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Jun 24 2025

Doce preguntas sobre varios temas, A. Mitilineos

Doce preguntas sobre varios temas C 22

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Índice

  1. ¿Cómo podemos tener paz?
  2. ¿Qué es el fanatismo en el ámbito cristiano?
  3. ¿Por qué razón san Juan Bautista bautizaba? San Juan el Evangelista nos dice claramente que Cristo no bautizaba. ¿Por qué esta excepción? ¿Cuál es el sentido y la fuerza del Bautismo cristiano?
  4. El Apóstol Pablo, en una de sus epístolas, dice que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. ¿Qué significa esto? ¿Se divide el cielo en varios niveles o pisos?
  5. San Agustín dice: “Haz tu trabajo oración y tu oración trabajo”. ¿Cómo pueden los alumnos hacer su trabajo oración?
  6. ¿Cuál es la tesis ortodoxa sobre el dogma cristológico?
  7. ¿Cuál es la relación entre el sionismo y la masonería? ¿Y es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?
  8. ¿Cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo»… por qué Cristo les reprochó que no dijeran nada al respecto? ¿Y por qué, cuando hacía milagros, a algunos les decía que no lo contaran y a otros sí?
  9. ¿Podría explicarnos algo de lo que dijo Pedro: “Tenemos más seguro el logos profético de lo que hemos visto”? (2Pedro 1,19)
  10. ¿Por qué Cristo no tuvo descendientes?
  11. ¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?
  12. Dudas sobre el libro del Apocalipsis de San Juan

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. ¿Cómo podemos tener paz?

¡Ay, esta paz tan deseada! Es cierto, no son las palomas, ni los viajes, ni los congresos internacionales los que traen la verdadera paz. No consiste en correr de país en país, de continente en continente, como si la paz fuera algo que se pueda encontrar afuera, en acuerdos humanos o discursos. No sé si me entienden -pero quien tenga nus (espíritu), que comprenda. La paz no está allí. La paz es un fenómeno interior. No depende de las circunstancias externas, sino de una condición de la psique-alma. En el Nuevo Testamento, Dios es llamado “el Dios de la paz”. Por lo tanto, si tengo a Dios, tengo paz. La paz verdadera es un estado interior que surge cuando el alma está unida con su Creador.

¿Cómo puedo tener paz?

Teniendo una conciencia libre de remordimientos. Es decir, cuando mi conciencia me testifica que no soy culpable, sino responsable, que está limpia, pura y bondadosa. Por supuesto, esto ocurre cuando la conciencia no está embotada, sino que permanece sana, informándome con claridad y rectitud. Mi conciencia debe asegurarme que no tengo culpa ante Dios, ante mi prójimo y ante mí mismo. Son tres dimensiones esenciales: si falto a una de ellas, no puedo decir que tengo paz verdadera. Debo, por tanto, tener paz conmigo mismo, con los demás y con Dios.

Para lograrlo, es necesario que las tres facultades de mi alma —la lógica (o comprensión), la voluntad y la emoción- colaboren armónicamente en mi relación con Dios, con el prójimo y conmigo mismo. Atención:

  • Comprensión o lógica, voluntad y emoción en relación con Dios.
  • Comprensión, voluntad y emoción en relación con el prójimo.
  • Comprensión, voluntad y emoción en relación conmigo mismo.

Si alcanzo este equilibrio interior y no tengo remordimientos -es decir, si tengo una conciencia limpia y no culpable-, entonces con seguridad tendré paz.

La paz exterior es simplemente el fruto de la paz interior. Si la buscamos solo fuera de nosotros, nuestros esfuerzos serán en vano. Sabéis bien cuánto corren los hombres, de oriente a occidente y de norte a sur, en busca de paz. Pero no la encuentran. Y tras tantos maratones y conferencias sobre la paz, lo que siguen viniendo son guerras.

Os recordaré algo que quizás ya sabéis. En los Juegos Olímpicos de Berlín, en el año 1936, Hitler soltó palomas dentro del estadio olímpico para mostrarse como defensor de la paz e hipnotizar, por decirlo de algún modo, tanto a los alemanes como a los europeos. Sin embargo, en realidad se estaba armando, y tres años después estalló la Segunda Guerra Mundial.

De todos modos, se ha observado que allí donde más se habla de paz -cuando se la entiende como un fenómeno externo y no interno-, donde se ha expulsado a Dios, al Dios de la paz, a Cristo, el verdadero jefe de la paz, entonces es señal de que algo huele mal… probablemente se está preparando una guerra.

Si queréis, os daré un ejemplo más: Cuando una señora insiste y repite que es muy honesta, que es justa y lo proclama a voces por todas partes, uno se pregunta: “¿Por qué tanto énfasis? ¿No será que no lo es realmente?” Algo debe ocultar, porque quien es verdaderamente honesto no necesita proclamárselo al mundo. Así también ocurre con la paz: cuando hay tantos gritos, declaraciones y discursos sobre ella, sabed que muy probablemente se está gestando una guerra.

No olvidéis lo que dice el apóstol Pablo: “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filip 4:7)

Esto significa que la paz de Cristo no puede ser comprendida por el nus (el espíritu humano) y la mente. Si alguien tiene la paz de Dios en su interior y tú no logras entenderlo, es porque no compartes esa misma paz. Esta paz supera todo nus-espíritu; es tan profunda que no puede ser expresada en palabras. Porque lo que pertenece al nus-espíritu puede describirse o escribirse, pero lo que está más allá del nus, lo que es súper-nus, no se puede ni describir ni escribir.

Por lo tanto, si queremos tener paz, debemos preocuparnos por ser correctos ante Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. No debemos tener remordimientos de conciencia, sino vivir de tal manera que esta nos testifique que estamos en paz. Como dice bellamente el apóstol Pablo: vivir sensatamente o piadosamente en relación con Dios, justamente en relación con el prójimo, y sobriamente (o sabiamente, espiritualmente) en relación con uno mismo.

Si vivimos así -piadosamente con fe o sensatamente, justamente y sobriamente (σώφρονως, δικαίως, καὶ εὐσεβῶς) -, entonces, sin duda, alcanzaremos una paz profunda, muy profunda, una paz irreductible.

  1. ¿Qué es el fanatismo en el ámbito cristiano?

El fanatismo, en principio, es un estado de la psique-alma que cree en algo sin haber utilizado ni la lógica ni el ojo espiritual de la psique- alma, que es el nus (espíritu). El Señor, en el sermón del monte de los Olivos -en las bienaventuranzas-, dice: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. ¿Qué ojo? El ojo espiritual: el nus (espíritu), que es el discernimiento, la capacidad de ver interiormente.

Cuando recibo una idea o creencia sin tener este ojo espiritual para discernirla, entonces actúo ciegamente. Por lo tanto, el fanatismo es actuar sin visión interior, sin discernimiento. Es ceguera espiritual.

No hace falta decir que el fanatismo, no sólo en el cristianismo, sino en cualquier religión o ámbito, es algo terrible. Es destructivo. Yo os diría: incluso si oís algo que parece lo peor, sentaos, escuchad con atención y pensadlo con serenidad. No os encendáis ni reaccionéis impulsivamente. De otro modo, podemos vernos arrastrados a manifestaciones extremas, fanáticas, simplemente porque no hemos utilizado nuestra mente lógica ni nuestro discernimiento.

Nunca seáis fanáticos en vuestra vida —ni en la religión, ni en la política, ni en ningún otro campo. En la política, por ejemplo, el fanatismo es bien conocido: se lanzan eslóganes vacíos, sin análisis lógico serio, y entonces se hacen cosas absurdas. Porque si uno reflexiona seriamente, difícilmente se levantará para romper sillas o cometer actos indebidos simplemente porque alguien se lo dicta. Así se alimenta el fanatismo.

Ahora bien, debo añadir que existe otro estado muy distinto del fanatismo: el celo (entusiasmo). El celo es un impulso interior, pero no ciego, sino iluminado por el discernimiento y la comprensión. Es, por ejemplo, el celo de los santos y de los mártires. Ya hablé del celo la semana pasada. (26:53)

 

  1. ¿Por qué razón san Juan Bautista bautizaba? San Juan el Evangelista nos dice claramente que Cristo no bautizaba. ¿Por qué esta excepción? ¿Cuál es el sentido y la fuerza del Bautismo cristiano?

Voy a responder brevemente a esta pregunta con las siguientes observaciones: El bautismo de san Juan era un bautismo de μετάνοια metania, es decir, de conversión o cambio de mentalidad. En cambio, el bautismo cristiano era y es un bautismo de adopción filial: nos convierte en hijos de Dios.

Me explico. En una ocasión, el Apóstol Pablo se encontró con doce personas en Éfeso. Les preguntó: “¿Habéis sido bautizados?”. Ellos respondieron: “Sí”. Entonces Pablo les preguntó: “¿Con qué bautismo? ¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”. Y ellos dijeron: “Ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo”. Entonces Pablo les preguntó: “¿En qué bautismo habéis sido bautizados?”. Respondieron: “En el bautismo de Juan”. Fue entonces cuando Pablo avanzó más allá del bautismo de Juan y los bautizó con el bautismo cristiano, y recibieron el Espíritu Santo (Hechos 19,1–6).

Cristo dijo: “Juan bautizaba con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo”. Esto no significa que el agua se excluya del bautismo cristiano. El agua permanece como símbolo esencial, ya que el mismo Señor afirma: «De verdad en verdad te digo, el que no nazca de agua del bautismo y del Espíritu, no puede entrar en la realeza increada de Dios. [«Respondió Jesús: «De verdad en verdad te digo que: si uno no naciere espiritualmente del agua del bautismo y de la χάρις jaris (gracia energía increada) del Espíritu Santo, no puede ver ni entrar a la realeza increada de Dios, tampoco puede disfrutar de los frutos de la Realeza o del Espíritu Santo»] (Jn 3,5). Pero aquí se subraya la diferencia fundamental entre los dos bautismos.

Juan ofrecía un bautismo de μετάνοια metania, cambio de mentalidad, conversión y arrepentimiento, que significaba un regreso a Dios, pero quienes recibían ese bautismo no recibían el Espíritu Santo. En cambio, quienes se bautizan en Cristo, reciben el Espíritu Santo. Por eso, incluso cuando los discípulos de Cristo bautizaban durante la vida terrenal del Señor, en esencia lo que administraban era aún el bautismo de Juan, pues el verdadero bautismo cristiano, en Espíritu Santo, comienza el día de Pentecostés.

Una pequeña observación, aunque no se pide expresamente en la pregunta: es sabido que los doce Apóstoles y los ciento veinte discípulos que estaban en el aposento alto en Pentecostés no fueron bautizados con agua. Este es un caso excepcional. San Juan Crisóstomo dice que aquella habitación -el entresuelo donde se reunieron- fue, por así decirlo, la pila bautismal espiritual para aquellos ciento veinte. Fue un caso único.

En cambio, el Apóstol Pablo, que no estuvo presente en Pentecostés, sí fue bautizado con agua. Y recordaréis quién lo bautizó: fue Ananías, el discípulo de Damasco, a quien el Señor dijo: “Ve en busca de Saulo que está en tal casa, para que lo bautices” (Hechos 9).

Así, queda clara la diferencia entre los dos bautismos.

  1. El Apóstol Pablo, en una de sus epístolas, dice que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. ¿Qué significa esto? ¿Se divide el cielo en varios niveles o pisos?

Es cierto que esta expresión existe: que el Apóstol Pablo fue “arrebatado hasta el tercer cielo”. La tradición hebrea hablaba en términos de niveles o “plantas”, pero no se trata literalmente de pisos como los de un edificio, sino de una expresión con distintos significados espirituales y simbólicos. La palabra cielo tiene varios significados.

Esto también sucede en la lengua helénica-griega. De hecho, aunque Pablo era judío y tenía formación hebrea, escribió sus epístolas en helénico-griego, y en esa lengua también se emplea la palabra cielo con diferentes matices.

Veamos los tres significados principales de cielo:

  1. El primer cielo es el cielo atmosférico o meteorológico. Cuando decimos que “los pájaros vuelan por el cielo”, nos referimos al aire, al espacio donde vuelan tanto los pájaros como los aviones. Es el cielo de nuestra atmósfera.
  2. El segundo cielo es el cielo astral o cósmico, es decir, el espacio donde se encuentran el sol, la luna y las estrellas. Es el universo visible, el firmamento donde se ubican los cuerpos celestes.
  3. El tercer cielo es el cielo espiritual, el ámbito de la presencia divina, que está más allá del mundo creado, más allá del universo físico. Es el lugar en el que, según la revelación, los santos y ángeles contemplan la doxa (gloria increada) de Dios, es decir, su luz increada.

Cuando san Pablo dice que fue arrebatado al “tercer cielo”, él mismo aclara que se refiere al paraíso, el lugar donde actualmente las psiques-almas disfrutan espiritualmente, a la espera de la resurrección de los muertos, para unirse de nuevo a sus cuerpos y participar plenamente de la gloria de Dios en Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada).

Por tanto, el “tercer cielo” no es un lugar físico sino un estado espiritual, el más alto, más allá de la creación material, donde se saborea y se experimenta anticipadamente la divina doxa-gloria increada.

  1. San Agustín dice: “Haz tu trabajo oración y tu oración trabajo”. ¿Cómo pueden los alumnos hacer su trabajo oración?

Vamos a verlo. Lo que dijo san Agustín no es del todo correcto. Debemos señalar esto en primer lugar. No os extrañéis por esta afirmación; lo digo con respeto, pero también con claridad: no es completamente correcto considerar que el trabajo puede convertirse, sin más, en oración.

La oración es algo que se refiere directamente a Dios; es una unión con Él, una conversación o homilía con Dios. Y homilía, en su sentido original, significa estar en compañía con Dios. ¡Atención!: el trabajo, en sí mismo, no es compañía con Dios.

Aún más, debo deciros que existe un peligro real: el de dejar la oración al margen, si uno empieza a creer que el trabajo ya es en sí mismo oración. Por ejemplo, si me levanto por la mañana y, en lugar de orar, me arreglo rápidamente y me voy a trabajar, diciendo: «mi trabajo es oración», entonces estoy desplazando o sustituyendo la oración verdadera.

Algunos dicen: «el trabajo también es sagrado». Sí, puede ser sagrado, pero bajo ciertas condiciones. No puedes decir, por ejemplo: “el domingo por la mañana iré a trabajar a mi terreno porque el trabajo también es oración, es sagrado”. ¿Puedes realmente afirmar eso?

No, porque el mismo Dios que te mandó trabajar, también te ordenó santificar el día del Señor, y ese día debes ir a la Iglesia. Por tanto, no puedes proclamar el trabajo como sagrado si eso significa desobedecer otro mandamiento de Dios.

Aun si vas a tu trabajo y lo consideras como oración, escucha lo que dice Salomón: “Señor, así como el maná se derretía con los primeros rayos del sol, así también se desvanecen las obras de los hombres cuando no comienzan con oración.”

Por tanto, no puedo decir por la mañana que me voy directamente al trabajo porque “mi trabajo es oración”. Una cosa es el trabajo y otra, la oración. Son dos realidades distintas, claramente diferenciadas.

Ahora bien, otra cosa muy diferente es que nuestro trabajo se haga según los mandamientos de Dios y bajo la fuerza de la oración. Cuando, por la mañana, estoy en mi casa, en mi despacho, en el campo o en la fábrica, me santifico antes de empezar; entro en el espacio del trabajo con una actitud bendecida. No hago una oración extensa en ese momento, porque ya he orado por la mañana, pero sí me persigno o santiguo brevemente, complementando aquella oración, para que mi trabajo sea bendecido.

Cuando el trabajo se hace bajo el espíritu de oración, esto tiene un gran valor. Si, además, el trabajo que realizo está de acuerdo con los mandamientos de Dios, entonces mi vida y mi trabajo se santifican. Y en función del modo en que viva en esta cotidianidad, puedo alcanzar o perder la Realeza increada de Dios.

Ahora bien, la segunda parte de esta frase de san Agustín sí es correcta. Él dice: “Haz de tu oración un trabajo.” Esto es acertado. Pero decir: “Haz de tu trabajo oración” no lo es del todo.

Quizás no podéis imaginar que, en esta época de fiebre laboral y obsesión por la productividad y la satisfacción económica, la obra por excelencia del hombre no es su oficio, sino el trabajo de la oración.

¿Podéis imaginarlo? Que la oración es el trabajo por excelencia del creyente. Después de la oración, viene el trabajo del cumplimiento de los mandamientos, y solo después de eso, el oficio laboral, ya sea manual, intelectual o espiritual.

Por tanto, el tiempo dedicado a la oración no está perdido, sino enormemente valorizado, incluso grandiosamente aprovechado.
¿Por qué? Porque la oración, siendo la obra por excelencia de la psique-alma, jamás puede ser considerada una pérdida de tiempo. ¡Nunca, pero nunca digamos eso!

Los Santos Padres llaman a la oración: “La ciencia de las ciencias.”

Esto en cuanto a esta pregunta. (28:47:30)

  1. ¿Cuál es la tesis ortodoxa sobre el dogma cristológico?

¿Qué es el dogma cristológico? Es aquel dogma que se refiere a la Persona-Hipóstasis de Cristo, es decir, a la revelación/ apocálipsis y la verdad sobre Jesús Cristo.

¿Cuál es la tesis ortodoxa? Es muy sencilla. Podría decir que existen muchos aspectos que desarrollan esta tesis, pero me concentraré solo en uno, que es suficiente para que lo recordéis y lo tengáis -yo diría- como una piedra angular.

Nuestra Iglesia Ortodoxa cree en la persona θεανθρώπινα (zeanzrópina: divino-humana) de Jesús Cristo, quien es perfecto Dios y perfecto hombre. Esto, si lo guardáis en el corazón, es algo muy importante e interesante, porque hoy en día existen muchas herejías. Por ejemplo, los milenaristas (Testigos de Jehová) y otros más que no aceptan la naturaleza divina de Cristo.

Hay muchos -filósofos, sociólogos de nuestra época- que aceptan la naturaleza humana de Cristo, pero rechazan su divinidad. ¡Atención a este punto! Dicen: “Qué buen hombre fue Cristo, qué cosas tan buenas enseñó», y así también lo reivindican el socialista, el comunista, el marxista, e incluso el ateo puede utilizar a Jesús Cristo. Pero, ¿qué relación puede tener Cristo con estas manipulaciones? Es necesario aclararlo.

Muchas veces, cometemos un grave error por no conocer bien la tesis ortodoxa sobre la Persona-Hipóstasis de Cristo. Cristo es una persona  θεανθρώπινα zeanzrópina divino-humana: perfecto Dios y perfecto hombre, o, dicho de otro modo, el perfecto Dios que se hizo perfecto hombre, y que conserva en el cielo ambas naturalezas en grado perfecto. Además, las mantiene unidas de manera inconfundible en una sola Persona: ni la divinidad se mezcló con la naturaleza humana material del cuerpo, ni el cuerpo se mezcló con la naturaleza divina. Son esencias distintas, sin confusión ni mezcla.

Por eso, muchas veces, en nuestros kerigmas (predicaciones del Evangelio), no es un simple recurso retórico cuando repetimos la expresión “la persona zeanzrópina divino-humana de Cristo”; lo hacemos para que se grabe y se afiance bien en los oídos del público, de modo que aprendan a decir con conciencia: “la Persona θεανθρώπινα zeanzrópina divino-humana de Jesús Cristo”. Eso en cuanto a esta pregunta. (33. 46´40)

  1. ¿Cuál es la relación entre el sionismo y la masonería? ¿Y es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?

Esto lo trataremos con mayor profundidad cuando hablemos sobre la masonería. Pero sí, es cierto que existe una relación estrecha. ¿Qué relación hay entre las nubes y la lluvia? Pues esa es la relación que hay entre sionismo y masonería: muy estrecha.

La segunda parte de la pregunta dice: ¿Es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?
Pues , es verdad.

Dispongo de un excelente manual elaborado por el Santo Monasterio del Paráclito, en la región de Atenas. Permitidme leeros, sin desarrollo adicional, las principales tesis que allí se presentan sobre los llamados pseudo-mártires de Jehová, es decir, los Testigos de Jehová. Esta organización es considerada un enemigo malicioso, engañoso, falso, subterráneo y demoníaco del cristianismo.

  1. Odian profundamente al cristianismo y llaman a la Iglesia «Babilonia» y «organización prostituida de Satanás».
  2. Son una gigantesca empresa comercial, centrada en la venta de impresos, revistas y periódicos, de donde obtienen enormes beneficios, multiplicados además por las donaciones y ofrendas de sus seguidores. Véase el libro La dictadura de Brooklyn, pág. 97.
  3. Su material comercial son principalmente libros y revistas. Sus grandes imprentas editan 20 millones de revistas cada quince días, que deben ser distribuidas y vendidas.
  4. Es la organización más carente de filantropía. No han creado institución alguna de caridad: ni orfanatos, ni asilos, ni centros de ayuda social.
  5. Constituyen una de las herejías más graves, una amalgama de todas las antiguas: arrianismo, milenarismo, psicotomía (negación del alma), iconoclasia, protestantismo, etc. Son parientes cercanos de los adventistas.
  6. Son enemigos y negadores del Θεάνθρωπος (zeánropos) Dios-Hombre Jesús Cristo, de la Santísima Virgen (la Panaghía), de los Santos, de la Cruz y de todos los misterios de la Iglesia Cristiana.
  7. Pretenden el dominio universal. Han dividido el mundo en diez zonas, cada zona en partes, las partes en periferias, las periferias en regiones y las regiones en equipos. Trabajan incansablemente con este propósito. Por ejemplo, Grecia ha sido dividida en dos periferias y diecinueve regiones.
  8. Proclaman que todos los gobiernos del mundo, desde 1914, son satánicos e ilegales, afirmando que únicamente su organización es legítima y que no se debe reconocer ninguna otra autoridad. Es decir, proclaman abiertamente la anarquía y el desorden.
  9. No poseen enseñanza ética independiente. Simplemente obedecen ciegamente las órdenes que reciben desde su central en Brooklyn, Nueva York.
  10. Aunque afirman ser pacifistas y no tomar armas, en la Primera y Segunda Guerra Mundial sí las tomaron. En 1943, en Suiza, apoyaron el servicio militar, como consta en su periódico Consuelo. Y si algún día obtuvieran la mayoría, y Brooklyn les ordenara tomar las armas para exterminar a los cristianos, lo harían inmediatamente, alegando que es un nuevo mandato de Jehová.
  11. En sus libros escriben abiertamente que no son pacifistas, sino que simplemente Jehová aún no les ha dado la orden de iniciar la violencia. No obstante, si hay un interés particular, son capaces de alabar un gobierno, aunque lo consideren satánico. Para ello, usan el «artilugio de Yael», nombre que hace referencia a la mujer israelita que engañó con astucia a Sísara, subcomandante cananeo, y lo asesinó con dolo.

En resumen: los Testigos de Jehová constituyen una organización al servicio inmediato del sionismo.

Es importante entender que el sionismo adopta múltiples formas para adaptarse a distintos niveles sociales. Igual que una fábrica puede producir diversas marcas de pasta dental con diferentes aromas -aunque todas sean del mismo fabricante-, así el sionismo opera bajo distintas etiquetas.

Con la masonería y el Rotary Club, el sionismo busca captar a los intelectuales, dirigentes y personas en altos cargos de la sociedad y del Estado. Como ya dije, el Rotary Club es la antesala de la masonería, una especie de vivero donde se desarrollan futuras figuras masónicas.

Para captar al pueblo -no en sentido moral, sino como pueblo llano-, utilizan movimientos como los Testigos de Jehová, también conocidos como milenaristas. Su insistencia en usar el nombre “Jehová” en lugar de “Señor” es reveladora. Saben que en el Nuevo Testamento jamás aparece el nombre “Jehová”, porque los santos escritores y traductores sustituyen el nombre Yahvé por Kirios, es decir, “Señor”, insisten en leer “Jehová” donde dice “Señor” revela una clara orientación hebraizante y sionista. De hecho, ellos mismos enseñan que, cuando uno lee el Nuevo Testamento, debe sustituir mentalmente “Señor” por “Jehová”. ¿No llama esto poderosamente la atención?

Así pues, los sionistas utilizan la masonería para influir en los niveles más altos de la sociedad, y el milenarismo o Testigos de Jehová para influir en los niveles más bajos. Por eso afirmamos con claridad: el milenarismo y los Testigos de Jehová están en relación directa con el sionismo.

Más adelante, cuando tratemos el tema de la masonería, veréis cuántos nombres utilizados en los grados de iniciación son palabras hebreas. No hace falta añadir mucho más. Basta entender que todo esto es impulsado por el sionismo internacional, que actúa por medio de múltiples frentes, con el propósito de dominar un día a toda la humanidad. (23,1´)

  1. ¿Cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo»… por qué Cristo les reprochó que no dijeran nada al respecto? ¿Y por qué, cuando hacía milagros, a algunos les decía que no lo contaran y a otros sí?

Cuando sanó a aquellos dos ciegos, les ordenó que no lo dijeran a nadie. Sin embargo, ellos salieron y divulgaron el acontecimiento por todas partes. En cambio, al endemoniado de Gerasa le dijo: “No vengas conmigo; ve a tu ciudad, Gerasa, porque se asustó, no me recibió ni me aceptó. Tu ciudad quiere permanecer en el pecado; cuéntales las cosas admirables que Dios ha hecho contigo” (Marc 5:1-20, Mat 8:28-34, Luc 8:26-39).
Los gerasenos eran hombres sin fe y pervertidos, por lo tanto, necesitaban escuchar quién era el Cristo y qué hacía. Otros, en cambio, tenían una percepción equivocada del Mesías. Esta idea errónea estaba muy extendida; por eso también les decía a sus discípulos que no revelaran nada.

Pedro fue inspirado por el Padre para decir: “Esto no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Y aun así, Cristo les prohibió decirlo. ¿Por qué?
Porque estaba muy difundida la creencia de que el Mesías sería un portador de bienes materiales, alguien que vendría a traer comida servida con cucharas de oro. Pero no era así. El pueblo tenía una percepción tergiversada del Mesías; no interpretaban correctamente el Antiguo Testamento ni a los profetas. Por eso, Cristo impedía que se hiciera pública su identidad mesiánica, para evitar malas interpretaciones.

Os daré un ejemplo: cuando Cristo alimentó a los cinco mil, fue él mismo quien disolvió la multitud, mientras obligó con firmeza a sus discípulos a subir a la barca y pasar a la otra orilla. ¿Por qué? Porque la multitud murmuraba que querían hacer una revolución y proclamar a Cristo como rey. En el desierto quisieron hacer una revolución. Al día siguiente, cuando volvieron a encontrar al Señor, le dijeron: “¿cuándo has llegado aquí? Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis. [«De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente».]” (Juan 6:26-27).
Y ellos preguntaron: “¿Qué es ese alimento?”. Cristo les respondió: “Es mi cuerpo y mi sangre”. Entonces dijeron: “Duro es este mensaje, ¿quién puede escucharlo?”. Porque pensaban en carne y sangre humanas, y no podían aceptar este «logos». En ese momento, el Señor estaba corrigiendo el error sobre quién era verdaderamente el Mesías.
No era un Mesías liberador en sentido étnico ni económico. Como el pueblo no estaba preparado espiritualmente, el Señor ocultaba su condición mesiánica.

Además, había una razón más profunda: era necesario engañar y atrapar al diablo, quien había engañado a Adán y Eva. Ahora debía ser engañado por el nuevo Adán. Cristo debía ser crucificado por obra del diablo. Este, al ver las obras de Jesús, se maravilló y preguntó: “¿Quién es este?”. Pero luego lo condujo a la Cruz.
Los Santos Padres dicen que la Cruz era el anzuelo, y el cuerpo de Cristo, el cebo. Así se atrapó al “pez”, es decir, al mismo diablo. Porque Cristo murió en la Cruz y pagó el precio de la muerte de Adán.
Y ahora que ha resucitado, el diablo ha sido derrotado. Por eso, el Señor escondía su mesianidad: para vencer con sabiduría al enemigo. Amén. (27, 14´30´´)

  1. ¿Podría explicarnos algo de lo que dijo Pedro: “Tenemos más seguro el logos profético de lo que hemos visto”? (2Pedro 1,19)

Es una pregunta muy interesante. En este pasaje, el apóstol Pedro se refiere, principalmente, al acontecimiento de la Metamorfosis del Señor, y dice: “Nosotros fuimos testigos oculares de su majestad”. Es decir, vivieron personalmente, en lo alto del monte Tabor, la gloriosa Metamorfosis del Señor.
Y realmente fue un hecho inolvidable, una experiencia única y maravillosa. Porque la Metamorfosis constituye un punto culminante en la vida de los tres discípulos que la presenciaron. Hasta ese momento, el Señor había vivido en este mundo en kenosis (κένωσις), es decir, en un vaciamiento voluntario de su doxa-gloria divina. Su divinidad estaba escondida, y su apariencia era la de una persona sencilla. Aun así, como decimos coloquialmente, sus milagros “lo delataban”, manifestando quién era en realidad.

Aquel episodio fue, por así decirlo, una “ventana” que se abrió hacia la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, una apertura a través de la cual los tres discípulos pudieron contemplar un aspecto de su doxa-gloria increada. Porque la Realeza increada de Dios no es otra cosa que el mismo Señor, en quien la naturaleza humana se encuentra dentro de la luz increada de la divinidad.

La naturaleza humana de Cristo fue deificada desde el mismo momento de su concepción -¡atención a este punto!-, y no posteriormente. En cambio, los hombres sólo podrán contemplar al Señor en su gloria si ellos mismos también han sido glorificados (divinizados). Por eso decimos que esa luz increada es la condición o estado de la Realeza de Dios.

Pedro vivió esta experiencia, y la transmite en su epístola con pocas palabras, pero de profundo contenido.

Es importante notar que el apóstol Pedro, movido por el Espíritu de Dios -es decir, zeópnefstos (θεόπνευστος, inspirado por Dios)-, no se queda solamente en relatar su experiencia como testigo de la doxa-gloria increada. Tiene también que hablar a hombres que están en un nivel espiritual más bajo y que podrían decirle: “Tú tuviste esa experiencia, ¿pero nosotros cómo podemos tenerla?”.

Por lo tanto, esta experiencia debería repetirse a lo largo de la historia, para que los hombres puedan recibir testimonio y comprensión. Sin duda, aparecerán también quienes digan que esto no es más que una ensoñación, que no se puede permanecer en un milagro o en una visión, en algo que trasciende la naturaleza y se manifiesta de forma sobrenatural. Seguro que surgirán este tipo de personas. A esas personas, el apóstol Pedro les responde con algo muy importante: “A pesar de esto, -yo os he referido mis experiencias sobre la Metamorfosis-, pero tenemos más seguro el logos profético” (2 Ped 1,19). Esto es fundamental. El logos profético es un milagro más grande que cualquier otro milagro. Tened esto muy presente. Porque los milagros también pueden ser imitados por el diablo, pero la verdadera profecía no puede ser producida por él.

También os explico esto para que se disipe toda duda: el diablo no puede crear profecía. Lo que ocurre es lo siguiente: cuando alguien cree en lo que el diablo le revela en un sueño o en una visión demoníaca, si lo cree con fe, entonces Dios puede permitir que eso se cumpla.
¿Por qué? Porque el diablo lo ha dicho al azar, sin conocimiento real del futuro, y al haberle dado crédito, Dios permite su cumplimiento como castigo, por haber prestado atención a las palabras del enemigo.

En este sentido se producen las apariciones y visiones demoníacas que algunos hombres experimentan. Fuera de esto, el diablo no conoce el futuro; no sabe nada. Y cuando hablamos de «futuro», no nos referimos a aquello que tú aún no ves, pero que otro sí puede ver. Por ejemplo: yo ahora estoy de cara a la puerta del templo, y vosotros estáis de espaldas. Entra una persona con un abrigo largo, y yo os digo: “viene alguien con un abrigo largo”. Vosotros no lo veis, y para vosotros esto puede parecer una profecía. Yo lo anuncio, y cuando esa persona llega hasta aquí, decís: “he aquí un hombre con abrigo largo”.
Entonces, lo que he dicho se cumple. Pero esto no es profecía, porque yo simplemente lo vi venir; para vosotros era desconocido, pero para mí era evidente.

Lo mismo sucede con el diablo, hay muchas cosas que él ve venir antes que nosotros, pero eso no significa que haga profecías. Él no es profeta, y no sabe lo que pasará ni siquiera en el siguiente segundo.

Por eso afirmamos que los milagros no siempre son garantía de verdad, pues incluso el anticristo hará milagros. Lo que sí es auténtico y superior es el logos profético.

Y ved cómo actúa Pedro, inspirado por Dios. No se limita a decir: “Yo he vivido el acontecimiento del Tabor, ¿qué más queréis?”. No. Él reconoce su experiencia, pero ofrece a los creyentes el camino seguro que pueden recorrer también ellos: “Tenemos más seguro el logos profético, al cual hacéis bien en estar atentos como a una lámpara que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones” (2 Pedro 1,19).

Esto es, realmente, de una grandeza inmensa.

¡Atención! A algo que pertenece a la praxis de nuestra Iglesia. Cuando celebramos una fiesta -por ejemplo, la Fiesta de la Metamorfosis, ya que estamos hablando de ella-, desde las vísperas la Iglesia nos presenta pasajes del Antiguo Testamento. Estos pasajes son profecías o tipos, es decir, acontecimientos que prefiguran otros futuros. Lo que ocurre en el Antiguo Testamento constituye un tipo de lo que sucederá en el Nuevo Testamento, y estos tipos tienen también dimensión profética.

¿Qué hace, entonces, la Iglesia?
Proyecta la profecía. Imita al apóstol Pedro, imita lo que Dios, por medio del Espíritu Santo, ha descrito en las Santas Escrituras. Para mostrarnos el milagro, nos presenta primero la profecía. Esto es algo muy grande.
Por eso, si alguna vez oís algo extraño, si alguien afirma algo, acudid inmediatamente a la Santa Escritura. Id y ved qué dice el logos profético sobre eso.

Pongamos por ejemplo al anticristo, que hará muchos milagros. Abrid el libro del Apocalipsis -y también otros muchos lugares de la Escritura: las epístolas del apóstol Pablo, el profeta Daniel y otros-, y veréis que la Escritura nos advierte proféticamente que el anticristo hará milagros.

Entonces, si veo a alguien que realiza milagros, pero no viene del cielo, debo recordar lo que claramente nos dijo Cristo: “Aquel que viene del cielo aparecerá como el relámpago que brilla de un extremo del cielo hasta el otro; así vendrá el Hijo del Hombre” (Luc 17:24 Mat 24:27).

Pero el anticristo no vendrá así. Como dice san Juan en el Apocalipsis, vendrá de la tierra. Estas cosas son profecías. Y si las he leído y conocido, entonces sabré discernir: este que se presenta como Mesías no es el Mesías; es un anticristo, o quizás el mismo anticristo.

¿Quién me ayuda a discernir esto?
El logos profético de la Santa Escritura. Este logos profético, hijos míos, es el gran arsenal espiritual del creyente.

Como las profecías cristológicas -las que se refieren a la persona de Cristo- ya se han cumplido, algunos piensan que ya no es necesario estudiar a los profetas del Antiguo Testamento. Pero no es así. En cada época, todo creyente puede, a través de la profecía, reconocer al Jesús histórico, y también que el mismo Jesús histórico es quien inspiró esas profecías. Esto es de suma importancia. Por eso debemos estudiar el Antiguo Testamento y especialmente a los Profetas. Y debemos preguntarnos constantemente: “¿Qué hay aquí? ¿Qué se nos dice aquí?” Y cuando, en el logos profético, descubrimos a la persona de Jesús Cristo -quien ya es persona histórica y cumplimiento de la profecía-, entonces nos llenamos de entusiasmo, de admiración, de una fe profundísima y de la certeza inquebrantable de que Jesús Cristo es verdadero y es Dios. Amín. (34 1´)

  1. ¿Por qué Cristo no tuvo descendientes?

¿De dónde procede la naturaleza humana de Jesús Cristo? Obviamente, del género humano, y la muestra perfecta de ello es la Θεοτόκος (: la que da a luz a Dios). Es cierto que la Zeotokos portaba el pecado ancestral u original, pero Cristo no lo tomó. Y os lo explicaré.

Sabemos que todos los hombres nacen de forma espermática, es decir, mediante la participación de ambos sexos. No hay ninguno que no haya nacido espermáticamente. ¿Y cómo fue creado Adán? Ciertamente, no de forma espermática. Adán fue creado directamente por Dios. Dice la Escritura: “Y Dios creó al hombre tomando χούν jun (tierra especial del suelo (y sopló en su rostro aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente”. Aquí, el escritor zeópnefstos (inspirado por Dios) utiliza la palabra χούν jun, que significa «tierra especial» (sino diría joma: polvo de tierra o barro), para hacernos entender que el hombre fue creado de manera distinta al resto de las criaturas. En realidad, la palabra griega común para tierra es χώμα joma.

La creación en general se realiza por mandato divino: “Dijo Dios: Hágase la luz, hágase…”, etc. En cambio, respecto al hombre dice: “Y Dios formó al hombre tomando χούν jun del suelo…” Es decir, tomó elementos de la naturaleza y formó a Adán. Por tanto, Adán no nació, sino que fue constituido, formado.

Adán, aun siendo creado y no nacido, cayó, pues transgredió el mandamiento de Dios. A partir de esa caída, todos los nacidos de él, es decir, sus descendientes, al nacer de forma espermática, heredan el pecado ancestral u original.

La Παναγία Panaghía (Santísima Virgen) también nació de padres humanos, es decir, de forma espermática. Pero cuando la Zeotokos recibió el anuncio del ángel, se le dijo que aquello que nacería de ella sería Santo. Ella respondió: “¿Cómo será esto, si no conozco varón?”, es decir, si no estoy casada. Entonces el ángel le dijo que el Espíritu Santo vendría sobre ella y la cubriría con su sombra. Esto significa que el nacimiento de Cristo no sería espermático, sino creativo.

Nuestra Panaghía fue ensombrecida por el Espíritu Santo y el Logos de Dios. Así, el Logos tomó de la sarx (carne) de la Panaghía, porque debía tomar carne verdaderamente humana. Pero aquello que tomó, lo formó, lo creó: su psique-alma humana y su cuerpo humano, es decir, su existencia humana. Por tanto, en lo que respecta a Jesús Cristo, la concepción en la Panaghía fue un acto creativo, no espermático.

Por esto, Jesús Cristo es llamado el Nuevo Adán. Y este no es un simple título o una expresión poética. El primer Adán no fue engendrado, sino creado; así también el Nuevo Adán no fue engendrado por medios humanos, sino creado. El primer Adán cayó, mientras que el segundo Adán, el Jesús Cristo, asumió la condición del primero para redimirnos y salvarnos.

Así, el cuerpo de Cristo no es espermático, sino creación, formación divina. Y si alguno se pregunta: ¿Por qué Dios dio a Adán la capacidad de reproducción espermática, si él mismo fue creado sin ella? La respuesta es que Dios, en su presciencia, sabía que Adán caería, y con su caída entraría la muerte en el mundo. Por eso, le otorgó la capacidad espermática generativa, para que la humanidad se perpetuara y no se perdiera tras la caída.

Obviamente, todo esto lo hizo Dios a priori, porque sabía lo que haría el hombre. Dios lo conoce todo. Pero en el caso de Jesús Cristo no hay participación de esperma, simplemente porque Jesús Cristo no tendría descendencia; no existía ninguna razón para ello. De la misma manera, si Adán no hubiera caído, no habría existido la configuración espermática. Esta configuración pertenece al siglo presente, es decir, a la era actual marcada por la caída.

Por lo tanto, podríamos decir que Dios habría creado más y más seres humanos directamente, como hizo con Adán. Así como los ángeles no nacieron los unos de los otros, sino que fueron creados -no por medios espermáticos, sino directamente por Dios-, así también podrían haberse creado billones, si se quiere, de existencias humanas sin el método espermático. Pero Dios así lo quiso y así lo hizo.

Jesús Cristo, sin embargo, no tenía necesidad de este modo de nacimiento porque es el Nuevo Adán. No caería, y al no caer, no había motivo alguno para que existiera en Él el modo de reproducción espermático. Él mismo se constituye, y por lo tanto no participa de la espermaticidad.

Así respondo a la pregunta que me hizo una teóloga de Atenas: “¿Por qué Cristo no se casó, no formó una familia ni la bendijo?” El mismo Cristo, el Logos de Dios, bendijo ya a la familia desde el paraíso, cuando dijo: “Creced y multiplicaos”; allí la bendijo. Y también la bendijo en las bodas de Caná. Por eso, no tenía necesidad de formar una familia humana, ya que en Él no hay caso espermático, porque en Él no hay caída.

Al contrario, cuando llegue el momento de la resurrección, tampoco en nosotros existirá la forma espermática. Seremos hombres perfectos en Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Cristo mismo lo dijo claramente: “En la resurrección no se casan ni se dan en casamiento” (cf. Mt 22,30). Por tanto, está clarísimo que el matrimonio es un fenómeno posterior a la caída. ¿Por qué habría Cristo de asumir un fenómeno post caída? Entonces ya no sería el Nuevo Adán.

Si murió, fue porque asumió las consecuencias del pecado ancestral u original, y así entró en nuestro camino para llevarnos a la resurrección. Nosotros morimos, pero gracias a Él resucitaremos. Cristo tomó sobre sí la consecuencia, que es la muerte, pero en Él la muerte ya no domina.

Y una cosa más: lo que Cristo tomó de la Zeotokos -es decir, su naturaleza humana- no lo recibió de manera espermática, como ya os dije, sino de forma creativa. Esta naturaleza humana, en el mismo momento de la concepción, fue divinizada, glorificada, deificada.

Atención: ¿qué significa que fue divinizada? Significa que el cuerpo de Cristo era un cuerpo divinizado, tal como se manifestó en su Metamorfosis, aunque encubría la doxa, es decir, la gloria, la luz increada de la zéosis (divinización, deificación), porque no debía mostrarse esa gloria abiertamente. Si se revelara completamente esa doxa-gloria, entraríamos en otras problemáticas: la fe se debilitaría, se vería forzada, se anularía el libre albedrío, la libre voluntad y preferencia personal, etc. Son muchas las razones.

En el monte Tabor, sin embargo, permitió que se revelara un poco de quién era verdaderamente. Y esa misma θέωσις zéosis fue transmitida también a la Zeotokos. Ella fue purificada por el Espíritu Santo y ofreció a Cristo una sarx (carne) limpia; pero al mismo tiempo, ella misma recibió la zéosis, pues llevó en su vientre durante nueve meses al Dios deificado.

Por esta razón, Isabel, al ver a la Ζeotokos, exclamó: “¿Cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?” ¿Escucháis? Mi Señor. Isabel recibió carisma profético por medio de su hijo, el Precursor (Juan el Bautista), quien tenía este carisma ya desde el seno de su madre. Porque ella misma declara con claridad que, al ver a María, “el niño saltó en su interior”. Es como si dijera: “¡He aquí Él!” Lo que más tarde diría explícitamente como adulto: “He aquí el Cordero de Dios, el Mesías”, ahora lo transmite en forma profética a su madre, Isabel. Y ella proclama: “¿Cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?”

Pensad que la Ζeotokos era pariente de Isabel y tenía apenas 14 o 15 años. Isabel, en cambio, era de edad avanzada y fue un milagro que concibiera un hijo en esa etapa de su vida. A pesar de su mayor edad, proclama a su joven pariente, la Panaghía, como la madre de su Señor.

Por lo tanto, el embrión -si se me permite expresarlo así- ya estaba deificado en las entrañas de su Madre. Es decir, el cuerpo de Cristo, dentro del seno de la Panaghía, estaba deificado, divinzado desde el primer momento.

Ahora bien, pregunto: ¿un cuerpo deificado, que no fue formado espermáticamente sino creativamente, como en el caso de Adán, puede tener una disposición hacia la reproducción? No había posibilidad de espermaticidad en Cristo. Por consiguiente, ¿cómo es que hoy se le presenta como si tuviera “amigas”, simpatías o vínculos sentimentales? ¿No creen que estas ideas son residuos nacidos de una visión monofisita? Porque desde el momento en que uno acepta que Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre, el monofisismo queda descartado.

Por eso diría que con estas películas de cine actuales se ha introducido subrepticiamente una forma moderna de monofisismo, junto con otras desviaciones. Si tuviéramos una formación y preparación teológica ortodoxa y pragmática, lo entenderíamos todo claramente.

Os digo cosas que probablemente no escucharéis ni leeréis en otros lugares. Sobre lo demás, escucharéis y leeréis muchas barbaridades. Por eso, os sugiero sinceramente que no veáis películas de cine sobre Cristo, porque lo presentan únicamente como hombre, y veréis y oiréis cosas indignas y falsas.

Todo esto no ocurriría si los cristianos tuviéramos una plenitud de gnosis teológica y una vida espiritual verdaderamente plena.

  1. ¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?

Y «No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él;» (1 Cor.3, 16-17)

Prestad atención, hijos míos, a este tema.

El entierro de los muertos es una costumbre antiquísima y universal, mucho más antigua que la cremación. Por lo tanto, desde el principio, ha sido práctica común entre todos los pueblos y en todas las épocas enterrar a los difuntos. El entierro es lo más natural: lo que ya no vive sobre la tierra se descompone, y naturalmente vuelve a la tierra. En cambio, la cremación no es una praxis natural. La praxis más acorde con la naturaleza es, sin duda, el entierro.

Aun así, la cremación fue adoptada por algunos pueblos en épocas posteriores. Por ejemplo, los egipcios jamás incineraban a sus muertos. Es bien sabido que los momificaban, los embalsamaban, y muchos de esos cuerpos se han conservado hasta nuestros días. Tampoco los helenos (griegos) practicaban la cremación como costumbre general; aunque hay casos aislados, en su mayoría se inclinaban por el entierro.

En el cristianismo predomina el entierro. No solo porque Cristo fue sepultado, sino también porque este acto expresa de manera más profunda la fe en la resurrección. Decir que la cremación impide la resurrección sería absurdo. Sería una broma decir que, si quemamos un cuerpo, entonces no podrá resucitar. Es ridículo pensarlo. Para confirmarlo, recordemos el Apocalipsis 20,14: “Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego increado [para que no salgan más de allí, se habrán anulado para siempre]. Esta es la muerte segunda [es decir, la separación eterna de Dios, el terrible, horrible e interminable infierno]” (Ap 20,14).

El fuego, el agua y el mar devolverán los cuerpos. Es decir, en cuanto a la materia, el cuerpo no se pierde. ¿Cómo recogerá Dios esa materia para recomponer el cuerpo humano? Esa es una cuestión de Su sabiduría, de Su αγάπη (agapi: amor incondicional) y de Su δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía increadas). No es asunto nuestro. El punto esencial es que la cremación no impide la resurrección de los muertos.

Pero, prestad atención: el entierro es una icona, una imagen viva de la fe en la resurrección. Por eso, en los kóliva (ofrendas con trigo hervido en los memoriales) usamos trigo, que además tiene un simbolismo geográfico y bíblico. Nos recuerda la Resurrección: así como el grano de trigo cae en la tierra y brota en una nueva forma, así también -dice san Pablo- se siembra el cuerpo en corrupción y resucita en incorrupción.

Enterrar a los muertos es, por tanto, un acto simbólico que representa la fe en la resurrección. Por eso usamos el verbo griego κοιμοῦμαι (kimúme), que significa “dormirse”. No decimos “quemar”, decimos “dormitorio”, no “crematorio”. El difunto está dormido, y se despertará. No es ceniza, sino que espera la resurrección.

En conclusión: el entierro es icona, símbolo y representación de la Resurrección de los muertos. Por tanto, los cristianos no deberían ser cremados o incinerados. La cremación es preferida por los panteístas o por quienes niegan la resurrección de los muertos.

Os recordaré dos artistas griegos muy conocidos: Dimitri Mitrópoulos, famoso director de orquesta, y María Kalas. Ambos dejaron testamento pidiendo ser incinerados. Esa decisión va en contra del dogma ortodoxo sobre la resurrección. No porque no vayan a resucitar, lo repito, sino porque se pierde la icona visible de la resurrección al evitar el entierro.

Por eso, la Iglesia jamás aceptará la cremación de los muertos como práctica, sino solamente el entierro. Si alguien es ateo, panteísta o de otra creencia y desea ser incinerado, está en su derecho. Pero en ese caso, esa persona ya no tiene relación con la Iglesia (Increada unida con la creada).

  1. Dudas sobre el libro del Apocalipsis de San Juan

Dicen que el libro del Apocalipsis de San Juan fue escrito -según algunos- en tiempo futuro, pero que se refiere en realidad a hechos del pasado. Es decir, que cuando Juan habla del anticristo en futuro, en realidad estaría hablando de cosas ya pasadas. ¿Es esto verdad?

Pero, ¿cómo es posible que se hayan escrito hechos que ya sucedieron y que, sin embargo, los ignoremos? La verdad, no vale la pena ni contestar a esta pregunta. Porque sobre el libro del Apocalipsis se dicen y escriben cosas terribles e incluso absurdas, en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, aprovecho la ocasión para deciros que, en nuestra época, hay muchos que están en contra del libro del Apocalipsis. Dicen muchas cosas… hasta barbaridades.

Pero nosotros, como ortodoxos, debemos tener claro que nuestra Iglesia ha determinado que este libro forma parte del canon del Nuevo Testamento. Y si está dentro del canon, significa que es un libro reconocido -el vigésimo séptimo (27º) del Nuevo Testamento-, y cualquier comentario que intente desvalorizarlo está de más y es inútil.

Aprovecho también para deciros algo más, una percepción personal que deseo compartir: cuando estudiamos el libro del Apocalipsis, nos damos cuenta de que no contiene nada que esté fuera del espíritu del Antiguo o del Nuevo Testamento. El libro del Apocalipsis está completamente en sintonía con toda la Santa Escritura.

Ahora bien, alguno me dirá: “¿Y qué hay de estas plagas terribles que menciona el Apocalipsis?”.
Sabed que esas plagas tienen su antecedente histórico en las diez plagas de Egipto, en tiempos del faraón. Y digo “antecedente histórico” en sentido pleno: por ejemplo, cuando el Nilo se contaminó y el agua se volvió roja como la sangre, eso -que hoy se puede explicar por fenómenos naturales o químicos- en aquel entonces ocurrió por voluntad divina. Dios no manda elementos nuevos del cielo, sino que usa los materiales ya existentes de la creación para ejecutar sus juicios. Así lo hizo también Moisés, cuando el agua del Nilo se volvió imbebible.

Hoy vivimos una realidad muy parecida: contaminación del medio ambiente, de las aguas, del mar… Vemos cómo muchas de las cosas descritas simbólicamente en el Apocalipsis ya se están cumpliendo ante nuestros ojos.

¿Queréis un ejemplo más? El Apocalipsis habla del lago de fuego y azufre. ¿Sabéis que Sodoma y Gomorra, que fueron destruidas con fuego y azufre, son un tipo, un modelo histórico del infierno? Lo sabéis, ¿verdad? Nadie se salvó, excepto Lot y sus dos hijas. Así que, como veis, los modelos del Apocalipsis ya están prefigurados en el Antiguo Testamento. El espíritu del Apocalipsis no es diferente del espíritu de la Escritura, sino que forma parte esencial de ella.

La única diferencia es que, en lugar de hablar directamente de la teología de Jesús Cristo, el Apocalipsis se enfoca en la teología del Cordero. Así está escrito: el Cordero de Dios. Pero recordad que Cristo es el Cordero de Dios. Así lo proclamó Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

En el resto del Nuevo Testamento se subraya la persona de Cristo, y esto es natural. En cambio, en el Apocalipsis, libro simbólico y lleno de figuras, el Cordero aparece como un símbolo central, como un cordero degollado, pero de pie. Pregunto: ¿cómo puede estar de pie un cordero degollado? La respuesta está en aquello que se dice al comienzo, cuando aparece Juan el Evangelista, y lo repite también al inicio de sus cartas a las siete Iglesias: “Yo fui muerto, pero vivo”.

¿Qué significa esto de un cordero degollado y, sin embargo, de pie? Significa claramente que fue crucificado, murió y resucitó.

Hijos míos, hay una maravillosa y sorprendente unidad entre las tesis teológicas del Apocalipsis y todo el espíritu del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, todo lo que se dice contra el libro del Apocalipsis es simple charlatanería, y debemos rechazar estas tesis y posturas de inmediato. ¡Amín! (34:30)

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

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