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Jun 14 2025

Domingo de Todos los Santos, homilía de San Gregorio Palamás

San Gregorio Palamás, el Megadidáskalos

Homilía en el Domingo de Todos los Santos

El Evangelio del Domingo de todos los Santos Mat 10:32-33, 37-38 y 19: 27-30

10:32 Cualquiera, pues, que con fe y valor me confiese delante de los hombres como su salvador y Dios, yo también lo confesaré como mío delante de mi Padre celestial;

33 pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.

37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío;

38 y el que no toma su cruz, es decir, no toma la decisión firme de que sufrirá todo tipo de tormentos, incluso muerte por la cruz por su fe en mí, y no sigue en pos de mí como jefe suyo y ejemplo, no es digno-axios de mí.

19:27 Interviniendo entonces Pedro, le dijo: he aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos o cuál será nuestra recompensa?

28 Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna.

30 Pero muchos que en este mundo a causa de los axiomas que tienen y no por su virtud, son considerados primeros, ellos serán los últimos, y muchos que en este mundo son considerados los últimos serán los primeros en reinado de la realeza increada de Dios.

San Gregorio Palamás, el Megadidáskalos

Verdaderamente admirable es Dios en Sus Santos. Porque, cuando uno recuerda los combates sobrenaturales de los mártires, cómo, con la debilidad de la carne, avergonzaron al fuerte en la maldad; cómo permanecieron insensibles a los dolores y a las heridas, luchando con sus cuerpos contra el fuego, contra la espada, contra diversos y mortales tipos de tortura, oponiéndose con paciencia mientras sus carnes eran desgarradas, se dislocaban sus miembros y se quebraban sus huesos, sin embargo, mantenían intacta e inquebrantable la confesión de fe en Cristo. Por esto se les regaló también la incuestionable sabiduría del Espíritu y el poder de los milagros.

Y cuando uno considera la paciencia de los Santos ascetas -cómo soportaban voluntariamente, como si fueran incorpóreos, largos ayunos, vigilias, y otras diversas aflicciones del cuerpo, combatiendo hasta el final contra las pasiones (pazos) malignas, contra los múltiples tipos de pecado, contra la guerra invisible en nuestro interior, contra los principados, contra las potestades, contra los espíritus malignos-, mientras se desgastaban y se debilitaban exteriormente, eran renovados y divinizados interiormente por Aquel que les regalaba los dones o carismas de sanación y la eficacia operativa de las fuerzas y energías (milagrosas).

Al considerar todas estas cosas, y al comprender que superan la naturaleza humana, uno se asombra y glorifica a Dios, que les dio tan abundante χάρις (jaris: gracia, energía increada) potencia y poder. Porque, aunque tenían una buena y excelente predisposición (libre buena voluntad), sin el poder y la energía increada de Dios no habrían logrado superar la naturaleza ni vencer al enemigo incorpóreo, estando ellos en cuerpo.

Por eso también el profeta salmista, después de decir: «Admirable es Dios en sus Santos, en aquellos que están consagrados a Él», añadió: «Él dará poder, energía y fuerza invencible a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios» (Salmo 67, 36).

Y considerad con discernimiento el poder de estas palabras proféticas: «En verdad», dice, «Dios da poder y fortaleza a todo su pueblo», -porque Dios no hace acepción de personas (cf. Hechos 10, 34): «En verdad comprendo que Dios no hace distinción de personas», sino que es glorificado a través de Sus Santos.

Así como el sol derrama abundantemente sus rayos desde lo alto sobre todos, pero solo los ven quienes tienen ojos -y no simplemente ojos, sino abiertos-, y disfrutan de la luz matutina con claridad aquellos cuya vista es aguda por tener los ojos limpios y no empañados por enfermedad, catarata o alguna otra afección, de igual modo también Dios desde lo alto concede abundantemente Su auxilio a todos, porque Él es la fuente inagotable, vivificante e iluminadora de misericordia y bondad.

Pero la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y el poder que proceden de allí, así como la energía de la virtud y la perfección, o incluso la manifestación de los milagros, no son disfrutados por todos, sino por aquellos que tienen buena disposición (una intención recta) y manifiestan con obras su amor y fe hacia Dios; quienes rechazan totalmente el mal, guardan firmemente los mandamientos de Dios, y elevan la mirada de su mente (intelecto) hacia el mismo Sol de justicia, Cristo.

Y este mismo Cristo no solo extiende desde lo alto de modo invisible una mano de ayuda hacia quienes combaten, sino que también hoy nos habla perceptiblemente mediante las exhortaciones contenidas en el Evangelio. Porque dice: «A todo aquel que me confiese en mí delante de los hombres, también yo lo confesaré en él delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).
(Es decir: No contéis los peligros y persecuciones, sino contad las grandes recompensas que os esperan. Cualquiera que me confiese como su Salvador y Dios ante los hombres que persiguen mi fe, también yo lo confesaré como mío ante mi Padre que está en los cielos).

Ved, pues, que ni siquiera nosotros podemos proclamar con valentía y franqueza la fe y confesión en Cristo sin la fuerza y cooperación que vienen de Él, ni tampoco nuestro Señor Jesús Cristo nos defenderá en el siglo futuro, ni nos presentará ni nos hará familiares ante el Padre altísimo sin haber recibido de nosotros las debidas causas (méritos).

Al expresar esto, no dijo simplemente: «El que me confiese delante de los hombres…», sino: «El que confiese en mí…», es decir, quien tenga la capacidad de confesar con valentía y franqueza su piedad a través de Él y con la ayuda que Él brinda.

Y también, cuando dice: «También yo lo confesaré…», no dijo: «a él», sino: «en él», es decir, a través de la buena resistencia y paciencia que ha demostrado por causa de la fe y piedad.

En verdad, mira lo que dice a continuación acerca de quienes vacilaron y traicionaron la fe: «A quien me niegue como Dios‑Hombre Salvador delante de los hombres, también yo lo negaré y no lo reconoceré como mío delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt10,33). Observa que aquí no dice: «Quien me niegue en mí». ¿Por qué? Porque el que niega lo hace después de quedar privado de la ayuda de Dios.
¿Y por qué fue abandonado y quedó desolado de Dios?

-Porque él se adelantó a abandonar a Dios, al amar lo temporal y terreno más que los bienes celestes y eternos prometidos por Él. Del mismo modo, Cristo no negará dentro de ese hombre, sino a ese hombre, pues no halló en él nada que pudiera usar en su favor.

Ahora bien, «quien permanece en la αγάπη (agapi: divino amor incondicional y desinteresado) permanece en Dios y Dios en él» (1Juan 4:16), según enseña el san Juan teólogo amado por Cristo. De ahí que, dado que Dios habita en quien lo ama, quien ama verdaderamente a Dios confiesa dentro de Dios; y, puesto que él mismo mora en Dios, Dios hará la confesión en favor suyo.
Por eso la sentencia: «A todo el que me confiese en mí delante de los hombres (quienes persiguen mi fe), también yo lo confesaré en él delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32), expresa la unión inseparable de Dios con quienes lo confiesan, unión de la que se aparta quien lo niega. De este modo, las divinas correspondencias o contra-daciones llevan consigo la justicia divina, produciendo efectos y resultados proporcionados por semejanza.

He aquí la reciprocidad entre los premios de Dios y las ofrendas que nosotros Le presentamos. Observa, además, cuán superior es la recompensa que Él concede a quienes lo confiesan en Él; porque cada uno de los Santos, siendo siervo de Dios, pronunció su confesión con valentía y franqueza en esta vida pasajera y ante hombres mortales, durante un corto lapso y en presencia de pocos testigos.

En cambio, el Señor Jesús Cristo, realmente Dios y Señor del cielo y de la tierra, los defenderá en aquel mundo eterno e incorruptible, delante de Dios Padre, rodeados de ángeles, arcángeles y todas las potestades celestes, y con todos los hombres presentes desde Adán hasta el fin de los tiempos; porque todos resucitarán y comparecerán ante el tribunal de Cristo. Entonces, ante la mirada de todos, proclamará, glorificará y coronará a quienes conservaron su fe en Él hasta el final.

¿Qué necesidad hay, en verdad, de intentar describir aquellas coronas sobrenaturales, la grandeza de aquellas recompensas futuras, que ni ojo como el nuestro puede ver, ni oído puede oír, ni corazón puede concebir? Pero también en cuanto a las realidades presentes y visibles, ¿qué son en verdad? ¿Qué logos y palabras podrán narrar dignamente la doxa-gloria increada concedida por Dios a los cuerpos de los Santos y a sus reliquias, la fragancia sagrada que exhalan continuamente, los ungüentos que manan, los dones de sanaciones, las manifestaciones de la fuerza de las energías divinas y las múltiples y salvadoras apariciones que nos llegan por medio de ellos?

¿Y qué decir de lo que nosotros les ofrecemos?
En un breve tiempo, como dije, se realizó la confesión valiente según Dios de cada uno de los Santos, y esto ante unos pocos magistrados o reyes. Y ahora, reyes y magistrados y todos los súbditos los alaban y glorifican, los honran, los ensalzan y los veneran, no solo a ellos mismos, sino incluso a sus iconos, como si fueran soberanos, o incluso más que soberanos y reyes, doblando sus rodillas ante ellos con tanto fervor, de manera voluntaria, alegre y gozosa, que desean dejar a sus hijos como herencia esto por encima de todo, como un legado rico y portador de la suprema bienaventuranza y felicidad.

Y esto constituye una muestra y representación, una imagen anticipada, como un preludio de aquella futura e inefable doxa-gloria increada que ya poseen en los cielos las psiques-almas de los justos, y que en el siglo venidero recibirán también sus cuerpos, los mismos que combatieron junto con ellas el combate según Dios.

Esta abundancia de doxa-gloria increada y de bienes futuros, al señalarla, el Señor decía a Sus santos Discípulos y Apóstoles: «Amín, amín, de cierto os digo y os aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt. 19, 28).

Y a todos los creyentes en general dice: «Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna» (Mt. 19, 29).

Y: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío» (Mt. 10, 37).

Porque, en efecto, Dios y Padre entregó por nosotros a Su amado Hijo, y ese Hijo unigénito de Dios se entregó a sí mismo por nosotros; con toda justicia, entonces, exige de nosotros que despreciemos incluso a nuestros parientes según la carne, cuando estos son obstáculo para la fe, la piedad y para la vida que se conforma con ella.

¿Y por qué mencionar solamente a los parientes carnales? Pues incluso la propia vida se debe abandonar, llegado el momento, si se desea alcanzar la vida eterna, ya que el mismo Hijo de Dios entregó Su vida por nosotros. Por eso también Él mismo dice: «Y el que no toma su cruz, (es decir, no toma la decisión firme de que sufrirá todo tipo de tormentos, incluso muerte por la cruz por su fe en mí), y no sigue en pos de mí (como jefe suyo y ejemplo), no es axios digno de mí» (Mt. 10, 38). La «cruz» aquí significa también crucificar la carne con sus pasiones (los pazos) y deseos.

Cuando, pues, es tiempo de paz respecto a la piedad, el hombre, dando muerte por medio de la virtud a las pasiones (pazos) malignas y a los deseos, y cargando así su cruz, sigue al Señor. Pero cuando es tiempo de persecución, despreciando su vida y entregando su psique-alma por la fe y la piedad, así también carga su cruz y sigue al Señor, y de este modo hereda la vida eterna. Porque dice [el Señor]:

«El que durante el tiempo de persecuciones evitará la tribulación y el martirio para salvar su vida (y psique-alma), perderá la vida verdadera, la eterna y bienaventurada, y el que sacrifique su vida por causa de mí, ganará la vida verdadera, eterna y bienaventurada» (Mt. 10, 39). (Este versículo se fundamenta en el doble sentido de la palabra ψυχή psijí: alma y vida», que puede significar tanto la fuerza vital del hombre como su esencia espiritual cuando está llamada a la vida eterna y divina).

¿Qué significa que «el que perdió su alma o vida, la hallará», y «el que la halló, la perderá»?

El ser humano es doble: está el hombre exterior, es decir, el cuerpo, y el hombre interior, que es la ψυχή (psijí: alma, psique, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Cuando, pues, alguien se entrega a la muerte en cuanto al hombre exterior, pierde su alma y vida en el sentido de que se separa de ella. Pero quien así la pierde por causa de Cristo y del evangelio, verdaderamente la hallará, pues la llevará a una vida celestial y eterna y, en la resurrección, la recuperará en ese estado, y por medio de ella él mismo será también tal -celestial y eterno incluso según el cuerpo.

Pero como estas cosas son difíciles y sublimes, propias solo de los perfectos, incluso diríamos que apostólicas, el mandamiento de crucificar la carne junto con sus pasiones (pazos) y deseos, de estar preparado para la última deshonra y la peor muerte por el bien, de perder alma y vida por causa del evangelio, -todo lo que a continuación dice el Señor- está dado tanto como consuelo para los que luchan de forma sobrehumana, como también para la salvación de los más débiles y menos avanzados.

«El que os recibe a vosotros como enviados míos y os acoge, a mí me recibe, y el que a mí me recibe, recibe al que me envió al mundo» (Mt. 10, 40), es decir, a los Apóstoles y a los que después de ellos son padres y maestros de la fe y piedad. Y dice: «Y el que me recibe a mí, recibe al que me envió», es decir, al mismo Dios Padre, que me envió al mundo.

Por tanto, a los perfectos el Señor los prepara desde ahora una recepción celestial; pero a los que no son semejantes a ellos, les otorga la salvación, según cómo reciban a los siervos de Dios.

¿Ves cuán grande es la recompensa para los que reciben a los que viven según Dios y a los maestros de la verdad?
Porque el que los recibe, recibe al Padre y al Hijo.

¿Cómo, pues, debemos recibirlos? No solo hospedándolos y procurándoles descanso, sino también obedeciéndoles. Por eso, en otra parte, para infundir temor a los que desprecian sus logos, dijo a sus discípulos: «El que os escucha a vosotros, me escucha a mí, y el que os rechaza, me rechaza a mí, y el que me rechaza, rechaza al que me envió como salvador del mundo» (Lc. 10, 16). Es decir: cualquier desprecio que los hombres muestren hacia vosotros, es como si lo mostrasen hacia mismo Dios celestial.

Y también quien hospeda y da descanso a los hombres de Dios, si lo hace por amor a Dios, recibirá una gran recompensa. Y para manifestar esto, el Señor dice: «El que recibe a un profeta por el nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo» (Mt. 10, 41).

¿Cómo recibirá recompensa de profeta o de justo?

Tal como dice el apóstol: «No para que haya holgura para unos y estrechez para vosotros, sino que haya igualdad; en el tiempo presente, la abundancia vuestra supla la necesidad de ellos» (2 Cor. 8, 13); es decir, porque no lo digo con la intención de que otros sean aliviados y vosotros oprimidos, sino que, conforme a la equidad que debe existir entre hermanos, el excedente de vuestros bienes supla la escasez de ellos en la difícil situación en la que ahora se encuentran.

Por tanto, el que recibe y da descanso al justo por ser justo, aunque no sea generoso, pero dé solo cosas pequeñas, recibirá cosas grandes.

En verdad dice: «Y cualquiera que dé a beber tan sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños e insignificantes discípulos míos, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa de Dios» (Mt. 10, 42). Esto significa que incluso la mínima hospitalidad o servicio, si se hace por amor al Señor y a sus discípulos, no quedará sin recompensa en la vida futura.

En estos logos y mandamientos, el Señor no cuida solo de los justos y de los discípulos, sino mucho más aún de quienes los reciben. Porque si su cuidado fuera solo por los primeros, habría simplemente exhortado a recibirlos y a darles descanso. Pero ahora, al añadir que se los reciba como profetas, como discípulos, como justo, muestra que su mayor cuidado está en los que los acogen, elevando su intención hacia lo más alto, para que también ellos reciban recompensa junto con la virtud.

La Iglesia de Cristo, pues, que honra incluso después de la muerte a los que verdaderamente vivieron según Dios, cada día del año celebra la memoria de los Santos que partieron de este mundo según esa voluntad divina y emigraron de esta vida temporal. A la vez, presenta la vida de cada uno de ellos para nuestra edificación, y nos muestra el modo de su fin, ya sea que reposaron en paz, ya sea que culminaron su vida con un final martirial.

Así pues, ahora, después de Pentecostés, una vez que los reunió a todos, la Iglesia eleva un himno común a ellos, no solo porque están todos unidos entre sí, -porque el Señor dice en los Evangelios, dirigiéndose a su Padre: «Pero no te ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por su logos. Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, también que sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21), es decir, te ruego por todos ellos, para que sean todos uno, con el amor y la concordia que reinen entre ellos. Así como tú, Padre, estás unido conmigo y yo estoy unido contigo, porque ambos tenemos la misma esencia y naturaleza, así también te ruego que ellos sean uno, teniendo comunión y unión con nosotros; No es solo por este motivo, claro está, que la Iglesia de Dios eleva un himno común por todos, sino también porque se esfuerza -tanto durante la santa Cuaresma como en el tiempo posterior de Pentecostés- en manifestar y glorificar todas las obras de Dios.

Después, pues, de haber ensalzado -como bien sabéis- todo cuanto ha obrado Dios, cómo creó en el principio el mundo entero; cómo Adán fue expulsado del paraíso y de la intimidad con Dios; cómo fue llamado el pueblo antiguo; y cómo, por la transgresión, también él fue alejado de la cercanía y familiaridad con el Altísimo; cómo el Unigénito Hijo de Dios, inclinando los cielos por nosotros, descendió y obró maravillas, enseñó cosas que conducen a la salvación, padeció, murió y fue sepultado como hombre, y, como Dios, resucitó al tercer día; y cómo subió a los cielos con la carne que asumió, y se sentó a la derecha del Padre, y desde allí envió el Espíritu Santo consustancial y santísimo… (Aquí san Gregorio Palamás se refiere al contenido de los Domingos y las fiestas de la cuaresma y del Pentecostés). Después, digo, de haber celebrado todo esto, la Iglesia de Dios ahora añade lo que faltaba, y muestra cuántos y qué frutos reunió hacia la vida eterna la presencia de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo, y el poder, la fuerza y la energía increada del Espíritu Santo. Por eso hoy, celebra la memoria de todos los Santos en conjunto, y les ofrece a todos un himno común y honor debido.

Honremos, pues, también nosotros, hermanos, a los Santos de Dios.

¿Y cómo debemos honrarlos?

Imitándolos. Haciendo nuestra catarsis, purgando y purificando nuestros corazones de toda mancha de carne y de espíritu, y apartándonos de todo mal, avanzando hacia la santidad mediante la abstención del pecado. Si detenemos nuestra lengua de juramentos y perjurios, de palabrería vana y de injurias, y nuestros labios del engaño y la calumnia, entonces verdaderamente ofreceremos alabanza a los Santos. Porque el mayor elogio que podemos darles no es solo con palabras o cantos, sino con la vida misma, cuando mostramos que caminamos por el mismo sendero que ellos recorrieron.

Pero si no hacemos así la catarsis de nosotros mismos, con toda justicia escucharemos de parte de ellos -cada uno de nosotros- aquellas palabras de Dios dirigidas al pecador: “¿Por qué te atreves a mencionar y a pronunciar también los nombres de los Santos, y a relatar su conducta colmada de toda virtud y pureza? Tú mismo odiaste su vida virtuosa y expulsaste de ti la pureza del alma y del cuerpo. ‘Cuando veías a un ladrón, corrías con él, y con un adúltero compartías tu parte. Tu boca rebosaba de maldad, y tu lengua urdía engaños; sentado, calumniabas a tu hermano y contra el hijo de tu misma madre tendías trampas’” (Salmo 49 [50], 18–20).

No aceptan himnos de tales bocas, hermanos, ni Dios ni los Santos de Dios; porque, si cada uno de nosotros no acepta que una mano que ha tocado el estiércol le ofrezca algo necesario sin antes haberse lavado, ¿cómo, entonces, aceptará Dios lo que se le ofrece desde un cuerpo y una boca impuros y sucios, si antes no hacemos la catarsis de nuestros propios seres? Pues más repugnante aún que el estiércol es el pecado, el engaño, la mentira, la envidia, el odio, la codicia, la traición, los pensamientos y palabras impúdicas, y las obras inmundas que les siguen.

¿Y cómo se hace la catarsis y se purifica nuevamente quien ha caído en tales cosas?
Con la μετανοία metania, con el arrepentimiento, con la confesión, con la caridad, con las buenas obras y con la oración ferviente dirigida a Dios.

Por tanto, cuando en las memorias festivas de los Santos todos nosotros dejamos a un lado los oficios, los trabajos y las ocupaciones, esto debe ser nuestro estudio y nuestro propósito: cómo alejarnos y liberarnos de los pecados y de las impurezas en las que cada uno ha caído. Y si incluso en ese momento jugamos en contra con nuestras almas, siendo negligentes y entregándonos a la embriaguez, ¿cómo podemos decir que celebramos a los Santos, si estamos profanando el día sagrado? No celebremos así, hermanos, os lo ruego, sino que presentemos también nosotros nuestros cuerpos y nuestras psiques-almas agradables a Dios, especialmente durante estos días festivos, para que, por las intercesiones de los Santos, participemos también nosotros de aquella inmensa fiesta, deleite y alegría eterna.

Que todos nosotros alcancemos esta gracia por la χάρις jaris energía increada, la bondad y la filantropía de nuestro Señor Jesús Cristo, a quien corresponde toda doxa-gloria, junto con su eterno Padre y el santísimo, bondadoso y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Así sea; Amén.

Fuente: Gregorio Palamás, Obras completas, Homilías XXI–XLII, Homilía XXV, Editorial “Gregorio Palamás”, Ediciones “El Bizancio”, Tesalónica 2004, tomo X, pp. 126–149.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

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