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Ene 01 2024

Acerca de la Iglesia Ortodoxa San Porfirio el Kafsokalivita

ΠΕΡΙ ΕΚΚΛΗΣΙΑΣ

Αγίου Πορφυρίου Καυσοκαλυβίτου – Βίος και Λόγοι

 

Acerca de la Iglesia Ortodoxa

San Porfirio el Kafsokalivita – Vida y Logos

 

 “Entrando en la Iglesia Ortodoxa venimos a Cristo, entramos en lo increado”.

El término Εκκλησία (eklisía) Iglesia

La palabra helénica/griega Εκκλησία (eklisía) Iglesia es el pueblo santo de Dios y especialmente en cada Sinaxis (reunión) que se hace en nombre de Cristo en un lugar determinado (templo).

La Iglesia fue creada por Jesús Cristo con la composición del primer grupo de los doce discípulos y fue establecida con el descenso del Espíritu Santo durante el Pentecostés. La Iglesia es la constante presencia del divino Logos increado y la continuación de la obra redentora de Jesús Cristo.

Se llama Iglesia militante porque sus miembros luchan en el buen combate de la fe. Los miembros que pertenecen en la Iglesia celeste (los difuntos) constituyen la increada Iglesia triunfante junto con la Cabeza de la Iglesia, el Cristo, la Zeotokos, los Ángeles y los Santos. Se llama triunfante porque esta parte de la Iglesia participa desde ahora en la victoria y el triunfo de Jesús Cristo sobre las fuerzas oponentes del mal.

La Iglesia, según la única definición que existe y es del Apóstol Pablo, es el Cuerpo mistérico del Θεάνθρωπος (zeántropos Dios y hombre) Cristo. Es una realidad que es indefinible, si no se vive no se puede definir. Y es vivida también por la persona que se incorpora y permanece incorporada orgánicamente a Ella.

Se debe recalcar desde el principio que, cuando utilizamos el término Iglesia, entendemos la Iglesia Ortodoxa y sólo Ella.

Ninguna otra, de las llamadas “iglesias”, es la verdadera Iglesia, puesto que Una es la Iglesia que ha fundado el Cristo. Sólo la ortodoxa ha mantenido totalmente enteros los dogmas de los siete Sínodos Ecuménicos sin cambiar ni manipular nada, y también la Santa Παράδοση (parádosi, divina entrega y tradición) que son la Santa escritura, los Santos Cánones, los escritos de los Santos Padres, el Culto, los Misterios o Sacramentos, la Iconografía y en general la ética, el carácter y la conducta moral y los dogmas ortodoxos).

La primera Iglesia, sin principio ni fin, increada y pre-eterna, es la Santa Trinidad, las Bienaventuradas Tres Personas. Miembros de la Iglesia son todos los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, todos los fieles que han vivido y han muerto ortodoxamente y todas las Potencias Angelicales las no caídas, como también todos los luchadores y creyentes ortodoxos “en esta vida aquí”.

La eclesiología correcta, es decir, la fe ortodoxa sobre lo qué es la Iglesia y cómo funciona, está conectada estrictamente con la terapia de la psique del hombre, es decir, la Iglesia es el centro psicoterapéutico el Hospital según san Crisóstomo.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo unido inquebrantablemente a Él Mismo, que es la cabeza de Ella. Verdad (dogma) y vida (ética, conducta y actitud moral) es el Cristo, según Su logos inequívoco: «YoSoY el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). (Ver más detalladamente sobre el ´termino Iglesia increada y templo increado en el gran léxico AlfaOmega https://www.logosortodoxo.com/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/).

Grande es el misterio de la piedad

La Iglesia es sin principio, inmutable, eterna e increada, así como su fundador, el Dios Tríadico o Trino, es sin principio, inmutable, eterno e increado. La Iglesia es increada, al igual que Dios es increado. Existía antes de los siglos, antes de los ángeles, “antes de la creación del mundo”, (Efes 1,4). Es el divino fundamento y en ella «habita toda la plenitud de la divinidad o deidad» (Col 2,9). Es el misterio de los misterios. Permaneció oculta y se reveló «en los últimos tiempos» (1Ped 1,20). La Iglesia permanece inmutable e increada, porque está arraigada en la αγάπη agapi (divina energía amor increado, desinteresado e incondicional) y en la sabia providencia de Dios.

La Iglesia eterna e increada está compuesta por las tres personas de la Santa Trinidad. En el pensamiento y en la agapi del Dios Tríadico o Trinitario existían desde el principio también los ángeles y los hombres. Nosotros los hombres no nacimos ahora, dentro de la omnisciencia de Dios existíamos (en pensamiento) antes de los siglos.

La agapi amor incondicional de nuestro Dios nos formó a su imagen y semejanza. Nos incluyó en la Iglesia a pesar de conocer nuestra apostasía. Nos dio todo para hacernos dioses por la χάρις jaris (gracia, energía increada) y gratuitamente. Sin embargo, al abusar de nuestra libertad, perdimos la belleza original, la justicia primitiva y nos alejamos de la Iglesia. Fuera de la Iglesia, lejos de la Santa Trinidad, perdimos el Paraíso, todo. Pero fuera de la Iglesia no hay salvación, no hay vida. Por eso, el corazón compasivo de nuestro Dios Padre no nos dejó fuera de Su agapi el amor increado. Abrió nuevamente las puertas del Paraíso para nosotros, al final de los tiempos, y se reveló en carne.

Con la divina encarnación del unigénito Hijo de Dios, se reveló nuevamente el plan eterno de Dios para la salvación del hombre. Dice el Apóstol Pablo a Timoteo: “Y sin duda alguna es grande el misterio de nuestra fe o piedad como nos lo ha enseñado el Señor: “Que Dios se ha manifestado como hombre, ha sido acreditado por el Espíritu, como impecable y justo Hijo de Dios, visto por los ángeles, ha sido anunciado a las naciones, creído en el mundo, elevado a los cielos con doxa-gloria” (1Tim 3,16). ¡Los logos del Apóstol Pablo son muy densos en conceptos, logos divinos, celestiales!

Dios, en su infinita agapi amor incondicional, de nuevo nos ha vuelto a unir a Su Iglesia a través de la persona de Cristo. Al entrar en la Iglesia Ortodoxa, venimos a Cristo, entramos en lo increado. Nosotros, los creyentes, estamos llamados a convertirnos y hacernos increados por la χάρις jaris (gracia, energía increada), a participar en las divinas energías increadas de Dios, a adentrarnos en el misterio de la divinidad/deidad, a superar nuestra conducta mundana, a morir al «hombre viejo» (Col 3,9) y a convertirnos en dioses/as, ser divinizados. Cuando vivimos en la Iglesia, vivimos en Cristo. Esto es un asunto muy delicado, que no podemos entender por nosotros mismos. Solo el Espíritu Santo puede enseñárnoslo.

Dentro de la Iglesia todos somos uno y Cristo es la cabeza

Cabeza de la Iglesia es el Cristo y cuerpo nosotros los hombres, los cristianos. Dice el Apóstol Pablo: “Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia” (Rom 6,6). La Iglesia y Cristo son uno. El cuerpo no puede existir sin la cabeza. El cuerpo de la Iglesia se alimenta, se santifica y vive con Cristo. Él es el Señor, omnipotente, omnisciente, presente en todas partes, nuestro soporte, nuestro amigo, nuestro hermano. Él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin, el fundamento, el Todo. Sin Cristo, no hay Iglesia. Cristo es el Novio; cada psique-alma es la novia. Cristo ha unido el cuerpo de la Iglesia con el cielo y la tierra, con los ángeles, los hombres y todas las criaturas, con toda la creación de Dios, con los animales, las aves, cada flor pequeña silvestre, cada pequeño insecto. Así, la Iglesia se convirtió en «la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Efes 1,23), es decir, Cristo. Todo está en Cristo y con Cristo, dentro y junto a Cristo. Este es el misterio de la Iglesia.

Cristo se manifiesta en la unidad entre nosotros y en Su αγάπη agapi (amor incondicional), la Iglesia. La Iglesia no soy solo yo, sino también junto con ustedes. Todos somos la Iglesia. Todos están incorporados en la Iglesia. Todos somos uno y Cristo es la cabeza. Un cuerpo, cuerpo de Cristo: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular que tiene su posición adecuada en él y en todo el cuerpo” (1Cor 12,27); Somos uno porque Dios es nuestro Padre y está en todas partes. Cuando vivimos esto, estamos dentro de la Iglesia. Esta es la súplica de nuestro Señor en Su Oración Sacerdotal, “para que sean uno” (Jn 17, 11·22·23), para todos los miembros de la Iglesia. Pues, esto solo se entiende a través de la χάρις jaris (gracia, energía increada). Vivimos la alegría de la unidad, de la agapi amor incondicional. Y nos convertimos en uno con todos. ¡No hay nada más hermoso!

Lo importante es entrar en la Iglesia. Unirnos con nuestros semejantes, con las alegrías y tristezas de todos. Sentirlos como propios, orar por todos, preocuparnos por su salvación, olvidarnos de nosotros mismos. Hacer todo por ellos, como Cristo por nosotros. Dentro de la Iglesia, nos volvemos uno con cada desafortunado, afligido y pecador.

Nadie debe querer salvarse solo, sin que los demás también se salven. Es un error orar solo por uno mismo, para salvarse a sí mismo. Debemos amar a los demás y orar para que nadie se pierda; que todos entren en la Iglesia. Eso tiene valor. Y con ese deseo, uno debe retirarse del mundo, ya sea para ir al monasterio o al desierto.

Cuando nos separamos de nosotros mismos, no somos cristianos. Somos verdaderos cristianos ortodoxos cuando sentimos profundamente que somos miembros del cuerpo místico de Cristo, de la Iglesia, con una relación continua de agapi (amor desinteresado e incondicional). Cuando vivimos unidos en Cristo, es decir, cuando vivimos la unidad dentro de Su Iglesia con el sentimiento de uno. Por eso Cristo ora a Su Padre diciendo: “Para que sean uno” (Jn 17, 11·22·23). Lo dice y lo repite y los Apóstoles lo recalcan en todo. Esto es lo más profundo, el mayor concepto de la Iglesia. Allí se encuentra el Misterio; unirse todos como un hombre a Dios. No hay otra religión así. Ninguna religión dice este tipo de cosas y realidades. Algo dicen pero no este misterio que pide Cristo y nos dice que así debemos hacernos, el Cual quiere que seamos Suyos.

Somos uno incluso con las personas que no están cerca de la Iglesia. Están lejos por ignorancia. Hacer oración para que Dios los ilumine y los cambie, para que ellos también vengan a Cristo. Nosotros estas cosas las vemos humanamente, nos movemos de otra manera y creemos que amamos a Cristo. Pero Cristo que “llueve para todos, justos e injustos” (Mt 5,45), nos dice: “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5,44). Que supliquemos y deseemos estar todos juntos, todos con Dios. Entonces si esto lo vivimos, tendremos los resultados correspondientes, estaremos todos amados e unidos.

Para los hombres de Dios no hay distancia, aunque están miles de kilómetros lejos. En cualquier parte que nos encontremos, estamos todos juntos. Por muy lejos que se encuentren nuestros semejantes, debemos respaldarlos. A mí me han llamado por teléfono hace poco de un estado que está en las orillas del Océano Índico, se llama Derban, -si lo pronuncio bien- está en África del sur, dos horas lejos de Johannesburgo. En concreto estos días han venido aquí para acompañar a un enfermo en Inglaterra y pasaron para leerlos una oración. Me emocioné mucho. Cuando Cristo nos acompaña, no hay distancias. Cuando me vaya de esta vida, será mucho mejor; estaré más cerca de ustedes.

Dentro en la Iglesia avanzamos hacia la inmortalidad.

La Iglesia es una nueva vida en Cristo. En la Iglesia no hay muerte, no hay infierno. Dice el Evangelista Juan: «El que aplica y guarda mis logos jamás probará la muerte» (Jn 8,52). Cristo anula la muerte. Quien entra en la Iglesia se salva, se vuelve eterno. Una sola es la vida, una continuidad infinita, sin fin, no existe muerte. Quien sigue los mandamientos de Cristo nunca morirá. Muere en la carne, en los pazos pasiones y se le concede vivir aquí en el Paraíso, en nuestra Iglesia, y luego en la eternidad. Con Cristo, la muerte se convierte en el puente que cruzaremos en un instante para seguir viviendo en la luz sin crepúsculo, interminable.

Yo también desde que me hice monje, creí que no hay muerte. Siempre he sentido y siento que soy eterno e inmortal. ¡Qué hermoso!

Dentro de la Iglesia, que tiene los divinos Misterios que nos psicoterapian y nos salvan, no hay desesperación. Podemos ser muy pecadores. Confesamos, el sacerdote nos lee, nos perdonamos y avanzamos hacia la inmortalidad, sin ansiedad ni miedo.

Cuando amamos a Cristo, vivimos la vida de Cristo. Si, con la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios, lo logramos, entonces estamos en un estado diferente, vivimos en un estado envidiable. No hay miedo para nosotros. Ni muerte, ni diablo, ni castigo. Todas esas cosas son para las personas que están lejos de Cristo, para los no cristianos ortodoxos. Para nosotros, que somos cristianos ortodoxos y hacemos Su voluntad, allí, como dice, esas cosas no existen. Es decir, cuando el hombre mata al hombre viejo «con sus pazos pasiones y deseos», no le importa al diablo ni al mal. No le preocupa. Lo que le preocupa es la adoración a Cristo, la agapi (amor desinteresado e incondicional) y al prójimo. Cuando llegamos al punto de sentir la alegría, la agapi, la adoración a Dios sin miedo, llegamos a decir: «Ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí» (Gal 2,20). Nadie nos impide entrar en el misterio.

La Iglesia es el Paraíso en la tierra.

Con la adoración a Dios, vives en el Paraíso. Si conoces y amas a Cristo, vives en el Paraíso. Cristo es el Paraíso. El Paraíso comienza aquí. La Iglesia es el Paraíso en la tierra similar al del cielo. El Paraíso que está en el cielo es el mismo que aquí en la tierra. Allí, todas las psiques-almas son una, como la Santa Trinidad es tres personas pero están unidas y forman uno.

Nuestra principal preocupación es dedicarnos y fusionarnos con Cristo, unirnos a la Iglesia. Si entramos en la agapi de Dios, entramos en la Iglesia. Si no entramos en la Iglesia, si no nos convertimos en uno con la Iglesia de la tierra, hay miedo de perder la celestial. Y cuando decimos celestial, no creamos que en la otra vida encontraremos jardines con flores, montañas, aguas y pájaros. Allí no hay bellezas terrenales; es algo distinto, algo muy alto. Pero para que vayamos al algo distinto, debemos pasar por estas bellezas e imágenes terrenales.

Quien vive a Cristo, se convierte en uno con Él, con Su Iglesia. ¡Vive una locura! Esta vida es diferente de la vida de otras personas. Es alegría, es luz, es regocijo, es elevación. Esta es la vida de la Iglesia, la vida del Evangelio, el reinado de la realeza increada de Dios. “El reinado de la realeza increada de Dios está dentro de nosotros” (Lc 17,21). Cristo viene dentro de nosotros y estamos dentro de Él. Y sucede como con un trozo de hierro colocado en el fuego que se convierte en fuego y luz; fuera del fuego, vuelve a ser hierro oscuro, oscuridad.

En la Iglesia ocurre la comunión divina, nos volvemos divinos. Cuando estamos con Cristo, estamos en la luz; y cuando vivimos en la luz, no hay oscuridad. Sin embargo, la luz no está siempre; depende de nosotros. Sucede como con el hierro que, fuera del fuego, vuelve a ser oscuro. Oscuridad y luz no se reconcilian. Nunca podemos tener oscuridad y luz al mismo tiempo. O luz u oscuridad. Cuando enciendes la luz, la oscuridad se va.

Amar mucho la Iglesia

Para mantener nuestra unidad, debemos obedecer a la Iglesia, a sus obispos. Obedeciendo a la Iglesia, obedecemos a Cristo mismo. Cristo quiere que seamos un rebaño con un pastor (Jn 10,16).

Debemos sufrir y amar a la Iglesia mucho. No debemos aceptar que critiquen a sus representantes. En la Santa Montaña Athos el espíritu que aprendí era ortodoxo, profundo, santo, silencioso, sin conflictos, sin peleas y sin condenas ni maledicencias. No debemos creer a los acusadores. Y si vemos algo negativo con nuestros propios ojos, no lo creamos, ni lo pensemos, ni lo transmitamos. Lo mismo se aplica a los miembros laicos de la Iglesia y a cada persona. Todos somos Iglesia. Los que acusan a la Iglesia por los errores que hacen sus representantes, con el propósito supuesto de ayudar para arreglar, cometen un error grande. Estos no aman la Iglesia. Por supuesto tampoco a Cristo. Nos sacrificamos, velamos, hacemos todo igual que “Él que, siendo ultrajado e insultado no respondía con ultrajes e insultos, siendo maltratado no amenazaba con venganza, sino que se ponía en manos de Dios que juzga siempre con justicia” 1Ped 2,23)

Debemos prestar atención al aspecto típico o formal. Debemos vivir los misterios, especialmente el misterio de la Divina Comunión. En estos está la Ortodoxia. Cristo se ofrece a la Iglesia a través de los misterios y, sobre todo, a través de la Divina Comunión o Efjaristía. Les contaré sobre una visita de Dios a mí, el humilde, para que vean la gracia de los misterios.

Hace tiempo me había salido un grano en la espalda, que era muy pequeño, tan pequeño como la cabeza de un alfiler pero me dolía mucho. El dolor se expandía en gran parte de la parte izquierda de la espalda. Era insoportable. En mi celda en Mílesi habíamos celebrado el Misterio de la bendición de Oleos. Así tal como me dolía me hicieron la señal de la cruz ungiendo con óleo santo y el dolor desapareció de inmediato. Y me había alegrado tanto por la visita de Dios, de modo que cualquiera que viniera le decía: toma de este óleo santo y cualquier dolor que tengas ponlo.

Perdonad que os diga estas cosas, pero son para la doxa (gloria y gracias) de Dios.

Pentecostés “…todos quedaron llenos del Espíritu Santo”

En Pentecostés, la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios se derramó no solo sobre los apóstoles sino también sobre todo el mundo que los rodeaba. Influenció a creyentes e incrédulos. Cómo se dice en los Hechos: “Al llegar el día de pentecostés, estaban todos juntos una piña o unidos en una psique-alma en el mismo lugar. Y de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban sentados los discípulos. Y se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar y predicar en lenguas extranjeras verdades altísimas, según les iluminaba el Espíritu Santo y les otorgaba la fuerza para expresarse. Había durante aquel día en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír el ruido viniendo del cielo, la multitud se reunió allí y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua y dialecto” (Hec 2, 1-6).

Mientras el Apóstol Pedro hablaba en su propio idioma, la lengua se transformaba en el nus (espíritu de la psique) de los oyentes. De manera misteriosa, el Espíritu Santo les hizo entender sus palabras en su propio idioma, secretamente, sin que se viera. Estos milagros ocurren con la acción del Espíritu Santo. Por ejemplo, la palabra «casa» para alguien que conocía el francés sonaría como «la maison». Era una especie de clarividencia; escuchaban su propio idioma. El sonido golpeaba el oído, pero internamente, con la iluminación de Dios, las palabras percibían y se escuchaban en su propio idioma. Los Padres de la Iglesia no revelan muy claramente esta interpretación de Pentecostés, temen la distorsión. Lo mismo sucede con el libro del Apocalipsis/Revelación de Juan. Los no iniciados no pueden entender el significado del misterio de Dios. A continuación, dice, “impresionados, el temor se apoderó de cada psique-alma…”. Este ‘temor’ no era miedo. Era algo diferente, algo extraño, algo incomprensible, algo que no podemos decir. Era reverencia, era plenitud, era χάρις jaris (gracia, energía increada). Era la plenitud bajo la χάρις jaris divina. En Pentecostés, las personas se encontraron repentinamente en un estado de θέωσις zéosis (divinización, deificación) que las dejó perplejas. Así, cuando la χάρις jaris divina los cubría, los volvía a todos locos, en el buen sentido, los impresionaba y los emocionaba. Era un entusiasmo, una situación de locura espiritual.

“Todos los días acudían con celo, entusiasmo juntos al templo, partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando del favor y respeto de todo el pueblo. El Señor añadía a la Iglesia cada día también a otros fieles que entraban por el camino de la salvación” (Hec 2, 46-47).

La “partición del pan” era la Comunión Divina. Y los salvados seguían aumentando, ya que veían a todos los cristianos “alabando a Dios con alegría y sencillez de corazón”. Esto es entusiasmo y, nuevamente, locura divina. Cuando experimento esto, lo siento y lloro. Voy al acontecimiento, vivo el evento, lo siento y me emociono y lloro. Esto es la divina χάρις jaris (gracia, energía increada). Esto es también agapi amor incondicional por Cristo. Lo que los apóstoles vivían entre ellos y sentían toda esa alegría, luego sucedía con todos bajo el cielo. Es decir, se amaban, se regocijaban el uno en el otro, se habían unido entre ellos. Esta experiencia irradia y la viven también los otros.

“Todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola psique-alma, de modo que constituían una sociedad y comunión espiritual, y nadie llamaba propia cosa alguna de cuantas poseían, sino que tenían en común todas las cosas para uso de todos” (Hec 4,32). El libro de los Hechos habla de vida cenovítica, en común o en monasterio. Aquí está el misterio de Cristo. Es la Iglesia. Las palabras más bellas sobre la primera Iglesia están aquí.

La Iglesia Ortodoxa transforma al ser humano, lo psicoterapia y lo sana.

Nuestra Ortodoxia es la religión de las religiones, si es que se podría llamar religión, la pragmática que proviene por apocálipsis/revelación y ha religado y religa al hombre con Dios mediante el Logos increado de Dios hecho hombre, el Θεάνθρωπος Zeánzropos Dios-Hombre, Cristo. Las otras religiones no conocen la grandeza del Dios Tríadico o Trinitario; no conocen que nuestro propósito y objetivo es convertirnos en dioses/as por la χάρις jaris (gracia, energía increada), hacernos semejantes al Dios Tríadico y uno con Él y entre nosotros. Estas realidades son desconocidas para las demás religiones y los heterodoxos. El propósito último de nuestra Iglesia Ortodoxa es “…ἵνα ὦσιν ἓν…para que sean uno” (Jn 17: 11·21·22·23). Aquí se completa la obra de Cristo. Nuestra Ortodoxia es αγάπη agapi (divina energía amor increada, desinteresado  e incondicional) es pasión, es entusiasmo, es locura, es anhelo de lo divino; todo esto está dentro de nosotros. Es una demanda de nuestra psique-alma a adquirirlos.

Pro Sin embargo, para muchos, la religión es una lucha, una ansiedad, una angustia y una agonía. Por eso, muchos de los “religiosos” los consideran desdichados y desgraciados, al ver el mal estado se encuentran. Y esto es verdad. Porque si alguien no comprende la profundidad de la religión y no la vive, esta se convierte en una enfermedad terrible. Tan terrible que la persona pierde el control de sus acciones, se vuelve impotente y débil, tiene ansiedad, depresión y angustia, y actúa bajo el mal espíritu. Se arrepiente, llora, grita, se humilla supuestamente, y toda esa humillación o aparente humildad es una acción y energía satánica. Algunas de esas personas se infiernan y viven la religión como un tipo de infierno; en la Iglesia realizan penitencias, prosternaciones, se santiguan, dicen que ‘somos pecadores, indignos’, y tan pronto como salen, comienzan a blasfemar contra lo divino cuando alguien los molesta un poco. Se evidencia claramente la presencia de un demonio en medio de estas situaciones (Ver https://www.logosortodoxo.com/la-religion-es-una-enfermedad/ )

En realidad, la Ortodoxia Cristiana, es decir, la Iglesia Ortodoxa, transforma al ser humano, lo psicoterapia y lo cura. No obstante, la condición fundamental para que el ser humano perciba y distinga la verdad es la humildad. El egoísmo oscurece el nus (espíritu de la psique), el corazón del ser humano, lo confunde y lo lleva al error y la herejía. Es crucial que el ser humano comprenda la verdad.

En tiempos antiguos, los hombres que vivían en una situación primitiva, sin hogar ni comodidades, ni nada;  estaban en cuevas cerradas sin ventanas, cerraban la entrada con piedras y ramas para evitar el aire. No entendían que fuera de la cueva estaba la vida, el oxígeno. Dentro de la cueva, el ser humano se deteriora, se enferma y se destruye, mientras que fuera se regenera y revive. ¿Puedes entender la verdad? Entonces estás en el sol, en la luz, ves todas las grandezas; de lo contrario, estás en una cueva oscura. Luz y oscuridad. ¿Cuál es mejor? ¿Ser apacible, manso, humilde, tranquilo, magnánimo, tener amor dentro de ti, o ser nervioso, angustiado y pelear con todos? Claramente, lo superior es la αγάπη agapi (divina energía amor increada, desinteresado  e incondicional). Nuestra Ortodoxia, nuestra Iglesia Ortodoxa posee todos estos bienes y es la verdad. Sin embargo muchos optan por otros caminos.

Aquellos que niegan esta verdad están enfermos psíquicamente. Son como los hijos enfermos que, al faltarles sus padres o al separarse o pelearse, no se han adaptado. En las herejías van todos los confundidos y enredados; son hijos confundidos de padres confundidos. Pero todos estos confundidos e inadaptados tienen un vigor, una persistencia y logran muchas cosas. Someten a las personas normales y tranquilas, porque influencian también otros semejantes y aventajan también al mundo, al ser muchos y encuentran seguidores. También hay otros que, sin negar la verdad, están confundidos, enredados y enfermos psíquicamente.

El pecado vuelve al ser humano muy confuso psíquicamente. El enredo y la confusión no se desvanecen con nada más que con la luz (increada) de Cristo. Cristo hace el primer movimiento e inicia el proceso: “Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente” (Mt 11,28). Luego, nosotros, los humanos, recibimos esta luz con nuestra libre buena voluntad, expresada con nuestro amor hacia Él, mediante la oración y la participación en la vida de la Iglesia y los Misterios/Sacramentos.

Muchas veces ni el esfuerzo ni las prosternaciones ni santiguarse, atraen la χάρις jaris (gracia, energía increada). Hay secretos, misterios. Lo más importante es alejarse de la forma y dirigirse a la esencia. Todo debe hacerse por αγάπη agapi (divina energía amor increada, desinteresado  e incondicional).

La agapi siempre requiere hacer sacrificios. Lo que haces por imposición u obligación provoca una mala reacción de la psique-alma y es rechazado. La agapi atrae la χάρις jaris (gracia, energía increada) de Dios. Cuando llega la divina jaris vienen los χαρίσματα jarismas (carismas, dones) del Espíritu Santo: «22 Los frutos del Espíritu son: agapi-amor, alegría, paz, magnanimidad-generosidad-tolerancia, cristotis-benignidad, bondad, fe, [22. Pero el fruto que produce el Espíritu Santo a los de libre buena voluntad y corazones con fe es: 1) la agapi-amor incondicional para todos, 2) alegría por la redención que concede el Cristo, 3) paz que proporciona la conciencia bondadosa, 4) magnanimidad o tolerancia hacia los que nos perjudican y son culpables ante nosotros, bondad para tener buena disposición de ser serviciales hacia los demás, bondad en el corazón, veracidad en nuestros logos y promesas, y] 23. apacibilidad-mansedumbre, continencia-autodominio y alejamiento de deseos y praxis viles y malignas; contra estas cosas no hay ley. [23. más 6) apacibilidad o mansedumbre frente a los se comportan de modo iracundo y resentido ante nosotros y 7) continencia o autodominio para evitar toda codicia  y deseo perverso y praxis viles y malignas]. Contra estos hombres que tienen estas virtudes no existe ni tiene validez la ley» (Gal 5, 22-23).

El ser humano con Cristo se vuelve agraciado, lleno de jaris y así vive por encima del mal. Para él, el mal no existe; solo existe Dios y no puede existir el mal. Es decir, al tener la divina luz (increada), no puede haber oscuridad ni puede penetrar la oscuridad, ya que posee la divina luz increada.

Añadido por el traductor: La Iglesia Ortodoxa

El cristianismo ortodoxo es: “El Logos increado se hizo sarx (cuerpo y carne)” Jn,1,2. El Dios se hizo hombre, es decir, la encarnación, humanización de Dios que se revela, apocalipta en los hombres, esto que dice el Apóstol Pablo: “El Dios se reveló, apareció y se manifestó en sarx (cuerpo y carne). El cristianismo ortodoxo es apocálipsis (revelación) de Dios en el nus y corazón espiritual. No es el hombre quien busca a Dios, sino que Dios busca al hombre. Es un movimiento de arriba hacia abajo.

Cuando hablamos sobre la Ortodoxia no debemos repetir el error de Pilato, cuando preguntó a Cristo: “Qué es la verdad” (Jn 18,38). Lo correcto, lo ortodoxo es preguntar: “Quién es la verdad”. Porque la verdad no es una idea, una teoría, un sistema, sino persona, la Santísima Persona del Humanizado Logos de Dios, Jesús Cristo. De manera similar, al hablar de la Ortodoxia, debemos preguntar lo mismo, ya que se identifica con la tentrópina (divino-humana) Persona del Logos de Dios. Él, como Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios y hombre), es nuestra Ortodoxia, nuestra Verdad completa.

Si quisiéramos definir convencionalmente el Cristianismo como Ortodoxia, diríamos que es la experiencia de la presencia del Increado (Dios) dentro de la historia y el poder de lo creado (el hombre) convertirse y hacerse Dios “por la jaris, energía increada”. Con la presencia continua, entregada de Dios en Cristo en la realidad histórica, el Cristianismo ortodoxo ofrece al hombre el poder de la zéosis, similar a cómo la ciencia médica le proporciona la posibilidad de mantenimiento o apocatástasis (restablecimiento) de su salud, pero en los dos casos dentro de un proceso y una forma de vida concreta.      

El papel de la Iglesia Ortodoxa es la “psicoterapia” terapia de la psique-alma del hombre, siendo esta su ocupación principal. El propósito de la presencia de la Iglesia en el mundo como κοινωνία kinonía (comunión, conexión y sociedad) en Cristo es la psicoterapia y sanación del hombre para su restablecimiento de la comunión, la conexión del corazón con Dios, es decir, el correcto funcionamiento noeró espiritual, (del nus, espíritu humano). Según el bienaventurado Padre y catedrático Romanidis: “La tradición patrística no es una filosofía social, ni un sistema ético, tampoco un dogmatismo religioso, sino una instrucción “psicoterapéutica”, terapéutica y sanadora. En este punto se parece mucho con la Medicina principalmente con la psiquiatría. (ver https://www.logosortodoxo.com/teologia-patristica-ortodoxa/)

Traducción xX Χρῆστος Χρυσούλας, jJ Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com, 01/01/2024

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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