
Persecución Cristiana y Mártires Cristianos, C 18
El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.
(Muy actual para nuestra vida diaria)
Índice
- ¿Cómo se persigue hoy al cristianismo?
- ¿Cuál será nuestra reacción cuando se declare persecución contra la Iglesia?
- Tal como leemos en las vidas de los santos, todos los mártires se alegraban al morir por Cristo. ¿Cómo y de qué forma podría el hombre actual comprenderlo?
- ¿Por qué la época de los mártires es fuente de fuerza para cada época?
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¿Cómo se persigue hoy al cristianismo?
No es difícil entender cómo se persigue al cristianismo en nuestros días. De forma general, podríamos decir que mediante la calumnia y la difamación. Comienza cuando se acusa al cristianismo diciendo: «Esto o aquello hizo la Iglesia; esto hizo el sacerdote; esto el obispo; aquello hizo tal o cual cristiano. Lo veis: hace muchas y grandes persignaciones, pero también esto o lo otro…».
Con esto no quiero negar que exista falta de coherencia o inconsecuencia entre nosotros. Porque los cristianos, en efecto, muchas veces somos inconsecuentes, y eso es verdad. Damos pie a los enemigos de la Iglesia. Pero más allá de nuestras propias faltas, hoy existe una disposición claramente hostil hacia la Iglesia. Esto se puede ver fácilmente y está muy difundido: en la televisión, la radio, los periódicos, las revistas e incluso en las escuelas. Hay muchos que están contra el Evangelio, contra la Iglesia y contra Jesús Cristo.
Hoy, principalmente, la persecución se manifiesta en la calumnia y la difamación. Pero la persecución puede tomar muchas formas.
Por ejemplo, cuando en el colegio dicen: «Hijos, se acerca el carnaval, nos vamos a disfrazar, etc.», y todos participan en esos preparativos. Pero si alguien dice que el carnaval tiene elementos de idolatría, le responden: «¿Qué es eso de idolatría? Es solo una tradición festiva…». Si uno cede, entonces ha caído víctima de esa persecución sutil. Y si se opone, entonces comienza el rechazo: «¡Mira este! Es un anticuado. Quiere hacerse pasar por un cristiano ético…». Y así empieza la difamación, diciendo que eres esto o aquello, y otras cosas por el estilo.
Este es solo un pequeño ejemplo. Hijos míos, hoy la Iglesia de Cristo es perseguida de muchas maneras. Cuando existen libros que atacan la persona de Cristo, eso también es persecución. ¿De dónde queréis que empiece? ¿De Kazantzakis? ¿De los libros de la masonería del siglo XIX en Atenas hasta los de hoy? Hay una infinidad de obras en todo el mundo que calumnian y mienten la Iglesia y los Cristianos.
Yo diría: Señor mío, si a Ti te insultan de esta manera, ¡cuánto más a mí, que soy solo un hombre! El Señor ya lo dijo: «Si los hombres del mundo me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi logos, también guardarán el logos vuestro» (Juan 15:20).
Así, con esta guerra que se libra -desgraciadamente también en nuestra propia patria-, podríamos decir que se está produciendo una separación profunda entre quien permanece creyente y quien no. Es importante que esto lo sepamos. Y aquel que guarda en su corazón la fe y permanece fiel, debe tener cuidado: que nunca se doblegue ante la calumnia o la difamación lanzada por los enemigos de la Iglesia. Esto debemos tenerlo muy presente. (31.51)
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¿Cuál será nuestra reacción cuando se declare persecución contra la Iglesia?
En realidad, la persecución contra la Iglesia nunca ha cesado, y nunca se ha firmado una paz verdadera. Puede ser que en ciertos lugares haya paz por un tiempo, pero en otros, al mismo tiempo, puede haber guerra y persecución. Esto ocurre desde la antigüedad. Lo vemos ya en la Sagrada Escritura, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se dice: “…la Iglesia gozaba de paz en toda Judea”, lo que indica que, en ese lugar específico, no había persecución en ese momento. Pero eso no significaba que no hubiera persecución en otros lugares. Así ha sido siempre: dondequiera que se halle la Iglesia -aquí o en otro país-, ha sido perseguida desde el momento de su nacimiento.
Podríamos decir que hoy en Grecia no hay persecución abierta. Pero, ¿quién nos asegura que mañana no se promulgue una ley, o surja algún acontecimiento, y comience una nueva forma de ataque contra la Iglesia? Me diréis: «¿Así, de repente, mañana por la mañana?» Sí, precisamente eso quiero decir: puede suceder en un abrir y cerrar de ojos.
Pero, ¿qué entendemos exactamente por “persecución”? ¿Acaso imaginamos que se trata solamente de confiscar bienes, cerrar Iglesias o conducirnos al martirio? Claro que eso también lo es. Sin embargo, la persecución no se limita solo a esas formas. Puede manifestarse de muchas maneras.
Un Estado puede actuar contra la Iglesia incluso cuando no está formalmente separado de ella. Aquí en Grecia, como sabéis, el Estado no está separado de la Iglesia. En otros países sí lo está. Pero incluso sin una separación oficial, puede haber leyes, actitudes o decisiones administrativas que afecten negativamente a la Iglesia, y eso también constituye persecución. Todo esto lo vivimos hoy, en mayor o menor medida.
Muchos de vosotros habréis oído o experimentado situaciones en las que se dice: «Esto o aquello es un ataque o una persecución a la Iglesia». No siempre hablamos de martirios como en los antiguos martirologios (libros de los mártires); hoy en día, la persecución toma formas más sutiles. Por ejemplo: suprimir la asignatura de religión de las escuelas, tergiversar el contenido de los libros religiosos, o prohibir símbolos cristianos en espacios públicos -todo esto también es persecución.
Y en medio de todo esto, cabría preguntarse: ¿acaso la persecución no ha llegado ya a nuestras propias casas? A menudo hablamos de persecución exterior, pero ¿quién nos garantiza que en nuestra familia no exista ya esa oposición? Si los padres o familiares no creen en Dios, o no aceptan a Jesús Cristo, o incluso si creen, pero tienen otra visión del Evangelio, y observan que tú intentas vivir una vida de fe, ¿no ejercen presión y persecución sobre ti?
Si dices: “Cada domingo quiero ir a la Iglesia”, y te lo impiden, ¿no es eso una forma de persecución? Si decides ayunar, orar o vivir según los mandamientos del Evangelio, y alguien de tu familia se burla, te interrumpe o te desanima, ¿no es eso también una cruz que debes llevar? Recordad las palabras del Señor: “Los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mat 10:36). Y también: “El hijo se levantará contra el padre, la hija contra la madre, la nuera contra su suegra…” (Luc 12:53). ¿Qué indica todo esto? Indica que la persecución puede estar muy cerca de nosotros, incluso dentro de nuestra propia casa.
Por eso, podemos decir que esta persecución no es otra cosa que la cruz diaria de la que habla el Santo Evangelio: la cruz que todo cristiano está llamado a llevar cada día. Si un compañero se comporta contigo con ironía en clase o en el trabajo por causa de tu fe, eso es una forma de persecución; es la cruz de ese día.
Ante esto, ¿qué debemos hacer? Porque la pregunta que nos ocupa es: ¿Cuál será nuestra reacción en caso de persecución contra la Iglesia? No esperéis a que la persecución sea oficialmente declarada para reaccionar. Debemos reaccionar desde ya, con nuestra cruz diaria. ¿Cómo? ¿De qué manera?
Prestad atención, con dos elementos, o, mejor dicho, con dos armas espirituales fundamentales: la fe y la paciencia.
Mi fe no debe tambalearse; al contrario, debe estar fortaleciéndose continuamente. Cuando mi fe se fortalece, entonces puedo resistir.
Imaginad que llueve intensamente, sin cesar, y que el terreno sobre el que está construida mi casa se reblandece; veo que se va a hundir y que corre peligro de derrumbarse. ¿Qué hago? Refuerzo los cimientos, apunto las paredes, coloco soportes y trato de sostener la estructura para que no colapse. Eso es la fe.
Cuando veo que las tentaciones se me vienen encima, debo reforzar mi fe para no derrumbarme. Porque cuando la fe se tambalea, todo se derrumba, ya no queda nada que me sostenga. Como dice el evangelista Juan en una de sus epístolas: “4. Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo pecaminoso; Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. [4. Porque todo que renace espiritualmente de Dios, vence al mundo pecaminoso, que interpone trabas y dificultades para cumplir la divina voluntad. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe, que es luz y energía increadas que destruye y disuelve el mundo del pecado y del engaño y conduce a la divina vida espiritual y a la virtud”] (1Juan 5:4) Fe en la persona teantrópina, es decir, divino-humana, de Jesús Cristo. Esa fe es esencial.
¿Habéis visto cuántas teorías se dicen hoy contra Cristo? ¿Cuántos libros se publican que atacan su figura, incluso dentro de vuestros propios hogares? ¿Qué os dicen vuestros hermanos, padres, cónyuges, hijos, profesores? ¿Acaso no circulan ideas que cuestionan o atacan la naturaleza divina y humana de Jesucristo? ¿No es todo esto eso también persecución?
¿Y cómo resistiremos? Solo si tenemos fe firme y estamos unidos a la persona teantrópina divinohumana de Jesús Cristo..
La otra arma es la paciencia. Dice el Señor: “El que persevere hasta el final, ese se salvará” (Mat 24:13). Por tanto, debemos tener esto bien claro: la fe y la paciencia son los dos fundamentos imprescindibles para mantenernos firmes cuando llegue la persecución, de la forma que sea.
Es cierto también que hay una tercera virtud indispensable: la αγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional, altruista). Pero esto lo veremos en la siguiente pregunta, que está en el mismo documento y constituye una continuación natural de esta reflexión. (14.29´30´´)
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Tal como leemos en las vidas de los santos, todos los mártires se alegraban al morir por Cristo. ¿Cómo y de qué forma podría el hombre actual comprenderlo?
La verdad es que el hombre actual no entiende esto. ¡Atención! No lo percibe ni lo comprende; aquí está el elemento trágico de la existencia cristiana. Hijos míos, el hombre contemporáneo vive dentro de la ευδαιμονία efdemonía de la época, es decir, felicidad bienestar basado en placeres carnales y materiales. Tampoco puede entender el sentido y el significado cruciforme del Evangelio. El Evangelio es cruciforme, y debo llevar mi cruz y seguir al Señor; esto quiere decir que es un camino de crucifixión.
Como hoy en día esto no se puede entender, resulta muy difícil captar el sentido y significado del martirio y del mártir. Por ejemplo, si dices que respecto al sexo se requiere εγράτεια (engratia: autodominio, moderación, templanza), te contestarán: “¿Por qué? ¿Acaso no es natural satisfacer el instinto de procreación?” Lo natural es, según ellos, buscar esa satisfacción. Pero, aunque así fuera, ¿podría contradecirse Dios consigo mismo, diciéndote por un lado que practiques la εγράτεια engrátia y por otro creándote para no poder hacerla? Esto sería curioso. ¿Qué haré entonces? Creeré, porque lo dice Dios y así es, con eso basta. Pero cuando ves a todos los demás que lo toman libremente y satisfacen sus deseos como quieren, esto se vuelve una tentación. Debes creer firmemente que Dios ha hablado así.
Tomad el tema del ayuno. En una época de prosperidad y bienestar, alguien podría decir: “Si tengo todos los bienes, ¿por qué tengo que ayunar?” El hombre actual no entiende esto, el concepto del mandamiento del ayuno le resulta incomprensible. Además, preguntan: “¿Por qué tengo que martirizarme? ¿Para qué razón?” No encuentran razón alguna para el martirio.
Finalmente, todo esto provoca que el hombre contemporáneo no comprenda lo que llamamos martirio ni el significado del mártir.
Pero no creáis que, si alguna vez ocurre alguna tentación o alguna persecución exterior -como aquellas persecuciones conocidas, no como las mencionadas antes-, no aparecerán muchísimos mártires, muchos más de los que pensamos. Tal como en nuestra época tenemos mártires en distintos lugares.
Porque lo que hace al mártir es el Espíritu Santo. Vosotros sabéis que el Espíritu Santo dona muchos carismas, y todos ellos son suyos, no nuestros. El carisma más grande, el más culminante, es el Martirio. Que el Espíritu de Dios me dé el carisma de sanación, no es lo más importante; el carisma de sabiduría, de conocimiento, de prudencia, del temor de Dios, todos ellos son importantes, pero el mayor, el pilar de todos, es el carisma del Martirio.
San Cirilo de Jerusalén dice que es imposible que alguien se deje martirizar por Cristo sin tener este don otorgado por el Espíritu Santo. Es imposible.
Ayer leía un libro del Antiguo Testamento, en concreto Judit, y meditaba sobre las cosas que vivió junto con su criada. Ambas se encontraron frente al ejército de Olofernes, compuesto por miles de soldados. Que dos mujeres, y especialmente en aquel contexto, se hallaran en medio del ejército enemigo es algo realmente impresionante. Entonces, Judit ideó un plan audaz. Elevaba oraciones a Dios con lágrimas, suplicando poder llevarlo a cabo. Esto era un carisma. Judit corría un gran peligro: podía ser degollada por el enemigo, Olofernes. Sin embargo, estaba dispuesta a enfrentarlo, incluso si eso significaba convertirse en mártir.
Leed, por favor, el martirio de los siete Macabeos. ¡Temblaréis al conocer los tormentos que les infligió Antíoco el ilustre! A pesar de esto, ellos sufrieron el martirio con valentía. Les despellejaban vivos, les cortaban los miembros poco a poco, los quemaban; cualquiera diría que estas cosas son escalofriantes, horribles. ¿Quién podría soportar tanto si no tuviera el carisma del Espíritu de Dios? Por eso os digo que el Martirio es un don del Espíritu Santo.
Y hay más. ¿No puede el Espíritu Santo dar este carisma a mí o a ti? Sí, pero ¿cuándo lo concede? Lo da cuando ve ciertas condiciones. Depende de tu preferencia, de tu libre voluntad y predisposición, y aún más, de tu agapi —el amor incondicional-, es la agapi de Cristo. Por eso dice el apóstol Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor (agapi) de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? ¿Altura o profundidad? ¿Las cosas presentes o futuras? ¿La pérdida de bienes, el despojo de nuestra fortuna, la caída desde una alta posición, los honores, cargos (axiomas) o la difamación pública? ¿Los ángeles acaso?”. Y continúa el apóstol afirmando que “nada ni nadie podrá separarnos del amor (agapi) de Cristo” (Rom 8:35-39).
He aquí una condición para el martirio: la agapi hacia Jesús Cristo.
¡Atención! No basta con solo creer en Cristo; debemos llegar a amar a Cristo. Solo entonces podremos tener verdadero progreso en nuestra vida espiritual.
El progreso espiritual no es fruto únicamente de la fe, sino de la agapi. Aunque es cierto que de la fe nace la agapi (amo incondicional, desinteresado): primero creeré, y después amaré.
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¿Por qué la época de los mártires es fuente de fuerza para cada época?
El mártir es una persona escogida y especial, porque entrega su vida, su existencia, lo da todo. Y pensad que la mayoría de los mártires eran jóvenes. Tenemos mártires incluso desde la infancia.
San Kíriko, por ejemplo, era un niño de apenas tres años. Cuando su madre, Santa Julieta, lo tenía en brazos, el gobernador civil intentó engatusarlo tomándolo entre los suyos y le pidió que blasfemara contra Cristo. El pequeño Kíriko, con solo tres años, le dio una patada en el abdomen. Entonces el gobernador, furioso, lo tomó por los pies y lo arrojó por la ventana de su despacho, matándolo. San Kíriko se considera un Megalomártir, al igual que San Jaralambos y San Ignacio, que fueron martirizados siendo ya ancianos, con más de cien años.
Pero la mayoría de los mártires eran hombres y mujeres jóvenes: Santa Paraskeva -en cuyo templo nos encontramos ahora-, Santa Markela, Santa Ekaterina y otros tantos. Muchos de ellos eran personas de alto rango social, transformados (metamorfoseados) por la χάρις (gracia, energía increada) de Dios. San Dionisio el Areopagita, cuya memoria celebramos ayer, también es considerado un Megalomártir.
Veis, pues, que poseemos un vasto repertorio de santos mártires. Se calcula que, en estos dos mil años -sólo entre los conocidos- hay alrededor de cuarenta millones de mártires, y constantemente se siguen sumando nuevos dentro de la Iglesia.
¿Cuál es el valor del Mártir?
El Mártir tiene un valor inmenso: inspira, ejemplifica y fortalece la fe de los demás.
Cuando, por ejemplo, hay una persecución contra la Iglesia y alguien da su vida testificando a favor de ella, se convierte en modelo de fe, perseverancia, valentía y confesión.
Por eso, el Mártir es una fuente de fuerza para los demás, sobre todo para su época, pero también para cada época futura.
Si leemos la vida de los Mártires de tiempos pasados, nos sentimos fortalecidos. Y aún más si en nuestra propia época hay Mártires.
No olvidéis que los perseguidores del cristianismo intentan evitar la creación de héroes y mártires, porque sienten un profundo temor y rechazo ante la presencia viva del Mártir. Por eso, tratan de exterminar a los cristianos de manera oculta, sin permitir que lleguen a ser reconocidos públicamente como Mártires. Temen que, al ser reconocidos como tales, su ejemplo inspire una gran fuerza espiritual en los demás.
Por eso los difaman, los desacreditan por todos los medios posibles.
Hoy, en nuestra época, existen formas muy sutiles pero terribles de desprecio y descrédito hacia el Mártir. Es, por eso, una de las peores épocas: porque en la antigüedad el mártir podía dar testimonio, sufrir malos tratos e incluso la muerte, pero conservaba intacta su conciencia y su νούς nus (el centro espiritual del alma). Hoy, en cambio, al mártir potencial se le ataca incluso en su conciencia y en su nus, buscando destruirlo desde dentro.
Os diré un ejemplo muy característico sobre el Padre Dimitri Dudko, sacerdote ruso que predicaba en Moscú. En una ocasión fue arrestado por la policía y le ordenaron que dejara de predicar. Pero él continuó. Lo volvieron a detener, y así sucesivamente: entrando y saliendo de prisión y de los calabozos de la policía.
A pesar de todo, logró sacar clandestinamente un libro titulado “Nuestra esperanza”, que contiene reflexiones como las que estamos compartiendo ahora: “dudas y respuestas”. Este libro circuló por toda Europa.
¿Y qué creéis que le hicieron?
Prestad atención: los métodos que hoy se utilizan no siempre son la tortura física, sino algo más insidioso: te califican de loco. Alegan que, si dices estas cosas y te opones al Estado, es señal de que estás mentalmente enfermo. Y como estás «loco», te envían a un manicomio o clínica psiquiátrica o neurológica. Allí comienza lo que llaman una «supuesta terapia», es decir, una terapia que en realidad busca destruir tu voluntad: te drogan, te idiotizan con fármacos y, después, ya no puedes reaccionar ni pensar con claridad.
Así fue, hijos míos, como ocurrió algo terrible y muy doloroso, pero Dios es justo y lo ve todo. Al Padre Dimitri le aplicaron esta “terapia neurológica” y luego lo sacaron en televisión, sedado con medicamentos, para que confesara ante las cámaras que sus palabras y enseñanzas no eran correctas. Pero aquellos que le conocían y lo vieron en ese estado comprendieron lo que le había sucedido y lo tuvieron muy en cuenta. Porque el hombre había perdido su personalidad. Y esto no era como en tiempos antiguos, cuando los mártires eran torturados físicamente, pero mantenían su conciencia intacta. Aquí, con esta clase de tratamiento farmacológico, te destruyen la conciencia misma.
Por ejemplo, si a alguien se le administra una gran dosis de insulina —porque hoy eso también lo hacen, pierde su personalidad. ¿Sabíais esto? Es algo terrible, verdaderamente espantoso. Existen muchos otros fármacos que hacen que el ser humano pierda el sentido de sí mismo.
¿Es culpable el mártir de esto? Sin duda alguna, no lo es.
Cuando algunos conocidos visitaron al Padre Dimitri en Moscú, quedaron profundamente impactados por el estado en el que lo habían dejado. Había perdido completamente la razón y la conciencia de sí mismo. Tanto fue así, que cuando abrió la puerta de su casa, los recibió en ropa interior, sin darse cuenta de que debía estar vestido con su sotana o, al menos, con ropa adecuada. Su conciencia había sido destruida.
¿Por qué hacen esto los perseguidores?
Porque temen la figura del mártir. Temen lo que representa, porque la presencia viva del mártir tiene un valor inmenso, es profunda, poderosa, y diacrónica (atemporal, trasciende el tiempo).
Y esto no ocurre solamente en el ámbito religioso cristiano, sino también en el nacional, político, ideológico y en cualquier otro campo donde alguien pueda convertirse en una figura de testimonio y valentía.
Por esta razón repito: la presencia del mártir es una bendición pragmática, real, para los creyentes.
Debemos siempre inspirarnos en el testimonio de los mártires, tanto antiguos como modernos. (23. 17´30´´).
https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/







