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Ene 20 2024

San Porfirio en Kafsokalivia de Agion Oros Athos

Καυσοκαλύβια Αγιον Ορος (1918-1925)

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

 

San Porfirio en Kafsokalivia de Agion Oros Athos (1918-1925)

Mi vida en Agion Oros era oración, alegría y obediencia a mis Yérontes”

 

Contenidos

  1. Cuando fui al Monte Athos, era joven y analfabeto
  2. Sentí que no estaba en la tierra, sino en el cielo
  3. Durante un tiempo, pasé por una tentación…
  4. Amaba a mis Yérontes
  5. Todo lo que hacía, lo hacía con alegría
  6. Solía mantener mi mente ocupada para preservar la claridad mental y espiritual.
  7. Extendí mi mano y predicaba
  8. Corría, no caminaba
  9. Era un salvaje del bosque
  10. Debido a mi gran entusiasmo a veces me excedía
  11. El secreto de la vida espiritual es la obediencia
  12. Tenía mucho entusiasmo, celo por las cosas espirituales
  13. Esperaba con ansias este momento
  14. Dos o tres años más tarde, me hice monje de gran hábito o esquema.
  15. En el Monte Athos, me encantaban mucho las vigilias

Estos 4 capítulos 16,17,18,19 a continuación están aquí: https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/san-porfirio-el-kafsokalivita-en-kafsokalivia-de-aghion-oros-athos/

  1. La χάρις jaris gracia increada que tenía ese santo irradió también en mi psique-alma.
  2. El Anciano Dimás, Ruso me transmitió el don de la oración cordial o de Jesús y el de la clarividencia.
  3. Vivía entre las estrellas, en el infinito, en el cielo.
  4. Amé al ruiseñor y me inspiró.
  5. Me vino a la mente irme al desierto, solo con Dios.
  6. Dios me salvó.
  7. Me besó en la frente y nos separamos llorando.
  1. 1. Cuando fui al Monte Athos, era joven y analfabeto.

Si les contara mi vida en el Monte Athos, mi amor, mi dedicación, «me faltaría tiempo para contar mi relato…». Mi amor por ustedes me impulsa a narrar todo lo que recuerdo.

Así que, cuando fui al Monte Athos, como mencioné, era joven pero también analfabeto. No sabía leer, solo deletreaba. Los Yérontes que eran hermanos de carne, el Yéronta Panteleimon, el guía espiritual, y el padre Ioannikios me preguntaron:

-¿Sabes leer?

-Bueno, poco – les respondí.

Era un sábado por la noche. Me hicieron leer el Salterio. Comencé tímidamente a leer el primer salmo:

-«Ma… ma… ka… ka…ri…ri…os a…nír… Μα…κά…ριος ἀ…νήρ, ὃς οὐκ ἐπο…ρεύ…θη…».

Deletreaba.

-Bien, hijo mío, déjame leer yo – dijo el padre Ioannikios – y otro día leerás tú.

Se puso sus gafas y comenzó:

-» Μακάριος ἀνήρ, ὃς οὐκ ἐπορεύθη ἐν βουλῇ ἀσεβῶν… Feliz y bendito es el hombre que nunca siguió el camino de acuerdo con la voluntad, pensamientos y deseos de los impíos…” (Salmo 1,1).

Pueden imaginar mi vergüenza. Esa fue mi lección. «Debo aprender a leer», pensé.

Así que rápidamente lo puse en práctica. Cuando encontraba tiempo y disponía de mucho tiempo libre, agarraba y leía el Salterio, el Nuevo Testamento, las reglas para mejorar mi lengua, y así, de tantas veces que leí, aprendí los salmos del Salterio de memoria. Estudiaba incluso por la noche.

  1. Sentí que no estaba en la tierra, sino en el cielo.

Una noche, hubo una vigilia en templo principal de la Santísima Trinidad, durante los primeros días que estuve allí. Nuestra skiti (asceterio) celebraba su fiesta. Mis Yérontes se fueron a la Iglesia desde temprano y me dejaron en la celda para que durmiera. Siendo joven, pensaron que no aguantaría hasta la mañana, cuando terminara la vigilia.

Después de medianoche, el padre Ioannikios vino y me despertó.

«¡Despierta!», me dijo. «Vístete, vamos a la Iglesia».

Inmediatamente obedecí. En tres minutos, estábamos en la Santísima Trinidad. Me llevó primero al Templo. Era la primera vez que entraba. ¡Quedé asombrado! La Iglesia estaba llena de monjes de pie con devoción, reverencia y atención. Los candelabros arrojaban su luz por todas partes, iluminando las iconas en las paredes y los iconostasios. Todo brillaba. Los candiles estaban encendidos, el incienso perfumaba el aire, y los cánticos resonaban devotamente en la hermosa solemnidad de la noche. Un sentimiento de asombro me invadió, pero también un miedo. Sentí que no estaba en la tierra, sino en el cielo. El padre Ioannikios me animó a avanzar y venerar las iconas. Yo no podía.

«Agárrame, agárrame», comencé a gritar. «¡Tengo miedo!».

Me tomó de la mano y, sujetándolo fuertemente, me acerqué y veneré. Fue mi primera experiencia. Se grabó en mi corazón. Nunca lo olvidaré, nunca.

  1. Durante un tiempo, pasé por una tentación…

Estaba muy feliz y entusiasmado con mi vida allí. Sin embargo, al principio, pasé por una tentación. Empecé a pensar en mis padres. Los había herido; me apenaba que no supieran dónde me encontraba. También pensaba en un primo de mi edad. Así que surgió en mí el deseo de regresar por un tiempo a mi pueblo y traer a mi primo al Monte Athos para que experimentara esta hermosa vida. Sentía que tenía la obligación de llevarlo hacia Cristo. Pero no le decía nada a mi Yéronta. Empecé a perder el apetito, a ponerme amarillo en la cara y a sentir melancolía.

El Yéronta lo notó. Un día me llamó y me dijo con cariño: ¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Qué te está sucediendo?

Le conté todo. ¡Eso fue liberador, la tentación pasó! Volvió el apetito, la alegría inundó mi corazón.

Continué obedeciendo a mis Yérontes. Mi rostro resplandecía, me volví más hermoso y radiante. Mientras antes estaba débil, después me volví hermoso. Mi rostro se volvió angelical. ¿Y cómo lo vi? Había ido a ver mi Yéronta y, mientras el sol golpeaba en la ventana, eso se convirtió en mi espejo. Y cuando vi mi rostro, dije interiormente para mí mismo:

¡Oh, oh! ¡Cómo me ha transformado la χάρις jaris gracia (divina energía increada)!

Antes, pensaba en mis padres, este pensamiento me molestaba atormentaba. Después, ya no los pensaba. Solo en mi oración los recordaba, para que el Señor los salvara. Antes los anhelaba. Después anhelaba a mis Yérontes. Recordaba a mis padres, pero de manera distinta, solo con el amor de Cristo. Comencé a ayunar más y a luchar más, pero también tenía una mayor locura (divina) y entusiasmo. Deseaba estar constantemente en la Iglesia y quería hacer lo que los Yérontes deseaban, para agradecerles. Ahí está el cambio, la transformación, la metamorfosis que hace la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios realiza.

  1. Amaba a mis Yérontes

Como ya he dicho, mis Yérontes eran el padre Panteleimon y su hermano, el padre Ioannikios. Los amaba, aunque eran muy estrictos. En ese momento, esto no lo entendía. Porque los amaba, pensaba que no eran estrictos conmigo. Les tenía un gran respeto y devoción, y amor. Mi anhelo era… como ver la icona/imagen de Cristo; con tal reverencia, respeto y devoción. Después de Dios, estaban los Yérontes. Ambos eran sacerdotes. Eran de la región de Karditsa, Tesalia. De un pueblo en lo alto de las montañas. De alguna manera, se llama el pueblo. Tiene valor recordarlo… ¡Lo recordé! Es el pueblo Mesenikolas de Karditsa. De allí era mi manta que tenía, donde dormía hasta hace poco. Les obedecía completamente.

¡Obediencia! ¿Qué puedo decirles? La conocía. Me entregué a ella con alegría, con amor. Esta absoluta obediencia me salvó. Debido a ella, Dios me dio la χάρις jaris. Sí, les digo de nuevo, mostré una paciencia extrema con mis Yérontes. Obediencia no por obligación, sino con alegría y amor. Los amaba sinceramente. Y porque los amaba, ese amor me hacía sentir y entender lo que querían. Sabía, antes de que me lo dijeran, lo que querían y cómo lo querían. Iba aquí, iba allá. Estaba dedicado a ellos. Por eso, mi psique-alma se llenaba de alegría cerca de ellos. No pensaba en nada más. Se fueron los padres, se fueron los conocidos, se fueron los amigos, se fue el mundo. Mi vida era oración, alegría, obediencia a mis Yérontes.

Una vez me decían algo y yo lo cumplía. Por ejemplo, una vez el Yéronta me dijo:

-Hijo mío, lávate las manos antes de comer, pero también cada vez que vayamos a la Iglesia, porque entramos en un lugar santo y todo debe estar limpio. Y nosotros ambos somos sacerdotes, debemos tener las manos limpias, pero también limpieza y pureza en todo.

Así que cada vez me lavaba las manos con jabón. No tuvieron que decírmelo dos veces. Antes de comer, las lavaba. En la Iglesia, si necesitaba algo, las lavaba con jabón. Agarraba algo, las lavaba. En el trabajo manual, cuando era un trabajo delicado, las lavaba. Hacía eso con todas las cosas, sin reaccionar internamente.

Tengan en cuenta que tenía dos Yérontes y muchas veces me pedían cosas opuestas. Un día el padre Ioannikios me dijo:

-Toma estas piedras de aquí y llévalas allí.

Las llevé al lugar que me indicó. Llega el mayor Yéronta Panteleimon. Tan pronto como las vio, se enojó y me regañó, diciendo:

-¡Hombre torcido! ¿Por qué hiciste eso? ¿Para qué queremos las piedras allí? Llévalas de nuevo donde las encontraste.

«El hombre torcido», esta era la frase que me decía cuando estaba enojado y me regañaba.

Al día siguiente, pasó el padre Ioannikios por allí. Ve las piedras en el primer lugar, se enoja y me dice:

-¿No te dije que llevaras las piedras allí?

Me avergoncé, enrojecí, me arrepentí y le dije:

-Padre, perdóname, las llevé casi todas, pero el Yéronta las vio y me dijo que las llevara de nuevo allí; que las necesitábamos allí. Y las llevé de nuevo.

Entonces quedó calladito el padre Ioannikios.

Como esto, me hicieron muchas otras pruebas. Pero no tenía malicia. No decía: ‘¿Quieren probarme?’ Sin embargo, no me daba cuenta de que me estaban probando. Las cosas eran tan naturales que no lo entendía. Esto tiene sentido, porque cuando alguien sabe que lo están probando, puede hacer la tarea más difícil con obediencia. Sin embargo, cuando no sabe si alguien lo está probando y la otra persona se enoja, no puede evitar pensar: “¿Qué está pasando, qué es eso? ¿Cómo puede ser esta cosa? Después de tantos años aquí como monje, ¿aún este monje tiene ira y cómo puede orar? ¿No se ha liberado de la ira o enojo? Estos hombres son muy imperfectos…”.

Pero yo no pensaba así, ni sabía si me estaban probando. Por el contrario, disfrutaba mucho de eso porque los amaba. Pero también ellos me amaban mucho, aunque no lo mostraran. Amaba a los dos Yérontes, pero especialmente me apoyaba en el Yéronta espiritual, el Yéronta Panteleimon. Como dice David: “Mi alma se ha pegado a ti; me has sostenido con tu diestra” (Sal 62,9), así mi psique-alma se pegó a mi Yéronta. ¡Les digo la verdad! Y mi corazón estaba con su corazón. Lo veía, lo sentía. Me llevaba afuera e íbamos al Templo Principal y de allí a trabajar juntos. ¡Oh, lo sentía! Esto me santificó mucho. Que me aferré a él, me santificó. Me benefició mucho que mi corazón se pegara a su corazón. ¡Fue un gran santo!

Y, sin embargo, el Yéronta no me decía nada. No solo no decía de dónde provenía, sino ni siquiera su apellido, ni, ni, ni… Nunca dijo: ‘En mi patria’ o ‘Mis padres, mis hermanos’, etc. Siempre era silencioso, siempre oraba y siempre era apacible y manso. Si alguna vez se enojaba, su enojo y lo que decía, todo era falso. Yo le amaba y creo que la obediencia que le mostré, junto con la agapi (amor incondicional y desinteresado) que le tenía, me visitó también a mí la divina χάρις jaris increada.

Le observaba, intentaba imitarlo, a tomar algo de él. Le amaba, le reverenciaba, le veía y me beneficiaba. Me bastaba con verlo. Caminábamos un largo camino. Subíamos desde Kafsokalyvia hacia arriba en la montaña para cortar encinas. Todo el camino, nada, ni una palabra. Recuerdo a mi Yéronta mostrándome qué encinas cortar. Tan pronto como cortaba una, gritaba de alegría:

-¡Yéronta, la corté!

Él decía:

-Ven aquí, ve allá con la sierra.

Limpiaba alrededor para que la sierra pudiera entrar. Él iba a buscar otra sierra. Decíamos una palabra, «monophysite», es decir, sin hablar, solo con un soplo. Inmediatamente gritaba:

-¡Yéronta, la corté!

Con alegría. No eran cosas naturales, por supuesto. Era mi agapi-amor, era la χάρις jaris de Dios que se transmitía desde el Yéronta a mí, el humilde.

Lo confirmo esto que dicen, los monjes íbamos y rodeábamos a un ermitaño y le hacían varias preguntas. Uno de ellos estaba sentado así y no hablaba. Observaba el rostro del Yéronta. Todos preguntaban, pero él no hablaba. Y el ermitaño le dijo:

¿Por qué tú, hijo mío, no me preguntas? ¿No tienes ninguna pregunta?’ Él le respondió:

-No quiero nada más, solo verlo a usted, Yéronta. Es decir, él lo disfrutaba de una manera encantadora, «lo absorbía», es decir, recibía la χάρις jaris de Dios a través del Yéronta. Y San Simeón el Nuevo Teólogo dice las mismas palabras. Confiesa que también él recibió la χάρις jaris de su Yéronta de esta manera.

  1. Todo lo que hacía, lo hacía con alegría.

Mis Yérontes no me asignaban trabajos pesados. Solo regaba el jardín y realizaba trabajos manuales, es decir, esculturas en madera. No me daban enseñanzas. Al principio, iba con ellos a los servicios religiosos. Nada más.

Después de unos días, el Yéronta me llamó, me dio un komposkini de oración y me dijo que recitara la oración cordial (o de Jesús) «Señor Jesús Cristo, eleisón me, compadécete de mí», todas las noches. Nada más. Sin enseñanzas, sin explicaciones. Antes de darme el komposkini de oración, me dijo:

¡Ten cuidado! Haz una prosternación o reverencia, hijo mío, toma mi mano, besa la cruz que tengo arriba para que, al bendecirte, Dios te ayude.

Y así aprendí a hacer el komposkini de oración.

Al principio no me enviaban para trabajos externos, fuera de nuestra celda. Todo lo que hacía, lo hacía dentro de la casa. Luego iba también al jardín. Cavaba, regaba, desmalezaba, todo lo que podía. Después tomaba el trabajo manual. Después de las labores, me pedían que leyera el Salterio mientras ellos trabajaban. Yo era cuidadoso y no quería causarles molestias en nada. Lo único que me preocupaba era cómo servir, cómo agradar a mis Yérontes en todo. Hacía todo lo que decían. Lo observaba detenidamente y lo aprendía como una lección. Lo grababa en mi mente y lo trabajaba. Por ejemplo, mi trabajo manual eran las esculturas en madera. Observaba cómo lo hacían los Yérontes y por la noche, antes de dormir, repetía la «lección» mentalmente: tomamos la madera, la cortamos, la sumergimos en agua para que se ablande; luego la sacamos y la dejamos secar; después la tallamos; la lijamos con la escofina; la suavizamos con papel de lija; la cepillamos con virutas de madera; la pulimos con una piedra de mar cristalina para que la madera brille – la llamaban adamantine; luego pasamos el diseño, etc. Reflexionaba profundamente sobre mi trabajo, para no olvidar el más mínimo detalle y hacerlo exactamente como ellos querían. Tenía miedo de cometer algún error y causarles angustia. Por eso, lo que me decían, lo memorizaba completamente.

Me explicaban también por qué debía aprender el trabajo manual. Me decían:

Mira de aprender el trabajo manual. Aquí no puedes quedarte. Esto no es un monasterio, es decir, una comunidad monástica, para tener muchos campos, viñedos, pasas, frutas. Debes trabajar para comprar tu pan.

Esto es lo que me decían y me mostraban el trabajo manual. Y para no causarles tristeza y angustia, lo estudiaba por las noches, como les dije, tan pronto como me acostaba. Así, por la mañana, estaba listo para trabajar. Hacía todo con alegría. Decía: «¡Me convertiré en monje! Esto es lo que debo aprender, entender su significado». Tenía la curiosidad de aprender cada detalle en profundidad y amaba aprender todo. No es que pensara que me convertiría en predicador más adelante y que necesitaría usar estas habilidades, sino por έρως eros (amor ardiente) a Cristo. Recibí la bendición del Yéronta para leer el Oficio de la Tonsura y, en quince días, me lo aprendí todo de memoria.

  1. Solía mantener mi mente ocupada para preservar la claridad mental y espiritual.

Donde trabajaba, tallando las esculturas de madera, también tenía la Santa Escritura. La abría y leía. Tenía el Evangelio y leía desde el principio, el Evangelio según Mateo: “Libro de la genealogía de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de…” (Mt 1,1). Lo leía, trabajaba y recitaba en mi interior. Muchas veces repetía los logos del Evangelio y los recuerdo incluso ahora. Me interesaba tener logos sagrados en mi mente. No me cansaba de decirlas muchas veces. Amaba los logos divinos, los sentía, profundizaba. No me hartaba de decirlos todo el día. Y cada día, no me cansaba.

Tenía un gran anhelo y cuando mis Yérontes se iban por la mañana y regresaban por la noche, yo, libre ya, iba a la capilla, a San Jorge, y me entregaba a la oración. Y iba allí, sí… ¡Lo que ocurría! Me alegraba tanto que ni siquiera comía. No me gustaba distraerme. ¿Entienden? Decía la oración, cantaba, leía. Iba allí solo. ¡Sí! ¡Qué experiencia! Tenía una voz muy buena. No les estoy diciendo esto ahora para alabarme a mí mismo, pero así lo sentía. Tenía una voz muy buena y, al salmodiar, cantar, sonaba como lamentaciones. Eran himnos de έρως eros (amor ardiente), eran para Cristo, lo que quieras… ¿Entienden? ¡Oh, wow! ¡Qué oficios fúnebres, qué, qué… lo que quieras! Leía esas cosas. Bueno, eso es lo que les cuento. Es algo que he experimentado. ¿Entienden?

Cuando pasó un tiempo y crecí un poco y me fortalecí, mis Yérontes empezaron a enviarme fuera de la celda. En la celda, en Kafsokalyvia, no teníamos tierra y la traíamos desde lejos, llevándola sobre los hombros. Cuando iba a llevar tierra, obedeciendo y caminando hacia la cueva de San Nifon, solía no dejar mi mente libre, sino recitar la Santa Escritura, el Salterio, las reglas. Lo hacía para tener pureza de nus (espíritu de la psique) y mente. Nunca imaginé que usaría esta recitación, como suelen hacer los predicadores, para decírselo al mundo, para dar discursos y kerigmas. Nunca imaginé que saldría del desierto del monte Athos. Nunca me vino eso a la mente. Sentía que allí me quedaría y allí moriría. Pero sin darme cuenta, sin desearlo, salí del Monte Athos.

  1. Extendí mi mano y predicaba

Un día, mis Yérontes me enviaron a traer tierra a la Skiti (asceterio). Mientras pasaba, hacia San Nifon, como solía hacer, recitaba mentalmente el Evangelio según Juan y miraba el Mar Egeo, que se extendía sin horizonte.

Me detuve por un momento en una roca, olía el tomillo y, emocionado por la naturaleza, comencé a gritar. Incluso extendí mi mano y predicaba. En serio, les digo la verdad. Extendí mi mano sobre la roca y dejé caer el saco que llenaría con tierra. Comencé, entonces, con una voz fuerte y significativa:

“Y el juicio/crisis κρίσις y condena consiste en que la luz increada unida con la creada vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas del engaño que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo hombre que obra mal, odia y detesta la luz y no viene a la luz para que no sean descubiertas y juzgadas sus obras malas” (Jn 3, 19-20).

Lo dije hasta el final. ¿Dónde dije este kerigma? Al vacío, al mar, al mundo entero. Sin que nadie escuchara, lo dije en la soledad.

¡Bueno, qué puedo decirles, les estoy contando lo que amé y recuerdo vívidamente!

  1. Corría, no caminaba.

No quería sentarme en absoluto. Quería ir aquí, ir allí, regar, cortar leña. Y todo esto con una reverencia cada vez. Tenía mucha alegría y regocijo. Me sentía lleno y corría. Corría, no caminaba. Me avergonzaba, sin embargo, de que los Yérontes me vieran correr, así que caminaba lentamente al principio y cuando me alejaba, corría. Me sentía como volando para ir rápido y regresar rápidamente con mis Yérontes. Una vida agraciada, qué les puedo decir. Esta vida es verdaderamente angélica. Mi bendito Yéronta también tenía mucha disposición. Me decía: ‘Ve aquí, ve allí…’. Bueno, por supuesto, teníamos muchas tareas. Me dieron la supervisión de la celda. Teníamos una casa bien arreglada. Teníamos olivos, unos pocos árboles, también teníamos hortícolas.

Por supuesto, me cansaba con las tareas. Iba a muchas tareas. Iba a la montaña. Mis pies a menudo se cortaban. No lo sabían mis Yérontes, me veían como un niño. Cuando bajaba de la montaña después de tres horas de camino, Padre Ioanikios me decía:

– Mañana haremos pan, así que prepárate para ir a buscar ramas secas o leña.

Tomaba la cuerda y me iba a la montaña por ramas secas. Iba por un camino fácil pero empinado. No solo recuerdo estas cosas, muchas veces mis Yérontes me enviaban a traer estacas o leña y las ponía encima como carga de burro. Y como estaba cargado y mi espalda sufría, me sentaba en el sendero para descansar. Si alguna vez me molestaba mucho el peso, me decía a mí mismo: ‘Te mostraré, viejo burro’. No conocía la pereza. Realmente no tenía pena de mi cuerpo. Como mis rodillas me dolían, yo quería venganza. Es decir, cuanto protestaban y me dolían, más carga tomaba yo. “Te enseñaré yo burro viejo!”, repetía continuamente. Me vengaba, vengaba a mi viejo yo enfermo. Increíble, a pesar de ser un muchacho de diecisiete años, me cargaba setenta kilos, en una distancia 2-3 km empinada.

No había nada de pereza. Realmente me gustaba orar, incluso cuando estaba cansado. En medio del cansancio, buscaba más a Dios. Esto debéis creerlo y entender realmente que es posible. Es una cuestión de agapi-amor. No es solo ir rápido. No es simplemente que vas rápido. Haces el trabajo, comienzas otro, regresas, haces otro trabajo y te aseguras de terminar todo, de regar, cavar, traer tierra y ramas, ir a la montaña, traer madera para el trabajo manual y para la estufa. Con amor te vuelves incansable. Entonces verás hacia dónde van los pecados. Todos duermen. ¿Habéis escuchado? Esta es realmente una vida extranjera, una vida santa, una vida paradisíaca.

  1. Era un salvaje del bosque

No puedo darles un ejemplo de lo que es la verdadera obediencia. No es hablar de obediencia en algún momento y decirte: «Ve, haz una voltereta», y obedecer. Eso no es obediencia. Debes estar despreocupado, es decir, no pensar en absoluto en el tema de la obediencia, y de repente te piden algo y estar listo para hacerlo con alegría. Estar ocupado sobre el trabajo, no estar alerta y preparado, y luego te humillan. Con tu actitud en ese momento mostrarás si obedeces o no.

Seguía literalmente las órdenes de mis Yérontes. Me decían:

«No hablarás, no dirás qué hacemos y qué orden tenemos en la celda. Si encuentras a algún monje en el camino y te dice ‘bendíceme’, responderás ‘bendito seas’ con reverencia, devoción y agapi-amor por Cristo. Incluso si es un Yérontas, debes besar su mano. Si te pregunta ‘¿cómo están tus Yérontes?’, dirás ‘bien, gracias a sus oraciones’, y seguirás de inmediato. No hay más conversación. Y si viene por detrás, se acerca y te pregunta algo, no te detengas ni respondas, porque no todos los monjes son buenos y se necesita precaución. Lo que te pregunten, dirás: ‘No sé, pregúntale al Yéronta, no lo sé’. Dirás ‘bendíceme’ y te irás. No escuches nada, sigue tu camino. No dejes que te digan: «Tu habilidad artesanal, la talla de madera, no es tan buena, ven a aprender iconografía, música, etc.». No escuches nada, sigue tu propio camino.

Y una vez me enviaron a la ermita de Santo Nifon. Y en el camino, respondí a tres laicos, así es como se les llama en el Monte Athos a los que no son monjes, y según mi costumbre, cuando me acerqué a ellos, les dije ‘bendito seas’ y pasé. Como era tan ‘salvaje’, dijo uno de ellos:

«Pobre chico, no parece estar tan bien».

Yo ya había pasado, pero tenía un oído muy agudo. Al escuchar eso, me alegré de esta humillación. Sonreí para mí mismo. «Tiene razón», pensé, «¡tiene mucha razón, pero cómo podría saber mi locura!

No salía frecuentemente afuera, ni me llevaban mis Yérontes a las festividades. Es decir, cuando se celebraba la fiesta de algún santo, ellos iban y me dejaban en casa.

En el Monte Athos, los Yérontes encendían fuego en la celda. Yo no quería estar cerca del fuego en absoluto. No soportaba el calor en absoluto. Los Yérontes se sentaban cerca del fuego, yo me sentaba más lejos. Tenía miedo. Tenía miedo de que el fuego me molestara y se los decía a mis pobres Yérontes, ellos pobrecitos me dejaban. Es también cuestión de costumbre. Si te acostumbras a sentarte cerca del fuego una vez, no puedes endurecerte después. Cuando a veces me daba fiebre por algún resfriado, tomaba un té caliente, hacía quinientas o seiscientas prosternaciones, sudaba y me cambiaba. Luego me tiraba en la cama y me sentía bien.

Realmente yo era un hombre ‘salvaje’. Era un animal salvaje del bosque. Les digo sinceramente. Corría descalzo por la nieve, entre las rocas. ¡Si vierais cómo se ponían rojos mis talones, mis pies. Se ponían rojos en la nieve! Mis Yérontes no me obligaban a estar descalzo, ni ellos lo estaban. Lo quería yo solo. Pero tampoco me decían que me quitara los zapatos. Sin embargo, en la Iglesia, en el Templo principal, y los domingos usaba calcetines y zapatos, pero no botas. Recuerdo algo muy bonito. Era primavera y el Yéronta me envió a Kerasia. Mientras corría, me quité los zapatos porque quería que mis pies hicieran suela de zapatos, ‘pantuflas’, en la nieve y en el hielo.

Como mis Yérontes me veían así, ellos también se alegraban. Podrían humillarme; incluso cuando hacía algo bueno, me decían que había hecho algo mal. No siempre, por supuesto, pero querían «encontrarme», es decir, atraparme en un lugar donde no lo entendía.

Mis Yérontes eran santos; me entrenaba y me educaban de muchas maneras, y de hecho, de manera estricta. Nunca me dijeron «bien hecho, bravo» ni «lo hiciste bien». Nunca me elogiaron. Siempre me aconsejaban sobre cómo amar a Dios y cómo humillarme. A invocar a Dios para que me fortaleciera en mi psique-alma y amarlo mucho. Eso es lo que aprendí. No conocía el «bien hecho o bravo» y nunca lo pedí. Ni siquiera en casa me enseñaron a que me dijeran «bien hecho, lo hiciste muy bien». Mi madre me regañaba. Mi padre estaba ausente, trabajando durante años en el Canal de Panamá. Eso me benefició mucho. Aquel que aprende humildad atrae la χάρις jaris increada de Dios. Si los Yérontes no me regañaban, me entristecía y decía para mí mismo: «Maldición, no encontré buenos Yérontes». Quería que me entrenaran fuertemente, que me regañaran, que me trataran duramente. Ahora entiendo cuán estrictos eran. En ese momento no lo entendía porque los amaba. Nunca me hubiese gustado separarme de ellos.

  1. Debido a mi gran entusiasmo a veces me excedía.

Sin embargo, mi entusiasmo o celo a veces me llevaba a exageraciones. Realizaba incluso prácticas sin bendición. Pero eso es egoísmo. Permítanme darles un ejemplo. Escúchenme.

Mis Yérontes estaban ocupados todo el día con tareas y me dejaban solo en la celda. Estaba haciendo mi trabajo manual. Nuestro trabajo manual era escultura de madera, como les dije. Aún no me habían enseñado completamente el trabajo. Tenían miedo de que me fuera.

Un día, tomé un hermoso trozo de madera blanca y dibujé un diseño en él. Hice una figura muy bonita, con movimiento y con las alas detrás sosteniendo una uva. La uva colgaba de una rama de vid que tenía dos o tres hojas. En la parte inferior, la figura tenía el pico. Quedó muy bonito. Lo había lijado incluso con papel de lija. Cuando mis Yérontes regresaron, fui a buscar su aprobación. Tomé la escultura y le dije al Padre Ioannikios:

-Mira lo que hice.

Tan pronto como lo vio, rodó los ojos y gritó:

-¿Quién te dijo que lo hicieras? ¿Preguntaste a alguien?

Lo agarró, lo tiró al suelo y lo hizo pedazos.

-Ve rápidamente a decírselo al Yéronta, me dijo.

Me sentí muy apenado y le pedí disculpas. No lo sabía y los decepcioné.

-¿Por qué haces cosas sin preguntar? Ve rápido al Yéronta, muéstrale los pedazos y confiésate.

Fui directamente al Yéronta, le mostré los pedazos y me dijo:

-Hijo mío, no debiste hacer eso. Nada se hace sin bendición. Así puedes extraviarte y perder la χάρις jaris de Dios.

Hice una reverencia, me arrepentí, me disculpé con humildad y sinceridad. No solo no me molestó la reprimenda, sino que dentro de mí pensé: «Mis Yérontes deberían haber sido más estrictos conmigo, castigarme».

-Ves ese libro en el estante, arriba, no lo tocarás. No lo abrirás para leer, eres pequeño. Más adelante, cuando te vuelvas bueno y más humilde, lo leerás.

Eso para mí era una ley. No miraba hacia allá en absoluto. Pero un día que mis Yérontes se fueron a Kerasia, me sentí extraño. Fui y me paré frente al libro y lo miré. Estaba alto. Yo, siendo pequeño, no lo alcanzaba, y así que dando vueltas alrededor, pensé para mí mismo, «bueno, al menos veré lo que dice». Entonces, puse un taburete, subí, lo alcancé y lo bajé. ¡Qué lástima! Todas las letras estaban revueltas, como un idioma extranjero. Estaba escrito a mano. Un gran libro, muy grande y grueso. No podía entender esas palabras como «a través», «porque», etc., pero luego las aprendí. Y también algunas letras… Algunas sigmas, algunas… oh, oh, oh. Cómo explicar lo que era. Eran manuscritas. Era el libro de San Simeón el Nuevo Teólogo. Pero un libro muy grande y con hojas gruesas. ¡Oh, oh, oh! Pesaba mucho. Bueno, ahora lo leeré. No podía. Lo puse de nuevo arriba.

Pero después de eso, me invadió la tristeza, la agitación y la pena. Ni trabajo ni oración. Nada. Otras veces, cuando mis Yérontes no estaban, iba a la Iglesia, me humillaba y tenía una bonita voz, así que cantaba. Recitaba los himnos, entonaba de alguna manera. Eran conmovedores y me gustaban y me emocionaban. Pero esta vez no fui a la Iglesia después de la desobediencia. Salí, me senté en el umbral y, afligido, miré el mar Egeo. Me senté y miré el mar. No quería decir ni siquiera «Señor Jesús Cristo». ¡Ay, me entendéis! Gran tristeza. Así que no fui a la Iglesia, no dije «Señor Jesús Cristo». Me invadió la melancolía. Bueno, tenía fe en Dios, pero no quería transgredir la orden de los Yérontes y causar tristeza a alguien. No quería ser la causa del pesar de nadie. ¿Qué hacer?… ¡Ay!

Así que esa noche vinieron mis Yérontes. ¿Qué hacer, pobrecito? Decidí decirles lo que pasó. No pude. Fui a la Iglesia porque tenía que ir con los Yérontes. Leímos las vísperas, leímos la súplica. No lo dije. Subí a la celda, a la «cávia», como llamaban a las habitaciones. No hice prosternaciones, ni regla, ni oración con el komposkini. Nada. Me recosté y veía cómo estaría, cuando muera, dentro del ataúd. Bueno, y me entristecí mucho. Y nuevamente por la mañana sonó la campanita. Bajamos, leímos allí, terminamos los Maitines. Bueno, terminando «por las bendiciones de los Santos Padres». Salimos de la Iglesia para ir al comedor. Y yo no aguanté más. Tiré un poco de la manga de mi Yérontas, mi confesor, y le dije:

-Quiero hablarte un poco, Yéronta. Y enseguida él se volvió hacia atrás y volvimos a la Iglesia y se lo dije.

Estoy entristecido, le digo. Cometí un acto de desobediencia. Me dijiste que no tocara el libro y yo lo vi y desde ese momento no puedo encontrar paz. Ni «Señor Jesús Cristo», ni regla, ni oraciones, ni prosternaciones.

-Bueno, me dice, hijo mío, ¿no te lo dije? ¿Por qué hiciste eso?

-Yéronta, perdóname, la tentación me llevó y me entristecí mucho. Perdóname y con tu bendición, a partir de ahora, tendré cuidado de no cometer desobediencia contigo.

Y me leyó una oración. ¡Oops! Y ¿saben qué? ¡Todo se me fue! Tenía un bien; tan pronto como me confesaba con mi Yéronta, doxa gloria y gracias a Dios, todo pasaba de inmediato. Cada vez que me confesaba, venía una gran alegría y me entregaba mucho a la oración. Creía que lo había dicho ante Dios. Que de nuevo estoy con Dios. ¡Oh, cuán fuerte tenía esto dentro de mí! ¡No se imaginan! Y ahora veo a algunos diciendo: «Cuidado de que el Yéronta no se entere». Me entendéis… Mientras que para nosotros, hasta lo más profundo de nuestros corazones, estaba el Yéronta.

Amaba mucho a los Yérontes, aunque en ese momento todos los novicios y subordinados amaban a sus Yérontes. Después de Dios, estaba la opinión del Yéronta. Si hacías algo contrario, una desobediencia, no debías intervenir ni, ni, ni…

  1. El secreto de la vida espiritual es la obediencia.

Muchos en el Monte Athos vivieron en secreto. Murieron sin que nadie los conociera. Y yo quería vivir así, en secreto. No quería convertirme en un monje santo ni en algo más. Ni siquiera había pensado en salir del Monte Athos. ¡Un niño pequeño en completa soledad! Para comprender lo que es desierto y lo desamparado, subía a la montaña, me quedaba allí durante horas y quería vivir como un ermitaño. Encontraba hierbas silvestres y las comía. Lo hacía como ejercicio. Quería vivir solo, como el santo que amaba desde pequeño, San Juan Calybitis. Él es mi santo querido. Lo imité. Me llamó la atención cómo pudo quedarse allí, cerca de sus padres (sin que ellos supieran que era su hijo), y erigió su cabaña junto a ellos sin revelarse y constantemente afirmaba: ‘Levanté mi cabaña ante la puerta de mis padres’.

Así dice su tropario:

“Deseando fervientemente al Señor desde la infancia,

dejaste el mundo y sus placeres para practicar la virtud.

Estableciste tu cabaña junto a la puerta de tus padres,

rompiste las trampas del diablo, oh bienaventurado Juan.

Por eso, Cristo te glorificó dignamente”.

Y los exapostelarios:

“Como otro Lázaro, humilde y paciente, oh Santo,

esperaste ante las puertas de tus padres,

sufriste en una pequeña cabaña con sabiduría;

pero ahora has encontrado un lugar espacioso,

con los ángeles y todos los santos en los cielos, oh Juan”.

A mi Yéronta le contaba todo. Sí, todo lo que pensaba y él a veces me decía algo, cuando veía exageraciones:

-Engaño. Error, hijo mío.

Toda mi vida fue un paraíso. Oración, adoración, trabajo manual, obediencia a mis Yérontes. Pero mi obediencia era resultado de agapi (amor incondicional y desinteresado), no coacción. Esta obediencia bendita me benefició mucho. Me transformó. Me hizo más inteligente, rápido, más fuerte en cuerpo y psique-alma. Me hizo conocerlo todo. Debo glorificar a Dios día y noche, quien me concedió vivir así en esta vida.

Sobre la obediencia me había inclinado y sumergido. El resto, que Dios trajo a mi vida, llegó todo solo. Y el don de la previsión o clarividencia me fue dado por Dios debido a la obediencia. La obediencia muestra agapi amor incondicional por Cristo. Y Cristo ama especialmente a los obedientes. Por eso dice: “Yo amo a los que me aman; los que me buscan encuentran jaris” (Prov 8,17). En las Santas Escrituras, todo está escrito pero velado, encubierto.

  1. Tenía mucho entusiasmo, celo por las cosas espirituales.

Mis Yérontes nunca me dieron órdenes sobre qué hacer. Me dieron un komposkini (cuerda con nudos) para orar y me dijeron:

Debes recitar la oración cordial.

Nada más. Me veían como un fanático y no me decían muchas cosas, ni qué leer. No me permitían leer nada de los grandes Padres que tienen enseñanzas estrictas. Es decir, no me permitían leer a San Efrén, a San Isaac, a San Juan Clímaco, a San Simeón el Nuevo Teólogo, a Evergetinós, entre otros. Me lo tenían prohibido. Así que, obedeciendo, solo leía biografías de santos, el Salterio, las Oraciones, los Mineon (mensual), y de ahí aprendí a leer, porque no sabía. Pero tenía mucho entusiasmo, celo por las cosas espirituales. De vez en cuando iba al Templo de San Jorge, donde también ayudaba a construir, y cantaba muchos cánticos. Me gustaban especialmente los Cánones Trinitarios. Y me gustaban aquellos que expresaban el divino έρως eros (amor ardiente). Eran lamentaciones, canciones de amor, como quieran llamarlas. Y lloraba con muchas lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alegría, de alegría divina. Me conmovía. ¡Decía cosas hermosas! Esa era mi vida. Vivía con la jaris del Señor, no con mi propia fuerza. Todo eso era por la jaris divina, no era ni por mi inteligencia, ni por mi conocimiento, que no tenía, ni nada, nada, nada… Era por la χάρις jaris (gracia increada) de Dios.

Sin embargo, a veces me desviaba. Sin preguntar a mis Yérontes, tomaba algunas iniciativas. Escúchenme. Para hacer la catarsis y purificar mi nus y mente, comencé a memorizar la Sagrada Escritura de memoria. Comencé desde el principio, desde el Evangelio de Mateo. Pero un día surgió una ocasión y les recité de memoria el primer capítulo de Juan. Cuando lo escucharon, me reprendieron por hacerlo sin su bendición.

  1. Esperaba con ansias este momento.

¿Qué puedo contarles, hijos míos, sobre cómo me hice monje? Mi vida en el Monte Athos es una gran historia.

Cuando ya tenía catorce años, mi Yérontas me llamó y me dijo:

-¿Qué vas a hacer, qué tienes realmente en mente? ¿Te quedarás aquí?

-¡Me quedaré! -dije lleno de gratitud y alegría.

– Haz reverencia.

Hice la reverencia. Entonces él me trajo una sotana suya, que era antigua y reparada para trabajos. Estaba tan remendada que no se veía la tela original, y estaba muy sudada alrededor del cuello. Había visto a los monjes en el Templo principal los domingos, bien vestidos, y me imaginaba una sotana así. ¡Qué les voy a decir! Esperaba con ansias este momento. Y como era un niño, pensaba en las sotanas que me pondrían, lo bonitas y nuevas que serían. Pero cuando llegó el momento, ¡qué vi! Deshilachadas, remendadas. Me entristecí un poco, durante cinco minutos. Bueno, era joven, tenía catorce años. Sin embargo, no hablé, no me quejé. Cuando vi la sotana, sentí una dificultad, como les dije, pero de inmediato la transformé en algo bueno.

-¡Que bendito sea! -dije y la tomé.

No pensé más en eso. Pensé en los ascetas que usaban cinturones anchos de pelos y nunca se los quitaban ni los lavaban. Dios me dio un gran consuelo por eso. Fui al salterio. Cayó en mis manos la Epístola de Juan. Y ese mismo día, Dios mío, ¡me hablaste! Dios mío, ¡me hablaste mucho…»

  1. Dos o tres años más tarde, me hice monje de gran hábito o esquema.

El día anterior también tuve otra bendición especial. Teníamos que ir con mi Yéronta a la Gran Laura para obtener permiso para la tonsura. El abad que otorgó el permiso era muy santo. Mientras íbamos desde la celda de San Neilo el Mirovlita (expendedor de mirra) en dirección a Laura, en el camino, por primera vez, percibí el aroma celestial. El olor me inundó y me envolvió y se lo comenté a mi Yéronta. Él lo escuchó con simplicidad, no dijo nada y continuamos. Así es como debemos verlo, simplemente. Por segunda vez, percibí el aroma en las reliquias de San Jaralambos.

En la noche de mi tonsura, todos los padres se reunieron en la Iglesia de la Santísima Trinidad, el Templo principal, hicieron una vigilia, recitaron hermosos salmos y yo estaba con calcetines blancos, descalzo y lleno de devoción, deleite y katánixis (dilatación del corazón, compunción). Reverencié ante todos, veneré las iconas y mi superior dirigió las preguntas especiales al de gran hábito o esquema. Mis ojos estaban llenos de lágrimas por la emoción. Después de la vigilia, fuimos a la celda. Estaba muy feliz pero también en silencio. Quería estar solo con Dios. Cuando estás en este estado, no quieres ni cantar ni hablar. Buscas el silencio para escuchar la voz de Cristo.

  1. En el Monte Athos, me encantaban mucho las vigilias.

La vida en el Monte Athos es una vida de vigilia. Durante la vigilia, cuando se realiza correctamente, es decir, cuando aquellos que participan están unidos en la adoración común, se crea una atmósfera espiritual en la que todos entran fácilmente y viene y se experimenta un gran beneficio. La psique-alma hace la catarsis y se purifica y se crean las condiciones más apropiadas para la elevación espiritual y la profunda comunión con el Señor. En el Monte Athos, a las dos en punto de la madrugada, todo se llena de actividad. Sentía asombro y devoción en ese momento. La oración hacía templar el lugar, el mundo espiritual. He aquí cuál es la verdadera agapi-amor a Cristo.

A mí, en el Monte Athos, me encantaban mucho las vigilias. Me convertía en otra persona. Siempre estaba muy entregado. Tenía un gran amor por escuchar los logos y sentir las palabras. No quería que el sueño robara mi mente ni por un momento. No tenía sueño, observaba con έρως eros (amor ardiente) y devoción. Cuando a veces me sentaba en el banco, no apoyaba la espalda en el banco para no quedarme dormido. Incluso después de la Divina Liturgia, no quería dormir. Dominaba la agapi, amor, por eso me quedaba despierto.»

 

Estos 4 capítulos a continuación están aquí: https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/san-porfirio-el-kafsokalivita-en-kafsokalivia-de-aghion-oros-athos/

  1. La χάρις jaris gracia increada que tenía ese santo irradió también en mi psique-alma.
  2. El Anciano Dimás, Ruso me transmitió el don de la oración cordial o de Jesús y el de la clarividencia.
  3. Vivía entre las estrellas, en el infinito, en el cielo.
  4. Amé al ruiseñor y me inspiró.
  5. Me vino a la mente irme al desierto, solo con Dios.

Allí estaba yo, pensando en irme. Pedirle permiso al Yéronta y tomar un saco con galletas y perderme para adorar y glorificar ininterrumpidamente a Dios. Pero pensé: ‘¿A dónde iré? No he aprendido bien el trabajo manual. No me lo han enseñado. Quizás temían que me fuera. Ese miedo predominaba en el Monte Athos. No enseñaban al novicio a completar el oficio para que no se fuera. Aunque es esencial para el monje saber el oficio, ya que tiene una manera de obtener su pan.

Así que se me ocurrió la idea de ir al desierto, solo con Dios. Desinteresadamente. Sin orgullo, sin egoísmo, sin vanidad, sin nada, nada, nada… ¿Lo creen? Nació en mí la idea del altruismo. Algunos ascetas que se perdieron en el desierto lograron la extrema pureza. No buscaban ni al mundo ni nada, nada, nada… Se desgarraban en lágrimas ante Dios y todos oraban por la Iglesia. Todos se desvivían primero por el mundo y la Iglesia, y luego por sí mismos.

Así que, como les dije, la idea del ruiseñor se me quedó grabada. ¿Cuál es el propósito de cantar en la soledad? Adoración, himnos, doxología al Señor, el Creador. Entonces, ¿por qué no ir al desierto a adorar a Dios en silencio, perdido para el mundo y la sociedad? ¿Hay algo más perfecto? Todas estas ideas habían salido por inspiración del ruiseñor. ¡Ay, ay, ay, los planes que hice! Cómo iría al desierto, cómo me regocijaría, cómo moriría. ¡Ay, ay, ay, comería hierbas, haría esto y aquello! Iría como un mendigo, un desconocido en cualquier monasterio, me darían alguna galleta y la comería, sin decir quién soy ni dónde estoy. Hice todo un plan. Eso era mi secreto.

Regresé a la celda lleno de todas esas emociones y sueños. Se los confesé al Yéronta. El Yéronta sonrió.

“Engaño”, me dijo, “quítatelo de la cabeza, ni siquiera lo pienses, porque estas cosas te cortarán incluso la oración”.

Y como les he dicho muchas veces, tenía una gran bendición. Todo lo que confesaba al Yéronta se terminaba al mismo tiempo y sentía una gran alegría dentro de mí. Era, al parecer, la bendición del Yéronta.

Así que viví como un subordinado en el paraíso terrenal del  santo Monte Athos. Nunca quise irme de allí. Pero el plan de Dios era diferente.

  1. Dios me salvó.

Era un día lluvioso. Cuando la lluvia cesó, desde el taller donde trabajábamos, vemos a muchos padres de otras celdas dirigirse cuesta arriba hacia san Nifón para recoger caracoles. El padre Ioannikios veía a los padres pasar y se entristecía. Quería que yo también fuera a recoger. Le dije:

-El Yéronta me dijo que no fuera. Empecé a ir y me volvió. Pero si quieres que vaya, obedeceré y iré.

Entonces él me dijo:

-Ve. Hoy hay muchos caracoles.

Así que agarré la cesta y corrí. Al principio no corría para que no me vieran mis Yérontes. Después de alejarme, empecé a correr. Llegué a lo alto, a unos escarpados acantilados, a donde ni los jabalíes iban porque cuando llovía, todas los jabalíes salvajes se juntaban y corrían para comer caracoles. Estuve recolectando durante tres horas. Recogí muchos, llené el saco. Estaba empapado de sudor y, mientras bajaba – era por la tarde y el ambiente se había enfriado – un viento frío me heló, que descendía desde el Monte Athos hacia el mar. El saco en mi hombro me empapó y toda mi espalda se congeló con la saliva de los caracoles.

Mientras bajaba por lugares difíciles, tenía que pasar por una sarra – las sarras son las áreas salvajes que tienen piedras calizas. Cuando llegué a la mitad, toda la sarra comenzó a irse como un río desde la cima de la montaña y arrastraba piedras, rocas y otras cosas. El ancho era de unos quince a veinte metros. Mis piernas se hundieron hasta la rodilla. Era imposible avanzar. Cargado como estaba, con peligro de morir, grité: ‘¡Panagitsa mía!’ En ese momento, fui arrojado por una fuerza invisible a veinte metros más allá, al lado opuesto del barranco sobre unas grandes rocas, también listas para rodar hacia abajo. En ese momento, desde abajo pasaban los padres que regresaban de la ermita de Agios Nifon y ellos también con los caracoles. Vieron la sarra, todo el desastre, y comenzaron a gritar: ‘¡Eh! ¿Hay alguien allí?’ Yo estaba lejos del peligro, sin sufrir nada. Solo mis zapatos quedaron en la sarra y mis pies estaban llenos de sangre. Los padres gritaban de nuevo, pero yo no hablaba.

Quería hablar, pero no podía. Había sufrido una fobia. Los escuchaba, pero no respondía. El saco, intacto en mi espalda, tendría más de ochenta kilos. Cuando me recuperé, empecé a subir por una roca, otra, hasta que llegué abajo. Tan pronto como bajé, otro peligro. Vi una serpiente, que llaman galatá. Me asusté mucho…

Dios me salvó. Llegué a la celda aterrorizado. Caí al suelo. Le conté a los Yérontes todo lo que me pasó. Había experimentado un terror. Conté sobre la sarra, mis zapatos que se perdieron, mis pies llenos de sangre, la serpiente. El Yéronta se entristeció mucho y castigó al padre Ioannikios. Le impuso una regla de no oficiar durante muchos meses y él lloraba por lo que sucedió.

  1. Me besó en la frente y nos separamos llorando.

Sin embargo, con ese resfriado, desarrollé una pleuresía húmeda y estaba muy dolorido. No tenía apetito, no quería comer. Los Yérontes avisaron e informaron a otros monjes y vino un alto y piadoso asceta, el padre Antonio. Era un padre santo. La iglesia de su celda estaba dedicada a los Santos Padres que habían practicado la ascesis en el Santo Monte Athos, los que brillaron en la ascesis. Él hacía también un poco de medico. Vino, me vio, fue a su celda y me trajo una especie de piel llamada ekdórion y me la puso en la espalda. Esto absorbió toda la noche la humedad de mi espalda. Al día siguiente, alrededor de las diez, toma una tijera, la desinfecta con alcohol y corta el ekdórion, que se había llenado de líquido y se había convertido en una especie de almohadilla junto con mi piel. El dolor en ese momento era insoportable. Mi agotamiento era muy grande. Me desmayé. Y cuando me recuperé un poco, sentí una gran alegría dentro de mí porque podía orar. Empecé a salmodiar: “A causa de mis numerosos pecados, mi cuerpo está débil, mi psique-alma está débil…” Así que cuando el padre Ioannikios me escuchó, vino hacia mí, me abrazó, me besó en la frente y me dijo:

-Hijo mío, perdóname.

Viene el Yéronta. Le dijo enojado:

-¡Ah, este hombre es insoportable!

Yo no tenía apetito, no quería comer, comía muy poco cada día y empeoraba cada vez más; iba hacia la muerte. Los Yérontes tenían miedo de que muriera, lo mismo que el padre Antonio, que actuaba como médico.

-El niño debe irse -dice el padre Antonio-, no resistirá, necesita medicinas que no tenemos aquí. No come y, definitivamente, cuanto más sentado está, peor se pone.

Imagínense que comí un bocado de almendras molidas y me hizo daño. Mi estómago se había debilitado mucho.

Mis Yérontes me querían mucho, pero se vieron obligados a enviarme al mundo exterior porque allí no había ni leche ni carne. Y así me dieron permiso, pidieron y sacaron papeles de salida al Justo (Gobernante de los asceterios de Kafsokalivia) y volví a mi pueblo durante unos dos meses, hasta que me recuperé. Y me fui. El padre Ioannikios me llevó, me llevó a Dafni en una barca a remo. No teníamos motor en ese momento en absoluto. En ese momento no teníamos ni mulas ni motores. Los ascetas llevaban lo que llevaban en la espalda. Llegamos, por lo tanto, a Dafni (puertecita de salida al mundo). No podía quedarme de pie; me tendieron en una habitación. Allí se alojaba la oficina de correos. En poco tiempo, sin embargo, me dieron terribles dolores renales. Lloraba de dolor. El padre Ioannikios lloraba también. Yo, en medio del dolor, encontré la fuerza para consolarlo:

-No llores, Yéronta, me pondré bien, no tengo nada.

Y él me consolaba en medio del llanto, diciendo:

-No llores, hijo mío, te pondrás bien.

Llegó el barco, me subieron, me besó en la frente y nos separamos llorando.

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 17-01- 2024

 

 

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