«

»

Ene 13 2024

San Porfirio el Kafsokalivita en Kafsokalivia de Aghion Oros Athos

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

ΑΓΙΟΝ ΟΡΟΣ, ΚΑΥΣΟΚΑΛΥΒΙΑ 

San Porfirio el Kafsokalivita en Kafsokalivia de Aghion Oros Athos

 Apunte:

:Hoy, en el primer día del año 2024, comienzo con entusiasmo y alegría esta traducción especial,  al SANTO MONASTERIO ORTODOXO DE LA SANTA MADRE DE DIOS, ubicado en la Calle Francisco I. Madero 33, Cuarta Garita, C. P.: 74138, San Andrés Hueyacatitla, Puebla, México. Mi deseo, anhelo y súplica es que salgan muchos santos yérontas Porfirios de este santo Monasterio. https://monasteriodelasant6.wixsite.com/santamadrededios

Quiero destacar este día especial porque San Porfirio el Kafsokalivita realizó un milagro que nos unió de manera extraordinaria a través del canto del Ruiseñor. La experiencia fue tan profunda y conmovedora que me resulta difícil expresar y plasmar adecuadamente con palabras. Como menciona San Porfirio en el último párrafo del primer capítulo: «No puedo expresarlo. Esto es una posesión divina bajo Dios. Estas cosas no se explican. En absoluto no se explican, ni se pueden reproducir en libros, ni tampoco se comprenden. Debes ser digno para entender estas cosas».

Esta apocálipsis/revelación llena de alegría y significado personal para mí, ya que subraya la conexión espiritual que experimentamos a través de eventos milagrosos. Agradezco la oportunidad de compartir esta experiencia a través de la traducción, buscando transmitir la esencia de lo que no puede ser totalmente explicado pero que, sin duda, es una manifestación de lo divino, de la χάρις jaris (gracia, energía increada) de nuestro Dios Tríadico o Trinitario.

 

Contenidos

  1. La χάρις jaris gracia increada que tenía ese santo irradió también en mi psique-alma.
  2. El Anciano Dimás, Ruso me transmitió el don de la oración cordial o de Jesús y el de la clarividencia.
  3. Vivía entre las estrellas, en el infinito, en el cielo.
  4. Amé al ruiseñor y me inspiró.
  5. Se me ocurrió la idea de retirarme al desierto, solo con Dios.

 

En Kafsokalivia de Aghion Oros-Santa Montaña Athos

“Mi vida en Aghion Oros, Santo Monte Athos era oración, alegría y obediencia a mis Yérontas”

 1. La χάρις jaris gracia increada que tenía ese santo irradió también en mi psique-alma.

 

En Templo principal, al que iba para Divinas Liturgias, vigilias y oficios, conocí a personas santas. Permítanme contarles sobre un santo secreto.

Sobre nuestra cabaña, muy arriba, vivía un ruso, el Anciano Dimás, en una cabaña primitiva, solo. Era muy devoto. El Anciano Dimás permaneció casi desconocido durante toda su vida. Nadie menciona su nombre o sobre su don. ¡Irse de Rusia! Quién sabe cuántos días de viaje hizo. Lo dejó todo para venir a un rincón del mundo, a Kafsokalivia, y vivió allí toda su vida. Y murió desconocido. No era un egoísta. No, no, era un luchador. Y no tenía a nadie a su lado para decirle: «Hice quinientas prosternaciones hoy. Esto lo he sentido etc…». Era un luchador secreto.

Sí, sí, esto es una cosa perfecta. Perfecta, desinteresada. Desinterés, adoración, culto, amor, santidad, cara a cara, sin apariencia humana, sin gustarse a sí. El siervo ante el Señor. Absolutamente nada más. Ni líder o abad, ni » bien hecho, bravo «, ni «por qué es así». Vi a un santo vivo. Sí, un santo desconocido. Pobre, despreciado. Quién sabe, cuando murió, después de cuántos días lo descubriríamos y quizás meses, si era invierno. ¿Cómo iría alguien tan arriba en su cabaña de piedra? Nadie lo veía. Muchas veces a estos ermitaños los encontraban después de uno o dos meses después de su dormición (fallecimiento).

La efusión y el exceso de χάρις jaris (gracia, energía increada) llegaron a mí, el humilde, cuando vi a este Anciano Dimás en el Templo principal haciendo sus prosternaciones y desmoronándose en sollozos y lágrimas en su oración. Con las prosternaciones de él, la divina χάρις jaris lo iluminó tanto que también resplandeció en mí. Fue entonces cuando explotó sobre mí la χάρις jaris y de manera intensa experimenté la riqueza de la divina χάρις jaris. Es decir, ya existía antes, con el amor que tenía por mi Yérontas; pero en ese momento, también sentí la χάρις jaris de manera muy intensa. Permítanme contarles cómo sucedió.

Una mañana, alrededor de las tres y media, fui al Templo principal (Katholikón), a la Santísima Trinidad, para el oficio. Todavía era temprano. La campana aún no había sonado. Nadie estaba dentro de la Iglesia. Me senté en el pórtico, debajo de una escalera. Yo estaba invisible y oraba. En un momento, la puerta de la Iglesia se abre y entra un monje alto y de avanzada edad, anciano. Era el Anciano sabio e iluminado Dimás. Tan pronto como entró, miró a su alrededor, a la derecha e izquierda; no vio a nadie. Entonces, sosteniendo un gran komposkini (tipo de rosario), comenzó sus prosternaciones, rectas, muchas y rápidas, y repetía constantemente: » «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με Kirie Iisú Jristé eleisón me Señor Jesús Cristo compadécete de mí, eleisón me… Santísima Madre de Dios, sálvanos». Pronto cayó en éxtasis. No puedo, no encuentro palabras para describirles su comportamiento hacia Dios; movimientos de agapi, amor y adoración, movimientos de divino έρως eros (amor ardiente) y dedicación. Lo vi pararse, abrir sus manos erguido, en forma de cruz, como hizo Moisés en el mar, y hacía una cosa: «¡Oooo…» qué era eso! Estaba dentro de la χάρις jaris (gracia, energía increada). Brillaba dentro de la luz. ¡Eso fue! Inmediatamente me transmitió la bendición (súplica u oración cordial o de Jesús). Inmediatamente entré en su atmósfera. No me había visto. Escúchenme. Me conmoví y comencé a llorar. Ha venido la χάρις jaris de Dios en mí el indigno y desgraciado. ¿Cómo decíroslo, no sé? Me transmitió la χάρις jaris (gracia, energía increada). Es decir, la χάρις jaris que tenía ese santo también irradió en mi psique-alma. Me transmitió sus dones, carismas espirituales.

Bueno, el Anciano Dimás había sufrido un éxtasis. Sin quererlo, lo hizo. No podía contener su vivencia, experiencia. Ni siquiera lo que digo y como lo digo es correcto. No puedo expresarlo. Esto es posesión divina bajo Dios. Estas cosas no se explican. En absoluto no se explican, ni se pueden reproducir en libros, ni tampoco se comprenden. Debes ser digno para entender estas cosas.

2. El Anciano Dimás, Ruso me transmitió el don de la oración cordial o de Jesús y el de la clarividencia.

A las cuatro en punto, las campanas sonaron. Tan pronto como el Anciano Dimás escuchó las campanas, hizo algunas prosternaciones y dejó de rezar. Se sentó en el pedestal, -el pedestal está construido en el pórtico-, y vino Makarudas, así lo llamaban cariñosamente a Makarios. Era rápido y hablaba dulcemente. Era un ángel, ¡qué hermoso encendía los candiles! ¡Qué hermoso encendía el candelabro! ¡Qué hermoso apagaba uno por uno! ¡Qué hermoso hacía las prosternaciones! Pedía disculpas por todas partes, para tomar los libros y organizarlos. ¡Oh, cuánto lo amaba! Lo merecía, porque tenía la jaris gracia increada de Dios.

Bueno, Makarios, el bienaventurado, entró en el templo principal. Detrás de él, el Anciano Dimás abrió la puerta y también entró. Se detuvo un momento para organizarse en su lugar para el servicio, pensando que nadie lo había visto. Y yo me perdí en la sombra de la escalera y, secretamente y tímidamente, entré en el templo principal. Fui y adoré la Santa Trinidad. Luego me volví y me puse a un lado. En el «Con temor de Dios…», muchos padres comulgaron. Yo también reverencié y comulgué. Desde el momento que comulgué me vino una alegría exagerada, un entusiasmo.

Después de terminar la Divina Liturgia, salí al bosque solo, lleno de alegría, deleite y regocijo. ¡Locura! Mentalmente agradecía mientras iba hacia la cabaña. Corría apasionadamente por el bosque, saltaba de alegría, abría los brazos con entusiasmo, fuerte y gritaba: «¡Doxa Gracias y Gloria a Ti, oh Dios! ¡Doxa-Gloria a Ti, oh Dios!». Sí, mis manos se quedaron secas, se volvieron como hueso, madera, y abiertas formaban una cruz con el cuerpo. Es decir, si me vieras desde atrás, verías una cruz. Mi cabeza levantada hacia el cielo, el pecho estiraba con las manos para ir al cielo. El lugar donde está el corazón iba a volar. Lo que te digo es verdad, lo había experimentado. No sé cuánto tiempo estuve en ese estado. Cuando me recuperé, con las manos bajadas y en silencio, con lágrimas, avancé de nuevo con los ojos húmedos.

Llegué a la celda. No me tomé el desayuno como solía hacer. No podía hablar. No podía hablar. Fui a la Iglesia, pero, como solía cantar varias plegarias regocijantes, no canté. Me senté en el banco y decía «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με Kirie Iisú Jristé eleisón me. Señor Jesús Cristo compadécete de mí, eleisón me». Esta situación continuó, pero más tranquila. La emoción me ahogaba. Me descompuse en lágrimas. Salían solos de mis ojos sin esfuerzo. No los quería, pero era emoción por la visita de Dios. No se detuvieron hasta la noche. No podía cantar, pensar, hablar. Y si hubiera alguien más allí, no le hablaría. Me iría, para estar solo.

Una cosa es segura. El Anciano Dimás me transmitió el don de la oración y el de la clarividencia, mientras él mismo rezaba en el nártex de la Santa Trinidad, el Templo principal (Katholikón) de los Kafsokalyvia. Lo que me sucedió nunca lo había pensado, nunca lo había deseado, ni lo esperaba. Los Yérontas nunca me habían hablado de estos carismas, dones. Tenían esta tradición. No me enseñaban con palabras. Solo con su actitud. Leyendo las vidas de los santos y los ascetas, veía los dones o carismas que Dios les daba. Los Padres no chantajeaban, no pedían señales, no pedían carismas, dones. Yo nunca dije, créanme, que recibiría algún don o carisma de Dios. Nunca lo pensé. Y lo que nunca pensé ocurrió de repente, y yo nunca le di importancia.

Por la tarde del mismo día, salí de la Iglesia. Me senté en el pedestal y miré hacia el mar. Se acercaba la hora en que mis dos Yérontas solían venir. Mientras miraba a ver si venían, los vi salir. Los vi bajar unas escaleras de mármol. Pero este lugar estaba lejos, normalmente no debería verlo. Pero los vi con la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios. Me emocioné. Fue la primera vez que me sucedió esto. Salto afuera, corro y los alcanzo. Tomo las bolsas.

-¿Cómo sabías que veníamos? dice el Yéronta.

Yo no hablé. Pero cuando llegamos al monasterio, me acerco al Yéronta mayor, al padre Panteleimón, secretamente y en secreto apartado del padre Ioannikios, y le digo:

Yéronta, no sé cómo explicártelo. Mientras estaban detrás de la montaña, los vi cargados y corrí. La montaña era como un vidrio y veía atrás.

-Bien, bien, dice el Yérontas, no le prestes atención a esto, ni lo digas en ninguna parte, porque el astuto maligno observa.

3. Vivía entre las estrellas, en el infinito, en el cielo.

El carisma, don de la clarividencia, como les dije, nunca lo deseé. Ni siquiera cuando lo recibí intenté cultivarlo. No le di importancia. Nunca pedí, ni pido a Dios que me apocalipte/revele algo, porque creo que va en contra de Su voluntad. Pero después del acontecimiento con el Anciano Dimás, todo cambió por completo. Mi vida estaba llena de alegría y regocijo. Vivía entre las estrellas, en el infinito, en el cielo. Antes no era así.

Desde que sentí la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios, todos las virtudes y carismas se multiplicaron. Me volví más sabio. Aprendí cantos y cánones trinitarios, el Canon de Jesús, entre otros cánones. Aunque solo los leían y entonaban en la Iglesia, yo los aprendía de memoria. Recitaba el Salterio de memoria. Prestaba atención para no confundir algunos salmos cuyas palabras se asemejaran. Realmente cambié completamente. «Veía» muchas cosas, pero no hablaba; es decir, no tenía el derecho de decirlo, no tenía la «información» de contarlo. Veía todo, estaba atento a todo, lo sabía todo. Por mi alegría, no tocaba la tierra. Entonces, mi nariz se abrió y olía todo, mis ojos se abrieron, mis oídos se abrieron. Desde lejos, lo entendía todo. Los animales, las aves, los distinguía a todos. Conocía por el canto si era un mirlo, si era un gorrión, si era un gorrioncillo, si era un ruiseñor, si era un petirrojo, si era una alondra. Todos los pajaritos los reconocía por su voz. Por la noche y al amanecer disfrutaba del concierto que ofrecían los ruiseñores, los mirlos, todos, todos…

Me convertí en otra persona, nueva, diferente. Todo lo que veía, lo convertía en oración. Lo dirigía hacia mí mismo y me preguntaba. ¿Por qué el pájaro canta y glorifica al Creador? Yo quería hacer lo mismo. Lo mismo con las flores. Entendía las flores por sus fragancias y aromas, las escuchaba y olía desde media hora de distancia. Observaba las hierbas, los árboles, las aguas, las rocas. ¡Ah! Hablaba incluso con las rocas. Cuántas cosas tenían que contarme. Les preguntaba y me contaban todos los secretos de Kafsokalyvia. Yo me emocionaba y me conmovía. Veía todo con la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios. Veía, pero no hablaba. Iba a menudo al bosque. Me entusiasmaba mucho caminar entre las piedras y cuerdas de hierbas, entre los árboles pequeños y grandes.

4. Amé al ruiseñor y me inspiró.

Un día, por la mañana, fui solo al bosque virgen. Todo brillante por el rocío de la mañana, resplandecía bajo el sol. Me encontré en un desfiladero. Lo crucé. Me senté en una roca. Cerca de mí, las aguas frías fluían suavemente, y rezaba la oración cordial o de Jesús. Silencio absoluto. No se escuchaba nada. Después de un rato, en medio del silencio, escuché una dulce voz, embriagadora, cantando y alabando al Creador. Miré, no distinguía nada. Finalmente, frente a una rama, vi un pequeño pájaro; era un ruiseñor. Y escuché al ruiseñor cantar, trinar; su lengua se hinchaba por la resonancia de su garganta. ¡El pequeño pájaro hacía reverencias hacia atrás con sus alas, para tener fuerza, y producía esos tonos dulces, esa hermosa voz, y su garganta se hinchaba! ¡Oh, oh, oh! ¡Desearía tener un vaso de agua para que el ruiseñor fuera beber y saciar su sed!

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Las mismas lágrimas de divina jaris gracia que fluían naturalmente sin presión alguna y que adquirí del Anciano Dimás. Era la segunda vez que las experimentaba.

No puedo transmitiros las cosas que sentí. Lo que experimenté; pero os he revelado el misterio. Y pensé: «¿Por qué el ruiseñor produce estos trinos? ¿Por qué realiza estas trillizas? ¿Por qué canta esta hermosa canción? ¿Por qué, por qué, por qué… por qué se extenúa tanto? ¿Por qué, por qué, para qué? ¿Espera que alguien lo alabe? Por supuesto que no, allí nadie lo hará». Reflexionaba y filosofaba por mi cuenta. Adquirí esta costumbre después del acontecimiento con el Anciano Dimás. Antes no lo hacía. ¿Cuántas cosas y realidades me dijo el ruiseñor! Y cuántas le dije yo dentro del silencio: «Ruiseñor mío, ¿quién te dijo que yo pasaría por aquí? Aquí nadie se acerca. El lugar es tan inaccesible. ¡Qué hermosamente cumples tu deber, tu oración a Dios! ¡Cuántas cosas me dices, ruiseñor mío, cuántas me enseñas! ¡Dios mío, me emociono! Ruiseñor mío, me muestras con tu canto cómo alabar a Dios, me dices mil cosas, muchas, muchísimas…»

No estoy bien de salud para expresar como las siento estas cosas. Podría escribir todo un ensayo. Amé mucho al ruiseñor. Lo amé y me inspiró. Pensé: «¿Por qué él y no yo? ¿Por qué él se oculta y yo no?». Y me vino a la mente que debía irme, debía perderme, debía desaparecer. Dije: «¿Por qué? ¿El ruiseñor tenía mundo frente a él? ¿Sabía que yo estaba allí y lo escuchaba? ¿Quién más lo escuchaba mientras trinaba? ¿Por qué iba a lugares tan secretos? Pero también esos pequeños ruiseñores en el bosque, en las corrientes de riachuelos donde se encontraban de noche y de día, por la tarde y por la mañana, ¿quién los escuchaba mientras todos trinaban sin cesar? ¿Por qué hacían eso? ¿Y por qué iban a lugares tan secretos? Porque el propósito era la adoración, la alabanza al Creador, la adoración a Dios». Así es como yo lo explicaba e interpretaba.

Consideré que todos ellos eran ángeles de Dios, es decir, pajaritos que alababan a Dios, al Creador de todas las cosas, y que nadie los escuchaba. ¡Sí, se escondían para que nadie los oyera, créanme! No les importaba ser escuchados, pero anhelaban en soledad, en silencio, en el desierto, ser escuchados por quién más que el Creador de todo, el Creador que les dio vida, aliento y voz. ¿Preguntarán: «¿Tenían mente?». Qué puedo decir, no sé si lo hacían conscientemente o no. No lo sé. Porque son pajaritos. Ahora podrían estar en la vida y luego no existir, como dice la Sagrada Escritura. No debemos pensar diferente de lo que dice la Sagrada Escritura. Dios puede presentarnos que todos ellos eran ángeles de Dios. Nosotros no sabemos esas cosas. Sin embargo, se escondían para que nadie escuchara su doxología, su alabanza.

De la misma manera, para los monjes, la vida allí, en el Monte Athos, es desconocida. Vives con el Yérontas, lo amas. Las penitencias, las prosternaciones, las disciplinas, todo se hace, pero ni siquiera lo recuerdas, y nadie pregunta por ti: «¿Quién es este?». Vives a Cristo, eres de Cristo. Vives entre todo y vives a Dios, en quien todas las cosas viven y se mueven. Entras en la increada Iglesia y vives allí como un desconocido. Y aunque te descompongas rezando por tus semejantes, permaneces desconocido para todos los hombres, tal vez nunca te conozcan.

5. Se me ocurrió la idea de retirarme al desierto, solo con Dios.

¡Mi mente estaba clavada allí! Mi nus (espíritu de la psique y mi voluntad estaba centrada en irme, pedir permiso al Yérontas y llevar una bolsa con pan para perderme, para alabar y glorificar ininterrumpidamente a Dios. Pero reflexionaba: «¿A dónde iré? No he aprendido bien el oficio manual». No me lo han enseñado. Quizás temían que me fuera. Ese miedo dominaba en el Monte Athos. No enseñaban al discípulo a terminar el oficio manual, para que no se marchara. Mientras que para el monje es vital conocer el oficio manual, ya que es la forma de obtener su pan.

Entonces, esta idea se me ocurrió, ir al desierto, solo con Dios. Desinteresadamente. Sin orgullo, sin egoísmo, sin vanidad, sin, sin, sin… ¿Lo creen? De ahí nació en mí lo desinteresado. Algunos ascetas que se perdieron en el desierto lograron lo extremo, lo perfecto. No buscaban ni al mundo ni nada, nada, nada… Se desahogaban en lágrimas ante Dios y todos oraban por la Iglesia. Todos se afanaban primero por el mundo y la Iglesia, y luego por sí mismos.

Así que, como les dije, mi propósito de imitar al ruiseñor se clavó en mi mente. ¿Cuál es el propósito de cantar en la soledad? La adoración, el himno, la doxología a Dios, al Creador. Entonces, ¿por qué no ir al desierto, adorar a Dios en silencio, perdido para el mundo y la sociedad? ¿Hay algo más perfecto? Todos estos pensamientos e ideas los saqué del ruiseñor. ¡Dios mío, los planes que hacía! ¡Cómo iría al desierto, cómo disfrutaría, cómo moriría! ¡Dios mío, comería hierbas, haría esto y aquello! Iría como un harapiento y desconocido a cualquier monasterio, me darían algo de pan y lo comería, sin decir dónde estoy ni quién soy. Había hecho todo un plan. Eso era mi secreto.

Regresé a la celda lleno de todas esas emociones y sueños. Se los confesé al Yérontas. El Yérontas sonrió.

-Engaño, me dijo, quítalo de tu mente, ni siquiera pienses en ello, porque esas cosas te cortarán también la oración.

Y como os he dicho muchas veces, tenía una gran bendición. Todo lo que le confesaba al Yérontas se resolvía al instante y sentía una gran alegría dentro de mí. Era, al parecer, la bendición del Yérontas.

Así que vivía como un subordinado en el paraíso terrenal del Monte Athos. Nunca quise irme de allí. Pero el plan de Dios era diferente.

San Porfirio el Kafsokalivita en Kafsokalivia de Aghion Oros Athos continuaremos completando el capítulo…Jaris para todos!

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisοulas www.logosortodoxo.com, 01-01- 2024

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies