
Humildad, la virtud de las virtudes
- Qué es la humildad, por el Yérontas A. Mitilineos — Resumen
- La humildad según los Santos Padres: sentencias y enseñanzas espirituales
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Aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón» (Mt 11,29).
La humildad es la sencillez de la vida que incluye al hombre entero.
[…] Pero, en el fondo, permanece este «quiero». También está el «divino quiero», es decir, que Dios quiera. Y, cuando el hombre quiere lo que Dios quiere, no tenemos más que hacer que se encuentren estos dos «quiero»: el de Dios y el del hombre. De este encuentro nace el milagro. Es el milagro de la santificación y de la zéosis, divinización, y parte de esta santidad es precisamente la humildad.
Tenemos cuatro categorías de humildad: la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro); la humildad del corazón; la humildad de la voluntad; y también la humildad del cuerpo.
La primera categoría es la humildad de la διάνοια (diania), que podemos expresar como la sencillez de la mente. También podríamos hablar, de manera más amplia, de la «sencillez de la vida», incluyendo así al hombre entero.
¿Cuál es esta sencillez de la mente? Es que el hombre reconozca sus propios límites, los límites de su propia mente, sin pretender sobrepasarlos.
La segunda categoría son los misterios que el hombre no debe conocer ni intentar penetrar. Allí donde Dios dice a Moisés: «Quítate tus zapatos, porque el lugar en que estás es santo», significa también que tienes que quitarte los «zapatos» de la διάνοια (diania); es decir, la mente debe deponer su racionalismo y su curiosidad y aceptar el misterio sin pretender investigarlo racionalmente.
La otra categoría son aquellos misterios que debemos conocer. Esto es precisamente lo que encontramos en las parábolas, que esconden misterios. A los Apóstoles el Señor les explica: «A vosotros se os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, pero a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean ni puedan introducirse al significado más profundo y oyendo no puedan entender la verdad» (Lucas 8:10) (A vosotros que tenéis interés y buena disposición, se ha dado de Dios como regalo a aprender las verdades secretas de la realeza increada de Dios, pero a los otros los hablo en parábolas. Ellos no tienen interés para conocer y aceptar las verdades espirituales. Y el nus/espíritu y el intelecto de ellos están embotados e incapaces para la enseñanza espiritual. Por eso enseño de esta manera, para que no puedan ver lo más profundo y puro, mientras que con los ojos de sus cuerpos ven, y para que no puedan entender mientras oyen la enseñanza que les explica los misterios. Y esto no lo hago sólo por justicia, sino también por bondad, para que ellos, por menospreciar la verdad no agraven su situación y se endurezcan aún más).
Estos misterios debemos investigarlos. Y san Isaac el Sirio dice que los misterios se apokaliptan, se revelan, a quienes tienen una conducta interior humilde. Los misterios de la Realeza increada de Dios se apokaliptan a los humildes.
Esto es muy importante. Por tanto, el hombre tiene que saber qué debe investigar y qué no debe investigar.
«No seáis orgullosos, poneos al nivel de los humildes. No os autoengañéis y os consideréis como sabios» (Rom 12,16); no seáis sabios en vuestra propia opinión; no debemos comportarnos como si lo supiéramos todo, ni pensar que poseemos una gran virtud y enorgullecernos de ella.
El humilde piensa y procura tener una conducta interior serena y sana. Escuchad y decid sencillamente: «Lo dijo Dios». Si entra una duda en vuestro interior, decid sencillamente: «Lo dijo Dios», y se acabó.
¿Es verdad que resucitaremos? Sí. Lo dijo Cristo; se acabó. Y permanezco tranquilo.
Al contrario, el hereje está privado de la humildad de la διάνοια (diania). Por eso le resulta muy difícil volver atrás: permanece encerrado en su egoísmo.
El orgulloso y arrogante en la διάνοια intenta hacer una interpretación o hermenéutica racional de la Apocálipsis —la Revelación de la Santa Escritura—; quiere comprender aquello de la fe que no podemos comprender, captar, interpretar ni racionalizar. Esto es orgullo, soberbia de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro,).
Ciertamente, hay muchas cosas más. Por ejemplo, la exactitud en el logos hablado y escrito es también humildad de la διάνοια. La ambigüedad o la imprecisión no son humildad.
Muchos quieren aparentar sabiduría mediante su ambigüedad o imprecisión, precisamente porque no son verdaderamente sabios. Intentan utilizar la ambigüedad para impresionar, como si fueran grandes, importantes y sabios. Ved cómo actúa el orgullo.
Después tenemos la humildad del corazón, que es el centro psicosomático.
Esta humildad del corazón se manifiesta mediante la comunión con las demás personas. Yo diría incluso con toda la creación, y no solamente con las personas.
El humilde de corazón ve a las personas como iconas —imágenes— de Dios; no las desprecia, acepta a cualquier persona y no rebaja a nadie.
Dice el Apóstol Santiago: «Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido barato y andrajoso y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces injustos con malos pensamientos contrarios a la agapi-amor desinteresada y a la justicia de Dios?» (Sant 2,2-4).
¿Por qué?, dice el Santo. ¿No son iguales todos?
Ciertamente, otra cosa distinta es mostrar honor a un cargo. A veces ofrecemos un lugar distinguido a una persona, no porque despreciemos a los demás, sino porque honramos el cargo que esa persona desempeña.
Atención a este tema: son dos cosas totalmente distintas. No se trata de desprecio hacia los demás, sino de mostrar honor a un cargo.
Debemos ser como los demás. Dice san Isaac el Sirio: «Ten cuidado de no despreciar ni sentir asco por una persona, porque tú también estás vestido de carne».
Tengo que ver a todos por igual. Y esto significa que tengo corazón y actitud humilde.
La humildad de la voluntad
Después tenemos la humildad de la voluntad. La voluntad es una de las tres dinamis —potencias y energías— de la psique-alma; las otras dos son la emoción y la comprensión.
La humildad de la voluntad se realiza mediante la diaconía, es decir, mediante el servicio. Cuando sirvo a los demás, pongo en práctica la humildad de la voluntad.
El mismo Señor nos dijo: «el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate y liberación por muchos» (Mt 20,28; Mc 10,45).
Sirvo a las necesidades de mis hermanos; nada de inteligencias ni de bellas habladurías. Aquí tenemos, pues, la humildad de la voluntad, que consiste en servir a mi prójimo.
La humildad del cuerpo
La cuarta categoría de humildad es la humildad del cuerpo.
¿Cómo se manifiesta la humildad del cuerpo? En la vestimenta sencilla, en el peinado, en el modo de caminar y en el comportamiento sencillo.
Dice la sabiduría de Sirac 19,29-30: «Por su aspecto se conoce al hombre y por su semblante al sensato. El vestir, el reír y el caminar denuncian lo que es».
Por estas cosas se manifiesta si el hombre es humilde u orgulloso.
Si seguimos la moda, esto no es humildad. La misma palabra «moda» indica un modo de vivir que me es impuesto: estoy esclavizado y sigo la moda como una oveja detrás del rebaño.
Humildad quiere decir que vista siempre decentemente, con sencillez y con limpieza.
¿Cómo se consigue la verdadera humildad?
Primero, mediante la μετάνοια (metania: cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión).
Cuando acepto quién soy; cuando he visto quién soy y comienzo a hacer metania en mí mismo, entonces acepto las tentaciones, las deshonras, los desprecios y las injurias que Dios permite para mi beneficio.
Esto significa que tengo metania, penitencia: me veo tal como soy, reconozco que por mí mismo no soy nada y acepto aquello que Dios permite para mí.
Segundo, debo tener Πένθος pénzos, duelo, luto aflicción espiritual.
[De nuestro léxico Alfaωmega. 1. Πένθος (Penzos) κατὰ Θεόν: luto, aflicción, duelo según Dios
Κατὰ Θεὸν πένθος significa literalmente «duelo según Dios» o «tristeza según Dios». Pero, en el lenguaje ascético y patrístico, la traducción más adecuada suele ser «duelo según Dios» o, de forma más expresiva, «aflicción según Dios».
En sentido espiritual, no se trata simplemente de tristeza psicológica ni de una tristeza causada por las circunstancias de la vida. Es el dolor de la psique por su alejamiento de Dios, acompañado del deseo ardiente de retornar a Él mediante la metania.
Por eso, πένθος en la tradición ascética puede expresar el dolor espiritual del corazón, que conduce a la metania, al arrepentimiento, a la oración y, finalmente, a la catarsis e iluminación.
El «duelo según Dios» no se identifica con el luto o duelo mundano que experimentan los hombres, por ejemplo, cuando pierden a sus seres queridos. Es, más bien, fruto de la toma de conciencia del pecado y de la adquisición de sanas vivencias y experiencias mediante la metania y el regreso al Señor.
Se trata de un duelo piadoso con una naturaleza propia que, mediante la Jaris, la energía increada de Dios, une la alegría y la tristeza propias del duelo, expresándose como un duelo gozoso, «duelo alegre» o «pena alegre».
No provoca conflictos ni perturbaciones en la psique; todo lo contrario, trae paz y serenidad a la psique-alma, así como una buena disposición para cumplir los divinos mandamientos, cultivar el logos y depositar la esperanza en Dios.
San Juan el Clímaco, en su séptimo discurso, dedicado al duelo gozoso, en la Escala, dice: «El duelo según Dios es la aflicción de la psique-alma, la disposición del corazón herido, que no cesa de buscar con pasión aquello que anhela ardientemente. Y cuanto menos alcanza aquello por lo que tiene sed, tanto más se esfuerza, lo persigue y corre tras ello, entre lágrimas de dolor».
El duelo según Dios destierra el enojo, el enfado y la ira. Cuando uno vive interiormente este duelo, no se enfada ni se irrita; por el contrario, la compunción o dilatación del corazón lo conduce a la paz, a la serenidad y a una disposición humilde hacia el prójimo.]
Tercero, está el espíritu de aprendizaje. Jesús Cristo dijo: «aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis psicoterapia y sanación, alivio y descanso, paz y serenidad en vuestras psiques-almas» (Mt 11,29).
«Aprended de mí»; por lo tanto, necesito un modelo, un prototipo. Este modelo es nuestro Señor Jesús Cristo.
Realmente tengo que estar aprendiendo de Jesús Cristo, que es el Gran Humilde.
Entonces, cuando tenemos estas tres cosas —la metania, el duelo según Dios y el espíritu de aprendizaje— tenemos la manera y el instrumento para entrar en el espacio de la humildad. De lo contrario, me esfuerzo vanamente.
Si tenemos en cuenta que el egoísmo es lo contrario de la humildad interior y exterior, y que es causante de muchos males y de los pazos, la humildad es la fuente de todas las virtudes y de todos los bienes. Así que, humildad significa negar el egoísmo.
El egoísmo constituye una enfermedad de la personalidad. Porque no es el yo o el εγώ egó lo que constituye una enfermedad. El egó-yo define la persona. Si yo no tengo autoconciencia, conciencia de mí mismo, es decir, si no tengo el yo o egó, entonces entendéis que la situación es muy difícil y seria. Significa que no tengo personalidad.
Por lo tanto, el egó-yo es lo que define la personalidad. El egoísmo, en cambio, significa enfermedad del ego o yo.
¿Y cómo se define esta enfermedad? Es muy difícil. Es decir, ¿cómo encontraremos el egoísmo?, ¿qué es aquello que hace el egoísmo?, ¿qué elementos lo constituyen? No sé qué decir; me quedo perplejo.
Ni siquiera el propio hombre puede penetrar fácilmente en esta pesadísima enfermedad, que es quizá la primera, y tal vez la única, consecuencia del pecado original. Por eso, uno tiene que comenzar adquiriendo autoconocimiento. Es decir, tiene que preguntarse: ¿Quién soy?
El egoísmo no consiste en que alguna vez diga algo y me mantenga firme en ello, del mismo modo que la humildad no consiste en bajar la cabeza y dejar que me golpeen.
La humildad es la apocatástasis, el restablecimiento del egó o yo frente al egoísmo; es decir, que el egó-yo, la personalidad, sea liberado del padecimiento del egoísmo, venciendo y pisoteando la enfermedad del egoísmo.
La αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) viene de fuera, viene de Dios. Dios envía la energía increada de Su agapi —atención: la energía increada emocional de Su agapi— y los hombres aman y corresponden, del mismo modo que el sol envía sus rayos.
Por lo tanto, el comienzo está en Dios. Cuanto más humilde soy, más atraigo la Jaris increada de Dios.
Para san Basilio, la humildad consiste en volver a la propia realidad. Porque, si te consideras más de lo que realmente eres, entonces eres un hombre orgulloso y arrogante. Si te consideras por debajo de lo que realmente eres, entonces padeces complejos, porque no has valorado ni estimado exactamente lo que eres.
Valorar y estimar lo que realmente soy: esto es humildad.
Porque, si alguien me dice que tengo talento y capacidad para cantar y psalmodear, y yo digo que no tengo esta facultad, entonces tengo un talento que estoy enterrando. Debo, pues, cultivar aquello que tengo.
Humildad quiere decir: lo que tengo, debo cultivarlo; y lo que no tengo, no debo cultivarlo, es decir, talentos inexistentes. Puesto que son talentos inexistentes, ¿por qué tengo que perder el tiempo cultivándolos y esforzándome en algo que no existe en mi interior?
La humildad no consiste en bajar la cabeza. El Señor dijo: «Aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón» (Mt 11,29).
¿Creéis que el Señor tendría la cabeza inclinada hacia abajo? No. Eso no es humildad.
El Señor hablaba y recriminaba. Pensemos en aquellos terribles «¡Ay de vosotros!» que dirigió a los gramatís gramaticales, intelectuales y fariseos hipócritas, recriminando a los poderes políticos, intelectuales y religiosos de su época. Porque en la época de Cristo había una gran decadencia. ¿Significa esto que el Señor dejaba de ser humilde? No.
[…] El Yérontas-Starets Tijon, del monasterio ruso de San Panteleimón del Monte Santo Athos, con su peculiar manera de hablar griego, decía: «Dios, cada mañana, con una mano bendice Su creación; y cuando encuentra a un humilde, lo bendice con las dos manos».
[…] La Ortodoxia conoce al hombre mediante Dios. El cristianismo occidental, siempre dentro de su espacio hermenéutico o interpretativo, conoce a Dios por medio del hombre.
Si me preguntáis cuál es el método más correcto, en principio os diría que existen dos caminos. Pero el camino más correcto es el de la Ortodoxia.
Porque, si quisiera conocer a Dios por medio del hombre, entonces cometería errores. Tendría delante de mí al hombre caído, al pecador, al descendiente de Adán.
La humildad según los Santos Padres: sentencias y enseñanzas espirituales
El Señor Jesús Cristo dijo: «Aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón» (Mt 11,29).
El modelo de la humildad es Cristo.
La humildad pertenece a la divinidad.
La humildad es una virtud que se relaciona y se entrelaza, directa e indirectamente, con todas las demás virtudes.
La humildad significa negar el egoísmo.
La humildad es la sanación, apocatástasis y restablecimiento del εγώ (egó, yo), liberándolo de la enfermedad del egoísmo.
La humildad es la metania, la penitencia y el luto según Dios.
La humildad en la diania (mente, intelecto) es la sencillez.
La humildad en la diania consiste en conocer las propias limitaciones y reconocer los límites de la propia lógica.
La humildad en la diania es también espíritu de aprendizaje.
La humildad del corazón es la comunión con las demás personas y con toda la creación.
La humildad del corazón consiste en ver a las personas como imágenes de Dios, no despreciar ni rebajar a nadie, y no considerarse superior.
La humildad de la voluntad es servir y amar al prójimo y orar por él.
La humildad del cuerpo consiste en vestir siempre decentemente, con sencillez y limpieza, sin adornarse para impresionar.
La humildad consiste en volver a la propia realidad, valorando y estimando lo que realmente somos, san Basilio,.
La humildad es también el recuerdo de los pecados, porque el olvido de ellos provoca orgullo, soberbia y vanagloria.
La humildad no consiste en bajar la cabeza.
La humildad es anónima, poliónima (multinombre) y multiforme.
La humildad es una Jaris anónima e inexpresable en la psique-alma, que no puede ser nombrada ni descrita adecuadamente, sino solamente por aquellos que la han probado y conocido por experiencia.
La humildad es una riqueza inexpresable, un don, un misterio, una energía increada y una donación de Dios.
La humildad consiste en olvidarse inmediatamente de las propias hazañas y de las obras buenas que uno ha realizado.
La humildad es considerarse a sí mismo como el último de los más grandes pecadores.
La humildad es concienciar y conocer, mediante el propio nus y la mente, la propia enfermedad, debilidad e impotencia.
La humildad es adelantarse en las disputas y ser el primero en aplacar y disolver la ira y el odio hacia el prójimo.
La humildad nace del no herir la conciencia del prójimo.
La humildad es conocer verdaderamente la Jaris y la caridad de Dios.
La humildad es sentir la contrición de la psique, mediante la continua metania, y la renuncia a la propia voluntad.
La humildad es producto de la gnosis (conocimiento increado), y la gnosis es producto de las tentaciones. En aquel que se ha conocido a sí mismo se concede la gnosis de todo; y en aquel que se ha sometido a Dios, todo se le someterá, cuando haya dominado la humildad en sus miembros.
La humildad consiste también en reconocer la propia debilidad y la ignorancia o desconocimiento que antes se tenía: desconocía aquellas cosas que ahora he aprendido, y todavía hay muchas cosas que quizá aprenda más adelante, según san Basilio el Magno.
La humildad consiste en reconocerse como una criatura mutable, variable y no presumir de nada, porque, si tiene algo, lo tiene gracias al Creador.
La humildad, pues, nace de la gnosis, y de ella nace el discernimiento, del cual procede la clarividencia o perspicacia.
La humildad es fuente de la virtud o don del discernimiento.
La humildad es un techo divino que cubre nuestros ojos, para que no veamos nuestras hazañas.
La humildad es un abismo de pobreza y olvido de sí mismo, inmune e inaccesible a cualquier ladrón.
La humildad es «una torre fuerte frente al enemigo» (Sal 60,4).
La humildad es la puerta de la Realeza increada celeste que introduce en ella a quienes se aproximan.
¡Humildad y Agapi! ¡Pareja divina! Una eleva y la otra sostiene y mantiene a quienes han sido elevados, sin permitirles caer jamás.
La humildad es la enseñanza espiritual de Cristo, que se guarda de los que son dignos, en cámaras místicas y secretas de sus psiques-almas, y no puede expresarse con palabras.
La humildad es un torbellino celeste que puede sacar a la psique-alma del abismo del pecado y elevarla hasta las alturas del cielo.
Una persona contempló una vez en su interior la belleza de la humildad y, quedando atónita y maravillada, preguntaba por el nombre de su padre.
Ella, con una sonrisa luminosa y apacible, le respondió:
«¿Por qué quieres saber el nombre de mi padre, puesto que él es anónimo? No te lo diré hasta que alcances a tener a Dios en tu interior».
¡A Él la doxa-gloria por los siglos! Amín.
Traducido y transcrito de las homilías, del griego hablado al español escrito, por: χΧ jJ www.logosortodoxo.com







