
Ortodoxia: La esperanza de los pueblos de Europa
†Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriu en el Monte Athos
En el presente texto se subraya que la autoconciencia ortodoxa no nos permite pasar por alto el hecho de que la Ortodoxia no puede constituir, junto con el Cristianismo occidental, una única “identidad cristiana”, sino que, por el contrario, nos obliga a enfatizar que la Ortodoxia es la Fe primigenia de Europa, olvidada por ella, la cual debe en algún momento volver a constituir su identidad cristiana.

La Europa Unida del siglo XXI busca su identidad. La «identidad europea» no constituía objeto de seria reflexión mientras era configurada únicamente por factores económicos y políticos. Pero desde el momento en que factores culturales y, especialmente, religiosos debían ser tomados en cuenta en su búsqueda, se desarrollaron serias discusiones, intensos desacuerdos y agudos conflictos en torno a la mención o no de la identidad cristiana de Europa en la «Constitución Europea».
¿Qué significa, sin embargo, «identidad cristiana de Europa» para nuestros pueblos ortodoxos? ¿Cuán cristiana es la «identidad cristiana de Europa»?
Quienes, con buena intención, luchan por el fortalecimiento de la identidad cristiana de Europa suelen hablar de ella como si se tratara de un dato histórico o de un código de principios y valores cristianos en los que pueden converger los pueblos cristianos con la ayuda de contactos ecuménicos y diálogos intercristianos. Los cristianos de Europa procuran garantizarla institucionalmente, porque temen la posibilidad de la descoloración religiosa de su continente, la alteración de su identidad cristiana debido a los cambios demográficos (migración, etc.), o la exclusión de las organizaciones cristianas “intereclesiales” de los centros de toma de decisiones en Europa.
Siguiendo la misma lógica, también las propuestas de representantes oficiales ortodoxos se centran en el fortalecimiento de una presencia cristiana institucional en Europa.
En el presente texto se subraya que la autoconciencia ortodoxa no nos permite pasar por alto el hecho de que la Ortodoxia no puede constituir, junto con el Cristianismo occidental, una única “identidad cristiana”, sino que, por el contrario, nos obliga a enfatizar que la Ortodoxia es la Fe primigenia de Europa, olvidada por ella, la cual debe en algún momento volver a constituir de nuevo su identidad cristiana.
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Viviendo en el entorno del Monte Athos y en la atmósfera espiritual que éste crea, percibimos que nuestra herencia ortodoxa no debe medirse con las medidas de este mundo. En los últimos años somos testigos de la piedad y de la profunda fe de los peregrinos del Monte Athos, muchos de los cuales vienen con gran esfuerzo y con elevados gastos desde los países balcánicos de la misma fe y desde Rusia.
En la conciencia de todos estos piadosos cristianos ortodoxos, así como de aquellos a quienes representan en su país, la Ortodoxia no tiene habitualmente el sentido que le atribuyen quienes la ven o la afrontan con criterios ideológicos o sociológicos; es decir, quienes acostumbran ver en nuestro Oriente “arcos ortodoxos” antiooccidentales paralelos a los musulmanes, o consideran la Ortodoxia como una fuerza nacionalista de los pueblos que la profesan. Aunque los ortodoxos generemos tales impresiones, debido a nuestras imperfecciones personales o a nuestros desaciertos colectivos, tenemos profundamente arraigada en nuestra conciencia la convicción de que la Ortodoxia es algo mucho más esencial, celestial e indestructible: es el don inestimable del santo Dios Trinitario al mundo, «la fe que ha sido entregada una vez para siempre a los santos» (Jud 3), la cual nuestra Iglesia Ortodoxa conserva íntegra, sin adulteraciones heréticas, y la cual hemos preservado con muchos sacrificios en tiempos difíciles, a fin de no perder la esperanza de la vida eterna.
Los pueblos ortodoxos hemos sido bendecidos y agraciados por el santo Dios con llevar el sello del santo Bautismo ortodoxo, comulgar la santa Efjaristía ortodoxa, seguir con humildad la enseñanza dogmática de los santos siete Concilios Ecuménicos como único camino de salvación, y guardar «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4,3). Llevamos ciertamente el depósito de la Fe ortodoxa «en recipientes de barro» (2 Cor. 4,7); sin embargo, por la χάρις (jaris: gracia energía increada) de Dios, ella constituye la razón «de la esperanza que hay en nosotros» (1 Pe. 3,15).
Nuestra Iglesia Ortodoxa no es simplemente arca de nuestra herencia histórica nacional. Ante todo, y sobre todo, es la Una Iglesia, Santa, Católica y Apostólica.
Para no perder la esperanza de la salvación eterna en Cristo, en épocas difíciles los pueblos ortodoxos de los Balcanes conservaron su Fe ortodoxa con el sacrificio de miles de neomártires, resistiendo tanto a la islamización como a la uniatización1. Por ello, el reciente recrudecimiento de la Unía, tras el colapso de los regímenes ateos, así como la actividad de las confesiones neo-protestantes entre poblaciones ortodoxas, constituyen desafíos gravísimos para los ortodoxos. Y como tales deben ser afrontados, porque una vez más ponen en peligro la salvación de psiques-almas sencillas, «por quienes Cristo murió» (cf. Rom. 14,15).
En las sociedades occidentales, tradicionalmente católicas romanas y protestantes, donde existen y actúan parroquias ortodoxas, la presencia ortodoxa debe ser testimonio humilde del Cristianismo auténtico, del cual estas sociedades se vieron privadas durante siglos, debido a las desviaciones papales y protestantes de la Fe apostólica. Cada vez que la búsqueda nostálgica de la Fe cristiana inmaculada culmina en el retorno de cristianos heterodoxos al seno de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, la Ortodoxa, se manifiesta la naturaleza misionera de la Iglesia. Al retornar los heterodoxos a la Iglesia Ortodoxa, no abandonan una iglesia para abrazar otra, como erróneamente se considera; en realidad, dejan un esquema eclesiástico antropocéntrico y redescubren la una y única Iglesia de Cristo, se hacen miembros del Cuerpo de Cristo y se reorientan en el camino de la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación).
Desgraciadamente, dirección opuesta sigue el ecumenismo sincretista*, expresado institucionalmente por órganos del llamado Movimiento Ecuménico y por representantes del ecumenismo papocéntrico Al pasar por alto la eclesiología ortodoxa y seguir la «teoría de las ramas» protestante o la más reciente teoría romanocéntrica de las «iglesias hermanas», o (la venenosa herejía “teología meta-patrística” ver https://www.logosortodoxo.com/herejias/la-teologia-bautismal-y-herejia-meta-patristica/), consideran que la Verdad de la Fe apostólica, o parte de ella, se conserva en todas las iglesias y confesiones cristianas. Por ello orientan sus esfuerzos hacia la realización de una unidad visible de los cristianos, independientemente de una unidad más profunda en la Fe. (*El sincretismo es la combinación o fusión de elementos culturales, religiosos, filosóficos o lingüísticos distintos en una nueva forma)
En este sentido, la “teología” ecumenista equipara el Bautismo ortodoxo (triple inmersión) con el rociamiento (o aspersión) católico romano, considera la herejía del Filioque dogmáticamente equivalente a la enseñanza ortodoxa sobre la procedencia del Espíritu Santo sólo del Padre, reinterpreta el primado de jurisdicción del Papa de Roma como primado de servicio, denomina teologúmena la enseñanza ortodoxa sobre la distinción entre esencia y energías increadas en Dios y sobre la χάρις gracia divina increada, etc.
Se trata de un ecumenismo superficial, sobre el cual escribía con acierto el inolvidable p. Dumitru Stăniloae: «Se crea de vez en cuando, a partir del gran deseo de unión, un deseo y entusiasmo fácil que cree poder, con su calor emocional, licuar la realidad y recrearla sin dificultad. Se crea incluso una mentalidad diplomática de compromiso, que piensa poder reconciliar, mediante concesiones doctrinales mutuas, posiciones dogmáticas o situaciones más generales que mantienen a las iglesias separadas. Estos dos modos de afrontar —o pasar por alto— la realidad, revelan cierta elasticidad o cierta relativización del valor que se atribuye a determinados artículos de fe de las iglesias. Esta relativización refleja quizá la muy baja importancia que ciertos grupos cristianos -en su conjunto o en algunos de sus círculos- conceden a estos artículos de fe. Proponen sobre ellos, por entusiasmo o mentalidad diplomática, transacciones y compromisos, precisamente porque no tienen nada que perder con lo que proponen. Pero tales compromisos presentan gran peligro para Iglesias en las que los artículos correspondientes tienen importancia de primer orden. Para estas Iglesias, semejantes propuestas de transacción y compromiso equivalen a ataques manifiestos»2.
Paralelamente, las confesiones protestantes, que han llegado hasta la negación de dogmas fundamentales de la Fe (la historicidad de la Resurrección, la perpetua virginidad de la Madre de Dios, etc.) y a la aceptación de prácticas contrarias al Evangelio (matrimonio entre personas del mismo sexo, etc.), son equiparadas en los paneles del Consejo Mundial de Iglesias con las santísimas Iglesias Ortodoxas locales. La teoría de la «desmitologización», la “teología” de la “muerte de Dios”, la ordenación de mujeres a grados sacerdotales, la celebración religiosa del matrimonio entre personas del mismo sexo, indudablemente no constituyen elementos de nuestra identidad cristiana.
El protestantismo ha caído en una profundísima crisis de fe. Frank Schaeffer, el conocido protestante estadounidense que, tras una larga y ardua búsqueda personal, se hizo ortodoxo, en su libro Dancing Alone: The Quest for Orthodox Faith in the Age of False Religion, Regina Orthodox Press, Salisbury, USA (en traducción griega con el título Buscando la fe ortodoxa en la era de las religiones falsas, ed. Makrygiannis, Kozani 2004), ofrece muchos datos interesantes que revelan la decadencia del protestantismo respecto de la Verdad de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, la Ortodoxa.
Extensión y consecuencia inevitable del sincretismo intercristiano es el sincretismo interreligioso, el cual reconoce capacidad y posibilidad de salvación a quienes pertenecen a una de las religiones monoteístas. Un obispo ortodoxo escribió que «en el fondo, una iglesia y una mezquita… apuntan a la misma realización espiritual del hombre»3. El sincretismo interreligioso no duda incluso en reconocer caminos salvíficos en todas las religiones del mundo4. Hace algunos años, un profesor de la Universidad de Atenas escribió que puede encender una vela ante el icono de la Virgen, así como ante la estatua de una de las diosas del hinduismo.
Obispos, clérigos y teólogos ortodoxos, lamentablemente, han sido influidos por esta mentalidad sincretista. Con sus opiniones teológicas, que los dirigentes y pensadores secularizados suelen escuchar y reconocer como ortodoxas, contribuyen a que esta mentalidad supere los estrechos límites de sus percepciones personales y se convierta en “línea” con metas y objetivos. En esta perspectiva, la agapi-amor, sin referencia a la verdad dogmática, se establece como criterio de unidad de los cristianos, mientras que la fidelidad a las posiciones teológicas ortodoxas tradicionales es desaprobada como intolerancia y fundamentalismo.
En cuanto a cómo la mentalidad ecumenista construye el tipo de una identidad europea aparentemente cristiana, son características los «compromisos» de los representantes de las iglesias cristianas que firmaron la Carta Ecuménica el 22 de abril de 2001(5).
Sin embargo, esta identidad “cristiana” de Europa dista mucho de la verdadera identidad cristiana de los pueblos europeos. Debe subrayarse con todo énfasis que se perjudica a Europa cuando le atribuimos una identidad que no es verdaderamente cristiana sino sólo en apariencia. Un cristianismo enfermizo, adulterado, no es el cristianismo de las catacumbas de Roma, de san Ireneo de Lyon, de los monjes ortodoxos de Escocia e Irlanda, en general el cristianismo del primer milenio. Un cristianismo adulterado no puede proteger a Europa de la invasión de concepciones y costumbres no cristianas en sus sociedades.
Es ya conocido que muchos europeos se han cansado del seco racionalismo, añoran el misticismo perdido y, por ello, abrazan el islam, el budismo o el hinduismo, se entregan al esoterismo o buscan experiencias metafísicas en movimientos de la Nueva Era. Se informa que sólo en Italia funcionan alrededor de 500 mezquitas musulmanas, mientras que en Francia el 5% de la población es musulmana (y ahora 2026 mucho más).
La Iglesia Ortodoxa posee la Verdad. En su centro tiene a Cristo. En ella todo es teándrico (divino-humano), porque todo, ofrecido al Señor Dios-Hombre Θεάνθρωπο, es agraciado por la gracia increada del Espíritu Santo. Por ello puede dar reposo a las almas que buscan de buena voluntad su liberación del asfixiante cerco del racionalismo, del cientificismo, del materialismo, del idealismo, de la tecnocracia. Por ello no debe la Ortodoxia ser arrastrada al crisol sincretista; no debe perderse la esperanza del mundo entero.
Como pastores ortodoxos y como fieles ortodoxos tenemos el deber de custodiar el sagrado depósito de nuestra Fe Ortodoxa. El Apóstol de las Naciones ordena a los presbíteros de Éfeso y a los pastores de la Iglesia hasta hoy: «Cuidad de vosotros, cómo vivís y cómo enseñáis. Cuidad de todo el rebaño espiritual, del que el Espíritu Santo os ha constituido como guardianes para apacentar la Iglesia del Señor y Dios, que el mismo Señor ha adquirido con su propia sangre» (Hech. 20,28). Y el mismo exhorta al fiel pueblo de Tesalónica y de toda la Iglesia: «Por tanto, hermanos, manteneos firmes y guardad las paradosis tradiciones y entregas de las enseñanzas que habéis recibido de nosotros sea por logos o por escrito» (2 Tes. 2,15).
El Viejo Continente, en el ámbito de la Fe, ha errado. La Nueva Era amenaza ya abiertamente a las sociedades europeas con la descristianización. No es extraño. Europa dio la espalda a Cristo; en algún momento lo expulsó, como observan acertadamente Fyodor Dostoevsky en el «Gran Inquisidor» de Los hermanos Karamazov y san Nikolaj Velimirović.
La Iglesia Ortodoxa debe manifestar su carisma y su misión, proclamar a los pueblos de Europa que, si hay algo que puede salvar a Europa en esta fase crítica de su historia, es la Ortodoxia. No privemos nosotros mismos a nuestra Iglesia Ortodoxa de la posibilidad de ofrecer este mensaje salvífico a los pueblos de Europa, equiparando la Fe ortodoxa con la herejía en la perspectiva confusa y la visión imprecisa del ecumenismo sincretista. Podemos contribuir a un ecumenismo sano, absolutamente ortodoxo, revelando a los cristianos heterodoxos el Misterio del Dios-Hombre Θεάνθρωπο y de Su Iglesia, y proclamando junto con el bienaventurado y confesor yérontas (ahora santo) Justin Popović:
«La salida de todos los callejones sin salida, humanistas, ecumenistas, papistas, es el histórico Señor Θεάνθρωπο Dios-Hombre Jesús Cristo y Su histórico edificio teándrico (divino-humano), la Iglesia, de la cual Él es la Cabeza eterna y que es Su Cuerpo eterno. La Fe Apostólica, Santopatrística, santotradicional, Santosinodal, Católica Ortodoxa es el remedio o fármaco de la resurrección de todas las herejías, comoquiera que se llamen. En última instancia, toda herejía es del hombre y “según el hombre”; cada una de ellas coloca al hombre en el lugar del Θεάνθρωπο Dios-Hombre, sustituye al Dios-Hombre por el hombre. Con ello niega y rechaza la Iglesia…
La única salvación de esto es la fe apostólica teándrica (divino-humana), es decir, el retorno total al camino teándrico de los santos Apóstoles y de los santos Padres. Esto significa retorno a su inmaculada, incontaminada fe ortodoxa y al Θεάνθρωπο Dios-Hombre Cristo, a su vida teándrica (divino-humana) llena de gracia increada en la Iglesia por el Espíritu Santo, a su libertad en Cristo…
De otro modo, sin el camino apostólico y patrístico, sin el seguimiento apostólico y patrístico del único Dios verdadero en todos los mundos y la adoración del único Dios verdadero y siempre viviente, el Θεανθρώπο Dios-Hombre y Salvador Cristo, es seguro que el hombre se hundirá en el mar muerto de la idolatría civilizada europea y, en lugar del Dios Vivo y Verdadero, venerará y adorará los pseudo-ídolos de este siglo, en los cuales no hay salvación, ni resurrección, ni θέωσις zéosis para el ser afligido llamado hombre»8.
Santo Monasterio de Gregoriu del Monte Athos, 24 de marzo de 2006.
Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/
Notas:
(1) Archim. Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriou del Monte Athos, «La autoconciencia eclesiológica de los ortodoxos desde la Caída [de Constantinopla] hasta comienzos del siglo XX», en el volumen colectivo VEINTICINCO ANIVERSARIO (homenaje al Metropolita de Neápolis y Stavrúpolis, Dionisio), Tesalónica 1999, p. 124.
Véase también Athanasius Jevtić, obispo de Banato (actualmente ex de Zahumlie y Herzegovina), «La Unía contra la Ortodoxia Serbia», en el volumen colectivo LA UNÍA AYER Y HOY, ed. Armos, Atenas 1992.
Sobre la actividad de la Unía en Transilvania, véase 30 Vidas de Santos Rumanos, ed. Orthodoxos Kypseli, Tesalónica 1992, p. 123.
(2) Dumitru Stăniloae, Por un ecumenismo ortodoxo, ed. Athos, El Pireo 1976, pp. 19-20.
(3) Ortodoxia e Islam, ed. del Monasterio de Gregoriou, 1997, p. 16.
(4) Ibíd., pp. 9-11.
(5) Véase revista Apóstol Bernabé, Nicosia, Chipre, n.º 10/2001, pp. 411-423.
(6) Fyodor Dostoevsky, Los hermanos Karamazov, ed. Govostis, Atenas, pp. 99-121.
(7) Archim. Justin Popović, La Iglesia Ortodoxa y el Ecumenismo, ed. Orthodoxos Kypseli, Tesalónica 1974, pp. 238 y 251-252.
(8) Ibíd., pp. 256-257.
Monte Athos, 24 de marzo de 2006.







