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Nov 06 2026

San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo, IX Capítulo: VIRTUDES FACULTAD EMOTIVA

 

San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo.

 

IX Capítulo: VIRTUDES DE LA PARTE O FACULTAD EMOTIVA DE LA PSIQUE-ALMA

  1. Sobre la alegría en el Señor.
  2. Sobre la alegría como fruto del Santísimo Espíritu.
  3. Sobre la virtud.
  4. La imagen de la virtud del cristiano.
  5. La imagen del cristiano que se ha perfeccionado en la virtud.
  6. La imagen del hombre virtuoso.
  7. Sobre la amistad.
  8. La imagen del amigo.
  9. Sobre el amigo falso, insincero.
  10. Sobre el amigo engañoso, malicioso y perverso.
  11. Sobre la adulación.

El carácter del adulador.

  1. Sobre el ἔρως eros (amor ardiente).
  2. Sobre la misericordia o compasión genuina.
  3. Sobre la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna.
  4. La imagen del hombre caritativo o misericordioso.
  5. La imagen del hombre inmisericorde.
  6. Sobre el mal de ojo y quien lo practica.
  7. Sobre la gratitud y agradecimiento.
  8. Sobre la ingratitud y la falta de agradecimiento.
  9. Sobre la indulgencia y el hombre indulgente.
  10. Sobre la compasión entrañable.
  11. Sobre el pacificador.
  12. Sobre la paz de Dios.
  13. Sobre la, magnanimidad, tolerancia longanimidad.
  14. Sobre la apacibilidad, mansedumbre.
  15. Sobre ανεξικακία anexikakía sin kakía maldad
  16. Sobre la φιλαργυρία filargiría avaricia, amor a la plata, al dinero
  17. La imagen del avaro.
  18. Sobre la autosuficiencia.
  19. Sobre la ακτημοσύνη aktimosini carencia y renuncia de posesiones y el hombre que nada posee
  20. Sobre filaftía egolatría, el amor egoísta a uno mismo.
  21. Sobre la queja, el pobrecito de mí y el descontento. Sobre el hombre quejumbroso.
  22. Sobre la alegría ante el mal ajeno.
  23. Sobre la dignidad y la modestia en el comportamiento.
  24. Sobre la falsa apariencia de dignidad y modestia.

La imagen del hombre que aparenta una dignidad y una modestia falsas.

  1. Sobre la hipocresía.
  2. Sobre el afán de agradar a los hombres.

 

  1. Sobre la alegría en el Señor

«La alegría es una especie de estremecimiento, un salto de la psique-alma feliz» (San Basilio el Grande).

«La alegría es la realización de los deseos, el disfrute de las cosas agradables y el olvido de las aflicciones» (San Juan Crisóstomo).

«Que la única alegría sea aquella que procede del cansancio y de las aflicciones sufridas para alcanzar la vida eterna. También quienes obran justamente se llenan de verdadera alegría cuando avanzan con su obra hacia su objetivo, mientras la psique-alma permanece imperturbable y la serenidad se extiende en ella» (Teodoreto).

«Alegrarse en el Señor significa rebosar de gozo espiritual» (del mismo autor).

«La alegría según el mundo no es verdadera alegría; por el contrario, cerca del Señor, incluso las aflicciones traen alegría» (Teofilacto).

«Cualquier alegría que nace de un mandamiento del Señor para gloria de Dios es la alegría en el Señor» (San Basilio el Grande).

«Alegrarse junto al Señor es la mayor alegría. Con ella se alegraban también los Apóstoles. Es la alegría que produce provecho, la que procede de los encarcelamientos, de las flagelaciones o de cualquier otra circunstancia desagradable, porque estas cosas son el principio, la raíz y el fundamento de la alegría en el Señor, y producen también un resultado beneficioso» (San Juan Crisóstomo).

«Consideremos, ciertamente, la alegría en Dios y por Dios como la alegría más plena y perfecta, y busquémosla mediante las buenas obras, porque en ella hay una esperanza firme e inquebrantable» (San Cirilo de Alejandría).

«Donde hay alegría, allí huye la aflicción de las lágrimas; donde hay alegría, allí desaparece la tristeza del duelo; donde hay alegría, allí está ausente la aflicción; donde hay alegría, allí están también los signos del júbilo» (San Juan Crisóstomo).

«La alegría del mundo comienza con las cosas dulces y agradables, pero termina con las desagradables y dolorosas. No puede compararse a quien disfruta de las alegrías mundanas con quien se alegra según Dios. Pues todo aquel que se alegra en el mundo, se alegra con el bienestar (material), la gloria vana, el poder y la arrogancia» (San Juan Crisóstomo).

«Consideramos imperfecta la alegría del mundo porque cambia fácilmente. Además, los hombres apenas la encuentran, salvo en las cosas mundanas, que no son más verdaderas que las sombras y los fantasmas» (San Cirilo de Alejandría).

 

  1. Sobre la alegría como fruto del Santísimo Espíritu

¡Alegría! Palabra entrañable, palabra tan anhelada, palabra que conmueve las psiques-almas de los hombres, palabra que expresa júbilo y regocijo, palabra de deleite espiritual y expresión de placer. ¡Alegría! ¿Con qué palabras describiré el sentimiento que brota en mi corazón gracias a ti? ¿Con qué colores pintaré tu imagen? ¿Con qué palabras describiré tu carácter misterioso? Ninguna fuerza propia me permite desentrañar el misterio; ninguna voz posee el tono adecuado para expresar su misteriosa energía.

Permanece oculta, escondida en lo más profundo del corazón, y solo se revela en la psique-alma de cada uno. La alegría hace que la psique-alma se estremezca de júbilo y regocijo; la embriaga como una bebida divina. Se ha convertido en su deleite más anhelado. Y, cuando la psique-alma rebosa de alegría, esta endulza la lengua más que la miel y la cera. Compone himnos en el corazón que los labios son incapaces de expresar: el corazón habla, los labios callan. Lo que trasciende la naturaleza se celebra místicamente (en secreto).

El corazón se alegra porque la agapi (amor incondicional) de Dios ha establecido en él su morada. El corazón se alegra porque ha sentido que se ha llenado del bien tan anhelado. Se alegra porque ha recibido una información secreta e interior de que Dios lo ha amado. Se alegra porque la paz, la serenidad, la tranquilidad y la ataraxia imperturbabilidad reinan en su interior. El corazón se alegra porque, mediante la fe, ha conocido al Señor. Se alegra porque, mediante la esperanza, ha comprendido la verdad de los bienes venideros y porque, mediante la agapi-amor, ha conocido al Señor que habita en su interior.

¡Oh, alegría santa! ¡Preludio de la riqueza del Paraíso! ¡Oh, alegría, precursora de un deleite inexpresable! ¡A ti te anhelo tan ardientemente y a ti te busco como una prenda de esponsales que he alcanzado sobre la tierra! ¡Ojalá sea considerado digno también de la alegría celestial, allí donde resuena sin cesar el sonido de los que celebran la fiesta y donde se encuentra el deleite inexpresable de quienes contemplan la inefable belleza del Rostro divino!* Amín.

(*Nota nuestra: «El sonido incesante de los que celebran la fiesta y el deleite infinito de quienes contemplan la inefable belleza del Rostro del Señor Cristo» (Acción de gracias después de la Divina Comunión o Efjaristía    ).

 

  1. Sobre la virtud

La virtud procede de ερώ eró, es decir, desear. Así pues, la virtud es la deseable, la que merece ser amada; en otras palabras, lo digno de amor, lo amable, lo amado. La virtud es una conquista digna de amor, que todos desean o de la que todos se enamoran. Según otros, la palabra virtud procede de «αίρειν erín », que significa elegir y orientar las psiques-almas hacia el cielo. La virtud es el cumplimiento de la ley de Dios.

San Basilio el Grande dice: «La virtud consiste en esto: apartarse del mal y realizar el bien».

San Gregorio de Nisa también dice: «La virtud no necesita amo; se adquiere voluntariamente y con absoluta libertad. Lo que procede de la violencia y la coacción no puede ser virtud. La virtud es la medida que devuelve al justo medio. Porque ni el incumplimiento del deber ni el celo excesivo podrían ser virtud. Por ejemplo, en lo que respecta a la valentía, su ausencia es cobardía, mientras que su exceso se convierte en temeridad, descaro».

Quien ha alcanzado la virtud no es otra cosa que partícipe de Dios, porque Dios es la virtud perfecta.

San Basilio el Grande dice: «De todas las posesiones del hombre, la virtud permanece inalienable. Permanece con él tanto mientras vive como después de morir».

San Juan Crisóstomo dice: «Solo la virtud nos acompaña más allá de la muerte. Solo la virtud pasa a la otra vida. Es indómita, indomable y nada puede afectarla: ni la esclavitud, ni el cautiverio, ni la pobreza, ni la muerte, que es la más tiránica de todas. La virtud nos mantiene a salvo aquí y nos acompaña en la otra vida. La virtud convierte al hombre en ángel y hace que su psique-alma emprenda el vuelo hacia el cielo».

San Isidoro el Pelusiotis dice: «La virtud es algo necesario, pero también conveniente, bueno, apropiado, beneficioso y útil. Es necesaria porque existe una gran necesidad de conducirse correctamente; conveniente, porque conduce a la bienaventuranza; buena, porque mantiene decorosos a quienes la han adquirido; beneficiosa, porque elimina la deuda, es decir, los sufrimientos, los dolores; y útil, porque nada hay más útil que ella».

San Cirilo de Alejandría dice: «Ciertamente, la virtud no está al alcance de cualquiera; es difícil de alcanzar y su camino es cuesta arriba».

San Juan Crisóstomo dice también: «La boca de la virtud es la sofía-sabiduría, la sensatez, la prudencia y el conocimiento de los himnos espirituales. Su corazón es la experiencia de la Escritura y la custodia de los dogmas que conducen a la salvación, la filantropía y la benignidad. La virtud tiene manos y pies, que son la realización de las buenas obras. El alma de la virtud es la piedad. Su pecho, más sólido que el oro y el diamante, es la valentía».

San Cirilo de Alejandría dice lo siguiente acerca de la virtud: «Donde hay mansedumbre y humildad, allí hay verdaderamente búsqueda de la justicia. Allí vemos que la lengua desaprende los relatos vanos, reduce al mínimo las palabras irreflexivas y se vuelve más recta, verdaderamente laboriosa en la precisión; allí la virtud brota siempre resplandeciente y perfectísima».

San Juan Crisóstomo, al interpretar las palabras ;«Así brille vuestra luz» (Mt 5,16), dice: «Que vuestra virtud, por tanto, abunde; que haya un fuego abundante y una luz indescriptible. Porque cuando la virtud es tan grande, es imposible ocultarla, aunque quien la posee intente encubrirla» (Homilía XV sobre Mateo).

 

  1. La imagen de la virtud del cristiano

¡Virtud! ¿Con qué palabras te alabaré? ¿Con qué palabras cantaré tus alabanzas y tu belleza? ¿Con qué flores adornaré tus jaris-gracias? ¿Con qué coronas coronaré tu fuerza? ¿Con qué cálamo describiré tu imagen? En ti todo es admirable, toda digna de asombro, toda majestuosa, toda noble, toda valiente. Tu jaris-gracia es una jaris celestial, tu belleza es una belleza maravillosa y tu fuerza es extraordinaria. Tú eres la δύναμη (dínami: potencia y energía) que coopera con Dios, la que trabaja junto a Él para restablecer su Realeza increada sobre la tierra.

En ti se encuentran toda la hermosura y la belleza de la psique-alma. En ti, la salud del cuerpo. En ti, la pureza del espíritu. En ti existe lo bueno y lo perfecto. Tú eres una posesión buena, apropiada, necesaria, útil y provechosa. Eres buena, porque conservas decorosas/os a quienes te poseen. Eres apropiada porque adornas a quienes te han adquirido. Eres necesaria porque nada es más necesario para vivir y conducirse ortodoxamente, rectamente. Eres útil y provechosa porque en ti se encuentran la alegría, la felicidad y la bienaventuranza, y porque la lucha por la virtud produce un resultado excelente, divino y bienaventurado.

Verdaderamente, el oro que se encuentra sobre la tierra y también bajo ella no es digno de compararse contigo, porque su valor se determina según las condiciones del comercio; por sí mismo, el oro no es más que uno de los metales de la tierra. Tú, en cambio, eres valiosa, decorosa, noble y honorable por tu propia naturaleza. Desciendes del cielo, recorres sus alturas y tu morada se encuentra en el cielo, donde están también las moradas de los santos. Nada es más dulce que tú, nada es más deseable. Quien te elogia y alaba es como si elogiara y alabara lo divino.

Tu vigor es invencible y tu fuerza, irresistible. Ninguna de las desgracias que sobrevienen tiene poder para doblegar tu firmeza. Siempre permaneces erguida, como una columna asentada sobre una base inquebrantable, y te demuestras superior a todo. En las aflicciones te muestras más resplandeciente y en las pruebas, más decorosa. En las humillaciones eres más noble y en la pobreza, más honorable. Tú eres la gran arma de los hombres, puesto que siempre luchas con toda tu psique-alma por el bien y por la justicia.

Solo tú velas por el buen gobierno de los asuntos humanos; sin ti y sin tu vigilancia, todo se desmorona y se precipita hacia la ruina y la destrucción. Solo tú atraes al hombre hacia lo divino y lo conviertes en una imagen resplandeciente de Dios. Solo tú, como mistagoga (iniciadora) divina, inicias a tus amigos en los misterios divinos y presentas sus oraciones ante Dios. Solo contigo puede el hombre relacionarse con los ángeles y conversar con Dios. Poseyéndote, el hombre agrada a Dios y puede acercarse al inaccesible Creador de todas las cosas.

Porque tú, como hija del cielo, haces la catarsis, purgas y sanas al hombre y lo atraes hacia el parentesco divino; concedes a su psique-alma la nobleza divina y la buena doxa-gloria, y así lo conduces hacia Dios. Tú proporcionas abundantemente a la psique-alma un gozo y deleite inexpresable, cuya intensidad solo pueden sentir quienes están en comunión con Dios. Nadie puede expresar ni concebir la magnitud de este deleite y placer mediante palabras o expresiones. Tú proporcionas la inmortalidad a los hombres y la incorruptibilidad a los mortales.

Quienes te tienen por amiga permanecen inmortales; su cuerpo puede corromperse, pero su espíritu permanece incorruptible, porque tu recuerdo es incorruptible e inmortal. Bienaventurados y felices quienes te amaron. Bienaventurados y felices quienes fueron amados por ti. Ellos alcanzaron el fin último y lógico para el que fueron creados. Los poetas te cantaron himnos. Los filósofos te ensalzaron. La humanidad de todos los siglos te honró. Tú eres la estatua resplandeciente, adornada por la divina Jaris increada. Tu hermosura da testimonio de tu origen divino. Y, puesto que eres divina, eres también eterna.

 

  1. La imagen del cristiano que ha alcanzado la perfección en la virtud

¡Cuán hermosa es la vida del cristiano que ha alcanzado la perfección en la virtud! ¡Qué maravillosa imagen de perfección ética y moral! ¡Qué excelsa es su belleza! ¿Quién podrá jamás ofrecerte alabanzas dignas de ti? ¿Quién será capaz de describir adecuadamente tus jaris-gracias o de representar con exactitud y con palabras dignas tu nobleza? Tu imagen no puede describirse, tus bellezas no pueden representarse. Esto se debe a que el dedo divino te describió y representó maravillosamente como virtud del cristiano. Tú eres la escalera que eleva al hombre de la tierra al cielo; tú eres la fuerza que forma y modela el carácter ético y moral.

¡Cuánto me deleitan tus maravillosas bellezas! ¡Cuánto me cautiva tu fuerza fascinante! ¡Cuánto me seduce tu hermoso aspecto! ¡Cuánto me atrae tu gloria inexpresable! ¿Qué he de enumerar primero, qué al final y qué en medio, para describir tus jaris-gracias? Tú, como excelente artista, cincelas la estatua imperfecta de la psique-alma y, con tu cincel experto, esculpes silenciosamente y eliminas todo volumen superfluo, revelando la forma de la psique-alma semejante a Dios, la verdadera imagen divina sobre la tierra.

Tú, como escalera que se eleva hasta el cielo y une la tierra con el cielo, conduces por tus peldaños, día tras día, hasta la ciudad celestial, a quien lucha por ti, y lo conviertes en ciudadano del cielo. Tu fuerza para formar y modelar es tal que nada puede resistírsele. Ninguna naturaleza de carácter perverso o deforme puede oponerse a tu fuerza. Ninguna pasión (pazos) permanece inflexible; ningún carácter se mantiene indomable, indómito. Ningún corazón permanece endurecido; nada enfermizo queda sin curación.

Tú, virtud, transformas incluso a quienes son malvados por naturaleza y los conviertes en tus amigos, llenos de jaris-gracia. Tú haces volver al amor del bien incluso a quienes han elegido voluntariamente el mal. Tú cortas las maldades. Tú concedes tus jaris-gracias con abundancia. Psicoterapias y curas a quienes enferman éticamente y moralmente, vuelves a levantar a quienes han caído, iluminas a aquel cuyo nus (espíritu) se ha oscurecido y lo llenas de una luz abundante.

Tu luz, virtud, ahuyenta las tinieblas de la maldad que llenan el corazón y el nus, y expulsa los pensamientos irracionales y perversos. Tu luz, como un rayo de sol, disipa las tinieblas de la vida y conduce a un puerto de salvación al navegante que se ve sacudido por los mares de la existencia. Así salvas a quien corre el peligro de hundirse en las profundidades del mar embravecido o de hacerse añicos al chocar contra arrecifes y escollos. Tu fuerza artística es tal que basta con que una sola línea tuya quede grabada en un rostro antes deforme para conferirle una jaris-gracia indescriptible.

Tu belleza tiene la fuerza de cubrir la fealdad de la naturaleza. ¡Cuántas maravillas realiza tu pincel artístico! ¡Qué fascinante es tu arte!

Verdaderamente eres divina, como una jaris-gracia celestial. Te apocaliptaste/ revelaste al hombre para embellecer la imagen de su psique-alma y de su cuerpo, y para eliminar la fealdad de su maldad. Viniste para revestir al hombre con tu belleza celestial y concederle aquella imagen divina de hermosura que llena de alegría los corazones.

Tú adornas la cabeza de tus amigos con coronas inmarchitables, los revistes con el doble honor de la gloria y la honra, y los haces gloriosos amigos de Dios. Tú, virtud, eres la guía hacia la verdadera bienaventuranza, aquella que nunca se altera, porque conduces a la dicha bienaventurada, al disfrute del bien supremo. Tú conduces al hombre hacia el fin adecuado y verdaderamente lógico al que Dios dispuso que llegara. Lo conduces a la perfección que, conforme al mandamiento divino, debe alcanzar.

Te conviertes en un instrumento seguro por medio del cual el amor divino comunica a los hombres sus donaciones y dones divinos. Por medio de ti, Dios santifica la naturaleza humana. Tú procuras el restablecimiento de la Realeza increada de Dios sobre la tierra. Anhelas que la paz reine sobre ella. Tú reúnes lo que está dividido y atraes al mundo espiritual celestial hacia el mundo espiritual terrenal. Abres los ojos espirituales de la psique-alma y le apocaliptas/ revelas el mundo místico de la creación, en el cual el dedo divino ha grabado la imagen del Creador divino.

Tú muestras a la psique-alma la divina sofía-sabiduría suprema, la divina omnipotencia, la divina providencia y la divina bondad. Abres su oído (espiritual) para que escuche incesantemente en su interior la voz divina que resuena dentro de ella mediante las maravillosas obras de la creación, mediante aquellas melodías celestiales que toda la naturaleza entona armoniosamente, cantando himnos y cánticos al Creador divino. Recompensas al hombre con la sublime sofía-sabiduría celestial, la sabiduría que no se aprende mediante la enseñanza, la única verdadera, increada e inalterable, la única que posee luz increada eterna, la única que resuelve con facilidad y persuasión todo aquello que ocupa el espíritu humano.

Concedes fuerza en los sufrimientos, armas a tus amigos contra la maldad y los revistes con la armadura del Espíritu para que permanezcan invulnerables en el combate que libran. Los fortaleces para que resistan las artimañas del maligno y los ataques «del príncipe de las tinieblas de este siglo».

Verdaderamente, la virtud cristiana es el ojo puro de la psique-alma, mediante el cual esta contempla el mundo y las cosas del mundo en su verdadera forma y en su verdadero valor, distinguiendo la belleza semejante a Dios de la belleza mundana, corruptible y pasajera.

Sin la virtud de Cristo, que hace posible la comunión de Dios con el hombre, este no podría ver otra cosa que la materia. Sin la virtud, el hombre se ve privado del espectáculo más hermoso: la imagen/ icona de Dios, que llena de alegría, gozo y deleite su psique-alma. La virtud cristiana es el verdadero camino que conduce a la bienaventuranza y felicidad verdadera.

 

  1. La imagen del hombre virtuoso

El cristiano virtuoso se ha convertido en bienaventurado, porque ha reunido en su interior toda la riqueza de la Χάρις (Jaris: gracia, energía) increada de Dios y se ha asegurado una bienaventuranza continua sobre la tierra, que constituye la promesa anticipada de la bienaventuranza celestial. Porque la bienaventuranza que es fruto de la Jaris increada del Espíritu Santo se concede únicamente allí donde existe la virtud cristiana, y se encuentra en el cristiano que se enriquece éticamente. Ella establece su trono en su corazón y fija su morada en su pecho.

Dios hizo que la bienaventuranza del hombre virtuoso se convirtiera en una posesión inalienable, al llenar abundantemente su psique-alma con Su Jaris increada. La bienaventuranza del virtuoso permanece en su interior, libre de toda perturbación causada por cualquier cosa mundana que pudiera alterarla e independiente de la influencia de los bienes, siempre cambiantes, que sin cesar se modifican y se deterioran. Ninguno de ellos puede afectar a la bienaventuranza que habita en su corazón. La bienaventuranza es posesión exclusiva de los virtuosos; por eso, quienes carecen de virtud están desnudos de la Jaris de Dios y tienen vacío el corazón de este verdadero bien.

Quienes no sienten que su corazón palpita por la presencia mística de la Jaris increada, de esta bienaventuranza divina, quienes la buscan por todas partes, excepto en su propio corazón, y encuentran motivos externos para perseguirla, se parecen al hombre que intenta atrapar su propia sombra. El virtuoso es verdaderamente bienaventurado y feliz, porque Dios mismo ha inundado su corazón de alegría y júbilo. Es bienaventurado y feliz porque, descansando en la paz de su psique-alma, permanece imperturbable y recorre serenamente su vida, cumpliendo con celo bueno, divino y agapi (amor desinteresado) los deberes de su misión.

Trabaja siempre por el bien, por lo bueno y por la justicia; ama la verdad y se esfuerza con toda su psique-alma para que esta prevalezca. Su psique-alma se alegra por sus obras, porque estas son agradables a Dios. Lucha siempre por realizar el bien y se apresura con todas sus fuerzas a ser útil a todos y en todo. La belleza ideal del bien perfecto cautivó su psique-alma y se adueñó de su corazón. Día y noche filosofa y reflexiona acerca de cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta, y en sus oraciones a Dios pide fervientemente que esta prevalezca.

Invoca la divina fuerza y energía increada como ayuda y deja todo en las manos de Dios, para poder realizar las buenas obras que su corazón le dicta. Anhela intensamente lo bueno, porque solo a ello ha amado, porque encuentra satisfacción en su labor y porque en ella halla la recompensa espiritual de su trabajo. Anhela profundamente el bien, porque eso es lo que su corazón busca y aquello con lo que se siente satisfecho. Anhela profundamente lo verdadero, porque la verdad es el ser que verdaderamente existe, la existencia real, y ella es la que lo atrae. Verdaderamente, el hombre virtuoso es el hombre auténticamente bienaventurado y feliz.

 

  1. Sobre la amistad

La amistad es el agapi-amor de una psique-alma sana hacia otra psique-alma igualmente sana. La amistad, como emanación de una psique-alma sana, es sagrada, pura, íntegra, fiel, firme, sincera, valiente, verdadera y eterna. La amistad es una virtud, porque se fundamenta en el carácter ético y en la buena conducta de una psique-alma sana. Por eso, solo se une a la virtud, se enamora de ella y la abraza, permaneciendo siempre a su lado. La amistad, como virtud, se siente atraída por lo semejante y encuentra descanso en las virtudes hermanas, afines.

Es el vínculo entre dos psiques-almas semejantes. Es una pasión de la psique-alma sensata y une a los amigos con una agapi (amor incondicional) intensa. Asimismo, vincula con anhelo a las personas que, por naturaleza, tienden a separarse. La amistad posee un carácter firme e intransigente en sus principios. Es una especie de satisfacción ética que deleita profundamente la psique-alma. La amistad siempre persevera, compartiendo el sufrimiento y prestando apoyo.

Aristóteles dijo: «La amistad es una sola psique-alma que habita en dos cuerpos».

La amistad es más fuerte que el amor entre parientes, porque el amor entre parientes es obra de la necesidad, mientras que la amistad se fundamenta en la voluntad. La amistad dicta reverencia y devoción hacia las cosas sagradas de los amigos, pureza en el comportamiento, integridad en las costumbres, fidelidad en el carácter, firmeza en las decisiones, sinceridad en las palabras, valentía para decir lo correcto y provechoso, y para decir la verdad. La amistad es el sostén de la felicidad de dos hombres buenos, porque solo entre personas buenas puede desarrollarse la verdadera amistad.

Platón dice: «La amistad es la concordia en favor de lo bueno y lo justo; es la voluntad de llevar una vida en común, con una misma manera de pensar y de actuar, viviendo en armonía y con buena disposición, de modo que exista concordia y se camine juntos tanto en las circunstancias agradables como en las desagradables».

Hay tres clases de amistad: la que se fundamenta en la virtud, la que se basa en el interés y la que existe por costumbre. Sin embargo, la mejor es la amistad que se establece por amor a la virtud, porque la virtud de la agapi-amor la hace firme.

 

  1. La imagen del amigo

El amigo es un hombre bueno, sano de psique-alma, piensa correctamente, ama la virtud, es íntegro en su carácter ético, fiel en la agapi-amor, sincero en sus palabras, firme en su psique-alma, consejero honrado y valiente; ama la verdad y la justicia. El amigo verdadero es semejante en todo a su amigo. La alegría de su amigo precede a la suya propia, y la tristeza de su amigo es también su propia tristeza. Es profundamente sensible y percibe intuitivamente el estado psíquico de su amigo; sufre con todo aquello que hace sufrir a su amigo.

Se anticipa a la confesión de su amigo y corre a ayudarlo antes de que se lo pida. Está siempre dispuesto a comprender las acciones de su amigo y se encuentra a su lado cuando este corre peligro. Los amigos de su amigo son también sus propios amigos, y los enemigos de aquel son también sus enemigos. Defiende a su amigo y arriesga su vida por él. En el cuerpo del amigo habita la psique-alma del amigo que lo ama. Es un buen consejero y siempre habla bien de él; vela por el honor y la reputación de su amigo.

Lo que es sagrado para su amigo también lo es para él, y respeta aquello que su amigo considera digno de veneración. El amigo verdadero es una poderosa protección, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. El amigo bueno es una riqueza inestimable, más valiosa que todas las posesiones. No existe medida capaz de expresar su belleza. El amigo permanece siempre igual, tanto en las desgracias como en la felicidad de su amigo. El amigo verdadero, con gran valentía, alaba lo que merece alabanza y condena lo que merece ser condenado.

Eurípides dice: «Los amigos, cuando son verdaderamente amigos, no tienen nada exclusivamente suyo, sino que todo lo poseen en común. No hay nada mejor que un amigo sincero. Cuando interviene para consolar, su ayuda actúa con más fuerza que cualquier medicamento sobre el corazón sufriente y afligido de su amigo. Sus palabras son medicina de vida. El amigo bueno puede consolar tanto la psique-alma como el cuerpo de su amigo. El amigo bueno y virtuoso se ha propuesto suplir todo lo que le falta a su amigo; cuando este obra bien, lo alaba y se lo agradece; cuando yerra, se esfuerza muchísimo por hacerlo volver al buen camino. El amigo se convierte en el nus (espíritu), el corazón y el ojo de su amigo. Es la personificación de la virtud. El malvado no llega a ser amigo».

Gregorio el Teólogo dice: «El amigo fiel es un tesoro viviente, un jardín cercado, una fuente sellada que se abre de vez en cuando y ofrece la riqueza de su psique-alma. Y cuando hablo de amigos, me refiero a los buenos y virtuosos, y a la amistad que se ha formado tomando la virtud como criterio».

 

  1. Sobre el amigo insincero, falso

El amigo insincero falso es un hombre interesado, carente de verdadera amistad, reservado, egoísta e hipócrita. Se pone la máscara de la amistad para obtener cualquier beneficio que pueda presentársele. Miente cuando habla de amistad y alberga engaño en su interior cuando finge estar entregado a su amigo. Él mismo desea recibir la ayuda de su amigo; sin embargo, cuando este le pide ayuda, se la niega, alegando toda clase de excusas. Hace ostentación de amistad cuando todo marcha bien, pero, cuando su amigo atraviesa dificultades, lo abandona. Se acuerda de él cuando es feliz y, desde lejos, pregunta por él. Desea felicidad a quien ya es feliz y salud a quien está sano. A quien obra correctamente le desea prosperidad.

Cuando su amigo goza de gloria, le desea que alcance aún mayor renombre; y, mientras su amigo es rico, le envía abundantes regalos. Hace todo lo posible para demostrar una amistad que solo busca exhibir. Sin embargo, lo olvida rápidamente cuando su amigo sufre alguna desgracia y ni siquiera pregunta por él. Aunque sea su vecino, no se interesa por él; lo evita y lo maldice. Lo acusa de necedad por encontrarse en dificultades en algún asunto, lo olvida durante su enfermedad y no se acerca a él en su desgracia. Si sufre un contratiempo, le da la espalda; si queda humillado, lo desprecia; si se arruina, ni siquiera quiere verlo; si tiene hambre, no cuida de él; e incluso cuando está a punto de morir, no se compadece de él. Así es el amigo insincero.

 

  1. Sobre el amigo engañoso, malvado y perverso

El amigo engañoso es un hombre despreciable y peligroso. No hay nada sano en su psique-alma. En ella no existe nada sagrado ni venerable. Es infiel, malvado, perverso y depravado. Desconoce la sinceridad, y en su boca siempre hay mentira y engaño. Piensa maliciosamente y en su corazón trama cosas mezquinas. Aunque sus palabras son suaves, sus pensamientos son perversos. Proclama su amistad con palabras, pero en secreto maquina contra aquel que lo considera amigo. Difama a su amigo y, mediante engaños, fomenta las maldades.

Observa lo que sucede a su alrededor, pero reflexiona de manera retorcida, y de sus labios siempre sale una palabra maliciosa. Para su amigo es como un horno que arroja llamas malignas; delante de sus ojos le habla con dulzura y con palabras de admiración, pero después su boca cambia y sus palabras provocan numerosos escándalos. La amistad del malvado es más temible que la enemistad, porque de esta uno puede protegerse, mientras que de la amistad del malvado no puede hacerlo. El amigo engañoso no se diferencia en nada de un asesino, porque ambos perpetran sus crímenes a escondidas de manera semejante.

El amigo engañoso es insaciable. Ni siquiera cuando ha destruido a su amigo queda satisfecho. Es desvergonzado, porque, aunque comete las peores acciones, ensuciando y destruyendo la casa de aquel que confió en su amistad, no se avergüenza de pronunciar el venerable nombre de la amistad y, siendo su mayor enemigo, de fingir que es su amigo. Es despiadado, porque las entrañas del malvado no toleran tener un amigo. La amistad del amigo malvado es como el óxido: devora a su amigo mientras este todavía vive.

 

  1. Sobre la adulación

La adulación es una maldad repulsiva, encubierta bajo la máscara de la amistad. Es una caricia falsa que se manifiesta como amistad únicamente en las palabras y como disposición y prontitud para cosas indignas de consideración. En la adulación, al igual que en el sepulcro, solo está escrito el nombre de la amistad. La adulación es la maldad de una psique-alma corrompida, de una psique-alma enferma en la que no existe nada sano. Es engañosa, carece de todo lo sagrado y venerable; es impía, insincera y fraudulenta. La adulación corrompe las psiques-almas de quienes la aceptan.

 

El carácter del adulador

El adulador es un hombre corrompido, despreciable e insignificante. Halaga a las personas de carácter débil, y sus palabras son falsas. Habla de amistad y finge estar perfectamente entregado a su amigo. En el mismo instante en que su corazón siente odio, de su boca salen palabras de gran agapi-amor. Alaba a la persona a la que adula por aquello que merece censura y critica las virtudes de los virtuosos, así como todo lo que merece la más alta alabanza. Debilita los buenos pensamientos de la psique-alma y no comprende la verdad de las cosas.

El adulador declara bienaventurados a quienes llevan una vida lujosa e indecorosa y admira a quienes derrochan sus riquezas en desenfrenos. Alaba su manera de pensar y ensalza las obras de sus manos. Llama virtud a la falta de templanza y denomina ciencia y sabiduría a la mayor insensatez. Alaba a un hombre indigno por su riqueza y se burla de un hombre bueno porque resulta ser pobre.

Admira a determinadas personas por el beneficio que espera obtener de ellas y, en su presencia, desprecia aquello que es digno de admiración. Los aduladores, con palabras amables, engañan los corazones de los inocentes y hacen todo lo posible por someterlos. Los extravían declarándolos bienaventurados y perturban el curso de sus vidas. Son más astutos que los zorros y peores que los cuervos, porque, mediante el engaño y el fraude, corrompen y explotan las psiques-almas de los insensatos. Emplean métodos complicados y actúan movidos por el afán de lucro.

Plutarco dice acerca de los aduladores que «ninguna clase de personas está más corrompida que la de los aduladores, hasta el punto de desviar a los jóvenes de su camino más y más rápidamente».

San Basilio el Grande dice acerca del adulador: «Mientras tiene el bocado en la boca, el adulador halaga, admira y bendice. Pero, en cuanto se levanta de la mesa y se marcha, lanza maldiciones como si fueran piedras contra aquel a quien, poco antes, por amor a su estómago y a su vientre, veneraba como a un dios. El adulador arrebata lo que pertenece a otro. Por la mañana bendice a su amigo con grandes palabras, pero por la noche lo maldice; y, mediante palabras útiles y buenas, puede llegar, por así decirlo, a quitarle hasta la ropa».

Antístenes decía: «Es mejor elegir caer en manos de un cuervo que en las de un adulador, porque los primeros hieren y comen el cuerpo, mientras que los segundos devoran la psique-alma».

San Basilio el Grande compara a los aduladores con los ciempiés, diciendo: «Así como, según dicen, el ciempiés adopta el color del lugar donde se encuentra, también el adulador cambia su manera de pensar según las personas con las que se relaciona».

El adulador es el más contaminado de todos los hombres.

 

  1. Sobre el ἔρως eros (amor ardiente).

El ἔρως eros es una pasión (pazos) de la psique-alma ociosa, que nace de la curiosidad de la mirada. El eros se manifiesta como un exceso de algún deseo irracional que nace muy rápidamente en la psique-alma, pero se extingue con suma lentitud. El eros se enciende una vez como una llama y abrasa el corazón, pero no se apaga fácilmente, porque se aviva mediante la imaginación. Por medio de esta, reproduce continuamente la imagen de la persona amada.

Cuando el eros se apodera de la psique-alma, el hombre deja de preocuparse incluso por el alimento. Cuando el eros encuentra la psique-alma sin protección y la conquista, la esclaviza; y, mientras la persuade para que desprecie todo lo demás, hace que todos sus intereses se centren únicamente en él. El eros impulsa hacia la pasión y la locura a las psiques-almas que no caminan guiadas por la lógica, porque su imaginación sin freno mantiene viva la llama que corrompe el nus. Cuando el eros encuentra una psique-alma sensata, se extingue antes de corromper el nus, porque esta psique-alma es dueña de sí misma y no permite que la imaginación la arrastre.

El ἔρως eros se apodera de las psiques-almas vacías del ἔρως divino, que se aburren en su soledad. Puesto que el corazón ha sido creado para amar apasionadamente, no puede permanecer indiferente al eros mundano si antes no ha sido herido y dominado por el eros divino. El eros humano no puede dominar los corazones que han sido heridos por el eros divino, porque el eros divino ha llenado todo deseo y no ha dejado vacío alguno.

Plutarco dice acerca del ἔρως eros (mundano): «Es una fiera que devora el corazón, pues tiene garras y dientes, que son la desconfianza y los celos. Estas son las pasiones de los enamorados: aunque aman, al mismo tiempo pueden odiar. A aquel a quien desean cuando está ausente, lo temen cuando está presente; halagan, se burlan, mueren antes de tiempo, pueden matar, desean no haber amado nunca, pero no quieren dejar de amar. Aunque quieren dominar al otro, lo soportan todo de él. Esto hace que a la pasión le suceda la manía y la locura».

 

  1. Sobre la misericordia o compasión genuina

La misericordia es la tristeza voluntaria que uno siente por las desgracias ajenas.

La misericordia se manifiesta como una disposición de agapi-amor hacia quienes sufren a causa de circunstancias adversas, mezclada con tristeza. La misericordia nace de un corazón que siente simpatía y comparte los sufrimientos de los demás. La misericordia es un poderoso remedio para quien ha sufrido una desgracia y se ofrece desde una psique-alma que comparte su sufrimiento. La compasión genuina alivia enormemente las desgracias. La misericordia es madre de la indulgencia, garantía del agapi (amor desinteresado) y vínculo de toda disposición amistosa.

Donde hay misericordia, no hay censura, no se constituye un tribunal ni se exigen responsabilidades. Donde hay misericordia, la salvación se concede sin examen; donde hay misericordia, se perdona al acusado que presenta su defensa. La misericordia engendra consuelo, beneficencia, bondad, compasión, magnanimidad y perdón.

 

  1. Sobre la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna

[Ἐλεημοσύνη (eleimosíni): limosna, caridad, misericordia manifestada mediante obras, ayuda caritativa.

-Sentido general: ofrecer ayuda material o espiritual a quien la necesita, movido por la compasión y la misericordia.

-En sentido bíblico y patrístico: obra de misericordia mediante la cual se socorre al prójimo necesitado, compartiendo los bienes y manifestando el amor cristiano.

-Sentido espiritual: no consiste únicamente en dar dinero o bienes materiales, sino también en ofrecer alimento, consuelo, ayuda psíquica y compasión al prójimo.]

La ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna es una acción que procede de una buena intención. Es una voz interior que brota de un corazón bueno que ama a su prójimo. La caridad o limosna es justicia, porque entrega a quienes tienen necesidad aquello que, en realidad, les debemos. Pues quien posee las riquezas que ha recibido de Dios se convierte, al mismo tiempo, en administrador y gestor de los bienes que Dios le ha concedido en abundancia. La limosna o caridad es un mandamiento de Dios, al que Él quiere que obedezcamos antes que ofrecer sacrificios y holocaustos.

Esto es lo que Dios declara por medio de los profetas: «Misericordia quiero y no sacrificio». El mismo Jesús Cristo lo confirmó cuando se dirigió a quienes no dan limosna, caridad: «¡Id a los intérpretes de las Escrituras y aprended qué significa: ¡Misericordia quiero y no sacrificio!» (Mt 9,13; Os 6,6).

San Juan Crisóstomo dice: «Dios nos concedió la limosna, caridad como mandamiento del agapi-amor. La limosna es un bien; a primera vista, parece que dispersa los bienes de quien los posee, pero, en realidad y verdaderamente, acumula bienes. Así como el agricultor, cuando siembra, presta a la tierra las semillas que de ella recogió, también la limosna parece dar a otros, pero en realidad acumula tesoros para quien la ofrece.

La grandeza de la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna no se juzga por la magnitud de lo que se ofrece, sino por la buena disposición de quien lo ofrece. Dios no exige una cantidad determinada, sino buena disposición. La limosna no nace de la magnitud del patrimonio, sino de la calidad de nuestra intención. Porque la limosna no se juzga por cuánto damos, sino por la proporción entre lo que se entrega y el patrimonio de quien da».

«La limosna es la mejor de las obras», dice Gregorio Nacianceno, «porque con muy poco compramos la Realeza increada de los Cielos. Mediante la sola limosna recibimos, en lugar de los bienes temporales, la gloria eterna».

San Juan Crisóstomo llama a la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna reina de las virtudes, diciendo: «La limosna, caridad es la reina de las virtudes, aquella que abre rápidamente las bóvedas de los Cielos a los hombres y es la mejor abogada». Y añade inmediatamente: «La limosna, caridad es alimento de la psique-alma. Y así como el pan y el vino son alimento y deleite del cuerpo, la limosna, caridad y la oración se convierten en curación y alegría de la psique-alma».

El mismo Padre dice: «La limosna es, por tanto, una gran adquisición y una mediadora que acude rápidamente ante Dios, que ama la misericordia, porque goza de gran confianza ante Él. Por eso, cuando quiere, se acerca a Él y se sienta a Su derecha. Dios la ama muchísimo y la considera la primera entre Sus hijas, porque ella permanece siempre junto a Él. Fue ella misma quien le suplicó que descendiera a la tierra y salvara al género humano».

San Juan Crisóstomo, en otra homilía sobre la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna dice: «Esta es la madre del agapi-amor; esta es el remedio de nuestros pecados, porque extrae el pus de nuestra psique-alma enferma. Es una escalera apoyada en el cielo. Ella une el cuerpo de Cristo». Y en otro lugar afirma: «Ningún otro rasgo distingue al cristiano como la limosna». En otra homilía nos dice: «La limosna, caridad hace brotar aquel río que mana vida eterna, donde la muerte, al caer, desaparece como una chispa en una fuente. Esta fuente, dondequiera que sus aguas caigan, realiza grandes bienes. Ella extingue un río entero de fuego como si fuera una chispa».

Acerca de la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna, el Sabio Sirác dice: «El agua apaga el fuego ardiente, y la limosna, caridad expía los pecados; la limosna permanece para siempre».

Gregorio de Nisa llama a la ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna «el timón de la agapi-amor».

El mismo Padre dice acerca de la limosna, caridad que procede de las injusticias: «La ελεημοσύνη eleimosini caridad, limosna que procede de las injusticias no es limosna, caridad sino crueldad e inhumanidad. Porque ¿de qué sirve despojar a uno para vestir a otro? La limosna, caridad debe comenzar con el sentimiento de compasión».

Las obras de misericordia son aquellas que proceden de los mandamientos del Señor: a) alimentar a los hambrientos; b) dar de beber a los sedientos; c) vestir a los desnudos; d) acoger a los extranjeros; e) visitar a los enfermos; f) consolar a los afligidos; y g) ayudar a los encarcelados. También se incluyen entre las obras de misericordia aquellas que se realizan para la formación y el desarrollo espiritual y ético del prójimo. La ελεημοσύνη eleimosini caridad, puede cubrir multitud de pecados y salvar de la muerte.

 

  1. La imagen del hombre misericordioso, compasivo o caritativo

El hombre misericordioso ha recibido misericordia de Dios. Porque, verdaderamente, es un don de Dios adquirir el hábito de la limosna, de la caridad y de la filantropía. El misericordioso practica continuamente la caridad y presta, y su casa está llena de bienes, porque Dios lo bendice a él y a su hogar. Se ha convertido en un fiel administrador y considera que todo lo que ha recibido procede de Dios; por eso lo administra fielmente. Cree que lo ha recibido para ayudar a quienes tienen necesidad; que lo ha recibido para que sus pecados sean perdonados mediante sus generosas ofrendas a los demás; que lo ha recibido para ofrecerlo en favor de su salvación. Utiliza su riqueza como si no fuera suya, sino ajena, y como si tuviera que devolverla a Aquel que se la confió.

Gregorio Nacianceno dice: «Que el rico misericordioso reflexione sobre cómo desprenderse de sus riquezas, dando parte de su patrimonio a quienes tienen necesidad, como administrador de bienes ajenos. Así, el otro se alegrará por lo que reciba y él mismo se pondrá del lado de Dios, sin poseer nada más que la cruz y el cuerpo».

San Basilio el Grande, describiendo el grado de disposición misericordiosa del hombre caritativo, dice: «Aunque el alimento se reduzca a un solo pan, antes de saciarse él mismo, quien lo posee se lo dará al que tiene hambre».

El misericordioso no cierra sus oídos a las peticiones del pobre, sino que escucha sus palabras y se apresura a ayudarlo. A quien le pide dinero, se lo da con agapi-amor y compasión. Cuando da al pobre, su rostro está alegre, porque su corazón se regocija por el acto de misericordia y se alegra de haber ayudado a su hermano. Dios ama al misericordioso y lo salva cuando se encuentra en peligro. «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7).

El misericordioso practica la limosna en secreto, porque su corazón está impulsado por el agapi-amor hacia el prójimo y no por la gloria. El misericordioso no se alegra con las comodidades ni con los placeres, sino con hacer el bien y beneficiar a los demás. No se preocupa demasiado por atender sus apetitos y deseos, sino por una sola cosa: cómo satisfacer el ardiente anhelo de su corazón. A causa de este anhelo, no entrega únicamente sus bienes a los pobres y a quienes se los piden, sino también —lo más valioso de todo— su propia libertad.

El misericordioso no vive sino para la agapi (amor desinteresado) al prójimo y, de este modo, confiesa su agapi-amor a Dios amando a su hermano.

El misericordioso se acerca a quien se encuentra afligido; no aparta su rostro del pobre ni sus ojos de quien le pide ayuda. No niega lo que debe dar al hermano que se lo pide por necesidad. Al hambriento le da pan, sacia la sed de los sedientos, da cobijo a los pobres, viste a los desnudos, ayuda a quienes sufren, visita a los encarcelados y acoge a los extranjeros.

Siembra sin escatimar, poniendo su esperanza en el Señor, y la riqueza que distribuye de este modo queda depositada en el cielo. El misericordioso permanece como un olivo cargado de frutos ante la casa de Dios. Nunca pierde su esperanza en Dios, sino que la mantiene siempre floreciente. Imita el verdor perenne del árbol y anhela su abundancia de frutos, ofreciendo limosna generosamente en todo tiempo y a todos. Bienaventurado es el misericordioso, porque se convertirá en heredero de la Realeza increada de Dios, preparada desde la creación del mundo.

A los misericordiosos, el Señor les dirá: «¡Venid vosotros los benditos de mi Padre, heredad el reinado de la realeza increada de los cielos preparado para vosotros desde el momento que se estaba fundamentado, cimentado el mundo! Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis en vuestra casa, estaba desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo y me visitasteis; estaba en prisión y vinisteis a mí» (Mt 25,34-36).

 

  1. La imagen del hombre sin misericordia

La imagen del hombre sin misericordia es la imagen ética y moral más abominable, porque la crueldad, la dureza de corazón y la falta de filantropía sumergieron sus pinceles en los colores más oscuros y la pintaron con extraordinaria maestría. Su aspecto provoca horror. Nadie quiere mirarla; todos apartan de ella el rostro con repugnancia. Es repulsiva y espantosa, y provoca una terrible aversión en quienes le dirigen siquiera una mirada.

El hombre sin misericordia padece insensibilidad de la psique-alma. El sufrimiento de quien padece no le provoca ningún sentimiento de tristeza. Su corazón no se conmueve ante los dolores de su hermano; su mirada contempla con indiferencia a la humanidad sufriente, y ha cerrado sus oídos a los lamentos de quienes han quedado arruinados. La agapi-amor es un sentimiento desconocido para él. En su lugar existe una especie de odio que se manifiesta como indiferencia; no hay en su interior ningún sentimiento noble.

La inhumanidad mantiene su mano recogida para que no la extienda y practique la misericordia, y mantiene sus labios cerrados para que no pronuncien palabras de consuelo. Aparta su rostro del pobre y sus ojos del mendigo; rechaza al hombre que se encuentra afligido e insulta a quienes le piden ayuda. Considera su riqueza propiedad suya y la derrocha para satisfacer sus pasiones. Los placeres lo conducen a la saciedad, pero no entrega las sobras de su mesa a quienes tienen hambre; se embriaga organizando banquetes, pero no ofrece un vaso de agua a los sedientos.

Acoge y frecuenta a quienes poseen grandes casas, pero expulsa a los extranjeros y a los forasteros. «Se viste de púrpura y lino fino», pero no da ni una prenda vieja a sus hermanos desnudos para que se cubran. Se interesa por la salud de sus amigos acomodados y descuida a sus hermanos enfermos y postrados en cama. No duda en recorrer largas distancias para disfrutar libremente de sus bienes junto con otros, pero ni siquiera se le pasa por la mente visitar a quienes sufren en la cárcel.

Duro de corazón e incircunciso en su corazón, desprecia los mandamientos divinos y camina por la senda de la impiedad.

Se muestra ingrato y desagradecido con Dios, que le concedió sus riquezas, pues no le devuelve lo que le corresponde, sino que derrocha su fortuna para satisfacer sus pasiones (pazos) y deseos perversos. Vive acumulando para sí la ira del Señor para el día de la ira y de la apocálipsis/ revelación del Señor (Rom 2,5), añadiendo iniquidad y suciedad a sus iniquidades y pecado a sus pecados. El hombre sin misericordia o compasión se ha alejado de Dios, y Dios se ha alejado de él. Recibirá la recompensa correspondiente a su dureza de corazón el día de la retribución.

El hombre sin misericordia es un hombre desdichado y desgraciado, porque su corazón nunca ha experimentado la alegría de hacer el bien y practicar la limosna y la caridad. No comprendió que ninguna otra alegría nace en el corazón que sea mayor que la de la caridad, limosna. No comprendió que el verdadero deleite reside en la agapi-amor al prójimo. No comprendió que la paz de su corazón comienza en el corazón de su prójimo; que, cuando da a los demás, acumula una riqueza eterna, inagotable y verdadera, con la cual únicamente podemos adquirir la Realeza increada de los Cielos.

No comprendió que Dios, rico en misericordia, recompensa abundantemente a los misericordiosos; que quien practica la misericordia aparentemente dispersa sus bienes, pero en realidad los acumula. Olvidó que debe rendir cuentas al Dios filántropo por la manera en que administró la riqueza que le fue concedida. Olvidó la terrible amenaza del Señor pronunciada contra los que carecen de misericordia. Olvidó el terrible día del juicio y la espantosa condena que le espera. Olvidó el río de fuego al que la sentencia del Señor lo enviará para sufrir eternamente. ¡Hombre miserable, desgraciado y desdichado!

 

  1. Sobre la βασκανία vascanía mal de ojo y el βάσκανος váscanos

[Βασκανία (vascanía): mal de ojo, envidia maligna, fascinación y mirada dañina, tristeza ante el bien del otro. También se entiende como una forma de influencia demoníaca.

Βάσκανος (váscano), envidioso y malévolo; quien desea el mal ajeno o ejerce el mal de ojo.

-Aquí, en este capítulo, conservaré el término griego transliterado vascanía y váscano, ya que en español no existe una palabra equivalente.]

Sin embargo, o tiene lugar, no es real ese supuesto «mal de ojo» o «aojamiento» entendido como una influencia dañina directa que emana del ojo, de la mirada o del estado psíquico de otra persona. Por ello, también se rechaza y se prohíbe el llamado «ritual para quitar el mal de ojo», así como los amuletos de origen pagano y demoníaco, los ojos, las cuentas y otros objetos semejantes, junto con otras prácticas no ortodoxas que supuestamente sirven para protegerse de la envidia maligna y combatirla. Lo mismo ocurre con quienes escupen sobre su pecho para impedir supuestamente el mal de ojo mediante el escupitajo, tocan o golpean la madera, se mueven de su sitio, etc.

La vascanía envidia maligna es una hostilidad injusta contra quien disfruta de algún bien, una hostilidad persistente e indestructible. Es una pasión difícil que arrastra al hombre hasta hacerle despreciar incluso su propia salvación. La vascanía mal de ojo o envidia maligna empaña las cosas buenas.

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la vascanía: «Otra pasión que gobierna la vida de los hombres, corroyendo el corazón como el óxido corroe el hierro, es la vascanía mal de ojo o envidia maligna. Ciertamente, tiene muchos males, pero en un aspecto resulta útil: es perjudicial para quien la alberga. Porque váscano perjudica poco a aquel a quien envidia, pero se devora a sí mismo con la tristeza y los suspiros que le provoca el bienestar de su prójimo. No disminuyó la alegría de su vecino, pero él mismo se consumió por dentro a causa de la vascanía envidia maligna».

La vascanía envidia maligna o mal de ojo es peor que la guerra, porque quien combate, cuando desaparece la causa que originó la guerra, pone fin también a la enemistad; el váscano, en cambio, no tiene otra causa que su propia locura y su voluntad satánica. Siempre envidia con maldad. ¿Con qué podría compararse semejante psique-alma? ¿Con qué serpiente? ¿Con qué gusano? No existe nada más abominable ni más perverso que una psique-alma así. Porque por su causa se derribaron Iglesias, surgieron herejías y se armó la mano del hermano. El váscano tiene una mirada maligna que codicia los bienes ajenos.

Es váscano y no se preocupa por la salvación de su psique-alma; solo le importa la destrucción del otro. Al váscano si le llamas demonio y fiera, no pecas. Los váscanos son peores que las fieras, porque estas nos atacan, ya sea para conseguir alimento o porque las hemos enfurecido y se han asustado. Ellos, en cambio, incluso después de haber recibido muchas veces beneficios, han perjudicado a sus benefactores y los han perseguido.

El váscano solo se preocupa por satisfacer cualquiera que sea su deseo, tanto si este ha de conducirlo al castigo como si ha de llevarlo a la destrucción. El váscano se consume de tristeza. Convive perpetuamente con la muerte y cree que todos son sus enemigos, incluso aquellos que no le han hecho ningún daño.

 

  1. Sobre la gratitud y el agradecimiento

La gratitud es el sentimiento bueno y noble que experimenta el beneficiado hacia su benefactor. El agradecimiento, por su parte, es la buena disposición del beneficiado para corresponder al favor recibido de su benefactor y reconocerlo. El hombre agradecido es aquel que desea dar las gracias, y quien desea dar las gracias también es agradecido. El hombre agradecido y quien expresa su agradecimiento tienen un corazón bueno, un nus sano y una psique-alma sincera, libre de engaño. Son personas buenas y recuerdan siempre y en todas partes el beneficio que recibieron, bendiciendo el nombre de su benefactor.

Piden a Dios por su salud y por la prolongación de su vida. Su corazón ama a su benefactor y su boca lo alaba. Lo recuerdan en sus oraciones y lo mencionan en sus súplicas. Tienen un carácter apacible, una mirada agradable y se relacionan con su benefactor con agapi-amor. Son delicados en sus modales, nobles en su comportamiento y queridos por todos. Los agradecidos y quienes corresponden con gratitud son miembros útiles de la sociedad: trabajan por el bien y actúan con justicia. Corresponden al bien con buena disposición y se apresuran a ayudar a su benefactor en cuanto este les pide algo.

Su benefactor se ha convertido en su amigo, y ellos cuidan de su honor y reputación. Se alegran con la alegría de su benefactor y se entristecen con él cuando está triste. Los agradecidos son amados por Dios, que los protege todos los días de su vida. Dios bendice su casa y les concede los bienes de la tierra. Quien es agradecido con su benefactor también lo es con Dios: le da gracias por Sus beneficios y donaciones y bendice Su nombre. El hombre agradecido y lleno de gratitud es piadoso, respetuoso y justo, teme a Dios y obra ante Él lo bueno, lo agradable y lo perfecto. Dios lo honrará.

 

  1. Sobre la ingratitud y la falta de agradecimiento

La ingratitud consiste en olvidar el beneficio recibido y carecer de todo sentimiento amistoso hacia el benefactor. La falta de agradecimiento consiste en no estar dispuesto a corresponder al favor recibido. El ingrato tiene una psique-alma insensible, porque no siente el beneficio que ha recibido. El ingrato tiene un corazón incapaz de compasión, porque no nace en él ninguna simpatía hacia su benefactor ni se desarrolla sentimiento alguno de agapi-amor hacia él. Su corazón está vacío de agapi-amor.

El ingrato no ama ni siquiera a Dios, que lo colmó de bienes y satisfizo sus deseos. Porque, si no ama a su benefactor, a quien ve, ¿cómo podría amar a Dios, a quien no ve? El ingrato tiene una mente perversa, porque se convence a sí mismo, mediante razonamientos absurdos, de que no debe ningún favor ni gratitud a su benefactor.

El ingrato es un hombre peligroso para su benefactor, porque el beneficio que no hace nacer agapi-amor en el corazón engendra odio. Al beneficiar a un ingrato, el benefactor ha adquirido un enemigo más y, desde ese momento, debe protegerse de él. El beneficio engendra tristeza en el corazón del ingrato; la tristeza engendra hastío, el hastío engendra odio y el odio engendra enemistad contra el benefactor. El hombre desagradecido, al igual que el ingrato, es insensible ante los beneficios recibidos.

No está dispuesto a corresponder al favor y devuelve males en lugar de bienes. Niega al benefactor la correspondencia debida y no reconoce que debe darle las gracias. Terrible, y verdaderamente espantosa, es la ingratitud, porque, aunque el desagradecido ha recibido tantos beneficios y debería sentirse obligado por los numerosos y grandes favores que ha recibido, responde con ingratitud, insultos y deshonra. Pero constituye un exceso de ingratitud convertir la filantropía del benefactor en motivo para mostrarse desagradecido.

Los desagradecidos llegan a ser tan insolentes que no solo desprecian a sus benefactores, sino que incluso levantan las cejas cuando los ven, tratándolos con desdén y deshonor. En lugar de amarlos, los acusan falsamente y, en vez de devolver bienes, responden con maldad. Aunque el desagradecido recibe hospitalidad y cuidados, de su boca salen palabras ofensivas contra quien lo benefició. El desagradecido se parece a un recipiente agujereado: por mucho que se viertan en él los bienes que se le ofrecen, estos vuelven a escaparse al vacío.

Plutarco dice acerca del desagradecido: «Beneficiar a un ingrato es como ungir con perfume a un muerto; alimentar a una serpiente y beneficiar a un malvado son una misma cosa».

Los beneficios no impulsan a los desagradecidos a obrar con bondad, sino que los incitan, con insolencia y descaro, a levantarse contra sus benefactores. Los desagradecidos son desvergonzados, porque a la ingratitud le sigue la desvergüenza, que consideramos la principal instigadora de todas las malas praxis, acciones. Los desagradecidos sienten tal aversión hacia sus benefactores que cuentan los años de su vida y desean su muerte. Así son los desgraciados desagradecidos y los ingratos.

 

  1. Sobre la indulgencia y el hombre indulgente

La indulgencia es una virtud que expresa benevolencia, apacibilidad, mansedumbre, moderación, gratitud y bondad. Es una virtud de gran valor ético que manifiesta la nobleza de una psique-alma generosa y buena. El hombre indulgente soporta con mansedumbre las injusticias que padece, no solo las que proceden de quienes pueden ejercer autoridad o se encuentran por encima de él, sino también las de quienes son considerados inferiores. El hombre indulgente soporta siempre con magnanimidad y mansedumbre las faltas de los demás y tolera las carencias y los defectos de sus hermanos.

El hombre indulgente es afable con todos, conversa con dulzura, soporta con sensatez a quienes lo afligen y perdona las deudas de sus deudores; perdona a los pecadores y juzga sus acciones con indulgencia. Se acerca a todos, obedeciendo a la ley de la indulgencia, y se muestra agradable, dulce, lleno de apacibilidad y bondad. El hombre indulgente demuestra con sus actos que es un verdadero discípulo del Señor y que en él habita el espíritu de la Jaris (Gracia, energía increada). A quienes lo golpean, el hombre indulgente les responde con indulgencia, silencio y magnanimidad.

San Gregorio el Teólogo enseña diciendo: «Venzamos a quienes nos tiranizan mediante la indulgencia y, sobre todo, mediante la filantropía. Que nuestro objetivo sea el perdón, y nuestra fuerza, el mandamiento que se nos ha dado de ofrecer a los demás la misma filantropía que nosotros hemos recibido y que también nosotros necesitamos».

El hombre indulgente encontrará un juez indulgente y recibirá el perdón de sus pecados.

 

  1. Sobre la compasión

La compasión es la sensibilidad de una psique-alma buena que ama a su prójimo. La compasión es una gran virtud; es un movimiento de la psique-alma que desea el bien de su hermano y trabaja para conseguirlo. La compasión es una gran virtud porque hace que el hombre compasivo se asemeje a Dios.

El hombre compasivo imita el ejemplo de nuestro Salvador Jesús, que se compadeció del mundo y lo redimió de la opresión de los males, de la miseria, de las tribulaciones, de las pasiones (pazos), de la desgracia, de la ignorancia y de la falta de conocimiento. El hombre compasivo comparte el sufrimiento de quienes padecen y considera propio el sufrimiento de su prójimo; corre a ayudarlo y siente alivio cuando su prójimo deja de gemir.

El hombre compasivo, como el buen samaritano que tuvo misericordia de quien cayó en manos de los ladrones y lo salvó de la perdición, está siempre dispuesto a acudir en ayuda de quienes se lo piden. Se complace en realizar obras de beneficencia y se llena de alegría cuando alivia los sufrimientos de la humanidad afligida. Desea eliminar la desgracia del mundo y extender la alegría y el júbilo hasta todos los rincones de la tierra. Ha amado al ser humano y está dispuesto, como verdadero discípulo del Señor, a sacrificarse para que prevalezcan la paz y la alegría en el mundo.

Es generoso con todos y, además de ofrecer sus propios bienes, solicita también la contribución de otras personas filantrópicas para ayudar a los hambrientos. No tiene en cuenta el cansancio ni el esfuerzo que realiza para hacer el bien, porque la sonrisa alegre de quien recibió el beneficio ha apartado de él todo sentimiento de dolor y ha llenado su corazón de una alegría mística y espiritual. El hombre compasivo acude allí donde lo llama el gemido de la humanidad sufriente. No se limita a satisfacer las necesidades corporales de quien padece, sino que también anhela y procura la curación y el consuelo de la psique-alma de su prójimo.

El hombre compasivo funda instituciones filantrópicas con el propósito de atender y curar el cuerpo y la psique-alma de sus hermanos. Rechaza a los avaros, por ser despiadados e incapaces de compasión, y ama a los misericordiosos como hermanos de Jesús Cristo. Libera a los cautivos, consuela a los afligidos, vuelve a levantar a quienes han caído, atiende a los agotados y enjuga las lágrimas de quienes están de duelo. Misericordioso, compasivo y amante de sus hermanos, llega incluso al sacrificio para salvar a quienes corren peligro de perecer.

San Gregorio el Teólogo dice acerca del hombre compasivo: «Este ofrece más que cualquier otra cosa la filantropía con la que Dios se complace».

Bienaventurado es el hombre compasivo, porque ya desde aquí experimentará la alegría de los bienaventurados y, en la vida futura, disfrutará también de la felicidad y bienaventuranza eterna. El hombre compasivo escuchará aquella dulce voz del Salvador el día de la retribución: «¡Venid vosotros los benditos de mi Padre, heredad el reinado de la realeza increada de los cielos preparado para vosotros desde el momento que se estaba fundamentado, cimentado el mundo!» (Mt 25,34).

 

  1. Sobre el hombre pacificador

El pacificador es hijo de la vocación celestial, hijo de la Realeza celestial. Cristo Salvador proclama bienaventurados a los pacificadores, diciendo: «Bienaventurados y felices los pacificadores o los que hacen obra de paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios; (Dichosos los que a su interior por su santificación tienen la paz y la transmiten también a los demás, pacificándolos entre sí y con Dios, porque ellos serán reconocidos y proclamados en el mundo terrenal y celeste hijos de Dios)» (Mt 5,9). La paz ha establecido su morada en su interior y domina su corazón. El pacificador vive en paz con todos. Está en paz consigo mismo, en paz con Dios y en paz con el prójimo; vive en paz tanto con quienes lo aman como con quienes lo odian.

Trabaja por el restablecimiento de la Realeza increada de Dios sobre la tierra y se dedica por completo a esta tarea para que prevalezca. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que anuncia la buena noticia de la paz, del que anuncia los bienes!» (Is 52,7). Es justo y ama la justicia, de la cual brota la paz. Ama la verdad, habla el lenguaje de la verdad y la verdad trae la paz. Busca la paz con todos, la paz conforme a Dios, aquella que prevalece en el nombre de Dios y que de ningún modo tolera la maldad; busca la paz que está inseparablemente unida a la virtud.

Ama la ley de Dios y guarda Sus mandamientos con temor sagrado y respeto. Al cumplir los mandamientos y logos divinos, encuentra una gran paz en su corazón. Vive para la paz, y su nombre es más dulce en sus labios que la miel y la cera. Su boca la alaba y su corazón la anhela intensamente. La paz es su alegría y su objeto de filosofía y reflexión. Con ella se embellece, con ella es glorificado y en ella se deleita su espíritu. No anhela ningún otro bien, porque su corazón está lleno, lo ha llenado la paz de Dios. Su felicidad es inmutable, firme, estable y permanente, porque es fruto de la paz, resultado de un don divino, un regalo de Dios. El pacificador vivirá eternamente disfrutando de los bienes de la paz.

 

  1. Sobre la paz de Dios

¡Paz amiga y amada, nombre y realidad dulces! ¡Paz amiga, objeto de mi reflexión y ornamento de mi vida! Nos referimos, por supuesto, a la paz de Dios, cuyo Dios es Dios mismo, puesto que Dios es la paz. La paz unida a la justicia es algo divino. La cumbre de todo cuanto nos alegra es la paz; cuando falta, nada de cuanto podría proporcionarnos satisfacción puede sustituirla. Y, ciertamente, la paz mundana queda muy por debajo de ella. Quienes demuestran que abrazan el bien de la paz están cerca de Dios y rechazan y aborrecen manifiestamente la discordia.

Nada es igual a la paz, nada es más armonioso. La paz verdadera es la paz con Dios. De nada nos sirve estar en paz con todos si somos enemigos de Dios; del mismo modo, no sufrimos ningún perjuicio si todos luchan contra nosotros, pero nosotros permanecemos en paz con Dios. Si alguien ha llegado a participar de la paz que Dios concede, no necesita ningún otro bien. La paz es un bien otorgado por Dios, que tiene su morada en el cielo y que se nos concede por la divina condescendencia.

La paz de Cristo es segura, inamovible, estable, permanente, inmortal y no tiene fin. Y puesto que es un regalo que trasciende el mundo, la paz de Cristo no tiene límites; porque, si procediera del mundo, habría existido en él desde la creación del mundo. Pero ahora, quien ha recibido la paz de lo alto y la ha conservado convivirá con ella eternamente. La paz de la que habla Salomón está limitada en el tiempo, mientras que la paz del Señor se extiende por todos los siglos. La paz del mundo llega allí donde antes había agitación; la paz de Cristo, en cambio, no solo nos persuade a vivir en paz con nuestros semejantes, sino también con nosotros mismos, para que la carne no se rebele contra la psique-alma.

Que nadie piense que toda paz es digna de ser amada, porque he conocido una rebelión buena, así como una concordia muy perjudicial. No toda paz es irreprochable y buena; muchas veces es precaria y está alejada de la agapi-amor divino, especialmente cuando vivimos en paz y estamos de acuerdo para abolir la verdad. Existe una guerra pura y una paz más dolorosa que cualquier batalla mortal. (Gregorio el Teólogo, Logos VI. Sobre la paz y la discordia).

Se llama pacificador, sobre todo, a quien conduce a un acuerdo pacífico la rebelión de su carne y de su espíritu, poniendo fin a la guerra civil de su propia naturaleza. Cuando ya no está activo el mandato del cuerpo que combate contra la ley del nus (espíritu), sino que queda sometido a la Realeza más poderosa, el hombre se convierte en servidor de los mandamientos divinos. La paz es el comienzo de los bienes que Dios quiso conceder abundantemente a la tierra. El himno angélico da testimonio de esta verdad. Nuestro Señor Jesús Cristo dio Su propia paz a los Apóstoles: «Me voy y os dejo la paz, os doy mi profunda y verdadera paz; no como este mundo la da, que es una paz hipócrita, engañosa e inestable» (Jn 14,27).

La paz, como donación divina, permanece en los corazones que han sido purgados, psicoterapiados y sanados y abandona los impuros y contaminados. Quien carece de paz, carece de la Jaris divina. La paz eleva a quien la ha recibido y lo coloca en una elevada posición de doxa-gloria; lo reviste con el manto del honor, ilumina su rostro y lo hace resplandeciente y admirable. Sus palabras son buenas y todo cuanto realiza es admirable.

 

  1. Sobre la magnanimidad, tolerancia, longanimidad

La magnanimidad es una virtud de la psique-alma noble y generosa, que tiene como fundamento la agapi-amor hacia el prójimo. La magnanimidad es grandeza de alma, gran tolerancia y amiga de la apacibilidad. La magnanimidad da testimonio de una buena educación de la psique-alma y se manifiesta como compasión, filantropía, modestia y justicia. El magnánimo domina su ira y su cólera; además, apacigua los impulsos de su corazón, se compadece de quienes han cometido alguna falta y siente pesar por quienes pecan.

Su examen corrección se lleva a cabo con indulgencia, y sus palabras se expresan con prudencia y sensatez. La cólera y el furor no oscurece su nus y la ira no perturba su mente y su razón. Su semblante es agradable y sus movimientos, decorosos. Dotado de gran sensatez, no juzga con dureza apasionada, sino que emite un juicio benevolente sobre las faltas.

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la magnanimidad:

«La magnanimidad o longanimidad es la causa de todos los bienes; es la raíz de toda filosofía, constituye un arma invencible y una torre inexpugnable, que afronta con facilidad las aflicciones y las dificultades. Y así como, si una chispa cae en el abismo, este no sufrirá daño alguno, sino que la chispa se apagará fácilmente, así también, en la psique-alma magnánima, longánima, cualquier acontecimiento inesperado que se presente desaparece fácilmente, mientras que ella permanece imperturbable. Porque la magnanimidad es más poderosa que todas las cosas. Ya se trate de ejércitos, de dinero, de caballos, de murallas, de armas o de cualquier otra cosa, no encontrarás nada que pueda igualarla.

Porque quien posea todas estas cosas, si es dominado por la ira, muchas veces se comporta como un niño inmaduro, haciendo mucho ruido y lleno de agitación. El magnánimo o tolerante, en cambio, disfruta de una profunda serenidad, como si estuviera sentado en un puerto seguro. Así como no puedes vencer a una roca, por mucho daño que intentes causarle; ni se turba una torre, por muchos insultos que le dirijas; ni se destruye un diamante, por muchos golpes que quieras asestarle».

¡Bienaventurado y dichoso el hombre, magnánimo y tolerante!

 

  1. Sobre la apacibilidad o mansedumbre

La apacibilidad o mansedumbre es la serenidad de una psique-alma bondadosa que ama a Dios y a su prójimo. La apacibilidad es una virtud admirable que deleita a quienes contemplan su imagen. La dulzura de su carácter, extendida a toda su conducta, la adorna con la Jaris increada como a una persona de gran belleza y provoca alegría en quienes la contemplan. La apacibilidad es una riqueza inestimable, un nombre divino, un don celestial, una escala que eleva al hombre al cielo. La apacibilidad convierte al hombre en imagen de Jesús, el apacible o manso, que calienta su corazón. La apacibilidad va acompañada de humildad, ausencia de rencor y paciencia.

El apacible es benévolo y amistoso con todos, y trata con indulgencia a quienes pecan. El apacible no se burla, no insulta ni blasfema, sino que corrige con agapi-amor a quienes han cometido una falta. No combate ni disputa, sino que conversa serenamente con todos. Sus palabras fluyen dulcemente de su boca. El apacible es capaz de enseñar y no guarda rencor; instruye con apacibilidad a quienes se le oponen. Como hombre espiritual, corrige con espíritu de apacibilidad a quien ha caído en alguna falta.

El Señor dirigirá su mirada al humilde y al apacible o manso (véase Is 66,2); lo guiará en sus decisiones y le enseñará el camino de su vida (véase Sal 24,8-9). Los apacibles heredarán la tierra y «la poblarán abundantemente en paz» (Sal 36,11).

El apacible, con gran humildad, apacibilidad y magnanimidad, soporta con agapi-amor a su hermano. Como elegido y amado de Dios, con un corazón compasivo, revestido de bondad y humildad, se comporta con todos con espíritu de apacibilidad. Dichoso quien ha conquistado la virtud de la apacibilidad, porque lleva la imagen de Cristo, de quien se ha convertido en verdadero discípulo.

 

  1. Sobre ανεξικακία anexikakía sin kakía maldad

La ausencia de maldad consiste en soportar los males y olvidarlos por agapi-amor al prójimo. La ausencia de kakía maldad enseña la moderación, el perdón, la ausencia de ira, la magnanimidad, la apacibilidad y el no guardar rencor y resentimiento.

El hombre que no guarda kakía maldad y rencor renuncia a la venganza por amor a la paz y responde con el bien al mal que ha sufrido; el hombre que no guarda kakía maldad y rencor es una imagen de Cristo.

Ejemplo de ausencia de kakía maldad y rencor son el Salvador y sus discípulos, quienes, mientras los crucificaban y les daban muerte, oraban por sus verdugos.

 

  1. Sobre la φιλαργυρία filargiría avaricia, amor a la plata, al dinero

La avaricia es el amor a la plata, el dinero y el deseo de riqueza que se apodera del corazón y cautiva el nus (espíritu). La avaricia es una enfermedad extraña y paradójica de la psique-alma, raíz de los males, verdadero tormento e infierno, cima de los pazos, vicios, de los males y cima de los pecados.

San Juan Crisóstomo dice acerca de la filargiría avaricia: «Todos los males que encuentres son brotes de la avaricia. Dondequiera que los encuentres germinando, ya sea en el hogar, en el mercado, en los tribunales, en los consejos deliberantes o en los palacios reales».

La filargiría avaricia impulsa a muchos a cometer injusticias con la esperanza de obtener dinero y se convierte en causa de numerosos males para los hombres. La avaricia es una pasión (pazos) de la psique-alma que provoca sed de oro y la abrasa tanto más cuanto más oro se acumula para apagarla. La avaricia es artífice de la pobreza, porque atesora para sí misma, pero no para quien la posee; a este lo deja en la privación y, en realidad, lo empobrece.

Es destructora de la psique-alma, porque corrompe todo lo saludable que esta ha alcanzado y empaña todas sus virtudes. Es amiga del infierno, pues conduce con seguridad hacia él. Es enemiga de la Realeza increada de los Cielos, porque cierra la puerta de entrada al Paraíso. Es madre de todos los males, porque impulsa a toda clase de injusticia. Es cruel e implacable, despiadada y tiránica; primero oprime a quien la ama y después lo mantiene cautivo. La avaricia engendra la codicia, la tacañería, la ingratitud, la falta de agradecimiento y la muerte de la psique-alma.

Plutarco dice acerca de la filargiría avaricia: «La bebida apagó el deseo de beber, y el alimento sació el deseo de comer. Pero la avaricia no fue apagada ni por la plata ni por el oro. Tampoco la codicia se detiene cuando obtiene lo superfluo. Por eso, se podría decir al rico, como si fuera un médico arrogante: “¡Tu medicina, médico, agrava aún más mi enfermedad!”».

 

  1. La imagen del avaro

El avaro es un hombre profundamente desgraciado y desdichado, porque padece una enfermedad incurable en la psique-alma y soporta toda clase de sufrimientos. Tiene sed de oro; sin embargo, aunque un río de oro pase por sus manos, no consigue librarse de su sed. Padece como Tántalo*, que es incapaz de apagar su sed y refrescar sus labios ardientes bebiendo de las aguas del río que fluye a su lado. El temor a perder sus bienes perturba su psique-alma. Su corazón sufre a causa de semejantes inquietudes.

No ama a nadie, porque ha amado su tesoro. Donde está su tesoro, allí está también su corazón (véase Mt 6,21). Para él, ese tesoro es su dios: ha erigido en su corazón un ídolo de oro y le ofrece su adoración, su sacrificio y sus ofrendas. Solo en él cree y en él ha depositado sus esperanzas. Ha edificado toda su felicidad sobre la veneración de esa riqueza e imagina que su satisfacción y su deleite consisten en servir y custodiar ese tesoro.

Su nus se ha oscurecido, su corazón se ha endurecido y su psique-alma se ha corrompido. Todo bien que hubiera adquirido en su psique-alma ha quedado empañado o se ha perdido por completo. Es despiadado, insensible al sufrimiento ajeno, incapaz de compasión y sin misericordia; los padecimientos de su hermano no conmueven su corazón insensible. La desgracia de sus hermanos no estremece sus entrañas; no se preocupa por nadie, no se compadece de nadie ni muestra simpatía por nadie. Si la sociedad humana estuviera a punto de perecer de hambre, no querría abrir sus almacenes.

Encuentra en la desgracia ajena una oportunidad para aumentar su riqueza. Codicioso e insaciable, se aprovecha de las dificultades de los demás y se alegra más de ellas que de la fertilidad de la tierra y de la prosperidad de su prójimo. Se acerca de casa en casa y de campo en campo, por si puede arrebatar y apropiarse de cualquier cosa, hasta conseguir, si le fuera posible, apoderarse de todo. El avaro es un maníaco, porque el amor al dinero lo ha hecho enloquecer. Desprecia y descuida lo que ya ha adquirido, pero sufre por el deseo de aquello que no ha conseguido obtener.

San Basilio el Grande dice acerca del avaro: «Nada puede contenerlo; es más impetuoso que el fuego, que quiere devorarlo todo. No se dedica a disfrutar de lo que ha acumulado, sino que se consume a sí mismo con el deseo de adquirir más bienes. Esto le provoca insomnio y preocupaciones y afanes cotidianos. Cuanto más aumenta la riqueza, tanto más aumentan las preocupaciones cotidianas de la vida».

Por su parte, san Juan Crisóstomo dice: «Los que aman el dinero son profundamente envidiosos y malvados, juran en exceso y perjuran, son insolentes, irónicos, ladrones, desvergonzados, provocadores e ingratos, y reúnen en sí todos los males del mundo».

El avaro no tiene amigos ni familiares; se ha visto privado de la simpatía de los hombres y todos lo desprecian. El avaro carece de libertad, porque su avaricia ha esclavizado su psique-alma. Aunque posee todo lo necesario para disfrutar, atraviesa su vida sin alegría, porque no tiene a nadie que se la proporcione.

Contra la avaricia y los avaros, Juan Crisóstomo, el de la lengua de oro, dice:

«Evitemos la avaricia, raíz de todos los males, y apartémonos siempre de ella».

Pablo dijo, o más bien Cristo por medio de Pablo: «¿Qué mal existe que no se cometa por dinero?». ¿O, mejor dicho, por la mala disposición de quienes no saben utilizarlo? Aparta, pues, el amor al dinero, y cesará la guerra, terminará la lucha y llegarán a su fin la enemistad, la discordia y las disputas. A los avaros hay que expulsarlos del mundo como a destructores y lobos.

Así como ciertos vientos contrarios y violentos, cuando azotan un mar tranquilo, lo agitan desde sus profundidades y mezclan la arena del fondo con las olas, así también los amantes del dinero lo trastornan todo. El amante del dinero no conoce amigo alguno. ¿Y qué digo amigo? Ni siquiera confía en Dios, porque, dominado por aquel deseo, pierde el dominio de sí mismo y enloquece.

¡Hombre desgraciado, desdichado y miserable!

* [Tántalo (Τάνταλος) fue un personaje de la mitología griega, rey de Sípilo e hijo de Zeus, según la tradición más conocida.

¿Qué hizo Tántalo?

Según los relatos mitológicos, Tántalo gozaba del favor de los dioses y participaba en sus banquetes. Sin embargo, cometió graves transgresiones contra ellos. La tradición más conocida cuenta que ofreció a su propio hijo, Pélope, como alimento en un banquete para poner a prueba la omnisciencia de los dioses. Los dioses descubrieron lo sucedido y castigaron a Tántalo.

¿Cuál fue su castigo?

Fue condenado a padecer eternamente en el Hades una tortura basada en la frustración de sus deseos:

-Permanecía en el agua, pero cuando intentaba beber, esta se retiraba.

-Sobre él colgaban ramas cargadas de frutos, pero cuando intentaba comer, estas se alejaban.

-En algunas versiones, una enorme roca amenazaba constantemente con caer sobre él.

De ahí procede la palabra «tantalizar», que significa provocar un deseo intenso mostrando algo que parece estar al alcance, pero que resulta imposible obtener.

¿Qué simboliza Tántalo?

Tántalo representa la insatisfacción perpetua, el deseo que nunca llega a saciarse y las consecuencias de la soberbia y de la transgresión.

Desde una perspectiva cristiana, puede establecerse una comparación simbólica —sin confundir la mitología con la enseñanza de la Iglesia— con el ser humano dominado por las pasiones: busca saciar sus deseos en bienes creados, pero nunca encuentra en ellos la plenitud espiritual que anhela.]

 

  1. Sobre la autosuficiencia

La autosuficiencia significa contentarse con lo que se tiene, hallar sosiego en lo poco y necesario y no buscar lo superfluo. Autosuficiente es quien permanece satisfecho con lo que le pertenece y encuentra sosiego en sus propios ingresos.

Los Padres dijeron que la piedad acompañada de autosuficiencia es un gran beneficio. El apóstol Pablo entiende por autosuficiencia tener el alimento necesario y el vestido (véase 1 Tim 6,8). Sirácida dice: «La vida de quien trabaja y se contenta con lo necesario será dulce» (Sabiduría de Sirác 40,18). La Divina Providencia dispuso que nuestra vida tuviera autosuficiencia y sencillez; sin embargo, el hombre buscó el lujo y la variedad de alimentos, y por eso provocó muchas y diversas enfermedades.

La autosuficiencia consiste en tener lo necesario para satisfacer las propias necesidades. Pablo recomienda que la autosuficiencia vaya acompañada de la piedad.

Clemente de Alejandría dice acerca de la autosuficiencia: «La autosuficiencia es el hábito de contentarse con aquello que se necesita y, mediante ella, adquirir lo que contribuye a llevar una vida feliz, porque quien vive con autosuficiencia no se inquieta por los cambios de las circunstancias».

La autosuficiencia, dice el divino Crisóstomo, es alimento, satisfacción y salud. El autosuficiente, puesto que no necesita los bienes ajenos, es más rico que todos. El autosuficiente está satisfecho y es feliz, porque no carece de nada. El autosuficiente se acerca a Dios, ya que no necesita pedir nada a nadie. Es feliz porque no busca alcanzar ninguna de las cosas que habitualmente persigue el mundo. Conoce lo bueno y lo virtuoso, y no busca el placer en la voluptuosidad o hedonismo. Vive filosóficamente y come solo lo suficiente para mantenerse con vida. El autosuficiente se ha ejercitado en dominarse a sí mismo y en caminar por la senda de la virtud.

Platón dice lo siguiente acerca de la autosuficiencia: «La autosuficiencia es la perfección en la manera de adquirir los bienes necesarios; es un hábito mediante el cual quienes lo poseen se dominan a sí mismos».

 

  1. Sobre la ακτημοσύνη aktimosini carencia y renuncia de posesiones y el hombre que nada posee

[10. Ἀκτημοσύνη (aktimosini) pobreza, carencia de bienes o propiedades, desapego de los bienes, «pobreza voluntaria». La ἀκτημοσύνη no se reduce a pobreza material, sino que conduce a la liberación del nus de la dependencia de las cosas creadas. Véase https://www.logosortodoxo.com/lexico/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo-helenico-espanol-3/}

San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la carencia y renuncia de posesiones: «La carencia de posesiones es un arma poderosa, un refugio invencible y una torre inconmovible. El hombre que nada posee ha confiado en Dios, que dijo: “No te dejaré ni te abandonaré”» (Heb 13,5).

El hombre que nada posee es aquel que se ha desprendido de todos sus bienes y ya no tiene nada en la tierra, salvo su cuerpo. Después de romper todo vínculo con ellos, ha confiado el cuidado de sí mismo a Dios, a los piadosos y a los caritativos.

Nuestro Señor dio instrucciones a sus discípulos acerca de la carencia de posesiones, diciendo: « No aceptéis ni guardéis en vuestros cintos monedas de oro ni de plata ni de cobre, ni llevéis alforja para el camino para poner vuestros alimentos, ni dos túnicas, ni sandalias ni bastón; porque digno es el obrero de su alimento, es decir, vosotros sois obreros espirituales, por lo que los hombres os darán lo que os haga falta, ya que para ellos trabajáis.» (Mt 10,9-10).

 

  1. Sobre la φιλαυτία filaftía, egolatría, amor excesivo a uno mismo

El amor excesivo a uno mismo es un apego apasionado e irracional al cuerpo, al que se oponen la agapi-amor y el dominio de sí mismo. Es evidente que quien padece este amor desordenado y egoísta a sí mismo posee todas los pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.). Este amor obliga a quien lo padece a procurarse muchas cosas superfluas para sí. Oculta numerosos males. Quien se ama desordenadamente a sí mismo actúa siempre únicamente en función de sus propios intereses. Vive solo consigo mismo.

San Juan Damasceno dice lo siguiente acerca de la φιλαυτία filaftía egolatría: «Quienes hacen todas las cosas únicamente por sí mismos cultivan la φιλαυτία filaftía, egolatría el amor desordenado y excesivo a sí mismos, que es el mayor de todos los males. Este hace al hombre distante, insociable, carente de amigos, injusto e impío.

Porque la naturaleza dispuso que el hombre no fuera como las bestias solitarias, sino como aquellas que viven en manadas, en sociedad y conforme a leyes, para que no viviera únicamente consigo mismo, sino también con su padre, su madre, sus hermanos, su esposa, sus hijos y sus demás familiares y amigos; con sus conciudadanos, con los demás miembros de su misma tribu y patria, con sus compatriotas y, en definitiva, con todos los hombres, con personas de todas las partes del mundo y, mucho más aún, con Dios, creador de todas las cosas. Porque así debe ser; si el hombre es lógico, sociable, amante de la humanidad y ama a Dios, también Dios lo amará. El que se ama egoístamente y desordenadamente a sí mismo, impulsado por la filodoxía ambición, vanidosa gloria que odia todas las cosas, no ama ni se preocupa por nadie».

Por su parte, Platón dice acerca de la φιλαυτία filaftía, egolatría, amor excesivo a uno mismo: «Es el mayor mal entre los hombres, innato en las psiques-almas de la mayoría. Y como quien se ama egolátricamente y excesivamente a sí mismo está de acuerdo consigo mismo, no intenta evitarlo. Se trata, pues, de aquello que se dice: que el hombre es por naturaleza amigo de sí mismo, y esto es correcto hasta cierto punto. Pero la verdad es que el amor excesivo a uno mismo, la egolatría, se hace, en cada persona, en causa de todos los pecados. Porque quien se entrega a aquello que él mismo desea queda cegado y, por ello, es incapaz de juzgar correctamente lo justo, lo bueno y lo virtuoso. Prefiere siempre seguir su propio parecer antes que la verdad. Por eso, todo hombre debe evitar amarse a sí mismo en exceso» (Platón, Leyes, libro V).

 

  1. Sobre la queja, el pobrecito de mí y el descontento. Sobre el hombre quejumbroso.

La queja constante y el descontento, el famoso pobrecito de mí, consisten en la insatisfacción con el propio destino, la falta de gratitud hacia Dios, la ingratitud hacia todos, el cuestionamiento incluso de la Divina Providencia, así como en encontrar continuamente defectos y reprochar a todo el mundo.

Teofrasto, en sus Caracteres, dice acerca de la queja y del descontento:

«El descontento consiste en quejarse excesivamente. El descontento es tal que, si alguien le envía una porción de comida, dirá de quien se la envió: “Me tuvo envidia y por eso no me invitó a cenar; le dolió desprenderse del caldo y de un poco de vino”. También se irrita contra Zeus (Dios), no porque llueva, sino porque tarda en hacerlo; y, después de encontrar una moneda en el camino, dirá: “Sí, pero nunca he encontrado un tesoro”. Y a quien le anuncie: “Has tenido un hijo”, le responderá: “Muy bien lo dices, pero, si lo piensas, ¡ya se ha ido la mitad de mi patrimonio!”, etc.».

 

Sobre el hombre quejumbroso y descontentadizo

El hombre quejumbroso y descontentadizo no se alegra por lo que se ha salvado, sino que se atormenta por lo que ha perdido. Esto sucede porque no permite que su nus (espíritu) y su mente se detenga en los bienes que aún conserva, sino que dirige sus pensamientos hacia los que ha perdido, haciendo que revivan en su memoria como si estuvieran presentes y acabaran de suceder.

El hombre descontentadizo y quejumbroso siempre está insatisfecho, porque su ascenso no se produjo de acuerdo con sus méritos, y se indigna contra quienes menosprecian sus virtudes. Se muestra impío hacia Dios por las supuestas injusticias que ha sufrido.

Todo regalo, toda Jaris, todo honor y toda gloria le parecen inferiores a lo que, según él, le correspondería. Nada le agrada, nada le deleita ni lo satisface. De los labios del hombre descontentadizo y quejumbroso no saldrá la palabra «gracias», ni de su corazón se elevará una alabanza a Dios por las abundantes Jaris que ha recibido. El hombre descontentadizo y quejumbroso es ingrato y desagradecido. Incluso se niega a mostrar gratitud hacia sus propios padres. El hombre descontentadizo es un hombre miserable.

 

  1. Sobre la alegría por la desgracia ajena

La alegría por la desgracia ajena consiste en alegrarse de los sufrimientos de los demás. Quien se alegra del mal ajeno se regocija con la muerte de su enemigo, olvidando que todos mueren. El mal ajeno le proporciona sosiego. Se alegra más de las desgracias de los demás que de sus propios bienes. Su psique-alma alimenta odio hacia quienes prosperan y siente aversión por quienes disfrutan de los bienes de la vida. Su corazón está lleno de odio y su deseo más ardiente es la desgracia ajena.

Quien se alegra del mal ajeno es malvado; su semblante es sombrío, su mirada, traicionera; mantiene los labios apretados, sonríe con una sonrisa sardónica y su boca está llena de amargura.

Se alegra más de las guerras que de la paz y disfruta más viendo a quienes sufren que a quienes prosperan. Se deleita con los males y se regocija con la perversión de las cosas. Su modo de vida está torcido y su trayectoria es tortuosa. Se enorgullece de su maldad y va acompañado de ella. Dios le dará su retribución conforme a los deseos de su corazón perverso. ¡Ay de él en aquel terrible día de la retribución!

 

  1. Sobre la dignidad decorosa y la modestia en el comportamiento.

La dignidad decorosa se construye mediante el perfeccionamiento del carácter. La verdadera dignidad decorosa, que constituye el carácter ético de la persona digna, tiene sus fundamentos en el hombre interior; es el reflejo de la Jaris interior de la psique-alma, de la luminosidad de sus virtudes y de su ornamento espiritual.

Al irradiar como Jaris (Gracia, energía increada) desde el interior del hombre, hace resplandeciente y agraciado el semblante de la persona digna. La dignidad decorosa es una verdadera imagen del carácter, una manifestación de la disposición de la psique-alma y de la modestia y nobleza interior de semejante persona.

Como no es fingida ni moldeada artificialmente, es sencilla y sin ostentación. Posee un carácter firme e inmutable, que nunca cambia, se transforma ni pasa de lo decoroso a lo indecoroso. Permanece idéntica para siempre.

La persona digna es sincera, honrada y recta. Camina por la senda de la virtud y practica el bien. Su aspecto es decoroso, sus modales son nobles y sus palabras, mesuradas. Su carácter inspira confianza.

Su postura corporal es erguida y digna, sin nada de ostentación. La expresión de su rostro es natural y espontánea, con una mirada agradable, firme y sin curiosidad indiscreta. Sus gestos son sencillos y tranquilos, su caminar es uniforme y ordenado, y todas sus acciones están adornadas por el orden.

Su vestimenta es decorosa y adecuada para el invierno; en verano, es limpia y sencilla. La persona digna es apreciada por todos y enseña incluso guardando silencio. ¡Qué persona tan digna de ser amada!

 

35. Sobre la falsa apariencia de dignidad y modestia.

La dignidad decorosa artificiosa y fingida es una maldad adornada que se oculta bajo la máscara de la dignidad. Se aprovecha del carácter decoroso de la verdadera dignidad para encubrir el carácter áspero y repulsivo que se esconde en lo más profundo de la persona malvada. Es una hipocresía abominable que presenta a una persona distinta de la que realmente es.

La hipocresía es una amargura oculta.

 

La imagen de quien finge y aparenta una dignidad decorosa y una modestia falsas.

Quien finge dignidad decorosa y modestia, siendo una persona depravada, carece del ornamento espiritual interior. Para engañar a los demás, se reviste indebidamente con el atuendo de la dignidad decorosa, con la esperanza de ocultar su desnudez y su propia fealdad.

La mala astucia es su característica principal. Es insincero y su conducta es deshonesta. Actúa a escondidas con malicia y finge ser bueno. Se esfuerza por adoptar una expresión de seriedad en el rostro y simula una serenidad falsa para ocultar la turbación de su miserable psique-alma.

Su mirada es traicionera, inestable y curiosa. Tiene las cejas fruncidas, camina lentamente y sus movimientos corporales son pesados. Sus palabras están llenas de falsa modestia; su carácter es completamente hipócrita y provoca repulsión. Viste con modestia fingida y se hace pasar por humilde, cuando en realidad es más egoísta que todos los demás. Quien finge dignidad decorosa acaba siendo odiado por todos.

 

  1. Sobre la hipocresía

San Juan Crisóstomo dice acerca de la hipocresía: «La hipocresía consiste en pensar una cosa y hacer otra».

Los eticólogos, moralistas modernos definen la hipocresía de la siguiente manera: «La hipocresía es el robo de la reputación, o la maldad revestida de apariencia de virtud. Por tanto, si la verdad es algo divino, quien carece de ella, siendo una persona y mostrándose como otra, es hipócrita y, evidentemente, enemigo de Dios».

San Juan Crisóstomo dice acerca de los hipócritas: «No esperes obtener gloria de la piedad. Si realmente eres piadoso y no albergas pensamientos perversos en tu interior, alégrate, no porque parezcas piadoso, sino porque lo eres. Si verdaderamente no deseas la gloria de la multitud, procura comprender que no serán ellos quienes nos juzguen el día del Juicio, sino Aquel que conoce con exactitud aquello que ahora permanece oculto. Pero si eres consciente de tus pecados y, sin embargo, te presentas ante los demás como puro, no solo no debes alegrarte, sino que debes sufrir y gemir amargamente, pensando continuamente en el día en que todo quedará al descubierto.

¿Recibes honores? Recházalos, sabiendo que ese honor te convierte en deudor. Y alégrate por ello» (Homilía segunda sobre la Epístola a Tito).

San Basilio el Grande dice acerca del hipócrita: «El hipócrita guarda el odio en lo más profundo de su corazón, mientras exhibe un amor superficial, del mismo modo que sucede con los arrecifes, que quedan cubiertos por una pequeña capa de agua, pero se convierten en un peligro inesperado para quienes no están prevenidos. La hipocresía es fruto de la envidia y de ella proceden todos los males».

San Juan Crisóstomo dice: «Quiere ser llamado santo y que todos lo veneren como piadoso. Ves su apariencia exterior y piensas que hace todas las cosas conforme a Dios, pero su corazón está lleno de envidia, engaño y toda clase de maldad».

Por su parte, Nilo dice: «Utiliza el semblante sombrío como un velo capaz de ocultar la insolencia que lleva dentro, y cubre las vergüenzas de su psique-alma con vestiduras ajenas».

Job dice: «Enseña con la boca y honra con los labios, pero su corazón está lejos. En vano enseña doctrinas provechosas a los demás y los engaña a todos bajo el pretexto de la modestia».

Otro sabio dice: «Por su voz y su rostro se le considera un cordero, pero su interior no se diferencia en nada del dragón».

El hipócrita es el más injusto de todos los hombres, porque creerse justo sin serlo se considera la mayor de las injusticias.

 

  1. Sobre el afán de agradar a los hombres

Quien busca agradar a los hombres cultiva la virtud, no por la virtud misma, sino para recibir elogios. No lo hace para perfeccionarse, sino para ser glorificado por los hombres; no para agradar a Dios, sino para agradar al mundo.

El afán de agradar a los hombres vuelve estériles los esfuerzos de quienes se ejercitan espiritualmente, empaña el carácter de la templanza, hace infructuoso el ayuno, despoja a la oración de su santidad, arrebata la corona de quienes luchan, despoja de su valor la carencia de posesiones, destruye las fortalezas de la Hisijía (serenidad de la mente y paz del corazón), dispersa los frutos de la caridad o limosna, socava los cimientos de toda virtud, corrompe el nus y pervierte todo pensamiento elevado.

El afán de agradar a los hombres es la negación de la virtud.

San Nectario de Egina y Pentápolis

Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas

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