San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo.
Preámbulo
Prólogo por san Nectario
I Capítulo: SOBRE LA FE
Preámbulo
Amigos en y de CristoDiosLogos:
Con la χάρις (Jaris: gracia, energía increada) del Señor y la ayuda de nuestro protector, san Dionisio el Areopagita, continuamos con el esfuerzo de traducir y sacar a la luz una de las obras más estudiadas, apreciadas y de mayor valor de nuestro gran santo Nectario de Egina y Pentápolis.
Su título es ΤΟ ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ (gnózi saftón): EL CONÓCETE A TI MISMO.
Este apotegma, que escuchamos por primera vez del antiguo filósofo heleno-griego Tales de Mileto, ¡cuánta permanencia encierra! Se ha convertido en una de las frases más repetidas por el ser humano desde sus orígenes.
Verdaderamente feliz y dichoso es aquel que ha conseguido conocerse a sí mismo, porque, a medida que lo va logrando, conoce también, paralelamente, sus deberes para con Dios y para con su prójimo.
San Nectario nos ofrece una ayuda inestimable para alcanzar este propósito mediante la obra que tenéis ante vuestros ojos. En sus dos partes —la primera dedicada al sentimiento religioso del hombre y la segunda a su ética— nos proporciona las respuestas y las soluciones que necesitamos para alcanzar nuestro propósito: la felicidad y la zéosis (divinización, glorificación) por la Jaris increada.
Entregamos esta traducción al mundo hispanohablante con la esperanza de que contribuya de manera significativa a que cada uno de nosotros profundice en el sentido de ΤΟ ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ (gnózi saftón): EL CONÓCETE A TI MISMO.
Dedico esta traducción a mi hija bienamada Cristina, heleno-española, que lleva mi nombre y que tanto insistió en que tradujera esta bella obra, inspirándome con su entusiasmo.
Considero que este libro, ΤΟ ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ (gnózi saftón): EL CONÓCETE A TI MISMO, junto con La guerra invisible, de san Nicodemo el Aghiorita, no debería faltar en la biblioteca de ningún cristiano.
Podéis consultar también la obra de san Nicodemo en Logos Ortodoxo:
https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-guerra-invisible-san-nicodemo-el-aghiorita/
Δόξα τῷ Θεῷ πάντων ἕνεκεν! ¡Gloria a Dios por todo! Amín.
Prólogo por san Nectario
Sobre el conocimiento profundo de nosotros mismos
El conocimiento profundo de uno mismo es el primer deber del hombre. El hombre, como ser lógico y ético, creado con libertad y religiosidad, criatura verdaderamente de elevada dignidad, está destinado a llegar a ser semejante a Dios —puesto que fue creado a imagen de Dios—, partícipe y copartícipe de la bondad y la bienaventuranza divinas.
Pero, para llegar a ser esto, es decir, semejanza divina, bueno y bienaventurado, y para comunicarse con Dios, debe, ante todo, conocerse a sí mismo. Sin el conocimiento consciente de sí mismo, vaga entre sus propios pensamientos, queda literalmente cautivo de diversos pazos (pasiones, vicios) es atormentado por deseos impetuosos, se ocupa de muchas cosas vanas, lleva una vida no ordenada, sino desordenada y llena de múltiples ocupaciones, y yerra en todo. Se desmorona en el camino de su vida, tambaleándose a cada paso; tropieza, cae y queda destrozado. Él mismo se empapa cada día de tristeza y amargura, estrés y depresión, llena su corazón de dolor y, en general, vive una vida insoportable.
Quien se desconoce a sí mismo, desconoce también a Dios. Y quien desconoce a Dios ignora por completo la verdad y la naturaleza de las cosas. Por eso camina por el sendero de su vida como un viajero que se ha perdido en el desierto. Así, el hombre que no se conoce a sí mismo es arrogante, se pavonea, se comporta indebidamente y actúa con irreverencia ante Dios. Se enorgullece creyendo ser alguien importante, cuando en realidad es insignificante, y se exalta a sí mismo, siendo el último de todos. Se exhibe desde su propia ignorancia y, cuando habla, deja al descubierto su insensatez.
Quien no se conoce a sí mismo peca continuamente contra Dios y, de este modo, se aleja cada vez más de Él, porque desconoce la naturaleza de las cosas y cómo son verdaderamente en sí mismas. Es incapaz de valorarlas y de distinguir lo despreciable de lo valioso, lo digno de aquello que carece de valor, y lo honorable de aquello que está desprovisto de honor. Así, se corrompe y se consume en cosas vanas e insignificantes, mientras no se preocupa por las eternas y sumamente valiosas, mostrándose verdaderamente indiferente hacia ellas.
En el hombre está implantada la capacidad de conocerse a sí mismo, pues nació como un ser viviente dotado de νούς nus (espíritu) lógico, capaz de distinguir el bien del mal, con voluntad libre y también con capacidad para el conocimiento (gnosis). Dios, al crear al hombre, lo formó a su imagen para que pudiera buscarlo, acercarse a Él, conocerlo y amarlo. Estas δυνάμεις (dinámis: fuerzas, energías, poderes) éticas, concedidas abundantemente por Dios, constituyen un rasgo distintivo del hombre, y este siente en lo profundo de sí mismo la necesidad de seguirlas, ya que las reconoce como una ley ética.
Sin embargo, para conocer a Dios, el hombre debe primero conocerse bien a sí mismo, porque quien no se conoce bien a sí mismo tampoco puede conocer a Dios. De este modo, quien no conoce a Dios tampoco lo ama, ni lo adora, ni lo anhela desde lo más profundo de su corazón, ni lo busca, ni, por supuesto, se acerca a Él. Pero, para poder comprenderse a sí mismo, es necesario que primero quiera emprender la investigación de sí mismo, sometiéndose precisamente a sí mismo a estudio y examen.
Sin voluntad, no puede alcanzarse ninguna de las cosas necesarias y reinará una ignorancia completa en todo. Las fuerzas éticas sin la voluntad, permanecen inactivas y no pueden conducir al conocimiento consciente a quien las posee. La voluntad activa las fuerzas éticas y, de este modo, las pone de manifiesto. En el hombre, la fuerza de la voluntad supera los obstáculos y alcanza todas las cosas, siempre que esté fortalecida por el pensamiento lógico y el libre albedrío: el «quiero» se convierte en «puedo» cuando el hombre actúa de manera sistemática y libre.
Puesto que la Bondad divina ha situado al hombre en una posición tan elevada, este debe tener la voluntad de conocerse a sí mismo y a Dios, comprender la naturaleza de los seres tal como son en sí mismos y, de este modo, llegar a ser conforme a la imagen y semejanza de Dios. En los Proverbios, quienes tienen conocimiento consciente de sí mismos son alabados como sabios.
Su autor, Salomón, dice: «Los que se conocen profundamente a sí mismos son sabios» y aconseja: «Conócete a ti mismo y camina irreprochablemente por los caminos de tu corazón».
Tanto la Religión como la filosofía han enseñado la necesidad de conocernos a nosotros mismos.
Tales de Mileto estableció el «Conócete a ti mismo» como principio de toda virtud.
Asimismo, el oráculo de Delfos definió el «Conócete a ti mismo» de la siguiente manera: «Esto es lo primero y lo mejor del verdadero conocimiento (gnosis)».
Queda claro, por tanto, que el conocimiento profundo de uno mismo es, verdaderamente, el principio de toda virtud. Así pues, si el «Conócete a ti mismo» se nos impone por el nus (espíritu del corazón) como una Ley divina, grabada en nuestra διάνοια (diania: mente, intelecto), debemos respetar esta ley y tenemos el deber de cumplirla, puesto que somos seres lógicos y éticamente libres. Quien se conoce a sí mismo comprende bien sus deberes para consigo mismo, para con el prójimo y para con Dios; comprende que la piedad o respeto, la justicia, la verdad y la prudencia deben convertirse para él en los únicos bienes amados y deseados. Y debe poner a prueba en ellos, como en una piedra de toque, todos sus actos éticos y religiosos.
Jenofonte dice acerca de estas personas: «Quienes se conocen a sí mismos hacen lo que les conviene y distinguen qué cosas pueden hacer y cuáles no. De aquellas que realizan con conocimiento de causa, conservan las que necesitan, y hacen bien. En cambio, se abstienen de aquellas cuya rectitud no pueden comprobar, permaneciendo así libres de pecado y evitando comportarse indebidamente».
Clemente de Alejandría nos aconseja diciendo: “Si quieres conocer a Dios, procura primero conocerte a ti mismo”.
Por su parte, san Basilio el Grande declara: “La comprensión exacta de ti mismo te conduce de la mano hacia la comprensión de Dios”.
Pero, acerca de quienes se desconocen a sí mismos, el divino San Juan Crisóstomo nos dice: “Desconocerse a uno mismo es peor que la locura y la confusión, pues la una es una enfermedad que se padece por necesidad, mientras que la otra procede de una voluntad corrompida”.
En aquel que se ha conocido a sí mismo y ha sido considerado digno de conocer también a Dios, la piedad (devoción o respeto) se ha convertido en principio para comprender las cosas.
Aristóteles dice: “El principio más excelente de todas las cosas es Dios, y el de las virtudes es la piedad o respeto”.
El divino Pablo dice aproximadamente lo mismo: “La piedad o respeto es útil para todo, pues tiene promesa de vida, tanto de la presente como de la venidera” (1 Timoteo 4, 8).
El significado esencial de la justicia —en cuanto verdadero bien— es revelado/ apocaliptado por Dios a quien se conoce a sí mismo. La práctica de la justicia se convierte, a su vez, en guía hacia el bien. Pues el principio del camino del bien consiste en obrar justamente y servir a la verdad. En el hombre que se conoce profundamente a sí mismo, la verdad se manifiesta como atributo divino. Por eso, se siente atraído por ella, y esta lo conduce hacia la perfección en la medida de lo posible y lo hace semejante a Dios.
En aquel que posee el «conócete a ti mismo», la ciencia se revela en su verdadero carácter y lo convierte en un verdadero hombre de ciencia. Además, le enseña las cosas divinas y humanas, así como sus causas, elevándolo hacia Dios. La ciencia sin conocimiento consciente de uno mismo extravía al investigador de las verdades sobrenaturales y lo aleja de ellas. Sin embargo, ignorar la verdadera naturaleza de las cosas, tanto las divinas como las humanas, acarrea innumerables males.
En efecto, la ignorancia se convierte en causa de muchos males para los hombres. Así pues, esta, extraviada por la filaftía egolatría, amor egoísta a uno mismo, ese enemigo implacable del hombre, carente de toda misericordia y especialmente de los jóvenes —que, debido a su inexperiencia, son engañados con facilidad—, ocasiona males incurables. La filaftía egolatría, amor egoísta a uno mismo engendra la vanidad, la soberbia y la arrogancia, de las cuales nace la inclinación a querer actuar por cuenta propia.
También nacen el egoísmo y el interés personal, que exacerban los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones) psíquicos afines, es decir, las que las acompañan; rechazan los consejos provechosos e impulsan al hombre, por una insensata egolatría y complacencia consigo mismo, a minimizar sus propios defectos o incluso a ocultarlos cuidadosamente. En cambio, las virtudes que no ha conseguido alcanzar, pretende reivindicarlas como propias sin haberlas conquistado, las exhibe con vanidad y, llevando continuamente a sus labios los venerables nombres de las virtudes, se jacta de ellas. Se trata de un mal enorme y de un escollo terrible contra el que encalla la juventud, que navega sin rumbo por el mar de la vida, y así naufraga.
Acerca de este engaño, engendrado por la filaftía egolatría, amor egoísta a uno mismo y por el egoísmo, Platón nos dice: “Engañarse uno mismo es lo peor de todo. ¿Cómo no habría de ser un gran mal, si quien te engaña no está frente a ti, sino dentro de ti?”
Es difícil defenderse en esta perversa guerra, en la que la filaftía egolatría, amor egoísta a uno mismo ataca mediante caricias y halagos, ya que, quien te engaña permanece siempre tan cerca de ti y quien acaricia y quien es acariciado son una misma persona. ¡Cuántos males no causa quien se desconoce a sí mismo, a consecuencia de la ignorancia, la soberbia, la vanagloria y la arrogancia!
¡Cuántas veces, mientras se equivoca al valorar distintas situaciones, no se enorgullece creyendo haberlas juzgado con exactitud, cuando en realidad las juzga desde una perspectiva errónea! ¡Cuántas veces, creyendo filosofar, da la impresión de ser un ignorante, mientras considera sabias palabras sus propias necedades! ¡Cuántas veces desperdicia tiempo y dinero en cosas que no lo merecen, mientras escatima en aquello que sí lo merece! ¡Cuántas tristezas no le riegan cada día, sin misericordia, sus enemigos irreconciliables e implacables: ¡la ignorancia, la falta de voluntad y la irreflexión! ¡Cuántas veces la egolatría, amor egoísta a uno mismo, incitado por la ignorancia, no exacerba las pasiones psíquicas!
En verdad, la ignorancia es un mal terrible y se convierte en causa de muchos males para los hombres. Por eso debemos procurar liberarnos de ella mediante el conocimiento diligente y cuidadoso de nosotros mismos. Así, poco a poco, llegaremos a la perfección y seremos bienaventurados tanto en la vida presente como en la venidera. Conocernos bien a nosotros mismos es algo sumamente difícil y exige una atención constante, coordinada y muy diligente.
San Basilio el Grande dice al respecto lo siguiente: “En verdad, parece que conocerse profundamente a uno mismo es lo más difícil de todo. Pues, así como el ojo que mira hacia fuera no puede verse a sí mismo, también nuestro nus (espíritu y nuestra mente, aunque distingue con tanta claridad los pecados de los demás, tarda en reconocer los propios”.
Reconociendo las dificultades de esta tarea, comprendiendo su necesidad y deseando, al mismo tiempo, que pudiera llevarse a cabo con facilidad, hemos compuesto estudios éticos y religiosos, acompañados de ejemplos y retratos de caracteres. Hemos descrito, con la mayor precisión que nos ha sido posible, el carácter de cada virtud y de cada vicio, después de estudiar la naturaleza humana y explorar las fuerzas éticas de la psique-alma.
Para estructurar esta obra, hemos seguido el método siguiente:
En primer lugar, describimos los caracteres relacionados con el sentimiento religioso y los clasificamos en la primera parte, bajo el título «Estudios religiosos».
En segundo lugar, describimos los caracteres relacionados con el sentimiento ético, bajo el título «Estudios éticos».
Los estudios religiosos se dividen en tres categorías, tantas como son las virtudes religiosas: la fe, la esperanza y la agapi-amor.
En la primera categoría situamos la fe en Dios, que ocupa también el primer capítulo. En él se clasifican todos los caracteres de las virtudes y los males, los vicios relacionados con la fe en Dios.
En la segunda categoría situamos la esperanza en Dios, que ocupa el segundo capítulo. En él se clasifican todos los caracteres de las virtudes y los males relacionados con la esperanza en Dios.
En tercer lugar, situamos la agapi a Dios, que ocupa el tercer capítulo, donde se clasifican todos los caracteres de las virtudes y los males relacionados con la agapi-amor a Dios.
Los caracteres éticos se dividen en dos categorías: la de las virtudes y los males éticos relacionados con la ley ética, y la de las virtudes y los males éticos relacionados con las facultades psíquicas del hombre, es decir, la facultad lógica o cognoscitiva, la irascible y la anhelante.
La primera categoría ocupa el cuarto capítulo. En él se incluyen estudios relacionados con la verdad. A continuación, se presentan las imágenes y las propiedades relacionadas con la justicia.
La segunda categoría ocupa los capítulos quinto, sexto y séptimo.
En el quinto capítulo se registran los caracteres y las imágenes de todas las virtudes y los males relacionados con la facultad lógica o cognoscitiva.
En el sexto capítulo se incluyen todas las virtudes y los males de la facultad irascible. Este capítulo se subdivide en dos partes: en la primera se presentan los caracteres y las imágenes de las virtudes y los males de la facultad volitiva; en la segunda, los caracteres y las imágenes de las virtudes y los males de la facultad emotiva.
En el séptimo y último capítulo clasificamos los caracteres y las imágenes de todas las virtudes y los males relacionados con la facultad anhelante.
El número total de caracteres e imágenes religiosos y éticos asciende a doscientos. Esta es la obra y este es el propósito para el que ha sido compuesta.
El lector, al estudiar los diversos caracteres religiosos y éticos, se estudia simultáneamente a sí mismo. Se examina con precisión y contempla, como en un espejo, la imagen de su psique-alma; descubre sus pazos y la naturaleza de estos, percibe su fealdad y, por ello, los rechaza, mientras procura al mismo tiempo la “psicoterapia” terapia de su psique-alma.
La jaris-gracia de las virtudes atrae hacia ellas el corazón del lector, y su belleza incorruptible se apodera profundamente de su psique-alma. Su corazón queda herido por la agapi- amor que siente hacia ellas y las sigue con ardiente anhelo.
Mediante este estudio, el lector, guiado y progresando continuamente, se perfecciona en la virtud y llega a convertirse en verdadera imagen y semejanza de Dios.
Ruego, desde lo más profundo de mi corazón, que todos lleguen a ser así y sean considerados dignos de participar de la doxa-gloria increada de Dios, para convertirse también en herederos de la Realeza eterna.
Atenas, Escuela Rizários,
9 de septiembre de 1904
El Metropolita de Pentápolis, Nectario
I Capítulo: SOBRE LA FE
- Sobre la fe divina en Cristo.
- Sobre la fe en Cristo como regalo divino.
- Sobre el vínculo entre la fe y el conocimiento, y sobre el hecho de que la fe precede al conocimiento (gnosis).
- Sobre la seguridad que proviene de la fe y la certeza que los fieles obtienen de ella acerca de aquellas cosas que no se perciben por medio de los sentidos.
- Sobre la necesidad de las obras, es decir, sobre la fe viva.
- Sobre los rasgos distintivos de la fe verdadera.
- Sobre el conocimiento-gnosis de Dios por medio de la fe.
- Sobre la fuerza y la energía de la fe en Cristo.
- Sobre la fe divina en Jesús Cristo
El apóstol Pablo, al dar la definición de la fe, dice: “la fe es la convicción firme y garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven por los ojos físicos” (Hebreos 11,1).
Clemente de Alejandría subraya: “La fe es un bien interior innato y, sin buscar a Dios, confiesa que Él existe y lo glorifica porque existe.”
El mismo define también la fe de otra manera: “La fe es el conocimiento conciso de las cosas necesarias.”
También san Basilio el Grande define la fe del siguiente modo: “La fe es la aceptación, sin duda alguna y por la jaris-gracia de Dios, de las cosas que han sido proclamadas y que se refieren a la verdad acerca de Dios.”
San Juan Crisóstomo, por su parte, define la fe con estas palabras: “La fe es la esperanza firme e inquebrantable en aquello que Dios nos ha prometido, y la convicción de que Él nos escuchará en aquello que le pedimos.”
La fe verdadera y pura es aquella que ha sido apocaliptada/ revelada al mundo por nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo.
Un Padre de la Iglesia dice: “Como única fe verdadera y pura definimos aquella que se refiere al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la única divinidad y señorío; aquella que creó todas las cosas visibles e invisibles y es Rey de toda la creación, tanto de la visible como de la invisible.
San Juan Crisóstomo dice nuevamente: “La fe comienza en el Padre, llega hasta el Hijo y se consuma en el Espíritu. El Padre es la raíz viva de la fe; el Hijo, la rama que no se marchita; y el Espíritu Santo, el fruto inmortal.”
- Sobre la fe en Jesús Cristo como regalo divino
La fe es un don o regalo divino. San Juan Crisóstomo dice: “Estos logros no son tuyos, sino de la Jaris increada de Dios; e incluso si hablas de la fe, también esta procede de la llamada de Dios.”
Y continúa inmediatamente: “Tampoco la fe procede de nosotros. Si Dios no hubiera venido a nosotros, si no nos hubiera llamado, ¿cómo habríamos podido creer?”
Y añade enseguida: “No pensemos que hay algo que sea obra nuestra.
Y para que escuches que no es obra nuestra, sino más bien de Dios, escucha también a Pablo, que dice: Y este don —la fe— no procede de nosotros, sino que es de Dios” (Efesios 2,8).
En otra homilía, san Juan Crisóstomo dice: “¿Qué don o regalo me trajo Cristo cuando vino? Vino y me trajo como regalo su Sangre; vino y me trajo como regalo su Cuerpo. ¿Y qué regalos recibió de mí? La fe. ¿Y quién me concedió esta Jaris? Yo creí, ciertamente, pero Él me concedió la fe.”
Y después, tomando como punto de partida las palabras de Pablo, explica: “No dijo que se hizo creyente por sí mismo, sino que creyó porque recibió misericordia. Porque no debéis pensar que solamente el apostolado, la predicación y la enseñanza son donaciones de Dios. También el hecho de que yo haya creído procede de la misericordia de Él. Porque no fui considerado digno de creer por ser digno, sino únicamente porque recibí misericordia. Y la misericordia no procede del mérito de cada uno, sino de la Jaris.”
Teofilacto expresa la misma opinión: “Tampoco la fe es un logro nuestro. Pero, después de haber sido llamados por Dios, obedecisteis y creísteis. Por tanto, también la fe se nos concede desde el principio por Dios. Pues, si Él no os hubiera llamado, tampoco vosotros habríais creído.” Y añade inmediatamente: “El hecho de que hayamos creído sucedió por la gran fuerza y energía de Dios.” Y todavía dice: “Cristo es el Jefe, iniciador y consumador de nuestra fe, puesto que Él mismo depositó la fe en nosotros desde el principio”.
San Juan Crisóstomo, distinguiendo también nuestra propia contribución a la fe como donación de Dios, dice: “El hecho de que hayamos creído al principio es resultado de nuestra propia gratitud, así como también lo es el hecho de que, después de haber sido llamados, obedeciéramos. Pero, una vez adquirida la fe, pedimos la ayuda del Espíritu, para que permanezca continuamente en nosotros, inquebrantable y sin distracción”.
- Sobre el vínculo entre la fe y el conocimiento, y sobre el hecho de que la fe precede al conocimiento
Acerca del vínculo entre la fe y el conocimiento (gnosis), esto es lo que dice el santo Clemente de Alejandría: “Ni el conocimiento sin la fe, ni la fe sin el conocimiento.” Y añade inmediatamente: La fe es el conocimiento conciso de las cosas necesarias. El conocimiento es la demostración firme y segura de aquello que, por medio de la fe, se ha recibido de la enseñanza del Señor. Este conocimiento se apoya en la fe, para que no se tambalee, y en la ciencia, para que pueda ser comprendido”.
Por su parte, san Juan Crisóstomo dice: “Por medio de la fe llega el conocimiento (la gnosis). Sin la fe no existe conocimiento del Hijo.”
Teodoreto subraya: “El conocimiento, cuando procede de la fe, constituye la ciencia de la verdad.” Y continúa: “La fe necesita el conocimiento (gnosis), del mismo modo que el conocimiento necesita la fe. Pues el conocimiento no puede sostenerse sin la fe, ni tampoco lo contrario. Ciertamente, la fe precede al conocimiento y el conocimiento sigue a la fe. De esta procede el impulso, al que sigue la acción. Es necesario creer primero y aprender después. A medida que adquieres el conocimiento, te embarga el impulso; y, movido por este, avanzas hacia la acción”.
Y Clemente dice: “Después de la fe viene el conocimiento, y no el conocimiento (gnosis) antes de la fe.”
Y nuevamente Teofilacto: “Primero, la fe; después de ella, el conocimiento pleno.”
El conocimiento precede a la fe únicamente en lo que respecta a la predicación del logos de Dios. Es decir, primero debe tener lugar la predicación; uno debe escuchar las verdades de los logos Divinos, comprender, por la Jaris de Dios, la voz que lo llama y creer. Porque la fe procede de la escucha, y la escucha recibe su información del logos de Dios.
Por eso también Macario el Ermitaño decía: “Quien no conoce la verdad no puede creer verdaderamente, porque el conocimiento, por su propia naturaleza, precede a la fe. Pero este conocimiento es muy diferente del conocimiento que sigue a la fe. El primero precede por necesidad natural; el segundo viene después, como energía y acción de la Divina apocálipsis. Por el primero conocemos la verdad de la predicación; por el segundo conocemos esa misma Verdad, es decir, a Dios.
Pero, acerca del conocimiento (gnosis) que precede naturalmente a la fe, otro Padre dice también las siguientes palabras, referidas a la fe de Abraham: “Al conocimiento precedió su fe, y al conocimiento le siguió la fe.”
San Basilio el Grande dice acerca de la certeza interior respecto de las palabras divinas, cuya causa se encuentra en la fe: “Que la fe preceda al hablar acerca de Dios; la fe, y no la demostración racional. La fe que supera los métodos lógicos y atrae al consentimiento a la psique-alma.”
Y Clemente añade: “El convencimiento procede de la certeza que nos proporciona la fe.”
San Basilio el Grande exhorta diciendo: “No debéis seleccionar los logos y palabras del Señor ni mostraros indecisos ante ellas, sino estar interiormente convencidos, por la fe, de que todo logos y palabra de Dios es verdadero y realizable, incluso cuando se opone a la naturaleza.”
Sobre la fuerza didáctica de la fe, san Juan Crisóstomo dice: “La fe es maestra en todas las cosas. Sin ella, no podríamos decir ni la más mínima cosa.”
Por su parte, Teodoreto señala: “Necesitamos ojos noéticos o espirituales para comprender las realidades inteligibles. Y, del mismo modo que necesitamos los ojos para ver las cosas visibles, así también necesitamos la fe para percibir las realidades Divinas. Así como el ojo es necesario para el cuerpo, la fe lo es para la diania (mente, intelecto). Más aún, del mismo modo que el ojo necesita la luz para que las cosas visibles queden iluminadas, así también el nus necesita la fe para que esta lo ilumine y le muestre las realidades divinas, así como la doxa-gloria increada que las envuelve.”
Teofilacto dice acerca de la fe: “La fe es el principio y el fundamento, y sin ella nada puede consolidarse, del mismo modo que nadie puede aprender las letras sin los signos o símbolos que las representan.”
San Juan Crisóstomo enseña lo siguiente acerca de las exigencias de la fe: “La fe necesita obediencia, no curiosidad a ocuparse de demasiadas cosas. Cuando Dios ordena, debéis obedecer y no investigar por curiosidad.”
- Sobre la seguridad que procede de la fe y la certeza que los creyentes obtienen de ella acerca de aquellas cosas que no se perciben por medio de los sentidos
Teofilacto dice lo siguiente acerca de la seguridad que procede de la fe:
“La fe, por sí misma, es también una barrera que no permite que entren en el nus y la mente los pensamientos pecaminosos.”
San Juan Crisóstomo llama a la fe ancla de la psique-alma humana azotada por las tempestades y puerto apacible de la humanidad. Y subraya: “Es un ancla sagrada que mantiene siempre firme la diania de quien cree”. “Y continúa: ¡En verdad! ¡Qué palabra empleó cuando dijo «demostración de las cosas que no se ven»! Porque la demostración se refiere a aquellas cosas cuya manifestación resulta muy difícil. Por tanto, la fe —dice— es la manifestación de las realidades invisibles y proporciona certeza a quienes ponen en ella su mirada acerca de aquellas cosas que no se ven.
Así pues, la fe proporciona la información y la misma certeza respecto de las cosas invisibles que la que tendríamos si estas fueran visibles. Puesto que las cosas que se esperan suelen considerarse a menudo carentes de hipóstasis (base sustancial), la fe les proporciona unos fundamentos; o, mejor dicho, no solo les proporciona un fundamento, sino que ella misma constituye, en esencia, ese fundamento. Del mismo modo, aunque la Resurrección no puede percibirse como un hecho objetivo, la esperanza de la fe le confiere hipóstasis (fundamento) dentro de nuestra psique-alma. Esto es lo que significa: «hipóstasis de las cosas que se esperan».
Teodoreto subraya: “Las cosas que no se ven se hacen visibles por medio de la fe, y esta fe se convierte para nosotros en el ojo que contempla las cosas que esperamos y manifiesta como existentes aquellas que todavía no se han realizado. Y mientras los muertos yacen en sus tumbas, la fe ya prefigura su resurrección y, a partir del polvo de los cuerpos, compone en nuestra imaginación la futura inmortalidad.”
San Gregorio de Nisa dice que Dios considera la fe, y no el conocimiento (gnosis), como justicia para los seres humanos. Pues el conocimiento depende de la experiencia y concierne a quienes lo han adquirido. Pero no sucede lo mismo con la fe de los cristianos, porque esta no se refiere a aquello que puede conocerse, sino que constituye la hipóstasis de las cosas que se esperan.
Además, nadie espera algo que ya posee, pues, si ya lo tiene, no lo espera. Sin embargo, aquello que escapa a nuestra comprensión lógica nos lo hace propio la fe mediante su particular certeza, que nos garantiza aquello que no se ve.
San Juan Crisóstomo dice: “La fe constituye el principio de la salvación. La fe es el ojo puro con el que podemos conocer a Dios. La fe percibe las realidades invisibles. La fe es una buena guía que te conduce de la mano hacia la piscina bautismal. La fe es el reflejo clarísimo de las realidades invisibles. La fe es el maestro preciso de la Trinidad consustancial.”
San Antonio dice: “La fe en nuestro Señor constituye un sello y una muralla que nos proporciona seguridad”. (San Atanasio el Grande, Vida de Antonio).
Orígenes señala: “La fuente y el principio de toda sabiduría consisten en creer en el Dios de todas las cosas. Pues ¿qué otra fuerza devuelve a la naturaleza humana la felicidad como lo hace la fe, o la contemplación de Aquel que todo lo ve y que ilumina no solo lo que decimos y hacemos, sino también lo que todavía permanece dentro de nuestro nus?”
San Cirilo de Alejandría dice: “La fe es la puerta y el camino hacia la vida. Es el camino ascendente que conduce de la corrupción a la incorruptibilidad.”
- Sobre la necesidad de las obras, es decir, sobre la fe viva
Acerca de la necesidad de las obras que contribuyen a la perfección, Teodoreto dice lo siguiente: “La fe no es suficiente para que se salve quien cree, sino para alcanzar la perfección, también se requieren las obras”.
Por su parte, Clemente de Alejandría dice: “La fe es el consentimiento voluntario de la psique-alma; sin embargo, no se convierte en obradora del bien y de las obras justas si no se establece como fundamento la agapi (amor incondicional) a Jesús Cristo.
Teofilacto dice: “La fe que se manifiesta mediante la agapi-amor lo es todo. Es decir, debe permanecer siempre activa y viva por medio del amor en Cristo. Aprende, por tanto, que la fe manifiesta sus obras mediante el amor y así demuestra que está viva; pero, cuando carece de agapi-amor, permanece inactiva”.
A esto se asemeja también el pasaje que dice que la fe sin las obras está muerta.
San Fotios el Grande dice: “Las virtudes deben estar entretejidas con la fe, y ambas juntas deben formar al hombre virtuoso. Porque con la rectitud del modo de vida pone de manifiesto la buena conducta y la dignidad, mientras que la pureza de las acciones revela el origen divino de la fe. Cada una de estas dos cosas, por separado y sin la otra, puede fácilmente desviarse y perderse, porque no soporta permanecer reflejada únicamente en las psiques-almas de los hombres.
Y san Ignacio dice: “El principio de la vida es la Fe, y su fin, la Agapi.”
Quienes afirman que pertenecen a Cristo no son reconocidos únicamente por lo que dicen, sino, sobre todo, por lo que hacen. Por el fruto se conoce el árbol.
- Sobre las características de la fe verdadera
Las características de la fe verdadera en Jesús Cristo son las siguientes:
- a) La fe verdadera informa secretamente al creyente acerca del carácter divino de su fe.
- b) Dirige sus pasos por el camino de la verdad, lo guía secretamente y le enseña a hacer la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable y lo perfecto.
- c) Lo conduce a la bienaventuranza y le enseña que, en la agapi-amor que sentimos por Dios y por el prójimo, podemos encontrar el bien tan anhelado.
- d) Llena al creyente de una esperanza permanente, que no disminuye, está limpia de toda pasión y contiene en sí misma la plenitud de la felicidad.
- e) Llena el corazón del creyente de una agapi (amor) ardiente que no se expresa con palabras; una agapi inefable, mística (secreta), infinita, pura y santa, que brota del corazón, lo desborda todo e impera sobre todas las cosas.
- f) Llena el corazón del creyente de los frutos del Espíritu Santo. La alegría, la paz, la paciencia, la benignidad y la bondad son los galardones que le fueron concedidos mediante su santificación por el Espíritu Santo.
- g) La fe proporciona los carismas del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ilumina el nus (espíritu) del creyente mediante su efusión sobre él y le concede sofía-sabiduría, comprensión, lógica divina, buena voluntad, conocimiento (gnosis), verdad y el santo temor o respeto de Dios.
- h) Recrea al hombre corrompido por los pecados y lo devuelve a su belleza primera, a su antigua hermosura.
- i) Lo santifica, hace que desprenda una fragancia espiritual y lo conduce a la perfección.
- j) Abre de par en par los ojos de su diania (mente intelecto) y su nus (espíritu) para que vea las cosas invisibles, apocaliptándole/ revelándole los misterios.
- k) Le proporciona fuerza ética y valentía ética para que no desfallezca ante los sufrimientos de la vida. Le concede abundantemente fuerza, valor, perseverancia, grandeza de pensamiento, magnanimidad, misericordia y toda la multitud de las virtudes cristianas.
- l) Le proporciona la σωφροσύνη (sofrosini) sensatez y sano juicio, la templanza, la pureza, la integridad y la belleza de la castidad.
- m) Eleva al creyente por encima de las leyes naturales y le concede la fuerza para vencer el orden de la naturaleza.
- n) La fe verdadera en Jesús Cristo lo convierte en imagen de Dios y lo hace semejante a Él.
- Sobre el conocimiento de Dios por medio de la fe
El santo Clemente de Alejandría dice: “El fundamento del conocimiento (gnosis) consiste en no ser indeciso, sino en creer en Dios.”
Por su parte, Teodoreto dice: “La suma de los bienes y el verdadero fundamento es el conocimiento de la naturaleza de Dios, así como la fe y la buena disposición de la voluntad con respecto a ella. Porque, así como el ojo lo es para el cuerpo, así también lo son para la psique-alma la fe y el conocimiento (gnosis) de las realidades divinas.”
San Cirilo de Alejandría dice: “Conocer al verdadero Dios, Creador y Señor de todas las cosas, puede ser causa de todo bien”. El mismo santo Padre dice: “El conocimiento (gnosis) es el conocimiento profundo de Dios; pero, si realmente quieres conocer a Dios, conócete primero a ti mismo.”
Por su parte, el Divino Crisóstomo dice: “El conocimiento es el conocimiento profundo de uno mismo, pues ignorarse a uno mismo es algo más insoportable que la locura y el frenesí más extremos. Lo uno se produce por necesidad, mientras que lo otro procede de tu propia voluntad.”
¡Qué opinión tan sabia y qué verdad tan indiscutible! Pues, si el conocimiento de nosotros mismos debe ser fruto de nuestra propia elección, mucho más debe serlo el conocimiento de Dios. Por tanto, quien no quiera conocerse a sí mismo tampoco querrá conocer a Dios. Verdaderamente, no querer conocer a Dios es peor que la locura y la demencia más extremas. Dios vinculó el conocimiento que los hombres tienen de Él con el conocimiento profundo de sí mismos, con el propósito de conducirlos a la perfección, atrayéndolos hacia Él. Quien se ignora a sí mismo tampoco logrará conocer a Dios. Dios se apocalipta/ revela a quienes tienen el corazón puro y lo buscan ardientemente y con fe.
El hombre que no busca conocerse a sí mismo ignora su estado ético. Y quien lo ignora no comprende que se encuentra éticamente enfermo, que su psique-alma padece terriblemente y que está cubierta por las tinieblas. Pero ¿qué comunión puede existir entre la luz y las tinieblas? El cristiano que se conoce a sí mismo hace su catarsis, purga, limpia y sana su psique-alma de toda impureza y convierte su corazón en un templo santo, para que llegue a ser morada del Dios Rey de todo, quien, tal como lo prometió, viene y habita en ella, la acompaña y hace en ella su morada. Las vírgenes necias quedaron excluidas de la cámara nupcial del Señor porque carecían de esta luz del conocimiento; por eso, el Señor no las reconoció.
- Sobre la fuerza y la energía de la fe en Jesús Cristo
¡Fe! Don, regalo divino, fruto de la apocálipsis/ revelación Divina, conocimiento de los misterios, sabiduría celestial, maestra de las verdades Divinas, escalera entre el cielo y la tierra, vínculo entre Dios y los hombres, demostración de la amistad y de la agapi (amor) de Dios, manifestación de la comunicación de los bienes celestiales. ¿Con qué palabras expresar tu fuerza? Tu fuerza, en cuanto donación divina, es verdaderamente divina. Y tu energía es infinita, igual a la voluntad divina, puesto que, mediante la fuerza divina, realiza aquello que el nus es incapaz de comprender.
Tú iluminas como la luz a aquellos cuyo nus (espíritu) y la mente se ha enturbiado y oscurecido. Tú guías a quienes buscan la verdad en las Escrituras y te conviertes en guía segura hacia el conocimiento (gnosis). Tú calientas profundamente los corazones con el divino eros (amor ardiente) y enciendes en ellos la divina agapi (amor incondicional). Tú engendras la verdadera esperanza, ya que buscas y manifiestas misteriosamente la hipóstasis (fundamento) de las cosas esperadas. Tú revistes con la púrpura del hijo del rey a quienes han sido iluminados por ti. Tú les concedes los carismas del Espíritu Santo. Tú cubres a los fieles con el espíritu de sabiduría, el espíritu de entendimiento, el espíritu de conocimiento y de verdad, el espíritu de voluntad y de fuerza, y el espíritu de sagrado temor de Dios. Tú otorgas abundantemente los frutos del Espíritu Santo. Tú llenas el corazón del fiel de agapi-amor, alegría, paz, magnanimidad, benignidad, bondad, mansedumbre y templanza.
Tu fuerza modela al hombre corrompido por el pecado, lo devuelve a su antigua belleza y lo convierte en imagen de Dios. Tu energía, al estar impulsada por la fuerza divina, persuade al nus (espíritu) para que te siga e infunde en el corazón la certeza de la verdad de cuanto Dios apocalipta/ revela. Tu luz divina se difunde en el fiel e ilumina su nus para que comprenda las Escrituras. Tú abres de par en par los ojos de la diania (mente, intelecto), y tú tocas las cuerdas del corazón para que adore a Dios y lo alabe sin cesar. Tú enseñas la disciplina a Dios.
Tú enseñas a comprender los logos, conceptos y significados de los santos profetas. Tú iluminas la comprensión de los logos, conceptos y significados de los santos Apóstoles. Tú anuncias la perfección ética. Tú inspiras el buen pensamiento en el fiel. Tú apocaliptas/ revelas tu fuerza y tu energía divinas e increadas, así como tu carácter divino, incluso a los incrédulos. Tú atrajiste a las naciones hacia la salvación. Tú conquistaste el mundo entero. Tú despojaste a las sinagogas de las naciones. Tú derrotaste la incredulidad. Tú erigiste el trofeo de la Santa Cruz en medio de la tierra. Ante ti se sometieron los reyes. A ti acudieron los gobernantes y los pastores de los pueblos.
Tú demostraste que los filósofos carecen de sabiduría. Tú hiciste sabios y extraordinariamente hábiles en la oratoria a los humildes. Tú fuiste proclamada al mundo e iluminaste al mundo. Tú, después de conquistar a las naciones, las santificaste. Tú, con tu fuerza divina e increada, renovaste el mundo antiguo, envejecido por el pecado. Tú aboliste las leyes crueles. Tú restauraste la justicia. Tú condenaste las guerras. Tú afianzaste la paz en el mundo. Tú cultivaste la igualdad y otorgaste la verdadera libertad. Tú aboliste el poder del Diablo. Tú estableciste la Realeza increada de los Cielos sobre la tierra. Tú apartaste del mundo la amarga tristeza. Tú regalaste al mundo la alegría inefable e inexpresable.
Por tanto, te honramos dignamente. Te acogemos y cuidamos en nuestros corazones y, teniéndote con nosotros, cobramos ánimo y alegría y esperamos alcanzar la Realeza increada de Dios y los bienes eternos. Amín.
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas
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