
LA VIDA EFJARISTÍACA
(Vida en gratitud con la jaris-gracia, la energía increada)
+Yérontas Georgios Kapsanis del Santo Monasterio San Gregorio de Athos.
Repasada traducción 22/03/2026
PRÓLOGO: Agradecemos al Kirios-Señor
La vida efjarística en el Paraíso
La caída del hombre de la vida efjaristíaca.
La providencia de Dios para el regreso del hombre a la vida efjarística.
La vida efjarística es posible en la Iglesia
Frutos de la vida efjarística
La cultura no efjarística sin salida.
La tradición de nuestro pueblo, forma de vida probada.
Cómo tenemos que luchar
Εὐχαριστία (ef-jaristía, ef-jaris), “Divina Eucaristía”, “buena Jaris”, “gratitud”, “agradecimiento”.
Χάρις τοῦ
Θεοῦ (jaris tú zeú), “Gracia de Dios”, energía increada. El verbo es Χαίρω
(jero), “alegrarse”, “encantarse”, “agraciarse”. De aquí provienen los términos
siguientes, entre otros:
Χάρις (jaris), gracia,
energía increada y favor.
Χαρά (jará), “alegría”.
Χάρισμα (járis-ma),
“carisma”.
Χαῖρε (jere), “alégrate” u
“hola”.
Χαρισματικός (jaris-matikós),
“carismático”.
Χαριτωμένος (jaritomenos), “agraciado”,
“agradable”, “estar en jaris, energía increada”.
PRÓLOGO
«Εὐχαριστήσωμεν τῷ Κυρίῳ» (efjaristísomen to Kirío) Agradecemos al
Kirios-Señor
En la divina Εὐχαριστία (Efjaristía), Eucaristía, agradecemos al Señor por todos Sus regalos, “los que conocemos y los que no, las beneficencias presentes, las visibles y las invisibles”, que nos regala y obra para nuestro favor y beneficio.
Dentro de Sus beneficencias está la obra redentora de Cristo, pero también la Divina Liturgia, en la cual nos hace dignos de celebrar.
De la efjaristía (gratitud) que damos al Señor en cada Divina Liturgia recibimos la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y la iluminación, de manera que toda nuestra vida se convierta en efjaristía (gratitud, agradecimiento y felicida). Todos los días y todas las horas de nuestra vida, vivir efjarísticamente, es decir, agradecidamente.
El ἧθος (izos: el carácter, conducta moral, la cualidad interior del ser humano, sus hábitos y su actitud ante la vida) de los cristianos es siempre efjaristíaco (de gratitud o agradecimiento).
Cuando uno de los diez leprosos, sanado por el Señor, volvió a agradecerle, Cristo le dijo: “¿No se han sanado los diez? Los nueve, ¿dónde están?” (Lc 17,17).
Los nueve leprosos sanados fueron ingratos con su Benefactor. Nosotros nos hacemos imitadores de ellos cuando nuestra vida entera no es efjaristíaca (de gratitud).
En este pequeño libro se hace un intento de presentar la importancia de la vida efjaristíaca y la manera en que podemos vivirla.
Pedimos al caritativo Señor, del cual emana “todo regalo bondadoso y perfecto”, que nos haga dignos de agradecerle en toda nuestra vida, hasta nuestra última respiración, divina y gustosamente.
Santo
Monasterio San Gregorio, Santa Montaña.
+Archimandrita Georgios, 12 de abril de 2004
La vida efjarística en el Paraíso
Todos conocemos que el bondadoso Dios creó al hombre por amor y libre, para coparticipar en Su Vida. Le dotó de carismas únicos: la lógica, la libre voluntad o independencia, y la fuerza y energía agapítica-amorosa. Todos estos constituyen al hombre “como icona-imagen de Dios”.
Estos carismas los ha dado al hombre para que pueda vivir en comunión con Dios, amarle, conversar con Él y ofrecerse a Dios.
De acuerdo con el primer capítulo del Génesis, el hombre vivía en el Paraíso felizmente, dentro de la agapi-amor del Padre Celeste. Cada día recibía Su visita; junto con Él conversaba y se alegraba estando cerca del Señor.
En el Paraíso, el bondadoso Dios puso al hombre como rey, para utilizar todos los bienes que le había dado y, gobernándolos correctamente, ofrecerlos con efjaristía-gratitud a Dios. Junto con todo esto, le dio también el poder de ser, a la vez, sacerdote.
Así, el primer hombre era rey y sacerdote. Podía recibir y aceptar a los demás seres humanos, las cosas y a sí mismo como regalos de Dios, y, agradeciendo a Dios, contraofrecerlos otra vez a su Dios y Padre como sacrificio. Así, el hombre vivía teocéntricamente: tenía como centro de su vida a Dios; todo lo aceptaba como regalo de Dios y todo lo devolvía a Dios como regalo Suyo.
Es decir, en el Paraíso se realizaba un intercambio de regalos. Esta vida efjarística era la vida de los primeros en ser creados, mientras permanecían dentro de la increada αγάπη (agapi: amor incondicional, energía increada de la emoción del amor) de Dios.
Sus vidas enteras eran una continua efjaristía-gratitud, una manifestación de reconocimiento y agradecimiento hacia el Padre Celeste. Era una vida agapítica-amorosa.
Todo lo que hacía el hombre era una expresión de agapi-amor hacia Dios y hacia su prójimo. Y así, recibiendo y aceptando todo como regalo de Dios y devolviéndolo nuevamente a Dios, celebraba, de algún modo, una Divina Liturgia: la Liturgia del Paraíso.
Y co-celebraba, co-oficiaba en esta Liturgia junto con los Ángeles, los cuales, antes que el hombre, fueron creados como seres lógicos de Dios y tenían como misión venerar, agradecer y ofrecerse continuamente a Dios, su Creador.
La caída del hombre de la vida efjaristíaca
Pero, desgraciadamente, todos conocemos que el hombre fue arrastrado por el diablo. Quiso revocar el plan de Dios, poner como centro del mundo a sí mismo (su yo como centro y base), en vez de Dios, y así vivir antropo-humano-céntricamente y no teocéntricamente; no efjarísticamente-agradecidamente, sino autónoma y egoístamente.
Usar los regalos de Dios, los demás seres humanos y a sí mismo de una manera egoísta, sin referirlos a Dios, sin agradecer a Dios.
Esta disposición del primer hombre, que es también su pecado, contribuyó a que el hombre cesara de vivir en κοινωνία (kinonía: conexión, participación, comunión) con Dios y se separara de Él. Ahora ya no tiene aquella bendición que tenía, es decir, recibir la visita de su Padre Celeste, pasear, conversar y alegrarse junto con Dios.
Después del pecado, otra vez Dios Padre viene a él, pero el hombre no puede vivir junto a Dios. Tiene miedo, se esconde, porque el egoísmo ya no le permite sentir a Dios como su Padre, tal y como le sentía hasta aquella hora.
Algo parecido ocurre también hoy, cuando algunas veces los hijos son arrastrados por el egoísmo y quieren rebelarse contra su buen padre: ya no tienen aquella libertad de acercarse como antes de rebelarse; aunque el padre los ama y se acerca a ellos, ellos se apartan, porque no pueden aceptar y sentir la agapi-amor de su padre ni contraofrecer su agapi-amor como contra-regalo a la agapi del padre.
Cuando el hombre deja de sentir a Dios como su Padre, es natural que deje de sentir también a los demás como sus hermanos. Ya no los ve como regalos de Dios. Entre sí mismo y el otro ser humano entran la desconfianza, el recelo y el miedo. El otro hombre se convierte en objeto de explotación y de voluptuosidad o hedonismo, en enemigo y adversario.
En nuestras vidas entran los pazos, y así nuestra vida pierde la facultad de estar en relación de comunión, de agapi-amor entre nosotros, y se convierte en una relación infernal.
Os recuerdo aquí a un filósofo contemporáneo, Sartre, quien dice que “el otro hombre es la amenaza de nuestra libertad, es nuestro infierno”. Allí conduce el egoísmo. Cuando no podemos vivir y aceptar al otro ser humano como icona-imagen de Dios, como nuestro hermano, lo vemos como amenaza de nuestra libertad, como algo que nos amenaza, y como no podemos tener comunión de agapi y amistad con él, finalmente nuestras relaciones con el otro hombre se convierten en un infierno.
El hombre, pues, pierde la capacidad de sentir a Dios como Padre suyo y al otro, su prójimo, como hermano suyo. También pierde la capacidad de sentir las cosas materiales como regalos de Dios y utilizarlas correctamente.
Así comienza el abuso y el exceso de la naturaleza-fisis por el hombre, y no su uso efjarístico, en gratitud, como en el principio. Ya no vive efjarísticamente, sino en el abuso. Y, simultáneamente, la naturaleza se niega a obedecer al hombre que dejó de obedecer a Dios y se rebela contra él.
Los elementos de la naturaleza se sublevan contra el hombre; los animales se hacen salvajes y quieren devorarlo; se pierde el equilibrio y la armonía que existían entre el hombre y la naturaleza antes de que él pecase.
Pero también el hombre pierde su paz interior. No sólo se separa de Dios, de su semejante y de la naturaleza, sino que se divide y se desune interiormente. Adquiere y padece un tipo de esquizofrenia (el nus por un lado y la mente por otro, palabra helénica que se compone del verbo σχίζω (sjiszho), “rompo”, “destrozo”, y φρήν, que son el nus-corazón y la diania, es decir, cerebro, mente, intelecto).
Hace lo que no quiere, o más aún, lo que odia. Como dice el Apóstol Pablo, sentimos dos leyes en nuestro interior: la ley del Espíritu, que nos llama hacia la vida espiritual, y la ley del cuerpo-carne, que nos arrastra hacia lo bajo. Y estas dos leyes chocan entre sí en nuestro interior y no sabemos por dónde ir.
Esta desunión o división interior nos acontece cuando nos hemos rebelado y sublevado contra nuestro Dios Padre.
Cuando el hombre cesó de vivir efjarísticamente (en gratitud), teocéntricamente, y comenzó a vivir antropo-humanocéntricamente, egocéntricamente, perdió su eje, el centro del mundo, a Dios.
Si dejas de vivir con Dios y de conectar todo con Él, es natural que el mundo ya no tenga centro ni eje; y así toda la vida se desorganiza. El hombre, en sus distintos actos, opera sin unidad, de modo disolutivo, puesto que sus praxis (actos) no las conecta con Dios.
El mundo se hace pedazos. Todo queda desunido entre sí. Y así, en este mundo hecho pedazos, también el hombre se fragmenta y pierde su paz interior y su unidad.
Lo mismo ocurre con las liturgias (funcionamientos, funciones, actos) parciales de la vida. Todas las liturgias-funciones de la vida, que antes estaban conectadas con Dios, ahora están desconectadas y disueltas entre sí y de Dios; y como no tienen centro ni unidad, pierden la facultad de formar todas juntas una Liturgia (Culto, Funcionamiento), es decir, toda la existencia del hombre como ofrenda a Dios.
Así, el hombre deja de funcionar-liturgizar como rey de la creación, como liturgo (celebrante) y sacerdote. Deja de participar en la Divina Liturgia que se realizaba en el Paraíso, donde toda su vida era ofrecimiento y Liturgia a Dios.
Se aparta, se separa y sale de esta Iglesia-Comunión de Agapi-Amor en la que vivía en el Paraíso con el Dios Tríadico y los Ángeles. Se separa de Dios, de los Ángeles y de su semejante. Se aísla en sí mismo, se desliturgiza y deja de funcionar correctamente.
Viviendo dentro de su egoísmo y su soledad, separado de Dios Padre, de los Ángeles y de sus semejantes, expuesto y vulnerable, se entrega y se subyuga al diablo, al pecado, a los pazos y a la muerte (espiritual).
Se enferma gravemente, y casi se hace como un cadáver andante. Y junto con él somete al desgaste y a la corrupción también a la naturaleza, porque el hombre en su interior contiene también la naturaleza del mundo creado.
Así comienza la gran aventura y peripecia del género humano: la peripecia del alejamiento del hombre del bondadoso Dios.
La providencia de Dios para el regreso del hombre a la vida efjarística o de gratitud
El hombre abandona a Dios, pero Dios Padre no abandona a Su criatura, tal y como todo buen padre y toda buena madre que ama a su hijo no lo abandona, a pesar de que el hijo los haya abandonado.
Así, pues, el bondadoso Dios, incomparablemente superior a todos los padres que existen, no abandona a Su hijo. Sufre por el ser humano que se aleja de Su cercanía y envía a Su Hijo Unigénito, nuestro Cristo, para sacar al hombre de esta vida egocéntrica, no efjarística, y devolverlo a la vida efjarística (de gratitud).
Sacarlo de la escisión, del individualismo, y volver a traerlo otra vez a la unión con Dios, a la agapi-amor y a la hermandad. Volver a hacerlo sacerdote, liturgo (celebrante, funcionario) y rey; vivificarlo, resucitarlo y hacerlo partícipe de la vida divina; restablecer la Iglesia y la comunión que se perdió después de la caída del hombre. Librarlo del diablo, de la muerte (espiritual), de los pazos y del pecado.
Los Santos Padres nos enseñan que la primera Iglesia es aquella que existía en el Paraíso, que con el pecado del hombre se disgregó. Esta Iglesia nuestro Señor Jesús Cristo restableció con Su venida, con Su obra sanadora y salvadora.
A esto tiende la obra de Cristo, que la Santa Escritura define como Economía, es decir, arreglo, ordenación (del verbo “οἰκον νέμω” (ikon nemo), arreglo mi casa). Dios restaura y renueva Su casa.
El hombre, con su pecado, esta bella casa de Dios la estropeó, la destruyó, la desorganizó y la entregó al diablo. El diablo entró en la casa de Dios. Mientras que antes no tenía poder, después se hace dueño, porque el hombre le concedió este poder.
Llega, pues, el Kirios-Señor, nuestro Cristo, entra en esta casa de Dios estropeada para volver a hacerla, restaurarla, renovarla y quitar al diablo de en medio; para que el hombre vuelva a ser dueño de la casa que le había dado Dios, volver a hacerlo rey y sacerdote de esta casa, y que liturgice-funcione y ofrezca todo con su doxología (alabanza) y efjaristía (agradecimiento) a Dios.
Esta reorganización y recomposición de la casa de Dios se llama Economía de Dios Logos; y en el Nuevo Testamento se llama también recapitulación, es decir, arreglo otra vez de la casa de Dios, reorganización y reunificación de todo con Dios.
¿Pero cómo el Señor podrá sacar de la casa a aquel que provisionalmente la gobierna, sobre todo al diablo que no tiene mandato de Dios para gobernarla? Debe rescatar al hombre de la esclavitud del diablo. Debe hacer al hombre capaz de volver a ofrecerse a Dios; y esto se realiza con el sacrificio de nuestro Señor.
El Señor debía sacrificarse para poder quitar el poder al diablo y devolverlo al hombre. La humanización-encarnación de nuestro Señor es sacrificio; y esto la Santa Escritura lo llama kénosis (vaciación, despojamiento).
Desde el momento en que la segunda persona-hipóstasis de la Santa Trinidad, nuestro Señor, dejó la doxa-gloria increada de la Deidad y se revistió de la pobreza de la fisis-naturaleza humana, esto es una kénosis: un vaciamiento, un despojo, una humildad y un empobrecimiento de Dios. Cristo se hace pobre para re-enriquecer al hombre. Esto es sacrificio de parte de Cristo Dios. Este sacrificio culmina en la cruz.
Allí arriba, en la cruz, el Señor da la batalla final contra el diablo. Vence al diablo, vence la muerte: “Nos rescataste de la maldición de la ley con tu honrada sangre; en la cruz extendido y con la lanza herido, has hecho brotar la inmortalidad para los hombres”.
Vence la muerte con Su muerte: “la muerte por la muerte pisoteó”. Debía morir Él mismo para vencer la muerte. No se podía vencer la muerte de otra manera.
Así da vida al hombre muerto (espiritualmente) y lo vuelve a unir otra vez con Dios Padre; le da la capacidad de poder ofrecerse a Dios y le transmite la vida divina. Nuestro Cristo es el Gran y Primer Sacerdote, aquel que está entre Dios y el hombre, entre Creador y creación, y ofrece todo el mundo como sacrificio a Dios con Su propio sacrificio.
Ahora el hombre puede otra vez agradecer a Dios. Hasta ahora no podía. Tal como estaba separado de Dios, no podía decir un “gracias” digno y merecido a Dios. Jesucristo pudo, con Su sacrificio, decir este “gracias” a Dios en nombre del hombre que no podía decirlo.
Ahora, mediante Cristo, cada hombre puede decir otra vez “gracias” a Dios por todos Sus regalos. Y diciendo “gracias” a Dios puede unirse con Él, dejar la vida egoísta y egocéntrica y comenzar a vivir la vida efjarística (de gratitud).
Ahora, por Jesús Cristo, el hombre puede otra vez ver a Dios como su Padre y llamarle de nuevo Padre: “Padre nuestro, el de los Cielos”, cosa que antes no podía.
Puede volver a decir no “Padre mío”, sino “Padre nuestro”, porque ahora siente que los demás seres humanos son sus hermanos. Puede volver a sentir, mediante Jesús Cristo, a las demás personas como hermanos suyos.
Puede también sentir que todas las cosas materiales son regalos de Dios y, por todo, dar gracias a Dios. Todo esto se realiza mediante Jesús Cristo, dentro de Su Cuerpo, la Iglesia.
La vida efjarística es posible en la Iglesia
Los cristianos que quieren coparticipar en la obra efjarística de Cristo se convierten y se hacen miembros de Su obra efjarística. Se unen con Cristo en Su Cuerpo, en la Iglesia Ortodoxa.
Sin Cristo, fuera de la Iglesia, vivimos la vida del primer Adán, la vida egoísta. Si no nos unimos con Cristo, no podemos decir “gracias” a Dios ni volver a vivir efjarísticamente.
Dentro de Su Cuerpo, en la Iglesia, vivimos en Cristo y por Cristo la vida del segundo Adán, de nuestro Cristo, la vida efjarística. Nuestro Cristo es el segundo Adán que corrigió el error del primer Adán.
En la Iglesia vemos a Cristo sacrificarse y aprendemos también nosotros a sacrificarnos por nuestros hermanos. En la Divina Liturgia participamos del sacrificio de Cristo.
Cristo se ofrece a Sí mismo a Dios Padre y también a nosotros: “Tomad, comed, éste es Mi Cuerpo… ésta es Mi Sangre; bebed de ella todos”.
En la Divina Liturgia se revela que la conducta y el carácter de Cristo no son autoritarios ni individualistas, buscando asegurar su propio interés, sino conducta y carácter de ofrecimiento, agapi-amor y sacrificio.
Así aprendemos nosotros también a amar, ofrecernos, sacrificarnos y humillarnos.
Por eso el misterio (sacramento) central de nuestra fe y de nuestra Iglesia Ortodoxa es la Divina Efjaristía. Porque en la Divina Liturgia Cristo se ofrece efjarísticamente a Dios Padre, y nosotros, por Cristo, podemos agradecer a Dios Padre por todos Sus regalos, y primero de todos, Su grandioso regalo, Jesús Cristo.
Por eso, cuando va a comenzar la divina anáfora (demanda, ofrenda), la parte principal de la Divina Liturgia, el liturgo o celebrante se dirige al laós-pueblo y dice: “Agradezcamos al Kirios-Señor”; el pueblo responde: “Digno y justo”. Es digno y justo agradecer al Señor. Entonces puede continuar la Divina Liturgia.
Si el pueblo no dice “Digno y justo”, el sacerdote no puede continuar la ofrenda de la Divina Liturgia. Es necesario que el pueblo quiera agradecer a Dios, para que el sacerdote, junto con el pueblo, pueda ser copartícipe en el sacrificio efjarístico de Cristo.
Así, pues, dentro de la Divina Liturgia podemos nosotros también, junto con Cristo, ofrecerlo todo a Dios. Cuando el sacerdote ofrece y eleva el Pan y el Vino diciendo: : “de todo lo Tuyo te ofrecemos para siempre”, “de lo Tuyo, te ofrecemos en todo y por todo”, en aquel momento toda la Iglesia, todos nosotros que somos miembros de la Iglesia, por las manos del liturgo-celebrante, que está en el lugar y tipo de Cristo, ofrecemos a Dios la efjaristía-agradecimiento por todos Sus regalos.
De esta manera hacemos lo contrario de lo que hizo Adán cuando pecó y cesó de agradecer a Dios. Adán, cuando pecó, dejó de agradecer a Dios. Nosotros confesamos que no queremos hacer lo que hizo Adán, vivir egoístamente e ingratos hacia Dios. Nosotros queremos agradecer a Dios y vamos al altar, ante el trono de Dios, y decimos: “Señor, te agradecemos por todos Tus regalos”.
Junto con toda la Iglesia estamos en presencia del sacrificio terrenal y celestial de Dios, del trono de Dios, y decimos: “por todos Tus regalos, los conocidos y los desconocidos”.
Muchos de los regalos de Dios los conocemos y los relata la oración efjarística: “Tú que nos has traído de la nada, y al caer, de nuevo nos levantaste, y no nos has abandonado hasta el fin, sino que nos has conducido al cielo y y nos has regalado la realeza increada para ahora, para el futuro y para siempre”.
Además, a cada uno de nosotros nos has dado beneficencias particulares que quizá no hemos llegado a conocer. Por eso, en la Divina Liturgia Le agradecemos por todo, por lo que sabemos y por lo que desconocemos.
Sobre todo, al agradecer a Dios queremos contraofrecerLe un regalo, que es nuestra vida: “Señor, Tú nos has dado esta vida, ‘lo Tuyo de los Tuyos’; de los regalos que Tú nos diste, nosotros te ofrecemos, porque no tenemos nada que sea nuestro. Todo es de Dios”.
Tomamos de las cosas que nos da Dios y se las ofrecemos, contraofreciendo también nosotros. Pero no queremos simplemente dar algo de lo que nos dio; queremos darle toda nuestra vida, no una parte de ella. No basta dar sólo un trozo de nuestra vida. En el interior del pan y del vino está toda nuestra vida. El pan y el vino simbolizan y contienen toda la vida del hombre.
Para que se haga el pan hay trabajo y cansancio: primero debemos cultivar el campo, sembrarlo, moler el grano, amasarlo y cocerlo. Lo mismo también para el vino: la uva, para hacerse vino, implica esfuerzo y fatiga.
Entran, pues, en el pan y en el vino toda nuestra vida, nuestro trabajo y nuestro cansancio.
Por supuesto, no tiene importancia que no seamos todos campesinos para hacer el pan y el vino. La importancia está en que el cansancio que realiza el campesino para hacer el pan y el vino es un cansancio que nos representa a todos, porque nosotros realizamos otras tareas necesarias para él.
Así, sobre el pan y el vino está toda nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras familias y nuestros prójimos.
Dice el Apóstol Pablo: “Puesto que sólo hay un pan, por el que comulgamos, todos formamos un solo cuerpo espiritual, porque todos participamos del mismo pan, del cuerpo del Señor y por este nos unimos todos entre nosotros” (1 Cor 10,17).
En el pan uno estamos todos. Dice un texto antiguo: “tal y como esta parcela estaba dispersa sobre las montañas y, reunida, se hizo una, así se reunirá la Iglesia desde los confines de la tierra en tu Realeza increada” (Enseñanza de los Doce Apóstoles).
Un pan no es de una sola semilla, sino de muchas. Así, muchas semillas, muchos cristianos, todos los cristianos estamos dentro del Pan sagrado.
Dentro, pues, de los divinos regalos que ofrecemos a Dios estamos todos nosotros y está toda nuestra vida. Entonces ofrecemos, con el Pan y el Vino de la Divina Efjaristía, toda nuestra existencia, toda nuestra vida, todas nuestras relaciones, amistades, conocidos, todos y todo.
Ofrecemos todo nuestro mundo y decimos a Dios: “Esto tenemos. No tenemos otra cosa superior para darte, y esto no es nuestro, es Tuyo. Además, esto no podríamos ofrecértelo si no hubiese venido Tu Hijo a crucificarse y resucitar. Tu Hijo nos ha dado el poder y la fuerza de agradecerte y de ofrecerte el Pan y el Vino”.
Cuando el sacerdote clama: “Lo Tuyo, de lo Tuyo, te ofrecemos…”, eleva los divinos regalos. Como dicen los teólogos de nuestra Iglesia, es el momento en que el laós-pueblo de Dios se ha levantado y se encuentra delante del trono de Dios. Ofrece los regalos y se ofrece a Dios “en todo”, por todo lo que nos ha dado, y “para siempre”, por todos los años de nuestra vida.
Dios Padre se alegra por nuestra ofrenda, porque ve que no cometemos el mismo error que el primer Adán. Ve que nosotros se lo entregamos todo y, entregándolo, nos unimos a Él. Esto espera y quiere de nosotros.
¿Y en este momento qué hace Aquel? Nosotros Le damos nuestro mundo humano: al pobre, al enfermo, al humilde, lo que tenemos, lo que somos. Él nos da lo grande y rico que tiene. Esto que está lleno de salud, jaris y santidad, nos lo da: se nos da a Sí mismo.
No nos da algo de Sí mismo, no nos da sólo Sus logos, no nos da sólo uno de Sus regalos: nos da Su vida. Lo más alto que tiene para darnos. Nos da a Sí mismo, el Cuerpo y la Sangre de Su Hijo.
Nosotros damos pan y vino; Él nos da el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¡En verdad, qué gran bendición! Se realiza un intercambio de regalos. Nosotros, por agapi-amor a Dios, le damos nuestro regalo; Él, por agapi-amor a nosotros, nos da Su regalo. Esto es la Divina Liturgia, y no sólo la Divina Liturgia, sino toda la Iglesia Ortodoxoa.
Esta es nuestra vida en la Iglesia Ortodoxa: el intercambio de dones. Dar a Dios para que Dios nos dé.
Y cuando nosotros hemos recibido el regalo de Dios y lo hacemos nuestro, cuando hemos comulgado el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entonces, ¡qué gran bendición! La vida de Dios se hace nuestra vida.
Ya no somos aquel pobre hombre, enfermo, pequeño y limitado, sino que somos elevados y nos hacemos cuerpo zeantrópino (divino-humano). Este humilde y pobre hombre se ha convertido y se ha hecho dios por la jaris (energía increada).
¡Qué doxa-gloria más grande para el hombre: ¡convertirse en dios por la jaris, comer y beber la Sangre y el Cuerpo de Cristo!
Por eso también los santos Padres de nuestra Iglesia, cuando comulgaban, se veían a sí mismos y a los otros en la doxa (gloria, luz increada) de Dios. Se veían luminosos. Tenían devoción y piedad hacia sus miembros como miembros del Cuerpo de Cristo.
Así, dentro de la Iglesia podemos nosotros también, por la Divina Liturgia y la Iglesia, vivir efjarísticamente, en gratitud.
Después de la Divina Liturgia podemos percibir y sentir a Dios como Padre nuestro. Habéis visto qué dice el sacerdote cuando termina el misterio: “Señor Soberano, haznos dignos de atrevernos a decirte: Padre nuestro…”.
Ahora podemos decir y sentir a Dios como Padre nuestro y a nuestros semejantes como hermanos. Ahora podemos recibir los regalos de Dios que nos da el Kirios-Señor y agradecerLe por ellos.
¿Cuáles son estos regalos? Principalmente son: Cristo, Su Cuerpo y Su Sangre; nuestra Παναγία (Panayía: Toda Santa, la más Santa), los santos de nuestra Iglesia; y nuestros prójimos.
Cada hombre se convierte ahora en regalo de Dios. Nuestro cónyuge es un regalo de Dios. Nuestra madre, nuestro padre, nuestros hijos, nuestros vecinos, nuestro prójimo y nuestro amigo son regalos de Dios. Todo es y se convierte en regalo de Dios, y comenzamos a estimarlo todo como regalo, don de Dios.
¡Qué cosa tan hermosa comenzar a vernos unos a otros en nuestras vidas como regalos, dones de Dios! Pensad cómo cambia nuestra vida cuando no nos vemos unos a otros con indiferencia, como extraños, o peor aún, con antipatía y odio.
Cuando amo al otro, perdono, estoy con él y puedo convivir con él. En cambio, si no perdono, no puedo habitar con el otro, no lo siento como mi hermano, no puedo estar con él, me molesta su presencia.
Sin embargo, podemos soportar a nuestro hermano con sus debilidades, podemos comprenderlo en sus caídas y ser indulgentes con él. Podemos entregarnos a nosotros mismos y las cosas materiales que tenemos. Podemos incluso perjudicarnos por nuestro hermano.
Podemos sacrificar nuestra casa, nuestra hisijía (paz cordial y serenidad mental), por el hermano. Podemos respetar a nuestro prójimo como imagen de Dios. Todo esto emana del sacrificio de Cristo que vivimos en la Divina Liturgia.
En la Iglesia dejo de ser yo y nos convertimos en nosotros. En la Iglesia dejo de decir “mío” y “mi” y digo “nuestro”, “nosotros”, si verdaderamente vivimos dentro de la Iglesia lo que vive la Iglesia y Cristo.
Dice san Juan Crisóstomo: “No digas aquella palabra áspera y fría ‘lo mío’ y ‘lo tuyo’, que introduce muchos males en nuestra vida”.
Los primeros cristianos en Jerusalén vivían como una familia. Existía propiedad común, todos ofrecían lo que tenían. Tal como en un monasterio kinovio (de vida común), donde ningún monje o monja tiene nada propio; donde todo pertenece a Dios, a la Iglesia, y todos participan.
No participan sólo los monjes, sino también las personas que van, porque quienes acuden al monasterio comen, beben, duermen y descansan, pues todo es de todos. Esta es la verdadera forma de vida efjaristíaca monástica kinovia-común ortodoxa. Así nos salvamos del aislamiento y de la soledad.
Aceptamos el mundo como regalo de Dios, y así no abusamos de él ni lo despreciamos. Si no vemos los bienes materiales como regalos de Dios, los despreciaremos, como hacían los maniqueos, o haremos mal uso y abuso de ellos.
Por ejemplo, el vino es un regalo de Dios, pero uno, en vez de beber poco y deleitarse, bebe mucho y se destruye. Este tal abusa de los regalos de Dios, del mundo. Pero Dios no los ha dado para que abusemos, sino para usarlos con gratitud, con efjaristía.
Por eso dice el Apóstol Pablo: “Pues todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada se debe rechazar, sino recibirlo con agradecimiento a Dios, porque todo alimento se hace puro y divino por nuestro logos y nuestra oración a Dios” (1 Tim 4,4).
En la Iglesia, pues, aprendemos a decir “doxa-gloria y gracias a Dios”: beber un vaso de agua y decir gracias y gloria a Dios. Muchas veces nos olvidamos de estimar este sencillo regalo de Dios.
Podemos beber el vaso de agua egoístamente, sin acordarnos de decir “gracias y gloria a Dios”, y así perdemos la ocasión de unirnos con Dios mediante el uso efjarístico del agua que bebemos.
Pero cuando lo bebemos efjarísticamente, con respeto y relación hacia Dios, y con “doxa, gloria y gracias a Dios”, este pequeño vaso de agua, este pequeño regalo, nos une con Él.
Agradecemos a Dios también por las cosas más pequeñas, sencillas y humildes de cada día. No es necesario que el hombre haga grandes cosas para unirse con Dios.
Estas pequeñas cosas sencillas diarias, si las hace diciendo “doxa, gloria y gracias a Ti, Dios”, lo unen con Él.
5. Frutos de la vida efjarística
Así, viviendo la vida efjarística, vivimos con Dios como centro. Todo lo que hacemos lo conectamos con Él. Así, en el mundo, volvemos a hacernos todos sacerdotes. Cada cristiano que ofrece culto y alabanza a Dios se convierte, de algún modo, en sacerdote.
Volvemos a encontrar la unión del mundo con Dios. Se levanta la disgregación y todo funciona en una unidad orgánica. También nos unimos interiormente. Porque cuando el hombre encuentra el centro del mundo y lo conecta todo con Dios, y vive en Dios, teniendo como base y centro del mundo a Dios, encuentra su unidad interior y no está dividido.
Hoy en día padecemos esta desunión, esta división y disolución. Por eso han aumentado tanto las enfermedades psíquicas, neuróticas y las depresiones; padecemos un tipo de esquizofrenia, que quiere decir “rompo mis frenos, el nus-espíritu y la mente (diania o cerebro)”; el hombre esquizofrénico tiene dos yo.
Cuando ofrecemos y referimos todo a Dios, toda nuestra vida adquiere otro sentido y significado.
¿Qué significado tienen las distintas funciones y trabajos de nuestra vida cuando no los conectamos efjarísticamente, en gratitud, con Dios?
El trabajo que no se ofrece a Dios resulta pesado, maldito y produce ansiedad. En cambio, por muy difícil que sea, ofreciéndolo a Dios, nos une con Él y adquiere un significado eterno.
Lo mismo ocurre con la familia y el matrimonio. ¡Qué diferente es la boda civil, el matrimonio fuera de Dios, y el matrimonio en Dios y por Dios! ¡Así es la boda efjarística de nuestra Iglesia! La boda o matrimonio civil es una boda egoísta, se ofrece al egoísmo y su centro es nuestro yo; está fuera de Dios y sin agradecimiento a Él.
¡Y con cuánta diferencia te comportas con los hijos cuando los ves como regalos de Dios, y cómo te comportas cuando los ves como propiedad tuya, como algo sin relación con Dios!
¡Con qué diferencia afrontas las pruebas de la vida cuando también estas las aceptas como regalos de instrucción de la agapi-amor de Dios! Así, el dolor, en este caso, santifica al hombre, lo sana y lo purifica.
La cultura no efjarística sin salida
El error del hombre contemporáneo es el mismo error de Adán: quiere construir un mundo que no tenga como centro a Dios, sino a nuestro yo.
Por eso, la cultura que hemos creado es una cultura egocéntrica, de filaftía (egolatría, amor excesivo a sí mismo y al cuerpo). Y como es cultura de la filaftía, es también descomunión. No podemos verdaderamente los hombres comulgar unos con otros, sentirnos y unirnos como hermanos en Dios.
Es natural que una cultura de este tipo se convierta en sofocante y sin salida. El hombre se ahoga y estalla. Los que más lo sienten son los jóvenes; como son más sensibles, no pudiendo respirar esta cultura egoísta, no efjarística, esta cultura de la filaftía (egolatría) que les entregamos, se produce este drama de nuestros jóvenes que huyen hacia las drogas, la anarquía y otras manifestaciones antisociales que conocéis.
Lo doloroso es que esta cultura de la filaftía (egolatría), que es también nuestra enfermedad, la enfermedad de nuestra cultura, que nos aleja de Dios y nos conduce de nuevo al poder del diablo, se intenta imponer y transmitir por los medios de comunicación social —televisión, radios—, e implantar costumbres, instituciones y leyes anticristianas.
Es cierto que esto no es algo reciente. Es algo que comenzó hace muchos años. Creo que esto también lo veis, lo sentís y os duele. Yo no veo la televisión, porque en la Santa Montaña no tenemos televisión.
Cuando salgo al mundo, encuentro hermanos que me expresan su dolor por lo que enseña la televisión. A mí también me duele junto con ellos, porque compruebo que lo que transmite la televisión no es la tradición de nuestro pueblo, no es la ética y conducta heleno-ortodoxa, no es la vida efjarística de la que hablamos, sino la cultura egocéntrica y enferma del hombre occidental.
Vivimos en una época histórica crítica y decisiva, en la cual se hace un esfuerzo por imponernos esta forma de vida egocéntrica, individualista y no efjarística. Quieren construir un mundo sin Dios.
Quizá nuestros gobernantes tengan buenas intenciones, quieran arreglar las cosas, hacer cambios y mejorar. Esto es bueno y debemos elogiarlo.
Lo malo es que todas estas cosas buenas quieren realizarlas sin Cristo, sin Dios, y sin conectarlas con Él.
Y nosotros sabemos que toda cosa que no está conectada con Dios lleva en sí la muerte. No tiene en su interior la jaris, la energía increada de Dios. No da al hombre la capacidad de unirse con Dios.
Permitidme referirme otra vez al tema del matrimonio. Dos personas que se casan en Cristo, en la Iglesia, tienen la conciencia de que su matrimonio es un camino que los conducirá a Dios.
Con la lucha en Cristo que realizan dentro del matrimonio, con la humildad, el sacrificio, la oración y los Misterios de la Iglesia, el matrimonio se convierte en un camino de santificación y salvación para ellos y para sus hijos.
Otros hombres se casan sin Cristo, fuera de la Iglesia, egoístamente. El centro no es Dios, sino su yo egoísta. Este es el matrimonio civil, matrimonio fuera de la efjaristía, fuera del agradecimiento a Dios.
El matrimonio no es malo, es algo bueno. Pero si este bien se realiza fuera de Dios, fuera de la jaris de Dios, no santifica ni salva a los cónyuges. Y un matrimonio así, egoísta, que no se ofrece a Dios, sino que busca satisfacer el yo, finalmente aleja y separa al hombre de Dios.
Esto ocurre con todas las manifestaciones de nuestra cultura, como la educación, que es un regalo de Dios: “las letras y los estudios son regalos de Dios”, como decían nuestros antepasados durante la esclavitud turca.
La educación sin Cristo y sin Dios separa al hombre de Dios. La enseñanza y la educación, cuando están unidas a Dios, acercan y unen al hombre con Él.
Por eso, en este esfuerzo e intento que realizan hombres que no tienen buena disposición y no ven las cosas en profundidad, y quieren hacer un mundo mejor pero separado de Dios, nosotros debemos decir “no”.
No decimos no al cambio ni al mejoramiento, sino que decimos “no” a este cambio y a este mejoramiento que no se conectan con Dios; porque cuando no se conectan con Dios, no se conectan con la tradición de nuestro pueblo.
No se conectan ni comulgan con la Ortodoxia, que es la verdadera tradición de nuestro pueblo.
La παράδοσις tradición de nuestro pueblo, forma de vida probada
Nosotros esta tradición ortodoxa la hemos recibido de nuestros padres y de nuestras abuelas, y no la negaremos, porque hemos visto que esta es la vida verdadera; no queremos cambiarla, porque está probada y reconocida.
Yo, lo que he recibido de mis padres y de mis abuelos, no lo negaré ni lo rechazaré, porque he visto que es la verdadera vida, la vida en Cristo.
Y no es sólo la vida de nuestros antepasados. Es la vida de aquellos que hicieron la revolución de 1821, la vida de Ioannis Makriyannis, de Theodoros Kolokotronis, de todos aquellos que se sacrificaron “por la santa fe en Cristo y la libertad de su patria”.
Es la fe de Kosmás de Etolia, que guardó y salvó la etnia helénica de la turquización o del exterminio turco.
¿Conocéis, aunque sea uno, de los héroes de 1821 que fuera anticristo o ateo? Todos eran cristianos devotos, se confesaban, comulgaban y luchaban. Querían hacer la Helade-Grecia libre en Cristo, un país santo en el cual reina Cristo.
¿Tenemos derecho nosotros a negar esta tradición, sin cometer una hibris*? Personalmente creo que no lo tenemos. *Hibris: para los antiguos griegos era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.
Por eso nosotros, con la jaris (energía increada) de Dios, permaneceremos en esta tradición teocéntrica. Cristo será el centro de nuestra cultura y de nuestra vida. No queremos una cultura con Cristo al margen, porque tal cultura será una cultura de filaftía (egolatría, egocentrismo), que no ayuda esencialmente al hombre; todo lo contrario de la cultura teocéntrica de la Iglesia, que lo recibe y lo santifica todo.
La Iglesia Ortodoxa existe no para imponer, oprimir o deprimir a los hombres, sino para liberarlos. Por eso necesitamos la Iglesia Ortodoxa.
Cómo tenemos que luchar
En el esfuerzo que se hace para separar el mundo de Dios y de la Iglesia Ortodoxa, diremos “no” con nuestra lucha diaria, no viviendo egocéntricamente, sino efjarísticamente, entregándonos a Dios y a nuestro prójimo.
Diremos “no” participando en la Divina Liturgia. Porque cada vez que participamos en la Divina Liturgia, decimos un “no” a esta corriente de mundificación.
Además, diremos “no” con la manera en que afrontamos a nuestros prójimos, los intereses y las cosas materiales. Cuando vamos a la Iglesia y después nuestra vida no es vida de ofrecimiento, de agapi-amor, de justicia y de respeto a la libertad de los otros hombres, mentimos; no decimos verdaderamente “no” a este esfuerzo.
Por eso no basta sólo con que vayamos a la Iglesia a vivir el sacrificio de Cristo, sino que, saliendo de ella, debemos sacrificarnos también por nuestro prójimo. Entonces tendrá valor nuestra participación en la Divina Liturgia.
Podríamos decir mucho, hermanos míos, pero no quiero cansaros. Quiero terminar con el logos de san Kosme de Etolia, el cual vivía en el mundo efjarísticamente, y así enseñó a nuestra etnia helénica a vivir, y así se sacrificó.
Como sabéis, san Cosme selló su kerigma con la sangre que derramó por la agapi-amor a Cristo y por la agapi a sus prójimos. Tenía el anhelo de sufrir el martirio y testimoniar por la agapi-amor a Cristo, y no cesó hasta derramar su sangre.
Enseñaba, pues, el santo mártir e isapóstolos (igual a los apóstoles) Kosme: “Primero tenemos el deber de amar a nuestro Dios, porque nos regaló esta tierra tan grande y amplia, en la que vivimos provisionalmente, con tantas miríadas de vegetales, árboles, fuentes, ríos, pozos, peces, el mar, el aire, el día, la noche, el fuego, el cielo, las estrellas, el sol y la luna. ¿Todo esto para quién lo hizo? Para nosotros. ¿Nos debía algo? Nada, todo es regalo.
Nos hizo hombres y no animales, respetuosos y cristianos ortodoxos, y no heréticos e indignos. Y aunque nosotros pequemos miles de veces cada hora, nos compadece como Padre y no nos mata ni nos arroja al infierno, sino que espera nuestra μετάνοια (metania: conversión, giro del nus hacia el interior cambio de mentalidad en Cristo), con los brazos abiertos, para que dejemos de hacer el mal y obremos el bien, nos arrepintamos y nos corrijamos, y así nos abrace y nos introduzca en el Paraíso, para que nos alegremos eternamente.
Pues bien, ¿a un Dios tan bueno no debemos también nosotros amarlo hasta derramar nuestra sangre, si fuese necesario, miles de veces por Él, así como Él lo hizo por amor a nosotros?”
¡Deseo y bendigo que la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios nos ayude a que todos, cada día, pasemos de la vida egocéntrica a la vida efjarística, ¡mediante la jaris que se nos concede por los divinos Misterios (sacramentos) ortodoxos en la Iglesia Ortodoxa!
†Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriu en el Monte Athos
Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/








1 comentario
René
24 marzo, 2026, a las 12:58 am (UTC 0) Enlace a este comentario
Muchísimas gracias por este trabajo