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Abr 16 2025

Jueves Santo

Jueves Santo
†Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio Gregorio del Monte Athos

En el día de hoy, nuestra Iglesia “hace memoria” de la Cena Mística del Señor, durante la cual tuvo lugar la institución, por parte del Señor, de los terribles (sagrados) misterios de la Divina Eucaristía, de Su Cuerpo y de Su Sangre. Así se cumplieron Sus logos: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo» y «Bebed todos de él; porque esto es mi sangre, la de la nueva alianza (testamento), que por muchos es derramada para el perdón de los pecados» (Mateo 26:26-28).

Así el Señor dejó a la humanidad una fuente que mana eternamente la θέωσις (divinización, glorificación, deificación) de los hombres, el perdón y la remisión de sus pecados y su vivificación: Su Santísimo Cuerpo y Su Sangre. Sin ellos no existiría la Iglesia. Porque existe el Cuerpo y la Sangre de Cristo, existe la Iglesia. Por eso hoy no celebramos solamente el día del nacimiento del misterio de la Divina Efjaristía, sino de algún modo también el día del nacimiento de la Iglesia. ¡Gran es la fiesta! ¡Grande es la donación!

Sin embargo, hay una excepción triste. Judas no permaneció hasta que se completara el misterio de la Eucaristía, sino que se fue, porque estaba tramando la traición. Luego se arrepintió de lo que había hecho, pero sin el debido arrepentimiento, y regresando, arrojó las treinta monedas de plata y «se fue y se ahorcó» (Mateo 27:3-5). Y el himno de la Iglesia dice que Judas «no vio la Resurrección» (segundo stíjiron del Orthros-maitines del Jueves Santo).

Ese fue el drama de Judas. No vio la Resurrección. Mientras que los otros discípulos, que permanecieron en la Última Cena, permanecieron en la Divina Efjaristía, permanecieron en la Iglesia -aunque tuvieron dificultades, aunque también ellos como humanos cayeron -recordemos al apóstol Pedro: negó al Maestro, pero no lo abandonó, porque se arrepintió sinceramente-, ellos vieron la Resurrección. Mientras que Judas, el desdichado, no pudo ver la Resurrección.

Y lo que sucedió con los discípulos de aquella época, también sucede con nosotros hoy. Todos los que permanecemos en la Iglesia luchando, arrepintiéndonos, confesándonos, todos los que intentamos, en la medida de lo posible sin condenación, participar de los inmaculados misterios del Cuerpo y la Sangre del Señor, nosotros, con la Χάρις (Jaris: energía increada) de Dios, vemos la Resurrección, vemos al Resucitado, porque la Resurrección es Cristo, y Cristo está en la Divina Efjaristía y en la Iglesia.

Pero los que se alejan de la Iglesia, los que desprecian los inmaculados Misterios o los que se muestran indiferentes hacia ellos, no ven la Resurrección. Y puede que carguen con cruces en su vida, pero esas cruces son sin esperanza, sin resurrección. Mientras que las cruces de los cristianos son con esperanza, son con resurrección.

Prestemos atención a esto, hermanos. El hombre moderno, debido a su orgullo, no quiere permanecer en la Iglesia con humildad, no quiere comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y por eso no tiene experiencia de la Resurrección, como decimos en el himno: «habiendo recibido la experiencia de la Resurrección» (tercer stíjiron, tono tercero, Orthros del Domingo). Porque no hay Resurrección fuera de la Iglesia, fuera del Misterio de la Divina Eucaristía.

Pidamos al Señor que nos ayude a todos, porque todos tenemos debilidades y aún dentro de nosotros está el hombre viejo. Que nos ayude, en primer lugar, a valorar profunda y debidamente este grandísimo regalo o don de Su αγάπη (agapi: amor incondicional desinteresado): el Misterio de la Divina Efjaristía. Y en segundo lugar, que nos haga dignos de participar dignamente de Su santísimo Cuerpo y Sangre.

Porque cuanto más dignamente comulgamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tanto más es vencida la muerte dentro de nosotros, y tanto más nos convertimos en «hijos luminosos de la Iglesia» (Irmos, quinta oda, segundo Canon de Pentecostés) y de la Resurrección. Y ya tenemos resurrección en nuestra vida, ya vivimos la resurrección, y el miedo a la muerte ha sido vencido, y la resurrección para nosotros no es algo que esperamos solo en el siglo futuro, sino una realidad que ya ha comenzado en esta vida.

Que Dios, entonces, nos ayude. Que el Señor Jesús Cristo, que entregó con amor hacia los hombres este santísimo Misterio, nos guíe a todos y nos ilumine hacia el conocimiento de esta verdad sobre Su santo Misterio.

† Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio Gregorio del Monte Athos

JUEVES SANTO

Georgios Dorbarakis

El Jueves Santo, nuestros Santos Padres nos entregaron para celebrar cuatro cosas: el Santo Lavatorio, la Última Cena, la sobrehumana oración (de Cristo en Getsemaní) y también la traición de Judas. El tropario que resume y conecta la mayoría de estos eventos, señalando sus implicaciones también en nuestra propia vida, es principalmente el *Oikos* del *Kontakion* de los maitines del día: “Después de que todos nos acerquemos con temor de Dios a la Mesa o Cena Mística, recibamos el pan santificado con las almas puras, permaneciendo junto al Señor Cristo, para ver cómo lava los pies de sus discípulos y los seca con el lienzo. Y actuemos exactamente como vimos, es decir, sometiéndonos unos a otros y lavándonos los pies unos a otros. Porque el mismo Cristo así lo ordenó a sus discípulos, tal como lo había anunciado. Pero Judas, el siervo y traidor, no escuchó”.

  1. «Recibamos el Pan»

Ὁ ὑμνογράφος (himnografos: compositor de himnos divinos en Espíritu Santo), expresando la fe de la Iglesia, nos invita a tomar parte en la Cena Mística, para comulgar de los Inmaculados Misterios. Nos encontramos en el centro de nuestra Iglesia, el Misterio de la Divina Efjaristía, que fue constituido exactamente este día por el Señor, durante la Cena Mística.

El Señor en esta Cena celebró por primera vez sobre la tierra la Divina Liturgia, invitando a Sus discípulos a comer Su santo cuerpo y beber su preciosa Sangre.Tomad y comed, porque este es mi cuerpo y bebed de este caliz todos, porque esta es mi sangre son las palabras que constituyen el Misterio de la Divina Efjaristía, las cuales se repiten desde entonces en cada asamblea de fieles, según el mandamiento del Señor “haced esto en memoria mía, perpetuando precisamente en Espíritu la Cena Mística.

La Divina Liturgia así se entiende por nuestra Iglesia: como la continuación de la Cena Mística, por eso, siempre fue considerada como el centro de la Iglesia, como hemos dicho. Sobre este Misterio fueron tejidos, también todos sus demás Misterios de la Iglesia. Y esto es, podríamos decir, lógico: el Señor, que viniendo al mundo nos ha salvado, en el sentido que nos ha incorporado en Sí Mismo y así nos reconcilió con el Dios, –algo que se activa para el creyente desde el momento en que es bautizado y crismado en el nombre del Dios Triádico-  Él mismo nos alimenta con Su cuerpo y sangre, para que esta relación con Él se mantenga viva y se desarrolle “hasta llegar todos en hombres perfectos, en la medida de la plenitud de la edad de Cristo”, (Ef 4,13).

  1. El himnografo, pues, nos llama y nos invita a comulgar el “Pan”, pero recordando también las condiciones previas de esta comunión: el temor y pureza de la psique-alma. Es decir, la participación en la Divina Comunión o Efjaristía no se hace sin condiciones. La participación en la Divina Comunión no se da Una participación en los santos Misterios sin la debida μετάνοια (metania:introspección, arrepentimiento y confesión) y sin conciencia, crea las condiciones para una repetición de la posesión demoníaca de Judas. No olvidemos que Judas también comulgó, pero con la traición en desarrollo y con el resultado de ser poseído por el demonio y arruinarse. Y esto ocurrió porque el pan bendecido actúa en el interior del ser humano activando lo que encuentra en su alma-alma: φιλοθεΐα (filozeía: amor a Dios) o μισανθρωπία (misanzropía: odio al hombre). Como la lluvia, que al caer en la tierra hace germinar tanto las buenas semillas como las malas hierbas. Así, uno puede comulgar y, en lugar de mejorar en su camino espiritual, empeorar. Por lo tanto, Según el himnografo, las condiciones son el temor de Dios y la pureza de la psique-alma.
  2. «Permaneciendo junto al Soberano»

Todo lo que ocurrió en la Última Cena tiene un carácter arquetípico (original), lo que significa que, por desgracia, muchos cristianos siguen el ejemplo de Judas, quien comulgó en estado de traición a Cristo y luego se marchó para consumarla.

El himnoghrafo nos exhorta a permanecer juntos con Cristo y allí Le veremos lavar los pies de los discípulos y secándolos con el lienzo, de modo que también nosotros adoptemos la misma actitud hacia cada prójimo: «sometiéndonos unos a otros y lavándonos los pies mutuamente».

En otras palabras, la correcta participación en la Divina Eucaristía conduce a una auténtica imitación de la vida de Cristo, es decir, a la humildad y al servicio amoroso de los demás. Como lo expresó el gran novelista ruso y profundo analista de la psique-alma humana, Fiódor Dostoyevski, en su última obra *»Los Hermanos Karamazov»:

«Frente a ciertos pensamientos, el hombre se queda desconcertado, especialmente ante la visión del pecado humano, y se pregunta si debe combatirlo con violencia o con humilde amor. Siempre debes decidir: Si has decidido sobre esto una vez para siempre, puedes conquistar el mundo entero. La humildad llena de agapi-amor es una potencia y energía tremenda: es la más poderosa de todas las cosas y no hay nada que se le parezca.»

Participación en la Divina Efjaristía y enemistad hacia el semejante o injusticia por parte nuestra cometida contra él, o “pisoteo” de su personalidad de cualquier manera, no pueden coexistir. El himnografo lo dice claro: Cristiano significa contemplar y seguir a Cristo dentro de los marcos efjarísticos, es decir, dentro del marco eclesial, eclesiásticamente, viviendo siempre Su humilde agapi-amor. Cualquier otra cosa equivale a caer a la malicia, la falacia y traición de Judas. Amín. παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

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