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Feb 17 2024

El misterio de la muerte y lo que hay después ella

Archimandrita Atanasio Anastasíu

Ex-Abad del Santo Monasterio Gran Meteoro

 

El misterio de la muerte y lo que hay después ella

 

 Editado por Santo Monasterio de san Esteban, de los Santos Meteoros

(Esta traducción la dedico a mis padres, Apostolis (+ 10-06-2023) y Elena (+24/02/2024), analfabetos pero verdaderos cristianos Ortodoxos que nos han transmitido la Santa Παράδοση Parádosi https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/ . Su dormición fue con signos de santidad, ruego a CristoDios que acoja sus psiques-almas en Su Doxa-Gloria (luz increada)!!!

 

Amigos en y de CristoDios para conocer plenamente sobre este asunto tan importante creo que es conveniente leer los términos clave que están expuestos abajo, que los encontrarán en nuestro Gran Léxico AlfaΩmega: https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

  • δης Hades
  • Ἀκτιστο (aktisto) Increado, inconstituido o no formado y κτιστό (ktistó) creado, formado, constituido
  • Ἄκτιστον Φῶς (áktiston fos), increada Luz.
  • Ἀποκάλυψις (apokálipsis) revelación y ἀνακάλυψις (anakálipsis) descubrimiento.
  • Βασιλεία τοῦ Θεοῦ/τῶν ουρανῶν (vasilía tu Zeú/ ton uranón) Realeza de Dios/de los cielos
  • Γέεννα Gehena
  • Θάνατος (zánatos) thanatos, muerte
  • Θεάνθρωπος, Zeántropos Dios hombre, Θεός (Zeós) Dios, ανθρωπος (anzropos) humano
  • Θεωρία Zeoría teoría, contemplación o vida zeorítica (contemplativa)
  • Θέωσις Zéosis
  • Κόλαση (kólasi) Infierno
  • Λόγος Logos
  • Μετάνοια Metania
  • Πάθος, (pazos) pathos, pasión, padecimiento
  • Παράδεισος parádisos Paraíso
  • Χάρις τοῦ Θεοῦ (jaris tú Zeú) Jaris – Gracia de Dios
  • Ψυχή Psique alma, ánima

 

Archimandrita Atanasio Anastasíu

 

El misterio de la muerte y lo que hay después ella

 

¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? (Salmo 88,47)

Esta pregunta del salmista constituye simultáneamente la certeza y la profunda angustia del ser humano, que lo acompaña durante toda su vida terrenal. La pregunta sobre la muerte, al igual que sobre la vida, ha preocupado al ser humano a lo largo del tiempo, desde la antigüedad hasta hoy. Es la fuente permanente de dudas, agonías, angustias y ansiedades; genera interrogantes y callejones sin salida; crea dilemas angustiosos; alimenta y reproduce el vacío y la insatisfacción.

 

¿Qué es la muerte?

Para la concepción común del mundo, la muerte constituye la manifestación más trágica de la vida del hombre, ya que representa el violento y definitivo final de la misma. Platón dijo que la filosofía es el estudio de la muerte (Fedón 63b 4- 69e). El fenómeno de la muerte es el mayor problema del ser humano, pero también de toda la creación.

Según la medicina, la muerte es la cesación definitiva de todas las funciones biológicas que sostienen la vida de un organismo. Para la enseñanza ortodoxa, la muerte es un misterio. Es el misterio de la separación o salida de la psique-alma del cuerpo y el tránsito del mundo material corruptible a la vida eterna.

El tema en su conjunto es enorme y no puede ser limitado en el marco de esta presentación. Sin embargo, será presentado de manera exhaustiva en un documento correspondiente que será elaborado y publicado pronto. Este documento incluirá todos los textos patrísticos relevantes y ayudas teológicas a las cuales uno puede recurrir. Esta es también la razón por la cual algunas de las facetas del tema serán tratadas solo epigramáticamente o serán omitidas. Además, la naturaleza misma y el contenido del tema agregan una dificultad adicional tanto a su interpretación y desarrollo como a su comprensión.

 

Cosmología y antropología ortodoxa

Pero, para aproximarnos mejor al misterio de la muerte, su causa y la forma en que entró la muerte en la vida humana y en la creación, debemos referirnos brevemente a las características básicas de la cosmología ortodoxa y, sobre todo, de la antropología ortodoxa.

Al comienzo del Evangelio según Juan, leemos: “Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος(en arjí in o logos) Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y el Dios era y es siempre Logos” (Jn 1,1-3). Al hablar, por supuesto, de Dios, nos referimos naturalmente a Su existencia y no a su creación. Dios no es creado, sino que existe antes de cualquier otra creación, existe antes del tiempo y fuera del tiempo. Según la enseñanza ortodoxa, Dios es sin principio, increado, interminable, eterno, infinito, incomprensible, perpetuo, invisible, inmutable, indescriptible, inaccesible, diferente, inefable, inexprimible, no tiene cabida y más allá de todo.

Dios no es una creación, sino el Creador del cosmos-mundo del universo. Crea el cosmos-mundo movido por Su amor infinito y Su compasión. Para la creación del mundo, Dios no utiliza ninguna materia preexistente, no re-transforma ni recrea algo que ya existía, sino que crea todas las cosas desde el principio, desde la inexistencia (o del no ser, o de la nada). Por eso, son completamente absurdas, superficiales y simplistas las diversas teorías materialistas que sostienen que la materia es supuestamente autoexistente o que supuestamente se autoorganizó y evolucionó para dar origen al universo.

Antes de la creación del mundo visible y material, Dios crea el mundo invisible e inteligible o espiritual, es decir, los ángeles. Los ángeles son incorpóreos en comparación con el hombre, que es creado y material. En comparación con Dios, que es el único incorpóreo e inmaterial, los ángeles también tienen una cierta densidad y materialidad. Además, «todo lo creado es necesariamente corpóreo y material», como nos asegura San Hilario.

San Basilio atribuye a los ángeles un cuerpo muy fino, que está compuesto de aire y fuego, diciendo específicamente: «Los ángeles tienen un cuerpo muy fino, porque no son completamente incorpóreos como Dios. Por esta razón, existen en algún lugar y se hacen visibles con la especie y apariencia de sus propios cuerpos cuando se revelan a los santos»(Sobre el Espíritu Santo, cap. 16, ΕPΕ 10, pag 380-381.

Y los ángeles, por supuesto, eran susceptibles al cambio, alterables, ya que si no lo fueran, no habría caído el arcángel, Lucifer. Según la enseñanza de los Padres, con la encarnación del Logos de Dios y especialmente con su vivificadora Resurrección, los ángeles fueron inalterables, es decir, la incapacidad de dirigirse hacia el mal y la postura firme en el bien. Esta inversión fue para los ángeles su salvación; su participación constante en la divina doxa-gloria (luz increada) es creciente y perpetua. En contraste, los demonios se establecieron firmes y fijos en su rechazo al bien. Es decir, su postura se hizo inamovible hacia el mal, sin la posibilidad de retorno y arrepentimiento, como, según San Nectario, «su voluntad se identificó con el mal, por lo tanto, siempre piensan y eligen el mal. Luego, porque se convirtieron y siguen siendo enemigos de Dios. Y tercero, porque se separaron de Dios, y su separación significa su muerte eterna. Lo que es muerte para el pecador, es la caída desde el principio para los ángeles malvados» (Cap. 4 Sobre la creación de los ángeles).

 

La creación del hombre «a imagen y semejanza»

Dios en ningún caso creó la muerte, sino que todas las cosas las creó «muy buenas». Es la fuente de la vida y el demiurgo-creador solo de la vida y no de la muerte. La corrupción y la muerte no son el estado natural del hombre, sino que entraron en su vida después de la caída de los primeros en ser creados y la interrupción de su comunión con Dios. Dios creó al hombre «a Su imagen y semejanza» propia: «Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1, 26-28). «A imagen» consiste en lo espiritual y el autogobierno (o libertad e independencia) del hombre, mientras que «semejanza» es la capacidad del hombre, con su libre albedrío y la sinergia, cooperación de Dios, para llegar a la θέωσις zéosis (divinización, glorificación, deificación), es decir, para llegar a ser dios, por la χάρις jaris (gracia, energía increada).

También se menciona en el libro sagrado del Génesis: «Y formó Dios al hombre del χοῦν jún (del polvo especial de la tierra o tierra especial), y sopló en su rostro aliento de vida, y se hizo el hombre una psique-alma viva o ser viviente» (Gé 2,7). El santo Juan Damasceno interpretando este pasaje, nos explica que «Dios creó con sus manos al hombre tanto de naturaleza visible como invisible» (Edición sobre la exactitud de la fe Ortodoxa, EPE 1, pag 142). Es decir, el hombre es una creación compleja, ya que participa tanto del mundo espiritual (con su psique- alma) como del mundo material y sensible (con su cuerpo). De esta manera, constituye el puente y el punto de contacto de toda la creación. Así es la inclusión, recapitulación y síntesis toda la creación y como una unidad psicosomática, desempeña un papel destacado y protagonista en el cosmos-mundo.

 

La  psique-alma humana como creación de Dios

La muerte biológica del hombre ocurre cuando se rompe la unidad psicosomática que lo caracteriza y de la cual está compuesto. Por lo tanto, es muy importante comprender cómo funciona esta unidad psicosomática, qué es el psique-alma, cuándo y cómo se crea, cuál es su relación con el cuerpo humano y qué sucede después de la muerte y la separación del cuerpo.

Debemos tener en cuenta que la psique-alma es una creación de Dios y, como tal, es creada y no increada, ya que solo Dios es Increado. Cada criatura, cada creación, tiene un principio y un fin. Pero la psique-alma específicamente, aunque tiene un principio y debería, como creación, tener un fin, por voluntad divina, no lo tiene por naturaleza, porque así lo quiso Dios, no tiene fin, es inmortal. Es decir, la psique-alma es mortal por naturaleza, pero inmortal por divina χάρις jaris gracia increada.

 

Cuándo se crea la psique-alma

La psique-alma se crea simultáneamente con el cuerpo humano, ni antes ni después de la creación del cuerpo (psique-alma y cuerpo al mismo tiempo). Se crea, como nos enseñan los Santos Padres, «desde el momento de la extrema concepción» (San Juan Damasceno. Edición sobre la exactitud de la fe Ortodoxa, PG 94:1088). Es decir, con la concepción del embrión humano, tenemos simultáneamente, por voluntad divina, la creación de la psique-alma, que se manifiesta y se expresa a medida que el embrión y el hombre se desarrollan. Es decir, las acciones y energías de la psique-alma, se manifiestan gradualmente con el progreso del desarrollo corporal.

 

Dónde reside la psique-alma en el hombre

Sin embargo, según la enseñanza ortodoxa, el cuerpo no constituye en absoluto la prisión de la psique-alma, como erróneamente han afirmado varios filósofos. San Juan Damasceno nos dice que «la psique-alma no está en el cuerpo, sino que el cuerpo está en el psique-alma»(Edición sobre la exactitud de la fe Ortodoxa, PG 94, 853ª), la psique-alma contiene el cuerpo. Y según San Gregorio Palamás, la psique-alma está presente en cada parte del cuerpo; abarca, contiene, compone, mantiene y anima o vivifica el cuerpo (San Gregorio Palamás ΕPΕ 9, 562, PG151,260Α). La psique-alma es lo que transmite a los órganos y a los sentidos del cuerpo la δύναμη dinami (potencia, fuerza y energía) de la vida y la percepción de las cosas sensibles.

El hombre, en su totalidad, está compuesto tanto por psique-alma como por cuerpo. Ni la psique-alma por sí sola, ni el cuerpo por sí solo constituyen al hombre en su totalidad, sino ambos juntos. La psique-alma y el cuerpo constituyen en el hombre una unidad psicosomática inseparable. La ruptura de esta unidad psicosomática marca la muerte biológica del hombre.

 

El hombre no fue creado ni mortal ni inmortal, sino «susceptible de ambos»

Cuando Dios creó al hombre y lo colocó en el paraíso terrenal primordial, le dio simultáneamente la posibilidad tanto de la mortalidad como de la inmortalidad. Esto es explicado de manera muy acertada por San Teófilo de Antioquía, quien dijo: «Por lo tanto, no lo hizo inmortal ni mortal, sino que, susceptible de ambos». Es decir, Dios no hizo al hombre ni mortal ni inmortal, sino susceptible de ambos, de la muerte o de la inmortalidad. Y continúa el Santo diciendo que de esta manera «le dio la posibilidad, según la inclinación que tenga, ya sea hacia la virtud o hacia el vicio o la maldad, de heredar la inmortalidad o la mortalidad» (San Teófilo de Anτioquía, “hacia Aftólikon 2,27”). Es decir, el ser humano manteniendo así la comunión con Dios y obedeciendo a Su voluntad, elegiría la inmortalidad; al desobedecer el mandamiento de Dios y romper la comunión con Dios, elegiría la mortalidad y la muerte.

 

La libertad o independencia del hombre

Esta libertad de elección es una de las características más importantes que componen en el hombre la imagen de Dios. El autogobierno (independencia), como los Padres de la Iglesia llaman a esta libertad, es la capacidad del hombre para gobernarse a sí mismo. Y es realmente una donación única y magnífica de Dios para el hombre, ya que le otorga la capacidad y el derecho incluso de negarlo a Él. Por eso, los Padres de la Iglesia califican nuestro autogobierno como igual a Dios, naturalmente por la χάρις jaris (gracia, energía increada).

 

La muerte como consecuencia natural de la desobediencia

Por lo tanto, esta posibilidad de elección libre del hombre fue, podríamos decir, establecida por Dios en una prueba. Y esta prueba fue el mandamiento dado a los primeros en ser creados de no comer del fruto prohibido, diciéndoles que el día en que desobedecieran el mandamiento y comieran del fruto prohibido, ciertamente por la muerte morirían (Gen 2, 16-17).

Pero en lugar de obedecer la voluntad de Dios para convertirse en dioses «por χάρις jaris increada», aceptaron el engaño y la tentación del diablo y desobedecieron Su mandamiento.

El diablo no hizo nada más que cuestionar el logos de Dios a los primeros en ser creados. «No es verdad», dijo a Eva, «que ciertamente moriréis, sino que Dios lo dijo porque sabía que el día que comáis del árbol del conocimiento del bien y del mal, se os abrirán los ojos y seréis dioses» (Gén 3, 4-5).

Esta desobediencia de los primeros en ser creados fue un acto de autonomía. Fue la búsqueda de igualdad autónoma con respecto a Dios, la autodeificación del ser humano. La precipitación de los primeros humanos, su movimiento impetuoso y superficial para aceptar el engaño del diablo, el egoísmo y la ambición de convertirse en dioses «sin Dios y antes de Dios y no según Dios», como enfatiza San Máximo el Confesor, los llevó a la desobediencia y finalmente a la caída (San Máximo el Confesor: “Sobre varias dudas”, Filocalía de los santos nípticos y ascéticos pag.194).

Así, los primeros en ser creados, con la ingesta del fruto prohibido por Dios, experimentaron inmediatamente la muerte espiritual, es decir, la separación y la interrupción de la visión, expectación de Dios y la comunión con Él, y en el tiempo sufrieron también la muerte física, que es la separación de la psique-alma del cuerpo.

 

La muerte está fuera de la voluntad de Dios

La muerte, por lo tanto, no estaba en la naturaleza humana desde el principio, sino que es un intruso en la creación, es un acontecimiento. Dios es la fuente de vida y el creador único de la vida, no de la muerte. Esto nos lo confirma claramente la Sagrada Escritura misma: «Dios no hizo la muerte, ni se complace en la destrucción de los vivientes» (Sabiduría Salomón 1,13-25). Es decir, Dios no creó la muerte, ni se agrada en ver a los vivos perecer. Porque creó todas las cosas para que existieran y todas las que han sido hechas en el mundo fueron hechas para ser preservadas y no para ser destruidas, y no hay veneno de destrucción en ellas, ni había un reino del hades en la tierra según el plan original de la creación.

Queremos insistir en este punto, porque muchos consideran que Dios trajo la muerte al hombre como castigo por su desobediencia. Esta opinión proviene de la teología herética occidental y no es ortodoxa. La muerte no es un castigo de Dios, sino el resultado de nuestra propia elección y maldad. Dios no es la causa de la muerte, sino el pecado que cometieron los primeros en ser creados en el Paraíso con su libre elección.

La teología escolástica herética occidental sostiene también erróneamente que heredamos el mismo pecado de Adán, su culpa, es decir, que cada ser humano pecó en la persona de Adán y por lo tanto cada uno es responsable de su propia muerte. El hombre, sin embargo, no hereda la culpa, sino las consecuencias del pecado de Adán, es decir, la corrupción y la mortalidad. Según San Juan Crisóstomo, los primeros en ser creados «se volvieron corruptos y engendraron hijos corruptos».

Con la caída de Adán, la muerte adquirió dimensiones universales, ya que «en Adán todos mueren» (1Cor 15,22). La naturaleza humana está enferma por el pecado que entró en ella y porque Adán es la «raíz» de la raza humana, por lo tanto, también «transmite brotes mortales».

 

La muerte como benevolencia, misericordia y filantropía de Dios

El Santo Dios Tríadico o Trino, en su infinita misericordia y αγάπη agapi (amor incondicional) por su creación, permitió la entrada de la muerte en la naturaleza humana para evitar la perpetuación del pecado, para que «no se conserve inmortal nuestra enfermedad» (San Basilio el Grande, PG 31, 345Α), como declara en una oración de perdón el Sacerdote en el servicio fúnebre:

“Para evitar que el mal permanezca eternamente, por misericordia ordenaste, como Dios de nuestros padres, que se disuelva esta unión y que se corte este lazo inseparable del cuerpo con la psique-alma”.

Así, la muerte corporal pone fin a los trabajos de la triste vida mortal y libera al hombre de la condenación trágica de permanecer eternamente muerto vivo.

También es muy importante el carácter educativo de la muerte para el hombre, que arrogante, autónomo y autodivinizado se enorgullece de sus logros individuales y queda atrapado en vanidades terrenales y efímeras, en honores y reconocimientos temporales. Por eso San Gregorio de Nisa califica la muerte como «purgación del mal», un antídoto contra el egoísmo del hombre y maestro de filosofía (PG 46, 876-7).

 

La encarnación del Hijo y Logos de Dios

Dios, que nos dio la existencia y nos otorgó lo «a imagen y semejanza», no permaneció indiferente ante el hombre después de su caída. Ya que el hombre fracasó en madurar espiritualmente, en su elevación y en su realización del propósito para el que fue destinado, Dios decidió descender hacia los hombres para guiarlos hacia la verdadera teognosía (conocimiento de Dios). Después de todo, como el hombre no ascendió, Dios descendió, como Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre, a la tierra.

El Hijo y Logos (increado) de Dios vino para liberarnos del dominio del diablo y de las cadenas del pecado. Para sanar nuestra naturaleza enferma del hedor de la muerte y así poder vivir una nueva vida; Su propia vida inmortal.

 

La situación de la psique-alma después de la muerte

La muerte física no interrumpe la relación de la psique-alma con el cuerpo corruptible. La psique-alma, por su poder cognitivo, conoce y podrá encontrar todos los elementos del cuerpo en su resurrección durante la Segunda Parusía-Presencia o Venida, sin ser obstaculizada por la distancia o el tiempo. Al partir hacia el cielo, la psique-alma espera y anhela volver a su unión con el cuerpo, que ocurrirá durante la resurrección de los muertos. Entonces recuperará de nuevo su propio cuerpo, pero transformado y renovado, y será reconstituido, así, el ser humano completo.

A pesar de la separación temporal de la psique-alma del cuerpo, la hipóstasis (base subsistencial) del hombre no es abolida. La psique-alma no deja de existir, sino que vive y conserva plenamente su autoconciencia. Tiene plena conciencia de su estado, es reconocible, recuerda incidentes, personas y cosas de la vida terrenal, y mantiene vivas e íntegras sus funciones y fuerzas espirituales.

 

Juicio parcial – Estado intermedio de las psiques-almas

El período que transcurre desde la muerte física del hombre hasta la Segunda Parusia Presencia o Venida de Cristo, los Padres de la Iglesia lo llaman «estado intermedio de las psique-almas». Se trata de la vida que vive la psique-alma después de su salida del cuerpo, es decir, separada del cuerpo, por sí misma. En el «estado intermedio», la psique-alma experimenta el llamado «juicio parcial», que es determinante y prejuzga en muchos aspectos el juicio final y definitivo del hombre entero en la Segunda Parusia Presencia o Venida de Cristo.

Permaneciendo en el estado intermedio, la psique-alma, según el modo de vida que tuvo en la tierra, anticipa la felicidad paradisíaca o el dolor del Infierno, esperando unirse con su cuerpo en la Segunda Parusia Presencia o Venida, para ser juzgados juntos, como un ser humano completo.

En este punto, consideramos útil hacer una aclaración necesaria y enfatizar la distinción que hacen los Padres, por un lado, entre el Paraíso y el Reinado de la realeza increada de Dios, y por otro, entre el Hades y el Infierno.

Por el término Paraíso, entendemos el lugar y estado inteligible en el cual las psique-almas de los justos y santos, sin sus cuerpos, disfrutan los bienes del reinado de la Realeza (increada) de los Cielos. Mientras que la realeza de los Cielos es el estado en el cual, después de la Segunda Parusia Presencia o Venida, la resurrección de los cuerpos y el juicio final, las psique-almas entrarán habiendo recuperado sus cuerpos resucitados, es decir, como entidades psicosomáticas, como seres humanos completos, y disfrutarán plenamente los bienes del reinado de la Realeza increada de Dios. El la Realeza increada de Dios es la etapa final de nuestra salvación y nuestra θέωσις zéosis (divinización, deificación, glorificación).

En correspondencia con el Paraíso, por el término Hades entendemos el lugar y estado en el cual las psique-almas de los pecadores impenitentes, sin metania y sin sus cuerpos, saborean por anticipado los tormentos del Infierno. Mientras que el Infierno es el estado final que experimentarán permanentemente los pecadores impenitentes, sin metania después del juicio final y la resurrección de sus cuerpos, como entidades psicosomáticas, como seres humanos completos.

Además, nos gustaría señalar que antes de estas dos condiciones, Paraíso y Realeza de los Cielos para los salvados, y Hades e Infierno para los impenitentes sin metania, había para todos los hombres, justos e injustos, santos y pecadores, desde Adán y Eva hasta la Resurrección de Cristo, un Hades común, el Hades antes de Cristo.

En este primer Hades, todos, incluso los justos, los Profetas, los Patriarcas del Antiguo Testamento, pasaban después de su muerte, solo con sus psique-almas, sin sus cuerpos, esperando la venida del Mesías, que los liberaría de las cadenas de la muerte.

Esta liberación de las cadenas de la muerte se produjo con la Resurrección de Cristo y Su descenso al Hades. Desde entonces, tenemos el Hades (lo que llamaríamos el segundo Hades) continuando para los pecadores sin metania, es decir, el Hades después de Cristo,. Del mismo modo, después de la venida y Resurrección de Cristo, tenemos el Paraíso para los justos. Después de la Segunda Parusia Presencia o Venida de Cristo y el juicio final, el Infierno sucederá al Hades, mientras que el Paraíso será sucedido por el reinado eterno de la Realeza increada.

 

La descenso de Cristo al Hades

Nuestro Señor Jesús Cristo, en la culminación de Su Pazos-Pasión, colgado en la Cruz, clamó «¡consumado es!», lo que significaba que Su obra en la tierra había sido completada con éxito. En ese momento, sobrevino la muerte física de la naturaleza humana de Cristo. Sin embargo, Su psique-alma, unida hipostáticamente con Su naturaleza divina (con la deidad o divinidad), descendió al Hades para predicar a todos aquellos que habían muerto antes de Su Resurrección. Este descenso al Hades fue precedido por la predicación de metania y arrepentimiento de San Juan el Precursor. Con Su descenso al Hades, Cristo «rompió las puertas de bronce y destrozó los cerrojos de hierro» (Sal 106, 16).

San Epifanio, Obispo de Chipre, nos entrega una conmovedora descripción del diálogo de Adán con Cristo en el Hades. «Mientras todo esto ocurría en el Hades y las cosas estaban en agitación, y todo temblaba, el Señor se acercaba a las regiones más profundas. Adán, el primer ser humano creado, quien estaba fuertemente atado y en lo más profundo que todos, escuchó los pasos del Señor que se acercaban a los cautivos y de inmediato reconoció Su voz mientras caminaba por la prisión. Se volvió hacia todos los que habían estado cautivos durante siglos y los llamó en voz alta: ¡Oh, amigos míos! Escucho el sonido de los pasos de Alguien acercándose a nosotros. Si realmente nos considera dignos de llegar hasta aquí, ¡entonces somos libres! Si lo vemos entre nosotros, ¡nos salvamos del Hades!»

Y de hecho, aquellos que estaban en el Hades fueron benevolentes en sus vidas y aceptaron a Cristo como su Dios y Salvador; nuestro Señor, con Su Resurrección, los guió al Paraíso, incluido el ladrón arrepentido que fue el primer habitante del Paraíso.

 

La Resurrección de Cristo es la prueba de la resurrección de los muertos

La Resurrección de Cristo y nuestra resurrección común son los dos dogmas básicos en los que se basa toda la enseñanza cristiana. Sin fe en la Resurrección de Cristo y en nuestra resurrección común, no hay cristianismo; nuestra fe no tiene sentido. El Apóstol Pablo proclama esto de manera más contundente en su primera carta a los Corintios: «Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó, puesto que él también tenía cuerpo como el nuestro. Y si Cristo no resucitó, vana y vacía es entonces nuestra predicación, vana y vacía es también vuestra fe» (1Cor 15, 13-14). Es decir, si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación carece de sentido, y lo mismo también vuestra fe.

La Resurrección de Cristo es nuestra demostración y al mismo tiempo la garantía de la resurrección de los muertos. Cristo resucitó para abrir el camino y ser el precursor y principio de la resurrección de los muertos. «¡Pero el Cristo resucitó primero de entre los muertos y se hizo primicia de la resurrección de todos los que durmieron o murieron!» nos dice nuevamente el Apóstol Pablo (1Cor 15,20). Confesamos esta expectativa de la resurrección en el Símbolo de la Fe: «Espero la resurrección de los muertos».

 

¿Cómo fue el Cuerpo de Cristo después de la Resurrección?

Según el relato de San Nicodemo el Hagiorita: «El cuerpo de Cristo, después de la resurrección, aunque se volvió impasible (sin pazos) e incorruptible, no perdió su corporalidad; no se convirtió en incorpóreo, ni perdió todas sus características físicas, es decir, la masa (el volumen), la calidad (la textura, es decir, la composición física de un cuerpo), la forma (tener una cierta forma), la división tridimensional (tener tres dimensiones), y lo definido en lugar y espacio; porque si pierde estas características, ya no es un cuerpo, sino que supera los límites de la naturaleza humana (es decir, si pierde estas características, deja de ser un cuerpo y sale de los límites de la naturaleza humana)» (San Nicodemo el Aghiorita, interpretación d ela primera oda del Canon d ela Metamorfosis, pag. 594).

Las características del Cuerpo de Cristo se describen también en una de las oraciones pronunciadas por el sacerdote en la Santa Preparación del Sacramento. «Físicamente en el sepulcro, con psique-alma en Hades, como Dios, en el Paraíso con el ladrón, y en el trono estabas, Cristo, con el Padre y el Espíritu, llenando todas las cosas, el Indescriptible». ¡Realmente estremece el espíritu y la mente humana en el misterio del poder incomprensible y omnipresente del Dios-Hombre, de nuestro Jesús Cristo!

 

Cristo, después de Su Resurrección, se apareció varias veces a Sus discípulos para certificar exactamente este hecho de la Resurrección. Cuarenta días después, ascendió gloriosamente a los cielos con Su Cuerpo resucitado. Este hecho agregó aún más honor al cuerpo humano, que fue glorificado por la Resurrección y la Ascensión de nuestro Cristo.

 

Características del cuerpo humano resucitado

Similar al cuerpo resucitado de Cristo será también el cuerpo resucitado e incorruptible de los hombres. Esto nos lo explica San Juan Damasceno, uno de los principales Padres dogmáticos de nuestra Iglesia, diciendo que el nuevo cuerpo será «como el cuerpo del Señor después de la resurrección, que pasó a través de las puertas cerradas, incorruptible, sin necesidad de comida, sueño o agua». Edición sobre la exactitud de la fe Ortodoxa, EPE 1,566). Es decir, es como el cuerpo del Señor después de la Resurrección, que atravesó las puertas mientras estaban cerradas, que es incansable y que no necesita comida, sueño y agua.

Respuestas cruciales e iluminadoras sobre el mismo tema nos da el Apóstol Pablo: «Pero alguien dirá: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?» (1Cor 15,35). Pero tú dirás, nos dice el Apóstol, cómo resucitarán los muertos y con qué cuerpo vendrán de nuevo a la vida? En su respuesta, utiliza el ejemplo de la semilla y el grano del trigo. Nuestro cuerpo, con el poder del Señor, «es sembrado en cadáver y fétido, se resucita en gloria; se siembra en enfermedad y resucita en poder y fuerza. Y el Apóstol añade 15:44: “Se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, lo hay también cuerpo espiritual. (44. Se siembra cuerpo que estaba vivificado y dirigido por las fuerzas inferiores animales de la psique. Pero resucita cuerpo que estará vivificado y dirigido por las fuerzas espirituales de la psique. Existe el cuerpo animal y también el espiritual).

 

Relación entre el cuerpo mortal y el resucitado

¿Qué es, sin embargo, el cuerpo espiritual del cual nos habla el Apóstol y cuál es la diferencia con el material?

Entre el mortal (el antiguo), el físico y el resucitado (el nuevo) cuerpo, es decir, el espiritual, existe simultáneamente tanto identidad como diferencia. Esto lo aclara muy característicamente San Juan Crisóstomo: «¿Cuál será el nuevo cuerpo?», pregunta. Y responde: «Es él y no es él. Es él porque es la misma esencia. No es él porque es mejor que eso» (Homilía 41, 1Corintios, MPG 61.357.4-6). Será lo mismo y no exactamente lo mismo. Será lo mismo porque será la misma (la vieja) esencia. Pero no será lo mismo porque será mejorado.

Por lo tanto, el cuerpo resucitado y renovado, será incorruptible y espiritual, sin los elementos de la materialidad o de la carne, y no mortal y corruptible, como lo era en la vida biológica.

San Simeón el Nuevo Teólogo señala que las nuevas cualidades de nuestro cuerpo resucitado serán inmortalidad, incorruptibilidad e inalterabilidad. Esto significa que no enfermará, no sentirá dolor, ni envejecerá. Tampoco tendremos los llamados pazos (pasiones) «irreprochables», como el hambre, la sed, el cansancio, etc.

La cualidad de la inalterabilidad (sin alteración) que tendrán los cuerpos resucitados constituye también la diferencia fundamental entre nuestro nuevo cuerpo renovado y el cuerpo de Adán antes de la caída. La inalterabilidad (sin alteración) significa la incapacidad del hombre resucitado para ser tentado al pecado. Adán, antes de la caída, no era inalterable, sino alterable. Es decir, podía ser tentado al pecado, como de hecho lo fue. Por el contrario, el hombre resucitado y renovado ya no podrá ser tentado por el pecado. Es decir, la resurrección de nuestro cuerpo no será simplemente un retorno al estado antes de la caída, sino al mismo tiempo un ascenso y una transición a un estado superior y más perfecto.

Según el santo Macario, nuestro cuerpo resucitado será iluminadora «semejante a una especie de luz», poderoso y glorioso. También será divinizada «de una especie divina» y brillará como el sol, ya que estará enriquecido con la divinidad o deidad, la χάρις jaris (gracia, energía) increada y la δόξα doxa (gloria, luz) increada de Dios Tríadico, pero, sin perder su corporeidad. Por lo tanto, el cuerpo resucitado será externamente como el que tenía cada hombre antes de la muerte, pero con una funcionalidad diferente, ya que se habrá divinizado (glorificado o deificado). El hombre divinizado o deificado es descriptible, está en lugar limitado y está definido. Su cuerpo es «tridimensional», es decir, tiene tres dimensiones, pero sin peso.

La resurrección será un evento común para justos e injustos. No solo resucitarán aquellos que «durmieron» en Cristo, sino «todos», con la única diferencia de que los justos resucitarán «para vida eterna» y los pecadores impenitentes, sin metania «para vergüenza eterna» (Jn 5, 28-29).

La fe en la resurrección de los cuerpos muertos determina nuestro comportamiento hacia el cuerpo y nos enseña a tratarlo con respeto. La manifestación de este respeto es el cuidado del cuerpo muerto y su entierro. También es por eso que en la tradición ortodoxa nunca se ha adoptado la cremación o incineración de los cuerpos muertos. Además, la experiencia de la fragancia de las reliquias de los santos y la incorruptibilidad de los cuerpos de muchos santos de nuestra Iglesia, nos muestra la glorificación incluso del cuerpo mortal que fue digno de ser la residencia de la jaris gracia increada de Dios y nos da un anticipo de la resurrección común final.

 

El reinado de la Realeza increada de Dios

El reinado de la Realeza increada de Dios es la participación en la doxa-gloria, la luz increada de Dios Tríadico. Dentro de la comunión divina, los hombres serán semejantes a los ángeles y con ellos glorificarán y alabarán al Dios incomprensible, mientras estarán en comunión con los coros de los santos, conciudadanos y compañeros de los santos, amigos y familiares de Dios.

La Panaghía, que posee las prerrogativas de la divinidad, la segunda de la deidad, como el límite de la creación y la naturaleza increada, ya vive cerca de Cristo en la Realeza increada de los Cielos. Es decir, no se ha trasladado al Paraíso, sino que ha sido trasladada, con su psique-alma y su cuerpo (espiritualizado), directamente al reinado de la Realeza increada de los Cielos.

Lo mismo ocurre con el amado discípulo del Señor, el Santo Juan el Teólogo, quien después de su dormición fue trasladado al reinado de la Realeza increada de los Cielos. Y es realmente único el hecho de que en ninguna otra religión encontramos que en nuestra Iglesia tenemos tres tumbas vacías, las de nuestro Señor, nuestra Santísima Madre y el Santo Juan el Teólogo.

 

El lugar inteligible y no sensible

El Paraíso y el Hades, así como la Realeza increada de los Cielos y el Infierno Eterno, son lugares y principalmente modos de existencia. San Marcos el Amable habla de un lugar no corporal, material y sensible, «sino más bien suprasensibe e inteligible». Es decir, «un lugar inteligible e incorpóreo, celestial y supra-mundano, el lugar de los ángeles y los santos, donde Dios obra y revela Su doxa-gloria increada», (San Marcos el Amable, PO 15, pag 153)

El bienaventurado padre Serafim Rouse señala sobre el mismo tema: «No necesitamos buscar por curiosidad saber algo más. Estos ‘lugares’ son tan diferentes de nuestras percepciones terrenales de ‘lugar’ que seguramente nos encontraremos en una confusión desesperada si intentamos ubicarlos ‘geográficamente’ en el espacio… No está en nuestra jurisdicción determinar los ‘límites o fronteras’ de estos lugares o intentar discernir sus características, (Serafin Rouz, “La psique-alma después de la muerte, pag 214).

Y San Juan Crisóstomo critica nuestra curiosidad por ocuparnos y buscar saber con curiosidad dónde se encuentran estos lugares. «¿Y dice, dónde y en qué lugar estará este infierno o gehena? ¿Por qué te interesa esto? Porque lo que se busca es demostrar que existe, no dónde se ha definido y en qué lugar. Algunos, por supuesto, mitológicamente afirman que está en el valle de Josafat, algo que se dijo sobre alguna guerra del pasado, refiriéndose a esto como el infierno/gehena. Pero, dice, ¿en qué lugar estará? En algún lugar afuera, como yo ciertamente pienso, lejos de todo este mundo. Porque así como las prisiones y las minas están lejos de los palacios reales, así también el infierno estará exactamente fuera de este mundo. Por lo tanto, no busquemos dónde está el infierno/gehena, sino cómo podemos evitarlo».

Lo mismo que mencionamos sobre el lugar inteligible del Paraíso, igualmente se aplica para el infierno. Se trata, por lo tanto, de un lugar inteligible y no sensible.

 

La bienaventurada comunión de los justos

El reinado de la Realeza increada de Dios será caracterizado por la bienaventurada comunión de los justos con el Dios Trino, pero también entre ellos. Así, las psique-almas se reconocerán mutuamente, incluso si vivieron en épocas diferentes, ya que el reconocimiento será con el ojo perspicaz del psique-alma y no con los ojos materiales. San Juan Crisóstomo dice que reconoceremos, no solo a los conocidos aquí, sino también a aquellos que nunca hemos visto, y este encuentro será «alegre y gozoso».

 

Progreso constante y grados en el Reino de los Cielos

Esta condición de gozo y felicidad no será estancada o inmóvil en el reinado de la Realeza increada de los Cielos. La vida eterna no tendrá parada, sino un movimiento constante, un progreso continuo, una apertura continua en capacidad y receptividad a la inagotable doxa-gloria increada del Dios increado. Y esto porque lo creado nunca puede llegar a ser increado.

El Infierno, en contraste con el Paraíso, no se experimentará de manera creciente, sino de manera estancada, parada o estacionaria. No habrá movimiento ni progreso hacia lo mejor. Y esto gracias a la compasión y bondad de Dios.

En la Vida Eterna, habrá diferentes grados, correspondientes a la condición de las personas, ya que «en la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Juan 14, 2). Esta diferenciación cuantitativa en la participación de la χάρις jaris (gracia, energía increada), será proporcional a las condiciones personales de cada uno, sin embargo, no provocará ninguna tristeza o envidia en aquellos que puedan estar en un estado inferior. Al contrario, la zéosis y mayor doxa-gloria de los santos reflejarán y aumentarán la felicidad de aquellos que tengan menos gloria. Porque el reinado de la Realeza Divina (increada) será una comunidad de agapi-amor en el grado más perfecto.

 

La visión, expectación de la Luz Increada

La Vida Eterna estará llena de la θεωρία zeoría contemplación, visión de la Luz Increada. Esto operará, energizará sobre los Santos como una luz catártica, purificadora e iluminadora que les causará gozo y alegría indescriptibles, mientras que en aquellos que tienen endurecimiento y ceguera del corazón debido a los pazos, actuará como «fuego consumidor», «oscuridad exterior» y lugar de tormento.

Como decía el bienaventurado padre Ioanis Romanides: «Todos los hombres verán la doxa-gloria increada de Dios, y desde este aspecto y visión tienen el mismo fin. Todos, por supuesto, verán la doxa-gloria increada de Dios, pero con una diferencia: los salvados verán la doxa-gloria increada de Dios como luz dulce y sin fin, y los condenados verán la misma doxa-gloria de Dios como fuego consumidor, como fuego que los estará quemando… Es decir, la vivencia de esta Luz será diferente para los unos y los otros» (Teología Patrística, Ioanis Romanidis pag 47-48).

La luz increada, según la experiencia espiritual de la Iglesia, y en la medida en que las palabras creadas puedan describir la experiencia de lo increado, es la energía inacreada y divinizante de Dios. Esta luz divina es sin crepúsculo, sin fin, dulce, llena de jaris gracia increada, invariable, completa, que enriquece y llena al hombre renovado psíquica y somáticamente con una alegría supra-celestial e inefable, paz y gozo, y es una fuente de carismas sobrenaturales y apocálipsis/revelación de misterios celestiales.

 

El infierno eterno

La muerte corporal es, como hemos visto, la separación de la unidad psicosomática y la salida de la psique-alma del cuerpo. La muerte espiritual es la separación de la psique-alma de Dios, lo que constituye la «segunda» muerte, como se llama en el libro sagrado del Apocalipsis. Esta segunda muerte es el vivir el infierno eterno.

La primera muerte, la corporal, ha sido probada como «mortal», ya que fue vencida por la Resurrección de nuestro Cristo. Sin embargo, la segunda, la muerte espiritual, se extiende hacia la eternidad. El infierno será la muerte “inmortal». El infierno está identificado con la muerte; es una muerte continua e interminable.

El infierno es la incomunicación, la separación del hombre de Dios y de todo lo creado. Es la tragedia absoluta y el dolor que se siente, ya que, aunque tienes plena conciencia de tu existencia, no puedes cumplir el propósito de tu existencia, que es tu κοινωνία kinonía (comunión, conexión y unión) con Dios, la causa de tu existencia. Esta absoluta incomunicación con la fuente de la Vida no será otra cosa que la comunión de la muerte.

Nuestro santo contemporáneo Porfirio el Kafsokalivita solía decir: «La vida sin Cristo es muerte, es infierno, no es vida. Este es el infierno, el no amor. El amor es la vida de Cristo. Estarás en la vida o en la muerte. Depende de ti elegir» (san Porfirio, Vida y Logos pag 235-238).

Por lo tanto, el infierno es la anulación de la vida. Es una situación desesperada en el grado más trágico de su vivencia. No es simplemente decepción, sino la experiencia existencial de esa tragedia de decepción, y más aún, sin la mínima salida, sin la más mínima esperanza y sin la posibilidad de metania y arrepentimiento. El infierno es el testimonio de la agapi-amor de Dios y el pesar en el corazón por el pecado que se ha convertido en una carga para el amor-agapi de Dios.

Dios es, por excelencia y por definición, el único bueno y bondadoso. Por lo tanto, cada una de Sus acciones y energías es buena y bondadosa en sí misma. La recepción de esta bondad de Dios depende de la libre voluntad, la preferencia y la receptividad del hombre independiente o autogobernado y de sus elecciones frente a la santa voluntad de Dios.

Por lo tanto, los seres lógicos, los humanos, que no pueden recibir la belleza y la bondad del único Bueno, invalidan el propósito de su existencia al no compartir amorosamente con su Creador y, por lo tanto, se condenan a la incomunicación e inconexión con Dios. Esta falta de participación en la Χάρις Gracia (energía increada) y la agapi-amor de Dios, se vive como la experiencia existencial más angustiosa y dolorosa, como su castigo y su flagelo. Por lo tanto, en ningún caso Dios es la causa del mal. La causa del mal es solo la mala voluntad, preferencia y predisposición de los seres humanos.

Mientras que la vida paradisíaca será «amistad», el infierno será «falta de amistad» e incomunicación tanto con Dios como con los demás, ya que los desgraciados condenados carecerán del don del reconocimiento de los demás que solo Dios concederá a aquellos que serán salvados.

Por lo tanto, la permanencia en el Infierno estará caracterizada por una perfecta incomunicación y falta de amistad. Será una vida insoportable sin amor y sumida en la dolorosa soledad y desesperación.

 

Las consecuencias de la caída en la creación

Como mencionamos en la primera parte de nuestra homilía, al hablar sobre la creación del mundo y del hombre, Dios creó la creación «de la nada o del no ser» y al hombre como la corona y el rey de la creación. Sin embargo, la apostasía y la caída del hombre desintegran también todo su reino. El hombre post-caída experimenta la ruptura de sus relaciones con sus semejantes, pero también con toda la creación. Esto se debe a que su convivencia armoniosa se basaba en la relación amorosa y la comunión que el propio hombre tenía con Dios y que interrumpió al desobedecer el mandamiento de Dios. Las consecuencias de la caída del hombre, por lo tanto, no se limitaron solo al género humano, sino que se extendieron a la naturaleza irracional y a los animales. Toda la creación gime y sufre con nosotros hasta el día de hoy como dice el Apóstol Pablo: “18. Pienso y estimo que los padecimientos de la vida presente no se pueden comparar con la doxa-gloria luz increada que ha de apocaliptarse-revelarse y darse en nosotros.

  1. Porque incluso la creación irracional está aguardando en anhelante espera la gloriosa apocalipsis-revelación de los hijos de Dios,
  2. ya que la creación fue sometida a la vanidad y corrupción, no por su propia voluntad, sino por Dios que la sometió a la corrupción, después de la caída del hombre, pero con la esperanza de la liberación,
  3. y la esperanza segura es que esta misma creación será librada de la esclavitud de la corrupción y de la muerte para ser ya incorrupta admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
  4. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente.
  5. No sólo ella, sino también nosotros, a pesar de que tenemos las dádivas primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando el regalo de la adopción filial plena por parte de Dios y la redención de nuestro cuerpo de la corrupción” (Romanos 8:19-23).

 

La renovación de la creación (nueva creación)

Sin embargo, como el cuerpo humano corruptible será resucitado, renovado y se volverá incorruptible y espiritual, así también toda la creación será renovada y liberada de la esclavitud y la corrupción. «Y la creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción hacia la libertad de la doxa-gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-22), nos asegura el Apóstol Pablo. Es decir, «toda la creación espera con ansias el momento en que se revele la doxa-gloria de los hijos de Dios. Sabes, por supuesto, cómo la creación fue sometida a la corrupción, no por su  propia voluntad, sino por el que la sometió. Sin embargo, tiene la esperanza de ser liberada de su esclavitud a la corrupción y participar en la libertad que disfrutarán los hijos glorificados de Dios».

Hay numerosos pasajes patrísticos y bíblicos que nos hablan de la continuidad de la existencia de la creación en una forma diferente, liberada de la corrupción. Hablan de la renovación de la creación, de «nuevos cielos y nueva tierra» (2Ped 3,13). De todo esto concluimos que el mundo que nos rodea no desaparecerá, no será llevado a la inexistencia, sino que será transformado, renovado y servirá al hombre resucitado y renovado en su nueva vida incorruptible, en la realidad eterna e interminable. El hombre redimido y resucitado no será separado del resto de la creación, sino que vivirá en ella, que «transformada» será su nuevo «hogar» espiritual.

Cuando hablamos de la renovación de la creación, de nuevos cielos y nueva tierra, no nos referimos a que volverá a la condición que tenía en el primer Paraíso, antes de la transgresión de Adán. Entonces, Adán era sensible y alterable. Sin embargo, con la resurrección de los cuerpos, Adán será espiritual. De manera similar, toda la creación, por la acción y energía increada de Dios, será transformada «en incorruptible y espiritual, más allá de toda percepción en la regeneración… residencia» (San Siemón el Nuevo Teólogo, SC 122, σ. 212-214. Así, las relaciones entre el hombre y el mundo, y la armonía, la κοινωνία kinonía comunión y la αγάπη agapi (amor incondicional) reinará nuevamente entre ellos.

 

Epílogo

Queridos hermanos,

Hemos intentado, dentro de los límites de tiempo de nuestra homilía (discurso) de esta noche, esbozar algunas ideas principales del misterio de la muerte, la vida después de la muerte, la Resurrección de nuestro Señor y la resurrección común de todos nosotros en Su Segunda Παρουσία Parusía (Presencia o Venida). Estos son verdaderamente temas fundamentales y primarios de nuestra fe.

Queremos expresarlo con toda claridad y firmeza que, aquel que no cree en el Θεάνθρωπο (zeánzropo) Dios-Hombre, Cristo y en Su Resurrección, aquel que no cree en la resurrección común de todos nosotros, aquel que no cree en la Segunda Παρουσία Parusía (Presencia o Venida), el Juicio venidero y la Realeza increada de los Cielos, en realidad no puede ni ser considerado ni llamarse cristiano, y mucho menos ortodoxo.

La Resurrección de Cristo es ese hecho indiscutible que, de manera única, demuestra que Jesús Cristo es el único y verdadero Dios y Kirios-Señor sobre todos los mundos visibles e invisibles. Toda la historia de nuestra Iglesia no es más que la realidad del único y verdadero milagro, el milagro de la Resurrección de Cristo, que continúa y continuará en los corazones de todos los cristianos hasta Su Segunda Παρουσία Parusía (Presencia o Venida).

El gran santo y teólogo contemporáneo de nuestra Iglesia, San Justin Popović, proclamaba: «Sin la Resurrección de Cristo no habría cristianismo. Entre los milagros, la Resurrección del Señor es el mayor milagro. Todos los demás milagros se derivan de este y se resumen en este… Creer en el Cristo Resucitado significa luchar constantemente contra el pecado, el mal y la muerte».

Y San Justin Popović concluye de manera exultante y gloriosa:

«Deteneos, todos los universos, todos los mundos existentes, y todas las cosas! ¡Abajo todos los corazones, todas las mentes, todas las psique-almas, todas las inmortalidades, todas las eternidades! Porque, sin Cristo, todas estas son infierno y torturas para mí. Un tormento e infierno junto al otro. Innumerables e interminables tormentos e infiernos en altura, en profundidad y en anchura. ¡La vida sin Cristo, la muerte sin Cristo, la verdad sin Cristo, el sol sin Cristo y el universo sin Él, todo es una terrible insensatez, un intolerable tormento, una tortura como la de Sisifo! No quiero ni la vida ni la muerte sin Ti, dulce Señor! No quiero ni la verdad ni la justicia, ni el paraíso ni la eternidad. ¡No, no! ¡Solo te quiero a Ti, solo quiero que estés en todo, en todos y por encima de todos! …». ¡Amén!

Homilía en la Academia de Educación Teológica Ortodoxa en Trikala, jueves 7 de febrero de 2019.

Traducido por Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας  www.logosortodoxo.com

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