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Nov 20 2025

La Entrada de la Zeotokos en el Santo de los Santos, comentarios teológicos

La Entrada de la Zeotokos en el Santo de los Santos, comentarios teológicos

 

a) «Hoy es llevada al templo la incontaminada Virgen»

b) La Madre de Dios, modelo de vida hisijasta o hesicasta

 

a) «Hoy es llevada al templo la incontaminada»

Lampros K. Skontzos – Teólogo, profesor

Dedicado a la fiesta de la Entrada de la Zeotokos)

La fiesta de la Entrada de la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios) Madre de Dios es una importante celebración dedicada a la Zeotokos, que los fieles ortodoxos celebran con respeto y solemnidad en todo el mundo. Se estableció alrededor del siglo VI en Jerusalén, basándose en la antigua tradición de nuestra Iglesia. San Sofronio de Jerusalén (634-638) menciona esta fiesta en sus escritos. En Constantinopla se estableció hacia finales del siglo VII o comienzos del VIII. En ella se celebra el acontecimiento de la entrada de la Virgen María en el Templo de Salomón cuando tenía tres años.

Ciertamente, no existen testimonios bíblicos sobre este acontecimiento. Obtenemos información de la santa Παράδοσης* (Parádosis: Sagrada Tradición, Transmisión, Entrega) de nuestra Iglesia, que ha conservado numerosos hechos que no se narran en los Santos Evangelios. Aprovechamos la ocasión para subrayar una vez más que los Evangelios no son textos históricos en el sentido estricto del término, sino principalmente textos misioneros, escritos para servir necesidades misioneras y pastorales concretas de la Iglesia antigua. *(ver: https://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

Por eso, pues, quedó fuera de los relatos evangélicos la mayor parte de la presencia terrena del Señor y de la vida de otras personas sagradas relacionadas con la obra de la salvación. En cambio, parte de esta información fue conservada por la Santa Tradición, la cual, como sabemos, tiene la misma autoridad que la Sagrada Escritura.

Según la Santa Parádosis los padres de la Zeotokos, Joaquín y Ana, eran personas piadosas y justas. Pertenecían a aquel pequeño grupo de judíos fieles y devotos que esperaban con anhelo la venida del Mesías. Estos piadosos esposos se esforzaban por tener hijos, esperando que entre sus descendientes naciera el Mesías.

Los padres de la Zeotokos vivían con la esperanza de tener descendencia, pero, lamentablemente, eran estériles. Durante veinte años intentaron concebir sin resultado. El oprobio de la esterilidad y la soledad que esta les causaba llenaban sus almas de profunda tristeza. Sin embargo, no perdieron su fe en Dios ni por un instante. Tenían la convicción de que Dios es el dador de todo bien, y sobre todo de la fecundidad. Sus vidas transcurrían en oración, ayuno y una intensa esperanza de que Dios escucharía sus súplicas y finalmente los tendría misericordia.

En efecto, Dios escuchó sus oraciones. Un ángel del Señor se apareció a Santa Ana y le anunció la gozosa noticia de que sería madre. La anciana pareja obtuvo finalmente descendencia. La piadosa y anciana Ana dio a luz una niña llena de χάρις (jaris: gracia, energía increada), a quien llamaron María (en hebreo Mariam), que significa “Señora”. Expresaron su inesperada alegría con himnos y acciones de gracias a Dios. Consideraron al recién nacido como un regalo Suyo y, por eso, desde el primer momento la dedicaron a Él de todo corazón.

La pequeña María, desde su nacimiento, estaba adornada con gracias y cualidades difícilmente explicables en términos humanos. Desde entonces se mostró que había sido apartada por Dios para servir el plan de la salvación del mundo. Su prudencia, apacibilidad, mansedumbre, humildad y obediencia sorprendían a sus padres y a quienes vivían en su entorno.

Cuando María cumplió tres años, sus piadosos padres decidieron cumplir su promesa a Dios: ofrecerle como un don a su amada hija. Además, según la tradición, ambos se encontraban ya en edad muy avanzada y no podían cuidar adecuadamente a la pequeña María. Así emprendieron camino hacia el Templo del Señor en Jerusalén. Allí encontraron a su pariente el sacerdote Zacarías, padre de Juan el Precursor, quien también era entonces estéril. Servía el santuario con temor de Dios y oraba incesantemente para que Dios lo favoreciera y le concediera también un hijo con su esposa Isabel.

La llegada al esplendoroso Templo colmó sus almas de devoción y reverencia. Pisaban el lugar sagrado donde la presencia del Señor era palpable. Los judíos creían que el Templo era la morada de Dios y que el Santo de los Santos (Sancta Sanctorum o Altar de los Altares) era su trono; por eso, aquel recinto era considerado un lugar de temor y sobrecogimiento. Nadie podía entrar allí, excepto el Sumo Sacerdote una vez al año, el Día de la Expiación, para incensar, descalzo, descubierto y con una túnica sencilla.

El sacerdote Zacarías los recibió en una de las grandes puertas del amplio atrio. Al pueblo no le estaba permitido entrar en el Templo. Solo el Sumo Sacerdote, los sacerdotes y levitas entraban al santuario y al Santo para ofrecer los sacrificios establecidos por Moisés y cumplir las ceremonias. El pueblo permanecía en el espacioso atrio y en las numerosas galerías anexas, donde observaba los sacrificios, las oraciones y los diversos rituales de los sacerdotes.

Con asombro y admiración observaron que la pequeña María no solo no mostró resistencia natural al separarse de sus padres, sino que siguió con alegría al venerable Zacarías hacia el Templo del Señor. La χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios había cubierto toda reacción natural y ya la había convertido en un precioso vaso de elección. La antigua tradición cristiana relata que el anciano Zacarías, por inspiración divina, condujo a María al Sancta Sanctorum, Altar de lo Altares. Allí, en la estancia más sagrada, oscura e inaccesible del Templo, entró para pasar los años de su infancia intacta de la mancha del pecado humano, como un tesoro precioso custodiado en una cámara segura.

Las condiciones de vida en aquel lugar eran sumamente desfavorables para un mortal común. Como dijimos, allí reinaba una densa oscuridad y la entrada de cualquier persona estaba estrictamente prohibida, incluso para llevar alimento. Pero la pequeña María no era una simple mortal. Había sido llamada desde el vientre de su madre para convertirse en la Madre de Dios. El inhóspito espacio del sancta sanctorum del Templo se transformó por causa de Ella en un ambiente paradisíaco. Una luz celeste e increada, visible solo para Ella, iluminaba abundantemente y de manera deslumbrante aquel lugar. Ángeles de Dios estaban incesantemente a su lado y le hacían compañía. Otros ángeles le traían alimento celestial secreto, y otros la servían.

Esto duró doce años completos, hasta que cumplió quince. Entonces, Zacarías, junto con otros venerables y piadosos sacerdotes del Templo, decidieron sacar a María de los Santos de los Santos y conducirla nuevamente al mundo. Para su protección, la desposaron con el piadoso y anciano José (su guía espiritual y padrino), quien, según la tradición, era viudo y tenía hijos de su primera esposa. Se establecieron en la hermosa y tranquila aldea de Nazaret, donde poco tiempo después ocurrió su santo Anuncio, el Evangelismo.

La gran y universal fiesta dedicada a la Madre de Dios, la Entrada de la Zeotokos, es celebrada solemnemente por nuestra Iglesia. Los oficios sagrados tienen un carácter festivo. Grandes himnógrafos, como Jorge de Nicea, León el Magistro, José el Himnógrafo, Sergio el Hierosolimitano y Basilio el Pigorita, compusieron himnos de gran valor poético y teológico. Un himno dice:

«Se alegran el cielo y la tierra al ver que el cielo espiritual avanza para ser criado dignamente en la casa divina».

Los fieles llenamos los templos y honramos a la Siempre Virgen, quien se convirtió en causa de nuestra salvación y nos cubre bajo sus incesantes oraciones dirigidas a su Hijo y Salvador Jesús Cristo.

 

SIGNIFICADO TEOLÓGICO DE LA FIESTA DE LA ENTRADA DE LA ZEOTOKOS

La Zeotokos es la más santa de todas las criaturas humanas, la Elegida por Dios entre millones de mujeres para desempeñar un papel absolutamente central en la obra de la salvación del género humano y de toda la creación. La divina sabiduría vio en su santísimo rostro la absoluta pureza y santidad necesarias para convertirse en la Madre del Dios absolutamente santo.

La fiesta de la Entrada tiene como objetivo enseñarnos conceptos muy elevados sobre la personalidad de la Zeotokos. Pretende iniciarnos en la profundidad inconcebible de la teología referente a su incomparable contribución en la realización del plan divino de la salvación del mundo.

El núcleo histórico del acontecimiento preocupa poco a la Iglesia en comparación con su significado teológico. Algunos sostienen que, dado que el primer testimonio escrito procede del apócrifo Protoevangelio de Santiago, no debería considerarse fiable. Pero para nuestra teología ortodoxa, este hecho histórico en sí mismo tiene poca importancia frente a su significado moral y teológico.

El Templo de Jerusalén es imagen de la Madre de Dios. Es bien conocida la fe de los judíos en la sacralidad del Templo. Creían que Dios habitaba en su interior y por eso subían al monte Sión con reverencia y temor, como si se acercaran al mismo Dios. El Arca de la Alianza era considerada el trono de Dios y su presencia visible en la tierra. Nadie se atrevía a aproximarse al recinto del Templo llamado Santos de los Santos, excepto el Sumo Sacerdote una vez al año, en el solemne Día de la Expiación. Entraba descalzo, vestido con una túnica de lino, para incensar. Después de esto, nadie se atrevía a acercarse allí.

El pueblo llano no podía entrar en ninguna estancia del Templo; solo el sacerdocio accedía al pronaos y al Santo. Los fieles permanecían en el amplio atrio y en las diversas galerías anexas, desde donde oraban y observaban las ceremonias de los sacerdotes.

Nuestra Panaghía es el templo espiritual de Dios. El santísimo santuario espiritual en el que quiso habitar el Dios eterno e infinito. El himnógrafo sagrado, queriendo destacar esta sorprendente comparación, escribió que la Zeotokos es: «El purísimo templo del Salvador, la cámara nupcial preciosísima y virgen, el sagrado tesoro de la doxa-gloria increada de Dios».

Si el Templo de Jerusalén era considerado santo por los judíos porque creían que Dios habitaba en él, ¡pensemos cuánto más santa debe considerarse la Zeotokos, que llevó verdaderamente en su purísimo seno al Logos encarnado y lo alimentó con su propia sangre!

El Templo de Jerusalén fue destruido y borrado por los romanos. En cambio, el templo espiritual de Dios —la Virgen María— permanece por los siglos y recibe los más altos honores de los innumerables fieles de todas las épocas.

La entrada de la Zeotokos en el Templo de Jerusalén quiere revelar lo inconcebible de su pureza y santidad. En los inaccesibles Santos de los Santos se preservó su virginidad y se cultivó su santidad. Solo en un lugar tan sagrado se podía proteger la pureza necesaria para recibir en sus entrañas al Dios absolutamente santo. Solo la convivencia con los santos ángeles podía cultivar su santidad. La fuerza y el ímpetu de la iniquidad humana eran tales que, si la Virgen María hubiera permanecido en el mundo, no sabemos si habría podido mantener el grado de santidad necesario para recibir en su seno al Dios santísimo.

En la persona de la Zeotokos vemos la superación de la naturaleza humana caída y la restauración de su estado anterior a la caída. Ella nació, ciertamente, con la naturaleza caída, como heredera del pecado de los primeros padres en ser creados. Pero la divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) la fue elevando progresivamente desde su infancia hasta la Anunciación, momento en que, por la sombra del Espíritu Santo, fue purificada absolutamente del pecado ancestral y recibió la naturaleza incorrupta previa a la caída. Solo así, liberada de la carga de la naturaleza caída y de la corrupción del pecado, podía cumplir su misión suprema. Las piadosas narraciones sobre Su maravillosa estancia en el Templo expresan precisamente esta fe en Su progresiva catarsis y purificación.

La bendita entrada de la Virgen María en el Templo constituye el comienzo de la realización del plan eterno del Dios Trino para la salvación del mundo. En los himnos de la gran fiesta cantamos: «Hoy es el prólogo de la benevolencia de Dios y la proclamación de la salvación de los hombres». Representa la aurora de la liberación del género humano de la esclavitud del pecado. Por ello, nuestra Iglesia celebra espléndidamente este acontecimiento.

Como fieles conscientes de Cristo, somos fervientes e incesantes honradores del sagrado rostro de la Madre de Dios, pues su contribución a nuestra salvación fue decisiva. Con intenso entusiasmo celebramos la gran fiesta y honramos a la Θεοτόκος Zeotokos, cantando «con una sola voz» junto al himnógrafo sagrado del día:

«Χαίρε jere Alégrate, cumplimiento de la economía del Creador». Amín.

Lampros K. Skontzos

 

b) La Madre de Dios, modelo de vida hisijasta o hesicasta

Comentario sobre la Entrada de la Madre de Dios en el Templo

Archim. Pablo Dimitrakópulos, Teólogo–escritor –

Santa Metrópolis de Citera y Anticitera  21 de noviembre de 2025

 

La entrada legal en el Templo y la dedicación de nuestra Santísima Señora Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios), queridos hermanos, constituyó desde la antigüedad un acontecimiento de fiesta en honor de la Θεοτόκος, que nuestra Iglesia celebra el 21 de noviembre, porque representa una de las etapas más importantes de su vida terrena. En torno a los marcos históricos de esta fiesta la Sagrada Escritura no nos proporciona ninguna información; todo lo que conocemos procede de la Tradición de la Iglesia.

Según la Tradición, los padres de la Θεοτόκος, los santos Joaquín y Ana, al vivir sin hijos, suplicaban con ayunos y oraciones al Señor que les concediese un hijo, prometiendo que, si su petición se cumplía, dedicarían a Dios al niño que naciera. Y en efecto, Dios escuchó su súplica después de muchos años, cuando ellos habían llegado ya a edad avanzada y la concepción parecía imposible. Ana dio a luz a la Θεοτόκος Zeotokos, la que habría de convertirse en la Madre de Dios y en la salvación de todo el linaje humano. Cuando ella alcanzó los tres años de edad, tras su sobrenatural y prodigioso nacimiento, sus padres, cumpliendo la promesa hecha a Dios, la llevaron al Templo y la entregaron al sumo sacerdote Zacarías. Él la recibió y la condujo al lugar más interior del Templo, al llamado Santo de los Santos (Altar de los Altares), donde según la Ley sólo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año, el día de la Expiación. Allí permaneció la Virgen doce años, alimentada por mano de ángel, hasta que fue confiada al santo José (su padrino y guía espiritual), quien la tomó bajo su cuidado y la desposó.

Como todos los acontecimientos de la vida terrena de la Madre de Dios fueron maravillosos y extraordinarios, sobrepasando las leyes de la naturaleza, así también su entrada y permanencia durante doce años en el Templo constituye un hecho igualmente admirable y paradójico. Porque, ¿cómo puede explicarse racionalmente la firme orientación de una niña hacia una vida de dedicación total a una edad tan temprana, cuando otros niños buscan el calor de sus padres, la compañía de otros pequeños y el juego? ¿Cómo explicar la renuncia a todo trato y comunicación con el mundo exterior para entregarse sin distracción, con alma y cuerpo, al cultivo de las virtudes? Con la oración elevaba la mente y el corazón por encima de las realidades visibles y pasajeras de este mundo hacia el mundo espiritual celestial, y gozaba de la doxa-gloria de Dios.

Y como observa san Gregorio Palamás en un sermón sobre este tema, «vivía como si estuviera en el paraíso, en un lugar elevado por encima de la tierra, más bien en los atrios celestiales, de los cuales aquellos lugares sagrados inaccesibles (el Santo de los Santos) eran figura o tipo. Vivía una vida sin preocupaciones, sin cuidados, sin ansiedad, libre de dolor, ajena a las pasiones viles, superior incluso al placer, no exento de sufrimiento, viviendo sólo para Dios, vista sólo por Dios, alimentada por Dios, custodiada sólo por Dios, el cual iba a habitar entre nosotros por medio de ella; y ella veía sólo a Dios, teniendo por delicia a Dios, a quien estaba continuamente dedicada».

San Juan Damasceno, refiriéndose al mismo acontecimiento, escribe que la Θεοτόκος Zeotokos, «plantada y cultivada con el poder del Espíritu Santo en la casa de Dios como un olivo fecundo, se convirtió en morada de toda virtud. Habiendo apartado su mente de todo deseo mundano y carnal, conservó su alma y su cuerpo virginales, como era digno y apropiado para quien iba a recibir en su seno a Dios. Porque Dios, que es santo, reposa en los santos». Y en otro pasaje, dirigiéndose a ella, dice: «No vivías para ti misma, porque no naciste para ti misma. Vivías para Dios, para quien viniste al mundo, a fin de servir a la salvación del mundo. Y así se cumplió por ti el antiguo designio de Dios: la encarnación del Logos y la zéosis divinización nuestra» (https://www.logosortodoxo.com/la-zeosis/) .

La permanencia de la Madre de Dios en el Templo en este período de su vida constituye un tiempo de preparación y de prólogo, inscrito en el sapientísimo plan de la divina Providencia para la realización de la Economía Divina encarnada. Permaneciendo en el Templo y orando incesantemente, la Virgen conservó, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo, su virginidad limpia, pura e incontaminada por toda mancha del mundo exterior. Más aún, esta conducta y modo de vida en el Templo la presenta como modelo de vida hisijasta (hesicasta) y de oración continua, subrayando la importancia y el valor de la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y de la oración como condiciones necesarias para la fructificación espiritual del creyente. Sobre estas dos virtudes hablan abundantemente los santos Padres.

San Basilio el Grande, que experimentó personalmente los frutos de la ησυχία hisijía y cuánto contribuye a la catarsis del corazón, escribe en una carta: «La ησυχία hisijía es el principio de la catarsis de la psique-alma, pues la lengua no pronuncia cosas humanas ni se deja arrastrar a palabras frívolas, cosa que especialmente paraliza la fuerza de la psique-alma».

Este modo de vivir de la Madre de Dios tiene una importancia especial para nosotros, los cristianos del siglo XXI. Porque vivimos en una época marcada por la extroversión, la dispersión de la mente y la constante proyección hacia el mundo exterior. Una multitud de noticias, informaciones y acontecimientos inundan literalmente nuestros sentidos por medio de la televisión, internet y los medios de comunicación, buscando atraer nuestro interés y atención. Por otro lado, nuestra vida se ha vuelto múltiple y llena de preocupaciones. Intentamos responder a numerosas tareas y obligaciones, bajo cuyo peso se oprime nuestra vida interior, de modo que nuestra existencia se vuelve ansiosa, depresiva y agotadora. El tiempo para la oración es mínimo. Y la poca oración que hacemos, por ser mecánica y formal, acompañada de distracciones, fantasías e imaginaciones, no da fruto en nuestras almas.

Ciertamente, quienes vivimos en el mundo no podemos vivir como los ascetas, ni como vivió la Virgen en el Templo. Pero sí podemos simplificar nuestra vida y reducir cuidados y preocupaciones innecesarias, en la medida de lo posible. Podemos recortar la dispersión producida por la televisión y el teléfono móvil evitar el daño espiritual que proviene de ellos, para dar alas a la oración. Dios conoce las condiciones en que vivimos y no nos pide cosas que superen nuestras fuerzas. Hagamos, pues, lo que depende de nosotros, para que Dios haga lo que depende de Él. Él espera ver nuestro esfuerzo y está dispuesto a suplir lo que falta para concedernos abundantemente su χάρις (jaris: gracia, energía increada). Amén. Archim. Pablo Dimitrakópulos.

Traducido por: χΧ jJ  www.logosortodoxo.com

 

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