
ORACIÓN C.8
El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.
Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.
[¡Lo sublime: “Oración y Ayuno” (Mc 9,29; Mt 17,21)! Lo dijo Cristo-Dios, ¡y con eso basta!
Contacto consciente con Cristo-Dios, atención en la oración y oración con atención, participación en los Santos Misterios de nuestra Una, Santa, Católica, Apostólica y Ortodoxa Iglesia, y en Su Divina Liturgia… No se necesitan estudios académicos ni conocimientos intelectuales o teológicos Desde niño he visto en mi aldea —mis propios abuelos y padres incluidos— hombres y mujeres analfabetos o con muy pocos estudios (mi padre cursó tres años de EGB, mi madre era analfabeta a causa de la guerra con los nazis alemanes), salir de la Divina Liturgia iluminados, como ángeles, llenos de Jaris (divina energía gracia increada), Δοξα (gloria), Jaris y gracias a ellos que han guardado la Santa Παράδοσις (Parádosis: Tradición y entrega) como la pupila de sus ojos y la han entregado a nosotros!!!
Así se alcanza la verdadera psicoterapia sublime y divina de la Ortodoxia, que es: la divina Ησυχία (Hisyjía): ¡serenidad mental y paz cordial!
Amigos en y de CristoDios, compartid este majestuoso texto a los confines de la tierra!!! (por el traductor xX jJ)]
Índice
- ¿Qué se puede decir sobre las fantasías que surgen durante la oración y qué debemos hacer para tener mejores λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía, meditaciones, reflexiones)? ¿De qué manera podemos rechazar los pensamientos malignos y las fantasías?
- ¿Es indispensable la oración matinal? ¿No basta con la de la noche?
- ¿Por qué el calor, la alegría y la dulzura de la oración a Jesús y a su Inmaculada Madre no permanecen fijos ni sensibles? ¿Cómo puede uno hacerlos constantes, sentidos y permanentes?
- ¿Vale la pena continuar con la oración si estoy distraído o no tengo ganas?
- ¿Cómo puede ser nuestra oración bien recibida y agradable a Dios? ¿Cómo podemos experimentar que, a través de la oración, el hombre habla verdaderamente con Dios?
- ¿La oración incesante del corazón o de Jesús ayuda a la catarsis del corazón y del νούς nus espíritu?
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¿Qué se puede decir sobre las fantasías que surgen durante la oración y qué debemos hacer para tener mejores λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía, meditaciones, reflexiones)? ¿De qué manera podemos rechazar los pensamientos malignos y las fantasías?
Queridos míos, esto es un problema, y quizás sea el problema número uno en el ámbito de la oración: los λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía meditaciones o reflexiones).
En primer lugar, existen los loyismí pensamientos propios o particulares. Estoy orando y empiezo a pensar en qué hora es, si me dará tiempo de tomar el autobús, qué diré en el trabajo al llegar, qué voy a comprar en el mercado… Y mientras mis labios pronuncian la oración, mi mente corre tras las preocupaciones de la vida. Estas preocupaciones biológicas no son malignas.
Los pensamientos verdaderamente malignos aparecen cuando mi mente se dirige hacia cosas viles, indecentes o inmorales. Estos pensamientos fatigan y atormentan a la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo) humana.
Existe también un tercer tipo, si quieren: los loyismí pensamientos de incredulidad y blasfemia. Estos pensamientos blasfemos no nos pertenecen, no somos responsables de ellos. Lo único que debemos hacer es rechazarlos y no considerarnos culpables por su aparición. Esta es la clave: no sentirnos culpables porque han venido estos loyismí pensamientos. No son nuestros; el diablo nos los presenta. No nos pertenecen, y por tanto, no pecamos.
Si desean profundizar más, lean la bellísima y característica homilía 23ª de san Juan Clímaco (o de la Escalera). Esto que he dicho es solo una parte; aún queda mucho por decir, y os compartiré qué debemos hacer.
Yo ahora os estoy haciendo una homilía. Estamos resolviendo dudas. Supongamos que viene una mosca y se posa en mi nariz, ¿qué hago? La ahuyento. Da una vuelta y vuelve a posarse en mi nariz. La vuelvo a ahuyentar. Sabéis que las moscas, desgraciadamente, tienen una terquedad: por mucho que las echemos, vuelven al mismo sitio. (El que tiene la mosca se mosquea, dice un dicho popular) ¿Qué haría entonces? O tendría que detener la homilía, o tendría que estar echando continuamente la mosca. ¿Qué preferís? Obviamente, preferimos seguir predicando y ahuyentar la mosca las veces que sea necesario sin interrumpir la homilía.
Pues bien, exactamente lo mismo debemos hacer durante la oración. Estaremos siempre luchando para rechazar los loyismí pensamientos malignos y viles, los cuales se parecen a una mosca molesta que viene y no nos deja orar. No nos frustraremos, ni nos decepcionaremos, ni detendremos nuestra oración; al contrario, persistiremos luchando continuamente para expulsar estos pensamientos.
Os dije antes: cuando estoy orando, puede venir a mi mente el pensamiento de si tengo tiempo para coger el autobús. Inmediatamente retiro mi mente de ese pensamiento. Pero como el νούς (nus: espíritu y la atención de la psique), es espíritu, en un momento resbala y otra vez se va hacia el autobús. Entonces, lo recojo y le digo: «Ven aquí, ¿a dónde vas otra vez?».
¿Habéis visto alguna vez cómo una madre agarra a su hijo de la oreja o del cuello cuando se escapa? Así haremos nosotros. Arrebataremos nuestro nus y lo devolveremos a su lugar. Él siempre estará intentando escaparse, y nosotros siempre lo estaremos trayendo de vuelta.
Esa es la respuesta: él siempre se irá, y nosotros siempre lo recogeremos. Y el resultado de esta vigilancia, de esta guardia continua y esta ascesis (ejercicio espiritual), será que con el tiempo se convertirá en un hábito, en un estado interior. Así como el nus se acostumbró a dispersarse, ahora aprenderá a concentrarse. Llegará un momento en que no será necesario recogerlo constantemente, porque ya habrá aprendido a mantenerse recogido por sí mismo.
Esto es muy importante: se trata de un trabajo ascético, de ejercicio espiritual. La ascesis de recoger nuestro nus y su energía es el problema más importante dentro de nuestra vida de oración.
Yo suelo usar otro ejemplo. Si se te cae la cartera al suelo, ¿qué haces? Te agachas y la recoges. Si vuelve a caer, la vuelves a recoger. Tantas veces como se caiga, otras tantas la recoges. Puede que alguna vez te canses y digas: “Estoy harto, siempre se me cae la cartera. La voy a dejar ahí”. Pero nunca lo decimos. Siempre nos agachamos y la recogemos.
De la misma manera, quiero deciros que debemos tener persistencia. Y al final, la cartera dejará de caerse. Como os dije, recogeremos nuestro nus (espíritu de la psique) con la mente y su energía. Esta es la respuesta a esta pregunta. (26,39’). (El tema de la fantasía es muy importante, por ahí nos atacan los demonios, según los Padres, por tanto necesiterapia e instrucción, ver aquí: https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-fantasia-instruccion-terapeutica/
Y
https://www.logosortodoxo.com/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/
Más
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¿Es indispensable la oración matinal? ¿No basta con la de la noche?
Es un punto muy delicado. Los años que llevo aquí, en Tesalia, este tema sinceramente me ha agotado. Cada vez lo repito, tanto a pequeños como a grandes. Es casi un estereotipo:
—¿Haces oración por la mañana?
—No, solo por la noche.
—¿Y por la mañana, por qué no?
No hay respuesta.
Queridos míos, prestad atención. Lo que sucede es lo siguiente: es un tema de educación. Si algún día vais a ser padres, debéis saber que los padres que no hacen oración por la mañana no enseñan a sus hijos a orar por la mañana. Así de simple. Es una cuestión de educación y de costumbre.
De la misma manera que aprendemos a lavarnos los dientes por la mañana y por la noche, así también debemos aprender a orar en esos momentos del día. No es solo una necesidad, sino también una costumbre. Y, como es obvio, toda costumbre debe comenzar a practicarse para consolidarse.
Cuando una persona toma conciencia de que está haciendo algo por costumbre, esa costumbre puede llegar a cubrir una necesidad más profunda. Por lo tanto, ¿debemos orar por la mañana? Por supuesto que sí.
Nuestra Iglesia establece que debemos orar tanto por la mañana como por la noche. Y, si queremos ser más exactos, en realidad la oración debería ser incesante. ¿Acaso no dice el apóstol Pablo a los Tesalonicenses: «Orad sin cesar»? (1Tes 5:17). Sí, es bien conocida la oración incesante, que podemos repetir en distintas formas. No importa si la variamos.
Podemos decir:
“Jesús Cristo, Señor, ten compasión de mí”,
“Cristo, eleisón me”,
“Kyrie-Señor, perdóname”,
“Kyrie-Señor, ilumíname”,
“Kyrie-Señor, ayúdame”,
“Kyrie–Señor, sáname”… continuamente.
“Kírie eléisonme, compadécete o ten misericordia de mi”
Si ve a alguien pecando por la calle, el creyente dice: “Señor, perdónanos”. Si escucha a alguien blasfemar, dice: “Señor, perdónale, no le castigues”. Y así, el creyente ora sin cesar. Nada le impide hacerlo, ni estar con otras personas, ni moverse, ni trabajar. Su oración es constante. Por eso el apóstol Pablo dice: “Orad sin cesar”.
Ahora bien, como esta oración continua puede debilitarse con el tiempo, nuestra Iglesia Ortodoxa ha establecido que los fieles hagan oración por la mañana y por la noche. Esto no significa que si uno hace oración continua no deba orar en esos momentos concretos. Al contrario: la oración matinal y la nocturna son dos puntos de referencia dentro del día, dos momentos definidos en el ciclo de veinticuatro horas en los que el creyente debe detenerse y orar.
Por la noche, antes de ir a la cama, hago mi oración y pido a Dios que me guarde mientras duermo. Por la mañana, al despertar, le agradezco por haberme permitido ver un nuevo día y le pido su ayuda para lo que me espera. Tengo tantas cosas que pedirle durante el día que no hace falta detallarlas aquí.
Por lo tanto, el fiel debe agradecer, alabar y rogar a Dios, tanto por la mañana como por la noche. Ambas oraciones son necesarias.
En el capítulo 16 del libro de la Sabiduría de Salomón, se dice algo muy característico refiriéndose al maná que caía del cielo: “Los hebreos recogían el maná y, aunque lo asaban, no se destruía con el fuego. Pero apenas lo tocaba un rayo de sol, se fundía, tal como el hielo se derrite en la tierra. Así también el maná desaparecía y no quedaba nada sobre la tierra.» Esto fue para que los hijos de Israel aprendieran una lección: que los hijos de Dios deben alabar y agradecer a Dios antes de que salga el sol, y que con el amanecer deben encontrarse con Él en oración. Así como el maná se fundía con la salida del sol, también las obras de los hombres, si no están precedidas por la oración matinal, se funden y se pierden.
¿Queréis que vuestras obras se fundan y se desvanezcan, queden a medio hacer y vuestros propósitos no lleguen a buen término durante el día? Pues entonces, no hagáis oración.
¿Queréis que vuestras obras permanezcan y lleven el sello de la protección de Dios? Entonces, haced oración cada mañana.
Y continúa el texto: “La esperanza del ingrato es como la escarcha del invierno: al salir el sol, se derrite y se convierte en agua inútil.”
¿Quién es el ingrato? Es aquel que no ora por la mañana, que no agradece a Dios al despertar. Las obras de ese hombre son como la escarcha: se deshacen con el sol, no tienen consistencia ni valor.
Entonces, ¿creéis que se debe o no hacer oración por la mañana? El logos de Dios es claro y categórico: sí, se debe.
Y, finalmente, recordad: la oración matinal es también una cuestión de hábito. Si uno adquiere este hábito, esa costumbre lo llevará naturalmente a cumplir lo que debe hacer.
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¿Por qué el calor, la alegría y la dulzura de la oración a Jesús y a su Inmaculada Madre no permanecen fijos ni sensibles? ¿Cómo puede uno hacerlos constantes, sentidos y permanentes?
En primer lugar, porque no luchamos lo suficiente.
Y en segundo lugar, porque el ser humano cambia constantemente: vive en un mundo sumamente variable, y experimenta esas metáboles -es decir, cambios, alteraciones-, lo quiera o no.
En un momento puede tener una euforia espiritual, y en otro, sequedad. En un momento siente entusiasmo por trabajar espiritualmente, y en otro, pereza. Como podéis ver, el hombre se transforma continuamente y vive en un estado de cambio constante, una especie de “metabolismo espiritual” permanente.
Por eso, sentir siempre -de forma continua e irreductible- una emoción, una sensación de dulzura, de calor o de alegría espiritual, como se plantea en la pregunta, es imposible.
Para que algo así se acercara a la realidad, sería necesaria una oración incesante y una lucha espiritual muy intensa, como ya os he dicho. Solo entonces el hombre podría llegar a un estado en el que no estuviera sometido a las metáboles cambios del mundo presente.
Sin embargo, no debemos pensar que estas metáboles son solo externas o provocadas por situaciones mundanas, como por ejemplo: “vino alguien y me hizo daño, me creó una tentación”. No. Incluso aunque uno esté completamente solo, estas variaciones y cambios suceden igualmente.
¿Por qué? Porque hay cambios en el tiempo, en la salud, en el cuerpo… Y todo esto produce, inevitablemente, cambios interiores: en el ánimo, en el afecto, en la disposición espiritual.
Así que, para decirlo claramente: en este mundo no es posible tener estados espirituales fijos, estables y fervientes de manera continua. Esto debemos comprenderlo profundamente.
La estabilidad espiritual perfecta, esa constancia del gozo y la dulzura de la oración, pertenece al otro mundo, a la vida eterna.
Además, si no sentimos siempre la dulzura, la alegría u otras divinas emociones espirituales, debemos saber que también hay causas pedagógicas detrás de esto.
No olvidemos lo siguiente -y prestad atención, porque es un punto muy importante: cuando el hombre comienza su vida espiritual, necesita la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios. Esta járis se manifiesta al principio de la siguiente manera: como alguien que camina delante de nosotros y nos guía.
Pero cuando la jaris increada de Dios percibe que comenzamos a tener un poco de madurez, entonces pasa a caminar a nuestro lado. Es decir, seguimos sintiendo su presencia, pero ahora se nos permite tomar ciertas iniciativas en nuestra vida espiritual.
Y cuando la jaris de Dios ve que hemos madurado aún más -o que es necesario que maduremos más-, entonces pasa detrás de nosotros. Ya no la vemos ni la sentimos, pero nos observa atentamente. En ese momento, muchas veces creemos que hemos perdido la járis de Dios. Sin embargo, no la hemos perdido. No se ha marchado. Simplemente, la jaris energía increada de Dios nos educa, nos forma, para que aprendamos a tomar la iniciativa en nuestra vida espiritual y aprender a luchar.
Poned atención a este ejemplo: Un niño pequeño, mientras siente siempre la presencia de sus padres y no puede hacer nada sin ellos, nunca madurará. En algún momento, especialmente cuando empieza a caminar, el padre debe dejarle solo. El niño cae, se golpea, llora… pero el padre y la madre no se angustian. ¿Por qué? Porque saben que deben dejarlo caminar por sí mismo. Si lo sostienen continuamente, ¿cómo aprenderá ese niño a andar? No lo hará nunca. No desarrollará ni el ánimo ni la valentía necesarias para caminar solo.
Del mismo modo, la jaris de Dios se oculta detrás de nosotros, y a veces incluso nos deja caer. Entonces nos herimos, tropezamos, lloramos y decimos: “Señor, ¿me has abandonado?”
No, no te ha abandonado.
Simplemente te deja madurar.
Y una de las formas más auténticas de madurez espiritual es aprender a pedir más y más intensamente la jaris de Dios.
Y aún podríamos decir, en relación con lo que plantea la pregunta: ¿cómo podría uno fijar esta dulzura?
Ya lo hemos dicho: manteniendo siempre la catarsis y la pureza del corazón, junto con un anhelo constante por Dios.
Es cierto que ese anhelo no es algo fijo ni permanente, pero debemos esforzarnos por mantenerlo tanto como nos sea posible.
Hemos percibido y experimentado que cuando en nuestro interior existe ese anhelo de Dios, sentimos nuestro corazón lleno. Pero cuando ese anhelo se va, sentimos una especie de vacío, como si nos hubiésemos vaciado por dentro.
Os daré un ejemplo muy sencillo, para que veáis cómo fácilmente se vacía el hombre. Esto lo enseñan todos los Santos Padres, y no tenéis más que experimentarlo por vosotros mismos -siempre que ya hayáis comenzado a vivir una vida espiritual ortodoxa, correcta.
Cuando estamos solos, o incluso acompañados por una buena compañía, solemos sentirnos llenos interiormente. Pero en cuanto empezamos, primero, a reír incesantemente, a hacer bromas constantemente y a molestar a los demás; y segundo, cuando empezamos a hablar mal o a juzgar y acusar a personas ausentes, entonces, cuando volvemos a quedarnos a solas, sentimos que nuestra psique (alma) se ha vaciado.
¿Por qué sucede esto?
Porque la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios se ha retirado.
Por eso, si tenemos cuidado con ciertas cosas -con lo que hablamos, con lo que permitimos que entre en nuestro corazón y nuestra mente-, entonces nuestro corazón permanecerá lleno.
Y un inciso más: ¿Puede uno alcanzar esto sin un guía espiritual?
Seguro que no.
Porque, sin πνευματικός (pnevmatikós: guía espiritual), el hombre se vuelve autónomo y no es capaz de discernir con claridad: -¿Cuándo esto viene de Dios? ¿Cuándo viene del enemigo? ¿Cuándo es fruto de mi propia debilidad?
Por eso, nuestro πνευματικός pnevmatikós debe ser nuestro conductor en estos caminos, en estos senderos de la vida espiritual.
Él nos enseñará a discernir, a caminar con seguridad, y a no dejarnos engañar por los falsos sentimientos, por impresiones engañosas, por autoengaños y por el astuto maligno demonio.
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¿Vale la pena continuar con la oración si estoy distraído o no tengo ganas?
Responderé con un ejemplo sencillo: Cuando estamos resfriados o nos ha alcanzado una gripe, ya sabéis que nuestra nariz no funciona bien, y nuestro olfato se ve afectado. Comemos algo, pero lo sentimos sin sabor, insípido, porque el olfato no colabora. El gusto por sí solo percibe lo dulce o lo amargo, pero todos los demás matices del sabor vienen del olfato. Y como este flaquea, la comida nos sabe a poco.
Entonces pregunto: ¿Solamente porque no sentimos sabor ni aroma, decimos que no vamos a comer? Porque, si no comemos, ¿acaso no moriríamos de hambre? Comemos, pues. A pesar de todo.
Lo mismo sucede con la oración. Puede que, en un momento dado, la mente se distraiga o se disperse, puede que sintamos la oración como una carga pesada. Pero, aun así, ¡orarás! Pase lo que pase. Quizá la oración no tenga buena calidad, quizá no sea fervorosa ni concentrada, pero la harás. Porque si dejas de orar hoy, ¿quién te asegura que mañana no te sentirás igual? ¿O pasado mañana?
Y esto es justamente el pretexto que el diablo usa para cortarte la oración: decirte que «n o vale la pena», que «cuando me sienta mejor, oraré».
No, hijos míos. Haremos nuestra oración por la mañana y por la noche -estas horas prometidas-, sin importar cómo nos sintamos.
¿La calidad?
Basta con que haya oración. La calidad vendrá con el tiempo, con el esfuerzo. Está en nuestras manos mejorarla. Podemos decirnos:
“Voy a recoger un poco más mi mente y mi corazón para que esta oración sea más consciente, más viva.”
Esto en respuesta a vuestra pregunta. (40:26)
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¿Cómo puede ser nuestra oración bien recibida y agradable a Dios? ¿Cómo podemos experimentar que, a través de la oración, el hombre habla verdaderamente con Dios?
La oración es el alimento de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). En algunos momentos sentimos claramente la necesidad de orar, y percibimos la gran fuerza y energía sanadora divina que emana de la oración.
Pero, ¿cómo lograr que cada día nuestra psique-alma se vivifique con la oración? Ese es, en el fondo, el centro de esta pregunta: ¿cómo puede nuestra oración ser agradable a Dios?
Si quisiéramos representarlo con una imagen (icona), pensemos en el relato del sacrificio ofrecido a Dios por Caín y Abel. Icónicamente, vemos que el humo del sacrificio de Abel sube recto hacia el cielo, hacia Dios. En cambio, el humo del sacrificio de Caín se dispersa, como si el viento lo esparciera oblicuamente. Esto simboliza el rechazo de Dios a aquel sacrificio. Y así fue, en efecto.
Entonces, ¿qué es aquello que hace que nuestra oración sea agradable y bien recibida por Dios?
La oración es un sacrificio, una ofrenda, especialmente una ofrenda espiritual que el hombre eleva a Dios. Los antiguos ofrecían sus oraciones siempre acompañadas de sacrificios. El cristiano también puede acompañar su oración con elementos exteriores que expresan una actitud de sacrificio y entrega.
Por ejemplo: Encender el candil cuando oramos. No hacemos oración con el candil apagado; encenderlo es ya un acto simbólico de ofrecimiento. Encender una vela, paralelamente al candil, tiene el mismo valor. El incienso, igualmente, es una expresión material de sacrificio. Por eso, cuando vamos a la Iglesia y encendemos una vela, estamos ofreciendo un sacrificio. Un sacrificio sin sangre, pues en el Nuevo Testamento ya no se permiten sacrificios sangrientos. Ese sacrificio se ofreció una sola vez y fue el de Jesús Cristo. De este modo, ofrecemos una expresión visible, exterior de nuestra devoción y sacrificio.
Pero ahora os pregunto: ¿Creéis que sólo por encender una vela, ese sacrificio ya es aceptado por Dios?
Cuando uno enciende una vela, puede ser que diga una oración en ese mismo momento, sea en la Iglesia o en su casa.
Pongamos el ejemplo en la Iglesia: ¿Qué podría estar diciendo interiormente el que enciende su vela?
Podría decir: “Señor, dame iluminación”, o “Así como esta vela da luz, haz que yo también sea luz”, porque Tú lo dijiste: “Vosotros sois la luz del mundo.” Que yo me convierta verdaderamente en luz y no en oscuridad.
O también podría orar: “Que mi vida sea una ofrenda para Ti y para Tu agapi (amor); así como esta vela se consume, que también mi existencia se consuma por amor a Ti y al prójimo.”
Pero también -y atención a esto- puede que alguien al encender la vela esté pidiendo cosas como: dinero, éxito en negocios injustos, o incluso amoríos ilegales. Sí, muchos encienden velas pidiendo éxito en relaciones impuras o en deseos ilícitos.
Y ahora preguntad: ¿Qué escuchará Dios de esas oraciones? ¿Veis cómo hay una gran diferencia entre la oración y el sacrificio u ofrenda?
Por eso, con razón quien ha hecho esta pregunta se cuestiona: ¿Cómo puedo saber si mi oración es bien recibida y agradable a Dios? Y la pregunta es muy válida.
Pues bien, os diré algunas condiciones fundamentales para que la oración sea verdaderamente agradable a Dios.
Primero y ante todo: la oración debe hacerse con espíritu humilde. Es decir, debe haber una actitud interior de humildad. Acordaos de la parábola del publicano y el fariseo. Dios rechazó la oración del fariseo porque no era humilde. Dice Cristo: “¿Quién creéis que fue escuchado: el publicano o el fariseo?” Y concluye: “El publicano volvió a su casa justificado.” Esto significa que su oración fue escuchada. En cambio, la oración del fariseo no fue aceptada. Por eso no salió del templo justificado.
¿Y qué quiere decir humildad?
Es muy curioso que uno, estando delante de Dios, se enorgullezca. Y no os parezca raro, porque sucede mucho. Os contaré una icona -una imagen muy común- de cómo los hombres, exactamente, no son humildes delante de Dios. La confesión, ¿qué es? Es un Misterio.
El sacerdote tiene el sacerdocio y lleva el epitrajilio (la estola sacerdotal), que es condición oficial del Misterio.
Cuando alguien se acerca a confesarse, ¿ante quién se presenta? Ante la persona de Dios. Atención: ¡ante la persona de Dios! Pues bien, muchas veces los que se confiesan comienzan diciendo cosas como:
-«Yo soy buena persona. Nunca he hecho daño a nadie. Siempre he sido justo, me gusta la justicia…» Esto lo escuchamos en abundancia. Y yo os pregunto: ¿A qué os recuerda esto?
Primero, a una falta total de autoconocimiento. Este hombre no tiene autognosía (autoconocimiento), y quien no tiene esto, tiene orgullo.
¿Qué decía el fariseo en la parábola?
Decía: «Soy buena persona, doy limosna, hago caridades, no soy injusto… y no soy como aquel indecente publicano, el pecador.»
¿Lo habéis visto?
Y escucharéis esto muchas veces, y os lo decimos los confesores que lo vivimos a diario: -«Yo no soy como los demás.»
Si supierais cuántas veces escuchamos esa frase, os sorprenderíais.
Pero, ¡hombre cristiano!, ¿a mí, el confesor, me dices esto?
Yo no tengo interés en saber quién eres tú. Tú no viniste ante mí, viniste ante Dios.
Por tanto, ¿crees que tu confesión será bien recibida por Dios?
Sin duda que no. Pues esto mismo, queridos, se repite también en la oración. Por desgracia, muchísimas personas oran de esta misma manera. Si supierais cuán realista es la parábola del publicano y el fariseo, y cuánto refleja la realidad, entenderíais por qué insisto tanto en esto.
Así que, la primera condición para que nuestra oración sea escuchada y agradable a Dios, es la humildad: Presentarnos delante de Dios con humildad y con conocimiento de nuestra pecaminosidad.
La segunda condición es haber perdonado a tu enemigo. No puedes estar en oración, pidiéndole a Dios lo que vas a pedir, mientras tienes maldad en tu corazón contra alguien. Es cierto que Cristo también tenía enemigos, y los santos también. Pero eso se entiende porque los demás tenían enemistad hacia ellos. La cuestión es: ¿si tú tienes enemistad hacia alguien?
Ese “si tú” es fundamental.
Acordaos de lo que dijo Cristo: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda.” (Mt 5,23-24) Es decir, tu oración no será escuchada si estás en conflicto con tus hermanos, especialmente si tú has sido la causa.
¿Qué queréis que os diga?
Os lo diré claramente: hay personas que no perdonan, y dicen cosas como: -«Aunque me vaya al infierno, no te perdono.» ¡Esto es terrible!
Hijos míos, somos humanos, y en este mundo inevitablemente hay roces y escándalos. Es imposible vivir sin que ocurran fricciones. Pero incluso dentro de este mundo de conflictos, lo que nos corresponde a nosotros es pedir perdón. Nosotros no debemos tener enemigos. Si hay personas que no nos soportan, eso les concierne a ellos. Pero nosotros debemos perdonar, incluso si alguien nos ha herido, molestado o sido injusto con nosotros etc.
Tercera condición para que la oración sea bien recibida: Cuando el hombre es misericordioso. Cuando su oración va acompañada de obras de misericordia. Os recuerdo al centurión Cornelio, a quien se le apareció un ángel y le dijo: «Cornelio, tus oraciones y tus limosnas subieron a la presencia de Dios, que se ha acordado de ti» (Hch 10,4).
¿Habéis visto? Subieron. Como la ofrenda de Abel: su humo subía hacia el cielo, verticalmente. En cambio, el humo de Caín era desviado, como llevado por el viento, y no llegaba a Dios. Así también es la oración: la que va acompañada de misericordia, sube rectamente y es agradable a Dios. Esto es un elemento muy importante, y no debemos olvidarlo.
Cuarta condición: Cuando la oración está acompañada de ayuno. Esto es evidente. Aunque no ayunamos siempre, tampoco debemos pensar que sin ayuno no debemos orar. Por ejemplo, si durante los cincuenta días después de la Resurrección no ayunamos, no significa por eso que no debemos orar.
Pero también tenemos tiempos establecidos para el ayuno: Las dos Cuaresmas (Navidad y Pascua), los miércoles y viernes y otras fechas señaladas.
¿Por qué ayunamos?
Porque, como dice san Pablo: “Para dedicarnos con perseverancia a la oración y el ayuno” (cf. 1 Cor 7,5). Oración y ayuno van de la mano. Los Padres dicen que el ayuno da alas a la oración, la vuelve ligera, viva, penetrante. Cuando llenamos el estómago -y también bebemos vino-, ya no tenemos ganas de orar. Hoy, muchos comen y beben todo el año sin medida, y luego dicen que no pueden orar. Claro, no pueden. No es posible. Pero cuando ayunamos, entonces oramos con dulzura, con belleza, con concentración. Y cuando decimos “ayuno”, no hablamos solo de cambiar los alimentos, sino también de reducir la cantidad.
¿Queréis un ejemplo?
¿Por qué el domingo por la mañana -aunque no comulguemos- vamos sin comer a la Iglesia?
Esta es la razón: Porque el ayuno fortalece la oración. Claro está, si una persona se desmaya o está muy débil, entonces puede comer. Esto no lo hace por gula, sino por necesidad real. A veces el diablo provoca esto también, y hay que discernir. Pero si está médicamente justificado, se permite.
El ayuno, lo encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La Iglesia nunca ha iniciado y encomendado una misión sin ayuno. Por ejemplo, san Pablo con Bernabé, antes de su primera misión a Chipre, ayunaron ellos y toda la Iglesia (cf. Hch 13,2-3).
Un libro muy antiguo llamado “Διδαχή Didají” -la enseñanza de los doce Apóstoles- habla del ayuno antes del Bautismo.
Así que, en cada obra importante, especialmente en la oración, el ayuno hace la oración agradable y bien recibida por Dios.
Quinta condición: No pedir cosas materiales, sino espirituales. El Señor nos dijo: “Buscad primero la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios y Su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).
¿Qué significa “todo lo demás”?
Las cosas materiales. Hijos míos, pidamos la Βασιλεία Vasilía de Dios y la vida espiritual. Lo demás vendrá solo. No digamos: “Dios mío, dame dinero.” “Dame dulces, pan, ropa…” ¡No! Eso no vale. Si buscamos la justicia de Dios, Su virtud, Su santidad y Su realeza, entonces Él, que es nuestro Padre y sabe lo que necesitamos, nos lo dará.
Sexta condición: Orar por las necesidades del otro. Esto es muy importante. Aquí incluso podemos pedir cosas materiales, pero para el otro. ¡Atención! Para el otro. San Isaac el Sirio dice algo bellísimo en su Logos 30: “Sea que tu prójimo tiene hambre, o está sufriendo, o está de luto, o ha fracasado en algo -sea lo que sea-, cuando tú en tu oración personal tomas sobre ti su sufrimiento y lo presentas ante Dios, entonces te conviertes en una fuente de misericordia. Y Dios comenzará a conceder lo que tú pides por él.”
Hijos míos, muchas veces preguntamos: ¿La oración hace milagros?
Ciertamente que sí. Es bien conocido que los santos, orando, hacían milagros. Y ahora os pregunto: ¿Queréis también vosotros hacer milagros en vuestra vida?
Obviamente no por vanagloria, sino con humildad. Entonces, pongámonos en oración con esa primera condición que mencionamos al principio: la humildad. Y pidamos a Dios no para nosotros mismos, sino por los demás: por sus necesidades espirituales y también por sus necesidades materiales.
Por ejemplo: “Señor, mi compañero de clase o de trabajo no tiene habilidad mental. Intenta, pero no puede. Dale luz para que pueda entender y avanzar en sus estudios.”
O también: “Padre mío, el padre de mi compañero es un hombre que lleva una vida descuidada. Te ruego, dale tu misericordia, para que se arrepienta y cambie de mentalidad (metania), y así entre en Tu camino.”
Hijos míos, si oráis por causas ajenas de esta manera, veréis con vuestros propios ojos milagros, y esto os lo aseguro. Esto lo certifica San Isaac el Sirio, y también la experiencia de los Santos/as, que así se hacen los milagros. Pero Dios quiere algo más todavía. No basta con orar por las necesidades del prójimo. Debemos orar también por nuestros enemigos.
¿Y qué nos dice el Señor?
“Orad por los que os persiguen y os insultan.” (Mt 5,44). Es decir, por aquellos que os molestan, os crean problemas, os hacen la vida difícil. Cuando oramos también por ellos, nuestra oración se vuelve preciosa a los ojos de Dios y es escuchada con agrado.
Séptima condición: Tener fe y αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) a Dios.
Cuando encuentras a un amigo o a un pariente, y sientes simpatía y agapi hacia él, ¿cómo hablas con esa persona? Obviamente, la conversación no es fría ni formal. No decimos simplemente: “¿Sabes?, te quiero.” Eso no se dice así, abiertamente. Pero ¿cómo se expresa el amor? Con el tono, con la actitud, con la delicadeza en la voz,
con la ternura en el modo de hablar y comportarse. Es el lenguaje de la agapi.
Así también ocurre en nuestra oración. Cuando amamos a Dios, adoptamos una actitud especial frente a Su agapi. No somos secos, ni rígidos, ni formales. El hombre que no ama, se muestra duro, severo, frío. Pero el que ama, es blando, tierno, dulce. Tiene una disposición amable, agradable, abierta. Y deja que su corazón se derrame en oración, lleno de agapi hacia Dios.
Octava condición para que nuestra oración sea escuchada: Cuando ortodoxamos. Es decir, cuando nuestra fe es ortodoxa, verdadera. La oración del herético no es bien recibida por Dios. Por eso el Señor dijo: “Es necesario orar en espíritu y en verdad” (Jn 4,24)
¿Y qué significa “en verdad”?
Significa que debemos orar ortodoxamente, conforme a la verdad apokaliptada-revelada por Dios, no con herejías ni creencias distorsionadas.
Novena condición: Cuando insistimos en nuestras oraciones. El Dios a veces no da enseguida lo que pedimos, porque quiere que valoremos el don cuando nos sea dado, para que lo recibamos con alegría profunda. Para enseñarnos esto, nos contó una parábola: la del juez injusto. Una viuda acudía cada día a pedirle: “Hazme justicia contra mi adversario.” Pero él, hombre vil y sin escrúpulos, no la escuchaba.
Sin embargo, al final dijo para sí: “Ni a Dios temo ni a los hombres respeto; pero como esta mujer me molesta tanto, le haré justicia para que deje de venir” (Lucas 18:2-5).
Y Cristo pregunta: “Si este juez injusto, solo por cansancio, resolvió el caso, ¿no escuchará Dios a sus hijos, que claman a Él día y noche?”
¡Por supuesto que sí!
Pero Dios quiere que no dejemos de orar, que persistamos, que no nos cansemos, que no abandonemos la súplica.
Décima condición -escuchadla bien, con atención especial: ¿Qué pedimos en nuestra oración? Si ahora os diera papel y lápiz y os pidiera, anónimamente, que escribierais lo que pedís en vuestras oraciones, no sé lo que pondríais… Pero os pregunto: ¿Cuál es lo más alto que debemos pedir? ¿Cuál es el puntal de toda oración?
Hoy vino una persona importante al monasterio. Se iba de Larisa y me dijo: “Padre, decidme un consejo.”
Yo le respondí: “Te deseo y te bendigo para que entiendas que lo que más nos hace falta es tener el Espíritu Santo, y eso debes pedir en tu oración.”
Me dijo: “Gracias, pero, ¿qué más?”
Le respondí: “Nada más. Porque si tienes el Espíritu Santo, lo tienes todo.” ¡Escuchad esto bien! ¡Lo tenemos todo! Lo más alto que podemos pedir es: “Señor, dame tu Espíritu Santo.”
“Padre Santo, Padre Celestial, concédeme tu Espíritu Santo.”
Porque el Espíritu Santo es Dios, es una Persona divina, una Hipóstasis (Base subsitencial, substancial). Decimos: “Padre nuestro, danos el Espíritu Santo”, porque el Espíritu procede del Padre.
Decimos: “Señor Jesús Cristo, envíanos tu Espíritu Santo”, porque el Espíritu se envía por el Hijo. (No que proceda del Hijo esto es la herejía del maldito hijito filioque, sino porque es enviado por Él.) Es como una carta que nuestro Padre ha escrito, y nos la da por medio del Hijo, para que llegue a nosotros.
Y también oramos directamente al Espíritu Santo: “Espíritu Santo, ven a mí.” Porque es Dios, y como Dios también nos dirigimos a Él. Dice san Pablo en la epístola a los Romanos: “El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene,
pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26). Es decir, el Espíritu Santo intercede, ora dentro de nosotros, sobre-orando, incluso cuando no sabemos qué decir. Por eso os digo, hijos míos: Lo necesitamos en nuestra oración, y también en toda nuestra vida. Porque el Espíritu Santo es insustituible.
Y si lo tenemos… ¡lo tenemos todo!
Onceava condición para que nuestra oración sea escuchada por Dios:
Cuando en la oración hay lágrimas.
No os asombréis de esto: sí, se llora en la oración. Y no es algo extraño, sino algo profundamente espiritual. Dice un Salmo: “Los que siembran entre lágrimas, con gozo cosecharán” (Sal 124,5)
¿Qué son las lágrimas?
Las lágrimas son como la lluvia sobre el campo. Imagina que siembras semillas en la tierra. Si no cae la lluvia, esas semillas no brotarán. Así también, en el campo del alma-psique, cuando sembramos nuestras súplicas a Dios, las lágrimas son como la lluvia espiritual que hace brotar nuestra oración. Pero atención: Las lágrimas no deben convertirse en un fin en sí mismas. Algunos se deleitan con las lágrimas, buscan emocionarse para sentir placer. Esto no es correcto. Dice san Nilo el Sinaíta, en la Filocalía: “Utiliza las lágrimas para conseguir cualquier petición, porque tu Señor se alegra al verte orar con lágrimas. Pero ten cuidado: no conviertas en pasión aquello que fue dado para combatir los pasiones. Porque si haces de las lágrimas un objetivo, puedes llegar a ofender a Dios, que fue quien te dio esta jaris (gracia increada) (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/filocalia-1-san-nilos-el-asceta-153-reflexiones-sobre-la-oracion-del-corazon/)
Así que, las lágrimas son un medio, no el objetivo. Un don que acerca a Dios, no una emoción que se busca por sí misma.
Aún más, como afirma san Nilo el Sinaíta: ‘¿Cómo podremos adquirir una oración que sea agradable a Dios? Cuando hayamos recibido el carisma de la oración.’
¿Existe realmente este carisma?
Sí, hijos míos. Es lo que decimos de ciertas personas: “Este hombre es un hombre de oración.”
¿Y qué significa eso?
Significa que su corazón está siempre vuelto hacia Dios, que ama tener una continua referencia a Dios en todo momento y lugar. Esto es el carisma de la oración, y es muy raro, muy valioso.
¿Qué debemos hacer entonces?
Debemos pedir a Dios que nos conceda este carisma, que nos haga personas orantes, que no hagamos nada sin oración, que nos volvamos orantes en todo momento del día. No sólo orar por la mañana y por la noche -aunque eso es importante y os lo ruego-, sino también: Cuando sales del coche. Cuando entras en el autobús. Cuando caminas por la calle. Cuando subes a casa, o entras en una tienda. En cada momento, una referencia a Dios: “Señor, ilumíname.” “Ten misericordia de mí.” “Ayuda a esta persona.” “Sáname.” “Guíame.” “Dame tu paz.”
“Muéstrame tu voluntad.”
Esto es lo que san Gregorio el Teólogo llama: “La memoria de Dios”
y dice: “Tener memoria de Dios es más necesaria que la respiración.”
Porque esta memoria genera oración, y la oración verdadera nos eleva hacia lo alto.
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¿La oración incesante del corazón o de Jesús ayuda a la catarsis del corazón y del νούς nus espíritu?
La oración es: “«Κύριε Ιησού Χριστέ Ελέησόν με… Kyrie (Señor) Jesús Cristo, eleisón me». Esta oración se llama incesante porque no cesa nunca; crea una memoria continua de Jesús Cristo y contiene los siguientes elementos.
Cuando decimos “Kyrie Jesús Cristo”, empleamos tres nombres que pertenecen a una misma Persona. Lo llamamos: Kirios-Señor, Jesús y Cristo. Esta es la primera parte, que se refiere al Nombre. La segunda parte de la oración es: “eleisón me”. La oración completa consta, pues, de dos partes: una se refiere a Cristo, y la otra a mí mismo, con el “eleisón me”.
“Eleisón me” es una expresión general que abarca toda petición: compadécete de mí, ten misericordia, dame caridad, ayúdame, sáname, alíviame, etc. Pero lo más importante es el Nombre, porque es en la dínami (potencia y energía) del Nombre de Cristo donde reside todo el fruto y la cosecha espiritual.
En concreto: Cuando decimos Kyrie (Señor), confesamos la divinidad de Jesús. Cuando decimos Jesús, confesamos Su humanidad, es decir, que es perfecto Dios y perfecto hombre. Por lo tanto, la expresión “Kyrie Jesús” es una confesión de que Cristo es Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre). Esto es algo enorme, grandioso: confesar la naturaleza divino-humana de Cristo. Finalmente, cuando decimos Cristo, confesamos Su obra, como Θεάνθρωπος, el mediador entre Dios y los hombres.
¿Y cuál es su obra? Es la mediación de Dios, es decir, la obra mesiánica de Cristo a favor de los hombres ante Dios. Esta obra comienza, en primer lugar, con Su encarnación (Su humanización), continúa con Su sacrificio en la Cruz, y luego con Su Ascensión al cielo. Allí, Cristo, con solo Su presencia, es decir, con su naturaleza humana glorificada, actúa como mediador ante el Santo Dios Trinitario, en favor de nosotros, los seres humanos.
Por tanto, con estos tres nombres (Kyrie, Jesús, Cristo), confesamos tanto la naturaleza divina como la naturaleza humana, así como la obra salvífica de Cristo. Esto constituye una confesión plenamente Ortodoxa.
Porque si no confieso a Cristo como Kyrios (Señor), entonces caigo en la herejía de Arrio, quien negaba la divinidad de Cristo. Y si no confieso a Cristo como Jesús, entonces soy monofisita, ya que niego Su naturaleza humana.
¿Y cuál es su obra?
La obra de Cristo es la psicoterapia, la redención, la sanación y la salvación de los hombres. Cristo no vino a hacer política, ni a darnos de comer con cucharas de oro, ni a cumplir los deseos materiales de quienes, como los de Cafarnaúm, pensaban que podrían seguirlo por el desierto sin trabajar, recibiendo de Él en abundancia pan y peces. No, nada de eso. Toda la teología sobre la persona de Cristo se resume en esta breve oración: “Kyrie Jesús Cristo”. Ahora bien, puesto que te confieso ortodoxamente como Señor, Jesús y Cristo, ahora te digo: “eleisón me”.
Y el “eleisón me” es una expresión que abarca toda necesidad personal, cada situación mía, todo lo que me sucede y todo lo que necesito. Y como no sé con exactitud qué pedir, simplemente digo CristoDios: “eleisón me”, y Él, que todo lo sabe, sabrá qué darme. Amén. (18:01) Más sobre oración aquí: https://www.logosortodoxo.com/category/oracion/
Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/







