
Antropología Ortodoxa del Génesis
Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo
Los tres árboles: el de la vida, el del bien y el del mal y a “imagen de Dios” en el hombre
Continuamos nuestros temas sobre los tres primeros capítulos del libro del Génesis. Después de la creación del hombre, es decir, de Adán y Eva, veremos algunos elementos y acontecimientos complementarios que, finalmente, fueron la causa de que la obra de Dios pareciera haber sido derrocada. Esta bella creación, el hombre, se desvió de su finalidad y de su propósito, y todo lo que Dios había hecho parecía acabar en vanidad.
Ciertamente, esto es algo sólo fenoménico, como veremos a continuación. Porque, si el universo fue creado para el hombre y el hombre se desvía de su fin, entonces tampoco el universo parece tener sentido. Por lo tanto, la creación entera, la visible, parece terminar en la nada, en un fracaso. Pero precisamente allí donde las cosas parecen fracasar, se manifiesta la sofía-sabiduría de Dios: Él restablece aquello que, en la persona de Adán y Eva -es decir, de los seres humanos-, comenzaba como fracaso, y lo transforma en arreglo y éxito. Finalmente, todo el plan de Dios encuentra su justicia, su valor y su dignidad, de modo que se pueda decir que Dios es el único sabio Dios, como dice san Pablo en su primera epístola a Timoteo. Realmente, Él es el único Dios sabio.
Si uno profundiza en este misterio de la αγαπη (agápi: amor incondicional, desinteresado) de Dios, descubre también el misterio de su sabiduría. Pero veamos las cosas en su debido orden.
«Dios ordenó que brotaran de la tierra todo árbol bello a la vista y bueno para comer» (Gén 2,9). Asimismo, Dios dispuso que brotaran el árbol de la vida en medio del paraíso y el árbol del cual, si alguien probaba su fruto, adquiriría el conocimiento (gnosis) del bien y del mal (cf. Gén 2,9). Y el Señor Dios dio a Adán este mandato: «De todo árbol del paraíso podéis comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comeréis, porque el día que comáis de él moriréis ciertamente, es decir, perderéis el derecho de inmortalidad» (Gén 2,16-17).
Realmente, estas líneas constituyen el corazón de un gran misterio. Podríamos decir que en estos tres primeros capítulos existen dos misterios fundamentales. El primero es la creación del hombre como icona/ imagen de Dios. El segundo es la prueba y la peripecia en la que entrará el hombre y en la que se desarrollará su historia: una historia como valle de llanto y lágrimas, de luto, penas, angustias y muerte, una peripecia terrible. Una peripecia que llegó a tal extremo que trajo a Dios mismo a la tierra, donde fue crucificado. Este segundo signo comienza precisamente con estos dos árboles.
Por eso os ruego que prestéis mucha atención, porque existe mucha ignorancia, confusión y mala interpretación sobre este tema: ¿qué eran estos árboles y qué significaban? Es necesario aclarar estas cuestiones para disipar falsas dudas y para comprender este gran problema: por qué existe tanta fatiga, incomodidad, sufrimiento y cansancio en el género humano. Y también para no culpar injustamente a Adán y Eva de todo lo que sufrimos, pues la triste realidad es que nosotros mismos repetimos el mismo pecado. Pero esto lo veremos más adelante.
Vemos aquí que Dios planta, de manera particular, en medio del paraíso, dos árboles: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. ¿Por qué los puso en el centro del paraíso? ¿Qué significa el centro del paraíso? Significa que los hombres podían tenerlos siempre delante de sus ojos y recordar el mandamiento de Dios. Es decir, había una intencionalidad y una señalización clara por parte de Dios: no estaban en un extremo, sino en el centro.
Dios, pues, plantó el árbol de la vida y el árbol del conocimiento. ¿Qué quiere decir esto? ¿Eran árboles reales? ¿Significa que quien probara el fruto del árbol del conocimiento llegaría automáticamente a conocer el bien y el mal? ¿Y que quien probara el fruto del árbol de la vida se volvería inmortal? ¿Tenían estos árboles alguna sustancia física, natural o metafísica que produjera como resultado la vida o la muerte? ¿Por qué Dios dijo que, si probaban el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirían, y que morirían el mismo día que lo probaran? ¿Tenía, pues, algo el fruto o la semilla de ese árbol? ¿Era algo venenoso?
En principio, eran árboles verdaderos y naturales. No tenían nada especial o distinto. Prueba de ello es que, hasta que llegó la instigación y la sugestión del diablo -cuyas palabras veremos en capítulos posteriores-, los primeros creados no sospecharon que estos árboles tuvieran algo particular. Eran, para ellos, como todos los demás árboles, y no les llamó la atención que pudieran ser diferentes.
En realidad, no tenían nada especial en sí mismos. ¿Dónde estaba entonces la muerte? En la prueba de un fruto. ¿Dónde estaba la vida? En la prueba del otro fruto. Pero la vida y la muerte no estaban en los frutos en sí, sino en el uso de la libertad del hombre frente al mandamiento de Dios. Era un asunto de obediencia o desobediencia. La vida o la muerte no dependían de los árboles, sino de la actitud del hombre ante Dios, del modo en que ejerciera la libertad que Dios le había concedido.
Este es, pues, todo el tema, y nada más. Os lo digo de forma epigramática para que lo recordéis.
Ahora bien, lo que os he dicho hasta aquí lo analizaremos con más detenimiento, para que podamos digerirlo en todos sus detalles. Dice un escritor eclesiástico:
«Y se llamó árbol de la gnosis (conocimiento) por el nacimiento del sentido del pecado; y por esto se añadió la lucha de Adán».
Y san Juan Crisóstomo añade:
¿Qué es lo bueno, o el bien? La obediencia.
¿Qué es lo maligno, o el mal astuto? La desobediencia.
Así pues, uno ve claramente que aquí se trataba de una prueba de la predisposición, de la voluntad, de la preferencia y, sobre todo, de la libertad del hombre.
Ciertamente, en el Paraíso -tal como ahora lo vemos- había tres categorías de árboles.
La primera categoría era la multitud de árboles existentes.
La segunda categoría era el árbol del conocimiento (gnosis) del bien y del mal.
La tercera categoría era el árbol de la vida.
Dice el escritor eclesiástico Severo: «Tres diferencias de árboles había: una, la multitud de los árboles, que eran para que los hombres comieran y vivieran, es decir, su alimento; el otro árbol era para que vivieran bien, si no transgredían el mandamiento de Dios y no probaban del tercer árbol. Es decir, vivirían felices, benditos y agraciados sobre la tierra».
Porque veremos a continuación que los primeros en ser creados, inmediatamente después de la infracción, se llenaron de amargura, fatiga y pena. El colmo de su tristeza fue cuando vieron que el tercer hombre, Caín -su primer hijo- mató al cuarto hombre sobre la tierra, su hermano Abel. Está claro que los primeros en ser creados probaron una amargura profunda: fue su primera experiencia de la muerte.
Veremos también qué significa exactamente lo que Dios les dijo: que morirían el día que comieran del fruto. Porque, en efecto, no murieron físicamente aquel mismo día. Es sabido que Adán vivió 930 años, y sin duda fueron años solares. Por lo tanto, Adán no murió inmediatamente, y esto lo aclararemos más adelante. Sin embargo, tuvieron la experiencia de la muerte.
Adán, por primera vez, experimenta la muerte mientras aún vive. Prestad atención aquí. La experiencia de la muerte existe en todo hombre. Pero, al menos con la condición actual de nuestra vida, ¿puede el hombre tener una imagen (icona) plena de esta experiencia? No lo sé, no puedo responderlo con certeza. Sólo os diré lo siguiente:
Cuando un hombre es asesinado por un enemigo, el enemigo quiere castigarlo con la muerte. Pero el hombre que es asesinado, ¿tiene realmente la percepción de la venganza de su enemigo? No, no la tiene, porque no le da tiempo a adquirir esa conciencia. Para experimentar verdaderamente el mal, hay que vivirlo delante de uno mismo. Por eso, quienes realmente quieren vengarse y hacer sufrir no matan a su víctima inmediatamente, sino que la tiranizan, dándole la sensación constante de que va a morir en cualquier momento.
Así pues, Adán, antes de conocer y vivir su propia muerte, vio la muerte de su hijo Abel, una muerte violenta. Entonces, sin duda, comprendió: He aquí, Dios nos dijo que vendría la muerte, y la muerte ha venido.
De este modo, si el hombre no hubiera probado del fruto del árbol del conocimiento, habría vivido muy bien sobre la tierra. Es decir, habría sido inmortal. ¿No os impresiona esto? En cualquier caso, habría vivido sin tristeza ni sufrimiento.
Y finalmente, si hubiera comido del tercer árbol, el árbol de la vida, entonces sí habría alcanzado verdaderamente la inmortalidad. Pero ¿cuándo comería del árbol de la vida? Cuando no hubiera violado el mandamiento de Dios respecto al segundo árbol. Entonces Dios habría dicho a los primeros creados:
Probad de este árbol y viviréis eternamente. Porque no probasteis de aquello que os prohibí; no violasteis mi mandamiento. Venid ahora y comed de este fruto para vivir eternamente.
¿Os impresiona esto? Una vez más, debemos decir que no habría sido el fruto en sí el que otorgara la vida eterna, sino la obediencia, y sólo la obediencia. Así es como Dios quería que los hombres vivieran eternamente sobre la tierra.
De esta manera se describen estas tres categorías de árboles. Pero alguien podría decir:
¿Quería Dios que estos árboles fueran trampas para el hombre?
No. La verdad es que, como nos dice san Gregorio el Teólogo:
«El árbol del conocimiento no fue sembrado desde el principio de manera mala, ni fue prohibido por envidia».
Es decir, Dios no sembró un árbol con mala intención ni prohibió su fruto por envidia, como si no quisiera que los primeros en ser creados conocieran la verdad. Estas ideas, que algunos sostienen hasta hoy, son maliciosas y absurdas.
Entonces, ¿qué sucede? El árbol del conocimiento era un árbol bueno. Y un día el hombre habría probado de su fruto. Pero no en ese momento. Esa gnosis la adquiriría más tarde, cuando estuviera preparado para ella.
Os leeré ahora algo de san Teófilo de Antioquía: «El árbol de la gnosis es bueno, y su fruto también. ¿Es posible que no fuera bueno? Dios crea lo que es bueno. Cuando creó todas las cosas, dijo que todo era bueno y bello. ¿Cómo sería posible, pues, que creara un árbol que fuera una trampa, es decir, malo, y cuyos frutos produjeran el mal?
Haré otra pregunta: si los frutos de este árbol traían la muerte -como se advierte cuando se dice “moriréis si coméis”-, ¿quién habría introducido la muerte en las semillas de este árbol? ¿Dios? Entonces, ¿quién sería el creador de la muerte? Dios. Pero sabemos muy bien que Dios no es el creador de la muerte. La Santa Escritura lo dice claramente: Dios no creó la muerte. ¿Cómo, entonces, apareció la muerte? La muerte se introdujo por la envidia del diablo y por la infracción del mandamiento, basada en la preferencia, la predisposición, la voluntad y la libertad del hombre. Dios no es el creador de la muerte. Por lo tanto, si Dios no es creador de la muerte y no crea nada malo, ¿cómo podría el árbol del conocimiento del bien y del mal ser malo? No lo era. Era bueno».
Continuamos con san Teófilo: «No había nada especial ni distinto en el fruto en sí, salvo la gnosis, el conocimiento. Veremos qué es esta gnosis. El conocimiento es bueno cuando se utiliza bien. Adán estaba todavía en una etapa infantil. Cuando decimos infantil no queremos decir que fuera un niño, sino inmaduro. Podía ser joven, teniendo en cuenta que vivió 930 años; su juventud no tendría por qué corresponder a lo que hoy llamamos juventud. Hoy contamos así porque la vida del hombre es de 70 u 80 años. Nosotros llamamos juventud al segundo decenio. Para Adán, la juventud podría haber sido a los cincuenta años. No tiene importancia. El punto esencial es que Adán no tenía todavía plena madurez. La madurez llega alrededor de los treinta años. No es casualidad que la Santa Escritura prohibiera la vida pública del hombre antes de los treinta años. Tampoco es casualidad que nuestra Iglesia prohíba la ordenación sacerdotal antes de los treinta. No es casualidad que Cristo comenzara su vida pública a los treinta años, ni que san Juan el Bautista hiciera lo mismo. Por lo tanto, Adán se encontraba en un estado de infantilidad espiritual, es decir, sin plena madurez». Hasta aquí san Teófilo de Antioquía.
A partir de aquí os lo digo con palabras mías.
Cuando a un niño de cinco o seis años -que entiende bien- se le revelan ciertos secretos, es decir, cuando se le da gnosis, ese conocimiento puede perjudicarlo. Esa gnosis provocará el mal. Por ejemplo: a un niño le dices: “¿Ves esta cajetilla? Dentro hay cerillas”. Sacas una, la enciendes delante de él y el niño queda impresionado. Luego tomas un papel, lo acercas a la llama y se quema. El niño observa todo con fascinación.
¿Qué ha adquirido el niño? Una gnosis conocimiento que antes no tenía. Luego tú te marchas. El niño toma las cerillas… y quema la casa. Historia conocida.
¿Qué significa esto? Gnosis, conocimiento. Atención aquí, porque estamos en el corazón de un misterio. ¿La gnosis siempre beneficia? No. La gnosis beneficia solo bajo determinadas condiciones.
Os recuerdo el mito de Prometeo. El mito de Prometeo es un eco del árbol del conocimiento del bien y del mal fuera de la historia bíblica, expresado de forma admirable en poesía. Esquilo no inventó el mito; lo recibió y lo representó en forma de tragedia.
Allí se percibe un eco, una resonancia de lo que estamos exponiendo ahora, es decir, de lo que aconteció en el Paraíso. En el mito aparece el fuego que Prometeo roba a los dioses y entrega a los hombres; y ese fuego, finalmente, se convierte en causa de mal para la humanidad. Es cierto que Prometeo pretendía que los hombres desarrollaran las artes y las ciencias. Pero ¿hasta dónde han llegado las artes y las ciencias desde entonces? Han llegado a la energía nuclear. Y hoy la energía nuclear nos amenaza.
Podríamos decir, por tanto, que aquel fuego que Prometeo tomó de los dioses y entregó a los hombres ¿qué dimensiones adopta hoy: benéficas o destructivas? Ambas cosas. ¿De qué depende? De la madurez o de la inmadurez de la humanidad.
Por eso este tema es grande, profundo y serio. No es un asunto banal, ni algo que pueda tomarse a la ligera.
Dice san Ireneo: «Si estudiáramos el libro del Génesis, ¡madre mía!, las cosas que encontraríamos: un océano de gnosis conocimiento y sabiduría».
Y, sin embargo, dentro de estas líneas tan sencillas, hay algunos maestros necios -gracias a Dios, pocos- que se burlan en las aulas y escandalizan a sus alumnos diciendo que estas cosas son cuentos. No son cuentos en absoluto.
Curiosamente, si les hablas del mito de Prometeo, lo aceptan como mito simbólico y no se burlan. Entonces habría que decirles: tomad también la Santa Escritura simbólicamente, si queréis, pero no os burléis. Más aún: no deberíais burlaros, porque aquí hablamos de una historia real, no de una fábula.
Sentaos a estudiarla seriamente y veréis cuánta sabiduría brota de ella. No acuséis con ligereza ni os burléis de la Santa Escritura, engañando y escandalizando psiques-almas sencillas contra Dios.
Pues bien, vuelvo al tema. Dejo ahora a san Teófilo de Antioquía y paso a san Juan Damasceno, quien nos dice algo sumamente importante:
¿Qué es esta gnosis, este conocimiento del bien y del mal?
Dice el santo: Es, el discernimiento o distinción que nace de una observación multilateral.
¿De qué observación se trata?
Es la gnosis del hombre acerca de sí mismo, de su propia naturaleza: ¿quién soy yo?
Y continúa san Juan Damasceno: «De todos los conceptos y de todas las contemplaciones, de todas las visiones que Adán podía concebir y contemplar, la contemplación más alta y el concepto más fino era el conocimiento de sí mismo».
Y esto es sencillo de comprender. El hombre ve el sol, la luna y las estrellas, y es superior a ellos. Ve los animales y las plantas, y es superior a ellos. Por tanto, la contemplación más elevada no es la del cosmos, sino la del propio hombre. El conocimiento supremo es el conocimiento de sí mismo.
Continúa el santo: «Cuando el hombre se vuelve hacia sí mismo, si es inmaduro y Adán lo era, porque era recién creado-, no puede distinguir ni separar correctamente las realidades interiores, y por eso cae».
Es decir, ¿de qué realidades hablamos concretamente? De la constitución misma del hombre, que es el secreto de la gnosis conocimiento. Y no era aún el momento de que Adán se conociera a sí mismo».
Yo os diría que, entre muchas realidades, hay dos fundamentales:
- La libertad
- El poder de la θέωσις (zéosis o théosis)
La prueba de esto es que el diablo apostó precisamente por estas dos.
¿Y qué dijo?
«Dios os ha prohibido comer para que no os hagáis dioses».
Pero la verdad era exactamente la contraria: para que os hagáis dioses, pero en el tiempo y por el camino correcto.
Y Adán pensó: «Entonces puedo comer a escondidas; no habrá una mano de Dios que me lo impida ni que me diga: “Espera, ¿no te dije que no tomes?”». Como ocurre con un niño pequeño que intenta robar algo y es detenido por un policía o un vigilante, Adán esperaba encontrar un obstáculo. Pero percibió que no había ninguna mano que se lo impidiera.
Así descubrió: «Estoy libre, y no lo sabía».
Comió del fruto: lo tomó, lo miró, lo saboreó, y le pareció sabroso y hermoso. Eva también dio del fruto a Adán, y vieron que no sucedía nada de inmediato. Entonces concluyó: «Tengo el poder de tomar el fruto del árbol; soy libre, y no pasa nada».
Este punto lo analizaremos con mayor profundidad cuando lleguemos a ese pasaje.
Decidle hoy a un joven que es libre, o poned los bienes a su nombre. Cuando llegue tarde a casa y le preguntéis por qué, os responderá:
“¿Quién eres tú para hablarme así? Tengo mi dinero, no os necesito”.
Por eso no es prudente entregar la herencia a los jóvenes, sino cuando han madurado.
Lo mismo le ocurrió a Adán con el árbol de la gnosis del bien y del mal, pues aún no debía conocer ni experimentar plenamente su libertad.
San Teófilo pone muchos ejemplos y habla especialmente de la edad joven. Dice que si a un niño se le revelan cosas que no está preparado para conocer, ese conocimiento será para su mal.
Pasemos ahora al segundo punto: la θέωσις (zéosis o théosis).
Decidle a un hombre que tiene la posibilidad de hacerse dios. El hombre lo supo esto. Pero no puede hacerse dios sin Dios. Entonces intenta hacerse dios por otro camino: por la cultura, por la ciencia, por el poder.
Tomad el ejemplo que ya os di: la energía nuclear.
Dios la escondió en la materia. El hombre no la conocía. Pero la liberó. Ahora está en sus manos. Es como si el árbol del conocimiento del bien y del mal se colocara otra vez delante del hombre.
Aquí el árbol es la energía nuclear y su fruto es su δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía). La gnosis es el conocimiento de cómo usarla.
Pero la gnosis, es decir, el conocimiento de este fruto que hoy llamamos energía nuclear, puede utilizarse para el bien o para el mal.
El bien consiste en controlarla y encauzarla para producir energía eléctrica para las ciudades y para realizar muchas obras útiles y beneficiosas.
El mal consiste en convertirla en bomba y lanzarla contra los hombres.
Os pregunto: enero de 1984 -cuando se pronunció esta homilía-,
¿la humanidad es madura o infantil?
Sin duda, infantil. Porque, en cualquier momento puede destruirse a sí misma.
Entonces preguntamos: ¿Debía el hombre descubrir la energía nuclear?
¿Le convenía?
Claramente no, porque se autodestruirá.
Pero desde el momento en que el hombre transgredió el mandamiento de Dios, probó aquel primer fruto -conocer que era libre y que podía deificarse por sí mismo-, el mal tomó su camino y entró en el mundo.
Eso es la gnosis del bien y del mal.
Pero hay todavía algo más profundamente importante.
La psique humana tiene una profundidad difícil de contemplar.
Las profundidades de la psique son más grandes que las del universo.
Si el hombre contempla las profundidades del universo, puede sentir vértigo.
Si contempla las profundidades de su psique-alma, puede sentir súper vértigo.
¿Puede el hombre ver su subconsciente?
Es extremadamente difícil.
Y si lo viera sin preparación, temblaría, se asustaría, podría desmayarse, incluso desear morir.
Por eso, después de la caída, Dios cubrió esa parte profunda de la conciencia, el subconsciente, para que el hombre no la vea.
Porque si viera la profundidad de su psique-alma, no lo soportaría.
¿Quiénes se atreven a destapar su subconsciente?
Los grandes ascetas, los que van al desierto. Ellos lo vieron en profundidad. Pero no se asustaron.
¿Por qué?
Porque habían madurado.
Si alguien preguntara: “¿Qué hace un asceta en el desierto?”
Responderíamos: Descubre la profundidad de su subconsciente, la contempla, y la limpia, la purga y la sana.
¿Con qué?
Con la energía increada y catártica del Dios Trino, hacer su catarsis y psicoterapia, su limpieza, purgación y sanación.
Antropología del Génesis Homilía 17
La “imagen de Dios” en el hombre
(Aquí nos habla sobre las características del “como icona-imagen de Dios”, traducimos y ponemos la sexta y la séptima que para mí son muy importantes)
Sexta característica de la imagen de Dios
El hombre está constituido de σώμα (soma: cuerpo) y ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, que anima el cuerpo). Es decir, posee una doble esencia, material y espiritual, y existe como persona.
El cuerpo pertenece al ámbito de la materia; la psique-alma, al ámbito del espíritu. Por ello, el hombre se sitúa en el punto de unión entre dos mundos: el mundo material de la creación visible y el mundo espiritual de los ángeles.
El mundo material, la creación, la φύσις fιsis naturaleza tal como la percibimos, no posee espíritu: es sólo materia.
Los ángeles, por el contrario, no poseen materia: son sólo espíritu.
Por ello, el hombre se sitúa en el punto medio de la unión: es la existencia que vincula en sí misma los dos mundos, el material y el espiritual. Desde este punto de vista, el hombre es superior a los ángeles. No por dignidad moral, sino por riqueza ontológica.
El ángel no tiene cuerpo, no participa de la esencia de las realidades materiales creadas por Dios.
El hombre, en cambio, está constituido por aquello mismo que Dios ha creado, participando tanto del mundo espiritual como del mundo material.
¿Lo percibís?
Esto es de una riqueza inmensa y de una profundidad extraordinaria. El hombre es verdaderamente rico e interesante en su constitución.
Prestad atención ahora a esto: Precisamente porque el hombre es materia y espíritu a la vez, porque es una unidad psicosomática real y existente, y porque porta las características de la imagen (εἰκόνα icona) de Dios, se convierte en un epítome, es decir, en un resumen viviente de toda la creación, tanto visible como invisible.
En el hombre se recapitula el cosmos entero.
¡Esto es verdaderamente maravilloso!
Ahora bien, ¿dónde está la imagen-icona de Cristo Dios?
En esto: en que el Dios Logos se ha hecho hombre.
Por lo tanto, mientras es una persona, una hipóstasis, Cristo tiene esta riqueza: que es el Dios Logos y es también su naturaleza humana, la humanidad, esto es, su cuerpo humano.
Como también Jesús Cristo, que es el Dios Logos humanizado, es de dos naturalezas, pero inconfundibles, no mezcladas, unidas en una sola persona-hipóstasis, inconfundiblemente y la materia con el espíritu no mezclados.
Y esto: el soma-cuerpo se haría Dios Logos tanto si pecáramos como si no.
Esto os lo he dicho otras veces: que el Hijo de Dios se haría hombre. aunque no hubiésemos pecado, porque ésta era la primera voluntad de Dios.
Y como tomaría la natura material creada, inconfundiblemente y no mezclada, por esta razón ahora hace al hombre que sea su propia imagen-icona, es decir, que sea Su materia y espíritu.
¿Y dónde está, pues, la imagen de Dios? ¿En el cuerpo o en la psique-alma?
Generalmente, en algunos manuales de las escuelas, dicen que está en la psique-alma. Atención, no os confundáis: la icona-imagen está en el hombre entero.
Para que no os confundáis y digáis: ¿cómo es posible que Dios sea hombre?, ahora aquí lo estáis viendo. Como el Dios Logos se ha hecho hombre, hace al hombre de acuerdo a sus medidas, participando en espíritu y también en materia.
Por lo tanto, la imagen-ícona del Dios humanizado, encarnado nos da esta exactitud: que la imagen de Él está en el hombre entero, tanto en su cuerpo como en su espíritu.
San Anastasio el Sinaíta tiene un logos maravilloso sobre esto y nos dice:
«Mientras que la misma deidad energizaba, operaba teándricamente (divinohumanamente), es decir, la deidad y la natura humana de Cristo, así también la psique-alma del hombre, la que existe como imagen del invisible Dios Logos, energiza, opera psico-ándricamente o psico-humanamente, es decir, con psique y soma-cuerpo; por tanto, somatopsíquicamente o psicosomáticamente. O sea, existencia psicosomática en tipo o modelo del Cristo teántrico (divinohumano). Por lo tanto, constituye icona-imagen del Cristo teántrico (divinohumano)».
¡Qué cosa más bella esto!
Séptima característica de la icona-imagen.
El hombre es de dos cosas: fisis-natura y prósopon (persona con rostro y personalidad). Los animales son sólo fisis-natura no son personas. La persona está constituida de autoconciencia; los animales no.
Cuando Dios dice a Moisés: «YoSoY el ὁ ὤν, el existente». El Soy expresa existencia y el Yo expresa prósopon (persona, rstro con personalidad). Porque el animal nunca dice yo. El hombre dice yo y Dios dice Yo.
Por lo tanto, tal y como Dios es ουσία (usía: esencia, sustancia) y Persona, así también el hombre es esencia y persona. Jesús Cristo, como sabéis, es una Persona, la segunda de las tres Personas de la Santa Trinidad; pues, una Persona, pero una y común es la esencia con el Padre y el Espíritu Santo.
¿Qué significa esto? Que el Dios Logos es esencia y Persona. El hombre es esencia y persona. He aquí, vemos también la icona-imagen de Cristo en el hombre. ¡Es admirable!
¿Sabéis las consecuencias que tienen estas cosas? Os contaré sólo una pequeña consecuencia sobre esto. Atención, guardad bien esto. Escuchad.
En nuestra época, también en algunas otras, pero principalmente en la actual, al hombre no se le reconoce como persona, sino como masa. Cuando decimos el laós-pueblo, naturalmente tiene muchos individuos (átomos); como sabéis, una cosa es individuo (átomo) y otra persona; muchas veces estas cosas las mezclamos.
Pero, si queremos hablar con exactitud, diríamos que individuo (átomo) es un trozo del total, el cual también determina πρόσωπον (prósopon: rostro con personalidad, persona). Cuando digo prósopon-persona, tiene mucha importancia. Significa que aquí tengo yo un yo parcial o particular.
Pues bien, si el laós-pueblo está constituido de individuos (átomos) que tienen prósopon rostro con personalidad, y se les reconoce su persona, entonces ciertamente esto tiene como consecuencia que reconocemos la icona-imagen de Dios en el hombre. Cuando, al contrario, vemos el pueblo como una masa, es decir, masificación de las personas, entonces no existe persona, ni libertad, ni lógica; no existe nada; es decir, hago lo que dice la masa.
¿Dónde está la persona o la personalidad? En ningún sitio. Y si sobresalta una persona con un golpe, se convierte otra vez en masa, puré o pulpa. Viene, pues, el hombre a masificar, a hacer pulpa a las personas humanas y a producir el elemento bestial que se llama masa.
Y nuestra época tiene unas máquinas y produce unas cosas así. Cada uno entiende lo que quiero decir. Guardad bien lo que os voy a decir:
«Sólo Cristo hace y eleva a personas, porque son sus iconas-imágenes».
Y, como sabéis, estas cosas han pasado a sistemas sociales, desgraciadamente. Y pasando a sistemas sociales, tenemos la desgracia de tener el fenómeno de las masas.
Son muchas las características y los elementos de la icona-imagen de Dios en el hombre. No podemos agotarlos todos. Hemos dicho los que podemos saber y percibir. Generalmente, la icona-imagen de Dios en el hombre permanece un misterio.
Copyright: Monasterio Komnineon de «Dormición de la Zeotokos» y «san Demetrio»,
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Traducido por: χΧ jJ — www.logosortodoxo.com







