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Dic 23 2023

Acerca del amor al prójimo San Porfirio el Kafsokalivita

Περί της ἀγάπης πρός τόν πλησίον

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

Acerca del amor al prójimo

San Porfirio el Kafsokalivita – Vida y Logos

La agapi hacia el hermano cultiva la agapi hacia Dios

Lo único buscado en nuestras vidas es la agapi (amor desinteresado e incondicional), la devoción y el culto o alabanza a Cristo y la agapi-amor hacia nuestros semejantes. Debemos ser uno con Cristo como cabeza. Solo así obtendremos la χάρις jaris gracia, la energía increada, el cielo y la vida eterna.

La agapi-amor hacia nuestro hermano cultiva el amor hacia Dios. Somos felices cuando amamos a todos los seres humanos en secreto. Sentiremos entonces que todos nos aman. Nadie puede llegar a Dios si no pasa por los seres humanos. Porque, “el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto” (1Juan 4, 20). Amemos, sacrifiquémonos por todos desinteresadamente, sin buscar recompensa. Entonces, el hombre encuentra equilibrio. Un amor que busca recompensa es egoísta. No es genuino, ni puro tampoco desinteresado.

Amémoslos y tengamos compasión de todos. “Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno en su parte” (1Corintios 12, 26-27). Esto es Iglesia; yo, tú, él, sentir que somos miembros de Cristo, que somos uno. La φιλαυτία filaftía egolatría (excesivo amor a sí mismo y al cuerpo) es egoísmo, egocentrismo. No debemos preguntarnos: ‘¿yo estaré en el Paraíso?’, sino sentir este amor por todos. ¿Entienden? Eso es humildad.

Así, si vivimos unidos, seremos bienaventurados y felices, viviremos en el Paraíso. Cada prójimo nuestro, cada cercano nuestro es “carne de nuestra carne’” (Efe 5, 30). ¿Puedo ignorarlo, puedo amargarlo, puedo molestarlo, puedo odiarlo? Este es el mayor misterio de nuestra Iglesia. Convertirnos todos en uno en Dios. Si hacemos esto, nos convertimos todos en Suyos. Nada es mejor que esta unidad. Esto es la Iglesia. Esto es la Ortodoxia. Esto es el Paraíso. Leamos la Oración Sacerdotal del Evangelista Juan. Presten atención a los versículos: “para que sean uno, así como nosotros… para que todos sean uno, así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti… para que sean uno, así como nosotros somos uno… para que sean perfectos en unidad… para que donde yo esté, ellos también estén conmigo” (Juan 17: 11 · 21 · 22 · 23 · 24).

¿Véis? Lo dice una y otra vez. Destaca la unidad. ¡Que seamos todos uno, uno con cabeza a Cristo! Igual que uno es el Cristo con el Padre y el Espíritu Santo. Aquí se encuentra la mayor profundidad del misterio de nuestra Iglesia. Ninguna religión dice algo así. Nadie busca la delicadeza que Cristo pide, hacernos todos uno con Cristo. Aquí está la plenitud. En esta unidad, en esta agapi (amor incondicional y desinteresado), la agapi en Cristo. No cabe división, ni miedo. Ni muerte, ni diablo, ni infierno. Solo agapi-amor, alegría, paz, adoración a Dios. Puedes llegar a decir entonces con el Apóstol Pablo: “y ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí” (Gál 2, 20).

Podemos llegar fácilmente a este punto. Se necesita buena disposición, libre buena voluntad y Dios está listo para venir a nosotros. “Llama a la puerta” y “hace nuevas todas las cosas”, como dice en el libro del Apocalipsis de Juan (Apoc 3, 20 · 21, 5). Nuestro pensamiento cambia, se libera de la maldad, se vuelve mejor, más espabilado, más santo, más amable. Pero, si no abrimos la puerta al que llama, si no tenemos lo que Él quiere, si no somos dignos de Él, entonces no entra en nuestro corazón. Pero para ser dignos de Él, debemos morir al hombre viejo, para nunca morir más. Entonces viviremos en Cristo, incorporados con todo el cuerpo de la Iglesia. Así vendrá la divina χάρις jaris gracia, la energía increada. Y cuando venga la jaris, nos dará todo.

En el Monte Athos una vez vi algo que me gustó mucho. En una barca en el mar, monjes sostenían varios objetos sagrados. Cada uno provenía de un lugar diferente, sin embargo, decían ‘esto es nuestro’ y no ‘mío’.

Esparzamos nuestra agapi-amor hacia todos desinteresadamente.

Por encima de todo está la αγάπη agapi amor desinteresado. Lo que debe preocuparnos, hijos míos, es la agapi por el otro, su psique-alma. Todo lo que hagamos, ya sea oración, consejo o sugerencia, hagámoslo con agapi amor desinteresado. Sin agapi, la oración no sirve, el consejo hierre y lastima, la sugerencia daña y destruye al otro, que siente si lo amamos o no, y reacciona en consecuencia. Agapi-amor, amor, amor desinteresado e incondicional. La agapi hacia nuestro hermano nos prepara para amar más a Cristo. ¿No es hermoso?

Esparzamos, pues, nuestro amor hacia todos desinteresadamente, sin preocuparnos por su actitud. Cuando la divina χάρις jaris gracia, la energía increada de Dios entre en nosotros, no nos importará si nos aman o no, si nos hablan bien con amabilidad. Nosotros sentiremos la necesidad de amarlos a todos. Es egoísmo querer que los demás nos hablen bien o con bondad. No dejemos que lo opuesto nos moleste, nos entristezca y nos deprima. Dejemos que los demás nos hablen como sientan. No mendiguemos su amor (ni busquemos donde no la hay). Nuestra aspiración y pretensión debe ser amar y orar con toda nuestra psique-alma por ellos. Entonces, notaremos que todos nos aman sin que busquemos que lo hagan, sin forzarlos. Nos amarán libre y sinceramente desde lo más profundo de sus corazones sin que los forcemos. Cuando amamos sin buscar que nos amen a cambio, todos se reunirán a nuestro alrededor como abejas. Esto es válido para todos nosotros.

Si tu hermano te molesta, te cansa, debes pensar: «Ahora me duele el ojo, la mano, el pie; debo cuidarlo con todo mi amor» (cf. 1 Corintios 12:21). No debemos pensar ni que seremos recompensados por lo que consideramos bueno, ni que seremos castigados por las malas acciones que hemos cometido. Llegas al conocimiento de la verdad cuando amas con el amor de Cristo. Entonces, no buscas ser amado, eso es malo. Tú amas, tú das tu amor, eso es lo correcto. Depende de nosotros ser salvados. Dios lo quiere. Como dice la Sagrada Escritura: «…quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2:4).

«… no debemos a nadie nada, excepto amarnos mutuamente» (Rom 13:8).

Cuando alguien nos perjudica o agrede de cualquier manera, ya sea con calumnias o insultos, debemos pensar que es nuestro hermano a quien el adversario ha conquistado. Se ha convertido en víctima del adversario, del diablo. Por eso debemos compadecernos de él y pedir a Dios que tenga misericordia y caridad de ambos. Pero si nos enojamos con él, entonces el adversario saltará sobre nosotros y jugará con ambos. Quien condena o hace crítica maligna a los demás no ama a Cristo. El egoísmo es el culpable. De ahí proviene la condena, (y se pierde la Jaris, amamos al pecador no el pecado, o condenamos y no amamos el pecado no al pecador).

Les contaré un pequeño ejemplo. Supongamos que alguien está solo en el desierto. No hay nadie. De repente, escucha a alguien llorar y gritar a lo lejos. Se acerca y se encuentra con una vista terrible: un tigre ha agarrado a una persona y la está desgarrando con furia. El desesperado pide ayuda. En pocos minutos, será destrozado. ¿Qué puede hacer para ayudarlo? ¿Correr hacia él? ¿Cómo? Es imposible. ¿Gritar? ¿A quién? No hay nadie más. ¿Quizás tomar una piedra y lanzarla al hombre para matarlo? Diremos ¡por supuesto que no! Sin embargo, es posible que esto suceda cuando no entendemos que la persona que nos trata mal está poseída por el diablo, el tigre. Nos escapa que cuando nosotros también lo enfrentamos sin amor, es como arrojarle piedras en sus heridas, haciéndole mucho daño, y el «tigre» saltará sobre nosotros, y ambos haremos lo mismo y peor que él. Entonces, ¿cuál es el amor que tenemos por nuestro prójimo y, sobre todo, por Dios?

Debemos sentir la maldad y el mal del otro como enfermedad que le castiga, le atormenta, le aflige y sufre y no puede liberarse. Por eso a nuestros hermanos o prójimos debemos verlos a bien con simpatía, nobleza y gentileza, diciendo en nuestro interior con sencillez: «Señor Jesús Cristo», para que nuestra psique-alma se fortalezca con la jaris gracia divina y no condenemos a nadie. Debemos ver a todos como santos (en potencia). Todos llevamos en nosotros al mismo viejo hombre. El prójimo, sea quien sea, es «carne de nuestra carne», es nuestro hermano, y «no debemos a nadie nada, excepto amarnos mutuamente», según el Apóstol Pablo (Rom 13:8). Nunca debemos culpar a los demás porque «nadie jamás odió su propia carne» (Efesios 5:29).

Cuando alguien tiene un pazos (patología, pasión, emoción enferma), debemos esforzarnos por enviarle rayos de amor, caridad y compasión para que se cure y se libere. Solo con la jaris gracia increada de Dios se logra esto. Debemos pensar que él sufre más que nosotros. En la vida comunitaria, cuando alguien comete un error, no debemos decir que tiene la culpa, está equivocado. Debemos estar atentos, con respeto y oración. Debemos esforzarnos por no hacer lo malo. Cuando soportamos la contradicción del hermano, es considerado como un testimonio. Debemos hacerlo con alegría.

El cristiano es gentil y amable. Preferir que nos sean injustos, así entrenamos en la agapi. Cuando el bien, la agapi-amor, entra en nosotros, olvidamos el mal que nos han hecho. Aquí se esconde el secreto. Cuando el mal viene de lejos, no podéis evitarlo. Sin embargo, el gran arte y habilidad es menospreciarlo. Con la jaris gracia increada de Dios, mientras lo ves, no te afectará, porque estarás lleno de jaris gracia.

En el Espíritu de Dios, todo es diferente. Allí, uno justifica todo ante los demás. ¡Todo! ¿Qué dijimos? «Cristo hace que llueva sobre justos e injustos» (Mateo 5:45). Yo digo que tú eres el culpable, aunque me digas que la culpa es de tal o de aquel. En última instancia, eres culpable de algo y lo encuentras cuando te lo digo. Este discernimiento debéis adquirir en vuestra vida. Debéis profundizar en cada asunto y no ver las cosas superficialmente. Si no vamos a Cristo, si no soportamos, cuando sufrimos injustamente, sufriremos constantemente. El secreto es enfrentar las situaciones de una manera espiritual.

Algo similar escribe el Santo Simeón el Nuevo Teólogo: «Debemos ver a todos los fieles como uno y pensar que en cada uno de ellos está Cristo. Y debemos tener tal agapi-amor por cada uno, que estemos dispuestos a sacrificarnos por él incluso por nuestra vida. Porque no debemos decir ni considerar a ningún ser humano malvado, sino ver a todos como buenos. Y si ves a un hermano que es molestado por algún pazos, no lo odies, piensa que está enfermo; odia los pazos que lo combaten. Y si ves que es tiranizado por deseos y hábitos de pecados anteriores, ten más compasión por él, no vaya a ser que también tú pruebes la tentación, ya que estás hecho de un material que fácilmente pasa del bien al mal». La agapi-amor por el hermano te prepara para amar más a Dios. Entonces, el secreto del amor a Dios es el amor al hermano. Porque, si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo puedes amar a Dios a quien no ves? (San Simeón el Nuevo Teólogo, capítulos teológicos y prácticos) «Porque el que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1Jn 4,20). (El Yérontas y santo Porfirio el texto anterior de san Simeón el Nuevo Teólogo rogó que lo escribiéramos con letras bonitas y lo pusiéramos en un cuadro y colgarlo en su celda, y sacar muchas copias y repartirlas en la gente). 

Luchemos por enviar nuestro buen ánimo, sentimiento y humor y buena disposición.

Debemos tener agapi-amor, mansedumbre, serenidad, paz. Así ayudamos a nuestro prójimo cuando está dominado por el mal. El ejemplo emite secretamente, misteriosamente su influencia, no solo cuando el otro está presente, sino también cuando no lo está. Luchemos por enviar nuestro buen ánimo y sentimiento. Incluso las palabras, cuando hablamos de la vida del otro que no aprobamos, él esto lo percibe y nos rechaza. Pero si somos compasivos y lo perdonamos, -así como el mal lo influencia- también lo influimos con bien, y aunque no nos vea.

No debemos enojarnos con aquellos que son blasfemos, ateos, perseguidores, etc. El enojo, el enfado, la rabia hacen daño. Sus palabras, sus males, deberíamos odiarlos, pero al hombre que los dijo no deberíamos odiarlo ni enojarnos y rabiarnos contra él. Oremos por él. El cristiano tiene amor, nobleza y cortesía y se comporta en consecuencia.

Como un asceta, que sin ser visto beneficia al mundo, porque la ola de su oración afecta al otro, transfiere el Espíritu Santo al mundo, así también esparzan su agapi-amor, sin esperar recompensa, con agapi-amor, paciencia, sonrisa, nobleza…

El amor debe ser desinteresado. Y solo la agapi- amor de Dios es un amor auténtico, desinteresado e incondicional. Frente a la persona que nos cansa y nos dificulta, el amor debe ofrecerse de manera suave, sin que el otro se dé cuenta de que estamos haciendo un esfuerzo por amarlo. Y no debemos mostrarnos demasiado exteriormente, porque entonces lo hacemos reaccionar. El silencio nos salva de todos los males. El dominio de la lengua, ¡gran cosa! De una manera misteriosa, el silencio irradia al prójimo. Permítanme contarles una historia.

Una monja, que anhelaba mucho la paz, le dijo a su yérontas con indignación y rabia:

-Esta hermana nos perturba en el monasterio con sus dificultades y su carácter. No podemos soportarla.

Y el Yérontas respondió:

-Tú eres peor que ella.

La monja al principio reaccionó y se sorprendió, pero después de las explicaciones del Yérontas, lo entendió y lo agradeció mucho. El Yérontas le dijo:

-Mientras el mal espíritu la domina y se comporta mal, también te domina a ti, que estás supuestamente en mejor estado, y juega con las dos. La hermana viene a esta condición sin quererlo, pero también tú, con tu reacción y tu falta de agapi-amor, haces lo mismo. Así que no la beneficias y tú también te dañas a ti mismo.

Con el silencio, la paciencia, la tolerancia y la oración beneficiamos al otro en secreto.

Cuando vemos a nuestros semejantes que no aman a Dios, nos entristecemos. Con la tristeza no logramos absolutamente nada. Ni siquiera con las indicaciones o sugerencias. Ni eso es correcto. Existe un secreto: si lo comprendemos, ayudaremos. El secreto es nuestra oración, nuestra dedicación a Dios, para que Su χάρις jaris gracia, energía increada opere. Con nuestro amor, con nuestro anhelo en el amor de Dios, atraeremos la jaris gracia de modo que atraiga a los demás que están cerca de nosotros, despertarlos (espiritualmente), estimularlos e incitarlos hacia el divino amor-agapi. O, mejor dicho, Dios enviará Su agapi-amor para despertarlos a todos. Lo que no podemos hacer nosotros, Su jaris gracia lo hará. Con nuestras oraciones haremos a todos dignos de la agapi-amor de Dios.

Sepan esto también. Las psiques-almas afligidas, enfermas y doloridas psíquica y emocionalmente y, las que sufren por sus pazos, ganan mucho la  agapi-amor y la jaris gracia de Dios. Algunos de estos se vuelven santos y muchas veces nosotros los acusamos. Recuerden al Apóstol Pablo, lo que dice: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la divina jaris gracia, energía increada” (Rom 5:20). Cuando recuerdan esto, sentirán que ellos son más dignos que ustedes y que yo. Los vemos débiles, pero cuando se abren a Dios, se convierten en todo agapi-amor y todo divino έρως eros (amor ardiente). Mientras estaban acostumbrados de otra manera, ahora la fuerza de sus psiques-almas la dan por completo a Cristo y se convierten en fuego por el amor de Cristo. Así es como funciona el milagro de Dios en tales psiques-almas, a las que llamamos “perdidas”.

No nos desanimemos, ni nos apresuremos, ni juzguemos por cosas superficiales y externas. Si, por ejemplo, ven a una mujer desnuda o vestida indecentemente, no se queden en lo externo, sino entren en lo profundo, en su alma. Tal vez sea una buena psique-alma y tenga aspiraciones existenciales que expresa con su apariencia extravagante. Tiene dentro de ella un dinamismo, tiene la fuerza de la proyección, quiere atraer las miradas de los demás. Pero, por ignorancia, ha distorsionado las cosas. Imaginen que ella conozca a Cristo. Creerá, y toda esa energía la dirigirá hacia Cristo. Hará todo lo posible para atraer la divina jaris gracia de Dios. Se convertirá en santa.

Es una forma de proyección de nosotros mismos, de nuestro yo insistir en que los demás se vuelvan buenos. En realidad, queremos que nosotros mismos volvamos buenos y, como no podemos, lo exigimos de los demás y lo insistimos. Mientras todo se corrige con la oración, nosotros a menudo nos entristecemos y nos enojamos, juzgamos y condenamos.

Muchas veces, con nuestra ansiedad, miedos y nuestra mala condición psicológica, sin quererlo y sin darnos cuenta, hacemos daño al otro, incluso si lo amamos mucho, como, por ejemplo, la madre a su hijo. La madre transmite a su hijo toda su ansiedad y angustia por su vida, por su salud, por su progreso, incluso si no le habla de ello, incluso si no muestra lo que tiene dentro. Este amor, este amor natural, puede dañar a veces. Sin embargo, no sucede lo mismo con la agapi-amor de Cristo, que se combina con la oración y la santidad de la vida. Este amor-agapi hace santo, divino al hombre, lo tranquiliza y lo pacifica, porque la agapi-amor es Dios.

Que la agapi-amor sea solo en Cristo. Para beneficiar a los demás, debes vivir dentro en el amor de Dios, de lo contrario no puedes beneficiar a tu prójimo. No debes forzar al otro. Su hora llegará, su momento llegará, basta que tú ores por él. Con el silencio, la paciencia y sobre todo con la oración, beneficiamos al otro en secreto, místicamente. La jaris gracia, energía increada de Dios aclara el horizonte de su mente y su espíritu y lo asegura en Su agapi-amor. Aquí está el punto sutil y delicado. Cuando acepta que Dios es agapi-amor, una luz ilimitada vendrá sobre él, que nunca antes había visto. Así encontrará la salvación.

La mejor misión sagrada se lleva a cabo mediante el buen ejemplo, nuestra agapi-amor, nuestra mansedumbre y apacibilidad.

Debemos ser entusiastas (celosos) y diligentes. Entusiasta o celoso es aquel que ama de todo corazón a Cristo y sirve al prójimo en Su nombre. Agapi-amor a Dios y a los seres humanos; esto es pareja, no se separa. Pasión, deseo, lágrimas, con contrición, devoción, no a propósito. ¡Todo desde el corazón!

El fanatismo no tiene relación con Cristo. Sé un verdadero cristiano. Entonces, nada malinterpretarás, sino que tu agapi-amor “todo lo disimula, sufre y aguanta, todo lo cree, todo lo espera con paciencia, todo lo tolera” (1Cor 13:7). Incluso al extranjero, al no cristiano. Es decir, apreciarlo y respetarlo, independientemente de su religión, con un trato amable. Puedes cuidar a un otomano cuando lo necesite, hablar con él, relacionarte con él. Debe haber respeto por la libertad del otro. Al igual que Cristo “está de pie en la puerta y llama”, sin violarla, esperando que la psique-alma lo acepte libremente, así nosotros debemos estar delante de cada alma.

En el sagrado esfuerzo misionero, debe haber un enfoque y modo sutil para que las psiques-almas acepten lo que ofrecemos, palabras, libros, sin que resistan. Y algo más. Pocas palabras. Las palabras resuenan en los oídos y a menudo molestan. La oración y la vida tienen un impacto. La vida conmueve, regenera y transforma, mientras que las palabras permanecen estériles. La mejor misión se lleva a cabo con nuestro buen ejemplo, nuestro amor, nuestra mansedumbre. Escucha un ejemplo relevante.

Una vez, un sacerdote asistió a una conferencia con personas educadas, llevando consigo a un primo suyo. El orador habló mucho sobre un tema marxista. Los oyentes se entusiasmaron y lo aplaudieron al final. Pero, mientras aún estaba en el podio, vio al sacerdote y dijo:

-También tenemos a un sacerdote en nuestra conferencia. Si puede, que nos hable sobre el tema desde el punto de vista religioso y filosófico.

Lo dijo irónicamente pensando que lo humillaría y denigraría a la Iglesia. El sacerdote se puso de pie y dijo:

-No sé qué decir, hijo mío, pero he escuchado que tal sabio dice esto y aquél, dice aquello en esta página, otro dice esto y aquello en esa página, aquel dice esto y aquél… Moisés dice esto y aquello en esa página, Isaías, David, Cristo. Continuó recitando este pasaje del Apóstol Pablo: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el maestro hebreo que dice que contiene y enseña la Ley? ¿Dónde el estudioso y confesor del engaño que ahora domina en el mundo? ¡Dios ha demostrado que es tontería e inútil la sabiduría que inspira y cultiva el mundo que se encuentra alejado de la verdad divina!…  pero Dios eligió a los débiles, simples y humildes, a los que el mundo tiene por necios, para avergonzar y humillar a los sabios y a los poderosos del mundo… para que nadie presuma delante de Dios, ni tampoco los Cristianos, porque la salvación se debe a Dios y no a ellos” (1 Corintios 1:20, 27, 29).

El “sabio” quedó en silencio, el orador. Lo importante es que el sacerdote lo dijo con mansedumbre y sin egoísmo. Era el obispo del Patriarcado. Cuando terminó, dijo:

-Yo no sé nada. Ustedes deciden cuál es la verdad.

Dijo al final el orador avergonzado:

-¡El sacerdote nos lo dijo muy bien! Anuló todo lo que dije.

La formación es grandiosa cuando se combina con la mansedumbre y la bondad, la apacibilidad y la agapi-amor. Esto es válido en todas las situaciones. Hablen cuando tengan la formación adecuada sobre el tema. Si no la tienen, hablen con vuestro ejemplo.

En las discusiones o relaciones y diálogos con los demás, hablen poco sobre la religión y vencerán. Dejen que aquel que tiene otra opinión explote, que hable, que hable… Que sienta que tiene que hacer con una persona tranquila y apacible. Debéis influir con vuestra amabilidad, nobleza y oración y luego háblenle un poco. No harán nada, si lo dicen en voz alta, si le dicen, por ejemplo, ‘¡mentiste!’. Y ¿qué saldrá? Estáis “como ovejas en medio de lobos” (Mateo 10:16). ¿Qué haréis? Ignórenlo externamente, pero oren en vuestro interior. Estén listos, capacitados, con valentía, pero también con santidad, mansedumbre, oración. Sin embargo, para hacer esto, debéis convertiros en santos.

La agapi amor desinteresado está por encima de todo.

La agapi-amor hacia Cristo no tiene límites, al igual que el amor hacia uno mismo y hacia el prójimo. Debe extenderse por todas partes, hasta los confines de la tierra. En todas partes, hacia todos los seres humanos. Yo quería ir a vivir con los hippies en Matala, por supuesto, sin pecados, para mostrarles el amor de Cristo, cuán grande es y cómo puede cambiarlos, transformarlos. La agapi-amor está por encima de todo. Les contaré esto con un ejemplo.

-Había un asceta que tenía dos discípulos. Trataba mucho de beneficiarlos y hacerlos buenos. Sin embargo, estaba preocupado por si realmente avanzaban en la vida espiritual, si progresaban y estaban listos para el reinado de la realeza increada de Dios. Esperaba una señal de Dios al respecto, pero no recibía ninguna respuesta. Un día, habría una vigilia en el templo de un otro asceterio, que estaba a muchas horas de distancia. En el camino tendrían que pasar por un desierto. Envió a sus discípulos por la mañana para que llegaran temprano y arreglaran el templo, y el Yérontas iría por la tarde. Los discípulos habían avanzado bastante cuando de repente escucharon gemidos. Era un hombre gravemente herido que pedía ayuda:

-Llévenme, por favor, les decía, porque aquí es desierto, nadie pasa, ¿Quién podrá ayudarme? Ustedes son dos. Levántenme y llévenme al primer pueblo.

-¡No podemos! le dijeron. Nos apuramos para ir a la vigilia, recibimos la orden de preparar.

-¡Llévenme, por favor! Si me dejan aquí, moriré, las bestias me devorarán.

-¡No podemos! Qué vamos hacer, tenemos que cumplir con nuestro deber.

Y se fueron. Por la tarde, el yérontas partió hacia la vigilia. Pasó por el mismo camino. Llegó al lugar donde estaba el herido. Lo ve, se acerca y le dice:

-¿Qué te pasó, hombre de Dios? ¿Qué tienes? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Alguien te vio?

-Pasaron por la mañana dos monjes, y les pedí que me ayudaran, pero se apresuraban a ir a la vigilia.

-Te llevaré yo. ¡No te preocupes! -le dijo.

-No puedes tú, eres un anciano, no puedes levantarme, es difícil casi imposible.

-No, te llevaré. No puedo dejarte así.

-Pero no puedes levantarme.

-Me inclinaré, y tú agárrate de mí, y poco a poco te llevaré a algún pueblo cercano. Un poco hoy, un poco mañana, te llevaré.

Y lo tomó con gran dificultad y comenzó a caminar con ese peso en la arena, muy difícilmente. El sudor corría como un río y pensaba: «Incluso en tres días llegaré». Pero a medida que avanzaba, comenzó a sentir que la carga se hacía más ligera, más y más ligera, y en algún momento sintió como si no estuviera sosteniendo nada. Entonces se volvió para ver qué estaba sucediendo y se sorprendió al ver a un ángel sobre él. El ángel le dijo:

-Dios me envió para informarte que tus dos discípulos no son dignos del reinado de la Realeza de Dios, porque no tienen ἀγάπη agapi amor desinteresado e incondicional. (Evergetinós tomo 4, pag 281-286)

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 23-12-2023

 

 

 

 

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