
San Nectario de Pentápolis: El conócete a ti mismo.
Γνῶθι σαυτόν
gnozi saftón
Conócete a ti mismo
(Tales de Milito y Delfos)
«Γνώσεσθε τὴν ἀλήθειαν, καὶ ἡ ἀλήθεια ἐλευθερώσει ὑμᾶς».
Gnósesze tin alízian, ke i alízia elefzerosi inmás
Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.
(CristoDios en Juan 8,32)
VII Capítulo: VIRTUDES ÉTICAS DE LA FACULTAD o PARTE GNÓSTICA (COGNOSCITIVA) DE LA PSIQUE-ALMA
- Sobre la sofía-sabiduría.
- La imagen de la prudencia.
- La imagen del hombre prudente.
- La imagen del insensato.
- Sobre la modestia.
- Sobre la humildad.
- Sobre la sobriedad
7b. Sobre la magnificencia y la imagen del magnífico.
- Sobre la presunción y el presuntuoso.
- Sobre el τύφος tifos engreimiento y el hombre engreído.
- Sobre la soberbia, orgullo y el soberbio, orgulloso.
- Sobre la altivez y el altivo.
- Sobre la arrogancia.
- Sobre la vanagloria.
- Sobre la obstinación.
- Sobre la grandilocuencia y el grandilocuente.
- Sobre el lenguaje obsceno, malo y el mal hablado.
- Sobre la jactancia personal.
- Sobre la malicia o mala astucia.
- Sobre la sencillez cristiana.
- Sobre la sofía-sabiduría
San Máximo el Teóforo dice lo siguiente acerca de la σοφία sofía sabiduría: «La característica particular de la sofía-sabiduría es la unión mística con Dios, que constituye el deleite de quienes son dignos y la buscan, y que hace semejante a Dios a quien participa de ella».
San Basilio el Grande dice acerca de la σοφία sofía sabiduría: «Esta es la ciencia de las cosas divinas y humanas, así como la causa de estas».
El sabio Salomón, en los Proverbios, proclama bienaventurado a quien ha encontrado la σοφία sofía sabiduría, diciendo: «Bienaventurado el hombre que ha encontrado la sabiduría y el mortal que ha conocido la prudencia. Porque sería mejor adquirirla, si os fuera posible, que adquirir tesoros de oro o plata. Porque es más preciosa que las piedras preciosas. Se revela a quienes desean acercarse a ella y es reconocida por ellos. Nada puede igualar su valor, porque de su mano derecha brota la longevidad y de su izquierda, la riqueza y la gloria. De la boca de la sofía-sabiduría procede la justicia, y en su lengua están siempre la ley y la misericordia. Sus caminos son buenos y pacíficos» (Prov. 3, 13-17).
En la Sabiduría de Salomón se dice: «Nada hay más rico que la σοφία sofía sabiduría, que conoce y realiza todas las cosas. No sentirás amargura si te relacionas con ella, ni dolor si vives en su compañía. Todo en ella es alegría, deleite y gozo» (Sabiduría de Salomón 8, 16-18).
Platón dice en la Apología de Sócrates: «La σοφία sofía sabiduría humana tiene un valor pequeño, casi insignificante. Sin embargo, quien pasa su vida reflexionando sobre lo que viene después de la muerte se alegra más cuando se aproxima a ella y está lleno de esperanza, porque llegará su fin, pues considera que allí se encontrarán los bienes supremos».
El sabio Sirácides dice: «La σοφία sofía sabiduría ha elevado a sus hijos; quien la ama, ama la vida misma, y quienes velan por ella se llenan de alegría y gozo. Quien la guarda heredará la doxa-gloria, y el Señor bendecirá sus pasos. Dios ama también a quienes la aman. Quien la obedece y la sigue puede juzgar a las naciones, y quien concentra toda su atención en ella puede vivir con seguridad» (Sab. de Sirácides 4, 11.15).
Isócrates considera que la σοφία sofía sabiduría es la única posesión inmortal, cuando dice: «La σοφία sofía sabiduría es el único patrimonio inmortal».
La verdadera σοφία sofía sabiduría es la sabiduría de Dios, aquella que enseñaron los Apóstoles, «la que había permanecido oculta en el misterio» (1 Cor. 2, 7).
- La imagen de la prudencia
La prudencia es la capacidad de discernir y elegir entre las cosas que deben hacerse y aquellas que no deben hacerse. Es la ciencia que permite distinguir los bienes de los males. La prudencia dirige los pensamientos y ordena los razonamientos. Es la vigilancia de nuestra facultad lógica y la salud del nus (espíritu humano).
La prudencia educa a la lengua para hablar sabiamente y guardar silencio acerca de aquello que no debe decirse. Enseña cómo hablar en el momento oportuno y cómo evitar las palabras pronunciadas a destiempo. Es la causa de las demás virtudes.
Además de otros bienes, la prudencia concede también la felicidad. Busca siempre la verdad y descansa en ella, puesto que esta conduce a Dios y a la bienaventuranza. La acompañan la buena voluntad, el buen razonamiento, el buen pensamiento, el orden, la decencia y el pudor. El Señor recomendó esta virtud a sus discípulos cuando los envió a predicar (Mt. 10, 16).
La prudencia es más preciosa que las piedras preciosas. Cuando se combina con la sencillez, es algo divino y extraordinariamente útil. Incluso podría decir que es la virtud más perfecta. Sin embargo, si ambas se separan, una degenera en malicia y la otra en insensatez. La prudencia es un hábito lógico y verdadero que contribuye a que el ser humano practique y haga el bien y la bondad y evite el mal y las maldades.
- La imagen del hombre prudente
Prudente es aquel que trabaja durante toda su vida por la virtud. El prudente es un hombre sensato y hace todo con filosofía, reflexión y conocimiento; ama el bien y aborrece el mal. Ama a Dios y lo descubre a través de sus criaturas. Sus logos y palabras están llenas de sensatez y sus obras son agradables a Dios. Sus caminos son rectos, ortodoxos y avanza en la dirección correcta. Sus pensamientos concuerdan con los de los sabios, y sus reflexiones, con las de los sensatos. Cuida y atiende con diligencia todo lo relacionado con su vida, ejercitando especialmente su conducta en la prudencia.
Cuando prospera, permanece modesto; cuando sufre adversidades, es paciente y perseverante. Antes de emprender cualquier cosa, el hombre prudente considera, ante todo, cuál es el propósito de su acción y después procede a realizarla.
El prudente permanece firme en todo. No se engríe, no se alaba ni se infla de orgullo, sino que se comporta con humildad y recuerda siempre que el ser humano es temporal y pasajero sobre la tierra, y que su verdadera ciudadanía o política de autogobierno —es decir, su verdadera vida— está en los cielos.
Bienaventurado el hombre que ha adquirido la σοφία sofía sabiduría, y feliz el mortal que ha alcanzado la prudencia.
- La imagen del insensato
El insensato carece de prudencia y de capacidad de previsión; vaga y se pierde entre sus propios pensamientos. Tropieza con numerosos deseos insensatos y perjudiciales. Se deja arrastrar por caminos tenebrosos y es conducido a la destrucción y a la perdición. El insensato es impío e irrespetuoso: su insensatez lo extravió y lo condujo a negar a Dios: «Dijo el insensato en su corazón: No hay Dios» (Salmo 13(14),1.
La psique-alma del insensato adora el cuerpo y el pensamiento carnal. La luz que había en ella acabó convirtiéndose en oscuridad o tinieblas. Cuando examina el mundo, no distingue nada más que la materia inestable en sus diversas formas. Su aguda visión no consigue discernir nada, en medio de las tinieblas que lo rodean, más allá de la materia privada de espíritu. La psique-alma del insensato ha negado su propia existencia, porque el insensato camina en las tinieblas u oscuridad y una noche sombría ha inundado su psique-alma.
Los caminos del insensato conducen al Hades. El recorrido de su insensatez está lleno de errores y es sumamente difícil de transitar. La propia creación, con una sola voz, «clama» y proclama la sofía-sabiduría creadora. Solo el insensato se atreve a rechazarla. La humanidad entera confiesa, con una voz común, que existe un Creador del universo; sin embargo, el hombre insensato se opone a esta confesión. El insensato niega a Dios en su corazón. Niega al que puso los cimientos mientras contempla el edificio.
San Juan Crisóstomo dice acerca del insensato: «Dijo el insensato en su corazón: “No hay Dios”. Si no hay fundamento, ¿cómo se sostiene el edificio? Si no existe la quilla, la base del barco, ¿cómo se mantiene unido? Si no existe el constructor de barcos, ¿cómo se ensambló la nave? Si no existe el músico, ¿cómo brota la música de la lira? Si no existe quien prevé las cosas, ¿cómo se manifiesta en todas y en todo la providencia de Dios? Si no existe el cochero, ¿cómo son conducidos los carros de cuatro ruedas? Si no existe el escultor, ¿cómo llegaron a existir los seres humanos, que, como estatuas, aparecieron en el mundo?
Si no existe quien construye las bóvedas, ¿quién sostuvo entonces el cielo a modo de bóveda? Si no existe el joyero, ¿quién colocó entonces el sol en el cielo como un disco de oro puro sobre una mesa? Si no existe quien porta la lámpara, ¿quién levantó entonces la luna en la noche como una lámpara de plata? Si no existe quien ilumina, ¿quién te proporcionó entonces las estrellas para que brillen ante ti y te iluminen? Si no existe quien hizo “las grandes luminarias por sí solo”, ¿quién colocó entonces las estrellas a semejante altura e hizo que encendieran como lámparas?
Así lo dice también el profeta: “Al que hizo las grandes luminarias por sí solo, el sol para regir el día y la luna para regir la noche” (Sal. 135, 7-9).
Si no existe el Creador, ¿de dónde procede, entonces, la belleza? La extraordinaria belleza de las criaturas da testimonio de su Creador. Porque, precisamente por la inmensa grandeza y la extraordinaria belleza de las criaturas, podemos contemplar en ellas, por analogía, al Creador.
Dijo el insensato en su corazón: “No hay Dios”. Es decir, todo cuanto sucede, se realiza y actúa en el mundo tiene a alguien que lo proyecta y a alguien que lo ejecuta, ¿y solo el mundo carece de Aquel que lo creó y lo adornó?
Si para ti no existe Dios, ¿qué haces en el lugar donde se encuentran las cosas que pertenecen a Dios? ¿Habitas en la casa de Dios y niegas al dueño de la casa? Entonces, paga el alquiler, que no es otra cosa que la acción de dar gracias, o abandona la casa. ¿Por qué permaneces en ella y la contaminas con tus blasfemias?».
El insensato rechazó la prudencia, que es una virtud del entendimiento, la lámpara de la psique-alma, la reina de los pensamientos y la enseñanza de las cosas buenas; y desechó la sabiduría, la sensatez y el conocimiento.
La Escritura llama insensato no a quien carece de entendimiento, ni al demente, ni a quien tiene poco entendimiento, sino al que tiene un pensamiento perverso.
¡Pobre y desgraciado es el hombre insensato!
- Sobre la modestia
La modestia es la virtud del hombre modesto. Modesto es aquel que no piensa de manera irracional acerca de sí mismo. El hombre modesto no se jacta con sus logos y palabras ni pronuncia discursos grandilocuentes y presuntuosos, sino que evita toda exageración en cuanto hace.
Es servicial y útil con sus amigos, amable con sus servidores, paciente con los insolentes, filántropo con los pobres y humillados, consolador de los maltratados y visitante de quienes sufren. Nunca mira a nadie por encima del hombro. Es dulce al hablar, agradable al responder, prudente y accesible a todos.
No se alaba a sí mismo ni busca que los demás lo alaben. No acepta conversaciones indecorosas y, además, procura mantener ocultas tantas como puede sus propias cualidades y ventajas.
El humilde de corazón se convierte en modelo y ejemplo de modestia y nobleza. El hombre modesto atrae el amor y la estima de todos; todos lo elogian y lo honran. Por su agapi (amor desinteresado e incondicional) a los seres humanos, se humilla y, mediante su modestia, vence a los orgullosos y arrogantes.
La modestia adorna a quienes la poseen y los envuelve con el ornamento de la dignidad y la elegancia.
- Sobre la humildad de corazón
La humildad de corazón es una gran virtud, una fuerza que eleva y una fuente de todos los bienes. Es el fundamento firme y estable de todas las virtudes. Es guía de elevación ética y moral, escala de perfeccionamiento ético, medio de amistad y comunión con Dios, principio del conocimiento de nosotros mismos y perfeccionamiento del verdadero conocimiento (gnosis) de Dios.
¡Verdaderamente, la humildad de corazón es un gran progreso, una virtud de máxima dignidad y una cualidad extraordinaria! Es, en verdad, madre, nodriza, raíz y condición previa de todos los bienes.
Sin ella, somos dignos de que Dios nos rechace, pues estamos contaminados e impuros. Es el fundamento de nuestra filosofía de vida, que enseña con seguridad las elevadas verdades acerca de Dios y del mundo, ya que la humildad de corazón es portadora de la fe en Dios.
Si esta no se coloca primero, como fundamento del edificio ético, aunque construyas miles de cosas sobre la soberbia u orgullo —incluso limosnas, oraciones, ayunos y toda clase de virtudes—, todo se edificará sin propósito y en vano, y se derrumbará con suma facilidad, conforme a la parábola evangélica de aquella casa construida sobre la arena. Pues no existe ninguna de nuestras buenas obras que no necesite de ella.
Nada puede mantenerse en pie sin la humildad de corazón. Tanto si hablamos de la σωφροσύνη (sofrosini: templanza y sobriedad espiritual), de la virginidad, del desapego de las riquezas o de cualquier otra virtud, si falta la humildad de corazón, todo resulta impuro y repugnante (San Juan Crisóstomo).
San Ambrosio dice que «cuanto más se humilla la psique-alma, tanto más recibe la divina Jaris (gracia, energía increada) y los carismas del Espíritu Santo».
Asimismo, Sirácides dice: «Cuanto más grande seas, tanto más debes humillarte, y hallarás Jaris ante el Señor» (Sabiduría de Sirácides 3, 18).
El verdadero humilde de corazón no es aquel que carece de cualquier mérito del que pudiera enorgullecerse, sino aquel que posee virtudes y podría ensoberbecerse por ellas; sin embargo, no se enorgullece, sino que se humilla, consciente de sí mismo. Este es el verdadero humilde de corazón. Existe verdadera humildad de corazón cuando alguien, siendo una persona eminente, se humilla a sí mismo.
San Juan Crisóstomo dice: «Esto es la humildad de corazón: cuando alguien, teniendo motivos para enorgullecerse, se contiene, se humilla y piensa modestamente de sí mismo. En el hombre que, siendo pecador, se considera humilde, no existe verdadera humildad de corazón». Y añade: «La humildad de corazón es la humillación de la propia conducta y humillar el egoísmo; la humildad de corazón consiste en afrontar con fortaleza las ofensas de los demás, en contemplar profundamente el propio pecado y en soportar las acusaciones».
San Basilio el Grande dice: «Bienaventurado quien ha adquirido la virtud de la humildad de corazón y, aunque sea digno de honor, no se ensoberbece. El soberbio queda cegado y cae en el pecado, guiado por los pensamientos del Diablo».
San Macario dice: «Bienaventurado aquel que lleva una vida abundante, cómoda y llena de gloria, pero conserva una conducta y un sentir humilde. El humilde nunca puede caer, porque ¿cómo podría correr el peligro de caer quien se coloca por debajo de todos?».
San Juan Crisóstomo añade: «Esto es la humildad de corazón: que quien se eleva por sus buenas obras se humille a sí mismo en lo profundo de su nus (espíritu)».
Y continúa: «¿Cuál es la cabeza de la virtud? La humildad de corazón. Esta cabeza, en lugar de cabellos, se ofrece a sí misma en sacrificio a Dios. Es un altar de oro y un altar espiritual».
Verdaderamente bienaventurados son quienes han adquirido la humildad de corazón, porque está escrito: «El Señor se opone a los soberbios y concede Jaris a los humildes» (Sant. 4, 6).
7α. Sobre la sobriedad
La sobriedad es el estado natural del nus (espíritu) y la mente del ser humano cuando no ha caído en la embriaguez. Por tanto, la sobriedad significa reflexión, prudencia y atención. De ahí que sobrio sea aquel que se encuentra vigilante y puede examinar atentamente aquello que puede hacer.
El hombre sobrio tiene la mente agudizada, es perspicaz e inteligente; no está sumergido en preocupaciones, pero tampoco se desanima. Está siempre atento para verlo todo y velar por todo.
La sobriedad es necesaria para todos, por la necesidad de conducirnos correctamente en la vida. La sobriedad capacita a los jóvenes para destacar en las ciencias y los convierte en personas prudentes y virtuosas. A los hombres adultos los hace profesionales y empresarios exitosos; y a los ancianos los hace sobrios y sensatos, dotados de la prudencia apropiada para su edad, de modo que puedan ofrecer consejos juiciosos y sensatos.
El apóstol Pablo exhorta a las mujeres a ser sobrias y a los hombres a beber poco vino, para que no se embriaguen.
7β. Sobre la magnificencia y la imagen del hombre magnífico
La magnificencia consiste en pensar con sabiduría y esplendor, y en realizar obras importantes y nobles. Magnífico es aquel que piensa con sabiduría y esplendor y realiza obras importantes y nobles; es el hombre ilustre, libre, de ánimo elevado, capaz de grandes obras y de grandes aspiraciones.
San Basilio el Grande escribe lo siguiente acerca de la magnificencia:
«En verdad, el hombre magnífico contempla siempre las cosas que están por encima de lo corporal, ya que no considera que ninguna de estas últimas sea digna de mención en comparación con las realidades invisibles. Ninguna circunstancia puede entristecer al hombre magnífico ni ninguna pasión (pazos) puede perturbarlo. Tampoco lo inducen al mal los pecados de las personas vulgares y despreciables, ni puede humillarlo la impureza carnal, porque es muy difícil que las pasiones degradantes se acerquen a él. Ni siquiera pueden verlo, debido a la elevada posición que ocupa.
En algún lugar se habla también de la magnificencia divina: “Tu magnificencia se ha elevado por encima de los cielos”» (Sal. 8, 2).
- Sobre la presunción y el presuntuoso
La presunción (vanidad presuntuosa) es la actitud orgullosa de una persona insignificante que se considera grande e importante. El presuntuoso tiene una gran estima de sí mismo, piensa con orgullo y, aunque lo ignora todo, se cree sabio. Hace alarde de ser prudente, cuando en realidad es insensato. Se considera alguien, cuando no es nada. Se engaña a sí mismo y sus obras no merecen ni siquiera ser mencionadas. Siendo malo, se considera bueno. No mide sus actos con la medida común de la valoración, sino que establece su propia medida, proporcionada a su presunción y vanidad.
Los antiguos consideraban la presunción una pasión impura por naturaleza y creían que constituía un obstáculo para el progreso, porque quien está dominado por ella no admite corrección. El presuntuoso vanidoso considera indudable todo aquello que él mismo cree. Desprecia a los demás y mira por encima del hombro a sus allegados. Está vacío y se le han subido los humos a la cabeza. Siempre está afligido y se queja, porque, según él, no reconocen su valía. Es un acusador implacable de los demás, especialmente de quienes no lo admiran. Se queja de que es víctima de injusticias por parte de quienes lo superan y se enfrenta incluso a la Providencia de Dios. El presuntuoso es impío, puesto que se adora únicamente a sí mismo.
- Sobre τύφος tifos engreimiento y el hombre engreído.
(Τύφος (tífos): engreimiento, soberbia, arrogancia, vanidad, presunción, , altivez, hinchazón del ego; también significa humo o vapor. El τύφος está relacionado con el verbo τύφω (tífo), producir humo, humear. A nivel popular es el que apesta, huele mal.
-Sentido figurado: engreimiento, orgullo que ofusca el entendimiento y hace que la persona tenga una imagen exagerada de sí misma.
-En sentido patrístico: soberbia, vanagloria y ofuscación espiritual; estado en el que el egoísmo y la presunción impiden al hombre reconocer humildemente su propia condición.)
El τύφος tifos hinchazón de orgullo es arrogancia, delirio, altivez y vanagloria. Es como un tumor maligno de una psique-alma enferma, que se ha infectado en un cuerpo herido.
San Basilio el Grande dice: «El τύφος el engreimiento, hinchazón de orgullo, parece ser la pasión más difícil de los hombres, y a quien ataca lo convierte en juguete del Diablo».
Al hombre con tifos, hinchado de orgullo, se le hincha la cabeza a causa de su mentalidad carnal, y cae en manos del Diablo. Está lleno de arrogancia; lo dominan la insensatez, la fantasía, el delirio y el individualismo.
«Quien está dominado por el τύφος hinchazón de orgullo, como si hubiese sido modelado defectuosamente, contempla de manera distorsionada las imágenes de las cosas» (Platón).
«Tres veces desdichados son todos aquellos que se imaginan grandes a sí mismos, pues desconocen la naturaleza de los seres humanos» (Menandro).
- Sobre la soberbia u orgullo y el soberbio, orgulloso
La soberbia es altivez, grandeza de ánimo mal entendida y una manera irracional de pensar acerca de uno mismo. La soberbia u orgullo equivale al desprecio de Dios. Pues cuando alguien obra el bien y no se lo atribuye a Dios, sino a su propia fuerza, desprecia al mismo Dios. La soberbia u orgullo es relegar a Dios, porque quien se atribuye a sí mismo sus logros reniega de Dios y se convierte en adversario de Dios.
Teodoreto dice: «Todas las formas del pecado son horribles y repugnantes. Sin embargo, peor que todas es la soberbia u orgullo».
Por su parte, San Gregorio de Nisa dice: «La soberbia u orgullo, podría decirse, es la semilla o la raíz de la espina del pecado en el hombre que, además, tiene la impresión de no pecar».
Teofilacto la llama acrópolis (bastión principal, punto culminante de una ciudad) de los males y desprecio de Dios.
San Basilio de Seleucia dice: «La soberbia es la acrópolis (bastión principal) de las enfermedades; combate a Dios, desconoce la propia naturaleza y padece por obedecer la voluntad del Diablo, por lo cual incluso el camino de la virtud resulta vano. Pues, aunque todas las virtudes lleguen juntas y se presenten, cuando se acerca la soberbia, se dispersan y se extinguen, como se apagan las lámparas encendidas cuando se acerca el viento. De nada sirve el ayuno cuando se mezcla con la soberbia; también la virginidad resulta inútil cuando queda mancillada por la pasión de la soberbia u orgullo. Dios aborrece la justicia que está al servicio de la soberbia y detesta las buenas obras cuando estas hinchan de arrogancia la psique-alma».
El soberbio es extremadamente insensato e ingrato.
San Basilio el Grande dice: «Soberbio o orgulloso es aquel que se jacta ante quienes lo rodean y procura exhibirse».
Por su parte, San Isidoro de Pilusiotis dice: «Llamamos soberbio a quien se engríe por las ventajas que posee, despreciando a los demás».
San Juan Crisóstomo dice acerca de la soberbia:
«Ningún mal es comparable a la soberbia u orgullo. Convierte al hombre en demonio, insolente, blasfemo y perjuro; provoca muertes y desea asesinatos. El soberbio u orgulloso vive siempre en la tristeza, siempre está indignado y siempre se encuentra perturbado. No existe nada que pueda satisfacer esta pasión suya. Aunque viera al rey inclinarse y postrarse ante él, no quedaría satisfecho, sino que se hincharía todavía más de orgullo. Porque, así como los avaros y ambiciosos cuanto más adquieren, más desean, también los soberbios u orgullosos, desesperadamente, cuanto más honor reciben, más desean, porque de este modo su pasión aumenta. Se trata, en efecto, de una pasión sin límites, que solo se detiene cuando haya destruido a quien ha tomado posesión de él».
La soberbia u orgullo engendra la desvergüenza, el ultraje, el desprecio de los hermanos, el menosprecio de los pobres, la dureza de corazón y la falta de humanidad.
«El Señor se opone a los soberbios u orgullosos» (Sant. 4, 6).
- Sobre la altivez y el altivo
La altivez de pensamiento y conducta consiste en pensar en cosas elevadas, pero por presunción y soberbia. El altivo se ensalza a sí mismo, engrandeciéndose por sus supuestos logros, porque quiere distinguirse por sus virtudes y no ser contado entre los humildes. El altivo es fantasioso, arrogante, egoísta, vanidoso, amante de sí mismo y despreciativo.
El altivo adopta deseos irracionales y suscita en su corazón pasiones (pazos) insaciables. Se esfuerza por satisfacerlas y, cuando fracasa, bebe copas incesantes de tristeza. La vanidad domina su interior y lo embriaga, ofreciéndole de beber del recipiente que lleva en la mano. El altivo pasa su vida sumido en las tristezas.
- Sobre la arrogancia
«Arrogancia: hábito de fingir que se poseen bienes inexistentes» (Platón, Definiciones).
El arrogante, aunque es pobre, quiere parecer rico; aunque se encuentra necesitado, aparenta abundancia. Aunque carece de lo absolutamente necesario, se presenta como si fuera afortunado.
Sacrifica lo necesario para su sustento con tal de adquirir aquello que le permita exhibirse. Busca elogios, persigue honores, reniega de su linaje y adopta un apellido falso para presentarse como si descendiera de una familia noble. Se pavonea por cada buena acción que realiza y pronuncia grandes palabras acerca de su felicidad; se jacta de sus riquezas y se hincha de orgullo por su nobleza; está orgulloso de su belleza y se engríe por sus virtudes y talentos.
Quienes lo conocen se burlan de él, y los suyos se ríen a sus espaldas. La arrogancia es una pasión sumamente perniciosa y causa de muchos males para las sociedades. Ella lo llena todo de ruido, provoca divisiones, suscita enfrentamientos, derriba regímenes, perturba la paz, incita a las batallas y enciende las guerras. Ella es la causa de todas estas calamidades.
- Sobre la vanagloria
San Basilio el Grande dice que la vanagloria es el dulce ladrón de la riqueza espiritual; aquella que combate dulcemente nuestras almas. Es la polilla de las virtudes, que con deleite saquea todo lo que nos pertenece; envuelve en miel el veneno de su propio engaño y con él da de beber la copa mortal a las dianias (mentes, intelectos) de los seres humanos.
La vanagloria no solo destruye las buenas obras, sino que también se convierte en guía de las obras perversas. La vanagloria contamina a los seres humanos más que cualquier otro pecado.
San Juan Damasceno dice: «La vanagloria es vana, no porque ame la gloria, sino porque no ama la gloria que procede de Dios».
La vanagloria socava los cimientos de las virtudes más grandes y actúa de tal manera que estas terminan derrumbándose. La vanagloria es un mal grande y engañoso.
San Basilio el Grande describe así al vanaglorioso: «Vanaglorioso es aquel que se gloría en las riquezas terrenales y se preocupa por el honor pasajero de los hombres; aquel que confía en sus ventajas corporales y se da gloria a sí mismo, pero no aquella que lo eleva a los cielos, sino aquella que lo mantiene prisionero en la tierra».
San Isidoro compara la vanagloria con la flor que florece durante un solo día.
- Sobre la obstinación de pensamiento
La obstinación de pensamiento, de la terquedad en las propias opiniones, es la opinión firme e inmutable del obstinado. El obstinado tiene una opinión propia y lucha con vehemencia para imponerla, aunque esta suele ser insensata e ingenua. Es ignorante, mal hablado y maleducado.
Aristóteles dice: «Obstinados son quienes creen únicamente en su propia opinión: los ignorantes y los maleducados» (Ética nicomáquea).
Los obstinados son altaneros, conflictivos, pendencieros, inconmovibles en sus convicciones, inflexibles, discutidores, egoístas y ambiciosos. Insisten en imponer su propia opinión por encima de la verdad y del interés real.
El obstinado no se preocupa por lo verdadero, lo correcto ni lo justo; contradice por igual a todo el mundo. Ha adquirido la costumbre de no responder de manera cortés. No puede conseguir amigos, porque se aleja de todos. Como miembro de una asociación, se vuelve insoportable, e incluso pueden fracasar las reuniones a causa de su terquedad. Como socio, es intransigente; como esposo, tiránico; y como gobernante, perjudicial, porque no acepta ningún consejero.
El obstinado cae en muchos males y, con frecuencia, su propia obstinación le hace beber la copa de la amargura.
- Sobre la grandilocuencia y el grandilocuente
La grandilocuencia, o el lenguaje exagerado, consiste en pronunciar grandes palabras, hablar con irreverencia acerca de todo, expresarse con arrogancia y jactancia, así como alabarse a uno mismo y burlarse de los demás. El grandilocuente abre la boca y habla de cosas supuestamente grandes e importantes. Piensa con soberbia, humilla a los buenos, desprecia a los poderosos y combate a los humildes. Se jacta de la magnitud de su fuerza y deposita su confianza en sus riquezas y en su propio poder. Se burla de quienes temen a Dios y habla desde una posición de superioridad.
Habla, supuestamente, de asuntos importantes, presentándose como alguien experimentado y excelente. Habla de manera blasfema y desprecia a los prudentes. No tiene en cuenta la ley y rechaza sus deberes. Comete injusticias y miente a sus interlocutores. La Escritura dice que Dios exterminará los labios engañosos y la lengua grandilocuente: «Extermine el Señor todos los labios engañosos y la lengua grandilocuente» (Sal. 11, 4). La Justicia divina alcanza a los grandilocuentes.
El grandilocuente habla blasfemamente y no obedece las leyes; niega su autoridad. Habla de sí mismo como si fuera una alta eminencia y ensalza su propio poder. En sus palabras domina el egoísmo, y sus pensamientos están dirigidos por la arrogancia y la altivez. Fantasioso y arrogante, camina por el mundo con porte altivo y orgulloso para exhibirse.
El grandilocuente es insolente y cobarde al mismo tiempo, porque su psique-alma es débil, al carecer de prudencia. Por una parte, amenaza con sus palabras y, por otra, tiembla de miedo y vive inquieto. La psique-alma del grandilocuente carece de fortaleza ética y moral, es insolente y cobarde, ingenua e insensata. Dios aborrece al grandilocuente.
- Sobre el lenguaje obsceno y el que habla obscenamente
El lenguaje obsceno (vulgar) consiste en hablar de manera indecente, y obsceno (mal hablado, vulgar) es quien habla así. El que habla obscenamente es el más vil de los hombres, el más despreciable de todos. Tiene un rostro descarado, un comportamiento desvergonzado y una lengua desenfrenada e insolente, sin el menor pudor y vergüenza. Es objeto de burla. Al hablar de ese modo, se insulta a sí mismo, cubriéndose de inmundicias; además, disfruta con sus vulgaridades. Es ruin, mezquino, injurioso, adulador, va de banquete en banquete y es sarcástico.
San Juan Crisóstomo dice acerca del que habla obscenamente (vulgar o mal hablado): «Si el arroyo está tan sucio, comprende cuál es la fuente de esa inmundicia».
Dice la Escritura: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt. 12, 34). De su boca sale toda palabra corrompida. Su boca está llena de desvergüenza, insensatez y palabrería. Considera agradable hablar de manera indecorosa y pronunciar aquello que el pudor y la dignidad no permite decir. Se comporta indecentemente en compañía de otros y es vulgar con todo el mundo.
- Sobre la jactancia acerca de uno mismo
La jactancia acerca de uno mismo consiste en hablar de sí como si uno fuera alguien importante o más poderoso que todos los demás. Quienes se comportan así manifiestan una forma de hablar propia de quien carece de libertad interior y está lleno de pazos. Especialmente quienes escuchan esas palabras molestas no pueden contener su repugnancia y evitan a semejante persona, señala Plutarco.
El mismo autor dice: «El elogio que uno se dirige a sí mismo es vacío y carece de valor. Esto se aplica a quienes desean ser alabados. Cuando no consiguen que los demás los alaben, impulsados por su gran ambición, que ansía elogios, y creyendo que obran correctamente, se comportan mal».
Neófito Dukas subraya lo siguiente: «La jactancia acerca de uno mismo es una exhibición de palabras que, sin embargo, pone de manifiesto la pobreza de las obras. Revela, más bien, una virtud falsa que se orienta hacia las apariencias y deja entrever una mente vacía. Procura, por tanto, realizar las obras mejores y más numerosas, pero decir menos, para no parecer un odre hinchado de soberbia».
Por tanto, procura realizar las mejores obras y hacer más, pero decir menos, para no parecer un odre hinchado de soberbia.
- Sobre la malicia, vileza o mala astucia
La malicia, vileza o mala astucia es una disposición de la psique-alma por la cual el ser humano, voluntariamente, obra en contra de la voluntad divina. Esta mala disposición se denomina malicia y carga de dolor y sufrimiento a quien la lleva consigo. La malicia o mala astucia aflige al malvado. Bajo su lengua se encuentran el esfuerzo y el dolor. La malicia es una inspiración del maligno o mal astuto para esclavizar el corazón y el nus del ser humano. Quienes quedan dominados por la malicia son exterminados. La malicia es adversaria del Espíritu Santo y busca apasionadamente que la realeza del maligno prevalezca sobre la tierra.
La malicia es la madre de todo mal, es una vida demoníaca. Aleja al ser humano de Dios y lo entrega al demonio astuto y maligno, convirtiéndolo en su compañero y aliado. La malicia o vileza obra el mal mientras combate el bien, y desea aquello que no agrada a Dios. Es un engaño satánico que extravía a quien sigue sus perversidades, pues corrompe el nus (espíritu) y el corazón. Es una oscuridad que cubre el nus (espíritu) del malvado. Es un arte diabólico destinado a hacer prevalecer el mal. La maldad engendra la hipocresía, la doble cara y una falsa piedad para engañar a las personas buenas.
A quien ha sido dominado por la vileza o mala astucia lo caracterizan los siguientes vicios: la perfidia, la falta de sinceridad, el rencor, el amor a la venganza, la mentira, el engaño, la envidia, el mal de ojo, el odio, las maquinaciones, la hipocresía, la injusticia, el regodeo en el mal ajeno y todos los vicios pazos afines que empujan al ser humano hacia la perdición. El malvado o vil tiene el corazón y el nus sucios, y su psique-alma desprende un hedor insoportable. El malvado o vil es enemigo de Dios y, por ello, está condenado a la destrucción.
«Los que obran el mal serán exterminados» (Sal. 36, 9).
- Sobre la sencillez cristiana
La sencillez significa pureza de la psique-alma, integridad, sinceridad, una disposición sin malicia, pureza del nus (espíritu) e inocencia, en la que no hay nada oscuro ni engañoso. Todo es sincero y manifiesto, sin disimulos. Quienes poseen esta sencillez cristiana se conducen con rectitud de corazón ante Dios y no albergan en su interior ni el menor rastro de mala astucia. Sus ojos y su mirada son sencillos, puros y diáfanos. Su rostro resplandece y su corazón está lleno de alegría. Su mente es limpia como un cielo despejado. Sus pensamientos son puros como el oro refinado. Sus logos y palabras son verdaderos y su psique-alma está limpia de toda suciedad e impureza.
Al hombre sencillo lo caracterizan la honradez, la honestidad y la sinceridad; lo adornan la integridad, la nobleza y la modestia, mientras que la firmeza de su carácter le confiere honor. Ama con sencillez de corazón y se gana el afecto de todos. Quien posee la virtud de la sencillez cristiana ama a Dios, y Dios lo ama a él y escucha su oración. Lo contrario de la virtud de la sencillez es la maldad del hombre complicado y ridículo. (Véase también muy importante https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/
San Nectario de Égina y Pentápolis
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com
Continuamos con la traducción de siguientes capítulos







