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Dic 02 2023

Sobre el divino έρως eros amor ardiente San Porfirio el Kafsokalivita

Βίος και Λόγοι

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου

Vida y logos

San Porfirio el Kafsokalivitas

Sobre el divino έρως eros amor ardiente

 

El que ama poco, da poco;

el que ama más, da más,

y el que ama demasiado,

¿qué tiene digno de dar?

¡Se da a sí mismo!

 

Amigos en y de CristoDios, en este texto las claves son estos tres términos teológicos helénicos, que al final del texto los ponemos desarrollados con su sentido y significado heleno/griego: a) έρως eros amor ardiente, b) αγάπη agapi amor incondicional, desinteresado y χαρά jará alegría divina, sinónima de la χάρις jaris-gracias, del χάρισμα jarisma (carisma, don) y Χριστός Jristós Cristo, etc.,  que los tres últimos dan la jará alegría… ¡les deseo a todos que disfruten de estas tres emociones sublimes y placeres divinos!!!!!

 

Sobre el divino έρως eros amor ardiente

Cristo es nuestro έρως eros amor ardiente, es la αγάπη agapi

Cristo es la χαρά jará alegría, la luz verdadera y la felicidad. Cristo nuestra esperanza. La relación con Cristo es αγάπη agapi amor incondicional y desinteresado, es έρως eros amor ardiente, un entusiasmo y anhelo de lo divino. Cristo lo es todo para nosotros. Él es nuestra agapi, Él es nuestro eros. El eros de Cristo nadie puede sustraer o arrebatar. De allí emana la alegría.

La χαρά jará alegría es el Cristo mismo. Una alegría que te hace humano. Es una locura espiritual, pero en Cristo. Este vino espiritual te embriaga como el vino no adulterado. Como dice David: “Tú Señor, has ungido con aceite perfumado mi cabeza, y me has embriagado con el cáliz rebosado de bebida deleitosa” (Sal 22,5). Esta embriaguez divina es regalo de Dios para los “bienaventurados que han hecho la catarsis de su corazón” (Mt 5,8).

Haced ayuno y prosternaciones en la medida de lo posible, asistid a las vigilias que deseéis para disfrutar, pero siempre permaneced alegres. Que siempre tengáis la alegría de Cristo, es una χαρά jará alegría que perdura eternamente y proporciona una tranquilidad segura y permanente, el placer divino y el encanto del bienestar y ser. Es la alegría total que supera toda alegría. Cristo quiere compartir esta alegría y enriquecer a sus fieles con ella. Deseo de todo corazón que “nuestra jará-alegría, que procede de esta comunión con Dios y nosotros, sea plena y perfecta también en vosotros” (1Jn 1,4).

Esta es nuestra Fe Ortodoxa; ahí es donde debemos dirigirnos. Cristo es Paraíso, hijos míos. ¿Qué es el Paraíso? Es el Cristo. Desde aquí comienza el Paraíso. Los que viven aquí en la tierra con Cristo viven en el Paraíso. ¡Es cierto y verdadero, creedme! Nuestra tarea es intentar a encontrar una manera o modo de entrar en luz (increada) de Cristo; no es simplemente cumplir las reglas o lo típico. La esencia es estar junto con Cristo; que se despierte (espiritualmente) nuestra psique-alma y amar a Cristo, y volverse divina y santa. Que se dedique al divino έρως eros amor ardiente. Entonces, Él también nos amará, y nuestra χαρά jará alegría será irrebatible. Más que nada, esto es lo que quiere el Cristo, colmarnos de alegría, porque Él es la fuente de la χαρά jará alegría. Esta alegría es regalo de Cristo. Dentro de esta alegría conoceremos a Cristo. No podemos conocerle si Él no nos conoce. ¿Cómo lo dice David? “A menos que el Señor edifique la casa, los que la edifican se esfuerzan en vano. A menos que el Señor cuide la ciudad, la guardia despierta en vano” (Sal 126,1).

Lo que busca y quiere adquirir nuestra psique-alma son astas realidades. Si nos preparamos adecuadamente, la χάρις jaris (energía increada) nos las regalará. No es difícil. Si arrancamos la jaris, todo es fácil, alegría y bendición de Dios. La divina jaris gracia toca siempre nuestra psique-alma y espera que le abramos, para entrar en nuestro corazón sediento y colmarlo. La plenitud es Cristo, la Panaghía, la Santa Trinidad. ¡Qué cosas y realidades más bellas!

Si amas, vives en plaza Omonia (plaza central de Atenas) y no eres consciente de ello, ni los  coches que ves, ni la gente que ves, ni nada de nada; estás inmerso en la persona que amas. Lo vives, te alegras, te complaces y te inspira. ¿No son ciertas estas cosas? Pensad si esta persona que amáis que sea el Cristo. Cristo en tu nus (espíritu de la psique) con tu mente y en tu corazón, Cristo en todo tu ser, Cristo en todo.

El Cristo es la vida y la fuente de la vida, la fuente de la χαρά jará alegría y la fuente de la luz verdadera, Cristo lo es todo. El que ama a Cristo y a los demás, éste vive la vida. La vida sin Cristo es la muerte, es un infierno, es la no agapi (amor incondicional), no es vida. La vida es el Cristo. La agapi es la vida de Cristo. O estarás en la vida o en la muerte, la elección es tuya.

Nuestro propósito es uno, la agapi a Cristo, a la Iglesia y al prójimo. La agapi, el culto a Dios, el anhelo, la unión con Cristo y la Iglesia, es el Paraíso en la tierra. La agapi a Cristo es la agapi al prójimo, a todos, incluso a los enemigos. El cristiano siente dolor y cariño por todos, quiere que todos se salven, que todos saboreen la Realeza increada de Dios. Este es el Cristianismo. A través de la agapi hacia al hermano aprenderemos y lograremos amar a Dios. Mientras lo deseamos, lo queremos y lo merecemos, la divina jaris gracia, energía increada viene a través del hermano. Cuando amamos al hermano, amamos la Iglesia y, por lo tanto a Cristo.  En la Iglesia también estamos nosotros, así que al amar la Iglesia, nos amamos a nosotros mismos.

CristoDios mío, una cosa deseo y pido: estar junto a Ti.

Amar a Cristo, nuestra esperanza y preocupación deben ser solo Él. Amar a Cristo, no por lo que Él pueda darme, ya que esto sería egoísmo; sino que nos ponga donde Él quiera. Siempre debo recordar que Cristo me colocará en la residencia que Él ha creado y preparado, como dice el Evangelio: “En la casa de mi Padre hay sitio y muchas habitaciones… os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14,2-4). Lo correcto para nosotros es decir: «CristoDios mío, lo que Tú quieras, tu agapi; basta con vivir en Tu agapi».

Yo el pobrecito, qué queréis que os diga… soy muy débil. No he logrado amar a Cristo tanto que Le anhele mi psique-alma. Me siento que estoy muy atrasado. Así lo siento. No he llegado allí donde quiero, no vivo esta agapi. Pero no me desespero. Confío en la agapi de Dios. Le digo a Cristo: Mándame a donde Tu agapi quiere; esto deseo, esto quiero; en mi vida siempre te adoraba y te rendía culto.

Cuando estaba gravemente enfermo y me acercaba hacia los cielos, no quería pensar en mis pecados, sino en la agapi de mi Señor, en mi Cristo y la vida eterna. No quería tener miedo. Ahora, al acercarme al final de mi vida, no siento ansiedad, ni agonía. Pienso en la Segunda Parusía-Presencia cuando me presentaré y el Cristo me diga: “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de boda?” (Mat 22,12), bajaré la cabeza y diré: “Lo que Tú quieras Señor, lo que quiera Tu agapi. Sé que no soy digno. Mándame donde quiera Tu agapi. Soy digno del infierno, pero incluso si me pones allí, basta con estar junto a Ti. Una cosa deseo, quiero y pido: estar Contigo donde sea y como Tú quieras».

Intento entregarme a la agapi y al culto a Dios. Estoy concienciado de mi pacaminosidad y debilidad, pero vivo con la esperanza. Es malo desesperarse, porque el desesperado se amarga y pierde el buen ánimo, la disposición y su fuerza. Mientras que el que tiene esperanza, avanza hacia adelante. Como siente que es pobre, intenta y lucha para enriquecerse. ¿Qué hace el pobre? Si es inteligente intenta encontrar una manera de enriquecerse.

Aunque me siento débil y no he alcanzado mis metas, sin embargo no me desespero. Me consuela, como os dije, el hecho de que nunca dejo de intentar. Pero no hago lo que quiero. Orad por mí. El caso es que no puedo amar absolutamente a Cristo sin Su χάρις jaris gracia energía increada. Cristo no deja que se manifieste Su agapi, si mi psique-alma no tiene algo para atraerle o arrastrarle.

Y quizás este algo es lo que me falta, por eso ruego a Dios y digo: “CristoDios mío soy muy débil. Sólo Tú con tu jaris gracia divina conseguirás hacerme digno, al igual que el Apóstol Pablo que se alegraba y se jactaba, y que diga yo también junto con él: “Ya no vivo en mí, sino que es Cristo el que vive en mí”.

Me ocupo de estas cosas, buscando maneras y modos de amar a Cristo. Esta agapi es insaciable. Cuanto más amas a Cristo, más sientes que no Lo amas lo suficiente y más anhelas amarlo. ¡Pero sin darte cuenta asciendes más y más alto!

Cuando Cristo viene al corazón, la vida experimenta un cambio profundo.

Encontrar a Cristo es suficiente; Cuando encuentras a Cristo, no quieres nada más, se encuentra tranquilidad. Te conviertes en otro hombre; vives en todas partes, donde está el Cristo. Vives en las estrellas, en el infinito, en el cielo con los ángeles, con los santos/as, en la tierra con los hombres, las plantas, los animales, con todo. Donde está la agapi a Cristo la soledad desaparece; estás pacífico, alegre, en plenitud; no hay melancolía, tristeza, enfermedad, depresión, presión, ansiedad, desánimo, ni infierno.

Cristo es y está presente en todos tus pensamientos, en todas tus tareas. Tienes la χάρις jaris gracia increada y puedes soportarlo todo por Cristo; incluso el sufrimiento injusto. Sufrir las injusticias por Cristo, y sobre todo hacerlo con alegría. ¿Has elegido a Cristo para evitar el sufrimiento? ¿Qué dice Pablo? “Ahora encadenado y encarcelado me alegro de sufrir” (Col 1,24). Esta es nuestra Fe Ortodoxa: despertar espiritualmente la psique-alma, divinizarse, volverse santa, por la jaris gracia, energía increada; dedicarse sólo al divino έρως eros amor ardiente; y así Él la amará también.

Cuando entra el Cristo en el corazón, la vida cambia; el Cristo es el Todo. El que vive en su interior a Cristo, vive cosas que no se pueden decir, divinas y santas; vive en júbilo y deleite. Estas cosas son verdad, las han vivido ascetas en la Santa Montaña Athos. Continuamente con gran anhelo susurran la súplica: “¡Kirie-Señor Jesús Cristo…!”

Cuando Cristo entra en el corazón los pazos y los conflictos desaparecen; no puedes insultar, ni odiar, ni vengar, ni, ni, ni… ¡Los odios, las venganzas, los juicios condenatorios, los egoísmos, las ansiedades, las depresiones etc., desaparecen, Cristo y el anhelo de la luz sin crepúsculo dominan! Este anhelo te hace sentir que la muerte es el puente que pasarás en un momento para continuar la vida de CristoDios. Aquí en la tierra tienes un obstáculo, por eso hace falta la fe, y este obstáculo es el cuerpo. Mientras que después de la muerte, la fe queda abolida y ves a CristoDios, tal como ves al sol. En la eternidad, por supuesto, lo vivirás todo más intensamente y claramente.

Pero cuando no vives con Cristo, vives en la melancolía, la tristeza, el sufrimiento, la depresión y la ansiedad, no vives correctamente. Entonces surgen también muchas anomalías en el cuerpo. Se afectan el cuerpo, las glándulas endocrinas, el hígado, la vesícula, el páncreas y el estómago. Te dicen: “Para que estés bien de salud toma por la mañana tu vaso de leche, tu huevecito, tu mantequilla con dos o tres galletas” Sin embargo, si vives correctamente, si amas a CristoDios, con una manzana y una naranja están bien. El gran fármaco o remedio es CristoDios, todo se sana, todo “se psicoterapia” y todo funciona normal. La agapi-amor de Dios todo lo altera, todo lo transforma, todo lo cambia, todo lo metamorfosea, todo lo psicoterapia y todo lo sana.

Nuestra psique-alma se consuela mucho cuando anhelamos al Señor. No nos preocupamos por las cosas diarias y mezquindades mundanas; nos ocupamos solo de las realidades y cosas espirituales y superiores, viviendo de manera espiritual. Cuando vives al kosmos-mundo espiritual, vives en otro kosmos-mundo, vives en este que tu psique-alma ama y anhela. Pero tampoco eres indiferente al hombre, quieres que también él encuentre la σωτηρία sotiría (“psicoterapia”, sanación, redención y salvación).

La αγάπη agapi de Cristo es insaciable

Cristo el άκρον akron el extremo anhelado, el extremo deseado, no hay superior. Todas las cosas sensibles tienen saturación, se sacian, pero Dios no; esto es el todo; Dios es άκρον akron el extremo anhelado y deseado. Ninguna otra alegría, ninguna otra belleza, nada puede salirse y superar a Él. ¿Qué más y mejor que lo supremo?

El έρως eros amor ardiente a Cristo es el no va más, es algo distinto; no tiene fin, no se sacia, ni se satura; da vida, da vigor, da, da, da… Y cuanto más da, tanto más el hombre quiere enamorarse. En cambio el έρως eros amor humano puede corromper o desgastar al hombre, volverlo loco. Cuando hayamos amado a Cristo, todas las demás ágapes, amores retroceden. La agapi a Cristo no tiene saturación, es insaciable. El amor carnal se sacia, tiene saturación, y después se puede comenzar a tener celos, refunfuño, queja y puede llegar hasta el asesinato; puede transformarse en odio. La en Cristo agapi-amor no se altera. La agapi mundana poco se mantiene y poco a poco se apaga, en cambio la divina agapi-amor crece y profundiza. Cualquier otro amor o eros puede llevar al hombre a la desesperación y la depresión. Pero el divino έρως eros amor ardiente nos eleva a la esfera de Dios, nos regala paz, serenidad, alegría, deleite y plenitud. Los demás placeres son saciables, saturables, en cambio este placer es insaciable, insaturable; es un placer que nunca uno le aburre, es άκρον akron el extremo bien, la extrema bondad.

Sólo en un punto se detiene la saturación o el saciamiento, cuando el hombre se ha unido con CristoDios. Ama, ama y cuanto más ama tanto más siente que quiere amar. Ve que no se ha unido, no se ha entregado a la agapi de Dios. Siempre tiene la disposición, el deseo, la alegría de lograr alcanzar el extremo deseado, a Cristo. Ayuna, hace prosternaciones y oraciones, pero no se satisface. No entiende que ha alcanzado a esta agapi. Esto que desea, no siente que le ha colmado, de que lo ha recibido, y que lo siente y lo vive. Este divino έρως eros amor ardiente, esta agapi divina anhelan todos los ascetas. Se embriagan de embriaguez divina. Con esta borrachera divina, por un lado, puede que el cuerpo se envejezca, sin embargo, el espíritu se rejuvenece y florece.

Los cantos, himnos y los troparios bizantinos de nuestra Iglesia ortodoxa están llenos de divino έρως eros amor ardiente. ¿Habéis oído el tropario, himno a, Apóstol Timoteo? Dice: “Habiendo deseado ardientemente el punto más alto, te has unido con el amado y te has saciado del divino eros, oh Amante de Dios, Timoteo». Se ha hecho uno, unido  con el amado y se ha saciado, saturado, estaba en plenitud. ¡Oh qué palabras importantes! Debéis hacer colección de este tipo de palabras que muestran la divina agapi, la locura divina. ¡Nunca te sacias de ellas! ¡Sí, no se sacia la agapi a CristoDios! Cuanto Le amas, crees que no Le amas y tanto más quieres amarlo. Pero, a la vez se inunda tu psique-alma de Su presencia y la χαρά jará alegría del Señor que nadie te la puede quitar, ni sustraer. Entonces no quieres desear nada.

Algo similar escribe también san Isaac el Sirio: “La jará alegría que emana de Dios, es la más fuerte en esta vida y el que la saborea, no sólo no quiere fijarse hacia los pazos, sino que ni siquiera su vida interior desea, ni nada más sensible quiere desear que esta alegría, si esta está de verdad en el interior y no un engaño. La agapi (amor incondicional) a Dios es más dulce que la vida provisional terrenal… es más dulce que la miel; la agapi no se entristece ni teme a recibir una gran muerte a favor de los que le aman…el que recibe esta agapi toda dulzura de este mundo la considera inútil, innecesaria y sobrante; porque ninguna otra cosa se puede asimilar con la dulzura del conocimiento de Dios” (Ascética, Logos 88).

Y el clamor de San Agustín desde la profundidad de su corazón esto dice:

«Te amo, Señor, mi Dios, y deseo amarte siempre y más. Porque realmente eres más dulce que la mejor miel, más nutritivo que la leche más selecta, y más brillante que toda la luz estelar. Por eso eres para mí más precioso que el oro y la plata, y más valioso que todas las piedras preciosas…

Oh, agapi-amor que siempre es más cálido que todo, y nunca caes en la tibieza. ¡Ilumíname!… Te amo, Señor, porque tú me amaste primero. Y ¿dónde encontraré palabras suficientes para describir todas las muestras de tu amor supremo por mí?…

Me iluminaste además con la luz de Tu rostro, que pusiste como un letrero sobre el umbral de mi corazón…»

Con la divina agapi, todo se convierte en Cristo; todo se transforma en Paraíso.

Sobre la divina agapi habla muy bellamente también el cánon de san Pacomio, escrito por Teófanes.

Esta agapi por Cristo lo llevó a vivir una vida de autodominio y a adquirir alas espirituales, de modo que pudiera saborear directamente la gran iluminación de Dios. Te bordaba, oh Pacomio, el cálido eros de la apázia impasibilidad (sin pazos), aniquilando así las provocaciones materiales de las pasiones. Así que llegaste, con las alas del amor, a la misma fuente del resplandor de la Divinidad, (Oda V).

¡Ah, esto es un tesoro, son muy caras estas cosas, es excelente el poeta Teófanes! “Extremo de virtud”, es la agapi de Dios que es perfecta y absoluta. Cuando se dilata la psique-alma, cuando se hiere del divino anhelo, la carne débil y enfermiza se marchita. El divino anhelo vence todo dolor y así cada dolor se transforma y se hace agapi a Cristo. Amar a Cristo y Él os amará. Todos los dolores pasarán, se vencerán, se transformarán. Entonces todo se hace Cristo, se convierte en Paraíso. Pero para vivir en el Paraíso debemos morir, morir por todo, debemos estar como muertos. Entonces estaremos viviendo realmente, en el Paraíso. Si no mortificamos al antiguo hombre, no se puede hacer nada.

Amo mucho el poema de Veritis: “En compañía con Cristo”

-“En compañía con Cristo, anhelé vivir, y encerrar Su agapi ardiente en mis senos; y los senos son estrechos y se abren y se ensanchan, y cuando más aman, tato más no se sacian”-

Tanto y no te sacias. Cuanto bebes vino, tanto más quieres beber (como el alcohólico). Cuanto más te entregas a la agapi de CristoDios, tanto más quieres entregarte. A Él debemos amar con toda nuestra psique-alma, con todo nuestro corazón, con toda la mente y con toda nuestra fuerza de voluntad. Poner el enchufe de nuestro corazón a Su agapi para unirnos junto a Él. Esto pide el Señor no para Sí mismo por egoísmo, sino para regalarnos todo, la jará alegría, la felicidad.

El poeta consiguió esto. Amó a Cristo y fue amado por Él. Había encontrado el secreto de la divina agapi. No es difícil, al contrario es tan fácil descubrirlo. Depende de la manera, el modo y la preparación; requiere espíritu ortodoxo.

Esta αγάπη agapi amor incondicional, este έρως eros amor ardiente y este entusiasmo te lleva incluso hasta el martirio. Te hace sacrificarte, no tener en cuenta nada y no temer a nada. Te hace marcharte a lugares lejanos, en cuevas y en agujeros de la tierra. Esta locura divina tenía también san Juan el Kafsokalivita, el Santo que me inspiró. Desde la divina locura comenzaron los santos y los mártires; no temían nada, corrían al martirio con alegría y entusiasmo. El que ama poco, da poco; el que ama más, da más, y el que ama demasiado, ¿qué tiene digno de dar? ¡Se da a sí mismo!

A causa de esta agapi de ellos hacia Cristo los santos no sentían los dolores de los martirios, por muy duros que fueran. Acordaos de san Demetrio, san Jorge, santa Caterina, santa Bárbara, santa Paraskeva, los Cuarenta Mártires dentro en el lago congelado. “Nube de mártires”, como dice el Apóstol Pablo (Heb 12,1).

Todos estos santos y mártires, como aquí en la tierra, así también mucho más ahora, en el cielo cantan y alaban al Señor. Están en el Paraíso y ven el rostro de Dios “cara a cara”. Y esto es el Todo. Como dice en alguna parte de la Divina Comunión o Efjaristía: “Los que ven, contemplan Tu rostro, la belleza inefable”. ¡He aquí el Paraíso!  El Paraíso es que uno vea siempre el rostro de Dios. Es superior a las flores y a los pájaros exóticos, las aguas claras y las rosas y de todo lo bello que existe en la tierra. De todos los pequeños amores.

Cuando amas a Cristo, a pesar de las dificultades y el sentimiento que tienes por estas cosas, tienes la certeza que las has superado, porque te encuentras en conexión, comunión con la agapi de Dios. Sobre esto lucho yo también, -que Dios tenga misericordia de mí. Sobre estas cosas, realmente, me dedico duramente día y noche. Así es cuando amas a Cristo, quieres sufrir por Cristo.

Cristo es nuestro amigo

A Cristo Le sentimos como amigo nuestro, y realmente lo es. Él mismo lo asegura al decir: “Vosotros sois mis amigos…” (Jn 25,14). Como amigo debemos observarle y acercarnos a Él. Con familiaridad, con agapi y confianza debemos correr hacia Él, no con miedo de ser castigados, sino con ánimo y alegría que nos estará dando el sentimiento de amigo. Podemos decirle: “Señor, he caído, perdóname”, sabiendo y sintiendo que nos ama y nos recibe cariñosamente con agapi, perdonándonos. El pecado no debe separarnos de Cristo. Cuando creemos que nos ama y Le amamos, no nos sentimos extranjeros ni separados de Él, ni tampoco pecamos. Hemos asegurado Su agapi y sabemos que nos ama, sin importar cómo nos portemos.

En el verdadero amor, no hay el temor de perder nuestro respeto hacia Él. Aquí es válido lo que dice el Apóstol Pablo: “¿Quién podrá separarnos de la agapi-amor incondicional de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución por parte de los infieles, el hambre, la desnudez, o cualquier peligro, o espada que nos amenaza de degollar?… Porque tengo la absoluta convicción y certeza de que ni la muerte por la que nos amenazan, ni por los bienes y deleites de la vida que nos prometen, ni los ángeles, ni los principados, ni los asuntos y acontecimientos presentes y futuros, ni las potestades, ni la altura de la gloria, ni la profundidad del desprecio y humillación, ni otra criatura alguna de las que vemos, podrá separarnos de la agapi-amor incondicional que el mismo Dios nos ha manifestado mediante Jesús Cristo, nuestro Señor” (Rom 8, 35·38-39). Esta relación es superior y única, la conexión de la psique-alma con Dios que nada rompe ni perturba.

El Evangelio es cierto que dice con palabras simbólicas sobre el injusto que se encontrará allí donde existe “el rechinar y grujido de los dientes” (Mt 8,12 y 13,42). Y de los Padres nípticos (sobrios) de la Iglesia Ortodoxa muchos hablan sobre el temor a la muerte y al infierno. Dicen: “Ten memoria de la muerte continuamente”. Estas palabras si las examinas profundamente provocan miedo al infierno. El hombre intentando evitar el pecado, hace estos pensamientos para ser dominada la psique-alma del temor de la muerte, del infierno, del diablo.

Todo tiene su importancia, el tiempo y sus circunstancias. La noción del temor es buena para los primeros estadios. Es para los principiantes, para los que vive en su interior el hombre antiguo. El hombre principiante que aún no se ha afinado, está contenido por el miedo o temor malo. El temor es imprescindible, ya que somos hombres materialistas y mezquinos. Pero esto es un estadio, un grado inferior de relación con lo divino. Lo llevamos al intercambio tratando de ganar el Paraíso o salvarnos del infierno. Esto, si lo examinamos bien, revela un interés propio, un egocentrismo. Cuando el hombre avanza y entra en la agapi de Dios, ¡para qué le sirve el temor o miedo? Cualquier cosa que haga lo hace por agapi, lo cual tiene un valor superior. Hacer el bien por temor a Dios y no por agapi no tiene tanto valor.

Avanzando, también el Evangelio nos da a entender que Cristo es la jará alegría, la verdad, Cristo es el Paraíso. Como dice el Evangelista Juan: “En la agapi-amor incondicional, desinteresada e increada no hay lugar para el miedo o temor, la perfecta agapi-amor echa fuera el miedo, porque el miedo en sí infierna y supone culpabilidad y castigo; y el que teme no ha logrado la perfección de la agapi” (1Jn 4,18). Intentando a través de temor o miedo, entramos poco a poco en la agapi de Dios. Entonces se va el infierno, se va el temor o miedo, se va la muerte. Nos interesamos sólo por la agapi de Dios. Hacemos todo lo necesario para esta agapi; lo que hace un novio para su novia.

Si queremos y Le seguimos, también esta vida con Cristo es jará alegría, aunque sea dentro de dificultades. Como dice el Apóstol Pablo: “Me alegro en mis padecimientos”. Esta es nuestra Fe Ortodoxa, allí debemos ir. Cuando esto lo consigas, qué más quieres; has ganado todo. Vives en Cristo y Cristo vive en tu interior. Después todo es muy fácil, obediencia, humildad y paz.

Cristo es el Novio de la psique-alma

La adoración a Cristo provino del Cantar de los Cantares del sabio Salomón. Este libro cultiva el anhelo divino, la agapi divina, la adoración o culto al  Novio celestial y la alerta relacionada con Él. ¡Qué palabras más bellas, eróticas, cariñosas, llenas de agapi, pasión, eros divino, aparentemente humanas pero son divinas! “Se dilata mi corazón por tu agapi”, dice un canto, indicando el sufrimiento de la psique-alma que busca a Cristo, la luz, la vida, el Dios, el Señor y el Salvador (Tropario a la santa Efimía).

En el Cantar de los Cantares, Cristo se presenta por excelencia como Novio. Cristo es el Novio de nuestra psique-alma, y ella es Su novia que Le sigue en todo, desde el martirio hasta el Gólgota y la Crucifixión, y también en la Resurrección. Cuando llegamos a experimentar esta agapi-amor, entonces Cristo se asomará en nuestro interior y colmará nuestra psique-alma de gozo y alegría.

La clave es dirigir continuamente la mirada hacia arriba, hacia Cristo, familiarizarse con Cristo, trabajar con Cristo, respirar con Cristo, sufrir con Cristo y alegrarse con Cristo. Que Cristo sea el todo para vosotros. Vuestra psique-alma que busque a Cristo clamando a su Novio: “Te anhelo, Novio mío…” Cristo es el Novio, es el Padre, el Todo. No existe cosa más bella y superior que amar a Cristo, ya que en Él encontramos todo, Cristo lo es todo: toda la alegría, todo el gozo, toda la vida paradisíaca. Tenemos todas las grandezas cuando tenemos a Cristo en nuestro interior. La psique-alma enamorada de Cristo permanece siempre alegre y feliz, a pesar de los esfuerzos y sacrificios.

La plenitud se encuentra en Cristo, y aquellos que niegan esta verdad están psíquicamente enfermos, poseídos por el espíritu maligno. Al negar lo que les falta, dejan sus psiques-almas vacías, permitiendo que el diablo entre en sus interiores. Así como un niño sufre profundamente si se le priva de sus padres, el hombre sufre aún más si se le priva de Cristo y de la Panaghía.

En el Cantar de los Cantares, se menciona sobre el Novio Cristo: “Yo dormía, pero mi corazón velaba; la voz de mi amado llama a mi puerta». La novia vela y sueña con Él. Aunque la psique-alma duerme, está orientada hacia Él, expresando así la plenitud de su devoción y dedicación. Le lleva continuamente en su mente y corazón, incluso mientras duerme, Le adora; ¿Lo entendéis? La adoración o culto se hace con toda su psique-alma y con todo su corazón y fuerza de voluntad.

¿Qué quiere decir esto? Pues, la única preocupación vuestra debe ser Dios. No como las demás preocupaciones y cuidados. Esta preocupación es distinta, es una forma de culto y adoración a Cristo. Esta es la preocupación que atrae, encanta y llena de alegría. No es algo que se hace a la fuerza o presión, o una obligación impuesta, sino una fuente de felicidad y placer espiritual. No es como una lección que lee el niño para ir al colegio. Es έρως eros amor ardiente comparable al amor ardiente entre dos personas pero de naturaleza superior y espiritual.

“Como la mujer encinta cuando se acerca el alumbramiento, se retuerce y da gritos en sus dolores, así hemos sido delante de ti, oh Señor. Hemos concebido, hemos tenido dolores de parto; como si hubiéramos dado a luz»,  dice Isaías (26, 17-18). Así también la psique-alma clama a Dios a causa del dolor que siente.

Buscar a Dios implica un esfuerzo duro y un intento, similar al dolor y llanto del parto, que alcanza su máxima intensidad cuando Cristo viene a nuestro interior.  Este dolor es más grande y conocido por aquellos que lo han experimentado, siendo un martirio insoportable…

Quien desee convertirse en cristiano Ortodoxo debe primero convertirse en poeta.

La psique-alma del cristiano debe ser fina, sensible, emotiva; debe volar, siempre volar, vivir en sueños; volar en el infinito, navegar entre las estrellas, en las grandezas de Dios, en el silencio.

El proceso de conversión a la fe cristiana ortodoxa exige convertirse primero en poeta, sufrir y amar. ¡Así es! Sufrir por aquel a quien amas. El amor implica esfuerzo y dedicación por el ser amado. Toda la noche corre, vela, se lastima los pies, para encontrarse con su ser amado. Se sacrifica, no tiene en cuenta nada, ni amenazas ni dificultades, haciendo todo por la agapi-amor. La agapi- amor hacia Cristo es distinta, es otra cosa completamente superior.

Y cuando hablamos de agapi-amor, no nos referimos simplemente a adquirir virtudes, sino al corazón que ama a Cristo y a los demás. Todo debe girar en torno a ese amor. Vemos a una madre con su pequeño hijo en brazos, mostrando un amor tierno y profundo hacia su psique-alma; vemos brillar su rostro mientras sostiene su pequeño ángel. Todo esto cuando lo ve el hombre de Dios, queda impactado y con anhelo dice: «Quisiera tener también yo ese anhelo por mi Dios, por mi Cristo, por mi Santa Madre y nuestros santos/as». Así es como debemos amar a Cristo, a Dios: con un deseo profundo y anhelo sincero, y es algo que se logra con la jaris gracia (energía increada) de Dios.

Pero nosotros, ¿poseemos esa llama por Cristo? ¿Corremos hacia la oración agotados, deseando descansar en la presencia de nuestro Amado, o lo hacemos a regañadientes, considerándolo una obligación? A veces preguntándonos: ¿Qué me falta y me siento así? Pues, falta el eros amor divino. La falta de amor divino hace que la oración carezca de valor y, en algunos casos, pueda ser perjudicial.

Si la psique-alma se desordena y se vuelve indigna del amor de Cristo, Él corta la relación, porque Cristo no quiere almas toscas cerca de Él. La psique- alma debe recuperarse para volverse digna de Cristo, debe volver a la μετάνοια metania, arrepentirse «setenta veces siete» (Mt 18,22). La verdadera metania traerá la santificación. No se trata de decir, «mis años han sido desperdiciados, no soy digno etc.», sino de recordar, «también yo recuerdo los días lentos en los que no vivía cerca de Dios…». Y en mi propia vida, habrá días vacíos. Tenía doce años cuando me fui al Monte Athos. ¿No eran años? Puede que haya sido un niño pequeño, pero viví doce años lejos de Dios. ¡Doce años!…

Escuchad lo que dice Ignacio Brianchaninov en su libro «Hijo mío, dame tu corazón»:

«Cada trabajo, tanto corporal como espiritual, que no involucra dolor o esfuerzo, nunca dará frutos para lo que se propone; porque la realeza increada de los Cielos se arrebata por la fuerza, y los violentos la arrebatan, y al decir violentos, se refiere al ejercicio constante y doloroso del cuerpo».

Cuando amas a Cristo, trabajas, te esfuerzas, pero es un trabajo bendito. Sufres, pero con alegría. Haces penitencias, prosternaciones, rezas, te sacrificas, porque estos son anhelos divinos, anhelo divino. Y dolor y anhelo y eros amor ardiente y alegría y gozo y agapi-amor. Las penitencias, las prosternaciones, la vigilia, el ayuno son esfuerzos que se hacen por el Amado. Es un esfuerzo para vivir con Cristo. Pero este esfuerzo no es forzado, no te quejas. Todo lo que haces de mala gana crea un gran mal tanto en ti como en tu trabajo. La tensión, el empuje generan reacción. El esfuerzo por Cristo, el verdadero anhelo, es el amor de Cristo, es sacrificio, es entrega. Esto es lo que David sentía: «Mi alma suspira y anhela los atrios del Señor» (83,3). Suspira con anhelo y mi psique-alma se derrite por la agapi-amor de Dios. Esto se ajusta a David y al verso de Bertitis que me gusta:

«Anhelo vivir en compañía de Cristo/hasta que llegue el momento de exhalar mi último aliento».

Se necesita atención y esfuerzo para entender lo que se estudia y abrazarlo. Este es el esfuerzo que hará el hombre. En la katánixis (compunción, dilatación del corazón), en el ardor y en las lágrimas entrará después, sin esfuerzo ni fatiga. Estas cosas seguirán, son donaciones, regalos de Dios.

¿El eros divino requiere esfuerzo? Con la comprensión de los himnos, cánones y Escrituras, eres atraído felizmente, entras en la verdad deleitando con alegría. «Has puesto gozo en mi corazón», como dice David. Así, espontáneamente, entras en la katánixis (compunción, dilatación del corazón), sin esfuerzo. ¿Entendido?

Yo, el pobre, deseo escuchar los logos de los Padres, de los ascetas, los logos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Quiero sumergirme en ellos. Cultivan el divino έρως eros amor ardiente. Los deseo y lo intento, pero no puedo. Me enfermé y «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mat 26,41). No puedo hacer prosternaciones. Nada. Deseo, tengo entusiasmo y amor por estar en el Monte Athos y hacer prosternaciones, rezar, oficiar y estar con otro asceta. Es mejor ser dos. Lo dijo el mismo Cristo: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (Mt 18,20).

La humildad, el desprendimiento y el desinterés

Cristo se sienta fuera de la puerta de nuestra psique-alma y toca, buscando que Le abramos; no entra dentro; no quiere amenazar y forzar nuestra libertad que Él mismo nos ha regalado. Lo dice en el libro del Apocalipsis: “He aquí, yo estoy de pie a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (y nos alegraremos los dos por su retorno y su salvación)” (Apo 3,20). Cristo es amable, está fuera de la puerta de la psique-alma y toca suavemente. Si le abrimos, vendrá en nuestro interior y nos dará todo de Sí Mismo de manera mística, secreta y sin estruendos.

Conocer a Cristo es imposible si Él no nos conoce primero. No puedo explicar exactamente estas realidades y cosas, son misterios. Escuchad al Apóstol Pablo: “pero ahora que conocéis a Dios, o, mejor dicho, que sois conocidos por Dios” (Gal 4,9). De manera similar, no podemos amar a Cristo a menos que Él nos haya amado primero. Cristo no nos amará si nosotros no nos hacemos dignos de ser amado por Él. Para que nos ame, debe encontrar algo especial dentro de nosotros. Quieres, buscas, pides, ruegas, pero no recibes nada. Te estás preparando para adquirir aquellas cosas que quiere el Cristo, para que venga Su jaris gracia (energía increada), pero no puede entrar, cuando no existe aquello que debe tener el hombre. ¿Cuál es esto? Es la humildad. Si no hay humildad, no podemos amar a Cristo. La humildad, el desprendimiento y el desinterés son esenciales en el culto y la adoración a Dios, como señala: “Que no sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda” (Mat 6,3).

Que nadie os vea, que nadie comprenda y vea vuestros movimientos hacia lo divino. Todas estas cosas que sean secretas, místicas de manera similar a la vida mística de los ascetas. ¿Os acordáis lo que os dije sobre el ruiseñor? Canta en el bosque, en el silencio, si dijeras que alguien lo escucha o alguien le elogia bien, ¡pero qué canto más bello en el desierto! ¿Habéis visto como se infla su garganta? Así sucede también con el que se enamora a Cristo. Si ama, “se hincha su garganta, padece, saca pelos de su lengua. Se va a una cueva, a una ladera y vive místicamente a Dios, “en nuestros corazones gemidos inenarrables de compunción y dilatación del corazón, que nos elevan hacia Dios” (Rom 8,26), porque por Él vivimos y nos movemos.

Así pues, cuando alcanzas humildad de este tipo y hayas atraído la jaris gracia increada de Dios que habite en tu interior, entonces lo has ganado todo. Cuando tienes la humildad, cuando te haya hecho cautivo de Dios, cautivo en el buen sentido, es decir,  cuando te has convertido en recipiente o instrumento de la jaris divina, entonces puedes decir como el Apóstol Pablo: “Ya no vivo en mi sino que dentro de mi vive el Cristo”. Es muy fácil realizar y lograr esto, es decir las cosas que Dios quiere. No simplemente fácil, sino facilísimo. Basta que nosotros hagamos la apertura. Cuando hemos hecho la apertura para recibir lo divino, nos hacemos dignos de Dios para que se asome en nuestro interior el Cristo. Y si se asoma en nuestro interior el Cristo, nos regala la libertad. ¡Dónde vas a encontrar palabras para estos misterios!… Todo el secreto está en la agapi, al έρως eros amor ardiente a Cristo, en la entrega al mundo espiritual. Entonces uno no siente soledad, ni nada; vive en otro mundo; allí donde la psique-alma se alegra, deleita y goza, en un mundo donde nunca se sacia.

Las Santas Escrituras y los Padres cultivan el έρως eros amor ardiente

Dentro de las Santas Escrituras salen todas las cosas. Es crucial leerlas de manera constante para descubrir los secretos de la lucha espiritual y la práctica cristiana. En mi amada Sabiduría de Salomón dice: “Dios de los padres, Señor de misericordia, que por tu logos hiciste todas las cosas, y que formaste al hombre para que dominara sobre las criaturas que tú has creado, para que rigiera el mundo con santidad y justicia, y administrara el juicio con rectitud de corazón.  Dame la sabiduría, compañera y consejera de tu trono, y no me excluyas de entre tus hijos, porque soy siervo tuyo, hijo de tu sierva, un hombre débil y de corta vida, falto de comprensión del juicio y de las leyes» (Sabiduría Salomón 9, 1-5).

Aquí vemos al sabio Salomón pedir de Dios de esta manera tan humilde Su sabiduría-sofía. Y Dios se la ha dado abundantemente. Todas estas cosas sabias que escribe no son suyas. Los logos de los cánones escritos por los himnógrafos (compositores de himnos divinos) son inspirados de este espíritu. Por eso yo los amo mucho estos logos. A estos logos tenéis que leer y reflexionar. Así adquiriréis el έρως eros amor ardiente. ¿Me dirás como yo los sé estos cánones? Es porque tengo locura, borrachera, divina embriaguez, no me sacio.

La persona, rostro de Cristo es una fiesta y el centro de toda la alegría. Qué es exactamente, no podemos entenderlo en profundidad, porque Dios es infinito, es misterio, es silencio; Dios es muy místico, pero está en todas partes. Dios vivimos, Dios respiramos, pero no podemos percibir y sentir Su grandeza, Su divina providencia. A menudo esconde las energías (increadas) de Su divina providencia. Pero cuando adquirimos la divina humildad, entonces lo vivimos y lo vemos todo; vivimos a Dios claramente percibiendo y sintiendo Sus misterios. Entonces ya comenzamos a amarle; y esto es algo que Él lo pide. Es lo primero que pide para nuestra felicidad, nuestro bienestar y ser, como dice: “Amarás a Dios con toda tu psique-alma, con todo tu corazón, con toda tu mente y con toda la fuerza de tu voluntad; este es el primer y gran mandamiento” (Mat 22, 37-38).

Este tipo de agapi, el amor divino, era característico de los santos y santas, incluyendo a San Porfirio, Obispo de Gaza, cuyo himno expresa su profundo amor por Cristo. Este tipo de agapi tenía también el santo que llevo su nombre.

¡CristoDios eres mi agapi!

No pienso la muerte; lo que el Señor quiera. Yo sólo quiero pensar en Cristo. Mi único deseo es pensar en Cristo. Abran también sus brazos y sumérjanse en los brazos de Cristo; entonces vive en vuestro interior; y aunque piensen que no lo aman lo suficiente, desearán acercarse más a Cristo y estar unidos a uno con Él. Desprecien los pazos (pasiones, vicios), no se ocupen del diablo y sus obras. Vuelvan su atención y diríjanse hacia Cristo. Para que estas cosas se realicen, es necesario que venga la divina χάρις (jaris), la gracia, esa energía increada que siempre está sanando lo enfermo y supliendo lo que falta.

«La jaris divina, siempre sanando lo enfermo y completando lo que falta».

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 2-12- 2023

Los términos teológicos helénicos: a) ρως Eros el amor ardiente, b) Αγάπη  (agapi)  amor incondicional

 

  1. ρως Eros el amor ardiente

En los textos de la Filocalía la palabra eros en muchos casos tiene el significado platónico.

Eros- enamoramiento es la fuerte epicimía deseo ardiente y anhelo que empuja al hombre hacia Dios y a la vez, la energía que nos une con Él. El Eros de los cristianos no tiene diferencia de la agapi, aunque puede diferenciarse de la agapi en la medida que contiene más tensión, así como también, elementos del éxtasis.

Por el Padre Romanidis: “Según los Platónicos, el Dios no tiene eros para el hombre, sino que el hombre hacia el Dios. Para ellos, el eros es una carencia, porque el hombre, dicen, tiene eros hacia algo que le falta. Según sus puntos de vista esto ocurre en todas las secciones, aún hasta en las relaciones de Dios con el hombre. Esta carencia se llama eros en la antigua filosofía Elénica. Este eros lo tiene aquel que no está completo o perfeccionado. Entonces el eros es para el incompleto, imperfecto. La perfección según ellos es katastolí represión del eros. Así sólo el hombre como incompleto tiene eros, en cambio el Dios como es completo no tiene eros. El Dios no puede tener eros, porque es perfecto e independiente y por esta causa es el inamovible que mueve.

Por lo tanto, vamos a ver ahora lo que es válido en la tradición Ortodoxa. Allí donde san Dionisio el Areopagita dice que “también el Dios es móvil”, dice otra cosa también: “que hay algunos que discuten y pelean sobre el tema de si el Dios es el eros o la agapi; pues, es la misma cosa. Ellos dicen que no es la misma cosa. Otra cosa es eros y otra es la agapi. Así dicen que Dios tiene agapi, pero no tiene eros hacia el hombre, en cambio el hombre tiene eros, pero debe de tener agapi”. Sin embargo san Dionisio apelando a su propia experiencia de zéosis, concluye que: “el Dios no tiene sólo agapi para el hombre sino eros también. Además, para el Dios agapi y eros es la misma cosa”.

Por Ieoteo Vlajos, en su libro el “Prósopon (Persona, rostro) de la Ortodoxia”: Dios es Persona y ama al hombre, por eso san Máximo el Confesor siguiendo a san Dionisio el Areopagita dice: “Lo divino, los teólogos a veces lo llaman eros y otras veces agapi, algunas veces erotizado y agapitó (amado). Entonces como existe, se mueve como eros y agapi y como erotizado y agapitó (amado), mueve hacia sí mismo todas las cosas receptivas del eros y de la agapi. ((Es decir, el eros y la agapi las dos palabras con el mismo significado; agapi en la faceta divina es amor energía increada y en la humana es amor incondicional, desinteresado, altruista y eros como amor ardiente de Dios hacia el hombre y viceversa, podríamos definirlo en español).

 

  1. Αγάπη  (agapi)  amor, cariño. “Ὁ θεός ἀγάπη ἐστίν Dios es agapi-amor… Porque la agapi proviene de Dios” (1 Jn 4,7-8).

La Αγάπη (agapi) cristiana en su faceta divina y como término teológico ortodoxo es la primera y superior energía increada de las energías increadas de la Jaris de Dios. Se aproxima más a la misericordia increada y perdón de Dios que enseñaba Cristo Dios. La agapi está vinculada y unida estrictamente con la libertad y la verdad. Cada una depende y se enlaza con la otra, fuera de esta interrelación ninguna es auténtica. Dicen los Santos Padres Ortodoxos: Nadie puede conocer la increada agapi como energía increada de Dios si no es a través de la energía increada Χάρις (Jaris, Gracia) del Espíritu Santo. La agapi cristiana en su faceta secular, mundana se refiere al amor desinteresado, altruista o cariño, amor al cónyuge, a los padres, a los amigos, a los jefes y trabajadores, como también a las comunidades sociales y toda la creación.

Éste es el propósito de la psicoterapia de la Iglesia Ortodoxa, el convertir, mediante la constante metania (introspección, arrepentimiento y confesión), la φιλαυτία (filaftía, egolatría) que es el creado amor interesado egocéntrico y enfermizo a uno mismo y al cuerpo y convertirla en agapi desinteresada divina e increada de Dios. Ésta comprende tres estadios: catarsis, iluminación y zéosis o glorificación. (Ver también sobre este término en nuestro libro “12 Léxis apocalípticas” en el blog en español: www.logosortodoxo.com).

 

 

1 comentario

  1. Gianluca

    Enseñanza muy antigua y profunda

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