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Jun 11 2025

Espíritu Santo, recaídas y progreso espiritual, Mitilineos

Espíritu Santo, recaídas y progreso espiritual, C 15

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. ¿Cuál es la importancia de la presencia del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia?
  2. ¿La blasfemia contra el Espíritu Santo se perdona?
  3. ¿Qué papel o importancia tienen las recaídas en la vida espiritual?
  4. ¿Cómo puede uno discernir si el calor, la alegría o el recogimiento que siente en el corazón es auténtico, enfermizo o meramente emocional?
  5. ¿Cuáles son las cualidades y características del progreso espiritual, y cuáles no lo son?
  1. ¿Cuál es la importancia de la presencia del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia?

Para la Iglesia, el Espíritu Santo lo es todo. ¡Atención! Es “el todo”, porque fue el Espíritu Santo quien descendió en Pentecostés y quien regula todo lo que llamamos vida espiritual.

Pero, ¿qué significa vida espiritual?
Vida espiritual no se refiere a la vida del espíritu humano, sino a la vida del Espíritu Santo manifestada en la existencia humana. Vivir la vida espiritual significa, por tanto, vivir esencialmente en la presencia del Espíritu Santo. Esto lo resume todo.

La Iglesia recibió su identidad como el Cuerpo de Cristo, y en el día de Pentecostés recibió también la presencia del Espíritu Santo. Por ello, la Iglesia se presenta con dos dimensiones fundamentales:

a) La dimensión cristológica, como Cuerpo de Cristo.
b) La dimensión pnevmatológica o espiritual, como presencia activa del Espíritu Santo en ella.

Debo deciros que, dado que este punto es muy importante, fuera de la vida del Espíritu Santo no existe vida cristiana. No lo olvidéis jamás.
Debemos preguntarnos en cada momento: ¿tengo al Espíritu Santo?
Veis, entonces, que sin el Espíritu Santo es imposible que exista la Iglesia.

La vida espiritual es el otro Paráclito, tal como nos lo dijo Cristo. Porque el primer Paráclito (Suplicador, Consolador) es Jesús Cristo, y el segundo Paráclito es el Espíritu Santo.
Las tres personas de la Santa Trinidad -el Padre, de quien procede y quien envía al Paráclito; el Hijo, que nace y es enviado por el Padre al mundo; y el Espíritu Santo- colaboran en perfecta sinergia (cooperación) para nuestra psicoterapia, redención, sanación y salvación.

Conclusión

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su guía constante. La vida cristiana no puede existir sin su presencia activa. Esto nos recuerda que la fe no consiste únicamente en una adhesión a enseñanzas o prácticas externas, sino que es una vida vivida en comunión con el Espíritu Santo, quien regula, transforma y guía nuestra existencia hacia la psicoterapia, redención y salvación.

Sin el Espíritu Santo no hay Iglesia, ni vida cristiana ortodoxa auténtica. (23:25:40)

  1. ¿La blasfemia contra el Espíritu Santo se perdona?

Es conocido que el Señor dijo: «…pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás, sino que es reo de juicio y condena eterna» (Marc 3:29).

Pero cuando hablamos de blasfemia, ¿a qué se dirige nuestra mente? ¿Pensáis que se refiere a las blasfemias que oímos en los mercados o en la calle?

Ciertamente, alguien que blasfema contra lo divino comete algo gravísimo, algo incalificable.
¡Atención! Es incalificable. Basta con deciros que no existe un canon específico de sanción para el blasfemo, precisamente porque es inconcebible que un cristiano llegue al punto de blasfemar contra las cosas divinas y sagradas. Es algo incomprensible. A pesar de esto, seguramente habréis visto a muchísimas personas que, habiendo blasfemado o insultado las realidades divinas, se han arrepentido sinceramente. Os puedo asegurar que un porcentaje muy alto de quienes se confiesan, ya sea en su juventud o en edad adulta, reconocen haber blasfemado en algún momento lo confiesan y buscan el perdón.

Desgraciadamente, nosotros, los griegos y los latinos, tenemos el triste privilegio de blasfemar e insultar las cosas divinas, y esto es una gran herida y una verdadera desgracia.

Pero, ¿es esto lo que se entiende como blasfemia contra el Espíritu Santo? No.

Aunque la blasfemia en sí es algo incalificable, terrible e incomprensible, no es esto a lo que se refería el Señor.

Debéis tener en cuenta el contexto en el que Cristo habló de esta blasfemia. Fue cuando los fariseos atribuían a fuerzas demoníacas los milagros que realizaba el Señor. Decían: “Por el poder de los demonios expulsa a los demonios” (Mt 12:24, Luc 11:15, Marc 3:22).

Sin embargo, sabemos que era el Espíritu Santo quien obraba en Jesús y realizaba los milagros. No olvidéis que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, en tres hipóstasis o personas. En la Sagrada Escritura leemos que “el dedo de Dios” es el que realiza los milagros, y este “dedo” es una referencia al Espíritu Santo.

Por tanto, cuando los fariseos atribuían los milagros del Señor a una fuente demoníaca, blasfemaban contra el Espíritu Santo, ya que era Él quien obraba en Cristo.

¿Qué debemos hacer nosotros para no caer en este terrible pecado?

Hay dos o tres aspectos importantes que debemos tener en cuenta:

  1. No persistir en la herejía. Dice el apóstol Pablo en su epístola a Tito: “Al hombre hereje, después de la primera y segunda amonestación, evítalo. Sabe que tal persona se ha pervertido y peca, condenándose a sí misma” (Tito 3:10-11). El hereje, por voluntad y preferencia propia, insiste en su error y permanece obstinadamente en la herejía. Esa persistencia deliberada, a pesar de haber sido advertido, lo lleva a una autoexclusión de la divina χάρις jaris gracia increada.
  2. La “a-metania” (falta de metania y arrepentimiento). Esto incluye la ausencia de conversión, de rectificación y de confesión. Es decir, cuando alguien insiste en no arrepentirse ni confesarse. Tenemos muchos casos de personas que no quieren confesarse, ya sea por vergüenza, por enfermedad, o por indiferencia. Sin embargo, cuando se les habla con tacto y se les acompaña pastoralmente, muchos acaban confesándose. A veces, cuando se les lee la oración de sanación, aprovechan ese momento para abrir el corazón y confesar algún pecado. Hemos visto muchos casos así.

Atención a una imagen evangélica para entender este llamado. Este tipo de situaciones se asemeja a lo que el Señor dice en la parábola de la gran cena: “Sal a los caminos y obliga a entrar a los pobres, cojos, ciegos y enfermos, porque aún hay lugar en la casa” (Lucas 14:21–23). Esta expresión “oblígalos a entrar” no significa usar la fuerza física, sino insistir con amor, especialmente cuando alguien dice: “¿Cómo voy a presentarme yo ante el Rey, a su cena?”

Y tú le responderás: “El Señor de la casa es filántropo, amigo de los hombres. Te aceptará tal como eres, con la ropa que tienes. No tengas miedo ni vergüenza.” Ese es el verdadero sentido de “oblígalos a entrar”: vencer la falsa humildad, el miedo o la desesperanza, y ayudar a los que dudan a acercarse al amor y al perdón de Dios.

Pero existen casos en los que la persona permanece sin arrepentimiento ni confesión. Esto ocurre con frecuencia. Me acuerdo de un caso que viví aquí, con una persona mayor, un greco-americano. Era de edad avanzada y tenía cáncer. Las hermanas enfermeras me informaron que esta persona estaba cerca de la muerte. Entonces pensamos cómo podríamos ayudarle a confesarse. Me acerqué varias veces con delicadeza, tratando de animarle, pero él me respondió:
“No quiero confesarme.” Entonces se me ocurrió una idea: confesar a toda la sala. Y, en efecto, toda la sala se confesó. Había una pequeña habitación vacía, y allí se confesaron unas diez personas, todas las que estaban en esa sala de la clínica. Tal vez -pensé- al ver a los demás, se conmovería. Repetí esta estrategia una y otra vez. Pero al final, me dijo con un tono claramente molesto: “No me entiendes, cura. No quiero confesarme.” Este hombre murió así, sin confesión. Es algo verdaderamente terrible: una persistencia extraña, un rechazo absoluto.

Tercero: el rechazo consciente y voluntario de la Verdad. Este es el caso más profundo y alarmante: el rechazo deliberado y consciente de la Verdad, es decir, la tergiversación intencionada de la verdad divina. Así como hicieron los fariseos. Ellos podían conocer la Verdad, pero la distorsionaban deliberadamente. Eso es blasfemia contra el Espíritu Santo.

Os daré un ejemplo muy claro: Cristo ha resucitado. Sabemos que el Hijo fue resucitado por el Padre, por el Espíritu Santo, pero también por Él mismo. Las personas divinas actúan en perfecta unidad, como se refleja en varias expresiones de la Sagrada Escritura.

Ahora bien, los soldados romanos que custodiaban el sepulcro vieron lo sucedido y fueron a informar que Jesús había resucitado, y que habían presenciado cosas extraordinarias.

¿Y qué hicieron los fariseos y los sumos sacerdotes?

Les dieron dinero y les dijeron: “No digáis nada de esto. Decid que, mientras dormíais, vinieron sus discípulos y robaron el cuerpo” (Mateo 28:12-13)

¿Habéis escuchado una tergiversación más grande que esta? En vez de estremecerse y decir: “¡Es verdad! Hemos cometido un grave error al condenar a muerte a este hombre. ¡Ay de nosotros!”, hicieron todo lo contrario: pagaron para ocultar la verdad. Esto, hermanos, es blasfemia contra el Espíritu Santo, porque niegan y distorsionan la acción directa del Espíritu de Dios.

¿Se han salvado estos hombres?

La Sagrada Escritura no nos dice que se hayan arrepentido, sino que malamente se perdieron, tal como dice el Señor en una parábola: “A los malos, malamente los hará perecer el Dios”.

Por tanto, este es, más o menos, el verdadero sentido de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Hay también otras formas, pero esta es central. Tengamos mucho cuidado, hermanos, de no caer nunca en este terrible pecado y enfermedad espiritual, que impide que podamos volver y hacer la μετάνοια metania, es decir, arrepentirnos y confesarnos. (19:30)

  1. ¿Qué papel o importancia tienen las recaídas en la vida espiritual?

Podríamos decir que existen recaídas en la vida espiritual, pero, al menos, no deberían prolongarse demasiado. Todos tenemos recaídas; no hay ningún ser humano que no las experimente. Nadie está exento. Solo cuando hayamos partido de esta vida y el estado de nuestra psique-alma se haya congelado o estabilizado, podremos hablar de una ausencia de recaídas. Pero, por ahora, todos las tenemos.

Las recaídas se deben a múltiples causas. En primer lugar, a nuestro estado psicológico y emocional. Cuando tenemos una disposición favorable, una especie de euforia del alma -ya sea porque en un momento dado gozamos de buena salud, hemos leído un pasaje inspirador de la Sagrada Escritura, hemos escuchado una buena homilía o palabra espiritual, etc., experimentamos una exaltación, una emoción espiritual más elevada.

Sin embargo, puede suceder que nos duela la cabeza, tengamos un dolor de muelas, o se presenten tentaciones que se introducen en nuestra vida o pensamiento, y frente a las cuales mostramos condescendencia. Entonces, inmediatamente entramos en un estado de caída. Estos estados son variables, cambiantes.

No obstante, estos cambios o metáboles (metabolismos) deben ser leves. Si tomáramos como referencia el álgebra y sus signos positivos y negativos, diríamos que nuestras recaídas deberían mantenerse alrededor del “cero”: un poco negativas y un poco positivas, pero mínimamente, sin llegar a recaídas grandes ni prolongadas.

Sabéis que los grandes cambios de temperatura en la Tierra, según una teoría, transformaron parte del planeta en desierto, como en el caso de África. Esta teoría sostiene que, cuando durante el día hay temperaturas muy elevadas y por la noche muy bajas, los materiales de la Tierra, por efecto de estos cambios sucesivos —una continua sístole y diástole, una dilatación y contracción—, se descomponen: las fuerzas que mantienen unidas las moléculas se disuelven, se rompen, se fragmentan, y así la materia terrestre se convierte en arena. Existe una teoría que así lo explica.

Entonces, esto mismo puede ocurrir también en la psique-alma. Si nuestras recaídas llegan a ser de gran magnitud y duración, transforman nuestra psique-alma en un desierto, la reducen a ruinas. Y esto no se refiere solo al ámbito de la virtud y el pecado, sino también al aspecto psicológico. Tened mucho cuidado con lo psicológico.

Existen personas muy emocionales, y son ellas quienes más sufren este fenómeno. Experimentan una exaltación, una gran alegría, se les ve saltar de entusiasmo; pero si se les dice algo que les resulta desagradable, caen en depresión, melancolía o en oscuridades tétricas. ¿Qué les sucede? En su eje emocional hay una gran distancia entre la Λύπη (lipi: tribulación, tristeza, pena o depresión) y la alegría. Se mueven, por tanto, entre extremos opuestos. Este salto de un extremo al otro termina arruinando la psique.

¡Atención! El hombre equilibrado psicológicamente posee tres fuerzas en armonía: la emoción, la voluntad y la lógica (comprensión, sano juicio). No sufre sobresaltos emocionales. Puede entristecerse, puede alegrarse, pero sus cambios -sus metáboles (metabolismos)– son pequeños y controlados. (38:10´ 29´´)

Esto respecto a esta pregunta que continúa y se enlaza con otra pregunta relacionada con esta:

  1. ¿Cómo puede uno discernir si el calor, la alegría o el recogimiento que siente en el corazón es auténtico, enfermizo o meramente emocional?

Es muy válida esta pregunta. Muchas veces experimentamos en nuestro interior una especie de euforia, y si esta se da en el contexto de la fe, puede ser aún más intensa. La pregunta es: ¿cómo podemos saber si esa experiencia es verdadera, falsa o enfermiza?

La respuesta es similar a la que di en la pregunta anterior. Cuando puedo examinarme interiormente y constatar que tengo equilibradas las tres dinamis -las tres fuerzas y energías de la psique-alma: emoción, voluntad y lógica (comprensión, sano juicio)-, entonces hay indicios de autenticidad. Por supuesto, una igualdad perfecta solo la tuvo la naturaleza humana de Cristo.

Veamos un ejemplo: cuando Cristo fue al sepulcro de Lázaro, se conmovió al ver los llantos de los familiares del difunto. Entonces, Jesús lloró, y los presentes dijeron: «Mirad cómo lo amaba». El texto sagrado dice que Jesús derramó lágrimas, aun sabiendo que poco después resucitaría a Lázaro. Esto demuestra que la naturaleza humana de Cristo tenía emoción. Y añade: «Jesús se estremeció profundamente y se turbó» (Juan 11:33 y 38). ¿Por qué? Porque en Él, la emoción, la voluntad y la comprensión estaban en equilibrio.

Nosotros, si bien no poseemos esa perfección, podemos tolerar cierta variabilidad mientras no haya un gran desnivel entre esas tres fuerzas. Por ejemplo, si consideramos que 100 es la base, y la lógica opera en un nivel 10 mientras que la emoción alcanza 150, entonces esa desproporción puede llevar a que la emoción caiga fácilmente de un estado a otro. Es un terreno inestable.

Por eso, debemos también cultivar la lógica. Cuando desarrollamos nuestra capacidad de razonamiento o sano juicio, nuestras emociones se equilibran, se moderan, y entonces no caemos en un estado emocional enfermizo.

  1. ¿Cuáles son las cualidades y características del progreso espiritual, y cuáles no lo son?

    Es decir, ¿cómo podemos reconocer nosotros mismos -y hacer entender a los demás- que hay un verdadero progreso espiritual?

Entenderéis que es una pregunta muy interesante, porque, así como un médico puede evaluar la salud física de una persona, del mismo modo, en el ámbito espiritual, también podemos estimar si hay salud o enfermedad espiritual.

Cuando visitas al médico, lo primero que te dice es: “Saca la lengua”, porque la lengua es considerada el espejo de la salud. Si estamos enfermos, la lengua cambia de color y presenta un aspecto desagradable. Luego el médico revisa otras partes del cuerpo.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual: ¿cuáles son los signos que indican que realmente estamos progresando espiritualmente? Porque puede ser que no haya progreso, aunque pensemos que sí.

Así como un maestro en la escuela puede valorar si un alumno progresa o no, es natural que también aquí se haga un diagnóstico. Escuchad, pues.

Primero: Debe haber interrupción del pecado. Es decir, si hasta ahora una persona cometía pecados, debe comenzar a interrumpirlos, a ponerles fin. Cuando hablo de pecado, me refiero al menos a los pecados graves:

  • si antes te emborrachabas, ahora ya no te emborracharás;
  • si blasfemabas, ya no blasfemarás;
  • si cometías actos indecentes, dejarás de cometerlos.

En resumen, los pecados más graves deben cesar como señal evidente de progreso.

Segundo: Deben empezar a manifestarse las virtudes. Antes no las tenías, ahora comienzan a brotar del campo de tu psique-alma. Las virtudes comienzan a aparecer naturalmente en quien se esfuerza espiritualmente: humildad, paciencia, templanza, caridad, etc.
Este florecimiento interior es un indicador claro de que hay un cambio, un avance, una regeneración de la psique-alma.

Tercero: Cuando ves a una persona que tiene espíritu de aprendizaje, que tiene ganas de aprender… ¡esto es muy bello! Quiere conocer, desea profundizar en el conocimiento de Dios. Va a escuchar el logos de Dios, tiene deseo de escucharlo, de leerlo, de asimilarlo. Ese impulso por aprender y crecer espiritualmente es una señal clara de progreso.
Debe, pues, haber en la persona este deseo constante de aprender. Y sabed que esto se nota; no es algo oculto. Estas señales se ven claramente, como el sol, en quien verdaderamente progresa.

Cuarto: Debe haber un espíritu de μετάνοια metania, es decir, un cambio de mentalidad, introspección, arrepentimiento y confesión.
La persona que progresa espiritualmente se dice constantemente a sí misma: “¿Qué hacía antes?, ¿quién era?, ¿cómo estaba?” Y se entristece por su antigua condición. Se dirige a Dios y le dice: “Señor, ¿quién era yo antes?” Esto es una señal segura de progreso: no se jacta, no se enorgullece. ¿Sabéis que hay personas que hacen barbaridades y pecados terribles… y se jactan de ello?
Os contaré un ejemplo que leí hace tiempo, aunque sea algo antiguo.
Un alumno del último curso del bachillerato llegó al colegio una mañana mostrando un anillo. Decía que lo había ganado de la siguiente manera: Estaba en una casa jugando a las cartas, y había varias mesas de juego. En una de ellas, su madre estaba jugando y perdiendo, mientras él ganaba. En cierto momento, la madre le pide dinero prestado. Él responde: “Sí, pero dame tu anillo como garantía.” Ella se lo quita y se lo entrega como prenda para recibir el dinero. Y al día siguiente, este joven se jactaba en el colegio de haberle ganado el anillo a su propia madre.

¿Habéis oído bien? Qué terrible relación madre-hijo… Esta es la jactancia del pecado, y es un signo claro de ceguera espiritual.
Hoy en día hay personas que se glorían por haberse embriagado por primera vez, por haber cometido actos pecaminosos como si fueran logros.
Por eso, diremos que la μετάνοια metania verdadera consiste en entristecerse profundamente por esos actos, arrepentirse sinceramente, y no enorgullecerse por ellos.

Quinto punto del progreso espiritual: Este punto es más bien una señal interna, una información que el propio hombre percibe, pero que no es visible externamente. Se trata del ardor del corazón, cuando el corazón arde interiormente.
¿Dónde y cómo arde el corazón? Aquí no daré muchas explicaciones; sólo os diré: probadlo, y veréis lo que es. Este ardor del corazón es algo profundo y extraordinario; podríamos decir que es incluso «doloroso», en el buen sentido, porque es un estado en el que la psique-alma experimenta una parte de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios.
San Isaac el Sirio dice: ¿Qué es el ardor del corazón? Es cuando el corazón tiene agapi (divino amor incondicional) por toda la creación.
Y sabéis que, cuando uno se quema, llora. Así también, del ardor espiritual brotan lágrimas. Son lágrimas del corazón, no por dolor físico, sino porque el corazón se ha encontrado con su verdadero propósito, con su destino. Estas lágrimas son un derramamiento del alma por haber hallado la verdad de su existencia en Dios.

Sexto punto: Es una alteración del corazón, que está relacionada con el punto anterior. No se trata de una alteración biológica, por supuesto, sino espiritual. Es el corazón espiritual el que se altera, y esta alteración se refleja en el rostro y en la vida del hombre. El hombre espiritualmente transformado se distingue a lo lejos, se nota incluso a un kilómetro de distancia, como se suele decir.
Por lo tanto, cuando veas a una persona espiritualmente alterada, transformada por el ardor del corazón, dices con certeza: Este vive el ardor del corazón.

Los contrarios del progreso espiritual

Ahora, por el poco tiempo que queda, permitidme señalaros brevemente los signos contrarios al progreso espiritual. Se trata de aquellos casos en los que una persona había alcanzado cierta altura espiritual, pero ahora comienza a no ir bien. Es como cuando un buen alumno, que antes iba bien, de repente empieza a perder el ritmo y sus resultados empeoran.

¿Cuáles son los signos de este retroceso espiritual?

  1. Degeneración de las virtudes: Las virtudes que antes se habían cultivado con esfuerzo empiezan a debilitarse y a perder fuerza. Se cae nuevamente en los hábitos que se habían superado.
  2. Aparición de las maldades: A medida que las virtudes se debilitan, comienzan a surgir nuevamente los πάθος (vicios, pasiones, adicciones, etc.) y los pecados que antes se habían reprimido o vencido.
  3. Acedia (pereza espiritual): La persona empieza a vivir con desgana espiritual, cae en la negligencia, pierde el interés por la vida espiritual y por las cosas de Dios. Se vuelve apática y descuidada en la psique-alma.
  4. Descuido y desorden interior: Empieza el despiste y la falta de vigilancia espiritual. El hombre deja de prestarle atención a su estado interior y a su vida diaria. Son señales claras que pueden verse con facilidad, y es entonces cuando uno puede decirle, con amor, pero con firmeza: “No vas bien. No estás funcionando bien.” Y personalmente, me habréis escuchado muchas veces decirle a alguien estas palabras. ¿Y en qué me baso para decirlo? En estos puntos que ahora os expongo.
  5. Asociación con el mundo pecaminoso: La psique-alma empieza a mezclarse con el mundo y a navegar en la misma dirección que aquellos que viven sin Dios, sin conciencia espiritual, adoptando sus hábitos, sus gustos, sus estilos de vida.
  6. Pérdida del temor de Dios: Finalmente, el signo más trágico: ya no hay respeto y temor de Dios. Cuando una persona pierde este santo temor y respeto, que protege y guarda la psique-alma, ha llegado al punto más profundo de su desgracia espiritual.

Que Dios os proteja, os guarde y os bendiga. Amín.

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

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