
Conocimiento y discernimiento de los demonios, diablos y de Satanás, Diablo
Dimitri Panagópulos, homilía 346
Revisada traducción 20/09/2026
Como primer kerigma de esta noche, permitidme deciros algo de lo que nunca antes se ha hablado en este auditorio.
Siempre hablamos de nosotros y de Dios. En cierto sentido está bien hacerlo, pero no estamos solos Dios y nosotros. Existe también alguien más.
Y, si el hombre no conoce bien a ese «otro», difícilmente podrá alcanzar el conocimiento de Dios.
Existe también un enemigo. No estamos solamente nosotros y nuestro Dios; nosotros y nuestro Cristo; nosotros y nuestra Panaghía; nosotros y nuestros santos; nosotros y nuestros prójimos. Existe un enemigo común, del cual Dios advirtió ya a los dos primeros seres humanos, Adán y Eva. Tan importante era este asunto que Dios dijo expresamente a Adán: «Trabaja y vigila.»
Detrás de la palabra «vigila» se oculta precisamente ese tercer personaje: el enemigo del hombre.
El hombre que trabaja por el bien en este mundo, pero no permanece vigilante, un día descubrirá que ha sido engañado.
Es un enemigo que sabotea al hombre las veinticuatro horas del día; desde la noche hasta la mañana y desde la mañana hasta la noche. Desde el instante en que el hombre nace y adquiere conciencia de sí mismo hasta el momento de su muerte, este enemigo permanece continuamente sobre su cabeza y a su lado, haciéndole un constante lavado de cerebro, sembrándole dudas, loyismí (pensamientos) compulsivos, blasfemos, ofensivos y engañosos.
Si pudiera, reduciría al hombre a polvo en un solo instante. Es aquel a quien conocemos con los nombres de Satanás, diablo, la antigua serpiente y otros semejantes.
Y, sin embargo, aunque el hombre debería conocerlo muy bien para poder protegerse de él, sucede exactamente lo contrario. No sólo lo desconoce, sino que muchas veces, con su propia actitud, termina aliándose con él y comportándose como si fuera un amigo, como si fuera un gran filántropo, un supuesto amigo del hombre.
¿Cuántas personas envían a su prójimo «al diablo»?
¿Cuántas madres mandan a sus hijos «al diablo», como si los encomendaran a los brazos de Dios?
¿Cuántos envían «al diablo» a sus animales, a sus herramientas o a sus pertenencias?
Sin darse cuenta, con esas expresiones desean que crezca el reino de Satanás y disminuya el reinado de la Realeza increada de Dios. Porque cuando uno dice a otro: «¡Vete al diablo!», eso no constituye simplemente una blasfemia, como muchos creen. Es, en realidad, una especie de bendición dirigida al diablo. Con esas palabras se desea que Satanás aumente su dominio sobre aquella persona y, al mismo tiempo, que disminuya el reinado de la Realeza increada de Cristo.
Así, aunque sea por ignorancia, terminamos comportándonos como auténticos anticristos, en el pleno sentido de la palabra. Muchos ni siquiera confiesan esta costumbre a su guía espiritual, porque no la consideran una blasfemia. Y cuando el confesor les pregunta:
—Hijo mío, ¿blasfemas?
Responden:
—No, padre. Sólo alguna vez mando al diablo a alguna persona o a alguna cosa.
Entonces el sacerdote suele decirles:
—Eso tampoco está bien. Procura dejar de decirlo.
En realidad, no se trata únicamente de una blasfemia. No blasfemas contra Satanás. Al contrario: lo bendices, porque deseas que tu prójimo vaya a parar bajo su poder. Y, al mismo tiempo, blasfemas contra Cristo, contra la Panaghía, contra Dios, contra la Santa Cruz y contra todos los santos.
He aquí a ese tercer personaje.
Desgraciadamente, el hombre apenas lo conoce. Y, si alguna vez piensa en él, se limita a decir: «¡Fuera de aquí! ¡Aléjate de nosotros!» Pero desconoce cómo actúa, qué poder tiene, cuáles son sus límites, desde cuándo existe y de qué manera combate al hombre.
Todas estas cuestiones permanecen ocultas para la mayoría. Muchos creen que hablar de ellas es simple teoría, cuando, en realidad, forman parte de la vida misma. Por eso, esta noche comenzaremos precisamente hablando de ese tercer personaje. Es necesario conocer algunos detalles acerca de él para poder protegernos.
Los ejércitos enemigos no vencen únicamente por la fuerza de sus armas. Muchas veces obtienen la victoria gracias a la propaganda y al espionaje. Intentan infiltrarse en el campamento enemigo para conocer sus planes, su organización y sus estrategias, obteniendo así la información necesaria para combatir con ventaja.
Y nosotros…
¿Conocemos algo de nuestro enemigo?
¿Sabemos cuál es su fuerza?
¿Conocemos sus métodos de combate?
¿Sabemos cómo actúa?
¿Sabemos siquiera que existe?
Muchos ni siquiera aceptan la existencia personal de Satanás.
Dicen que no es una persona real, sino simplemente una fuerza negativa o el símbolo del mal moral.
Nada de eso es cierto. Todo eso forma parte del engaño. Ocultar su propia existencia constituye uno de los mayores triunfos de Satanás. Éste es, precisamente, uno de sus mayores éxitos.
Cuando el enemigo consigue ocultar su existencia, es como un virus, un microbio o un parásito que devora silenciosamente nuestro organismo cada día y noche escondiendo su presencia, mientras nosotros ignoramos su presencia.
Y, naturalmente, si no sabemos que existe, tampoco tomaremos las medidas necesarias para defendernos ni buscaremos el remedio adecuado. Por eso es indispensable conocerlo.
Se trata de una persona real, llena de odio maldad contra Dios. Y como no puede hacer daño a Dios, descarga toda su malicia contra aquello que pertenece a Dios: el hombre. Por eso debemos conocer bien sus movimientos. Él ataca. Él prepara emboscadas. Él organiza sabotajes, tiene mucha cara y como tal lo afrontó nuestro Cristo.
Nuestro Señor Jesús Cristo jamás habló del mal como si fuera una fuerza abstracta, una energía negativa o una simple idea. Siempre habló de una persona real con cara (rostro).
Leed el segundo capítulo de la Epístola a los Hebreos, que forma parte de la lectura apostólica de la Gran Santificación de las Aguas. Dice, entre otras cosas, lo siguiente: Puesto que los hombres participan de carne y sangre, también Cristo participó de ellas de manera semejante; semejante, pero no idéntica, porque Cristo no nació de voluntad de varón ni de sarx (cuerpo-carne) y sangre, sino del Espíritu Santo y de la Virgen María. Él participó de nuestra naturaleza humana. ¿Para qué? Para destruir, mediante su muerte, al que tenía el poder de la muerte. ¿Y quién es éste, Señor? Pues el Diablo. Ved cómo el Apóstol lo presenta como una persona real, y no como una idea abstracta o una simple fuerza negativa, como afirman algunos. Allí escribe el apóstol Pablo: «Y como los hijos de Dios han tomado todos la naturaleza humana con cuerpo, carne y sangre, enferma y corrupta, pues, de la misma manera también él tomó la naturaleza humana cuerpo, carne y sangre, pero sin pecado; se hizo hombre para aniquilar con su muerte al diablo, quien hasta hace poco tenía la fuerza y el poder de arrojar a los hombres a la muerte (física y espiritual) por causa de sus pecados, y librar a todos aquellos que, por miedo a la muerte, estaban sometidos durante toda su vida a la depresiva esclavitud de la agonía, del temor y terror ante la muerte» (Hebreos 2, 14-15).
Ved cómo presenta claramente al diablo como una persona y no como una simple idea abstracta, tal como algunos pretenden.
Además, ¿por qué ha venido Cristo al mundo? Para destruir las obras del Diablo. Sí, éste es quien, desde los primeros pasos de la humanidad, presentó sus falsos propósitos. El primer ser humano al que consiguió aislar y atraer a sus redes fue Eva, y, a través de Eva, también a Adán, y después a la humanidad entera.
Hoy contemplamos los resultados de aquella trampa tendida a los primeros en ser creados: como consecuencia de ello, la muerte de toda la humanidad. Así viene el hombre al mundo, muerto espiritualmente, con el llamado pecado original o ancestral: «En pecado me concibió mi madre», dice el Salmo 50. Por eso precisamente lo enterramos en el bautismo, para que resucite espiritualmente y viva eternamente en Cristo.
El tema, pues, es serio; me atrevería a decir que tan serio como el tema de Cristo mismo. Quizá sea muy atrevido afirmarlo, pero quiero dar un énfasis especial a este asunto. Porque, si el hombre no conoce la persona de Satanás ni el daño que ha causado y sigue causando a la humanidad, no apreciará la obra de Cristo. Creerá que Cristo ha venido al mundo para hacer simples números de circo. Pero, si el hombre conoce la existencia de esta persona, entonces apreciará su obra y dirá: «¡Cristo, Dios mío, ¡cuánto has hecho por mí! ¡Y cuánto sigues haciendo todavía por mí, a pesar de que caigo diariamente y Tú continúas sanándome de esta manera!».
A pesar de todo esto, el hombre no siente a Satanás como enemigo. La prueba de ello es que tampoco sentimos verdadera enemistad contra el pecado. Puede que, por temor, evitemos pecar y acudamos a confesarnos; pero no sentimos hacia el pecado el rechazo y el asco que deberíamos, porque tampoco consideramos enemigo al padre del pecado, el Diablo. Si tuviéramos al Diablo como verdadero enemigo, también tendríamos al pecado como enemigo.
Quizá todavía no hemos aprobado este examen y no conocemos el enorme perjuicio que causan estas dos realidades: Satanás y el pecado. Por eso actuamos y nos comportamos de esta manera.
Pero, al pensar en todo esto, surge espontáneamente una pregunta en los labios del hombre: «Bien, ¿desde cuándo existe Satanás?».
Por lo que os he dicho antes, existía ya cuando Dios dijo a Adán: «Trabaja y vigila», permanece en guardia. ¿De quién debían guardarse y vigilarse, si únicamente existía una sola pareja? ¿Cuándo necesita el hombre estar vigilante? ¿Cuándo cierra con llave su casa para sentirse seguro? Cuando existe un enemigo, ladrones o alguien que puede hacerle daño. En este caso, si sólo había una pareja en el mundo y nadie más, necesariamente tenía que existir alguien capaz de perjudicarles.
¿Quién era ese? El llamado espíritu perverso, el espíritu maligno, cuyo nombre es Satanás, el Diablo. Existía ya cuando nuestro Cristo, el Logos increado de Dios, creó a Adán y a Eva. «De sus manos hemos sido hechos y creados.» Por tanto, Satanás ya existía.
Pero, ¿quién creó a Satanás? Él mismo se hizo Satanás; no fue creado como Satanás. ¿Lo hemos leído alguna vez? Él mismo se convirtió en demonio; se oscureció al perder la luz increada y, por su propia voluntad, se transformó en Satanás. ¿Hemos leído alguna vez la Epístola de Judas Tadeo, donde dice que Satanás abandonó por sí mismo su propia morada?
Quiero, pues, que sepáis que Satanás fue antes un ángel, el más excelso de los querubines, el cual contemplaba cara a cara la doxa (gloria, luz increada) de Dios. Pero, siendo libre, no quiso permanecer en el lugar que el Creador le había asignado, sino poner su trono por encima del trono de Dios. Y, al intentar elevarse por encima de Él, en lugar de encontrarse más alto, cayó a lo más bajo.
Sí, era un ángel, el más glorificado de los querubines, y, desgraciadamente, arrastró consigo a muchos otros ángeles. Como jefe que era Belcebúl, la antigua serpiente arrastró a una multitud de ellos.
La Tradición lo afirma, y nuestra Iglesia lo acepta indirectamente. Os diré dónde. En el momento de aquella caída, cuyo cabecilla era Belcebúl, intervino el Arcángel Miguel pronunciando aquellas palabras que la Iglesia conserva hasta hoy: «Stómen kalós, stómen metá fóvu» «Permanezcamos firmes, permanezcamos con temor de Dios».
Los que cayeron, cayeron; pero a los demás los sostuvo para que no cayeran. Y nuestra Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha colocado estas palabras del Arcángel Miguel inmediatamente después del Símbolo de la Fe, tras la confesión de la fe ortodoxa.
Después de confesar: «Creo en un solo Dios; en un solo Hijo, no creado sino engendrado del Padre; y en el Espíritu Santo, que procede del Padre; creo en Cristo, nacido y no creado; creo en la siempre Virgen María; en la Cruz; en la muerte de Cristo a manos de los hebreos; en su Resurrección; en el Bautismo; y en que volverá en la Segunda Parusía o Presencia», después de todos estos «creo», la Iglesia nos dice: «Permaneced firmes en aquello que habéis confesado, permaneced con temor de Dios; creed en todas estas verdades, guardadlas y vivid conforme a ellas».
Este uso indirecto de las palabras del Arcángel Miguel nos indica que nuestra Iglesia acepta que un acontecimiento semejante tuvo lugar en aquellos tiempos remotos.
Ahora bien, uno se pregunta: ¿fue entonces cuando ocurrió la caída o sucedió todavía antes? La respuesta es que sucedió mucho antes. Porque, si aceptamos que Dios creó al hombre en último lugar y le dio el mandamiento de vigilar y permanecer atento, esto significa que la caída ya se había producido.
Dios creó primero el mundo angélico, el mundo espiritual, del cual se separó este perverso y mal astuto batallón de Satanás, por las causas que antes os he explicado. Después creó el mundo material y, finalmente, el mundo mixto, es decir, el hombre, compuesto de espíritu y materia.
Si habéis observado el Pantocrátor en la cúpula de nuestros templos, veréis que, después del primer círculo, aparecen los ángeles: primero el mundo espiritual. Dice Job, en el capítulo 38 de su libro, que, cuando Dios estaba creando la tierra, las estrellas y toda la creación material, los ángeles le alababan. Esto significa que el mundo angélico ya existía. Por consiguiente, fue entre la creación del mundo angélico y la creación del mundo mixto, es decir, del hombre, cuando tuvo lugar la caída de Satanás.
A partir de esto podemos deducir, aproximadamente, la antigüedad de Satanás. Debe de tener alrededor de 7.500 años. Según el calendario hebreo, transcurrieron unos 5.500 años desde la creación de Adán hasta Cristo, y desde entonces han pasado aproximadamente otros 2.000 años, lo que nos lleva a unos 7.500 años.
Ahora bien, cuántos años transcurrieron antes de Adán, desde la creación del mundo angélico —de la que habla Job cuando dice que los ángeles alababan a Dios—, eso no lo sé. Pueden haber sido doscientos, trescientos o mil años más; no lo sabemos. Pero, al menos, unos 7.500 años, con seguridad.
Me preguntaréis: «¿Y para qué nos interesa la edad de Satanás? ¿Qué importancia tiene hablar de sus años?». Nosotros mismos escondemos los nuestros: llegamos hasta los treinta y nueve y parece que nunca cumplimos los cuarenta. Entonces, ¿para qué hablar de la edad de Satanás?
Tiene una finalidad muy importante. Porque muchos de nosotros no reconocemos la enorme experiencia que posee. No tenemos que enfrentarnos, queridos míos, a una muchacha con minifalda y un cigarrillo o un porro en la mano que se cree que lo sabe todo; ni a un muchacho de catorce o dieciocho años; ni a algún joven que piensa que ha matado a Dios, lo ha enterrado y no ve más allá de lo que lleva puesto, con la cabeza completamente vacía.
¡No, señores! Nos enfrentamos a una persona mal astuta, perversa, embaucadora y tramposa, con más de 7.500 años de experiencia. Nos enfrentamos a un ser personal, a un rostro maligno astuto, mañoso, engañoso, pérfido, malicioso, sin escrúpulos, tramposo, embaucador), a un energúmeno (es decir, alguien activado por la energía oscura), que lleva más de siete mil quinientos años acumulando experiencia y que ha derribado a papas, patriarcas, obispos, sacerdotes e incluso a santos. No ha dejado a nadie sin combatir.
¡Y creemos nosotros que podremos engañar a Satanás! Si Cristo no tiene misericordia y compasión de nosotros, fortaleciendo y custodiando nuestro νούς nus espíritu y nuestro corazón (la esencia de nuestro ser), protegiéndonos de las malas artes, las tretas y las triquiñuelas del maligno, ¿será posible que, por nuestras propias fuerzas, salgamos victoriosos y lleguemos al cielo para contemplar el Paraíso?
Ni con prismáticos ni con un televisor podremos ver el Paraíso. No podremos contemplarlo, vivirlo, ni participar de él, ni en esta vida ni después de la muerte, si no somos conscientes de que tenemos delante a un enemigo tan astuto y perverso. Al mismo tiempo, debemos trabajar por la sanación y la salvación de nuestra psique-alma, dentro de la Iglesia, porque es allí donde todos los planes y estrategias de Satanás quedan deshechos.
Mediante los santos Misterios y el sacerdocio ortodoxo no se realiza otra cosa que la destrucción y disolución de toda la astucia, las maquinaciones y los engaños de Satanás. Por eso Satanás ataca siempre al clero ortodoxo.
Si oís acusaciones contra sacerdotes ortodoxos, sabed que algo está sucediendo allí: se están destruyendo los intereses de Satanás. Los únicos que poseen autoridad para enfrentarse a Satanás y, en general, a todas sus maquinaciones contra el hombre, son los sacerdotes de la Iglesia Ortodoxa. Nadie más.
¿Habéis oído que se ataque con la misma violencia a otros? No. Todo lo malo, según dicen muchos, siempre lo hacen los ortodoxos. ¿Por qué? Porque únicamente ellos han recibido la autoridad para pisar serpientes, escorpiones y toda la potencia del enemigo.
Sí, no nos engañemos. Si quisiéramos avanzar espiritualmente con prudencia, aprenderíamos a reconocer las huellas de Satanás, y precisamente ellas nos ayudarían a descubrir dónde está la verdad.
Entrad en una Iglesia Ortodoxa y veréis que, desde la entrada -donde se encienden y se compran las velas- hasta el altar, todo parece estar hirviendo: largas conversaciones, discusiones, movimientos, interrupciones… En cambio, id a cualquier otra llamada iglesia y encontraréis un silencio absoluto. Uno podría pensar: «¿Dónde estoy? ¿Acaso he entrado en el paraíso?».
Sin embargo, sólo en la Iglesia Ortodoxa encontraréis ese aparente desorden. ¿Por qué? Porque es la Iglesia de Dios y, precisamente por eso, todos los batallones de Satanás combaten contra ella.
Esto muchos hombres no lo comprenden. Hay quienes dejan de ir a la Iglesia porque dicen: «Se habla demasiado; no hay silencio; no puedo tranquilizarme ni orar».
Entonces, ¿adónde irás?
Aquí está el Espíritu Santo. Aquí actúa la energía increada de la Jaris (Gracia). Y precisamente porque aquí está la Jaris, también está Satanás combatiéndola. Si aquí no existiera la Jaris, Satanás no tendría necesidad de vigilar ni de combatir. ¿Qué tendría entonces que vigilar?
En cierta ocasión, un yérontas (anciano experimentado en la fe y guía espiritual) se dirigía con su discípulo desde su skite hacia la ciudad para atender un asunto urgente. Al pasar junto a una Iglesia, vieron a un demonio sentado tranquilamente sobre el tejado, completamente despreocupado. Más adelante llegaron a una humilde choza y contemplaron allí un auténtico batallón de demonios.
Al joven discípulo aquello le llamó la atención y preguntó al yérontas:
—¿Has visto algo?
—¿El qué?
—¿Has visto al demonio que estaba sentado sobre el tejado de la Iglesia del pueblo?
—Sí, lo he visto.
—¿Y ves también la multitud de demonios que hay aquí?
—Sí, también los veo.
—¿Y cómo se explica eso?
El yérontas respondió:
—Porque en aquella Iglesia todas las personas que han ido no oran verdaderamente, y un solo demonio basta para vigilarlas a todas. En cambio, aquí vive un matrimonio que ora con fervor, y por eso se han reunido alrededor de ellos todos los demonios.
Por eso, esto debe fortalecer nuestra fe.
Algunos dicen:
—Ese niño está llorando y nos molesta; hay que sacarlo fuera de la iglesia.
¿De verdad? Pero, si sacamos al niño, también perderemos a la madre, a esa oveja del rebaño.
En el autobús o en el metro soportas ruidos, conversaciones, críticas y toda clase de distracciones, y no te molestan. Sin embargo, aquí, en la Iglesia, de pronto te molestan todos los ruidos. ¿Quién es el que hace que ahora prestes atención precisamente a esos ruidos? Es el otro, el maligno, que intenta sacarte fuera.
¿Sabes que Satanás puede incluso pinchar al niño para hacerlo llorar? ¿Lo sabes o no lo sabes?
Esto mismo me sucedió en la Iglesia de Santa Filotea, en Atenas. Yo estaba predicando desde el atril. Una mujer se acercó delante del altar para colocarse en la fila de la Sagrada Comunión con su bebé. De repente, el niño comenzó a gritar y a llorar desconsoladamente, creando un gran revuelo.
Entonces alguien gritó:
—¡Saquen al niño de la Iglesia!
Yo respondí:
—Si esta madre sale de la Iglesia, yo bajo ahora mismo del atril y salgo con ella; y la responsabilidad recaerá sobre vosotros.
Todos quedaron inmóviles, en silencio y completamente sorprendidos.
Entonces les dije:
—¿Sabéis que en este momento Satanás está pinchando al niño para hacerlo llorar y conseguir que su madre abandone la iglesia? ¿Lo sabéis o pensáis que, porque estamos aquí dentro, ya somos santos y Satanás no actúa entre nosotros?
Entonces dije:
—«¡En el nombre de Jesús Cristo, que Satanás deje en paz al niño!».
¡Y el niño dejó inmediatamente de llorar!
Todos quedaron asombrados. Ya no hizo falta continuar el kerigma ni seguir predicando.
Sin embargo, nosotros no tenemos en cuenta a esta tercera persona ni lo que hace dentro del sacerdote, ni en los niños, ni en cualquiera de los presentes durante la Divina Liturgia. A veces estamos distraídos contando dinero; otras veces observamos lo que pone en la cabeza del servidor de la Iglesia.
Le hace creer que su principal misión es cuidar el templo de San Jorge, de San Demetrio o de San Constantino, como si esos templos necesitaran más ayuda económica que las psiques-almas del laós (pueblo de Dios). Lo verdaderamente importante son las psiques-almas de las personas.
El hombre debe conocer los pensamientos que el maligno inspira al salmista, al predicador, al sacerdote, a los acólitos e incluso a los cantores, que a veces salmodian mientras mastican chicle o permanecen distraídos.
Todo esto lo comprenderás únicamente cuando tengas presente la existencia de esa llamada tercera persona.
Si no la tienes en cuenta, debes saber que acabarás engañándote continuamente. Llegarás incluso a decir:
—He estado en una iglesia papista o protestante, y allí sí que oran de verdad.
Pero ¿a quién oran? ¿Acaso no oran a aquel que los mantiene cautivos mediante la herejía? Pues a él es a quien terminan sirviendo.
Tomad este tema muy en serio.
Te dispones a recibir la Divina Comunión y no se te permite hacerlo en paz. Ves a una anciana que ha permanecido sentada tranquilamente durante tres horas y, precisamente cuando llega el momento de comulgar, pierde la paciencia y ni siquiera cede el paso a una madre que lleva a su hijo en brazos. Ves también a jóvenes que comienzan a empujarse unos a otros.
¿Quién les ha soplado esos pensamientos? ¿Quién los ha pinchado? Parecen caminar sobre espinas. ¿Quién los agita de ese modo? Es aquel que sopla con su propio viento; por eso no pueden permanecer tranquilos ni serenos.
Por eso nuestra Iglesia dice: «Delante de tus puertas me he presentado con las manos levantadas, pero aún no me he librado de los malos loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía, razonamientos y sugestiones).»
Estoy a punto de recibir a mi Dios, a Aquel que me perdona, me pacfiica y me salva; sin embargo, siento como si estuviera sentado sobre brasas encendidas.
¿Quién es el que me hace sentir como si estuviera sentado sobre brasas encendidas? Es el otro, aquel del que hemos hablado, a quien no tienes en cuenta y por eso no te preparas con vigilancia, oración, paciencia y ayuno para vencerlo y, al mismo tiempo, facilitar el camino espiritual de los demás que están presentes.
Son cosas, queridos míos, indispensables para nuestra vida espiritual. Cuando el hombre las desconoce, cae fácilmente en manos del maligno y busca siempre culpables fuera de sí mismo.
Si los hombres conocieran verdaderamente a Satanás, ¿guardarían enemistad contra sus enemigos?
Supongamos que alguien te ha robado o te ha causado un gran perjuicio. Está claro que ha obrado mal. Pero ¿cómo ha llegado a hacerlo? Porque el Diablo le ha puesto unas gafas falsas para ver la realidad deformada, y él ha aceptado ponérselas. Sigue siendo responsable de sus actos, pero también es una víctima del Diablo.
Entonces, en lugar de pedir la ruina de esa persona, deberíamos orar para que Cristo la libere del Diablo, para salvación de ambos: de ella y de nosotros.
Si el hombre comprendiera esto, ¿vería como enemigo al hombre o al Diablo que se ha apoderado de él?
Naturalmente, vería como enemigo al Diablo, no al hombre.
Entonces diría: «Cristo mío, libéralo.»
Y cuando Cristo lo liberara y Satanás abandonara su interior, esa persona vendría a postrarse a tus pies y te diría:
—Perdóname; me he equivocado. No sé qué me sucedía. La culpa ha sido mía.
Así dejaríamos de tener enemigos humanos y comenzaríamos a ver en ellos víctimas de los demonios.
Cuando el llamado enemigo humano cae en manos de nuestro enemigo común, Satanás, paradójicamente se convierte en un benefactor para nosotros. Porque, si no tuviéramos enemigos, tampoco tendríamos ocasión de alcanzar la Realeza increada de los Cielos.
Precisamente soportando a nuestros enemigos, alejando la ira y orando por ellos, caminaremos hacia la Realeza increada de los Cielos.
El profeta Isaías, contemplando mediante el Espíritu Santo el pensamiento de Satanás y su caída, escribe en el capítulo XIV:
«¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la aurora!»
¿Quién es este? Es el Lucero del alba, el más resplandeciente de los astros.
Y continúa: «Has sido derribado sobre la tierra, tú que sometías a las naciones. Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo, levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios.»
Pero cayó y quedó para siempre perdido.
Por tanto, debemos saber que nos enfrentamos a un enemigo con una experiencia inmensa. Nosotros mismos sabemos que, cuanto más avanzan los años, mayor experiencia adquirimos. Por eso podemos orientar mejor a quienes son más jóvenes que nosotros.
De ahí que el Antiguo Testamento nos aconseje preguntar a nuestros padres y ancianos, a quienes han vivido antes que nosotros y poseen experiencia, para no caer en las trampas.
Quienes sólo hacen su propia voluntad son precisamente los que terminan cayendo en ellas.
Todos los hombres necesitamos consejo. ¡Ay de aquel que no pide consejo a nadie!
«El único que no necesita consejo es Dios», dice san Máximo el Confesor.
Otra cosa que el hombre debe conocer acerca de esta tercera persona, de este enemigo permanente, es la siguiente: ¿qué puede hacer y qué no puede hacer el Diablo? Además, ¿está presente en todas partes o no? ¿Cómo debemos entender este asunto, siendo él un espíritu?
Quiero, pues, que sepáis que Satanás no está presente en todas partes. Está limitado por el lugar y el tiempo. La omnipresencia pertenece únicamente a la Santa Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Tampoco nuestra Panaghía es omnipresente, ni los santos, ni los ángeles y, por consiguiente, tampoco los demonios. Ningún ser creado posee la omnipresencia.
De aquí nace otra pregunta:
—Entonces, si los santos no son omnipresentes y están limitados por el lugar y el tiempo, ¿cómo es posible que, por ejemplo, el día de la festividad de san Demetrio, miles de personas, en Iglesias dedicadas a él repartidas por todo el mundo, le pidan al mismo tiempo que interceda por ellas? ¿Tendrán razón los protestantes cuando preguntan: «¿A quién acudirá finalmente san Demetrio? ¿A Atenas, a América, a Australia, a Europa…? Si lo invocan desde todo el mundo, ¿adónde irá?»?
¡Qué vergüenza! ¿Por qué no hacéis esa misma pregunta a Cristo, que sí es verdaderamente omnipresente?
Ese razonamiento sólo surge en quienes intentan reducir estos misterios a la lógica humana, no conocen estos temas y desconocen cómo actúan realmente estas realidades espirituales.
Precisamente para que nadie se escandalice —porque sé, por experiencia, que Satanás suele sembrar este pensamiento venenoso—, quiero romper desde el principio esa red suya, para beneficio de todo el laós (pueblo de Dios), como dice nuestra Iglesia. Porque él viene y presenta estos razonamientos aparentemente lógicos para sembrar la duda.
Este fue uno de los temas importantes de los que se ocupó la Iglesia desde los primeros siglos.
En una ocasión preguntaron a san Atanasio el Grande, ese verdadero león de la Ortodoxia:
—¿Cómo podemos invocar a un santo si no posee omnipresencia? ¿Cómo puede acudir simultáneamente a tantos lugares y a tantas personas, si sólo puede estar en un único sitio?
¿Sabéis qué respondió?
—Así es. La Panaghía, san Jorge, san Nicolás y los demás santos sólo pueden estar en un lugar. Pero cuando alguien invoca a un santo o a la Madre de Dios, es el Señor quien envía un ángel en ayuda de quien suplica. De ese modo reciben auxilio todos aquellos que lo necesitan, mientras el santo intercede ante Dios.
¿Lo comprendéis? No permitáis que Satanás os engañe.
Si leéis la vida de san Nicolás, encontraréis ejemplos muy claros.
En cierta ocasión, san Nicolás había acudido a salvar a unos marineros que estaban a punto de naufragar. Al mismo tiempo, en otro lugar, unos hombres iban a ser ejecutados injustamente. Permanecían en prisión esperando el amanecer para ser llevados al suplicio, e invocaban con fervor a san Nicolás.
Él, naturalmente, no podía encontrarse físicamente en ambos lugares al mismo tiempo. No vio ni oyó directamente aquellas súplicas, porque las oraciones no llegan a los santos de manera inmediata.
¿Cómo llegan entonces?
Es Cristo quien les dice:
—Ve rápidamente a socorrer a quienes te están invocando.
San Nicolás no conocía por sí mismo aquella necesidad; fue Cristo quien se la manifestó.
Os pondré un ejemplo muy sencillo.
Imaginad que tengo un teléfono aquí y otro al otro extremo de la mesa. Si quiero llamar al segundo teléfono, ¿cómo lo haré? A través de una central telefónica. Mi llamada llega primero a la central y es ésta la que establece la comunicación entre ambos teléfonos.
Pues bien, esa central es Cristo.
Él es el Omnipresente y la plenitud de todas las cosas. Él une, comunica, dispone y envía. Cristo gobierna y ordena todo.
No os escandalicéis, pues. Los espíritus buenos —exceptuando únicamente a la Santa Trinidad— no son omnipresentes.
Tampoco Satanás lo es.
Si en este mismo instante quisiera tentarme a mí, no podría tentar simultáneamente a mi esposa, que ahora mismo está en casa. Si quisiera atacarla también, tendría que enviar a otro demonio o abandonar él mismo este lugar para dirigirse allí.
Mientras me tienta a mí, no puede tentaros personalmente a vosotros al mismo tiempo, y viceversa. Está limitado por el lugar y el tiempo.
Si alguna vez parece conocer cosas que suceden muy lejos, es porque otro demonio se las comunica. Entre ellos existe comunicación y colaboración.
Os contaré ahora un hecho real.
Una mujer, profundamente afligida porque su hermano estaba endemoniado, lo llevó al monasterio de san Yerásimos, en la isla de Cefalonia. Les asignaron una celda y permanecieron allí una semana. Cada día ella llevaba a su hermano a la iglesia, casi obligándolo, mientras rogaba al santo que lo liberara del espíritu maligno.
Durante aquellos días ocurrieron dos hechos. El primero se aparta un poco de nuestro tema, pero merece la pena conocerlo; el segundo se relaciona directamente con él.
El primero fue el siguiente.
La hermana intentaba que su hermano rezara.
—Jorge, hermano mío, di: «Santo Dios».
Y él lo repetía.
—Ahora di: «Santo Fuerte».
También lo decía.
—Ahora: «Santo Inmortal».
Lo repetía igualmente.
Entonces ella añadió:
—Ahora di: «Eleison imás» («Ten misericordia o compadécete de nosotros»).
Eso ya no pudo pronunciarlo.
Reconocía que Dios es Santo, Fuerte e Inmortal, pero era incapaz de reconocer su misericordia.
Porque Satanás no puede arrepentirse, volver a la μετάνοια metania (arrepentimiento profundo, conversión y confesión). Es incapaz de arrepentirse; permanece para siempre sin arrepentimiento, sin metania.
Por eso quienes están dominados por Satanás viven también sin metania ni arrepentimiento. No os sorprendáis ni los llaméis simplemente insensatos o tontos. Están bajo la influencia del maligno.
El segundo hecho fue el siguiente.
La hermana dijo en secreto a una mujer que también estaba hospedada allí:
—Ve a preparar un café y añade, sin que él lo vea, una cucharadita del agua bendita que llevo en el bolso.
Mientras aquella mujer preparaba el café, unas veinte celdas más abajo el endemoniado comenzó a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Eso no! ¡No pongas eso dentro! ¡No beberé ese café si lleva eso!
¿Quién se lo había dicho?
Otro demonio.
Son colaboradores; trabajan juntos, se avisan y se comunican entre sí.
También os contaré otro hecho.
Hace un par años, en el monasterio de la Gran Lavra del Monte Athos, un monje que había recibido una especial misericordia por intercesión de san Gregorio Palamás decidió reconstruir, en acción de gracias, una pequeña ermita situada sobre una roca perteneciente al monasterio.
Los demonios lo atacaban continuamente. Le arrojaban piedras y destruían una y otra vez los muros que levantaba.
Finalmente, mediante la oración, las santificaciones y la celebración de la Divina Liturgia, consiguió poner límites a su acción.
Una tarde, mientras celebraba las Vísperas y se disponía a colocar el último icono, vio numerosos demonios preparados para atacarlo.
Entonces exclamó:
—¿Así que san Gregorio va a permitir que estos demonios me maten?
En ese mismo instante se oyó un fuerte silbido.
Sobre una roca cercana había un pequeño demonio que hacía de centinela y comenzó a gritar a los demás:
—¡Viene! ¡Viene!
Inmediatamente todos desaparecieron huyendo como una bandada de pájaros.
Quien se acercaba era san Gregorio, mientras aquel pequeño demonio vigilaba para avisar a los demás.
«No os admiréis de esto», como dice nuestro Señor. Tampoco os admiréis de quienes acuden a médiums para hablar con su padre o con su madre fallecidos. Eso no es más que una insensatez, un engaño.
«He hablado con mi padre», dicen.
¿Con quién han hablado?
¡Con Satanás han hablado! No con la psique-alma ni con el espíritu de su padre o de su madre.
Porque, si las almas pudieran salir libremente del lugar donde Dios las tiene, entonces ¿quién permanecería en el infierno? ¿Y quién abandonaría el Paraíso para venir a responder a los médiums de Atenas, (de Barcelona) o de cualquier otra ciudad?
Pero, como desconocemos estas cosas, Satanás nos zarandea, nos manipula y hace con nosotros lo que quiere. Este mal astuto trilero, embaucador y tramposo nos tiene en sus manos.
Deberíamos sentir un profundo rechazo hacia él; sin embargo, no sólo no lo rechazamos, sino que incluso colaboramos con él. Todo lo que nos ofrece lo recibimos con las manos abiertas.
¿Habéis visto lo que hacen las santas en los iconos? Todas sostienen una cruz en la mano. ¿Y qué significa eso?
Significa: «Prefiero que me crucifiques antes que hacer lo que me estás sugiriendo. No haré aquello con lo que intentas engañarme».
Con la cruz desafían al Diablo.
Eso es lo que nos enseñan los iconos bizantinos: «Prefiero morir antes que obedecerte».
Ésa es la verdadera confesión de fe.
Nosotros, en cambio, todavía no hemos llegado a resistir hasta derramar nuestra propia sangre, como dice el apóstol Pablo.
En el Apocalipsis leemos cómo el Espíritu Santo revela a san Juan:
«Fue arrojado el gran dragón, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, que extravía a todos los habitantes de la tierra; fue precipitado sobre la tierra, y con él fueron arrojados también sus ángeles» (Apoc. 12, 9).
Allí contemplamos la caída del gran ángel y de todos los que lo siguieron. Fue entonces cuando el Arcángel Miguel proclamó:
«Permanezcamos firmes; mantengámonos con temor de Dios.»
También es necesario que el hombre conozca otras acciones y operaciones del maligno.
Mientras el hombre no está bautizado, la Jaris (Gracia, energía increada) del Espíritu Santo permanece fuera de su corazón, mientras Satanás habita en su interior.
Cuando el hombre recibe el santo Bautismo, la situación cambia completamente: la Jaris entra en el corazón y Satanás queda fuera.
Mientras permanece sin bautizarse, el hombre lleva al demonio en su interior; su corazón es morada de Satanás.
Si queréis comprobar que esto forma parte de la enseñanza de nuestra Iglesia, acercaos a un sacerdote cuando celebre un bautismo. Escuchad atentamente las oraciones y los exorcismos que pronuncia. Fijaos cómo ordena al Diablo que abandone al niño, incluso antes de que éste entre en el agua, y cómo manda que salga de su corazón.
Entonces comprenderéis de qué estamos hablando.
O, si lo preferís, tomad el libro de las bendiciones litúrgicas y leed tranquilamente el rito del Bautismo. Allí encontraréis todo esto con claridad.
Incluso la iconografía bizantina nos lo enseña.
Cuando Cristo entra en las aguas del Jordán y san Juan Bautista coloca su mano sobre su cabeza, los iconos representan a los dragones huyendo del agua.
¿Por qué?
Porque existen demonios que habitan en las aguas, en las profundidades de la tierra, en el aire y en muchos otros lugares.
Son espíritus; no sienten calor ni frío, no se cansan ni se asfixian.
Por otra parte, la rapidez con que se mueven los demonios es semejante a la velocidad del espíritu humano.
Vosotros mismos podéis recorrer con vuestro pensamiento, en una fracción de segundo, los cuatro puntos cardinales de la tierra: Italia, América, la India o cualquier otro lugar.
Ésa es la velocidad propia del espíritu.
Del mismo modo, un demonio puede estar ahora mismo aquí tentando a una persona y, en un instante, encontrarse en Atenas, en Australia o en América.
No necesita desplazarse como nosotros, abrir puertas o recorrer distancias. Su modo de actuar es completamente distinto.
Por eso ocurre que un endemoniado puede estar hablando con total tranquilidad y humildad y, de repente, cambiar por completo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. En ese mismo instante el demonio actúa, cambia toda la escena y comienzan las manifestaciones de su presencia.
Todo esto el hombre debe conocerlo.
Lo que voy a deciros ahora pertenece a la enseñanza de san Macario el Egipcio.
«Antes del Bautismo, el demonio anida en el corazón del hombre y la Jaris actúa desde fuera. Después del Bautismo sucede lo contrario: la Jaris habita en el corazón y el demonio permanece fuera.»
En el Bautismo recibimos la Jaris mediante la confesión de fe de nuestros padres piadosos y de nuestros padrinos. Entonces renunciamos a Satanás y nos unimos a Cristo.
Pero, al crecer, muchas veces invertimos esa decisión.
No queremos saber nada de Cristo ni de la Iglesia y terminamos adhiriéndonos a aquel que tiene patas de cabra, es decir, a Satanás, porque él nos promete toda clase de libertades y placeres.
Entonces hacemos que se retire de nuestro interior a la Jaris, la única presencia que nunca oprime ni perjudica al hombre.
La Jaris no obliga a nadie. Entra cuando el hombre la desea y se retira cuando el hombre la rechaza.
Sin embargo, permanece siempre una pequeña chispa escondida bajo las cenizas del corazón.
Hace falta metania (arrepentimiento profundo), confesión y una auténtica conversión para retirar esas cenizas y toda la suciedad acumulada, encontrar de nuevo esa chispa y permitir que el Espíritu Santo la avive hasta convertirla en un fuego vivo.
Recuerdo una vez que me encontraba en un pueblo de montaña del Peloponeso, durante la ocupación alemana (1943-1944), hospedado en una casa muy pobre. Allí contemplé una forma admirable de economía doméstica.
Por la noche, la yaya (abuela) reunió las brasas del hogar en un rincón de la chimenea y las cubrió cuidadosamente con ceniza.
A la mañana siguiente vi cómo retiraba la ceniza y aparecían todavía algunos carbones encendidos. Entonces añadió unas ramitas finas, sopló suavemente sobre ellas y el fuego volvió a prender.
¿Por qué hizo aquello?
Para ahorrar una cerilla.
Así ocurre también en la vida espiritual. En el Bautismo, Cristo enciende en el corazón de cada hombre un carbón espiritual. Después, los pecados se van acumulando sobre él como una capa de ceniza. Pero, cuando el hombre vuelve a la metania (arrepentimiento profundo) y se confiesa, toda esa suciedad desaparece; queda nuevamente el carbón vivo, y el soplo del Espíritu Santo vuelve a avivarlo. Entonces el hombre recupera el fervor espiritual, arde nuevamente con el fuego divino y Satanás ya no puede dominarlo.
Satanás quiere precisamente lo contrario: que el hombre no esté ardiente. Lo quiere frío, helado espiritualmente.
Y eso es, desgraciadamente, lo que sucede muchas veces en nuestra Iglesia. La mayoría permanecemos espiritualmente congelados por la acción de Satanás, desde el mismo clero hasta el salmista, los servidores del templo y los fieles.
¿Por qué?
Porque no acudimos a la Divina Efjaristía y a la Divina Liturgia para unirnos al fuego de la Divinidad mediante la Santa Comunión y convertirnos en hombres inflamados por la Jaris, de manera que Satanás no pueda poner sobre nosotros sus manos.
Muchos ni siquiera comulgan; únicamente acuden para recibir el antídoron (el pan bendecido que se distribuye al final de la Liturgia).
Otros incluso han desayunado antes y esperan únicamente llevarse el antídoron a casa.
Ese hombre permanece espiritualmente congelado; es como un cubito de hielo dentro del congelador. Así no sirve para nada.
Cuando el hombre lucha espiritualmente y, con la ayuda de Dios, se acerca dignamente al santo Misterio —aunque nunca lo merezca plenamente—, entonces se vuelve ardiente y llega a ser uno con Cristo.
Es como una plancha eléctrica. Mientras permanece enchufada, se calienta, quema y sirve para trabajar. Pero cuando se desenchufa y permanece fría, llegan las cucarachas y hacen allí su nido. Mientras está caliente no se acerca ni una cucaracha, ni una chinche, ni ningún otro insecto.
Así debe ser el cristiano.
Satanás no teme que una persona simplemente vaya a la Iglesia. Eso no le preocupa. Lo que verdaderamente teme es que el cristiano ortodoxo llegue dignamente al santo Misterio, después de haberse preparado con metania, confesión y una auténtica vida espiritual.
En una ocasión, san Juan el Vostrinós preguntó a Satanás:
—¿Qué es lo que más temes de los cristianos?
Y respondió:
—Temo tres cosas: un agua, una sangre y una madera. Fuera de eso, no temo nada más.
Es decir, teme el santo Bautismo, la Sangre de Cristo y la santa Cruz.
Pero nosotros apenas conocemos estas cosas y, muchas veces, ni siquiera queremos aprenderlas. Por eso Satanás nos encuentra fríos, nos domina fácilmente y termina devorándonos.
Permitidme añadir todavía un ejemplo.
Había un rico, completamente insensato, que no tenía hijos, pero sí diez perros. Tenía contratado un cocinero exclusivamente para ellos.
Preparaba su comida en grandes calderas y luego, con un enorme cucharón, iba sirviendo las raciones en sus recipientes.
Sin embargo, los perros jamás se acercaban inmediatamente a la comida. La olían, daban vueltas alrededor y esperaban pacientemente a que se enfriara. Ninguno metía la lengua mientras quemaba.
Sólo cuando la comida estaba templada comenzaban a comer.
Así sucede también con el cristiano.
Cuando participa con frecuencia en el Misterio de la Divina Efjaristía, permanece espiritualmente ardiente y parece que brota fuego de su boca, como un león, por la fuerza de la Santa Comunión.
Pero nosotros, ¿cómo vamos a acercarnos continuamente al santo Misterio si antes no practicamos la metania, la confesión, el ayuno y la preparación espiritual?
En cambio, mentimos, robamos, hacemos maquinaciones y seguimos todas las modas del mundo.
¿Cómo podremos entonces acercarnos dignamente al Misterio?
Como consecuencia, permanecemos fríos y Satanás termina devorándonos.
Son cosas sobre las que el hombre debe estar muy atento.
Escuchad ahora algunas enseñanzas de los santos.
San Basilio el Grande dice: El Diablo es mal astuto y creador de toda clase de maldad. Del mismo modo que, cuando el buen espíritu abunda en ti, vives lleno de alegría y paz, así también, cuando domina el espíritu maligno, nada consigue alegrarte, nada te satisface y toda tu vida se vuelve miserable.
San Máximo el Confesor enseña algo aún más impresionante. Dice que el lugar santo y verdadero templo de Dios es el nus (espíritu del corazón de la psique), llamado a ser morada del Espíritu Santo.
Pero los demonios, mediante los apasionados loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía, razonamientos, imaginaciones y sugestiones), devastan la psique y levantan dentro del nus el ídolo o imagen del pecado. Allí lanzan continuamente loyismí ardientes.
El apóstol Pablo llama a estos pensamientos «los dardos encendidos del maligno». Con ellos contaminan e infectan poco a poco el nus, hasta intentar convertirlo en morada del Diablo.
Por eso el hombre está llamado a luchar.
El nus es como un terreno abierto, sin cercas ni vallados. Satanás arroja continuamente sobre él pensamientos impuros, igual que algunas personas arrojan basura por la ventana.
Nuestra tarea consiste en expulsar inmediatamente esos loyismí (pensamientos), sin permitir que permanezcan dentro.
En cuanto aparezca uno, venga de donde venga, míralo con humildad desde el primer instante y no le abras la puerta. No permitas que Satanás escriba sobre tu corazón. No aceptes absolutamente nada de él. Porque, si comienzas a aceptarlo, seguirá arrojándote pensamientos una y otra vez, una y otra vez…, hasta agotarte, dominarte y terminar atrapándote.
Así concluye, por ahora, esta enseñanza.
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com.







