciano, no se arrepintieron. Permanecieron enemigos y adversarios de Dios (Mt 13,39). Y, al no poder perjudicar a Dios, dirigieron su odio contra Su creación y, sobre todo, contra el hombre, la más perfecta de Sus criaturas terrenales.

Con extraordinaria astucia consiguieron provocar la tragedia de la humanidad. Mediante el engaño de la falsa promesa de llegar a ser semejantes a Dios (Gn 3,5), despojaron al hombre de la divina Jaris (Gracia, Energía increada) y lograron expulsarlo del Paraíso.

Hasta el día de hoy su principal ocupación consiste en mantener al hombre alejado de Dios e impedirle regresar a Él por el camino que Cristo abrió mediante Su Encarnación y Su sacrificio salvador.

Los demonios, al hacerse malvados por su propia voluntad —a pesar de haber participado abundantemente de la Jaris, de la bondad y de la bienaventuranza divinas—, perdieron toda posibilidad de metania (cambio de mentalidad, conversión y arrepentimiento).

Como afirma san Juan Damasceno: «Después de la caída ya no existe metania para ellos, del mismo modo que tampoco la hay para los hombres después de la muerte.»

Según otra versión patrística, recogida por san Basilio el Grande: «Antes de la creación del hombre aún existía cierta posibilidad de metania para el Diablo. Pero cuando Dios creó el mundo, plantó el Paraíso, formó al hombre, le dio el mandamiento y, movido por la envidia, el Diablo llevó a cabo el asesinato espiritual de la criatura amada de Dios, quedó definitivamente excluida toda posibilidad de su vuelta a la metania y arrepentimiento.»

San Juan Casiano explica esta misma realidad diciendo: «El primer pecado del Diablo fue el orgullo, y ello provocó su caída. El segundo fue la envidia hacia el hombre recién creado, llamado a alcanzar una doxa (gloria) semejante a la que él había poseído antes de caer. Ese pazos (pasión) de la envidia contaminó definitivamente al Diablo. Desde entonces la justa sentencia de Dios selló irrevocablemente su destino. Ya nunca podrá levantarse ni volver su mirada hacia Dios.»

Si realmente el Diablo pudiera convertirse y arrepentirse, Dios habría dispuesto también para él una economía de redención y salvación, del mismo modo que la dispuso para el hombre.

Pero no fue así, porque su naturaleza quedó definitivamente corrompida.

La naturaleza demoníaca es distinta de la naturaleza humana.

Como escribe el profesor A. Zeodoru: «El espíritu angélico no posee composición alguna; su naturaleza es simple e indivisible. En él, la voluntad expresa plenamente su ser y la profundidad de su esencia. Cuando libremente se apartó de Dios y se hizo apóstata, no sólo se corrompió su voluntad, sino también la naturaleza con la que ésta se identifica. Su destrucción fue completa. El ángel bueno se hizo malo para siempre, sin posibilidad de metania ni de retorno a Dios.»

El hombre, por el contrario, conservó después de su caída la posibilidad de la metania (conversión, arrepentimiento y confesión), porque su naturaleza no es simple, sino compuesta de psique-alma y cuerpo.

Además, su libre voluntad pudo ser influida por factores externos. No cayó únicamente por decisión propia, como el Diablo, sino que fue seducido.

Por eso pudo arrepentirse profundamente y recibir la misericordia de Dios, pudiendo regresar a «la belleza primordial» mediante la Encarnación de Cristo.

 

Nus νούς y gnosis γνώσις conocimiento

El nus (νοῦς) o noerá energía (νοερὰ ἐνέργεια), según la enseñanza patrística, es un término que se emplea con diversos significados. En algunos textos designa la psique (alma); en otros, el corazón psicosomático; y en otros, una energía de la psique. Sin embargo, su significado principal es el de ojo de la psique, su facultad más pura y sutil, la atención espiritual más fina. También recibe el nombre de energía noerá (energía espiritual humana) y no debe identificarse con la facultad lógica o racional del cerebro.

Los espíritus malignos, al ser también seres racionales, poseen nus y gnosis (2 Cor 2,11). Pero su nus ha quedado tan profundamente pervertido que, en lugar de amar y buscar la verdad, como corresponde a un nus sano, la odian y la rechazan. Por eso el Diablo es llamado en el Evangelio «padre de la mentira» (Jn 8,44), y en el libro del Apocalipsis «el seductor del mundo entero» (Ap 12,9).

También su voluntad ha quedado totalmente corrompida. Está irrevocablemente inclinada hacia la maldad; por ello, todas sus acciones se orientan únicamente al mal. Conservan, sin embargo, cierta libertad, pues pueden escoger entre diversas formas de hacer el mal.

Los demonios conocen a Dios, y ese conocimiento los llena de miedo:

«Tú crees que Dios es uno; haces bien. También los demonios creen, y tiemblan» (Sant 2,19).

En numerosas ocasiones confesaron que Jesús Cristo era el Hijo de Dios y el Santo de Dios (cf. Mt 8,29; Mc 1,24).

También conocen perfectamente la Sagrada Escritura. Si acudimos al pasaje evangélico que describe las tres tentaciones del Señor en el desierto, después de Su Bautismo, comprobaremos que toda la argumentación del Diablo está basada en citas del Antiguo Testamento, utilizadas, naturalmente, de manera engañosa (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13). La misma táctica emplean en su combate contra los hombres, intentando engañarlos o, al menos, sembrar la confusión.

El Limonario (libro de textos patrísticos) recoge el caso de un yérontas que, mientras permanecía sentado en su celda realizando su trabajo manual y recitando al mismo tiempo el libro de los Salmos, vio aparecer de improviso a un demonio bajo la apariencia de un sirviente sarraceno, que comenzó a bailar delante de él. Como el Yérontas no le prestó la menor atención, el demonio, lleno de rabia, le gritó:

—¿Qué te crees, viejo? ¿Piensas que haces algo importante? ¡Mira, te has equivocado al recitar los Salmos 66 y 67!

Debe quedar claro, sin embargo, que esta teognosía (conocimiento de Dios) de los demonios es únicamente exterior, imperfecta e inútil. Conocen la Sagrada Escritura; saben que Dios existe, que es Trinidad, y también conocen la realidad del Juicio y del Infierno (Mt 8,29). Pero ese conocimiento no transforma su existencia ni puede conducirlos a la sanación y a la salvación.

Se trata de una gnosis desprovista de praxis, es decir, del cumplimiento de los mandamientos de Dios.

Esa misma «teología demoníaca» puede encontrarse también entre aquellos hombres que se acercan a los misterios divinos únicamente mediante razonamientos, silogismos y construcciones intelectuales, en lugar de hacerlo desde la experiencia viva de la Iglesia.

Después de su apostasía, los demonios perdieron la gnosis celestial que poseían, y su sabiduría se convirtió en una sabiduría demoníaca (Sant 3,15). El apóstol Pablo distingue claramente entre la sabiduría demoníaca «de los príncipes de este mundo», que conduce a la perdición, y la sabiduría de Dios «en misterio», «la escondida», que conduce a la doxa (gloria increada) celestial (1 Cor 2,6-7).

San Pedro Damasceno escribe acerca de esto: “El Diablo perdió el conocimiento de Dios a causa de su ingratitud y de su orgullo…” Por eso ya no sabe por sí mismo lo que Dios realiza; únicamente observa lo que Dios hace para salvarnos y, movido por su malicia, intenta hacer justamente lo contrario para conducirnos a la perdición.

Vio que Dios había creado a Eva como ayuda para Adán y convirtió esa ayuda en instrumento de desobediencia.

Dios dio un mandamiento a Adán para que, cumpliéndolo, recordara continuamente los innumerables dones recibidos de su Creador y viviera en acción de gracias. El Diablo, en cambio, convirtió ese mismo mandamiento en causa de desobediencia y de muerte; en lugar de profetas, suscita falsos profetas; en lugar de apóstoles, pseudo-apóstoles; en lugar de la ley, la ilegalidad; en lugar de las virtudes, los vicios; en lugar de los mandamientos, las transgresiones; en lugar de la justicia, la injusticia y las más repugnantes herejías.»

Los espíritus malignos, como enseña el libro de Job (1,7-12), conocen el estado del mundo presente y observan atentamente las acciones de los hombres.

Sin embargo, este conocimiento se basa únicamente en lo que sucede exteriormente y en el comportamiento visible de las personas. Desconocen por completo tanto el plan de Dios para cada hombre como los pensamientos ocultos del corazón antes de que éstos se manifiesten.

Precisamente porque ignoran las disposiciones interiores del hombre, lo someten a diversas tentaciones y observan cuidadosamente su reacción.

Dice el abad Sisoes: «Satanás no sabe con qué pazos (pasión) será vencida cada psique humana. Siembra loyismí (pensamientos, razonamientos, fantasías y sugestiones) de lujuria, de juicio contra el prójimo y de toda clase de pecados, pero ignora si el hombre los aceptará o no. Sólo cuando observa, a través de las reacciones del cuerpo y de la conducta exterior, hacia qué pasión se inclina la psique-alma, concentra allí todo su combate.»

San Juan Casiano enseña igualmente: «Los demonios no conocen la naturaleza de nuestra psique-alma ni pueden penetrar en su interior. Sin embargo, pueden deducir su estado observando nuestras obras, nuestras palabras, nuestros actos y nuestras inclinaciones. Los pensamientos que permanecen ocultos en lo profundo de la psique-alma les son completamente inaccesibles. Ni siquiera conocen hasta qué punto aceptamos los pensamientos malignos que ellos mismos nos inspiran. Sólo pueden deducirlo observando atentamente nuestras manifestaciones exteriores y nuestros movimientos corporales.

Del mismo modo, también un hombre prudente y experimentado puede llegar a conocer el estado interior de su prójimo por su comportamiento, por su modo de actuar y por su expresión exterior.»

 

Prognosis (predicción)

Como ya hemos dicho, el conocimiento (gnosis) de los demonios es tan imperfecto y limitado que no puede hablarse de una auténtica capacidad profética por su parte.

San Juan Clímaco lo afirma con toda claridad: «Los demonios no conocen el futuro por ninguna facultad profética. Si así fuera, también los magos podrían predecir nuestra muerte.»

Lo único que hacen es deducir lo que probablemente sucederá, observando las causas y los indicios de determinados acontecimientos y valorándolos según su larguísima experiencia. El futuro sólo lo conocen cuando Dios mismo decide revelarlo para el cumplimiento de alguno de Sus designios (cf. 3 Re 22,21-22).

San Juan Damasceno enseña igualmente: «Ni los ángeles de Dios ni los demonios conocen las cosas futuras. Sin embargo, las anuncian. Los ángeles las anuncian cuando Dios se las revela y les ordena comunicarlas; por eso, cuanto anuncian se cumple. Los demonios, en cambio, unas veces predicen porque observan acontecimientos lejanos y otras porque intentan provocarlos ellos mismos. Por eso, la mayoría de las veces mienten. No debemos confiar en ellos, aunque en alguna ocasión digan la verdad.»

El apóstol Pablo nos ofrece un ejemplo muy significativo: «Otra vez, cuando íbamos al lugar de la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía un espíritu adivinador, la cual con sus adivinaciones procuraba a sus amos muchas ganancias. Iba detrás de Pablo y de nosotros gritando: “Estos hombres son siervos del Dios altísimo, y os anuncian el camino de la salvación”. Esto lo hizo muchos días, hasta que Pablo, ya cansado por el astuto malo espíritu, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Jesús Cristo te mando salir de ella». Y en el mismo instante salió» (Hechos 16,16-18).

Es muy significativa la actitud del apóstol Pablo frente a aquella esclava de Filipos que estaba poseída por el llamado espíritu pitónico (de pitón), es decir, un espíritu de adivinación.

Aunque lo que decía acerca de los apóstoles y de su kerigma era verdadero, Pablo no aceptó aquella proclamación procedente del demonio, sino que expulsó inmediatamente aquel espíritu maligno.

San Antonio el Grande enseña igualmente: «Aunque los demonios finjan poseer la facultad de predecir el futuro, nadie debe confiar en ellos.»

Y añade: «Algunas veces anuncian con varios días de anticipación la llegada de algunos hermanos que después efectivamente aparecen. Pero no lo hacen porque se preocupen por quienes los escuchan, sino para ganarse su confianza y, una vez conseguida, destruirlos.

¿Y qué tiene esto de extraordinario? Poseen cuerpos más sutiles que los nuestros y, cuando ven a alguien emprender un viaje, llegan antes al lugar de destino y anuncian su llegada. Lo mismo podría hacer un jinete respecto a quien camina a pie…

»También hablan a veces acerca de las aguas de los ríos. Por ejemplo, observan que en Etiopía han caído abundantes lluvias y, sabiendo por experiencia que esas lluvias provocarán la crecida del Nilo, corren antes a Egipto y anuncian la inundación.

Pero, si mientras tanto la divina Providencia dispone otra cosa respecto a las aguas o respecto a los viajeros —porque sólo Dios tiene ese poder—, entonces los demonios quedan desenmascarados como mentirosos y engañan a quienes habían confiado en ellos.

»Así surgieron los antiguos oráculos de los helenos y de ese modo fueron engañados los hombres en tiempos pasados.

Los demonios no conocen nada por sí mismos. Actúan como los ladrones: observan lo que hacen otros y luego lo comunican. Más que verdaderos pronosticadores, son simples observadores que hacen conjeturas. Por eso, aunque alguna vez acierten en sus predicciones, tampoco entonces debemos admirarlos.

Los médicos hacen exactamente lo mismo: gracias a la experiencia adquirida con una enfermedad, pueden prever normalmente su evolución.

También los agricultores y los marineros proceden de igual manera. Observan el estado del tiempo y, basándose en su experiencia, predicen si se aproxima buen tiempo o una tormenta. Nadie diría por eso que poseen un don profético o una inspiración divina; simplemente hablan desde la experiencia.

Del mismo modo, si los demonios, por casualidad, deducen correctamente algún acontecimiento futuro y lo anuncian antes de que ocurra, tampoco por ello debemos admirarlos ni prestar atención a sus palabras.

 

Cuerpo y figura

En comparación con nosotros, los hombres, los demonios son espíritus incorpóreos e inmateriales; por eso no pueden ser percibidos por nuestros sentidos corporales. Sin embargo, en comparación con Dios, que es absolutamente incorpóreo, poseen una forma, una figura y un cuerpo. Son, pues, relativamente incorpóreos y semejantes a los ángeles. La diferencia es que los cuerpos sutiles, luminosos y etéreos que poseían antes de su caída quedaron desfigurados tras su apostasía y adquirieron una cierta densidad. Se convirtieron, según expresa Miguel Psellos, en seres «materialmente sutiles, pero llenos de rencor y malicia».

San Gregorio el Sinaíta escribe: «Los demonios fueron también en otro tiempo nus; pero cayeron de aquella inmaterialidad y sutilidad. Por eso cada uno adquirió una cierta densidad material, tomando una forma corporal correspondiente al orden angélico y a la energía que poseía antes de su caída.»

Todo cuerpo dotado de materia es también susceptible de padecer. Por ello, los cuerpos de los demonios pueden sufrir y experimentar el fuego espiritual (Miguel Pselós).

Así vemos en el Evangelio que tiemblan ante la perspectiva del castigo y suplican al Señor «que no les mande al abismo» (Lc 8,31).

También en los Sinaxarios (libros que contienen las vidas de los santos) encontramos numerosos relatos en los que los demonios lloran, se lamentan, sufren, son atormentados y quedan paralizados de miedo cuando reciben un castigo ejemplar por parte de grandes santos, cuando son azotados por los ángeles o cuando se ven obligados a realizar acciones contrarias a su propia voluntad.

En cuanto a su aspecto exterior, los demonios son deformes, horribles y repugnantes, pues han quedado completamente privados de la Luz divina e increada.

San Juan Crisóstomo comenta, al interpretar el Salmo 41, que:

«Si Dios permitiera a los demonios mostrarnos su verdadero aspecto, todos quedaríamos fuera de nosotros mismos, sobrecogidos de espanto.»

Sin embargo, en su lucha contra el hombre, los demonios adoptan diversas apariencias, según convenga a sus engaños.

La Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia recogen numerosas manifestaciones suyas bajo las formas más diversas, desde la apariencia de un ángel de luz hasta las figuras más monstruosas y repulsivas.

Pueden presentarse como ángeles, santos, hombres, serpientes, dragones, leones, escorpiones, toros, machos cabríos, aves rapaces, animales monstruosos o incluso bajo formas materiales indefinidas.

Desde el libro del Génesis, donde el Diablo aparece bajo la figura de la serpiente para engañar a Eva, hasta el libro del Apocalipsis, donde Satanás es encadenado por un ángel de Dios, la Sagrada Escritura ofrece numerosos ejemplos de manifestaciones demoníacas bajo distintas apariencias. La misma variedad de manifestaciones puede encontrarse también en las Vidas de los Santos, donde se narran innumerables episodios semejantes.

 

Números y órdenes

Al igual que los ángeles caídos, los demonios forman una legión o ejército. Son innumerables y se distinguen en grupos y órdenes, con gobernantes y subordinados. Sin embargo, según san Juan el Clímaco, «entre los desordenados e incoherentes no existe orden ni armonía, sino perversidad y confusión». A pesar de ello, todos los espíritus malignos colaboran para provocar nuestra ruina. Así, cuando nos atacan, cada uno ocupa su puesto y desempeña una misión determinada, como sucede también en una guerra visible.

Según el momento en que actúan, los demonios se distinguen en nocturnos y diurnos. En una clasificación más precisa, encontramos demonios matutinos, del mediodía, de la tarde y de la noche. En La Santa Escala, san Juan el Clímaco describe cómo una psique-alma era atacada por la mañana por los demonios de la vanagloria y de los malos deseos; al mediodía, por los de la acedía o pereza espiritual, la tristeza y la ira; y por la tarde, por los tiranos responsables de los pazos de la gula. Vemos, pues, que los espíritus malignos actúan por turnos durante las veinticuatro horas del día.

Detrás de cada pazos existe también el correspondiente grupo de demonios que lo sostiene, y detrás de cada pecado hay un demonio que coopera para inducir al hombre a cometerlo.

No todos los demonios poseen la misma fuerza ni el mismo grado de maldad. Todos son mal astutos, pero existen demonios más perversos que otros. Como dice san Juan el Sinaita, entre ellos existen distintos grados de malicia. San Máximo el Confesor escribe: «Cada uno de los demonios, según su capacidad particular, provoca un tipo distinto de tentación. Cada uno induce una clase diferente de maldad, y unos son más perversos que otros y están especialmente capacitados para determinadas formas de malicia».

Nuestro Señor nos enseña que cuando un espíritu maligno sale de un hombre y este cae nuevamente en la negligencia, el demonio regresa trayendo consigo «otros siete espíritus más malignos que él» (Mt 12,45).

San Casiano, en una de sus obras más importantes, enumera ocho espíritus malignos principales: el espíritu de la gula; el espíritu de la lujuria; el espíritu de la avaricia o codicia; el espíritu de la ira u odio; el espíritu de la tristeza o depresión; el espíritu de la acedía, negligencia o parálisis psíquica; el espíritu de la vanidad o vanagloria; y el espíritu del orgullo o soberbia. (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-casiano-el-romano-sobre-los-ocho-pensamientos-y-conceptos-de-la-maldad-y-sobre-el-discernimiento/)

La obra principal y siniestra de estos espíritus mal astutos consiste en sembrar en nuestra psique-alma los ocho pazos principales y mortales, con el propósito de alejarnos definitivamente de Dios y conducirnos a la muerte espiritual eterna.

San Juan el Clímaco revela con gran sabiduría la estrategia y las asechanzas de los demonios, describiendo su estructura y modo de actuar, señalando cuáles son los pazos (pasiones) principales —las «madres»— y cuáles nacen de ellos —las «hijas»—. Por ello aconseja combatir con inteligencia, sin desgastar inútilmente nuestras energías espirituales luchando simultáneamente contra innumerables enemigos, pues no es posible conocer de una vez todas sus astucias.

Concluye diciendo: «Con la ayuda de la Santa Trinidad, armémonos contra los tres —la φιληδονία (filidonía: hedonismo, amor al placer), la φιλαργυρία (filarguiría: amor al dinero, avaricia) y la φιλοδοξία (filodoxía: amor a la gloria, vanagloria)— mediante las tres virtudes de la engratia (templanza, autocontención y ayuno), la agapi (amor) y la humildad. De lo contrario, soportaremos muchísimas fatigas».

San Diádoco, obispo de Fótica, divide los demonios en dos grandes categorías. A la primera pertenecen los demonios más sutiles, que combaten principalmente contra la psique-alma; a la segunda, los más materiales, que atacan el cuerpo mediante los placeres carnales. Aunque ambos grupos persiguen el mismo objetivo —perjudicar al hombre—, combaten entre sí. Esta aparente oposición también la señala san Juan el Clímaco.

Cada demonio posee un modo particular de actuar, de acuerdo con el pazos al que sirve. Habitualmente colaboran entre sí para hundir al hombre en el mayor número posible de pazos. Así, por ejemplo, el demonio de la gula entrega su víctima al demonio de la lujuria, y este, a su vez, al de la desesperación.

San Casiano afirma: «Debemos saber que un mismo demonio no despierta todos los pazos en el hombre, porque cada pazos tiene sus propios demonios que lo cultivan. Unos espíritus malignos se complacen en los deseos carnales; otros, en las blasfemias e insultos; algunos encuentran satisfacción en el odio, la ira y la violencia; otros, en la tristeza y la depresión; unos fomentan la vanagloria y otros el orgullo, la soberbia. Cada uno cultiva en el corazón del hombre el pazos que más le agrada. No siembran todas sus maldades al mismo tiempo, sino ordenadamente, según el momento, el lugar y la receptividad de cada persona».

Todos los pazos se activan en nuestra psique-alma mediante la acción de los demonios. Del mismo modo que el cultivo de las virtudes es fruto del Espíritu Santo, la energía de los pazos procede de los espíritus malignos. Esta verdad la expresa admirablemente san Efrén el Sirio: «Señor y Soberano de mi vida, no me entregues al espíritu de pereza, curiosidad, charlatanería y afán de dominio. Concédeme, a mí, tu siervo, espíritu de humildad, prudencia, paciencia y agapi (amor)».

Por ello, la experiencia patrística enseña que la guerra contra los pazos es, en esencia, una guerra contra los espíritus de la maldad. Dice el abad Pitiríon: «El pazos que uno consigue vencer, expulsa al mismo tiempo al demonio que lo alimentaba».

 

Nombres

La acción de los demonios, múltiple y destructora de las psiques, se refleja también en la diversidad de nombres que les atribuye la Sagrada Escritura y la Tradición. Estos nombres aparecen en singular o en plural, unas veces designando a su jefe y otras al conjunto de sus legiones.

Entre ellos se encuentran:

Εωσφόρος (Eosfóros), «el que trae la aurora». Aunque etimológicamente posee un significado positivo y recuerda el estado anterior a la caída del jefe de los espíritus malignos, hoy está cargado de un sentido profundamente negativo.

Diablo, porque divide a los hombres de Dios y los induce a calumniar tanto a Dios como a sus semejantes.

Satanás, que significa «adversario», «oponente» o «el que se contrapone a Dios».

Demonio, cuyo nombre expresa al destructor y enemigo del hombre.

También recibe los nombres de Beelzebul, «señor de los espíritus malignos»; Belial, «inútil», «impío» o «apóstata»; y es llamado igualmente el Tentador, por su obra principal, así como el maligno o el mal astuto, por la perversidad con que la lleva a cabo.

En el libro del Apocalipsis el diablo es llamado «el gran dragón, la serpiente antigua» (Ap 12,9). El apóstol Pedro lo denomina «adversario» y «león rugiente» (1 Pe 5,8). El mismo Cristo lo llama «mentiroso», «padre de la mentira» y «homicida» (Jn 8,44), porque desde el principio tergiversa la verdad y conspira contra la integridad psicosomática del hombre.

En otros pasajes es denominado «príncipe de este mundo» (Jn 12,31; 14,30; 16,11). El apóstol Pablo lo llama «príncipe de la potestad del aire» y «gobernadores de las tinieblas de este siglo» (Ef 2,2; 6,12).

Estos títulos no significan que el diablo posea dominio sobre toda la creación. Basta recordar que ni siquiera pudo entrar en los cerdos sin el permiso de Cristo, quien, como Creador, gobierna absolutamente todas las cosas. En estos pasajes, como en muchos otros del Nuevo Testamento, la palabra «mundo» designa la mentalidad carnal, los deseos pecaminosos y el modo de vivir arrogante de quienes permanecen sometidos al diablo (1 Jn 2,16). Sobre ese «mundo» ejerce Satanás su dominio, un mundo que se encuentra en las antípodas de la Realeza increada de Dios, la cual «no es de este mundo» (Jn 18,36).

Además de estos nombres, la Escritura también compara a los demonios con diversos animales salvajes, aves y reptiles venenosos: Rinocerontes, burros, avestruces, erizos, lechuzas, escorpiones y otros semejantes. San Casiano explica que estas imágenes no fueron elegidas al azar, sino para poner de relieve el carácter salvaje de los demonios, su rabiosa ferocidad, la ponzoña de su maldad y la fuerza que adquieren a causa de la magnitud de esa perversidad.

 

Dónde viven

Cuando Satanás era todavía un ángel obediente a Dios, habitaba en el cielo, es decir, en el mundo suprasensible, donde, junto con todas las legiones angélicas, participaba de la felicidad y la bienaventuranza. Pero después de su caída, el lugar de su permanencia pasó a ser el «aire», es decir, el espacio que rodea la tierra, la atmósfera o subcielo. Esto aparece claramente en el libro de Job, donde el diablo declara que ha recorrido toda la tierra caminando por el aire (Job 1,7; 2,2).

El apóstol Pablo, como ya hemos dicho, llama al diablo «príncipe de la potestad del aire» y a los espíritus mal astutos «espíritus de la maldad en las regiones subcelestes» (Ef 2,2; 6,12), indicando así el ámbito donde habitan y actúan. La expresión «regiones subcelestes» designa el aire, pues con frecuencia la Sagrada Escritura llama «cielo» al espacio aéreo; por ejemplo, cuando habla de las «aves del cielo», se refiere a las aves que vuelan por el aire (Mt 6,26).

San Teófanes el Recluso explica: «La palabra “cielo”, según el modo habitual de hablar de la Escritura, puede designar el aire por donde vuelan las aves. Y así como el aire nos rodea por todas partes, de igual modo los espíritus de la maldad nos cercan continuamente, como los mosquitos en un lugar húmedo.»

Sin embargo, el aire no constituye la morada permanente de los demonios. San Nicodemo el Agiorita escribe:

«Los demonios, por permiso divino, actúan en el aire no porque este sea el lugar de su condena, sino para el combate de los elegidos y la instrucción de los pecadores… Porque el Hades y sus profundidades son el lugar destinado para su condenación, como se dijo acerca del Eosfóros: “Ahora descenderás al Hades, hasta los cimientos de la tierra” (Is 14,15). Y el apóstol Judas dice de ellos: “A los ángeles que no conservaron su dignidad ni permanecieron en su propia morada, los tiene reservados en prisiones eternas, bajo tinieblas, para el juicio del gran día” (Jud 6).»

Además del aire o del espacio circundante de la tierra, tanto la Sagrada Escritura como las vidas de los santos mencionan diversos lugares concretos frecuentados por los demonios: desiertos, ciudades o casas abandonadas, templos e ídolos paganos, sepulcros, fuentes, lagos, ríos y otros lugares semejantes.

Aunque el desierto suele considerarse morada de los demonios, no debe entenderse que constituya su residencia permanente o que esté bajo su dominio legítimo. Dios, en su inmensa filantropía, permitió que los espíritus apóstatas permanecieran principalmente en lugares deshabitados por el hombre. Así lo afirma también san Juan el Sinaíta, cuando dice que los demonios frecuentan los desiertos porque, para beneficio nuestro, el Señor los confinó allí.

Que los espíritus malignos frecuentan los desiertos y los sepulcros se manifiesta claramente en el relato del endemoniado de Gerasa, «que tenía su morada entre los sepulcros… y continuamente, de día y de noche, andaba dando gritos por los montes y entre los sepulcros…» (Mc 5,3-5). Del mismo modo, que frecuentan las fuentes y las aguas se refleja en las oraciones de la bendición de las aguas y en los troparios de la fiesta de la Teofanía, donde se habla de los «dragones», es decir, de los demonios que anidan en las aguas y son expulsados por la Jaris de Cristo.

Resulta especialmente significativo que el Antiguo Testamento presente algunas ciudades condenadas por Dios a quedar desiertas como moradas de los demonios (Is 13,20-21; 34,13-14; Bar 4,35).

Muchos santos combatieron duramente para levantar templos y monasterios o simplemente para habitar en regiones que los demonios consideraban suyas. En la vida de san Sabas se narra el caso del monte Castelio, un lugar terrible e inaccesible debido a la multitud de demonios que lo habitaban. El santo construyó allí un monasterio, después de purificar aquel lugar mediante mucha oración, ascetismo y sufrimiento. Hechos semejantes aparecen también en las vidas de san Antonio el Grande, san Macario de Egipto y otros muchos santos.

Incluso las tradiciones populares y numerosas leyendas hablan de casas encantadas por espíritus malignos, que actúan en lugares donde se han cometido asesinatos, crímenes o prácticas de magia e invocaciones demoníacas.

Nada de esto resulta extraño. Del mismo modo que existen lugares santos dedicados al culto y al servicio de Dios —templos, monasterios, ermitas, etc.—, también existen lugares contaminados por la energía del satanás: oráculos, templos idolátricos, lugares de sacrificios paganos o escenarios de prácticas mágicas.

En este sentido, incluso ciudades florecientes y populosas pueden convertirse en moradas de los espíritus malignos. El libro del Apocalipsis presenta a Pérgamo como el lugar «donde está el trono de Satanás» (Ap 2,13). Asimismo, la gran ciudad de Babilonia es llamada «casa de demonios y guarida de todo espíritu inmundo» (Ap 18,2).

Estas ciudades reciben tal calificativo porque, a causa de la vida pecaminosa de sus habitantes, quedaron sometidas al dominio de los demonios. Sus propios ciudadanos llegaron a convertirse en cohabitantes con los espíritus malignos.

También el hombre puede llegar a ser, si así lo quiere, morada de los demonios mal astutos; o, por el contrario, convertirse en templo del Espíritu Santo (1 Cor 3,16; 6,19). El mismo Señor llama «casa» de los demonios al hombre que descuida su salvación y permite que los espíritus malignos encuentren descanso en su psique-alma (Mt 12,43-45).

En resumen, respecto al lugar donde habitan los demonios conviene tener presentes las siguientes verdades:

1) Los demonios, por ser seres creados, existen siempre en un lugar determinado; sin embargo, no poseen ningún lugar de la creación como propio, porque todo pertenece al Creador del universo: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena; el mundo y todos los que en él habitan» (Sal 23 [24],1). Su verdadera manifestación consiste únicamente en el mal y en el pecado. Es muy significativa la sentencia de san Juan Crisóstomo: «El lugar del demonio no es otro que el pecado.»

2) Sólo Dios está presente en todas partes. Los demonios, aunque son espíritus de extraordinaria rapidez, no pueden encontrarse simultáneamente en dos lugares distintos. Por ello ignoran lo que sucede lejos del lugar donde se encuentran en cada momento.

Recordemos el ejemplo del Yeronticón. Cuando san Macario de Egipto fue a una skiti (caseta) y, mediante sus consejos, liberó al monje Zeópempto de los loyismí (pensamientos) demoníacos que lo esclavizaban, el diablo no advirtió la intervención del santo y quedó sorprendido por el cambio experimentado por el monje (cf. Yeronticón, pp. 124-126; véase también pp. 457-460).

 

Dinamis: fuerza, potencia, energía y efecto

La dínamis (poder, potencia y energía) de los demonios es, sin duda, mayor que la de los hombres, porque Dios no les quitó los atributos naturales que poseían como ángeles: «porque los dones de Dios son irrevocables» (Rom 11,29). Ellos mismos los oscurecieron y pervirtieron por su apostasía.

Su fuerza sobrehumana se manifiesta en la violencia con la que destruyeron la casa de Job, sus animales, sus siervos y sus bienes. También se evidencia en los casos de los endemoniados, a quienes atormentan cruelmente, haciéndoles romper las cadenas con las que están atados, vivir en medio del hielo sin sentir frío, etc. Asimismo, hacen exhibición de su potencia y energía por medio de los magos, que los utilizan como instrumentos suyos, engañando a muchas personas con prodigios y manifestaciones sobrenaturales.

Conocen bien su propia potencia y energía, y les agrada presentarse como «príncipes» o «soberanos de este mundo», creyendo que dominan todas las realezas del mundo (Mt 4,8).

En el libro del Apocalipsis se manifiesta de manera impresionante la fuerza de los demonios. Allí se atreven a combatir contra el Arcángel Miguel, y su jefe, el satanás, aparece como un terrible dragón que, con su cola, arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo, mientras de su boca derrama un río de agua. Además, transmite su fuerza y su poder al Anticristo, quien, a su vez, engaña a los hombres, hace descender fuego del cielo y da voz a una imagen de la bestia, carente de psique-alma, etc. (Ap., caps. 11-13).

Según el apóstol Judas, el satanás también se atrevió a disputar con el Arcángel Miguel, reclamando el cuerpo de Moisés (Jud 9).

Sin embargo, tal como nos aseguran las Santas Escrituras y como lo confirma la experiencia de la Iglesia, la fuerza de los demonios nunca queda fuera de control. Siempre actúa dentro de los límites que Dios establece. Por eso, el abad Amonás recalca que las tentaciones demoníacas no se producen porque el diablo las imponga, sino porque Dios las permite: «El hombre… se entrega al diablo para probarse. ¿Quién le entrega? El mismo Espíritu de Dios. Es imposible que el diablo pueda tentar al cristiano si Dios no se lo permite.»

Esto se aprecia claramente tanto en la tentación de los Apóstoles como en la de Job.

Antes de Su pasión, el Señor advirtió a Pedro acerca de la prueba que iba a sobrevenirle: «…Simón, Simón, he aquí que el satanás ha pedido zarandearos como al trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca…» (Lc 22,31-32). Es decir, el satanás pidió a Dios poner a prueba duramente a los Apóstoles, pero se le impusieron límites.

Lo mismo ocurrió con Job. El diablo no podía tentarlo por iniciativa propia. Tuvo que pedir permiso a Dios, y Él mismo determinó la magnitud y la extensión de la prueba. Le permitió destruir todas sus pertenencias, pero no tocar la vida de Job (Job 1,12). Después del primer ataque, al no lograr quebrantar la paciencia del justo, el diablo pidió un permiso mayor. Entonces Dios le permitió afligir a Job con una enfermedad física, pero, una vez más, dentro de unos límites precisos: le prohibió quitarle la vida (Job 2,6).

Los demonios no tienen poder para molestar ni siquiera a los animales si Dios no lo permite. Así pues, ni los animales de Job ni los cerdos de Gerasa habrían perecido sin el permiso del Señor. En este último caso, los mismos demonios se lo suplicaron: «Permítenos salir y entrar en la piara de cerdos» (Mt 8,31).

Es un hecho cierto que el hombre, con su caída y su apostasía de Dios, se esclavizó al diablo. Y consigo arrastró también a toda la creación, la cual «gime y sufre dolores de parto hasta hoy» (Rom 8,22).

Pero, mediante la obra de la divina Economía, el diablo ha perdido toda su fuerza. Por eso, ahora no hablamos tanto de la dinamis —poder, fuerza y energía— de los demonios en sí misma, sino de la influencia y del efecto de sus energías. Es decir, su fuerza reside principalmente en su capacidad para engañar al hombre. Son los mayores y más peligrosos estafadores.

San Juan Crisóstomo dice que el diablo toma su fuerza de nosotros mismos. Es decir, cuando nosotros queremos, se hace fuerte; y cuando queremos, vuelve a quedar débil y enfermizo. Si permanecemos vigilantes y cerca de nuestro Rey, él se encoge y se arruga de miedo, y el ataque que nos dirige no supera la fuerza de un niño. Pero, si nos alejamos del Señor, entonces el diablo, al encontrarnos privados de la alianza divina, se levanta presuntuosamente contra nosotros y nos amenaza gruñendo y rechinando los dientes.

Debemos saber que la guerra que los demonios libran contra nosotros no les resulta fácil. Si para ellos fuera una lucha sin esfuerzo, incansable y sin peligro alguno, entonces no podríamos hablar de batalla entre ellos y nosotros, sino simplemente de nuestro exterminio. Pero no sucede así. Ellos también sufren las consecuencias de un combate arduo y experimentan gran aflicción, confusión y abatimiento cuando son vencidos, como afirma san Casiano.

Por eso, san Antonio el Grande nos aconseja no temerles, sino permanecer vigilantes, protegiendo nuestro corazón de su maliciosa astucia, porque son muy atrevidos y descarados. Y añade:

«El Señor hizo que los demonios se arrastraran como las serpientes y los escorpiones, para que fueran pisoteados por los cristianos… No hagamos caso de sus palabras, porque mienten. Tampoco nos atormenten sus visiones, porque son engañosas y falsas… Con la jaris de Cristo quedan reducidas a la nada… Desde el principio, el diablo fue homicida y padre de la mentira. Sin embargo, nosotros permanecemos vivos y cada vez le combatimos con mayor fuerza. Está claro que los demonios son débiles. Ningún lugar constituye un obstáculo para sus maquinaciones; no nos consideran amigos para compadecerse de nosotros, ni aman el bien para corregirse. Al contrario, son malos y lo que más desean es perjudicar a quienes aman la virtud y respetan a Dios. Pero, como carecen de fuerza esencial, no hacen otra cosa que amenazar… Ninguna de sus amenazas puede cumplirse. Si estuviera en su potestad, no dejarían con vida a ninguno de nosotros, los cristianos… Tengamos temor únicamente de Dios. A los demonios debemos despreciarlos y no temerlos.»

Para confirmar sus palabras, el santo se refiere a la siguiente experiencia personal:

«Una vez alguien llamó a mi puerta. Salí y vi a un hombre alto y delgado. Le pregunté:

—¿Quién eres?

Me respondió:

—Yo soy el satanás.

Volví a preguntarle:

—¿Para qué has venido aquí?

Y él se quejó diciendo:

—¿Por qué los cristianos y los monjes me acusan y me maldicen injustamente?

Le respondí:

—Porque los molestas.

Él me dijo:

—No los molesto yo; ellos mismos se perturban. Yo ya soy débil. ¿No han leído que “las grandes espadas mortales del enemigo y las otras máquinas de guerra fueron completamente destruidas; derribaste las ciudades fortificadas y su recuerdo se desvaneció con estruendo?» (Sal 9,7) Ya no tengo lugar, ni flechas, ni ciudad. En todas partes se han hecho cristianos. Hasta el desierto se ha llenado de monjes. Que tengan, pues, cuidado de sí mismos y no me maldigan injustamente.

Entonces admiré la jaris de Dios y le dije:

—Aunque eres un mentiroso y nunca dices la verdad, en esta ocasión has hablado correctamente y, sin querer, has dicho la verdad. Porque Cristo, con Su venida a la tierra, te ha vencido, debilitado y despojado de tu poder.

Al escuchar el nombre de Cristo y no pudiendo soportar el ardor que le producía, el diablo desapareció.»

En conclusión, podemos decir que los demonios no tienen ningún poder sobre nosotros, salvo el que Dios les permite o el que nosotros mismos les concedemos al entregarles nuestra voluntad. Por ello, es un error atribuir exclusivamente a ellos la responsabilidad de nuestras caídas. Dios les permite tentarnos y ofendernos, pero no violar nuestra libertad. Está en nuestras manos aceptar o rechazar sus ataques. Ellos no tienen permiso para tocar nuestra libertad. Su fuerza es sugestiva, no coercitiva. Esto significa que podemos resistir sus estrategias y no obedecerles.

Sin embargo, si nos descuidamos y no tomamos en serio esta lucha, entonces les concedemos muchos derechos. Su fuerza se alimenta de nuestra pereza y de nuestro descuido. Peor aún es someter nuestra voluntad a la de ellos, pues entonces adquieren un gran poder sobre nosotros. Así ocurrió con Judas: permitió que el satanás entrara en su interior (Lc 22,3), y este llegó a dominarlo hasta el punto de que, aun reconociendo su pecado y sintiendo remordimiento por haber traicionado a Cristo, no pudo arrepentirse, sino que acabó suicidándose. Lo mismo sucedió con Ananías, quien cayó muerto delante del apóstol Pedro al escuchar aquellas terribles palabras: «¿Por qué has permitido que el satanás llene y domine tu corazón…?» (Hechos 5,3).

Esta fuerza del engaño y de la falsedad es muy grande. La acción del satanás puede destruirnos o conducirnos a la autodestrucción.

 

La obra o actividad del diablo

La principal obra del diablo, después de su caída, consiste en oponerse continuamente a la voluntad divina. Odia mortalmente las criaturas de Dios y, de manera particular, al hombre, creado «a imagen y semejanza» de su Creador. Él mismo, como apóstata (transfuga), después de haber arrastrado con engaño y mala astucia al hombre a la apostasía, lucha por todos los medios para mantenerlo alejado de Dios.

Cristo, mediante Su humanización, ha dado a los hombres el poder de regresar a «la belleza ancestral» y alcanzar la θέωσις (zéosis: divinización glorificación). Pero el diablo, aunque ahora está debilitado, continúa, con su mala astucia, arrastrando al pecado a las criaturas amadas de Dios, intentando así anular la obra redentora del Señor. Ha declarado, pues, una guerra terrible y sin cuartel contra el hombre, no sólo por odio y rabia, sino también por envidia. No puede soportar la doxa-gloria divina, la felicidad y la bienaventuranza que esperan a los luchadores espirituales. Por ello siembra el mal entre ellos, los incita al pecado y les inspira incredulidad hacia la verdad y la agapi de Dios. Según la parábola del Evangelio, el diablo es el enemigo que sembró la cizaña en el campo donde el Señor había sembrado el trigo limpio (Mt 13,24-25).

El mal constituye el alimento cotidiano del diablo. No piensa ni se complace en otra cosa. Por eso, todo el mal que existe en el mundo es obra suya. Los asesinatos, las guerras, los adulterios, los vicios y toda clase de pecados son promovidos por él. «El que persiste en practicar el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio…», dice san Juan el Teólogo (1Jn 3,8).

El hombre, después de la caída, permanece continuamente en el punto de mira del diablo. La principal ocupación del maligno consiste en mantenerlo en el engaño, lejos de la verdad de Dios. Por eso, como explica san Justino, antiguamente enseñó a los hombres el politeísmo, mientras que ahora intenta, mediante miles de maquinaciones, convertir a los fieles en infieles y mantenerlos desiluminados, oscurecidos, lejos del Evangelio. Así lo confirma también el apóstol Pablo cuando dice: «cuya mente e inteligencia cegó el dios de este mundo pecador, es decir, el Satanás, para que no brille en ellos la luz del Evangelio de la gloria increada de Cristo, el cual es imagen-icona de Dios. (2 Cor 4,4).

Otra de las actividades principales de los espíritus maliciosos es combatir la obra de la Iglesia, porque la odian, ya que destruye sus obras. Así se explican las innumerables dificultades, impedimentos y problemas que suscitan contra quienes desean servir dentro del ámbito de la Iglesia. El sabio Sirác advierte: «Hijo, si vienes a servir al Señor Dios, prepara tu psique-alma para las tentaciones» (Sir 2,1).

Asimismo, el apóstol Pablo atribuye al satanás los acontecimientos que le impidieron realizar su visita pastoral a Tesalónica. Por ello escribe: «Quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, ciertamente una y otra vez, pero el satanás nos lo impidió» (1.ª Tes 2,18).

 

Los telonios o aduaneros

El diablo, como indica su mismo nombre, nunca deja de calumniar a Dios. Es «…el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios…» (Ap 12,10). Esta labor, que tanto ama, es decir, el odio abismal que siente hacia los hombres, la ejerce con mayor intensidad en la hora de nuestra muerte, porque ese es el último momento en que puede intentar ganarnos. Así lo dice san Juan el Carpacio: «Cuando nuestra psique-alma sale de nuestro cuerpo, nuestro enemigo, el diablo, se lanza audazmente contra ella, la ataca, la ultraja y se convierte en un acusador duro y terrible de sus pecados.»

Verdaderamente, «terrible es el misterio de la muerte». Por eso nuestra Iglesia, cada sábado, en el Oficio de Medianoche, ruega a Dios: «Señor, sé misericordioso conmigo, para que mi psique-alma no contemple el tenebroso y oscuro rostro de los malignos demonios, sino que la reciban los alegres e iluminados ángeles.»

Asimismo, para esa hora terrible de nuestra partida, suplicamos a nuestra Panaghía que socorra a nuestra atormentada y desdichada psique-alma, cubriéndola con su protección y alejando de ella los rostros sombríos de los demonios mal astutos (Pequeñas Vísperas).

Cuando la psique abandona el cuerpo y es recogida por los ángeles para ser conducida al cielo, intervienen los demonios aéreos, los soberanos de «la potestad del aire» (Ef 2,2), e intentan impedir su ascenso presentando ante ella los pecados que cometió durante su vida terrenal. Estos demonios reciben el nombre de telonios o aduaneros, porque, así como «los vigilantes de la aduana» permanecen en los pasos estrechos, detienen a quienes pasan por ellos y los inspeccionan minuciosamente, del mismo modo estos demonios examinan a la psique-alma cuando sale del cuerpo. Y si las psiques-almas no se han purgado y limpiado plenamente de sus pecados, no les permiten ascender al cielo, a las moradas celestiales, para encontrarse con su Señor (san Macario el Egipcio).

Los ángeles, por el contrario, presentan las buenas obras que las psiques-almas realizaron durante su vida terrenal y facilitan su camino hacia el mundo celeste. La psique-alma que ama a Dios, cree en Él y ha sido purgada y sanada de sus pecados mediante la metania, no corre peligro ante los telonios, sino que los atraviesa invulnerable, fortalecida por la divina jaris (gracia, energía increada)

Como dice san Macario el Egipcio: «Entonces la psique-alma es recibida con alegría por un coro de ángeles, que la conducen a su lugar, al siglo limpio y puro. Pero, si es responsable de sus pecados, entonces una multitud de demonios, ángeles malignos y fuerzas tenebrosas se apoderan de aquella psique y la retienen en su propio lugar.»

Este proceso, durante el cual la psique-alma pasa por un juicio particular, recibe el nombre de telonización o paso por los telonios o la aduana. Conviene aclarar que, en este tránsito, ni los ángeles ni los demonios son los jueces de la psique-alma, aunque exteriormente parezcan desempeñar el papel principal. Dios es el único Juez; los demonios actúan como acusadores y los ángeles como defensores, según enseña san Cirilo de Alejandría.

Tras la conclusión de este juicio particular, la psique-alma, tanto si es recibida por los ángeles como si queda retenida por los demonios, entra en el llamado estado intermedio de las psiques-almas, durante el cual pregusta, según sus obras, los bienes eternos o los tormentos eternos, mientras espera el Juicio final de Dios.

 

A quiénes hacen la guerra

Los demonios odian a todos los hombres sin excepción, pero combaten especialmente a quienes no obedecen sus voluntades. Con mayor razón atacan a aquel que, mediante el Santo Bautizo, ha renunciado a ellos y se ha convertido en un miembro consciente de la Iglesia de Cristo.

San Cirilo de Jerusalén explica en sus Catequesis la gran importancia que tiene para el catecúmeno la renuncia al diablo cuando, vuelto hacia el occidente, confiesa: «Renuncio a Satanás, a todas sus obras, a todo su séquito y a todo su culto.»

Asimismo, explica cuál es la dínamis (poder, potencia y energía,) psíquica y la iluminación que recibe el fiel mediante el Bautizo, así como cuán terribles resultan para los demonios los dones que el Espíritu Santo concede al bautizado.

Es seguro que el fiel, después de su incorporación a la Iglesia, tendrá que afrontar la guerra que el diablo levantará contra él. Por ello, el apóstol Pablo exhorta a revestirse con todo empeño de «la armadura de Dios» (Ef 6,11). Esta armadura está formada por las virtudes, que el hombre adquiere mediante su lucha personal y la sinergia de la divina jaris (gracia, energía increada.

Los espíritus mal astutos combaten, sobre todo, a quienes cultivan las virtudes y progresan en la vida espiritual. San Juan el Carpacio dice: «Los demonios atacan principalmente a los que poseen gran devoción y piedad, y mediante combates insoportables intentan empujarlos al pecado, para apartarlos de Cristo, de la oración y de la buena esperanza.»

De manera especial combaten a quienes oran, porque el arma de la oración destruye todas sus maquinaciones. Por eso, cada vez que nos disponemos a orar, también el diablo se prepara para el ataque. San Juan el Clímaco dice que, cuando suena la campana para la oración, podemos contemplar, por un lado, a los hermanos reunidos y, por otro, invisiblemente congregados, a los enemigos.

En general, quien lucha por arrancar de sí los pazos entra inevitablemente en combate con los espíritus malignos, como ya hemos explicado anteriormente. Y cuanto más valiente es su resistencia, tanto más fuerte será el ataque que recibe. Por ello, los santos que alcanzaron elevados grados de virtud soportaron todo el odio y la furia de los demonios. Sin embargo, la jaris de Dios los cubrió y sus combates fueron coronados con la victoria.

Por eso nos aconseja san Nikitas Stizatos: «Permanece atentamente vigilante ante las asechanzas de los repugnantes demonios. Porque, cuanto más asciendes hacia las altas virtudes, tanto más ellos, al ver tu ascenso, rechinan los dientes y extienden cuidadosamente por el aire inteligible sus múltiples redes de maldad.»

Así pues, la intensidad de la guerra demoníaca es proporcional a la calidad y a la madurez de la vida espiritual.

Por el contrario, a quienes no resisten sus malas voluntades, los demonios apenas los combaten, porque los consideran suyos. Esos hombres se han habituado a los pazos y han terminado identificándose con ellos. Se han convertido, según san Juan el Sinaita, en autoengañadores y en sus propios combatientes. Los demonios únicamente se ocupan de mantenerlos en un estado de falsa tranquilidad, ocultando cuidadosamente su propia presencia. De este modo consiguen que se olviden de ellos e incluso lleguen a dudar de la existencia de los mismos demonios.

Algo semejante les sucede a quienes, por pereza espiritual, aflojan y abandonan el combate ascético. Ellos mismos llegan a convertirse en demonios para sí mismos. Dice san Juan el Clímaco que el monje negligente, al abandonar su kelia-celda y la ascesis, termina haciéndose semejante al demonio.

¿Y cómo se castigan a sí mismos quienes no resisten los impulsos de sus pazos? Viviendo constantemente abrasados por el deseo insaciable de satisfacer sus propias voluntades. Sus voluntades terminan identificándose con las de los demonios, y son estos quienes los atormentan para que las cumplan, como enseña el abad Poimén.

Cuando somos nosotros mismos quienes nos tentamos, el diablo ya no necesita esforzarse para tentarnos. El satanás no tiene necesidad de tentar a quienes se tientan a sí mismos y permanecen continuamente arrastrándose por la tierra, absorbidos por los asuntos puramente biológicos. Como dice san Juan el Clímaco, los premios y las coronas están reservados para quienes son tentados por el diablo y perseveran preocupándose únicamente por Dios.

Pero cuando esos negligentes deciden ocuparse de su salvación y sacudirse el yugo del demonio, entonces experimentan toda la furia de los espíritus malignos. El abad Doroteo compara al demonio con el faraón: del mismo modo que el rey de Egipto endureció todavía más su actitud contra los israelitas cuando, por mandato de Dios, le pidieron salir de su dominio, así también el diablo se enfurece cuando percibe que la misericordia de Dios se acerca a una psique-alma para sanarla. Entonces despierta contra ella todos los pazos y la combate con una ferocidad increíble.

 

Por qué nos combaten

¿Por qué Dios ha permitido que los demonios tengan la dinamis (potencia y energía) y el poder de tentar a los hombres, sobre todo cuando muchos, a causa de las tentaciones, son arrastrados al pecado y pierden sus psiques-almas? ¿No habría sido preferible privarlos de la existencia y hacerlos desaparecer y así se habría evitado la caída de Adán y la tragedia que sobrevino después a la humanidad?

Estas preguntas no son fáciles de responder. Sin embargo, intentaremos ofrecer algunas respuestas inspiradas en los Padres de la Iglesia.

El diablo constituye, sin duda, una existencia personal. Dios, en su infinita bondad, no lo destruyó después de su rebelión, porque ello daría la impresión de que se había equivocado al crearlo, cosa imposible para el perfectísimo y sapientísimo Dios. Ahora bien, ¿por qué lo creó, si conocía de antemano su caída? Esto pertenece a las voluntades apócrifas de Dios. «¿Quién ha conocido el nus o espíritu del Señor? ¿O quién ha sido su consejero?» (Rom 11,34).

San Juan el Damasceno aborda esta cuestión del siguiente modo: «Dios, por su inmensa bondad, creó también al diablo. Porque pensó: «Aunque este llegue a hacerse mal astuto y pierda todos los bienes que le concederé, ¿por qué voy a privarlo totalmente del bien y reducirlo a la inexistencia? De ningún modo. Aunque él llegue a hacerse mal astuto, no le privaré del poder de convertirse en colaborador mío. Le concederé todavía un bien: por el simple hecho de existir, haré que, sin quererlo, coopere conmigo para el bien.»»

Porque el ser, la existencia misma, es un bien. un regalo y un don de Dios.

Así pues, el diablo, por su apostasía, no fue privado de la existencia ni dejó de pertenecer al orden de los seres racionales. Conservó, por tanto, su libertad personal. Dios, respetando esa libertad, tolera que obre el mal, no por debilidad, sino por magnanimidad. Sin embargo, ha incorporado su maliciosa actividad al plan de Su divina Economía para la salvación y sanación del hombre.

San Juan el Damasceno añade: «Porque mediante él muchos reciben la corona. Y si dices que también muchos se pierden, te responderé lo siguiente: así como el diablo pudo hacerse malo por su propia voluntad, sin que nadie lo impulsara, lo cual constituye su mayor crimen, del mismo modo también el hombre habría podido hacerse malo por sí mismo, sin necesidad de ninguna influencia; y ese habría sido igualmente su mayor pecado. Pero el diablo, al haber pecado por sí solo, permaneció sin arrepentimiento y sin posibilidad de hacer la metania. En cambio, el hombre, al haber pecado no únicamente por sí mismo, sino bajo la influencia engañosa del diablo, fue conducido a la metania y se hizo digno de la regeneración, de la renovación y de la absolución de sus pecados.»

Este impresionante pasaje del gran dogmatólogo de nuestra Iglesia nos revela tres verdades fundamentales, que constituyen al mismo tiempo la respuesta a las preguntas iniciales:

a) La causa de la caída del hombre fue su propia libertad, no el diablo. Es decir, el hombre habría podido caer incluso sin la intervención satánica.

b) Providencialmente, no cayó solo, sino bajo la influencia del diablo, porque precisamente esa circunstancia hizo posible que se le concediera el camino de la metania.

c) La existencia y la acción del diablo terminan, finalmente, redundando en beneficio del hombre dentro del plan salvífico de Dios.

San Cirilo de Jerusalén afirma que Dios permitió al diablo vivir y combatir contra los hombres por dos razones: la primera, para que quedara todavía más avergonzado al ser vencido por quienes son inferiores a él; y la segunda, para que recibieran una doxa-gloria aún mayor aquellos que vencen a quien una vez fue arcángel.

Además, las tentaciones son indispensables para que el hombre se ejercite y ponga a prueba su disposición interior, de manera que la virtud sea fruto del ejercicio libre de su voluntad y no de una necesidad inevitable, como enseña san Basilio.

San Máximo el Confesor enumera cinco causas por las que Dios permite que el diablo nos combata.

La primera es que, mediante la experiencia del combate, aprendamos a distinguir la virtud del mal.

La segunda, que la virtud adquirida con esfuerzo y fatiga permanezca firme y estable.

La tercera, que el progreso en la virtud no nos conduzca al orgullo, sino que aprendamos la humildad.

La cuarta, que lleguemos a odiar con todas nuestras fuerzas el mal y la maldad.

Y la quinta, que, al alcanzar la apázia (ausencia de pazos), nunca olvidemos nuestra propia debilidad ni la dinamis (potencia y energía) de Dios, que es la que verdaderamente nos ha ayudado.

Además de estas causas, por las cuales Dios permite el combate, existen otras cuya responsabilidad recae en el mismo hombre. San Juan el Sinaita dice: «Toda guerra demoníaca procede, por lo general, de tres causas: de la negligencia o pereza espiritual, de nuestro orgullo y de la envidia de los demonios. La primera es deplorable, la segunda miserable y la tercera bienaventurada.»

En conclusión, podemos decir que el diablo, aunque sin quererlo, termina convirtiéndose en un instrumento útil en las manos de Dios y sirviendo a Sus santas voluntades. De este modo, las tentaciones demoníacas actúan siempre, dentro de la divina Economía, con una finalidad pedagógica y terapéutica para el hombre, pues le ayudan a reconocer su propia debilidad, a hacer la metania y arrepentirse, y a conocer por experiencia tanto la agapi de Dios como el odio del diablo.

 

Cómo nos combaten

Los espíritus mal astutos nos combaten de muchas maneras. Poseen la experiencia de miles de años y, por ello, conocen fácilmente nuestras debilidades y saben cómo explotarlas para que sus ataques resulten eficaces. El apóstol Pedro dice que «nuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1Pe 5,8). Es decir, como no necesita dormir, observa continuamente nuestras psiques-almas y, como un león sanguinario, busca la ocasión propicia para destruirlas.

En general, los demonios nos atacan según nuestro estado espiritual. De una manera combaten al principiante y de otra al que ha adquirido experiencia en la vida espiritual. En cualquier caso, la intensidad de la guerra demoníaca nunca supera la capacidad de resistencia del combatiente. Por eso nos anima el apóstol Pablo: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá de lo que podéis soportar; antes bien, junto con la tentación dará también la salida, para que podáis resistir» (1Cor 10,13).

El abad Isaac el Sirio habla de cuatro clases de combates, que se corresponden con cuatro etapas sucesivas de la madurez espiritual del hombre.

1) A los principiantes negligentes y perezosos espiritualmente, el diablo los ataca con violencia desde el comienzo, para intimidarlos y atemorizarlos, intentando que abandonen la lucha. A veces Dios permite que experimenten estas tentaciones sin concederles inmediatamente Su ayuda, porque comenzaron el combate con tibieza, duda, egolatría y doble moral. De ellos se ha dicho: «Maldito el que hace la obra del Señor con negligencia» (Jer 48,10).

No sucede lo mismo con los principiantes sencillos y libres de malicia, pues la jaris de Dios los protege y, con el paso del tiempo, llegan a convertirse en luchadores vigilantes, prudentes y valientes.

2) A quienes han alcanzado el segundo estadio, el diablo ya no los ataca inmediatamente, porque ve su celo y su firme disposición para el combate. Espera a que ese fervor se enfríe y aparezca la pereza espiritual. Entonces disminuye la acción de la divina jaris en la psique-alma y se permite que actúen las tentaciones. La causa de estas pruebas suele ser el meteorismo (enaltecimiento o exaltación) de los loyismí (pensamientos), unido a la negligencia espiritual. Lo mismo sucede con el hedonismo (la búsqueda de los placeres materiales y carnales) y el amor al reposo.

En este estadio los luchadores son puestos a prueba y, mediante el abandono pedagógico de Dios, aprenden a buscarlo con el mismo anhelo con que un niño busca a su madre. Cuando, gracias a estas pruebas, llegan a la autocrítica y reavivan su celo, Dios les envía nuevamente el auxilio celestial. Entonces el diablo, al comprobar que se han fortalecido, cambia de estrategia.

3) Procura alejarlos de sus ángeles custodios sembrando en ellos loyismí de orgullo, haciéndoles creer que pueden vencer por sus propias fuerzas o intentando engañarlos mediante sueños y falsas visiones. Pero si permanecen fuertes y vigilantes, conservando la memoria de Dios, no serán engañados. Entonces el enemigo pone en práctica su último recurso.

4) Enturbia el nus (espíritu, ojo espiritual) de los atletas mediante las fantasías de las cosas sensibles y los conceptos apasionados que estas suscitan, para arrastrarlos al pecado a través del loyismós (pensamiento). El mal astuto sabe muy bien que, en la vida espiritual, tanto la victoria como la derrota dependen del loyismós (pensamiento simple o compuesto con la fantasía).

Con este combate se pone a prueba la entrega de los luchadores a Dios. Quienes, por amor (agapi) a Dios, desprecian las fantasías, pisotean los placeres carnales y perseveran en la humildad, salen victoriosos. Pero quienes resultan infieles son abandonados por la divina jaris, caen en la miseria y terminan en manos del enemigo; entonces se pierden todos los esfuerzos realizados anteriormente.

Esta es, en líneas generales, la estrategia de la guerra demoníaca, tal como la describe el abad Isaac. Pero ¿cuáles son concretamente los medios que emplean los demonios para combatirnos, tanto en estos cuatro estadios como durante toda la vida espiritual?

1) Nos atacan con los pensamientos (loyismí). Esta es la forma más frecuente de la guerra demoníaca. En el Yerontikón (libro de los Padres del desierto), los pensamientos son llamados «semillas» o «siembras de los demonios».

Cuando hablamos de loyismí pensamientos nos referimos a los pensamientos apasionados y pecaminosos, es decir, a aquellos en los que el nus o el corazón forman la imagen de una persona o de una cosa material unida a la pasión. Existen también loyismí pensamientos simplemente humanos y loyismí apazís (libres de pazos) o angelicales.

Los demonios siembran pensamientos apasionados intentando cautivar nuestro nus, porque, como dice san Juan el Sinaita, «si el nus no cierra sus ojos, el tesoro será robado».

San Juan Casiano escribe: «Es imposible que los espíritus impuros entren en el hombre si antes no han dominado su nus. Primero destruyen la protección del nus, que es el temor de Dios y la memoria de Dios; después atacan al hombre y, al encontrarlo desarmado y privado del auxilio divino, fácilmente lo vencen y establecen en él su dominio.»

Los loyismí pensamientos son como ladrones que conquistan el nus que es la fortaleza de la psique-alma, para saquear después todos sus tesoros espirituales.

San Nilo Sorski pone este ejemplo: «El loyismós pensamiento de la vanagloria es como un ladrón astuto que traiciona una ciudad hermosa y abre las puertas de la psique-alma a todos los demonios. Basta con que durante un instante contemples con satisfacción tus virtudes como si fueran fruto exclusivo de tus propios esfuerzos, para que compruebes con qué rapidez el maligno se precipita dentro de tu psique-alma.»

2) Los demonios también nos combaten despertando los pazos que permanecen en nuestro interior alterando las tres facultades de la psique-alma.

Dice san Máximo el Confesor: «Los demonios oscurecen la parte logística de la psique, inflaman la parte anhelante o volitiva y agitan la parte irascible o emocional.»

Y añade: «A partir de los pazos que existen en la psique-alma, los demonios toman los motivos para suscitar en nuestro interior pensamientos apasionados. Después, mediante esos pensamientos, combaten al nus e intentan arrancarle su consentimiento al pecado. Una vez vencido el nus, conducen al hombre al pecado por la diania (mente, intelecto, cerebro) y, consumado este, lo llevan cautivo a la praxis.»

3) Los demonios también nos combaten por medio de los sentidos físicos, especialmente de la vista.

El mismo Cristo, queriendo protegernos de la lujuria nacida de la mirada, dice: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28).

San Nicodemo el Aghiorita llama a los sentidos físicos corporales «las puertas del pecado y las ventanas por donde entra la muerte en la psique», cuando los dejamos sin vigilancia para que busquen placeres perjudiciales y mortales.

San Juan el Clímaco explica: «De los sentidos nacen los loyismí pensamiento mal astutos… Muchas veces, una mirada agradable, el contacto de una mano o un sonido escuchado sirven de ocasión para que los pensamientos de lujuria penetren en el corazón. Pero también puede suceder lo contrario: que los pensamientos de la lujuria exciten el cuerpo hacia el pazos.»

Así sucede con algunos pazos físicos corporales: unos nacen primero en el interior del hombre y luego se manifiestan en el cuerpo; otros comienzan por los sentidos corporales, despiertan el placer y, posteriormente, ese placer cautiva el nus.

4) Si los demonios nos combaten mediante los loyismí pensamientos, los pazos y los sentidos, mucho más nos hacen la guerra por medio de la fantasía. La fantasía es más sutil que los sentidos corporales, pero más densa que el nus, y se encuentra entre ambos. Es un fenómeno posterior a la caída; es decir, Adán no poseía fantasía antes de la caída. Ni Dios ni los ángeles tienen fantasía; en cambio, los hombres y los demonios sí. Por eso, la fantasía constituye un conducto especialmente apto para la acción demoníaca.

5) También nos combaten por medio de nuestros prójimos. Es decir, utilizan a otras personas como instrumentos para causarnos desgracias e inducirnos al pecado. San Máximo enseña que el diablo tentaba a Cristo por medio de los fariseos y que del mismo modo combate continuamente contra nosotros, incitándonos contra los demás, sobre todo contra quienes carecen de respeto y temor de Dios.

San Juan el Carpacio enseña: «Así como el Señor quiere que el hombre se sane y se salve por medio del hombre, así también el satanás quiere conducirnos a la perdición por medio de los hombres. Por eso, quien se relaciona sin prudencia ni vigilancia con un hombre mal astuto tendrá preparado su propio naufragio, como si conviviera con un leproso.»

6) Los demonios también pueden perjudicarnos mediante la βασκανία (vascanía), es decir, el mal de ojo, como lo llama el pueblo. En este caso, los demonios se sirven de la maldad y de la envidia de ciertos hombres hacia los bienes que poseemos: la salud, la belleza, la riqueza, la dignidad, una familia feliz, etc. Si una persona permanece desprotegida por no participar en los Santos Misterios de la Iglesia, los demonios pueden, con permiso de Dios, privarla de algunos de esos bienes valiéndose del mal de ojo provocado por la envidia de otros.

La Iglesia ha incluido en su Efjoloyio (Libro de las Bendiciones) una oración especial contra el mal de ojo, que los sacerdotes leen sobre quienes lo padecen, rogando a Dios que los libre «de toda energía diabólica, de todo ataque satánico… y de todo daño y mal de ojo procedente de personas malhechoras y mal astutas».

El bienaventurado Yérontas Paísios respondió así cuando le preguntaron sobre este tema: «Los hombres que tienen envidia y maldad —y son pocos los que llegan a ese extremo— son quienes producen el mal de ojo. Por ejemplo, una mujer ve a un niño hermoso junto a su madre y piensa con maldad: “¿Por qué yo no puedo tener ese niño? ¿Por qué Dios tuvo que dárselo a ella?”. Entonces aquel niño puede sufrir algún daño: comienza a llorar, no puede dormir y se siente angustiado, porque aquella mujer lo ha mirado y pensado con maldad. Incluso, si el niño muriera, ella sentiría una secreta satisfacción interior. Del mismo modo, sobre todo en las zonas rurales, algunos ven un animal ajeno —una ternerita o un cordero—, lo desean con envidia, y poco después el animal muere.»

7) Otra forma de guerra consiste en las enfermedades y, en general, en las aflicciones corporales. El diablo, provocando enfermedades, intenta hacernos perder la paciencia y volvernos contra Dios. Que algunas enfermedades son causadas por la acción del maligno, siempre con el permiso de Dios, lo vemos en la curación de la mujer encorvada del Evangelio. Cuando Cristo dice que aquella mujer «a quien el satanás había tenido atada durante dieciocho años» (Lc 13,16), manifiesta claramente que su enfermedad tenía un origen demoníaco.

La misma causa parece encontrarse también en el padecimiento del apóstol Pablo, quien confiesa: «…me fue dado un aguijón en la carne, un ángel del satanás que me abofetee…» (2Cor 12,7).

La santa Sinklitikí, que soportó largas y dolorosas enfermedades, dice acerca de este tema: «El diablo trae enfermedades duras y angustiosas para enturbiar la agapi hacia Dios en aquellos que pierden la paciencia. Debilita el cuerpo con fuertes fiebres y lo consume con una sed insoportable.»

8) Otra forma de combate consiste en los sustos y los miedos que los demonios provocan. Intentan aterrorizarnos mediante ruidos, golpes y voces, para desanimarnos en toda obra espiritual, especialmente en la oración, o para inducirnos al engaño espiritual. Estos fenómenos no tienen un origen natural y, precisamente por eso, producen temor.

San Nilo el Asceta dice: «Quien no se ejercita en la oración pura y libre de imaginaciones o alucinaciones escuchará golpes, ruidos y voces, y sufrirá además diversas aflicciones corporales provocadas por los demonios.»

Incluso a quienes han avanzado en la vida espiritual, los demonios se les aparecen personalmente para infundirles temor, adoptando diversas formas. San Antonio el Grande, experimentadísimo combatiente contra los demonios, afirma que se transforman en fieras salvajes, reptiles repugnantes, dragones espantosos, gigantes y hasta en innumerables ejércitos de soldados.

 

Tecnasmas o artificios

En su guerra contra el hombre, el diablo no resulta tan peligroso cuando combate abiertamente. Su mayor peligro reside en su manera astuta de actuar, ocultando sus ataques y destruyendo así innumerables psiques-almas. Es un gran inventor de artificios, tretas y engaños, y posee una extraordinaria experiencia en tender cepos y trampas. Por eso ha recibido sobrenombres como mal astuto, vil, tramposo, pervertidor y engañador.

Dice san Gregorio el Teólogo: «El malvado enemigo ha inventado miles de aguijones, muchas veces ocultos bajo una apariencia bondadosa. Con ellos prepara el desastre del hombre, igual que el anzuelo escondido bajo el agua prepara la muerte del pez.»

San Antonio el Grande contempló todos los cepos y trampas del enemigo extendidos sobre la tierra. Estaban tan hábilmente colocados que el santo se maravilló al pensar que era casi imposible atravesarlos sin quedar atrapado.

San Macario vio al diablo bajo la apariencia de un hombre vestido con una túnica llena de pequeños recipientes colgados de numerosos agujeros. En cada uno de ellos llevaba una tentación distinta, que iba ofreciendo a los monjes con la esperanza de que alguno la aceptara. Por ello aconsejaba: «Debemos observar con gran discernimiento los artificios, los engaños y los planes malignos del enemigo. Porque, así como el Espíritu Santo dice por boca de Pablo que se hizo “todo para todos” con el fin de ganar a todos o, al menos, a la mayoría, así también la maldad adopta toda clase de formas para conducir a todos, o al mayor número posible, a la perdición.»

La santa Sinklitikí señala algunas de las principales tretas del diablo:

«Si el diablo no consigue cautivar la psique-alma mediante la pobreza, le presenta como cebo la riqueza. Si no logra vencerla mediante los insultos y las difamaciones, la tienta con elogios y honores. Cuando es derrotado por medio de la salud, procura enfermar el cuerpo. En general, cuando no puede engañarnos mediante el hedonismo o los placeres carnales, intenta desorganizarnos por medio de aflicciones, sufrimientos y depresiones involuntarias.»

El apóstol Pablo, que conocía bien los planes, las astucias y las emboscadas del satanás, escribía: «…porque no ignoramos sus pensamientos y maquinaciones» (2Cor 2,11).

Por ello exhortaba a los cristianos: «Vestíos con la armadura de Dios, para que podáis manteneros firmes contra las maquinaciones del diablo» (Ef 6,11).

San Juan Crisóstomo comenta este pasaje diciendo: «Pablo no habló de guerras y combates abiertos, sino de artificios y maquinaciones. Porque el enemigo no nos combate de frente, sino con astucia. No manifiesta inmediatamente lo que pretende hacer para no ser descubierto; antes bien, se cubre con una máscara y actúa con engaño y seducción, igual que un enemigo que, queriendo conquistar una ciudad, excava secretamente por debajo de sus murallas.»

El primer gran artificio que empleó el diablo para engañar a Eva en el paraíso fue el siguiente. Primero tomó la forma de una serpiente, el animal más astuto de todas las bestias. Después la sedujo mediante el diálogo, consiguiendo sembrar en ella la duda acerca de Dios y de la verdad de Su mandamiento. Finalmente despertó en ella el deseo del fruto prohibido y logró convencerla de que lo probara, separándola de Dios y sometiéndola a la muerte (Gn 3,1-6).

Este mismo artificio o tecnasma, que utilizó el diablo para expulsar a nuestros primeros padres del paraíso, continúa empleándolo hasta nuestros días para mantenernos alejados de Dios. Nos susurra calumniosamente que los mandamientos de Dios son demasiado duros, imposibles de cumplir o impropios de nuestra época. Lo más peligroso es que presenta estos pensamientos como si fueran inspiraciones de nuestra propia mente y no sugestiones procedentes de él. Al mismo tiempo, despierta nuestros deseos de placeres carnales y de hedonismo, enreda nuestra psique-alma en las redes del pecado y la conduce hacia la muerte espiritual.

Los artificios del diablo varían según la edad, la condición, la responsabilidad, el estado espiritual y, en general, según el modo de vida de cada persona. No combate del mismo modo al joven que al anciano; ni al clérigo que al monje; ni al principiante que al hombre avanzado en la vida espiritual.

Expondremos ahora algunos de estos artificios, tal como los describe san Juan el Sinaita en la Clímax o Escalera, porque, en verdad, cuando un artificio queda desenmascarado pierde gran parte de su fuerza y de su eficacia. El combatiente que conoce de antemano, gracias a la enseñanza de un hombre experimentado, las trampas y los cepos colocados en su camino puede protegerse con mucha mayor facilidad.

Dice el Santo:

  • Un artificio que los demonios emplean constantemente cuando nos ven comenzar una obra espiritual consiste en cavar astutamente tres hoyos, intentando hacernos caer sucesivamente en cada uno de ellos.

Primero procuran impedir que iniciemos la obra (primer hoyo).

Si no lo consiguen, intentan que la realicemos de un modo contrario a la voluntad de Dios (segundo hoyo).

Y si también fracasan en esto, entonces se acercan silenciosamente, nos felicitan y nos alaban porque obramos conforme a la voluntad de Dios, con el fin de hacernos caer en el orgullo y la vanagloria (tercer hoyo).

  • También emplean muchas otras estrategias para falsificar nuestra lucha espiritual. Por ejemplo, cuando no consiguen hacernos pecar, procuran impulsarnos a juzgar y condenar a quienes han pecado, para que, mediante esa crítica maliciosa, manchemos nuestro propio corazón y relajemos la vigilancia sobre nuestros propios pecados.
  • Otras veces, cuando sufrimos aflicciones, tentaciones o pruebas, nos incitan a decir o hacer alguna insensatez. Y si tampoco consiguen esto, se acercan silenciosamente e intentan inspirarnos un agradecimiento orgulloso a Dios, es decir, una falsa piedad.
  • Debemos tener mucho cuidado con el siguiente artificio de los demonios. Antes de hacernos caer en el pecado, nos susurran que Dios es filántropo (amigo del hombre) y que, sin duda, nos perdonará. Pero, después de haber pecado, nos presentan a Dios como un juez duro, severo e implacable. He aquí su doble engaño: primero nos empujan al pecado y, después, intentan hundirnos en la desesperación, la tristeza y la depresión.
  • En algunos casos, cuando consiguen hacernos caer en determinados pecados, luchan para que no los confesemos a nuestro guía espiritual. Este es uno de sus mayores éxitos, porque nada fortalece tanto a los demonios como mantener ocultos nuestros pecados en el corazón. Y si, a pesar de todo, acudimos al confesor, entonces intentan que presentemos nuestros pecados como si los hubieran cometido otros, o bien nos inducen a descargar la culpa y la responsabilidad sobre los demás.
  • También resulta muy peligrosa la interrupción aparente de la guerra invisible e inteligible. Durante algún tiempo los demonios se esconden y dejan de atacarnos para que nos relajemos y caigamos en la negligencia o la pereza espiritual. Poco a poco nuestra conciencia se va insensibilizando, hasta el punto de considerar insignificantes incluso los pecados más graves. Se llega así a una especie de anestesia espiritual, que constituye una enfermedad extremadamente difícil de curar.
  • Otras veces los demonios permanecen ocultos para atacarnos de improviso y sorprendernos. Ocurre algo semejante a ciertos alimentos cuyos efectos no se manifiestan inmediatamente, sino al día siguiente o incluso mucho tiempo después. Lo mismo sucede con las causas que contaminan la psique-alma. Por ejemplo, alguien come tranquilamente alimentos agradables y no experimenta ninguna guerra interior; o trata con mujeres sin advertir en ese momento ningún pensamiento impuro. Entonces relaja su vigilancia y baja la guardia; pero, de repente, los demonios lo atacan y sufre una gran caída.
  • Otro de sus artificios consiste no sólo en ocultarse, sino también en producir falsos estados espirituales. Por ejemplo, cuando hemos comido abundantemente alimentos sabrosos, pueden producir en nosotros cierta alegría, una falsa consolación e incluso una aparente claridad mental para la oración. En cambio, durante el ayuno provocan sueño, desgana y dureza de corazón. Su objetivo es hacernos creer que podemos entregarnos con placer a los bienes materiales y carnales y, al mismo tiempo, llevar una auténtica vida espiritual llena de contrición y lágrimas. Sin embargo, esas lágrimas y cualquier otro estado semejante que parezca bueno son falsificaciones demoníacas.
  • El demonio de la vanagloria emplea un artificio verdaderamente sorprendente. Siembra determinados pensamientos en un hermano y, al mismo tiempo, se los revela a otro. Después impulsa a este último a manifestar al primero los secretos de su corazón, para que el primero lo admire como si fuera un adivino o un hombre dotado de previsión sobrenatural.
  • Con los hombres dominados por la vanagloria, sobre todo con aquellos que poseen una sólida formación en la pedagogía mundana, utiliza otro artificio. Apenas comienzan a estudiar la Santa Escritura, les inspira inmediatamente interpretaciones aparentemente profundas. Poco a poco los va engañando hasta conducirlos a las herejías y a las blasfemias. Esta falsa teología —o, mejor dicho, esta charlatanería demoníaca— puede reconocerse por la satisfacción desordenada y perversa que experimentan mientras interpretan los pasajes de la Escritura.
  • También son muy peligrosas las trampas «por la derecha», es decir, aquellas que se presentan bajo apariencia de elevados pensamientos espirituales o de orgullo espiritual. Muchas veces los demonios nos apartan de obras sencillas, útiles y proporcionadas a nuestras fuerzas para impulsarnos hacia empresas demasiado elevadas y agotadoras. Así nos inducen a emprender combates espirituales que superan nuestra medida y, cuando hemos agotado nuestras fuerzas psíquicas, ya no encontramos ánimo ni siquiera para realizar las obras más sencillas.
  • Resultan igualmente impresionantes los artificios que los espíritus malignos emplean durante la oración. Cuando suena la campana para acudir a la Iglesia, algunos demonios se acercan al lecho y, una vez que nos hemos levantado, nos sugieren volver a acostarnos «sólo un momento más», fomentando así la pereza. Otros, mientras estamos orando, nos provocan bostezos o nos sumergen en el sueño. Otros producen fuertes molestias intestinales para obligarnos a salir del templo. Algunos nos provocan un cansancio tan intenso que apenas podemos mantenernos en pie. Otros nos incitan a conversar dentro de la iglesia, mientras que otros nos mueven a la risa. También hay quienes nos impulsan a salmodiar lentamente y con excesivo refinamiento, buscando únicamente el placer o hedonismo.
  • Y si no consiguen atraparnos mediante todos estos artificios, inmediatamente después de la oración nos asaltan con fantasías indecentes para arrebatarnos los frutos espirituales que con tanto esfuerzo habíamos recogido.

Estos son sólo algunos de los innumerables artificios, tecnasmas y maquinaciones demoníacas que los santos Padres han señalado en sus escritos para nuestro provecho espiritual.

 

Sueños y visiones

Sin embargo, la trampa más peligrosa de los demonios, con la que han destruido innumerables psiques-almas, son los sueños, las alucinaciones y las visiones. El diablo se presenta unas veces de forma sensible, otras en visiones y otras mediante sueños, tomando la apariencia de un ángel, de un santo, del mismo Cristo o incluso de una luz, con el único fin de engañarnos.

El apóstol Pablo nos advierte: «…porque el mismo satanás se disfraza de ángel de luz» (2.ª Cor 11,14).

Comentando este pasaje, san Cirilo de Jerusalén dice: «El diablo se transforma en ángel de luz, no para volver a su estado original, sino para conducir a las tinieblas del engaño a quienes aspiran a la vida angélica… Tengamos cuidado, pues, no sea que confundamos con un ángel bueno al diablo, sembrador de catástrofes, que, como león rugiente, busca a quien devorar.»

La experiencia ascética conoce numerosos casos de este tipo de engaños demoníacos.

Como revela san Antonio el Grande: «Los demonios fingen cantar himnos y, aunque permanecen invisibles, recitan pasajes de la Escritura o repiten las lecturas que hemos leído. Cuando estamos durmiendo, nos despiertan para orar, y lo hacen con tanta frecuencia que apenas nos dejan dormir. Nos aconsejan ayunos exagerados hasta enfermarnos. Se presentan con aspecto de monjes y aparentan hablar con gran devoción.»

San Macario el Egipcio añade: «El satanás, con quienes oran, finge orar juntamente con ellos para engañarlos con el pretexto de la oración y conducirlos a la arrogancia. Con quienes ayunan, aparenta ayunar para arrastrarlos a la vanagloria. Con quienes poseen conocimiento de las Escrituras hace lo mismo, intentando apartarlos del camino recto con el pretexto de ese conocimiento. Incluso con aquellos que han sido hechos dignos de contemplar la divina luz increada actúa del mismo modo: se transforma en ángel de luz para presentarles una luz falsa y atraerlos hacia sí. En general, se adapta a cada persona, adoptando la apariencia más conveniente para convertirla en instrumento suyo y conducirla a la perdición.»

Es cierto que existen también visiones enviadas por Dios, y precisamente este hecho lo aprovecha el satanás para engañar a las personas crédulas e ingenuas. Pero ¿cómo distinguir las visiones divinas de las demoníacas, los verdaderos ángeles de los falsos y la luz increada de Dios de la luz aparente que presentan los demonios?

Este discernimiento es extremadamente difícil. Tanto es así, que incluso monjes muy avanzados espiritualmente llegaron a ser engañados. Veían un ángel luminoso mientras oraban, que los reverenciaba y hablaba con ellos acerca de Dios, y pensaban que era imposible que se tratara de un demonio. Sin embargo, era realmente un demonio.

Sólo poseen criterios seguros aquellos que, por la jaris increada de Dios y después de largos combates espirituales, han adquirido la gran virtud del discernimiento. Ellos distinguen el origen de una visión o de un sueño por la energía espiritual que produce en la psique-alma.

San Gregorio el Sinaita dice: «Cuando la divina jaris visita la psique-alma, trae paz, serenidad, humildad, mansedumbre, paciencia, indulgencia y mortificación de los pazos. Los demonios, por el contrario, llenan la psique-alma de arrogancia, presunción, altanería, cobardía y toda clase de maldad.»

Y concluye: «Por estos efectos puedes conocer si la luz que ha brillado en tu psique-alma procede de Dios o del satanás. La lechuga se parece a la hierba amarga y el vinagre tiene el mismo color que el vino; sin embargo, el paladar distingue la diferencia por el sabor. Del mismo modo, la psique que posee discernimiento distingue, mediante su sentido espiritual, los carismas del Espíritu Santo de las fantasías del satanás.»

Según la enseñanza patrística, especialmente en lo referente a la contemplación de la luz increada, cuando esta procede de Dios es blanca, carece de forma y llena la psique de paz; cuando procede del diablo, en cambio, aparece coloreada, adopta formas determinadas y produce perturbación.

De todos modos, los santos Padres, para nuestra seguridad, aconsejan que, si tenemos un sueño o una visión extraordinarios, jamás intentemos discernir por nosotros mismos su origen, sino que acudamos inmediatamente a nuestro padre espiritual o a otros yérontas experimentados, o bien rechacemos aquella experiencia, considerándonos indignos de semejante honor y revelación. Si no obramos así y aceptamos fácilmente un sueño o una visión como enviados por Dios, caeremos inevitablemente en el pazos del orgullo. Es bien sabido que el satanás engaña principalmente mediante la vanagloria, el orgullo. Los sueños y las visiones constituyen uno de sus medios más eficaces para engañar a quienes son orgullosos.

Como dice san Juan el Sinaita: «A estas personas se les aparece, mientras duermen o están despiertas, bajo la figura de un ángel, de un santo o de un mártir; les concede aparentes carismas espirituales o les revela diversos misterios para engañarlas, hasta el punto de hacerles perder la razón y caer en la locura.»

La gravedad de este engaño se pone de manifiesto en el hecho de que muchos llegan a justificar su fe apoyándose en sus sueños y visiones, comparándose a sí mismos con profetas, apóstoles u otros santos que recibieron revelaciones divinas. Una actitud semejante constituye una clara manifestación de vanagloria, soberbia y orgullo.

San Juan el Sinaita, resumiendo la enseñanza patrística, dice:

«Los demonios aparecen en nuestros sueños bajo la apariencia de profetas… Quienes confían en ellos muchas veces creen que sus sueños se cumplen. Pero a quienes los desprecian siempre se les descubre su falsedad. Como son seres espirituales, contemplan desde el aire muchas cosas que suceden; y cuando ven que alguien está a punto de morir, corren inmediatamente hacia las personas de mente sencilla y se lo anuncian en sueños… Si comenzamos a creer en los demonios durante el sueño, cuando estemos despiertos jugarán con nosotros. Quien cree en los sueños es completamente insensato; quien no cree en ellos demuestra verdadera prudencia.»

Y concluye: «Quien cree en los sueños se parece al que intenta atrapar su propia sombra.»

San Diádoco de Fótica, queriendo protegernos de este peligrosísimo engaño demoníaco, llega incluso a afirmar que, aunque una revelación procediera realmente de Dios, sería más seguro no aceptarla. Dios no sólo no se ofenderá por esta actitud, sino que alabará nuestra prudencia y nuestro cuidado por no dejarnos engañar.

Dice concretamente: «En la presente vida caminamos por la fe y no por la visión, como enseña el apóstol Pablo. Si al luchador se le aparece alguna luz o alguna imagen luminosa, no la acepte en absoluto. Tales manifestaciones son, por lo general, claros engaños del maligno. Muchos, por ignorancia, las aceptaron y se apartaron del camino de la verdad. Nosotros sabemos que, mientras habitamos este cuerpo corruptible, estamos lejos de Dios y que, por consiguiente, no nos es posible contemplar con nuestros ojos ni a Dios ni Sus manifestaciones celestiales.»

Como conclusión, citaremos una profunda reflexión de san Ignacio Brianchaninov: «No debemos prestar atención a las visiones ni entrar en relación o diálogo con ellas. Debemos considerarnos incapaces de tratar con los espíritus enemigos, es decir, con los demonios, e indignos de conversar incluso con los espíritus angélicos.»

 

Herejías y engaños

El diablo utiliza con gran habilidad dos trampas gemelas: la soberbia (orgullo y vanagloria) y la mentira. Mediante la soberbia oscurece el nus del hombre y, a continuación, lo arrastra fácilmente hacia la mentira, cuyas manifestaciones más graves son las herejías y los engaños. Al principio se sirve de pequeñas porciones de verdad, pero poco a poco presenta la mentira como si fuera la verdad. En muchas ocasiones, la mentira se parece mucho a la verdad, aunque se diferencia de ella tanto como una moneda falsa de una auténtica o una perla falsa de una verdadera.

Todos los herejes y falsos maestros caen en el engaño porque, antes de todo, han sido atrapados por el ensalzamiento y la exaltación interior. Sus logos, sus discursos y sus razonamientos acerca de Dios se apoyan en su propia lógica y en su fantasía, dando como resultado una «teología» meramente intelectual y demoníaca. Además, suelen presentarse como personas muy piadosas y despiertan el respeto de quienes los rodean, porque el diablo, en su astucia, ya no los impulsa a cometer males manifiestos. Al contrario, se sirve de su aparente buena conducta para difundir las herejías y las falsas doctrinas, conduciendo así a multitud de personas lejos de Cristo y de Su Santa Iglesia.

Como el diablo es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8,44), todos los herejes que conducen a sus prójimos al engaño, aunque no lo admitan, son «hijos del diablo» (1 Jn 3,10). A ellos se dirigen, a lo largo de todos los tiempos, las palabras del Señor: «Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir los deseos, las codicias y las ambiciones mal astutas de vuestro padre…» (Jn 8,44).

Estos son los pseudocristos y los pseudoprofetas que, como anunció Cristo, aparecen entre nosotros «con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7,15; 24,24). Son también los «falsos hermanos, falsos apóstoles y obreros fraudulentos que se disfrazan de apóstoles de Cristo» (2 Cor 11,13.26), por cuya perdición lloraba el apóstol Pablo.

 

Magia y satanismo

La forma más extrema de apostasía de Dios y de sometimiento voluntario al diablo es la magia, junto con todas sus ramificaciones. Constituye una funesta plaga social, una «religión» demoníaca de múltiples manifestaciones y nombres, que ha conducido a miles de personas a la ruina psíquica y física.

Desde la antigüedad hasta nuestros días, el satanás, «el que engaña a toda la tierra» (Ap 12,9), intenta ocupar el lugar del verdadero Dios. En todas las épocas ha tenido seguidores que, ya sea por necesidad o por miedo, lo reconocen como protector y cumplen con alegría sus voluntades. Entre ellos ha escogido incluso a sus propios «sacerdotes», que lo alaban y lo veneran en horribles ceremonias ocultas, ofreciéndole desde simple incienso hasta… sacrificios humanos.

Desgraciadamente existen muchas personas con el nus y el cerebro pervertido que desean servir al diablo. Lo invocan, le piden que entre en ellas y ruegan que tome posesión de sus psiques-almas. ¿Por qué? Porque desean adquirir poderes sobrenaturales y provocar la admiración y el elogio de los demás. En otras palabras, padecen intensamente los pazos de la vanagloria, del amor al poder y de la ostentación. Buscan también los placeres materiales y carnales. De este modo, el diablo los convierte en instrumentos suyos y, sirviéndose de ellos, realiza «prodigios, señales y barbaridades» mediante la fuerza natural que posee como espíritu.

Entre ellos se encuentran los magos, satanistas, espiritistas, hipnotizadores, médiums y otros semejantes, que manifiestan aparentes poderes sobrenaturales físicos y espirituales. Rompen gruesas cuerdas como si fueran simples hilos, parten rocas, derriban grandes árboles, se elevan en el aire o mueven objetos sin tocarlos. Hacen aparecer supuestos espíritus ante personas desesperadas o familiares inconsolables, fingiendo que son sus difuntos, conversan con ellos o transmiten mensajes mediante la llamada «escritura automática». Simulan ser profetas o revelan pecados no confesados para impresionar y atemorizar a sus víctimas. Incluso aparentan curar enfermedades que, en muchos casos, los mismos demonios habían provocado previamente. Aterrorizan a personas sencillas provocándoles problemas familiares, sociales o enfermedades psicosomáticas para obligarlas después a buscar en ellos las supuestas soluciones o terapias.

La magia suele dividirse en blanca y negra. La llamada magia blanca pretende proporcionar felicidad y salud sin causar daño a nadie, mientras que la magia negra se presenta como más destructiva y perjudicial. Sin embargo, en ambos casos se invoca al satanás y se realizan prácticas ante las cuales cualquier persona sensata experimentaría horror.

Es muy peligroso interesarse por cualquier forma de magia, aunque sólo sea por curiosidad. Por ejemplo, contemplar programas de televisión donde aparecen representantes del ocultismo exhibiendo sus supuestos poderes; leer libros que introducen en el mundo de la magia; o escuchar música de contenido demoníaco. Aunque estas cosas parezcan inocentes, pueden arrastrar al hombre descuidado y frívolo hacia una implicación pasional en las redes del diablo. Basta incluso el uso del nombre del satanás o de algunos de sus símbolos para que él comience a actuar sobre quienes se ocupan de estas prácticas, independientemente de que acepten o no las dinámis (poderes, potencias y energías) demoníacas.

Puede suceder que algunos, al asistir a espectáculos de magia, no perciban ningún peligro e incluso los consideren beneficiosos. Sin embargo, deben saber que el diablo actúa como un farsante: ofrece pequeños regalos y promesas para que la víctima muerda el anzuelo. Concede aparentes beneficios temporales, pero a largo plazo convierte al hombre en su esclavo.

Hoy asistimos, desgraciadamente, a un auténtico renacimiento de la magia y del satanismo. Lo más grave es que sus tentáculos han penetrado incluso en el ámbito de la educación, la literatura infantil y juvenil y los juguetes. Así, el niño se familiariza desde pequeño con imágenes satánicas, con la violencia y el sadismo, aprendiendo que los problemas de la vida pueden resolverse mediante procedimientos mágicos y sin esfuerzo. Se le induce a creer que la magia es algo atractivo y útil, y que basta desarrollar las supuestas energías ocultas que lleva dentro para convertirse en una especie de pequeño dios.

Dentro de este mismo ámbito se encuentra también la adivinación, mediante la cual, con ayuda de los espíritus mal astutos, se intenta penetrar en el futuro o descubrir lo oculto, conocer acontecimientos venideros o encontrar objetos perdidos. Existen numerosos métodos de adivinación: interpretación de sueños, evocación de los muertos, varillas adivinatorias, astrología, cartas, fuego y otros semejantes. Junto a los profesionales de estas prácticas abundan también las brujas, echadoras de cartas, tarotistas y muchos otros, porque, desgraciadamente, nunca faltan consumidores ingenuos de estos subproductos «metafísicos».

Debe prestarse especial atención a los magos camuflados, es decir, a los encantadores. Estos utilizan objetos bendecidos —iconas, velas, incienso, etc.— y, con su aparente piedad, engañan a muchos cristianos. Asisten a la iglesia, reciben bendiciones y, en medio de sus invocaciones demoníacas, mezclan salmos de David y los nombres de santos, de la Madre de Dios e incluso de la Santa Trinidad. Tales invocaciones constituyen los llamados conjuros, que suelen ir acompañados de pequeños ritos o gestos mágicos.

Muchos creen equivocadamente que los conjuros son equivalentes a los exorcismos que leen los sacerdotes para expulsar a los demonios. Sin embargo, esto constituye un grave error. Los conjuros no sólo no tienen ninguna relación con la Iglesia, sino que son verdaderas trampas del satanás. Es imposible invocar al mismo tiempo la jaris de Cristo y la fuerza del satanás.

«¿Qué relación puede haber entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunión existe entre la luz y las tinieblas? ¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial?» (2 Cor 6,14-15).

Todo conjuro tiene origen demoníaco. Esto se manifiesta no sólo por las palabras mágicas que contiene, sino también por los objetos utilizados en él: cuchillos con mango negro, hilos rojos, carbón encendido, telas rojas y otros elementos semejantes.

 

Apocrifismo u ocultismo y falso religionismo

En los últimos años, dentro del ámbito tradicional de la magia y de las religiones orientales, han surgido numerosos grupos pseudorreligiosos o sectas, que han florecido principalmente en las sociedades tecnológicamente desarrolladas. Se presentan bajo un ropaje filosófico y proponen diversos ejercicios, técnicas, ceremonias e iniciaciones, sosteniendo que el hombre puede redimirse, salvarse y liberarse por sus propios esfuerzos de la inseguridad, la ansiedad y la angustia, llegando incluso a hacerse dios, con tal de tomar conciencia y desarrollar las fuerzas que, según ellos, posee en su interior.

Proponen, en definitiva, la autodeificación, exactamente la misma propuesta que el diablo hizo a nuestros primeros padres. Esta trampa resulta muy seductora porque el hombre, según san Basilio el Grande, fue creado por Dios con la vocación de llegar a ser dios por la jaris. Precisamente sobre este santo deseo de alcanzar la zéosis (divinización o glorificación), el diablo construye el engaño de la falsa religión y del ocultismo (apocrifismo), ofreciendo una falsa zéosis o autodeificación en lugar de la verdadera. Su mentira convence porque toca una cuerda profundamente verdadera del corazón humano.

En nuestra época lamentamos innumerables víctimas de este engaño demoníaco. El hombre contemporáneo tiene sed de verdad, pero carece de la paciencia y de la humildad necesarias para adquirir la jaris, la energía increada de Dios. Por ello cae fácilmente en un engaño que halaga el egoísmo y promete una rápida introducción en experiencias extraordinarias. Tales experiencias actúan, en realidad, como auténticos psiconarcóticos que conducen finalmente a la catástrofe física, psíquica y espiritual.

 

Nueva Época (New Age) o Era de Acuario

Se trata de la mayor explosión del ocultismo (apocrifismo) de todos los tiempos. El movimiento de la Nueva Época (New Age), también conocido como Era de Acuario, comenzó en la década de 1970, se desarrolló con extraordinaria rapidez y ha logrado introducirse en casi todos los ámbitos de la vida humana.

Hoy podemos hablar de una enorme red que une, directa e indirectamente, mediante un lazo flexible, a centenares de grupos, desemejantes entre sí, y a miles de personas. Su finalidad es imponer un Nuevo Orden Mundial o Globalización y una Nueva Religión Universal (Interreligión). Aunque sostiene que contiene las verdades básicas de todas las religiones, su ideología esencial es panteísta (todo es dios). Identifica el mundo con Dios o, más bien, eleva el mundo material a la categoría de Dios. Es decir, sostiene que el universo tiene psique (alma) y que el hombre es perfecto y Dios. No acepta el discernimiento entre el bien y el mal y, por lo tanto, rechaza tanto al diablo como el pecado en general, considerándolos conceptos irreconciliables con este movimiento. Así, el hombre no tendría necesidad de sanación ni de salvación, ni existiría el Juicio, porque cada uno de nosotros, como «Dios», sería también salvador y juez de sí mismo.

Generalmente, el cristianismo es rechazado como una reliquia anticuada, absolutista y de mente estrecha, que habría sido superada por la Nueva Época o Era. Los cristianos son considerados personas «atrasadas», «espiritualmente como niños», con una «visión limitada y una ignorancia atontada», incapaces de percibir el «despertar progresivo» de la nueva época universal.

El movimiento de la Nueva Época o Era utiliza multitud de técnicas apócrifas (ocultas), procedentes de la magia, la adivinación, el satanismo, la astrología, el espiritismo, el uso de médiums, la salud holística, la fuerza de los cristales, el fuego, el yoga, la meditación, etc. La mayoría de las veces, estas técnicas se presentan como métodos científicos cuya finalidad sería descubrir «fuerzas ocultas» dentro y fuera del hombre, y como recetas capaces de solucionar todos los problemas de la vida. Se trata de astutas trampas demoníacas que, desgraciadamente, terminan atrapando a muchas víctimas inocentes.

No hay ninguna duda de que todos los grupos de la Nueva Época o Era están dirigidos por espíritus malignos, astutos y viles, y que sus enseñanzas no son inspiraciones humanas, sino invenciones de estos espíritus. Estas enseñanzas parecen estar «iluminadas» porque se basan en determinados principios psicológicos, utilizan un lenguaje espiritual, hablan de Dios y de agapi y, de este modo, satisfacen muchos de los deseos del hombre caído.

 

Neoidolatría o nuevo paganismo

Una de las ramas contemporáneas del apocrifismo y de la Nueva Era o Época es también la neoidolatría o nuevo paganismo. Se trata de un movimiento religioso muy diverso que intenta revivir las antiguas religiones étnicas o nacionales de cada país, es decir, los antiguos cultos religiosos locales. Su objetivo es la «liberación» del hombre de todos los «principios espirituales establecidos» —especialmente del cristianismo—, que, según ellos, lo oprimen, para devolverlo a la «divina fisis (natura)» y a sus raíces ancestrales.

Este movimiento nació en Occidente y poco a poco ha llegado también a Grecia con el lema: «Regreso a la religión de nuestros padres, la religión más noble que jamás se ha creado». En nuestro país actúan decenas de asociaciones con nombres muy llamativos. Sus miembros se presentan como defensores de la antigua cultura helénica y evitan astutamente toda referencia a filósofos de tendencia monoteísta, como Jenófanes, Heráclito, Eurípides, Platón, Aristóteles y otros, quienes, como es bien sabido, rechazaron y ridiculizaron la religión de los doce dioses.

Todo lo cristiano provoca una profunda aversión en los neoidólatras. Por ello atacan a Cristo y a Su Iglesia con expresiones ofensivas, difundiendo calumnias y falsedades sobre supuestos crímenes cometidos contra el helenismo. Combaten la Santa Escritura con un lenguaje lleno de odio, calumnias y mentiras, llegando incluso a falsear la propia historia griega. Acusan a la época bizantina de haber sido el período más oscuro de la historia, silenciando deliberadamente que fue precisamente gracias a la gran cultura de Bizancio como se conservó el inmenso patrimonio de la antigua Grecia.

Sus principios, su ética y su cosmología reflejan plenamente el sincretismo* y el panteísmo característicos de la Nueva Época. Niegan toda existencia exocósmica (Dios, los espíritus o la psique-alma), rechazan la distinción entre el bien y el mal, afirman que no existen vínculos éticos objetivos y aceptan doctrinas como el karma (destino), la metasarcosis (reencarnación), el espiritismo, la magia y todas las modernas técnicas de adivinación y ocultismo. (*Sincretismo es la mezcla o fusión de elementos de distintas religiones, doctrinas o tradiciones, formando una nueva concepción religiosa o espiritual.)

La mayoría de las asociaciones neoidólatras han constituido incluso su propia «iglesia», denominada «Gran Iglesia Nacional Helena». Difunden sus ideas mediante revistas muy llamativas y también a través de programas de radio y televisión, cuyos medios les abren ampliamente sus puertas. Además, visitan antiguos lugares de culto, donde celebran ceremonias y elevan oraciones a los pseudodioses del Olimpo.

No cabe ninguna duda de que detrás de estos fenómenos neoidólatras se ocultan los espíritus mal astutos, del mismo modo que ocurría con las antiguas religiones paganas. Basta recordar los primeros siglos del cristianismo y el innumerable ejército de santos mártires, víctimas de la barbarie idolátrica, para comprender cómo, mediante sus sacrificios y milagros, quedó demostrado que los ídolos eran morada de los demonios y que el culto a los pseudodioses del Olimpo era, en realidad, culto a los demonios.

San Cipriano escribía: «Los ídolos son demonios; los sacrificios ofrecidos a los dioses están manchados y malditos, y los lugares de sacrificio de los idólatras pertenecen al satanás.»

Demonismo

El diablo llega a dominar al hombre de dos maneras: una, cuando el propio hombre lo permite voluntariamente; y otra, por concesión de Dios.

En el primer caso, la entrada del espíritu maligno en el hombre suele realizarse de manera gradual y metódica. La víctima puede ser consciente de ello —como sucede con los magos, médiums y otros semejantes— o ignorarlo completamente, como ocurre con quienes viven engañados y sin arrepentimiento.

Este proceso gradual puede observarse claramente en el caso de Judas. Primero abrió la puerta al satanás mediante su avaricia (Jn 12,6). Después, el satanás penetró en él, cautivó su nus y lo empujó a la traición (Jn 13,2). Finalmente llegó a dominarlo por completo (Jn 13,27). Aunque Judas sintió remordimiento, no llegó al verdadero arrepentimiento; terminó suicidándose porque el enemigo había oscurecido su mente con una tristeza desesperada.

Según la tradición patrística, quienes se someten voluntariamente a cualquier pazos, por pequeño que parezca, se colocan bajo el dominio del diablo. Su situación es verdaderamente trágica, porque exteriormente parecen libres, mientras que interiormente sus psiques-almas permanecen sometidas a una desastrosa esclavitud demoníaca.

«Prometen libertad, siendo ellos mismos esclavos de la corrupción; porque cada uno es esclavo de aquello que lo domina» (2Pe 2,19).

Estos son los «endemoniados» de la vida cotidiana, según san Juan Crisóstomo. Lo más dramático es que, precisamente por encontrarse dominados por los demonios, ya no perciben ni sus ataques ni la tiranía bajo la que viven.

En el segundo caso, la posesión demoníaca permitida por Dios tiene siempre un carácter medicinal y pedagógico, orientado a la sanación y salvación de la psique o incluso de quienes la rodean.

Basta con recordarnos “el fornicador de la mujer de su padre”, en Corinto. El apóstol Pablo ordenó a la Iglesia local: «este tal sea entregado a Satanás (separarlo de la Iglesia), con el fin de que, aunque quede corporalmente destrozado, vuelva en sí por este castigo pedagógico, de modo que pueda salvar su psique-alma el gran día de nuestro Señor Jesús» (1 Cor 5,5).

Del mismo modo entregó al satanás a Himeneo y Alejandro «para que aprendan a no blasfemar» (1Tim 1,20).

En esta categoría se encuentran también los endemoniados descritos en el Evangelio. En ellos el dominio demoníaco era manifiesto: se arrastraban por el suelo, echaban espuma por la boca, rechinaban los dientes, blasfemaban y pronunciaban palabras injuriosas sin ser conscientes de lo que hacían ni decían. Su estado físico había llegado a tal extremo que sus palabras, movimientos y voluntad ya no parecían pertenecerles, sino a los espíritus malignos que los dominaban.

Pero ¿cómo se produce esta posesión? ¿Llegan realmente los espíritus impuros a introducirse en la psique-alma del hombre?

San Diádoco de Fótica, hablando de la relación entre la psique-alma y el demonio, enseña: «Desde el momento del Bautismo el diablo es expulsado fuera de la psique y la jaris (la energía increada de Dios) entra en ella. Antes del Bautismo el engaño dominaba la psique-alma; después domina la verdad. Sin embargo, incluso después del Bautismo, el satanás continúa actuando contra ella, a veces con mayor intensidad… Esto sucede porque el Bautismo limpia la suciedad del pecado, pero no suprime inmediatamente la doble inclinación de nuestra voluntad ni impide que los demonios continúen combatiéndonos… Ellos permanecen fuera, actuando a través de los sentidos corporales y aprovechando la debilidad de la carne para apartar al nus de la memoria de Dios y separarlo de la unión con la jaris.» (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/)

San Juan Casiano precisa aún más esta cuestión: «Un espíritu maligno puede ejercer sobre nuestra psique-alma una fuerza secreta de persuasión, pero le es absolutamente imposible penetrar en la esencia misma de la psique o unirse a ella, aunque la psique-alma sea también espíritu.»

Explicando cómo actúan los demonios sobre los endemoniados, añade: «Estas cosas suceden no porque la psique-alma pierda sus facultades, sino porque el cuerpo queda debilitado. El espíritu impuro se introduce en los miembros donde reside la psique-alma y, oprimiéndolos con un peso insoportable, envuelve en profunda oscuridad las facultades mentales e intelectuales. Algo semejante ocurre cuando el vino, la fiebre, un fuerte resfriado u otras enfermedades producidas por causas externas provocan síntomas parecidos.»

Precisamente este oscurecimiento del nus fue lo que Dios prohibió al diablo en el caso de Job. Aunque le concedió poder sobre su cuerpo, le dijo: «Mira, te lo entrego; pero no toques su psique-alma» (Job 2,6).

Es decir, le prohibió volverlo loco oscureciendo el nus —el corazón psicosomático y su energía—, que constituye la sede de la psique. Dios no permitió que, ni siquiera en medio de las terribles pruebas que soportaría Job, el diablo pudiera apagar la claridad de su nus-espíritu y de su mente.

San Gregorio Palamás, comentando el caso del endemoniado del Evangelio que se revolcaba por el suelo, echaba espuma por la boca, rechinaba los dientes y quedaba rígido, ofrece la siguiente explicación:

El diablo domina primero el cerebro —la «acrópolis» o centro rector del cuerpo— y, desde allí, tiraniza todo el organismo. Cuando el cerebro resulta afectado, aparecen graves alteraciones en los nervios y en los músculos, produciendo convulsiones y movimientos involuntarios, especialmente en las mandíbulas de los endemoniados. La perturbación interior de los órganos dificulta la respiración, hace brotar espuma por la boca y provoca la deshidratación del cuerpo.

El mismo santo señala dos formas de curación. Si la persona sólo se encuentra bajo influencia demoníaca y conserva todavía su libertad interior, puede sanar mediante su propia lucha espiritual: principalmente por la oración, el ayuno y la participación en los Santos Misterios de la Iglesia Ortodoxa. Pero si el diablo habita ya en su interior y la ha convertido en instrumento suyo, entonces no puede liberarse por sí misma. En ese caso deben combatir por ella otros hermanos, «con oración y ayuno» (Mt 17,21), especialmente aquellos que poseen en su interior el Espíritu Santo.

La imagen de los endemoniados resulta ciertamente sobrecogedora. Sin embargo, los santos Padres nos exhortan a no condenarlos ni despreciarlos, sino a orar por ellos.

San Juan Casiano explica: «Debemos creer firmemente dos cosas. Primero, que nadie es tentado por los demonios sin el permiso de Dios. Segundo, que todo cuanto Dios permite, por doloroso que parezca, procede del Padre más amoroso y redunda en beneficio nuestro. Quienes pasan por estas pruebas son como niños confiados al maestro para ser educados en la humildad y en la prudencia, de modo que lleguen completamente purgados, limpios y purificados a la otra vida. Sólo soportan una breve prueba en esta vida presente. Son entregados, según el apóstol Pablo, al satanás “para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor” (1Cor 5,5).»

Finalmente, el santo ofrece una hermosa perspectiva eclesiológica: «No despreciemos a los endemoniados; antes bien, oremos incesantemente por ellos como miembros del mismo Cuerpo y compadezcámonos de todo corazón de su sufrimiento. Porque “si un miembro padece, todos los miembros padecen con él” (1Cor 12,26). Sabemos que son miembros nuestros y que tampoco nosotros alcanzaremos la perfección sin ellos, tal como leemos acerca de los santos que nos precedieron, quienes no recibieron sin nosotros el cumplimiento de lo prometido por Dios (Heb 11,39-40).»

 

Enfrentamiento

San Juan el Evangelista dice que Cristo vino al mundo «para destruir las obras del diablo» (1Jn 3,8), pero también para aniquilar al mismo diablo mediante Su muerte en la Cruz: «…para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo» (Heb 2,14).

Antes de Su crucifixión, Cristo destruía las obras del diablo conduciendo a los hombres a la metania (conversión y arrepentimiento) y sanando a enfermos y endemoniados. Estas curaciones constituían una manifestación esjatológica de la futura abolición del poder demoníaco. Pero fue con Su muerte en la Cruz y Su descenso al Hades cuando quebrantó definitivamente la fuerza del diablo y su dominio sobre la muerte.

Cristo no eliminó de una vez para siempre toda la acción del satanás sobre nosotros; más bien quebrantó su poder y nos concedió los medios necesarios para vencer sus trampas. Es decir, no hemos sido librados de sus ataques y de sus energías demoníacas, sino que hemos recibido las armas para derrotarlo.

En primer lugar, el Señor, mediante la triple tentación que sufrió en el desierto (Mt 4,1-11), nos mostró el modo en que el demonio combate al hombre y, al mismo tiempo, nos otorgó la fuerza para vencerlo. En esa tentación están contenidas, en cierto modo, todas las tentaciones que el hombre puede padecer.

Cristo concedió también poder a Sus discípulos para pisotear al enemigo diablo: «He aquí que os doy potestad para pisar serpientes y escorpiones y sobre toda la fuerza del enemigo» (Lc 10,19).

La misión de los Apóstoles y, en general, de los sacerdotes de la Iglesia consiste precisamente en conducir a los hombres desde la tiranía del diablo hasta la libertad de los hijos de Dios. Este era también el anhelo pastoral del apóstol Pablo cuando bendecía a los cristianos de Roma: «Y el Dios de la paz aplastará pronto al satanás bajo vuestros pies» (Rom 16,20).

Los santos, con la fuerza de Dios, vencieron al diablo y humillaron muchas veces su arrogancia, como sucedió, por ejemplo, con el abad Teodoro, que mediante su oración mantuvo atados a tres demonios fuera de su kelia (celda) y sólo los dejó libres después de sus insistentes súplicas.

La rica experiencia de los santos nos ha legado numerosas enseñanzas para vencer al diablo y escapar de sus trampas y artificios. Entre las más importantes destacan las siguientes:

1) Es indispensable conservar la jaris (energía increada) del Espíritu Santo recibida en el Bautismo. Toda nuestra lucha espiritual tiene precisamente este objetivo: conservar la jaris. Ella es la que nos proporciona las armas del combate espiritual: «pues las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas del enemigo, destruir sofismas y toda altanería que se levante arrogantemente para impedir a los hombres conocer a Dios; además con estas armas espirituales atraemos a todo corazón con buena voluntad y lo entregamos a la obediencia de Cristo Dios-Hombre» (2Cor 10,4-5).

Mientras el Espíritu Santo habita en nuestro interior, el satanás no puede penetrar ni permanecer en lo profundo de nuestra psique-alma, como enseña san Diádoco de Fótica. Además, como afirma san Nikitas Stizatos: «Los espíritus malignos temen extraordinariamente la jaris del Espíritu Santo, sobre todo cuando esta habita abundantemente en el hombre, porque entonces la psique-alma se purga y se sana mediante el estudio espiritual y la oración pura.»

La presencia de la divina jaris constituye un fuego que quema a los espíritus malignos y destruye todos sus artificios.

2) Es necesario afrontar el combate con valentía, fortaleza y una fe inquebrantable en la ayuda de Dios.

«Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Sant 4,7).

La resistencia valiente hace retroceder al enemigo, pero debe ir siempre acompañada de la fe (1Pe 5,9). La fe es el escudo con el que podemos apagar «todos los dardos encendidos del maligno» (Ef 6,16). Es la firme certeza de que Dios permanece a nuestro lado. Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros? Cuando la psique-alma está llena de fortaleza espiritual, «ve a los demonios huir como fugitivos», según san Nikitas Stizatos.

3) El apóstol Pablo nos exhorta a revestirnos «de la coraza de la agapi» (1Tes 5,8). Como explica san Juan Casiano, «la agapi protege las partes vitales del corazón, resiste los golpes mortales de los pazos, rechaza los ataques del enemigo e impide que las flechas del demonio penetren en nuestro hombre interior».

4) El mismo Apóstol nos propone otra arma defensiva: «Tomad por casco la esperanza de la salvación» (1Tes 5,8).

La esperanza protege la cabeza durante las tentaciones. Y nuestra Cabeza es Cristo. Por ello debemos conservar siempre a Cristo en nuestro interior durante las tribulaciones y persecuciones, cubiertos con el invencible casco de la esperanza en los bienes futuros y manteniendo intacta nuestra fe en Él. Porque, como enseña san Juan Casiano, si nos falta la Cabeza, que es Cristo, no podremos permanecer vivos ni un solo instante.

5) La preparación espiritual mediante la continua nipsis (sobriedad, vigilancia y atención espiritual) y la oración incesante destruye una de las armas más peligrosas del enemigo: la sorpresa.

Como ignoramos cuándo y de qué manera nos atacarán los demonios, debemos permanecer siempre vigilantes.

El apóstol Pedro exhorta: «Estad en nipsis, sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, anda como león rugiente buscando a quién devorar» (1Pe 5,8).

Y el mismo Cristo dice: «Velad y orad para que no entréis en tentación» (Mt 26,41).

Cuando la oración se une a la nipsis se convierte en una de las armas más poderosas contra el diablo, tanto defensiva como ofensivamente. Los santos Padres la llaman «el azote de los demonios». Recomiendan especialmente la oración del corazón o de Jesús, la invocación de la Madre de Dios y de aquellos santos que recibieron de Dios un especial poder contra los demonios. (Nipsis (νήψις). Se denomina así a la sobriedad espiritual, es decir, al estado permanente de vigilancia interior mediante el cual el loyismós (pensamiento o reflexión) no pasa desde la lógica de la mente hasta el corazón. En el corazón debe permanecer únicamente el nus con su atención y su energía, y no los pensamientos. A esta vigilancia continua los Padres la llaman nipsis.)

6) Además de la oración, el ayuno constituye una poderosa ayuda para expulsar a los espíritus malignos. Lo mismo sucede con todos los esfuerzos ascéticos, pues debilitan los pazos, mortifican los placeres carnales y fortalecen el nus.

El Señor dijo: «Este género de demonios no sale sino con oración y ayuno» (Mt 17,21).

Mediante la ascesis, es decir, el ejercicio espiritual y la lucha por cumplir los mandamientos de Cristo, adquirimos las virtudes. Ninguna virtud alcanza su perfección sin esfuerzo. Las virtudes son armas espirituales que, unidas, forman la armadura de la que habla el apóstol Pablo para hacer frente a los artificios del diablo (Ef 6,11).

7) La perseverancia y la paciencia durante las tentaciones mantienen firme nuestro ánimo y nos permiten soportar con serenidad los ataques demoníacos (Heb 12,1).

8) La humildad constituye quizá la virtud por excelencia, porque atrae la jaris de Dios y convierte la psique-alma en una fortaleza inexpugnable frente a los ataques de los espíritus malignos. Con esta virtud quedan inutilizadas todas las trampas del enemigo, como enseñan los santos Padres. Es prácticamente imposible que sea engañado quien desconfía de su propio loyismós pensamiento y de su propio juicio y vive obedeciendo el consejo de sus padres espirituales.

9) Otra arma indispensable en la lucha contra los espíritus malignos es el discernimiento.

San Juan el Sinaíta enseña: «Debemos armarnos de un profundo discernimiento para saber cuándo conviene combatir directamente los pazos, contra cuál de ellos debemos luchar y desde qué punto hacerlo, y también cuándo es preferible retirarse a causa de nuestra debilidad, para no ser vencidos.»

10) El estudio del logos de Dios también impide que el diablo se acerque a nosotros. San Juan Crisóstomo (Boca de Oro) dice: «Si el diablo no se atreve a entrar en una casa donde se encuentra el Evangelio, mucho menos se acercará a una psique-alma que estudia conscientemente, con el corazón y el nus, los logos del Evangelio.»

El mismo santo nos asegura: «Cuando el diablo vea la ley de Dios escrita en nuestra psique-alma, no se acercará, sino que volverá la espalda y huirá. Porque nada hay tan temible para él y para los malignos pensamientos que inspira como el nus que estudia continuamente los logos divinos.»

Además, no debemos olvidar que el apóstol Pablo llama al logos de Dios «espada del Espíritu» (Ef 6,17), al enumerarlo entre las armas de la armadura de Dios. En otro lugar lo describe como «vivo y eficaz, y más cortante que toda espada de doble filo» (Heb 4,12), capaz de penetrar hasta lo más profundo y separar todo lo carnal y terrenal que se encuentra en nuestro interior.

11) El eclesiasmo, es decir, la participación en la Divina Liturgia y, en general, en todas las celebraciones litúrgicas de nuestra Iglesia, constituye una de las principales fuentes de fortaleza para nuestra lucha contra los demonios. Es el lugar donde nos abastecemos continuamente de armas espirituales.

San Ignacio el Teóforo aconseja:«Preocupaos por reuniros con mayor frecuencia para la Efjaristía y la doxología (alabanza) a Dios. Porque cuando os reunís frecuentemente en un mismo lugar, las fuerzas del satanás son destruidas y toda su energía queda disuelta por la concordia de vuestra fe.»

12) La fuerza demoníaca no sólo se destruye mediante la oración común, sino, sobre todo, por los santos Misterios (Sacramentos) que se celebran en la Iglesia.

Por el Bautismo el hombre es liberado de la tiranía del diablo; mediante la santa Crismación queda sellado con la jaris, la energía increada del Espíritu Santo; y por su digna participación en la Divina Comunión llega a hacerse un mismo cuerpo y una misma sangre con Cristo. Así adquiere una fortaleza espiritual que lo hace intocable y temible para el diablo.

San Juan Crisóstomo dice: «Como leones que respiran fuego, así salimos de aquel Banquete, haciéndonos temibles para el diablo.»

13) El diablo teme extraordinariamente la μετάμοια metania (arrepentimiento y confesión), sobre todo la verdadera confesión realizada con profunda contrición, así como el sincero deseo de corrección espiritual.

Al confesar nuestros pecados ante nuestro guía espiritual destruimos los derechos que el diablo había adquirido sobre nosotros y restablecemos nuestra comunión con Cristo.

Particularmente, cuando sufrimos una guerra demoníaca intensa e inusual, provocada por nuestra ignorancia o negligencia, debemos acudir inmediatamente al patrajili (estola sacerdotal utilizada para la confesión) de nuestro guía espiritual e implorar humildemente la misericordia de Dios mediante una metania sincera.

El Misterio de la Confesión posee la potencia y energía divina para sanar las heridas psíquicas causadas por la astucia demoníaca y restablecer al hombre en su equilibrio psicosomático.

Otros instrumentos espirituales de gran eficacia para destruir las fortalezas del enemigo son el Efjéleo (Santa Unción) y la Santificación (Agua bendita).

La unción con el aceite del Efjéleo se utiliza desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días para la sanación de enfermedades psíquicas y corporales (cf. Sant 5,14-15). Los santos apóstoles, durante sus viajes, «expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13).

Como muchas enfermedades tienen origen en energías demoníacas, el Efjéleo libera al enfermo no sólo de la enfermedad, sino también de los espíritus malignos que la provocan. Por ello, en las oraciones del Misterio, el aceite santificado es llamado «espada contra los demonios» y «repulsivo de toda energía demoníaca».

El agua bendita de la Santificación sana igualmente nuestras psiques y nuestros cuerpos, y ahuyenta las energías demoníacas, porque queda santificada mediante la invocación del Espíritu Santo, la bendición del sacerdote con la señal de la santa Cruz y la inmersión de esta en el agua. Se utiliza en las múltiples necesidades de la vida cotidiana, tanto para atraer la bendición de Dios como para la sanación de enfermedades y el rechazo de los espíritus mal astutos.

15) Otra arma invencible es la santa Cruz, ante la cual el diablo tiembla extraordinariamente cuando se hace con fe la señal de la Cruz contra él. Sin embargo, no basta hacerla de cualquier manera, sino que debe proceder de fieles que participen conscientemente en la vida mistiríaca de la Iglesia.

San Nicodemo el Aghiorita aconseja: «Para que estéis protegidos de las magias y de las energías demoníacas, llevad todos la santa Cruz sobre vuestro pecho: niños y mayores, mujeres y hombres. Los demonios tiemblan ante el signo de la Cruz y huyen cuando la ven.»

Además, según confesaron los propios demonios a san Juan Bostrinós, que había recibido de Dios poder sobre los espíritus malignos, tres cosas eran las que más temían: la santa Cruz, el santo Bautismo y la Divina Comunión o Efjaristía.

16) Para afrontar la vascanía o «mal de ojo», así como los daños físicos o materiales que, según la tradición, pueden producir las energías demoníacas, existe, como ya hemos dicho, una oración especial de la Iglesia para la vascanía. Existen igualmente otras oraciones para la destrucción de toda magia y de toda energía demoníaca, así como para la curación de enfermedades provocadas por la envidia del diablo.

Para protegerse del mal de ojo, muchos de nuestros hermanos llevan diversos amuletos. Sin embargo, estos no sólo carecen de eficacia, sino que constituyen invenciones demoníacas y producen el efecto contrario, porque nadie puede combatir el mal recurriendo precisamente a quien lo provoca, es decir, a los demonios. La única protección verdadera es la santa Cruz, que destruye las potencias y energías demoníacas.

Por otra parte, algunas personas —incluso miembros de la Iglesia, con buena intención y sin ser conscientes del origen demoníaco de estas prácticas— acostumbran a «quitar el mal de ojo» susurrando determinadas oraciones secretas o utilizando carbón encendido, clavos de olor, sal, aceite o agua.

Estas costumbres son incompatibles con el espíritu de la Iglesia Ortodoxa. Con frecuencia el diablo abandona voluntariamente a quienes padecen el mal de ojo para hacer creer a los hombres que esas personas poseen un poder especial y no que la curación procede de las oraciones y bendiciones de la Iglesia.

Así, nuestra vida cotidiana acaba dominada por una auténtica «demonocracia», alimentada por supersticiones, temores y angustias, que alejan la jaris, la paz y la bendición de Dios.

17) Si una persona, por concesión de Dios, ha llegado a estar poseída por un espíritu demoníaco, debe acudir a los sacerdotes para que le lean los exorcismos.

Los exorcismos son oraciones especiales de la Iglesia Ortodoxa mediante las cuales el sacerdote ruega a Dios que expulse a los demonios que mantienen dominado al hombre. No tienen ninguna relación con los amuletos ni con las invocaciones mágicas, como ya hemos explicado.

El elemento principal de los exorcismos es la invocación del Nombre de Cristo.

Este Nombre omnipotente, «que es sobre todo nombre» (Flp 2,9), era invocado por los apóstoles para expulsar demonios y sanar toda enfermedad. El mismo Señor había prometido: «En Mi Nombre expulsarán demonios» (Mc 16,17).

La misma práctica siguieron los cristianos de los primeros siglos, como testimonia san Justino: «Todo demonio exorcizado es vencido y sometido por la fuerza del Nombre de Jesús.»

Con este mismo espíritu están redactadas las oraciones de exorcismo contenidas en el Efjologio (Libro de bendiciones), que la Iglesia continúa utilizando hasta nuestros días.

El segundo elemento de los exorcismos es la reprensión del espíritu maligno. El sacerdote le ordena, en el Nombre de Cristo, que abandone inmediatamente a la criatura de Dios, liberando la psique-alma y el cuerpo del poseído de las cadenas demoníacas.

El bienaventurado yérontas Paísios enseñaba que, para que los exorcismos den fruto, deben ir siempre acompañados de la metania y de la confesión.

Explicaba: «Cuando el diablo ha adquirido grandes derechos sobre una persona y ha llegado a dominarla, primero hay que descubrir la causa para poder cortar esos derechos. De otro modo, por muchas oraciones que hagan los demás, el demonio no se marchará… El endemoniado debe ser ayudado primero para descubrir en qué ha pecado y cómo llegó a ese estado; después debe confesarlo y, sólo si es necesario, leerle los exorcismos. Porque muchas veces el demonio se marcha únicamente con la oración del perdón.»

El mismo yérontas enseñaba también que los endemoniados reciben una gran ayuda cuando los sacerdotes conmemoran sus nombres durante la proscomidia* y oran por ellos con profundo dolor y compasión. (*Προσκομιδή (Προσκομιδή) es el término litúrgico ortodoxo que designa la preparación de los Dones —el pan y el vino— antes del comienzo de la Divina Liturgia.)

18) Como último modo de afrontar a los espíritus mal astutos, hablaremos del santo desprecio hacia ellos.

Es cierto que, en algunos casos, debemos resistir al diablo, conforme a la exhortación del apóstol Santiago: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Sant 4,7).

Sin embargo, existen otras ocasiones en las que conviene evitar el enfrentamiento directo. Es preferible refugiarnos en Cristo, despreciando al diablo y todas sus trampas.

El bienaventurado yérontas Porfirios enseñaba: «Despreciad los pazos; no os ocupéis del diablo. ¡Volved vuestro corazón hacia Cristo!… Cuando la psique-alma anhela a Cristo, aparta toda su fuerza de las trampas del enemigo y corre hacia Él… Si luchamos por amar a Cristo, recibimos la divina jaris. Armados con la divina jaris, no corremos peligro alguno; el diablo lo ve y huye.

»La lucha contra el mal, cuando actúa la jaris de Dios, se realiza sin sangre y sin cansancio.

»¿Os encontráis en la oscuridad y queréis salir de ella? No intentéis expulsarla a golpes. No conseguiréis nada. ¿Queréis luz? Basta abrir un pequeño agujero para que entre un rayo de sol y desaparezca la oscuridad.

»En lugar de esforzaros continuamente por expulsar al enemigo de vuestro corazón, abrid vuestros brazos al abrazo de Cristo. Este es el camino más perfecto: no combatir directamente el mal, sino amar a Cristo, a Su luz; entonces el mal retrocederá por sí mismo.»

 

Castigo e infierno

Los espíritus mal astutos, al apartarse voluntariamente de la bienaventuranza y perder su condición angelical, se convirtieron en las existencias más desgraciadas de toda la creación. Sobre todo, después de la caída del hombre provocada por ellos, la desgracia, el mal y la corrupción adquirieron dimensiones universales. Toda la creación «gime y sufre con dolores de parto hasta ahora» (Rom 8,22), juntamente con las criaturas lógicas de Dios.

El pecado y la muerte, con todas sus terribles consecuencias, entraron dinámicamente en la vida del mundo, ya transformado, oscurecido y corrompido por la rebelión y la desobediencia de las criaturas hacia su Creador. El diablo asumió entonces un papel dominante en este mundo, porque fue el primero en pecar (1Jn 3,8). Y continúa pecando sin cesar, arrastrando también a los hombres al pecado que conduce a la muerte espiritual (Rom 5,12).

Por ello el diablo recibe el título de kosmocrator (soberano de este kosmos-mundo) y se jacta de gobernar todas las realezas de la οικουμένη icumeni tierra habitada (Lc 4,5). Sin embargo, esto no disminuye en nada su desgracia. Tanto él como todos los demonios permanecen como existencias profundamente trágicas que ya saborean el temor y el sufrimiento del infierno. Viven continuamente bajo el peso de la angustia por el castigo que les espera y temen ser atormentados antes del tiempo señalado (Mt 8,29). Saben que les queda poco tiempo (Ap 12,12) y que el fuego eterno ha sido preparado para ellos (Mt 25,41).

La venida de Cristo al mundo constituyó una nueva y profunda humillación para los demonios, haciendo todavía más desesperada su situación. El evangelista Juan dice: «En esto apareció el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo» (1Jn 3,8).

La presencia del Dios encarnado destruyó la tiranía demoníaca bajo la cual se encontraba esclavizado el género humano, porque Jesús Cristo «pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38).

Pero el Señor no se limitó a destruir las obras del diablo, sino que destruyó también el poder del mismo diablo mediante Su muerte voluntaria en la Cruz: «…para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14).

En verdad, «despojó a los principados y potestades, los exhibió públicamente y triunfó sobre ellos en la Cruz» (Col 2,15).

Incluso antes de Su Pasión había anunciado: «Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Jn 12,31).

Después de Su crucifixión, la segunda gran derrota que sufrió el diablo fue el descenso de Cristo al Hades. Allí perdió el dominio que ejercía sobre las psiques-almas de los difuntos, quedó completamente humillado y comenzó a saborear anticipadamente su propia condena y castigo definitivo y eterno.

A estas derrotas siguieron otras igualmente decisivas: la Resurrección, la Ascensión de Cristo y el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés.

Desde entonces, el principal enemigo del diablo es la Iglesia, Cuerpo de Cristo y administradora de Sus santos Misterios. Son los miembros glorificados e iluminados de la Iglesia —los apóstoles, sus discípulos, los santos y todos los fieles de cada generación— quienes, revestidos del poder de Cristo, combaten y vencen a los espíritus malignos, derriban el dominio del satanás y permanecen unidos a Cristo.

Sin embargo, la derrota definitiva del diablo y el juicio final de los espíritus malignos tendrán lugar durante la Segunda Παρουσία Parusía Presencia de Cristo.

El libro del Apocalipsis describe proféticamente este acontecimiento: «Vi bajar del cielo a un ángel que tenía la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y el satanás, el seductor del mundo entero; lo ató por mil años y lo arrojó al abismo» (Ap 20,1-3).

El apóstol Pedro expresa la misma realidad cuando escribe: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, arrojándolos al infierno, los entregó a prisiones de oscuridad para ser reservados al juicio» (2 Pe 2,4).

Y, finalmente, según el Apocalipsis, «el diablo fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap 20,10).

Y no sólo el diablo, los demonios y el anticristo, sino también «la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego» (Ap 20,14).

El apóstol Pablo, contemplando la culminación de la obra redentora de Cristo, proclama: «Por ello Dios le glorificó y le exaltó a lo sumo y como hombre le otorgó el nombre Kirios-Señor Jesús Cristo, que está por encima de cualquier otro nombre en la tierra y en el cielo, para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los ángeles del cielo, los hombres de la tierra y hasta los malignos espíritus del abismo, y toda lengua confiese Jesús Cristo Kirios-Señor para doxa-gloria de Dios Padre» (Flp 2,10-11), Cristo era, es y será todo en todos (Col 3,11). Los demonios, todas sus obras y la misma muerte serán definitivamente abolidos.

Por eso, todo fiel que lucha y se somete con confianza y obediencia a la voluntad de Dios no debe temer en absoluto a los espíritus mal astutos, porque «ha pasado de la muerte a la vida» (Jn 5,24) y ya pregusta, saborea anticipadamente los bienes de la Realeza increada celeste.

Santo Monasterio del Paráclitos, Ática

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

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