Ὁ Σταυρός τοῦ Χριστοῦ καί ἡ σημασία του στή ζωή μας, Ἀρχιμ. Γεώργιος Καψάνης


LA CRUZ DE CRISTO Y SU IMPORTANCIA EN NUESTRA VIDA
+Yerontas Gheorgios Kapsanis, Athonita
Santo Monasterio de san Gregorio, Athos
Repasada traducción 12/03/2026
CONTENIDOS
Prólogo
1. La Santa Cruz como símbolo y señal de Cristo
2. La dinamis (potencia o fuerza) de la Cruz
3. La participación de los Cristianos en la Cruz de Cristo
3.1) Crucifico al antiguo hombre, es decir, mis pazos
3.2) Soporto las pruebas involuntarias de la vida con esperanza y efjarísticamente (agradecidamente).
3.3) Asumo dolores involuntarios, privaciones y luchas por la agapi de Dios.
4. La Cruz y el mundo contemporáneo
Léxico con los términos: 1. Agapi, 2. Anticristo 3. Jaris 4. Logos 5. Loyismí 6. Metania 7. Pazos 8. Psique-alma
PRÓLOGO
La vida en Cristo no es una vida despreocupada, irresponsable y sin esfuerzo. Tiene una felicidad real, alegrías grandes y esenciales, mucha y profunda paz, pero se consigue poco a poco y se mantiene y crece dentro de una vida cruciforme.
La Cruz de Cristo coexiste y se repite en la vida de los santos, en la vida de los fieles, de los discípulos de Cristo también hasta hoy en día. La cruz embellece nuestra vida, nos forma en Cristo, nos hace madurar y nos prepara para la Resurrección, la vida eterna.
El mundo que está fuera de la Iglesia teme la Cruz de Cristo, se burla de ella, la rechaza y la niega de todo tipo de formas. Así se queda sin Su bendición, sin Su fuerza y energía increada y sin esperanza en el siglo presente y futuro. Los humildes discípulos del Sanador y Salvador Cristo, con mucha paciencia aguantan la Cruz en sus vidas, a pesar de sus imperfecciones y debilidades que cada día se suprimen, y en lugar de ellas se imprimen los “estigmas de la agapi cruciforme de Jesús” en sus psiques y sus cuerpos.
Son estos los que provienen de la gran aflicción, sufrimiento y tristeza, y las vestimentas de ellos se blanquean con la sangre del Cordero.
Son estos los que pueden amar realmente a Cristo y comprender a su semejante con sus pecados, defectos y debilidades, aceptándole tal y como es, aun cuando no lo merece, igual que el mismo Señor nos ha amado a nosotros sin merecerlo.
Son estos los que, llevando la Cruz de Cristo en sus vidas, contienen la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) de Dios en nuestro mundo enfermo, manteniéndolo y embelleciéndolo. Y no son pocos hoy en día los que aman la Cruz de Cristo en sus vidas. No son pocos los que escogen la cruz y, en vez de las fáciles soluciones mundanas, aguantan “caminos duros” únicamente “por los logos y palabras de los labios de Cristo”.
Con estos deseamos incluirnos con la Jaris (energía increada) de Dios también nosotros, que tenemos dificultades a causa de nuestras debilidades, y estar crucificando en la Cruz de Cristo nuestro antiguo hombre, nuestra orgullosa razón, y decir con nuestra praxis diaria: “Señor y Rey, alabamos y reverenciamos Tu Cruz…”.
Marzo 1997

LA CRUZ DE CRISTO Y SU IMPORTANCIA EN NUESTRA VIDA
1. La Santa Cruz como símbolo y señal de Cristo
La Santa Cruz es la más divina Señal y Símbolo de nuestra Fe. Todos los santos Misterios terminan con la imploración del Espíritu Santo y el sello de la Cruz: el Bautismo, la Crismación, la Divina Efjaristía…
Todas las oraciones sacerdotales tienen forma cruciforme.
Los templos sagrados, los utensilios sacros y las vestimentas eclesiásticas se santifican mediante la Santa Cruz.
No se concibe una praxis litúrgica o una reunión de fieles sin el sello de la Santa Cruz.
La Cruz es también el compañero más fiel de cada cristiano ortodoxo desde el momento en que nacemos hasta nuestra muerte. Y el sepulcro del cristiano se bendice con la Cruz.
Nos santiguamos repetidamente, llevamos nuestra Cruz en el pecho, en nuestras casas, en nuestros coches, en nuestros trabajos, tal como psalmodia y canta nuestra Iglesia: “Cruz, guardián de la tierra; Cruz, belleza de la Iglesia; Cruz, sostén de los fieles; Cruz, gloria de los ángeles y herida de los demonios”.
Además, la Cruz no sólo es el símbolo más santo y querido, sino el símbolo cristiano insustituible. Sin la Cruz no se entiende la Iglesia del Cristo crucificado. Por eso los heréticos no manifiestan la debida devoción y respeto a la Santa Cruz, como los protestantes y los evangélicos, que la niegan totalmente, y la insultan y blasfeman contra ella, como los testigos de Jehová.
Escribe en el Gerontikón un hombre santo y con poder contra los espíritus malignos e impuros, San Juan Bostrinós: “Preguntó a los demonios que habitaban en unas chicas, y que a causa de ellos sufrían terriblemente y estaban dominadas por manía:
-¿Cuáles son las cosas que más teméis de los cristianos?
Y ellos contestaron:
-Tenéis tres grandes cosas: aquello que colgáis en vuestro cuello, aquello con lo que os bañáis en la Iglesia y aquello que coméis en la Divina Liturgia.
El santo preguntó otra vez:
-¿Cuál de estas tres teméis más?
Y respondieron:
-Si guardaseis bien aquello que comulgáis, nadie de nosotros podría perjudicar al cristiano”.
Estas cosas, pues, son las que más temen los demonios: la Cruz, el Bautismo y la Divina Comunión o Efjaristía. (Filocalía, t. 5, pág. 118-119).
2. La dínamis (potencia o fuerza) de la Cruz
La χάρις (jaris: gracia, energía increada) y la potencia de la Santa Cruz no se deben a su figura o forma de cruz, sino a que la Cruz de Cristo es el instrumento por el cual Cristo ha salvado al mundo. Es el altar o sacrificadero en el que se ofreció a Sí mismo por todo el mundo.
Toda la kenosis -vaciamiento, despojamiento, empobrecimiento, tribulación, castigo, sufrimiento y muerte- que ha sufrido por nosotros culmina en la Cruz. En la Cruz ha vivido el dolor más profundo y el mayor desprecio por nosotros. Se hizo maldición por nosotros para librarnos del pecado y de la ley.
Toda la obra de Cristo, toda Su filantropía (amor y amistad hacia el hombre) se resume en Su Cruz. Como refiere san Juan Crisóstomo: uno preguntó irónicamente a uno de nuestros padres santos si cree en el Crucificado, y él respondió: “Sí, creo en Él que ha crucificado el pecado”. (San Juan Crisóstomo, EPE t. 9, pág. 285).
En la Cruz el Θεάνθρωπος (zeánzropos), Dios y hombre, Cristo ha disuelto la tragedia de la libertad humana que había provocado la desobediencia de los primeros en ser creados, “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en la Cruz” (Fil 2,8), y reorientó nuestra libertad hacia su Creador, el Dios Triádico.
En la Cruz ha vencido la muerte -“por la muerte pisoteó la muerte”- al hacer Suya nuestra muerte, y con Su Resurrección nos ha regalado la vida y la incorruptibilidad.
Por la Cruz nos ha reconciliado con Dios Padre y nos ha regalado la absolución y el perdón de nuestros pecados.
Por la Cruz, a nosotros, los esparcidos hijos de Dios, nos ha congregado y unido en un solo cuerpo; derrumbó las insuperables paredes que nos separaban y “ha creado en Sí mismo al hombre nuevo” (Ef 2,15).
En la Cruz ha limpiado, purificado y santificado cielo, aire y tierra, porque se crucificó bajo el cielo, se elevó en el aire y Su Santísima Sangre goteó sobre la tierra.
En la Cruz ofreció un sacrificio universal para toda la tierra y una expiación común para toda la naturaleza humana; por eso padeció fuera de la ciudad y fuera del templo de Salomón, como teologiza san Juan Crisóstomo.
En la Cruz, con Su propia elevación llena de humildad, como dice una oración, elevó nuestra naturaleza que “por la falsa elevación y la vana arrogancia había descendido hasta el Hades (infierno)”.
En la Cruz reveló que este mundo no es la realidad definitiva, sino el camino hacia la realidad definitiva, si dentro de este mundo luchamos cruciformemente contra nuestro egoísmo. Así restableció el sentido positivo del cosmos-mundo. (Dumitru Stăniloae: En el interior de la luz de la Cruz y la Resurrección).
En la Cruz se ha revelado a Sí mismo como el único benefactor y salvador, redentor y vivificador del mundo y del universo, y ha abolido definitivamente la obra del diablo, sus métodos y sus astucias malignas, sus engaños, su fuerza y su poder sobre los hombres.
Por eso el diablo tiembla y se horroriza al ver que ya no tiene poder, mientras nosotros cantamos en la Iglesia:
“Te has crucificado por mí, para que venga la absolución
a mí;
te han atravesado en la costilla y se abre la fuente que emana mi vida;
con los clavos clavados en tus manos, para que yo, por tus profundos
padecimientos, como creyente clame:
Cristo Vivificador y Salvador, gloria, a Tu Cruz y a Tu pazos-pasión”.
La muerte del Señor en la Cruz es vivificante y redentora, y ofrece vida y liberación:
Porque es voluntaria.
El Señor camina hacia la muerte no como un condenado, sino como un rey sacrificado por sus súbditos, como dice: “Yo tengo que recibir el bautismo [del martirio y dolor;] ¡y estoy con anhelo y me angustio hasta que se cumpla [y sea proclamado y extendido en todo el mundo el fuego de la fe y del celo divino!]” (Lc 12,50).
Por eso los bizantinos escriben sobre la Cruz: “el Rey de la doxa-gloria”, e iconizan, representan al Señor no dominado por el dolor (colgado el cuerpo de las manos en debilidad absoluta), sino como Señor también del dolor (con las manos extendidas horizontalmente en la Cruz).
Porque es muerte real
El Señor, impasible sin pazos, según Su deidad, padeció para nosotros en el cuerpo-carne. Su divina naturaleza permitió que Su naturaleza humana pasara por la agonía antes de la muerte y por el dolor de la Cruz. Sin embargo, por un momento en el jardín de Getsemaní la naturaleza humana se debilitó y se acobardó, pero la naturaleza humana y la voluntad humana fueron sometidas a la divina naturaleza y voluntad, y así padeció y murió por la vida del mundo, y la sanación, la redención y la salvación del mundo.
Porque el que padece es impecable
El impecable padeció, sufrió y murió por los pecadores. Es verdad fundamental que el Señor fue impecable, porque Su naturaleza humana, desde la concepción misma, estaba unida a la divina naturaleza a causa de la unión hipostática (substancial) en la persona del Logos de Dios.
La Cruz de Cristo fue y es “para los judíos escándalo,
para los helenos (idólatras) tontería, necedad, pero para los creyentes, fuerza
y sabiduría de Dios” (ver 1 Cor 1,23). Es el acontecimiento más paradójico de
la historia:
por la muerte, la Vida;
por la maldición, la elevación.
Como dice san Gregorio Palamás: “Esto es la sabiduría y la fuerza de Dios: vencer por la debilidad, elevarse por la humildad, enriquecerse por la pobreza”, (San Gregorio Palamás, EPE t. 9, pág. 285).
No es casualidad que el Señor no quiso permanecer en la doxa (gloria, luz increada) de la Metamorfosis y evitar la Cruz, sino que, al descender del Tabor, preparaba a Sus discípulos para “las cosas que iban a ocurrir después” (Mc 10,32).
Cuando Pedro le aconsejó evitar la muerte cruciforme, el Señor le recriminó severamente: “¡Apártate de mí, sal detrás, Satanás! Me eres tropiezo, porque no dices ni sientes lo que es gustado de Dios, sino lo que gusta a los hombres” (Mt 16,23).
Caminando hacia el padecimiento o la pasión voluntaria decía: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre” (Jn 13,31).
Tal y como dice san Juan Crisóstomo: “La Cruz antes era cuestión de castigo y vergüenza, pero ahora se ha hecho motivo de doxa-gloria y honor. Que la Cruz es gloria, escucha a Cristo que dice: “Y ahora, Padre, glorifícame tú a mí como hombre a tu lado, con la doxa-gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Jn 17,5), dando a entender la doxa-gloria increada de la Cruz”. (San Juan Crisóstomo, EPE t. 36, pág. 37).
3. La participación de los Cristianos en la Cruz de Cristo
Después de la recriminación a Pedro, el Señor pidió a Sus discípulos que caminen ellos también cruciformemente: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24).
A los hijos de Zebedeo y a la madre de ellos, que pedían puestos de honor, el Señor dijo: “No sabéis qué estáis pidiendo. ¿Podéis beber el cáliz del dolor que yo he de beber, o bautizarse al bautismo de sangre y padecimientos en el cual yo me bautizo?” (Mt 20,22 Mrc 10,38).
Está manifiesto por estas palabras del Señor que “para esto fuisteis llamados; hacer vuestro deber y hacer el bien incluso cuando sois perjudicados y fastidiados injustamente; porque también Cristo padeció y sufrió la cruz por nosotros, dejándonos ejemplo a imitar, para que sigáis y andéis exactamente encima de las huellas de sus pasos;” (1 Pe 2,21).
La Cruz no es sólo “el tipo” o el “símbolo” de Cristo, sino la forma y el modo de vida de los Cristianos.
Así como no se entiende al Cristo verdadero sin la Cruz, tampoco se entiende al cristiano verdadero sin la Cruz, es decir, sin la coparticipación en la Cruz de Cristo, como el mismo Salvador nuestro nos dice: “Y el que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27).
***
¿Pero qué significa seguir a Jesús Cristo llevando mi cruz, es decir, vivir cruciformemente?
3.1) Crucifico al antiguo hombre, es decir, mis pazos
“Los que son de Jesús Cristo han crucificado a su hombre carnal con sus pazos, pasiones, codicias y concupiscencias pecaminosas” (Gal 5,24).
Repudio al antiguo hombre y lucho para desarraigar de mi interior los pazos egoístas y pecadores, el egocentrismo y la φιλαυτία (filaftía: (egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo)…
Las formas de la φιλαυτία filaftía son: poca fe e incredulidad; la indiferencia hacia mi semejante y, lo que es peor, la explotación de él; la filidonía (hedonismo, amor al placer), la codicia y la avaricia, el resentimiento y la calumnia, y cualquier acción con la que herimos y fastidiamos a nuestros semejantes; la ambición y la vanagloria.
El hombre ególatra, según los Padres, no puede ser filoteo -amante de Dios- ni filántropo (amigo del hombre). Puede fingir que es filoteo y filántropo, pero en el fondo ama solamente a sí mismo con un amor enfermizo.
Si no crucificamos nuestra φιλαυτία egolatría en la Cruz de Cristo, no podremos ser verdaderos discípulos Suyos, porque no podremos adquirir la verdadera αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) propia de Él.
Por eso también el imitador de Cristo, Pablo, dice: “Yo, por mi parte, ¡sólo quiero presumir de la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesús Cristo, por la cual el mundo está crucificado y mortificado para mí y yo gracias a la Cruz del Señor me he crucificado y mortificado para el mundo!” (Gal 6,14).
Kosmos-mundo, según Isaac el Sirio, es nuestra relación pasional y enfermiza con el mundo, es decir, nuestros pazos pasiones, vicios. Por consiguiente, que el mundo se ha crucificado para mí y yo para el mundo significa que evito no sólo los pecados propios, sino también los loyismí (pensamientos) y los deseos pecadores.
Esta mortificación podemos lograrla porque místicamente o espiritualmente hemos co-muerto y co-resucitado con Cristo:
“¿O no sabéis que, al quedar unidos con fe a Cristo mediante el bautismo, a la vez nos hemos bautizado y hecho partícipes a su muerte, por la crucifixión de nuestro hombre antiguo? Fuimos co-sepultados con Cristo por el bautismo y nos hemos hecho partícipes a su muerte, morimos, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la doxa-gloria luz increada del Padre, también nosotros resucitaremos en la nueva vida y viviremos de acuerdo con la voluntad de Él” (Rom 6,3-4).
Dentro de nuestra vida muerta se nos ha regalado la nueva vida en Cristo a través del Bautismo.
La vida cristiana después del santo Bautismo es una lucha para que lo que está “en dinami-potencia” se convierta y se realice “en energía y acción”.
La nueva vida en Cristo, inaugurada y regalada en nuestro interior, tiene que vencer y metamorfosear (transformar) todo elemento del antiguo y muerto hombre que hay en nosotros. Esta lucha es la Cruz.
Profundizando en este misterio, san Gregorio Palamás nos habla de nuestra huida del mundo (el primer misterio de la Cruz), cuando el mundo nos impide dedicarnos y entregarnos a Dios, y de la huida del mundo que está en nuestro interior, cuando el mundo continúa ocupándonos con malos recuerdos y loyismí pensamientos (segundo misterio de la Cruz). Lo primero corresponde a la praxis y lo segundo a la θεωρία zeoría contemplación.
Aquí san Gregorio Palamás recalca que sin la zeoría contemplación no podemos sanar, limpiar y purificar nuestro hombre interior de los malos y apasionados loyismí pensamientos.
“Cuando por la práctica de la virtud llegamos a la zeoría-contemplación y cultivamos y limpiamos a nuestro hombre interior, buscando dentro de nosotros el tesoro que está escondido y examinando la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios que está en nuestro interior, entonces nosotros nos crucificamos para el mundo y para los pazos. Porque por este examen y estudio se crea en nuestro corazón un calor que ahoga los malignos y astutos loyismí, como a las moscas, y trae a la psique-alma ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), consuelo y súplica, y al cuerpo le proporciona la santificación o santidad”. (San Gregorio Palamás, EPE t. 9, pág. 319).
También san Isaac el Sirio recalca que: “La praxis de la Cruz es doble… una consiste en la paciencia de las aflicciones de la carne y del cuerpo, y se llama praxis; y la otra es el trabajo sutil del νούς nus, el diálogo con Dios y la oración incesante, y se llama θεωρία zeoría contemplación” (Todo sobre Abad Isaac, pág. 129).
Lo admirable es que la Cruz de Cristo, según san Gregorio Palamás, pre-energizaba, pre-operaba, es decir, actuaba ya antes en el Antiguo Testamento.
En el Antiguo Testamento existía el tipo de la Cruz; es decir, muchas acciones milagrosas se realizaron con la figura de la Cruz, como cuando Moisés trazó la señal de la Cruz para separar el mar Rojo, por la cual se salvaron los israelitas y fueron destruidos sus enemigos.
En el Antiguo Testamento se mencionan aproximadamente veinte protiposis (pre-tipificaciones o prefiguraciones) de la Cruz.
Había también seres humanos que eran modelos o protipos de Cristo crucificado, como por ejemplo Isaac, que con su obediencia prefiguró a Cristo, el cual fue obediente al Padre hasta la muerte; también José, que injustamente fue perseguido y, sufriendo muchas pruebas, también prefiguró al Señor injustamente entregado a la muerte.
Finalmente, en los justos del Antiguo Testamento pre-energizaba, es decir, pre-operaba el misterio de la Cruz como praxis y zeoría contemplación, y con la energía increada y la potencia de la Cruz vencieron el pecado y se reconciliaron con Dios.
La Cruz operaba en Abraham cuando mortificó en su interior el amor a su patria y partió hacia una tierra desconocida por mandamiento de Dios.
La Cruz operaba en Moisés cuando despreciaba los honores que tenía en la corte de Faraón, prefiriendo al esperado Cristo.
Otra vez, la Cruz operaba cuando Dios llamó a Moisés, antes de subir a la Montaña, a quitarse los zapatos de sus pies, es decir, a mortificar la conducta carnal con la fuerza de la expectación divina.
San Gregorio Palamás termina de la siguiente manera: “No me bastará tiempo para hablar de Jesús de Naví, de los Jueces y de los Profetas después de él; de David y de los que vinieron después de él, los cuales, activados por el misterio de la Cruz, detuvieron el curso de las aguas de los ríos, pararon el sol, derrumbaron ciudades de infieles, fueron proclamados vencedores en guerras, escaparon de las espadas, apagaron la fuerza del fuego, cerraron las bocas de los leones, amonestaron a reyes, resucitaron muertos, con sus logos cerraron el cielo y volvieron a abrirlo…”. (San Gregorio Palamás, EPE t. 9, pág. 309).
Si la energía increada de la Cruz de Cristo pre-operaba en todos los justos del Antiguo Testamento, es evidente que por excelencia pre-operaba en la Señora Zeotocos, la siempre Virgen María, la que desde el principio logró “que el ser humano pueda constituirse en inactivo hacia toda cosa que no agrada a Dios”, (San Gregorio Palamás, EPE t. 9, pág. 311).
Nunca se manchó por sí misma, ni siquiera con un loyismós (pensamiento)fino, y desde muy joven hizo cosas que Abraham hizo en su vejez: salió de su casa y de sus parientes y se introdujo en el Altar de los Altares, donde, elevada por encima de todo loyismós terrenal, unió su nus (la energía del espíritu del corazón de la psique) con Dios y tuvo una zeoría-contemplación de Dios continua.
Por supuesto que la Cruz en la vida de nuestra Παναγία Panayía, como praxis y zeoría, no se entiende como en la vida de los justos del Antiguo Testamento que participaban del pecado. Cruz para ellos era la lucha para superar el pecado; en cambio, para la sin mancha e incontaminada Zeotocos, la Cruz se entiende como elevación de fuerza en fuerza, de doxa-gloria en doxa y de contemplación en contemplación.
Dice san Nicolás Kabásilas: “Desde el momento en que nació, edificaba un alojamiento para Aquel que podía salvar al hombre; luchaba para hacer de sí misma la bella casa de Dios, de modo que fuera digna para Él”, (San Nicolás Kabásilas: La Madre de Dios, pág. 129).
Sobre esta lucha de la Παναγία Panayía y la visión, expectación y contemplación de Dios que tuvo en el Altar de los Altares, nos hablan san Gregorio Palamás y san Nicodemo el Aghiorita en sus famosas homilías: “Sobre la introducción de la Παναγία Panayía en el Altar de los Altares”.
3.2) Soporto las pruebas involuntarias de la vida con esperanza y efjarísticamente (agradecidamente)
Las dolorosas e incurables enfermedades, como también la muerte de personas queridas, nuestra propia muerte, la injusticia, la ingratitud, el desprecio y las persecuciones que a veces sufrimos, así como otras pruebas, son ocasiones que, si las utilizamos correctamente, nos crucifican y nos levantan con Cristo.
Si nos enfadamos e indignamos, nos perjudicamos espiritualmente. Si las aceptamos pasivamente, estoicamente, porque no podemos hacer de otra manera, tampoco nos beneficiamos. Pero si las aceptamos como visita de Dios y como oportunidades para nuestro perfeccionamiento espiritual, entonces nuestro beneficio es mucho y grande.
La aceptación voluntaria del dolor como Cruz, como regalo de la agapi de Dios para nuestro perfeccionamiento espiritual, nos eleva a la altura de los santos mártires.
Por ejemplo, el cristiano que, en la cama del dolor, soporta y agradece a Dios, se convierte en confesor de la fuerza de la fe y en mártir contemporáneo, puesto que con la aceptación de la Cruz transforma el dolor involuntario en voluntario.
Un asceta aghiorita dijo: «Un “doxa-gloria y gracias a Dios” en el momento del dolor tiene más valor que mil “Señor Jesús Cristo, eléison” cuando no tenemos dolor».
Pablo, co-crucificado con Cristo, trayendo en su cuerpo los estigmas de Cristo, nos afirmó que: “Si sufrimos, también co-reinaremos con Él” (2 Tim 2,12).
Esta actitud mostraron en su vida todos los santos, con ejemplo destacado el bienaventurado Job, que es considerado como prótipo o pre-tipificación de Cristo. Job era justo, no era impío ni pecador. A pesar de esto, Dios le concedió pasar dolores insoportables, mientras que los impíos prosperaban y disfrutaban.
El distinguido teólogo ortodoxo Dumitru Stăniloae, refiriéndose al tema que nos ocupa, enseña: “El Dios tiene el derecho de dar regalos y retirarlos también. Y el hombre no debería apegarse a Dios en proporción a las donaciones que Él le ha dado. Una actitud de este tipo no sería la verdadera agapi para Dios, sino una fijación en los mismos regalos, y eso significaría poner las donaciones por encima de Dios. En este caso la relación con Dios se basaría simplemente en un contrato, y el hombre diría: ‘Permaneceré consagrado a Ti mientras me das’. Una actitud así por parte del hombre significaría que Dios no valía amarle de por sí. Entonces esta relación dependería de la utilidad que el hombre saca de los regalos que Dios le da. En realidad, el hombre entonces sólo amaría a sí mismo. De esta manera las donaciones perderían su sentido como señales de agapi (amor desinteresado y energía increada) de Dios y como formas por las que el hombre se introduce y mantiene una relación con Él…
Cuando tenemos una relación con Dios por encima de todas las creaciones, sólo entonces entramos en una relación personal con Él. Esta relación ya no está dominada por los ídolos materiales. Todas nuestras ideas sobre las cosas y los regalos que Dios nos da, desaparecen totalmente delante de la luz increada de Él mismo. Así, sanados y purificados, nos ofrecemos a nosotros mismos totalmente a Dios y nos elevamos a un diálogo de agapi con Él. Entonces sentimos y percibimos que Dios es infinitamente mayor que todas Sus donaciones y todas Sus creaciones, y que con esta relación con Él nos conducimos a un nivel distinto, en el cual recuperamos por Él todo lo que habíamos perdido.
El cristiano que tiene la agapi de Dios en su interior y que así tiene agapi para cada uno -aquella agapi que es una realidad incorruptible e inagotable- siente una alegría mayor que todas las alegrías que las cosas de este mundo le puedan proporcionar, mayor que su propia existencia. Esto es un acontecimiento que los virtuosos descubren dentro de su pasión. Esta cruz se da al hombre para llegar a descubrir a Dios en otro nivel, en un fondo apofático (confirmación negativa de lo que Dios no es), y para mostrar a los demás que existen aquellos que pueden permanecer unidos con Dios de esta manera, aun cuando pierden todas sus posesiones y cuando el mismo Dios parece haber desaparecido delante de ellos”. (Periódico Sinaxis, t. 26, pág. 11-12).
Según san Gregorio Palamás: “La Zeotocos de una manera particular coparticipaba y copadecía cooperando en la elevadora kenosis (vaciamiento) del Logos”, (San Gregorio Palamás: “En la Dormición”, EPE t. 10, pág. 443).
Desde la concepción por el Espíritu Santo de su Unigénito Hijo en su santo vientre, comenzaron también sus pruebas. José, no pudiendo explicar su sobrenatural concepción y embarazo, “quiso dejarla secretamente” (Mt 1,19). Entonces debió de ser grande el sufrimiento y el dolor de la sencilla y desconocida hija María.
Pasó pruebas y dificultades para encontrar un lugar donde dar a luz a su Unigénito Hijo. Raramente una mujer embarazada a punto de dar a luz no encuentra un lugar para dar a luz.
La prueba y el intento de Herodes para matar al Niño divino, prueba y huida a Egipto. Sin hogar en Belén, refugiada en Egipto.
Prueba y agonía cuando fue a Jerusalén a venerar y perdió por tres días a su Hijo de doce años.
Cada dolor y persecución de Cristo durante sus tres años de acción fue también su propia prueba.
Escuchemos a san Kabásilas lo que dice: “Participaba con el Hijo en las vergüenzas, deshonras e insultos y en todo lo que revelaba la pobreza en la que vino por gracia nuestra. Aceptaba el oficio del aparentemente padre, José, y toleraba, tomando parte con su Hijo, para mi sanación y salvación…
Cuando aquellos que se beneficiaban de Él le calumniaban y odiaban, la Virgen sufría con Él y aceptaba las flechas del odio de ellos…
¡Cuando hizo falta que el Salvador sufriera por nosotros y muriera, cuán grandes serían las penas con las que le apoyaba la Virgen! ¡Qué flechas venenosas la traspasaron! Porque, aunque fuera sólo hombre y nada más, ¿qué cosa más dolorosa que esta podría sufrir una madre? Pero ahora su Hijo está solo y ella, que le trajo al mundo, está sola; de manera paradójica, ella que nunca afligió ni hizo daño a ninguno de los hombres, al contrario, los ha beneficiado a todos tanto que sobrepasaba sus esperanzas.
¿Qué sentimientos, pues, es normal que tuviera la Virgen cuando veía a su Hijo con tantos sufrimientos y dolores terribles, Él que era el benefactor de la naturaleza humana, ‘el apacible y humilde de corazón’, al que nadie nunca podría acusarle de lo más mínimo, cuando le veía arrastrado por aquellas bestias salvajes, siendo desnudado y azotado, siendo juzgado como merecedor de la peor condena y muriendo con la muerte más despreciativa junto con los hombres más pecadores, fuera de cualquier concepto de justicia y ley, como ocurría en los regímenes tiránicos? Personalmente creo que este tipo de pena y sufrimiento nunca puede haber existido en ningún hombre…
Por eso, durante el momento de sus padecimientos, la Virgen fue apoderada de una enorme e indescriptible tristeza, de tal forma que semejante dolor ningún ser humano ha sentido. Porque ella vio la crucifixión como madre y como ser humano con sano juicio, como alguien que puede discernir claramente la injusticia.
Porque debía tomar parte en cada cosa que hacía su Hijo para nuestra sanación y salvación. Tal como le transmitió su sangre y su cuerpo, y tomó recíprocamente las jaris (energías increadas y dones), de la misma manera tomó parte también en todos sus dolores y sufrimientos.
Y Él, por supuesto, clavado en la Cruz, recibió en la costilla el pinchazo de la lanza, mientras que la espada traspasó el corazón de la Virgen, tal como había anunciado san Simeón. De la misma manera también todos los demás martirios que provocaban aquellos hombres en común al Hijo y a la madre. Lo mismo cuando, utilizando logos antiguos de Él, le acusaban de arrogante y cuando le llamaban falso y engañoso, luchando para demostrar sus engaños y errores”, (San Nicolás Kabásilas: La Madre de Dios, pág. 209-213).
San Simeón el Justo, durante la Presentación, había profetizado que como una espada atravesaría la psique-alma de la Zeotocos.
Esta espada muchas veces le causó dolor. Pero siempre la soportaba y la llevaba, según san Gregorio Palamás, como “una hazaña incomparable en perseverancia y resignación”. Y después de la Ascensión de su Hijo, otra vez entre los Apóstoles y los primeros cristianos, ella la primera levanta y lleva la Cruz de las persecuciones, les apoya y les conduce a la obra apostólica. Así como entonces, en la Crucifixión de su Hijo, “estaba en pie al lado de la Cruz” y co-padecía y se co-crucificaba junto con Él, así también después de Su Ascensión ella levanta y lleva la Cruz de la Iglesia, y es la madre co-padeciente de los cristianos.
3.3) Asumo dolores voluntarios, privaciones y luchas por la agapi de Dios
El mismo Señor nos ha enseñado que la entrada del Evangelio es estrecha y el camino angosto, y que la Βασιλεία (Vasilía) Realeza increada de Dios se arrebata con violencia y los rebeldes que ejercen fuerza la arrebatan.
Con el ayuno, la vigilia, las prosternaciones y toda la bendita ascesis ortodoxa, se dominan los pazos y el cristiano, de carnal y materialista, se convierte en espiritual. Se ejercita para no apegarse apasionadamente a las personas y a los bienes materiales. Aprende a gobernarse como imagen de Dios y no como animal. Aprende a no utilizar el mundo de manera consumista, sino efjarísticamente (agradecidamente).
Es conocido el sabio lema patrístico: “Dar sangre y recibir espíritu”.
El ayuno de la Gran Cuaresma es muy agotador. Pero sin el agotador ayuno -co-crucifixión con Cristo- no se puede vivir la alegría de la Resurrección.
En nuestra Iglesia Ortodoxa, donde nos ejercitamos cruciformemente, recibimos la experiencia de la Resurrección. Todo en nuestra Iglesia es resucitador, porque todo es cruciforme. Nuestra Iglesia es Iglesia de Cruz y Resurrección. Sin la Cruz no hay Resurrección. Pero tampoco hay Cruz que no sea seguida por la Resurrección.
Por eso los ortodoxos celebramos el Viernes Santo de modo resucitado, mientras que los occidentales hasta la Pascua lo celebran sólo de modo cruciforme. “Tu Cruz veneramos, Soberano, y Tu divina Resurrección glorificamos”, psalmodiamos en la Pascua.
Así también el divino Crisóstomo empieza su homilía “Sobre la Cruz” con los siguientes logos: “Hoy tenemos fiesta y romería, porque nuestro Señor se encuentra clavado sobre la Cruz… La Cruz es la base de nuestra sanación y salvación; la Cruz es fuente de miríadas de bienes…”. (San Juan Crisóstomo, EPE t. 36, pág. 29).
Dentro del dolor y del esfuerzo de la ascesis y de la vida cruciforme se esconde la más mística, profunda y verdadera alegría y consuelo, tal y como nos lo ha prometido el mismo Señor: “Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y del mal que domina al mundo, porque ellos serán consolados por Dios.” (Mt 5:$).
El luto o tristeza por la metania y la ascesis (ejercicio espiritual), según los Santos Padres, es la χαρμολύπη (jarmolipi) “alegre-pena” o “pena-alegre”, la emoción espiritual más equilibrada.
Vida ascética era también la vida de nuestra Παναγία Panayía, especialmente /como hemos dicho/ en el Altar de los Altares. Pero también después de la Ascensión de su Hijo a los cielos, como nos dice san Gregorio Palamás, “las grandezas que habían ocurrido en ella eran sobrenaturales, que el hombre no puede concebir, y las soportaba con resignación, firmeza y multiforme ascesis”. (San Gregorio Palamás, EPE t. 9, pág. 443).
Del Salvador Cristo y de la Señora Zeotocos aprendieron los santos Apóstoles y lo transmitieron a la Iglesia.
En nuestra Iglesia Ortodoxa nuestro pueblo (griego) fue instruido y adquirió una moral y un carácter ascético y cruciforme-resucitado. Esta conducta le ayudó mucho a soportar la dureza de los bárbaros conquistadores (los turcos) durante 400 años; y también a hacerse cargo, desnudo y débil, de las penas, los sufrimientos, las contrariedades y los peligros de la lucha liberadora de 1821.
Las simples y analfabetas madres, pero sabias según Dios, que enseñaban a sus hijos la fe, la oración, el ayuno y la metania, preparaban realmente hombres libres que se convertirían en artífices de la liberación y de la libertad nacional.
¿Acaso hoy qué educación damos a los jóvenes y cuánto los ayudamos a superar su egocentrismo y a hacerse hombres verdaderamente libres?
Hoy en día se promueven y anuncian también otras formas de ascesis no ortodoxas ni cristianas. La ascesis evangélica y ortodoxa no tiene ninguna relación con los métodos ascéticos de distintas herejías orientales, como los de tipo hinduista o yoga, donde la ascesis tiene carácter humanocéntrico, es un ejercicio de la voluntad, y no una co-crucifixión con Cristo.
En nuestra Iglesia Ortodoxa la ascesis nunca es un fin en sí mismo que conduzca a la autosalvación o a la autojustificación. Siempre es el medio para adquirir la Jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo y la verdadera agapi a Dios y al prójimo.
Para los cristianos ortodoxos el levantamiento de la Cruz es expresión de obediencia y agapi a Dios. Es el contra-regalo y la contra-oferta hacia el Señor que se sacrificó por nosotros.
Incluso, los padecimientos por Cristo se pueden ofrecer a Dios a favor de la Iglesia, como hacía el apóstol Pablo: “Ahora encadenado y encarcelado me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones y sufrimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).
En los martirios de muchos santos mártires, como san Jaralambos, san Modesto, santa Anastasia la romana…, vemos que los santos mártires ofrecen su dolor y su muerte a Dios por los hombres dolidos que les invocarían.
Es muestra de perfecta agapi que el fiel ofrezca su paciencia en las pruebas y las fatigas de la ascesis a Dios, no sólo para su propia sanación y salvación, sino también para su semejante.
4. La Cruz y el mundo contemporáneo
Vivimos en un mundo dominado por el espíritu anti-cruz. Un mundo ególatra que tiene como ideales la satisfacción de los pazos sin ética, el bienestar material y la comodidad, que coloca la libertad al servicio del egoísmo y no del sacrificio y de la agapi, es decir, de la Cruz.
Este mundo no quiere oír hablar de contención, dominio de los pazos, sacrificio, ayuno y ascesis. En el fondo niega la Cruz y así no puede encontrarse con Cristo. Permanece en la corrupción, en la muerte, en el vacío, en el tedio, en el aburrimiento y en el impase. Se divierte, pero no se alegra.
La psicología, la educación, la formación y los estudios, la política y las relaciones sociales, la justicia y la diversión están intensamente impregnadas de este espíritu.
Acertadamente observa el padre Dimitri Dusco en su libro “Nuestra esperanza”: “¡Que estemos atentos, porque muchas veces, a pesar de nuestra fe en Cristo, intentamos hacer cómodo incluso el camino de la Realeza increada de Dios! El mundo, con sus bienes materiales y su tecnología, nos ha vuelto locos. Y si alguna vez se habla de dolor y pazos, de repente te dicen: ‘El cristianismo es alegría. Todo debe ser alegría’. Pero la alegría no viene así. La alegría no se compra con dinero. La alegría del cristiano se compra con sacrificio, dolor y padecimientos. Otros medios de compra no hay.
Para que el hombre se sane y se salve, nuestro Señor subió a la Cruz. Voluntariamente. Se crucificó. Y murió. Después resucitó. Después vino la alegría.
“Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad [y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz,] tome su cruz y me siga”, dijo Cristo. Es imprescindible llevar nuestra cruz. El que sigue a Cristo sin cruz no es digno de Cristo. Es indigno. Esto nos lo ha dicho el mismo Cristo. Y nos lo dijo bien claro: “este no es digno de mí”; es decir, su fe y su agapi hacia Cristo no son auténticas, no valen nada.
La cruz nos asusta. Y esto es natural. Porque destruye nuestra comodidad. El dolor para nosotros es algo aterrador. Pero el dolor no es terrible. La comodidad es terrible. Esta debería aterrarnos. Realmente todas las maldades contemporáneas tienen como fuente la vida cómoda.
El dolor, los padecimientos, la cruz son algo bueno dijo Cristo y así su carga se hace ligera: “Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente. Llevad mi yugo [de la obediencia] sobre vosotros, y aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas, no dudéis, porque mi yugo [de la obediencia] es bueno, fácil y útil, y ligera mi carga [de las obligaciones y deberes que yo os impondré y yo os ayudaré para llevarla]”, (Mateo 11:28-30).
Este mundo que rechaza la Cruz de Cristo está obligado hoy en día a afrontar azotes penosos y terribles, que son también consecuencias de su camino anti-cruciforme y de su egolatría: el sida, las drogas y la terrible catástrofe ecológica.
Y la solución no se encuentra allí donde la coloca el hombre actual, es decir, en tomar solamente medidas preventivas. Todo esto es útil, pero insuficiente. La solución más profunda es una: la μετάνοια metania. La misma que salvó a Nínive de la catástrofe.
Los judíos pedían de Cristo una “señal”. Y Cristo les dijo que se les dará la señal de Jonás el profeta. Es decir, su muerte, su entierro y su resurrección (Mt 12,39). Esta también es la señal para la solución de nuestro impase y de la venidera catástrofe: la elección de la vida cruciforme como único modo de verdadera vida.
Un padre de Occidente, san Agustín, dijo: “Conozco tres cruces: una es la cruz que sana y salva al hombre y es la cruz de Cristo; otra es la cruz del buen ladrón que estaba a la derecha de Cristo, por la cual se sana y se salva el hombre; y una tercera cruz, la del ladrón que estaba a la izquierda de Cristo, que te hace perderte en la eternidad.
Los tipos de estos hombres —los dos ladrones— simbolizan toda la humanidad. La cruz del ladrón de la derecha toma en su interior, sobre sí mismo, la cruz de Cristo y se salva. La cruz del ladrón de la izquierda representa aquella parte de los hombres que no aceptan la cruz de Cristo y se pierden. Pero, en definitiva, no podemos evitar la cruz de ninguna manera”. (Dimitri Stăniloae: La cruz y la alegría en la vida de los monjes, pág. 16).
Los cristianos que viven en este mundo contra-cruciforme deben hacer un gran esfuerzo y lucha para no ser arrastrados por este ambiente de espíritu materialista y anti-cruz. En cada momento deben escoger entre estos dos modos de vida: la vida cruciforme en Cristo y la vida anti-cruciforme según el mundo; es decir, entre la agapi cruciforme y el egoísmo anti-cruciforme.
Con la agapi nos co-crucificamos con Cristo, mientras que con el egoísmo crucificamos a Cristo y nos hacemos enemigos de la Cruz de Cristo.
Para los antiguos y los contemporáneos crucificadores de Cristo, el apóstol Pablo dice: “Porque muchos entre vosotros no andan en el camino ortodoxo y se convierten en escándalo, de quienes muchas veces os dije, y ahora tengo que repetirlo con lágrimas en los ojos. Me refiero a los enemigos de la cruz de Cristo; es decir, aquellos que al principio creyeron y obedecieron a Cristo, pero después vivieron y viven vida pecadora y escandalizan los fieles, sabotean y perturban la Iglesia y combaten contra Cristo; el fin de ellos será la condena y la perdición eterna, su dios es su vientre, buscan la gloria en praxis y situaciones vergonzosas y tienen puesto su corazón en las cosas de la tierra y en las conductas carnales”, (Fil 3,18-19).
El diablo intenta asustar a los cristianos diciéndoles que, si escogen la vida cruciforme, no progresarán ni predominarán —“con la cruz en la mano no progresas”—, y que se convertirán en víctimas de la explotación de los demás. Así los incita a explotar a otros para que los demás no les exploten a ellos.
Así, por la poca fe, desconocen la Jaris (gracia, energía increada), la fuerza y la protección de Dios para los que aplican y cumplen Sus mandamientos.
Incluso tienen que afrontar las tentaciones de gente de su ambiente que repetidamente les dicen lo que dijeron los crucificadores al Señor crucificado: “¡El que derriba el templo y en tres días lo edifica! ¡Si realmente eres hijo de Dios, sálvate a ti mismo ahora y baja de la cruz!” (Mat 27:40).
Los hebreos querían a Jesús Cristo como Mesías, pero sin la Cruz. Hoy también la gente con espíritu mundano quiere hacer un paraíso terrenal sin Cruz. Nos llaman también a nosotros, que somos cristianos, a abandonar la forma de vida cruciforme.
¿Cuántas reacciones reciben de su ambiente los padres piadosos que, adoptando un espíritu de vida cruciforme, forman familias numerosas? ¿Cuántas tentaciones tienen los jóvenes que quieren vivir con pureza, devoción y piedad?
Si el espíritu del Anticristo combate contra Cristo, lo hace porque Cristo es crucificado y por eso resucitado. El Anticristo, como pseudomesías y pseudoprofeta, promete a la gente un paraíso terrenal, redención y salvación sin la cruz.
Pero ¿cómo puede haber paraíso sin agapi? ¿Y cómo puede haber verdadera agapi sin la crucifixión del egoísmo?
La revolución contra el egoísmo es la revolución más radical del mundo, porque sin ella no se puede conseguir ningún cambio verdadero para mejor.
Es característica la interpretación que se ha dado al número simbólico 666 que en griego se escribe: ΧΞΣΤ, Jristós Xénos Stavrú (Cristo extranjero o ajeno a la Cruz). Es decir, un Cristo, un Mesías sin la Cruz es el Anticristo, y también lo son todos los precursores del Anticristo.
***
Pidamos, pues, hoy en día la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) del Señor Crucificado y Resucitado para que no seamos arrastrados ni engañados por el Anticristo.
No neguemos, pues, Su Cruz ni nuestra cruz: la agapi, el espíritu de sacrificio y ofrecimiento, la humildad y la paciencia en las pruebas, la continencia y la ascesis ortodoxa.
Especialmente en los momentos en que el egoísmo tiende a dominarnos, fijemos nuestra mirada en el Crucificado, igual que se fijaban en la serpiente de bronce los hebreos envenenados en el desierto.
Crucifiquemos en Su Cruz todo nuestro deseo egoísta, cada pazos pasión, vicio carnal pecador, cada desobediencia, cada desesperación, cada ira y enfado nuestro y cada falta de fe.
Y si por debilidad humana y descuido caemos y actuamos de manera anti-cruciforme, volvamos a lα μετάνοια metania, retornando de nuevo a nuestra vida cruciforme.
Pidamos también la ayuda de nuestra Παναγία Panayía, que no sólo no evitó a su Hijo unigénito la Cruz, sino que ella misma vivió cruciformemente y, con discernimiento, ayudaba a su Hijo a llevar Su Cruz. Ahora también nos ayuda a nosotros a llevar nuestra cruz que conduce a la Resurrección.
Nuestra Iglesia Ortodoxa, con sabiduría, nos mistagogiza (nos instruye místicamente) en la vida cruciforme-resucitadora. En nuestra Iglesia cruciforme-resucitadora también nosotros nos hacemos cristianos cruciformes-resucitados.
La asamblea o baile de los santos de nuestra Iglesia es una asamblea o un baile de crucificados y resucitados, co-crucificados y co-resucitados con Cristo, que alrededor del Cordero Degollado, con ejemplo supremo la Señora Zeotocos, psalmodian un canto nuevo. Es la Pascua eterna.
A esta Pascua llama a todos nosotros Cristo por medio de Su Cruz.
Amén.
+Yérontas Gheorgios Kapsanis, Santo Monasterio Grigoriu de la Santa Montaña Athos.
Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/
Léxico
1. Agapi, Αγάπη (agapi) amor. “Ὁ θεός ἀγάπη ἐστίν (O zeós agápi estín) Dios agapi-amor es (1Jn 4,8)” La agapi es la energía increada superior de la Jaris. “Porque la agapi proviene de Dios” (1Jn 4,7). Dicen los Santos Padres Ortodoxos: Nadie puede conocer la increada agapi, como energía increada de Dios, si no es a través de la energía increada Χάρις (Jaris, Gracia) del Espíritu Santo. Éste es el propósito de la psicoterapia de la Iglesia Ortodoxa, el convertir mediante la continua metania y confesión, la φιλαυτία (filaftía, egolatría) que es el creado amor interesado, egocéntrico y enfermizo a uno mismo, en la desinteresada divina e increada agapi de Dios. Ésta comprende tres estadios: catarsis, iluminación y zéosis o glorificación. Dios creó al cosmos (adorno, ornamento) de la nada y libremente sin ninguna necesidad, por agapi. No sólo creó al cosmos, mundo, sino que lo mantiene por Sus energías increadas. Para nosotros los Ortodoxos Dios es el gran presente y para los occidentales es el gran ausente, ya que ignoran la existencia de las energías increadas, “la mayor de ellas la agapi” (Cor 12,13). Nada tiene que ver con ágapes de banquetes donde se come y bebe, tampoco quiere decir caridad, puesto que en helénico, caridad es φιλανθρωπία (filanzropía) o ευσπλαχνία (efsplajnía).
2. Anticristo, Αντίχριστος (antíjristos) anticristo, si analizamos la etimología de la palabra está compuesta por anti y Cristo. Anti significa aquel que se opone y también en vez de, en lugar de, aquel que se encuentra en la posición de otro; es decir, el ilegal que vendrá para engañar al mundo simulando a Cristo e intentará a imitarle en todo.
3. Jaris, Χάρις τού Ζεοῦ (jaris tu Zeú) Gracia de Dios » (Jn. 1. 14, 16,17) es energía divina increada, innata e inherente riqueza de la Deidad. Especialmente en el campo de la redención, la Jaris es en particular el don de Dios, que se derramó del sacrificio de la Cruz de Cristo, y funcionando dentro en la Iglesia, envuelve al hombre débil y pecador, lo santifica cuando colabora libre y voluntariamente y le hace conseguir la zéosis. De la palabra Jaris viene c-jarisma, don, que es regalo de Dios en todos los hombres sin excepción alguna. No se puede exigir como «recompensa» por obras buenas. Pero se atrae especialmente con la ταπεινοφροσύνη (tapinofrosini, actitud sensata y humilde interior), por la metania y el corazón quebrantado (cf.1P 5. 5). La divina Jaris se da con los santos Misterios ortodoxos de nuestra Iglesia. Esencia y energía están relacionadas; no hay esencia sin energía ni energía sin esencia. San Gregorio Palamás nos dice apofáticamente «No de la esencia conocemos a Dios sino de Sus energías y de increada esencia tenemos increada energía y de la creada esencia creada energía». Los heterodoxos están muy confundidos y oscurecidos sobre éste tema.
4. Λόγος Logos Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος… (En arjí in o logos). En el principio el Logos era, es y será eterna e infinitamente; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y Dios era y es el Logos (Jn 1,1). Está vestido con un manto teñido de sangre de su propia sangre que derramó en la cruz; y su nombre, que ha sido dado y llamado desde la perpetuidad, pre-eternidad, y es: “el Logos de Dios” (Apoc 19:13)
Los Sabios Santos Padres Helénicos Ortodoxos y todos los Helenos, según el contextoen general cuando el término está escrito con la “L” mayúscula aludimos a Cristo. “Logos” significa el desarrollo del pensamiento expresado con la voz propia del lenguaje, y también causa, razón, motivo, relato, opinión, dicho, discurso, expresión, tratado. Del logos provienen la lógica y los λογισμοί (loyismí) del verbo λέγω (lego); “digo”, “hablo”, “expreso” y también λέξιs (lexis); “palabra”, que poco tendrían que ver con el “logos” y que tan mal se ha traducido en Occidente,: es vergonzoso, cuando traducen ”todo se hizo por Ella” (Jn 1,3) “sin Ella nada se hizo, de todo de lo que está hecho”, es decir, llaman Ella al Logos de Dios, a Cristo.
Tenemos el Logos no encarnado en el A. Testamento y el Logos encarnado en la persona de Jesús Cristo en el N. Testamento. Por ejemplo, dicen los sabios padres: «Y dijo el (Logos) Dios: «Haya luz» (Gén 1,3), «Y dijo el (Logos) Dios: Hagamos al hombre a imagen y semejanza» Gén 1,26). Este “hágase la luz” es y proviene del Logos de Dios; y “hagamos” en plural se refiere a las tres personas de la Santa Trinidad que el Logos nace del Padre y el Espíritu procede del Padre, es decir, se refiere a imagen y semejanza del Logos que más tarde se haría hombre, aquí también es el Logos Dios. «Y el Logos se hizo hombre de manera sobrenatural y plantó su tienda o acampó entre nosotros y nosotros hemos contemplado su δόξα (doxa gloria, luz increada) como unigénito de la misma naturaleza del Padre, pleno de Χάρις (Jaris, Gracia energía increada) y de Verdad» (Jn, 1,14) y «Todo fue hecho por el Logos y sin Él no se hizo nada de todo lo creado» (Jn 1,3). Por lo tanto la Biblia por sí misma no es el Logos de Dios; es “logos” sobre el Logos de Dios. Precede la Apocálipsis (revelación) después el registro o descripción de ella, la letra y la Biblia.
En la Iglesia Ortodoxa, Santa, Apostólica y Católica (no confundir “Católica” con el sentido que le da el romanocatolicismo del César papa), el “Logos” es la Segunda Persona e Hipóstasis de la Santa Trinidad. Logos es la Sabiduría de Dios del A.T. y el nus divino que rige todo de los filósofos Helenos. Es Providencia Divina en la que se concibió toda la creación; así tenemos el Dios Trinitario: Nus, Logos, Pnevma, (Νοῦς, Λόγος, Πνεῦμα), “Nus, Logos, Espíritu” sin principio ni fin, inseparables e increados, el Cual creó al hombre dotado de libre voluntad, como imagen y semejanza del encarnado Logos Cristo, el Zeántropos (Dios-hombre), confiriéndole de nus, logos, pnevma, (νοῦς, λόγος, πνεῦμα), “nus, logos y espíritu” semejante a Él. La psique espiritual del hombre se compone de nus y logos y son inseparables.
El Logos, como principio cósmico unificador, contiene todos los logos (los principios, las esencias interiores, los pensamientos de Dios) con los cuales se crean y desarrollan todas las cosas en el tiempo y el espacio, más las formas que son dadas, conforme con las cuales cada objeto contiene los principios de su propio desarrollo. Estos son los logos contenidos en el Logos, y aparecen en distintas formas en el universo creado, constituyendo la segunda etapa en la contemplación del universo. En el Evangelio de San Juan empieza con un himno (Jn 1.1-5.9-12.14.16), el cual, combinando representaciones que se habían transformado del pensamiento judaico con términos filosóficos helénicos de la época, proclama la gloria y la obra sanadora y salvadora de Jesús como «Logos de Dios». Con base al acontecimiento de la encarnación o hacerse hombre (1,14), se aclara totalmente en el Evangelio de San Juan el carácter personal del Logos, el cual preexistía en Dios (1,12. 10,30), todo se hizo por Él (1,2). Al contrario que el pensamiento de aquella época, en lo que se refiere al himno, las representaciones y los términos recalcan que el «Logos», que se humanizó en Jesús, no es una creación, ya sea la primera y mejor, sino el mismo Dios (1,2), que se hizo realmente hombre.
5. Loyismós Λογισμós, οί y los loyismí: en la escritura patrística, se llaman los pensamientos simples o compuestos unidos con la fantasía, ideas, razonamientos, reflexiones, concepciones o las tendencias conscientes e inconscientes de la psique, o vivencias enteras (en que actúan todas las fuerzas de la psique: nus, diania (mente-intelecto,) corazón, conciencia y voluntad). En el último de los casos tenemos la forma total de los loyismí. Éstos conectan con imágenes y con varios estímulos, que provienen de los sentidos físicos y de la fantasía. Sobre todo los loyismí pecaminosos (avaricia, gula, ira, vanidad, soberbia, pereza, lamentación, lujuria). Mediante los loyismí, entran en la psique los pazos por el siguiente proceso: choque del nus y el loyismós; conversación del nuscon él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y praxis caída al pecado, pazos.
6. Metania Μετάνοια Metania del verbo μετά-νοώ, metá=después, con, y noó= concibo, percibo con el nus como energía de la psique y el corazón como esencia. Quiere decir giro del nus (metanús), introspección y conversión de la conducta y mentalidad del hombre y sobre todo giro, cambio de actitud de la vida en pecado y del mal por la vida en Cristo. La metania en la Tradición Ortodoxa no proviene de una percepción psicológica de culpabilidad, sino de la apocálipsis (revelación) de la deformación de la psique y esta apocálipsis se manifiesta de la energía increada de la Luz divina en el corazón psicosomático del hombre. El nuevo Testamento empieza y acaba con la metania (Mt 3,2 Lc 24,47)
Metania se llama también uno de los Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa, con el cual se facilita la absolución y perdón de los pecados, aceptación, confesión, arrepentimiento, rectificación y terapia, sanación. También se llama así a un gesto reverente que se acostumbra hacer en la veneración Ortodoxa. Hay dos metanias-genuflexiones distintas: una es un simple movimiento de la cabeza hacia abajo y otra grande reverencial, arrodillándose.
7. Pazos, Πάθος pazos, padecimiento, pasión, emoción, hábito, mala costumbre, vicio, patología; En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas de la psique. Fuerzas que con su energía de la voluntad han tomado el camino equivocado. Todos los pazos que nacen de algún pecado que se repite, y así se consolida en la psique una tendencia pecadora o apego/adictiva, que con el tiempo llega a ser una segunda «naturaleza», influyendo en los pensamientos y decisiones, dominando la voluntad y sellando toda su “psicosíntesis”. Es preferible reeducarlos, convertirlos y sanarlos, que oprimirlos o reprimirlos y finalmente se usarán de forma fructífera y no negativa.
8. Psique, Ψυχή (psijí) Psique alma, ánima, el término viene desde la antigüedad y se usa igual hasta hoy. En el Nuevo Testamento y los santos Padres, se usa a menudo en vez de la palabra άνθρωπος (anzropos), ser humano, hombre, (Rom 13,1). A veces en la Sagrada Escritura significa simplemente la vida. (Mt 2,20 Jn 10,11 y Rom 16,4), Pero psique se dice sobre todo del elemento espiritual, no material de nuestra existencia (Mt 10,28); Es la base substancial que vivifica el cuerpo. Es un componente de las dos partes de nuestra naturaleza; el otro es el soma, cuerpo. El cuerpo no contiene la psique sino que la psique contiene y conjunta al cuerpo. La prueba está cuando la psique sale el cuerpo se convierte en cadáver y se disuelve. Los hombres tienen psique con esencia y energía, por eso tienen nus, logos (lógica) y espíritu, el cual espíritu, es la increada energía Jaris que vivifica el conjuntado cuerpo; nus y logos están unidos e inseparables de la psique después de la muerte física; los animales tienen psique por energía por eso no tienen nus y logos (lógica).
Traducido por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com







