San Nectario de Pentápolis: Conócete a ti mismo.
II Capítulo: SOBRE LA ESPERANZA
III Capítulo: SOBRE LA AGAPI-AMOR
II Capítulo: SOBRE LA ESPERANZA
- La imagen de la esperanza.
- La imagen de quien tiene esperanza en Dios.
- La imagen de la desesperanza.
- La imagen de la desesperación.
- Sobre la oración.
- Sobre el hecho de que la oración es conversación con Dios.
- Del discurso de Antíoco, monje de la Laura del Abba Saba.
- Sobre la paciencia.
- Sobre la riqueza del piadoso.
- Sobre los bienes que proceden de las tribulaciones.
- La imagen de la ἐλπίδα elpida esperanza
¡Ἐλπίδα elpída Esperanza, anuncio gozoso, lleno de alegría y colmado de toda clase de bienes! ¡Verdaderamente, cuán admirable es tu fuerza! ¡Cuán prodigiosa es tu energía! Eres verdaderamente hermosa, como una doncella del cielo. ¿Quién puede describir tus encantos? ¿Quién puede narrar tus beneficios? Tu fuerza es la columna que sostiene a las psiques-almas afligidas, mientras que tu energía lleva consigo la fuerza de la Realeza de los bienes. Eres un regalo de Dios que no puede ser arrebatado, pues fuiste creada junto con la psique-alma del hombre para fortalecerlo en las pruebas de su vida, elevarlo por encima de las circunstancias y convertirlo en un luchador invencible.
Fuiste concedida al hombre como recompensa por su victoria en el buen combate y para adornar su cabeza con coronas inmarcesibles. Fuiste depositada en él de manera innata para conducirlo a la perfección, elevarlo hacia Dios y sacarlo del abismo en el que caería sin ti. Le fuiste dada como guía y timonel, para dirigir su rumbo por el mar tempestuoso de su vida, que muchas veces queda cubierto por una oscuridad tenebrosa y es agitado por vientos de toda clase y olas sucesivas que amenazan con hundir tanto al navegante como a la nave zarandeada.
¡Oh! ¿Qué hay más hermoso que la esperanza? ¿Qué hay más resplandeciente que ella? ¿O más santo, más precioso, más grande o más bueno? ¡Verdaderamente, nada!
He aquí a un enfermo postrado en su lecho, aquejado de una enfermedad incurable. En el momento en que todos lo han abandonado, la esperanza es la única que permanece junto a su almohada; se sienta continuamente a su lado, lo consuela, lo fortalece y alivia sus sufrimientos. La esperanza vigoriza los corazones temerosos y los hace fuertes y valerosos para afrontar las desgracias.
La ἐλπίδα elpída esperanza en Dios devuelve la vida a quien ya ha desfallecido por el cansancio y, con nuevas fuerzas, reanima sus nervios agotados. La esperanza en Dios aleja la desesperanza negra y espantosa y atrae la misericordia divina y la salvación. La esperanza en Dios libera a quienes han caído en el pecado y levanta a los heridos. Ella rompe las cadenas de los cautivos. La esperanza resplandece como la aurora rosada en el firmamento ético e ilumina los días oscurecidos por las tinieblas del corazón afligido; derrama un bálsamo de consuelo sobre las heridas del corazón que está de duelo.
Ella cuida de los huérfanos y vela por las viudas. La esperanza de la retribución es la que sostiene al injustamente tratado y alivia al oprimido. La esperanza fortalece a los ancianos para que soporten sin murmuración el peso de la vejez. Ella anima a las doncellas abandonadas a vivir con prudencia y a los jóvenes a convertirse en hombres virtuosos. Ella enjuga las abundantes lágrimas de los ojos de quienes sufren la desgracia.
La ἐλπίδα elpída esperanza en la vida eterna hace indolora la muerte para quien camina hacia ella. Ella consuela al desalentado que se derrumba, fortalece a quien combate valerosamente, calma a quien ha sido condenado a muerte, sostiene a quien vive en una situación miserable y hace firme e invencible a quien lucha por la virtud, la verdad, la justicia, lo bueno y el bien.
La esperanza es progreso, crecimiento y desarrollo. Si retiras la esperanza del mundo, el mundo perecerá. La esperanza es la fuerza creadora primordial de todos los bienes. La esperanza guía al sabio y al científico en sus investigaciones y les da fuerzas para soportar mil fatigas y combates. La esperanza hace embarcar a los marineros en una balsa de madera para navegar por el mar oscurecido. La esperanza impulsa a todos a realizar acciones de toda clase. La esperanza alimenta y vivifica. Ella hace renacer al hombre corrompido por el pecado y lo convierte en un hombre verdaderamente virtuoso y útil.
¡Grande y verdaderamente divino es el don de la esperanza! Pues ella, y solo ella, fortalece todas las cosas, las embellece, las perfecciona, las afianza y las hace progresar.
Preguntemos a la humanidad, y esta nos responderá a una sola voz que la esperanza en Dios, quien promete la eternidad, ha salvado a la humanidad, pues la ha conducido con seguridad a lo largo de su prolongado combate por la vida. Los héroes, los mártires de la fe, de la libertad, de la ciencia, de lo bueno, del bien, de lo útil y de lo justo, y, en general, todos los grandes hombres que han beneficiado a la humanidad y se han ofrecido a sí mismos como sacrificio en el altar de la virtud, fueron conducidos por la esperanza hacia el Dios vivo y eterno, como si esta fuera su mistagogo (iniciador en lo divino) y sumo sacerdote; Él concede la vida eterna a quienes viven en comunión con Él.
Verdaderamente bienaventurado es quien tiene esperanza en el Señor.
El Divino Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la esperanza: “La esperanza es un ancla segura, el fundamento de nuestra vida, la que guía nuestros pasos por el camino hacia el cielo y la salvación de las psiques-almas perdidas. ¡Grande es la fuerza de la esperanza en el Señor! Es una fortaleza inexpugnable, una muralla que no se derrumba, una alianza invencible, una torre inexpugnable, un arma temible, una fuerza invencible, un puerto apacible y la que encuentra una salida allí donde no hay salida.
¿Y en otro lugar?
La ἐλπίδα elpída esperanza en Dios es una torre inconmovible; no solo promete el alivio de los sufrimientos, sino que tampoco se entrega al desaliento cuando se encuentra en medio de ellos.”
¡Oh, divina esperanza! ¡Que sea grande tu himno de alabanza y grande tu fuerza!
- La imagen de quien tiene esperanza en Dios
¡Qué hermosa, qué agradable y qué llena de Jaris (Gracia, energía increada) es la imagen de quien tiene ἐλπίδα elpída esperanza en el Dios que salva, en el Dios de las misericordias, en el Dios de la compasión, en el Dios bueno y filántropo!
Verdaderamente bienaventurado y feliz es el hombre que tiene esperanza en Dios. Dios es siempre su ayudador, y no teme ningún mal que otro hombre pueda causarle. Tiene esperanza en el Señor y obra el bien. Ha depositado en Él toda su esperanza y ante Él se confiesa con todo su corazón. Él es su doxa-gloria, es su Dios, y lo invoca día y noche. Su boca es hermosa y eleva alabanzas a Dios; sus labios, más dulces que la miel y la cera cuando se abren para cantar a Dios, y su lengua, llena de Jaris, se mueve para alabar y glorificar a Dios.
Su corazón está dispuesto a invocarlo; su diania (mente intelecto), dispuesta a elevarse hacia Él; su psique-alma permanece adherida a Dios, y la diestra del Señor lo sostiene (Salmo 117, 16). En el Señor será alabada su psique-alma (véase Salmo 33, 2). Pide y recibe de Dios aquello que su corazón solicita. Busca y encuentra cuanto anhela. Llama, y se le abren las puertas de la misericordia.
Quien tiene esperanza en el Señor descansa junto a aguas tranquilas, y el Señor le concede abundantemente sus misericordias y compasiones. La diestra del Señor dirige su camino, y el dedo del Señor lo guía por sus senderos.
Quien tiene esperanza en el Señor no yerra el blanco. Su esperanza nunca muere. Dios es su expectación, el deseo más elevado de su corazón. Su corazón suspira por Él durante todo el día: Señor, no tardes; levántate, apresúrate, ven y aleja de mi psique-alma toda necesidad. Saca mi psique-alma de la prisión (Salmo 141, 8). Te glorificaré, Señor, con todo mi corazón. A ti se dirigirá todo logos y palabra que salga de mi boca.
Quien tiene esperanza en el Señor bendice al Altísimo, su Redentor, y santifica su santo Nombre (Salmo 102, 1). Espera y, desde lo más profundo de su corazón, clama a Dios: Señor, ¿cuándo vendré y me presentaré ante tu rostro? (véase Salmo 43, 2).
Quien espera en el Señor invocará al Altísimo para entrar en su santuario, contemplar sus maravillas y alegrarse en ellas, y el Señor escuchará la voz de su súplica.
Quien tiene ἐλπίδα elpída esperanza en el Señor disfruta de una paz profundísima; la serenidad reina en su corazón y en su psique-alma domina una completa imperturbabilidad. Si Dios es su ayudador, ¿a quién temerá? (véase Salmo 26, 1). ¿Ante qué sentirá temor? Si se alza una guerra contra él, no se acobarda, porque tiene esperanza en el Señor. Si los malvados lo persiguen, no teme, pues sabe que todo está bajo el dominio del Señor. No pone su esperanza en su arco ni en su aljaba, ni hace depender su salvación de la espada (véase Salmo 43, 6-7), sino del Señor y Dios suyo, que puede librarlo de las manos de quienes combaten contra él, de la trampa del pecador y de la tempestad (véase Salmo 90, 3). Está convencido de la fuerza y energía increada del Señor, y el Señor lo salvará con su brazo excelso (véanse Salmo 88, 13 e Isaías 59, 1).
Quien tiene esperanza en el Señor avanza serenamente en el combate de su vida y recorre este camino sin la angustia de las preocupaciones. Obra incesantemente lo bueno, lo agradable a Dios y lo perfecto, y Dios bendice sus obras. Siembra bajo la bendición divina y recibe abundantemente los frutos de sus esfuerzos. Tiene confianza en el Señor y no se desvía por las tentaciones que lo rodean. Ante las pruebas de la vida no se rinde, sino que espera, porque allí donde las cosas parecen imposibles, Dios manifiesta una salida. Por medio de la fe aguarda también la esperanza de la justicia.
Quien tiene esperanza en el Señor no pone su esperanza en el dinero ni en la magnitud de su propia fuerza, sino que descansa en la ayuda que Dios le proporcionará.
Quien tiene esperanza en el Señor está lleno de fe y de agapi (amor incondicional) a Dios; vive con confianza en su buena conciencia, se presenta con la franqueza y la libertad de un hijo ante su Padre celestial y lo invoca para que venga su Realeza increada a la tierra y se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo.
Quien tiene esperanza en el Señor está enteramente consagrado a Él y eleva su corazón hacia el Dios bueno e inmortal. Le pide el bien supremo y la inmortalidad en la Realeza increada de los Cielos, y Dios lo escucha.
¡Bienaventurado y feliz el hombre que tiene ἐλπίδα elpída esperanza en el Señor!
- La imagen de la desesperanza
¡Desesperanza! ¡Qué palabra tan terrible, llena de destrucción y de males de toda clase! ¿Quién puede enumerar todas las desgracias que la acompañan? ¿Quién puede describir su carácter? Es negra como una hija del Hades y espantosa como una Erinia*. Su padre es el Tártaro. Subió desde las cavernas del Hades hasta la tierra para hundir al mundo en el tenebroso Tártaro. Nació para destruir la existencia de los hombres y hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Allí donde resuena su nombre, la corrupción y la destrucción establecen su dominio. La desolación y la aniquilación siguen sus pasos. Un demonio vengador dirige su marcha, y el espanto y el terror acompañan su aparición.
*(Las Ἐρινύες (Eriníes), en la mitología griega antigua, eran divinidades femeninas que perseguían y castigaban a quienes cometían crímenes graves, especialmente contra la familia, como el parricidio, el matricidio y la violación de los deberes hacia los padres. En sentido simbólico y literario, las Erinias pueden representar el remordimiento, la culpa que atormenta la conciencia y la fuerza inexorable de la justicia ante un crimen.)
Desesperanza! Tu nombre expresa la negación de todo: la negación de la esperanza, la negación del cielo, la negación del Creador del mundo. Tu negación manifiesta tu impiedad hacia Dios. Niega su providencia y su omnipotencia, y rechaza la existencia de Cristo Salvador, el Redentor de quienes se encuentran en peligro. Allí donde entras, expulsas la esperanza, sobre la cual se fundamentó el mundo. Tu obra es la destrucción y tu misión, la aniquilación.
Tú desanimas incluso al que por naturaleza es valiente y atemorizas al que por naturaleza es intrépido y valiente. Haces aparecer como cobarde al hombre valeroso y conviertes en pusilánime o cobarde al audaz. Desalientas a los combatientes animosos y doblegas a los valientes luchadores que combaten por la libertad de su patria. Aplastas a quienes luchan y se ejercitan por la virtud y la verdad; a quienes se esfuerzan por la justicia, lo bueno, el bien y el progreso de la ciencia, los conviertes en desertores y cobardes que arrojan sus armas, y los entregas a todos como cautivos a sus enemigos.
Saliste del Tártaro porque envidiaste la felicidad y la bienaventuranza del hombre, y pusiste tus ojos en la tierra para detener su marcha hacia el progreso. Quieres hacer que retroceda mientras corre en el estadio de su combate y detener su labor en favor de la felicidad y la perfección. Viniste para encadenar sus facultades intelectuales y corporales, así como sus energías, y provocar de este modo su extinción y aniquilación. Viniste para extender la desdicha y la desgracia, las tribulaciones y las angustias entre las sociedades humanas, y para regar con lágrimas ardientes la tierra floreciente. Y todo ello porque detestas la felicidad de los hombres y combates su alegría.
Al hombre que ya ha envejecido y camina hacia el término de su vida, tu nombre por sí solo lo abruma con pensamientos sombríos. Al joven que se encuentra en la plenitud de la vida y de sus fuerzas, y que avanza por el camino de su carrera, lo desanimas y lo doblegas. A las doncellas que luchan por la honradez y la virtud las sumes en la desesperanza y las entregas al libertinaje y al pecado. En definitiva, a todos los doblegas y destruyes. Infundes la idea de la muerte en quienes no padecen enfermedad alguna y, a los desdichados y desgraciados, les armas la mano contra su propia vida.
Conduces a la juventud a la corrupción y quebrantas el vigor de los corazones. Engañas y persuades a quien se encuentra angustiado para que transgreda las leyes divinas y humanas y termine siendo culpable de un crimen. Aconsejas todo lo malo y cometes toda clase de delitos. Tu aparición va acompañada de una densa oscuridad negra que lo cubre todo con nubes sombrías. Allí donde te encuentras, no penetra ni siquiera un tenue rayo de luz.
Tu presencia levanta tempestades en los corazones de los hombres y hace surgir olas estruendosas y espumosas que engullen y hunden la nave tambaleante junto con toda su tripulación. De este naufragio nadie puede salvarse; las profundidades del abismo se convierten en la tumba eterna de los náufragos.
Cobarde se muestra el hombre que abandona la esperanza, el ancla de la salvación, y se entrega a la desesperanza.
- La imagen de la desesperación
¡Desesperación! Palabra terrible, palabra que anuncia destrucción y desgracia a causa de males de toda clase.
Nada hay peor que la desesperación. Cuando el hombre se encuentra en la desesperación, nunca corre a buscar curación, sino que deja que la pasión permanezca sin sanar, devore su corazón y corrompa su psique-alma.
Quien ha sido dominado por la desesperación camina hacia la ruina y corre hacia la perdición. Nada queda sano en él. El nus (espíritu del corazón de la psique) enferma y su corazón padece. La prudencia lo ha abandonado y la sensatez ha perdido su fuerza. Su vigor ético y moral se ha debilitado.
El valor y el ánimo lo ha abandonado; la tristeza devora su corazón y una densa oscuridad ha cubierto su nus y su mente. La sombra de la muerte (véase Salmo 22, 4) aparece ante él de forma aterradora. Él huye corriendo, pero ella lo persigue. Rechaza la muerte y, sin embargo, su imagen permanece constantemente ante sus ojos. Quiere librarse de ella, pero no consigue ahuyentarla; la sombra de la muerte lo atormenta. La tristeza y la melancolía se han apoderado de su corazón.
El desesperado siente que la vida se ha convertido en una carga pesada y busca liberarse de su peso. Habiendo renunciado a la esperanza, ya no acude al médico, porque considera incurable su padecimiento; no pide medicamentos, pues los considera incapaces de curarlo. Oculta su padecimiento y no habla de los dolores que este le provoca.
El desesperado ha perdido la esperanza en Dios, esa ancla segura de la vida, y se tambalea como una nave en medio de un mar embravecido que, con su tempestad, amenaza con hundirla bajo sus enormes olas espumosas. El desesperado ha perdido la esperanza en Dios, en Su divina ayuda, en Su percepción, en Su filantropía y en Su omnipotencia, porque antes perdió la fe en Dios y la agapi (amor incondicional) inseparable de ella.
El desesperado, aunque vive, está muerto, porque ha perdido el vínculo que lo mantenía unido a este mundo. Ha perdido la sensibilidad de la psique-alma con la que percibía las alegrías del mundo y disfrutaba del placer que de ellas procedía. Su psique-alma ya no encuentra ningún atractivo en este mundo lleno de Jaris, sobre el cual la sabiduría, la bondad y la omnipotencia divinas han derramado tan abundantemente sus encantos.
La extraordinaria belleza de la naturaleza que lo rodea ya no le proporciona ningún placer. La alegría y el regocijo que se difunden por todos los rincones de la creación e iluminan todas las cosas como una fuerza vivificadora que se manifiesta en el reino de la vida, ya no suscitan en él ninguna disposición gozosa. El cielo y su doxa-gloria han perdido su esplendor ante sus ojos. La gloria del sol no despierta sentimiento alguno de alegría en su corazón, vacío de fe, esperanza y agapi-amor. Un pesado velo ha cubierto los ojos de su psique-alma, ocultándoles la Jaris (energía increada) y el resplandor de las magníficas obras de la creación.
Toda la naturaleza se alegra; solo él, en medio de la alegría general, permanece profundamente afligido. Sus oídos ya no perciben la armonía que cautiva el oído de los fieles. En ninguna parte encuentra placer ni consuelo; nada puede apartarlo de su estado melancólico. La depresión ha inundado su corazón, y el vacío que había en él se ha convertido en un abismo caótico. Nada es ya capaz de llenarlo. Los sentimientos del corazón que lo unían a sus seres queridos han perdido su fuerza. Su corazón ha quedado muerto. Tanto el mundo sensible como el espiritual han desaparecido de sus ojos. ¿Cómo puede vivir, si todo ha desaparecido? ¿Cómo continuar su vida en medio del caos?
Su vida ha terminado convirtiéndose en un dolor, y su peso es ya insoportable. ¿Qué puede esperar todavía, si carece de propósito? ¿Por qué sufrir? ¿Por qué no abreviar él mismo su final, puesto que la muerte tarda en llegar? Si puede librarse de los sufrimientos, ¿por qué soportarlos? ¿Qué se lo impide? ¿No es una locura esperar la muerte, que para él está siempre presente, pero que no le arrebata la vida? ¿Por qué no poner fin él mismo a su vida, asumiendo la tarea de la muerte?
¡Qué quimera, dice, tenerle miedo! ¿Qué estoy aguardando? ¿Qué espero? De inmediato, con un solo movimiento, cesan los sufrimientos y termina el drama. Y el desdichado desesperado, que no acudió al médico, no reveló su padecimiento y rechazó los remedios de la piedad, abandonó la vida y se marchó de este mundo para poner fin a sus sufrimientos. Pero ignoró que pasaba a otra vida, eterna, de tormentos, donde existe un sufrimiento eterno.
¡Pobre y desgraciado hombre!
- Sobre la oración a)Sobre el hecho de que la oración es conversación con Dios
a) Sobre el hecho que la oración es conversación con Dios
La oración verdadera es aquella que se realiza sin distracciones, sin divagaciones, con prontitud, con una psique-alma que sufre por sus pecados y con el nus (espíritu) y mente concentrados. La oración debe referirse, sobre todo, a cosas buenas y no agotarse únicamente en palabras sutiles y cuidadosamente elaboradas. La humildad sirve en todas partes de vehículo para la oración, y esta es una prueba de humildad, porque, al conocer nuestra debilidad, pedimos la ayuda de Dios.
Vosotros, que os ejercitáis en la vida casta, tened ante vuestros ojos únicamente a Cristo y a Su Padre, y, por medio de la oración, dejaos iluminar por el Espíritu Santo. Cuando una psique-alma ora y no conversa con Dios, ¿cómo va a ser escuchada por Él? La oración nos hace acercarnos a Dios y sentirnos familiarizados con Él. Es una conversación inspirada por Dios y un encuentro noerá-espiritual con Aquel que es la más excelsa belleza y el más digno de honor.
La oración es nuestra ayuda en la vida, conversación con Dios, olvido de las cosas terrenales y ascenso al cielo. Por medio de la oración nos trasladamos hacia Dios. Si somos conscientes de que, al orar, permanecemos ante Él, oraremos verdaderamente sin divagaciones.
La oración es el sol de los ojos espirituales de la psique-alma. Así como el sol es la luz del cuerpo, también la oración es la luz de la psique-alma. La oración realizada con prontitud y celo es una luz inextinguible y permanente de la psique-alma y de la diania (mente, intelecto). La oración divina es verdaderamente una armadura celestial y, por sí sola, puede proteger con seguridad a quienes se han entregado a Dios. La oración es un remedio común contra los pazos (pasiones, vicios adiciones), apropiado para protegernos de ellos. La oración es dispensadora de vida, garantía de salud y flor portadora de esperanza.
La oración es una gran arma, una gran protección, un gran tesoro, un gran puerto, un refugio seguro. La oración es un remedio salvador que impide cometer pecados y sana las faltas y las depresiones. La oración es un arma poderosa, un tesoro permanente, una riqueza inagotable, un puerto sin oleaje, una fuente de serenidad, raíz de innumerables bienes y una madre más poderosa incluso que la realeza.
La oración es puerto para los atormentados, ancla para quienes son zarandeados por las olas, apoyo para los despojados, tesoro de los pobres, seguridad de los ricos, alejamiento de las enfermedades, guardiana de la salud, refugio que ahuyenta toda tristeza, fuente de alegría, motivo de continua acción de gracias y madre de la filosofía.
La oración, ciertamente, no es un recurso exclusivo de los pecadores ni algo impropio de los justos. A unos y a otros les ofrece abundantemente sus bienes. A los justos les concede la seguridad de la justicia y a los pecadores el medio para deponer sus pecados. Es el modo de mantener a los justos alejados del pecado. El clamor de los justos dirigido a Dios es inaudible para los hombres, pero su fuerza se oculta en las profundidades del corazón y puede llegar hasta los oídos de Dios.
Porque quien, al orar, pide cosas grandes y celestiales, clama interiormente con dolor y hace que su oración sea escuchada por Dios. Ciertamente, Dios conoce los pensamientos de todos. Y aquello que expresamos con nuestra voz es precisamente lo que decimos a Dios con el nus (espíritu del corazón); sin embargo, antes incluso de que lo pensemos, Dios ya lo conoce. Por tanto, el hombre puede orar sin pronunciar palabra alguna, reuniendo en su interior todo lo espiritual en una oración noerá (espiritual con el nus) que lo une a Dios sin distracciones.
Esta es la oración verdadera: cuando brotan interiormente vocecitas que proceden, sobre todo, de la psique-alma dolorida. La oración no se manifiesta por el tono de la voz, sino por la prontitud del corazón que ora. Así oraba también Moisés. Por eso, aunque él no había pronunciado palabra alguna, Dios le dijo: ¿Por qué clamas a mí? (Éxodo 14, 15).
Ciertamente, los hombres solo prestan atención a la voz exterior; Dios, en cambio, antes de escucharla, oye el clamor interior del hombre. Por tanto, aunque no habléis, Dios os escucha. Incluso cuando camináis por el mercado, podéis orar con el nus (espíritu) en el corazón, con gran recogimiento; cuando conversáis con vuestros amigos y en cualquier actividad a la que os dediquéis, podéis invocar a Dios con un clamor vehemente. Me refiero al clamor interior, pero sin dar a ninguno de los presentes la impresión de que estáis realizando semejante oración.
No debemos orar mediante la postura del cuerpo ni mediante el clamor de la voz, sino con la voluntad dispuesta a orar. Tampoco debemos hacerlo con ruidos y gritos, ni para exhibirnos, molestando así a quienes están a nuestro lado, sino con toda mansedumbre, con el nus compungido, el corazón dilatado y con lágrimas interiores.
b. Del logos de Antíoco, monje de la Laura del Abba Saba
«Dedicar tiempo a la oración incesante es necesario y provechoso para todos. Pidamos, pues, al Padre de nuestro Señor Jesús Cristo que nos conceda la prudencia espiritual, para adquirir la nipsis (sobriedad activa), permanecer vigilantes y pedir que se cumpla Su voluntad en nuestra vida. Porque esto es lo que Dios y Salvador nuestro, la luz espiritual, el Ser verdadero, nos ha mandado: pedir que se cumpla Su voluntad.
Por tanto, cuando invocamos a la Santa Trinidad, consustancial, con oraciones puras, mente limpia y con el propósito de unirnos a Dios, nos acercamos a Ella y recibimos los regalos perfectísimos que de Ella proceden. La oración es superior a todas las virtudes porque, al ser pura, toca a Dios. La oración es brote de mansedumbre y ausencia de ira, fuente de alegría y acción de gracias, protección contra la tristeza, la depresión y el abatimiento. Por eso, es necesario que el nus (espíritu) y mente permanezca sumamente atento durante la oración y que la boca guarde silencio. Entonces puede uno orar.
Porque la oración es conversación con Dios. La oración en espíritu, acompañada de duelo o luto según Dios (penzos), se convierte en alimento del nus y del corazón, del mismo modo que el pan lo es para el cuerpo. Bienaventurado el nus que, durante la oración, conversa con Dios sin distracciones. Este se eleva a las alturas como un águila recién nacida y se vuelve luminoso por la transformación luminosa que Dios obra en él. Y cuando permanecemos en oración, no pidamos que se cumpla nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como se nos enseñó: «Hágase Tu voluntad» (Mateo 6, 10).
Quien desea orar con pureza debe, antes que nada, orar para recibir la cooperación de las lágrimas, a fin de que, mediante el duelo o luto según Dios, es decir, el dolor por los pecados, amanse la aspereza de la psique-alma y llegue así a la oración pura y espiritual. Porque la oración insistente e incesante, mediante la conversación con Dios, arrebata al nus de los pensamientos mundanos y lo coloca ante Dios; y este acercamiento lo inunda de devoción y reverencia, apacibilidad y mansedumbre.
Sin embargo, sin humildad, la oración no es recibida favorablemente. El Señor mira la oración de los humildes y no desprecia su súplica. Por tanto, quien desea hacer la catarsis, purgar, limpiar y sanar su corazón debe calentarlo mediante el recuerdo permanente de Dios. Que esta sea su labor y su reflexión constantes. Porque no debemos orar unas veces y otras no, sino dedicar siempre tiempo a la oración, con el nus (espíritu) atento, incluso cuando nos encontremos fuera de nuestra celda de oración o fuera de nuestra casa.»
- Sobre la paciencia
La paciencia es la fuerza ética que calma los sentimientos dolorosos que se desarrollan en el corazón del hombre y apacigua los sufrimientos que provocan las tribulaciones, angustias, depresiones y tormentos.
La paciencia es una virtud, puesto que existe como fruto de la esperanza en Dios. La tribulación conduce a la paciencia; la paciencia, al carácter probado, y el carácter probado, a la ἐλπίδα elpída esperanza. Y la esperanza, finalmente, no defrauda. La paciencia es la primera de las virtudes, porque por medio de ella se alcanza como recompensa la salvación. «Pero el que persevere hasta el fin, ese será salvado» (Mateo 10, 22; 24, 13). En la paciencia se encuentra la sanación y salvación de las psiques-almas.
San Juan Crisóstomo dice lo siguiente acerca de la paciencia: «La paciencia es raíz de todos los bienes, madre de la piedad, rama de la alegría, fruto inmarchitable, torre inexpugnable, puerto que no se ve perturbado por las tempestades».
Y añade inmediatamente: «Nada es igual a la paciencia, sino que ella es la reina de las virtudes, fundamento de las proezas, puerto apacible, paz en medio de la guerra, serenidad en medio de la agitación y seguridad frente a las maquinaciones de los enemigos. A quien la ha conquistado, lo hace más firme que el diamante. Ni las armas ofensivas, ni los campamentos desplegados, ni las máquinas que avanzan contra ella, ni los arcos, ni las lanzas, ni siquiera el ejército de los demonios, ni las terribles falanges de las fuerzas enemigas, ni el propio Diablo con todo su ejército dispuesto para la batalla y toda su astucia, pueden dañarla».
Y añade a continuación: «La paciencia es la reina de los bienes y la corona de las coronas».
San Cirilo de Alejandría añade: «La paciencia es la que nos procura y anuncia de antemano todo bien, el camino hacia el progreso y la que alimenta la esperanza en el siglo venidero».
La paciencia enseña a soportar con valentía los padecimientos, se convierte en ejercicio de la filosofía divina (la cristiana) y en maestra de la virtud.
El nombre de la paciencia es nombre de muchos sudores y de una gran perseverancia.
- Sobre la riqueza del piadoso
Clemente de Alejandría dice lo siguiente acerca de la riqueza del piadoso, a quien denomina πανκτήμων (panktímon), es decir, hombre que ha adquirido todos los bienes: «La propia psique-alma es su tesoro y su riqueza, un bien que nadie puede arrebatarle, la adquisición más excelente para quien la posee y aquello que hace verdaderamente bienaventurado al hombre. Este, cualquiera que sea la cosa que se encuentre ante él, no la codicia ni extiende la mano hacia lo que no le pertenece. Sin embargo, puede obtener cuanto necesita. Y también aquellas cosas que desea y pide a Dios con piedad, Dios se las concede. ¿Cómo, entonces, no va a ser riquísimo y estar colmado de todos los bienes, si tiene a Dios como tesoro eterno? Porque, como está escrito: “El que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abrirá” (Mateo 7, 8). Si Dios, en general, no niega nada, al piadoso le concede todas las cosas».
- Sobre los bienes que proceden de las tribulaciones
«La tribulación fortalece los nervios de la psique-alma y aumenta la disposición para la lucha ascética, pone de manifiesto la fortaleza de la psique-alma y prepara el deleite espiritual que esta recibirá en el futuro como consecuencia de ella. Tal es la naturaleza de la tribulación: cuando se apodera de una psique-alma valiente y vigorosa, engendra estos bienes. Y así como el fuego hace que el oro sea más puro y limpio al fundirse con él, del mismo modo, cuando la tribulación sobreviene a las psiques-almas de oro, las prepara para que lleguen a ser más limpias y puras» (San Juan Crisóstomo).
El apóstol Pablo dice: «La tribulación produce paciencia; la paciencia, carácter probado; el carácter probado, esperanza; y la esperanza no defrauda» (Romanos 5, 3-5).
San Basilio el Grande dice: «Las tribulaciones no son concedidas sin propósito por nuestro Señor, el Pastor, a los siervos de Dios, sino como prueba del amor verdadero hacia Dios, nuestro Creador. Porque, así como los esfuerzos de las competiciones proporcionan coronas a los atletas, también a los cristianos la prueba de las tentaciones que padecen les proporciona esfuerzo y dolor, pero los conduce a la perfección, si aceptamos con la debida paciencia y con toda acción de gracias cuanto el Señor dispone para nosotros». Y añade a continuación: «Ciertamente, para quienes están bien preparados, las tribulaciones son ejercicios espirituales y alimento para los atletas de Cristo, que los conducen a heredar la doxa-gloria increada del Padre».
San Juan Crisóstomo compara las tribulaciones con el invierno, una estación apropiada para la agricultura, diciendo: «Así como el invierno es propicio para cultivar la tierra, también las tribulaciones son propicias para cuidar de la psique-alma. La tribulación aporta dos beneficios: en primer lugar, nos hace mejores y más atentos. Después, no es en absoluto pequeño el derecho que adquirimos gracias a ella: el de ser escuchados por Dios». Y añade a continuación: «La tribulación constituye un vínculo indestructible, un aumento del amor y una ocasión para la katánixis dilatación del corazón, compunción y la reverencia».
San Gregorio el Teólogo llama a la tribulación un remedio beneficioso para la salvación.
Teofilacto dice que las tribulaciones son una confirmación del Evangelio.
San Cirilo de Alejandría dice: «Las tribulaciones nos hacen más prudentes, arrancan de raíz la maleza de la negligencia y nos persuaden a amar la indulgencia. El hombre severo e indisciplinado, temiendo perder la santidad, soporta por obediencia el peso de las tribulaciones».
Por su parte, Teodoreto dice: «Quienes no viven para sí mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos, soportan las pruebas con alegría. Y los padecimientos que por naturaleza son grandes y difíciles los juzgan según su propia perspectiva, considerándolos pequeños y fecundos».
San Basilio el Grande dice: «Dios, amante de los hombres, concede el consuelo en proporción a la medida de la tribulación y exhorta a los humildes para que no fracasen en su lucha, aplastados por una tristeza excesiva».
San Juan Crisóstomo subraya lo siguiente: «Los justos son afligidos mediante ejercicios de justicia, es decir, para doxa-gloria increada de Dios, mientras que los injustos son reprendidos por sus pecados. Por esta razón, la Escritura denomina tribulaciones a los padecimientos de los justos, mientras que los de los pecadores los llama azotes. La vida está llena de numerosas dificultades y, en cualquier caso, es necesario que haya tribulaciones tanto para el justo como para el injusto, tanto para el piadoso como para el impío; pero la diferencia entre ellos es grande.
Porque una cosa es atravesar las tribulaciones como alguien cercano a Dios y otra sufrir los malos tratos como alguien ajeno a Él. Reciben golpes tanto el hijo como el siervo. Pero uno los recibe como esclavo que ha caído en pecado y sufre sus consecuencias, mientras que el otro los recibe como hombre libre e hijo que ora, deseando regresar al Padre. Las heridas no hacen que ambos tengan la misma dignidad. Tampoco, cuando el piadoso padece lo mismo que el impío, se vuelve igual a este; al piadoso, la tribulación se le considera una prueba pedagógica, mientras que para el impío es aflicción y castigo».
Por su parte, Sinesio dice: «Los bienes llegan a los hombres por medio de las tribulaciones, mientras que los males llegan por medio de la vanagloria».
Finalmente, San Juan Crisóstomo dice: «No encontrarás a ningún hombre que camine por el sendero de la virtud sin tristeza, tribulación, dolor o tentación. La tribulación es un gran bien, y esto lo aprendemos desde niños: sin tribulación, no habríamos aprendido nada útil».
III Capítulo: SOBRE LA AGAPI-AMOR
- Sobre el divino eros (amor ardiente).
- Sobre la divina agapi (amor incondicional).
- Sobre la agapi de Dios, que es atributo divino y del cual brotan todos los bienes.
- Confesión de un fiel.
- Sobre la superstición y el supersticioso.
- Sobre la iluminación (élampsis).
- Sobre el ἐρως eros divino
El ἐρως eros divino es el amor perfecto y ardiente hacia lo divino, que se manifiesta como un anhelo incesante y ardiente hacia Dios. El eros divino nace en el corazón que ha hecho la catarsis, ha sido purgado, limpiado y sanado de los pazos (pasiones, vicios, adicciones) porque en él entra la divina Jaris (gracia, energía increada). El eros hacia Dios es un regalo divino y se ofrece a la psique-alma que lucha por permanecer pura; es un regalo de la divina Jaris que ha descendido sobre ella y se ha revelado en la psique-alma. El eros divino no actúa en ninguna psique-alma sin que esta haya recibido previamente la apocálipsis/ revelación divina.
Esto se debe a que la psique-alma que todavía no ha recibido la apocálipsis/ revelación divina no ha experimentado la acción de la Jaris y permanece insensible al ἐρως eros divino. Es imposible que nazca el eros divino sin la acción y energía de la fuerza divina en el corazón. Porque el ἐρως eros divino es energía y acción de la divina Jaris que habita en el corazón. Los amantes de lo divino fueron atraídos hacia el eros divino por la divina Jaris, que actuó en sus corazones puros, se reveló/ apocaliptó en su psique-alma y los atrajo hacia Dios. Quien ama lo divino recibió primero de Dios el ἐρως eros y, después, sintió eros por Él.
Quien ama lo divino se convirtió primero en hijo de la ἀγάπη (agapi: amor incondicional) y, después, él mismo amó al Padre. El corazón que se ha enamorado del Señor jamás duerme, sino que permanece siempre vigilante, porque el ἐρως eros hacia el Señor lo ha colmado por completo. El hombre se entrega al sueño por necesidad de su naturaleza; sin embargo, el corazón permanece despierto, alabando a Dios.
San Juan Crisóstomo dice acerca del ἐρως eros espiritual: «El eros espiritual es tan apremiante que aprovecha el tiempo y hace que la psique-alma desee estar siempre con Aquel que la ama, de modo que ninguna tribulación ni dolor se acerque a ella ni penetre en su interior».
La psique-alma que ha sido atraída por el ἐρως eros divino se adhiere firmemente a Dios. Confía en Dios y deposita en Él toda su esperanza. Este eros divino la conduce hacia Dios, con quien conversa día y noche. La psique-alma herida por el eros divino no desea nada más que el bien supremo. Se desentiende de todo lo demás y siente que todas las cosas del mundo carecen de sentido. La psique-alma enamorada de Dios tiene por estudio y reflexión Sus palabras y por morada Sus tabernáculos.
Cuando de su boca brota una palabra, es para narrar las maravillas de Dios; y cuando conversa, habla de Su doxa-gloria increada y majestad. Sin cesar, alaba y glorifica a Dios, y lo adora con anhelo divino. Así, el ἐρως eros divino ha alterado y transformado por completo toda su psique-alma, haciéndola familiarizarse con Dios. La psique-alma que se ha enamorado de Dios conoce a Dios. Este conocimiento profundo de Dios reavivó en ella el eros divino. La psique-alma que ha sido atraída de este modo por Dios es ya bienaventurada, porque ha experimentado el anhelo divino y ha visto cumplidos sus deseos y anhelos.
Todo deseo, todo anhelo y toda inclinación ajenos a la divina ἀγάπη agapi (amor incondicional) se apartan de ella por ser viles e indignos de su condición. ¡Cuánto transforma la recompensa de la agapi-amor que Dios concede a quien lo ama, es decir, a la psique-alma que ha experimentado el eros divino! Este amor divino eleva la psique-alma como una nube ligera y la conduce hacia la fuente inagotable de la agapi-amor, hacia la agapi eterna, llenándola de luz eterna. La psique-alma herida por el eros divino está siempre alegre, se regocija, salta de júbilo y danza, porque descansa en la agapi-amor del Señor, como quien descansa junto a aguas tranquilas.
Ningún acontecimiento triste del mundo puede perturbar su serenidad y su paz, ni nada doloroso puede arrebatarle la alegría y el regocijo. La psique-alma enamorada de Dios, entusiasmada por la agapi-amor, se eleva, por así decirlo, por encima de los sentidos corporales e incluso del propio cuerpo. Se aparta de todo y se olvida de sí misma debido a su perfecta entrega a Dios. La dulzura inexplicable de la agapi-amor divina cautiva y domina el corazón, mientras atrae el nus (espíritu) hacia lo divino, para que disfrute de Dios con júbilo.
El ἐρως eros divino engendra familiaridad con Dios, y la familiaridad, confianza y libertad para dirigirse a Él. Con esta confianza surge el deseo de gustar el eros divino, y este, a su vez, despierta el hambre de él. La psique-alma tocada por el eros divino no piensa ni desea ninguna otra cosa, sino que, suspirando continuamente, dice:
«Señor, ¿cuándo vendré y contemplaré Tu rostro? Mi psique-alma anhela venir a Ti, Dios mío, como el ciervo anhela las fuentes de las aguas» (véase Salmo 42, 2 y 1).
Así se manifiesta el ἐρως eros divino cuando se apodera de la psique-alma.
- Sobre la divina ἀγάπη agapi (amor incondicional)
¡Oh, ἀγάπη agapi-amor divina firme y verdadera! ¡Oh, agapi, imagen de la imagen divina! ¡Oh, agapi, dulcísimo deleite de mi psique-alma! ¡Oh, agapi, plenitud divina de mi corazón! ¡Oh, agapi, fundamento de la fuerza de mi psique-alma! ¡Oh, ἀγάπη agapi, meditación perpetua de mi diania (mente intelecto)!
Tú posees mi psique-alma para siempre, la cuidas y la calientas. Tú la vivificas y la conduces hacia la agapi divina. Tú abrasas mi corazón, llenándolo con la llama del ἐρως eros divino y reavivando el anhelo de Dios.
Tú fortaleces mi psique-alma con tu fuerza vivificadora y la capacitas para ofrecer a Dios la adoración que le es debida. Tú has conquistado mi nus (espíritu del corazón), liberándolo de las ataduras terrenales y concediéndole la libertad de dirigirse sin impedimentos hacia la agapi divina celestial. Tú eres el tesoro más valioso de los fieles, porque eres el don o carisma más precioso entre los dones divinos. Eres el ornamento deiforme de la psique-alma y del corazón, porque haces que los fieles se conviertan en hijos de Dios. Eres el adorno de los fieles, pues les inspiras la modestia y la nobleza. Eres el único bien permanente, porque eres eterna.
Eres el vestido más hermoso de los amigos de Dios, porque, revestidos de ti, los fieles se presentan ante la ἀγάπη agapi-amor divina. Eres el deleite más dulce de los fieles, porque eres fruto del Espíritu Santo. Tú conduces a la Realeza increada de los Cielos a los fieles que han sido santificados por ti. Eres la fragancia de los fieles. Por medio de ti, los fieles participan de los deleites del Paraíso. De ti nace la luz del sol noético y espiritual en las psiques-almas de los fieles. Por ti se iluminan los ojos espirituales y noéticos de los fieles. Por ti, los fieles se hacen partícipes de la doxa-gloria divina y de la vida eterna. De ti brota en nuestro interior el anhelo de las realidades celestiales.
Tú restableces la Realeza increada de Dios sobre la tierra. Tú recompensas a los hombres con la paz. Haces que la tierra se asemeje al cielo. Unes a los hombres con los ángeles y elevas hacia Dios un himno armonioso. Tú vences en todo. Tú te manifiestas más poderosa que todo. Verdaderamente, lo gobiernas todo. Todo lo sostienes y lo mantienes unido. Tú jamás retrocedes.
¡Oh, ἀγάπη agapi-amor, desbordamiento de mi corazón! ¡Oh, agapi-amor, dulcísima imagen del dulcísimo Jesús! ¡Oh, agapi-amor, sacratísimo emblema de los discípulos del Señor! ¡Oh, agapi-amor, símbolo del supra-apacible Jesús!
Con tu anhelo, hiere mi corazón y llénalo de benignidad y bondad. Inúndalo de júbilo. Haz de él morada de la Jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo. Enciéndelo con tu llama divina, para que consuma sus bajas pasiones, lo santifique y lo haga elevar al cielo un canto incesante de salmos.
Llena mi corazón con la dulzura de la ἀγάπη agapi-amor divina, para que ame al único dulcísimo Jesús Cristo y Señor mío, y eleve hacia Él un himno incesante con toda mi psique-alma, mi corazón, mi fuerza y mi diania (mente, intelecto). Amín.
San Juan de la Escalera dice acerca de la ἀγάπη agapi hacia Dios: «La agapi-amor es dispensadora de la profecía. La agapi-amor concede la Jaris de obrar milagros. La agapi-amor es abismo de iluminación. El amor es fuente de fuego: cuanto más brota, más se abrasa quien tiene sed de él. La agapi-amor es la estabilidad y firmeza de los ángeles, y el progreso de los hombres. Dinos tú, la más hermosa entre las virtudes, ¿dónde apacientas tus ovejas? ¿Dónde te recoges al mediodía? Ilumínanos, sacia nuestra sed, guíanos, dirígenos, pues ya anhelamos ascender hacia ti». (Escalera, logos XXX, 18 y 16).
- Sobre la ἀγάπη agapi de Dios, que es atributo divino y del cual brotan todos los bienes.
¡Ἀγάπη! (agapi: amor incondicional y desinteresado). Atributo divino, porque «Dios es agapi-amor. Por eso, quien permanece en la agapi-amor permanece en Dios, y Dios permanece en él» (1 Juan 4, 16). La agapi-amor es una buena disposición de la psique-alma, por la cual esta no prefiere nada más que el conocimiento de Dios. La agapi-amor enseña a guardar los mandamientos divinos. La prueba evidente de nuestra agapi-amor hacia Dios es el cumplimiento de Sus leyes divinas (véase Juan 14, 15 y 21). La agapi-amor hacia Dios conduce al cumplimiento de los mandamientos, que, a su vez, nos conducen al conocimiento de Dios.
Quien ha recibido el ἐρως eros divino desprecia todo lo terrenal. Ha vencido los placeres del mundo. Mira por encima de las riquezas, las glorias y los honores humanos. Considera que el tejido de la araña no difiere en nada ni es inferior al vestido real de púrpura; tampoco considera las piedras preciosas superiores a los guijarros que adornan las orillas de los ríos. No considera la salud del cuerpo como la felicidad suprema, ni llama desgracia a la enfermedad. Tampoco considera la pobreza una condición insoportable. Ni entiende la riqueza y el placer como verdadera dicha, sino que es como la corriente de un río que fluye junto a los árboles plantados en sus orillas, sin que ninguno de ellos consiga detener su curso.
Verdaderamente, la ἀγάπη agapi-amor espiritual es como una ciudad fortificada que no puede ser conquistada por los ataques ni por los asedios del Diablo, ni abierta ni secretamente, porque nunca puede convertirse en una ciudad destruida por Satanás, ya que está custodiada por Cristo, el Soberano. Basta, por tanto, con poseer el ornamento dε la agapi-amor para reconocer al verdadero discípulo de Cristo, no solo entre nosotros, los creyentes, sino también ante los incrédulos. Porque el propio Cristo dijo que Sus discípulos serían reconocidos por esto: si se aman unos a otros (véase Juan 13, 35). Así pues, esta es la mayor señal de todas, por la cual se reconoce al auténtico discípulo del Señor.
Y si algunos realizan innumerables milagros, pero se enfrentan unos a otros, serán despreciados y hasta ridiculizados por los incrédulos. Lo contrario sucede también: aunque no realicen ningún milagro, si se aman unos a otros, permanecerán respetables e inexpugnables. La agapi-amor es la imagen de los discípulos del Señor, la característica de los siervos de Dios y el distintivo de los Apóstoles, porque por él todos los reconocen. La agapi-amor es el bien excelso, el distintivo por excelencia de los discípulos de Cristo.
Lo que caracteriza al cristiano es la ἀγάπη agapi-amor, que es el mayor de todos los milagros. Es también guardián y colaborador de todas las demás virtudes. Y así como los elementos de unión mantienen unidos los edificios, también la agapi-amor conduce a la perfección y mantiene unidos los miembros del cuerpo. Cuando está presente, los une estrechamente; cuando falta, estos se disgregan o quedan al descubierto como fingidos y vacíos. La agapi-amor jamás retrocede, es decir, nunca fracasa, sino que todo lo alcanza, porque es mejor que cualquier otra cosa. No se disuelve, no se interrumpe ni puede detenerse, sino que permanecerá también en el siglo venidero, cuando todo lo demás haya sido abolido (véase 1 Corintios 13, 1-13).
La agapi-amor no se destruye, sino que permanece siempre firme e inconmovible, invariable en todo momento. La agapi-amor nunca disminuye, aunque los demás se rebelen, aunque luchen y pretendan ocupar los primeros puestos, aunque los provoque la envidia y aunque «ejerzan el dominio con manos injustas»; aunque lo trastornen todo, la agapi-amor arraigada en la virtud jamás decae. Dios, que es llamado Agapi-amor, no debe entenderse como un simple sentimiento, sino que Él mismo es, por esencia, Agapi-amor; ama a Sus criaturas y cuida de ellas. Por tanto, nuestro Dios es la Agapi-amor, y se complace más en oír que se le llama así que en oír cualquier otra cosa.
La ἀγάπη agapi-amor de Dios supera con creces cualquier otra forma de agapi-amor. No solo provee a nuestras necesidades, sino que nos ama también con ἐρως eros divino: un eros inexplicable, sin pasión, pero ardentísimo, intensísimo, genuino, interminable e imposible de extinguir. ¿Qué no ha hecho Dios por nosotros? Hizo el mundo corruptible por nosotros, pero también lo hará incorruptible por nosotros; permitió que los profetas fueran maltratados por nosotros, que fueran enviados al cautiverio por nosotros, que fueran arrojados al horno ardiente por nosotros y que soportaran innumerables males por nosotros.
A los profetas y a los Apóstoles los destinó para nosotros. Por nosotros entregó a Su Unigénito y por nosotros castiga al Diablo. Dios vino por nosotros, los hombres, por nuestra naturaleza profundamente corrompida: «El Logos se hizo cuerpo-carne y habitó entre nosotros» (Juan 1, 14). El Benefactor va al encuentro de los ingratos; el Libertador, al encuentro de los cautivos; el Sol de justicia vino a quienes se encontraban en las tinieblas. En la Cruz padeció Aquel que no está sujeto a padecimiento. La Vida pisoteó la muerte. En el Hades resplandeció la Luz.
La Resurrección levantó a quienes habían caído. Envió el Espíritu de adopción, distribuyó carismas, prometió coronas y concedió tantas otras cosas que no es fácil enumerarlas. Por nosotros vino Dios al mundo; por nosotros se distribuyeron los carismas del Espíritu Santo; por nosotros se abolió la muerte y se nos dio la esperanza de la resurrección; por nosotros se dieron los preceptos divinos que perfeccionan nuestra vida; por nosotros se abrió el camino hacia Dios, que recorremos mediante los mandamientos; por nosotros se prepara la Realeza increada de los Cielos y, a quienes no desistan del esfuerzo por alcanzar la virtud, se les concederá la corona de la justicia.
La ἀγάπη agapi-amor de Dios manifestó al propio Dios sobre la tierra. La agapi-amor de Dios hizo que el Señor y Soberano se convirtiera en siervo. La agapi-amor de Dios entregó al Amado por los enemigos, al Hijo por quienes lo odiaban, a Dios por los hombres; por los siervos permitió que el Libre fuera entregado como siervo. Y no se detuvo ahí, sino que nos llamó a una condición aún más elevada. No solo nos libró de los males anteriores, sino que además nos prometió bienes mucho más grandes.
La agapi-amor de Dios existe como sabiduría gloriosa, y Dios la ofrece a quienes lo aman. El hombre, al amar a Dios, aplica y guarda Sus logos; Dios lo ama y se le manifiesta de manera mística.
«Si alguien me ama», dice el Señor, «aplicará y guardará mis logos, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él» (Juan 14, 23). Cuando alguien ama a Dios, todas las cosas cooperan para su bien. Si alguien ama a Dios, este ha llegado a ser conocido por Dios. Dios entra en comunión con quienes mantienen su amistad con Él. Así, la comunión con Dios se convierte en vida, luz y disfrute de Sus bienes. Dios, por tanto, no se hace Dios de todos, sino de aquellos que se han familiarizado con Él por medio de la agapi-amor. Porque la agapi-amor es vínculo de perfección y creador de toda virtud.
La ἀγάπη agapi-amor hacia Dios nace de una fe sincera, porque el hombre que verdaderamente cree en Dios jamás tolera abandonarlo. Antes podría la hierba soportar el fuego de las llamas que el Diablo soportar la llama de la agapi-amor; una agapi-amor que constituye una fortaleza mejor que una muralla y más firme que el diamante.
La agapi-amor no consiste en palabras y pensamientos humanos, ni en simples fórmulas de saludo y cortesía, sino en una solicitud manifiesta mediante obras: aliviar la pobreza, ayudar al enfermo, salvar del peligro a quien se encuentra en él, prestar apoyo en las circunstancias difíciles, llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran.
Quien ama a Dios, al tener el corazón desbordante de agapi-amor divina, ama a sus enemigos, bendice a quienes lo maldicen, se comporta con bondad hacia quienes lo aborrecen y ora por quienes lo odian y persiguen (véase Mateo 5, 44). La prueba, la acción y la energía de la agapi-amor perfecta hacia Dios son la genuina disposición amorosa hacia el prójimo. En esto reconocemos que existe la agapi-amor. Así como Él sacrificó Su vida por nosotros, también nosotros debemos entregar nuestra vida por nuestros hermanos. La agapi-amor cubre multitud de pecados. La ἀγάπη agapi-amor es la que nos dará confianza y libertad para hablar ante Dios el día del Juicio.
- Confesión del fiel
Dios es mi doxa-gloria, mi riqueza y mi orgullo. Dios es lo más dulce y deleitable de todas las cosas. Dios es mi meditación y mi deleite. Mi psique-alma es creación del soplo de Dios. Mi cuerpo fue modelado por Él. Soy, en mi totalidad, imagen de Dios. Por la Jaris (Gracia increada) divina, soy linaje de Dios. De Dios recibo mi existencia y mi movimiento; por Él respiro y puedo hablar. Cada día, dirijo mi espíritu hacia Dios a todas horas y a Él elevo mis súplicas. Por Dios vivo, trabajo y existo. Doy gracias a Dios, que es grande, poderoso, vivo, dispensador de los bienes, colaborador y perfeccionador de todo lo bueno. Confío en Dios, que todo lo ve; lo confieso, aplico y guardo Sus mandamientos y junto a Él siempre me enriquezco espiritualmente.
Reconozco que es juez temible de todo cuanto he cometido, pero, al mismo tiempo, lo reconozco como Dios misericordioso y perdonador, lleno de compasión y de misericordia. Lo proclamo Salvador, Sanador, Redentor y Señor mío. Sé que es el principio de todas las cosas y el dador de los bienes. Creo firmemente que es un Dios que provee y vela por todo. Reconozco que es omnisapiente, omnisciente, y que conoce lo futuro, lo presente y lo pasado. Canto himnos, glorifico, bendigo y ensalzo al Dios bueno, santo y justo. Adoro y venero al Dios filántropo (amigo del hombre).
Creo gracias a Dios. En Dios tengo mi esperanza, espero y a Él encomiendo la esperanza de mi salvación. Amo a Dios, fuente de la agapi-amor, y lo deseo ardientemente. Cuando me dirijo a Dios, mi psique-alma encuentra la paz. Cuando mi nus (espíritu del corazón) se eleva hacia Él, encuentra el descanso. Mi corazón desea ardientemente a Dios. Confieso a un Dios tres veces resplandeciente, la Divinidad de tres Hipóstasis. Proclamo una sola Divinidad sin principio ni fin, eterna, simple, supraesencial e indivisible, que es al mismo tiempo Mónada y Trinidad: Mónada perfecta y Trinidad perfecta.
Creo y confieso que es Mónada perfecta según la esencia común y Trinidad perfecta según las Hipóstasis. Pues una sola es la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; una sola es la δύναμη (dínami: fuerza, potencia y energía) una sola la disposición y una sola la adoración, la que corresponde a la Trinidad consustancial. Porque una sola es la naturaleza, la dínamis y la esencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esto confieso, creo, proclamo y glorifico.
- Sobre la superstición y el supersticioso
La superstición es un temor o miedo irracional a Dios. Se trata de un exceso y de una actitud extrema, pues solo la piedad conserva la justa medida. El supersticioso tiene una conciencia dominada por el miedo, porque no la ha desarrollado adecuadamente, y se sitúa ante lo divino lleno de temor y de una manera que no corresponde a Dios. Posee un conocimiento imperfecto de los atributos divinos y cree acerca de Dios cosas indignas de Él.
El supersticioso tiene el nus oscurecido y la diania (mente, cerebro) perturbada. Plutarco dice acerca de la superstición: «Terrible es la oscuridad de la superstición y, cuando se apodera del hombre, siembra en él pensamientos de confusión y de ceguera, especialmente en aquellas cuestiones que requieren razonamientos o silogismos».
El supersticioso teme allí donde no hay motivo para temer y se turba allí donde debería encontrar la paz. Se imagina continuamente que Dios lo persigue y busca la salvación en amuletos que se cuelga del cuello. Cree en engaños y acepta como verdad auténticos disparates. Por todas partes percibe el dominio de las fuerzas oscuras y les atribuye un poder mayor que el de Dios.
El supersticioso carece de libertad ética y moral y se encuentra intelectualmente envilecido. Padece una persecución religiosa y está enfermo psíquicamente. El supersticioso es un hombre desdichado, desgraciado y lleva una vida miserable.
- Sobre la iluminación έλλαμψη élampsi
(Έλλαμψη élampsi es un sustantivo que significa alumbramiento, irradiación o inspiración espiritual o divina repentina.
Principales significados
– Iluminación divina o espiritual: Se utiliza con frecuencia en la teología y en el lenguaje religioso para describir la iluminación psíquica o espiritual que Dios concede al hombre (la llamada iluminación divina).
– Idea o iluminación repentina: En sentido metafórico, designa la captación repentina y lúcida de una idea, una verdad o una solución, semejante a un destello o un resplandor.
Aquí traduciremos έλλαμψη como iluminación, el segundo estadio espiritual clásico, común en la Iglesia Ortodoxa y en todos los Santos Padres desde el principio. Los otros dos son la catarsis y la zéosis (divinización o glorificación).
Kalistos, el intérprete de los escalones, dice acerca de la iluminación: «La iluminación es el mensaje divino secreto que llega al nus o al corazó espiritual con la velocidad del relámpago y se alcanza mediante la adquisición de las virtudes».
También dice san Juan de la Escalera: «Cuando, pues, el hombre entero se une, de algún modo, a la agapi-amor de Dios, entonces también en su cuerpo, como en un espejo, se refleja el resplandor de su psique-alma. Así fue glorificado Moisés, el que contempló a Dios» (Escalera, Logos XXX, 11).
Y añade inmediatamente: «Luto o duelo (según Dios) abismal encontró consuelo. La pureza del corazón recibió la iluminación. La iluminación es una energía inexpresable, comprendida de una manera desconocida e invisible» (Escalera, Discurso VII, Sobre el πένθος penzos (duelo), 53).
San Nektarios de Egina y Pentápolis
Traducción xX jJ Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas www.logosortodoxo.com
Continuamos con la traducción de siguientes capítulos








