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Nov 22 2023

Filocalía de los Santos Nípticos, tomo 5. Sobre la monóloga, sagrada y divinizante oración, San Simeón de Tesalónica

Filocalía de los Santos Nípticos, tomo 5.

Sobre la monóloga, sagrada y divinizante oración (de Jesús, o del corazón)

San Simeón de Tesalónica

Capítulo 296

Esta divina oración, la invocación de nuestro Salvador, «Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, compadécete o ten misericordia o piedad de mí» es a la vez oración, súplica y confesión de fe; proporciona el Espíritu Santo, es dispensadora de donaciones divinas, catarsis del corazón, expulsión de los demonios, la residencia de Jesús Cristo en nosotros, fuente de conceptos espirituales y pensamientos divinos, liberación de los pecados, psicoterapia de psiques-almas y curación de cuerpos, dispensadora de iluminación divina, manantial de la misericordia de Dios, donante de apocalipsis/revelaciones divinas e iniciaciones a los humildes, y lo único salvífico, ya que lleva el nombre salvador de nuestro Dios, que es el único nombre que se nos ha dado, el nombre de Jesús Cristo, del hijo de Dios, y que no es posible ser salvado s por ningún otro nombre, como dice el Apóstol (Hechos 4:12).

Primero que todo, es una oración, ya que a través de ella pedimos la misericordia divina.

También es una súplica, ya que nos entregamos a Cristo con su invocación.

Es una confesión o apología, ya que Pedro hizo esta confesión y recibió la bendición del Señor.

Y concede el Espíritu, ya que nadie puede decir «Señor Jesús» sino por el Espíritu Santo (1Cor 12:3).

Es también dispensadora de donaciones divinas, ya que por esta confesión, Cristo prometió a Pedro darle las llaves del reinado de la realeza increada de los cielos.

Y catarsis del corazón, ya que ve a Dios y lo llama, y hace la catarsis limpiando, psicoterapiando y purificando al que Le ve.

Y es expulsión de los demonios, ya que todos los demonios fueron y son expulsados por el nombre de Jesús Cristo.

Y habitamiento o el habitar de Cristo en nosotros, ya que al recordarlo, Cristo está en nosotros y con este recuerdo, Él habita en nosotros, llenándonos de alegría y gozo, como dice el Salmista: «Recordé a Dios y sentí gozo y alegría».

Y es fuente de conceptos espirituales y pensamientos divinos, ya que el Cristo es el tesoro de toda sabiduría y conocimiento/gnosis y los concede a quienes habita.

Y es liberación y redención de los pecados, ya que por esta confesión, el Señor dijo a Pedro: «Lo que desates en la tierra será desatado en el cielo».

Y es la psicoterapia de las psiques-almas y sanación de los cuerpos, ya que Pedro dijo: «En el nombre de Jesús Cristo, levántate y camina», y: «Eneas, Jesús Cristo te sana».

Y dispensadora de iluminación divina, ya que Cristo es la verdadera luz divina (increada) y transmite el esplendor y Su χάρις jaris (gracia, energía increada) a aquellos que lo invocan;  como dice también el Salmista: ‘Que sea el esplendor del Señor y nuestro Dios sobre nosotros’, y el Señor: “El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12).

Es un manantial de la misericordia de Dios, ya que pedimos misericordia y el Señor es misericordioso y se compadece de todos los que lo invocan y otorga rápidamente lo justo a aquellos que claman hacia Él.

Es donante de revelaciones divinas e iniciaciones a los humildes, ya que la misma fue dada a conocer mediante la apocálipsis/revelación del Padre celestial a Pedro, que era un humilde pescador, y Pablo fue elevado en el nombre de Cristo y escuchó apocalipsis/revelaciones, y siempre opera y energiza de esta manera.

Y es la única salvación, ya que no podemos ser salvados por ningún otro nombre, como dice el Apóstol, y Él es el Salvador del mundo, el Cristo; por lo tanto, en el último día, todos confesarán y alabarán, queriéndolo o no, que Jesús Cristo es el Señor, para la doxa-gloria del Dios Padre.

Este es el signo de nuestra fe, ya que somos llamados cristianos, y también es el testimonio de que somos de Dios. Porque el Apóstol dice: “En esto discerniréis si el espíritu es de Dios: “El que confiesa Señor a Jesús Cristo, es decir, el Θεάνθρωπος Zeánzropos-Dios y Hombre, el Mesías hecho hombre, este es de Dios” (Jn 4,2), como mencionamos anteriormente, y aquel que no lo confiesa, no es de Dios; es del anticristo el que no confiesa a Jesús Cristo.

Por lo tanto, todos los fieles debemos confesar constantemente este nombre, tanto para la declaración de fe, como por el amor de nuestro Señor Jesús Cristo, de quien nada debe separarnos jamás; además, porque Su nombre otorga jaris gracia (energía increada), perdón, redención, psicoterapia, curación, santificación e iluminación, y sobre todo, la salvación. Porque con este nombre divino, los Apóstoles realizaron y enseñaron grandes y maravillosas obras. Y el divino Evangelista dice: «Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Jn 29,31), aquí está la fe, «y creyendo, tengáis vida en Su nombre» (Jn 29,31), aquí está la salvación y la vida.

Capítulo 297Así que, que todo creyente proclame constantemente con el corazón o nus con la mente (en el corazón) y los labios esta invocación (del nombre de Jesús Cristo), ya sea cuando está de pie, caminando, sentado o acostado, y en cualquier actividad que realice, que se apresure siempre a ello. Encontrará así una gran serenidad y alegría, como conocen por su experiencia aquellos que se ocupan y se esfuerza por ello. Sin embargo, dado que esta obra es superior incluso a aquellos que viven en el mundo, e incluso a los monjes que tienen preocupaciones y servicios, todos deberían dedicar al menos algún tiempo a esta obra. Y todos deberían tener como regla practicar esta oración tanto como puedan, tanto los sacerdotes como los monjes y los laicos. Los monjes, como consagrados a esto y porque tienen la obligación necesaria; y si están ocupados con los servicios y deberes, aún así deberían apresurarse, ya que deben practicar esta oración y orar al Señor ininterrumpidamente, incluso si se encuentran en confusión y en la prisión del pensamiento y del nus con la mente o a la cosa misma, no deben descuidarlo, engañados por el enemigo, sino que deben regresar a la oración y alegrarse de su regreso. Los sacerdotes deben cuidarlo como una obra apostólica y una predicación divina, ya que esta oración o súplica realiza operaciones divinas y activa, energiza la jaris gracia (energía divina) y representa la agapi (amor incondicional) de Cristo. Los laicos deben practicarla según su capacidad como un sello de sí mismos y como un signo de fe, una protección y santificación, resistencia y expulsión a cualquier tentación. Todos, por lo tanto, sacerdotes, laicos y monjes, tan pronto como nos levantemos de la cama, debemos primero poner a Cristo en nuestro corazón o nus con la mente (ponerlo al corazón) y recordar a Cristo primero. Y esto debe ser ofrecido a Cristo como un principio de cada pensamiento y como un sacrificio y ofrenda. Porque antes que cualquier otro pensamiento, debemos recordar a Cristo, quien nos salvó y nos amó tanto, ya que somos cristianos ortodoxos y nos llamamos así, y nos hemos revestido de Él en el santo bautismo, sellados con Su mirra en el Misterio de la Crismación, hemos participado y participamos en Su santa carne y Su sangre, y somos Sus miembros y templo, y a Él nos hemos vestido y Él habita en nosotros. Y por eso debemos amarLo y recordarLo siempre. Por lo tanto, cada uno debe dedicar un tiempo determinado y una medida de esta oración o súplica según su capacidad. Vamos a detenernos aquí en este tema. Dado que hay muchos recursos disponibles para aquellos que desean aprender más sobre esto.

Fuente: Filocalía de los Santos Nipticos, Antonios Galitis, editorial «El Jardín de la Virgen María», 1986, Volumen V, páginas 281-283

Traducido por xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com

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