«

»

Nov 07 2026

San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo. X Capítulo: Virtudes éticas de la facultad anhelante

San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo.  

X Capítulo: VIRTUDES ÉTICAS DE LA FACULTAD ANHELANTE

  1. Sobre la εγκράτεια enkrátia el dominio de sí mismo, templanza y continencia
  2. Sobre la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, sensatez y sobriedad espiritual).
  3. Sobre la atención.
  4. Sobre el descuido o la falta de atención.
  5. Sobre la hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón)
  6. Sobre el ejercicio espiritual.
  7. Sobre la negligencia.
  8. Sobre la diligencia.
  9. Sobre gobernarse con la política de Dios
  10. Sobre la vida monástica.
  11. Sobre el ayuno.
  12. Sobre la santidad.
  13. Sobre la embriaguez espiritual.
  14. Sobre la embriaguez.
  15. Sobre los buenos y los malos hábitos, costumbres y adicciones.
  16. Sobre el deseo apasionado e irracional.
  17. Sobre la falta de dominio de uno mismo.
  18. Sobre el libertinaje y derroche.
  19. Sobre el desenfreno y el hombre desenfrenado.
  20. Sobre el silencio.
  21. Sobre la palabrería vana, charlatanería.
  22. Sobre el abuso de la lengua.
  23. Sobre la locuacidad y el locuaz.
  24. Sobre el bufón.
  25. Sobre las risas.
  26. Sobre el deleite sensual y el hombre entregado a los placeres.
  27. Sobre el deleite espiritual.

 

  1. Sobre la εγκράτεια enkrátia el dominio de sí mismo, templanza y continencia

[Ἐγκράτεια (enkrátia), dominio de sí mismo, templanza y continencia; virtud de gobernar los deseos y los impulsos sin dejarse esclavizar por los pazos (vicios, pasiones, adiciones etc.]

La εγκράτεια enkrátia (dominio de sí mismo, templanza y continencia) es una virtud de gran valor ética. Consiste en limitarse voluntariamente, por amor a la templanza, no en lo prohibido, sino en aquello que está permitido. La abstención de lo prohibido no se llama εγκράτεια enkrátia, sino devoción y reverente de la ley. Sin embargo, es una gran virtud disfrutar con moderación y templanza de aquello que está permitido. Conviene a todos, pero mucho más a quienes desean ser agradables a Dios.

San Basilio el Grande define así la εγκράτεια enkrátia: «La enkratia (dominio de sí mismo, templanza y continencia), es la renuncia al pecado, la extirpación de las pasiones (pazos), la mortificación del cuerpo, incluso de las pasiones y los deseos naturales; es el comienzo de la vida espiritual y el que procura los bienes eternos. Mediante ella, se extingue el centro del placer».

Por su parte, el divino Crisóstomo dice: «La εγκράτεια enkrátia consiste en no dejarse arrastrar por las pasiones (pazos)».

San Basilio el Grande, al explicar qué es la εγκράτεια enkrátia, también indica cómo debe entenderse: «Ciertamente, no llamamos εγκράτεια enkrátia a la abstinencia absoluta de alimentos, porque eso supondría una destrucción violenta de la vida, sino a la abstinencia que tiene como finalidad apartar los pazos». La εγκράτεια enkrátia es una gran fuerza y una riqueza incorruptible.

La εγκράτεια enkrátia es una adquisición buena y valiosa para todo aquel que practica la virtud. Es el fundamento de todas las virtudes y, antes que ninguna otra, prepara las psiques-almas para el ejercicio de las virtudes.

La enkrátia es guía de la templanza, somete las pasiones del cuerpo, apacigua los impulsos, purifica el nus y pacifica el corazón. El dominio de sí mismo adorna a quien lo ama con las bellezas de la moderación y embellece también su carácter con el resplandor luminoso de su Jaris.

El teólogo san Gregorio dice que la εγκράτεια enkrátia es algo admirable, así como lo es no dejarse gobernar por la dura y tiránica señora que es la panza (el vientre). A la εγκράτεια enkrátia le siguen la σωφροσύνη (sofrosini: sobriedad espiritual, sensatez y actitud serena), la castidad, la decencia y la dignidad decorosa.

«La mejor definición y regla para la εγκράτεια enkrátia sea esta: que uno no tenga como objetivo ni el placer desenfrenado ni el maltrato de la carne. Evita la falta de medida en ambos extremos, para que el cuerpo no se altere por engordar ni la carne enferme por la debilidad, quedando así incapacitada para cumplir los logos y mandamientos de Dios».

Y añade inmediatamente: «Ciertamente, no llamamos enkrátia a la abstinencia absoluta de alimentos, porque eso supondría una destrucción violenta de la vida, sino al dominio que tiene como objetivo someter la mentalidad carnal y que se orienta hacia la piedad mediante la abstinencia cuidadosa de los placeres».

Todo aquel que se esfuerza en la lucha espiritual practica siempre la εγκράτεια enkrátia

«La εγκράτεια enkrátia es la disposición a no excederse, ni siquiera en aquello que parece correcto. Practica el dominio de sí mismo quien tiene impulsos irracionales y los contiene; o, dicho de otro modo, quien se controla para no dejarse dominar por impulsos irracionales» (Clemente de Alejandría).

«No conviene limitar la enkrátia a un solo ámbito, es decir, a las relaciones sexuales, porque existen muchas otras cosas en las que la psique-alma no se contenta con lo necesario y se desperdicia curioseando en el lujo. La enkrátia consiste en despreciar el dinero, las diversiones, las propiedades y la ostentación; consiste también en moderar las palabras y contener los pensamientos perversos» (del mismo autor).

La enkrátia (dominio de sí mismo, templanza y continencia) significa no conceder una importancia excesiva al cuerpo, por fidelidad a Dios.

«Podemos llamar dueño de sí mismo y perseverante a quien se ve acosado por los deseos, pero los contiene» (san Juan Crisóstomo).

A quien domina sus impulsos le corresponde tener nus (espíritu) con mente libre de distracciones y un corazón imperturbable. La enkrátia es una adquisición propia del hombre bueno y virtuoso.

San Diádoco escribe acerca de la εγκράτεια enkrátia (dominio de sí mismo y continencia): «La enkrátia es el nombre que engloba todas las virtudes. Por tanto, es necesario que quien practica el dominio de sí mismo lo practique siempre. Porque, así como el cuerpo humano, si se le quita cualquier miembro, aunque sea pequeño, acaba perdiendo su forma completa y se vuelve deforme y desagradable, del mismo modo, quien descuida siquiera una sola virtud, aunque no se dé cuenta, destruye toda la belleza del dominio de sí mismo. Por eso, debemos esforzarnos no solo por alcanzar las virtudes corporales, sino también aquellas que pueden purgar, limpiar y sanar al hombre interior».

El divino Máximo dijo: «La codicia, avaricia es perjudicial no solo en lo referente al dinero, sino también en lo referente a los alimentos; del mismo modo, la εγκράτεια (enkrátia:dominio de sí mismo, templanza y continencia) es necesario no solo con respecto a los alimentos, sino también con respecto al dinero».

 

  1. Sobre la σωφροσύνη (sofrosini: templanza, sensatez y sobriedad espiritual).

[Σωφροσύνη (sofrosíni): sensatez, templanza, prudencia, cordura, dominio de sí mismo y actitud con sano juicio).

Σωφρονίζω (sofronízo): hacer entrar en razón, corregir, conducir a la sensatez.

Ambas palabras están estrechamente relacionadas etimológicamente y son conceptos fundamentales de la literatura y la filosofía de la antigua Grecia y del Cristianismo Ortodoxo y no se pueden definir con una sola palabra en español. *(véase 127. Σωφροσύνη sofrosini en https://www.logosortodoxo.com/lexico/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo-helenico-espanol-3/)

 

Se llama σωφροσύνη sofrosini a la correcta regulación de todos los movimientos de la psique-alma, realizada con sabiduría y prudencia.

Sofrosini significa libertad de los pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.).

El divino Crisóstomo define así la sofrosini: «La sofrosini es el dominio de sí mismo, templanza y contención (enkrátia) que adopta diversas formas y abarca todo el funcionamiento del cuerpo».

Por su parte, san Basilio el Grande ofrece la siguiente definición: «La σωφροσύνη sofrosini consiste en no permitir ningún estímulo con vistas al placer, sino en evitar firme e inquebrantablemente todo deleite perjudicial».

Asimismo, Jámblico, filósofo neoplatónico, dice acerca de la sofrosini: «La sofrosini es el uso lógico y voluntario de aquellas cosas que se conceden para el uso, no de aquellas cuyo uso está prohibido. Por tanto, el templado, prudente y sobrio (sófron) no es quien evita lo ilícito, sino quien se contiene incluso en aquello que está permitido. Porque lo prohibido es también ilegal; no cometer actos ilegales no es sofrosini, sino cumplimiento de la ley. En cambio, la abstención voluntaria de lo permitido sí es verdaderamente sofrosini, porque procede de un razonamiento voluntario, de un pensamiento y razonamiento propio bien filosofado».

La σωφροσύνη sofrosini, como fuerza ética de la psique-alma, rechaza y borra las huellas de los pensamientos vergonzosos, disuelve y extingue la llama de los pazos, y mantiene el cuerpo y la psique-alma inmaculados y puros. Como virtud, la σωφροσύνη sofrosini se presenta como superior y más resplandeciente que todas las demás virtudes; por así decirlo, es su soberana y señora. Porque en ella florece toda conducta decorosa y de ella emana toda la luminosidad de la psique-alma y del cuerpo. Al protegerlas, mantiene firmes y sólidas todas las facultades espirituales, éticas y corporales del hombre. La sofrosini concede al hombre templado y sobrio (el sófron) una vida larga y colmada de felicidad.

Sostiene los nobles deseos de la psique-alma. A quienes la han amado, les prepara una vejez honrosa. La σωφροσύνη sofrosini templanza hace que la vida de quienes la practican sea respetada por los demás. Ella precede en el cumplimiento de los logos y mandamientos divinos, enciende la agapi-amor hacia Dios y es guardiana de la fe. Mantiene firme la esperanza, eleva el ánimo y conduce a hacer el bien. Es el fundamento del dominio de sí mismo, de la contención y la guardiana de la castidad. Ella sostiene la virginidad.

Todo se marchita con el tiempo, todo se empaña, todo se deteriora, todo envejece. Solo la σωφροσύνη sofrosini permanece siempre joven e inmarcesible; solo ella no se empaña ni se deteriora, sino que permanece vigorosa hasta el final, preparando un buen recuerdo y una doxa-gloria eterna. La sofrosini es una virtud amada, porque su belleza conquista los corazones.

La belleza de la sofrosini siempre reverdece y florece. Permanece amada, floreciente y admirable a cualquier edad. Sobre todo, es una luz resplandeciente que ilumina los ojos de la psique-alma para que vean la verdad. La sofrosini es agradable a Dios, un culto espiritual racional y vivo. La sofrosini templanza es una virtud honorable, digna de alabanza y decorosa ante Dios y ante los hombres, y está libre incluso de la envidia maligna. Quienes aman la sofrosini no solo serán alabados en esta vida, sino que recibirán de la propia mano del Señor una corona de belleza y la resplandeciente túnica del júbilo y deleite.

Acerca de los hombres sófrones (íntegros, prudentes, sabios, justos y sobrios espiritualmente) se ha dicho: «Que mi psique-alma se alegre en el Señor, porque nos ha vestido con una vestidura de salvación y una túnica de júbilo; como a un novio, le ha ceñido la cabeza con una corona y, como a una novia, ha adornado el mundo con magnificencia».

Estos resplandecerán en la Realeza increada del Padre, si verdaderamente han adquirido también las demás virtudes que corresponden a la σωφροσύνη sofrosini (templanza y sobriedad espiritual). Allí se les manifestará la vida y la bienaventuranza de aquellos días, llenos de serenidad y sosiego. El hombre perfectamente templado y sobrio se guarda a sí mismo en toda circunstancia.

Quienes descuidan la σωφροσύνη sofrosini son los más desdichados y desgraciados de todos los hombres, porque se han privado de sus bienes, que alegran la psique-alma, y se han esclavizado al desenfreno, que es la madre de todos los males. ¡Ay de quienes sirven al desenfreno! Son hombres perdidos. Bienaventurados quienes han conquistado la virtud de la σωφροσύνη sofrosini porque avanzan hacia un buen fin.

 

  1. Sobre la προσοχή prosijí atención, cuidado

La atención es el nus (espíritu) que supervisa y se dirige a comprender un objeto que se presenta a los sentidos. La atención constituye el medio para adquirir todo conocimiento. Proporciona al nus la capacidad de discernir qué es verdadero y qué es falso; qué es correcto y qué no lo es; qué es provechoso y qué es perjudicial; qué es bueno y qué es malo; qué es justo y qué es injusto. La atención ayuda al nus a distinguir, entre la aparente desemejanza, la semejanza latente.

La atención impulsa el progreso de las ciencias, desarrolla las artes y conduce todas las cosas a la perfección. Es el principio de la sofía-sabiduría, mientras que su ausencia constituye ignorancia, falta de instrucción e insensatez. La atención vigilante orienta los pensamientos y revela lo que debe hacerse. Conduce a la virtud, protege el carácter y proporciona seguridad a la vida. Es la única guía segura; nos conduce a la bienaventuranza, mientras que su ausencia lleva a la desgracia.

Vigila tu propio ser y no errarás en tu vida. Recuerda decirte a ti mismo en todo momento que debes estar atento, para no dejarte engañar por la apariencia exterior de las cosas ni quedar atrapado por aquello que se oculta bajo su superficie. Mantente atento en todo. Debes saber que todas las cosas pueden esconder engaño. Dentro de ti se encuentran quienes trabajan para destruirte: tu egoísmo y tu filaftía, (egolatría, amor egoísta a ti mismo) siempre intentan engañarte; no les hagas caso. Ten cuidado con sus halagos, porque en ellos se esconden la mentira y el engaño.

Recuerda desconfiar siempre; desconfía y presta atención para saber discernir la mala astucia, el engaño y el maligno. La atención es la brújula que el navegante de la vida debe mantener siempre ante sus ojos para navegar con seguridad por el mar de su existencia. Sin atención vigilante, la pérdida es segura, y el responsable es quien la ha sufrido.

Vigila tu propio ser, estate atento de ti mismo: «Bienaventurados los que permanecen atentos, porque se han asemejado a una ciudad situada sobre un monte elevado, que desde lejos observa los pensamientos perversos y los buenos. A estos últimos los recibe como a familiares, con alegría; en cambio, a los perversos y contrarios los detiene desde lejos y no les permite acercarse. Los caminos de quienes permanecen atentos son semejantes a una luz resplandeciente: avanzan delante de ellos e iluminan hasta que llega el día».

Cada edad, cada instante, cada día, cada lugar al que llegamos y cada cambio de circunstancias exigen de nosotros atención, vigilancia, sobriedad (espiritual) y una renovación de nuestra atención.

Salomón aconseja diciendo: «No concedas sueño a tus ojos ni dejes que tus párpados se adormezcan, para que te salves, como hace la gacela para escapar del lazo y las aves para librarse de la trampa».

Por su parte, Pablo concluye: «Por eso el Espíritu Santo clama y dice: Despierta tú, que duermes en el sueño del pecado, y levántate de entre los muertos (espiritualmente) del pecado, y Cristo te iluminará. Por tanto, ya que os habéis iluminado por Cristo, cuidado cómo os comportáis; que no sea como insensatos y necios, sino como apacibles, virtuosos y prudentes, aprovechando el tiempo y las ocasiones de la vida presente, porque los días, a causa del pecado que domina, están llenos de tentaciones y peligros espirituales» (Ef 5,15-16).

 

  1. Sobre απροσεξία aprosexía , descuido, distracción, falta de atención

[Ἀπροσεξία (aproseksía), falta de atención y vigilancia interior; descuido que favorece la dispersión del nus y la entrada de pensamientos sin discernimiento].

Noche tenebrosa, oscuridad negra y niebla continua: eso es la falta de atención, distracción o descuido. Quien camina con ella no sabe adónde se dirige. Los caminos de quienes no están atentos son oscuros y no ven dónde tropiezan.

San Simeón el intérprete llama a la falta de atención una bestia maligna, así como un león depredador y una serpiente venenosa, que arrebatan y devoran a quienes se relacionan con ellas.

 

  1. Sobre la Hisijía despreocupada, libre de preocupaciones mundanas

La Hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón) despreocupada es más honorable que las obras realizadas con orgullo.

La Hisijía despreocupada conviene a quien practica la enkrátia el dominio de sí mismo y contención. Este debe evitar el mundo y el ruido para mantener su nus (espíritu) y su mente libre de distracciones y su corazón imperturbable, porque en el mundo hay mucha turbación y en el ruido, dispersión.

Una vida en Hisijía, serena y libre de preocupaciones es más valiosa que muchas posesiones. El sabio busca la serenidad, la calma, la ausencia de ocupaciones y la inactividad, para participar de la contemplación serena de las realidades divinas. Dios dirige su mirada al apacible, al que vive en hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón) y al que tiene en cuenta sus mandamientos y sus logos y los sigue.

La Hisijía se convierte en principio de la catarsis de la psique-alma. Así como puedes enfrentarte a las bestias cuando están contenidas por el miedo, del mismo modo puedes afrontar, mediante la fuerza de la lógica, los males venenosos de la psique-alma —como los deseos, las iras, las tristezas y los temores— cuando los apaciguas por medio de la Hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón).

La vida en hisijía, serena y libre de preocupaciones contribuye a la perfección de quienes son capaces de filosofar.

Plutarco dice: «Entre otras cosas, la adquisición de la Hisijía se considera sabia también en lo que respecta al conocimiento, cuando la hisijía se convierte en ocasión para cultivar la prudencia. No me refiero al conocimiento de la plaza y del comercio, sino al superior, que hace semejante a Dios a quien lo sigue. Es bienaventurada la vida libre de preocupaciones mundanas y serena conforme a Dios».

Quien anda entre ruidos y desea conocer las realidades celestiales ha olvidado que, cuando la semilla cae entre espinas, queda ahogada por ellas. Y quien no busca a Dios en el silencio no podrá llegar a conocerlo.

«Deteneos y reconoced que YoSoY Dios» (Sal 45,11).

La psique-alma que vive en hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón) y se ha liberado de las cosas exteriores percibe con mayor precisión sus propios bienes y males.

La metania se alcanza mediante la Hisijía; sin ella no se consigue nada. Porque es imposible que quien está rodeado de ruido tenga conocimiento de sí mismo y perciba la magnitud y el peso de sus pecados.

Cuando falta la Hisijía, los males aumentan. Si habéis recibido como ayuda para la oración las cuatro virtudes —la magnanimidad, la humildad, la vigilia, la templanza y enkrátia el dominio de sí mismo—, no os ayudarán a alcanzar la apázia (impasibilidad, sin pazos) más rápidamente de lo que lo hará la hisijía.

La Hisijía conduce al silencio, y el silencio adecuado a cada circunstancia es la madre de los pensamientos más sabios, que nacen en el nus y su mente mediante la conversación incesante y libre de distracciones con Dios. La Hisijía, cuando va acompañada de una renuncia perfecta a uno mismo, convierte el nus en un espejo limpio y claro sin mancha.

 

  1. Sobre el ejercicio espiritual άσκησης ascesis

El ejercicio espiritual es la άσκησης (áskisis) ascesis práctica, ejercicio de la piedad. Es muy provechoso, «porque promete la vida presente y la futura» (1 Tim 4,8). Los esfuerzos realizados por la piedad dan como fruto la alegría divina y el gozo.

Teofilacto dice: «Ejercítate en la piedad, es decir, en la fe pura y en una vida recta, porque esto es la piedad. Por tanto, la necesidad del ejercicio espiritual conlleva esfuerzos continuos, pues, aunque no haya una competición, el atleta, sin embargo, lucha y suda».

Por su parte, san Cirilo de Alejandría dice: «La piedad y la santidad son bienes, pero no podemos alcanzarlas sin la ayuda de Dios. Esta ayuda, sin embargo, va unida a los esfuerzos generosos».

El ayuno, la austeridad y, en general, los ejercicios ascéticos son lo que llamamos ejercicio espiritual.

La άσκησης áskisis ejercicio espiritual, ascesis prepara al hombre para ser indulgente, templado, moderado y sobrio (espiritualmente); para contener su ira, apaciguar sus deseos, dar limosna, ser filántropo y practicar todas las virtudes. Los ejercicios espirituales son una práctica virtuosa que engendra una conducta recta, ortodoxa en la vida. Para quienes se ejercitan durante mucho tiempo, la práctica, gracias al prolongado hábito, hace que los esfuerzos resulten menos dolorosos.

El ejercicio espiritual es acción, estudio, entrenamiento, enkrátia dominio de sí mismo y dedicación laboriosa.

San Juan Crisóstomo dice: «El ejercicio espiritual realizado conforme a la ley divina es una práctica que hace al hombre indulgente, templado, moderado y sobrio; le enseña a contener su ira, apaciguar sus deseos, dar limosna, ser filántropo y practicar todas las virtudes».

 

  1. Sobre la negligencia

La negligencia es la raíz de los males, dice Epicteto. Paraliza la fuerza de la psique-alma, provoca la acedia, engendra el aburrimiento, oscurece el nus (espíritu), debilita la diania (mente intelecto), destruye la belleza ética, siembra cizaña en el corazón, hace descender al hombre de su elevada posición, debilita sus fuerzas éticas, ahuyenta las virtudes e introduce los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.).

La negligencia expulsa la paz de la psique-alma y cede su lugar a la turbación; rechaza la felicidad y trae la desgracia; arrebata el honor y atrae las acusaciones; vuelve perezoso a quien la alberga en su interior. Debilita su excelente carácter ético, lo hace insensato e insensible al sufrimiento ajeno, derrochador y amante de los placeres. Lo conduce a una vejez vergonzosa y lo empuja a la perdición.

El negligente es un hombre desdichado, porque ignora que vive para perfeccionarse e ignora que ha sido llamado a alcanzar las más altas cumbres de la doxa-gloria. No sabe que está rodeado de innumerables carismas de la Jaris, dispuestos a ofrecerle toda clase de alegrías espirituales, y evita levantar los ojos para contemplarlos. Ignora que en el esfuerzo se encuentra la alegría, en el estudio la felicidad, en el trabajo el gozo, y en la diligencia la doxa-gloria, el honor y las coronas.

Ignora que ha venido a este mundo para luchar, que la vida es una lucha por la virtud. Ignora que camina hacia la eternidad. Ha olvidado que debe rendir cuentas ante el divino Creador que lo formó; que se le exigirá el talento que escondió en la tierra, junto con los intereses y sus réditos. Ha olvidado que es siervo del Señor, quien vendrá a una hora que no espera. Ha olvidado que le aguardan la vida futura y la condenación futura.

El negligente es una excepción en el mundo de los vivos, pues, aunque vive, está privado de la vida. Todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño, se mueve y permanece activo; todo actúa, avanza, trabaja, cumple sus deberes consigo mismo y lleva a cabo su misión. Solo el negligente permanece inactivo e inmóvil y rechaza sus deberes consigo mismo, con Dios y con la humanidad.

El negligente es una carga para la tierra y, aunque vive, está muerto (espiritualmente, se parece un cadáver andante).

 

  1. Sobre la diligencia, esmero

[Επιμέλειας epimélia cuidado esmerado, atención diligente]

La diligencia es la dedicación, el estudio y el cuidado que se ponen en algo.

Epicteto llamó a la diligencia «la madre de todas las virtudes».

Por su parte, Sófocles dice: «Todo cuanto buscamos y deseamos podemos conseguirlo; en cambio, se nos escapa aquello que descuidamos».

Neófito Dukas dice: «Es imposible que aquello que recibe la debida diligencia no mejore año tras año; tampoco el conocimiento científico puede mantenerse y perdurar si no se nutre del estudio y cuidado continuo».

«Todo puede mejorar mediante la diligencia, el cuidado constante y el estudio ininterrumpido. Más hombres llegan a ser buenos mediante el estudio que por naturaleza» (Catón).

«Los negligentes buscan lo fácil. Los diligentes conquistan lo difícil. La diligencia es una actividad que produce resultados y conduce a la perfección… Y aunque el esfuerzo es contrario a la naturaleza, resulta ser el medio más eficaz dentro de ella» (Platón).

Jenofonte dice: «Las obras buenas y virtuosas se llevan a cabo cuando se realizan con diligencia perseverante».

San Basilio el Grande dice lo siguiente: «Porque los diligentes reúnen el provecho de todas partes, como los grandes ríos, y así alcanzan grandes logros».

La diligencia vence todas las dificultades y conduce al hombre por el camino de la felicidad. Sé diligente y esfuérzate mientras seas joven, para que más adelante no tengas que arrepentirte en vano.

 

  1. Sobre vivir conforme la política de Dios

La vida conforme al Evangelio consiste en vivir de acuerdo con los principios éticos del santo Evangelio.

San Basilio el Grande dice lo siguiente acerca de la vida y política de autogobierno conforme al Evangelio: «Aprende y fórmate en el modo de vida evangélico, que consiste en la precisión de la mirada, el dominio de la lengua, la sujeción del cuerpo, la humildad de pensamiento, la pureza del nus y la extinción de la ira».

Y añade: «Cuando te obliguen a prestar un servicio, sírveles; cuando te priven de tus bienes, no acudas corriendo a los tribunales; cuando te odien, ama; cuando te persigan, sé magnánimo y tolerante; cuando los demás blasfemen contra ti, ruega tú por ellos. Muere para el pecado, sé crucificado juntamente con Cristo y traslada todo tu agapi-amor al Señor».

Por su parte, san Gregorio de Nisa dice: «La vida conforme al Evangelio consiste en vivir con virtud y piedad. Debemos adquirir este vestido de la vida para no encontrarnos desnudos».

San Isidoro de Pilusiotis subraya: «La vida conforme al Evangelio es la vida espiritual. Sin embargo, el camino de la vida espiritual prospera más mediante las obras que mediante las palabras».

San Juan Crisóstomo dice también: «La fe por sí sola no basta; también es necesaria la vida espiritual para preservar el Espíritu que nos fue dado una vez para siempre. La fe es ciertamente un gran bien y trae la salvación; sin ella nadie puede salvarse. Pero no basta con esforzarse únicamente en esto: también es necesario llevar una vida recta».

Y añade inmediatamente: «La vida presente es aquella en la que vivimos de una manera u otra; después de su fin vienen el juicio y la retribución. Porque una buena obra, aun sin realizar milagros, introduce en la Realeza increada de los Cielos. En cambio, los milagros y los signos, sin una vida recta, ortodoxa y sin buenas obras, no conducirán ni siquiera al umbral de la vida celestial. Una obra buena y una vida pura y ortodoxa: eso es la vida y política de autogobierno conforme al Evangelio».

Teofilacto dice: «Nuestro pensamiento debe estar en el cielo, y debemos apresurarnos a llegar a nuestra patria, en la que estamos destinados a vivir. Nuestra ciudadanía o política de gobierno está en los cielos. En esto se distinguen los ortodoxos cristianos auténticos de todos los demás pueblos humanos: entre unos y otros existe una gran diferencia. En el cristiano, el nus (espíritu) y el pensamiento se identifican con la disposición celestial, y los bienes celestiales se reflejan en su interior gracias a su comunión y participación en el Espíritu Santo. Quien se dedica a la virtud, renuncia a sí mismo, toma su cruz y sigue a Cristo, vive dignamente conforme al Evangelio».

Vivir conforme a Dios significa que la conciencia no tenga nada malo que reprocharte, sino vivir en esta vida con una conciencia bondadosa y buena.

 

  1. Sobre la vida monástica

La vida monástica significa renuncia a uno mismo y sometimiento a la ley divina, carencia de posesiones, dominio de sí mismo, austeridad y lucha espiritual (άσκησης áskisis), junto con la oración incesante, para alcanzar todas las virtudes y trabajar con paciencia con el propósito de llegar a la perfección.

El divino san Juan de la Escala define al monje de la siguiente manera:

«El monje es una violencia continua ejercida sobre la naturaleza y una vigilancia permanente de los sentidos, un cuerpo puro, una boca limpia y un nus (espíritu) iluminado» (Escala, Logos I, capítulo 10).

San Isaac dice: «Monje es aquel que permanece fuera del mundo, orando a Dios para alcanzar los bienes futuros. La riqueza del monje es el consuelo que nace del penzos —el luto o duelo según Dios— y la alegría procedente de la fe que resplandece en el nus» (Logos 56).

Por su parte, san Efrén señala: «Al monje no lo define la tonsura ni el hábito, sino el anhelo celestial y la vida conforme a Dios, porque de ellos se manifiesta la excelencia de su vida».

Y san Máximo añade: «Monje es aquel que ha apartado su nus de las cosas materiales y permanece firmemente cerca de Dios mediante enkrátia el dominio de sí mismo y contención, la agapi-amor, recitación o canto de los salmos y de himnos sagrados, y la oración» (Segunda centuria sobre la agapi-amor, capítulo 54, véase: https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-ii/filocalia-tomo-2-san-maximo-el-confesor-4-centurias-sobre-la-%ce%b1%ce%b3%ce%ac%cf%80%ce%b7-agapi/ ).

 

  1. Sobre el ayuno

Los santos Padres de la Iglesia dicen que el ayuno es un ejercicio puramente espiritual. La abstinencia de alimentos variados y grasos tiene un solo propósito: fortalecer la psique-alma, para que prevalezca en la lucha del cuerpo contra los deseos y los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) salga victoriosa y reciba de Dios, legislador, la corona inmarcesible de la victoria.

San Basilio el Grande define el ayuno como la represión de los pazos cuando dice: «No limites el ayuno únicamente a la abstinencia de los alimentos, porque el verdadero ayuno consiste en poner freno y exterminar los males; rompe todo vínculo con la injusticia; no entristezcas a tu prójimo; perdónale sus pecados. No ayunéis solamente en situaciones críticas y adversas: no comes carne, pero devoras a tu hermano; te abstienes del vino, pero no te contienes y profieres insultos; esperas hasta el anochecer para comulgar, pero durante el día malgastas el tiempo en los tribunales».

Y añade inmediatamente: «El ayuno es el dominio de la lengua, la abstención de la ira, el alejamiento de los deseos, las calumnias, las mentiras y los juramentos falsos. La ausencia de todas estas cosas constituye el verdadero ayuno. En esto consiste, pues, el buen ayuno».

San Isidoro de Pilusiotis dice: «Ningún ayuno de alimentos beneficia a quienes no ayunan también con los demás sentidos, porque quien lucha se ejercita en el dominio de sí mismo en todas las cosas».

San Cirilo de Alejandría añade: «La verdadera manera de ayunar consiste en poder mostrar obras excelentes: no alimentar el nus (espíritu) con placeres desenfrenados y dominados por los pazos, etc.».

Acerca del ayuno, san Juan Crisóstomo dice: «El ayuno es un carisma de Dios; es alimento de los ángeles. El ayuno es amigo de las vírgenes, prosperidad de los hogares, defensor de quienes se arrepienten, compañero de la oración, principio de la riqueza espiritual, consuelo de los pobres y ayuda de los afligidos. Aleja el sueño e introduce la alabanza. El ayuno es lo que nos refresca y nos prepara para gustar de la fuente de la inmortalidad».

San Gregorio de Nisa dice lo siguiente acerca del ayuno: «El ayuno es la paz común de la psique-alma y del cuerpo, una vida imperturbable, una forma de vida estable. Esta forma de vida alegra a Dios y entristece al enemigo».

Y san Basilio el Grande dice: «El ayuno protege a los niños, hace entrar en razón al joven y vuelve decoroso al anciano, porque es lo más venerable y está adornado con el mayor esplendor. Es el mejor adorno de las mujeres, el freno de los jóvenes, el guardián de la vida conyugal y la nodriza de la virginidad».

Y añade inmediatamente: «El ayuno es la semejanza con los ángeles, compañero de los justos y educación de la vida».

San Cirilo de Alejandría añade: «El ayuno es imitación de la vida angélica, fuente de la templanza, principio del dominio de sí mismo y renuncia a la lujuria».

San Juan Crisóstomo dice también acerca del ayuno: «Si el ayuno no va acompañado de su hermana, la caridad o limosna, no asciende al cielo. No solo está inseparablemente unido a ella, sino que también es su vehículo».

San Severiano dice: «El ayuno tiene dos alas: la oración y la caridad o limosna. Sin ellas no puede volar».

San Basilio el Grande habla así de la fuerza del ayuno: «El ayuno engendra profetas, concede una fuerza aún mayor a los fuertes, hace sabios a los legisladores, es un bien que protege la psique-alma, un compañero seguro del cuerpo, un arma para quienes desean sobresalir y un entrenamiento para los atletas. El ayuno rechaza las tentaciones, fortalece la piedad, acompaña a la vigilancia y cultiva la templanza; en las guerras manifiesta heroísmo y en tiempos de paz vive en Hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón). El ayuno eleva la oración al cielo y es como las alas que la hacen volar hacia lo alto. El ayuno es madre de la salud, educador de la juventud, adorno de los ancianos, buena compañera de viaje para los caminantes y compañero seguro para quienes conviven bajo un mismo techo».

San Simeón Intérprete dice: «El ayuno es un gran bien. Borra las heridas del pecador, suaviza y calma las llagas de las pasiones carnales; es el buen terreno donde brota el fruto de la alegría y el amigo valiente en la guerra contra nuestros enemigos».

San Juan Crisóstomo vuelve a aconsejar sobre el ayuno diciendo: «Amemos el ayuno, porque es madre de la σωφροσύνης (sofrosini: sensatez, templanza, sobriedad, etc.) y fuente de toda sabiduría filosófica».

De san Juan Crisóstomo (Homilía segunda sobre el ayuno):

«No te quejes, amado mío, del ayuno, madre de las virtudes, fuente de la σωφροσύνη sofrosini, guardián de la piedad, compañero de los santos, habitante junto a los ángeles, enemigo del Diablo y amigo del Espíritu Santo. Gracias al ayuno, los placeres se apartan de nosotros, los demonios retroceden, la ira pierde su fuerza, el deseo muere y las virtudes viven y resplandecen en nuestro interior. Gracias al ayuno, los pazos se calman y la agitación de los placeres queda reprimida; el nus (espíritu), en medio de las tempestades del invierno de la maldad, navega en calma y, mediante el dominio de sí mismo que proporciona el ayuno, después de recorrer bien su camino, lleva la nave de la virtud al puerto seguro.

»¿Qué es, en efecto, el ayuno, sino una corona de combates, el que procura la recompensa y el camino de la salvación? Porque el ayuno nos traslada de la esclavitud a la libertad, del cautiverio de los pazos a la patria eterna. El ayuno sana las heridas de la psique-alma y rejuvenece a la psique-alma agotada por los pecados; fortalece sus nervios, hace varonil el ánimo y la conducta, introduce el temor de Dios, aleja los pazos y serena los pensamientos. Durante los días de ayuno, los placeres se apaciguan y las virtudes florecen; la belleza de la templanza se manifiesta completamente pura, y el cuerpo sigue a la psique-alma, pues también él se vuelve espiritual y trasciende su naturaleza.

»Alégrate durante el ayuno y no estés sombrío como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para que los vean los hombres, perdiendo así la recompensa del ayuno. Sobre este asunto tenemos también el logos divino del Salvador: “Cuando ayunes, unge tu cabeza, lávate el rostro, arréglate y resplandece con las virtudes, para que solo Yo vea que ayunas. Yo veo lo que está oculto” (Mt 6,17-18).

»El ayuno expulsa a los demonios y destruye la tiranía del Diablo, especialmente cuando lo acompaña también la oración. El ayuno y la oración elevaron al profeta Elías a los cielos, y el ayuno salvó a los ninivitas de la muerte. El ayuno preservó a Daniel indemne entre los leones. El ayuno hizo digno a Moisés de contemplar la doxa-gloria invisible. El ayuno hizo de Eliseo el príncipe de los profetas».

 

  1. Sobre la santidad

¡Santidad! Nombre divino, divina energía increada. Tu nombre designa a aquel que Dios ha santificado: al prudente, al puro, al libre de toda mancha y de toda pasión. La santidad es una elevada llamada que indica perfeccionamiento y significa la adquisición de toda virtud. Tú proclamas la elevación a la semejanza divina del hombre creado a imagen de Dios. Mientras este lleva su vida en el mundo, tú lo haces ciudadano de los cielos. Llamas hijo de Dios al hombre formado del polvo de la tierra.

Tú liberas al hombre terrenal de las pasiones terrenales y lo haces partícipe de las asambleas celestiales. A aquel que por naturaleza carece de santidad, tú lo haces rebosar de Jaris divina. Tú das testimonio de su obra, escondida en lo más profundo de su corazón. Señalas al que trabaja por el bien, por lo bueno, por la verdad y por la justicia; muestras al amante y fiel guardián de la ley divina y manifiestas a aquel que ha identificado su voluntad con la voluntad de Dios. Tú caracterizas a quien desea agradar a Dios mediante el ejercicio espiritual y la oración.

Tú manifiestas al sencillo y al inocente; muestras a quien conserva cálido en su corazón el amor divino. Coronas a quienes se ejercitan espiritualmente en las montañas y adornas a quienes luchan por la virtud en las ciudades. Tú iluminas con tu gloria todas las edades de los hombres cuya forma de vida está de acuerdo con los logos y mandamientos de Cristo. Tu nombre designa a aquel que ha sido santificado por Dios y significa que ha sido considerado digno de convertirse en amigo suyo. Tú confirmas la fe correcta. Revelas al misericordioso, al amante de los hombres, a aquel que ama a su prójimo como a sí mismo.

Señalas a quien ha prevalecido en la lucha por la virtud. Tú conoces a quien busca las realidades celestiales, al auténtico amante de la belleza divina. Eres testigo fiel y verdadero de la elevada posición, del honor y de la doxa-gloria divina que Dios reserva a los hombres. Das testimonio del vínculo entre la tierra y el cielo; eres las arras de la futura doxa-gloria divina. Tú eres el garante seguro de la herencia que recibirán en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de los Cielos todos los santos, todos los cristianos que ojalá sean considerados dignos de alcanzarla. Amín.

 

  1. Sobre la embriaguez espiritual

Acerca de la embriaguez espiritual, san Juan Crisóstomo dice: «Es de tal naturaleza que uno se embriaga incluso sin beber vino y, aunque beba vino, permanece, sin embargo, sobrio».

Y Pablo, obispo de Emesa, dice: «La embriaguez espiritual es madre de la σωφροσύνη (templanza y sobriedad espiritual), maestra de la pureza, una embriaguez que mantiene vigilante la mirada del nus (espíritu); embriaguez de la verdad, que añade luz a las psique-almas que ya están llenas de ella. Es una embriaguez que no hace que el hombre se comporte de manera descontrolada ni que enferme por beber vino sin medida, sino que, por el contrario, fortalece los miembros del cuerpo y lo arma con las armas de la justicia contra el pecado. Es la embriaguez de la que se llenaron todos los Apóstoles».

Teodoreto nos exhorta también, diciendo lo siguiente acerca de la embriaguez espiritual: «Alejaos de la embriaguez perjudicial y sustituidla por la espiritual. Porque esto significa llenarse del Espíritu: llenar vuestro espíritu de Dios, alabándolo continuamente, teniéndolo en el nus y dirigiendo sin cesar vuestro pensamiento hacia Él».

San Juan Crisóstomo, al interpretar el pasaje «No os embriaguéis con vino, en lo cual hay desenfreno, sino llenaos del Espíritu» (Ef 5,18), dice: «Esta es la buena embriaguez: embriaga con ella tu psique-alma, para que no necesites el aturdimiento de la embriaguez del vino. Date prisa en llenar tu diania (mente, intelecto) y tus pensamientos, para que aquella pasión desvergonzada no encuentre lugar. Por eso el apóstol Pablo no dijo: “Participad del Espíritu”, sino “Llenaos del Espíritu”; es decir, llenad el nus (espíritu) hasta arriba, como una copa colmada, del Espíritu de Dios, para que no encuentre espacio y lo complete el Diablo».

Y añade inmediatamente: «Tenemos una buena copa de embriaguez: una copa de embriaguez que provoca σωφροσύνη (templanza y sobriedad espiritual), y no parálisis. ¿Cuál es? La copa espiritual, la copa salvadora, la copa inmaculada de la sangre del Señor».

 

  1. Sobre la embriaguez

La embriaguez es el resultado de beber vino. A este estado producido por el vino se le llama embriaguez. Algunos dicen que la palabra griega μέθη deriva de μεθίημι, que significa pasar por alto, entregarse o ceder. Se llama embriaguez porque provoca la «cesión» o debilidad del alma. Por lo general, toda embriaguez pone en estado de exaltación a la diania (mente, intelecto) que ha quedado embriagada por el vino.

San Juan Crisóstomo dice que «la embriaguez no es otra cosa que confusión de las facultades mentales, desviación de los pensamientos, vaciamiento del nus y falta de sensatez».

La embriaguez predispone al hombre a comportarse de manera descontrolada, oscurece el nus, enferma la psique-alma y el cuerpo, y lo empuja a cometer pecados graves y terribles. Provoca peleas, altercados, disputas y asesinatos, armando las manos de los borrachos. La embriaguez provoca el entumecimiento del cerebro; convierte al ebrio en un desvergonzado, incapaz de contener sus palabras, blasfemo, injurioso y pendenciero. Conduce a la locura y a la impiedad. Priva de su libertad a quienes son libres y los convierte en objeto de burla para sus subordinados. Incluso hace perder los estribos a las personas sensatas.

San Basilio el Grande dice lo siguiente acerca de la embriaguez: «La embriaguez es un demonio voluntario que, bajo el pretexto del placer, entra en las psique-almas. Se convierte en madre de la maldad y enemiga de la virtud; transforma al valiente en cobarde y al templado o sensato en desenfrenado. No entiende de justicia y destruye la prudencia».

Y añade inmediatamente: «Provoca la ruina de los pensamientos, el debilitamiento, la vejez prematura y la muerte temprana».

San Juan Crisóstomo llama a la embriaguez madre del abatimiento y alegría del Diablo, que engendra innumerables males. Y añade: «Embriaguez: locura voluntaria; embriaguez: traición de los pensamientos; calamidad que da ocasión a la burla; enfermedad que provoca el escarnio; demonio voluntario y peor que la locura. Dicen del borracho que es peor que un demonio, más insensato que los insensatos y más miserable que los muertos».

En efecto, el borracho es un muerto viviente, un demonio voluntario, una enfermedad que no admite disculpa, un cadáver que no carece de justificación: una vergüenza común a todo nuestro género humano.

Verdaderamente, la embriaguez es un demonio voluntario, porque oscurece el pensamiento con las tinieblas más profundas.

La embriaguez es un demonio voluntario que entra en la psique-alma, teniendo el placer como causa. Quienes se embriagan atraen por sí mismos la tempestad de desgracias que trae consigo la embriaguez.

 

  1. Sobre los buenos y los malos hábitos, costumbres y adicciones.

La costumbre es el hábito, y el hábito se convierte en carácter y conducta. Aristóteles dice que la ética procede del hábito. Se llama ética precisamente porque procede de la costumbre. Es decir, la ética es una disposición adquirida que, debido a la repetición, manifiesta una inclinación y una tendencia adquiridas hacia la realización de actos buenos o malos (adicciones). Así pues, la costumbre termina convirtiéndose en virtud o en maldad, según los actos hacia los cuales se inclina una persona; porque la buena costumbre educa en la virtud, mientras que la mala educa en la maldad: la primera eleva al hombre al cielo, mientras que la segunda lo hace descender al abismo.

San Juan Crisóstomo dice: «La tiranía de la costumbre (hábito, adicción) es grande, tanto para el bien como para el mal; tan grande que llega a convertirse en una necesidad de nuestra naturaleza. La costumbre es algo difícil de afrontar, resulta penoso vencerla y es difícil protegerse de ella. La costumbre es, ciertamente, algo poderoso y posee la fuerza de la naturaleza. Por eso, algunos de los autores paganos la llamaron también segunda naturaleza. Está comprobado que la mala costumbre (adicción), con el paso del tiempo, se vuelve difícil de curar o incluso completamente incurable. Una costumbre arraigada no cambia fácilmente. La costumbre (adicción) de los malvados es tormentosa; la enfermedad no te afecta tan rápidamente, ni la sarna te corrompe tan pronto como la maldad de los perversos (adictos), porque las malas compañías corrompen las buenas costumbres y conductas».

La mala costumbre (adicción) constituye una carga pesada: aplasta al hombre y lo aleja de la verdad y de la vida. Es una trampa, una fosa, un abismo; conduce a la destrucción y a la perdición.

«La costumbre, en cualquier ámbito, hace al hombre incapaz de defenderse», dice san Gregorio de Nisa. «Como posee una gran fuerza para atraer hacia sí y seducir a la psique-alma, presenta a la fantasía o imaginación algo como si se hiciera supuestamente por un bien, por el cual se realiza el esfuerzo correspondiente; y de este modo, mediante la habituación, se adquiere la costumbre. Nada es tan necesario evitar como aquello que se ha convertido en una mala costumbre (adicción), porque el hombre lo consideró digno de ser buscado y, como tal, lo persiguió».

San Basilio el Grande dice: «El hecho de escuchar y acostumbrarnos a las palabras de los vulgares y de los obscenos abre el camino hacia las praxis, acciones vergonzosas».

Cuando la costumbre (o adicción) perdura durante mucho tiempo, se vuelve más fuerte incluso que la naturaleza, y surgen pequeños pecados a los que no prestamos atención, pero que crecen y aumentan debido a la negligencia continua.

«La costumbre hace que toda forma de vida, buena o mala, llegue a ser así» (Filón).

El hábito, es decir, la costumbre (o adicción), comienza con cosas pequeñas e insignificantes que, cuando se descuidan, cobran fuerza y aumentan.

Isócrates aconseja diciendo: «Ten presente que debes hablar de cosas buenas, para adquirir la costumbre o hábito de pensar del mismo modo que hablas».

San Juan Crisóstomo dice acerca de quienes han sido dominados por la costumbre (o adicción): «Muchos, dominados por la costumbre o adicción, pierden el juicio y no pueden comprender ni distinguir sus propias incoherencias, pero quieren incluso hacerse maestros de los demás».

 

  1. Sobre el deseo pasional e irracional

El deseo irracional, apasionado y patético es el deseo de los ojos y todo deseo del corazón que contradice la ley ética. También comprende el deseo de las cosas vanas, inestables y de todo aquello que desaprueba la lógica y el logos recto. Los deseos malvados se han infiltrado en la psique-alma procedentes del Maligno.

El sabio Sirác aconseja diciendo: «No corras tras tus deseos; contente y refrena tus deseos y apetitos. Si concedes a tu psique-alma la satisfacción de sus deseos y apetitos, causarás una gran alegría a tu enemigo».

Quien expulsa los deseos irracionales y patéticos demuestra ser vencedor en la lucha por la virtud, se convierte en cumplidor de la ley ética y progresa en la virtud.

Puede abandonar la costumbre de los deseos irracionales quien dirige los ojos de su psique-alma hacia el examen y control de estos deseos.

San Gregorio el Teólogo dice: «Quien mantiene constantemente la atención de su nus con la mente en el espacio de su corazón se aleja de los atractivos mundanos, porque, al caminar por el sendero espiritual, no puede entrar en contacto consciente con los deseos y placeres carnales».

El deseo pasional, patético que permanece durante mucho tiempo en el corazón engendra el pecado, hiere profundamente la psique-alma y la corrompe.

El apóstol Santiago dice: «Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo atrae y lo seduce. Después, el deseo concibe y da a luz el pecado; y cuando el pecado consentido se convierte en acto, engendra la muerte espiritual» (Sant 1,14-15).

Los deseos pasionales, patéticos quebrantan a los perezosos y sumergen a los hombres en la destrucción y la perdición.

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente: «Ni el escorpión ni la serpiente, aunque se instalaran en nuestras entrañas, dejarían tanto veneno como la satisfacción del deseo irracional y patético, que trastorna y lo destruye todo. El deseo pasional, patético e irracional tiene tres hijas: φιληδονία (filidonía: amor al placer o hedonismo), φιλοδοξία (filodoxía: ambición de gloria) y φιλαργυρία (filargiría: amor al dinero). Así como la llama prende en la caña, así el deseo pasional y patético inflama la psique-alma; y así como el humo ciega los ojos, así el deseo ciega el nus».

Los deseos pasionales, irracionales y patéticos que no se afrontan ni se apartan en cuanto aparecen oscurecen el nus y perturban el corazón, debilitan la psique-alma, socavan la σωφροσύνη (sensatez, templanza y sobriedad espiritual) y la virginidad, arrebatan la pureza y hacen tambalear los cimientos de la virtud.

 

  1. Sobre la intemperancia

La intemperancia —la falta de dominio de sí mismo— es una pasión (pazos) que se rebela contra la templanza, la pureza y la virginidad. La intemperancia consiste en buscar el consumo excesivo con el propósito de obtener placer. Conduce a quien ha sometido a su dominio a los placeres y las satisfacciones. El intemperante corre tras sus deseos y no pone freno a sus apetitos. Concede a su psique-alma la satisfacción de saciarse y descuida a Dios, que lo creó. El intemperante reniega de Dios y rinde culto a su vientre (panza). En su psique-alma domina la ley de la carne y desconoce la ley de la Jaris.

A quienes se abandonan a la falta de dominio de sí mismos les sobrevienen males como la oscuridad del nus (espíritu), el endurecimiento del corazón y la insensibilidad de la psique-alma. De la intemperancia se derivan la embriaguez, la disipación, los placeres, las risas desenfrenadas y todo lo que acompaña al consumo de vino y alcohol.

San Juan Crisóstomo dice: «¿Acaso no comprenden cuántas cosas vergonzosas proceden de una vida desenfrenada? Risas inoportunas, palabras irracionales, una bufonería llena de destrucción, charlas insensatas y muchas otras cosas que no está permitido mencionar».

Quienes aman la σωφροσύνη (sofrosini: templanza y sobriedad espiritual) piensan y sostienen que es mejor para ellos morir antes que manchar su psique-alma con los males de la intemperancia.

La Santa Escritura aconseja a todos que se protejan de este vicio engañoso y dice: «Cuidad pues por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones queden impasibles y negligentes al logos de Dios y se carguen con glotonería y embriaguez, y con los afanes y preocupaciones de esta vida. Estad en alerta no vaya ser que dentro en el estado de aflojamiento espiritual y mareo, caiga sobre vosotros de repente aquel gran día de la segunda parusía-presencia» (Lc 21,34).

El intemperante vende su primogenitura por un plato de lentejas.

 

  1. Sobre el derroche, desenfreno, prodiguez

La ασωτία asotía derroche, desenfreno, prodiguez, consiste en un uso sin medida, porque no solo no salva, sino que conduce a la perdición tanto al cuerpo como a la psique-alma. En esto consiste el desenfreno. Es una vida de derroche, libertinaje, conforme a las costumbres de los hombres toscos; el derroche (libertinaje, indecencia) ciertamente, nace de la embriaguez.

 

  1. Sobre la indecencia, libertinaje y el indecente, libertino

El libertinaje o indecencia es la búsqueda desenfrenada del placer, el desenfreno. Los libertinos o indecentes son personas que carecen de dominio de sí mismas y aman los placeres; no refrenan sus deseos, sino que les entregan las riendas y permiten que estos las conduzcan adonde quieran.

El libertino e indecente ha renunciado a la σωφροσύνη (sensatez, templanza, sobriedad espiritual) y a su naturaleza lógica, y se deja arrastrar por el carro de la vida placentera hacia las tierras de los placeres y las satisfacciones, hacia las compañías entregadas al lujo y a las diversiones. Allí consume su riqueza ética y material, y destruye su naturaleza espiritual y emocional. El libertino, aunque es un hombre colmado de honor, no ha tomado conciencia de ello; se ha instalado junto a animales irracionales y se ha vuelto semejante a ellos. Se ha alejado de Dios, y Dios también se ha alejado de él.

Los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) lo dominan por completo y ejercen su señorío sobre su psique-alma. Su naturaleza espiritual se ha sometido enteramente a sus sentidos, percepciones sensibles y ha quedado esclavizada por ellos. La ira, el furor y la cólera estallan en su interior sin freno; la falta de sensatez y de voluntad se convierten en sus gobernantes. El libertino o indecente, al no haber sometido sus pazos, ahora es atormentado por ellos. La vida del libertino se asemeja a un invierno riguroso que amenaza con destruir toda fuerza vital.

«El libertino», dice Salomón, «es conducido como una oveja al matadero y como un perro a sus ataduras. Es semejante a un ciervo herido al que han atravesado con una flecha en el hígado. Corre como un ave hacia la trampa y no comprende que, con ello, conduce su propia psique-alma a la trampa».

 

  1. Sobre el silencio

Guardar silencio es, ciertamente, resultado y fruto de una educación noble y propia de personas distinguidas. Quien ha aprendido a guardar silencio también ha aprendido a hablar, porque el silencio es fruto de la sensatez, una sensatez no menor que la necesaria para hablar con prudencia. Así pues, quien no sabe guardar silencio tampoco sabe conversar.

Para el joven, en particular, el silencio crea un ambiente seguro, sobre todo cuando escucha al otro sin alterarse ni responder con palabras impropias. Aunque las palabras que escucha no le agraden demasiado, debe tolerarlas y esperar a que su interlocutor termine.

Tampoco debe apresurarse a expresar su desacuerdo, sino que, como dice Esquines, debe concederle tiempo, por si el otro desea añadir algo más a lo que ha dicho, corregirlo o incluso retirarlo por sí mismo.

Quienes interrumpen inmediatamente no escuchan ni son escuchados; hablan a quienes están hablando al mismo tiempo y, de este modo, terminan comportándose de manera descortés (Plutarco).

«El silencio es madre de la atención vigilante, eslabón de la puerta del cielo y llave del Paraíso» (san Juan Clímaco).

El silencio es señal de sensatez, templanza y la sobriedad espiritual; sin embargo, por sí solo no puede producir el arrepentimiento. Incluso a quienes carecen de educación, el silencio los transforma en personas prudentes y decorosas. Es mejor guardar silencio que hablar, y dichoso quien ha encontrado y conservado esta llave. Quien calla es mejor que quien habla, aunque este hable correctamente. Cuando una mujer guarda silencio, lleva el mejor de los adornos. Aprende a callar, pues esto es mejor que hablar.

«El proverbio dice que el silencio es una alabanza que no causa daño. Quien guarda su boca mantiene su psique-alma alejada de las aflicciones. De una boca cerrada solo proceden bienes. Quien es silencioso e inteligente es considerado digno de grandes honores. Hay quien habla y no resulta agradable; y hay quien guarda silencio y es tenido por sabio» (Sirác).

«Habla si tienes algo mejor que decir que guardar silencio. Ama la Hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón); allí el silencio es mejor que la palabra» (san Gregorio el Teólogo).

Guardar silencio no provoca sed, tristeza ni dolor. Entre quienes guardaron silencio, nadie se arrepintió; entre quienes hablaron, muchísimos se arrepintieron. Refrenar la lengua es honroso tanto para el anciano como para el joven.

Pon una balanza y una medida a tus palabras, y coloca una puerta en tu boca para mantenerla cerrada. Si tienes algo sensato que decir, responde a tu prójimo; si no, es mejor que cierres la boca con tu propia mano.

Salomón pedía a Dios que pusiera un bozal en su boca y sellara sus labios.

David pedía: «Pon una guardia a mi boca y una puerta de contención a mis labios».

El silencio de la lengua es como el árbol de la vida; quien lo conserva se llena del Espíritu Santo. La muerte y la vida están en poder de la lengua, y quienes la dominan disfrutan de sus frutos. Es muy bueno guardar silencio cuando corresponde; no es otra cosa que la madre de los pensamientos más sabios. El espíritu bondadoso y bueno evita la palabrería.

 

  1. Sobre la palabrería vana, charlatanería

La palabrería vana consiste en hablar sin provecho, con palabras inútiles y vacías. El que habla vanamente es una persona sin educación, de formación incompleta y de carácter insignificante. Se ocupa de asuntos pequeños y despreciables; sus palabras carecen de sensatez, habla fuera de lugar y cae en pecados. Cuenta cosas sin fundamento y, cuando entabla conversación, no tiene en cuenta el tiempo de su prójimo.

No pone balanza ni medida en lo que dice, ni tampoco precisión en sus expresiones. Es irreflexivo y hablador; habla sin sensatez y dice necedades. Su lengua se adelanta a su mente y va acumulando palabras sin una secuencia lógica. Resbala más con la lengua que si caminara sobre un terreno resbaladizo. El que habla vanamente se prepara muchas aflicciones a sí mismo.

 

  1. Sobre la maledicencia

La maledicencia es hablar mal, la afición desmedida a hablar y el hábito de devorar a los demás con la lengua. Es una pasión terrible, un mal incontrolable, lleno de muerte. La maledicencia se parece a una fuente amarga y envenenada que hace brotar sus aguas; cuando se beben, amargan el corazón, y cuando se derraman sobre la tierra, secan la vegetación.

El maldiciente tiene una lengua desenfrenada, llena de veneno y de mentiras. Sus palabras derriban hogares y destruyen psique-almas, provocando los males más graves. El maldiciente es malicioso, y de la abundancia de su corazón habla su boca.

 

  1. Sobre la locuacidad y el locuaz

La locuacidad es hablar demasiado, la palabrería. El locuaz es quien dice muchas palabras, el hablador. La locuacidad es peligrosa, odiosa y ridícula. Es objeto de burla en las conversaciones públicas. Se la odia porque, por lo general, anuncia cosas desagradables. Se la ridiculiza por ser irreflexiva y por no saber guardar secretos.

La locuacidad es el trono de la vanagloria, en el que se sienta el vanaglorioso para pregonar sus propias virtudes.

El hablador habla en todas partes: en el mercado, en el teatro, durante los paseos, de noche y de día. Cuando cura, se vuelve más insoportable que la enfermedad; cuando viaja como compañero, provoca más náuseas que el mareo; y cuando elogia, resulta más espantoso que la censura, reproche o represión.

La boca del hablador nunca se cierra y no conoce el silencio. Repugnante es la boca que nunca se cierra, y también la lengua locuaz, llena de insolencia. La boca del hablador provoca desórdenes.

El hombre locuaz no será amado por los sabios y se hará odioso a los sensatos. Quien no cierra los labios y habla mal de los demás será apartado por todos.

Quien habla demasiado se vuelve desagradable incluso para sus amigos.

En la locuacidad no se puede evitar el pecado.

«Quien ama la palabrería peca en muchas cosas. Nunca aprende, porque no quiere escuchar. Es un inventor de historias y, al conversar, cuenta fábulas. El hablador se convierte en objeto de burla» (Sabiduría Sirác).

 

  1. Sobre el bufón

(Εὐτράπελος (eftrápelos): ingenioso, ocurrente, bromista, gracioso, jocoso, chistoso y chismoso; también, según el contexto, bufón, bromista desvergonzado o persona dada a las bromas inconvenientes. Aquí lo pondremos como: bufón)

Se llama bufón al hombre extravagante, que hace cuanto se le ocurre, inconstante, voluble y cambiante. El bufón cambia rápidamente y se transforma; imita todo en sus gestos, en su manera de hablar, en la risa y en el modo de caminar. Inventa bromas y provoca enemistades innecesarias entre aquellos de quienes se burla sin motivo. En su psique-alma habitan la malicia, un gran desorden y la soledad. La armonía se ha perdido, la construcción se ha derrumbado, el temor ha sido desterrado y la devoción ha huido.

«Si alguien es indigno, si es vergonzoso, ese también es un bufón. Nada hay más desvergonzado que el bufón. Su boca no se llena de Jaris, sino de dolor» (san Juan Crisóstomo).

 

  1. Sobre las risas

Las risas debilitan el vínculo de la templanza y de la sobriedad espiritual, conducen al amor por los placeres, alejan el decoro, provocan el olvido del temor de Dios y hacen perder el temor al castigo futuro y amenazador del infierno.

El hombre es, ciertamente, un ser capaz de reír, pero también es un ser ético y racional. Aunque le resulte difícil resistirse cuando algo le provoca la risa, como ser racional y ético debe evitar provocar las risas y no buscarlas nunca deliberadamente.

Una cosa es la risa y otra las carcajadas. La risa que aparece incluso como una sonrisa y conmueve el corazón de los más jóvenes ante una situación inesperada es una risa irreprochable y libre de censura. En cambio, las carcajadas provocadas por el desenfreno, la embriaguez y la palabrería son las que corrompen la psique-alma. A estas risas se refiere la Escritura cuando dice: «¡Ay de los que ríen y desde la mañana beben bebida embriagadora!» (Isaías 5,11).

 

  1. Sobre el lujo voluptuoso y el hombre entregado al lujo

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca del lujo voluptuoso: «El lujo voluptuoso (placentero, hedonista) es una fiera, una fiera difícil de dominar e indomable. Ni el escorpión ni la serpiente, aunque se alojaran en las entrañas, lo destruirían todo como lo hace el deseo del lujo voluptuoso, que lo trastorna y lo destruye todo. El lujo voluptuoso es madre de todos los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) y de toda inmundicia. ¿Qué mal provoca? Se apodera de los hombres y los hace peores que los cerdos, porque el cerdo se revuelca en el barro y se alimenta de excrementos, mientras que estos hombres se alimentan en una mesa todavía más repugnante, inventando innumerables prácticas ilícitas y prohibidas».

Clemente de Alejandría dice: «El lujo voluptuoso que se abandona a los placeres resulta ser un naufragio desastroso para los hombres, porque hace que olviden el amor por lo bello y lo ético, así como los placeres y disfrutes nobles».

¿Qué es el lujo voluptuoso, sino una glotonería entregada al placer y un exceso desmedido al servicio de la satisfacción placentera de quienes no se imponen límites? El lujo voluptuoso provoca risas inoportunas, palabras desordenadas, carcajadas que destruyen la psique-alma, palabrería insensata y otras cosas que ni siquiera conviene mencionar. Quienes disfrutan de la abundancia de manjares y se consumen en su propia glotonería, frecuentando mesas repletas de platos, no pueden elevar la mirada al cielo. Su dios es el vientre (la panza) y su gloria, la vergüenza.

Los amantes de los placeres se vuelven torpes de entendimiento e insensatos, porque el lujo voluptuoso no agudiza el nus (espíritu) con su mente. Quienes llenan su vientre y lo hinchan sin medida alguna son insensatos.

Quienes viven entregados al lujo se han convertido en esclavos de sus pasiones y deseos. Han encendido para sí mismos un fuego de horno cuya llama abrasa sus corazones. Nunca se sacian, y la abundancia aviva sus deseos, del mismo modo que, al echar leña en un horno, se intensifica su llama. Los entregados al lujo y voraces caen en el frenesí y se vuelven libertinos, indecentes y desvergonzados.

 

  1. Sobre el deleite espiritual

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca del deleite espiritual: «Yo también quiero que disfrutes, pero de un disfrute verdadero que nunca se marchita. ¿Cuál es, pues, ese deleite verdadero que florece siempre? Invita a Cristo a tu banquete y entrégate a Él, pues, de todos modos, le perteneces. Esto te llenará de un placer inmenso que aumentará continuamente».

Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas

siguiente capítulo 

https://www.logosortodoxo.com/san-nectario-conocete-a-ti-mismo/san-nectario-de-pentapolis-conocete-a-ti-mismo-xi-capitulo-epistola-dirigida-a-la-monja-eusebia

 

San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo, XI Capítulo: epístola dirigida a la monja Eusebia

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.