
Ciencia y religión C21
El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.
Índice
- ¿Puede el progreso científico hacer desaparecer la religión?
- Génesis y conflicto entre religión y ciencia
- Según la ley de materia y antimateria, los científicos creen en la existencia de otro mundo y en la existencia de seres extraterrestres (OVNIs). ¿Qué cree usted sobre esto?
- ¿Puede el progreso científico hacer desaparecer la religión?
Hubo una época -especialmente en el siglo XIX- en la que, impulsados por los avances científicos y tecnológicos, muchos vivieron un gran entusiasmo y un optimismo exagerado. Se llegó a pensar que la humanidad ya no necesitaría a Dios, y que la ciencia podría sustituir lo que hasta entonces ofrecía la fe, en particular el Cristianismo.
Pero, hijos míos, esto fue un profundo error. ¿Por qué? Porque el sentimiento religioso es algo innato y congénito al ser humano. No puede arrancarse del hombre sin provocar graves consecuencias. Por eso, no importa cuánto avance la ciencia: nunca podrá eliminar el fenómeno religioso, ni erradicar el anhelo espiritual del corazón humano. Es, sencillamente, imposible.
Además, debemos comprender que cuando hablamos de ciencia, nos referimos a un campo específico: el estudio del mundo natural, aquello que podemos observar, medir, investigar y utilizar. La ciencia trabaja dentro de los límites de lo físico. En cambio, cuando hablamos de religión, nos movemos en un ámbito completamente distinto: el de lo sobrenatural, lo que está más allá de la física, de la observación y de la experiencia sensorial, sensible.
Y aquí surgen las preguntas clave: ¿Puede la ciencia eliminar el mal? Ya está demostrado -y el siglo XX lo evidenció con creces- que no solo no ha eliminado el mal, sino que, en muchos casos, lo ha multiplicado a niveles nunca antes vistos. ¿Puede la ciencia responder al sentido de la existencia? ¿Puede decirnos por qué existimos? ¿Acaso vivimos solo para comer y beber? En definitiva, la ciencia no tiene respuestas para estas cuestiones fundamentales. Quien responde a esto es la religión.
El ser humano es un “ón” (ὤν), un ser no solo filosófico, sino teológico. Es una criatura hecha “a imagen de Dios”, y como tal, busca a su Creador, a su prototipo, a su modelo original. Por eso, el impulso hacia lo divino nunca podrá ser anulado. El deseo de trascendencia está profundamente inscrito en la naturaleza humana.
Así que, en resumen, podemos decir que, simplemente, se trata de dos ámbitos diferentes. Uno se ocupa de lo material del universo: lo que vemos, tocamos y con lo que podemos realizar experimentos. El otro se ocupa de lo sobrenatural, de lo que concierne a Dios y ofrece la respuesta al sentido y al significado de la existencia, es decir, al porqué de nuestra existencia. (19.46´21´)
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Génesis y conflicto entre religión y ciencia
La pregunta concreta se compone de dos cuestiones que, más o menos, coinciden. Dicen lo siguiente: Vemos que la Santa Escritura afirma que Dios ha creado el cosmos, es decir, que hizo el mar, la tierra y el cielo. Pero los científicos creen que la tierra provino de una explosión del sol, y que las aguas se formaron por la unión del oxígeno y del hidrógeno. Ahora bien, ¿qué podemos creer?
La segunda pregunta es: ¿Existe conflicto entre religión y ciencia en lo que respecta a la creación del mundo y del hombre?
Hijos míos, no hay contradicción alguna. Que la ciencia nos diga -o pueda decirnos- que el agua se formó a partir del oxígeno y del hidrógeno, ¿en qué contradice a la Santa Escritura, que dice que Dios hizo el mar? ¿Qué debería decir la Escritura entonces? ¿Que Dios creó el oxígeno y el hidrógeno, los unió y luego formó el agua? ¿Así debía estar redactado el texto sagrado? Evidentemente, no. No hay contradicción.
Pero debo deciros algo para que lo sepáis de una vez por todas. Lo que dicen los científicos -naturalmente, ya que no estuvieron presentes en la creación- no puede ofrecernos una imagen real de cómo se originó el mundo. ¡Atención! Esta imagen, en el ámbito de la ciencia, se llama correctamente “cosmoídolo”, es decir, una representación idealizada del universo, un ídolo o imagen. No describe cómo fue creado, sino cómo es. Y del universo existente no podemos tener una imagen exacta porque no podemos penetrar completamente en sus secretos o misterios. Lo que hacemos, en cambio, son teorías: construimos ídolos del universo a partir de ciertos indicios y los llamamos “cosmoídolos”.
No podemos, pues, conocer cómo fue la creación. Pero el hombre, por naturaleza, ama el conocimiento y siempre necesita formar imágenes que se basan en algunas muestras e indicios. Así surgen las llamadas “hipótesis o dudas científicas”. Por ejemplo, se dice que el universo era una masa de densidad enorme, que se disgregó y así comenzó a formarse el cosmos. O que el sol se fragmentó y dio origen a sus “hijos”, los planetas conocidos, entre ellos la tierra. Que esto ocurrió de forma instantánea o a lo largo de miles de millones de años… todo esto constituye un creer científico, no una certeza. La prueba es que los propios científicos difieren entre ellos.
En segundo lugar, estas teorías cambian continuamente. Hoy se postula una, mañana otra más perfeccionada, y pasado mañana una nueva. etc. A veces incluso se regresa a teorías antiguas que se mejoran. Pero, al final de todo, ¿cómo y para qué? Todas estas teorías se basan en indicios. Porque si una teoría científica se basa en una demostración, entonces ya no es una teoría, sino una verdad científica. Una cosa es la teoría científica, y otra, la verdad científica.
Por ejemplo, que la tierra gira alrededor del sol fue en su momento una teoría contraria a la de Ptolomeo, quien decía que el sol giraba alrededor de la tierra. Esta teoría fue refutada. ¿Quedó demostrado? Sí, claramente. ¿Cabe alguna duda? No. Entonces ya no hablamos de teoría científica, sino de verdad científica. Esto lo digo para que entendáis bien la diferencia.
Ahora bien, atención a esto. Yo os explicaré qué dice exactamente la Santa Escritura y cómo debemos verla respecto a la creación. La Santa Escritura no es un texto científico, sino un libro que, de forma accesible, quiere comunicar a personas de todas las épocas, niveles de formación y cultura que el Creador de todo es Dios. Esto es lo que interesa transmitir, y no presentar términos científicos o cualquier otra cosa.
No obstante, a pesar del estilo sencillo con que nos presenta la creación del cosmos, la Escritura ofrece precisiones que sorprenden enormemente. Os pongo un solo ejemplo:
Dice la Escritura que el primer día se hizo la luz. El sol, en cambio, se hizo el cuarto día. La luz y el sol no son lo mismo. El sol es un cuerpo que porta luz, pero no es luz en sí mismo. La tierra puede emitir luz en cierto momento. Si yo enciendo un mechero, hago luz. Si tomo una cerilla y la enciendo, también hago luz. Mirad las bombillas: son luz. El sol porta la luz, no es la luz. En el siglo XIX se burlaban de esto: “¿cómo puede haber luz sin sol?” decían. Pero hoy se ha demostrado que la primera cosa que se originó realmente fue la luz, porque la luz es energía.
Se plantea entonces la pregunta: ¿Qué se hizo primero: la energía o la materia? Y los científicos hoy dicen: la energía. La energía precede a la materia, y de la energía surge la materia. Existen muchas formas de energía. La más perfecta es la luz; la más baja, el calor. Así que, la energía perfecta es la luz, y ¡qué admirable lo que dice la Escritura!: “Dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz se hizo”. Y a partir de la luz, se realiza toda la creación.
¿Queréis una prueba? Veamos los 92 elementos del catálogo de Dimitri Mendeléyev. ¿Cuál es el primero? El hidrógeno. ¿Podía hablar la Escritura del hidrógeno? ¿Lo menciona? Pues sí, escuchad:
En la 2ª Epístola del apóstol Pedro se dice:
“… οτι ουρανοί ήσαν έκπαλαι και γή εξ ύδατοs και δι’ ύδατος συνεστώσα τω τού λόγω τού Θεού… que los cielos (aquí cielos es el universo) estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el logos de Dios” (2 Pe 3,5).
¿Qué significa “del agua”? El agua está compuesta por oxígeno e hidrógeno. Habla, entonces, del agua, y el agua contiene hidrógeno. Y para expresar el hidrógeno, dice: “del agua y por el agua”. Con el hidrógeno se adorna el universo, y de él se derivan los demás elementos. ¡Admirable!
¿Y todo esto cómo ocurre? “Por medio del Logos de Dios”. Dios dijo, y se hizo. La palabra “dijo” aquí es el Logos increado. ¡Maravilloso!
Más abajo dice: “pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que les ha sido dado, atesorado por el logos; y está guardado para el día del Juicio y la perdición de los hombres impíos…”, (2 Pe 3,7).
Es decir, la creación contiene dentro de sí fuego. Hoy sabemos cuál es ese fuego: es la energía nuclear, que ahora usamos -y que, en cierto sentido, nos ha vuelto locos. (Aquí termina la grabación. Os añado un fragmento del capítulo sobre la renovación del mundo, que pertenece a la homilía 85 sobre el libro del Apocalipsis. Os recomiendo leerla, ya que la tengo traducida al castellano y es muy interesante). (13:50)
Ahora vamos a ver de qué manera se hará esta recreación o renovación del universo. La manera de renovación del universo nos la describe el Apóstol Pedro. También diríamos que la manera de renovación nos la refiere también analíticamente el profeta Isaías. Este profeta tan rico que en tantos temas le ha revelado el espíritu de Dios. Vamos a ver qué dice san Pedro en su 2ª epístola capítulo 3: “5…que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el logos de Dios, 6, por lo cual, el mundo de entonces pereció anegado por el agua; 7, pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el logos; y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos… 10 Pero el día del Señor vendrá como un ladrón, y en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos, abrasados, serán disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas… 12 Esperando una nueva tierra y acelerando el día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos siendo quemados se fundirán. 13 Pero nosotros esperamos, según nos lo tiene prometido Dios, otros cielos y otra tierra nueva, en los que habita la justicia”. Esto nos dice el apóstol Pedro.
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Según la ley de materia y antimateria, los científicos creen en la existencia de otro mundo y en la existencia de seres extraterrestres (OVNIs). ¿Qué cree usted sobre esto?
Según la ley de materia y antimateria, los científicos sostienen la posibilidad de la existencia de otro mundo, así como la existencia de seres extraterrestres (OVNIs o Ufos). Frente a esto, nos preguntamos: ¿qué dicen los libros de nuestra Iglesia, y los hombres de Dios desde el período anterior a Cristo hasta nuestros días? Si no hay información directa sobre el tema, ¿cuál es su opinión personal? (Añadido por el traductor: hoy con la inteligencia artificial, el demonio es más fácil engañarnos sobre estas cuestiones).
Hijos míos, este tema es ampliamente conocido: ¿existen o no los extraterrestres? La fantasía, naturalmente, tiende a exaltarse y electrizarse cuando circulan libros y aparecen representaciones en televisión, cine, radio, etc., con imágenes y sonidos que impactan profundamente al ser humano, llevándolo a creer en la existencia de seres extraterrestres, platillos voladores y similares. Desde hace más de treinta años, este tema ha captado la atención de muchos. Incluso se han escrito libros que afirman que, en tiempos remotos, seres extraterrestres vinieron a nuestro planeta, desarrollaron civilización y luego se marcharon. Se dice también que existen monumentos que, supuestamente, no pueden explicarse ni justificarse para la época en que fueron construidos. Pero yo no me detendré más que en dos puntos.
El primero es el científico. En este aspecto, nadie puede afirmar nada con certeza. Nuestro sistema planetario -como lo confirma cualquier área de la astronomía- no ofrece condiciones para que exista vida inteligente, o al menos seres que puedan desarrollarse y poseer cultura, fuera de la Tierra. Ni Afrodita (Venus), que está muy cerca del Sol, ni Hermes (Mercurio), ni Ares (Marte), ni los demás planetas del sistema, presentan condiciones adecuadas: no hay posibilidad alguna. Por tanto, la existencia de vida en nuestro sistema planetario queda descartada, con absoluta certeza y no hace falta decir más. Alguna vez, un astrónomo creyó ver canales en Marte (Ares) y pensó que eran obra de seres civilizados, pero hoy se sabe que no es así. Hoy no solo contamos con telescopios potentes, sino también con la capacidad de enviar sondas espaciales que fotografían los planetas en alta resolución. Sabemos con claridad que en Marte no hay nada.
¿Pero quizás en otros sistemas planetarios? Esto no lo podemos asegurar. Apenas alcanzamos a observar sus soles. Consideremos que la Tierra es un millón trescientas mil veces más pequeña que el Sol. Si alguien pudiera ver nuestro Sol desde otro punto del universo, ¿podría ver también la Tierra? Imposible. Lo que sí vemos son soles, es decir, materia. No podemos saber si estos soles tienen sistemas planetarios. Y si los tienen, tampoco podemos saber qué ocurre allí, si existe vida o no. Esto, desde el punto de vista de la ciencia.
Ahora bien, ¿qué dice la Sagrada Escritura? Porque esta es la pregunta central: ¿qué dicen los libros de nuestra Iglesia?, ¿qué dice la Biblia?
La respuesta es sencilla. Cuando Dios creó la Tierra y al ser humano sobre ella, su interés divino se centró únicamente en lo que concierne a la Tierra y al hombre. Esto se ve claramente desde el primer versículo de la Sagrada Escritura: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Génesis 1,1). Cuando se menciona el «cielo«, se refiere al universo, a todo lo que está más allá de la atmósfera terrestre. Sin embargo, Dios no entrega información detallada sobre el universo porque al ser humano no le concierne más que lo relacionado con la Tierra.
Prestad atención a cómo se expresa luego el texto bíblico, con una precisión casi filológica: “η δέ γή” (i de yí), que se traduce como “y en cambio, o en cierto la tierra…”. No dice simplemente “el cielo y la tierra”, sino que se enfoca en la Tierra como elemento diferenciador. Igual que en la oración del Padrenuestro: “…como en el cielo, así también en la tierra…”. Esta estructura revela que, si bien se menciona el cielo, el mensaje y la acción se dirigen hacia la Tierra.
Del mismo modo, en el Génesis leemos: “…creó el cielo y la tierra, y en cambio, o en cierto, la tierra estaba desordenada, invisible y vacía…”, y a partir de ahí se inicia la historia de la Tierra, sin referencia alguna a la historia del cielo (o del universo). ¿Por qué? Porque desde el punto de vista teológico no era necesario hablar del resto del universo.
Hay además un punto crucial: el tema de nuestra salvación. Primero está el conocimiento (gnosis) de Dios, luego nuestra σωτηρία (sotiría: redención, sanación y salvación). Todo esto nos concierne exclusivamente a nosotros. No importa si existen o no otros seres semejantes a nosotros o seres racionales en otros planetas. La obra redentora está dirigida únicamente al ser humano.
Cuando el Logos Dios se encarnó, ¿quién es este Logos? Es aquel que creó el universo, y “Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado” (Jn 1,3) nos apocalipta, revela la Santa Escritura mediante san Juan el Evangelista. Nada existe sin el Logos divino. Y este Logos increado se hizo hombre. ¿Qué significa esto? Que tomó la naturaleza humana, la figura que habita esta Tierra: nuestra figura. Esta naturaleza y figura no fue desechada ni abandonada, sino que permanece glorificada en el cielo, en el cielo espiritual, el increado.
Aquí, en la Tierra, ocurrió el pecado; aquí se hizo hombre el Dios Logos, Creador del universo; aquí tuvo lugar nuestra sanación, redención y salvación; y es a nosotros a quienes Él llevará a Su Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada). Nuestra teología, es decir, la teología bíblica auténticamente cristiana, no deja margen para la existencia de otros seres semejantes a nosotros en otros mundos.
Porque si existieran estos seres, ¿qué clase de seres serían? ¿Habrían pecado o no? Por tanto, la teología no deja margen en este asunto: los márgenes son únicamente para el ser humano. Lo más importante de todo es esto: el Creador del universo tomó la naturaleza humana, y eso tiene que ver exclusivamente con nosotros, y con nadie más.
Cuando en alguna parte de la Sagrada Escritura se dice: “También tengo otras ovejas que no son de este rebaño…” (Jn 10,16), claramente no se da a entender que esas otras ovejas se encuentren esparcidas por los planetas de las galaxias. No. Esas “otras ovejas” son el mundo de las naciones, es decir, los pueblos que aún no han conocido a Dios.
Aun si se supusiera que existen seres extraterrestres, eso no cambia absolutamente nada respecto a nosotros. A nosotros sólo nos concierne el conocimiento (gnosis) de Dios, nuestra sanación y nuestra salvación. Nada más existe que tenga relevancia para nuestra existencia espiritual.
Y os diría más: si se supone que existen otros seres que quizás no necesiten salvación -o para quienes esta idea sea ajena-, o si se pensara que para ellos hubo algo análogo a nuestra salvación, eso sería sumamente extraño, porque Cristo tomó únicamente la naturaleza humana de esta Tierra. No tomó otra naturaleza, ni adopta sucesivamente otras formas de encarnación. Eso es imposible, lo repito con énfasis: es imposible. Una sola vez, el Logos increado de Dios se hizo hombre, tomó nuestra naturaleza, y nada más.
Pero si, hipotéticamente, existieran tales seres, entonces los encontraríamos en el reinado de la Realeza increada de Dios, siempre y cuando para ellos no existiera necesidad de salvación.
Y como preguntáis cuál es mi opinión -y yo siempre hablo desde la teología, no desde ideas personales-, os diría lo siguiente: nosotros, los seres humanos, tenemos el privilegio exclusivo, terrible y glorioso a la vez, de ser los únicos en la Tierra y, por extensión, en todo el universo. Sí, somos el único fenómeno consciente en este vasto cosmos. Y si me preguntáis: ¿Entonces por qué existe este universo tan infinito? ¿Para qué sirve?, os respondería:
Primero, para que se manifieste la potencia, la sabiduría y la doxa (gloria increada) de Dios.
Después, cuando este universo sea renovado y reconstituido, todo se convertirá en un mundo nuevo. No solo la Tierra, sino todo el universo entero. Este universo se hizo grande -lo llamamos hoy «infinito»- precisamente para que se convierta, al final, en nuestra nueva casa, el reinado de la Realeza increada de Dios.
No es necesario, entonces, que existan otros seres. ¡Este “infinito” será nuestra casa! Y dentro de esta Realeza increada de Dios, que abarcará todo, será visible el Logos de Dios encarnado, y los hombres que estarán en Su Realeza increada lo alabarán y glorificarán eternamente.
Por tanto, no es necesario que existan seres extraterrestres. Esta es mi opinión, pero no es una opinión subjetiva, sino una afirmación basada en lo que nos revela, apocalipta el Logos de Dios; por eso, coincide también con nuestra convicción de fe. (39. 36´20´´)
Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







