
CANTAR DE LOS CANTARES ΑΣΜΑ ΑΣΜΑΤΩΝ
Traducción de los setenta, introducción
Archimandrita Plácido Deseille
(Santo Monasterio de Vatopedi, Monte Athos
Εὐλογεῖτε
Amigos en y de CristoDios-Hombre, me estoy preparando con las introducciones para emprender la traducción del Altar de los Altares con comentarios Patrísticos. A partir de este jueves, ya en mi aldea hasta primeros de septiembre, rodeado de la paz y de la belleza de la naturaleza, podré entregarme por completo a esta bendita tarea.
Siempre he considerado que la labor del traductor de obras Patrísticas Helénicas y de las Escrituras, es muy difícil por su propia naturaleza, constituye la máxima expresión de la abnegación; el traductor alcanza un grado de victoria sobre su propio egoísmo, su orgullo y su vanagloria. Desde el año 2002 que en Athos por intervención de la Panaghía y de CristoDios recibí el mensaje de traducir al español las obras divinas y patrísticas de la Santa Iglesia Ortodoxa Helénica. Muchas veces quise abandonar a traducirlas viéndome incapaz de transmitirlas en español, en la bella lengua de Cervantes. Siempre que quise dejarlo hubo intervención de arriba y continué. Siempre pensando en mi psicoterapia y sanación, siguiendo el camino de los Santos Padres: Catarsis, Iluminación y Zéosis. De este modo, el arte de la traducción se convierte en mí una práctica espiritual, un ejercicio ascético.
Así terminando de traducir los Salmos recibí el mensaje de traducir la obra sublime “Cantar de los Cantares”. Percibo que el Cantar de los Cantares será, en cierto modo, la culminación natural de esa obra. Los Salmos muestran principalmente el camino de la catarsis, del combate, de la metania y el arrepentimiento, de la oración y de la esperanza. El Cantar, en cambio, muestra la meta: la unión amorosa de la psique-alma con Cristo. Son como dos montañas de una misma cordillera: una conduce a la otra.
Χρήστος Χρυσούλας
Cantar de los Cantares
Introducción del Archimandrita Plácido Deseille
(Santo Monasterio de Vatopedi, Monte Athos)
En memoria del padre y ahora santo Efrén de Katunakia de Athos
El Cantar de los Cantares es la joya del Antiguo Testamento y, junto con el Evangelio de san Juan el Teólogo, constituye el centro de la divina Apocálipsis/Revelación.
Contiene un mensaje conmovedor, expresado con una audacia extraordinaria: Cristo, el Hijo unigénito de Dios, profesa hacia su Iglesia, hacia su Santísima Madre —imagen y figura de la Iglesia— y hacia cada uno de nosotros, una αγάπη (agapi: agapi incondicional, desinteresado, altruista) tan profunda, tan intensa y tan personal como el que un joven esposo siente por su amada. Todo cristiano está llamado a participar de este misterio del matrimonio con la Iglesia, es decir, de la unión con ella.
«El Cantar de los Cantares». Obra de Elena Tserkásova.
Esta agapi es, tanto para Cristo como para nosotros, fuente de un gozo inmenso, sobreabundante e inagotable.
El Cristo espera de nosotros una agapi semejante al que siente la amada por su amado: una agapi que contiene toda la frescura de la primera agapi.
Extasiado de alegría, contempla la hermosura de su compañera-esposa,, una hermosura que en realidad es obra suya, reflejo de su propia doxa-gloria increada; y ella, igualmente arrebatada de gozo, contempla la belleza de su Amado: «¡Qué hermosa eres, amada mía; toda tú eres hermosa! Tus ojos son como palomas, transparentes en su pureza y llenos de paz y dulzura. ¡Qué hermoso eres, Amado mío; incomparable es tu belleza! Nuestro lecho reposa bajo una sombra bienhechora y refrescante, apacible y protectora» (Cant. 1,15-16)
Él se regocija y se deleita en estar con nosotros; y para nosotros no existe mayor felicidad que sentirlo como nuestro Compañero, ser uno con Él en un incesante intercambio de agapi, dentro del soplo del Espíritu Santo que nos glorifica y nos concede la θέωσις zéosis: «Levántate, viento del norte; ven, viento del sur; sopla sobre mi jardín y que se derramen sus perfumes» (Cant. 4,16).
Ciertamente, en el Cantar, la agapi humana se emplea de manera alegórica y su lenguaje debe interpretarse espiritualmente. Sin embargo, las realidades espirituales no son menos reales que las realidades materiales y sensibles. Tampoco la agapi es menos verdadera ni menos poderosa cuando la belleza que la suscita y alimenta es la hermosura espiritual del Otro y no sus atractivos corporales.
La belleza del Novio-Esposo y de la Novia-Esposa del Cantar no reside en su apariencia física. Esta solo es evocada para simbolizar la belleza interior: la belleza de una agapi capaz de ofrecer incluso la propia vida por el Otro, así como la belleza de la humildad, la paciencia, la magnanimidad, la dulzura…
Para un corazón puro, al que le ha sido concedido poseer «ojos de paloma», esta agapi resulta más atractiva que toda belleza natural; y su contemplación se convierte en fuente de inefable alegría y de divino éxtasis.
Los besos y las muestras de ternura de que habla el Cantar representan los dones o regalos que Cristo deposita en lo más profundo de nuestro corazón. Son las visitas de su Jaris divina, que nos hacen experimentar y gustar los frutos deleitosos del Espíritu Santo: «agapi, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, magnanimidad y dominio propio» (Gál. 5,22-23).
«Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía; jardín preservado para el Amado, fuente sellada de aguas puras y vivificantes. Tus brotes son un jardín paradisíaco de granados, cargado de frutos deliciosos; perfumadas alheñas (hongos) junto con fragantes nardos» (Cant. 4,12-13).
Cuando contemplamos la perfección divina de Cristo, nuestro Amado, y sentimos en el corazón el íntimo encanto y la dulzura de esos dones o donaciones espirituales que lo colman y que desde Él fluyen hacia nosotros, rebosamos de una alegría y un deleite de un orden completamente distinto, aunque no por ello menos reales; una alegría incomparablemente más firme y más profunda que la de los amantes de este mundo.
En esos íntimos toques de la divina Jaris discernimos las señales y la expresión de la infinita ternura de Cristo, que desea hacernos vivir verdaderamente su propia Vida; que quiere que ya no seamos sino uno con Él, un solo Cuerpo animado por un mismo Soplo divino, recorrido por una misma vida, en un perpetuo intercambio de agapi recíproca.
Cada movimiento interior que el Espíritu suscita en nosotros, todo deseo del bien, toda santa inspiración que experimentamos, son señales que nuestro Amado hace nacer dentro de nosotros por una agapi verdadera, personal y llena de ternura; una agapi tan real como la que manifiesta un esposo terreno hacia su amada, pero infinitamente mayor. «Su mano izquierda sostiene mi cabeza, y su diestra me estrecha entre sus brazos» (Cant. 2,6).
El Cristo no espera de nosotros una sumisión a una ley moral fría e impersonal. Espera que, en cada instante de nuestra vida, renunciemos a nuestra propia voluntad, a nuestras preferencias y deseos para obedecer a su logos y a sus divinas inspiraciones; que nos abandonemos con confianza a todo cuanto Él permite que nos acontezca, porque lo amamos, porque lo preferimos por encima de todas las cosas y porque deseamos manifestarle, en toda circunstancia, nuestra agapi como respuesta a la suya.
Una agapi que se exprese mediante nuestros logos y palabras, nuestras oraciones y nuestras obras, e incluso mediante nuestro silencio, lleno de confianza y total abandono ante Él.
Cristo ama a cada uno de nosotros con una agapi absolutamente inquebrantable e irreprochable. La intimidad con Él solo puede perderse si nosotros mismos dejamos voluntariamente de vivir en comunión con su voluntad y con su Espíritu. Solo nuestra propia voluntad puede levantar una barrera, un muro, entre Él y nosotros.
Entonces Cristo nos mira con la misma agapi, aunque también con la tristeza del enamorado que ha sido rechazado, como miró a Pedro después de su negación: «Y volviéndose el Señor, miró a Pedro, y Pedro se acordó del logos del Señor, cuando le había dicho: Antes que el gallo cante hoy, me negarás tres veces. Y saliendo afuera, Pedro lloró amargamente» (Lc. 22,61-62).
Después de cada caída, por grave que sea, después de cada momento de tibieza, debemos volver a Él con el corazón quebrantado, pero también con absoluta confianza, con la certeza plena de que no solo nos ha perdonado, sino que continúa amándonos sin medida: «Me levantaré sin demora y recorreré toda la ciudad; caminaré por sus plazas y sus calles en busca del Amado de mi psique-alma; lo busqué con ardor, pero todavía no lo encontré…» (Cant. 3,2).
Y el Señor, cuando todavía estemos lejos, nos verá, se llenará de compasión, correrá hacia nosotros, nos abrazará estrechamente y nos cubrirá de besos, como el padre al hijo pródigo (Lc. 15,20).
Si regresamos a Él reconociendo nuestra debilidad, confesando nuestro pecado, desesperando por completo de nosotros mismos, pero depositando en Él toda nuestra confianza y esperándolo todo de Él, entonces experimentará mayor alegría por nosotros que por las noventa y nueve ovejas que no se perdieron (cf. Lc. 15), y nosotros volveremos a encontrar aquella íntima comunión con Él, llena de luz y de ternura.
Esta cercanía con Cristo puede hacerse más o menos sensible para nuestros sentidos espirituales. Esto tiene una importancia relativa y depende de la Jaris de Cristo. Nuestros sentidos naturales o sensualidad física no pueden percibir las realidades espirituales; si lo intentan, caerán inevitablemente en el auto-engaño.
La sensibilidad espiritual es fruto de la metamorfosis, transformación de todo nuestro ser por el Espíritu Santo. Y lo primero que el Espíritu suscita en nosotros cuando comienza a manifestarse es el sentimiento de la μετάνοια metania, la compunción o dilatación del corazón y una inclinación interior a confiar en cuanto Dios nos dice, en su logos contenido en la Sagrada Escritura y transmitido por su Iglesia.
Solo esta fe en el logos de Dios nos permite conocer cuanto Dios nos ha apocaliptado-revelado acerca de su propio Ser, cuanto ha decidido libremente en favor nuestro y cuanto realiza por nosotros. Los «sentidos espirituales» no consisten sino en una fe más viva, más íntima y más plenamente armonizada con su divino objeto, gracias al progreso en la agapi al prójimo.
Debemos, por tanto, fundamentar ante todo nuestra vida espiritual sobre la fe en el logos de Dios. Porque Él mismo nos lo ha dicho —¿y dónde lo ha expresado mejor que en el Cantar de los Cantares?—: sabemos que Cristo nos ama, que desea permanecer constantemente junto a nosotros y que escucha atentamente no solo cuanto le decimos, sino también cada latido de nuestro corazón cuando es vivificado por el Espíritu Santo: «Sus ojos son como palomas junto a aguas abundantes; resplandecen con la blancura de la leche y reposan serenos sobre aguas manantiales. Sus mejillas son como jardines de aromas preciosos, donde florecen las más exquisitas plantas aromáticas; sus labios, semejantes a lirios, destilan la abundancia de la preciosa mirra» (Cant. 5,12-13). «El Señor escuchó el justo deseo de los pobres y Su oído estuvo atento a los deseos justos de sus corazones» (Sal. 9,38 LXX).
Esta fe en cuanto Dios nos ha apocaliptado-revelado acerca de los designios de su corazón constituye, pues, el fundamento esencial de nuestros sentidos espirituales. Esta fe nos permite conocer con absoluta certeza las realidades divinas que, por su propia naturaleza, escapan a nuestra inteligencia, comprensión y sensibilidad naturales, pero que Dios, en su condescendencia, ha querido apocaliptarnos-revelarnos.
El Cantar de los Cantares es el logos de Dios, apocálipsis-revelación de sus designios y planes para nosotros. Esta grandiosa apocalipsis-revelación, cuyo eco atraviesa toda la Sagrada Escritura, alcanza su plenitud en los mismos logos y palabras de Cristo, quien, en el Evangelio de san Juan, nos apocalipta-revela que el Padre nos ama con la misma agapi con que ama a su Hijo, y que nosotros, amando al Hijo, amamos también al Padre, movidos interiormente por el Espíritu Santo.
Leyendo el Cantar a la luz de la Tradición de la Iglesia Ortodoxa y de la experiencia de los santos Padres, podemos decir con plena certeza: es manifiesto que nuestro Señor Jesús Cristo nos ama de este modo a nosotros, que somos su Cuerpo, los miembros de su Santa Esposa; y que cada uno de nosotros ha sido llamado igualmente a amarlo con una agapi única y personal.
Los «esposos cristianos», que han sellado su agapi con el sello de Cristo, pueden descubrir y vivir esta intimidad con Él a través del misterio de la agapi conyugal: «Vosotros, maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo amó a la Iglesia… Este misterio es grande» (Ef. 5,25.32).
Estos logos del Apóstol nos apocaliptan-revelan toda la grandeza del matrimonio cristiano y cuán próximo se halla al ideal monástico, mucho más de lo que sugiere una concepción meramente humana de la unión conyugal.
Sin embargo, el monje —como solía decir el padre Paísios del Santo Monte Athos— es «aquel que prefirió los deleites espirituales a todos los placeres del mundo» y comprendió que la agapi de Cristo basta por sí solo para colmar plenamente el corazón.
Basta experimentar, aunque sea un poco, cuánto nos ama Cristo y cuánto espera nuestra agapi, para que esa agapi sea capaz de llenar por entero nuestra existencia. Él no se contenta sino con una entrega total y exclusiva, que incluye incluso el ofrecimiento de la propia vida.
Este es el sentido del final del Cantar, donde la apasionada vehemencia de sus últimas palabras contrasta con la serena armonía de los diálogos precedentes, únicamente para apocaliptar-revelar el fuego poderoso que, ocultamente, los animaba desde el principio: «Porque la agapi es tan fuerte como la muerte y el santo celo tan irresistible como el Hades» (Cant. 8,6).
Así como la agapi de Cristo encontró su expresión suprema en su muerte sobre la Cruz, también nuestra agapi hacia Él alcanza su manifestación más perfecta en el martirio o, al menos, en la aceptación plena del sufrimiento y de la muerte, en el momento y del modo que Dios haya dispuesto.
Por eso los santos Padres enseñaron: «Quien ama a Dios participa de Cristo en todas sus obras; es decir, pone un poco de martirio en todo cuanto hace.» (Apotegmas de los Padres del desierto).
En este sentido —que nada tiene de morboso ni de culto al sufrimiento—, se sirve mejor a Dios mediante el dolor (san Gregorio el Teólogo, citado por san Gregorio Palamás). La aceptación del sufrimiento, nuestro consentimiento libre a él, se convierte en expresión del despojamiento interior absoluto, del mismo modo que el misterio de la entrega total de sí mismo en la agapi.
Decía uno de los Padres: «La enfermedad, aceptada con paciencia, gratitud y acción de gracias, recibe la misma corona que el martirio.»
En el mundo venidero, cuando la muerte haya sido definitivamente vencida, esta entrega total de nosotros mismos por agapi alcanzará su plena realización mediante la conversión, metamorfosis de todo nuestro ser, cuerpo y psique-alma, por la doxa-gloria divina, más allá del sufrimiento y de la muerte.
En este sentido, el mismo Cristo, en la doxa-gloria increada de la Resurrección, se encuentra en un estado tan plenamente «esencial» como cuando estaba sobre la Cruz. Pero, en nuestra condición presente, la victoria de Cristo sobre el dolor y la muerte —consecuencias del pecado y del alejamiento voluntario de Dios— no se manifiesta suprimiéndolos, sino transformándolos, por la δύναμη (dínami: fuerza, potencia y energía increada) del Espíritu Santo y con el consentimiento de nuestra libertad, en signos de la agapi suprema. El gozoso fervor de los mártires y su ardiente deseo de derramar su sangre por Cristo constituyen la prueba más elocuente de esta verdad.
El Cantar de los Cantares es un poema inspirado por el Espíritu Santo, un vino increado que solo pueden saborear quienes han sido iniciados en la agapi de Cristo: «Comed, amigos; bebed y saciaos hasta embriagaros del amor divino, hermanos» (Cant. 5,1). «¡Las cosas santas para los santos!»
Respetemos su misterio. No pretendamos comprenderlo ni explicarlo todo. Un comentario excesivamente analítico correría el riesgo de despojarlo de su fuerza inspirada por Dios, reduciéndolo a una fría alegoría.
Que el Espíritu Santo nos conceda experimentar también nosotros lo que decía un yérontas (monje, anciano sabio e iluminado) del Santo Monte Athos: «Cuando leo el Cantar de los Cantares, mi mente, mi cerebro no siempre comprende el significado de cada frase; pero mi corazón arde, como ardía el corazón de Lucas y de Cleofás cuando el Señor les explicaba las Escrituras en el camino de Emaús.»
En memoria del padre y ahora santo Efrén de Katunakia de Athos
Fuente: Archimandrita Plácido Deseille, Dos mil años después, Editorial Akritas, pp. 353-359.
Santo Monasterio de Vatopedi, Athos.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/







