Libertad, conciencia y creación del subconsciente
Yérontas Atanasio Mitilineos, el nuevo Crisóstomo
repasada traducción 26/09/2026
Libertad y conciencia
- Συνείδηση (sinídisi), conciencia https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/
La palabra proviene del verbo συνοίδα (sinida: reconozco, co-conozco), formado por συν-οίδα, es decir, «conozco juntamente con». Significa, por tanto, conocer con alguien más, es decir, con Dios. Etimológicamente, de aquí procede sinídisi, conciencia.
Tenemos la conciencia gnóstica y la conciencia ética.
Cuando hablamos de conciencia gnóstica, entendemos la gnosis, es decir, el conocimiento de nuestro propio yo, de nuestra existencia y de que yo soy yo.
La conciencia ética es la voz innata interior—el logos— de Dios en el hombre. Es aquella que nos informa de si lo que estamos haciendo es correcto o no.
En la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa, la conciencia es la fuerza de la psique-alma como testigo interior, juicio, control e inspección; es como una ley divina «escrita» en el corazón (Rom 2,15), que ayuda al hombre a discernir lo bueno de lo malo y a preferir lo primero.
Por eso, san Talasio, en la Filocalía, nos dice: «La conciencia es el verdadero maestro; quien la escucha y la obedece no tropieza» (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/filocalia-tomo-2-san-thalasio-el-libio-4-centurias-sobre-la-agapi-la-continencia-y-sobre-la-conducta-y-gobierno-del-nus/) .
La conciencia se hace y se convierte en bondadosa y καθαρή (kazarí: limpia, pura, clara, purificada) (Hch 23,1; 1 Tim 3,9) mediante la ascesis, es decir, el ejercicio espiritual en Cristo, y mediante el cumplimiento de los mandamientos de Dios, que catartizan, purgan y sanan el corazón de los pazos.
Cuando el corazón está lleno de pazos, apasionado, vicioso y malicioso, entonces también la conciencia se vuelve, de manera análoga, maliciosa, viciosa y enferma (Heb 10,22; 1 Cor 8,7). Entonces deja de ejercer su control sobre nosotros y el hombre llega incluso a autoengañarse.
La conciencia es como el ángel de la guarda que Dios nos da.
Conciencia homilía 59
Después de la transgresión del mandamiento de Dios, el texto sagrado dice:
«Y escucharon la voz del Señor (Logos) Dios, que se paseaba por el paraíso al atardecer, y Adán y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del paraíso» (Gén 3,8).
Ved cómo el drama de la existencia humana se desarrolla teniendo siempre como fundamento la libertad humana.
Podríamos decir que toda la historia del hombre, desde la caída hasta su restablecimiento, no es sino la peripecia —la aventura— de la libertad. Y toda esta peripecia de la libertad humana es resultado de la agapi —el amor incondicional, desinteresado y energía increada— de Dios, porque Dios mismo ha dado al hombre la libertad. Sin embargo, el hombre no puede comprender plenamente hasta qué profundidad llega esta libertad.
De todos modos, Dios creó al hombre sabiendo realmente lo que sería el hombre. Y ahora, después de su caída, el hombre es digno de muerte y, por consiguiente, se encuentra en una situación desgraciada.
A pesar de esto, Dios no solamente crea al hombre, sino que interviene de manera admirable precisamente para que el hombre pueda retornar a Él. Porque lo que Dios crea no es vano.
La demostración de que la creación no es vana se encuentra al final de la historia: Dios renovará la creación. Nada se perderá y tendremos la resurrección de los muertos. Todos los hombres resucitarán; otra cosa es que habrá condenación eterna para quienes hayan negado obstinadamente a Dios durante su vida.
Mientras tanto, después de la vergüenza y del miedo ante Dios, cuando vemos a los primeros en ser creados escondiéndose de Él, Dios interviene en su vida con el propósito de suscitar en ellos la metania —conversión, confesión y arrepentimiento—.
La metania es un elemento fundamental para la renovación del hombre. Por eso, Dios establece el diálogo de la metania.
Recordad cómo el Señor, tratando de salvar a aquella mujer samaritana, entabló con ella un diálogo (Jn 4,4-30). ¡Es admirable la manera en que se produce el acercamiento entre el Señor y la samaritana!
El Señor inicia una conversación con una sencilla frase: «Dame de beber».
Ella se sorprende, porque veía ante sí a un judío, mientras que ella era samaritana, y los samaritanos y los judíos no se trataban entre sí ni tenían relaciones. Existía una antigua historia de enemistad entre ambos pueblos.
Y así comienza el diálogo. Al final, aquella mujer, que no llevaba una vida conforme a la conducta ética, abandonó el pecado y se hizo creyente.
La tradición de nuestra Iglesia nos dice que esta mujer recibió el bautismo y fue llamada Φωτεινή (Fotiní: Luminosa). Toda su familia y sus parientes fueron bautizados, y ella misma se convirtió en ierapóstol, es decir, misionera sagrada.
Es realmente asombroso cómo el Señor se acerca a ella junto al pozo y le habla de una manera tan delicada y, podríamos decir, tan profundamente humana.
Le dice: «Llama a tu marido y ven aquí».
No le dice: «¡Mujer mala, tú que eres esto y aquello!». No la acusa ni la humilla.
Ella responde que no tiene marido, porque efectivamente no estaba casada. Entonces el Señor le revela: «Bien has dicho: “No tengo marido”, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido». Ella quedó asombrada, desconcertada y profundamente turbada (Jn 4,4-26).
Ved, pues, el diálogo de aproximación. Pero no olvidemos que también el diablo abrió un diálogo de aproximación con los primeros en ser creados.
Así pues, tenemos el diálogo de Satanás, que esclaviza y que, mientras parece proclamar la libertad, en realidad trama y forja cadenas de hierro.
Y tenemos el diálogo de Dios. En este caso, Dios visita a los primeros en ser creados. Es como aquello que diríamos hoy: «Estos han hecho algo malo; vamos a visitarlos para ver qué sucede».
Además, por parte de Dios se hace una llamada:
«Adán, ¿dónde estás?»
Todo esto tiene como finalidad conducir a la metania y al restablecimiento del hombre.
Recordad también cómo el mismo Señor abre un diálogo con Nicodemo (Jn 3,1-21), aquel destacado miembro del consejo y hombre importante.
El diálogo que se establece entre el Señor y Nicodemo es un diálogo de fe, no de metania. Es un diálogo tan magistral que lleva a Nicodemo a comprender qué significa la renovación, el renacimiento en Cristo.
Además, Nicodemo pronuncia aquella pregunta ingenua:
«¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el vientre de su madre y nacer?» (Jn 3,4).
Y le responde el Señor: «¿Tú eres maestro de Israel y no sabes estas cosas?» (Jn 3,10).
Ved, pues, amados míos, que tenemos estas dos formas de diálogo: el diálogo de Dios y el diálogo del diablo.
Debemos tener mucho cuidado con el diálogo con Satanás. Hemos hablado mucho en otros temas acerca de este diálogo de Satanás: cómo intenta engañar y cómo promete libertad, pero no da libertad.
Muchas veces Dios establece límites. Pero los límites que pone los establece con el fin de salvaguardar la existencia y mantener al hombre dentro del espacio de la verdadera libertad.
La libertad depende de Dios para poder ser verdaderamente libre e independiente de toda esclavitud.
Por ejemplo, cuando eres joven y alguien te dice: «Hijo mío, ten cuidado; no vayas allí», ¿por qué te lo dice? Es una obligación, pero es una obligación que salva. Porque cuando Dios te pone una obligación o un límite, lo hace precisamente para que no te esclavices a los pazos, para que seas verdaderamente un hombre libre.
Por eso establece la limitación: para salvaguardar tu libertad.
Pero si no escuchas y pruebas esto o aquello, terminarás desgastando y destruyendo tu existencia.
Ved que continuamente hablo sobre las drogas, porque ya convivimos con ellas. Si, pues, tomas drogas, destruirás tu existencia. Y Dios te dice: «No».
Este «no» tiene como finalidad salvaguardar la existencia. Ved, pues, que la libertad que Dios nos da incluye determinados «no»:
No matarás.
No robarás.
No darás falso testimonio.
Y tantos otros «no» de los que quienes están fuera de la Iglesia se burlan.
Pero estos «no» son salvadores.
Cuando ellos dicen que estos «no» son represión y que hay que «hacer lo que quieras», entonces el hombre termina esclavizándose y entra en una verdadera esclavitud.
Estos son, como os dije, los diálogos de Satanás.
El pecado, como sabéis, tuvo lugar durante el día. Puede que fuera por la mañana o al mediodía, aunque el texto sagrado no nos dice nada al respecto. ¿Por qué lo decimos? Porque tiene su importancia y podemos hacer aquí una pequeña consideración teológica.
Es sabido que alrededor del mediodía aparece con más intensidad la sensación de hambre. Por lo tanto, sería más fácil, en ese momento, que los primeros en ser creados probaran del fruto prohibido.
Como sabéis, nuestra Iglesia tiene un pequeño oficio llamado Sexta Hora, que corresponde aproximadamente al mediodía. En una de sus oraciones pedimos a Dios que nos proteja del demonio del mediodía.
¿Cuál es este demonio del mediodía?
Es aquello que empuja al hombre hacia el hambre, la pesadez, la pereza y el sueño. Por tanto, en aquella hora puede producirse un cierto debilitamiento de las fuerzas de la psique-alma del hombre, con el resultado de que este pueda caer más fácilmente.
Para sostener lo que os digo, recordad cuándo apareció el diablo ante el Señor en el desierto. El Señor llevaba cuarenta días en ayuno, y el diablo apareció cuando tuvo hambre.
Por tanto, no se excluye que el diablo se acercara a los primeros en ser creados al mediodía, precisamente en la hora en que acostumbrarían a comer, pues se alimentaban de los frutos del paraíso. Por tanto, parece que fue entonces cuando tuvo lugar aquel diálogo, con el resultado que conocemos: la caída.
Pero el pecado tuvo lugar durante el día, quizá al mediodía. Dios, en cambio, visita a los primeros en ser creados durante la tarde; es decir, poco antes de que desaparezca el sol, cuando todavía queda algo de luz del día.
Y Dios llama: «Adán, ¿dónde estás?»
Es una llamada agradable, llena de afecto y Jaris. Es como cuando llamamos a alguien de quien hemos perdido el rastro dentro de un bosque. Si alguna vez os ha sucedido algo semejante, sabéis cuán llenas de afecto son estas llamadas cuando buscamos a una persona querida.
Así es también la llamada de Dios, llena de cariño y Jaris, que se dirige a Adán dentro del bosque del paraíso.
Veis que toda la frase no contiene nada que produzca miedo: «Adán, ¿dónde estás?» Es como si Dios dijera: «Yo vengo continuamente a visitaros y siempre os encuentro. Ahora, sin embargo, no os encuentro».
¡Qué extraño! Dios no encuentra a los primeros en ser creados. Pero se trata de expresiones antropomórficas, como veremos más adelante.
¿Qué ocurrió entonces?
Los primeros en ser creados escucharon tanto la voz de la llamada como el sonido de los pasos de Dios dentro del paraíso.
¿Y qué hicieron?
Se escondieron.
«¿No era amistosa aquella llamada?»
Sí, era muy amistosa. Pero ellos llevaban ahora sobre sí el peso de la culpabilidad.
Por consiguiente, la voz de Dios, que antes era familiar y agradable, ahora ya no les resultaba agradable. La culpa había cambiado la relación del hombre con Dios y había hecho que la voz que antes era acogedora se convirtiera para ellos en motivo de temor.
Pregunta san Juan Crisóstomo: «¿Qué dices, pues? ¿Dios camina? ¿Tiene piernas? ¿Le atribuiremos pies a Dios y no entenderemos algo superior acerca de Dios?»
Y responde: «Dios no anda. ¿Cómo es posible que ande Aquel que es omnipresente y que todo lo llena? Caminar quiere decir que no estoy aquí, sino allí. Para ir de un punto a otro, camino. Pero Dios, que es omnipotente y omnipresente, está aquí y está allí. ¿Cómo, pues, puede caminar Dios?»
El Dios tiene el cielo por trono y la tierra por pedestal.
¿Y estaría contenido dentro del paraíso para caminar por él? ¿Qué hombre lógico podría entender estas cosas de manera literal?
Entonces, ¿qué significa que Dios «andaba durante la tarde en el paraíso»?
Quiso provocar en ellos un determinado movimiento interior, una angustia, una inquietud. Precisamente esto era lo que quería conseguir.
¿Cuál sería esta angustia? ¿Qué era aquello que debía suscitar en ellos un sentimiento, una sensación y una toma de conciencia?
Era la conciencia. Dice el texto que «escucharon la voz de Dios». Pero ¿dónde escucharon esta voz?
En su interior.
¿No la escucharon desde fuera?
La escucharon en su interior; es decir, aquello que llamamos conciencia. Esto lo veremos un poco más adelante.
¿Qué es la conciencia?
El hecho de que tengamos conciencia es un gran privilegio, pero también una gran responsabilidad, porque los animales no tienen conciencia como el hombre.
Sólo el hombre posee conciencia.
Ved que os cito textos de la Iglesia, porque no quiero que permanezcáis ajenos a ella.
Dice san Juan Crisóstomo: «Porque el juez insobornable, me refiero a la conciencia, con voz clara, limpia y fuerte, se levanta contra Adán y lo acusa; le señala y pone delante de los ojos del acusado aquello que ha hecho». Es decir, cuando el hombre experimenta los remordimientos de la conciencia, esta pone delante de él sus pecados: «Has hecho esto o aquello».
Por eso, el Dios filántropo (amigo del hombre), cuando creó al hombre, lo hizo de tal manera que tuviera conciencia. Dios puso la conciencia en el hombre para que tuviera un acusador interior, de modo que no pudiera hacer algo malo sin que inmediatamente esta voz le advirtiera: «Mira, has obrado mal; aquello no está bien».
Tener esta voz de Dios en el interior de la propia existencia significa que, aunque el hombre quiera escapar y eludir la mirada de los demás —y quizá pueda conseguirlo—, es imposible escapar de aquel acusador que es la conciencia.
Este juez insobornable que está en tu conciencia, tráele los regalos que quieras; nunca se deja sobornar por nada.
Y continuamente permanece dentro del hombre: le molesta, le punza, le reprende y nunca le deja en paz. Ya estés en tu casa, ya estés en el mercado o en compañía de otros, ya estés en la mesa o acostado en la cama durmiendo, tienes este acusador que es la conciencia, que te sigue continuamente. Es una descripción muy bella la que hace san Juan Crisóstomo sobre la conciencia.
Entonces, ¿qué fue lo que llevó a los primeros en ser creados a esconderse?
¿Acaso la presencia de Dios no les era familiar?
¿Tuvieron miedo de la presencia de Dios?
No.
Fue la conciencia la que les decía que ya no estaban bien delante de Dios, y por eso fueron a esconderse.
Pero aquí quiero que prestéis atención a algunas cosas.
Adán tenía una conciencia próspera y vigorosa, porque era el primer hombre y todavía no existían situaciones que hubieran producido el desgaste de su conciencia.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la conciencia de los hombres comenzó a enfermarse.
Antes de analizar esta conciencia enferma, debemos aclarar que la conciencia se distingue en conciencia gnóstica y conciencia ética.
¿Qué es la conciencia gnóstica?
Sabéis que la palabra συνείδησις (sinídisis, conciencia) procede del verbo συνοίδα (sinida: reconozco, co-conozco), formado por συν-οίδα, «conozco juntamente con»; es decir, con Dios.
Etimológicamente, de aquí procede sinídisis, conciencia.
Por lo tanto, cuando hablamos de conciencia gnóstica, entendemos la gnosis, el conocimiento de nuestro propio yo, de nuestra propia existencia y de que yo soy yo.
Atención, esto es muy importante.
El hombre tiene conciencia de sí mismo; tiene autoconciencia. Conoce quién es y sabe que existe. Puede decir: «yoSoy». No estamos hablando aquí del aspecto ético, sino de la conciencia de la propia existencia.
Tal como Dios dice en la Sagrada Escritura aquella frase admirable que han sido analizada desde distintos puntos de vista, tanto psicológicos como filosóficos: «Yo Soy el Ων (On), el Ser, el Existente, Εγώ ειμί ο Ων». Esto expresa la autoconciencia de la existencia.
Así también el hombre, como imagen de Dios, tiene este gran privilegio de poder decir: «yoSoy Atanasio», «yoSoy José», etc., yoSoy; tengo conciencia de que soy yo. Sin esta autoconciencia es imposible la vida espiritual y también la cultura.
Debéis saber, además, que el hombre privado de autoconciencia presenta una grave alteración de su relación consigo mismo y con la realidad. Dios nos guarde de que el hombre pierda la conciencia de quién es.
La conciencia ética
Pero tenemos también la conciencia ética.
¿Qué es esta?
Es precisamente la conciencia de la que estamos hablando ahora: la voz innata —el logos— de Dios. Es aquella que nos informa de que lo que estamos haciendo es correcto o incorrecto. Es un gran capítulo el de la conciencia ética.
Pero, si tenemos en cuenta a Adán, es evidente que disponía de conciencia, porque, según san Juan Crisóstomo, Dios creó al hombre con conciencia.
¿Y qué ocurrió con las generaciones posteriores?
Pero ¿cuántas generaciones después de Adán?
Aquí haré un inciso.
Hace tiempo ya dijimos que, según esta interpretación, la historia del género humano no debería remontarse más allá de quince o veinte mil años, por diversas razones. Es decir, la historia de Adán no sería muy antigua. Si uno contempla, dentro de la historia del universo, la historia del hombre, verá que esta es relativamente reciente. No podemos hablar, según esta interpretación, de algo que ocurrió millones de años atrás, como se ha enseñado en determinados manuales falsos y mediante determinadas pseudo-teorías.
Además, en los colegios —siento decirlo— se enseña la teoría de la evolución, según la cual el hombre habría evolucionado a partir de antepasados comunes con otros primates o del mono, etc. Naturalmente, una interpretación de este tipo requiere enormes períodos de tiempo y, según quienes la sostienen, situaría los orígenes del hombre en un pasado de millones de años. Pero no es así, según lo que estamos exponiendo.
Si ahora me decís que existen métodos científicos, como los relacionados con la datación de restos y materiales antiguos, mediante los cuales se calculan las edades de los huesos y otros hallazgos, os respondo: lo que os he dicho hasta ahora no es una cuestión teológica, sino antropológica. Yo no creo que una máquina, por muy sofisticada que sea, pueda por sí sola decirme toda la verdad sobre el hombre. Hay científicos que sostienen que la historia del género humano no debería remontarse más allá de quince o veinte mil años.
Y vuelvo al tema.
Las enfermedades de la conciencia
Si tenemos en cuenta que, de generación en generación, el hombre ha vivido en un estado pecaminoso continuado, poco a poco los criterios correctos de la vida comenzaron a retroceder. Así empezó la conciencia ética del hombre a falsearse y enfermarse.
Por lo tanto, podemos decir que la conciencia humana ha presentado y presenta hasta hoy distintas formas de enfermedad.
Me gustaría que prestaseis atención a estas formas de enfermedad, porque son muy útiles. Así podremos orientarnos y evitar que nuestra conciencia enferme.
Debemos procurar evitar esta enfermedad nosotros mismos, pues somos nosotros quienes llevamos nuestra propia conciencia; no podemos esperar simplemente que otro nos sane. Naturalmente, el consejo y la orientación de otra persona pueden ser muy útiles. Y os aseguro que, en las cuestiones psicológicas, el mejor médico es el propio enfermo.
El médico se alegra cuando el enfermo colabora con él. Porque, si colaboro con mi paciente, quiere decir que el enfermo comprende lo que le sucede. Si no lo comprende, si no tiene autoconciencia, el médico ya no puede colaborar verdaderamente con él.
Entonces, la terapia o psicoterapia ya no puede realizarse mediante la comunicación y la colaboración personal, sino solamente mediante determinados fármacos.
Pero en el campo de la psicología, como sabéis, los fármacos no sanan por sí mismos; simplemente contienen determinadas situaciones o tranquilizan algunos síntomas, pero no producen la verdadera psicoterapia y sanación. Esto es conocido.
Sin embargo, pueden ser importantes para que la persona pueda colaborar en su propio proceso de sanación. Esta colaboración es muy útil.
Cuando una persona me señala que tengo una conciencia enferma, yo debo localizar la enfermedad, comprender lo que está sucediendo y comenzar a corregir aquello que está mal, colaborando yo mismo en mi propia sanación. Por eso os digo, por favor, tened cuidado.
Las cuatro formas de la conciencia enferma
La conciencia aparece y se manifiesta de cuatro formas.
1) la conciencia amplia (ancha).
Una de ellas es la conciencia amplia (ancha).
¿Qué significa esto?
Significa que una conciencia así no presta atención a los puntos finos o sutiles ni a los detalles de la vida ética.
Cuando le dices a una persona que algo constituye una infracción, te responde: «No pasa nada. Son detalles; no tienen tanta importancia».
A menudo encontramos entre los hombres este tipo de conciencia amplia.
Para comprenderlo mejor, pongamos un ejemplo. Podemos comparar la conciencia con un tamiz o colador de alambre. Si el tamiz tiene agujeros grandes, muchas cosas pasan a través de él y solamente quedan dentro las cosas muy grandes.
Si escucháis a un hombre decir que una persona ética es aquella que no roba y no mata, está claro que este hombre tiene una conciencia amplia (ancha). Es decir, los agujeros del tamiz son grandes y todo lo demás se cuela.
Si le dices que debe ayunar, responde: «Eso son detalles; no tienen mucha importancia».
Si le dices que debe hacer oración, responde igualmente: «Eso tampoco tiene importancia».
Y así, una cosa y otra dejan de tener importancia. Esto quiere decir que esta persona tiene una conciencia amplia (ancha).
Si alguna vez descubrimos esto en nuestra propia vida —que no nos molestan determinadas cosas porque las consideramos insignificantes, nimiedades o carentes de importancia—, esto puede ser una señal de que tenemos una conciencia amplia.
Cuando decimos: «¿Por qué tengo que ir a la Iglesia todos los domingos? No hace falta». Esto significa que disponemos de una conciencia demasiado amplia (ancha), y es muy peligroso.
2) La conciencia estrecha o miedosa
Después tenemos lo contrario de la conciencia amplia: la conciencia estrecha.
Esta resulta ser una conciencia miedosa, que puede llegar a ser terriblemente castigadora para quien la posee.
Aquí el tamiz tiene los agujeros muy pequeños. Es como cuando tamizamos harina que contiene salvado. Queremos que pase la harina y que el salvado quede retenido, pero aquí los agujeros son tan pequeños que ni siquiera pasa la harina.
Esto significa que cualquier cosa la veo como pecado: «No toques esto; no pruebes aquello; esto no; lo otro tampoco». Esto lo decían también los maniqueos: todo es pecado.
Imaginad qué cosa tan terrible es que una persona llegue a considerar casi todo como pecado. Desgraciadamente, hoy hay muchas personas que padecen una conciencia miedosa.
Debo deciros que los primeros, los que tienen una conciencia amplia, no suelen acudir al psiquiatra. Los segundos, aquellos que tienen una conciencia estrecha y miedosa, pueden terminar con frecuencia en el psiquiatra o incluso en instituciones psiquiátricas. Tened cuidado.
Si descubrís en vosotros una conciencia miedosa, procurad sanarla inmediatamente. Atención: tened mucho cuidado con esto.
3) La conciencia elástica o farisaica
El tercer caso es la conciencia que se manifiesta como elástica o farisaica.
¿Cuál es esta conciencia elástica?
No significa lo que solemos decir cuando afirmamos que alguien es «muy elástico», en el sentido de que podemos convencerlo fácilmente. No se trata de eso.
La expresión viene del elástico, algo que podemos estirar o encoger según queramos. Significa que, en el tamiz de nuestra conciencia, agrandamos o empequeñecemos los agujeros según nos conviene.
¿Con qué criterio?
Con el criterio de nuestros intereses y de nuestras conveniencias; es decir, según criterios subjetivos.
¿Por qué se llama también farisaica?
Porque los fariseos juzgaban los actos de los demás con un tamiz estrecho, mientras que sus propios actos los juzgaban con un tamiz ancho.
Cuando veían a alguien cometer una injusticia o perjudicar a otra persona, lo recriminaban; mientras que ellos mismos podían cometer injusticias y perjudicar a los demás.
Esta es una de las peores formas de conciencia, una de las más sucias, y contra ella Cristo habló con especial severidad y machacó sin piedad la conciencia elástica, la conciencia farisaica.
¿Sabéis lo que dijo Cristo acerca de esta actitud de la conciencia elástica?
Dijo a sus discípulos: «Haced y guardad todo lo que os digan; pero no hagáis según sus obras» (Mt 23,3). Y también les advirtió: «Guardaos de la levadura de los fariseos».
Esto significa que no poseen una conciencia buena, correcta y saludable, sino que la ajustan según sus propios intereses y conveniencias.
Por esta razón os dije que debemos tener mucho cuidado, porque es una de las peores formas de conciencia.
A esta actitud dirigió Cristo aquellos terribles «¡ay!» del capítulo 23 de san Mateo, calificándolos de hipócritas: «¡Ay de vosotros, γραματείς (gramatís: gramaticales, intelectuales, escribas) y fariseos, ¡hipócritas! (Mt 23,13).
Ved, pues, que el hipócrita posee precisamente este tipo de conciencia: una conciencia elástica, una conciencia farisaica.
4) La conciencia depravada, corrupta o embotada
¿Qué es la conciencia depravada, corrupta o embotada?
Es aquella conciencia que se ha mortificado e insensibilizado. En una conciencia de este tipo ya no existe ningún criterio de control. Una persona que posee esta clase de conciencia puede cometer un crimen y después, tranquilamente, fumarse un cigarro. Y si alguien le pregunta:
«¿Qué has hecho?», puede incluso responder sonriendo.
¿Puede haber seres humanos convertidos en bestias, hombres que poseen una conciencia depravada?
Sí, queridos míos. Desgraciadamente, en nuestra época hay muchos hombres cuya conciencia se ha depravado. Siempre los ha habido, pero nuestra época parece tener más que nunca.
Debemos prestar mucha atención a este punto.
¿Qué conciencia debemos tener?
Debemos tener una conciencia saludable, que se llama también bondadosa. Esta es la conciencia que debemos procurar tener.
Dice san Pedro: «Teniendo buena conciencia…» (1 Pe 3,16). Es decir, debemos tener una conciencia bondadosa, que nos informe y nos oriente correctamente.
Y san Pablo dice: «El propósito y fin de esta recomendación es establecer la agapi-amor, que procede de un corazón puro, de una conciencia buena sin remordimientos y de una fe sincera y ortodoxa» (1 Tim 1,5).
Por lo tanto, nosotros, los cristianos, debemos poseer una conciencia bondadosa. Si la conciencia nos dice que aquello que estamos haciendo está mal, no debemos ni agrandar ni empequeñecer el mal. No debemos tener una conciencia estrecha, rígida o miedosa, ni tampoco una conciencia ancha o demasiado amplia.
Tampoco debemos agrandar el mal y estirarlo, como hace el elástico; ni debemos verlo como si no existiera, como ocurre con la conciencia depravada y embotada.
Así pues, debemos tener una conciencia saludable. Esta se sana y se adquiere mediante una formación y un ejercicio continuos. Si quieres tener flexibilidad en el cuerpo, te dicen que debes hacer ejercicio cada día. Del mismo modo, para adquirir una buena conciencia necesitamos formación y ejercicio de la buena conciencia.
La buena conciencia se cultiva mediante la continua autognosía —autoconocimiento— y la continua μετάνοια metania: cambio de mentalidad, giro de la mirada hacia el interior, conversión, arrepentimiento y confesión.
Mediante el continuo autoconocimiento, me preguntaré constantemente: «¿Esto que digo y hago es bueno?» Y si descubro que es malo, haré metania, me confesaré y me arrepentiré.
Los santos Padres hablan de una metania continua:
«Siempre estoy haciendo metania»,
«Estoy comenzando la metania»,
«Comienzo de nuevo la metania».
Cada día y en cada momento. Aquel que en cada momento vuelve a comenzar la metania, sin duda tiene una conciencia sana y saludable. (Ver sobre metania en https://www.logosortodoxo.com/%CE%BC%CE%B5%CF%84%CE%B1%CE%BD%CE%BF%CE%B9%CE%B1-metania/ )
Esto no significa que se convierta en un hombre impecable que ya no pueda pecar, sino que permanece continuamente en νήψις sobriedad, vigilancia, arrepentimiento y retorno a Dios.
No existe mayor bien, privilegio ni regalo que el hombre posea una conciencia bondadosa y sana.
¿Cómo se deforma la conciencia?
Pero ¿cómo se deforma la conciencia humana? ¿Cómo llega a romperse o a quedar dañada?
Pongamos un ejemplo claro. Es como un altavoz cuyo papel o membrana está roto. Lo que llega hasta él se transmite de manera deformada. Del mismo modo, cuando la conciencia está dañada, puede transmitir de manera deformada aquello que percibe y, de esta manera, se forman criterios subjetivos,
Entonces, ¿qué dice cada uno?
Cada uno dice: «Esto es bueno» o «esto es malo»; y no puede juzgar con sano juicio. Pero, si cada uno juzga exclusivamente según su propio criterio, ya no puede existir un verdadero criterio para discernir lo correcto.
Por eso deben existir también criterios objetivos.
¿Cuáles son estos criterios objetivos?
Son la apocálipsis —revelación— de Dios. Yo, el hombre, ya no puedo, por mí mismo, juzgar siempre y encontrar lo que es justo y correcto.
Cada uno podría establecer por su cuenta lo que considera correcto.
Por tanto, no debemos fundamentarnos simplemente en nuestro propio criterio, sino en aquello que Dios revela-apocalipta.
Tenemos la apocálipsis/revelación de Dios en el Sinaí, con la Ley del Antiguo Testamento, y tenemos la apocálipsis de la Ley evangélica en el Nuevo Testamento, mediante la humanización, encarnación del Logos de Dios.
Por lo tanto, la conciencia bondadosa se cultiva mediante la apocálipsis de la Ley de Dios. Es esta Revelación/ Apocálipsis la que proporciona al hombre el criterio objetivo para discernir el bien y el mal y para orientar correctamente su conciencia.
Así también, muchas veces nos referimos a la libertad de la conciencia. ¿Qué es esta libertad de la conciencia? Es hacer algo no por presión o por el empuje de otro, sino porque yo mismo quiero hacerlo, sea bueno o malo. Además, el bien, lo bondadoso, cuando se realiza libremente, sólo entonces tiene verdadero valor.
Pregunta san Juan Clímaco: «¿Qué es la virtud?». Y responde: «Es ἔργον, trabajo u obra hacia Dios, realizada por libre voluntad o preferencia».
La virtud es ἔργον, obra, praxis, y esta obra debe tener su referencia y dependencia de Dios, pero realizarse por voluntad, es decir, en libertad. Dependencia para la verdadera independencia: la libertad dependiente de Dios, que es la verdadera libertad. De la palabra helénica ἔργον procede también la palabra ἐνέργεια, energía, es decir, aquello que está en función.
Por lo tanto, una conciencia bondadosa, buena y saludable se encuentra dentro del espacio de la libertad. Esto es lo que hace al hombre correcto, perfecto y pleno en Cristo, en el Espíritu Santo: un hombre libre, con una conciencia bondadosa y buena.
Esto sólo, y sólo esto. Amén.
LA CREACIÓN DEL SUBCONSCIENTE
Homilías 63 y 64
(Al final del texto hemos considerado conveniente ordenar, jerarquizar y precisar el significado de los principales conceptos y términos desarrollados en esta exposición: culpabilidad, conflicto, trauma, plegma, simplegma, subconsciente y neurosis.)
«8 Y escucharon la voz del Señor (Yahvé, Logos) Dios, que se paseaba por el paraíso a la brisa de la tarde; y Adán y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del paraíso.
9 Y llamó el Señor (Yahvé, Logos) Dios al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”.
10 Y él respondió: “Mientras caminaba por el paraíso, escuché tu voz y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí”.
11 Y le dijo Dios: “¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé que no comieses?”.
12 Y Adán respondió: “La mujer que tú me diste por compañera me dio del fruto del árbol y yo comí”».
Dice san Juan Crisóstomo: «No eches la culpa de todo lo ocurrido solamente a la mujer, sino a tu propia negligencia».
Pero, al trasladar la responsabilidad a Dios, ¿qué dijo Adán? «La mujer que tú me diste; ella tiene la culpa». Con este traslado de la responsabilidad a Dios y, al mismo tiempo, al culpar a Eva, Adán no reconoce su propia culpabilidad, sino que la traslada a Dios y a Eva. En aquel momento, por primera vez en la historia de la humanidad, se adquiere el subconsciente. Adán, en aquel momento, adquirió el subconsciente.
¿Qué es este subconsciente? En este punto os ruego que estéis muy atentos, porque es interesante.
Para captar y comprender lo que es el subconsciente, es necesario analizar ciertos términos y algunos conceptos que quizá ya os sean conocidos de distintas maneras, porque más o menos los escuchamos y los leemos.
Hemos dicho que Adán negó su culpabilidad, diciendo: «No es culpa mía, sino de la mujer que me has dado». Y el peso cae precisamente en las palabras: «que me has dado», es decir: «La culpa es tuya».
Pero, al trasladar la responsabilidad y adquirir el subconsciente, creó en sí mismo y en sus descendientes una tragedia. Esta tragedia existe hasta hoy y, cuanto más avanza la humanidad, cada vez se hace más profunda y más amplia, hasta el punto de que el hombre, no sé si ya podrá soportarla.
A continuación, a medida que desarrollemos el tema, veréis cuánto ha crecido esta tragedia humana.
Cuando Dios creó al hombre, le puso la conciencia gnóstica, que es innata. Y, junto a ella, le colocó también la conciencia ética, que es igualmente innata.
¿Qué es la conciencia gnóstica?
La conciencia gnóstica es la autoconciencia de que yo soy yo, es decir, la conciencia de mí mismo y de mi propia existencia; es también la capacidad de conocer que yo soy quien conoce. Esto se llama conciencia gnóstica.
La palabra συνείδησις (sinídisis, conciencia) proviene del verbo que significa «conocer juntamente», es decir, co-gnosis, conocimiento con. Pero aquí se trata del conocimiento de mí mismo, de mi propia existencia.
Cuando, por ejemplo, Dios dice: «Yo Soy el Ὤν (On, el Ser, el Existente)», esto es muy importante, porque muestra que tenemos un Dios que es Persona y que tiene autoconciencia.
No podemos concebir una persona sin autoconciencia; es decir, que una persona no se conozca a sí misma sería algo incomprensible. Porque si no tuviéramos autoconciencia de nuestra persona, no tendríamos conciencia de ser persona.
Así pues, tenemos la conciencia gnóstica de que yo soy yo y vosotros sois vosotros, y de que yo no mezclo mi «yo» con vuestro «yo». Esta autoconciencia es, pues, una de las cosas más importantes y fundamentales que Dios ha dado a la persona humana.
Pero os dije que Dios creó al hombre también con la conciencia ética.
¿Qué es esta conciencia ética?
Es la gnosis, el conocimiento de nuestra relación con Dios: si es buena o mala, normal o anormal. Es conocer si tengo una buena o una mala relación con Dios. La conciencia ética es esto.
Sabéis que la conciencia ética constituye el punto de partida de todo el mal. Evidentemente, no es culpa de la conciencia ética; al contrario, de ella comienza el reconocimiento de mis malas relaciones con Dios. El problema aparece cuando, después de reconocerlas, insisto en no corregirlas y dejo que la situación llegue hasta donde sea, es decir, hasta la tragedia que antes os he mencionado.
Por lo tanto, la conciencia ética consiste en conocer y tener en nuestro interior la información de si tenemos buenas o malas relaciones con Dios. Esto, queramos o no, es una realidad.
Hoy aceptamos la conciencia ética, pero no queremos aceptar que esta conciencia ética tiene su referencia en Dios. Hablamos de un superyó, tal como dicen algunos grandes psiquiatras, pero eso queda en algo abstracto.
El hombre tiene su referencia en Dios. El hombre es una existencia teológica, tiene dimensiones metafísicas, tiene moléculas divinas. Todo aquello que va a hacer, o que hace, lo siente en relación con Dios. Esto le acerca o le aleja de Dios.
Así pues, cuando Adán pecó contra Dios, se creó en él una culpabilidad. Sintió, pensó y vio que las cosas con Dios no habían ido bien; que su relación con Dios se había deteriorado, porque había infringido el mandamiento de Dios. Así, la relación entre Adán y Dios se estropeó. Esto se llama sentimiento de culpabilidad.
Adán fue interrogado por Dios, que le dijo: «Adán, ¿dónde estás?». Y él contestó: «Escuché tu voz y me escondí; tuve miedo porque estaba desnudo».
Entonces Dios le pregunta: «¿Quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Por qué razón te has escondido?».
Todas estas cosas indican una situación de culpabilidad.
Inmediatamente se crearon dentro de Adán el miedo y la confusión. Y posteriormente, si estas situaciones se prolongan en el tiempo, comienzan la ansiedad, la angustia y la depresión, conceptos y palabras que conocéis muy bien.
¿De dónde proceden? De la culpabilidad.
Así, cuando Dios le dice: «Adán, ¿dónde estás?», en aquel momento Adán se encontró ante un cruce de caminos. Había dos opciones.
Una era aceptar su culpabilidad, confesarla y pedir perdón a Dios, diciendo: «Sí, Señor, me he equivocado. He transgredido tu mandamiento. No sé cómo me ha sucedido esto. Perdóname».
La otra opción era negar su culpabilidad y echar la culpa a Dios y a su prójimo.
Y, en este caso, Adán hizo esto último. No siguió el primer camino, sino el segundo. Es decir, no reconoció su culpabilidad, sino que la negó y dijo: «No es culpa mía. Tú tienes la culpa, porque me has dado a la mujer. Por lo tanto, si no la hubiera tenido, yo no habría sufrido este daño». Así, echa la responsabilidad sobre Dios y también sobre la mujer.
Este traslado y negación de la culpabilidad es un fenómeno que vemos cada día. También es un fenómeno que observamos mucho en los niños, porque son muy egocéntricos.
Algunas veces me traen niños a la confesión y, para ayudarles, les digo: «Quizá alguna vez hayas dicho alguna mentirilla».
El niño contesta: «No, yo no; mi hermana dice mentiras».
Entonces yo sonrío, porque veo delante de mí a Adán.
¿No sería suficiente responder sencillamente «sí» o «no» y limitarse a sí mismo?
¿Por qué dice: «No yo, sino mi hermana»?
Porque quiere quitarse la responsabilidad. Estad seguros de que, cuando uno dice, como este niño, «no yo, sino mi hermana», está trasladando la responsabilidad y la culpa al otro.
Y así volvemos a encontrar, en una forma sencilla y cotidiana, aquello que ocurrió en el principio: el hombre, en lugar de reconocer su propia responsabilidad, intenta trasladarla al otro.
Así pues, para que Adán llegara a negar su culpabilidad, algo tuvo que suceder, puesto que, de todas maneras, la culpabilidad se había producido. Esto quiere decir que esta culpabilidad fue rechazada, expulsada del ámbito de la conciencia ética hacia otro lugar.
Porque mi conciencia ética no quiere, no soporta ni tolera que yo haya causado un daño o cometido un estropicio. No acepto que yo sea culpable. Así que tomo la culpabilidad de mi conciencia ética y voy y la coloco en un lugar inferior o al lado de la conciencia. Es decir, esto que en psicología llamamos subconsciente es una especie de para-conciencia —contra-conciencia, subconciencia—, otro espacio que no es la conciencia ética.
Así, en aquel momento, cuando Adán negaba su culpabilidad ante Dios, la empujaba hacia este subconsciente.
¿Qué es, pues, el subconsciente?
El subconsciente no es otra cosa que aquello que la conciencia no quiere reconocer ni aceptar como culpabilidad; es decir: «No reconozco que esto sea culpabilidad o que sea culpa mía».
Desde el momento en que la conciencia niega esto, aquello baja al sótano de la casa. He dicho «sótano» porque este tema que ahora tratamos suele representarse mediante esta imagen.
La conciencia y el subconsciente se consideran como una casa de dos plantas: una parte superior y un sótano. La parte superior de la casa está iluminada, y esto representa la parte de la conciencia ética.
Si se produce una culpabilidad o una infracción, el hombre puede juzgar inmediatamente y decir: «Esto no es correcto». Bajo la luz de la conciencia ética, de la ley de Dios, etc., comprendemos que esto no es correcto; y como no nos gusta, lo negamos, aunque lo hayamos cometido. Entonces abrimos un agujero, tomamos la culpabilidad —por los pelos, queramos o no—, la arrojamos por el agujero hacia el sótano y cerramos el agujero por encima.
Ahora bien, este agujero representa y es el subconsciente.
Cuando dormimos, la conciencia se encuentra debilitada; y aquello que durante el día negué como pecado y no quise aceptar, aquello que arrebaté y arrojé al sótano, al subconsciente, cerrando herméticamente el agujero, por la noche, mientras duermo y la conciencia está debilitada, viene tímidamente, levanta el tapón y sale al espacio de la conciencia. Entonces aparecen los sueños, que no son sino la voz del subconsciente.
¡Cosa terrible!
Así pues, cuando alguien tiene sueños angustiosos, no son otra cosa que la aparición simbólica, dentro de los sueños, de estas cosas del subconsciente en la conciencia.
Por eso un sueño no tiene valor en el sentido de la interpretación supersticiosa de los sueños; por ejemplo: «He visto una rana y, por eso, lloverá».
Sin embargo, los sueños pueden tener un valor, porque reflejan al hombre interior. Esto también lo dice la Sabiduría de Sirac del Antiguo Testamento.
¿A qué hombre interior se refiere? No al hombre de la conciencia, sino al hombre del subconsciente.
Homilía 64 continuación sobre el subconsciente
Decíamos que Dios no ha creado el subconsciente, sino la conciencia. El subconsciente es una situación o un estado posterior a la caída. Es aquel estado que agota y fatiga al género humano.
La culpabilidad en el subconsciente, que ahora tenemos necesidad de estudiar, se convierte ya en un régimen, en una realidad. Todo esto es necesario estudiarlo.
Si tenemos la psicología, la psiquiatría, etc., todo esto se debe a la presencia del subconsciente.
Si la culpabilidad permanece durante mucho tiempo en el subconsciente, se hace crónica. Entonces esta culpabilidad se olvida o se «pierde». La palabra «pierde» la pongo entre comillas. Entonces la conciencia ya no puede descubrir esta culpabilidad.
Puede ocurrir que, posteriormente, tengamos consecuencias, concretamente neurosis; es decir, tenemos esta enfermedad, pero se ha perdido la causa.
Porque cuando la culpabilidad se ha hecho crónica en el subconsciente, no es fácil encontrarla. Entonces, a causa de esto, muchas veces acudimos al psicólogo o al psiquiatra.
Permitidme hacer esta distinción: el psicólogo es aquel que investiga los fenómenos psicológicos sin utilizar fármacos; en cambio, el psiquiatra es aquel que investiga los fenómenos psicológicos y, cuando corresponde, utiliza fármacos; además, es médico y ha estudiado Medicina.
Entonces, si vamos a un psicólogo, como habréis escuchado muchas veces, allí el enfermo pasa por un psicoanálisis.
¿Qué quiere decir psicoanálisis?
Sienta al enfermo en una silla cómoda y le dice que diga lo que quiera. Puede hacerle dos o tres preguntas, pero le deja hablar, hablar y hablar. Él permanece sentado, no habla e intenta descubrir, pescar, qué puede haber dentro del subconsciente.
Esto recuerda la imagen que hemos mencionado antes de la casa con el sótano. O también podemos imaginarlo como un lago oscuro en el que uno introduce la mano y comienza a intentar atrapar lo que sea. Si encuentra algo, lo saca a la superficie y dice: «Ah, no, no es eso». Otra vez, y otra, hasta encontrar lo que busca; es decir, hasta pescar la causa real que existe dentro del subconsciente.
Es, pues, un trabajo difícil.
Más adelante diremos qué hace el psicólogo cuando ha pescado la verdadera causa de una neurosis, porque este es un punto crucial y, según esta perspectiva, el talón de Aquiles de la psicología. Puede que tenga algunos elementos realmente buenos, pero al final lo estropea todo.
Pero os he dicho que, cuando la culpabilidad o la culpa que se encuentra dentro del subconsciente se hace crónica, el hombre enferma.
Decimos: «Mirad, este hombre está enfermo psíquicamente». Generalmente, su enfermedad es la neurosis.
Debo deciros que aquí el término «neurosis» ya está establecido, pero, en realidad, no es un término correcto, porque se refiere a los nervios, mientras que la culpabilidad no es algo que se encuentre en los nervios, sino en la psique-alma.
Una cosa es la psique-alma y otra son los nervios. Los nervios pertenecen al cuerpo; que exista interacción entre ambos, no hay duda.
El término «neurosis» es desafortunado porque, antiguamente, en una época de percepción materialista de estas cuestiones, se creía que se debía a una alteración, rotura o lesión del sistema nervioso.
Pero no se trata de una lesión o rotura del sistema nervioso, sino de que, dentro de la psique-alma, dentro de la conciencia o, mejor dicho, en el subconsciente, existe una causa que perturba y molesta.
¿Qué es la neurosis? (acordaros que hablamos de teología antropológica)
Es la desarticulación o disolución de la personalidad. Es decir, el hombre realmente se destroza interiormente.
¿De qué está formada la personalidad? ¿Lo sabéis?
Pues está constituida por tres elementos básicos: la νόησις (nóisis: comprensión, entendimiento), la emoción y la voluntad. Estos corresponden a las tres partes de la psique, según dicen los Santos Padres: el logístico (o lógico), el anhelante (deseo o voluntad) y el irascible (o emocional, sentimental).
Después, la psique-alma entera entra en relación con el cuerpo. Así que tenemos el caso de fuerzas contrapuestas, choques y conflictos entre sí, ya sea entre las fuerzas de la psique-alma o entre la psique y el cuerpo.
Ahora voy a tomar las fuerzas de la psique-alma, que es un tema más básico y fundamental.
Cuando la nóisis comprensión entra en antítesis o conflicto con la emoción, o la emoción con la voluntad, es entonces cuando se crean estos conflictos y se produce la disolución de las fuerzas de la personalidad y, por tanto, la disolución de la personalidad del hombre.
Os pondré un ejemplo. Dice un filósofo, creo que es Fichte, lo siguiente: «Mi nus dice no; mi corazón dice sí; al final, mi nus cede».
En principio, ¿qué ha ocurrido?
Un choque, un conflicto elemental. Pero esto, por sí mismo, no es todavía un síntoma de enfermedad.
Sin embargo, si este conflicto permanece o, mejor dicho, si este conflicto es rechazado, empujado y depositado en el subconsciente, me creará la neurosis. Es decir, lo que hemos dicho antes: mi nus dice no, mi corazón dice sí y, al final, el nus cede y gana el corazón.
¿Qué quiere decir «cede»? ¿Ha cedido con comprensión, con entendimiento?
Muchas veces, no con conocimiento. El nus simplemente ha cedido.
Este choque o conflicto, aceptado sin concienciación, es arrojado al subconsciente, donde permanece dormido y, al mismo tiempo, trabaja. Y un día el hombre aparece con una enfermedad psíquica: la neurosis.
Veis, pues, qué terribles pueden llegar a ser estos conflictos o choques.
Pero el núcleo de la enfermedad de la psique-alma, el núcleo de la neurosis, es el plegma o simplegma, es decir, la red de complejos.
Aquí os voy a decir unos términos a los que os ruego que prestéis atención.
El simplegma es red de complejos, entramado de elementos. El simplegma lo crea la culpabilidad o la culpa arrojada al subconsciente. En cuanto se arroja allí una culpabilidad o un conflicto, inmediatamente se crea un plegma, una red, un entramado, un plexo.
Este plegma creado, esta red o entramado, constituye el núcleo de la enfermedad.
Ahora voy a hacer un pequeño resumen para que no nos perdamos.
Comienzo por el rechazo y el envío de la culpabilidad al subconsciente. Allí se crea un simplegma, una red o entramado múltiple, y aparece una enfermedad que es la neurosis. Esto es todo. Así tenemos ya al hombre enfermo.
¿Pero qué es el simplegma —red, tejido de complejos, entramado?
Es esto que en nuestra época tenemos como una especie de «chicle». Hoy fácilmente decimos al otro, incluso enfáticamente, palabras como «burro», «tonto», «idiota», etc. Ciertamente, estoy mencionando las palabras más suaves, porque hoy uno escucha auténticas barbaridades. Es terrible cómo se ha degradado el vocabulario. Si uno quiere comprobarlo, sólo tiene que ir a un colegio cuando terminan las clases y escuchar lo que dicen los muchachos y las muchachas: se quedará asombrado.
Pues, así como tenemos las palabrotas como una especie de «chicle» verbal, también tenemos esta expresión: «Eres un acomplejado».
La palabra griega πλέγμα (plégma) significa red, entramado, trama, tejido, conjunto entrelazado. Plegma es algo que se teje, una red, como una cesta de caña o una red de pescar.
Y σύμπλεγμα (símplegma) es una red compleja, complejo, conjunto, agrupación, entramado de elementos unidos entre sí.
Este simplegma es un trauma psíquico que se ha creado bajo la forma de una conmoción o sacudida emocional, pero principalmente a partir de un conflicto o choque ético.
Diferencia fundamental:
πλέγμα → pone el acento en la trama o red.
σύμπλεγμα → pone el acento en el conjunto de elementos entrelazados o asociados.
Os pondré un ejemplo de conflicto ético.
Un juez se ve obligado a tomar una decisión, obviamente conforme a la ley. No es una decisión ilegal. Pero supongamos que esa decisión consiste en una condena a muerte.
El juez, sin embargo, desde el punto de vista de su psicología o de su conciencia ética, no quiere firmar una condena de muerte.
Así, siente que ha actuado correctamente conforme a la ley, pero su conciencia le dice: «A pesar de eso, has firmado para matar a una persona».
Aquí tenemos un choque, un conflicto de naturaleza ética, aunque la ley diga que él no tiene ninguna culpa.
Os he puesto un ejemplo relativamente normal, porque existen otras formas de choques y conflictos mucho más fuertes y graves. Hay muchas cosas que pueden crear conflictos éticos. A cada paso encontramos situaciones que pueden generar conflictos o choques éticos.
Así pues, bajo un conflicto ético y bajo una conmoción emocional tenemos un trauma.
El trauma psíquico es una herida, y esta herida no es otra cosa que el plegma, la red de complejos, y el simplegma, el entramado múltiple.
Es precisamente ahí donde comienza a formarse un determinado comportamiento del individuo para el resto de su vida.
Porque, si observamos lo que es el plegma, veremos que, cuando Adán transgredió el mandamiento de Dios y escuchó su voz, cuando «por la tarde Dios visitó a los primeros en ser creados» (Gén 3,8), Adán tuvo miedo de confesar y decir: «Sí, Señor, yo lo hice». Porque Dios le dice: «Adán, ¿dónde estás?» (Gén 3,9).
Y él respondió: «Me he escondido porque escuché tu voz y tuve miedo» (Gén 3,10). Es decir, aquí comienza a justificarse.
Por lo tanto, Adán empieza a caer en un plegma, en un entramado, y presenta una excusa.
¿Sabéis cuándo no habría aparecido este plegma, esta red o entramado en su interior?
Cuando hubiera dicho: «Señor, he pecado delante de ti. Perdóname».
Entonces el plegma, la red no podría haberse creado.
Pero desde el momento en que dice: «Me escondí porque tuve miedo de ti», surge la cuestión: «¿Y por qué me has tenido miedo?», le diría Dios. «¿Acaso antes no me conocías? ¿No estabas conmigo sin tener miedo y ahora me tienes miedo?».
Y Adán dice: «Señor, estaba desnudo».
Pero Dios le podría responder: «Yo te hice desnudo. No te di ropa para que te la pusieras».
Estas justificaciones, estas excusas —«tuve miedo», «me escondí porque estoy desnudo», etc.—, son precisamente el comienzo de las justificaciones.
Aquí empieza a formarse un plegma, o simplegma, una red o entramado profundamente doloroso, insoportable, una red de sufrimiento y daño moral.
Para que lo entendáis, el apóstol Pablo, en su Segunda Epístola a Timoteo 2,26, utiliza un verbo muy característico y dice: «…ἐζωγρημένος eszogrimenos…», cautivo vivo el hombre a la voluntad del demonio.
Este término, ἐζωγρημένος, «cautivo vivo», quiere decir que estoy detenido en una trampa o en una red mientras permanezco vivo. Porque uno puede poner una trampa y esta puede matar al animal.
Aquí, sin embargo, observamos que «cautivo» quiere decir que está vivo dentro de una red.
¡Cosa terrible!
Este verbo especial de san Pablo, ζωγρέω —ζωγρημένος, cautivo vivo—, si lo trasladamos aquí al ámbito de la psicología, vemos realmente que corresponde a este plegma que envuelve y atrapa al hombre.
Y aquí está lo interesante: el plegma no está simplemente contenido, sino que contiene. Es decir, el hombre no tiene simplemente el plegma en su interior, sino que el hombre está contenido dentro del plegma. Está envuelto, mezclado y atrapado dentro de este plegma, simplegma, red de complejos o entramado. Así después tiene un comportamiento análogo.
Decimos muchas veces: «¿Por qué hablas así? ¿Estás acomplejado?». Es decir, hablas desde una situación que se ha creado en tu interior a partir de un trauma que existe dentro de la psique-alma.
Veis que así es como hablamos y como reconocemos, incluso en el lenguaje cotidiano, la existencia de estos complejos (plegmas, simplegmas) y de este entramado interior.
¿Y cuál es la causa del rechazo de la culpabilidad?
Aquí quiero que prestéis especial atención. ¿Cuál es la causa de todo esto? Es la arrogancia, el orgullo, la vanagloria, el presumir, la soberbia humana; es decir, no quiero confesar aquello que he hecho. Adán no quería confesar su error.
Las causas por las que no confieso mi error pueden ser muchas: por no ser castigado, por no caer a los ojos de los demás, por miedo a lo que dirán de mí si se descubre que he tenido una u otra caída. Todas estas cosas no son otra cosa que manifestaciones de la arrogancia y de la soberbia humana, que conducen al hombre a este estado tan malo, poniéndolo en peligro de enfermar, y alguna vez de enfermar gravemente.
Aún os debo decir que una característica de este comportamiento, de este complejo entramado, es la agresividad. Porque lo rechazado siempre se proyecta.
Adán, cuando se encuentra ante Dios, es evidente que es culpable; pero su culpabilidad fue rechazada, empujada y depositada en el subconsciente, y después la proyecta sobre la persona de Dios. Así, Adán aparece agresivo y proyecta su culpabilidad sobre Dios, diciéndole: «La mujer que tú me has dado, ella me dio de comer» (Gén 3,12). Es decir: yo no tengo la culpa; tú tienes la culpa.
Pero ¿esto no es una agresión? ¿No es una proyección de la culpabilidad sobre otra persona, en este caso sobre Dios?
Lo mismo hará también Eva posteriormente: No tengo yo la culpa, sino la serpiente, que me ha engañado.
Así, desgraciadamente, al mismo tiempo tenemos la creación del subconsciente tanto en Adán como en Eva.
Otra característica de este comportamiento acomplejado es la agresividad, ya sea con palabras o con obras. Aquí fijaos en un punto interesante: el perseguido por la culpabilidad se convierte en perseguidor. Es terrible esto.
Hace unos años hablamos del capítulo cuarto del Génesis, sobre la historia de Caín y Abel. La historia de Caín interpreta admirablemente estas cosas.
Mirad: Caín era culpable porque había asesinado a su hermano. Por lo tanto, ¿sabéis cómo proyectó hacia Dios la culpabilidad que llevaba en su interior y cómo se mostró agresivo delante de Dios?
Dios le pregunta: «¿Dónde está Abel, tu hermano?» (Gén 4,9).
Se lo pregunta para llevarlo al arrepentimiento. Y Caín responde en tono agresivo:
«¿Por qué me preguntas a mí? ¿Acaso sé dónde está mi hermano? ¿Soy yo el guardián de mi hermano? ¿Y tú ahora me pides cuentas por mi hermano?» (Gén 4,9).
¡Terrible!
Pero sabéis que Dios le dijo que su culpa lo perseguiría durante toda su vida; que no podría estar tranquilo y que andaría errante por la tierra (cf. Gén 4,12).
Por consiguiente, ¿qué hará tu culpabilidad? Te perseguirá.
Entonces, aquellos que son perseguidos por la culpabilidad se convierten también en perseguidores. Es importante esta anatomía psicológica, y la vemos en aquellos que persiguen a personas inocentes. Porque son culpables.
Dicen que alguien tiene la culpa. Pero ¿de qué? El mismo es culpable. Esto quiere decir que en su interior lleva sentimientos de culpabilidad. Y lo vemos intentando convertirse en perseguidor de otros hombres.
Esta es la psicología de los perseguidores.
Pero también existe el caso en que el carácter agresivo no sea dinámico, sino que se manifieste como agresividad pasiva. ¿Cuál es esta agresividad pasiva? Es cuando el mismo hombre se vuelve contra sí mismo para destruirse.
Este es el caso de Judas. Judas se sintió terriblemente culpable. Naturalmente, confesó su pecado a los sacerdotes y les dijo: «He entregado sangre inocente; he pecado». Pero este hombre no pudo superar su situación. Era demasiado grande el peso de su culpabilidad. Si hubiese ido a Cristo, sin duda alguna Cristo le habría perdonado. Pero cayó en la desesperación.
Entonces, no se volvió contra los sacerdotes; como, por ejemplo, alguien podría hoy poner una bomba en un lugar donde se encuentran hombres que considera que le han hecho una injusticia. No; se volvió contra sí mismo y puso la bomba en sí mismo. Es decir, fue y se suicidó. Aquí tenemos el caso pasivo que conduce a la autodestrucción.
¿Cuál es la terapia de todas estas situaciones?
Ya lo hemos dicho: la aceptación y la confesión de la culpabilidad. Debemos confesar nuestra culpabilidad; reconocer que somos hombres pecadores y que hemos cometido esta o aquella cosa concreta.
Os dije anteriormente que existe un talón de Aquiles en la psicología que la convierte en inútil. Es cierto que, si alguien escuchara esto, solamente me diría que exagero. No sé si exagero. Sólo tengo que deciros que deseo que nunca lleguéis a necesitar un psicólogo o un psiquiatra, a no ser que se trate de una situación en la que sean necesarios fármacos para superar una enfermedad, por ejemplo, después de una gran conmoción o de un acontecimiento traumático.
Si vierais, por ejemplo, matar delante de vuestros ojos a vuestros hijos, etc., son acontecimientos terribles que pueden producir una fuerte conmoción y una alteración psíquica, y en esos casos puede ser necesaria una ayuda terapéutica y, eventualmente, medicación.
Es decir, que nos proteja Dios, porque no sabemos lo que nos puede suceder en la vida.
Pero cuando las cosas transcurren normalmente y empiezan a aparecer sentimientos de culpabilidad, etc., no debemos acudir allí. Y explico por qué.
Cuando el psicólogo hace el psicoanálisis y ha descubierto dentro del oscuro subconsciente la causa de toda la situación, es decir, la causa de la neurosis, que sería una culpabilidad, esta causa la proyecta y la saca fuera. ¿Pero fuera, dónde?
A la luz de la conciencia.
Y dice al enfermo: «¿Sabes qué es lo que tiene la culpa?».
Y le responde: «La culpa es de esto».
Os contaré un caso que relata un gran psiquiatra, Jung. Una vez, un joven acudió a un médico para decirle que no se sentía nada bien interiormente y que no sabía qué era lo que le estaba sucediendo. El psiquiatra, podríamos decir, descubrió la causa y la encontró.
El paciente había estado unido a una joven que era maestra. Él la engañaba y gastaba el dinero de ella y, al final, la abandonó. Ella estaba dispuesta a casarse con él, pero él no tenía esa intención. Gastó mucho dinero de ella y finalmente la dejó. Porque muchos que cometen estos pecados, en estas situaciones, piensan: «A esta tonta ya se le ha acabado el dinero; voy a buscar otra víctima».
Sí, pero la culpabilidad se une a la conciencia ética. Y la conciencia ética tiene delante de sí a Dios.
La psicología no habla de Dios, sino del superyó. Aquí está, según se plantea en esta perspectiva, el error de la ciencia. La conciencia tiene a Dios delante de sí, porque la conciencia ética ha sido creada por Dios.
Y el psiquiatra le dice: «Ahora sabes qué es lo que te está perturbando en toda esta situación, y tienes que reparar el daño que has hecho. Debes tomar el dinero que has gastado y devolvérselo a la joven a quien se lo has quitado».
Aquel se enfadó, no aceptó nada y se marchó. Es decir, continuó llevando consigo su culpabilidad, depositada en el subconsciente, porque no la aceptó; y el resultado fue que permaneció sin sanarse.
¿Qué ha sucedido aquí?
Digamos que aquello por lo cual era culpable podía repararse. Pero hay cosas que no pueden repararse. Por ejemplo: matas a una persona. ¿Esto se puede reparar? No.
¿Cómo, entonces, puedes decir que has reparado el daño?
Puedes ir y decir: «Voy a indemnizarte, pagando mucho o poco por esta muerte». Pero, aunque hagas eso, siempre quedará el hecho: «He matado a una persona».
Por lo tanto, aquí la psicología no puede disolver la culpabilidad. Puede sacarla a la superficie, hacerla consciente, pero no puede disolverla.
¿Por qué?
Porque el psiquiatra no puede asumir nunca el papel de Dios.
Aquí decimos que la psiquiatría se atasca y se encuentra con una imposibilidad. Este es su punto débil.
¿Por qué?
Porque el hombre es una existencia teológica, tiene moléculas divinas; tiene una dimensión espiritual y metafísica y necesita una autoridad última. Y esta autoridad sólo es Dios.
Si sé que Dios me perdona, entonces la cosa se arregla.
Esto se realiza solamente en el Misterio de la Metania y Confesión, porque Jesús Cristo ha entregado a los hombres el Misterio de la Metania y Confesión, cuando uno cree que Jesús Cristo es Dios.
Cuando vaya a confesarme, tendré la disolución de la culpabilidad, porque, de otra manera, tendría la disolución de la personalidad.
Antes, pues, de que se produzca la disolución de la personalidad, voy corriendo al Pnevmaticós —al guía confesor espiritual—, confieso mi culpa, y se disuelve la culpabilidad, no la personalidad.
Todo es posible por la autoridad de Dios; el único que puede perdonar es Dios.
Por eso, amados míos, me gustaría deciros que el Misterio de la Metania y Confesión es singularmente valioso. No se puede sustituir por nada.
Puede que vaya a un Pnevmaticós que sea un viejecito analfabeto; puede que durante la confesión no me diga ni una sola palabra. Pero, por el hecho de poseer la santidad del sacerdocio, tiene el derecho que le ha dado Jesús Cristo de desatar, disolver y perdonar los pecados.
Sólo por el hecho de ir a depositar mi pecado, mi culpa, sobre su epitrajilio —la estola especial de la confesión—, en la santidad de su sacerdocio, a los pies de Jesús Cristo mediante el Pnevmaticós, me basta.
No es necesario que me dé un consejo. El consejo puede recibirse fuera del Misterio de la Confesión. Pero, principalmente en lo que se refiere a la culpabilidad, ésta me será disuelta.
Por todo lo que hemos dicho, creo que entendéis cuán singularmente valiosa es la Confesión.
Y regresando a Adán: si nuestro ancestro Adán hubiese reconocido su culpabilidad, tal como os he dicho, no habría adquirido el subconsciente y, de este modo, la humanidad no habría entrado en la tragedia que la rodea y la caracteriza.
Si se hubiese arrepentido, no habría perdido el Paraíso. Pierde el Paraíso porque, con una conciencia tergiversada y pervertida, ya no puede entrar en él.
Pero aquello que no consiguió Adán, puesto que perdió el Paraíso, lo consiguió el ladrón en la Cruz. Sobre todo, lo sorprendente y característico de la sabiduría de Dios es que el primero que entra en el Paraíso es un ladrón. Este, por un momento, entró en razón, recuperó la lucidez y se volvió hacia el otro ladrón, que estaba blasfemando contra el Señor, y le dijo: «Merecidamente recibimos lo que hemos hecho; somos culpables».
¿Qué hace el ladrón?
Reconoce su culpabilidad: «Soy culpable», dice; y, al mismo tiempo, reconoce la absolución de Jesús Cristo y se vuelve hacia Cristo diciendo: «Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu Realeza».
Es maravilloso.
La icona, la imagen de Cristo, y la de Adán son dos iconas contrapuestas.
Adán rechaza su culpabilidad, la envía al subconsciente y pierde el Paraíso. En cambio, el ladrón mantiene su culpabilidad en la conciencia, la confiesa y entra en el Paraíso. Es decir, acepta la maldición cruciforme de su culpabilidad y así gana el Paraíso.
Conclusión
La humildad y la humillación del egoísmo abren el camino para que el hombre vea su culpabilidad, la reconozca, la confiese, restablezca su relación con Dios, se sane y se salve.
Los santos luchaban durante toda su vida para limpiar no sólo sus conciencias, sino también sus subconscientes; o, para ser más exactos, para hacer desaparecer sus subconscientes mediante la confesión de cada culpabilidad o infracción y mediante el intento y el esfuerzo de no arrojar al subconsciente nada de aquello que podían reconocer, confesar y corregir.
Podemos hacer ahora un esquema más claro de todas estas cosas, desde el punto de vista práctico.
Primero: ante todo y pase lo que pase, debemos mantener la salud psíquica. Si se enferma, existe peligro; y si la enfermedad persiste, el peligro es grande.
La salud psíquica se asegura, negativamente, evitando el pecado; y, si cometemos algún pecado, haciéndolo consciente inmediatamente, acudimos al Misterio de la Confesión para recibir la absolución. Es decir, debemos disolver y destruir la culpa mediante la Metania y la Confesión.
Segundo: debemos desarrollar positivamente nuestra vida espiritual. Es nuestro deber desarrollar una vida espiritual, y ésta se desarrolla sobre cuatro pilares: fe, esperanza, agapi (amor incondicional, desinteresad) y oración.
El hombre sin fe se siente como un «meteoro»: un enorme vacío, solo, extranjero y pequeño en este mundo. Se siente indefenso dentro del universo y experimenta una terrible soledad.
Mirad, por ejemplo, el tema de la fe. Si creo que Dios es Padre y que el Padre se preocupa por mí, ¿qué tengo que temer?
Pero cuando sufro y me angustio pensando: «¿Cómo ganaré mi pan? ¿Qué comeré? ¿Cómo conseguiré y acumularé esto o aquello?», entonces significa que existe una falta de fe, una incredulidad, y de este modo puedo enfermar psíquicamente.
No se trata, pues, solamente de una cuestión de culpabilidad por algo concreto. O, si queréis, en el fondo también es una cuestión de culpabilidad, porque no creo en la agapi y en la providencia de Dios Padre.
Tercero: el hombre que vive sin agapi no establece comunión con Dios ni con sus semejantes y, de este modo, se aísla asfixiantemente. Se enferma porque no tiene kinonía —comunión, conexión y participación—, ni una relación de agapi-amor.
El hombre que no tiene esperanza está privado de móviles creativos; no puede hacer nada. Su visión metafísica o espiritual, cuando carece de esperanza, llena al hombre de miedo, angustia y ansiedad.
¿Qué es la muerte? ¿Existe otra vida? ¿Qué sucederá después? «No creo en nada. ¿Me convertiré simplemente en tierra?».
Cuando no existe esta esperanza en la resurrección de los muertos, tenemos entonces un hombre desgraciado que puede perder su salud psíquica y enfermar.
La paz para este hombre es fruto de esta esperanza metafísica y espiritual.
Cuarto: el hombre sin oración se priva de la energetización, activación de todo lo que hemos dicho. Es decir, puede ser un hombre creyente, un hombre de agapi y de esperanza, pero la oración es la que energiza y activa todas estas cosas.
Como percibís y veis, si el hombre no vive esta vida espiritual, es decir, la vida del Espíritu Santo, que es la piedra angular de nuestra salud psíquica y somático-corporal, entonces verdaderamente este hombre no consigue nada.
Por eso tenemos que cuidar mucho nuestra salud psíquica. Tenemos que tener mucho cuidado de no pecar; y, si pecamos, tenemos que hacer Metania y Confesión para que seamos perdonados por Dios, no por el psicólogo.
Tenemos que ocuparnos seriamente de la vida espiritual: de la vida de la fe, de la esperanza, de la agapi y de la oración.
Entonces podemos hablar de una verdadera salud psíquica.
Y os deseo, de todo mi corazón, que nunca, pero nunca, la perdáis. Amín.
Copyright: Monasterio Komnineon de la «Dormición de la Zeotocos» y «San Demetrio», 40007 Stomion, Larisa.
Fax y Tel.: 0030 24950 91220.
Traducido y transcrito de las homilías, del griego hablado al español escrito, por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com
Jerarquización de los conceptos (por el traductor)
Hemos considerado conveniente ordenar, jerarquizar y precisar el significado de los principales conceptos y términos desarrollados en esta exposición: culpabilidad, conflicto, trauma, plegma, simplegma, subconsciente y neurosis.
Una relación más precisa, siguiendo la lógica interna del texto, sería esta:
- Conciencia ética → culpabilidad
La conciencia ética es la capacidad de reconocer la relación moral con Dios y discernir si una acción es correcta o incorrecta.
Cuando el hombre transgrede lo que reconoce como bueno, aparece la culpabilidad.
Conciencia ética → reconocimiento de la transgresión → culpabilidad
La culpabilidad, por tanto, no es todavía el subconsciente ni una enfermedad.
- Culpabilidad → rechazo/negación
El problema aparece cuando el hombre no acepta la culpabilidad.
En lugar de reconocer:
«He pecado; soy responsable; necesito arrepentirme»,
la niega o desplaza:
«No es culpa mía; la culpa es del otro».
En la lógica de la homilía, este rechazo constituye el mecanismo fundamental que conduce al subconsciente.
Culpabilidad → rechazo de la culpabilidad
- Rechazo → subconsciente
Aquí haría una precisión importante respecto al texto: no sería exactamente la culpabilidad la que “es” el subconsciente, sino una culpabilidad rechazada y apartada de la conciencia la que pasa a formar parte de ese ámbito denominado subconsciente.
Por eso, sería más exacto decir:
Culpabilidad rechazada → relegación al subconsciente
El subconsciente, en esta concepción, es el ámbito en el que queda aquello que la conciencia no quiere reconocer o aceptar.
- Culpabilidad rechazada + conflicto → trauma
Después aparece el conflicto.
El conflicto puede producirse entre:
- comprensión (nus/noesis) y emoción;
- comprensión y voluntad;
- emoción y voluntad;
- conciencia moral y una determinada acción;
- o entre la psique y el cuerpo.
Pero no todo conflicto es patológico.
El conflicto se convierte en problema cuando es rechazado, no elaborado y relegado al subconsciente.
Por eso convendría formular:
Conflicto no elaborado/rechazado → trauma psíquico
El trauma sería, en este esquema, la herida psíquica producida por una experiencia conflictiva o conmocionante que no ha sido integrada.
- Trauma + culpabilidad rechazada → plegma
Aquí aparece uno de los conceptos más difíciles.
El plegma no debería presentarse simplemente como sinónimo de «culpabilidad» o de «trauma».
Según el desarrollo de la homilía, el plegma es la red o entramado que se forma a partir de esos contenidos rechazados y conflictivos.
Podría expresarse así:
Culpabilidad/conflicto rechazado → trauma → formación del plegma
El plegma sería, por tanto, la estructura o entramado psicológico que resulta de la acumulación y conexión de estos conflictos, heridas y contenidos rechazados.
- Plegma → simplegma
Aquí conviene distinguir los dos términos con más cuidado.
πλέγμα (plégma) = red, entramado, tejido.
σύμπλεγμα (símplegma) = entramado complejo, conjunto o red de elementos entrelazados.
Por tanto, en el texto se podría establecer:
Plegma = red o entramado
Simplegma = red compleja / entramado de complejos
Así, el simplegma sería una configuración compleja de varios elementos entrelazados, no simplemente otro nombre de la culpabilidad.
- Simplegma → comportamiento condicionado
Este punto es importante y merece conservarse porque explica por qué la red tiene consecuencias posteriores.
Una vez constituido el entramado, este condiciona la manera de percibir, sentir, interpretar y actuar.
Por eso la homilía dice que comienza a determinar el comportamiento del individuo.
Simplegma → condicionamiento del comportamiento
- Simplegma persistente → neurosis
Finalmente aparece la neurosis.
Dentro de la concepción expuesta en la homilía, la neurosis no es el trauma mismo ni el plegma mismo. Es el resultado patológico de una personalidad afectada por estos conflictos y entramados no resueltos.
La cadena completa quedaría:
Transgresión → culpabilidad → rechazo/negación → relegación al subconsciente → conflicto no elaborado → trauma → plegma → simplegma (red de complejos) → alteración de la personalidad → neurosis.
- Y la personalidad, ¿dónde entra?
La personalidad, según el texto, está constituida por tres fuerzas o dimensiones:
Noesis/comprensión + emoción + voluntad
Estas pueden entrar en conflicto:
Comprensión ↔ emoción ↔ voluntad
Mientras el conflicto se mantiene en el ámbito consciente, no necesariamente existe enfermedad.
El problema aparece cuando el conflicto es rechazado y relegado al subconsciente:
Conflicto entre las facultades de la psique → rechazo → subconsciente → entramamiento/plegma → desarticulación de la personalidad → neurosis.
Esto permite explicar mejor la frase:
«Mi nus dice no, mi corazón dice sí; al final, mi nus cede».
El hecho de que el nus ceda no constituye por sí mismo una neurosis. El problema, según el argumento de la homilía, surge cuando el conflicto queda sin resolver, es rechazado y pasa al subconsciente, donde continúa actuando.
Esquema conceptual depurado
| Concepto | Función dentro del texto |
| Conciencia gnóstica | Autoconciencia: «yo soy yo» |
| Conciencia ética | Reconocimiento de la relación moral con Dios |
| Culpabilidad | Reconocimiento de haber transgredido |
| Negación/rechazo | No aceptar la propia responsabilidad |
| Subconsciente | Ámbito al que se relega lo rechazado por la conciencia |
| Conflicto | Oposición entre fuerzas o dimensiones de la psique |
| Trauma psíquico | Herida producida por una experiencia conflictiva/conmocionante |
| Plegma | Red o entramado que se forma alrededor de esos contenidos |
| Simplegma | Red compleja o entramado de complejos |
| Comportamiento | Puede quedar condicionado por ese entramado |
| Neurosis | Desarticulación/disolución patológica de la personalidad, según la terminología de la homilía |
Amín.







