
San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo. VIII Capítulo: Virtudes de la facultad volitiva
VIII Capítulo: VIRTUDES DE LA FACULTAD VOLITIVA
- Sobre la nobleza cristiana, es decir, la perfección ética evangélica.
- La imagen del hombre noble.
- Sobre la valentía.
- La imagen de la valentía ética.
- Sobre la cobardía ética.
- Sobre θάρρος valor, coraje y θράσoς temeridad, descaro
- Sobre la cobardía.
- Sobre la valentía prudente, el atrevimiento, valor y la falta valor, apocamiento
- Sobre la aκακία (akakía) sin maldad, ausencia de maldad
- La imagen del hombre άκακοs ákako sin maldad, inocente
- La imagen del hombre bondadoso y bueno.
- La imagen del hombre malo.
- Sobre la ira.
- La imagen del hombre iracundo, irritable y colérico.
- Sobre la abnegación.
- Sobre la integridad.
- Sobre la buena doxa-gloria.
- Sobre la ambición y el ambicioso.
- Sobre la vanagloria y el vanaglorioso.
- Sobre el πάθος pazos y el hombre dominado por los pazos.
- Sobre la perseverancia.
- Sobre la impaciencia.
- Sobre la enemistad y el enemigo.
- Sobre la envidia.
- La imagen del envidioso.
- Sobre el odio.
- El carácter de quien odia.
- Sobre la ausencia de rencor y el hombre que no guarda rencor.
- Sobre el rencor.
- La imagen del hombre rencoroso.
- Sobre la venganza.
- Sobre el insulto, ultraje y quien insulta, ultraja.
- Sobre la ofensa, disputa y el ofensivo.
- Sobre el celo por el bien.
- Sobre el celoso consciente y con conocimiento
- Carácter del celoso sin conocimiento ni discernimiento espiritual
- Sobre el celo malo y el carácter de quien está dominado por él.
- Sobre la nobleza cristiana, es decir, la perfección ética evangélica
La nobleza es una virtud de carácter noble, una buena educación de la psique-alma en hablar, en los logos y palabras y en las obras. Los rasgos característicos de la nobleza son la magnanimidad de ánimo, la libertad, la generosidad de espíritu, la abundancia, la Jaris (Gracia, energía increada), la grandeza de pensamiento, la grandeza de buen ánimo, la buena compostura, el valor, la buena disposición, la excelencia en el comportamiento, la justicia y la verdad. La nobleza es la virtud en su totalidad. Nobleza y virtud son dos palabras sinónimas que expresan una misma idea: la buena formación de la psique-alma.
La nobleza de la psique-alma revela su semejanza con la imagen divina, cuya Jaris y belleza se han derramado sobre ella. La nobleza es, verdaderamente, el resplandor de la luz de la imagen divina que se extiende sobre la psique-alma virtuosa. La nobleza es la apocálipsis/ revelación de la Jaris misteriosa de la psique-alma virtuosa. Todos los ascetas de la virtud, así como todos los sabios y filósofos, la amaron y la buscaron. Nadie puede llevar dignamente el honorable nombre de virtuoso, sabio o filósofo sin ella.
San Gregorio Nacianceno dice acerca de la nobleza: «La nobleza consiste en conservar las propiedades de la imagen y asemejarse al Arquetipo, lo cual se alcanza mediante el logos, la virtud y el deseo, anhelo puro». Y continúa en otro lugar: «Una sola nobleza verdadera conocí: la piedad, el respeto y comprendí de dónde nacimos y en qué hemos llegado a convertirnos».
También dice: «El género humano tiene una sola gloria: conservar las propiedades de la imagen y asemejarse al Arquetipo, en la medida en que esto sea posible en la condición corporal humana, capaz de recibir solo una pequeña influencia del bien».
Por su parte, Teodoreto dice: «La nobleza de las virtudes es mucho más resplandeciente que la nobleza heredada de los antepasados».
Y Eurípides: «A mis ojos, noble es el hombre bueno. Sin embargo, quien no es virtuoso, aunque descienda del padre más poderoso, que es Zeus, me parece proceder de un linaje malo y vil».
Otro filósofo dice: «Solo conozco una nobleza: la virtud; todo lo demás es cuestión de fortuna».
San Juan Crisóstomo dice: «Solo existe una nobleza: hacer la voluntad de Dios».
- La imagen del hombre amable, noble
La imagen del hombre noble o amable es un espectáculo admirable, porque de ella irradia la Jaris increada de la imagen divina. Todas las virtudes se reunieron y plasmaron, con colores artísticos, la imagen del hombre noble. Cada una grabó su propia belleza, con líneas finísimas, sobre la imagen de Dios, que es el ser humano. La imagen del hombre noble se convirtió verdaderamente en una obra de arte irrepetible, porque fue creada a semejanza de la imagen arquetípica de Dios. En ella quedó impresa la belleza divina. La primera virtud en relación con las cosas divinas es la piedad, el respeto.
El hombre noble teme a Dios y hace Su voluntad. El estudio de la ley de Dios se ha convertido en su ocupación predilecta. Trabaja para realizar aquello que es bueno, perfecto y agradable a Dios.
La prudencia dirige sus pensamientos, regula sus logos y palabras y ordena sus decisiones. Esta cultiva los buenos modales, guía sus movimientos y determina sus pasos; le señala el camino recto y dirige el curso de su vida. La sofía-sabiduría, la sensatez y el conocimiento le enseñan dónde se encuentra la verdadera bienaventuranza y qué debe hacerse y qué no. La prudencia, por su parte, determina lo que la psique-alma debe soportar o emprender.
La sofía-sabiduría le enseña la ciencia de la verdad y lo conduce a la comprensión de Dios. La sensatez lo forma para juzgar correctamente y tener un criterio acerca de todas las cosas. El conocimiento, a su vez, lo conduce al conocimiento profundo de sí mismo. Su voluntad se ha convertido en guía de sus pensamientos, y su querer se ha unido a la voluntad divina. Su fortaleza ética y moral ha protegido su psique-alma y lo ha convertido en un atleta infatigable de la virtud y en un soldado combativo, defensor del derecho y de la verdad.
Soporta el dolor y afronta con valentía las diversas circunstancias de la vida. Se muestra moderado ante el placer, el deseo, la tristeza y la ira y, en general, se opone a todo aquello que pueda conducir a la psique-alma hacia la violencia o el engaño.
La perseverancia le enseña a soportar las tristezas por amor al bien, a esforzarse por lo bueno y a sobrellevar con valentía las desgracias y las adversidades. La grandeza de pensamiento le enseñó a pensar y obrar en grande, con nobleza y valentía.
La magnanimidad o generosidad lo formó para ofrecer abundantemente sus bienes a quienes le piden ayuda. La magnanimidad lo hace paciente y dispuesto a perdonar. La agapi-amor le enseñó a olvidar los males que le hicieron y a vencerlos, junto con el rencor y el resentimiento, mediante las buenas obras. La grandeza ética y moral le enseñó a mirar más allá de las cosas corporales y a no atribuirles valor alguno en comparación con las realidades invisibles.
Ninguna pasión (pazos) perturba al hombre de grandeza ética. Ni siquiera las ofensas que le infligen los hombres asquerosos y viles incitan su psique-alma a la ira, ni puede ninguna otra cosa mezquina alterar su ánimo y su conducta. Es tan inaccesible a las pasiones bajas que estas ni siquiera tienen fuerza para dirigirle una mirada. Su fortaleza ética lo hace vencedor en todo y superior a todas las ofensas dirigidas contra él.
El valor le proporciona la fuerza para hablar con franqueza en favor de lo bueno, del bien, de la justicia y de la verdad. Cuando defiende estas realidades, no teme a nadie ni se acobarda ante las adversidades que se presentan.
La σωφροσύνη (sofrosini: templanza, sensatez y sobriedad espiritual) adorna el carácter de este hombre. Se manifiesta como fortaleza, como luminosidad de una psique-alma libre de pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.) como dominio de sí mismo, como soberanía del espíritu y como libertad de la psique-alma.
La pureza, además, le proporciona la limpieza del nus (espíritu) y del corazón. Esta corona con la virginidad o castidad a quienes se han consagrado a Dios y los convierte en ángeles terrenales.
Tal es el carácter del hombre verdaderamente noble.
- Sobre la valentía
La valentía consiste en no dejarse sorprender ni dominar por el pánico ante el miedo a la muerte, en tener valor frente a las adversidades, audacia ante los peligros y preferir morir por el bien antes que salvarse mediante procedimientos vergonzosos y repugnantes.
Me parece más valiente quien vence sus propios deseos y anhelos que quien vence en la guerra, “porque es más difícil vencerse a uno mismo que vencer en la guerra” (decía Alejandro Magno).
Valiente no es solamente quien tiene la fuerza para combatir, sino también quien se opone con firmeza a los placeres, al hedonismo. A menudo, muchos vencen en las guerras, pero se someten a los placeres.
La valentía es el hábito de la psique-alma de permanecer firme e inmutable ante el miedo. Es el valor para el combate, la ciencia de resistir cuando uno es atacado. Es el dominio de la psique-alma ante lo terrible y las adversidades. Es la audacia puesta al servicio de la prudencia. Es un gran valor cuando se espera la muerte. Es el hábito de pensar serenamente ante los peligros. Es la fortaleza que combate el peligro y, al mismo tiempo, persevera en la adquisición de la virtud. Es serenidad de la psique-alma ante las adversidades y una psique-alma valerosa ante los acontecimientos que sobrevienen naturalmente.
La valentía es la salvación de opiniones desconocidas ante las adversidades. La valentía posee experiencia en la guerra y el hábito de permanecer firme en la observancia y cumplimiento de la ley (Platón, Definiciones).
- La imagen de la valentía ética
La valentía ética es una virtud que se manifiesta como fortaleza ética y que hace a quien la ha alcanzado superior a todas las circunstancias adversas y vicisitudes de la vida. Lo capacita para permanecer inflexible, no ceder ante la presión de las desgracias que sobrevienen y mantenerse firme en sus convicciones éticas y religiosas ortodoxas.
La ley de Dios es para él la regla de sus pensamientos y la medida con la que evalúa todas sus praxis y acciones. Los sufrimientos que se avecinan no hacen vacilar y tambalear ni lo más mínimo sus nobles convicciones.
Ninguna tentación puede doblegar la firmeza de sus principios y convicciones, ya sea material o ética. Ninguna amenaza puede intimidarlo, ni pérdida alguna persuadirlo para que acepte una opinión contraria a los principios éticos de la ley de Dios. Ninguna maldad logra vencer la fortaleza ética de la psique-alma, es decir, su valentía ética.
Esta lo conduce al estadio de las virtudes, lo lleva al martirio por la verdad, lo guía hacia la perfección, rodea a sus amigos con un cinturón protector, los hace admirados en la ciudad y los introduce en la Realeza increada de los Cielos.
El hombre éticamente valeroso es noble, amigo de la verdad, sincero, valiente, magnánimo, indulgente, amable, tolerante, perseverante, firme, de pensamiento elevado, conducta apacible, dispuesto a renunciar a sí mismo por los demás, libre, digno y majestuoso.
Nada mezquino puede entrar en su corazón. Su actitud aleja a los malvados y atrae a los buenos; hace el bien a todos. Desconoce la venganza, la devolución del mal por el mal y el rencor. Tiene siempre presente el bien y trabaja en favor de la ley de Dios.
El hombre éticamente valeroso recuerda siempre los logos del Señor:
«No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar la psique-alma» (Mt. 10, 28).
Clemente, al describir el carácter de la valentía ética, dice: «La valentía no consiste únicamente en soportar lo que sucede en cada circunstancia, sino también en dominar el placer, el deseo, la tristeza y la ira, así como en oponerse a quienes intentan manipular vuestra psique-alma mediante la violencia o el engaño. Porque no solo debéis soportar los pazos vicios y las cosas vergonzosas, sino también las adversidades y las calamidades».
El hombre éticamente valeroso bendice siempre a Dios por todo, gobierna y conduce su vida de tal manera que solo busca agradar a Dios.
Bienaventurado el hombre que ha alcanzado la valentía ética, porque camina con seguridad por el camino de la salvación.
- Sobre la falta de valentía ética
La falta de valentía ética es la ausencia de fortaleza ética, que se manifiesta como falta de resistencia o de determinación ,disposición a ceder ante las presiones, claudicación, sometimiento, derrota y esclavitud. Es una debilidad ética muy grande, de la que nacen todos los pecados.
Quien carece de fortaleza ética es incapaz de resistir las tentaciones que vienen del exterior, así como las que surgen en su propio corazón. Es incapaz de perseverar en la virtud y rechazar el pecado. Reconoce la belleza y la Jaris de la virtud y admite la deformidad y el hedor del pecado, pero no logra oponerse a él ni permanecer firme en su deseo del bien.
Una presión pequeña basta para abatir su fuerza, y una prueba leve, para quebrantar su valor. Una desgracia repentina se apodera de su psique-alma y, cuando las cosas no salen bien, se desanima y se deprime, resulta vencido antes de que comience la lucha y entrega las armas antes de la batalla.
El hombre carente de valentía ética es cobarde incluso cuando se libra una guerra contra los enemigos de su patria, porque es cobarde, pusilánime y ama su propia vida. Siempre retrocede para salvarse o para no correr ningún riesgo. Teme perder alguno de sus bienes y verse privado de una vida cómoda; tiembla ante la posibilidad de que su salud sufra algún daño y huye para evitar que lo maten en algún enfrentamiento.
Quien carece de fortaleza ética sacrifica los intereses ajenos en favor de los propios. Considera más importante su interés personal que el bien común. Traiciona a su patria, sacrifica las cosas sagradas y venerables con tal de que ninguna desgracia lo alcance.
Quien carece de fortaleza ética, cuando es vencido por el pecado y la maldad, se vuelve sumamente malo, perjudicial y peligroso para todos. A quien le falta la valentía ética, todos deben rechazarlo como a un cobarde, un pusilánime y un hombre de mala índole y conducta.
- Sobre θάρρος valor, coraje y θράσoς temeridad, descaro
[Θάρρος (zárros) no tiene una única palabra española que recoja todos sus matices.
Según el contexto, puede traducirse como valor, valentía, coraje, ánimo, audacia o confianza. Pero ninguna de ellas equivale siempre y exactamente al término griego.
-Valor y valentía destacan la capacidad de afrontar el peligro o el miedo.
-Coraje expresa fuerza y determinación ante las dificultades.
-Ánimo transmite disposición interior para actuar.
-Confianza expresa seguridad interior, especialmente cuando se refiere a la relación con Dios o con otra persona.
Por tanto, cuando el contexto lo requiera, conviene conservar θάρρος (zárros) y explicar su sentido mediante una perífrasis: fuerza interior para afrontar las dificultades, incluso en presencia del miedo.
Θράσος (zrásos): descaro, insolencia, desfachatez, atrevimiento desmedido, audacia imprudente.
Según el contexto, también puede expresar osadía insolente, cuando alguien actúa sin respeto, con arrogancia o sin reconocer sus propios límites.
La diferencia fundamental:
-Θάρρος: valor, ánimo, coraje para afrontar las dificultades.
-Θράσος: atrevimiento excesivo que puede llegar a la insolencia, la desvergüenza o la temeridad.
No existe una equivalencia española única para las palabras θάρρος θράσος; hay que elegir la palabra según el matiz del texto.]
Θάρρος valor, coraje, es el movimiento de la psique-alma que, guiado por la lógica, emprende acciones audaces.
Θράσoς descaro, insolencia, temeridad, osadía en cambio, es el movimiento irreflexivo de la psique-alma que lleva a realizar aquello que supera las propias fuerzas.
El hombre valeroso se enfrenta al peligro siendo consciente de su magnitud y, al calcularlo, adquiere valor. El insolente, (osado, descarado) por el contrario, desconoce la magnitud del peligro y actúa sin apenas reflexionar.
El hombre valeroso, cuando se dirige al combate, no se acobarda, no retrocede ni se desvía, sino que persevera, luchando y combatiendo con valentía para llevar a término su cometido. Puede incluso caer combatiendo por la patria, por las cosas sagradas y venerables, y por la justicia de la verdad, pero nunca retrocede ni se desvía. El insolente, (osado, descarado), en cambio, se dirige al combate, pero, en cuanto contempla la muerte, queda estupefacto y se amedrenta; retrocede y huye como un desertor, procurando salvarse.
El hombre valeroso es viril, valiente, magnánimo y prudente; el insolente, (osado, descarado), por el contrario, es cobarde, pusilánime, mezquino de espíritu e insensato.
- Sobre la cobardía
La cobardía es una pasión de la psique-alma débil, dominada por el miedo. Es pusilanimidad, falta de audacia, mezquindad de espíritu, ausencia de valor para el combate e inestabilidad de la psique-alma, que se ve agitada por los terribles males que se avecinan. Es desfallecimiento ante la mera posibilidad de un peligro, inexperiencia en las luchas, falta de costumbre de pensar serenamente ante los peligros, ausencia de franqueza ética, falta de fortaleza de ánimo, debilidad de carácter y sometimiento a las obras vergonzosas.
La cobardía convierte al hombre libre en esclavo y hace traidor a su patria a aquel a quien ha sometido. Lo empuja al desprecio y a la deshonra, lo persuade para que desprecie las leyes de su patria, lo incita a desertar y lo induce a faltar al respeto a las cosas divinas, sagradas y venerables.
El cobarde es pusilánime, insignificante, indigno de consideración, vulgar, esclavo, aferrado a la propia vida, egoísta y amante de sí mismo. Coloca su propia salvación y su liberación de los peligros por encima de todo, incluso de la gloria y la libertad de su patria. El cobarde constituye una vergüenza para su patria.
- Sobre la valentía prudente, el atrevimiento, valor y la falta de valor, apocamiento
La valentía prudente es el movimiento valeroso de la psique-alma para realizar la virtud, el bien, lo bueno, lo justo y el deber. La falta valor, en cambio, es insolencia, desvergüenza y un movimiento irreflexivo de la psique-alma hacia un impulso descontrolado. La valentía prudente es una virtud, mientras que la falta valor es una maldad.
El hombre valeroso y prudente es virtuoso, sensato y moderado; ama la verdad, es justo y trabaja por el bien, por lo bueno y por lo que conviene. El de falta valor, no atrevido o miedoso, en cambio, es insolente, malvado, descarado, irreflexivo e impulsivo; es amigo de la mentira, injusto y trabajador del mal.
La falta de valor o atrevimiento, por su parte, es cobardía, pusilanimidad y falta de decisión. El hombre sin valor no emprende nada. Pospone la ejecución de aquello que decide en cada ocasión, prolonga sus reflexiones, toma una decisión y enseguida vuelve a sopesarla; se pone en movimiento y vuelve a detenerse. Avanza y de repente retrocede; se demora, siente vergüenza y se retracta. El hombre sin atrevimiento o valor permanece estancado y no hace nada, ni siquiera cuando el peligro se encuentra lejos, si aquello da indicios de algún riesgo.
- Sobre la aκακία (akakía) sin maldad, ausencia de maldad
La aκακία (akakía) sin maldad consiste en la pureza del corazón y la rectitud del nus (espíritu). Expresan la bondad de la psique-alma, que es receptiva a toda virtud. Esta aκακία (akakía) sin maldad se opone a la maldad.
San Basilio el Grande denomina aκακία (akakía) sin maldad al alejamiento del pensamiento de todo pecado; mediante la oración prolongada y el estudio de las cosas buenas, consiste en arrancar de raíz toda maldad y en su completa ausencia, de modo que recibamos y aceptemos únicamente el logos y palabra del pensamiento inocente sin maldad. La aκακία (akakía) sin maldad es la bondad de la psique-alma que no cambia a causa de la maldad, sino que permanece siempre firme e inmutable, trabajando en favor del bien.
San Juan Crisóstomo dice: «Buena es la aκακία (akakía) sin maldad; soberana, la imitación; divina, la semejanza, puesto que también el Señor es ákako sin maldad, inocente y Santo. La aκακία (akakía) sin maldad es protección de la psique-alma, catarsis del nus, refrenamiento de las malas costumbres, sosiego de los pensamientos, serenidad que se manifiesta en la expresión del rostro, mansedumbre de los ojos, guía de la amistad, madre de la agapi-amor, compañera inseparable de la fe, perfeccionamiento de la justicia y, sin duda, raíz de toda virtud y fundamento de la bondad. No conoce el concepto de enemistad, no permite la ferocidad de la ira ni conoce la acción de la maldad, sino que permanece como una reina, rodeada de todas las virtudes».
- La imagen del hombre άκακοs ákako sin maldad, inocente
Άκακο ákako, sin maldad y sin malicia es aquel que carece de maldad, el hombre recto, íntegro y justo.
San Dionisio el Areopagita califica de άκακος ákako sin maldad a quienes no se dejan predisponer por el mal; a quienes no fingen ni apartan a los demás de la bondad para conducirlos hacia la maldad. Al contrario, como hace también Dios, estos atraen a los malvados hacia el bien mediante su propia gran bondad, invitándolos amablemente a obrar del mismo modo.
El hombre άκακοs ákako sin maldad, inocente no realiza obras malas. Se presenta ante el rostro de Dios no solo con una bondad superficial y una apariencia de hombre bueno, sino, sobre todo, con el corazón sin mancilla, y así es reconocido.
El hombre άκακοs ákako sin maldad, inocente es bendecido por Dios, quien lo incorpora al coro de los justos. Es amado por el Señor y permanece junto a Él con plena confianza. Dios lo glorificará todos los días de su vida.
- La imagen del hombre bueno y bondadoso
Bueno, bondadoso es aquel que ha alcanzado la perfección en la virtud. Quiere siempre el bien y devuelve bienes en lugar de males. Dios permanece junto al hombre bueno y bondadoso y lo protege todos los días de su vida. El hombre bueno y bondadoso procura siempre realizar buenas obras, manteniendo viva la buena esperanza. Sin embargo, soporta con valentía todo lo que Dios le concede. El hombre bueno ofrece bienes procedentes del buen tesoro de su corazón. Por eso, su boca habla de la abundancia de su corazón. La recompensa de la virtud para el hombre bueno consiste en asemejarse a Dios por la Jaris y resplandecer con Su luz purísima. Su modo de vida es aceptado por el Señor y, gracias a él, hasta sus enemigos se convierten en amigos.
Dios ha concedido al hombre bueno sofía-sabiduría, conocimiento y sensatez. Para el hombre bueno, incluso lo áspero se vuelve apacible en beneficio común. El hombre bueno es semejante a los perfumes más aromáticos, pues, así como estos, al desprender su fragancia, impregnan el ambiente que los rodea, también la presencia del hombre bueno y bondadoso beneficia a quienes están cerca de él. El hombre bueno es amado por todos, y los amigos de Dios acuden a él. Dios convirtió al hombre bueno y bondadoso en un recipiente elegido, porque se purgó, se limpió y se purificó de toda maldad. El hombre bueno se convirtió en imagen de Dios, pues recibió la semejanza divina al alcanzar la perfección en la virtud.
¡Bienaventurado el hombre bueno y bondadoso!
- La imagen del hombre κακός kakós malo
El hombre kakós malo es insensato, porque la maldad es insensatez y privación de la luz que ilumina la diania (mente, intelecto).
El hombre kakós malo es, ante todo, quien se perjudica a sí mismo, porque los males que provoca socavan y minan, en primer lugar, su propia vida y felicidad. Es insensato porque abandonó a Dios y siguió al maligno, haciéndose semejante a él. Coopera con el maligno y trabaja a su servicio para derribar el bien y la bondad. Buscó alegría y deleite en la maldad, pero encontró tormentos y calamidades. Buscó la felicidad y encontró la desdicha, la miseria y la infelicidad. Buscó la dicha y encontró una completa desgracia.
El hombre kakós malo expulsó de su corazón el temor de Dios y aborreció Su ley. Practica el mal porque su corazón endurecido encuentra en él un placer pasajero. Ha llegado al extremo de encontrar deleite y satisfacción para su corazón en meditar y trabajar en el mal. Pero ¿qué satisfacción? ¿Qué deleite? Una satisfacción llena de miedo y un deleite completamente agitado. El nus (espíritu) y el corazón del hombre malo sufren sin cesar. Su nus se atormenta tratando de idear un método cada vez más perfecto para conseguir con seguridad el mal que tanto desea.
Su corazón se ve continuamente agitado por sus maldades, como un mar azotado por la tempestad; incesantes impulsos de pazos (vicios, pasiones, etc.) inagotables lo sacuden profundamente, como violentas ráfagas de viento. Todas sus obras llevan el sello del esfuerzo, la angustia y el terror. La luz del día lo molesta. El hombre malo evita la luz diurna como una fiera y busca refugio para sentirse seguro en cuevas oscuras, escondites subterráneos y guaridas sin luz, bajo la protección de las densas tinieblas de la noche.
El hombre kakós malo, como trabajador de la maldad, trabaja para ella día y noche, sin arrepentirse, y así recibe como recompensa el infierno eterno.
El hombre kakós es insensato porque rechazó el yugo suave del Señor y Su carga ligera, y asumió el pesadísimo yugo del Diablo y su carga. Rechazó al Dios filántropo y se sometió al Diablo, perverso desde el principio, tirano homicida y demonio aborrecible.
El hombre malo es insensato porque cree que engaña y que puede escapar de la Justicia divina, que pende sobre su cabeza. La mirada de la Justicia divina lo sigue, y cada uno de sus actos hace inclinar la balanza de la Justicia divina, que un día lo juzgará por sus πραξις praxis, acciones y le dará conforme a sus obras.
El hombre kakós es insensato porque provoca por sí mismo la ira de Dios, que le prepara como morada eterna el Hades, el Tártaros y el infierno. Es insensato porque cambió su tesoro por una moneda falsa: por placeres falsos, engañosos y pasajeros sacrificó la bienaventuranza eterna, la serenidad de su corazón y la ataraxia imperturbabilidad de su espíritu.
Es insensato porque se enamoró de la maldad, que lo embriagó y lo convirtió en su esclavo. Es necio porque se entregó por completo a la maldad, que cegó sus ojos (espirituales) para que no vieran y taponó sus oídos (espirituales) para que no oyeran, de modo que no pudiera contemplar la imagen del hombre bueno y amarla, ni escuchar la voz divina que lo llama, regresar y salvarse.
¡Desdichado, pobre y desgraciado hombre! Su maldad lo conduce a las profundidades del Hades y, como un vendaval devastador, lo aniquilará. Sus pies lo llevan rápidamente a la perdición, mientras su boca blasfema. Su corazón medita la impiedad y su nus engendra pensamientos perversos. Sus manos están dispuestas a arrebatar, y sus ojos, preparados para echar mal de ojo y empañar las cosas buenas. Acumula para sí todos los males y en sus labios arde el fuego. La insensatez arruina sus caminos y su corazón acusa a Dios.
Verdaderamente, el hombre kakós malo es desdichado, desgraciado y miserable.
- Sobre la ira, enojo
La ira, enojo es el resultado de la agitación del corazón. Cuando está dirigida por la prudencia y se mueve bajo su guía, en el momento oportuno y como corresponde, hace realidad la valentía, la paciencia y el dominio de sí mismo. La ira de los prudentes se levanta contra la maldad, la injusticia, la mentira, el engaño, la perfidia y, en general, contra todo aquello que obra la maldad. La ira de quienes practican la virtud se alza, resiste al pecado y permanece vigilante para impedir que algún mal se introduzca furtivamente en la psique-alma y se apodere de ella.
El sofós-sabio no da rienda suelta a toda su ira ni permite que esta quede desenfrenada, sino que retiene dentro de sí una parte de ella y somete a la lógica aquella que deja manifestarse.
El prudente no hace nada en pleno arrebato de ira, pero tampoco permite que esta se transforme en furor, cólera. El prudente considera una vergüenza que su psique-alma sea cautiva de la ira y que, estando así cautiva, sea llevada de un lado a otro y manejada a su antojo por ella. Cuando está enojado, el prudente guarda silencio o habla serenamente, para que los gritos no calienten su corazón y enciendan la ira como si fueran fuego, pues, así como el fuego se aviva con el combustible, también la ira se enciende con los gritos. Cuando está enojado, el prudente se sienta y guarda silencio para apaciguar su corazón y evitar que la ira se apodere de él; así, es él quien se convierte en dueño de sí mismo cuando está enojado.
Cuando se le da rienda suelta, la ira enturbia la claridad de su nus espíritu y el juicio de su mente, conduciéndolo a cometer excesos. Cuando se exacerba, se transforma en cólera, furor, deprime y oprime el corazón, agita la psique-alma, nubla la vista (espiritual) y tapa los oídos (espirituales); y, una vez que se ha apoderado del hombre, lo lleva encadenado adonde quiere. La ira arrastra al abismo de la perdición a quienes no permanecen vigilantes.
Aristóteles dice acerca de la ira: «La ira es una pasión que vuelve feroz el carácter. Cuando aprendes a enojarte, te enojas continuamente. La fuerza de la ira es dura y violenta, y se convierte en causa de asesinatos. La ira es aliada de la desgracia; contribuye a las deshonras, los daños y también a la pérdida de los bienes. Además, es la jefa de la destrucción».
La ira, como un perro, engendra crímenes ciegos. La ira, el furor y la cólera son males muy grandes que han empujado a muchos a la perdición. La ira es un fuego extremadamente violento que lo devora todo. Destruye el cuerpo y corrompe la psique-alma. Hace que todo resulte desagradable y vergonzoso a la vista.
Cuanto hacen los seres humanos cuando el furor y la cólera los invade es necesariamente ciego e insensato, y pecan en todos los aspectos, ya que no es posible utilizar la lógica cuando el furor y la cólera nos ha alcanzado y contaminado. Todo lo que uno hace sin pensar serenamente es torpe y perverso.
San Juan Crisóstomo dice acerca de la ira: «El arrebato de la ira es una especie de placer y tiraniza la psique-alma más que el placer, porque trastorna por completo todo su estado saludable. Conduce fácilmente a la locura, provoca enemistades inoportunas y odios irracionales y, en una palabra, genera continuamente enfrentamientos y otras cosas semejantes, tanto de palabra como de obra. Es intenso el gemido de la psique-alma arrastrada por esta pasión, cuando no posee la fuerza firme necesaria para resistir semejante impulso».
¡Maldita sea la ira, porque allí donde estalla no surge nada saludable!
El filósofo Menandro dijo: «Vivirás una vida excelente si sabes domar y contener tu ira».
- La imagen del hombre iracundo, irritable y colérico
Terrible es la imagen del hombre iracundo, irritable y dominado por la cólera y el furor. En ella se representa, con colores vivos, toda la ferocidad de los pazos (vicios, pasiones, adicciones etc.) que atormentan su desdichada y desgraciada psique-alma. Su aspecto es salvaje y espantoso, y provoca horror. La embriaguez de su psique-alma enfurecida se manifiesta en su rostro como un arrebato de locura. Su rostro está pálido, sus ojos turbios, su mirada es feroz, los músculos de su cara están tensos, sus cabellos se erizan, echa espuma por la boca y le tiemblan los labios. No puede dominarse a sí mismo; no se conoce ni siquiera a sí mismo e ignora a quienes están presentes.
Se enfrenta a todos y choca con todo el mundo, como si combatiera de noche y no pudiera ver. Habla sin reflexión. Es difícil contenerlo. Se pone en ridículo, se golpea, jura, grita y estalla. El hombre enfurecido actúa siempre sin pensar; se embriaga sin haber bebido, y la ira enloquece su psique-alma como lo hace el vino. El hombre irritable acaba volviéndose una fiera, porque la cólera y el furor se apodera de sus pensamientos y le nubla la mente. Profiere insultos y su lengua lanza blasfemias.
El hombre que no contiene su ira es una fiera salvaje e indómita, atormentada por una ira que es incapaz de dominar. Ningún mar agitado por los vientos, cuyas olas se estrellan contra las rocas, rompe con tanta violencia como la cólera o el furor cuando estalla en el hombre furioso y colérico. El hombre irritable se muestra inflexible, implacable e insensible; la ira hierve en su corazón, el furor y la cólera alimentan su llama. El hombre iracundo provoca las disputas, y el hombre irritable engendra el pecado.
El hombre iracundo e irritable padece en su psique-alma. Está profundamente afligido y éticamente destrozado. La melancolía se apodera de él y nubes grises se congregan alrededor de su psique-alma. El hombre iracundo, irritable , furioso y colérico queda aplastado por el peso de los pazos pasiones que lo dominan.
El furor o la cólera es un demonio que mantenemos dentro de nosotros por nuestra propia voluntad; es una locura arbitraria y una ausencia de lógica, sensatez.
- Sobre la abnegación
La abnegación es una virtud muy grande. Es el punto de partida del que nacen todas las virtudes. La abnegación rompe las cadenas del amor propio egoísta, es decir, la φιλαυτία filaftía egolatría y libera de su prisión a la agapi-amor, que sale de la cárcel del propio yo y se difunde hacia todos. La abnegación elimina los límites de la agapi-amor, que se vuelve ilimitada y tiende a abrazar al mundo entero. Es ella la que hace posibles las virtudes y la que hace destacar a los grandes hombres. La abnegación engendra a los grandes benefactores de la humanidad.
La abnegación salva a las ciudades y a las naciones de los peligros. Considera prioritarios los intereses comunes y no los individuales. Hace que los gobernantes se conviertan en buenos dirigentes y sostiene al Estado. Es ella la que fortalece a quienes luchan en favor de lo bueno, del bien, de lo verdadero y de lo justo. Es la que mantiene a todos vigilantes e incansables en el cumplimiento de su deber. La abnegación impulsa a los investigadores a hacer progresar las ciencias y glorifica a los pastores de los pueblos. La abnegación es el bien más grande.
Hace vencedores a quienes compiten en los estadios de las luchas. Fortalece la psique-alma, infunde vigor ético y recompensa la virtud de la valentía. La abnegación proporciona valor y prepara a quienes se ejercitan para el momento del combate. Sostiene al espíritu en la lucha contra la carne. Conduce a la perfección y hace vencedor al que trabaja por la virtud. La abnegación prepara a quien ama la piedad para hacerse digno de la divina Comunión o Efjaristía. Manifiesta como dignos a los discípulos del Salvador Cristo.
Por eso, el Salvador exigió abnegación a sus discípulos, diciendo: «Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). «El que ama su vida la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo la conservará para la vida eterna» (Jn 12,25).
La abnegación es el sacrificio de uno mismo por la ley de Dios, por lo bueno, por el bien y por la justicia; por amor a Dios, al prójimo, a la patria, a la comunidad política, a los padres, a los familiares y a toda la humanidad. La abnegación hace posibles las grandes obras y las maravillas; enseña la paciencia y la perseverancia, y hace a todos dignos de su vocación. Allí donde no está presente la abnegación, reina el mal.
Los rasgos característicos de quien posee la virtud de la abnegación son la pureza, la santidad, la bondad, la fe, la esperanza, el amor y la piedad.
¡Dichosa y feliz la ciudad cuyos habitantes han alcanzado esta virtud!
- Sobre la integridad
La integridad es sencillez, ausencia de malicia y pureza inmaculada de la psique-alma. Es una virtud de altísimo valor, porque es fruto de la perfección cristiana. El hombre íntegro reflexiona, filosofa día y noche cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable y lo perfecto, para seguirlo. Examina su vida e investiga las profundidades de su corazón. No tolera en él nada que se oponga a la ley ética. Aleja todo deseo malicioso y expulsa todo pazos (pasión, vicio, adicción etc.). No permite que se acerque ninguna nube; quiere que todo sea luminoso y resplandezca en la pureza.
Su voluntad desea siempre el bien y permanece firme cuando es puesta a prueba por los sufrimientos y las tentaciones. Sus anhelos son sagrados, su agapi-amor es santo, se extiende hacia todos y nada puede disminuirlo. Obra el bien, ama la verdad y la justicia. Busca siempre la paz y lucha con todo su corazón para que prevalezca. Trabaja haciendo cuanto está a su alcance para restablecer la Realeza increada de Dios sobre la tierra. El hombre íntegro, con la ayuda de Dios, ha vencido los pazos de su psique-alma y de su espíritu, y goza de la paz que reina en su corazón.
La integridad adornó espléndidamente su conducta ética y embelleció su carácter. El hombre íntegro es dulce, afable y agraciado. La prudencia, la sensatez, la inteligencia, la voluntad, el pudor, la templanza, el dominio de sí mismo, la ausencia de rencor, la mansedumbre, la magnanimidad, la benignidad y la bondad iluminaron espléndidamente la imagen de su rostro, pues cada una de estas virtudes imprimió artísticamente en ella, con delicados trazos, su propia jaris-gracia. La misericordia y la filantropía se manifiestan como jaris-gracia y beneficencia hacia todos. La nobleza envuelve toda su presencia.
El hombre íntegro se convirtió en imagen de Dios, pues cumplió el mandamiento del Señor dado a sus discípulos: «Sed pues prudentes como serpientes que en momento de peligro protegen más la cabeza, y sencillos e íntegros como palomas» (Mt 10,16).
¡Bienaventurado y feliz es este hombre!
- Sobre la buena doxa-gloria
La buena doxa-gloria es la doxa de la virtud. Permanece siempre joven, no teme las acciones engañosas, no se desplaza ni puede ser arrebatada, no teme la pérdida, sino que permanece siempre vigorosa, no se ve amenazada por nadie y, resplandeciente, acompaña al hombre hasta la tumba, que convierte en su monumento inmortal. Verdaderamente, la tumba se alza como monumento inmortal de la buena doxa-gloria. La buena fama y el nombre de quien la posee jamás se pierden.
Incluso cuando yace bajo tierra, se vuelve inmortal quien se ha distinguido por su valentía, permaneciendo firme en la batalla, combatiendo con pasión y muriendo por la tierra de sus padres y por sus hijos. Quien ama la buena doxa-gloria no se preocupa por ella misma, sino que, ante todo, procura llegar a ser un hombre bueno y virtuoso. Se preocupa por la virtud y sirve a las ciencias.
Sufre por lo bueno, por el bien, por lo verdadero y por lo justo, y lucha con toda su psique-alma en favor de lo sagrado, de la patria, de la sociedad, de las instituciones y del orden, haciendo todo cuanto contribuye a la doxa-gloria y al honor de su patria. Respeta lo divino y ofrece con reverencia el culto que le debe. Se respeta a sí mismo y no hace nada que sea indigno de él. Cumple con anhelo y rigor los deberes que se le encomiendan. Todas sus obras se caracterizan por la honradez y cada uno de sus actos se distingue por la integridad. No hace nada para exhibirse. No trabaja por una gloria falsa. Evita la vanagloria y toda gloria vana. Sin embargo, la doxa-gloria lo persigue y sigue sus huellas.
Porque la verdadera doxa-gloria persigue a los hombres buenos, a los valientes, a los amantes de la virtud, a los amigos del bien, a los servidores de las ciencias, a quienes observan las leyes, a los piadosos hacia Dios, a los benefactores de la patria, a quienes honran a la nación, a quienes trabajan por el bien de la humanidad, a quienes arriesgan su vida por el honor de la patria, a quienes consideran más importantes los intereses comunes que los propios y a quienes muestran una auténtica abnegación para defender la verdad y la justicia, difundir el conocimiento de la verdad y hacer que la piedad prevalezca en las sociedades humanas.
Sin embargo, todos ellos fueron impulsados únicamente por el amor al bien y por el deseo de que este prevaleciera en el mundo, sin tener la doxa-gloria como objetivo. No obstante, como resultado, la doxa-gloria los siguió y los hizo sumamente ilustres y gloriosos.
San Basilio el Grande dice: «Los sufrimientos engendran doxa-gloria y los trabajos, coronas. Si deseas alcanzar la doxa-gloria y sobresalir entre los demás, si quieres que te estimen en la sociedad en la que vives, sé justo, templado, sobrio, apacible, prudente, valiente y paciente en toda prueba por causa de la piedad. Así salvarás tu propia persona y, gracias a tus obras extraordinariamente importantes, alcanzarás una doxa-gloria mayor».
- Sobre la φιλοδοξία filodoxía amor o ambición de gloria y el ambicioso
La φιλοδοξία filodoxía ambición de gloria es el intenso deseo de quien ama la gloria de alcanzar fama y buena reputación. El filodoxo ambicioso persigue la doxa gloria. Esta constituye el objetivo de todas sus obras y acciones. La busca por todos los medios, lícitos e ilícitos, y hace cuanto puede para alcanzar renombre. El impulso irresistible que lo domina en pos de la gloria lo aparta del camino real de la virtud, que conduce a la verdadera gloria, y lo lleva por senderos tortuosos cuyo término es la deshonra. Se convierte en un adulador despreciable de los poderosos, en un esclavo barato y vulgar de quienes sobresalen, en un alabador sin conciencia de quienes considera perfectos, en un esclavo vil y rastrero de los poderosos y en un servidor dispuesto de los servidores de los gobernantes.
En su psique-alma reina un único sentimiento: el amor a la gloria vana. En su corazón hay un solo deseo: la gloria brillante; en su pensamiento lo ocupa incesantemente una sola preocupación: cómo encontrar los medios para alcanzar la gloria que tanto anhela. Ninguna disposición mental sana permanece mucho tiempo en él. Todo cede ante el objetivo perseguido: la gloria. Incluso sus virtudes naturales quedan empañadas, porque se oscurecen por la pasión de la filodoxía amor a la doxa vana, ambición.
Plutarco llamó a la filodoxía ambición de gloria vana «comercio de la virtud», porque los ambiciosos no hacen nada en favor de la virtud, sino en favor de la gloria, pues han convertido la gloria en una especie de ídolo. Nada de lo que hacen los filodoxos ambiciosos es sincero ni verdadero; todo es falso y vil. Ignoran que cuanto más persigue uno la gloria vana, más se aleja esta de él y, en cierto modo, persigue a quienes la evitan; a quienes no la buscan, los envuelve, los abraza, los cubre con su manto y los proclama honrados e ilustres. Esta es la doxa-gloria que amaron los prudentes y sensatos, y esta fue la que buscaron con toda su psique-alma en todas las etapas de su vida.
- Sobre la vanagloria y el vanaglorioso
La vanagloria es la vana soberbia u orgullo que sentimos por nosotros mismos.
«Se llama vanaglorioso a quien, sin hacer nada, quiere ser glorificado» (San Isidoro Pilusiotis).
El vanaglorioso, por causa de la gloria mundana y corruptible, hace y dice cuanto hace y dice para que lo vean. La vanagloria es un gran obstáculo para la virtud.
San Juan Crisóstomo dice: «El amor a la gloria es un tormento, un tormento lleno de muchos males. Es una espina que cuesta mucho extraer y una fiera indómita de muchas cabezas que vuelve sus armas contra quien la alimenta. Así como el gusano se alimenta de la madera, aunque nace en ella; así como el óxido corroe el hierro y la polilla devora la lana, del mismo modo la vanagloria destruye la psique-alma que la alimenta».
La vanagloria es la madre del infierno, que enciende con violencia el fuego y alimenta al gusano venenoso. Mientras que todas las demás cosas terminan con la muerte, ella continúa disputando incluso después de la muerte, para exhibir su naturaleza sobre el cuerpo muerto.
Es difícil escapar del demonio de la vanagloria, porque cualquier cosa que hagas para alejarlo se convierte precisamente en causa de otra vanagloria.
La vanagloria está vacía por dentro, pues no contiene nada útil y solo persigue la admiración superficial de la multitud.
El vanaglorioso se engaña a sí mismo, creyendo ser alguien y enorgulleciéndose de la gloria vacía, cuando en realidad no es nada.
El vanaglorioso se parece a un hombre desgraciado que tiembla y tiene miedo constantemente, sirviendo a innumerables amos. La vanagloria es una tiranía que esclaviza a quienes ha sometido.
Una característica propia del vanaglorioso es preocuparse únicamente por su propia gloria, en lugar de procurar el beneficio de los demás. Los vanagloriosos se provocan y se envidian unos a otros.
San Gregorio el Teólogo dice: «La vanagloria es un gran obstáculo para la virtud. La gloria vacía seduce a los ingenuos. Quien la busca está vacío de toda virtud».
- Sobre πάθος pazos y el hombre apasionado, dominado por pazos.
[Πάθος pazos, padecimiento, pasión, emoción, hábito, adicción, mala costumbre, vicio, patología también fervor, manía u obsesión según el contexto. En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas y energías de la psique. Pazos son fuerzas que con su energía de la voluntad han tomado el camino equivocado.]
«El πάθος pazos es un impulso excesivo, es decir, un impulso que sobrepasa la medida de la lógica, o una expresión impulsiva que sale sin disciplina. El pazos es, por tanto, un movimiento pasional de la psique-alma contrario a la naturaleza, que se mueve irracionalmente» (Clemente de Alejandría).
«Se llama πάθος pazos, principalmente, a aquello que entendemos como exactamente lo contrario de la virtud de la απάθεια apázia impasibilidad (sin pazos)» (San Gregorio de Nisa). Y, de otro modo: «La pasión (pazos) es la transformación voluntaria de la virtud en maldad».
«Se llaman pasiones (pazos) del deseo aquellas que lo encienden o lo estimulan, como la diversión, la riqueza, la indolencia, la ociosidad, etc.» (Teofilacto).
«Quien sirve a sus pasiones (pazos) es más esclavo que todos los hombres» (San Juan Crisóstomo).
«Caer y quedar abandonado a las propias pasiones (pazos) constituye la esclavitud más extrema, porque se trata de la peor servidumbre bajo el peor amo» (Clemente de Alejandría).
«La pasión (pazos) que se reconoce inmediatamente puede curarse con facilidad; pero, cuando la cuidamos continuamente, no se cura y, con el paso del tiempo, se vuelve incurable» (Teófanes).
«Al principio, los πάθος pazos se combaten fácilmente. Cuando se fortalecen, atacan con todas sus fuerzas. Por eso, resulta arduo y peligroso combatirlas para quienes descuidaron hacerlo desde el principio» (san Nilo).
- Sobre la perseverancia
La perseverancia es la paciencia en la aflicción por causa del bien. Es la paciencia en los sufrimientos por amor al bien. La perseverancia anima al hombre a soportar con valentía las penalidades, las aflicciones y los embates adversos de la vida, para que no lo derriben las tormentas ni los torbellinos, ni pierda tampoco el bien que posee, conduciéndolo finalmente a la virtud.
El hombre perseverante es valiente y animoso; soporta las tribulaciones y pone su esperanza en el Señor y Dios suyo.
- Sobre la impaciencia
La impaciencia consiste en no soportar la aflicción, no soportar la prueba, no perseverar en el trabajo que uno ha emprendido y acobardarse ante los peligros. La impaciencia es un vicio o una maldad contraria a la virtud de la paciencia. Quien está dominado por ella evita todo sufrimiento en la realización del bien y toda aflicción por amor. Camina siempre por el camino espacioso de la perdición y evita el camino estrecho de la virtud. El impaciente se complace en no hacer nada, disfruta de sus deseos, procura satisfacerlos y pasa el tiempo entregado a los placeres. Recurre a cualquier método para evitar el sufrimiento.
El impaciente es cobarde, intolerante, insoportable, irritable, egoísta e interesado. No ha adquirido ningún bien para su psique-alma, porque evita el sufrimiento. Sin embargo, las virtudes se adquieren mediante sufrimientos y se alcanzan mediante esfuerzos. El impaciente es desdichado, desgraciado porque la recompensa de los sufrimientos es la felicidad; nadie que no haya sufrido alcanza la bienaventuranza y la felicidad. El impaciente carece de gloria, porque el padre de la gloria buena es el sufrimiento. El impaciente está desesperado, porque la esperanza pertenece a quienes sufren, trabajan y se afligen. Pero quien no sufre, ¿dónde puede poner su esperanza? El impaciente muere miserablemente.
- Sobre la enemistad y el enemigo
La enemistad, es decir, la aflicción, el dolor del corazón, la ira, el odio, la aversión hacia alguien y el impulso de la voluntad de perjudicar a la persona que se detesta.
Quien es enemigo acecha, permanece siempre alerta y busca una ocasión. Vigila la vida de su enemigo y está dispuesto a atacarlo, no solo con un palo, con piedras o con fragmentos de cerámica, como Linceo, sino también fingiendo ser amigo, servidor o adoptando cualquier otra apariencia que acostumbre a utilizar, con tal de conseguir lo que pretende. Observa atentamente todo cuanto el otro hace y piensa, y rastrea e investiga los acontecimientos para descubrir lo que sucede.
Se observa, además, que los amigos muchas veces se descuidan, nos desatienden y se olvidan de nosotros, ya sea porque enferman o porque mueren; los enemigos, en cambio, incluso en sueños piensan en qué mal pueden hacernos.
San Juan Crisóstomo dice: «Nada es más peligroso que llegar a tener siquiera un enemigo, porque, de las innumerables cosas que este dirá contra nosotros, se difaman nuestro honor y nuestra reputación, se enturbia nuestra diania (mente intelecto), se perturba nuestra conciencia y nuestros pensamientos padecen continuos tormentos».
- Sobre la envidia
La envidia es una pasión (pazos) de la psique-alma malvada, que se consume de celos cuando ve prosperar a su prójimo. Es aflicción por los bienes ajenos. Es un juez apasionado de los bienes de los demás. La envidia es la raíz de todos los males, la fuente de toda desgracia y el semillero de las praxis, acciones impías. De todas las pasiones, la envidia es la más injusta y, al mismo tiempo, la más justa. En el primer sentido, atormenta especialmente a los buenos; en el segundo, consume a quienes la poseen. Así como el óxido corroe y devora el hierro, también los celos consumen la psique-alma de quien los alberga.
La envidia, por tanto, primero corroe al envidioso y después a la persona envidiada. Primero extermina su propia psique-alma —como la serpiente devora el vientre que la alimentó— y después muerde a aquel a quien envidia. La envidia no tiene por sí misma ninguna razón de existir y, por eso, tampoco puede obtener perdón. No sabe reconocer lo que le conviene. Ninguna pasión es más destructiva que la envidia, porque corrompe las psiques-almas desde el mismo momento en que brota en ellas.
¡Ella enseña el asesinato! ¡Oh, envidia, eres raíz de la muerte, enfermedad compleja, el más afilado clavo del corazón! Nada hiere con tanta agudeza como tú, que perforas todo corazón que te alberga. ¡Gran mal es la envidia! Ella ennegrece los ojos de la psique-alma y la envuelve en profundas tinieblas. Adormece sus sentidos. Primero la endurece y después la conduce al endurecimiento total. Ella corrompió por completo al hombre. Ni el gusano ni la polilla suelen instalarse en la madera y devorarla de esta manera, ni la polilla que roe la lana causa tanto daño como la fiebre de los celos, que devora los huesos de los envidiosos y saquea la templanza de la psique-alma.
San Basilio el Grande dice: «¿Qué puede haber más destructivo que esta enfermedad? Es corrupción de la vida, enfermedad de la naturaleza; se enemista incluso con los bienes que Dios ha concedido, se opone a Dios, es un mal insoportable, una enseñanza del maligno, una invención de los demonios, semilla de enemistad, compromiso con el infierno, obstáculo para la piedad, camino hacia la Gehena y privación de la Realeza increada de los Cielos».
San Juan Crisóstomo, por su parte, dice: «La envidia transforma al hombre en Diablo. Lo convierte en un demonio salvaje. Por envidia se cometió el primer asesinato; así se ignoró la naturaleza y así se contaminó la tierra. Nada más pernicioso penetra en las psiques-almas de los hombres que la pasión de la envidia, que apenas aflige y perjudica a los demás, puesto que quien primero sufre el mayor daño es el propio envidioso».
- La imagen del hombre envidioso
El envidioso es enemigo de sí mismo. Está siempre dominado por la tristeza y se atormenta a sí mismo, como si fuera su propio enemigo. El envidioso es más desdichado que los demás, pues piensa en cuánto sufren y padecen los otros a causa de sus desgracias, mientras que él no solo se aflige por sus propios males, sino que también envidia y se entristece por los bienes ajenos. El envidioso es necio y malvado. Necio, porque prefiere su propio mal antes que el bien ajeno; malvado, porque desea el mal del otro en lugar de su propio bien. El envidioso es esclavo de un tirano terrible.
La imagen del envidioso es sumamente desagradable. La tristeza y la amargura han pintado en su rostro sus propias imágenes repulsivas. Su mirada es fría y turbia; sus mejillas están caídas, sus cejas contraídas, sus labios fruncidos, su pecho oprimido y su cabeza inclinada. El envidioso tiene una psique-alma malvada, aplastada por las pasiones. Tiene un corazón duro y endurecido, al que los celos pinchan sin cesar y que sangra por sus heridas. En sus ojos nunca brilla la alegría, ni su corazón se estremece cuando recibe una buena noticia.
El envidioso conspira fácilmente contra los demás; es injurioso, calumniador, difamador y pendenciero, y convive perpetuamente con la muerte. El envidioso solo conoce una alegría capaz de conmover su corazón y extender un brillo malicioso por sus ojos: la alegría que nace de la destrucción de aquellos a quienes envidia. Se regocija con los sufrimientos ajenos exactamente como el cerdo se deleita en el barro. El envidioso se siente aliviado y respira libremente cuando les sobrevienen desgracias a quienes obran el bien. Solo entonces se alegra, cuando la pasión de los celos queda saciada por la completa corrupción o destrucción de aquellos a quienes envidia.
El envidioso es un hombre terrible y abominable. El Tártaro será su morada.
- Sobre el odio
¡Odio! ¡Nombre abominable! ¡Palabra terrible! ¡Pasión satánica! ¡Odio! Tu nombre expresa enemistad y aversión hacia Dios y hacia el hombre; tu presencia, dondequiera que aparezcas, amenaza con la destrucción. No te preocupas por nadie, no te compadeces de nadie ni tienes misericordia de nadie. Eres cruel e implacable con todos y buscas su perdición. Eres una pasión terrible, porque devoras los corazones que has conquistado y les ocasionas dolores insoportables. Muerdes las entrañas de aquel a quien has sometido y oprimes su psique-alma.
Quien ha sido dominado por ti es el más desdichado de los hombres, porque llenas su corazón de amargura y dolor, llenas su boca de maldiciones e impulsas su lengua a proferir blasfemias. Armas su mano para que cometa asesinatos e impulsas sus pies para que se apresure a vengarse. Mantienes siempre oscurecido su nus (espíritu) y llenas sus pensamientos con tu turbia presencia.
- a. El carácter del que odia
El que odia es sombrío, hosco y melancólico. Tiene el rostro oscuro, y la tristeza que lo envuelve lo hace abominable. El que odia no ama a nadie; nunca se alegra ni se conmueve. Es malicioso, engañoso, traicionero y malévolo; conspira fácilmente contra los demás y es homicida. Lleva sobre sí la imagen de la maldad, pintada con los colores más vivos. El que odia se apartó de Dios y siguió al maligno, recorriendo la vida junto a él. ¡Hombre cobarde! ¿Cómo comparecerá ante Dios en el último día?
- b. Sobre la ausencia de rencor o resentimiento y el hombre que no guarda rencor
La ausencia de rencor o resentimiento es una virtud cristiana de gran valor ética, porque brota del amor a Dios y al prójimo. La ausencia de rencor manifiesta el olvido de las ofensas y el perdón de los pecados ajenos por amor a Dios.
El hombre que no guarda rencor es un hombre bueno: ama a todos y es amado por todos. Su rostro es alegre, su carácter sereno; es amable, fraternal, misericordioso y conciliador. El hombre que no guarda rencor teme a Dios y observa su ley. Recuerda siempre estas palabras: «Perdonad, y seréis perdonados» (Lc 6,37), y «perdona a su hermano sus deudas» (cf. Mt 18,27). Nunca alimenta la ira y tiene misericordia de quien lo ha agraviado. Perdona fácilmente a quienes le hacen daño; no tiene en cuenta el mal que le hicieron, sino que, por el contrario, les ofrece su ayuda y les hace el bien.
Su nus es incapaz de recordar el mal que le hicieron. Su corazón expulsa el peso del rencor o resentimiento y no lo conserva en su interior. Le agrada hacer el bien únicamente para beneficiar a su hermano. No devuelve mal por mal a nadie, sino que siempre piensa y procura el bien de todos los hombres. Vive en paz con todos. Si su enemigo tiene hambre, le da de comer; si tiene sed, le da de beber. Si carece de ropa, lo viste; si está enfermo, lo cuida. No se deja vencer por el mal, sino que vence el mal con el bien. Sus caminos son rectos y sus palabras, sinceras. Dios ama al hombre que no guarda rencor, acepta su sacrificio y escucha su oración. Le perdona sus faltas y lo purga y sana de sus pecados.
El hombre que no guarda rencor escuchará la dulce voz del Señor: «Bien, siervo bueno y fiel, sobre poco has sido fiel, y te pondré sobre mucho; entra a tomar parte en el gozo y alegría de tu Señor. (Mt 25,21).
- Sobre el rencor o resentimiento
El rencor o resentimiento consiste en recordar el mal que nos hicieron y pensar en la venganza. El rencor es maldad y una pasión atormentadora, porque corrompe la psique-alma y oscurece y perturba el nus, la mente y el corazón. El rencor no entiende de perdón ni de compasión; como es desprovisto de afecto y de misericordia, exige que se devuelva el mal recibido. El rencor o resentimiento es una maldad abominable que se gesta en una psique-alma malvada.
- La imagen del hombre rencoroso
El hombre rencoroso es transgresor de la ley, porque odia a su hermano, a quien debería amar conforme al mandamiento divino. Es soberbio, porque se opone a la ley de Dios. Es necio, porque, aunque peca cada día contra su prójimo, no tolera el pecado ajeno. El hombre rencoroso no recuerda los logos del Señor: «Perdonad y seréis perdonados», ni tampoco estas otras: «Porque si perdonáis a los hombres sus pecados, deudas y ofensas, también vuestro Padre celestial perdonará los vuestros, pero si no perdonáis a los hombres sus pecados, ofensas y faltas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas, faltas y pecados» (Mt 6,14-15).
Vemos que este hombre alimenta la ira, pero pide al Señor que lo sane. No muestra misericordia a otro hombre que comparte su misma condición pecadora; sin embargo, él mismo desea que Dios lo perdone. Aunque está hecho de carne, conserva en su interior la ira y el enojo, pero suplica y espera recibir el perdón del Señor. Está lleno de enemistad, no perdona y guarda rencor a su hermano, pero espera recibir el perdón de Dios. Sin embargo, no lo recibirá.
Recuerda perdonar la ofensa de tu prójimo y entonces, si lo pides, tus pecados serán perdonados. Abre su boca contra su hermano diciendo: «Del mismo modo que él se comportó conmigo, así me comportaré yo con él por todo el mal que me hizo. Acabaré con mi enemigo». Oculta su enemistad y actúa con engaño y malicia. Su manera de pensar es bestial e inhumana. No hay en él ninguno de los rasgos de bondad que recibió como donación del Padre celestial, a quien invoca como Padre, pero guarda rencor y resentimientos como un camello.
Dios aborrece y rechaza al hombre rencoroso, porque ha deshonrado la imagen de Dios que recibió. No acepta el regalo que el rencoroso ofrece sobre el altar. Su ofrenda es repugnante ante Dios. Su oración cae como un grano sobre una piedra, porque ha olvidado las palabras del Señor: «A mí me pertenece la venganza; yo daré a cada uno lo que merece» (Rom 12,19); «no te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien» (Rom 12,21). «Los caminos del hombre rencoroso conducen a la muerte» (Prov 12,28).
Los rasgos característicos de una psique-alma rencorosa son la pasión, el regocijo por el mal ajeno, la ira, el enojo, el furor, la intransigencia y el odio. El hombre rencoroso lleva sobre sí la ira de Dios y será reprendido por su rencor. En aquel día del juicio, el Juez imparcial le dirá lo mismo que al siervo malvado: «Su señor entonces, llamándolo, le dice: Siervo astuto malvado, toda aquella deuda te la condoné, porque me suplicaste. ¿No debías tú también tener misericordia y compasión de tu consiervo, como yo tuve compasión y misericordia de ti y te condoné la deuda?» (Mt 18,32-33), y lo enviará al fuego exterior y eterno.
- Sobre la venganza
La venganza consiste en causar un daño o castigar una injusticia por parte de quien ha sido agraviado; también se denomina defensa.
Alguien preguntó a Diógenes: «¿Cómo me vengaré de mi enemigo?», y este respondió: «Si tú te haces bueno».
El divino Pablo nos exhorta a no devolver mal por mal, sino bienes a cambio de maldades, diciéndonos: «Enfadaos, no cuando se pica vuestro egoísmo e interés propio, sino cuando se tergiversa la verdad de Dios, entonces no llegáis a pecar; pero si sucede que os enfadáis y os enojáis entre vosotros, pues, que os reconciliéis antes de que se ponga el sol; También dice: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que si haces esto, es como si le pusieras montones de carbones encendidos a su cabeza, es decir, él tendrá remordimientos de conciencia y gran vergüenza por el mal que te ha hecho.” Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber» (Rom 12,19-20).
Así entonces también el César, aunque era impío porque desconocía la ley cristiana, benefició a quienes lo perseguían y les hizo justicia mediante buenas obras. Otro dio la siguiente definición de la venganza: «La venganza consiste en preservar la gloria de la propia superioridad mediante hazañas iguales o más brillantes que las anteriores».
- Sobre la injuria y el hombre injurioso
La injuria es la manifestación, mediante las palabras, el tono y los modales, de pensamientos humillantes hacia el prójimo, pensamientos que anidan en el corazón de un hombre soberbio y orgulloso. La injuria se manifiesta como deshonra, desprecio y desfachatez. Es más difícil de soportar que una herida o cualquier daño corporal, porque el daño afecta al cuerpo, mientras que la injuria destroza la psique-alma. Por eso, los hombres soportan con mayor dificultad la injuria que el daño físico. El daño corporal no conduce a la ruina ni a la muerte de la psique-alma; la injuria, en cambio, ha llevado a muchas psiques-almas de hombres de honor hasta las puertas del Hades.
«Cuando la injuria florece, da como fruto la perturbación y la destrucción, de las cuales brota un fuego que consume».
El hombre injurioso es violento, insolente, soberbio, egoísta, engreído, iracundo, colérico, arbitrario, altivo, brusco, despiadado, desalmado, insensible y agresivo. Es el peor de los hombres. Es deshonroso. La Escritura dice: «Dondequiera que penetra la soberbia insolente, allí también se encuentra la deshonra» (cf. Prov 11,2).
El Señor condenó al hombre injurioso a la Gehena del fuego eterno. El injurioso desprecia a su hermano y menosprecia a su prójimo. Se comporta con ellos de manera arrogante y les hace ostentación de su superioridad. No respeta a nadie, ni siquiera a Dios mismo. Es impío respecto de las leyes, tanto las éticas y morales como las civiles: las transgrede y ultraja su autoridad. Dios aborrece al hombre injurioso.
La Escritura dice: «El Señor derriba las casas de los soberbios, injuriosos e insolentes» (cf. Prov 15,25); «humilla a los que se dejan llevar por la insolencia. Los que se ensalzan por su injuria y soberbia serán quebrantados y humillados».
- Sobre la disputa y el hombre disputador
Se llama disputa a la contienda verbal, a la objeción irracional. Los disputadores o agresivos aman las disputas. La disputa nace de la vanagloria, y los disputadores son vanagloriosos. Discuten provocándose unos a otros, procurando que su opinión no sea menospreciada, sino que se imponga como correcta y llena de sabiduría. Los obstinados en sus opiniones, los pendencieros, los agresivos y los amantes de las disputas son vanos y vacíos. Luchan con los demás hasta quedar exhaustos y, aunque puedan acabar completamente agotados, no ceden. No se tienen consideración a sí mismos y se comportan como si estuvieran poseídos por la locura.
Luchan por una cuestión que no tiene ninguna importancia especial. Para ellos, lo importante no es la verdad, sino que la superioridad de la opinión ajena hace que su razón se detenga, mientras persiguen la victoria a gritos. Entonces sobrevienen la ira y el enojo, estalla un enfrentamiento furioso, se intercambian insultos y golpes, se desencadena la furia de la lucha y no dejan de combatir hasta que uno de los dos es vencido por la fuerza. Los disputadores son obstinados, ególatras, vanagloriosos y altivos.
- Sobre el celo por el bien
El celo es el ardor de la psique-alma, que se manifiesta como impulso, pasión o deseo. En mayor o menor medida, encontramos celo tanto en los hombres buenos como en los malos. El celo es bueno cuando su impulso se dirige hacia el bien y trabaja en favor de este. Sin embargo, cuando se manifiesta en favor de lo vulgar y lo insignificante, es malicioso. El celo bueno busca que la Realeza increada de Dios prevalezca sobre la tierra. Busca la perfección de la virtud, imita el bien y su psique-alma anhela lo bueno. El celo bueno nace en la psique-alma buena como un deseo virtuoso, sin el menor rastro de envidia; es una manifestación del amor al bien y expresa la disposición a progresar. El celo bueno desea siempre lo más elevado.
- Sobre el hombre celoso con conocimiento
El carácter del hombre celoso con conocimiento es el de quien adora a Dios con entusiasmo y fervor por su fe. Está verdaderamente consagrado por completo a Dios y observa su ley con rigor. Sigue con reverencia y devoción las tradiciones de los Padres y trabaja con gran ardor por la doxa-gloria de su nombre. Ama las obras dignas de alabanza y, lleno de anhelo, se apresura a imitar las buenas acciones. Recorre con gran disposición el camino de la virtud y busca con celo las ocupaciones más excelentes. El hombre celoso con conocimiento es amigo de todo lo bueno, ama y desea todas las virtudes.
Arde en el deseo de difundir el logos divino, con el propósito de consolidar la fe, favorecer la obra de la Iglesia, lograr una mayor eficacia de la predicación divina y restablecer la Realeza increada de Dios sobre la tierra. El hombre celoso con conocimiento trabaja siempre, está siempre en movimiento y permanece siempre activo. Su celo arde y se reaviva tanto más cuanto más se esfuerza por el bien y cuanto más ama a Dios.
Este hombre celoso, aunque se esfuerza, no se desanima; aunque trabaja, no desfallece; aunque sufre, no siente el cansancio; aunque se entrega y se desgasta, no se agota ni se queja. Siempre vigoroso y lleno de energía, alegre y valiente, se lanza a nuevas tareas. Inflamado por su celo divino, busca extender sus acciones a toda la humanidad. El hombre celoso con conocimiento, movido por su agapi (amor incondicional) a Dios y al prójimo, hace todo con amor y abnegación. No hace nada que pueda causar aflicción y tristeza a su prójimo. Su celo está acompañado de iluminación y conocimiento. Nada lo impulsa a desviarse del camino recto.
Los rasgos característicos del hombre celoso con conocimiento son su ardiente amor a Dios y al prójimo, la mansedumbre, la tolerancia divina, la ausencia de rencor, la disposición a hacer el bien y la nobleza de modales. El hombre celoso con conocimiento es el modelo del verdadero cristiano.
- El carácter del hombre celoso sin conocimiento
Quien no es celoso con conocimiento tiene celo, pero carece de conocimiento. Se engaña en sus pensamientos y acciones, creyendo que trabaja por la doxa-gloria increada de Dios, mientras transgrede la ley que le manda amar al prójimo. El hombre celoso sin conocimiento, llevado por el ardor de su celo, hace lo contrario de lo que enseñan la ley divina y la voluntad de Dios. Incluso comete el mal si cree que de él resultará lo que considera bueno y virtuoso. El celo del hombre celoso sin conocimiento es un fuego que destruye: «Nuestro Dios es fuego consumidor» (Hebreos 12,29) y en Deuteronomio 4,24, donde se dice que “el Señor, nuestro Dios, es fuego consumidor y Dios celoso”. La destrucción va delante de él y la desolación viene detrás.
El hombre celoso sin conocimiento pide a Dios que haga caer fuego y consuma a todos los que no aceptan sus principios y convicciones. A esta clase de personas las caracterizan el odio hacia quienes profesan otra religión o pertenecen a otra confesión, los celos y la ira persistente, la resistencia apasionada al verdadero sentido de la ley divina, la obstinación ilícita en defender sus propias convicciones, el celo desenfrenado por avergonzar a todos, la ambición de gloria, la pendencia, la disputa y la inclinación a provocar conflictos. El hombre celoso sin conocimiento es un hombre destructivo.
- Sobre el celo malo y el carácter de quien lo posee
El celo malo es la efervescencia de una psique-alma malvada y se manifiesta como celos, envidia y odio hacia quienes poseen algo brillante. El celo malo está impulsado por lo vulgar y lo malicioso, y envidia lo bueno. Quien posee un celo malo, el celoso envidioso, busca empañar todo lo que resplandece y envidia a quien lo posee. Odia a quienes son felices y desea su desgracia. Se alegra de su destrucción y se complace en sus desventuras. No soporta que alaben o feliciten a nadie. Difama y calumnia a quienes se han distinguido por su gloria y honor. Encuentra defectos en lo bueno y desacredita lo que es digno.
Sus ojos no reconocen ninguna virtud. Su lengua se mueve para burlarse. Su boca profiere blasfemias. Su corazón se enemista con quienes progresan y rechaza a quienes lo superan. Odia el progreso y maquina maneras de obstaculizarlo. El envidioso es egoísta y necio, porque se considera el único digno del honor y la gloria que otros han alcanzado y siempre se cree perjudicado. El envidioso es malvado y trama el mal. Los males se acumulan en su corazón; siente desazón y tristeza cuando vive sin gloria, y se consume de celos. El envidioso es un hombre miserable y digno de lástima.
San Nectario de Égina y Pentápolis
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com
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