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May 28 2026

Introducción a los Salmos, Yérontas Atanasio Mitilineos

Introducción al libro de los Salmos

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

(Por el traductor: Amigos en Cristo Dios-Hombre: esta homilía, ahora transcrita en texto, fue clave y constituye el fundamento de mis traducciones. Fue para mí una gran revelación al comienzo de mi camino, en el año 2002, y siempre vuelvo a leerla, porque es profundamente iluminadora)

 

Con la ayuda de Dios, comenzamos. Como sabrán, el libro de los P-Salmos es uno de los cuarenta y nueve libros del Antiguo Testamento, y todos los Padres, así como los intérpretes más recientes, coinciden en que es el corazón del Antiguo Testamento. Incluso se dice que lo que es el Salterio podría expresarse con solo dos palabras: ¡es Dios y el hombre! Y esto porque allí habla Dios (el Logos increado no encarnado) de una manera intensa; pero también el hombre habla a Dios de un modo muchas veces dramático. Por ejemplo, dice Dios: “préstate atención a mí”; del mismo modo también el hombre dice a Dios: “escúchame, inclina bien tus oídos para oírme” (escuchar con el corazón, contacto consciente con la oración). Es decir, se produce una especie de lucha entre el hombre y Dios. El P-Salterio diríamos que es el libro más poderoso del Antiguo Testamento.

El Salterio, como les dije, es el libro más fundamental del Antiguo Testamento, porque además contiene en su interior cada aspecto y dimensión de la psique-alma humana. Si alguien abre el Salterio, encontrará allí su propio yo (su propia psicoterapia).

San Atanasio el Grande dice que, en cualquier estado en que se encuentre el hombre, triste o alegre, en desesperación o en entusiasmo, en perplejidad o en cualquier otra situación en la que se halle, el Salterio viene a responderle, viene a identificarse con su propia situación psicológica, porque sencillamente fue escrito bajo diversas condiciones psicológicas. ¡Y por eso es un libro particularmente apropiado para todos; verdaderamente se adapta a toda psique-alma humana!

Así pues, el P-Salterio, además de contener estados psicológicos que corresponden a la psique-alma humana, tiene también algo más: contiene una teología terapéutica, una rica teología, está lleno de cristología. Todos los Salmos, los ciento cincuenta, son cristológicos. Ciertamente algunos son principalmente cristológicos, es decir, directamente cristológicos, como el Salmo 21, como el Salmo 109, que es la artillería pesada de todos los Salmos. Es pequeño, muy pequeño en extensión. Es aquel que dice: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha…» y así sucesivamente.

Este Salmo es la cima de todos los Salmos desde el punto de vista cristológico y profético. Sin embargo, aunque tenemos Salmos directamente cristológicos, todos son también indirectamente cristológicos. Así tenemos un libro que, aunque es poético, aunque es una colección de oraciones, aunque es un grito del hombre hacia Dios, al mismo tiempo, dentro de este grito, uno distingue muy intensamente el elemento profético, y sobre todo el cristológico. Lo importante es que el autor del Salmo se identifica con Cristo y constituye una figura de Cristo.

Por supuesto, no les dije que el Salterio no fue escrito solo por David. Pero, como la mayoría de los P-Salmos son de David, se le llama P-Salterio de David. Los Salmos no pertenecen todos a él, a su pluma, sino que pertenecen también a otras personas, y naturalmente esas personas no son todas contemporáneas de David. Quien comenzó a escribir los Salmos, en todo caso, fue David, aunque en el Salterio tenemos también un Salmo que pertenece a Moisés. Solo un Salmo pertenece a Moisés, y naturalmente ese Salmo es aproximadamente cuatro o cinco siglos más antiguo. Sin embargo, David fue quien tuvo una producción muy importante de Salmos. Después escribieron también otros. Todos estos Salmos, pues, fueron reunidos y constituyeron el libro de los Salmos.

Son poemas según la filología hebrea, no como nosotros los conocemos. La poesía en la filología hebrea no tiene ni rima ni quizá tampoco un ritmo definido. Desde luego existe cierto tono rítmico, pero no demasiado intenso. Es como los poemas modernos, que no tienen ritmo, si lo han notado, y lo que los hace distinguirse de la prosa es que tenemos la repetición de una frase, que da un tono poético. Es el único elemento por el cual puede caracterizarse la poesía hebrea. Sin embargo, son poemas, poemas-oraciones.

Así pues, vuelvo a lo anterior que dije: que David, o el Salmista -siempre diremos “el Salmista”; no diremos “David”, excepto, claro está, cuando el encabezamiento diga que pertenece a David-, el Salmista entonces, que en este caso es David, se identifica con la persona que profetiza, es decir, Jesús Cristo.

Cuando David sufre -y naturalmente padece dentro de un marco histórico, es una persona histórica concreta- sufre porque constituye una figura de Jesús Cristo. Cuando David dice que padece a causa de sus enemigos, que muchos enemigos lo rodearon, que lo rodearon «muchos perros», y que lo cercó «una asamblea de malhechores» (Sal 21:17), ciertamente estos son elementos personales suyos; pero esos elementos personales nunca pueden permanecer solamente como algo suyo personal, porque introduce también otras cosas que no son personales suyos y que sobrepasan a David, sobrepasan a la persona que las escribe.

Como, por ejemplo, cuando dice: «no permitirás que tu santo vea corrupción» (Sal 15:10), no permitirás que tu santo vea corrupción, es decir, que entre en el sepulcro y se descomponga; esto no se refiere a David. Muy correctamente lo sitúa el apóstol Pedro en un discurso suyo ante los hebreos, y dice: «Amados míos, David no dijo esto acerca de sí mismo; porque su sepulcro es conocido. David fue sepultado, se corrompió y se descompuso» (Hechos 2:27-31). Incluso dice que el sepulcro de David era conocido, porque parece que en la época del apóstol Pedro se señalaba dónde estaba su tumba. Entonces, ¿por qué escribe David y dice: “no permitirás que tu santo vea corrupción”? Y precisamente allí el apóstol Pedro, muy correctamente, interpreta y dice que esto se refiere a Jesús Cristo.

Tenemos, pues, una identificación, como también ayer les decía, del antitipo (prefiguración) con el prototipo (del modelo original). El antitipo ocupa el lugar del prototipo, hasta que aparezca el prototipo. Naturalmente también el antitipo sufre, padece personalmente por sus propios asuntos. Pero todo esto encontrará plena realización en el prototipo, y no se limita solamente a aquello que concierne al antitipo. Es decir, tenemos, una superación de este.

Otro ejemplo, igualmente, además de «no permitirás que tu santo vea corrupción», es aquello de “cavaron y abrieron agujeros en mis manos y mis pies” (Salmo 21:17). ¡Asombroso! Y, si quieren saberlo, esto está escrito hacia el 1100 a.C. ¿Saben lo que significa 1100 a.C.? La muerte por crucifixión no era conocida, aunque los pueblos antiguos siempre la habían utilizado; no solo la usaban los romanos. Los romanos, ciertamente, ya habían perfeccionado la crucifixión; pero los hebreos jamás utilizaron la ejecución por crucifixión, y esto porque estaba escrito en la Ley: «maldito todo el que cuelga de un madero» (Deuteronomio 21, 23. c.f. Galatas 3, 13), y en consecuencia no querían llamar maldito ni siquiera al peor criminal. El modo que usaban los hebreos para la pena capital era la lapidación. En consecuencia, dentro de este contexto, resulta tremendamente extraño y sorprendente que David escriba «cavaron y abrieron agujeros en mis manos y mis pies». Es decir, esto sobrepasa con mucho al antitipo y llega al prototipo, que es Jesús Cristo, el único hebreo que es juzgado por el Sanedrín (Consejo), para cuya ejecución se pide autorización al gobernador romano y es crucificado. ¡Es el único hebreo! Más tarde, ciertamente, Tito, cuando destruyó Jerusalén, crucificó a miles de hebreos; pero entonces ya, como conquistador romano, no iba a preguntar qué debía hacer con los sometidos. Sin embargo, los mismos hebreos, por su propia Ley, nunca realizaron ejecuciones por crucifixión.

Esto significa que el antitipo es superado y alcanza al prototipo. Así pues, el Salmista se identifica consigo mismo, se convierte en una persona profética, representa, digamos, a aquel que profetiza, hasta que venga aquel que es profetizado. No existe Salmo que no sea profético, ya sea directa o indirectamente.

Además, san Agustín de Hipona dice que el Salterio profetiza las cosas futuras, recuerda las acciones de los antiguos, ofrece la ley para los vivos y expone el modo de obrar. Y san Basilio el Grande dice: «Aquí hay teología perfecta, anuncio previo de la venida de Cristo en cuerpo-carne, amenaza del juicio, esperanza de la resurrección, temor del infierno, promesas de doxa-gloria y revelaciones/ apocalipsis de misterios» (Homilía en el primer Salmo, MPG 29.213.18-22). Es decir, ¡el Salterio es un libro profundísimamente teológico!

Además, impresiona que el mismo Cristo se refiriera nominalmente al Salterio. No solo utilizó pasajes del Salterio, sino que también mencionó su nombre, cuando dijo: «acerca de mí escriben la Ley, los Salmos y los Profetas» (Lucas 24:44). Y Cristo dividió todo el Antiguo Testamento en tres partes: primero la Ley -que son los cinco primeros libros, es decir, el Pentateuco-, después los Profetas -con cuya palabra se refería a todos los Profetas- y finalmente el Salterio, que distingue de manera particular. Ciertamente, bajo el término “P-Salterio”, en un sentido amplio, podríamos incluir los libros poéticos, como la Sabiduría de Salomón, el Eclesiastés, etc.; sin embargo, en último análisis, el P-Salterio es el libro de los Salmos. Y Cristo lo utilizó específicamente con su propio nombre, es decir, que el P-Salterio da testimonio acerca de Él. «Lean el P-Salterio», dice, «y encontrarán que habla de mí» (Luc 24:44).

Además, les dije anteriormente que toda psique-alma humana siente la necesidad de recurrir al P-Salterio, porque allí encuentra su propio ser; pero también todo estado psicológico se refleja allí, o, mejor dicho, cada P-Salmo puede corresponder a un estado psicológico. ¿Qué sucede entonces aquí? Aquel que lee el P-Salterio, cualquiera que sea el estado psicológico en que se encuentre, identifica su propio ser con el Autor, con el P-Salmista, y poco a poco se apropia del P-Salmo, lo hace suyo y lo ofrece a Dios. Así como inicialmente aquel que escribió el P-Salmo, David, agradó a Dios con esas palabras, así también el fiel, por extensión -puesto que ha hecho suyo el P-Salmo, se ha convertido en una posesión suya, responde a su situación psicológica o ética- agrada también él a Dios, porque ha orado como conviene y se debe.

Y además hay algo más. San Atanasio el Grande dice que poco a poco el fiel que lee el P-Salterio adapta su psique-alma a la psicología, a la ética, (moral) y a la espiritualidad de los P-Salmos, y así llega a parecerse a los autores de los P-Salmos, a los P-Salmistas, o al P-Salmista, es decir, llega a hacerse santo. Por eso, verdaderamente, en el culto de los hebreos el P-Salterio tenía un uso muy amplio.

Es sabido que los Salmos tenían diversos usos. Algunos Salmos se decían por la mañana, otros al mediodía, otros por la tarde, en los distintos sacrificios y en diversas fiestas. Cuando, por ejemplo, los hebreos venían del extranjero, de las provincias, para adorar durante la fiesta de la Pascua o de Pentecostés, entonces, en el camino, cuando veían desde lejos Jerusalén, cantaban determinados Salmos, y son aquellos que se llaman “Cánticos de las Subidas”. Según una interpretación, se cantaban mientras los peregrinos subían hacia Jerusalén. Otros Salmos eran penitenciales, de metania y arrepentimiento y así sucesivamente. En el Culto, pero también en el uso personal, los Salmos estaban siempre en el orden del día. Eran, diríamos, el libro de oraciones de cada hebreo y también del culto oficial.

Y puesto que el Salterio es tan importante y tan profundo, fue utilizado también en el Culto cristiano. Es sabido que los sacrificios, la ley ceremonial, han sido abolidos, pero no el Salterio. Hoy no sacrificamos animales ni hacemos lo que prescribe la antigua ley ceremonial, que encontramos en el libro del Éxodo, en el Levítico y en Números. Allí se escriben diversos elementos sobre cómo debían realizarse los sacrificios en el culto a Dios: el incienso, el sacrificio incruento, el sacrificio sangriento, el lavado de manos y pies, y así sucesivamente. Tales cosas ya no las tenemos. La ley ceremonial ha sido abolida, porque apuntaba al sacrificio de Cristo, y puesto que vino el prototipo, la sombra ya no es necesaria.

Ahora no necesitamos luz, por ejemplo, aunque se haya fundido el fusible o no, si tenemos el sol; ya no nos interesa tener electricidad. Así también aquí: vino el prototipo, Jesús Cristo, y ya no tenemos necesidad de la ley ceremonial sombría. Pero el P-Salterio ha permanecido. ¿Por qué?

Hay un versículo que dice: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Oseas 6:6, Mt 9:13). O, como dice el apóstol Pablo, tomando esto del Antiguo Testamento: «el fruto de los labios es superior al sacrificio» (Mat 13, 15-16, Oseas 14:3). ¿Y saben cuál es el fruto de los labios? Es cantar, salmodiar, es orar; y esto es un sacrificio lógico, un sacrificio de los labios, un sacrificio del corazón. Y puesto que en el Nuevo Testamento ya no tenemos el antiguo sacrificio, tenemos sacrificios de un nuevo tipo: el sacrificio de los labios, el sacrificio del corazón; es decir, tenemos, el P-Salterio, que se adapta a esta forma de sacrificio.

Así pues, es el único libro que pasa al uso cotidiano del culto y de la vida cristiana. No existe Oficio, entre los ocho Oficios del ciclo de veinticuatro horas, así como tampoco en la Divina Liturgia -que, por supuesto, no es un Oficio—, que no contenga al menos uno, dos o tres Salmos.

Tomaré los Oficios más breves, que son las Horas: Prima, Tercia, Sexta y Nona. Sabrán que cada Hora contiene tres Salmos. La Completa también tiene tres Salmos.

El Orthros (Maitines) contiene seis Salmos -nuestro conocido Hexapsalmo- y otros versículos tomados de los Salmos, que llamamos las Alabanzas. Ciertamente, las Alabanzas podrían cantarse enteras, y así se cantaban y así están registradas, independientemente de que nosotros conservemos uno o dos versículos, los primeros, y luego pasamos inmediatamente a los troparios. Estos Salmos de las Alabanzas se cantaban completos. Por tanto, no son solamente seis Salmos en el Orthros; son más.

Las Vísperas, que es el Oficio introductorio del ciclo de veinticuatro horas, comienza con el «Bendito sea nuestro Dios…», que dice el sacerdote, e inmediatamente: «Bendice, alma mía, al Señor. Señor Dios mío, te has engrandecido sobremanera; te has revestido de confesión y magnificencia…» (Salmo 103,1) y así sucesivamente. Es ese maravilloso Salmo que constituye un resumen de la Creación, aquel Salmo que se refiere a cómo fue hecho el mundo, cómo fue hecho el hombre y cuáles son las obras del hombre. Es un compendio, epítome de los tres primeros capítulos del libro del Génesis en forma poética, ¡de una manera bellísima! Y como comenzamos con este Salmo, lo llamamos también el Proemial.

Veis que comenzamos nuestros Oficios con un Salmo del Salterio y no existe Oficio que no tenga un Salmo. Pero también la Divina Liturgia, en sus Antífonas, tenía Salmos. Hoy solo han quedado versículos salmódicos, restos; pero tenía Salmos. Si acudimos al Typikón, los llamados Típicos, que se dicen allí en las tres primeras oraciones, en las Antífonas, encontramos Salmos. Ya no los decimos hoy por razones de brevedad. Así uno ve que el Salterio entró en el Culto en abundancia. ¿Continúo?

El Salterio se lee en el Orthros (Maitines), y allí se dicen dos Kathísmas. Noten que los ciento cincuenta Salmos se dividen en veinte Kathísmata y Stasis (Καθίσμα-τα (Kathísma-ta) = las veinte divisiones litúrgicas del Salterio usadas en la oración monástica y litúrgica ortodoxa.  •  Στάσεις = subdivisiones internas de cada kathisma normalmente tres “stasis” por kathisma). Cada Kathisma, según su tamaño, contiene uno, dos, tres, cuatro o cinco Salmos. Así, por la mañana en el Orthros leemos dos Kathísmas, es decir, dos vigésimos o una décima parte de todo el Salterio. Por la tarde, en las Vísperas, leemos un Kathisma. El Salterio debe terminarse dentro de una semana. Solo el domingo por la tarde, en las Vísperas, no lo leemos. ¡El domingo por la tarde en las Vísperas el Salterio “descansa”…! Es decir, el Salterio, aparte de las lecturas particulares que tenemos en los Oficios, las Horas, las Vísperas y demás, se lee entero en el curso de una semana. Y desde la noche del sábado, que es cuando comenzamos, el Salterio empieza de nuevo desde el principio. Durante la Gran Cuaresma se lee dos veces por semana, porque también en las Horas añadimos kathísmata. Es decir, ¡el Salterio está continuamente presente en nuestro Culto! Y cuando muere una persona, se lee entero durante toda la noche; es decir, el Salterio nos acompaña por todas partes. ¡Por todas partes, por todas partes nos acompaña!

¡Es tan rico, tan importante, tan significativo, que aquel que lo lee verdaderamente y con conciencia, se santifica! Se lo aseguro; sinceramente se lo aseguro. Y además, cuando uno lo escucha muy frecuentemente, se familiariza con él. Claro que no sé si alguien puede llegar incluso a aprenderlo de memoria. No lo sé. Quizá alguien, por el mucho uso, pueda aprenderlo entero de memoria. Y de hecho, cuando otra persona lo lee y comete aunque sea el más pequeño error, inmediatamente se percibe, se nota enseguida. Fíjense: no porque alguien sea instruido, sino porque el oído se acostumbró por el mucho uso. Es como el oído del músico, que si escucha una nota desafinada enseguida lo percibe y dice: «¡Aquí hay una desafinación o un falso!».

Cuando alguien empieza a escuchar muchas-muchas-muchas, muchísimas veces el Salterio, aunque incluso no sepa letras (aunque sea analfabeto), comienza poco a poco a comprenderlo. Y notad además que el Salterio es uno de los libros más difíciles del Antiguo Testamento, porque, al ser un libro poético, tiene una expresión densa, densísima.

Así, muchísimas cosas, aunque no estén escritas, uno debe de algún modo adivinarlas. Y una pequeñísima frase del texto, en una traducción, puede convertirse en una frase muy grande o en dos o tres frases, para expresar aquello que el texto dice.

Por tanto, es un libro difícil. Sin embargo, por el uso continuo, uno comienza a asimilarlo y a comprenderlo. Si tiene el Espíritu de Dios, lo comprende. Y entonces, sinceramente os digo, ¡el P-Salterio es un deleite!

Es una desgracia que hoy solo en los Monasterios se lea el Salterio, porque en las parroquias ya lo han guardado en el armario. Me duele decirlo, pero así sucede: el Salterio se lee ya solamente en los Monasterios. Pero incluso en muchos de ellos lo leen tan deprisa que nadie entiende nada. «¡Bur, bur, bur, bur…!». ¡Como si fuera la cosa más inútil! Puede leerse con cierto ritmo rápido, pero no tan rápido que el otro no alcance a escuchar y comprender muy bien lo que se lee. ¡La lectura debe ser clara! Y entonces, sinceramente se lo aseguro, es un deleite, un gozo. Tan maravilloso es el P-Salterio. ¡Tan maravilloso! Pruébenlo; además, esta es precisamente la razón por la que este año estudiaremos el Salterio. (Gracias a Dios y también a raíz del COVID, desde la pandemia de 2020 en Grecia ha despertado nuevamente este espíritu salmista. Durante ese tiempo, los yérontas y monjes/ as iluminados comenzaron a organizar grupos de veinte personas, donde cada una leía diariamente un kathisma del Psalterio. Desde entonces, esta práctica ha resurgido con mucha fuerza, aunque todos los santos de todos los siglos ya aconsejaban la lectura del Psalterio. De hecho, en la antigüedad, para llegar a ser obispo era necesario saber el Psalterio de memoria.)

Y no hablemos ya de aquellas comparaciones poéticas, ¡maravillosas!… «El que camina sobre las alas de los vientos…», ¡Aquel que camina —Dios— sobre las alas del viento!… ¡Qué hermosa expresión!… «El que toca los montes y humean», Aquel que toca las cumbres de los montes y estas se incendian… «el que se reviste de luz como de un vestido» (Sal 103, 3· 32· 2), Aquel que se vistió de luz, de la doxa-gloria divina, como de una vestidura, porque esta luz material es figura de la luz increada, de la divina doxa-gloria, que es increada, es decir, ¡es divinidad o deidad! Así como nosotros nos vestimos, nos ponemos un vestido, nos revestimos, así precisamente Dios se vistió de luz. «Cuando abres tu mano, todas las cosas se llenan de bondad; pero cuando apartas tu rostro, se turban» (Sal 103, 28-29). Abres tu mano y todo se llena de bondad; vuelves tu rostro y todo se estremece… Son expresiones hermosísimas; ¡hermosísimas!

Llegó a decir Alphonse de Lamartine: «Después de leer el Salterio, me es imposible leer a Homero o a Hesíodo». Este literato francés, poeta y demás, ¿oyeron lo que dijo? ¡Le es imposible volver a leer a Homero y a Hesíodo después del Salterio! Y esto lo he vivido también yo, y creo que ustedes también lo habrán vivido, si leen el Salterio, (también yo el traductor).

Y naturalmente la traducción de los Setenta no puede compararse, desde el punto de vista de la lengua, con las obras de Platón, Aristóteles o Jenofonte; no se plantea siquiera la cuestión. Es la lengua helenística, la lengua popular de aquella época, del siglo III a.C., y más concretamente, si quieren, la alejandrina. No aquella que se hablaba en la Grecia continental. El alejandrino era aquel griego que, digamos, se hablaría en Asia Menor o que hoy se hablaría en América; es decir, un griego “quebrado”, no el griego correcto, un griego secundario, el griego de la plaza pública, podríamos decir. No es aquella hermosa lengua de Atenas, la lengua de las Universidades, de las Escuelas de Atenas y de los filósofos; ciertamente no lo es. Sin embargo, si alguien toma y lee el Antiguo Testamento… ¡Dios mío, qué altura! «En el principio creó Dios el cielo y la tierra»… (Génesis 1:1) ¡Qué cosa tan hermosa! Solo cuando uno comienza a penetrar en el sentido y significado, comienza a comprender, entonces descubrirá esa altura. Tiene razón Lamartine: no puedes leer ya ninguna otra cosa cuando lees la Sagrada Escritura; todos los demás te parecen pobres, tanto los filósofos como los poetas… (lo mismo me pasa a mí, el traductor)

Y finalmente -porque estas cosas se las digo como una pequeña introducción-, san Atanasio el Grande escribió un tratado, digámoslo así, verdaderamente un tratado, aunque claro no una tesis doctoral, sobre el Salterio. Y como en aquella época existía la costumbre de dar a los tratados una forma dialogada o epistolar, san Atanasio escribió este tratado suyo sobre el Salterio en forma de carta. Y además, para ocultarse todavía más, envía supuestamente esta carta a un tal Marcelino, probablemente obispo, y le dice:

«El mensajero me trajo noticias tuyas; supe que estás bien. Me dijo que lees mucho la Sagrada Escritura. Después de la enfermedad que pasaste, lees mucho la Sagrada Escritura, y especialmente —me dijo— lees de manera particular el Salterio. Y pensé escribirte esta carta para exponerte también algunas reflexiones mías sobre el Salterio y ayudarte. Pero mejor… -¡otra vez se esconde!- dejemos hablar a un yérontas, anciano sabio y muy piadoso que una vez conocí y que me había dicho tantas y tan buenas cosas sobre el Salterio».

[San Atanasio, a Marcelino, sobre la interpretación de los Salmos: «Admiro profundamente tu disposición conforme a Cristo, querido Marcelino. Pues incluso la presente prueba, aunque hayas padecido mucho en ella, la soportas con noble entereza y no descuidas la ascesis (práctica espiritual). Al enterarme, por quien me trajo tu carta, de cómo estás después de la enfermedad, supe que dedicas tiempo a toda la Sagrada Escritura, pero que te ocupas más frecuentemente del libro de los Salmos, esforzándote por comprender el contenido en cada salmo. Por ello, te felicito, pues yo también tengo un gran anhelo por este libro, al igual que por toda la Escritura. Así, movido por este deseo, me encontré con un yérontas o anciano sabio, diligente y amante del estudio, deseo escribirte aquello que él, gracias a su profundo conocimiento del Salterio, me refirió acerca de él. Pues este libro posee una jaris-gracia singular y una divina fuerza persuasiva acompañada de razonable solidez en su enseñanza.»]

Y ahora deja hablar al anciano sabio dentro de esta carta, que en realidad es san Atanasio el Grande. Claro, quizá alguna vez algún anciano sabio le dijo algo, pero las ideas son principalmente del gran Atanasio. Son muchas páginas. En la edición de Tesalónica son alrededor de cuarenta páginas de texto; ¡es un texto grande, verdaderamente todo un tratado! Allí, después de hacer una hermosa introducción sobre los Salmos y su valor, menciona qué valor tiene cada Salmo, y luego continúa interpretando los Salmos, lo cual, en la colección de la que les hablé, ocupa ¡tres volúmenes! Esta obra que nos dejó el gran Atanasio, esta interpretación de los Salmos, tiene mucha profundidad, mucha penetración, ¡muchísimo valor!

Y este tratado termina así diciendo a Marcelino: «Meditando y estudiando también tú estas cosas y leyendo los Salmos con inteligencia y con discernimiento, es decir, comprendiéndolos, podrás entender el significado de cada uno guiado por el Espíritu Santo; y además imitarás el mismo modo de vida que tenían los santos hombres temerosos de Dios que hablaron de estas cosas» (Hacia Marcelino MPG 27.45.36-39). En efecto, esto es precisamente lo que antes les decía: que poco a poco uno entrará en el espíritu de los Salmos y llegará también él mismo a ser un salmista, porque se habrá identificado con el Salmo, es decir, ¡el Salmo se habrá hecho suyo, como si él mismo lo hubiese compuesto, porque lo siente, lo vive, lo experimenta y lo expresa!

Y es característico que el Salmo primero tenga seis versículos; pero también el último Salmo el 150, tiene igualmente seis versículos. Y el primero comienza con «Bienaventurado el hombre…», feliz aquel hombre que… y así sucesivamente; y el último termina con «Alabad a Dios en sus santos… todo ser que respira, alabe al Señor. Aleluya». Comienza con el hombre y llega a Dios. Comienza con el hombre feliz, que escucha la voluntad de Dios y que llegará a ser él mismo la ocasión y la causa de que Dios sea glorificado, pues solamente cuando uno está dentro de la ley de Dios llegará a glorificar y alabar a Dios. Es verdaderamente maravilloso.

Así pues, el Salmo primero fue correctamente colocado el primero, y el último igualmente fue correctamente colocado al final, como sello de todo el P-Salterio.

El Espíritu de Dios sopló sobre todos los Salmos y el sello del Espíritu Santo está sobre todos, y todos los Salmos son θεόπνευστοι (zeópnefsti) inspirados por Dios

También debo deciros que, en un Salmo sin título, podemos juzgar aproximadamente si pertenece o no a David por el estilo del propio Salmo. El Salmo 118, por ejemplo, no es de David. Es tan evidente que, apenas lo lees, dices: «Imposible; no es de David», porque está escrito con muchísima serenidad. De hecho, el Salmo 118 parece haber sido escrito en Babilonia, probablemente durante el cautiverio babilónico. Sin embargo, está redactado por la pluma de un hombre tranquilo. No tiene aquello que posee David: ese carácter impetuoso, oscuro y denso. Recuerda al evangelista Juan: impetuoso, oscuro y denso.

Veis que tiene un ímpetu anímico y psíquico tremendo, que expresa de una manera intensa. O recuerda también a Apóstol Pablo. Y en las epístolas de Pablo veréis muchas veces que no logramos captar fácilmente el sentido y significado. Si no tenemos una traducción al lado, no entendemos; es difícil, porque él también es impetuoso. Va dictando al escriba y este escribe, pero el alma de Pablo corre. Mientras el secretario escribe unas cosas, el alma de Pablo ya salta a otro tema, y muchas veces no vemos una conexión clara entre los distintos párrafos: hay un ímpetu interior.

Y además David, precisamente porque pasa de un tema a otro de manera impetuosa, no enlaza los asuntos; deja vaguedad y oscuridad, y uno se pregunta: «¿Qué quiere decir aquí ahora? ¿Qué significa esto? ¡Es oscuro!». Y además, aquello otro que os decía: es también denso, densísimo. Es decir, en dos palabras puede esconder todo un significado o una multitud de sentimientos.

Estas poquísimas cosas quería yo decirles como una pequeña introducción al libro de los Salmos. Amín 17/10/1977

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Fuente: https://arnion.gr/index.php/palaia-diauhkh/analysis-calmvn

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/

 

 

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