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Jun 25 2025

Significado de varios términos teológicos, C 23, A. Mitilineos

Amigos en CristoDios, con este capítulo hemos terminado el repaso de las traducciones y ordenado en capítulos las “preguntas y respuestas”, por el gran Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo.

23 Significado de varios términos teológicos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice

  1. ¿Qué es el tiempo litúrgico y qué significado da a los acontecimientos festivos?
  2. ¿Qué significa Divina Οικονομία Economía?
  3. ¿Qué es la θέωσις (zéosis)? ¿Es necesaria? ¿Cómo podemos adquirirla? ¿Podemos salvarnos sin ella? ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?
  4. ¿Puede analizarnos los términos ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia y νήψις (nipsis)?
  5. ¿Qué es la θέα (zéa: vista, expectación) de Dios y la θεωρία (zeoría: contemplación)? ¿Podemos adquirirlas y cómo? Y ¿qué es la fantasía?

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. ¿Qué es el tiempo litúrgico y qué significado da a los acontecimientos festivos?

Quizá, para algunos, esta es la primera vez que escuchan hablar sobre el “tiempo litúrgico”. Cuando decimos “tiempo litúrgico” no nos referimos al horario durante el cual se celebra la Divina Liturgia, como por ejemplo de 8 a 10 de la mañana. No. El tiempo litúrgico es algo distinto.

Por favor, prestad atención, porque esta pregunta es muy importante y muy especial. Se trata de un elemento esencial que puede llevarnos a adquirir una ascesis, un ejercicio espiritual litúrgico, y a tener una experiencia vivida de la fe. Es una verdadera ocasión de renovación espiritual. Escuchad bien lo que significa.

Sobre la Santa Mesa o Altar celebramos el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía, y es precisamente a partir de la Divina Liturgia que nace el tiempo litúrgico. Allí donde se celebra este Misterio, ocurre algo único: se produce una condensación del pasado y del futuro en un momento presente. ¿Qué quiere decir “condensación”? O más exactamente, ¿una anulación del pasado y del futuro, de modo que sólo existe un presente eterno?

Celebramos el Misterio de la Divina Eucaristía. ¿De dónde procede este Misterio? De la Crucifixión y Resurrección de Jesús Cristo. ¿Cuándo sucedieron estos acontecimientos? Hace dos mil años. Bien. Pero ahora, sobre la Santa Mesa o Altar, no existe una distancia de dos mil años. Aquellos mismos acontecimientos ocurren aquí y ahora. Y las personas vinculadas a ellos también están presentes en la Divina Liturgia: Jesús Cristo, la Zeotocos (Madre de Dios), los Santos.

Tienes, pues, el mismo acontecimiento de la Crucifixión y la Resurrección, tal como fueron entonces. San Juan Crisóstomo dice: “ya sea que hables de la Última Cena del Jueves Santo, cuando Cristo tomó el pan y el vino y dijo: ‘Este es mi cuerpo, esta es mi sangre’, en cada Divina Liturgia tienes exactamente lo mismo”. ¿Y cómo podríamos hablar de muchas Iglesias si, como dice san Pablo, “uno es el pan”?

Un antiguo libro, llamado Διδαχή (didají: La enseñanza de los doce Apóstoles), dice que uno es el pan, uno es el cuerpo de Cristo, aunque se celebre en mil o en un millón de lugares del mundo. Uno es el Pan, uno es el Cuerpo, uno es el acontecimiento de la Crucifixión, uno el de la Resurrección.

¿Qué tenemos aquí? Una condensación del tiempo, donde el pasado se hace presente. Incluso decimos: “Señor, nos dijiste que recordáramos Tu Segunda Parusía: Presencia, Venida”. Esta es una pequeña oración que se dice justo antes de ofrecer los dones: “Te ofrecemos de lo tuyo para ti, siempre, como nos pediste”. En ese momento hablamos también de la Segunda Parusía, Venida de Cristo. Y esta no es algo que se hará “entonces”, sino que ya está presente, porque Cristo es Dios y es omnipresente.

Así pues, tenemos una condensación de los acontecimientos pasados y futuros en un único momento del presente. Esto es lo primero.

Segundo, todas las personas del pasado y del futuro se reúnen en el presente. ¡Atención! Es bien sabido que, cuando se consagra una Santa Mesa o Altar, se colocan en ella reliquias de santos. ¿Qué significa esto? Que estas personas, cuando vivían, comulgaron el cuerpo y la sangre de Cristo. Y el cuerpo y la sangre de Cristo, como ya dijimos, están siempre presentes, y son uno y el mismo. Puesto que nosotros comulgamos y como aquellos también han comulgado entonces están presentes. No presentes en un sentido imaginario, simbólico o filológico, sino realmente presentes, porque todos estamos dentro del Cuerpo de Cristo. Esto es algo grandioso.

¿Por qué honramos a la Zeotokos en la Divina Liturgia? Porque dio su cuerpo, y de su cuerpo el Hijo de Dios, el Logos, tomó carne y realizó la nueva creación. Esto significa que la Zeotokos está presente.

Están presentes todos los santos, todos los ángeles, el Dios Trinitario. Esto se ve en el discarion (el disco litúrgico), durante la proscomidí (la preparación de los dones). Ahí está toda la Iglesia, los vivos y los difuntos, aquellos que han partido de este mundo.

Entonces, esto es profundamente importante. Cuando un sacerdote celebra la Liturgia con esta conciencia del tiempo litúrgico… no sé cómo explicarlo, es indescriptible. Vive dentro de la eternidad, trasciende el tiempo cronológico, vive dentro de una realidad que está fuera del tiempo (cronos), por decirlo así.

Y lo mismo el creyente. Por eso os dije que esta pregunta es muy hermosa. Cuando el creyente tiene esta conciencia, la vida litúrgica lo renueva espiritualmente, lo transforma interiormente, le hace experimentar lo que significa el tiempo litúrgico: que Dios está presente con toda su Iglesia, la Iglesia militante en la tierra y la Iglesia triunfante en el cielo, junto con todos los santos ángeles -que también forman parte de la Iglesia celestial-, todos están presentes.

En el mundo, cuando se hace una conmemoración a los soldados muertos en guerra, se pasa lista y se responde: “Ausente, ausente, ausente”. ¿Por qué? Porque fuera de la Iglesia, los que murieron están ausentes. Pero dentro de la Iglesia: san Espiridón (cuyo día celebramos mañana), presente; san Atanasio, presente; y así todos los santos. Ninguno está ausente. Y no están presentes de manera simbólica o filológica, sino realmente.

Repito: todos nos encontramos dentro del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es la Iglesia Ortodoxa. Amín.

Esto con respecto a esta pregunta. (39:21–30)

  1. ¿Qué significa Divina Οικονομία Economía?

El misterio de la humanización, encarnación de Dios se llama también Divina Economía. Es lo que Dios “economiza” -es decir, ordena, dispone, concede- para la sanación y salvación del ser humano. Por lo tanto, la Divina Economía es el misterio de la humanización o encarnación del Logos de Dios, en la cual el Hijo de Dios se hace hombre y viene al mundo para sanarlo y salvarlo.

Nosotros estamos llamados a vivir el Misterio de la Divina Economía. El Hijo de Dios se hizo hombre, y nosotros debemos elevarnos a la altura necesaria para comprender la humanización del Logos de Dios. Es decir, podríamos afirmar que Dios se humaniza y el hombre está llamado a la divino-humanización: Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a ser dios, por medio de la Jaris (Gracia), es decir, por la divina energía increada. Esto es lo que enseñan nuestros Santos Padres: que el Logos se hizo sarx (carne, con cuerpo, huesos y sangre), para que la sarx se convierta en Logos. Es decir, Dios se hizo hombre para que el hombre se haga dios.

Según el léxico ortodoxo https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: 66. Economía divina o de Dios.

El término  Οἰκονομία (ikonomía) economía proviene del verbo griego οἰκονομῶ (oikonomó), que significa “economizar, administrar, arreglar, abastecer” y a su vez deriva de “οἶκον (íkon) casay el verbo νέμω (némo) administro, es decir, “administro mi casa”.

En el contexto teológico, Ikonomía —también llamada Economía Divina— tiene tres principales significados:

a) Concesión divina en la vida humana: Se refiere a la presencia -por concesión de Dios- de un hecho en nuestra vida, orientado al beneficio o a la instrucción espiritual. En este sentido, el verbo “economizar” se utiliza con ese mismo propósito.

b) Plan salvífico de Dios: El término expresa el plan eterno y ancestral de Dios para la salvación del género humano, llevado a cabo mediante la encarnación (o humanización) del Hijo de Dios.

c) Aplicación pastoral en la justicia canónica: En el ámbito del derecho canónico ortodoxo, economía es la desviación provisional y concreta del cumplimiento absoluto y literal de un canon, regla eclesiástica o tradición. Esta desviación, siempre con discernimiento y sin alterar en lo más mínimo los fundamentos dogmáticos, se aplica con el objetivo de alcanzar la salvación de las psiques-almas.

Dios mismo viene a lavar la derrota de nuestros primeros padres y a sanar el trauma en la raíz misma del género humano. La Economía en Cristo constituye una nueva recapitulación de la creación primigenia. El Padre, por medio del Hijo en Espíritu Santo, realiza la regeneración y renovación del mundo, centrada en el ser humano.

Discernimiento entre Teología y Economía, este principio fue introducido por primera vez por San Atanasio el Grande.

San Gregorio Palamás aclara esta distinción: La obra de la naturaleza divina es el eterno nacimiento del Hijo y la eterna procesión o proyección del Espíritu Santo, un movimiento que no tiene ninguna relación con los seres creados. En cambio, la obra de la voluntad divina y su energía increada es la constitución de la creación dentro del tiempo y con absoluta libertad. Por lo tanto: Aquello que se realiza dentro del ámbito de la Deidad opera por esencia increada; y aquello que se relaciona con la Economía divina se realiza por la voluntad divina y por la energía increada.

  1. ¿Qué es la θέωσις (zéosis)? ¿Es necesaria? ¿Cómo podemos adquirirla? ¿Podemos salvarnos sin ella? ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?

Es un tema muy amplio, que requeriría muchas horas para tratarlo en profundidad. Pero como estamos en una sección de preguntas, intentaré ofrecer un pequeño resumen.

La zéosis es cuando el hombre, a través de su comunión con Dios, adquiere atributos o cualidades que lo convierten en θεοειδής (zeoidís), es decir, divinizado, «de forma divina» o «semejante a CristoDios».

Podríamos preguntarnos: ¿Qué significa «hombre luminoso»?
Es aquel que ha entrado en contacto consciente con la divina Luz increada y ha sido iluminado. Así, cuando el hombre entra en comunión, conexión y contacto consciente y personal con Dios, se diviniza, es decir, adquiere aquellas cualidades que lo hacen semejante y perteneciente a Dios. En ese estado, el hombre se convierte en θεοειδής (zeoidís): divinizado, glorificado a la manera de Dios.

Dice a continuación la pregunta: ¿Es necesaria la zéosis?
Pues bien, no solo es necesaria, es el todo. No se trata simplemente de una necesidad más, sino que es nuestro objetivo y destino final.

¿Cómo podemos obtenerla? ¿Podemos salvarnos sin zéosis?
La zéosis lo es todo. Es el sentido y el significado de nuestra existencia. Existimos para llegar a ser θεοειδείς (zeoidís) —es decir, divinizados, «de forma divina» o «semejante a Dios». Como dice san Ignacio, debemos llegar a ser χριστοειδείς (cristoidís) —cristificados, hechos semejantes a Cristo. En esto consiste nuestra sanación y nuestra salvación. Por lo tanto, si la salvación consiste en esto, se entiende cuán esencial y necesaria es, y que no podemos prescindir de ella.

Continúa la pregunta: ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?

Pues bien, esa condición es el Evangelio.
El Evangelio es el mapa estatutario, la constitución y el parlamento entre el cielo y la tierra, y según el Evangelio serán juzgados los ángeles, los demonios y los hombres.

¿Y cuál es el criterio, cuál es el centro del Evangelio?
El centro, la base del Evangelio, es la encarnación del Logos increado, es decir, la presencia del Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), Jesús Cristo.

Por lo tanto, la fe es el primer elemento y la primera condición.
A partir de ahí, el hombre comienza a vivir según lo que dice el Evangelio. Así, el Evangelio contiene las condiciones para nuestra psicoterapia, redención, sanación y nuestra salvación, y es a través de él que somos ayudados a acercarnos a Dios, tal como se plantea en la pregunta. (32, 20´40´´)

  1. ¿Puede analizarnos los términos ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia y νήψις (nipsis)?

Las palabras helénicas ἐγρήγορσις (egrígorsis: alerta o guardia) y νήψις (nipsis: vigilancia y sobriedad o atención a la sobriedad), son términos fundamentales en la vida espiritual, por lo que os aconsejo prestarles especial atención.

En primer lugar, el término ἐγρήγορσις egrígorsis significa estar en alerta o en guardia, permanecer en alerta y despierto. Literalmente, implica no dormir. Pero en sentido metafórico se refiere a no “dormirse” en asuntos espirituales o de lucha interior, a no olvidarse de lo esencial. Muchas veces decimos: “¿No ves que estás dormido? ¿No te das cuenta?”. Aunque la persona no esté durmiendo físicamente, su mente o su espíritu pueden no estar despiertos. Cuando uno se olvida, cuando no presta atención, es como si se durmiera. Así, puede no percibir aquello que lo amenaza o lo que necesita alcanzar.

La egrígorsis, el estado de alerta espiritual constante, es algo sumamente importante. Por eso el Señor decía: «Γρηγορεῖτε grigorite» Marc 14:38, Mat 24:42, Luc 21:36, 1Ped 5:8, 1Cor 16:13, Apoc 16:15), es decir, “estad en alerta”, “atentos”, “despiertos espiritualmente”. Lo repetía muchas v  eces: «Γρηγορεῖτε grigorite», permaneced en guardia, en vigilia incesante. Nos pide atención, porque también el diablo está en guardia, vigilante, sin dormir. Si el enemigo no se duerme, ¿cómo puedes tú, hombre, que estás en lucha constante, confiarte y dormirte (espiritualmente)? Es decir, caer en la despreocupación, pensando que no pasa nada.

Vemos entonces que la egrígorsis, la alerta, vigilancia, es un elemento crucial. Por eso el apóstol Pablo dice a los Corintios: «Γρηγορεῖτε grigorite», estad en guardia, vigilantes; permaneced despiertos, firmes en la fe; tened una conducta valiente para ser fuertes.

Y el Señor, en el libro del Apocalipsis (3,2), dice: “γίνου γρηγορῶν conviértete grigorón, sé vigilante o estate despierto, en alerta continua”, es decir, no estés dormido, sino vigilante, espiritualmente despierto en todo momento. Más adelante, en el mismo libro añade: “μακάριος ὁ γρηγορῶν Bienaventurado el grigorón, bienaventurado el que está en vela y nipsis, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean sus vergüenzas” (Apoc 16:15). Un dicho popular dice: “El que guarda sus prendad o vestiduras, tiene la mitad; y si no los guarda, ¿qué tendrá? Nada de nada”.

Hijos míos, la lucha y el combate a veces exige sacrificios y conlleva pérdidas. Si la lucha implica pérdidas, ¿qué implica la no lucha?
Por eso el Señor nos dice que estemos grigoróntes -en alerta, atentos- y que guardemos nuestras prendas.

Un antiguo poema, muy bello, titulado «Recto en los muros del corazón», dice que el corazón del hombre es una muralla, y que él está dentro, con la puerta cerrada, vigilando, no sea que el enemigo entre en el castillo.

Jeremías dice: “Mediante las ventanillas entró la muerte” (espiritual). Tened en cuenta que en los castillos hay ventanillas, y por allí puede colarse el enemigo. En este caso, las ventanillas son los sentidos físicos. Tenemos cinco ventanillas por las que puede entrar la muerte (espiritual): lo que vemos, lo que escuchamos, lo que olemos, lo que saboreamos y lo que tocamos. Así pues, a través de las ventanillas de los sentidos físicos, entra el enemigo e introduce la muerte del alma (ψυχή psijí).

Este poema continúa diciendo: “Quizá sepas, allí en tu profundidad -en las profundidades que tú aún no has visto-, que se alzan las murallas de tu corazón, y tú tienes la llave de la entrada. Los enemigos rondan bajo tus murallas, esperando el momento en que el sueño te lleve en sus alas y se te caiga la llave. Entonces, tomarán la llave, abrirán la puerta de hierro, y dentro de las murallas atacarán con ímpetu para esparcir la destrucción. Correctamente armado en las murallas, permanece siempre en ἐγρήγορσις egrígorsis y νήψις (en alerta, en vigilia, en vigilancia, como guardián, atento en la sobriedad). Y no temas al enemigo maniático, porque a tu lado está ahora Cristo.”

Espero que os haya gustado. Es un poema realmente bello.

Ahora vamos con el segundo término, que es νήψις (nipsis) vigilancia y sobriedad. El verbo del que proviene es νήφω (nífo), que significa me abstengo del vino. Cuando uno no bebe vino, la mente está limpia, clara, lúcida, porque quien bebe se marea. Y al marearse, el pensamiento deja de ser lúcido. Entonces, en sentido metafórico, por extensión, cuando decimos que alguien está sobrio, nos referimos a que tiene un pensamiento claro, limpio y puro; un pensamiento libre de elementos que oscurecen la mente. Pero hay otro tipo de «vino» que también oscurece a la mente y al νούς (nus: espíritu de la psique), son los πάθος (pazos: vicios, pasiones, adicciones etc.). Por lo tanto, en este sentido ampliado, nipsis es el esfuerzo consciente por mantener el corazón sobrio, lúcido, puro, limpio y sano de πάθος.

El apóstol Pablo le dice a Timoteo: “Pero tú, estate en νήψις nípsis en todo.” Muy bello esto.

Así, vemos que el término nipsis ha pasado del ámbito de la abstinencia del vino al del pensamiento sobrio, limpio, puro y lúcido, y finalmente al ámbito espiritual.

Veamos ahora qué dicen los Santos Padres.

San Presbítero, en el primer tomo de la Filocalía, página 157, nos dice lo siguiente: “La vigilancia del νοῦς (nus: espíritu de laa psique-alma) y la pureza, κάθαρσις (kázarsis), purgación, limpieza y sanación del corazón: esto es y se llama nipsis, sobriedad”; https://www.logosortodoxo.com/filocalia/filocalia-1-san-%ce%b7%cf%83%cf%8d%cf%87%ce%b9%ce%bf%cf%82-hisijio-hesiquio-el-presbitero-203-logos-sobre-nipsis-hisijia-y-virtud-y-la-oracion-de-corazon-de-jesus/

Entonces, ¿qué es nipsis?

Es la vigilancia de la mente y del corazón (nus-espíritu), el no permitir ni consentir que entren pensamientos malignos o viles. Es como si fuera un vigilante exterior, que dice: “No entra, no permito que entre ningún pensamiento malvado.” Eso significa vigilancia, la guardia del nus.

¿Y qué más? Que tengo pureza de corazón, que el corazón está sobrio, limpio, lúcido y sano.

¿Y qué es el corazón?

Es el espacio interior (la esencia) donde se procesan, se deliberan y se juzgan las cosas que entran en mí por la mente desde el mundo exterior. Por ejemplo, voy caminando y veo en el camino una escena maligna. Si empiezo a pensarla, a maquinarla, entonces ya he manchado mi nus-espíritu (corazón: esencia y nus: energía).

Inmediatamente comienzo a desear, a querer, a representarla mentalmente, y ardo en ese deseo. Esto significa que mi corazón ya no está limpio ni sobrio. Primero ensucié mi nus —el espíritu y su energía—, y luego ensucio también mi corazón, es decir, la esencia misma.

(Nota del traductor: aquí conviene recordar que, desde la antropología espiritual ortodoxa, el corazón es la esencia del ser humano, mientras que el nus es la energía del corazón, la atención sutil, el espíritu del hombre.)

¿Qué quiere decir νήψις nípsis, es decir, estar sobrio, vigilante y lúcido?
Se dirá que nipsis es la vigilancia del νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) y la sobriedad y pureza del corazón.

Es aquello que dice el Señor: “Bienaventurados los que han hecho la katarsisάθαρσις), la limpieza y la sanación de su corazón, porque ellos verán a Dios.”

El mismo Santo hace un análisis. Prestad atención y veréis cómo lo desarrolla. Propone cuatro o cinco tesis.

Primera tesis: el examen de la fantasía. Una forma de nípsis es poder examinar cuidadosamente tu fantasía. ¿Por qué? Porque el primer ataque ocurre en el espacio de la fantasía. Sabed que primero se afecta la fantasía y luego el nus-espíritu. Y el nus no es lo mismo que la fantasía: son dos cosas distintas. Por lo tanto, podríamos decir que nipsis es cuando realizas un examen constante de tu interior.

¿Cómo se logra este examen?

Teniendo el corazón en silencio profundo, en ἡσυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), libre de cualquier λογισμός (loyismós: pensamiento simple o mezclado con la fantasía, idea), y estando en oración al mismo tiempo. Ese es el segundo punto.

¿Qué significa tener el corazón en profundo silencio, en divina ἡσυχία his   ijía?

Primero: autoconocimiento. Preguntarme: ¿Ha entrado algo dentro de mí? Segundo: que el corazón esté en estado de paz y serenidad. Eso es el silencio profundo, la divina ἡσυχία hisijía.

Lo contrario al silencio profundo es la tormenta interior: ruidos, confusión, voces. Si llenas tu mente y corazón de pensamientos viles o maliciosos, verás lo que ocurre: serás como un barco en un mar bravo. Lo opuesto es la ἡσυχία hisijía del corazón y del nus, es decir, no ocuparse con nada que sea pecado.

Quien ha probado esto repetidas veces a través de la experiencia, adquiere autoconocimiento y se hace autocrítico. Se dice a sí mismo: “Ahora estoy viendo algo maligno. Si me abandono a ello, entraré en el mar de la tentación. Esto me causará una gran perturbación, caeré en la tormenta.” Entonces, me diré: “¡Alto! Me detengo. Lo que entró, que salga. No lo quiero.” Y así, el nus y el corazón encuentran una dulce, bella y divina ἡσυχία hisijía. Eso es el silencio del corazón, cuando no hay tempestades interiores.

Tercer punto o tesis: la memoria e invocación del nombre de Cristo

Este punto se refiere a la memoria constante y la súplica del nombre de Jesús Cristo, pidiendo ayuda continuamente mediante su invocación.

No sé cómo describirlo con precisión; me gustaría expresarlo con alguna imagen, si lo logro, aunque reconozco que es una experiencia difícil de transmitir con palabras.

Por ejemplo, cuando vais a dormir a una casa ajena, ¿no tenéis a veces, incluso mientras dormís, la sensación de que no estáis en vuestra propia cama, sino en una cama extraña? Esto no le ocurre a todo el mundo, pero es una sensación muy particular.

Lo explicaré con una imagen más expresiva: Imaginad que estáis durmiendo sobre una tabla de treinta centímetros de ancho. Apenas podéis manteneros estirados sobre ella, y no podéis girar. Si os dormís y os movéis, caeréis al suelo. ¿Podéis dormir en esa tabla y, sin embargo, que dentro de vosotros funcione algún tipo de mecanismo interior —no sé cuál es, pero lo hay— que os esté informando continuamente, incluso mientras dormís, que estáis sobre una tabla estrecha y que debéis manteneros atentos para no caer? Muchas personas pueden dormir así sin caerse, porque ese mecanismo funciona dentro de ellas.

¿Qué significa esto? Llevad ahora ese ejemplo al ámbito espiritual. Esto significa que dentro de mi mente y espíritu opera constantemente aquello que llamamos “el nombre de Jesús Cristo”, tal como dice el Salmo: “Siempre tengo al Señor delante de mí.” Esto ocurre tanto cuando duermo -se entiende el sueño físico- como cuando estoy despierto.

Una expresión que repito a menudo es la siguiente: “Es cuando Cristo ha entrado hasta nuestra más mínima molécula, es decir, hasta lo más profundo de nuestro ser; cuando Cristo se ha integrado plenamente en nuestra existencia…” Entonces, puedo decir que mi referencia constante está en Cristo, que mi existencia está en Él, y que mi consuelo y mi súplica también están en Él.

Y entonces -dice Santo Hisijio-, cuando oras al Señor Jesús Cristo en busca de ayuda continua, lo haces con humildad, diciendo: “Señor, Tú sabes quién soy. Conoces mis puntos débiles, conoces mi talón de Aquiles. Sabes que, si miro allí, me engancharé; si voy allá, caeré; si pienso aquello, me mancharé. Señor, Tú sabes quién soy… ayúdame.”

Esto es la lucha espiritual interior, invisible.

Cuarta tesis según san Hisiquio, en la Filocalía: “Que uno tenga sin interrupción en su psique-alma la memoria de la muerte.” Esto no significa -como quizá podríais pensar- que debamos ser pesimistas.
Yo os diría, por el contrario, que el hombre más valiente y optimista es aquel que tiene presente la memoria de la muerte. El más miedoso, el cobarde, es aquel que evita pensar en ella. Y si le mencionas el tema, reacciona diciendo: “¡Toca madera! ¡La muerte, lejos de mí!”
¿Veis qué cobardía?

En cambio, quien se ha familiarizado con la muerte es verdaderamente valiente. Si va a la guerra, no tiene miedo; si atraviesa peripecias en la vida, no se acobarda. ¿Por qué? Porque tiene interiorizada la memoria de la muerte, pero no de forma sombría o negativa, sino fecunda: como un hecho posible.

Por ejemplo, cuando salgo del monasterio, siempre hago una oración antes de partir. En mi mente conservo la conciencia de que podría ser la última vez que piso el monasterio. ¿Por qué? Porque basta una parada cardíaca, un accidente… todo es posible.
¿Significa eso que debo estar atemorizado o llorando, sin atreverme a salir? No, de ningún modo. Simplemente, intento mantener la memoria de la muerte como una ayuda para no pecar.
Dice la Sabiduría de Sirácide: “Recuerda que morirás y no pecarás jamás.”

¿Veis? Esta memoria no es una carga, sino una herramienta poderosa, benéfica e importante para la vida espiritual.

Y un último punto, más bien, un resumen de todo lo dicho.
El santo nos dice que, si practicas estas cosas, podrías preguntarte: ¿Qué significa realmente el trabajo o la lucha espiritual?

Y la respuesta es: Es precisamente esto de lo que hemos estado hablando todo este tiempo. Este es el trabajo espiritual.

Este trabajo era el que Adán debía haber cultivado en el Paraíso.
Pero Adán no se cuidó. No estaba “grigorón”, es decir, en estado de guardia, alerta, vigilancia espiritual. Y cuando vino el diablo, los encontró dormidos, en un sueño espiritual. Adán y Eva debían haber estado atentos, desarrollando esta lucha interior.

Y ahora, dice san Hisiquio: “Cuando practicas estas obras espirituales —la nipsis sobriedad, la vigilancia, la oración, la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) , la memoria de la muerte, entonces todas estas se convierten en centinelas, en guardianes apostados en las entradas de tu psique-alma.”

Así, como veis, la ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia (estar en alerta espiritual) es muy necesaria, al igual que la νήψις nipsis (la sobriedad vigilante), si queremos hablar seriamente de vida espiritual. Esta es la verdadera vida espiritual. Pero la cuestión no se queda allí. El verdadero asunto es: ¿Cómo alcanzar la catarsis, la limpieza, la lucidez, la sobriedad y la pureza del corazón?
Esto nos lleva a la siguiente tesis, aunque exceda la pregunta inicial. Es como cuando limpiamos un terreno, quitamos las piedras y lo dejamos bien cuidado y preparado. ¿Pero eso es suficiente? No. También hay que sembrarlo. Y si siembro, ¿ya es bastante? Tampoco. También tengo que segar.

¿Qué quiere decir esto?
La siega es la cosecha, es obtener el fruto. Debo, pues, dar fruto en las virtudes.
¿Y con qué propósito?
Con el fin de que, mediante las virtudes, alcance el conocimiento-gnosis y la comunión con Dios. Es decir: conocerle y unirme a Él. Ese es el destino final.

Por lo tanto, la catarsis, limpieza, pureza, sobriedad y lucidez del corazón, que se obtiene por medio de la nipsis (sobriedad), la vigilancia, la guardia interior y la práctica de las virtudes, no son el fin en sí mismos, sino condiciones, camino y medio para alcanzar el verdadero propósito.

¿Y cuál es ese propósito?
La gnosis-conocimiento de Dios, no un conocimiento intelectual, como cuando leemos un libro, sino un conocimiento vivido, empírico, por experiencia directa; tener, pues, la gnosis, la contemplación, la visión y la unión con Dios. Esto es lo que llamamos θέωσις zéosis,
y se alcanza por la sinergia (cooperación) entre la energía increada de la χάρις (jaris: gracia, divina energía increada) y la energía de la voluntad humana. El acto mismo de la zéosis, sin embargo, lo realiza Dios.

Agradezco profundamente a quien haya formulado esta pregunta. Ha sido excelente. Amín.

  1. ¿Qué es la θέα (zéa: vista, expectación) de Dios y la θεωρία (zeoría: contemplación)? ¿Podemos adquirirlas y cómo? Y ¿qué es la fantasía?

Θέα (zéa) es la vista, el avistamiento, expectación de Dios. El verbo correspondiente es θεώμαι (zeome), que significa «ver», «contemplar», pero no simplemente ver, sino ver con atención, con una percepción más profunda y clara que el simple acto de mirar u observar. Es la contemplación real y luminosa de la luz increada de Dios. De este verbo derivan las palabras Θεός (Zeós), Dios, y θέατρο (zéatro) teatro. (No confundir con la palabra θεά zeá que significa diosa).

En primer lugar, debemos afirmar que la θέα (zéa), la vista, expectación de Dios, es una realidad. No se trata de algo imposible; al contrario, como veremos, constituye también la finalidad de nuestra existencia. San Juan el Evangelista dice: “Queridos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos y Le contemplaremos tal y como Él es. [Queridos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado qué seremos al futuro. Pero conocemos que cuando Cristo se manifieste con toda su doxa-gloria luz increada y jaris-gracia energía increada, nosotros también nos convertiremos y seremos semejantes a él en doxa y jaris increada. Entonces Le veremos y Le contemplaremos tal y como es él con su doxa y jaris que también será nuestra doxa y jaris]” (1Jn 3,2). Es cierto que ese «tal como es» no se refiere a la esencia de Dios, sino a Su persona, a su rostro, y principalmente a la persona del Hijo de Dios hecho hombre. Porque en la persona de Jesús Cristo contemplamos también al Padre y al Espíritu Santo. Recordad cuando uno de sus discípulos le dijo: “Señor, háblanos del Padre, muéstranos al Padre y con eso nos basta”. Y Él respondió: “Felipe, ¿tanto tiempo he estado con vosotros y aún no has comprendido que quien me ha visto a mí, ha visto al Padre?” (Jn 14,9).

Así, veremos la persona y el rostro de Dios, y podremos hacerlo porque Cristo tomó la naturaleza humana. Se entiende que, al ver la persona del Hijo, veremos Su forma, Su rostro, aunque el modo en que esto se dará solo lo conoce Dios, así como el Padre y el Espíritu Santo.

Por lo tanto, la θέα (zéa), la vista, expectación de Dios, es una realidad. Pero para alcanzarla, es necesario un trabajo interior deliberado. Las cosas que vamos a decir pertenecen a la vida presente, no a la vida futura en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Se trata de una realidad que puede comenzar aquí y ahora.

El primer paso es alcanzar una catarsis del corazón, es decir, su psicoterapia, limpieza, pureza y sobriedad. Esta catarsis interior implica una liberación del pecado, tener un corazón limpio, sobrio, puro. También es necesaria la fe, junto con la ascesis (ejercicio espiritual). Todo esto constituye condiciones básicas para que uno llegue a espectar, contemplar, avistar la persona o rostro de Dios. Recordad lo que suele decir el pueblo: “Tal como vamos, no veremos el rostro de Dios”. ¿Qué significa esto? Que la forma en que uno vive crea las condiciones para ver o no ver el rostro de Dios.

En segundo lugar, quien vive auténticamente la vida espiritual, la vida del Espíritu Santo según la voluntad de Dios, empieza a tener lo que los Padres llaman θεωρία (zeoría) contemplación espiritual de Dios. Esto es propio del creyente.

¿Qué significa θεωρία (zeoría)? Proviene del verbo θεωρῶ zeoró (compuesto de: zeó=dios y oró=veo), que significa «veo», «contemplo», «considero». Tiene un sentido casi idéntico al de θεώμαι (zeome). Ambos verbos, aunque distintos, significan en la teología patrística “ver”, “contemplar”, “espectar” pero no de cualquier manera: ver de un modo profundo, con examen y atención. Es una visión que no es abstracta, sino que implica discernimiento. Así que θεωρῶ (zeoró) significa «veo» y «contemplo a Dios».

¿Cómo es esta θεωρία (zeoría) de Dios?

Escuchad con atención: cuando los Padres y ascetas de la Iglesia dicen que alguien “tuvo θεωρία zeoría” o “zeorías”, ¿a qué se refieren exactamente? Hay dos niveles aquí: uno es ver a Dios directamente, y otro es prepararse interiormente, en el νούς (nus: espíritu de la psique-alma), para ver a Dios. Esto no se trata de una fantasía o imaginación, sino de un conjunto de imágenes santas y verdaderas en las cuales el creyente profundiza dentro de la persona y la obra de Dios.

(Aquí es importante señalar que en la antropología cristiana ortodoxa corazón y nus son uno, pero el corazón es la esencia, mientras que el nus es la energía, la atención y percepción fina del corazón, el ojo de la psique, según san Gregorio Palamás).

Según san Nicodemo el Aghiorita, Adán, antes de la caída, no tenía fantasía. La fantasía apareció como consecuencia de la caída. Este es un tema que hemos tratado anteriormente cuando hablábamos sobre la antropología cristiana. La fantasía, por tanto, no es una facultad espiritual elevada, sino una especie de sustituto que surge tras la pérdida de la pureza original.

¿Qué es la fantasía?

La fantasía es un espacio más sutil que los sentidos, pero más denso que el nus. Se encuentra, por tanto, en una posición intermedia. Esta región actúa como un almacén que utiliza el nus -la energía lógica del alma (psique)-, depositando allí el material que recoge a través de los sentidos.

Así, lo que percibo mediante los sentidos es almacenado en el espacio de la fantasía, donde el nus, con su capacidad lógica, puede trabajar, examinar y procesar dicho material. Pero el nus posee una sorprendente capacidad creativa: puede añadir y quitar elementos. Por esta razón -y esto responde a la postura de los desarrollistas-, si el nus, que es atributo de la psique-alma, tuviera una naturaleza puramente mecánica, actuaría como una cámara fotográfica, como desearían los materialistas.

Pero el nus no funciona simplemente como una cámara que reproduce fielmente la realidad. O, si se quiere, puede “fotografiar”, pero con la facultad de añadir o sustraer lo que desee. Cuando cierro los ojos, puedo modificar a voluntad una imagen: añadir o quitar elementos, dar movimiento a un paisaje o transformar un acontecimiento en algo distinto a lo que vi originalmente. Si el nus fuera mecánico, sus producciones serían simples instantáneas, pero no es así. El nus toma el material presente en la fantasía y lo procesa libremente.

San Nicodemo el Aghiorita afirma que la fantasía es un fenómeno posterior a la caída. No habría existido en el ser humano si no hubiese pecado. Actualmente, la fantasía está presente en todos los hombres, excepto en Jesús Cristo, porque Él es el nuevo Adán, el hombre antes de la caída. En Él tampoco existía el subconsciente. Todo esto -fantasía y subconsciente- es consecuencia del pecado ancestral u original.

No obstante, como señala san Nicodemo, dentro de este espacio de la fantasía, procuremos colocar cosas buenas, y no imágenes feas, indecentes o repulsivas. ¿Qué podemos introducir, entonces, en este espacio interior? Aquello que pertenece a Dios. Podemos empezar a pensar, meditar e investigar en el ámbito de la fantasía sobre los misterios divinos. Por ejemplo, reflexionar sobre el misterio de la Encarnación: cómo Dios se hizo hombre y qué significa esto.

Cuando el nus contempla todo este proceso -la «historia» de Dios, es decir, lo que Él ha hecho por el ser humano o cualquier otro don divino-, se realiza lo que se llama zeoría (contemplación). Es decir, uno se vuelve θεωρητικός zeorítikos, un contemplativo, capaz de elaborar internamente, desde lo profundo del alma, aquello que el Logos de Dios nos ha apocaliptado-revelado.

Os diré algo que yo mismo practico, no solo con la Santa Escritura, sino incluso cuando leo una novela. Supongamos que estoy recostado, y alguien me observa desde una ventanilla, viendo cómo me muevo. Tengo un libro en las manos -digamos, la Santa Escritura- y leo. Leeré solo una frase, no más. La leeré, la observaré, le daré vueltas, la volveré a leer. Haré ese esfuerzo por conquistar los conceptos de la Escritura, como el modelo de Jericó: dar vueltas en silencio alrededor de sus murallas, hasta que caigan y la ciudad pueda ser conquistada, hasta que el concepto, el significado, sea captado, penetrado y poseído.

Entonces, tras haberlo leído -ahí, recostado-, cierro el libro y lo coloco sobre mi pecho. Y me pongo a pensar, a meditar, a reflexionar. Al cabo de un rato, vuelvo a abrirlo, miro el mismo pasaje, o avanzo un poco más, y repito el proceso. En algún momento puede que incluso me venza el sueño, no porque haya dejado de pensar, sino porque somos humanos, y eso sucede. Pero este movimiento es continuo. ¡Atención!: leo, me detengo, y pienso. Incluso si se trata de una novela. Siempre tengo un bolígrafo a mano. Subrayo una palabra, la saboreo. Por eso veis que tengo una gran afición y amor por las palabras: porque una sola palabra puede encerrar un concepto profundo.

Entonces pienso. Y vuelvo a empezar. Este movimiento circular es lo que se llama zeoría, contemplación (o meditación, filosofar en su sentido espiritual real de las palabras). No se trata de leer rápidamente como quien empuja una carretilla y termina sin más. Eso no sirve, no da fruto.

Una vez, cuando era estudiante de bachillerato, tuvimos un maestro sabio. Llamó a un alumno para que leyera una traducción -era de Protágoras o de Fedón, no recuerdo exactamente, pero seguro que era una obra de Platón. El alumno empezó a leer a toda velocidad, probablemente porque tenía anotada la traducción al griego moderno sobre el texto original. El maestro lo detuvo de inmediato: “¡Para! ¡Frena! ¿Sabes lo que estás leyendo?”. Y añadió: “La Santa Escritura y Platón no se leen así”.

Se lo dijo a otro alumno, pero yo lo capté. Desde la antigüedad se enseña que cuando uno lee la Santa Escritura, o a los filósofos, o cualquier libro serio, es necesario hacerlo con pensamiento y con estudio. Es preciso sentarse a trabajar el texto. De otro modo, no se logra nada.

Os lo diré con otro ejemplo. Hay unos animales que se llaman rumiantes. Si estos, en su prisa, comieron la hierba sin más, no se beneficiarán de ella a menos que la saquen de su primer estómago y la mastiquen lentamente. Observad que cuando el animal mastica, lo hace despacio, pero cuando arranca la hierba, lo hace con rapidez. Hijos míos, debemos masticar, rumiar. Esto, en el lenguaje patrístico, se llama zeoría, o contemplación (meditación en castellano puro, no mezclar la palabra meditación con meditaciones orientales, budistas etc.).

¿Entendéis, pues, qué es la zeoría, la contemplación? Debemos comenzar a ejercitar esta zeoría. ¿En qué se basa? En la memoria de Dios y en su acción dentro de la historia.

Si queréis, podemos añadir una tercera dimensión: la zeoría, es decir, la contemplación de Dios, también puede darse a través de sus energías increadas. ¿Qué significa esto? Significa que muchos santos y apóstoles tuvieron la contemplación de Dios dentro de la Luz increada, porque “Dios es Luz increada”, y esa luz es Su energía increada. Así, por ejemplo, san Simeón el Nuevo Teólogo se encontraba dentro de la luz increada de Dios y, en medio de esa experiencia, inició un diálogo. Le preguntó al Señor: “¿Quién eres?” Y el Señor le respondió: “Yo soy el que se ha hecho hombre y ha sido crucificado por ti”.

Así pues, tenemos la θεωρία zeoría, la contemplación de Dios, por medio de sus energías increadas. Pero aquí se requiere un cuidado muy especial, porque este es un campo resbaladizo. Y si llevas unos zapatos que resbalan, y te encuentras en un terreno así, fácilmente te caerás… y te encontrarás con el Hades, el infierno.

¿Qué quiero decir con esto? Que el diablo vendrá y te presentará imágenes, iconos divinos, luces, sueños, apariciones, etc. ¿Cuál es la llave para no ser engañado? La llave segura es la humildad. Que uno diga: “¿A mí viene Dios? ¿Quién soy yo?”. En principio, nunca debemos pedir ni buscar ver a Dios. ¡Atención! Si buscas ver a Dios, hay un enorme peligro: en vez de ver a Dios, verás al diablo. Y entonces, engañado, lo alabarás y lo venerarás, creyendo que es Dios. No pocos han sido engañados así en la historia.

Debemos, por tanto, tener mucha humildad y no desear ver nada. Me basta con Su agapi, Su amor increado e incondicional. Me basta vivir dentro de Su clima, de Su atmósfera. Me satisface profundamente. Mi psique-alma se llena con la presencia de Dios. No necesito experiencias extraordinarias. Pero si Dios se complace y desea mostrarme algo, entonces diré: “¿Quién soy yo para que me muestres esto, Señor?”.

Una vez, el diablo se apareció a un monje y le dijo: “Sabes, yo soy el Cristo”. Y el monje le respondió: “El Cristo nos dijo: ‘Os dirán: he aquí el Cristo, o allí. No lo creáis’”. Y el diablo desapareció. A otro monje se le apareció también diciendo: “Soy el Cristo”. Y este contestó: “¿Yo soy digno de ver a Cristo?”. El diablo, al encontrar esta humildad, no pudo permanecer y se desvaneció. Por eso, mucho, muchísimo cuidado, siempre con la condición de mantener la humildad.

Entonces, sí: tenemos las energías increadas de Dios, a través de las cuales puede que alguna vez Dios nos muestre algo. Pero debo deciros que esto es un fenómeno raro. Es difícil, y os lo repito: no debemos buscarlo.

Y una cosa más, la cuarta: veremos a la persona misma, el rostro de Jesús Cristo, como os dije desde el principio. Pero no veremos la esencia o sustancia de Dios, sino la persona o rostro de Cristo. Y esto, principalmente, pertenece al futuro. ¿Por qué pertenece al futuro? Porque la Santa Escritura nos lo advierte, y lo dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios: que esta zeoría, esta contemplación de la persona o rostro de Dios, ahora la vemos como en un espejo, como un reflejo, es decir, no vemos al mismo Dios. Incluso en ese mismo pasaje se dice que lo vemos “como en enigma”, es decir, de forma enigmática, mediante símbolos; no como lo veremos cara a cara, persona a persona.

Y esto porque ahora caminamos y vivimos por la fe, no por visión, como también dice san Pablo en 2 Corintios 5,7. Es decir, creo en Dios, pero no le veo tal como le veré en Su Βασιλεία vasilía Realeza increada. No olvidemos esto. De todos modos, la visión, expectación de Dios es el propósito y finalidad de nuestra existencia. Porque, ¿para qué existimos?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué llevamos una vida cristiana? Para contemplar la persona, el rostro de Cristo.

Por eso está escrito en el libro del Apocalipsis, el último de la Santa Escritura, en su último capítulo (22,4): “Y los fieles contemplarán, verán el πρόσωπον prósopon, la persona y el rostro de Él”. La visión, expectación de Dios es, pues, un acontecimiento futuro, y constituye el sentido, el contenido y el significado profundo de nuestra existencia. Existimos para ver el rostro de Dios. Por ahora, lo vemos, contemplamos a través de símbolos.

Quiero terminar con algo muy hermoso que dijo un asceta: “Has visto el rostro de tu hermano, has visto el rostro de Dios”. ¿Cómo puede uno, a través del hermano, ver el rostro de Dios? Simplemente porque cada ser humano es como una icona, una imagen de Dios. Tienes, pues, la copia, y a través de la copia ves el prototipo, el original.

Como también lo dijo Jacob a su hermano Esaú. Jacob temía una antigua disputa, pues había robado la primogenitura, pero Esaú ya se había ablandado, habían pasado veinte años. Entonces Jacob, a pesar de que eran hermanos mellizos -él nació después de Esaú-, le dijo: “Cuando he visto tu rostro, es como si hubiera visto el rostro de Dios”. Es algo muy bello.

Así que, hijos míos, Cristo dijo -y nos lo dirá también en el Juicio Final- que todo bien que hayáis hecho, toda caridad, toda agapi, cualquier cosa que hayáis hecho por vuestro prójimo, por uno de estos pequeños, por estos hombres desconocidos, a Mí lo habéis hecho, dice el Señor. ¿Por qué? Porque los hombres son iconas imágenes de un prototipo: el Cristo. Amín. (30:30)

La χάρις jaris-gracia, energía increada, del Señor Jesús Cristo y la agapi-amor (incondicional y energía divina) de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amín (2Cor 13:13).

Β Κορ. 13,13 Ἡ χάρις τοῦ Κυρίου Ἰησοῦ Χριστοῦ καὶ ἡ ἀγάπη τοῦ Θεοῦ καὶ ἡ κοινωνία τοῦ Ἁγίου Πνεύματος μετὰ πάντων ὑμῶν· ἀμήν!!!

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

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