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Jun 08 2025

DOMINGO DE PENTECOSTÉS el Espíritu Santo, el dedo del Padre, por Mitilineos

DOMINGO DE PENTECOSTÉS [HECHOS 2, 1-11]
«El Espíritu Santo, el dedo del Padre»

[Pronunciada por el bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos en el Santo Monasterio de Komninéo, Larisa, el 19-6-1994]

Hechos – Πράξεις – praxis Capítulo 2:  La venida e infusión del Espíritu Santo, 2:1-11.

2:1. Al llegar el día de pentecostés, estaban todos juntos una piña o unidos en una psique-alma en el mismo lugar.

  1. Y de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban sentados los discípulos.
  2. Y se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
  3. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar y predicar en lenguas extranjeras verdades altísimas, según les iluminaba el Espíritu Santo y les otorgaba la fuerza para expresarse.
  4. Había durante aquel día en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
  5. Al oír el ruido viniendo del cielo, la multitud se reunió allí y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua y dialecto.
  6. Fuera de sí todos y admirados por aquella maravilla, decían: “¿No son galileos todos los que hablan?
  7. Pues, ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna?
  8. Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, de Ponto y de Asia,
  9. Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de Libia y de Cirene, forasteros romanos,
  10. judíos y prosélitos, de la isla de Creta y Árabes, los oímos hablar y predicar en nuestras lenguas las grandezas de Dios”.

«EL ESPÍRITU SANTO, EL DEDO DEL PADRE»
Transcripción de una homilía del bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos

Vivimos nuevamente, queridos míos, en fiesta, la alegría de Pentecostés. Es la alegría de la presencia del Espíritu Santo, que el Señor prometió a sus discípulos, pero también a toda la Iglesia a través de los siglos. Y el Señor dijo: «no salir y alejarse de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que muchas veces de mí oísteis hablar, es decir, el envío del Espíritu Santo, porque Juan bautizó sólo con agua, sin poder transmitir el renacimiento y vida espiritual, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hec 1: 4-5). Y la promesa de Cristo se cumplió diez días después de su Ascensión. Para que el Espíritu Santo descendiera, era necesario que el Hijo ascendiera al Padre. Por eso el Señor dijo: «os conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, el Paráclitos, Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré. [«Pero yo os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no muero en la cruz y no me voy, el Paráclitos no vendrá a vosotros. Pero si ofrezco mi redentor sacrificio de expiación sobre la cruz y me voy de este mundo hacia mi Padre, os enviaré el Paráclitos»] (Jn 16:7).

Porque también el Hijo es llamado Paráclito, la segunda Persona. Y de igual modo la tercera Persona, el Espíritu Santo, es llamado Paráclito. Y esto porque era necesario que cambiara la vida de los hombres, y esto no sucedería simplemente por la enseñanza de Cristo, sino por la presencia del Espíritu Santo. Es decir, el sacrificio de Cristo abriría el camino al Espíritu Santo, que divinizaría y glorificaría a los hombres.

Porque el Espíritu Santo fue retirado por el Padre de entre los hombres cuando pecaron. Los primeros en ser creados, al pecar, y mucho más aún en el tiempo del Diluvio -antes del Diluvio- cuando Dios dijo: «No permanecerá mi Espíritu entre ellos, porque se han hecho carne» (Gén 6:3), es decir, se convirtieron en hombres carnales, materialistas.

El Hijo y el Espíritu Santo son las dos Personas de la Santa Trinidad que son enviadas por el Padre al mundo para que, por medio de ellos, el mundo sea salvado. Y el Espíritu Santo revela al Hijo al mundo, da testimonio de Él en el mundo; y también el Hijo presenta al Espíritu Santo al mundo. Tenemos un testimonio mutuo. Una Persona, un Paráclito, presenta a la otra Persona, al otro Paráclito. Esta es la colaboración mutua del Hijo y del Espíritu Santo -repito, de los dos Paráclitos, la segunda y la tercera Persona. Presten atención: colaboración mutua.

En Pentecostés, el Hijo envía al Espíritu Santo. ¿Qué había dicho antes? «Os lo enviaré a vosotros» (es decir: «Yo os enviaré al Paráclito, Yo a vosotros»). Así, en Pentecostés, el Hijo envía al Espíritu Santo y, a su vez, el Espíritu da testimonio -como veremos hacia el final de nuestra homilía- de que el Hijo es verdadero. De esta manera, el Espíritu Santo se convierte en el indicador, el dedo del Padre que señala al Hijo. Guarden este punto bien presente, porque en él se centrará nuestro tema: El Espíritu Santo se convierte en el indicador, el dedo del Padre, que señala al Hijo. Es decir: «Este es mi Hijo». Señala al Hijo. Y como dedo del Padre, continuamente señala al Hijo. Y esto lo vemos reflejado por todas partes en la Sagrada Escritura. Por todas partes, queridos míos.

En el Bautismo, el Padre muestra al Hijo. ¿Cómo lo muestra? Por medio de la presencia del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo, como paloma -no era una paloma, ni “se convirtió” en paloma, (Luc 3:22, Mat 3:16 Marc 1:10) para decirlo más correctamente. El Espíritu Santo no se transformó en paloma, sino que descendió como paloma-, muestra al Hijo. ¿Por qué? Escuchemos lo que dice el mismo Juan Bautista el sobre su testimonio: «Y yo no lo conocía (dice Juan Bautista sobre el Hijo), pero el que me envió a bautizar con agua, Él me dijo: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu desciende y permanece sobre Él —como paloma, repetimos—, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”» (Jn 1:33-34). -Ese es el Mesías. Ese es el que bautiza con el Espíritu Santo.
Como ahora, en aquel Cenáculo donde estaban reunidas 120 personas -una gran piscina espiritual-, todos los presentes fueron bautizados allí con el Espíritu Santo.

Además, todos los milagros que realizaba el Hijo como hombre, ¿quién los realizaba realmente? ¿Saben? El Espíritu Santo. Todos los milagros que realizó Cristo, los hizo por medio del Espíritu Santo. Ya les dije que estas dos Personas colaboran entre sí.
Si tuviéramos más tiempo, me extendería mucho más sobre esto.

En una ocasión en que acusaron a Jesús diciendo: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mat 12:24 Marc 3:22, Luc 11:15), el Señor respondió: «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios…» Y, ¿quién es este dedo de Dios? Es el Espíritu Santo.
San Cirilo de Alejandría dice claramente: «El dedo de Dios es el Espíritu Santo.» ¿Quién es, entonces, el dedo de Dios? El Espíritu Santo. ¿Y qué dijo Cristo? «Yo expulso los demonios con el dedo de Dios», es decir, «expulso los demonios con el Espíritu Santo».

Esto es muy significativo. Y, lamentablemente, no lo sabemos. No por malicia, sino por ignorancia, dejamos de lado al Espíritu Santo. Cuando, en realidad, el Espíritu Santo debería estar en primer lugar,
porque por medio de Él vamos hacia el Hijo, y por el Hijo vamos hacia el Padre.

Por eso, ¿cómo comienza toda oración nuestra?

«Rey celestial, Consolador, Espíritu de verdad…» La primera oración que hacemos es el «Rey celestial».

Y también San Basilio el Grande dice: «En aquellos milagros realizados por Moisés y en los del Señor, se ha dicho que el dedo de Dios es el Espíritu». Todos los milagros que hizo Moisés en el Antiguo Testamento -y, por supuesto, también los profetas-, y todos los milagros que hizo Cristo en el Nuevo Testamento, se atribuyen al Espíritu Santo.

Por eso, la negación de los milagros de Cristo por parte de los líderes religiosos -y no solo los negaban, sino que incluso decían que los hacía por el poder de Satanás: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mat 12:24, Marc 3:22, Lucas 11:15), esto equivale, según la afirmación de Cristo, a blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Y por qué es blasfemia contra el Espíritu Santo?
Porque es el Espíritu Santo quien realiza los milagros. Y el Señor llega a decir que quien blasfema contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón ni en este siglo ni en el venidero. Jamás.

Aquí hago una breve aclaración. Sé, queridos míos, que muchos al oír esta enseñanza se angustian. Se les viene la idea: «Quizás he blasfemado contra el Espíritu Santo», y les entra un gran temor: «Entonces… ¿no seré perdonado?»

¡Por el amor de Dios! Eso es una obsesión mental, no es lo que Cristo quiere decir. Y les ruego mucho: no se dejen atrapar por esa idea, porque los atormentará profundamente. ¡Presten atención! Es algo muy serio comprender qué significa blasfemar contra el Espíritu Santo. Y el simple hecho de que me preocupe por si acaso he blasfemado, demuestra precisamente que tengo dentro de mí el Espíritu de Dios. Por tanto, no he blasfemado. Lo digo, porque esa idea se pega al alma como una ostra.

Pero veamos, dentro del ámbito de la Sagrada Escritura, cómo actuaba el Espíritu Santo y cómo nosotros lo hallamos y lo glorificamos. Basta con que tengamos en cuenta que Él, el Espíritu Santo, nos muestra al Hijo y nosotros creemos. Si el Espíritu Santo no nos muestra al Hijo, a Jesús Cristo, jamás llegamos al Hijo. He aquí lo que dice el apóstol Pablo: «Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo» (1 Cor12:3). Nadie; no puedes llamar Señor -es decir, Dios- a Jesús, el hombre Jesús, si no tienes el Espíritu Santo. Y sobre esta base, os daré una “prueba”, un criterio de discernimiento. Cuando os venga la idea de que quizá habéis blasfemado contra el Espíritu Santo, preguntaos: «¿Creo que Cristo es Dios? Sí, creo. Entonces se acabó. No he blasfemado contra el Espíritu Santo. Tengo el Espíritu de Dios. Lo tengo». No puedes reconocer al Hijo como Dios si no tienes el Espíritu de Dios. Y aquí, en efecto, queridos míos, preguntad a vuestro alrededor, especialmente en nuestros días: -«¿Crees que Jesús es verdaderamente Dios?» -«No sé, lo dudo, vaya, debe haber sido una persona importante». Esa persona no tiene el Espíritu Santo. Porque si tuviera el Espíritu Santo, confesaría la divinidad de Jesús. Quiero que lo recordéis esto. Por favor.

Leemos en el libro del Éxodo, en el Antiguo Testamento: «Escritas las tablas por el dedo de Dios». Está en el capítulo 31. Que las tablas que Moisés llevó al monte, al Sinaí, no fueron escritas por la mano de Moisés, sino que fueron escritas por el dedo de Dios. El dedo de Dios grabó las letras. ¿Cuál es aquí el dedo de Dios? Es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo graba la ley en las tablas de piedra. Lo mismo encontramos en el Deuteronomio, en el capítulo 9: «Las dos tablas escritas con el dedo de Dios». Así que el Espíritu de Dios graba las tablas que contendrán la Ley. Y nos lo explica la Epístola de Bernabé (Padre Apostólico): «Y recibió -¿quién? Moisés- del Señor, las dos tablas hechas por el dedo de la mano del Señor en el Espíritu». Es de la epístola de Bernabé; si queréis, párrafo 14, si os interesa. Así que, ¿quién es el dedo de Dios? El Espíritu Santo. Sí. Y San Atanasio el Grande lo afirma: «Llama al Espíritu Santo el dedo de Dios». Y también Dídimo el Alejandrino dice: «El Espíritu que también es llamado dedo de Dios, así se nos enseña en el Evangelio». ¿Dónde? ¿Dónde en el Evangelio? Aquello que os mencioné antes: «con el dedo de Dios expulsó los demonios», dijo Cristo. Está en el capítulo 11, versículo 20 de Lucas. ¿Qué aprendemos? Que el dedo de Dios es el Espíritu Santo.

Y nuevamente Dídimo: «El dedo de Dios, que transformó el polvo ο barro en seres vivos, en animales, era el Paráclito, el Espíritu de la verdad». ¡Qué bello esto! ¡Maravilloso!

¿Qué es el dedo de Dios? «Aquel que transformó el polvo -el barro- en seres vivos, es decir, en vidas, en existencias, en seres vivientes». Dijo Dios que brotara la hierba, que se hicieran los animales, uno tras otro, primero los reptiles, luego los mamíferos, las aves… ¿Quién es aquí el que transforma el polvo o barro -porque también al hombre Dios lo formó del χοῦν (jún: polvo de la tierra especial, acaso hecho puesto por el divino escritor, porque tierra normal es χώμα joma)… -quién es el que transforma la materia inerte, para hablar en lenguaje moderno, en vida, en lo que llamamos el fenómeno de la vida, en materia viviente? El Espíritu Santo. ¿Qué dice aquí? Era el Paráclito. Era el Paráclito, el Espíritu de la verdad. Es impresionante, queridos míos.

Además, ya desde los primeros versículos, en el primer capítulo del Génesis, la Sagrada Escritura nos dice: «El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas». “Se cernía”. Si tomamos la imagen de la paloma, del ave -es solo una imagen, no es un ave, Dios nos guarde; el Espíritu Santo no es un ave, es una imagen–, entonces completamos la imagen así: ¿Qué hace el Espíritu Santo sobre las aguas? –completando la imagen– Incuba la vida sobre las aguas.
Y por eso, y esto lo sabemos por la Ciencia, que la vida apareció primero en las aguas, en los mares.

Los milagros de Moisés son también calificados como «el dedo de Dios». Cuando Moisés produjo aquella plaga de los mosquitos que atormentaban a hombres y animales, los magos del Faraón intentaban replicar la plaga para endurecer así el corazón del faraón, como diciendo: “¿Quién es Moisés y quién es su Dios?”.
¿Y saben qué dijeron entonces los magos al Faraón?
«¡Esto es el dedo de Dios!». «No podemos hacer nada», dijeron. Es el dedo de Dios.

Además, si el dedo de Dios es el Espíritu Santo, el Hijo es llamado el brazo de Dios. El Padre es Dios, el Hijo es su brazo, y el dedo (o los dedos) es el Espíritu Santo. En otras palabras, si quieren que lo diga con una expresión teológica, sería esta: «Todo lo que se crea, todo lo que existe, todo lo que se sostiene, ¿cómo se realiza? El Padre, mediante (o por) el Hijo, en el Espíritu Santo». Esa es la expresión teológica. De esta misma manera actúa el Dios Trino. No solo en la creación del ser humano, sino también en su re-creación, es decir, en su σωτηρία redención, sanación y salvación.

Escribe el apóstol Pablo a los Corintios: «Vosotros sois nuestra carta». Porque envía una carta y les dice: “Vosotros sois nuestra carta”. ¿Dónde? ¿Cómo? «Escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres» (Ah, este es cristiano. ¿Por qué? Porque cambió su vida. Es una persona nueva). «Siendo manifiesto que sois carta de Cristo, ministrada por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2 Corintios 3:2–3).

No como entonces que el Espíritu Santo escribió la ley en tablas de piedra, sino ahora -diríamos- en las páginas de vuestros corazones viene de nuevo el Espíritu Santo y allí escribe la ley.

De modo que sois una carta conocida, reconocida y leída. Y que las personas puedan leerla. Que digan: “Eso es el cristianismo. Almas (psiques) bellas…”.
Esto muestra que el cambio del corazón es obra del Espíritu Santo, quien escribe sus mandamientos con su dedo, es decir, con el Espíritu Santo.

Un mártir del año 250 d.C., Pionio, que fue martirizado en Esmirna y se refirió a san Policarpo, dice: «Teniendo los mandamientos de Dios escritos en la tabla de la psique-alma y en la piedra del corazón con el dedo de Dios, es decir, con el Espíritu Santo».
¿Quién los tiene? Policarpo, obispo de Esmirna.
¿Qué? Los mandamientos de Dios, escritos en la tabla del alma y en la piedra del corazón, por el dedo de Dios, es decir, por el Espíritu Santo.
¡Qué hermoso!

Por lo tanto, si yo creo, si guardo los mandamientos, ¿quién ha escrito todo eso en mi corazón? El Espíritu Santo.

Y esto es paralelo, en sentido, a lo que dice el Salmo 76: «Y esta es la transformación causada por la diestra del Altísimo».
¿Y cómo es que esa persona ha cambiado así?
Simplemente, ha sido transformada por la diestra de Dios.

¿Y cuál es la diestra de Dios?
El Padre es Dios, el Hijo es su brazo y el dedo o los dedos son el Espíritu Santo. Así ocurre esa transformación.

Algo similar menciona también san Cirilo de Alejandría: «El cálamo (o pluma) del Padre ha grabado en los corazones de todos los creyentes -otra figura aquí–, es decir, el Hijo (como cálamo), el conocimiento de todo bien, como si fuese con el dedo de Dios, es decir, el del Padre, utilizando Su propio Espíritu». El Padre graba con cálamo o con cincel. El cálamo es el instrumento con el que se escribía (una especie de pluma o caña para escribir). O sea, el Hijo, dice.
¿Y qué se graba ahora?
Como si fuera el dedo de Dios que graba los bienes divinos, el Padre los inscribe en el corazón humano.

Mis queridos hermanos, hoy celebramos la Santa Pentecostés. ¿Qué significa esto? Que el Espíritu Santo viene sobre los discípulos, pero también sobre todos los que han creído que el Hijo es verdaderamente Dios. Dijo Cristo: «Y cuando él venga, (¿quién? el Paráclito)- examinará al mundo en lo referente de pecado, -de justicia y de juicio, más la condena del diablo» (Jn 16,7). Y el mismo Señor lo explica: «Acerca del pecado, porque no creen en mí».

¿Qué significa “examinará”?
Significa, como dice san Juan Crisóstomo, “mostrará”. Mostrará que han pecado de manera imperdonable, aquellos que no han creído en Jesús Cristo. Y el Espíritu Santo los examinará, les mostrará esto.
¿Qué mostrará?
Su obstinación en la incredulidad, a pesar de todas las señales de la identidad de Jesús. Y ese será el pecado por excelencia de los últimos tiempos.

De ellos, pues, no solo de los judíos de entonces, sino también de los cristianos que rechazarán, que negarán la fe. Así como también nuestros contemporáneos griegos (y europeos) hoy rechazan a Jesús Cristo. Cuando salen y hablan y desean Feliz Año Nuevo, Navidad, esto y lo otro y Pascua… ¿han oído alguna vez…? Dicen “Dios”, pero de Dios también hablan los budistas, también los masones. ¿Han oído ustedes alguna vez, alguna vez, el nombre de Cristo? Rechazamos a Jesús Cristo. Ese es el gran pecado. Y el Espíritu Santo muestra por qué pecamos.

Y sobre la justicia, dice que Él va a convencer, va a mostrar. ¿Qué? Dice Teofilacto: «Mostrarles que siendo justo (el Hijo, que es justo) y habiendo llevado una vida irreprochable, fue injustamente condenado a muerte por ellos». Él era el Santo por excelencia. Y los hombres lo condenaron a muerte. Es decir, los jueces de Cristo lo declararon culpable, pero la Pentecostés revocará esa decisión. ¿Cómo? El Paráclito mostrará al mundo que Jesús fue, que Cristo fue el Justo. Porque, de otro modo, si hubiese sido un usurpador de atributos divinos… ¿Qué decían los judíos? “Ha dicho”, decían, “que es Hijo de Dios”, le dijeron a Pilato. “¡Merece la muerte!”. Como un usurpador de atributos y características divinas, ¿dónde debería estar? En el infierno. Pero no está en el infierno. ¿Dónde está? En el cielo, junto al Padre. Así, la Pentecostés revoca la decisión del Sanedrín de que Jesús era culpable.

Aún más, Cristo dijo sobre esto de la justicia: «Voy al Padre y ya no me veréis». “No voy al Hades. Voy a mi Padre”. Y cuando fue ascendido, y lo vieron más de 500 personas, ¿a dónde fue llevado? Al cielo. ¿Y dónde se sentó? A la derecha de Dios Padre.

Y también sobre el juicio. El Espíritu Santo juzgará. ¿Qué quiere decir esto? ¿Quién es el príncipe de este mundo? El diablo. Está condenado definitivamente. Sobre el juicio, dirá el Señor: «pero en cuanto al juicio, el príncipe de este mundo ha sido juzgado» (Jn 16:11). El príncipe de este mundo ha sido juzgado, ha sido condenado. De manera definitiva e irrevocable. Porque los hombres creen en Cristo, y de esta manera apartan, ante todo, al diablo de sus vidas. Lo rechazan. Y también, con el nombre de Cristo, el diablo huye; cuando leemos Exorcismos.

Todo esto lo obra el Espíritu Santo. ¿Dónde? Como el dedo del Padre, justifica al Logos Encarnado ante el mundo, ante la Historia, y también graba los mandamientos de Dios en los corazones humanos, que se transforman y se hacen nuevos. Por eso, queridos hermanos, glorifiquemos al Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad; que descendió a la Iglesia y salva constantemente a los hombres. Amén.

PARA GLORIA DE DIOS TRINO Y SANTO
y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el recordado padre Atanasio de Mitileneos, transcripción y edición del audio original: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://www.logosortodoxo.com/

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