San Nektarios de Pentápolis: Conócete a ti mismo,
V Capítulo: SOBRE LA JUSTICIA
VI Capítulo: SOBRE LA VERDAD
V Capítulo: SOBRE LA JUSTICIA
- Sobre la justicia.
- La imagen del hombre justo.
- La imagen de la injusticia.
- La imagen del hombre injusto.
- El carácter del hombre injusto, según el capítulo II de la Sabiduría de Salomón.
- Sobre la pleonexía codicia, avaricia y la imagen del pleonektis codicioso, avaro.
- Sobre el robo y la rapiña, y sobre el ladrón y el raptor.
- Sobre la justicia
La justicia consiste en que el hombre haga coincidir su voluntad con la voluntad divina y realice lo bueno, lo agradable y lo perfecto ante Dios, y en que busque con todo su corazón la doxa-gloria de Su nombre. La verdadera justicia es Cristo, quien «se convirtió para nosotros, de parte de Dios, en sofía-sabiduría, justicia y santificación» (1 Cor. 1, 30).
El apóstol Pablo llamó justicia de Dios a la salvación que se nos concede —siempre que creamos— por la Jaris (gracia, energía increada) de Dios. Porque esta salvación no presupone esfuerzos propios por nuestra parte, sino que es enteramente una donación y regalo de Dios. Es la justicia que Dios concede o, dicho de otro modo, la justificación que procede de Él, la cual nos absuelve y nos libera de nuestros pecados.
San Juan Crisóstomo dice acerca de la justicia: «Hay justicia allí donde se siguen y se cumplen los mandamientos y logos de Dios». También dice que la justicia «es algo admirable y hace al hombre capaz de permanecer cerca de Dios, haciéndolo semejante a Dios».
Teodoreto llama justicia a «la recta dirección de la psique-alma y su dominio sobre los pazos (pasiones, vicios, adicciones, etc.). Porque la armonización de los sentimientos y emociones con la lógica y su cooperación armoniosa constituyen el criterio para adquirir la justicia».
Por su parte, Clemente de Alejandría dice: «La justicia es la concordia entre las partes de la psique-alma».
San Gregorio de Nisa señala: «La justicia es la norma de la rectitud: proponer todo lo irreprochable, tanto en las palabras como en las obras; ordenar las cosas de la psique-alma como corresponde y distribuir a cada uno, según su mérito y valor, aquello que le pertenece».
Teofilacto dice: «La justicia es la virtud perfecta, la vida irreprochable; y, como creemos, podemos llamar justo a quien está libre de reproche».
San Juan Crisóstomo dice también acerca de la justicia: «La justicia es la reunión y la unidad de todas las cosas buenas y virtuosas. La armonía y la concentración conjunta de todos los bienes podrían llamarse, con razón, justicia».
La justicia no juzga concediéndonos un favor, sino que atribuye a cada uno lo que le corresponde según su mérito y valor. Sin embargo, la justicia de Dios es filantropía (amistad al hombre), porque en lo justo se mezcla la misericordia. Así se denomina la justicia que justifica al hombre y disuelve sus pecados. Esta permanece por los siglos. En la Sagrada Escritura, la caridad o limosna recibe el nombre de justicia, puesto que es una obra de justicia. La justicia desciende del Cielo, de Dios, el juez justo, y comprende tanto la justicia reparadora como la retributiva.
San Dionisio el Areopagita dice acerca de la justicia: «Dios, que es también justicia, distribuye a cada uno según su mérito y proporciona la medida adecuada, la belleza, el buen orden y la hermosura; asimismo, distribuye y distingue ordenadamente todas las cosas para cada uno, porque Él mismo es la causa de toda actividad independiente».
La justicia libra a las psique-almas de la muerte. Es guía hacia el bien, porque el comienzo del camino del bien consiste en obrar justamente. Quien persigue la justicia ama a Dios. La justicia fortalece a quien trabaja por ella. «En la justicia abundante hay gran fortaleza», dice la Escritura. Si persigues lo justo, esto te alcanzará y te revestirá con un manto de gloria. La justicia es la norma con la que debemos evaluar cada acción de nuestra vida.
Sin justicia no se sostiene ninguna virtud. La falta de justicia da testimonio de la falta deαγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional). Y en un corazón privado de agapi es imposible que se desarrolle virtud alguna. La injusticia lo destruye todo. Quien obra injustamente ha rechazado la veneración de Dios. Porque nadie que sea injusto puede ser verdaderamente piadoso, y tampoco nadie que sea verdaderamente piadoso puede ser injusto.
- La imagen del hombre justo
La imagen del hombre justo está llena de Χάρις (Jaris: gracia energía increada). Todas las virtudes juntas han venido y han pintado su carácter, «porque en la justicia se encuentran reunidas todas las virtudes». Siembra justicia y se complace en sus frutos. El Señor escucha su oración. El justo florecerá como la palmera y crecerá como el cedro del Líbano. Los frutos de su justicia no se pierden, y recibe su recompensa del Señor. El justo vive en la alegría y el júbilo; la luz del justo brilla para siempre, y la bendición de Dios reposa sobre su cabeza.
El júbilo y el deleite llena el tiempo del justo, su casa es bendecida y su fuerza crece. La salvación del justo procede de Dios, y Dios lo sostiene. Su descendencia existirá de generación en generación, y sus hijos, como pequeños brotes de olivos que crecen alrededor del tronco del olivo, estarán sentados alrededor de su mesa. El Señor no aparta Sus ojos del justo, lo ayuda en sus adversidades y dificultades y lo glorificará. El Señor mantiene al justo bajo Su mirada y atención y escucha su oración.
«Los justos clamaron fervientemente al Señor en oración, y el Señor escuchó sus súplicas y los liberó de todas sus tribulaciones, angustias y depresiones» (Sal. 33, 18). «El Señor guarda todos sus huesos, para que ninguno de ellos sufra el menor daño» ( Sal. 33, 21).
El Señor lo protege y permanece con él todos los días de su vida. Si los ríos se precipitan contra él, no lo atraparán; y si atraviesa las aguas, estas no lo arrastrarán, porque el Señor está con él. Si pasa por el fuego, no se quemará, y la diestra del Señor lo cubrirá. El justo es irreprochable, sus manos están limpias de la inmundicia y la suciedad de la injusticia y su corazón permanece incontaminado por las iniquidades.
El justo comparece con gran confianza y valentía ante el tribunal, y su rostro resplandece mientras presenta su defensa. El justo heredará la tierra, y su memoria perdurará eternamente. Su nombre será bendecido de generación en generación, y sus descendientes narrarán su justicia. En las manos del justo hay una fuente de vida, y sus hijos no pasarán hambre. De las riquezas de los impíos, el justo acumula tesoros. Los caminos del justo están iluminados por la luz increada, y sus sendas son rectas ante el Señor.
Si el justo cae, volverá a levantarse. Aunque caiga siete veces, siete veces se levantará. El propio Señor lo alzará de su caída. Los labios del hombre justo destilan divina Jaris (gracia, energía increada), y su boca habla sofía-sabiduría. Bienaventurado es el justo, y bienaventurados serán también los descendientes que procedan de él. Las psique-almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento las alcanza. La esperanza de los justos es inmortal. Los justos viven eternamente, y su recompensa les es concedida por el Señor; también de Él reciben Su cuidado.
Por esta razón, recibirán su premio de la propia mano del Señor: el reino de la dignidad y el ornamento de la belleza, porque Su diestra los cubrirá y Su brazo los defenderá. Incluso los cabellos de la cabeza de los justos están contados por Dios, y ni uno solo caerá sin Su voluntad.
¡Bienaventurado el hombre justo!
- La imagen de la injusticia
La injusticia es la costumbre de mirar las leyes con arrogancia. Injusticia es el desprecio de las leyes, la transgresión de lo justo. Injusticia es la oposición a la voluntad divina. Es una acción encaminada a hacer que prevalezcan el mal, la guerra, la perturbación, la desgracia y la realeza del maligno. La injusticia es una profanación sacrílega, y convierte en impuro ante Dios a quien la practica. La injusticia es repulsiva a los ojos de Dios, porque ofende el primero de los atributos divinos, que es la justicia divina. Además, es la madre de toda maldad, puesto que en la injusticia se oculta, de una sola vez, toda maldad.
La injusticia es un acto de la psique-alma que no se alinea con Dios, sino con el maligno. La injusticia revela una psique-alma cuyos sentimientos no guardan relación alguna con la lógica, y que, ciertamente, tampoco puede dominar sus pazos (vicios, pasiones, adicciones, etc.) y deseos. La injusticia juzga según el propio interés y no conforme a lo justo. Atribuye lo justo a quienes cometen injusticias y se lo quita a quienes tienen derecho a recibirlo. La injusticia llena la tierra de lamentos, y el gemido de los agraviados asciende hasta el cielo.
La injusticia, que carece de misericordia y compasión, no se acobarda ante nada. Aplasta los corazones de los agraviados y hace brotar de sus ojos manantiales de lágrimas. No se apiada del huérfano ni se compadece de la viuda. Siempre implacable y despiadada, impone sus voluntades y ejecuta sus decisiones. Su tiranía es cruel y, allí donde prevalece, reinan el gemido y el dolor. La injusticia niega a Dios y no tiene en cuenta el poder de Su fuerza.
Su imagen provoca horror, y el espanto se apodera de quienes la contemplan. Es deforme y abominable, y su aspecto se asemeja al de una antigua Erinia*. Allí donde aparece, se alejan la paz, la alegría y el júbilo. Su presencia anuncia una tormenta, y su voz proclama la destrucción. Por dondequiera que pasa, la desolación se vuelve absoluta. La injusticia es el demonio maligno que arrebata la felicidad a los seres humanos.
* Las Ἐρινύες (Eriníes), en la mitología griega antigua, eran divinidades femeninas que perseguían y castigaban a quienes cometían crímenes graves, especialmente contra la familia, como el parricidio, el matricidio y la violación de los deberes hacia los padres.
- La imagen del hombre injusto
Muy desagradable es el aspecto del hombre injusto, porque en él se refleja el carácter de su psique-alma malvada. Los justos sienten aversión hacia él y las personas honradas lo desprecian. Los buenos le cierran la puerta y detestan relacionarse con él. Dios aborrece al injusto y aparta de él Su rostro. El injusto tergiversa la verdad y la mentira está continuamente en sus labios. Llama bueno a lo malo y malo a lo bueno, llama luz a las tinieblas y tinieblas a la luz, con tal de cometer injusticia contra su prójimo. Con su intención de obrar injustamente, quebranta incluso la ley de Dios.
Lleva en el bolsillo dos pesas, una pequeña y otra grande, y en su casa dos medidas, una pequeña y otra grande. Desplaza en su propio beneficio, siempre que puede, los límites de las propiedades de los huérfanos y arrebata los bienes de las viudas. Acumula mediante la injusticia y atesora mediante el saqueo. Siega donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido. En su casa se aloja la injusticia y en sus arcas se acumula el engaño.
El corazón del injusto se agita como el mar embravecido. En él no hay descanso. El miedo lo llena y el espanto se apodera de él. Su psique-alma sufre y poderosos pazos (pasiones, vicios, adicciones etc.) lo sacuden. Se ha convertido en esclavo de la injusticia, y el poder tiránico que esta lleva consigo se ha impuesto sobre él. Su nus (espíritu) maquina engaños y su diania (mente, intelecto) se ocupa de planes perversos todos los días de su vida. Sus manos están manchadas por las injusticias y sus pies están sucios e impuros por sus actos ilícitos. Acumula tesoros sin saber, al final, para quién los reúne.
La ira de Dios dispersa sus riquezas. Sus descendientes desaparecen y su casa queda desierta. En su casa no habrá ningún hombre anciano, dice el Señor, porque Dios hará justicia eterna contra el injusto. El injusto es el más desdichado y desgraciado de los seres humanos. En su casa no puede entrar la felicidad.
Eurípides dice: «Nadie ha sido jamás feliz desde el momento en que se hizo injusto».
La Santa Escritura dice acerca de los injustos: «Quien comete injusticia acaba llevando sobre sí las consecuencias de lo que ha hecho, y en Dios no hay acepción de personas» (Rom. 2, 6-11). «El injusto no heredará la Realeza increada de los Cielos» (1 Cor. 6, 9-10). «Llega el día de la ira para el injusto» (Rom. 1, 18). «La boca del injusto quedará cerrada» (Rom. 3, 19). «Cuanto han cosechado los injustos acabará siendo entregado a los justos. Dios no los protegerá de los males que vendrán. Al injusto le esperan el lamento y la perdición, porque desde el cielo se revelará la ira de Dios contra toda injusticia e impiedad humanas» (Rom. 1, 18).
Dios no escucha las oraciones de los injustos; más aún, rechaza sus sacrificios y sus ofrendas. Porque el sacrificio de los injustos no es puro ni limpio, sino una ofrenda contaminada. Las acciones injustas de los malvados jamás tienen un desenlace bendecido y bueno. ¡Desdichado y miserable es el hombre injusto!
- Carácter del hombre injusto (según la Sabiduría de Salomón, capítulo II)
El carácter del hombre injusto se describe en la Sabiduría de Salomón de la siguiente manera:
«Se dijeron, pues, razonando insensatamente entre sí, que nuestra vida es breve y triste, que no hay remedio para la muerte del hombre y que todavía no se ha manifestado nadie que haya regresado del Hades. Que existimos por nosotros mismos y que, después de esta vida, será como si nunca hubiéramos existido. Que nuestro aliento saldrá de nuestras narices como humo y que nuestro logos y palabra es una chispa que brota del impulso del corazón; cuando esta se extinga, también el cuerpo se convertirá en ceniza y el espíritu se disipará como el aire vacío.
Nuestro nombre será olvidado con el tiempo y nadie recordará nuestras obras. Nuestra vida pasará como las nubes y la niebla que se dispersan y desaparecen ante los rayos y el calor del sol. Nuestra vida es una sombra pasajera y no hay obstáculo que pueda impedir nuestra muerte; el Hades está sellado y nadie regresa de allí.
Venid, pues, disfrutemos de los bienes presentes; aprovechemos sin demora cuanto hemos adquirido en nuestra juventud; saciémonos de vino costoso y perfumes antes de que pase para nosotros la flor de la primavera; coronémonos con capullos de rosas antes de que nos marchitemos. Que nadie deje sin aprovechar esta etapa en la que nuestra fuerza se mantiene vigorosa. Arrebatemos cuanto existe y todo aquello que contribuya a colmarnos de alegría, porque esta es nuestra porción, esta es nuestra herencia. Oprimamos al pobre y al justo; no tengamos compasión de las viudas ni sintamos respeto por las muchas canas de los ancianos.
Que nuestra fuerza sea la ley de la justicia, pues se considera inútil aquello que es débil. Tendamos una trampa al justo, porque nos estorba; se opone a nuestras obras, nos acusa de transgresiones de la ley, nos recuerda los pecados de nuestra juventud, nos dice que conoce a Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. Se convierte en reproche para nuestros pensamientos. Incluso verlo nos resulta insoportable, porque su modo de vida no se parece al nuestro y sus caminos son completamente diferentes. Nos considera impostores, estafadores y se aparta de nuestras relaciones, porque nos considera sucios e impuros.
Proclama bienaventurado el final de los justos y se jacta de tener a Dios por padre. Veamos si sus logos y palabras son verdaderas; examinemos el desenlace de su vida. Porque, si es verdaderamente hijo de Dios, Dios lo protegerá y lo librará de quienes lo combaten. Prepararemos para él ultrajes, insultos y desprecios, para conocer su sinceridad y poner a prueba su paciencia ante las ofensas. Lo condenaremos a una muerte ignominiosa y observaremos los logos y palabras que pronuncie.
Pensando así, se extraviaron, porque su maldad los cegó por completo. No conocieron los misterios de Dios, ni esperaron recibir la recompensa de la santidad, ni pudieron discernir el premio reservado a las psique-almas puras. No comprendieron que Dios creó al hombre incorruptible, a imagen de Su propia eternidad, y que, por envidia del Diablo, entró la muerte en el mundo. Y quienes pertenecen al Diablo sufrirán la muerte» (Sabiduría de Salomón 2, 1-24).
- Sobre la πλεονεξία pleonexía y la imagen del πλεονέκτης pleonektis
(Πλεονεξία pleonexía: avidez, codicia, ambición, avaricia, afán desmedido de tener más.
Querido lector, aquí dejaremos el término con transliteración griega ya que el término es español tiene muchas palabras)
La pleonexía es un pazos (pasión, vico, adicción etc.) de la psique-alma insaciable. El pleonektis acumula plata y reúne oro, construye casas y anexiona una casa a otra y un campo a otro, con el propósito de quitarle algo a su propietario, hasta dejarlo sin nada. Cuanto más aumenta sus bienes el pleonektis tanto más se vuelve codicioso. Siente sed de oro y hambre de posesiones; por esta razón, no puede librarse ni de la pobreza ni de la privación.
La sed del bebedor se va apagando con la bebida y el deseo de alimento se va saciando con la comida. Sin embargo, la pleonexía no se ha extinguido ni con plata ni con oro. Al pleonektis le viene como anillo al dedo lo que se dijo acerca del médico arrogante: «Tu remedio hace que la enfermedad empeore».
La pleonexía es una locura insaciable e infiel que enardece y excita a la psique-alma insaciable con el propósito de aumentar los bienes que ya posee. Enciende en la psique-alma un deseo tan intenso de aquello que no tiene, que la lleva a descuidar lo que ya ha conseguido.
Por eso, el pleonektis no puede conservar nada digno de amor. Pues el bien que antes amaba y deseaba hacer suyo, tan pronto como lo adquiere, pierde a sus ojos su carácter anterior y deja de ser digno de su amor, hasta el punto de acabar siendo descuidado. El pleonektis no ama lo que ha conseguido; solo disfruta de la expectativa, de la espera de la ganancia, de la riqueza y del bien. Pero todo esto se desvanece desde el momento en que lo obtiene.
Por el contrario, el amor hacia las cosas que se han adquirido aleja la pleonexía y trae la autosuficiencia. La autosuficiencia, a su vez, trae la saciedad, la plenitud y la falta de interés por nuevas adquisiciones. Mientras tanto, los pleonektis acumulan tesoros sin saber qué reúnen ni con qué propósito. Se niegan rotundamente a dar limosna y son perezosos a la hora de ofrecer, porque quienes obtienen ganancias por pleonexía no quieren gastar nada.
San Basilio el Grande dice acerca del pleonektis:«Nada puede detener al pleonektis. Es peor incluso que el fuego. Quiere continuamente tenerlo todo para sí mismo. No se preocupa por disfrutar de lo que ha acumulado, sino que se consume a sí mismo con el deseo de conquistar cada vez más. Después permanece despierto durante la noche, lleno de inquietudes y preocupaciones. Así pues, cuanto más aumenta la riqueza, más pesada se vuelve la preocupación por su vida».
- Sobre el robo y el saqueo, y sobre el ladrón y el saqueador
Robar consiste en quitarle algo a alguien a escondidas. Saquear, en cambio, consiste en quitarle algo por la fuerza.
El ladrón y el saqueador son necios e insensatos, porque han odiado el trabajo honrado, que proporciona ganancias con alegría, y han amado la ociosidad; han amado la inactividad, que conduce al robo, al saqueo y a toda maldad, de la cual brota toda amargura. Los ladrones y los saqueadores han odiado la verdadera alegría y la felicidad, y han amado la desdicha; han odiado su propia psique-alma.
Evitan la luz del día para que no los delate y se refugian en cuevas oscuras para que el velo de las tinieblas los oculte. Tiemblan ante la sombra de la autoridad y no pueden encontrar tranquilidad. Pasan noches difíciles, y la pasión del desenfreno les arrebata todo descanso.
Los ladrones y los saqueadores son castigados ya en esta vida, pero también en la otra serán condenados severamente por sus injusticias.
VI Capítulo: SOBRE LA VERDAD
- Sobre la verdad.
- La imagen del hombre veraz.
- Sobre la mentira.
- La imagen del hombre mentiroso.
- Sobre la difamación.
- Sobre el hombre engañoso.
- Sobre la condena del prójimo.
- Sobre el insulto, injuria, ultraje.
- Sobre la maledicencia y el maldiciente.
- Sobre la calumnia y el calumniador.
- Sobre la verdad
La verdad es característica de la vida virtuosa. Decir la verdad es deber de todo ser humano, y se lo debe tanto a sí mismo como a quienes lo rodean. Quien dice la verdad honra primero a sí mismo y después a quien la escucha. Quien habla con la verdad a su prójimo le tributa el honor que le debe. Porque quien escucha, como es lógico, tiene derecho a conocer la verdad, -puesto que pregunta insistentemente-, para conocerla.
La verdad adorna doblemente a quien la confiesa. Lo perfecciona en la virtud, porque la verdad perfecciona la virtud; además, la verdad hace semejante a Dios a quien la confiesa, pues Dios es la verdad absoluta. La verdad es la comprensión segura de lo que existe. La verdad es Dios, porque Él es luz, verdad y vida. Asimismo, conocer la verdad es conocer a Dios, al que verdaderamente existe. Quien habla con la verdad «permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn. 4, 16).
San Juan Crisóstomo dice: «Nada hay más manifiesto ni más poderoso que la verdad, como tampoco hay nada más débil que la mentira. La verdad se presenta desnuda ante quienes desean examinarla desde todos los ángulos; no desea ocultarse, no tiene en cuenta los peligros ni tiembla ante las amenazas».
Clemente de Alejandría dice: «Una sola es la verdad, así como una sola es también la virtud en cuanto a su fuerza».
Uno solo es el camino de la verdad: nuestro Señor Jesús Cristo. Por medio del Señor Jesús Cristo nos elevamos hacia el Padre y nos convertimos en hijos de Dios. La verdad conduce a la perfección y a la plenitud de la virtud. La verdad es la ciencia de la virtud, mientras que la familiarización con la virtud es la ciencia de la verdad. Mediante la práctica de la virtud, la verdad mantiene sana la psique-alma y protege su fortaleza ética y su conducta. La verdad es conocimiento innato de lo divino y ardiente anhelo de Dios.
Teodoreto dice que «la verdad de los dogmas del Evangelio es para los piadosos de recta intención lo que los cimientos son para una casa y la quilla para un barco».
El Señor busca la verdad, porque a Dios le agrada más que el ser humano actúe con justicia y veracidad que el que ofrezca sacrificios y ofrendas. La verdad es un importante mandamiento del Señor. Decir la verdad significa decir sí, sí, y no, no; luz, luz, y tinieblas, tinieblas. La fuerza de la verdad no necesita ayuda alguna. Incluso si hubiera mil personas intentando apagarla, no solo no desaparecería, sino que se fortalecería aún más frente a quienes intentan influir en ella.
Nada es más poderoso que la verdad. La verdad prevalece siempre y en todas partes. Es hermosa como una doncella del Cielo. Su divina Jaris (energía increada) cautiva y, cuando aparece su imagen, llena de alegría las psique-almas. En el rostro de la verdad resplandecen la nobleza, la inocencia y la piedad. La virtud la ha engalanado. La santidad la ha bañado, ¡y toda ella desprende la fragancia del perfume!
- La imagen del hombre veraz
Quien practica la verdad es un hombre virtuoso, honrado, bueno y justo; tiene el corazón limpio y sus labios no dicen mentiras. No finge, sino que confiesa la verdad con valentía. No aparenta poseer la virtud ni se limita a exhibir la apariencia de la templanza, sino que es verdaderamente virtuoso y prudente, y persigue justamente lo justo. Quien cree en la verdad ama la verdad y lucha por ella hasta la muerte. Su corazón anhela ardientemente que la verdad prevalezca.
El hombre veraz es piadoso, teme y respeta a Dios y guarda Su ley. En su rostro está profundamente grabada la bondad de su corazón. Como juez, administra justicia a quien le corresponde. Juzga con temor de Dios y busca la verdad. Todo logos y palabra que sale de su boca es justa. La ley de la verdad está siempre en su boca y no se ha encontrado injusticia en sus labios. Su conciencia concuerda con sus palabras y su mente piensa de manera recta.
El Espíritu de Dios habita en él y el dedo de Dios lo guía. Sus caminos son rectos ante el Señor y su Dios. Se alegra con la verdad y se entristece con la injusticia. La verdad le ha enseñado ciencia, prudencia y conocimiento. Su psique-alma es pura y está sometida a la verdad; además, manifiesta una fraternidad sincera, sin hipocresía, que se expresa como agapi-amor hacia su prójimo. Se gobierna y comporta como un verdadero cristiano y es para todos modelo y ejemplo de perfección ética y moral.
El fruto del Espíritu se manifiesta en él mediante toda bondad, justicia y verdad. Ceñido con la verdad, llevando la coraza de la justicia, sus pies caminan sobre el logos del Evangelio de la paz; lo realiza todo teniendo la fe como escudo, recibe el premio de la salvación, toma la espada del Espíritu y, como verdadero soldado de Cristo, emprende la lucha en favor de la Realeza increada de Dios. Posee un celo consciente y trabaja por la verdad «con espíritu de apacibilidad, mansedumbre y magnanimidad» (1 Cor. 4, 21).
Vive según Dios y toda su conducta y su comportamiento muestra que ha sido objeto de la misericordia de Dios. Lo hace todo en nombre de la doxa-gloria increada de Dios, para agradar a Dios y hallar Jaris (gracia, energía increada) ante Él. Los ojos de todos están puestos en él y todos desean su amistad. Es cristiano, no por su apariencia, sino por su manera de pensar, hablar y actuar. Ha comprendido su vocación, la estudia con firmeza y elige lo necesario para convertirse en legítimo heredero de la increada Realeza celestial. La corona de la justicia le será otorgada en el día de la retribución.
- Sobre la mentira
«La mentira es una especie de imaginación que crea en la diania (mente, intelecto) la impresión de que lo inexistente existe» (San Gregorio de Nisa).
La mentira es un engaño nacido de la ilusión y el fraude. La mentira es fruto de una psique-alma extraviada y de un nus (espíritu) oscurecido. La mentira manifiesta el alejamiento de Dios, la guerra contra la verdad y la enemistad hacia la justicia. La mentira es tiniebla; sale de las oscuras cavernas del Hades y pretende cubrir la tierra, para que los rayos de la verdad no iluminen a sus habitantes. Acumula nubes para cubrir el cielo despejado de quienes habitan la tierra, pero la luz de la verdad las disipa y las dispersa. Y así, la luz aparece resplandeciente y llena de alegría. Nada es más débil que la mentira, así como nada es más poderoso que la verdad.
San Juan Crisóstomo dice: «La verdad es fuerte y la mentira, débil. Porque la verdad, incluso si se relaciona con el más insignificante de los hombres, lo hará resplandecer. La mentira, en cambio, aunque esté junto a los poderosos, los demuestra débiles».
San Cirilo de Alejandría dice: «La mentira está enferma, porque es débil por sí misma y muchas veces se embellece con adornos fingidos, tal como hacen las mujeres indecorosas».
Así como la verdad es conocimiento, sabiduría y prudencia, la mentira es ignorancia, necedad e insensatez. La mentira engendra tristeza y turbación en el corazón, trae la vergüenza y cubre de deshonra a quienes la llevan continuamente en los labios. Es multifacética y adopta numerosas formas. El engaño y la astucia son sus compañeros. La injusticia y el asesinato la siguen. Convierte el sí en no y el no en sí; la luz en tinieblas y las tinieblas en luz. Llama injusto a lo justo y justo a lo injusto, y de este modo se vuelve contra los mandamientos de la ley de Dios.
La mentira hace que prevalezca la realeza del mal. Practica el mal. La calumnia y la difamación la favorecen enormemente. Es deshonrosa y miserable, todos la odian y los seres humanos contemplan su aspecto con repugnancia. La rechazan y la detestan como a una hija del maligno.
- La imagen del hombre mentiroso
El mentiroso es un hombre malvado, perverso, engañador, impío y corrompido. Tiene una psique-alma maligna y su corazón ama la mentira; se deja guiar por el engaño y sirve al pecado. Ha quebrantado la ley de Dios y ha odiado la verdad. Durante todo el día maquina injusticias e iniquidades, y no reverencia el nombre de Dios con sus palabras. Su nus turbado trama maldades e inventa mentiras con el propósito de oponerse a la verdad. Llama tinieblas a la luz y luz a las tinieblas, injusto a lo justo y justo a lo injusto, con el propósito de cometer injusticia contra su prójimo.
En su rostro no hay vergüenza y todo sentimiento de pudor lo ha abandonado. Aunque su mentira queda al descubierto, no se avergüenza; aunque se le demuestra que es un mentiroso, no se sonroja. Promete cualquier cosa a su semejante y, finalmente, incumple sus promesas. Lo que hoy confiesa como verdad, mañana lo afirma como mentira; lo que ayer condenaba como injusto, hoy lo defiende como justo.
El mentiroso es detestado por todos; todos lo rechazan, nadie busca su amistad y todos lo miran con desaprobación. Nadie le cree. Aunque vive en medio de la sociedad humana, permanece solo, privado de amigos.
Los caminos por los que transita están corrompidos y sus pasos lo conducen a la perdición. Se ha alejado del camino de Dios, del propio Dios, y Dios, de igual manera, se ha apartado de él. El mentiroso pasa su vida en la amargura, porque la mentira lo alimenta diariamente con tristezas. Camina hacia el final de su vida entre la desdicha y la miseria, y consume su existencia sumida en la infelicidad.
Nadie se compadece de él ni lo ayuda, pues cuando sufre nadie lo alivia y, cuando dice la verdad, nadie le cree. El mentiroso se convierte en víctima de la mentira y muere miserablemente a causa de ella.
- Sobre la calumnia
La calumnia es una acusación falsa, la difamación, la maledicencia.
El filósofo Cleantes dice lo siguiente acerca de la calumnia: «No existe delito mayor que la calumnia. Porque engaña a escondidas a quien estaba seguro de conocer los hechos y suscita odio contra quien no es culpable».
Menandro dice lo siguiente acerca de la calumnia: «Quien cree con facilidad las calumnias, o bien actúa también de manera perversa, o tiene el juicio de un niño muy pequeño. Nada hay más doloroso que la calumnia, porque obliga a uno a sufrir la acusación por una falta cometida por otro».
Tucídides dice: «No es prudente ni lanzar calumnias contra los demás ni aceptar escucharlas».
Heródoto dice: «La calumnia es un gran tormento. En este caso, son dos los que cometen injusticia y uno el que la padece; pues uno es quien calumnia al ausente, mientras que el otro comete injusticia porque cambia de opinión antes de conocer con certeza la verdad. Así, aquel que sufre la injusticia está ausente de la conversación y otro lo calumnia diciendo que es malo».
Filón dice que «quienes, mediante maquinaciones diabólicas, hacen desgraciados a los seres humanos son calumniadores. De este modo, alejan por todos los medios la Jaris divina, odian a Dios y destruyen toda felicidad».
Hipias dice: «La calumnia es algo terrible y más criminal que el insulto. El insulto es más justo, porque no se hace a escondidas».
San Máximo el Confesor dice: «A quienes te transmiten calumnias y habladurías, no los consideres bienintencionados contigo, sino apártalos de ti como como serpientes venenosas».
San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca de los calumniadores: «Quien calumnia a su prójimo es como si comiera carne de su propio hermano, porque primero ha herido su reputación y después le ha infligido otros mil males con sus palabras diabólicas».
- Sobre el hombre engañoso
San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca del hombre engañoso:
«Mira aquí una enseñanza evangélica esclarecedora: se nos exhorta a orar para no caer en tentación. Y no hay tentación comparable a caer en manos de un hombre engañoso. Este es más peligroso incluso que una fiera, porque la fiera se presenta tal como es. El hombre engañoso, en cambio, muchas veces se disfraza, se oculta y hace que la emboscada sea aún más peligrosa, de modo que quien es engañado cae literalmente en un abismo sin haberse puesto en guardia en absoluto. No se exageraría si alguien afirmara que son injustos los labios que dañan la virtud y conducen al mal».
San Basilio el Grande dice también acerca del engaño: «El engaño es una maldad que se lleva a cabo a escondidas y finge ofrecer lo mejor al prójimo».
El venerable Nicetas Stizatos dice lo siguiente acerca de la falsedad y la astucia engañosa: «El hombre de mirada maligna, cuyos labios hablan injustamente y cuya lengua es engañosa, se parece a la lengua y a la boca de la serpiente, pues transmite, como ella, un veneno mortal. Que todo aquel que desea vivir según Dios y camina conforme a Su voluntad aparte su psique-alma de estos hombres, porque de un corazón demoníaco y de una psique-alma insensata proceden rumores destructivos que llegan a los oídos de los seres humanos».
¡Que el Señor nos libre del hombre injusto y engañoso!
- Sobre katákrisis juicio condenatorio
Κατάκρισης crítica mala o condenar al prójimo consiste en juzgar y condenar a alguien que peca.
San Gregorio el Teólogo dice: «Nada resulta tan agradable a los seres humanos como condenar las acciones de los demás».
San Juan Crisóstomo dice: «La katákrisis condena lanzada con crueldad derriba y precipita las psique-almas al abismo».
El apóstol Pablo hace saber a todos que quien juzga y condena a otro es inexcusable. Porque quien condena al otro es como si se condenara a sí mismo, puesto que también él hace las mismas cosas. Reflexiona, pues, sobre esto, oh hombre, tú que también haces lo que hacen los demás y, sin embargo, los acusas. ¿Crees, entonces, que escaparás al Juicio de Dios? Cada uno lleva su propia carga.
Por eso, san Juan Crisóstomo nos exhorta diciendo: «No nos convirtamos, pues, también nosotros en jueces severos, para que no se nos exijan responsabilidades, porque tenemos grandes pecados por los que debemos pedir perdón. Por eso, debemos compadecernos aún más de quienes pecan gravemente, para que también nosotros podamos pedir misericordia para nosotros mismos; pues, por mucho empeño que pongamos, jamás ofreceremos tanta filantropía como la que nosotros mismos necesitamos del Dios filántropo. Porque quien es severo con su semejante recibirá de Dios una severidad mucho mayor. No hablemos, pues, contra los demás».
Y el Señor nos da Sus mandamientos diciendo: «No juzguéis maliciosamente condenando a vuestro prójimo, para que no seáis vosotros también juzgados y condenados por Dios; porque con el juicio duro con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, por Dios os será medido y juzgado vuestro comportamiento y vida. ¿Cómo ves la paja que está en el ojo de tu hermano, teniendo tú una viga que está en tu ojo? ¿Por qué ves y juzgas el pequeño error del hermano y no eres consciente o no asumes ni ves tus propios pecados y errores grandes y graves?» (Mt. 7, 1-3).
- Sobre el insulto, injuria, ultraje.
La injuria consiste en hablar mal de alguien, insultarlo y denigrarlo. El que injuria es malvado, propenso a las burlas, los insultos y las acusaciones; tiene el corazón sucio, su espíritu está pervertido y su psique-alma es mala astuta y maliciosa. Lo mismo sucede con su boca; su lengua es engañosa, sus labios son profanos y sus palabras, injustas.
Se erige en juez severo de su hermano y lo condena sin permitirle defenderse. Sin misericordia ni compasión, se lanza contra él y le dicta sentencia condenatoria. El que injuria no se diferencia del asesino, porque uno quita la vida y el otro arrebata el honor, el fundamento sobre el que se sostiene la vida
- Sobre la maledicencia y el maledicente
La maledicencia consiste en acusar y hablar mal de alguien. El maledicente es aquel que habla mal de su prójimo y lo acusa.
San Basilio el Grande dice: «La maledicencia consiste en hablar de tu hermano cuando está ausente, con la intención de difamarlo, aunque lo que se diga sea verdad».
Santiago, el hermano del Señor, procura amonestarnos con estas palabras: «Hermanos, no murmuréis ni habléis mal y os acuséis unos de otros. El que murmura, habla mal, acusa y juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez y acusador de la ley del amor y de la bondad. Uno solo es el dador de la ley y juez, que puede salvar y perder; pero tú, hombre miserable, ¿quién eres para que juzgues, acuses y condenes a otro?» (Sant. 4, 11-12).
«El maledicente devora con su maledicencia la carne de sus hermanos» (Paterikón, Patrístico).
San Basilio el Grande considera que tanto el maledicente como quien lo escucha son dignos de excomunión.
«Si se descubre que alguien habla mal de otro y quien escucha al maledicente no lo reprende, que sea excomulgado junto con él».
El maledicente arrebata el honor de una persona, del mismo modo que el asesino le quita la vida. Ambos son igualmente homicidas.
- Sobre la difamación y el difamador
La difamación es una acusación falsa. El difamador es un mentiroso.
Un sabio dice: «No consideres mentiroso a nadie más que al difamador, porque la mentira no se diferencia en nada de la difamación».
Tanto los antiguos como los actuales llaman difamador a quien calumnia y a quien denuncia a otro con acusaciones maliciosas. Es seguro que la difamación fue inventada por el Diablo. La lengua del difamador es como el veneno del escorpión. El difamador es inflexible en su obra. Incluso incita a los gobernantes a extender sus manos hacia la difamación.
El difamador inventa mentiras y calumnia toda clase de cosas: «El Señor exterminará todos los labios engañosos» (Sal. 11, 4).
La lengua del difamador odia la verdad. La difamación se ha apoderado de jóvenes y ancianos, de gobernantes y de poderosos opresores. El difamador se alegra tanto más cuanto más prospera su obra.
San Nectario de Egina y Pentápolis
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com








