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Oct 23 2025

La teología, el primer don del Espíritu Santo

«La teología, el primer don del Espíritu Santo» 

 

a) El valor de la teología como primer carisma o don del Espíritu Santo, por el padre Atanasio de Mitilineos.

b) Teología catafática y apofática. Jeremías, Metropolita de Megalupolis

(Θεός Zeós= Dioa y Λόγος logos. Ο Λόγος του Θεού el Logos de Dios)

También pueden escuchar esta traducción vocalizada o hablada en Yutube:

https://www.youtube.com/watch?v=D4fD3VpAqHs

a) El valor de la teología como primer carisma o don del Espíritu Santo, por el padre Atanasio de Mitilineos.

Queridos míos:
Tenemos hoy mucha alegría, porque tenemos el honor de recibir la visita de la Universidad Teológica de Tesalónica. Una Escuela de Teología Cristiana Ortodoxa es, por supuesto, un capítulo muy grande y amplio de nuestra Iglesia Ortodoxa. Por eso, os damos la bienvenida.

¿Pero, qué es la teología?

San Pedro el Damasceno nos enseña que “la gnosis (conocimiento) de Dios se llama teología” (https://www.logosortodoxo.com/filocalia/tomo-iii/filocalia-3-san-pedro-el-damasceno-libro-primero/).
Por supuesto, lo que se enseña en la Universidad podemos llamarlo Teología Académica, la cual es, sin duda, de mucha utilidad y provecho —lo subrayo: de mucha utilidad y provecho. Pero la teología no se agota allí. Se extiende también en la teología catafática y la teología apofática (ver aquí más abajo, segunda parte).

San Gregorio Palamás dice que la teología apofática no se opone, ni refuta ni contradice a la catafática. La teología catafática tiene, asimismo, la fuerza y la energía propias de la apofática. Del mismo modo, la Teología Académica no se opone a la teología apofática ni a la catafática, sino que posee también su propia razón de ser. Simplemente, la Teología Académica debe reconocer su insuficiencia para alcanzar la gnosis de Dios y la salvación del hombre.

Hace muchos años leí en San Simeón el Nuevo Teólogo:

“¿Cómo puedes hablar sobre Dios si no has visto a Dios?”

Y realmente me atormenté y me decepcioné. ¿Cómo voy a hablar de Dios si no lo he visto, si no he experimentado a Dios?
El Santo Padre quería subrayar que la gnosis de Dios —es decir, la teología— debe convertirse en sentido y sentimiento de Dios en el ser humano, en el fiel. Y este sentido, percepción y sentimiento de Dios abren también el camino hacia la σωτηρία (sotiría: sanación, redención y salvación). No son realidades separadas: gnosis y sotiría no están disociadas.

San Máximo el Confesor se refiere a tres estadios o etapas en el proceso de la sotiría (sanación, redención y salvación):
a) el de la virtud,
b) el de la gnosis (conocimiento), y
c) el de la teología.

Estos tres grados se ilustran en la icona de la Metamorfosis de Cristo, cuando el Apóstol Pedro, ante la visión gloriosa, dice al Señor que pongan tres tiendas: una para Elías, otra para Moisés y otra para Él.
Los Santos Padres —como en este caso san Máximo— ven en ello una correspondencia: Elías representa la praxis (acción), Moisés la gnosis o contemplación natural, y el Señor la teología.

La oración, en efecto, es el modo perfecto para que el fiel alcance la teología. Esto también nos lo enseñó el Señor: cuántas veces, cuando oraba como hombre, se abría el cielo ante Él. Porque es el Dios Logos hecho hombre. La oración es el espacio de las divinas apocalipsis (revelaciones) y visiones divinas.
Por eso dice san Nilos el Asceta, en su conocida enseñanza: “Si quieres ser teólogo, ora verdaderamente; y el que ora verdaderamente es un teólogo.”
(https://www.logosortodoxo.com/oracion/filocalia-1-san-nilos-el-asceta-153-reflexiones-sobre-la-oracion-del-corazon/).

¿Por qué quien ora verdaderamente es teólogo? Porque allí, en la oración, tiene la visión, el sentido, el sentimiento y la percepción de Dios.

Debemos decir que la teología es un regalo del Espíritu Santo, y en concreto, el primero y más alto de los dones, carismas.
San Diádoco de Fótica enseña: “Todos los carismas de Dios son muy buenos y están llenos de bondad. Pero, entre todos los carismas del Espíritu Santo, el que realmente enciende y conmueve el corazón es la teología.”

A veces alguien pregunta:
—¿Hijo mío, tienes el carisma de sanación?
Y, en efecto, da alegría cuando un enfermo se cura ante ti. Pero no hay comparación con la alegría que produce la gnosis teológica, como dice el santo.

Por eso, si el Espíritu Santo nos preguntara: “¿Qué quieres que te dé: el carisma de la teología o el de la sanación?”

Y el santo Padre enumera los grandes beneficios que ofrece la teología. El carisma de la teología es el que nos concede gran alegría, pues nos ayuda a desapegarnos de las cosas corruptibles y a sostenernos en las incorruptibles.
¡Cuánta alegría experimenta el alma cuando, iluminada por la teología, ya no se apega a las cosas de este mundo! Si no les damos tanto valor, si sólo conservamos lo necesario para vivir, entonces se cumple lo que dice el Apóstol Pablo: “Debemos contentarnos con tener qué comer y con qué vestirnos” (1 Tim 6:8).

Cuando vemos que nuestro corazón no se apega a las cosas terrenales, ni siente inclinación por la riqueza o la vanidad, ¿no nos llena eso de alegría? Sí, tienes mucha alegría.

Además, lo más importante es que sentimos alteraciones en nuestro corazón. ¡Oh, esas alteraciones, cambios en nuestro corazón!
Es aquello que dice el Salmo: “Esta alteración ha venido porque tocó el corazón la diestra del Altísimo, y se cambió” (Sal 76 [77]:11).

He visto y conocido hombres en quienes se produjo esta alteración, esta transformación interior. Y también lo contrario: personas sin ninguna alteración, a quienes las cosas más serias y sagradas no les conmueven, les dejan indiferentes. Eso es lo verdaderamente triste y decepcionante.
De todas formas, la teología —como don del Espíritu Santo— es precisamente esto: alteración, cambio del corazón.

Por supuesto, para que el hombre reciba el carisma de la teología, debe trabajar en sí mismo. No es algo que Dios concede simplemente porque quiere. No. Dios pide condiciones.
Por eso el mismo Padre nos dice: “Dios no concede el carisma de la teología si el hombre no se ha preparado realmente, de modo que adquiera todas las virtudes y facultades necesarias gracias a la doxa (gloria) del Evangelio de Dios.”

Tú, ¿qué haces por ti mismo?
Dios quisiera —si fuera posible— que todos los hombres de la tierra conocieran Su voluntad, poseyeran Su gnosis (conocimiento) y todos recibieran el carisma de la teología. Pero no sucede así, porque los hombres no quieren.
¿Tú te preparas para recibir este carisma?

La preparación consiste en una piedad creciente:

  • Negativamente, en la separación del mal;
  • Positivamente, en el cultivo de las virtudes, del temor de Dios y de la agapi (amor incondicional) hacia Cristo.

No digo fe, sino agapi, amor verdadero, amor sin medida.
En la Divina Liturgia decimos: “Con temor de Dios, fe y amor, venid…”.
Esa agapi-amor no se refiere al amor hacia el prójimo, sino al amor a Cristo. Y esta agapi-amor hacia Cristo se ha subestimado, se ha empobrecido terriblemente.
Este es un hecho doloroso: vemos a muchos hombres que ya no aman a Jesús Cristo. Sí, es necesario que tengamos una gran agapi-amor por Jesús Cristo. Entonces todo esto abre el camino hacia la teología.

Creo, amados míos, que la ciencia teológica —la llamada Teología Académica— debe ser el punto de partida y el motivo para avanzar hacia una teología soteriológica, es decir, psicoterapéutica, sanadora, redentora y salvadora.
Porque la teología académica, por sí sola, no sana ni salva, lo subrayo intensamente: no sana ni salva, especialmente si uno se detiene únicamente en ella.

Por tanto, el estudiante debe aceptar con buena disposición y voluntad que, cuando estudia la Teología Académica, entra en un campo desconocido, inmenso y misterioso, digno de ser investigado y vivido.
Y vale la pena hacerlo, porque así la teología valora y enriquece nuestra identidad cristiana, es decir, nuestro bautismo, nuestra condición de cristianos.

Pero para vosotros, estudiantes de teología científica, todas estas cosas son dos logos, dos mensajes dirigidos a vuestra agapi- amor. Si habéis puesto interés y las habéis escuchado, me alegraré mucho.

Pero surge una pregunta: ¿Puede el estudiante contemporáneo de teología —y, en general, el joven de hoy— vivir una auténtica vida cristiana, que es la condición fundamental y primordial para ascender al misterio y carisma de la teología? Es decir, ¿puede el joven contemporáneo ser un hombre espiritual?

¿Qué es un hombre espiritual?
Es aquel que tiene el Espíritu Santo.

Una vez preguntaron a San Simeón el Nuevo Teólogo si en todas las épocas los cristianos pueden tener el Espíritu Santo que concede la vida espiritual. Ya que algunos decían que ese don sólo existió cuando Cristo vino al mundo, ahora ya no podemos tener el Espíritu Santo.
Al oír esto, el santo se entristeció profundamente y respondió: “¿Qué son estas cosas que decís? ¿Así piensan los cristianos? ¿Acaso el Espíritu Santo no permanece en la tierra, en la Iglesia junto con nosotros, para que lo tengamos siempre, en cada época?”

Se nos olvida que el cristianismo es diacrónico, y que:

Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Heb 13:8); esto se nos olvida.

Los santos nunca dejarán de existir; los hombres πνευματοφόρος (pnevmatoforos: portadores del Espíritu), nunca desaparecerán.

Y el mandamiento de Dios, dado ya en el Antiguo Testamento a Isaías y retomado por el Apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios, dice: “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis nada impuro, y yo os recibiré”, (2 Cor 6:17). En tiempos de Isaías, todos los pueblos de alrededor eran idólatras.
El mandamiento es claro: separarse de lo impuro, y no toquéis nada impuro, dice el Señor, y así yo os aceptaré.
Y Pablo añade: “Amados míos, tenemos estas grandes promesas de Dios, hagámonos nuestra catarsis y purifiquémonos de toda mancha de nuestra carne y de nuestro espíritu, luchando y avanzando continuamente hasta al fin del camino de la santidad en el temor de Dios”, (2 Cor 7:1)

¿Veis?
Negativamente, debemos limpiarnos, hacer nuestra catarsis de toda mancha y contaminación; positivamente, debemos llenarnos de santidad, de la divina χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esto es lo que Dios desea.

Por tanto, podemos ser hombres espirituales en toda época y tiempo.
Es cierto, sin embargo —y lo digo con gran tristeza—, que hoy muchos cristianos se han secularizado, mundanizado. Y el cristianismo occidental, debemos reconocerlo, se ha secularizado totalmente. Por eso debemos guardar nuestra Ortodoxia como la pupila de nuestros ojos.

Incluso con el paso del tiempo, la fe y la agapi-amor hacia Cristo se debilitan, desvanecen. El Señor lo dijo: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). Esta es la gran pregunta.

Cuando Cristo venga -como hemos escuchado en el pasaje apostólico de hoy, donde el Apóstol Pablo habla del remanente-, se cumplirá lo que ocurrió en tiempos del profeta Elías, quien se quejaba diciendo: “Señor, me he quedado solo; nadie más te respeta.” Esto sucedía en el reino del norte.
Pero Dios le respondió: “No. Hay seis mil hombres que no han doblado sus rodillas ante Baal”, no reverenciaron los ídolos.

Así también, dice el Apóstol Pablo —y lo habéis oído hoy: igual que entonces, también al final de la historia habrá un remanente, un resto de cristianos que recibirá a Cristo cuando venga. Y este remanente se salvará.

El cristiano contemporáneo es, pues, testigo y mártir, en concreto mártir de los ésjatos —de los últimos tiempos. Y como enseña San Cirilo de Jerusalén, estos mártires y testigos serán más grandes, superiores que los de los primeros tiempos de la Iglesia. Porque no se trata simplemente de que te quiten la piel; deberán resistir algo aún peor: la indiferencia.
La indiferencia es un martirio más doloroso que la persecución, porque cuando el otro no te da importancia, niega incluso tu valor. Si alguien te quita la piel, al menos reconoces —aunque sea en medio del sufrimiento— que para él tienes importancia; pero cuando te ignora, cuando no le importas, ese martirio del desprecio silencioso es todavía más penoso.

Amados míos:
Una sola es la verdadera teología. Ella conserva la fe y la agapi-amor hacia Cristo. Por eso, salgamos de este mundo trópicamente, es decir, en nuestro modo de vida, no físicamente.
El Apóstol Pablo no nos pide huir a las montañas, sino transformar nuestro vivir cotidiano.

Escuchad lo que dice el antiguo libro Epístola a Diógnito:

“Los cristianos viven en ciudades griegas o bárbaras, donde la suerte los ha colocado. Siguen las costumbres locales en la vestimenta, la comida y el resto de su vida, pero su modo de vivir es admirable y, al mismo tiempo, paradójico. Habitan en su propia patria, pero como extranjeros. Participan en todo como ciudadanos, y todo lo soportan como forasteros. Cada tierra extranjera es para ellos una patria, y cada patria, tierra extranjera. Se casan como todos y engendran hijos, pero no los abandonan. Comparten la mesa, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Habitan en la tierra, pero su ciudadanía y modo de autogobierno está en el cielo. Obedecen las leyes del Estado, pero con su vida superan las leyes.”

Esto, amados míos, es salir del mundo: no apartarse físicamente de él, sino vivir en medio de él con otro espíritu, con una forma de vida distinta, celestial.

Amados míos, todas estas cosas son muy importantes, y así debemos vivir y movernos.
Nuestro Señor Jesús Cristo es verdaderamente Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) y verdaderamente nuestro Salvador. Nuestra posición dentro de nuestro pueblo ortodoxo y de nuestra sociedad es una posición de luz.
¿Lo habéis oído? Posición de luz.

Como dijo el Señor: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5:13), esa sal que preserva al mundo de la putrefacción y corrupción moral y espiritual.

Mañana, como sacerdotes, como predicadores del logos de Dios, y como catequistas, vuestra vida auténticamente cristiana será vuestro logos y palabra más elocuente. Tendréis mucho que enseñar, sobre todo con vuestro ejemplo. Por eso el Apóstol Pablo exhorta: arraigados, sobreedificados en él, y confirmados en la fe; y el Señor Jesús Cristo, nuestro Señor, siempre os bendecirá. Amín.

Atanasio Mitilineos, (Homilía realizada en santo Monasterio el 19/02/2000).

FUENTES: https://arnion.gr/index.php

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

b) Teología catafática y apofática

Jeremías, Metropolita de Megalupolis

(“Καταφατική (catafática) de confirmación positiva y ἀποφατική (apofática) de confirmación negativa”)

 

1 De acuerdo con lo que dijimos en nuestro kérigma anterior, hermanos cristianos, Dios es a la vez desconocido y conocido, oculto y revelado, anónimo y poliónimo (de muchos nombres), luz increada y gnofos increado (luz que deslumbra, nube oscura supraluminosa); el Ser (ὁ ὤν) y el No-ser (ὁ μή ὤν o mí on).
Cuando decimos que Dios es “no-ser” (μή ὤν, mí on), entendemos y queremos decir que no es uno de los seres o entes creados, como creían los idólatras acerca de sus dioses, sino que está más allá de todas las sustancias y esencias, es decir, es y está infinitamente por encima de toda la creación (cf. San Dionisio Areopagita https://www.logosortodoxo.com/category/san-dionisio-el-areopagita/).
Pero nuestro Dios, el “Ὤν” el On pragmático, el Verdadero Ser es la causa de todos los seres creados (ὄντων).

Parece, pues, que nos encontramos ante un camino contradictorio hacia la teognosía, es decir, en nuestro intento y esfuerzo por conocer a Dios. Esto se debe a que Dios se nos presenta, por un lado, como ἀκατάληπτος (akatáliptos: ininteligible, inefable, incognoscible y anónimo, sin nombre), y por otro lado, como revelado a los hombres y poliónimo (de muchos nombres).
A pesar de ello: “No solo no se hace absolutamente ningún esfuerzo por resolver la antífasis (contradicción), sino que incluso se destaca la necesidad de una contradicción semejante. La teología corre el riesgo de traicionar su contenido si, por ventura, quisiera dejar de lado esta vía antitética de teognosía.” (Nikos Matsukas, “Teología dogmática y simbólica pag 129”).

“Nuestra teología ortodoxa nos da muchos nombres, abundantes nombres, tanto positivos como negativos, para expresar a Dios (esto se llama ‘teología catáfática’ o afirmativa); pero finalmente, mediante la negación, elimina todos los nombres (esto se llama ‘teología apofática’ o negativa), porque Dios no tiene nombre; permanece ‘inefable e innombrable’.”

2 Por un lado, Dios es perfectamente trascendental y, por tanto, inexpresable. Es Misterio.
Pero, por otro lado, Dios no está separado de Su creación. Está infinitamente por encima y fuera de ella, como Dios trascendental, pero también está presente en ella. Él dirige la historia del hombre. Conoce todas las cosas, está y es a nuestro alrededor, dentro de nosotros y en todas partes.
Es, como decimos en la oración conocida, el “Rey Celestial, omnipresente, que todo lo llena”.

Para hablar sobre Dios, primero debemos reconocer nuestra ignorancia, nuestra debilidad y nuestra incapacidad para hablar acerca de Él.
Moisés habló con Dios en el Monte Sinaí, una vez que entró en el “gnofos” (Ex 20,21).
Y Dios, nuevamente, se apocaliptó —es decir, se reveló— a Moisés en una luz mezclada con oscuridad o tiniebla, en “la columna de nube y fuego” que acompañaba a los israelitas en el desierto (Ex 13,21).

Esto es teología apofática: el “gnofos (supraluz deslumbrante que ciega)” y el “skotos” (oscuridad), la declaración y admisión de nuestra ignorancia al intentar hablar de Dios.
Pero esta misma declaración —esta forma apofática de hablar de Élmanifiesta nuestra gnosis (conocimiento) de que Dios no puede ser expresado, porque es trascendental.

3 Deseando expresar a Dios —ya que Él es inexpresable, porque es Misterio— utilizamos imágenes y símbolos para darle un sentido y significado. Nuestra teología, en gran medida, es simbólica.

Hemos dicho que Dios es inexpresable, debido a que es trascendental. Sin embargo, aun cuando Dios se nos apocalipta, es decir, se revela, tampoco podemos expresarlo absolutamente, por muchas denominaciones positivas o negativas que le hayamos atribuido mediante la teología catafática.
Así, reconociendo nuestra incapacidad, recurrimos a la ‘teología apofática’ para expresar, por este camino, la perfección absoluta de Dios mediante Su ‘anonimato’; porque no pudimos (mediante la teología catáfática) atribuirle nombres o propiedades que le correspondan plenamente.

He aquí, más sencillamente, cuál es la manera ‘catafática’ y ‘apofática’ de hablar acerca de Dios: Cuando, orando a Dios, queremos alabar Su doxa-gloria y Lo invocamos con expresiones positivas y negativas, entonces utilizamos el método ‘catáfático’.

Por ejemplo, cuando decimos: “Oh Dios mío, Tú eres muy misericordioso y no eres como nosotros los humanos, que somos malos; eres santo, omnisciente, omnipotente, no eres injusto, sino justo y recto en todas Tus obras. Eres el omnipresente, el único bienaventurado, etc.”

Pero, diciendo todas estas cosas —e incluso más— sobre Dios, en algún momento cesan nuestras palabras, y caemos en una dulce profundidad, sintiendo nuestra incapacidad y debilidad para expresar quién es realmente Dios.
Ese silencio es nuestro modo o forma apofática de hablar y de orar acerca de Él.

Y, disolviendo ese silencio, continuamos hablando a Dios con palabras como: “¡Dios mío, Tú eres el Todo! ¡No puedo expresar cuán grande eres!…”

De esta manera, proseguimos nuestro diálogo con Dios en forma apofática, reconociendo que toda expresión humana es insuficiente para describir Su infinita realidad.

Muchas bendiciones y χάρις (jaris: gracia, energía increada) para todos.

† Jeremías, Metropolita de Górtina y Megalópolis, Helas (Grecia) 10 de mayo de 2017

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

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