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Oct 09 2025

Sobre la Conducta Excelente, San Gregorio Palamás

Sobre la Conducta Excelente

San Gregorio Palamás

Homilía Basada en el versículo 6:31: “Y así como queréis que los hombres os hagan, haced vosotros con ellos de la misma manera” (Domingo II de Lucas [Lc 6,32–36]).

 

Aquel que formó con especial cuidado nuestros corazones, que observa todas nuestras obras, como dice el salmista: “Desde su morada preparada observa a todos los habitantes de la tierra; Él, que formó los corazones de todos, comprende todas sus obras” (Sal 32,15), Desde su majestuosa y firmemente establecida morada celestial, Él dirigió su mirada que todo lo abarca hacia todos los habitantes de la tierra, y observa a cada uno de ellos y todas sus obras. Los observa de un modo infalible Aquel que, sin ayuda de nadie, formó sus corazones, y que comprende sus acciones en toda su profundidad y amplitud, conociendo incluso los secretos motivos de los que proceden. Aquel que se manifestó en la carne y se dignó ser nuestro maestro, ahora, al recrearnos —ya que nos habíamos corrompido—, nos pide aquello mismo que, al crearnos, había sembrado originariamente en nuestras psiques-almas.
Porque en el principio, Él nos formó de modo acorde con la enseñanza futura, y después nos entrega una enseñanza que corresponde a aquella primera creación, sin hacer otra cosa que rectificar y purificar la belleza de su criatura, la cual había sido oscurecida por la entrada del pecado.

Esto se muestra más claramente en el pasaje evangélico que hoy se lee y se nos propone para explicación. Dice: “Y así como queréis que los hombres os hagan, haced vosotros con ellos de la misma manera” (Lc 6,31)

Con razón había predicho el profeta Isaías: “Su firme decisión de castigar el mal y recompensar el bien la llevará a cabo en toda la tierra habitada” (Is 10,23),

Porque en esta sola y breve sentencia incluyó toda virtud, todo mandamiento y casi toda buena acción y disposición del alma. Por eso, según el evangelista Mateo, después de haber dicho esto el Señor añadió: «Porque esta es la ley y los profetas (es decir, en esencia y resumidamente, amar al prójimo como a uno mismo)» [Mt 7,12: «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlas también vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas (esto es, en resumen, amar al prójimo como a uno mismo)»].

En efecto, resumiendo en otro lugar, dijo que toda la Ley y los Profetas dependen de dos mandamientos: del amor a Dios y del amor al prójimo [Mt 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»].

Pero ahora ha reducido todo a uno solo, comprendiendo no sólo la justicia conforme a la Ley y a los Profetas, sino también toda forma de beneficencia entre los hombres. Porque ahora no legisla sólo para un único pueblo, sino para todo el universo; más aún, para todos los que se han acercado a Él por la fe, de entre todas las naciones que hay bajo el cielo.

Y no solo lo incluye todo, sino que muestra además que cada uno de los mandamientos que Él nos dio está impreso en nosotros por naturaleza.
Precisamente esto es lo que nos enseña Santiago, el hermano del Señor, cuando dice: “Por lo cual, desechando de vuestras psiques-almas toda inmundicia, vicio y abundancia de malicia, recibid con magnanimidad y apacibilidad el logos evangélico implantado en vosotros por Jesús Cristo, el cual solo puede psicoterapiar, redimir  y salvar vuestras psiques-almas” (Sant 1,21) [Arrojad lejos de vuestras almas, como un vestido impuro, toda suciedad y contaminación moral, y todo exceso en vuestros pensamientos, palabras y obras, lo cual, por ser exceso, proviene de la malicia; y recibid con mansedumbre el logos evangélico que fue plantada en vosotros por vuestra regeneración en Cristo y que tiene poder para salvar vuestras almas.]

Esto mismo también lo anunció previamente Dios por medio de Jeremías, diciendo: «He aquí que vienen días, dice el Señor, y haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva;
no según la alianza que hice con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque ellos no permanecieron en mi alianza, y yo los desatendí, dice el Señor. Porque ésta es mi alianza que estableceré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones, y seré para ellos Dios, y ellos serán para mí pueblo»
(Jer 38,31-33 [=Jer 31,31-33 LXX]), [: «He aquí que vienen días, dice el Señor, y estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá —con el nuevo Israel de la jaris-gracia— una nueva alianza. Esta nueva alianza no será como aquella que hice con los antepasados del antiguo Israel y de Judá el día en que los tomé de la mano para sacarlos libres de la tierra de Egipto. Aquella alianza será anulada, porque ellos no permanecieron fieles a mi pacto; por eso también Yo los desatendí, dice el Señor. Porque esta es la nueva alianza que haré con la casa del nuevo y espiritual Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes de manera que sean comprendidas y aceptadas en su mente, y las escribiré no en tablas de piedra, sino en lo más profundo de sus corazones; y seré para ellos Dios, y ellos serán para Mí pueblo escogido»]

Porque el querer algo conscientemente es una propiedad de la mente.
Y puesto que, en esta ley natural implantada, el Señor mostró ahora inscritos todos los preceptos evangélicos, manda y legisla que vivamos conforme a ellos; porque ha infundido en nuestra naturaleza el conocimiento de lo que debe hacerse, por ser Él bueno y amigo del hombre.

Y no sólo mostró el Señor como innato cada mandamiento evangélico mediante esta exhortación principal al decir: «Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced también vosotros con ellos de la misma manera», sino que también lo mostró como justo y fácil, provechoso y comprensible para todos, y evidente por sí mismo.

¿Pues qué? ¿No sabes que encolerizarte contra tu hermano y ultrajarlo, y especialmente sin causa, es algo malo? ¿Y cómo tú no quieres sufrir de él ira o insulto, y ni siquiera llegas a esta conclusión tras reflexión,
sino que inmediatamente te molestas por la ira y la injuria dirigidas contra ti, y las evitas de toda manera, porque no las soportas, sin duda por considerarlas malas, ilícitas e inconvenientes?

Así también consideras la mirada lasciva o curiosa hacia tu esposa por parte de otro; así también consideras no sólo la mentira dicha contra ti, sino también la dicha hacia ti por cualquiera.
Y, en general, tenemos esta misma disposición respecto a todas las cosas prohibidas por el mandamiento evangélico.

¿Qué debemos decir de las acciones pecaminosas que ya estaban prohibidas por la antigua Ley: el homicidio, el adulterio, el perjurio, la injusticia y las semejantes? Y asimismo de las virtudes contrarias a éstas, ¿y cómo apreciamos a aquellos que las practican en nuestro favor? ¿Ves que conoces cada una de las virtudes y juzgas que son justas y provechosas? ¿Y no sólo eso, sino también que son fáciles? Porque, de otro modo, no considerarías muy reprochable a quien se enoja contra ti, o miente, o trama algo contra ti, si pensases que es difícil o imposible abstenerse de cada una de estas cosas.

No debe suceder, por tanto, que cuando tú eres maltratado por otro -injuriado, engañado o perjudicado, juzgues rectamente, pero cuando tú mismo injurias, haces injusticia o intentas engañar a tu prójimo, juzgues sin emitir el mismo juicio acerca de las mismas cosas. Sino que, como juez sobrio, las cosas malas que no quieres padecer de otro, en modo alguno las hagas tú tampoco al otro; y las cosas buenas que deseas que te sean hechas por otro, haz tú también esas mismas hacia él.

Pides algo a alguien -quizá ayuda o alguna otra necesidad- y deseas sin duda recibirlo, porque lo consideras bueno. ¿Por qué no, entonces?
Así pues, cuando otro te pide algo, apresúrate a mostrarte semejante, y considera bueno y obra de tal modo que también él reciba de ti.

Pero ¿y si aquel te pide algo más de lo que tienes? Muestra, con lo que posees, que aunque tuvieras más, se lo darías; «porque si existe la buena voluntad -dice Pablo-, es aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» [2 Cor 8,11ss: «Ahora, pues, completad también el hacer, de modo que, así como hubo la prontitud de querer, así también haya el cumplimiento según lo que tengáis»].

¿Quieres ser amado por todos, obtener perdón y consideras pesada e insoportable la censura, especialmente cuando has faltado poco?
Ama, pues, tú también a todos, concede de buen grado el perdón, abstente del juicio malo, viendo de algún modo en cada hombre a ti mismo, y así decidiendo, y así disponiéndote, y así actuando.

«Porque esta es la voluntad de Dios: que con vuestro ejemplo haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos que os critican y juzgan sin conocer quiénes sois» [1 Pe 2,15], es decir, de aquellos que están entre nosotros y nos odian sin causa, y que no quieren conceder a otros aquello mismo que desean recibir de otros.

En verdad, ¿cómo no es insensato quien, teniendo la misma naturaleza, no quiere lo mismo ni emite el mismo juicio, aunque en nosotros existen naturalmente tanto este juicio como esta voluntad?
Porque todos, por nuestra naturaleza, somos movidos espontáneamente hacia el deseo de ser amados y beneficiados por todos, así como también por nosotros mismos.
Por consiguiente, también la voluntad de hacer el bien y de estar bien dispuestos hacia todos, como lo estamos hacia nosotros mismos, está implantada en nosotros por naturaleza. Y esto, porque todos hemos sido hechos a imagen de Dios; pero, como el pecado penetró y se multiplicó, no extinguió, en verdad, el amor de cada uno hacia sí mismo —pues en nada se opone a aquel—, sino que el amor entre nosotros, como cima de las virtudes, lo enfrió, lo alteró y lo corrompió.

Por eso, Aquel que renueva nuestra naturaleza y la llama de nuevo a la gracia de su imagen, dando Sus leyes, según el logos profético, en nuestros corazones [Jer 38,33 (LXX = Jer 31,33)], dice: «Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced también vosotros con ellos de la misma manera» [Lc 6,31]; y también: «Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tenéis? Pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto» [Lc 6,34].

Aquí llama “pecadores” a aquellos que no llevan Su nombre y a los que no conducen su vida conforme a su Evangelio, pues los incluye a todos bajo un solo nombre, mostrando con esto que no hay provecho alguno en ser llamados cristianos si con nuestras obras no nos diferenciamos de los gentiles. Así como decía el gran Pablo a los judíos: «La circuncisión ciertamente es útil, si cumples la ley; pero si no la cumples, da igual que estés circuncidado o no lo estés» [Rom 2,25], es decir, que, aunque estés circuncidado, esto no te aprovecha en nada. Porque la circuncisión tiene valor si guardas los preceptos de la Ley; pero si eres transgresor de la Ley, tu circuncisión pierde todo valor ante Dios y viene a ser como la incircuncisión; y, por tanto, tú también eres como si no estuvieras circuncidado.

Así también ahora Cristo nos dice a nosotros por medio del Evangelio que:
«Para vosotros, los míos, habrá gracia junto a mí si guardáis mis mandamientos; pero si realizáis las obras de los pecadores y nada más —amando a los que os aman y haciendo el bien a quienes os hacen el bien—, no tendréis por ello ninguna confianza ni libertad de palabra ante mí». Y: «Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué clase de gracia es la vuestra y la recompensa que merecéis? Porque los pecadores también aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores dan prestado a los pecadores para recuperar lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso hacia todos. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Dad con alegría a los necesitados, y se os dará por parte de Dios una buena medida, rellena y rebosante; porque con la medida con que medís seréis medidos y recompensados también vosotros de Dios» (Luc 6, 31-38).

Y no dice tales cosas para apartar a quienes aman de amar, ni a quienes hacen el bien de seguir haciéndolo, ni tampoco para impedir que presten a aquellos de quienes van a recibir de nuevo lo mismo; sino que presenta cada una de estas obras como carente de recompensa, porque reciben ya aquí su retribución y no aportan ninguna gracia al alma, ni la purifican de la mancha del pecado impresa en ella. Por tanto, si tales obras están presentes, no traen al alma ningún provecho ni gracia a modo de recompensa contraria; si, en cambio, están ausentes, ocasionan mucha censura y daño. Pues quienes no aman siquiera a los que los aman y los cuidan son peores que los publicanos y los pecadores; y, con cuánta mayor razón, aquellos que a sus bienhechores les devuelven lo contrario, con obras o con palabras.

Tales son, en efecto, también los que se enfurecen contra los gobernantes de la ciudad, los cuales precisamente se preocupan cada día con gran solicitud por ellos; los que no muestran el debido favor hacia los reyes establecidos por Dios; los que no se humillan bajo la poderosa mano de Dios, sino que desobedecen a la Iglesia de Cristo y se irritan en vano contra los pastores de la Iglesia, quienes se interesan por ellos y desean, oran y obran con todas sus fuerzas todo bien y toda utilidad para ellos.

Y asimismo, aquellos que no quieren prestar a quienes prometen devolver lo mismo en el tiempo convenido, mientras exigen intereses, y aun elevados, y sin ellos no permiten siquiera que se manifieste el capital o el dinero, son casi impíos y peores que los pecadores, pues no obedecen ni a la Antigua Ley ni al Nuevo Testamento.

La Nueva Alianza, en efecto, exhorta a prestar incluso a quienes no hay esperanza de recibir de ellos de nuevo como préstamo: «Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto» (Lc. 6,34); y la Ley dice: «No darás tu dinero con interés, ni tus alimentos con ganancia» [Lev. 25,37]; y también: «No prestarás a tu hermano con interés, ni por dinero ni por alimentos ni por cosa alguna que se preste con interés» [Deut. 23,20].

Y alaba: «No dio su dinero con usura ni aceptó sobornos contra el inocente. El que hace estas cosas no se moverá jamás» [Sal. 14(15),5]; es decir, el hombre que nunca explotó al pobre en su necesidad, sino que prestó su dinero sin cobrar interés, y que jamás aceptó sobornos para perjudicar y cometer injusticia contra los inocentes, ese tal permanecerá eternamente inconmovible e inquebrantable en medio de toda afrenta y de cualquier peligro.

Y además recomienda apartarse de la ciudad en cuyas plazas —es decir, públicamente— se conciertan préstamos con interés y engaño: «Día y noche la rodean sobre sus muros, y dentro de ella hay injusticia y fatiga; en sus plazas no cesan la usura y el dolo» [Sal. 54(55),11-12]; Día y noche la iniquidad la rodea y da vueltas alrededor de sus murallas, como si fuera un ejército enemigo que la sitia; mientras tanto, en el interior y en el corazón mismo de la ciudad reinan la transgresión de la ley, la opresión de los pacíficos, su explotación y toda clase de injusticia. Y no han desaparecido de sus plazas la usura y el engaño, que se practican abiertamente y sin vergüenza).

¿Veis, pues, que el usurero no sólo priva a su propia alma, sino también a la ciudad, de su gloria? Porque le atribuye la acusación de inhumanidad y la perjudica gravemente en su conjunto.
Pues, siendo ciudadano de ella y habiendo adquirido de ella cuanto posee, no usa sus bienes en favor de la misma; a los que no tienen, no quiere prestarles, y a los que tienen, aunque poco, les da con interés, de modo que junto con el artificio les arrebata también aquel poco dinero que poseen.

Por eso, evidentemente, el profeta une el interés con el engaño, diciendo: «He aquí, me alejé huyendo, y habité en el desierto. Hunde, Señor, y divide sus lenguas, porque he visto iniquidad y contradicción en la ciudad; y no ha faltado de sus plazas la usura y el engaño». Es decir: “Si realmente tuviera tales alas, me alejaría huyendo de los enemigos que me acechan, y moraría al aire libre, en lugar desierto. Húndelos, Señor, como en el fondo del mar, junto con sus lenguas calumniadoras, y trae división y completa confusión entre ellos, para que se disuelva su criminal acuerdo en el mal. Porque ellos, con sus calumnias, corrompieron la ciudad, y veo que en ella prevalecen la ilegalidad, la violación de las leyes, la discordia y los conflictos provenientes de la contradicción. Y no ha desaparecido de sus plazas la usura y el fraude, que se practican abiertamente y sin pudor. [Salmo 54,8–12].

El usurero, pues, se apresura a enriquecerse, no tanto con dinero como con pecados, destruyendo tanto su riqueza como el alma del que presta; porque los intereses son como crías de víboras que anidan en el seno de los avaros y anuncian que no escaparán a los gusanos que no duermen y que están preparados para el siglo venidero.

Y si alguno de ellos dice: «Ya que no me permites recibir intereses, guardaré conmigo el dinero que me sobra y no lo ofreceré a quienes necesitan un préstamo», sepa que tiene en su seno las madres de las víboras, que se convertirán también en madres de aquellos gusanos que no duermen.

Por todo esto, el Señor, queriendo apartarnos con seguridad de tales males, ordena que amemos y hagamos el bien incluso a los enemigos, y que prestemos a quienes no tienen con qué devolver, sin desesperar; porque dice: «Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados» (Lucas 6,35).

“No pienses”, dice, “que porque haces el bien a quienes te hacen mal, y das a quienes no te devuelven lo que les prestaste, perderás lo tuyo; porque el tiempo presente es el de la siembra de la beneficencia, y el tiempo del justo segar será el siglo futuro.”
No te desesperes, pues, por el intervalo establecido entre la siembra y la siega, sino sabe que recogerás tus bienes multiplicados, así como los que obran el mal aquí recogerán sus males. Porque lo que cada uno siembra aquí, eso mismo segará allá, pero con gran incremento.

Si, pues, con tus obras asemejas a ti mismo al Hijo de Dios, y muestras que eres bondadoso con todos, así como Él es bondadoso con todos, allí recibirás con abundancia también la semejanza con Él, siendo revestido de la luz increada de la doxa-gloria del Altísimo y viviendo eternamente con aquellos entre los cuales estará Cristo Dios en medio de dioses, como dice el Salmo: «Dios se puso en la asamblea de los dioses, y en medio de ellos juzgará a los dioses» (81,1) es decir, el Dios que se situó en medio de los jueces y gobernantes —a quienes estableció como Sus representantes y revistió de autoridad divina para impartir justicia—, en medio de ellos, pues, ocupará el lugar que le corresponde y juzgará a los que ejercen la autoridad divina.

Así, repartirá los honores de la bienaventuranza y felicidad eterna; porque esto es lo que indicó con la añadidura: «Y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los malvados» (Lucas 6,35); es decir, Y seréis en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los cielos, por χάρις (gracia, energía increada) hijos del Altísimo Dios, a quien os asemejaréis espiritualmente. Porque Él también es benefactor y útil para los hombres que muestran ingratitud frente a sus múltiples beneficencias, y que no tienen buena disposición ni buena intención, sino que son malvados.

Por eso, el Hijo de Dios descendió a la tierra, habiendo inclinado los cielos, y se hizo Hijo del Hombre, y dijo y obró estas cosas, y finalmente murió por nosotros, resucitó y nuevamente ascendió a los cielos, para hacernos celestiales, inmortales e hijos de Dios.

Así que cuanto ahora nos exige -amar a los enemigos, hacer el bien, prestar a los que no tienen con qué devolver- no sólo es adecuado y beneficioso para nosotros, como se ha demostrado previamente, sino que también es pequeño comparado con lo que Él nos da. Porque Él mismo se entregó por nosotros, que no sólo no teníamos nada con qué corresponder, sino que previamente nos mostramos ingratos y malvados con muchas acciones; y nos exhorta a prestar de lo superfluo y a hacer el bien con lo que poseemos.

¿Qué y cuánto? Por estas pequeñas cosas Él devuelve la semejanza a Sí mismo, la adopción suprema y las recompensas celestiales, diciendo:
«Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» [Lc. 6,36] y «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» [Mt. 5,48].

Con Él y con el Espíritu Santo sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Gregorio Palamás, ediciones patrísticas «Gregorio Palamás» (EPE), editorial «To Byzantion», Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 67–85.)

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

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