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Jun 09 2025

Pentecostés, señal de unión y la Globalización, señal de disolución

«Pentecostés, señal de unión y la Globalización, señal de disolución»

Domingo de Pentecostés, P. Atanasio Mitilineos

El Espíritu Santo, queridos míos, ya había sido retirado de la Tierra. El Padre lo dijo claramente: «Mi Espíritu no permanecerá para siempre con estos hombres, porque son carne» (Gen 6:3). Los hombres se habían degenerado. A pesar de que Dios había ordenado que no se mezclaran las dos ramas de Adán: una era la de Caín y la otra la de Set. Sin embargo, se mezclaron, impulsados por motivos materialistas. «Vieron» -dice- «los hijos, los descendientes de Set que las hijas de los descendientes de Caín eran muy hermosas, y se mezclaron con ellas» (Gen 6:1-2). Y se corrompieron. Y llegaron a un punto tal que provocaron la decisión de Dios de enviar el Diluvio. Por eso dice… presten atención a esta frase: «Mi Espíritu no permanecerá para siempre con estos hombres» -no dice “por los siglos”- «porque se han hecho carne». Se volvieron carnales. Por tanto, retiro mi Espíritu Santo.

De aquí debemos aprender que el hombre carnal no puede tener el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo, por así decirlo, no puede posarse suavemente sobre el hombre carnal. Ya sabemos por el Nuevo Testamento que el hombre no es solo su psique-alma, sino también su cuerpo -y sobre todo su cuerpo- es templo del Espíritu Santo. ¿Cómo, pues, este cuerpo, que será arrastrado hacia la inmoralidad, hacia diversas formas de inmoralidad, cómo es posible, después de haberse traicionado como templo del Espíritu Santo, que aún permanezca allí el Espíritu Santo?

En efecto, toda la vida de los hombres continuó por 120 años más. Y vino el Diluvio. Solo se salvó la familia de Noé. Y la humanidad comenzó de nuevo a expandirse por la Tierra. Pero la raíz de la humanidad seguía siendo maliciosa. La intención, el pensamiento. De hecho, en un punto, el texto sagrado del Génesis dice que «la inclinación de la mente e intelecto del hombre está orientada y consiste continuamente al mal desde su juventud» (Gén 8:21). Y cuando los hombres decidieron extenderse por toda la Tierra, dijeron entre ellos que construirían un monumento material, para recordar el punto de partida de su camino. De dónde partieron, de dónde comenzaron. Y comenzaron a construir la torre de Babel.

Pero era una obra… Porque, como saben, dejar un monumento, un símbolo material que provoque memoria (μνήμη mnimi) -eso es lo que significa “μνημείον mnimíon monumento»- no es algo malo. Sin embargo, para ellos fue una obra de arrogancia. “¡Miren lo que hicimos, miren qué y quiénes somos!” Eso, por supuesto, no lo bendijo Dios. Y entonces Dios dijo: “Vamos, bajemos y confundamos allí su lengua, para que no se entiendan entre ellos. Y el Señor los dispersó desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad y la torre” (Gén 11:7–8)
No completaron la torre ni la ciudad. La torre de Babel. Babel significa “confusión”. Y se llamó así porque se produjo una confusión de lenguas. Uno decía una cosa y el otro entendía otra.

Cincuenta días después de la Resurrección de Cristo, queridos míos, vino nuevamente, como es sabido, el Espíritu Santo sobre los hombres. Por eso, nuestra Iglesia señala en su Himnografía algo muy característico: “Cuando descendiendo confundía las lenguas (Dios descendió y confundía las lenguas), el Altísimo dividía las naciones -separaba en grupos, grupos de personas. Presten atención: “dividía las naciones”. También lo dice el Deuteronomio. Es decir, puso límites a cada nación y fronteras. Guarden esto. Es muy útil. Veremos el por qué.
Cuando distribuyó las lenguas de fuego -en Pentecostés ahora-, a todos llamó a la unidad, y con un mismo espíritu glorificamos al Santísimo Espíritu.”

Vemos entonces que Pentecostés fue correctivo de la arrogancia humana que intentó levantar la torre de Babel. Y, por supuesto, desde entonces lo que une a todos los seres humanos ya no es la cultura, ni los edificios, ni los monumentos, sino el Espíritu Santo. Y quien acepta la persona divino-humana de Cristo, siempre acepta también al Espíritu Santo. Si no tienes al Espíritu Santo, no es posible que tengas… perdón, si no tienes a Jesús Cristo, no es posible que tengas al Espíritu Santo. Y Él es quien realiza la vida espiritual. Eso que llamamos “vida espiritual”, eso es: la vida del Espíritu Santo. No la vida del espíritu humano. Cada uno tiene su espíritu. Pero la vida espiritual no se ejerce basada en el espíritu humano, sino basada en el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu Santo no podemos salvarnos. Si los hombres sufren, es porque no tienen el Espíritu Santo. Porque no lo aceptan. Lo más esencial que hoy nos falta -especialmente en nuestra época- es precisamente esto: el Espíritu Santo. Eso es lo que nos falta. Con la condición, sin embargo -ya lo dije antes- de que los hombres hayan creído en Cristo. Debes tener a Cristo para tener al Espíritu Santo.

¿Y qué puede darnos el Espíritu Santo? Tal vez os lo hayáis preguntado.
Y ante todo, con el Espíritu Santo adquirimos el espíritu de Cristo. Dice Pablo en la primera carta a los Corintios: “Pero nosotros tenemos el espíritu de Cristo” (1Cor 2:16))

¿Por qué?
Porque si tenemos a Cristo, tenemos al Espíritu Santo, que nos da el espíritu de Cristo. Y esto significa que pienso como pensaba Cristo.
Imagínate: que mis pensamientos sean cristiformes. Son anticósmicos (opuestos al mundo). Y tienen como medida la eternidad y la voluntad de Dios. Eso significa tener el espíritu de Cristo.

Segundo. Tenemos el Espíritu de la Verdad, como nos dice el evangelista Juan en el capítulo 14. Como Dios, por supuesto, el Espíritu Santo siempre dice la verdad. El Espíritu Santo no puede mentir. Esto se dice en contraposición al espíritu de la mentira y del error, que es el diablo.
Escribe el evangelista Juan: “No creáis a todo espíritu” (es decir: no creáis a todo espíritu, sino solo al Espíritu Santo, que es el Espíritu de la Verdad). Esto significa que en el mundo prevalece el espíritu del engaño, el cual debemos conocer para poder distinguirlo del Espíritu Santo.

¿Y cuál es el fruto del espíritu del engaño? Presten atención: el espiritismo, los médiums, la brujería, la herejía, las religiones naturales. Y nosotros, los ortodoxos -los cristianos en general y especialmente los ortodoxos- vamos como enloquecidos a conocer esas religiones extranjeras y naturales, provenientes de Oriente. Queremos conocer, dicen, el budismo, esto o aquello. ¡Ay de nosotros! El modo de vida y de pensamiento mundano son espíritus de error.

Y es más, les diré algo totalmente nuevo. Se publicó en un periódico que en algunas escuelas primarias -en escuelas piloto- en primer grado de primaria (¡sí, lo oyeron bien!, en primer grado de primaria) se introduce la materia de la Magia. Y el periódico muestra ejemplos: así como existe un abecedario en primero de primaria para aprender las letras, A, B, etc., existe también un libro, un auxiliar, que se refiere a la iniciación de los niños en la magia. ¿Lo escucharon? Es muy natural. Hay una frase que dice: “La naturaleza aborrece el vacío.”
Ahora apliquemos esto: En el momento en que expulsamos a Cristo de nuestra vida, es muy natural que el diablo ocupe su lugar. Porque la magia tiene como patrón al diablo.
¿Lo oyeron, por favor?

Yo quiero provocarlos: si ven que esta cuestión se generaliza, (si es que no fracasa desde su inicio), ustedes los padres, abuelas y abuelos, protesten para salvar a nuestros niños.

El Espíritu Santo es la unción de la verdad. Escribe el evangelista Juan en su primera carta: “Y vosotros —es decir, ustedes—, la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, porque sois enseñados por Dios. Sino que la misma unción o crismación os enseña acerca de todo”-el Espíritu Santo, que hemos recibido, nos enseña acerca de todo.
Es un misterio separado, después de nuestro bautismo somos ungidos. El santo Crisma. El bautismo es una cosa, la unción es otra. El Crisma es recibir de manera material —con ese aceite, el “myron”— el Espíritu Santo. Lo repito: de manera material, porque el Espíritu Santo tiene su sede (noten la palabra: sede, asiento) en ese aceite santificado y perfumado.
Así recibimos el Crisma, ese segundo sacramento, que es el que nos dará todo el bien que Dios quiere darnos. El santo Crisma es nuestra dote, nuestro capital espiritual. Sí, nuestra dote.

Y continúa: “Y es verdadero y no es mentira, y como os ha enseñado, permaneced en Él.” ¿Dónde? En el Espíritu Santo. Con el Espíritu Santo, queridos míos, tenemos una clara distinción entre lo verdadero y lo falso, o entre lo falso terrenal y pasajero, y lo celestial y eterno; entre lo que nos conviene y lo que no; entre lo genuino y lo falso. Podemos discernir. Eso es lo que decíamos en nuestras catequesis del martes: es el discernimiento espiritual.
Porque también tenemos el discernimiento natural: Discernir con los ojos, por ejemplo: esto es oscuridad y aquello es día, luz. Eso es discernimiento natural. Esto es una pared y aquello es agua. Discernimiento natural. Pero el discernimiento de los elementos que les mencioné antes, (no los repito), constituyen el llamado discernimiento espiritual.

Un tercer punto: Isaías dice que tenemos el espíritu del temor de Dios; lo dice en su capítulo 11. Sí. El Espíritu Santo nos da el temor de Dios. Por tanto, el temor de Dios no es algo que debamos desechar. Al contrario, es deseable. Es algo que debemos anhelar. ¿Y la falta de temor? La falta de temor, mis queridos, nos hace perder lo que hemos alcanzado. Me ayudará a no temer al diablo, pero sí temeré a Dios. Porque la falta de temor -lo repito- hace perder lo adquirido. Por eso dice el apóstol Pablo: “Con temor y temblor -que es la intensificación del temor- trabajad por vuestra salvación” (Filipenses 2:12). Con temor y temblor. ¿Y si pierdo mi salvación? ¿Qué sucede entonces? La falta de temor sacó a los primeros en ser creados del Paraíso. Sin duda. Pero el temor de Dios introdujo al ladrón en el Paraíso. Cuando él mismo le dice al otro ladrón: “¿Ni tú temes a Dios?”. Porque al principio ambos blasfemaban contra Cristo. Luego él recapacitó. Le sobrevino el temor de Dios. Se espantó. Se estremeció. Y cuando el otro continuaba blasfemando, le dijo: “¿No temes a Dios?” Porque Él es justo, etc.

Para quien no tiene el temor de Dios, que es infundido por el Espíritu Santo, todo está permitido, como dice Dostoievski. Lícito e ilícito. Matar, robar, hacer el mal. Todo se permite. Porque no tiene temor de Dios. Por eso nuestro pueblo dice: “Ese no tiene temor de Dios”. Es ateófobo (literalmente: sin temor de Dios). En cambio, ¿cómo se llamaban los cristianos en la antigüedad? “Los temerosos o los que temen al Señor”.

Cuarto. Y lo que es de máxima importancia: El Espíritu Santo se convierte para nosotros en Espíritu de libertad. Pablo escribe: “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2Cor 3,17). ¿Lo ven? Allí está la libertad. Donde está el Espíritu Santo. Profundo logos. Realmente un logos clave. Porque hoy, como muchos no tienen el Espíritu Santo, tampoco tienen una correcta percepción de la libertad. La libertad es hoy una de las cosas más malinterpretadas. La consideran como libertinaje. Y eso es un signo de autodestrucción. Como dice otra vez el logos de Dios: “Aquellos que invocan la libertad son esclavos de la corrupción” (2 Pedro 2:19). Una frase del Nuevo Testamento. Esclavos de la corrupción. La anarquía, el amoralismo -amoralismo significa no tener ninguna ética- son signos de ausencia del Espíritu Santo, que otorga una percepción correcta de la libertad.

Un quinto punto, si lo desean. El salmista dice que recibimos un espíritu hegemónico, de gobierno. ¡Oh, maravilla! Está en el Salmo 50. “Y con un espíritu hegemónico, de gobierno, fortaléceme, dice, etc. Es el espíritu del νοῦς ἡγεμὼν nus hegemón (nus gobernante, hegemónico). Es decir, aquel nus-espíritu que se establece como dirigente, inspirado por el Espíritu Santo. Así gobierna el nus-espíritu. No gobiernan los pies, ni los talones, ni las patadas del fútbol. Ni, ni, ni… Es el νοῦς ἡγεμὼν nus hegemón, gobernante. Por eso David se estremece y dice: “No retires de mí tu Espíritu Santo” (Salmo 50). A causa de mis pecados, no retires de mí tu Santo Espíritu. Porque estoy perdido.

Y un último punto -si es que es el último. El Espíritu Santo nos trae una multitud de donaciones. Pero lamentablemente el tiempo siempre es limitado. Cuando se nos da el Espíritu Santo, también se nos da el Espíritu de adopción. Dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’” (Rom 8:15). Con este Espíritu llamamos a Dios Padre. Abba significa “Padre”. Son dos idiomas. Es en siríaco y en griego. Αββά ο πατήρ Abba el páter (padre). En dos idiomas. Dile a alguien -para que no me digas que es obvio llamar a Dios Padre- dile a alguien que llame a Dios Padre cuando no está en paz con Dios. Imposible. Aunque le cortes la cabeza, no invocará a Dios como Padre. Para que veáis que realmente el Espíritu Santo nos inspira a llamar a Dios Padre. Y cuando decimos “Padre nuestro”, ese “Padre nuestro” es fruto del Espíritu Santo. Y de la adopción nace el sentimiento de seguridad. Como un niño pequeño. Fíjate -una niñita aquí duerme. ¿Dónde duerme? Al lado de su madre. Sí. Es su madre. Así también, mis queridos, cuando tengo el apoyo, el cobijo del padre, me siento seguro. ¿Saben cuándo el ser humano no se siente seguro? Cuando no tiene a Dios como Padre. Por eso hoy tenemos tantas y tan malas situaciones. Es decir, decirle a Dios “Padre” con toda la coherencia, eso tiene una enorme importancia psicológica.

Mientras tenemos tantas cosas, queridos, del Espíritu Santo -y muchas otras más que no podemos enumerar-, os dije: ¿quién hubiera creído e imaginado jamás, que los cristianos que recibieron la Unción o Crismación del Espíritu Santo pensarían en volver para terminar la torre de Babel? ¿Qué dijisteis? ¿Quién podría haberlo imaginado, que los cristianos volverían a construir la torre de Babel? Y sin embargo, queridos míos, así es. ¿Qué es esto? Es la reconstrucción de la torre de Babel: la negación de Pentecostés que se llama Globalización. ¿Lo oísteis? La negación de Pentecostés se llama Globalización.

No tengo más tiempo para deciros que Dios puso los límites entre las naciones. Está en el Deuteronomio. Lo menciona el apóstol Pablo en el Areópago, en Atenas, etc. Dios quiere fronteras. Así como quiere también muros en cada casa, en cada familia. No podemos todos… ¿sabéis lo que ocurrió una vez? En Rusia, el experimento: “¿Qué quiere decir familia?”, decían. “Pues, todo en común.” Pronto entendieron que eso no se sostiene. ¿Se sostiene eso? Así pasa también con las naciones. Y no se trata simplemente de una nivelación cultural. Eso, creedme, eso es lo de menos. Lo que buscamos con la globalización es la unión de las personas en lo social, en lo comercial, en lo cultural y, sobre todo, en lo religioso. Eso es precisamente lo que llamamos Ecumenismo. En ese crisol echamos todas las religiones para sacar eso que llamamos Ecumenismo. Así pues, echamos a Dios a un lado, al Dios que detuvo la construcción de la torre entonces y nos dio la Pentecostés. Lo expulsamos. No necesitamos a Dios. Esa unidad es absolutamente, absolutamente demoníaca.

Y es con esa unidad -atención- que terminará el mundo. Dios no volverá. Se acabó. Ese es el camino: Torre de Babel – Pentecostés – y de nuevo regresamos a la Torre de Babel. Ahí terminará el mundo. Y su final será trágico. El final del mundo lo inspirará el diablo, el Anticristo y el Falso Profeta. Esa tríada impía.

Dijo el Señor: “¿Cuando vuelva el Hijo del Hombre, hallará fe sobre la tierra?” (Luc 18:8) Esa pregunta formuló. Queridos míos, encontrará la fe en la tierra, pero en pocos. En el remanente, como dice el apóstol Pablo. Una pequeña parte. Por eso, queridos, hoy celebramos la Santa Pentecostés. ¿Hemos comprendido la gran importancia y lo que nos regaló el Espíritu Santo? Sin el Espíritu Santo no tenemos razón de existir. Así como no la tenían tampoco los hombres antes del Diluvio. Los sermones de las diversas globalizaciones, despreciadlos. Sobre todo, en el ámbito religioso: el Ecumenismo. Cerrad vuestros oídos y afianzad la fe ortodoxa en vuestros corazones. Hemos entrado en el tiempo de los últimos días. Todo lo indica. Nosotros, teniendo el Espíritu Santo, debemos volvernos más y más santos. Y entonces esperamos al Señor Jesús, que nos asegura:
“He aquí, vengo pronto. Y el Espíritu y la Esposa -el Espíritu Santo y la Iglesia, porque el Espíritu permanece en la Iglesia. Es decir, la Iglesia y el Espíritu Santo, con una sola voz, porque el Espíritu Santo ayuda a la Esposa, es decir, a la Iglesia- dicen: ¡Ven! Y el que escucha -el que escucha a lo largo de la historia- diga: ¡Ven! Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome gratis agua de la vida (Apoc 22:17). Amén.

PARA LA GLORIA DEL DIOS TRINO Y SANTO
y con inconmensurable gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado padre Atanasio de Mitileneos,
digitalización y edición de la transcripción: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_838.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

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