«

»

May 27 2025

El Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, A. Mitilineos, preguntas y respuestas

Capítulo 11: El Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, 

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

Evangelio de san Juan, capítulo 6

  1. ¿Cuál es el pan ἐπιούσιο (epiúsio: “sobre-esencial” o “más que esencial”) que pedimos a Dios en la oración del Padre Nuestro?
  2. ¿Cuál es el sentido más profundo que se da en el culto cristiano al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía?
  3. ¿Durante la celebración del Misterio de la Divina Efjaristía la presencia de Cristo es real, pragmática o simplemente simbólica y espiritual?
  4. Se dice que comulgamos dignamente el Misterio de la Divina Comunión. Si es así, ¿cómo pueden los creyentes hacerse dignos y merecedores de recibirlo? ¿Tomamos realmente el cuerpo y la sangre del Señor?

(Todas las preguntas y dudas relacionadas con el Misterio de la Divina Efjaristía tienen, en su mayoría, que ver con el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Por ello, hemos considerado conveniente incluir el capítulo seis completo, traducido tanto del griego antiguo como del griego moderno).

Evangelio de san Juan, capítulo 6

Multiplicación de los panes y los peces 1-15. Jesús camina sobre las aguas 16-21. El pan de la vida 22-59. El retiro de algunos discípulos 60-66. La confesión de Pedro 67-71.

Multiplicación de los panes y los peces 6:1-15.

6:1 Después de esto Jesús pasó al otro lado del mar de Galilea, el llamado Tiberiades,

2 y le seguía una gran multitud, porque veían los prodigios y los milagros que hacía en los enfermos.

3 Entonces subió Jesús a un monte y se sentó allí con sus discípulos.

4 Y se acercaba la pascua, la fiesta de los judíos.

5 Jesús alzó los ojos y contemplando la gran multitud que había venido a él, dijo a Felipe: «¿De dónde y con qué dinero compraremos pan para que coman éstos?»

6 Esto se lo decía en broma para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

7 Felipe le respondió: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un trozo”.

8 Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

9 “Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?”

10 Entonces Jesús le dijo: «Mandadlos que se sienten y se acomoden». Había en aquel sitio mucha hierba verde, porque era primavera. Se acomodaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil varones. Sin contar mujeres y niños.

11 Tomó entonces Jesús los panes, y dando gracias al Padre, los repartía a los discípulos y ellos a la vez a los hombres que estaban acomodados y lo mismo hizo con los peces, y les dio todo cuanto querían.

12 Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los trozos sobrantes, para que nada se pierda.

13 Recogieron pues, y llenaron doce cestas de trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

14 Aquellos hombres viendo el milagro que había hecho Jesús, decían: “Este verdaderamente es el Profeta que había de venir al mundo”, según la profecía de Moisés.

15 Jesús conociendo que iban a venir a arrebatarlo por la fuerza y hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo.

Jesús camina sobre las aguas 6:16-21.

16 Al anochecer descendieron sus discípulos al mar,

17 y subiendo en una barca, se dirigían al otro lado del mar, hacia Capernaum. Había oscurecido y Jesús aún no había venido con ellos.

18 Y el mar estaba alborotado por el fuerte viento que soplaba.

19 Habiendo, pues, remado como veinticinco o treinta estadios, (alrededor de 5,5 km), vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba ya a la barca, y tuvieron mucho miedo.

20 Pero él les dijo: YoSoY, no temáis.

21 Cuando confirmaron que era el maestro, quisieron recogerlo en la barca, pero al instante la barca tocó tierra en el lugar adonde se dirigían.

El pan de la vida 6:22-59.

22 El día siguiente, la gente que había quedado al otro lado del mar, notó que allí no había más que una sola barca, y que Jesús no había subido con sus discípulos en la barca, sino que los discípulos habían partido solos.

23 Entretanto, llegaron de Tiberiades otras barcas y atracaron junto al sitio donde habían comido el pan multiplicado por la divina efjaristía (acción de gracias) y el milagro del Señor.

24 Y cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron en las barcas y fueron a Capernaum en busca de Jesús.

25 Y lo encontraron al otro lado del mar y le dijeron: Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?

26 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis.

  1. «De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente».

27 Procuraos, no el alimento perecedero, sino el alimento espiritual que permanece hasta la vida eterna, el que os da el Hijo del hombre; a quien Dios Padre acreditó con su sello.

  1. «Trabajad no para el alimento material natural que es provisional y perecedero, sino para el alimento espiritual, que permanece incorruptible y os lleva a la vida eterna. Este alimento os lo dará únicamente y exclusivamente el Hijo del hombre. Porque el Dios Padre a él ha acreditado y sellado por el testimonio de sus milagros como el único donador del alimento espiritual y de la vida eterna».

28 Le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para trabajar las obras que Dios quiere?”

  1. «Después de esta observación de Jesús, preguntaron ellos: “¿Qué tenemos que hacer para realizar estas obras, las cuales pide Dios de nosotros, como condición indispensable, para darnos el alimento incorruptible y la vida eterna?”»

29 Respondió Jesús y les dijo: «La obra que Dios quiere que hagáis, es que creáis en el que él ha enviado».

30 Ellos le dijeron: “Pues, ¿tú qué signos y milagros haces que demuestran tu misión y qué obra sobrenatural trabajas, para que veamos y creamos en ti?”

31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito en los salmos: “Les dio a comer pan del cielo”.

32 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad, yo os digo que Moisés no os ha dado el verdadero y eterno pan del cielo, sino el material, (que es prótipo, prefiguración del pan espiritual.) Mi Padre, pues, quien entonces por Moisés os dio aquel pan material, ahora también os da el verdadero pan celestial y espiritual.

33 Porque el verdadero pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida infinita y eterna a todo el mundo».

34 Entonces le dijeron: “Señor danos siempre de este pan”.

  1. «Después de estos logos del Señor y sin que ellos haber captado lo que les había dicho, le dijeron: Señor danos siempre este pan, tal y como se daba diariamente a nuestros padres».

35 Entonces Jesús les dijo: «YoSoY el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá más hambre; y el que cree en mí no tendrá sed jamás;

  1. «Jesús les contestó: «YoSoY el pan de la vida, que lo transmito por la comunión de mi cuerpo y sangre, pero también por mi enseñanza y por la χάρις jaris gracia, la energía increada del Espíritu Santo. El que viene a mí con metania y fe, espiritualmente no pasará hambre nunca y el que cree en mí jamás tendrá sed espiritual. Además que recibirá las dinamis potencias y energías divinas y encontrará psicoterapia en su psique y, descanso y alivio espiritual en su corazón psicosomático o espiritual».

36 Pero ya os he dicho que, aunque me habéis visto, no creéis;

  1. «Pero ya os he dicho que a pesar de haberme visto quién yoSoy y me testifico con mis milagros, vosotros no creéis que soy el Mesías».

37 Todo ser lógico que el Padre me dé, vendrá a mí, se convertirá en mi discípulo y se salvará. Y al que venga a mí no lo rechazaré, ni lo despreciaré, ni tampoco lo echaré fuera.

38 Porque he descendido del cielo y estoy ya en la tierra como hombre, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado.

39 Y esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: que yo no pierda ninguno de todos los que él me ha dado, sino que les resucite gloriosamente en aquel ésjato-último gran día de mi Parusía-Presencia y Juicio universal.

40 Y los resucitaré, porque esta es la voluntad de mi Padre que me ha enviado, que todo el que ve al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día glorioso».

  1. «Sí los resucitaré, porque esta es la voluntad de el Padre que me ha enviado al mundo, el que tenga los ojos de su psique limpios, purificados e iluminados que contemple y vea al Hijo y crea en Él, y tenga ya desde la vida presente la vida eterna. Por tanto, yo le resucitaré gloriosamente en el ésjato-último glorioso día del Juicio».

41 Los judíos entonces indignados gemían, murmuraban y criticaban a Jesús porque había dicho: «YoSoy el pan que descendió del cielo». Por consiguiente, no he nacido como han nacido los demás hombres.

42 Y decían: “¿No es éste el Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora éste: “que ha bajado del cielo”?

43 Jesús respondió y les dijo: «Dejad de gemir y criticar entre vosotros indignados. Vuestros gemidos son resultado de vuestra incredulidad.

44 Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae por su energía increada jaris-gracia, y yo lo resucitaré en el ésjato-último gran día del juicio.

45 Esto está escrito en los libros proféticos: “Todos aquellos que creerán al Mesías serán enseñados por Dios”. Todo el que escucha en su corazón la voz de mi Padre y acepta su enseñanza, aprende la verdad y recibe la iluminación, y viene a mí.

46 No que alguno haya visto al Padre, sino sólo el Ων On, el ser, (el existente, el que es y está y existe siempre en Dios) que vino de Dios, éste ha visto al Padre.

47 Amín, amín, de verdad en verdad os digo, el que cree en mí tiene ya desde la vida presente la vida eterna.

48 YoSoY el pan de la vida.

  1. «YoSoY el pan que transmite la vida real y eterna. Tal y como el pan natural material refuerza y propaga la vida física, lo mismo también yo con mi enseñanza y con mi cuerpo vivifico y alimento vuestras psiques-almas y les doy vida eterna».

49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.

50 Pero este pan que yo os digo ahora que desciende del cielo, tiene potencia y energía incalculable e increada de modo que el que lo coma no muera espiritualmente, sino que disfrute mediante él la vida eterna.

51 YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx cuerpo y sangre, que yo ofreceré como sacrificio para la vida y la salvación del mundo».

  1. «YoSoY el pan vivo, el que ha bajado del cielo, en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás; el que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré para que comulguen y se alimenten los fieles, es mi naturaleza humana o mi sarx (cuerpo y sangre) que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la psicoterapia, terapia, redención y salvación de todo el mundo».

52 Entonces los judíos disputaban entre sí diciendo: “¿Cómo puede éste darnos a comer su sarx cuerpo y carne o cuerpo físico y a la vez permanecer pan vivo?”

53 Jesús les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros;

54 El que come mi sarx cuerpo y carne y bebe mi sangre, mediante el misterio de la divina Efjaristía, ya desde el presente tiene vida eterna y yo lo resucitaré al ésjato-último gran día del juicio.

55 Porque mi sarx cuerpo y carne es verdadera comida espiritual y mi sangre es verdadera bebida espiritual.

  1. «En efecto, éste tendrá la vida eterna, porque mi sarx cuerpo y carne es alimento verdadero, espiritual y real, de lo que el fiel no sólo recibe refuerzo para la vida provisional. Y mi sangre es bebida verdadera, de la que el hombre no sólo satisface su sed o ansiedad provisionalmente, sino que se sacia eternamente».

56 El que come mi sarx cuerpo y carne y bebe mi sangre en mí permanece y yo en él.

  1. «Cada uno que come mi sarx-cuerpo y carne y bebe mi sangre, se une conmigo en un cuerpo espiritual, de modo que éste permanece dentro de mí y yo en su interior y se convierte en templo mío».

57 Así como me envió el Padre vivo, y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí.

  1. «El fruto que disfrutará de esta unión será la vida eterna. Así como el Padre me envió al mundo, quien tiene por sí mismo la vida increada y es la fuente increada de la vida, y yo como hombre también tengo la vida eterna, puesto que me la ha dado el Padre y yo vivo por Él; lo mismo el que comulga, mediante el misterio de la divina Efjaristía, vivirá también porque recibirá de mí la vida eterna».

58 Este es el pan que descendió del cielo; no como el maná que comieron los padres en el desierto y murieron. El que come este pan realmente celeste, resucitará gloriosamente de la tumba y vivirá eternamente.

59 Todo esto dijo enseñando a la multitud en la sinagoga de Capernaum.

El retiro de algunos discípulos 6:60-66.

60 Luego, muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “Son duros estos logos ¿quién puede oírlos y creerlos? Esto que dice escandaliza, es inadmisible”.

  1. «Muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “son muy duros y repulsivos estos logos, ¿quién puede escucharlos y creerlos? Es inadmisible lo que está diciendo. ¿Quién puede escuchar apaciblemente, sin exasperarse, cuando se presenta como indispensable comer carne humana?”»

61 Conociendo Jesús por sí mismo, por su divina gnosis increada, que sus discípulos gemían y murmuraban sobre esto, les dijo: «¿Esto que he dicho os escandaliza y perturba vuestra fe?

62 Pues, ¿qué sería si vierais al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes?

  1. «Pues, ¿qué sería si vierais al Hijo del Hombre subir, por la Ascensión, a donde estaba antes de encarnarse y hacerse hombre? ¿Entonces creerías a este acontecimiento que se oye por primera vez?»

63 El espíritu es el que da vida. La sarx cuerpo y carne no sirve para nada. Los logos que yo hablo y enseño son espíritu y son vida, por eso transmiten vida.

   «63. Os habéis escandalizado porque os he dicho que tenéis que comer mi sarx cuerpo y carne, para tener la vida eterna. Para mayor aclaración os añado también lo siguiente: El divino espíritu el que vivifica; y mi sarx-cuerpo y carne da la vida eterna, porque se ha concebido por el vivificante Espíritu Santo y en la sarx habita la Χάρις Jaris energía increada. Cualquier otra sarx/cuerpo y carne como no habita la deidad, no sirve para nada. Y los logos que yo os hablo y enseño, como son espíritu de Dios, dentro de estos logos está el espíritu, o sea la jaris, por eso tienen y transmiten vida».

64 Pero hay algunos de vosotros que no creen». Porque conocía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar.

65 Y dijo Jesús: «Por esto os dije que nadie puede venir a mí, y seguirme con fe, si este carisma no se le es concedido por el Padre.

  1. «Y decía que: «porque conozco que en algunos de vosotros se tambaleará la fe y no permanecerá hasta el final, por esto os dije que nadie puede venir a mí y seguirme con fe; porque nadie puede sentir en su interior que yoSoy el Sanador, Salvador y Redentor y con esta fe venir hacia a mí, si esto no se le es concedido por mi Padre».

66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, a sus casas y a sus trabajos, y ya no le seguían.

La confesión de Pedro 6:67-71.

67 A causa de la marcha de estos, dijo Jesús a los doce: «Acaso queréis iros vosotros también».

68 Entonces le respondió Simón, el Pedro: “Señor ¿a quién vamos a seguir? Tú tienes logos que transmiten y dan vida eterna.

69 Y nosotros hemos creído y tenemos conocimiento por experiencia personal que tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo”.

70 Jesús les respondió: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un diablo, es decir, es diabólico, que sirve las indicaciones del diablo».

71 Hablaba de Judas el Iscariote hijo de Simón; porque éste era el que al futuro iba a traicionarlo y a entregarlo, y era uno de los doce

  1. ¿Cuál es el pan ἐπιούσιο (epiúsio: “sobre-esencial” o “más que esencial”) que pedimos a Dios en la oración del Padre Nuestro?

“Τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον  (ton arton imón ton epiúsion) El pan nuestro, el sobre-esencial

δὸς ἡμῖν σήμερον (dós imín símeron) dánoslo hoy”

Sabemos que esta oración se llama «la oración del Señor» porque Él mismo nos la enseñó. En ella encontramos seis peticiones: las tres primeras están dirigidas a Dios y las otras tres se refieren a las necesidades del ser humano.

Una de estas últimas, y, si se quiere, la primera entre las relacionadas con el hombre, es: “El pan ἐπιούσιος danos hoy”.

Es evidente que las palabras del Logos de Dios tienen una profundidad grande. Son como una tierra con múltiples niveles, estratos. En el primer nivel de comprensión, cuando hablamos de «pan», entendemos lo que literalmente expresa la palabra: satisfacer nuestras necesidades materiales.

Es un hecho que necesitamos alimentos, vivienda, ropa y calzado. Es algo muy sencillo. Incluso hoy decimos: “Voy a trabajar para ganarme el pan de cada día”. Con esto no nos referimos solamente al pan que compramos en la panadería, sino también a todos los bienes necesarios para nuestra subsistencia: otros alimentos, el pago del alquiler, el mantenimiento del hogar, etc.

En este sentido amplio, el término «pan» abarca todo lo esencial para la vida humana. En este primer nivel de interpretación, por tanto, “pan” se refiere a nuestras necesidades materiales básicas.

¿Queréis que os lo muestre con un ejemplo paralelo?

En la parábola de la multiplicación de los panes, una vez concluido el milagro, Cristo se retiró al desierto para que sus discípulos pudieran descansar un poco. Más tarde, la multitud -al querer encontrar a Cristo- cruzó el lago de Tiberíades. También el Señor llegó en una barca. Entonces, durante todo el día, el Señor les enseñó y curó a los enfermos. Al final, dijo: “Me compadezco de esta multitud y me da pena, porque han estado aquí todo el día y han venido desde lejos”. Para que no desfallecieran en el camino de regreso, pidió que se les diera de comer. Y los alimentó de una manera milagrosa. Solo había cinco trozos de pan y un par de pescados. El Señor los multiplicó de manera admirable y se sació aquella gran multitud que había ido a su encuentro. Volveré más adelante sobre este milagro.

Atención: el segundo nivel de la palabra “pan” es el pan celestial, no el terrenal, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este es el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Cuando el Señor estaba solo en el desierto, después de cuarenta días de ayuno, se le acercó el diablo y le dijo que convirtiera las piedras en pan. El Señor respondió: “No solo de pan vive el hombre, sino de todo logos y palabra que sale de la boca de Dios.” Es decir, si Dios dice que el hombre puede vivir sin alimento, vivirá sin alimento, tal como será en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Allí no necesitaremos comer, no por otra razón sino porque Dios decretará y obrará que no sea necesario que los ciudadanos de la Βασιλεία coman. Esto es algo muy sencillo y absolutamente posible para Dios.

Entonces, ¿qué es el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía? ¿Por qué se llama ἐπιούσιος (epiúsios), “sobresencial” o “más que esencial”?

Significa “por encima de la esencia”, o “más que esencial”; es aquello que verdaderamente alimenta nuestra existencia. Y nuestra existencia entera no se alimenta solo del pan. Porque el pan del horno no puede alimentar la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Por lo tanto, mi esencia es mi cuerpo y mi espíritu. Y así, no solo necesitamos pan terrenal, sino también el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que alimentan la ψυχή psijí:.

Vuelvo ahora a lo que antes dejé pendiente.

El Señor, después de haber multiplicado los panes y los peces en el desierto, vio que la multitud se había saciado. Al día siguiente lo buscaron, especialmente los de Cafarnaúm, y le dijeron: “Señor, te buscábamos”. Y el Señor les respondió: “Me buscáis porque os habéis saciado de pan. No busquéis el pan que perece, que cuando uno lo come vuelve a tener hambre y muere, sino buscad el pan que, cuando uno lo come, no muere jamás” (Juan 6:48-51). Y este pan, hijos míos, no es otro que el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Siguió entonces un diálogo continuo. Los de Cafarnaúm preguntaron:
“¿Cuál es ese pan?”
Y el Señor respondió: “Mi Cuerpo”.
Ellos dijeron: “¿Y quién puede comer tu Cuerpo?”
No comprendieron el sentido espiritual profundo, y por eso, lamentablemente, se alejaron. Se quedaron en el primer nivel de la palabra “pan”, en ese nivel que representa solo el pan material, del horno.

Pero el hombre creyente desciende a un nivel espiritual más profundo y contempla la teología del término “pan”. Así comprende que es necesario cubrir tanto las necesidades materiales como las espirituales.

Y si lo consideramos bien, el pan terrenal no es el pan ἐπιούσιος, porque Cristo mismo nos enseñó en el Sermón de la Montaña: “Buscad, pues, primeramente el reinado de la realeza increada y la justicia (virtud) que Él quiere de vosotros, y todos estos bienes terrenales (lo material: la comida, etc.) os serán añadidos junto con los incalculables bienes de la realeza increada de los cielos” (Mt 6,33)

Diríamos, en una primera aproximación, que no debemos pedir las cosas materiales, sino pedir a Cristo, porque si pedimos a Cristo, tendremos todo lo demás. Amén. (32:13:13)

  1. ¿Cuál es el sentido más profundo que se da en el culto cristiano al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía?

Hijos míos, el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, constituye el corazón de todos los Misterios de la Iglesia, y, por tanto, el núcleo mismo de la Divina Liturgia que lo encierra y sostiene. Es el corazón del corazón, no sólo del culto cristiano, sino también de nuestra fe. En ella se celebra y se honra solemnemente el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo. No se trata de un símbolo, sino de la presencia real del mismo Cristo, con su verdadera naturaleza humana. Esta realidad conmueve profundamente, pues constituye la esencia del misterio efjarístico.

El mismo Señor dijo: «Este cáliz es el nuevo pacto o alianza sellada con mi sangre, la cual es derramada por vosotros, (esto que contiene la copa no es ya el vino, es el Nuevo Testamento que se sella y se consagra con mi sangre, la que dentro de poco será derramada para vuestra sotiría: sanación, redención y salvación) (Lc 22,20). Así nos lo transmite el evangelista Lucas. Y el apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, confirma y desarrolla esta enseñanza. Nadie como los discípulos de Cristo comprendió tan profundamente este misterio, y ellos nos lo transmitieron fielmente tal como lo recibieron del Señor.

Por eso Pablo escribe: «Yo recibí del Señor lo que os he transmitido, o sea, que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, dio gracias al Padre, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto vosotros también en memoria mía y de mi sacrificio que ofrezco para vosotros» (1 Cor 11,23–24). El apóstol Pablo recibió esta enseñanza directamente del Señor, por apocálipsis-revelación, y no por medio de otro apóstol o discípulo. Por tanto, sabemos con certeza que las palabras que nos han llegado son exactamente las que pronunció Cristo.

Ahora bien, si quisiéramos ver la otra cara, la de la incomprensión, encontramos un ejemplo en el episodio del Evangelio según san Juan. Después de la multiplicación de los panes, en Cafarnaúm, cuando la multitud lo buscaba, Jesús les dijo: «26 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis. [26. «De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente»]. Procuraos, no el alimento perecedero, sino el alimento espiritual que permanece hasta la vida eterna, el que os da el Hijo del hombre; a quien Dios Padre acreditó con su sello. [27. «Trabajad no para el alimento material natural que es provisional y perecedero, sino para el alimento espiritual, que permanece incorruptible y os lleva a la vida eterna. Este alimento os lo dará únicamente y exclusivamente el Hijo del hombre. Porque el Dios Padre a él ha acreditado y sellado por el testimonio de sus milagros como el único donador del alimento espiritual y de la vida eterna]» (Jn 6,26–27).

Ellos le preguntaron: “¿Cuál es ese pan?” Y el Señor respondió: «YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx cuerpo y sangre, que yo ofreceré como sacrificio para la vida y la salvación del mundo». [51. «YoSoY el pan vivo, el que ha bajado del cielo, en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás; el que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré para que comulguen y se alimenten los fieles, es mi naturaleza humana o mi sarx (cuerpo y sangre) que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la psicoterapia, terapia, redención y salvación de todo el mundo»] (Jn 6,51). Son palabras profundamente conmovedoras y verdaderas. Y añadió con fuerza: Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53).

Muchos de los que lo oyeron se escandalizaron. Dijeron: 60 Luego, muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “Son duros estos logos ¿quién puede oírlos y creerlos? Esto que dice escandaliza, es inadmisible”. [60. «Muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “son muy duros y repulsivos estos logos, ¿quién puede escucharlos y creerlos? Es inadmisible lo que está diciendo. ¿Quién puede escuchar apaciblemente, sin exasperarse, cuando se presenta como indispensable comer carne humana?»] (Jn 6,60). Y lo abandonaron. Entonces Jesús se volvió hacia los doce y les dijo: «¿Acaso queréis iros vosotros también?» (Jn 6,67).

Porque esto es precisamente lo que dije: que el pan y el vino son -no representan- mi Cuerpo y mi Sangre. Si se quisiera interpretar literalmente de forma carnal, podría parecer un error o una malinterpretación. En ese caso, Jesús podría haber dicho a los presentes -aquellos que vinieron desde Cafarnaúm: “No penséis que hablo de ser partido en trozos para ser comido; hablo en sentido metafórico, icónico, alegórico o simbólico. Entendedlo como queráis”. Pero no hizo tal cosa. Al contrario, se volvió hacia sus discípulos y les dijo: “¿También vosotros queréis marcharos?”, como si dijera: “Si pensáis que lo que os he dicho es otra cosa distinta, entonces podéis iros también vosotros”.

Así pues, el Señor quiso dar a entender exactamente lo que los discípulos comprendieron y transmitieron: que el pan y el vino consagrados son verdaderamente Su Cuerpo y Su Sangre. Para comprender mejor esta verdad, recordemos una confesión importante realizada por Dositheo de Jerusalén, especialmente en la condición número 17 de su profesión de fe, redactada en respuesta a la aparición del protestantismo en la historia de la Iglesia.

Dositheo afirma: “Durante el Misterio de la Divina Eucaristía creemos que está verdaderamente presente Jesús Cristo. ¿Pero de qué manera está presente? Porque Cristo está presente también cuando va a la montaña o a cualquier otro lugar. Sin embargo, en el pan y el vino, su presencia no es ‘en tipo’, es decir, no son meramente una figura o representación simbólica de su Cuerpo y Sangre. Tampoco es una presencia ‘icónica’, como si fueran una imagen o representación de Cristo. Ni el pan ni el vino contienen una jaris-gracia o energía divina que los eleve a una presencia superior, ni esta presencia se da por coexistencia o por simple asociación con Cristo. Nada de eso que afirman los protestantes. Sino que, real y verdaderamente, Cristo mismo está presente.”

Así, después de la santificación del pan y del vino, se produce un cambio real: la metábole, es decir, la transformación, como enseña la Tradición de la Iglesia Ortodoxa. De estos términos, ha prevalecido hablar de “transformación o transformado por el Espíritu Santo”.

Por tanto, el pan, una vez santificado, se convierte en el verdadero Cuerpo del Señor. ¿Cuál Cuerpo? Aquí se revela un misterio sobrecogedor: el mismo Cuerpo que el Logos asumió al encarnarse de la siempre Virgen María, la Θεοτοκος (Zeotokos: la que dio a luz a Dios); el mismo Cuerpo que fue bautizado en el Jordán, que padeció en la Cruz, fue sepultado, resucitó glorioso, fue tocado por los discípulos, ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, y con el cual vendrá de nuevo sobre las nubes del cielo para juzgar a vivos y muertos.

Del mismo modo, el vino, una vez santificado, se transforma en la verdadera Sangre del Señor, aquella Sangre que fue derramada para la vida del mundo cuando Cristo fue clavado en la Cruz.

¡Este es el gran y estremecedor Misterio! Por esta razón toda nuestra fe adquiere su pleno sentido: porque recibimos en la Comunión el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Cristo. Por eso, no podemos comulgar sin la debida preparación; no debemos hacerlo indignamente, y de ahí la necesidad de una preparación espiritual adecuada para no recibir en perjuicio lo que ha sido dado para la vida.

Repito: nuestra fe carecería de sentido si Cristo no estuviera realmente presente en la Ευχαριστία Efjaristía, tal como lo afirma con claridad y autoridad esta confesión de fe de Dositheo de Jerusalén.

Y san Cirilo de Jerusalén afirma con claridad: “El Señor dijo: ‘Esto es mi Cuerpo’. ¿Quién, entonces, se atreverá a dudar de que no es realmente el Cuerpo de Cristo? Si Él mismo lo certificó y afirmó diciendo: ‘Esta es mi Sangre’, ¿quién podrá negar que es la Sangre de Cristo?”

Algunos objetarán: “Pero cuando comulgamos, sólo percibimos el sabor del pan y del vino.” Y es verdad: esa es la experiencia sensible. Algunos incluso, al acercarse a comulgar, cierran los ojos, buscando sentir emocionalmente la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero esto, aunque bienintencionado, no es lo más conveniente, pues incluso puede ser riesgoso o poco respetuoso si se pierde la atención en el acto. La fe no busca evadir los sentidos, sino iluminarlos.

¿Entonces, nuestros sentidos no perciben más que pan y vino? La respuesta es sencilla. Cuando Jesús Cristo -el Logos increado de Dios- se hizo hombre y caminó entre los hombres, ¿qué veían los ojos humanos? Veían a un hombre. Sin embargo, en ese hombre habitaba la plenitud de la divinidad, unida a la naturaleza humana. Por tanto, así como entonces veían un hombre común, aunque era el Logos encarnado, ahora vemos pan y vino comunes, pero en realidad, recibimos el mismo Cuerpo y Sangre del Señor.

Del mismo modo en que entonces no se veía Su divinidad, ahora tampoco vemos con los ojos corporales ni saboreamos con el gusto físico el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como si se tratara de carne y sangre en sentido carnal. Y esto, no solo preserva el misterio de la fe, sino que, -como dicen los Padres- evita el escándalo que sufrieron los judíos en Cafarnaúm, cuando dijeron: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). Si se nos diera en forma carnal, literal, sería chocante.

Hijos míos, este es el centro mismo de nuestra fe, el eje en torno al cual gira todo el contenido de nuestra fe ortodoxa y si esto lo sacáis de contexto, entonces no tenemos nada. Si quitáis este misterio, si lo reducís o desvirtuáis (como el papismo, protestantismo, etc.), el cristianismo ortodoxo pierde su alma y queda reducido a un sistema filosófico, social o ético -llamadlo como queráis-, pero ya no es fe en el Dios vivo.

Y una cosa más: ¿en qué se fundamenta todo esto? En que quien lo dijo, Jesús Cristo, es el mismo que resucitó de entre los muertos y ascendió glorioso a los cielos. Por tanto, todo lo que Él dijo es verdadero. Todo está sostenido en esta certeza: que Cristo resucitó. Sin la Resurrección, estas palabras no tendrían valor. Pero como Él vive, todo lo que enseñó permanece. Todo está basado en esto. Todo lo concerniente a esta pregunta es muy importante ya está respondido y tengamos mucho cuidado sobre esto.

Por eso, os exhorto: estudiad siempre algo sobre el acto litúrgico, para que comprendáis bien la praxis litúrgica de la Iglesia Ortodoxa. Porque a través de la Divina Liturgia, entramos en contacto consciente y real con la fe viva y con el Misterio. La Divina Liturgia no es un mero rito: es el lugar donde se hace presente, aquí y ahora, la salvación que Cristo nos ha traído. (40,1´)

  1. ¿Durante la celebración del Misterio de la Divina Efjaristía la presencia de Cristo es real, pragmática o simplemente simbólica y espiritual?

Esta es una cuestión muy importante, que nos concierne a todos los creyentes, ya que debemos tener una conciencia clara y profunda sobre la grandeza del Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. No existe nada mayor, no sólo en nuestra vida personal ni en nuestra tierra, sino en todo el universo visible e invisible. Incluso dentro del mundo espiritual, en el ámbito de los santos ángeles, no hay realidad más grande que este Misterio. La Divina Efjaristía es el centro absoluto, el culmen y el fundamento de todo lo que posee valor. Frente a este Misterio, el universo entero pierde toda comparación, pues lo que está presente en la Divina Efjaristía es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Ahora bien, antes de responder directamente a la pregunta, es necesario corregir la formulación de una palabra que aparece: durante el Misterio de la Divina Efjaristía. Es decir, quien formula esta pregunta parece preguntarse: ¿Cristo está presente solamente durante el tiempo que dura la celebración de la Divina Liturgia? ¿Y una vez concluida, deja de estar presente? En consecuencia, ¿el pan y el vino consagrados vuelven a ser lo que eran al principio, es decir, simples elementos materiales? Esta forma de pensar, expresada en la palabra “durante”, es inadecuada y debe ser rechazada, porque presupone una presencia efímera y limitada de Cristo en la Efjaristía, lo cual contradice la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa.

Sin embargo, para muchas confesiones protestantes, esta idea sí es aceptable. Ellos creen que Cristo está presente sólo durante la celebración litúrgica, y de forma puramente espiritual, simbólica o subjetiva. Según esta perspectiva, el pan y el vino permanecen siendo simplemente pan y vino, y Cristo se hace presente “espiritualmente” sólo para el momento de la comunión. Esta visión no es ortodoxa y contradice la enseñanza apostólica y patrística de la Iglesia          

La enseñanza ortodoxa afirma con claridad que Cristo permanece verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados. Su presencia no se limita al tiempo de la celebración: Él permanece. Por eso, los Dones consagrados pueden reservarse y conservarse, como hacemos cada Jueves Santo, cuando se celebran dos Corderos para guardar el segundo y utilizarlo en las Liturgias de los Presantificados durante la Gran Cuaresma.

Por ejemplo, durante la Gran Cuaresma, celebramos Liturgias de los Dones Presantificados los miércoles y los viernes, y a veces incluso en más días de la semana. Para ello, consagramos previamente el pan eucarístico (el «Cordero») y lo reservamos en la Santa Patena. Así, el domingo anterior consagramos tres Dones: uno se utiliza ese mismo día, y los otros dos se reservan para las celebraciones de miércoles y viernes. Esto es posible porque los Dones consagrados contienen verdaderamente a Cristo.

Por esta razón, la Liturgia de los Presantificados no es una Liturgia completa, en el sentido de la Liturgia de San Juan Crisóstomo o de San Basilio el Grande, sino una celebración que ya presupone que Cristo está presente en los Dones previamente consagrados, y por tanto permite a los fieles comulgar con reverencia y preparación, aunque no se realice una nueva consagración.

Entonces, si Cristo estuviera presente sólo durante la celebración de la Divina Liturgia, no tendría sentido conservar el pan consagrado para la Comunión, tanto en las Liturgias de los Dones Presantificados como durante el resto del año, cuando es necesario comulgar a los enfermos u otros fieles en situaciones especiales. Por lo tanto, esta visión es incorrecta: el pan consagrado sigue siendo verdadero Cuerpo de Cristo, y el vino, verdadera Sangre de Cristo, en todo momento.

Tened en cuenta que los protestantes, que aceptan únicamente una «presencia espiritual» o simbólica de Cristo en la Efjaristía, desechan lo que sobra de la Comunión al finalizar el culto, arrojándolo incluso al fregadero, pues lo consideran solamente un símbolo. Para ellos, después de la celebración, el pan y el vino ya no tienen valor sagrado. Estas ideas son absolutamente inconcebibles para la Ortodoxia.

Hijos míos, lo que nosotros recibimos en la Divina Comunión es realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿Qué significa “realmente”? Tan real como puede serlo el Cuerpo y la Sangre del Señor mismo. Existen innumerables testimonios de los santos Padres que, por experiencia personal, vivieron profundamente este Misterio, tal como lo transmitieron los santos Apóstoles a la Iglesia. Además, esto está firmemente atestiguado en la misma Sagrada Escritura.

El apóstol Pablo advierte: “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación; por eso hay entre vosotros muchos enfermos y no pocos han muerto” (1 Cor 11,29-30). ¿Qué significa “sin discernimiento”? Que comulgan creyendo que reciben pan común, sin reconocer que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. No es pan común, ni un simple símbolo de Cristo, ni se trata de una presencia espiritual. Tampoco está “escondido” Cristo dentro del pan. Ese pan es el Cuerpo de Cristo, y ese vino es Su Sangre, aunque los sentidos perciban aún pan y vino. Dice san Cirilo de Jerusalén: “Después de la consagración, el pan ya no es pan, aunque lo parezca al gusto; es el Cuerpo de Cristo. Lo mismo el vino: aunque sepa o tenga sabor a vino, es Sangre de Cristo.”

Os lo explicaré de forma sencilla: ¿quién podría haber imaginado que detrás de la naturaleza humana de Jesús estaba oculto el divino Logos? Nadie. Si los demonios hubieran reconocido esa realidad, habrían temblado. Jamás se habrían atrevido a tentarlo, como hizo Satanás en el desierto, ni a crucificarlo. Tampoco Pilato, Herodes, Caifás o Anás se habrían atrevido a juzgarlo, si hubieran visto Su divinidad o deidad. Pero no la veían, y es natural: la divinidad no es accesible a la vista, ni siquiera a los ángeles. Era verdaderamente Dios hecho hombre, pero ante sus ojos veían sólo a un hombre. Lo mismo sucede en la Divina Efjaristía: vemos pan y vino, pero en realidad están presentes el Cuerpo y la Sangre del Señor, porque Él mismo lo dijo. Si no fuera por Su propia afirmación, nadie podría sostener que se trata de una realidad.

Por tanto, al ver pan y vino, nos encontramos ante una presencia sacramental real, del mismo modo que quienes veían a Jesús veían sólo a un hombre sin sospechar la divinidad que habitaba en Él. Algunos intentan provocarse una falsa emoción o convicción sensible, diciéndose: «Estoy comulgando la Sangre de Cristo», como si tuvieran que forzar la experiencia. Pero esto no es necesario, incluso puede ser perjudicial. No hace falta que los sentidos lo perciban, porque Cristo está presente en el Misterio de forma real y verdadera. Y eso basta.

Por eso dice san Juan Damasceno: “La metábole (cambio, transformación) se realiza por el Espíritu Santo.” Así lo proclamamos en la oración litúrgica, cuando imploramos: “Padre, envía tu Espíritu Santo para que santifique estos dones que te hemos ofrecido -el pan y el vino que están ante ti- y los transforme, por tu Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.”

Así pues, es el Espíritu Santo, enviado por el Padre, quien transforma los dones en el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Atención aquí: esto se realiza del mismo modo en que el Logos de Dios se encarnó en el seno de la Θεοτόκος (Zeotocos: la que da a luz a Dios). Cuando la Virgen María preguntó al arcángel Gabriel: “¿Cómo será esto?”, él respondió que el Padre enviaría al Espíritu Santo para que la cubriera con su sombra. Ese mismo Espíritu sería el que encarnaría al Logos. Así, tal como el Logos se hizo “sarx” cuerpo-carne con sangre, (Jn 1,14), el Espíritu Santo operó el misterio de la Encarnación, y de igual manera opera ahora la metábole, la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por tanto, si creemos que el Hijo de Dios se hizo hombre, de la misma manera debemos creer que el pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y si no creemos esto último, entonces tampoco creemos verdaderamente en la Encarnación del Hijo de Dios, porque se trata de la misma economía (concesión) divina, de la misma acción salvífica, la misma praxis del Espíritu.

Ahora bien, podríais preguntar: ¿Qué es este Cuerpo de Cristo que recibimos? ¿Es el mismo antes o después de la Resurrección?  No podemos distinguir el Cuerpo de Cristo como si fuera diferente antes o después de la Resurrección. El Cuerpo de Cristo es uno solo, y siempre ha estado glorificado. Esto quedó manifiesto en el episodio de la Metamorfosis. Después de la Resurrección, se reveló como incorruptible e inmortal. Sin embargo, por economía divina y condescendencia, el Señor permitió que su Cuerpo se manifestara entre nosotros como si fuera susceptible al sufrimiento y a la muerte, como si estuviera sujeto a enfermedad o a necesidad, aunque en realidad no lo era. El cuerpo de Cristo no era mortal por naturaleza —sería impropio pensar que lo fuera—, sino que voluntariamente asumió la condición de mortalidad para poder atravesar el umbral de la muerte. Porque en su Cuerpo se realiza anticipadamente lo que también nosotros estamos llamados a vivir: la muerte y la resurrección. Así, nos abre el camino.

Atención, pues: el Cuerpo de Cristo es siempre el mismo. Antes de la Cruz, se manifiesta como pasible y mortal, y después de la Resurrección, también puede aparecer de ese modo, no porque lo sea por naturaleza, sino porque así lo quiso el Señor. Pero en todo momento es el mismo Cuerpo glorioso y divino.

La confesión de Dositeo de Jerusalén afirma: ¿Qué cuerpo comulgamos? Comulgamos el cuerpo de Aquel que se encarnó en el seno de la Zeotocos, que fue crucificado, resucitado, ascendió a los cielos, se sienta a la derecha de Dios Padre y que volverá para juzgar al mundo. Este es el cuerpo, dice el santo, que comulgamos.

San Juan Crisóstomo también enseña: Lo que comulgamos no es de menor dignidad que lo que comulgaron los discípulos cuando el Señor les dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Cada Divina Liturgia, cada templo -o mejor dicho, cada Santa Mesa o Banquete, es la misma Santa Cena del Jueves Santo. Esto es lo que comulgamos, por eso se nos pide tanto cuidado: que no se derrame nada, que no caiga al suelo, que nuestra vida no sea indigna de este Misterio, y que no comulguemos sin preparación adecuada.

Por eso nos preparamos, por eso decimos: atención, cuidado, vas a recibir la Divina Comunión. Y cuando alguien ha cometido un pecado, le decimos con insistencia: “¡Cuidado!, no te atrevas a comulgar sin estar preparado.” ¿Por qué tanta atención? Porque realmente es así de serio. Por ello también, en la Divina Liturgia se eleva una oración que pide: que no comulguemos indignamente, sino con sobriedad del alma (nipsis), con la absolución de nuestros pecados, para vida eterna y para la consumación (completación) de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

Así pues, tenemos realmente el cuerpo y la sangre de Cristo. Decidme ahora: ¿Existe algo superior a Cristo, que es el Creador de todo? No. Hoy, por tanto, tenemos con nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo, que son superiores a todo el universo, al mundo angelical y a cualquier cosa creada. Esto es lo fundamental, lo culminante, porque es el mismo Creador encarnado.

Hoy vivimos el Misterio de Cristo. Y mañana, cuando nos encontremos en Su Realeza increada, Le veremos -como dice el evangelista Juan- cara a cara.

Debo deciros que Dios, a veces, concede -y esto ocurre hasta hoy-, lo que también apunta san Simeón de Tesalónica en sus obras: que puede suceder que alguna vez aparezcan en el Santo Cáliz carne y sangre reales. Y sobre todo, dice lo siguiente: puede que Dios lo permita por la incredulidad de alguien.

El santo encomienda al sacerdote -¡atención!-: no comulguéis de esto que es visible como sangre y carne, es decir, cuando los sentidos lo perciben así. Cuidado: no des la comunión de esto, sino que toma del pan consagrado del Jueves Santo, y con eso comulgarás a las personas. Y cuando Dios lo disponga, quitará esta visión del Santo Cáliz, cuando los sentidos lo ven como carne y sangre.

¿Veis? Esto no lo acepta la Iglesia como práctica ordinaria, sino solo como Misterio; no quiere verlo. Hay algunos que, por vanagloria, desean verlo. Esto es terrible. Es inútil que os diga que tenemos muchísimos testimonios de sacerdotes y laicos santos que realmente vieron dentro del Santo Cáliz, no carne y sangre, sino al mismo Cristo como niño. Esto es algo terrible; y si digo “terrible” quiero decir que produce en el alma un gran temblor y profundo temor.

Porque, como dice san Juan Crisóstomo, conoce a una persona -y seguramente habla de sí mismo- que ve ángeles cuando celebra la Divina Liturgia. Y los ángeles, ¿cómo se disponen alrededor de la Santa Mesa? Con temor y temblor, porque allí está Cristo yacente, en honor del cual se celebra.

Y cuando los sacerdotes damos la comunión a un moribundo, los ángeles llevan su psique-alma, siempre que haya comulgado dignamente. Como se dice en la parábola del rico y de Lázaro, los ángeles tomaron la psique-alma de Lázaro. San Crisóstomo se pregunta: ¿no bastaba con un solo ángel? No. Pero no es en honor de la persona, sino en honor del cuerpo y sangre de Cristo que el creyente ha comulgado.

Esto en relación con la pregunta, y debemos, de vez en cuando, renovar este conocimiento, para saber con exactitud qué es lo que comulgamos.

  1. Se dice que comulgamos dignamente el Misterio de la Divina Comunión. Si es así, ¿cómo pueden los creyentes hacerse dignos y merecedores de recibirlo? ¿Tomamos realmente el cuerpo y la sangre del Señor?

Aquí debo deciros que el Misterio de la Divina Eucaristía que recibimos es verdaderamente el cuerpo y la sangre del Señor, tanto si lo tomamos dignamente como si no, merecidamente o no. La pregunta aquí se refiere a cómo uno puede valorar y hacerse merecedor del Misterio, es decir, cómo se puede decir que se comulga y se participa dignamente.

En principio, uno participa dignamente cuando reconoce que no es digno ni merecedor. Nadie puede acercarse a este Misterio diciendo: “He comulgado digna y merecidamente”. Eso sería orgullo. ¿Quién es verdaderamente digno? Una oración de la Divina Liturgia dice claramente: “Ninguno de los que están atados con los deseos y placeres carnales es digno de acercarse…”. Es la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios la que nos hace dignos. Es una dignidad relativa, nunca absoluta. Cuando decimos “relativa” nos referimos a que hacemos una preparación para el Misterio, pero nadie es absolutamente digno: ni el sacerdote, ni el laico, nadie.

Ahora bien, si queremos establecer condiciones para valorar el Misterio y acercarnos con reverencia, la misma Iglesia nos indica cómo hacerlo cuando nos llama a participar diciendo: “Con temor de Dios, fe y agapi (amor), acercaos”. Estos son los elementos fundamentales:

Temor de Dios: Al tener respeto y temor de Dios, uno vive con la conciencia de Su presencia constante, sabiendo que Dios ve y escucha en todo momento.

Fe: Fe firme en que lo que vamos a recibir es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo.

Agapi (amor): Amor incondicional y puro hacia Dios y hacia el prójimo.

Por eso, en el último momento antes de comulgar, se recitan los troparios finales. Si es posible, los dice el sacerdote; si no, los dice el salmista; y si tampoco, entonces cada creyente los recita en silencio por su cuenta. El primer tropario dice: “Creo, Señor, que esto es verdaderamente Tu cuerpo y Tu sangre”. Aquí, el creyente renueva su confesión de fe.

Porque, como dice el apóstol Pablo: “Por eso muchos enferman y mueren, porque no disciernen que es el cuerpo y la sangre de Cristo, y lo toman como si fuera simple pan y vino.”

A veces, si un niño está llorando antes de comulgar, su madre puede decirle: “Ven, hijito mío, el sacerdote te dará un panecillo y un vinillo.” Esta es una expresión sumamente equivocada, gravemente errónea. Encierra una forma de incredulidad disimulada. Porque el Misterio no es pan ni vino: es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo.

Por eso renovamos nuestra fe en Dios, confesando con claridad y convicción que esto que vamos a recibir es Su verdadero cuerpo y Su verdadera sangre.

Y después viene la agapi, el amor desinteresado. Pero, ¿dónde se manifiesta la agapi?

Este Misterio es el Misterio de la agapi. ¿Cómo podría uno acercarse si no tiene agapi, primero hacia Aquel que nos llama, que es Dios, y luego hacia nuestros prójimos y hacia toda la creación?

  1. ¿Es posible que el Espíritu Santo de Dios actúe en los Misterios de la Iglesia incluso a través de un mal sacerdote?

Ciertamente, si en cada Misterio dependiéramos de la calidad moral o espiritual del sacerdote, podemos imaginar lo que ocurriría; tendríamos que estar juzgando constantemente quién es digno o no para que la jaris, la gracia, energía increada de Dios, actúe a través de él. La Iglesia se convertiría en tribunal, y cada creyente se transformaría en juez. ¿Deberíamos, entonces, analizar la vida de cada sacerdote antes de acercarnos a los Misterios?

El derecho de juzgar pertenece sólo a Dios. No es correcto ni saludable que el creyente evalúe la validez de un Misterio en función de la virtud o del pecado del sacerdote. Eso sería un error grave.

La posición correcta es la siguiente: cada Misterio es una obra realizada por Cristo. Así lo enseña la teología dogmática de la Iglesia: es una «obra trabajada» por el mismo Señor. Lo que se ofrece en los Misterios no es una obra del sacerdote, sino una obra que ya ha sido realizada por Dios, por Cristo mismo.

Tomemos como ejemplo el Misterio de la Divina Efjaristía. ¿Quién ha obrado este Misterio? Es Cristo quien lo ha instituido, quien lo ha realizado y quien lo ofrece. Es Su cuerpo y Su sangre; es el mismo sacrificio de la Cruz, que permanece activo y presente en la historia de manera perpetua.

Por tanto, la obra del Misterio no la realiza el sacerdote -y esto es importante discernirlo con cuidado. El sacerdote no «celebra» por su propia autoridad o poder personal. Más bien, podemos decir que el sacerdote presta sus manos, su voz y su presencia para que continúe el Misterio de la Encarnación dentro del tiempo y la historia.

Por lo tanto, el sacerdote puede ser comparado con un camarero que toma la comida ya preparada en la cocina y la sirve a los comensales. No es él quien ha cocinado, sino quien distribuye lo que ya ha sido preparado. También puede compararse con una conducción de agua que lleva el agua desde un pantano hasta nuestros hogares. La tubería no produce el agua; simplemente la transporta.

Así, el sacerdote no genera la gracia de los Misterios; él es el canal a través del cual la jaris gracia increada fluye hacia el pueblo de Dios.

Ahora bien, si este “tubo”, es decir, el sacerdote, es como un conducto de piedra porosa, también absorbe parte del agua mientras ésta pasa por él. Es decir, cuando celebro la Divina Liturgia, yo mismo también comulgo, y si tengo temor de Dios y piedad, sin duda yo soy el primero en recibir los frutos espirituales.

Pero si, por el contrario, me limito a ejecutar mecánicamente el rito, sin participación interior, sin fe ni reverencia, como quien simplemente cumple con una orden, entonces me convierto en una tubería metálica, que, aunque transporta el agua, no se impregna de ella. Aun así, quien pide agua -es decir, el creyente que se acerca con fe y preparación- la recibe y la bebe con provecho, aunque el canal por el que le haya llegado no haya absorbido nada.

Así pues, si yo como sacerdote no soy moralmente digno -es decir, si peco o no vivo virtuosamente-, aun así, los Misterios siguen siendo válidos y se transmiten eficazmente para la gracia de los fieles. Sin embargo, el único que no se beneficia espiritualmente en este caso es el mismo sacerdote.

Este principio es fundamental y no debemos olvidarlo, porque los Misterios son siempre válidos bajo una condición esencial: que el sacerdote sea ortodoxo canónico, es decir, que haya sido legítimamente ordenado por un obispo ortodoxo canónico dentro de la comunión de la Iglesia.

Lo importante aquí no es la virtud personal del sacerdote, sino su situación eclesiástica: si no hay ningún impedimento canónico -es decir, si el poder eclesiástico no le ha restringido el ejercicio de sus funciones- entonces su sacerdocio está activo y los Misterios que celebra son plenamente válidos.

Es importante saber que la gracia del sacerdocio no actúa automáticamente “para siempre”, sino que su ejercicio depende del permiso actual de la Iglesia. Es decir, el poder de actuar sacramentalmente se otorga en cada momento, según la economía y la disposición del obispo.

Por ejemplo, si por alguna razón el obispo le dice a un sacerdote: “No confesarás”, entonces ese sacerdote está impedido de confesar válidamente. O si se le dice: “No celebrarás la Divina Liturgia”, entonces ese Misterio celebrado sin permiso sería inválido. En esos casos, el sacerdocio se vuelve inenergizado (ἀνεργόν), no operativo, sin eficacia sacramental.

Pero cuando no existe ningún impedimento canónico, y el sacerdocio del clérigo está activo y reconocido por la Iglesia, entonces los Misterios son completamente válidos y espiritualmente fructíferos para los fieles, independientemente de la vida personal del sacerdote.

Podemos imaginarlo así: si tienes mucha sed y vas a una fuente con una cañería de metal que no absorbe nada, tú igual bebes abundantemente y te sacias. El sacerdote, en este caso, puede no beneficiarse personalmente si no participa con reverencia y fe, pero tú como fiel sí recibes la Χάρις Jaris, la energía increada de Dios, de forma plena y verdadera.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.